15 de octubre de 2018

Llega el rey cuando quiere

Llega el rey cuando quiere. Pierre Michon. Wunderkammer, 2018
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia
"Escribir es, hasta cierto punto, justificarse sin que nadie te lo pida."
Autor de una obra considerada una de las cumbres de la narrativa francesa contemporánea, en permanente aunque no competitivo triunvirato con Pierre Bergounioux y Pascal Quignard, Pierre Michon es titular de una estética singular que exuda de forma manifiesta de todos sus escritos, y de cuyos principios, por su propia voz, da cuenta Llega el rey cuando quiere, la traducción parcial -el original francés contiene treinta entrevistas, reducidas a trece en el libro en castellano- de Le roi vient  quand il veut (2007), mantenidas con diversos medios de comunicación entre 1989 y 2007.

El hecho de la escritura es uno de los asuntos referidos a su profesión acerca del cual más parece haber reflexionado Michon. Con respecto al creador -todo relato es un autorretrato; la presencia del artista, sea pintor o escritor, es inevitable-, sostiene que el acto de la escritura puede ser una experiencia transformadora para quien lo ejecuta, pero ni la cualidad ni la intensidad de esa experiencia deben de manera forzosa trasladarse al lector, pues el acto se acredita por sí mismo. Escribir es echar la vista atrás -siempre se escribe en pasado- para traer un mundo que ha desaparecido y que no existiría si no se escribiese; pero una vez completado ese movimiento, la escritura rompe esa relación y se sitúa fuera del tiempo. Con respecto al receptor, Michon sostiene que escribir ficción absoluta es una pérdida de tiempo y un engaño al lector; escribir es siempre revitalizar, proporcionar una nueva vida -y no solo una nueva oportunidad- a alguien que ya existió, aunque esa nueva vida sea completamente ficticia, pero su antecedente es real. 

A pesar de tener un concepto peyorativo de la novela en cuanto género literario por ser fragmentaria, discontinua, estúpidamente normativizada y cuya brevedad, en su caso, es la imposición de la tiranía del autor sobre la inocencia del lector, se aferra a la función social de la literatura: dar luz a todos aquellos que la historia de los grandes hechos ha dejado en las sombras hasta igualarlos, en lo que dura el texto, con los mitos la sombra de los cuales los ha ocultado. Tanto la pintura como la literatura poseen la capacidad de provocar emoción, pero ese sentimiento será de orden muy diferente: en una es inmediato, inmanente y provocado por la totalidad de la obra, mientras que en la otra se exige un proceso de decodificación y elaboración que la obliga -o debería obligarla- a la máxima concentración.

Las preguntas que somos capaces de formular son aquellas cuyas respuestas ya conocemos; las otras, las que procurarían respuestas desconocidas, no somos capaces de formularlas.
"Todo el lenguaje, y en particular la literatura, que es como el alma del lenguaje, miente como un sacamuelas. Pero aquel a quien le sacan la muela, el lector, tiene que creer ciegamente en las palabras del charlatán, porque ese es el precio de su alivio, su paz y su goce. Nos creemos muy diestros por saber que la literatura miente, pero somos aún más diestros cuando caemos en la debilidad de creer en ella. Quien sabe gozar de esa hermosa falsificación a veces se topa con un poco de verdad."
Sin calificación

8 de octubre de 2018

C

C. Tom McCarthy. Editorial Pálido Fuego, 2018
Traducción de José Luis Amores
"La sensación de ser un punto fijo en un mundo de movimiento."
Serge Carrefax es un avispado chaval con una familia peculiar: su padre, que regenta una escuela para sordos, es un inventor  a quien roban sus descubrimientos justo antes de que los haga públicos; su madre, antigua alumna de la escuela, fabrica piezas de seda de forma artesanal; y su hermana es una experta en procesos químicos. El escenario de su infancia, una finca rural laberíntica y enrevesada que da cobijo a las múltiples actividades familiares, facilita una vida aislada y endogámica con unas peculiares relaciones paterno-filiales y fraternas hasta que la muerte hace acto de presencia, cambia el equilibrio familiar existente y señala el fin de la infancia de Serge; con posterioridad, durante una estancia en una estación balnearia de centroeuropea, mientras sigue su formación lejos del núcleo familiar y recibe tratamiento para unos problemas de salud, el espontáneo descubrimiento del sexo le introducirá en la edad adulta.

Al estallar la IGM, Serge es destinado a la aviación como observador: tiempo después, tras una misión fallida, es capturado por los alemanes, cautiverio -y fusilamiento- del que se libra debido al fin de la contienda.

De regreso a Inglaterra, Serge intenta retomar su vida normal, pero la hacienda familiar ya no es lugar para él. Se traslada a Londres, inicia una relación con una corista, pero tras un incidente automovilístico, vuelve a huir, esta vez a Egipto, contratado por el Ministerio de Comunicaciones, justo a tiempo para asistir al fin del protectorado británico.

Como lector, no acostumbro a documentarme en exceso antes de leer una novela pues a menudo me apetece ser sorprendido no tanto por la trama -a menudo llego a la conclusión de que ya se ha escrito, y con profusión, sobre todo lo que se puede escribir- como con el estilo del novelista. Mi experiencia con la literatura británica actual se limita a los grandes nombres de la generación de Ian McEwan, con alguna excepción hacia escritores más vanguardistas, signifique lo que signifique esa calificación. De Tom McCarthy he leído con gusto Residuos y Satin Island, y esas lecturas, junto con las páginas leídas de Hombres en el espacio, un texto que no terminé pero dejé para mejor ocasión, me predispusieron, ahora me doy cuenta, a una recepción sesgada de C (C, 2010); esa inclinación hizo que la primera reacción a las pocas páginas fuera plantearme la pregunta: "¿Qué me estás contando, y por qué?", una interpelación terrible que acostumbra a llevarme al abandono de la novela. Sin embargo, C contenía algo intangible, indefinible para mis herramientas discursivas, desafiante y encubierto, que me hizo insistir hasta que me di cuenta de que la novela no era como yo había creído que sería y, descartado el planteamiento reduccionista -McCarthy había escrito la novela que quería, no la que hubiese querido yo-, la decepción dejó paso al deleite lector: C es una novela magnífica que se va cociendo lentamente, sin estridencias ni accidentes, y cuya calidad sólo se hace patente a medida en que se avanza en su lectura.

El componente más estimulante de las vanguardias es su cuota de audacia, con frecuencia consistente en recrear con métodos nuevos las producciones del pasado; las vanguardias no son rupturistas -o no tienen por qué serlo-, aunque tal vez sus consecuencias sí lo sean, sino que buscan reformulaciones de los viejos sistemas, que en este punto pasan a ser obsoletos, para que las obras de arte adquieran nuevos significados ligados a la contemporaneidad, salvando el riesgo de la hipérbole sin sentido o de la aventura hueca. Según esa hipótesis, debería ser posible deconstruir la novela histórica clásica -una trama en la que la época histórica en que se desenvuelve adquiere estatuto de personaje- y, al contrario de lo que sucede en el plagio, reformularla mediante los recursos -arquitectura, tratamiento del protagonista, ritmo narrativo- contemporáneos, y de reflejar, en una trama ubicada en la primera mitad del siglo XX, a cien años, pues, de distancia, una desazón incuestionablemente actual. C es la propuesta del escritor británico a esa posibilidad: regreso y homenaje a la novela clásica, la que hizo al género grande y popular, en la que, a diferencia de los antecedentes clásicos, la trama -la imaginación- va cediendo terreno frente al puro hecho de contar, el oficio, y cuya recompensa se halla, simplemente, en su lectura; la realidad, el sello distintivo de la novela del siglo XIX, va cediendo su lugar a una instancia mucho más intratable pero también enormemente tentadora: la verdad.

Calificación: *****/*****

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de Satin Island

17 de septiembre de 2018

El ala izquierda. Cegador I

El ala izquierda. Cegador I. Mircea Cartarescu. Editorial Impedimenta, 2018
Traducción de Marian Ochoa de Eribe
"¡Cuánta necrofilia hay en el recuerdo!"
Editado en castellano por el empecinamiento enfermizo del editor de una pequeña editorial independiente madrileña, Mircea Cartarescu, considerado en su país como uno de los escritores más relevantes de las letras rumanas actuales, tuvo un éxito relativo en castellano, a pesar de las buenas críticas mediáticas, reducido a lectores conocedores de la literatura centroeuropea contemporánea. La literatura rumana, vecina de las grandes literaturas mittleuropeas, a pesar de ser, ateniendo a su dimensión, una de las más prolíficas de la literariamente marginada literatura de los países de la órbita soviética, había exportado a occidente a autores como Mircea Eliade y Camil Petrescu, pero sus escritores más conocidos por el gran público fueron exiliados que acabaron adoptando otras lenguas de expresión, como Celan con el alemán y Tzara, Wiesel, Ionescu y Cioran con el francés; a partir de todos ellos, excepto casos relativamente anecdóticos -Ana Blandiana, Mihail Sebastian-, se abrió una brecha que se prolongó por décadas en la que no llegaron noticias del único país de la Europa del Este, con la recientemente independizada Moldavia, con lengua románica. Todo parece indicar que Mircea Cartarescu ha venido a rellenar ese boquete; si el año pasado sorprendió con el enciclopédico Solenoide, este 2018 arranca la edición de la que los conocedores consideran su obra cumbre, la trilogía Cegador (Orbitor), de la cual este El ala izquierda (Aripa stângă, 1996, merecedor, entre otros, del premio Gregor Von Rezzori) constituye su primer volumen; para 2019 está anunciado, en la misma editorial, El cuerpo (Corpul, 2002), y para 2020 la conclusión, El ala derecha (Aripa dreaptă, 2007). Como en todos aquellos libros que apelan más a la inteligencia del lector que a su emoción -esta es una apreciación de índole personal sujeta a todos los cuestionamientos que se quiera-, no hay forma de resumir ni extractar el argumento de El ala izquierda, y eso contando con que la novela desarrolle un tema determinado, una afirmación muy controvertible; el primer volumen de Cegador es de una ambición desmesurada que, más que a un libro, a lo que se ve enfrentado el lector es a todo un mundo; cerrado, oscuro y, a ratos, impenetrable como lo acaban siendo todos, pero un mundo al fin y al cabo. Estupefacto como el salvaje ante un arma de fuego, este lector no ve otra forma de salir de su asombro que escribir estas Notas de Lectura con el convencimiento de que nada que diga podrá dar una idea de la impresión que le produjo su lectura ni, mucho menos, de la calidad del texto.
"Podría intentar  (como hago desde hace tres meses) volver al lugar de donde nadie ha vuelto, recordar lo que nadie recuerda, entender lo que nadie alcanza a entender: quién soy, qué soy."
Los sueños, la imaginación y los recuerdos son instancias mediante las cuales el ser humano suele  relacionarse con su pasado que, curiosamente, llevan implícito cierto carácter azaroso: parece ser que los sueños, con independencia de su función terapéutica, provienen de lo más profundo de nuestro inconsciente y, como tales, no son programables ni manipulables; la imaginación, un proceso que, a diferencia de los sueños, suele ser consciente, pone en relación ciertos hechos cuando no están presentes, hayan sucedido o no, pero la variedad de vínculos que puede suscitar tiene también un sospechoso carácter aleatorio; los recuerdos, finalmente, parecen poseer un mecanismo de disparo que escapa a la comprensión, y si bien su generación parece potestativa, su cualidad tiene equívocos visos de eventualidad. 
"Recuerdo, es decir, invento."
Otra instancia de relación con el pasado son los objetos, cuya materialidad -o realidad, o verdad- los dota de un pasado propio, objetivo -u objetivable-, intrínseco a su propia naturaleza -es decir, que tienen una realidad propia-, que no tiene por qué tener relación alguna con la experiencia que tenemos de ellos, con nuestra verdad. 
"De la oscuridad a la luz, del plomo al cristal, del aplastamiento a la levitación, del todo a la nada se deshilacha la absurda trayectoria de nuestra vida hasta acabar en un jirón de vacío."
El ala izquierda puede leerse como la huella que deja en el sujeto la acción combinada de las cuatro instancias, los sueños, la imaginación, los recuerdos y los objetos -considerando los hechos como objetos inmateriales-, en la búsqueda de sí mismo, así como el registro literario de la imposibilidad de distinguirlas.
"Todo es extraño, porque todo se remonta muy atrás en el tiempo. Y porque todo está en ese lugar en el que no se distingue el sueño del recuerdo, pues las grandes zonas del mundo no estaban entonces separadas unas de otras. Y vivir el extrañamiento, sentir una emoción, quedarse petrificado ante una imagen fantástica significa siempre lo mismo: regresar, volver, descender al núcleo arcaico de tu mente, mirar con el ojo de una larva humana, pensar algo que no es un pensamiento con un cerebro que no es todavía un cerebro y que funde en un núcleo de placer desgarrador eso que nosotros, al crecer, separamos."
Los mitos, otra forma de relación con el pasado, hunden sus raíces en la profundidad abismal del tiempo, inaccesibles a la comprensión humana, que forja su forma narrativa, el único acercamiento permitido, por mediación de las leyendas. Una vez incorporadas al acervo común de la colectividad, adquieren vida propia y se independizan de sus creadores hasta el punto de que estos llegan a olvidar que fueron ellos mismos quienes las forjaron. Es a partir de ese momento que adquieren el poder de influir de manera decisiva en la vida de los hombres porque estos, los olvidados artífices, le han otorgado naturaleza taumatúrgica.
"El espacio es el paraíso, el tiempo es el infierno. Y qué extraño resulta que, al igual que en el símbolo de la bipolaridad, en el centro de la sombra se encuentre la luz y que en la luz esté la semilla de la sombra. Pues, al fin y al cabo, ¿qué es la memoria, ese manantial venenoso del centro de nuestra mente, del paraíso, con sus pozos de mármol torneado, con su agua temblorosa, verde como la hiel, con el dragón de alas de murciélago que la custodia? ¿Y qué es el amor, el agua límpida y fresca de las profundidades del infierno sexual, la perla cenicienta de la concha de fuego y de aullidos desgarradores? La memoria, el reino del tiempo sin tiempo. El amor, el espacio del territorio sin espacio. Las semillas opuestas y, sin embargo, tan semejantes de nuestra existencia, unidas por encima de la gran simetría y anulándose en un único sentimiento inmenso: la nostalgia."
De este modo, el mundo mitológico invade el mundo real y le impone sus condiciones. El Bucarest real, la ciudad gozosa a orillas del Dambovita, se transforma en una Tir na nÓg, a la que se accede desde la ciudad real a través de callejuelas que se despliegan a medida que se recorren, donde las dimensiones del espacio y del tiempo se confunden y en la que pululan personajes legendarios que el ojo humano distingue como soldados del III Reich o de la reciente invasión soviética pero que trascienden la realidad para imponerse a cualquier forma de percepción terrenal, influida por el ambiente feérico, el crepúsculo otoñal permanente, y envuelta en una mezcla ineludible de olor a putrefacción y a desinfectante.

"Todos aquellos pueblos estaban enfermos y tullidos. Cada uno presentaba un estigma diferente, cientos de miles de enfermedades mostraban sus secuelas ante nuestros ojos, era un espectáculo patético pero fascinante. Ese hombre joven de perfil griego, tan altivo que los tendones del cuello le aplastaban la nuez, se había amoldado a su forma a la perfección, fundiéndose con ella, si un ántrax venenoso en la axila izquierda no lo hubiera distinguido de entre sus iguales, no definiera su verdadero ser. Todos vivían gracias a aquellas enfermedades que les servían de nombre, de cualidades e incluso tal vez de alma. Labios leporinos, dedos palmeados, vientres hinchados por la cirrosis, hernias umbilicales como melones, lepra y sarna ennoblecían aquellos cuerpos rosados que, de otro modo, portarían el sello de una empalagosa perfección." 

Esa queste, esa búsqueda, no puede reproducirse ni de forma secuencial ni de forma direccional, pues toda relación causa-efecto sería una especulación sometida a la influencia del sujeto; ante la imposibilidad manifiesta de representarla mediante los sistemas clásicos de modelo, parece imprescindible hacerlo mediante un acercamiento fractal, mediante la simulación del proceso creador, la única forma posible de racionalizar el caos, pasado, presente y futuro concurriendo de forma simultánea y cuyo análisis solo puede emprenderse a partir de las repeticiones inapreciables a simple vista o mediante los métodos de observación tradicional.
"Nada, no existe nada -dijo lentamente el Albino en medio de aquel silencio ensordecedor-. Somos delicadas telarañas hinchadas y desgarradas por el viento. Somos franjas de interferencia en una pompa de jabón, multicolores, húmedas, desesperadas... Sarcoptos en la piel de una pompa de jabón, que depositan en ella sus huevos y sus excrementos... Nuestro mundo no tiene peso ni sentido. Somos simulacros de una irrealidad que es a su vez un simulacro. Y solo si se contempla su grosor desde el extremo superior o inferior, superponiendo una capa traslúcida sobre otras, esa escalera de irrealidad se vuelve opaca hasta tornarse real. Pero no existe un extremo superior ni inferior, y tampoco existen ojos que puedan mirar desde allí. Hoja sobre hoja sobre hoja, nuestro mundo es un libro con páginas de membranas."
De forma semejante a la de ciertos caracteres físicos, cabe la posibilidad que el ser humano herede también parte de las habilidades de sus progenitores, una especie de poso psíquico provocado por esas experiencias y que, de forma inconsciente e involuntaria, esté preparado para afrontar situaciones vitales para las cuales esa herencia sea de utilidad; 

"Yo no he tenido infancia ni juventud. En vano las busco en mi memoria, así como en vano intentas recordar la eternidad previa al nacimiento. Sin embargo, existe ahí una luz gris, un matiz, algo más claro que el negro a través del cual representamos la nada y que, de hecho, sin representarla, sin mostrar nada, es siquiera la señal de que existe el aparato a través del cual podría aparecer algo";

esta hipótesis, por supuesto, daría al traste tanto con el sentimiento de identidad única del sujeto como con el significado que otorgamos al concepto de recuerdo, y la supuesta firmeza del triángulo formado por la realidad, el sueño y la memoria se vería menoscabada por la consustancial fragilidad de la hipótesis que considera ese triángulo el campo donde se juega la vida.
 "[...] estamos entre el pasado y el futuro como el cuerpo vermiforme de una mariposa entre sus dos alas. Podemos utilizar una de ellas para volar, pues hemos tendido filamentos nerviosos hasta sus márgenes; la otra nos resulta desconocida, como si nos faltara un ojo por esa parte. Pero ¿cómo vamos a volar con una sola ala? Profetas, iluminados, herejes de la simetría anticipan lo que podríamos ser y lo que tendremos que ser. Y eso que ellos ven per speculum in aenigmate lo veremos todos con claridad, al menos con tanta claridad como vemos el pasado. Entonces también nuestra torturante nostalgia estará entera, el tiempo no existirá ya, la memoria y el amor serán todo uno, el cerebro y el sexo serán uno, y nosotros seremos como los ángeles."
El ala izquierda es un gran texto y, a la vez, un reto lector de altura. 

Calificación: *****/*****

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de Solenoide

Disponible també la traducció al català:

L'ala esquerra. Encegador IMircea CartarescuEdicions del Periscopi, 2018
Traducció d'Antònia Escandell Tur

12 de septiembre de 2018

Aunque por supuesto terminas siendo tú mismo

Hace exactamente diez años, el dia 12 de septiembre de 2008, moría, a los 46 años, David Foster Wallace,  al suicidarse en el garaje de su vivienda a causa de un transtorno depresivo que sufrió a lo largo de su vida adulta.

Aunque por supuesto terminas siendo tú mismo.  David Lipsky. Ed. Pálido Fuego, 2017
Traducción de José Luis Amores
En el año 2010, David Lipsky, escritor -el escritor-promesa- de la misma generación que DFW -el escritor consagrado-, publicó la transcripción de las cintas en las que recogió la larga entrevista -cinco días y a todas horas, acompañando al escritor en la campaña de promoción de La broma infinita- que debía servir de guía para un artículo en Rolling Stone, que nunca llegó a publicarse. El interés del texto, al fin y al cabo una larga conversación que va saltando de tema en tema en función de la habilidad del entrevistador y, sobre todo, de la astucia del entrevistado, aparte de darnos a conocer la visión de Wallace acerca de los más variados temas y gustos personales, no necesariamente literarios, estriba en que, de forma fraccionaria y nada planificada, se puede extraer, de primera mano, todo el bagaje ético y estético que acarreaba el escritor y que, de forma aplicada, queda de manifiesto en sus ensayos y, por encima de todo, en su obra de ficción; además, claro está, de oir sin intermediarios la voz de uno de los escritores más influyentes del último medio siglo.

10 de septiembre de 2018

Stop-Time

Stop-Time. Frank Conroy. Libros del Asteroide, 2018
Introducción de Rodrigo Fresán. Traducción de Eduardo Jordà
"Mi fe en la consistencia del tiempo va debilitándose progresivamente. Empiezo a creer que el tiempo cronológico es una ilusión y que hay otro principio que organiza la  existencia. Mis recuerdos centellean como instantáneas de películas inconexas. De pronto me pregunto si estoy vivo. Sé que no estoy muerto, pero ¿estoy vivo? Examino mis recuerdos en busca de certidumbre, a la caza de signos de vida. Veo a alguien moviéndose. ¿Soy yo? Se me hincha el pecho."
Todo el mundo tiene recuerdos, y todos los evocamos por razones que, a menudo, no somos capaces de precisar. De entre todos esos motivos se hallan dos, menos opuestos de lo que parece: conceder estatuto de validez a la autoexigencia de redención -es decir, la confesión voluntaria de los pecados cometidos en el pasado y con respecto a los cuales no se pagó ninguna penitencia-; y por pura venganza, o lo que es lo mismo, para ajustar unas cuentas que quedaron pendientes en su día. 
"Los niños se hallan en la curiosa tesitura de estar obligados a hacer lo que se les pide, tanto si quieren como si no. Un niño sabe que tiene que hacer lo que se le ordena. Importa poco si la orden es justa o injusta, porque el niño carece de confianza en su capacidad para apreciar la diferencia. La justicia no es la misma cosa para los niños que para los adultos. Para un niño todas las órdenes son moralmente neutras."
Ambas razones, en manos de escritores contrastados, pueden ser literaturalizadas y dar lugar a textos excelentes, pero todo parece indicar que los escritos bajo la segunda motivación conllevan un añadido de calidad, aunque no demostrable, sí evidenciada por los ejemplos. En este segundo grupo es donde debería emplazarse Stop-Time (Stop-Time, 1967), las memorias de infancia y juventud del escritor neoyorquino Frank Conroy.
"Buscar la compasión en lo autobiográfico no es recomendable. Lo que hay que encontrar es la complicidad. Voy a confesar lo que creo que motivó la redacción de Stop-Time. No fue un "Oh, qué infancia tan dura la mía", sino un "Eh, jódanse todos". No lo vi entonces, pero sí lo vi con el paso de los años. Escribí Stop-Time para vengarme, para tomar revancha." Fragmento de la introducción de Rodrigo Fresán.
Unas memorias, pues, de acuerdo con Conroy, no pueden ser complacientes, ni difusas, ni ambivalentes sino concretas, honradas y, literariamente, expresadas sin ambages, mediante la destrucción de las máscaras con que el presente suele disfrazar al pasado; un relato de los hechos expresados no como sugiere el recuerdo sino tal y como sucedieron, retrocediendo y limpiándolos de todos los aditamentos -que suelen ser embellecedores- con que el tiempo los ha ido impregnando. No importa tanto la realidad como la verdad.
"Un adulto reconoce los problemas intrascendentes y procura superarlos atendiendo a sus preocupaciones más importantes o a sus objetivos en la vida: pasa de largo, como si dijéramos. Pero un niño no tiene más opción que tomarse al pie de la letra las experiencias inmediatas de la vida. No puede pasar de largo porque sencillamente está allí donde le ha tocado estar. Los niños sufren por un libro que no han devuelto a la biblioteca o por un contador del gas que se rompe por casualidad tanto como un adulto por el riesgo de ir a la cárcel."
Por supuesto, existen reglas que deben respetarse en ese proceso de memoria; una de ellas, tal vez la más relevante para que el procedimiento no quede viciado y cumpla con su función es la prohibición absoluta de recrear el pasado, de interpretarlo en función de lo aprendido con posterioridad -es decir, de lo vivido-, y de convertir el recuerdo en una ficción más digerible o más adaptada al presente.
"La tristeza me embargaba; una tristeza que yo no podía cuestionar; una tristeza tan profunda que para mí no podía surgir de la vida ni tener ningún origen que pudiera comprender, sino que se me había infiltrado desde el mismo aire, desde el universo, en el que yo no era más que una mota; una tristeza que no era una emoción, sino la conciencia de un vasto vacío. Con la cabeza entre las manos me miré los pies, sabiendo que en cualquier momento mi cuerpo empezaría a volatilizarse, desapareciendo progresivamente hasta hacerse invisible, como Robert Donat en El fantasma va al Oeste."
Uno de los efectos más perversos de esa revisita tiene que ver con las dimensiones. La impresión infantil del tamaño de los objetos o de los lugares desde el punto de vista de la medida del observador se redimensiona de acuerdo con su nueva magnitud de adulto; es cierto que la perspectiva se va adecuando a la realidad, pero esa visión contemporánea no puede sustituir a la impresión inicial, que es la verdadera. La misma norma debe aplicarse en relación con los hechos, ya que su importancia o irrelevancia son en función del tiempo en el que sucedieron -dimensión inicial; no convertir hechos extraordinarios en anécdotas intrascendentes-, no en su significado tras la reelaboración por medio de la edad o la experiencia. ¿De qué sirve calificar, desde la edad adulta, de irracionales hechos vividos en la niñez? ¿Acaso pueden desactivarse sus efectos años después? ¿Qué derecho tenemos para transformar las pesadillas en cuentos infantiles? ¿Cuál sería, si la tuviera, la utilidad de esa alteración?
"Volví a casa. Tras un arrebato de pánico, mi mente se desconectó. Pensar era muy peligroso. Si no pensaba, podía alcanzar una especie de invisibilidad interior. Sabía que el temor atraía al mal y que el ruido descontrolado de mi propia mente acabaría entregándome a las fuerzas que me amenazaban, del mismo modo que el chapoteo de un pez en aguas poco profundas atrae a las gaviotas. Intentaba mantenerme quieto, pero cada dos por tres el temor volvía a colarse en la conciencia y mi mente se ponía en movimiento, recolocándose como un hombre que intentase dormir en una posición muy incómoda. En esos momentos era cuando me sentía más vulnerable: abría por completo los ojos y aguzaba los oídos para captar el sonido del peligro que se acercaba."
Ajeno todavía al lenguaje de las metáforas, la experiencia del mundo, ese entorno exterior a uno mismo cuya percepción significa el primer trauma para la mente infantil, se adquiere por mimetismo, por conocimiento espontáneo, involuntario, azaroso, y la relación del sujeto con ese entorno se rige por una incomprensible pero asumida correspondencia de causa a efecto. Una de las consecuencias del paso a la adolescencia, aparte de la percepción del mundo como sujeto y no solo como objeto, es el peso progresivo que va adquiriendo la experiencia para modelar nuestra relación con aquel; es decir, el descubrimiento de que nuestros actos modifican nuestro entorno y que la futura relación con él será función, también, de nuestros hechos del pasado. La imposibilidad de manejarlo a nuestro arbitrio será la mecha que haga explotar el sentimiento más ligado a la adolescencia: la rebeldía.
"Sonó el timbre. Al instante se oyó la algarabía de miles de alumnos en el pasillo. Escuché distraído, disfrutando del privilegio de haberme podido escapar de la rutina. ¿Cómo explicar el placer que entrañaba oír la máquina funcionando a toda pastilla y librarse de ella? Me había saltado la clase y había subido las escaleras hasta llegar al rellano vacío que había encima de la última planta. Me había sentado con la espalda apoyada contra la puerta que llevaba a la azotea, escuchando los timbrazos, los gritos de los chicos en las escaleras de abajo y los vastos silencios cuando el centro de vaciaba. Un estado de ánimo olímpico."
La adolescencia conlleva también el descubrimiento del significado de dos circunstancias reservadas a los adultos: el futuro, y su inseparable consecuencia, la muerte.
"En la calle, llegado a no sé dónde, me arrebató el deseo. Quería vivir. Quería ver cosas bellas. O morirme. Quería algo que fuera definitivo, algo que fuera nítido, tan visible y tangible como morir o como salvar la vida de alguien o como ser besado por Jean Simmons. Por mis ojos empezaron a rodar lágrimas de rabia. Empezó a suceder algo muy raro. Primero lo sintió mi cuerpo: una repentina calidez, una sensación de que algo se estaba congregando, el sentimiento de estar poseído por poderes sobrenaturales, como si yo pudiera hacer que los coches aparcados se elevasen en el aire por el simple capricho de que eso sucediera. Y de repente una fuerza extraordinaria me arrastró: tenía una potencia inmensa que podía sacudir la tierra y que se ponía en funcionamiento como la inesperada segunda fase de ignición de un cohete que ya está en el aire."
Esa disonancia entre la propia vida y la existencia de lo desconocido, el hambre de experimentación y las posibilidades que abre la visión adulta del mundo convierten esa rebelión en razón de la supervivencia, y la materialización, cuando se rechaza el sometimiento, es la huida del mundo conocido, el ineluctable peregrinaje hacia el santuario de la edad adulta.
""He ganado. Lo he conseguido. Voy a empezar una nueva vida." Y era cierto. Haverford College iba a darme la oportunidad de hacer borrón y cuenta nueva, y eso era lo único que yo había deseado. Ser aceptado por una buena universidad significaba que podía destruir mi pasado. Tenía la impresión de haber recibido la orden de destruir mi pasado, un pasado que yo no entendía, un pasado que temía, y un pasado con el que había imaginado que debería cargar durante toda mi vida."
Conroy habla de la infancia con la espontaneidad de un chiquillo, pero también con la fiabilidad de un adulto. El resultado son unas Memorias inolvidables.
"No podía resistirme a la claridad del mundo que se percibía en los libros, esa forma increíblemente grata a través de la cual la vida se volvía densa y accesible. Los libros eran la realidad. Y yo no me había decidido aún sobre mi vida real, esa cosa confusa y soñolienta, amorfa y casi imperceptible, sin principio ni fin."
Calificación: ****/*****

3 de septiembre de 2018

La Gran Caída. Handke en España

La Gran Caída. Peter Handke. Alianza Editorial, 2014
Traducción de Carmen Gauger
"Las palabras, incluso las no pronunciadas, no son solo palabras."
Acostumbrados a la sumisión a nuestras insistentes rutinas, a dejar que los hechos sucedan de forma pasiva, casi inconscientemente, nos sorprendemos tanto cuando cambian algunos de los factores que las componen -una inapreciable variación temporal, por ejemplo, o que nos sorprendan en un lugar desconocido o distinto del que llevan aparejado- que la estupefacción que nos invade nos puede llevar a la conclusión de que el sujeto que percibe esas experiencias puede ser alguien distinto de nosotros mismos, un individuo que, expulsado de la cotidianidad, debe entablar una pugna inmediata para recuperar, desde un incierto pasado que advierte como ajeno, una coherencia histórica que ha perdido en aquel desplazamiento.
"Pero, según él, ya no había hechos que contar, y con hechos él no se refería a ese "conforme a un hecho verdadero", sino a revelación, ya fuese la revelación del rostro de una persona, como en los retratos fílmicos de Carl Theodor Dreyer, Robert Bresson, Maurice Pialat, John Ford, Satyajit Ray, o el manifestarse uno, el otro, uno más grande, el grande, en ti y en mí, o el mero manifestarse de un recién nacido en un moribundo, de un zapato vacío como metáfora de un mudo grito de muerte, de una cucharilla que cae de la mano, como metáfora de una caída mayor."
La conciencia, ese nivelador de la experiencia, adquiere todo el sentido de su existencia en adjudicar a un mismo individuo prácticas tan dispares como engendrar a un ser y asesinar a otro, atribuyéndose una ficción de unidad contraria al sentido común. ¿Cómo podemos estar seguros de ser agentes, a la vez, de acciones tan dispares? ¿Cuándo actuamos como una realidad evidente, cuando llevamos a cabo un hecho determinado o su contrario? ¿O tal vez en ninguno de los dos, y nos limitamos a ser unos patéticos actores que representamos un papel cuyo guión escribió un demente bajo los efectos de sustancias disgregadoras de la individualidad, que nosotros adaptamos a las circunstancias en función de los parámetros que nuestra limitada inteligencia es capaz de percibir?
"Oyó a alguien detrás de él. Una vara de madera crujió bajo las pisadas del otro. Pero ya antes de volverse, cayó en la cuenta: el ruido procedía de él. Y después no fue solo esa equivocación. Un helicóptero tableteaba, cerca y más cerca: la camisa al viento, al andar. Un crujido en la maleza venía de la pluma de su sombrero. Un árbol iba a derrumbarse: su bostezo. El gruñido de aquel perro invisible: su estómago. Un grupo de caminantes que muy lejos entonaban una canción a coro: él mismo, solo, sin darse cuenta, se había puesto a cantar, a tararear. Desde abajo, desde los helechos y hierbas altas, alguien le lanzaba un líquido a la cara: otra vez él, que, espontáneamente, al andar, había cogido entre los dedos la cáscara llamativamente hinchada de una balsamina."
Pero si asumimos ese desdoblamiento en el caso de incidentes extremos, ¿no deberíamos también aceptarlo para las acciones más cotidianas? ¿Somos el mismo individuo cuando nos recortamos la barba que cuando ponemos agua a calentar para prepararnos un café? O, ¿es el mismo ser el que aguanta un chaparrón a campo abierto que el que ve la tormenta desde la ventana?
"Pero ahora la huida no entraba en consideración. No era permisible. Y además, el hedor se podía evitar levantándose y doblando la cabeza sobre la nuca, con la nariz y los ojos dirigidos al cielo. Así ya no había mal olor, y si lo había, limitado a quien se dejaba caer al suelo. Arriba, en las alturas, un campo de nubes, como estrías en la arena a orillas de un mar; otro campo de nubes, como salpicaduras de espuma; un avión que en lo alto de los cielos surca las estelas, ya muy desflecadas, de un avión anterior, semejante a las que deja un barco en el mar. Y el águila seguía describiendo sus giros, también aquí entre los millones de personas. Era verano."
No es tanto un problema de identidad como de identidades: ¿dónde está escrito que debamos tener una sola? Las contradicciones, esos torpedos dirigidos a la línea de flotación de nuestra unicidad, no son incongruencias que destruyen una pretendida uniformidad, pero imposible, sino manifestaciones de una multiplicidad que nos enriquece y que, una vez asumidas, añaden otra cara a esa compleja figura geométrica en constante evolución y cambio. Es la ausencia de contradicciones lo que hace imposible e incomprensible la existencia de Dios; es con su concurso como el ser humano adquiere consistencia en su interior, por la capacidad psíquica de aceptarlas, y flexibilidad en su exterior, la disposición para doblarse sin romperse.
"Pensando en todos esos senderos didácticos de los bosques, con letreros y dibujos a cada paso que informan no solo sobre árboles y arbustos sino también sobre la naturaleza del suelo, sobre la procedencia de las piedras, sobre cómo surgieron las rocas, ideó un "sendero didáctico equivocado" que era más o menos así: también a cada paso habría, en ese sendero, muy a la vista, cosas tan parecidas a otras que a primera vista se las tendría que confundir con ellas [...].  ¿Y el sentido de tal sendero didáctico? La contemplación, detallada, del error, de lo erróneamente considerado digno de ser encontrado, del causante del error, del objeto del error, una vez descubierto el engaño."
Conocer a alguien es, pues, una pretensión inútil porque ese alguien es, en realidad, un ser multifacético, imprevisible, que nunca reaccionará de la forma esperada, y cuya libertad se verá coaccionada si se le exige que se comporte de acuerdo a unas expectativas preestablecidas. Se debería tratar a los demás, incluso -o especialmente- a los más allegados, como si fueran siempre perfectos desconocidos, esta sería la muestra máxima de respeto. La misma consideración, con más razón, se debería tener hacia uno mismo: pretender que alguien se conoce a la perfección es una ficción fatal que solo puede conllevar irremediables consecuencias. Deberíamos, una vez más, hacer como los actores y representar, ante cada nuevo desafío, el papel adecuado y actuar con la tranquilidad de poder deshacerse de la máscara, aunque sea para adoptar otra, en el momento en que uno desee.
"Uno o dos quisieron trabar conversación, hablaban sin esperar respuesta, y él escuchaba en silencio y seguía su camino. Al mirar de reojo hacia atrás, había inesperadamente niños y niños sentados en lo hondo de la hierba y formaban un corro, y él pensó: "Las flores del bien". Pero también estaban ya los matones entre ellos. Hitler, de niño, tiraba piedras a las cabras."
Como mundo encerrado en sí mismo, la falta de perspectiva aísla a la naturaleza salvaje del discurrir del tiempo y del mundo, la encierra en una jaula de cristales reflectantes en la que la ilusión de mirar más allá queda refrenada por el propio reflejo, que acentúa su reclusión y refuerza su autorreferencia. El único punto de vista válido es el que se obtiene en la linde, en la línea trazada por el hombre, allí donde empieza su desaparición, justo en el espacio anterior al de la muerte. Lo mismo sucede con los grandes asentamientos urbanos, no perceptibles en toda su extensión desde el interior sino desde sus límites, donde la ciudad pierde su nombre, desde el arrabal asentado en precario sobre las alturas que la circundan, en el límite con la naturaleza, cuya supervivencia depende, paradójicamente, de la resistencia que puedan ofrecer los suburbios a la expansión de la peste urbana.
"Cualquier ruido procedente del mundo de los hombres le hacía vociferar en contra. Era un vociferar por sufrimiento y más aún por indefensión. Indefenso, indefenso, indefenso. Y al mismo tiempo, por determinación propia, la única que aún podía tomar, iba saliendo del bosque y persiguiendo de estación en estación lo que le torturaba."
También el ser humano, ese actor pésimo, se define en los límites, en las instancias no previstas, en los miedos inevitables, en los desafíos repentinos; es decir, en aquella situaciones para las que no tiene un guión preparado, una experiencia traducible, un recuerdo rescatable; donde también pierde su nombre, donde no existe identidad alguna ni definición establecida. Solo allí es visible su naturaleza, la duda, el terror, la indefensión.
"Desviar la vista y seguir caminando sin respuesta a su saludo: allí no había nada que ver. Y al mismo tiempo cayó en la cuenta de que conocía al que estaba sentado en aquel banco y le miraba como si fuera transparente y no sólo allí. Eso lo supo al momento, con una claridad como solo se da en algo que uno jamás habría considerado posible. Ese extranjero, que estaba en un país extranjero, había sido una vez, en el país común a ambos, su vecino, su buen vecino. Casi un amigo. Un amigo. Con una exclamación se dio la vuelta hacia él, con la exclamación de su nombre: "¡Andreas!", el primer nombre de persona que ese día le venía al actor a los labios y a la mente. Para él, la mujer se llamaba desde el comienzo solo "la mujer", lo que entre hombres, en su tierra de origen, era, había sido, podría haber sido, una expresión de respeto; y su lejano hijo había sido ese día de hoy su hijo, o también solo "el hijo"."
En la antigüedad, y también ahora en la naturaleza, las guerras eran provocadas para ocupar un espacio y los beneficios de la victoria alcanzaban a todos los intervinientes: mejores pastos, bosques más productivos, mares más fecundos. En la actualidad, las guerras se entablan para conseguir  más tiempo, para adueñarse de los tiempos de vida del enemigo, para aniquilar su supervivencia con el espejismo de apropiarse de su futuro, de sus posibilidades, de sus expectativas, para sumar el tiempo que le fue concedido al nacer, ese bien inmaterial del que uno solo puede apropiarse robándolo, para añadirlo al propio y avanzar en la esperanza de una inalcanzable inmortalidad: almas a cambio de tiempo.
"Las palabras de Dios o de su oráculo pasarían, ¿o habían pasado ya? Desde cuándo? ¿Desde los genocidios? ¿Desde las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki? ¿O ya desde los millones de muertos de la Primera Guerra Mundial? ¿O antes aún? ¿Y con las palabras de Dios pasarían el cielo y la tierra, o habrían pasado hacía tiempo, la tierra había dejado de ser el mundo de Dios y de los hombres?"
El lugar que mejor reconocemos, en el que han transcurrido los instantes más numerosos o más importantes de nuestras vidas, puede ser también el lugar en el que nos sintamos más solos. Ni la identificación de las señales, viejas, ajadas, pero aún reconocibles, que marcaron como hitos nuestro pasado; ni el reencuentro con las personas a las que, en algún momento, nos sentimos ligados; ni los episodios que podemos recrear con la fidelidad máxima; pues todo ello hace referencia a un tiempo que ya no existe, puede aliviar nuestra condición de superviviente y el profundo sentimiento de soledad del tiempo presente. El pasado -un lugar peligroso en el que mandan los únicos hechos que no se pueden enmendar, los recuerdos-, como parece que dijo alguien, es un país que no se puede visitar de nuevo.
"Habría deseado menos luz para acercarse a la meta. Pero era una ciudad de las luces, y hasta en las calles laterales había una claridad de la que, eso pensaba él, "no había escapatoria posible". Había una claridad como si fuera de día, y sin embargo de modo muy distinto: en lugar del cielo en las alturas, ya a media altura solo tinieblas. Recordó la historia de aquellos habitantes de Schilda que creían poder llevar la luz del día con cubos o palas a las casas sin ventanas, y se imaginó una escena al revés, en la que, a paladas, fuesen transportadas las tinieblas a la excesiva claridad."
Si la literatura de ficción suele ser la narración de los hechos que ocurren en un lapso de tiempo determinado, Handke, cuyo análisis se resiste a esta catalogación tan general, sitúa su narración en el tiempo que transcurre entre dos hechos concretos, elaborando una narrativa volátil que no se deja aprisionar en la celda de los géneros; multifacética, con cambios de aspecto a cada momento en función del punto de observación en que se sitúa el autor; cambiante, alternando la relación de hechos con las inmersiones en la cabeza de los personajes; fronteriza, explorando los límites de los horizontes de sucesos para internarse en los intersticios entre las brechas de la realidad. Una literatura total, enraizada en el paisaje y focalizada en las experiencias, de las cuales los hechos son únicamente las manifestaciones externas.

La literatura de Handke es una literatura aferrada al paisaje, a la naturaleza. Cada piedra, cada árbol, cada flor, cada fruto, escriben sus líneas en párrafos que van desde la bravía hasta la domesticidad, desde la exuberancia en un pasado salvaje hasta la extinción en un futuro próximo; la rebeldía transformada en sumisión, pero también desde la persistencia, la lucha sorda y constante contra la extinción, hasta la pérdida del paisaje -por lo tanto, del lugar- por la acción insolente del autoproclamado rey de la creación, inconsciente de estar destruyendo el medio que le dio la vida.

Calificación: *****/*****


Handke y España. Alianza Editorial,  2017
Edición de Cecilia Dreymüller
"Al igual que mis otros paisajes del mundo, para mí, escucha bien, también la sierra de Gredos, de vez en cuando, cada vez que he estado aquí, a pesar de la historia y del tiempo de ahora, me ha parecido un ejemplo de una vida terrenal que es indevastable y que, si tal vez no una eternidad entera, sí que promete media eternidad."
El volumen, editado por la traductora, editora y crítica Cecilia Dreymüller, la handkeana más acérrima -tal vez junto a Eustaquio Barjau, pero este tiene menos mérito- de estos lares, ofrece una visión general de la relación entre el escritor austríaco y España, un lugar omnipresente en su obra. Recoge fragmentos de prosa inspirados o localizados en la geografía española; entrevistas relativas a los libros relacionados con este país más otra a su traductor Eustaquio Barjau; y, finalmente, algunos textos de escritores en castellano que reflexionan sobre su lectura particular de Handke y, en algunos casos, rastrean la influencia de la escritura del austríaco sobre su propia obra.

Un libro especialmente interesante para los lectores de Handke pero en el que los no lectores pueden encontrar una atrayente introducción a la obra del genial escritor austríaco.

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de Los avispones
Notas de Lectura de La noche del Moldava
Notas de Lectura de Ensayo sobre el lugar silencioso
Fe de Lectura de Los hermosos días de Aranjuez
Notas de Lectura de Una vez más para Tucidides
Fe de Lectura de Lento en la sombra

31 de agosto de 2018

Consideraciones sobre la Revolución Francesa

Consideraciones sobre la Revolución francesa. Madame de Staël. Arpa Editores, 2017
Edición, traducción, presentación y notas de Xavier Roca Ferrer

Este año 2018 se celebra el 200 aniversario de la primera publicación de Consideraciones sobre la Revolución francesa (Considérations sur les principaux événements de la Révolution française, depuis son origine jusques et compris le 8 juillet 1815, 1818, póstumo). 

Siempre se ha considerado a la Ilustración el movimiento precursor de la Revolución francesa, pero es patente que la Enciclopedia, si bien dejó su rastro en los hechos de 1789, poco tiene que ver con 1794 y con los hechos posteriores hasta 1848, cuando la influencia se reeditaría. Anne-Louise Germaine NeckerBaronesa de Staël Holstein, conocida como Madame de Staël, ilustrada y revolucionaria, hurga en los hechos acaecidos a lo largo de los veinticinco años más apasionantes de la historia universal de occidente, desde el estallido de la Revolución hasta la restauración borbónica a favor de Luis XVIII, para investigar acerca de esas y otras diferencias. La obra fue planeada inicialmente como apología y homenaje a la figura de su padre, Jacques Necker, inspirador en materia de teoría económica y ministro en varias ocasiones durante los reinados de Luis XIV y Luis XVI, acabó constituyendo un fresco histórico de alto valor documental.

La obra se estructura en cuatro partes complementarias pero diferenciadas: los antecedentes de la Revolución, que se remontan al reinado de Luis XIV y concluyen con los hechos del 14 de julio; la Revolución propiamente dicha, que subdivide en dos períodos: desde esa fecha hasta la proclamación de la Constitución de 1791, y de ahí hasta el comienzo del esplendor napoleónico; la Revolución del 18 Brumario hasta la abdicación de Bonaparte; la restauración de los Borbones y la ruina final del Emperador; y cierra el volumen con una encendida apología de Inglaterra y con el intento teórico de la aplicación en Francia del sistema político británico.
 Consideraciones sobre la Revolución francesa es, por supuesto, un relato de primera mano  cuya adecuación al relato de la historia conlleva el irresuelto problema de la objetividad -es imposible que no venga a la memoria esa otra cumbre de la literatura memorialística, a pesar de sus destacadas diferencias, que es Memorias de ultratumba-. Se pueden censurar los prejuicios, incluso cuando estos toman la forma de intereses particulares, a la hora de contar los hechos, pero de igual modo la interpretación de los mismos, en años posteriores, puede verse afectado por aquellos. Más allá de los intereses personales y familiares, el relato contiene una capacidad de análisis notable en la que predomina el sentido común. 

Calificación: Hors catégorie

29 de agosto de 2018

¿Qué sé yo?

¿Qué sé yo? La filosofía de Michel de Montaigne. Jaume Casals. Arpa Editores, 2018
"Y aun cuando nadie me lea, ¿habré perdido mi tiempo por haber empleado tantas horas ociosas en pensamientos tan útiles y gratos? Moldeando en mí esta figura, me fue preciso con tanta frecuencia acicalarme y componerme para sacar a la superficie mi propia sustancia, que el patrón se fortaleció y en cierto modo se formó a sí mismo. Pintándome, para los demás, heme pintado en mí con colores más distintos que los míos primitivos. No hice tanto mi libro como mi libro me hizo a mí; este es consustancial a su autor, de una ocupación propia: parte de mi vida, y no de una ocupación y fin terceros y extraños, como todos los demás libros."
El volumen de Jaume Casals, traductor y editor de varias obras de Montaigne, recopila una veintena de textos académicos publicados a lo largo de treinta años, reeditados bajo un nuevo índice temático.

El texto, como es natural, no sustituye a la lectura de los Ensayos pero es un magnífico complemento que sistematiza el aparente desorden de la obra de Montaigne. Por esa razón, uno recomendaría su lectura, para los interesados en la filosofía, antes de afrontar la de los Ensayos, pues constituye una excelente y sumamente inteligible introducción al pensamiento del perigordino; para los futuros lectores de los Ensayos, en cambio, sería un epílogo extraordinario a la obra en aquellos casos en que, sin ser lectores habituales de filosofía, busquen una estructura textual más organizada.

La obra de Casals dedica especial atención, por una parte, al pensamiento político de los Ensayos, en combinación con la obra de La Boétie; y, por otra, a la reformulación montaniana del escepticismo, la epokhé clásica, por medio del lema "¿Qué sé yo?" ("Que sçay-je?").

La mayor riqueza de los Ensayos es que no están subordinados a ningún principio absoluto -la escuela que sigue Montaigne es la ausencia de escuela- y que, por consiguiente, no formen ningún sistema-; por esa razón, parece -y es- difícil encasillar la obra, que, además, se escribió a lo largo de un prolongado espacio de tiempo, en alguna corriente filosófica preestablecida; para solventar esa dificultad, Casals indaga en el pensamiento de Montaigne en busca de sus antecedentes, los más explícitos inmortalizados en las famosas vigas de la biblioteca, y analiza las nuevas formulaciones del francés que dieron lugar a uno de los textos más importantes no solo de la literatura universal sino también de la civilización occidental.

Otros recursos relativos a Michel de Montaigne en este blog:
Artículo acerca de la torre del castillo de Michel Eyquem de Montaigne y de las citas clásicas escritas en las vigas de la biblioteca. 

27 de agosto de 2018

La Comedia humana. Volumen VII

La Comedia humana. Escenas de la vida de provincia. Volumen VII. Honoré de Balzac. 
Hermida Editores, 2018. Traducción y notas de Aurelio Garzón del Camino
El séptimo volumen de La Comedia humana es el segundo de la segunda sección, "Escenas de la vida de provincia", perteneciente a la división "Estudios de costumbres". Pierrette (Pierrette, 1840), El cura de Tours (Le curé de Tours, 1832) y Un hogar de soltero (La Rabouilleuse, 1842) forman parte de la subdivisión Los solteros (Les Célibataires); La solterona (La Vieille Fille, 1837) y El Gabinete de los Antiguos (Le Cabinet des Antiques, 1839) a Las rivalidades de la vida en el campo (Les Rivalités)

Renuevo, como a cada volumen, mi reconocimiento personal y lector a Hermida Editores, que sigue cumpliendo con el compromiso que supuso editar el primer volumen de esta opera magna de la literatura occidental; como en las ocasiones anteriores, me limitaré a redactar una pequeña introducción a cada una de las obras incluidas en el volumen, haciendo más hincapié en los detalles sociales y de las costumbres que en la acción propiamente dicha.


Si bien en buena parte de las novelas de la serie "Escenas de la vida privada" los protagonistas pertenecían a la nobleza de provincias, aunque a menudo eran tomados en consideración en contraste con el estrato social equivalente de la capital, es en el presente ciclo en el que Balzac pone bajo su punto de mira a esa vida de provincia con la condescendencia del que se siente superior pero también con la determinación del arqueólogo que no sólo debe descubrir los vestigios del pasado sino también interpretarlos.


Pierrette


Balzac es un escritor especialmente riguroso en su retrato de las gentes de provincias en general, pero esa censura, a menudo próxima a la mordacidad, se ceba con predilección en el estrato social de los comerciantes, para los que reserva despiadadas invectivas, en especial hacia aquellos que, emigrados de la atrasada provincia rural, se trasladan -y con ellos, sus lacras- a París con el objetivo de hacer fortuna, para exportar con posterioridad los símbolos de su éxito a su lugar de origen y disfrutar del ansiado estatuto de burgués alcanzado en la capital. A diferencia del comerciante oriundo de esta, cuyas aspiraciones se ven extraviadas por exceso de oferta, la del emigrado se concentran en atesorar la fortuna suficiente como para retirarse a su provincia para exhibir y disfrutar de su desahogada situación económica, como el indiano que va a "morir en la madriguera" cuando vuelve a su patria chica para vivir de rentas y hacer evidente su fortuna.

"Cuando el modesto negociante que llega a París desde provincias vuelve a provincias desde París, lleva siempre consigo algunas ideas que pierde luego con las costumbres de la vida de la provincia en que se sumerge y en la que sus veleidades de renovación se anulan. De aquí esos pequeños cambios lentos y sucesivos con los que París acaba por arañar la superficie de las ciudades provincianas, y que marcan esencialmente la transición del ex-tendero al provinciano redomado. Esta transición constituye una verdadera enfermedad. Ningún tendero pasa impunemente de su charla continua al silencio y de su actividad parisiense a la inmovilidad provinciana. Cuando estas buenas gentes han ganado alguna fortuna, gastan una parte de ella en satisfacer una pasión largo tiempo incubada, empleando en esto las últimas oscilaciones de un movimiento que no puede detenerse a voluntad."
Pero esa exhibición de fortuna, que puede extasiar al pueblo llano por su magnificencia, también despierta la desaprobación -que es el cariz que toma una vez elaboradala más primaria envidia- de los elementos, la mayoría de los cuales provienen de un origen parecido y que, por tanto, tienen poco que denostar a los recién llegados-, que componen el estrato burgués, al verse cuestionados por los recién llegados e, incluso, amenazados en su posición; su defensa ante ese peligro es la censura en privado y el boicoteo en público.

Es en ese ambiente enrarecido donde viene a dar con sus huesos Pierrette, una adolescente hija de comerciantes arruinados, que es acogida por sus primos, una pareja de hermano y hermana solterones, retirados a la ciudad que les vio nacer después de haber acumulado una considerable fortuna, en calidad de ahijada sin dote ni posibles, y que viene a turbarla paz hogareña y a consumir sus rentas.
"Los espíritus pequeños tienen necesidad de despotismo para el juego de sus nervios, del mismo modo que las almas grandes están sedientas de igualdad para la actividad del corazón. Ahora bien, los seres de espíritu estrecho logran su expansión tanto con la persecución como con la beneficencia; pueden probarse a sí mismos su poder por un dominio cruel o caritativo sobre otro, pero siempre van del lado adonde les impulsa su temperamento. Añadid el vehículo del interés y tendréis la clave del enigma de la mayoría de las cosas sociales."
Pierrette encarna el tipo de muchacha inexperta, educada fuera del mundo y, a pesar de las limitaciones pecuniarias de sus tutores, en una relativa magnificencia pero en la ignorancia absoluta del valor de las cosas -y de las personas-; y que, por un revés de la fortuna, es trasplantada a un mundo real con respecto al cual su inexperiencia queda de manifiesto a través de su inadaptación, que no hace más que provocar la escalada de tensión con sus primos y dar comienzo a una espiral de reproches y reprobaciones de un final tan incierto como predecible.
"¿No es un hecho notable y digno igualmente de la atención de los filósofos y de los indiferentes la perfección seráfica de las jóvenes y de los jóvenes a quienes la muerte marca con su hierro entre la muchedumbre, como los arbolillos jóvenes de un bosque? Quien ha presenciado una de esas muertes sublimes no podría hacerse incrédulo o seguir siéndolo. ¡Esos seres exhalan como un perfume celestial, sus miradas hablan de Dios, su voz es elocuente hasta en sus más indiferentes palabras, y con frecuencia suena como un instrumento divino, enunciando los secretos del porvenir."
Por más que la lógica parezca evidenciar que las intrigas -de todas clases- encontrarían campo abonado en los lugares más cercanos a los templos del poder político, económico o social, y que sería en la capital o en las grandes urbes donde aquellas alcanzarían su mayor desarrollo, la realidad constata que en medios menos poderosos también pueden madurar, si no en asuntos de importancia principal, sí con el mismo -o mayor- grado de virulencia. Y en provincias, igual que en la capital, se disfraza la crueldad, en el caso de las personas solteras, por adquirir una posición social destacable, con la vestimenta del amor.
"Convengamos entre nosotros que la legalidad sería una buena cosa para las bellaquerías sociales en el caso de que Dios no existiese."
El cura de Tours

Si bien la avaricia es una inmoralidad mal considerada -y uno de los siete pecados capitales según  Gregorio Magno- con respecto a cuya condena coinciden las autoridades eclesiásticas y las seglares, la ambición, en cambio, cuenta, aunque con alguna reserva, con la aprobación de ambos estamentos. Así que a pesar de no ser confesable debido a la apatía que se presupone al estamento sacerdotal, no es ni grave ni extraño que un oscuro e intrascendente abate de provincias caiga en la tentación de desear algunos bienes terrenales y que ni su conciencia ni su moralidad se sientan culpables por codiciar el disfrute de la posesión de la vivienda de un anciano colega.
"En efecto, el abate Chapeloud legó en su testamento su biblioteca y su mobiliario a Birotteau. La posesión de estas cosas, tan vivamente deseadas, y la perspectiva de ser admitido como huésped por la señora Gamard suavizaron bastante el dolor que causaba la pérdida de su amigo el canónigo: quizá no le habría resucitado, pero le lloró. Durante algunos días estuvo como Gargantúa, el cual, habiendo muerto su mujer al dar a luz a Pantagruel, no sabía si regocijarse por el nacimiento o apenarse por haber enterrado a su buena Balbec, y se equivocaba alegrándose por la muerte de esta y deplorando el nacimiento de Pantagruel."
Sin embargo, toda conquista conlleva alguna renuncia, y la posesión de aquella vivienda, largamente deseada, tuvo como contrapartida la enemistad de su hospedera, con lo que su disfrute, en el caso de un individuo de tan escasa inteligencia que es incapaz de seguir una serie de relaciones causales, se vio afectado con rapidez por la frialdad de aquella, prontitud de la que careció el abate para darse cuenta de las razones que habían provocado el cambio de su actitud.
"Sin sondear demasiado en el vacío y en la nulidad de la señorita Gamard, y sin explicarse tampoco la pequeñez de sus ideas, el pobre abate Birotteau advirtió un poco tarde, para desgracia suya, los defectos que tenía, tanto los que compartía con todas las solteronas como los que le eran privativos. Lo malo en los demás resalta tan vigorosamente sobre lo bueno que casi siempre impresiona nuestra vista antes de herirnos. Este fenómeno moral podría justificar, si necesario fuese, la inclinación que con mayor o menor fuerza sentimos todos por la maledicencia. Es tan natural, socialmente hablando, burlarse de las imperfecciones de los demás que deberíamos perdonar la murmuración irónica que nuestras propias ridiculeces autorizan y no asombrarnos sino de la calumnia. Pero los ojos del buen vicario jamás tuvieron esa finura óptica que permite a las gentes de mundo ver y evitar prontamente las asperezas del prójimo; por lo cual, para reconocer los defectos de su patrona, tuvo que sufrir la advertencia que da la naturaleza a todas sus creaciones: ¡el dolor!"
En definitiva, su vida en común empeora a ojos vista y pone en evidencia la dificultad de la cohabitación entre dos individuos sometidos, por diferentes razones, al estigma de la soltería: uno, por cuestiones profesionales; la otra, la verdadera diana de las invectivas de Balzac, por su diabólico carácter, unas carencias que el novelista analiza de una forma pormenorizada y censuradora -y cuyas conclusiones, si bien razonables en su época, no resistirían en la actualidad la más leve mirada-.
"Como no podía emplear, según lo quiere la naturaleza, la actividad propia de la mujer, y necesitando gastar esta energía de algún modo, la solterona la aplicaba a las intrigas mezquinas, a los chismorreos provincianos y a las combinaciones egoístas en que acaban por ocuparse exclusivamente las solteronas. Birotteau, para desgracia suya, había desarrollado en Sophie Gamard los únicos sentimientos que esta pobre criatura podía experimentar: los del odio, que, latentes hasta entonces a causa de la calma y la monotonía de su vida provinciana cuyo horizonte se había estrechado todavía más para ella, debían adquirir una intensidad tanto mayor cuanto iban a ejercerse sobre cosas pequeñas y en medio de una esfera limitada."
En todo caso, del enfrentamiento entre ese ser vil y fanático que es una solterona y el cándido y generoso sacerdote derivan unas consecuencias fatales para este, que se ve obligado a un inimaginado cambio de vida -con la sacudida que eso significa para un soltero, sea célibe o no-, a entablar un proceso legal para defender sus intereses -promovido por algunos de sus partidarios, tentados a emprender un pleito en el que ellos, a diferencia del abate, no tenían nada que perder pero que podía contribuir a asentar su posición en otros ámbitos ciudadanos y políticos- que acaba desposeyéndolo de sus bienes, de sus derechos y de la paz de conciencia tan necesaria para su profesión.

La moraleja que parece extraer Balzac de su historia es que jamás se debe contrariar a una solterona; y si esta se asocia con un solterón profesional, hay que huir como de la peste porque esa alianza es invencible.
"El celibato tiene el vicio capital de que, haciendo que converjan todas las cualidades del hombre en una sola pasión, el egoísmo, hace a los solterones nocivos o inútiles. Vivimos en una época en que la falta de los gobernantes ha sido el haber hecho al hombre para la sociedad, menos que a la sociedad para el hombre. Existe un combate perpetuo entre el individuo y el sistema que quiere explotarle en provecho propio; mientras que en otros tiempos el hombre, realmente más libre, se mostraba más generoso con respecto a la cosa pública."
Un hogar de soltero
"Nada exige en la vida mayor atención que las cosas que parecen naturales, pues de lo extraordinario suele desconfiarse siempre bastante; así, podréis ver que los hombres de experiencia, los procuradores, los jueces, los médicos y los sacerdotes conceden una importancia enorme a las cosas sencillas; siempre se les encuentra meticulosos. La serpiente escondida bajo las flores es uno de los mitos más bellos que la Antigüedad nos ha legado para la dirección de nuestros asuntos. Cuántas veces exclaman los necios, para excusarse a sus propios ojos y a los de los demás: "¡Era tan sencillo que todo el mundo se hubiera dejado engañar!"."
Dos viudas, tía y sobrina, Bridau y Descoings, viven una existencia de privaciones. Joseph, el hijo de la Bridau, muestra desde muy joven una buena predisposición para la pintura, mientras que su hermano Philippe abraza la carrera militar, profesión que, al contrario de la de su hermano, cuenta con la plena aprobación materna.

Sin embargo, pasado cierto tiempo y con la derrota del Emperador de por medio, Philippe, en quien su madre había depositado todas sus esperanzas, se convierte en un zángano sin oficio ni beneficio que acaba con los ahorros de la familia, mientras que Joseph, de forma discreta, se ha labrado una carrera como pintor que le permite vivir y contribuir a los gastos domésticos.
"Cuando los hombres dotados de valor físico, pero cobardes e innobles en el aspecto moral, como lo era Philippe, han visto cómo la naturaleza de las cosas recobra en torno a ellos su curso normal después de una catástrofe en la que su moralidad ha zozobrado, tal condescendencia de la familia o de los amigos es para ellos un incentivo. Cuentan con la impunidad, y su talento viciado y sus pasiones satisfechas les llevan a analizar de qué modo lograron eludir las leyes sociales, con lo que se hacen entonces horriblemente hábiles."
Existe la idea de que la miseria en una gran ciudad se convierte en tan solo pobreza en provincias, donde, por otra parte, existen mayores posibilidades de supervivencia y, además, el número de tentaciones que llevan a la ruina es sensiblemente menor. Con independencia de lo apropiado de esa afirmación, la familia protagonista de la novela tiene la posibilidad de reconciliarse con un pariente rico, solitario y misógino, y de aprovecharse en un futuro no muy lejano de un legado importante.  Con este propósito, se trasladan al campo, y es en este cambio de escenario donde Balzac aprovecha para contrastar, de nuevo, la vida en ambos ambientes y, en particular, las diferentes circunstancias que rodean la vida de las personas solteras, a la par que contrapone, una vez más, la supuesta civilización de los parisinos con la también pretendida rusticidad de los provincianos, y la animadversión innata de estos con respecto a aquellos; mención aparte merece el inclemente retrato que reserva para el avaro de provincias:
"En efecto, diez minutos después, las tres mujeres y Joseph se encontraban solos en aquel salón cuyo piso no se frotaba jamás, sino que sólo se barría, y del que los tapices con marcos de roble con estrías y molduras y todo el mobiliario sencillo y casi sombrío apareció a los ojos de la señora Bridau en el mismo estado en que ella los había dejado. La Monarquía, la Revolución, el Imperio y la Restauración, que respetaron muy pocas cosas, habían respetado aquella sala en la que lo mismo sus esplendores que sus desastres no dejaron la menor huella."
La herencia del pariente pasa a ser le centro alrededor del cual ruedan los dos bandos enfrentados para conseguirla; a todas las tribulaciones que Balzac adjudica a la vida de soltero parece que se añade una que las empeora: ser un soltero acaudalado, una posición que, si coincide con la falta de descendencia directa, atrae a toda una colección de asaltafortunas, y que en esa guerra desatada participan, con parecida impiedad, familiares ambiciosos y parvenus intrigantes, sin que el grado de parentesco influya de ningún modo en el grado de la crueldad ni en la intensidad de la beligerancia.
"[...] el cálculo escondido en un sentimiento penetra hondamente en el corazón y disipa el él el duelo más sincero. He aquí cómo la naturaleza se permite en la vida privada lo que en las obras del genio es el colmo del arte; el medio que la naturaleza emplea es el interés, que es el genio del dinero."
Al final, tanto de esta novela como de otros textos, puede extraerse una moraleja en forma de apología del matrimonio por contraste: una mujer soltera es demasiado débil; un hombre soltero es demasiado ambicioso.

La solterona

Empeñado en no dejar ningún ejemplar de su planeado catálogo de caracteres y situaciones sin su correspondiente cuota de investigación, Balzac arremete en La solterona contra ese ejemplar de la fauna humana en su versión provinciana.

Para ello, hace uso de una plantilla de caracteres, comunes a otras obras: en primer lugar, el supuesto caballero -aquí, un descendiente de la casa de Valois- soltero y con pocas posibilidades que malvive en una ciudad de provincias gracias a una reducida renta y al producto de algunos trapicheos:
"Lo que de París a Pekín había hecho notable al caballero era la dulzura paternal de las maneras con que trataba a las obreritas, las cuales le recordaban a las jóvenes alegres de otro tiempo, aquellas ilustres reinas de la Ópera que gozaron de una fama europea durante un buen tercio del siglo XVIII. Es indudable que el gentilhombre que ha vivido alguna vez con esa nación femenina olvidada como todas las grandes cosas, como los jesuitas y los filibusteros, como los abates y los arrendadores de rentas, ha llegado a adquirir una cordialidad irresistible, una facilidad graciosa, un abandono desprovisto de egoísmo";
en fin, un individuo empeñado en la apariencia de mantener un estatus del que, probablemente, jamás había disfrutado. La contrapartida es otro caballero, antaño opulento pero caído en desgracia por culpa de unas cuentas mal saldadas con el Emperador, de vida algo más desahogada que el Valois pero también más estúpido:
"Un hombre arruinado por el primer cónsul y precedido de la colosal reputación que le habían dado sus relaciones con los jefes de los gobiernos pasados, su género de vida y su reinado efímero [...]. Du Bousquier, como todos los que no pueden vivir más que con la cabeza, acarreaba sus sentimientos de odio con la tranquilidad de un arroyo débil en apariencia, pero inagotable; su odio era como el del negro, tan apacible y tan paciente que engañaba al enemigo. Su venganza, incubada por espacio de quince años, no se vio harta con ninguna victoria [...]"
Ambos, enfrentados por sus aspiraciones económico-matrimoniales, forman la primera línea de ataque en la cruenta batalla, no exenta de juego sucio, en la guerre comme en la guerre, por la conquista de alguna de las solteronas con posibles de la localidad. A ambos se les añade, a última hora, un lechuguino de veintitrés años, aspirante a gran escritor, pariente lejano de la pretendida y soltero, más que por vocación, por una mezcla de timidez e inexperiencia, y cuyo deseo, a diferencia de sus antagonistas, inconstante y voluble, es antes abandonar su estado que adquirir el estatuto de casado.  Y es que la institución del matrimonio tiene una fuerza particular en provincias:
"Por natural que pueda parecer en una capital una relación pasajera entre un joven como Athanase y una hermosa muchacha como Suzanne, en provincias espanta y deshace de antemano el matrimonio de un joven pobre, ya que la fortuna de un buen partido hace pasar por alto todo enojoso incidente. Entre la depravación de ciertas relaciones y un amor sincero, un hombre de corazón, sin fortuna, no puede vacilar: preferirá las desgracias de la virtud a las desgracias del vicio. Pero en provincias, las mujeres de que puede enamorarse un joven son escasas: no podrá obtener una joven bella y rica en un lugar donde todo es cálculo; le está prohibido amar a una joven hermosa y pobre, pues, como dicen los provincianos, esto equivaldría a juntar el hambre con las ganas de comer, y, finalmente, una soledad monacal siempre es peligrosa para la juventud. Estas reflexiones explican por qué la vida de provincias, se asienta con tanta fuerza en el matrimonio."
A pesar de una variada muestra local, los intereses de los solterones se dirigen hacia el mismo objetivo: una solterona de mediana edad, de familia, aunque plebeya, notable, bien relacionada con el poder y con la Iglesia, con relativa buena fama en los salones de la ciudad, religiosa y ligeramente estúpida, con una vivienda espaciosa y confortable, con una renta suficiente y sin herederos directos, y a la que Balzac dedica una descripción extensa y detallada tanto en el plano físico como en el moral de antología.

Sin embargo, aparte de la manifiesta animosidad mutua que mostraban los pretendientes, su completa y omnipresente disponibilidad mantienen a la solterona en una dudosa indefinición, más producto de su carácter voluble e indeciso que por los deméritos de aquellos. Así que la llegada de un cuarto en discordia, un descendiente de la nobleza recomendado por un pariente abate desata los deseos matrimoniales de la solterona, pero la imposibilidad de casarse con él la hace decidirse, en un arrebato tan lleno de inconsciencia como de venganza, por uno de los demás, decisión que provocará una cadena de tragedias, fielmente expuestas por Balzac mediante un cambio de tono magistral, que alterarán la consideración de la recién casada por parte de sus antiguas amistades y de la práctica totalidad de la población, y cuya manifestación personal se plasmará en la futura infidelidad de quien, por su ansia de cambiar de estado, tomó la peor de las alternativas posibles.
"Los mitos modernos son todavía menos comprendidos que los mitos antiguos, a pesar de que estamos devorados por los mitos. Los mitos nos acosan por todas partes, sirven para todo y lo explican todo. Si son, según la escuela humanitaria, las antorchas de la historia, salvarán a los imperios de toda revolución, por poco que los profesores de historia hagan penetrar sus explicaciones hasta en las masas provincianas."
El Gabinete de los Antiguos

La nobleza de provincias, con tanta historia como pocos recursos, ignorada en la corte, en la capital y en los departamentos vecinos, mantiene un estatus elevado en su circunscripción, más por presencia y tradición -por costumbre- que por importancia o influencia efectiva. Una posición que depende, pues, en mayor medida de la incuestionada consideración de sus paisanos, heredada generación tras generación, y de una historia, incluso con algunos tintes supersticiosos, más mítica que fiel a la verdad, que ha ido tomando forma a lo largo de los años, más que por su influencia real.
"El palacio D'Esgrignon era sencillamente la casa en que vivía un viejo gentilhombre, llamado Charles Marie Victor Angel Carol, marqués D'Esgrignon o Des Grignons, según antiguos documentos. La sociedad comerciante y burguesa de la ciudad había llamado epigramáticamente a su vivienda palacio, y, desde hacía una veintena de años, la mayoría de los vecinos habían acabado por decir seriamente el palacio D'Esgrignon para designar la casa del marqués."
La familia protagonista, las dos últimas generaciones de una saga noble pero venida a menos, está compuesta por el mencionado marqués, viudo y padre de un hijo, Victurnien:
"La conducta admirable, la lealtad de gentilhombre y la intrepidez del marqués D'Esgrignon le valieron sinceros homenajes, del mismo modo que sus desventuras, su constancia y su fidelidad inalterable a sus opiniones le merecieron en la ciudad un respeto universal [...]. Todas las personas bien educadas que pertenecían al sistema imperial, e incluso las autoridades, tenían tanta condescendencia con sus prejuicios como consideración hacia su persona. Pero una gran parte de la sociedad nueva, gentes que bajo la Restauración iban a llamarse los liberales [...], se burlaban del oasis aristocrático donde nadie podía entrar sin ser buen gentilhombre y persona irreprochable";
y su hermana de veintisiete años, Armande, madre en funciones de su sobrino, único representante de la última generación:
"La señorita D'Esgrignon es una de las figuras más instructivas de esta historia, y os dará a conocer todo lo que pueden tener de nocivo las virtudes más puras cuando falta la inteligencia";
ambos son gente respetada por sus partidarios y odiada por sus adversarios a partes iguales, y cuyo Salon era denominado por sus detractores "El Gabinete de los Antiguos·.

A pesar de no tomarse ni un respiro en su despiece de la sociedad de provincias, Balzac ajusta el retrato de la familia con un poco más de simpatía -que se acerca, en algunos pasajes, a la ternura- que en la mayoría de sus obras, como si el anacronismo de un origen y de unas costumbres desplazadas por la evolución imparable de la sociedad pudieran ser disculpados debido a la fidelidad mantenida su estatus, en tiempos ciertamente adversos y en contra de las modas cambiantes y una política errática, y que, en definitiva, no se alejaba demasiado del suplicio de Tántalo, siempre a punto de conseguir su deseo pero sin poder darlo nunca por satisfecho.
"En provincias es difícil no llegar al cuerpo a cuerpo a propósito de cuestiones o intereses que, en la capital, aparecen bajo sus formas generales y teóricas y que engrandecen lo bastante a sus campeones [...]. En París, los hombres son sistemas; en la provincia los sistemas se convierten en hombres, y hombres de pasiones incesantes, siempre presentes, espiándose en su vida íntima, epilogando sus discursos, observándose como dos duelistas dispuestos a hundir seis pulgadas de acero en el pecho del contrario a la menor distracción, y procurando fomentar las distracciones; ocupados, en suma, en su odio como jugadores despiadados."
Se trata, pues, de la enésima reedición de la guerra entre la decadente aristocracia, pero que detentaba aún ciertas cotas de dominio debido a los vaivenes de la política francesa, y la emergente burguesía, empeñada en sustituir a la nobleza de cuna por el poder del dinero. En contra del necesario equilibrio entre la clase menguante y la floreciente se halla Victurnien, educado en un ambiente que, si bien se le permitía de forma tácita a su padre como concesión casi anecdótica a su pasado, ya no tenía razón de ser en la sociedad que le era contemporánea y que esa misma comunidad ya no toleraba.
"[...] no se puede esperar jamás nada bueno de los jóvenes que confiesan sus faltas, se arrepienten de ellas y vuelven a hacerlas. Los hombres de gran carácter no confiesan sus faltas sino a sí mismos, y ellos mismos las castigan. En cuanto a los débiles, vuelven a caer en el surco, por encontrar la orilla demasiado difícil de bordear."
Esa transición se lleva a cabo mediante la "puesta de largo" en sociedad: el traslado a París en busca del favor real, la presentación en las casas de más fama, la búsqueda de una pareja aristocrática, las calaveradas con la buena sociedad capitalina, el derroche de simpatía, el desprendimiento moral y la prodigalidad, el despilfarro en igual medida de ingenio y de dinero. Una situación que, aparte del veneno que inocula en el propio interesado, es el camino franco a una bancarrota familiar que será aprovechada por los enemigos locales del Gabinete de los Antiguos para imponer su ideario y hundir los restos del naufragio en el lodazal de la ruina y el deshonor para ver cumplido así su afán de venganza.
"Du Croisier había calculado su venganza como los provincianos lo calculan todo. No hay en el mundo como los salvajes, los campesinos y los provincianos para estudiar a fondo sus asuntos en todos los aspectos; por eso, cuando llegan del pensamiento al hecho, encuentran todas las cosas completas. Los diplomáticos son unos niños comparados con esas tres clases de mamíferos, que cuentan con todo el tiempo necesario, elemento de que carecen las personas obligadas a pensar a la vez en varias cosas, obligadas a dirigirlo todo y a prepararlo todo en los grandes asuntos humanos."
Las intrigas palaciegas, en las que sin duda se juega con cartas de gran valor e implican a personajes de la más alta cuna o voluminosa bolsa, son irrelevantes juegos infantiles comparados con las intrigas de provincias, verdaderas y cruentas batallas en las que no importa tanto la victoria como la humillación del adversario. En las primeras, se puede poner en cuestión la honorabilidad de un determinado personaje que, por lo común, sería capaz de precipitarse al abismo -cuando no se encontrara ya en él- por sí solo, mientras que en las segundas el objeto de escarnio comprende a todo un linaje y, a menudo, a una forma de vida cuya supervivencia en el pasado no le exime de las turbulencias del presente ni de su extinción futura. Y si acaso existe alguna esperanza, será la ayuda de las nuevas clases urbanas, más acostumbradas a los emergentes usos sociales, y no los inútiles privilegios que yacen enterrados en un pasado que nunca volverá.
"-Pero, ¿estáis aquí locos? -prosiguió la duquesa-. ¿Queréis permanecer en el siglo XV cuando estamos en el XIX? Queridos míos, ya no hay nobleza, solo hay aristocracia: el Código Civil de Napoleón ha matado los pergaminos, del mismo modo que el cañón había matado ya el feudalismo. Seréis mucho más noble de lo que sois cuando tengáis dinero. Casaos con quien queráis, Victurnien, y ennobleceréis a vuestra mujer; este es el más sólido de los privilegios que le quedan a la nobleza francesa. ¿No se ha casado el señor de Talleyrand con la señora Grandt sin comprometerse? Recordad a Louis XIV casado con la viuda de Scarron."
Calificación: Hors catégorie

Otros posts relativos a La Comedia humana obra en este blog:
La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen I
La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen II
La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen III
La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen IV

La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen V
La Comedia humana. Escenas de la vida de provincia. Volumen VI