25 de septiembre de 2023

Los comienzos. Juegos de la Eternidad I

 

Los comienzos. Juegos de la Eternidad I. Antonio Moresco. Impedimenta, 2023
Traducción de Miguel Ros González

«Estaba apretando una piedra con tanta fuerza, durante tanto tiempo, que la sentía palpitar claramente en mi puño».

Juegos de la Eternidad (Giochi dell'eternità) es un proyecto literario de largo aliento, que el autor declara haberle ocupado durante treinta y cinco años, publicado en tres volúmenes: Los comienzos (Gli esordi, 1998), Cantos del caos (Canti del caos, 2001, 2003 y 2009) y Los increados (Gli increati, 2015).

El primero de estos volúmenes, que publica la madrileña Editorial Impedimenta, se divide, por su parte, en tres libros: «Escena del silencio», contado y protagonizado por un seminarista en franca  crisis de fe; «Escena de la historia», en la que el narrador se ha convertido en un agitador revolucionario; y, finalmente, «Escena de la fiesta», protagonizado y narrado por un escritor furtivo que, por lo que parece, y según refiere él mismo en el prólogo, posee rasgos comunes con el autor, aunque, en ese mismo preámbulo, Moresco anuncia, para el tercer volumende la serie, una «vertiginosa anagnórisis de la naturaleza íntima y secreta de toda la obra» que, seguramente, echará luz —otra luz— sobre la lectura, excitante y sobrecogedora, excesiva y prodigiosa —los cuatro calificativos resumen a la perfección al primero de los volúmenes—, de la obra del italiano.

La «Escena del silencio» se ubica en un seminario católico, en una época imprecisa de la segunda mitad del siglo XX, en el que está formándose el narrador, junto con dos personajes, el Gato y el Simple —a veces llamado el Loco— que estarán presentes, en sucesivas encarnaciones, a lo largo de todo el volumen. La narración no parece estrictamente cronológica, aunque sí que sigue una sucesión lógica de hechos —me resisto a llamarlos sucesos— que permite una visión progresiva tanto de los personajes como del ámbito, colegial y personal, en que se desarrolla.

[Palabra de Dios:] «Me daba la sensación de que, en el cielo, el fragor de las estrellas aumentaba sin mesura: planos completos del espacio iban a la deriva, su corrimiento trituraba firmamentos, mientras Dios era presa de la angustia ante lo ilimitado. "En otros tiempos —me parecía oírlo vociferar en silencio en el espacio—, Yo era una libérrima y magmática papilla que hacía estragos en lo increado, hasta entonces intacto. ¿Qué le ha ocurrido a mi mente? Una idea jamás concebida y que, sin embargo, estalló. El límite se rebasó por primera vez, se desbordó, cuando envié a mi hijo a la Tierra. Así que esta vez me encarnaré en un bacilo. Y podré darme por satisfecho si, al cabo de un determinado número de años, tras una serie de reacciones en cadena que alguien podría calcular como incalculables, cuando ya estemos tan cerca del final de una era que alguien podría incluso interpretarlo como un sello cíclico —aunque en realidad no tenga ninguna finalidad, ni ánimo alguno de redención—, por fin logro provocar un rugido intestinal perfectamente audible en un cuerpo humano que esté en ilusorio movimiento por el espacio, en una noche cualquiera y sin embargo irrepetible, en el mismo momento en que dicho cuerpo se cruce con otro por la acera... ¡En verdad podré decir entonces que mi obra está concluida!"»

En este ambiente rutinario y previsible, poco proclive a las sorpresas, el narrador registra, casi con desgana antropológica, el desfile de días idénticos, lentos, insistentes, invariables, y se detiene en las insulsas anécdotas que constituyen las únicas novedades que ni siquiera afectan a la superficie de esa rutina.

Aunque sí que se produce, también a nivel narrativo, una rotura de esa inercia: la salida temporal del seminario para instalarse en una villa campestre; en realidad, es cambiar una reclusión por otra, pero de signo completamente contrario: en el campo hay bullicio, ruido, música, entradas y salidas  constantes... Aunque al lector, que ya ha tenido algún indicio de que aquello que se le cuenta tal vez no sea exactamente una narración que deba interpretarse en modo estrictamente realista, se debate entre una lectura literal y otra con aspectos simbólicos —y que, a este lector, más dado a las relaciones extemporáneas entre textos de lo que sería aconsejable, le ha traído a la memoria algunos pasajes del Sueño de Polífilo —: bajo ese cambio de circunstancias del protagonista, ¿es de la disipación de lo que habla con respecto a su estancia en la villa? ¿Por qué los indicios de irrealidad, presuntamente ausentes en el seminario, se multiplican a medida que progresa la narración? ¿Tiene la circuncisión del narrador el significado que se le otorgaría de buenas a primeras, la imposibilidad del sexo, una amputación, impotencia? ¿Qué sucede con esas ceremonias de cariz iniciático y cercanas a las fantasías sexuales?  Esa montaña de basura, que se completa al mismo tiempo que avanza un embarazo, y que se quema inmediatamente antes del alumbramiento, ¿qué significado encubre? 

[La quema de la montaña de basura:] «Ahora las llamas se habían unido en un único frente que ascendía en forma de cúspide. Parecían querer desgajarse de la base de la montaña de basura para arrancarla como una costra gigante. Se retorcían en el cielo, descoyuntadas, y el muro apenas lograba contenerlas. Brotaban desde muy abajo, formando pequeñas lenguas que se colaban por las grietas entre los ladrillos; roían zonas aún más profundas de la parte alta de la montaña, dejando al descubierto en su cumbre los esqueletos de objetos desconocidos, arrojándolos a muchos metros de distancia, carbonizados, un segundo antes de que alguien pudiera reconocerlos. Pasto del calor del fuego, las pieles de conejo se desgarraban y estallaban con un estruendo inesperado; podían distinguirse uno por uno los pelos incandescentes que se elevaban hacia el cielo».

En suma, la totalidad del episodio que transcurre en la villa campestre, ¿simboliza la última salida al mundo del seminarista antes de hacer efectiva su renuncia a él al tomar el hábito?

La vuelta al seminario es el regreso a las intrigas, a las envidias, a los favoritismos, a las vejaciones, un mundo a escala reducida cuyo aislamiento y condición no impiden que se reproduzcan los mismos escenarios que en el mundo real.

[El aislamiento:] «Caminaba a paso muy lento por el patio, después del desayuno y por las tardes, y volvía a darme la impresión de que los demás respondían a frases que yo no había pronunciado. "¿Hasta qué punto se puede perfeccionar la capacidad de guardar silencio?", me preguntaba. "No hablar y que tampoco nos hablen. Sencillamente, pasar la vida en otro sitio, pero en otro sitio que ni siquiera pueda definirse como tal, y dejar a nuestro paso una nada que a alguien podría recordarle a la cola de una lagartija huida..."»

Después de ese regreso, el narrador empìeza a despertar, en este lector —extremadamente susceptible en estas cuestiones—, sospechas en cuanto a su fiabilidad; tampoco parece que su actitud general en la institución esté muy acorde con alguien que va a ordenarse sacerdote —ni, en general, el resto de alumnos, el propio seminario o los mismos sacerdotes que están a cargo de los estudios; de ahí esa sospecha lectora. 

[Las palabras:] «"Las palabras, en un primer momento, empiezan siempre así...", me decía de camino a la iglesia. "Cuando una sale de la boca, ya no hay quien la detenga. Emitimos el aire y le imprimimos una determinada cantidad de movimiento, y la palabra no puede sino seguir adelante, avanzando, incluso cuando su fuerza motriz ya no da más de sí. Dicha palabra ejerce su fuerza de atracción sobre otras palabras, sobre otros sonidos que no puede evitar cruzarse en su camino. Pero es que además empieza a provocar otros sonidos, que a su vez provocan otros, y luego otros... La palabra se expande cada vez más, levanta papeluchos, reúne ondas sonoras llegadas de todas partes, abarca pequeñas y grandes transferencias de energía, desplazándose de un punto a otro del espacio, y de ese modo empiezan a formarse frentes metereológicos vocales. Ya ni siquiera se sabe si arrastra o es arrastrada. Sus límites se extienden de manera irresistible, estableciendo en un instante las conexiones necesarias, mientras su fuerza centrífuga aumenta más y más, desbordándose sobre otros planos que a su vez se desbordan. Su superficie empieza a quemar, atrae vastísimas colonias sonoras, se repliega sobre sí misma como una avalancha que sigue avanzando, cada vez más irradiada e irradiante. Erradica, arranca todo lo que encuentra a su paso, y al final no puede sino adoptar, poco a poco, el inconfundible aspecto de una inmensa y destructora esfera de fuego..."»

Pero también esas primeras veces que tienen más de ritos de iniciación que de meros ensayos, esas equívocas relaciones intelectuales entre los aspirantes a sacerdote y de los profesores con estos y, finalmente, la absoluta omisión de los contenidos académicos o confesionales por parte del narrador.

[La Gracia:] «La luz seguía cambiando y en su interior deambulaban ahora pequeños enjambres increíblemente aromáticos, aunque no salían de los setos. A veces pasaban rozándome la cara mientras corría por el patio con los ojos entrecerrados. Subían desde el pequeño terraplén, se desplegaban en forma de abanico y al cabo de unos segundos, tal como habían llegado, volvían a desaparecer. Se colaban en la iglesia por las ventanas abiertas de par en par, durante la meditación, entraban en los dormitorios durante la siesta de primera hora de la tarde, en esos días sin contornos de principios de verano. Pasaban a través de las rendijas de las persianas, se esparcían por el dormitorio con el mero movimiento de una sábana recién lavada y aún crujiente. Notaba que la mente se me nublaba un poco, que me vencía el sueño. Pero a veces podía abrir los ojos sin por ello despertarme del todo. El dormitorio entero se veía a la perfección bajo aquel resplandor pálido, como de horno; las sábanas parecían fluorescentes. El seminarista sordomudo giraba por última vez la cabeza en su almohada. Creía ver en la costra blanda de su pelo un sinfín de celdillas hexagonales perfectas, cada cual con su gota de miel recién destilada, y a las abejas posándose tranquilamente encima del panal. "¿Será esto la Gracia?", me preguntaba».

La «Escena de la historia» cambia de escenario. El narrador —todos los indicios parecen indicar esa continuidad— ha dejado el seminario y se dedica a recorrer, en coche, pero también en otros medios de locomoción, la frontera montañosa del país colgando carteles y pronunciando mítines en plazas desiertas de pueblos deshabitados, como integrante de un movimiento, clandestino e ignorado, revolucionario, contra el Estado —las referencias al PCI parecen evidentes; si esto es cierto, la acción si ubicaría en los primeros años de la década de 1980— acompañado, las más de las veces, de otros personajes excéntricos parecidamente estrafalarios, el ciego, Somnolencia, el obrero de la cara blanca, que le siguen en su disparatado viaje de incierto destino.

[El mítin:] «Organizábamos pequeñas fiestas en recintos aislados en los márgenes de las avenidas. Tendíamos redes de cables, y de sus puntos de encuentro colgaban como gotas las bombillas. Alguien cavaba en el centro de la explanada un profundo agujero y clavaba el poste de la cucaña, como sopando en una enorme yema de huevo fosilizada. La madera gemía un poco cuando la girábamos para hundirla aún más en el suelo. Al anochecer, las bombillas se encendían de golpe, todas a la vez, y ya ni siquiera se veían la red de cables de la que colgaban. Del pueblo de al lado llegaban pequeños grupos, ligeramente desfigurados por las luces. En el centro de la explanada se encendía de pronto una gran hoguera. Algunos se acurrucaban en el suelo para contemplarla. La cucaña resplandecía un poco por la grasa, en mitad de la noche. Volvíamos al cabo de unos días, pasábamos por delante de aquellas luces cuando ya no creíamos recordarlas, pues estábamos en una fase distinta. La cucaña había perdido casi toda la grasa, la habían afianzado mejor al suelo con una especie de yeso que cantaba cada vez que alguien se encaramaba a lo más alto y el palo empezaba a oscilar de repente. La explanada menguaba, la luz lo anulaba todo por un instante y solo se distinguía, desde arriba, la curvatura de la Tierra, que seguía girando furiosamente como si nada».

La peregrinación por los márgenes y el éxito de sus convocatorias promocionan al narrador a un cargo más importante. Pero su traslado a la sede central le revela un edificio abandonado, en el que hace años que no se lleva a cabo ningún trabajo ni nadie ha residido; una sede que, curiosamente, se ubica en la misma población que el seminario.

El narrador parece haber viajado a un incierto futuro en el que todos los referentes han devenido obsoletos: la misma sede del partido, pero también la documentación encontrada en ella, incluso la motocicleta descuidada en un rincón oculto y, posteriormente, el mismo coche que había usado  para sus mítines; pero también los propios afiliados, desaparecidos quién sabe cuándo, y las direcciones desfasadas, ilocalizables incluso en una ciudad anclada en el pasado.

[Las referencias desaparecidas:] «La lista de nombres aleteaba y silbaba por la velocidad. La llevaba en la misma mano con la que agarraba el acelerador, para poder mirarla en marcha cuando pasaba por delante de una serie de travesías y tenía que consultarla rápidamente, cotejando las direcciones con los nombres escritos allá arriba, en las placas. Bajaba de la moto, buscaba una por una las calles. Pero muchos de sus nombres ya se habían cambiado, no había forma de encontrar a nadie que se acordase del anterior. Entretanto, en ese tramo de calle o en ese patio en cuestión se formaba un corrillo en un abrir y cerrar de ojos; algunos niños interrumpían sus juegos para mirarme. Me alejaba a paso lento y volvía a la moto, aparcada a poca distancia delante de una fachada. Empezaba a pisar el pedal de arranque y tenía que agarrarme con las dos manos al manillar para que el retroceso no me lanzara demasiado alto. La hosquilla chirriaba, oía el chasquido de la marcha al engranar, arrancaba».

Viejos fantasmas del pasado que han sido liberados, pero que no encuentran su lugar en un tiempo que no es el suyo; pero también un residente vivo, un alto dirigente de la organización, que mantuvo el puesto, el cargo y la sede hasta mucho después de que todo sucumbiera y que parece ser el único testigo que puede dar fe de lo sucedido, aunque carece de respuestas para todas las cuestiones que no hacen referencia a la propia sede.

En todo caso, las señales muestran una decadencia explícita, tanto del edificio, reflejo de la del partido y de todo lo que este llegó a significar, como de los pocos antiguos militantes que quedan con vida y que solo pueden mostrar orgullo por un pasado que tal vez inventan cuando creen recordar.

[La desintegración:] «—A mí también me cuesta entenderlo, en esta diáspora de grupos que se deshacen y acto seguido se recomponen con otro nombre y con propósitos que ya ni siquiera son los mismos: se disputan las siglas, el poco dinero que queda, las armas —empezó a decir, poniéndose pálido de repente—. Y ni siquiera sé si quienes me encargaron que volviese a poner en circulación a los que encontrase, si quienes me entregaron incluso fondos para lograrlo, llegados quién sabe cómo de quién sabe dónde, siguen por algún sitio... No sé si desde entonces también se han disuelto, si se han convertido en otra cosa. Ya ni siquiera sé de quién soy emisario, quién me manda...»

El sentimiento de desubicación del narrador se acentúa con el tiempo, el cronológico y el personal, a medida que nuevas experiencias levantan el recuerdo de otras, idénticas o parecidas, que ponen en cuestión sus esperanzas o sus expectativas y le generan una especie de dejà vu cuya conclusión puede anticiparse con relativa seguridad. O bien se trata, sencillamente, de una real y verdadera repetición encajada en un insoslayable eterno retorno que cercena de raíz cualquier posibilidad de rectificación o, incluso, de redención, en la que los mismos personajes aparecen una y otra vez, bajo distintas caracterizaciones —a semejanza, por cierto, del propio narrador—, pero siempre con un papel similar, como si hubiera escasez de personajes y aquellos tuvieran que representar, como en las obras de teatro de bajo presupuesto, distintos roles.

«Sigo aquí, sigo volando, tal fue la fuerza de la mano que me lanzó desde el desván de aquel seminario, y de las corrientes de aire y de espacio que se cruzaron en mi camino. Las carreteras se encienden todas a la vez, de golpe. Mientras paso rozando una cima de cristal, atisbo por un instante la silueta de mi pequeña cabeza de ratón, los ojillos abiertos que brillan reflejados en una de estas grandes cristaleras que hay aquí arriba, como escaparates suspendidos, desfigurados. También me da tiempo a distinguir el contorno de mis pequeñas orejas peludas, transparentes, e intuyo por el destello de mis dientecitos puntiagudos que mi minúscula boca ya está abierta de par en par, que ya estoy cantando. Empieza a anochecer y ya se encienden esas balizas de señalización que hay en lo alto de las torres y los rascacielos aislados, para los aviones. Y supongo que, por lo tanto, también para mí...»

«Una gran ciudad del hemisferio boreal», Milán —que parece habitada, aparte de los personajes implicados en la acción, únicamente por modelos—, es el escenario en el que se desarrolla la «Escena de la fiesta»; en un salto mortal hipertextual —que Moresco detalla en el prólogo—, relata la relación del autor de un manuscrito con los diversos empleados —los diversos obstáculos, para ser fieles a la historia— de una editorial y hasta llegar al propio editor.

[Los editores:] «—¿Y si la misión del editor, hoy en día, fuera precisamente la de no publicar una cosa así si tuviera la extraordinaria fortuna de cruzársela en su camino? ¿Y si todo su trabajo acabara justificado por ese único gesto de exclusión para con algo que, por más que se intente, no se puede ni siquiera concebir o imaginar remotamente? [...] ¿Y si a estas alturas, en estos tiempos que corren, fuera precisamente esa la función del editor, cómo definirlo... total, del editor extremo? Impedir la aparición de algo tan excesivo, que no puede sino devastarlo todo y luego superarlo sin mirar a nadie a la cara, sin que se hayan creado nuevas coyunturas, sin que tampoco quede tiempo para crearlas... "Pero ¿este de dónde sale? ¿Quién se ha creído que es? ¿Cómo se atreve a entrar de esta manera?". Yo, llegados a este punto, podría decir: "¡Tengo un proyecto y un destino! Me toca impedir que esto salga a la luz para que permanezca en la luz: me toca pensar y salvar, dejarlo en este reino potente, incongruente...».

El aislamiento soportado en el seminario y en los sucesivos refugios, a menudo clandestinos, se convierte en una permanente exposición de y para la muchedumbre hacinada en esa «gran ciudad del hemisferio boreal», en la que la soledad se muestra asentada en las conciencias y en las conductas personales, par inter pares

La «Escena de la fiesta» —mediados de la década de 1980, especialmente 1986— consiste, principalmente, en una cómica persecución, telefónica primero, personalmente con los diversos «filtros» después, del editor, con quien no hay manera de culminar un encuentro presencial; la desubicación, no solo espacial, del narrador es evidente, y consciente y consentida. Es indudable que se apercibe de lo que sucede a su alrededor, a esa muchedumbre intercambiable —aunque ellos quizá no se den cuenta—, es la vida; pero también es incuestionable que él no puede integrarse en ella, que debe contentarse con examinarla, desde afuera y desde lejos, porque no pertenece a ese mundo ni ese mundo tiene nada que ver con él.

Pero cuando, finalmente, consigue entrevistarse con el editor en persona, resulta que se trata de un viejo cómplice cuyo camino vital ha sido tan poco predecible como el propio, pero que tomó una dirección sensiblemente divergente. El manuscrito pasa a desempeñar el papel protagonista, y no solo por motivos literarios.

«—¿Puede uno lanzarse tan a lo loco? —continuó, al cabo de unos segundos—. "¡No habíamos quedado en esto!", empezará a gritar todo el mundo. Poner esto de pronto encima de la mesa, cuando todo el mundo estaba ya a punto de volver a casa y sujetaba las cartas con desidia, con la vista nublada... Ya ni siquiera hay coyunturas históricas. Y luego, esa es otra, ¿cómo dar marcha atrás? "Pero, bueno, ¿se puede saber qué es esto?", se pondrán a vociferar. "Teníamos algo bastante claro, o eso creíamos: ¡las palabras tienen que quedarse dentro de sus límites, cada una en su sitio!"»

Parece, por un instante, que la figura geométrica esbozada en el seminario, en el pasado remoto y perfilada en el partido se completa y lo hace en forma de círculo.

Manual del editor, o cómo tratar a un escritor novel sin que se dé cuenta de que no publicarás jamás su maldita novela (y, encima, se convenza de que le haces un favor) —este podría ser un título aproximado del calvario del narrador—; por ejemplo, darle largas debido a la complejidad de la obra; publicar, antes que la primera novela, una biografía de encargo; todo ello apoyado en esos razonamientos al alcance de los grandes editores.  

«—¡Mejor el fuego, pues! Que todo sea pasto de las llamas, en tu estudio. Podrías apilar los folios en el centro de la habitación o en el fregadero. Podrías buscar con mimo la mejor esquina del papel, con la cabeza de la cerilla ya encendida. "¡Para mí, también la grandeza era solo un pretexto!", podrías pensar, dejándote llevar, paseando por la habitación a la luz de esa hoguera. Podrías respirar un aire distinto, primigenio...»

No poseo ni el conocimiento ni pretendo reivindicar la intención para calificar críticamente ningún libro; mucho menos una obra que, sospecho, sobrepasa mi capacidad lectora. De hecho, uno de los índices —particular, intransferible, pero comunicable— a mi disposición para adjetivar una lectura es, más que una conclusión, una sensación que, a lo largo de los miles de lecturas que amontono, se ha manifestado en muy contadas ocasiones; es una sensación como de vacío que va acompañada, siempre, de una pregunta, «¿qué es esto que acabo de leer?», y del consiguiente estupor derivado del presentimiento de que no he alcanzado a comprender ni una ínfima parte de lo que el autor intentaba comunicarme. Y esta constatación, lejos de provocar un rechazo por impotencia, me lleva al convencimiento de que me acabo de enfrentar —enfrentar en todas sus acepciones— a una obra inmensa que mi insuficiente capacidad de comprensión no ha conseguido descifrar. Las buenas lecturas siempre deben contener una parte de reto; mejor todavía, una parte de reto inasumible para el lector, para este lector, limitado en su capacidad, escaso en herramientas, endeble en formación. Los comienzos es una lectura de esa especie, provocadora e imponente, desmesurada y portentosa, un reto del que no se sale indemne pero del que no es aconsejable huir.

24 de septiembre de 2023

Premio Formentor II. Concesión del premio a Pascal Quignard


Textos:

Querido Pascal

Intervención de Antoine Gallimard


En sus Cursos de Poética, impartidos en el Collège de France de 1937 a 1941, cuya versión taquigráfica fue encontrada y publicada recientemente, Paul Valéry se propuso describir las condiciones en las que se producen las obras del espíritu. Y ante todo identificar, en la psique de cada individuo, lo que podrá constituir su base, ya sean obras de arte, literatura, música o tratados de metafísica.


Las imprescindibles horas de aislamiento, de recogimiento, de requoy —término medieval para lugar secreto—, como lo escribió en El hombre de las tres letras, evocando las figuras contemporáneas de San Ambrosio y San Agustín, usted se las otorgó a sí mismo, haci casi treinta años, en una opción de vida radical. Era como si se retirara de la vida social, de la imagen que había creado de usted y en la que no se reconocía. Esta elección remitía, sin duda, a un profundo sentimiento de la existencia, a esa falta de soledad que tan a menudo evoca en sus libros. Y ya se trataba, en ese adiós a una vida profesional fascinante en muchos aspectos —y yo puedo dar fe personalmente de ello—, pero demasiado absorbente, de preservar ese sustrato de sensibilidad mediante el cual el acto de escribir encuentra su ímpetu, su facultad, de los de la «orgía verbal» que, a sus ojos, forma el registro de los hombres con prisas.


Desde ese «rincón del mundo» en el que se ha retirado, ha tejido la trama de su vida y de su obra, a semejanza de muchos de los personajes de sus novelas. Pero, al haberlas vivido una tras otra, ha conservado una fuerte conciencia de la brecha, del contraste que forman estas dos vidas sucesivas, sentimiento al que, me parece, está vinculada también la gran reflexividad de su escritura, es decir, la autorreflexividad que opera constantemente. Me refiero a los mil caminos que recorre, de un ensayo a otro, de una novela a otra, para acercarse al enigma del alma y de la mano que escriben, de los ojos que leen, del casi silencio de la literatura consumida en sus dos formas, la lectura y la escritura. Le devuelve al «mundo de los orígenes», el inviolable, el siempre enigmático, el del niño por nacer en el vientre de su madre. Esta imagen está omnipresente en su obra, tal vez sea el diapasón de la misma. Se aferra a ella, en el sentido literal de la expresión, como si se trata de aferrarse a un lugar tan amenazado como abandonado por la gesticulación social, la «cacofonía de la oralidad» y las obligaciones que la acompañan.


¿Qué es escribir? ¿Qué es amar? Dos preguntas que polarizan su obra, dos ejes a lo largo de los cuales todo se ordena cuando la leemos.


Así, con usted, la escritura parece ser a la vez lo que revela y manifiesta la centralidad se ese enigma para unas vidas ajenas a ese «primer reino» cuya imagen y memoria no nos son accesibles. De ahí que su obra sea una celebración de lo que, paradójicamente, no necesita frases para ser vivido: ese silencio de los amantes, esas solidaridades misteriosas que pueden unir a los vivos, esa vida secreta.


Ha dicho: «Elegí escribir porque es la única manera de hablar permaneciendo en silencio», y añadido que existen solo dos palabras cuyos orígenes no pueden rastrearse con certeza, cuya genealogía profunda se ha borrado: literatura y la palabra griega que designa el amor, eros. No hay mayor enigma para quien ha hecho de la investigación etimológica una especialidad, si no un arte o un método, que esa opacidad léxica. Pero esa misma noche ilumina una evidencia: la de su vínculo común a lo que hay de más inmemorial en cada una. Toda su obra resuena con esta esperanza y las mil formas diferentes que puede revestir. Tanto entre los eruditos del pasado como entre los amantes del presente, tanto en la contemplación de un río o del océano como en la meditación exegética sobre épocas remotas. Según nos dice, hay que perderse para sentir, no dudar en «sumergirse». Ahí es donde reside el reino.


Su meditación ininterrumpida sobre lo que une el nacimiento con la vida determina lo que nos dice sobre la literatura. Si estima que no se puede escribir sin haber leído, es, como lo ha escrito, porque «hay que experimentar algo extremadamente pasivo para poder nacer y actuar. Hay que pasar por la experiencia estremecedora de quien no sabe lo que va a descubrir en la lectura para desear a su vez tomar un lápiz e intentar voluntariamente consruir un libro». En la poderosa serie que hasta la fecha componen los doce volúmenes de su Último reino, aclamado desde el principio con el premio Goncourt, recrea incansablemente este acto de génesis, esta transferencia entre lo que le conmueve en el pasado de la humanidad, como filólogo, como erudito, y lo que se revela poéticamente en lo que tiene que decir sobre ello, como escritor del fragmento, de lo discontinuo, del enigma.


Se le opondrá que esta pasividad del lector compulsivo es mortífera, que es una de esas pasiones tristes que no dejan respirar «aire fresco», y que sus promesas pueden resultar ilusorias, puesto que los personajes y los lugares de la ficción pueden desvanecerse cuandoi el libro se cierra sobre su historia, tan irreal como esa Délie, anagrama de l’idée, la idea, que Maurice Scève, uno de esos maravillosos poetas barrocos cuya obra acometió y editó en sus comienzos, había elegido por musa. Desde luego, pero esa es la experiencia de la que debemos partir, y la convirtió en el tema de uno de sus primeros libros, El lector. Los miembros de nuestro comité de lectura que tuvieron que pronunciarse sobre su manuscrito eran muy conscientes de la triste situación; en palabras de Louis-René des Forêts, «todo lector que haya vivido o creído vivir durante la lectura desaparece nada más cerrarse el libro. La lectura abre un espacio neutro donde ninguna existencia puede arraigar, es, a la vez, posesión y desposesión, vana oratoria, alimento del espíritu y alimento mortal».


Sin embargo, por mi parte, no puedo dejar de ver en el desarrollo de su obra, de libro en libro, hasta el úñtimo publicado, Les heures heureuses, una búsqueda de pertenencia, fusión y comunión que equilibra los términos de sustraccción y despojo. Y eso es lo que, en última instancia, vincula su propio reino al del autor de El exilio y el reino, Albert Camus, esa convicción de que, más allá de nuestro sentimiento de exilio —no sabemos nada de nuestro nacimiento ni de nuestra muerte, y no entendemos mucho de nuestra existencia—, existen brechas en la existencia, como en los libros del pasado, que abren puertas a la luz. Es la emoción que emana del destino estremecedor de las heroínas de sus novelas más bellas, las inolvidables Claire Methuen —Las solidaridades misteriosas— y Ann Hidden —Villa Amalia—, ambas impulsadas, incluso en su desgracia, por esa llamada interior, como en el poema inglés de Katherine Philips (1631-1664) que tanto le gusta citar: 


«Una voz solitaria se eleva sin respuesta en las profundidades del alma,

tan inmaterial como un rayo de sol,

éxtasis en la naturaleza,

Natividad del tiempo».


Celebra aquí las mismas nupcias que Albert Camus, que tanto amaba sumergirse en su amado Mediterráneo y que encontró su parcela de reino en la contemplación del monte Cinto, en la isla de Delos. A cada cual sus promontorios, salientes y cabos que se abren al horizonte; a cada cual sus íntimas grietas, escondrijos y refugios donde se revela secretamente cierta

emoción del mundo que el poeta sabe aprovechar y transmitir como una llama.


Michel Deguy escribió a mi padre Claude Gallimard, tras una lectura admirativa de uno de sus primeros ensayos literarios, que, por muy difícil que

fuera su lenguaje en aquella época para lectores inexpertos, era imprescindible «incluir al autor Pascal Quignard, maravillosamente inteligente, culto y penetrante, es decir, que promete ser un lector y un crítico notable». Le agradecemos este consejo, cuya pertinencia no tardó en hacerse patente. Pero este consejo también fue rápidamente superado por los acontecimientos, cuando nos dimos cuenta, al leer Las tablillas de boj de Apronenia Avitia, Las Escaleras de Chambord y Todas las mañanas del mundo, de que esta potencia crítica alimentaría una obra narrativa que bebía de las mismas fuentes de

sensibilidad, y cuya poética —como se la llamaba entonces— no se desmarcaba realmente del intento de definición de Marcel Arland: «¿La literatura? En el desorden, la armonía; en el tormento, la liberación; en la soledad, uno de los más elevados medios de comunicación». En una sola obra, y con el mismo fervor controlado, supo reunir la forma clara y depurada de la novela y la amplitud de una meditación «imprevisible y oceánica» sobre el lenguaje y la vida. Es una facultad poco común. De ella emana una misma emoción, la que embarga hasta Las lágrimas a ese maravilloso Frater Lucius, el erudito copista del monasterio carolingio de Saint-Riquier, ante su gato muerto transfigurado en mirlo cantor.


Más allá del pudor —«del que francamente ninguno de los dos carece» como me lo escribió en 1989 al entregarme el manuscrito de su primera verdadera novela—, quería decirle estas palabras, querido Pascal, en nombre de la «amistad casi feudal» que nos une desde hace tanto tiempo. Que este Premio Formentor sea para cada uno de nosotros la ocasión de recordar a todos aquellos queridos difuntos que tanto se habrían alegrado de verle recibirlo.

Se lo agradecemos de todo corazón a quienes tan acertadamente le han elegido para recibirlo.



Pascal Quignard
Discurso de Formentor, 22 de septiembre de 2023

El muro de Babel
Traducción de Manuel Arranz


Es increíble lo exigente que puede llegar a ser la obra. No pueden hacerse una idea de lo que te exige. Te despierta en plena noche. De pronto se te ocurre una idea. Una idea no es más que una frase, una entonación a la que acompaña otra. No hay noche en que no te despierten, una u otra, o la tercera. Como ráfagas. A las dos de la madrugada, a las cuatro de la madrugada. Si vuelves a acostarte, ella hace que te levantes. Oyes todos los pájaros. La obra acompana a los pájaros.

Desde hace más de cincuenta anos, te atormenta, te atenaza. Exigente, no se aparta de tu lado. Está al acecho, como una fiera. Como una fiera al acecho de cualquier cosa que pase.

Sin destinatario.

Como una leona que va a beber a un manantial de repente y que levanta la cabeza, al acecho.

Observa a su alrededor el vacío.

No responde a ningún requerimiento. A ningún encargo.

A ningún editor. Nada la recompensa. Ninguna tirada.

Ninguna crítica. Ninguna opinión. Ningún premio —excepción hecha del Premio Formentor—. Esa excepción es un breve mail de Basilio Baltasar.

Pero, aparte de todos esos honores, todos esos semblantes de repente, el arte no se dirige a nadie. Tan sin destinatario como las cornamentas enmarañadas y magníficas que lucen en sus cabezas los ciervos en el bosque.

Un trozo de tela roja cuelga de la mandíbula de un león a la orilla de un manantial.

Un rojo intenso. Un rojo carmesí.

Un rojo casi negro. Como la noche.

Los descendientes de Noé, después de abandonar el arca y ofrecer en holocausto a Dios los animales y los pájaros más hermosos, construyeron una torre para llegar hasta el cielo. Se cuenta en el onceavo libro del Génesis. Cocieron la tierra al fuego e hicieron ladrillos. Se sirvieron de ladrillos como si se tratara de piedras. Con el betún hicieron mortero y levantaron la torre que traspasaba las nubes.

Pero, antes de que Babel se derrumbase en la llanura de Senaar, las murallas se agrietaron.

Ovidio, en el libro cuarto de sus Metamorfosis, cuando evoca Babel, refiere que una delgada grieta se había abierto en la muralla. A través de esta grieta, una muchacha y un joven se dirigían palabras de amor. Píramo, el joven, amaba a Tisbe. Tisbe, la muchacha, amaba a Píramo.

Un muro separa al hombre de la mujer.

«De la grieta en la pared de ladrillos que os separaba, hicisteis —escribe maravillosamente Ovidio— un camino de voz».

Vocis iter fecistis.

La ciudad de Babilonia era muy antigua. La torre era muy alta. El cemento entre los ladrillos cocidos poco a poco volvía a ser arena.

En la pared que separaba a Tisbe de Píramo se había abierto, con el paso del tiempo, una especie de grieta. A través de la grieta de barro cocido que poco a poco había ido resquebrajándose pasaban sus susurros de amor.

La cita nocturna estaba convenida: sería a la sombra de la morera blanca, fuera de las murallas de Babilonia, en la llanura de Senaar.

«Amor mío, antes hay que abandonar Babel. Hay que abandonar el discurso. Hay que conquistar el silencio. Nos reuniremos allí donde se levanta la tumba de Nino. Citémonos junto a la zarza de moras. Donde está la zarza de moras hay un manantial. Encontrémonos bajo esa sombra. Nos besaremos oyendo el canto de ese manantial».

Tisbe, en medio de las tinieblas y procurando hacer el menor ruido posible, hace girar la puerta en su quicio. Se desliza bajo la bóveda de ladrillos. Se aleja de las murallas de Babel. Llega la primera a la fuente, ve la morera encima de la tumba, ve los frutos completamente blancos a la pálida luz de la luna: se reflejan en el agua oscura del manantial.

Tisbe escucha unos pasos en la sombra. Entonces ve a la leona que se acerca sigilosamente al agua para beber.

Tisbe no puede refrenar un sobresalto. Hace ademán de huir. La zarpa de la leona alcanza su espalda. En su prisa por huir deja caer su velo. Su carne está herida. Huye a todo correr.

Píramo llega unos instantes después.

Nadie.

A sus pies ve el velo abandonado en la arena. Se agacha de pronto. Estudia las huellas que ha dejado allí la leona.

Descubre las manchas de sangre que lo salpican. Sus mejillas se vuelven todavía más pálidas que los cuernos de la luna en el cielo. Besa la tela que las zarpas han desgarrado, saca su espada, se inclina sobre su punta, deja caer su peso sobre la hoja, se la clava hasta la guarnición, muere.

«Eran pequeñas sacudidas —sigue escribiendo Ovidio— como el sonido de un tubo de plomo que revienta».

Scinditur et tenui stridente foramine longas, ejaculatur aquas.
Por un estrecho agujero, con un ruido estridente, el agua rasga el aire.

Tisbe, prudentemente, en las tinieblas, vuelve sobre sus pasos, descubre a su amado con la espada en el vientre. Ve la arena en torno a él que bebe la sangre que la herida proyecta todavía gota a gota con un ruido apenas silbante. Qué pálido está, está pálido como la luna que lo ilumina, ella se inclina, él está casi frío, empieza a estar frío, ella llora.

«Píramo, respóndeme. ¡Es tu Tisbe quien te llama!».

Silencio.

Suelta los dedos de su amado, coge en su mano la guarnición de su espada y la saca, la clava en la arena, se tumba sobre el hierro, deja caer su peso sobre la hoja, la atraviesa, muere.

Mezcla su sangre con su sangre.

Hace un tiempo las moras eran blancas en su mata silvestre. A partir de aquel día, en la llanura de Babel, se vuelven rojas en las sangres que se mezclan a sus pies.

Luego negras como la noche en que las almas se confunden.

Siempre hay un felino merodeando cerca de nuestro manantial, que acompana a nuestra especie, que habita en nuestras moradas.

Siempre hay un gato junto a la ventana. Un león junto a la fuente.

Siempre un velo desgarrado. Siempre una obra rueda por la arena.

Siempre unas manchas de sangre inexplicables en el polvo del camino.

El arte es la grieta en lo simbólico.

La literatura es ese camino de voz en la muralla de Babel.

Premio Formentor I. Rueda de prensa de Pascal Quignard


Premio Formentor 2023

Rueda de prensa

Apuntes de las respuestas de Pascal Quignard


«Escribir. Con esa palabra que está continuamente en la punta de la lengua y con el conjunto del lenguaje que se escurre entre los dedos». Pascal Quignard


«Dejé de ser editor en 1994, después de haber trabajado en ello durante veinticinco años en Gallimard con Gaston, Claude y Antoine, el nieto del fundador de la editorial, tenía dos posibilidades, seguir otros veinticinco años más o retirarme prematuramente, y eso es lo que decidí hacer. Yo trabajé en una editorial con Gaston, Claude y Antoine, el nieto del fundador de Gallimard, hasta que lo dejé. Una de las razones fueron los cambios en el oficio de editor a lo largo de los años; en aquel momento, cuando fui lector en el comité de lectura, y siguiendo las directrices de André Gide, que no quería que hubiera influencias entre el libro, el autor y el lector, no podíamos relacionarnos con los críticos ni con los autores. Pero eso cambió, y empezamos a acompañar a los autores y a relacionarnos con los críticos porque, al parecer, se daba satisfacción a una especie de necesidad mutua. Para mí, la literatura es algo vertical, algo que existe entre uno mismo y uno mismo, que permite vivir esas experiencias y mantenerse en ese espíritu. Por decirlo de una manera más precisa, la bella función de representar a un grupo y de modelizar lo que espera tanto el periódico como el posible público pasa por respetar normas y cualidades estéticas. Todo esto no tiene nada que ver con el que escribe, hay algo más salvaje en esa comunidad, hay algo que requiere aislamiento. Son esas las grandes diferencias entre el oficio de editor y el de escritor».


«Son los críticos los que pueden decir el lugar que ocupa el lector en mis libros, incluso si debe ocuparlo. El que escribe no se dirige ni siquera a sí mismo, ni siquera sabe si se dirige a nadie, es un poco prisionero de sí mismo. En esta estación del otoño, y en este mismo lugar, en el que la naturaleza está  muy presente, hay ciervos que se enredan con sus cornamentas sin pensar en quien puede asistir a ese maravilloso espectáculo. Del mismo modo que la naturaleza no tiene un público objetivo, la literatura tampoco tiene ese público objetivo».


«Me levanto cada día entre las 3 y las 4 de la mañana; el alba, en esta época, no llega hasta más allá de las 7 de la mañana, y si me levantara a esa hora sería demasiado tarde. Personalmente, como escritor me gusta estar en esa escena oscura, negra, con los pájaros, que tiene que ver con la imprevisibilidad».


«Una de las obras en castellano que más me gusta es La noche oscura del alma, de San Juan de la Cruz».


«No soy un guardián de las palabras, sino que intento mantenerme en el origen de las palabras. Yo padecí dos pequeñas dificultades cuando niño, con el lenguaje y con la nutrición. Las palabras permanecen, para mí, misteriosas; por eso es preciso que bucee en la etimología como si la naturaleza hablase con nosotros antes de que existiera el lenguaje».


«Los instrumentos aparecen y desaparecen sin que eso prefigure ningún progreso. Las artes aparecen y desaparecen sin que eso prefigure ningún progreso. El laúd, durante el Renacimiento, desapareció sin ninguna razón objetiva, y lo mismo sucedió con la viola da gamba que desapareció en la época de la Revolución Francesa, por ejemplo; son un misterio inexplicable esas apariciones y desapariciones».


«Como editor, habría rechazado todas mis obras. Pero las habría escrito igualmente».

18 de septiembre de 2023

Les Trois Mousquetaires V



Encuentro literario entre Jerome Meizoz, Marie-Hélène Lafon y Pierre Bergounioux.


Abecedario

Marie-Hélène Lafon



ÁRBOLES

Los árboles son cuerpos.

Baptriste los suscita, en Miette. Suscita píceas, abetos Douglas, un millón en una vida, en cien hectáreas de terreno abandonado, a razón de mil árboles al día y de cincuenta días al año.

Se talan los árboles, se cortan, los troncos por un lado, las ramas por el otro;  se queman. Los árboles calientan las casas, es el fin de su paciente vocación. Forman parte de un ciclo y, en los libros y a través de ellos, se circunscriben en este ciclo.

Hay especies pioneras, prontas a engullir tierras y casas en cuanto los últimos solteros han capitulado. En su ausencia, el bosque se acerca, lanza a sus exploradores, agrupa a sus pioneros. El fresno, el saúco, el aliso, vienen a tantear los cimientos, a acariciar las contraventanas cerradas, a inclinarse sobre los tejados. Está allí. Mañana, todo habrá terminado.

Los suburbios rebosan, las páginas ciudadanas de los Cuadernos están llenas de ellos, flamean en el largo curso dorado de los otoños y reverdecen en la suavidad del ineluctable abril rebosante de jugos. La tormenta del domingo 26 de diciembre de 1999 aplasta, desarraiga y abate, caótica, alrededor de la casa de pueblo, acacias, cedro, abetos, álamos y roble.

Tengo especial cariño al manzano de Bordes que Adrien plantó en 1942 detrás de la casa de 1930 y al que dio, sin flaquear, el golpe de gracia, una Nochebuena, cinco meses antes de aterrizar, él mismo, con la cabeza y los hombros.


ADICTO

Adicto al trabajo. Pierre Bergounioux es un adicto al trabajo.

Medida por su rasero, me siento como un tronco mal cuadrado, un paramecio, una criatura superficial y frívola condenada a permanecer en la incomprensión de las cosas y del mundo, una bruta indeterminadamente  diplomada, una pata de canapé.

Pierre Bergounioux escribe y lee, lee y escribe. Responde sin escabullirse a todas las cartas que recibe, lee los libros que le envían y escribe a sus autores. Es difícil imaginárselo en su casa, en su entorno, con montones de trabajo pendiente y listas vueltas a empezar. Hace, cumple, abate, completa, pone fin, es decisivo.

La agenda no se le resiste. No flaquea. No procrastina. No posterga. No se anda con rodeos. No se anda por las ramas. Los retrasos de la línea B del RER y la traición de sus automóviles no le superan. Da razón de todo.

Y se levanta temprano. Ese es el secreto, las horas doradas de la mañana. La expresión le pertenece, me conmueve. Intimida un poco a la lánguida del Cantal, que duerme aún al calor de las sábanas y la paz del cuerpo mientras que, en Gif, desde hace una hora, o dos, o tres, el galeote de la Corrèze está al tajo en la mesa.


CUADERNOS

Durante mucho tiempo he estado leyendo los Cuadernos como leía el Paris Match, pero en papel biblia y sin las fotos. En un estado de adicción severa y de voyeurismo constatado, avergonzada y colmada, alternativamente hambrienta y saciada, nunca cansada, nunca satisfecha, jadeante, derrumbada, sujetada, levantada; y lápiz en mano; intentando contener la marea, hacerle  frente, agarrarme fuerte y sostenerme bajo la avalancha de las cosas y del mundo.

Leí el primero en enero de 2007, entre el 2 y el 24. El 24 escribí a lápiz, en el espacio en blanco huérfano de la página 951, que no está numerada, ¿Y ahora, qué?

Te buscas a ti mismo, y buscas a tus amigos, en los Cuadernos. Yo me busqué en los Cuadernos; y me dio un poco de vergüenza.

Me rendí, capìtulé en la década 2001-2010, más exactamente el lunes 16 de septiembre de 2002. Demasiada corrosión; era una agonía y ya no me gustaba esa agonía. Ya no me gustaba, ya no lo soportaba; así que dejé los Cuadernos; y la privación fue difícil.

Para esta letra, dudé durante mucho tiempo entre CUADERNOS y CHATARRERÍA.

Sería necesario decir cómo Pierre Bergounioux se tritura y machaca el cuerpo, deliciosamente, en las chatarrerías.


PAVO

Pierre Bergounioux también mata el pavo. A la Buster Keaton. Y con su suegro, en la Corrèze. No todo el mundo puede decir eso. Lo cuenta. Incluso le ayudé a guillotinar el pavo de Navidad, una bestia enorme, completamente idiota, contra la que me había advertido. Me senté más o menos encima y me agarré con fuerza (eso creía) a su grueso cuello por la base mientras Baptiste, debilitado, golpeaba con un martillo sobre la parte trasera de una cuchilla que había colocado detrás de la nuca. El otro acabó por sospechar que se acercaba a su última hora, a rodar y a dar vueltas como un caballo, cuando yo no sabía montar, yo, que era la primera vez en mi vida que mataba el pavo. No apreté el cuello lo suficiente (aunque creí que sí) para evitar que se agitara como una manguera contra incendios. Y es lo que sucedió. Se me escapó en cuanto las carótidas seccionadas empezaron a escupir sangre y la chaqueta nueva que Baptiste se había puesto para hacer su trabajo quedó empapada.


EPOPEYA

Está por todas partes.

Pierre Bergounioux es épico.

Volver a leer, para convencerse, el artículo PAVO.


CHATARRAS

Están por todas partes. Amenazan con atravesar las carnes, las magullan. Se las dobla, se las pliega. Se las recoge piadosamente. Se las reinventa. Se les pone nombre, se les alabora un inventario minucioso. Se las acaricia. Se las acarrea. Me intimidan. Conozco demasiado bien sus entresijos y sus entrañas campesinas, me intimidan. Pueblan fríos graneros. Tienen transparencias, a veces están oxidadas, quizá fueron rojas en su primera vida, su vida agrícola. Dan testimonio, son centinelas. Ocupan un lugar de honor, se las exhibe, no se las vende.

Él las ofrece. Pierre Bergounioux las ofrece, honran, son una buena y tenaz compañía.

Conozco una casa en la Creuse donde viven. En silencio.


GEOLOGÍA

No tiene secretos para Pierre Bergounioux.

También puede, con una sonrisa, atribuir a una apagada capilaridad poética el fuego pertinaz en el cuerpo de algunos residentes del Cantal, que fue, como todo el mundo sabe, un volcán bastante fenomenal antes de convertirse en un

austero departamento.


ALTA TENSIÓN

Es una forma de estar en el mundo, como en la proa de uno mismo.

También es el título de un breve libro publicado por Pierre Bergounioux en 1996 con William Blake & Co.; gira en torno a la literatura, a las torres de alta tensión, al crujido, a la conmoción. Termina así, salvando las distancias. Hemos venido de la carne, por un tiempo, en un rincón. Esa es la situación.


INSECTOS

La caza, la vigilancia constante, la contemplación de mundos minúsculos, el inventario abierto, los gestos del asesinato, la meticulosidad, el cuidado, la precisión, el ritual, la clasificación.

Y la dulzura. Una especie de dulzura. Extraña y salvaje.

Y las palabras, unas palabras raras, unos tesoros incongruentes, vacilantes, exóticos. No me canso de bupréstidos, lo saboreo desde hace años, no lo agoto.

Y la emoción, la alegría, claramente expresada, enunciada, nombrada,  compartida, de la inagotable belleza de las criaturas ínfimas, de sus destellos  barrocos, de sus secretos suntuosos.


JUVENTUD

Se fue. Está perdida.


K

Kifwebe

Kono

Kpélié

La letanía de los deseos de estar en otra parte. Abrazarlo todo. Conocerlo todo. Todo.

Sin olvidar a Kant. Ni a Kafka.

Ni el kill your darling de Faulkner.


LAGRASSE

Fue aquí, a orillas del Orbieu, en las laderas de la abadía, en el territorio de Verdier, donde descubrí, una tarde de verano, en agosto de 2012, que Pierre Bergounioux era una estrella del rock, un animal de la escena, un atleta de la palabra. Sentado allí, flacucho, te saca de tus casillas y te alimenta y levanta al público sin trucos ni énfasis, solo con la fuerza de sus palabras. Y con una pizca de acento.

También para esta letra, dudé, entre LAGRASSE y LIRE.

Pierre Bergounioux escribió en su Cuaderno, con fecha del miércoles 18 de diciembre de 1996, Yo he leído mi vida.


MADRE

Un canto de amor a la madre. Los Cuadernos también son esto.

La madre es mamá, él escribe mam.

Ella está del lado de la luz, frustra y deshace los maleficios, ha velado por las frágiles infancias, la madre es un hada y la esposa es una Princesa. Las mujeres mágicas se inclinan sobre Pierre Bergounioux, le prodigan sus bendiciones, y él lo sabe, y lo escribe.

No quise enfrentarme, en los Cuadernos, con el vértigo de la muerte de mi madre. Tenía miedo. Pensé en Flaubert. Quebrado. Quebrado. Quebrado. Es su palabra, la palabra del hijo, en una letanía, en las cartas de los días siguientes, después del 6 de abril de 1872. A George Sand le escribe el 16 de abril. Es como si me hubieran arrancado una parte de mis entrañas.

Tuve miedo por las entrañas de Pierre Bergounioux.


NOCHE

No se desarma, ni siquiera en la estaciones más gloriosas que la encuentran, resguardada y paciente, segura de sí misma, al acecho en rincones recónditos.

Es un fastidio tener que salir de casa a primera hora de las mañanas de invierno, de noviembre a febrero.

A veces es suave, hasta el vértigo; y Pierre Bergounioux lo escribe.


HUÉRFANO


Se es. Y es para siempre. Así que tienes que afrontarlo, ese es el oficio de vivir.

Los hijos, en particular, lo son; los hijos son huérfanos de los padres.


PADRE


Esta es una historia completamente distinta a la de la madre, otra música. Áspera.

El padre es papá, escribe papá.

Un día me dijo que el mío, mi padre, un agricultor del norte del Cantal, era marxista, y me reí mucho. Todavía me río.

Una duda aquí, entre PADRE y PEQUEÑO.

Por la ternura. Pequeño es una palabra tierna. Durante mucho tiempo, siempre, en los Cuadernos, Pierre Bergounioux llama a sus hijos, y a sus familias, los pequeños. En la vida real nos llama a nosotros, Mathieu Riboulet, Patrick Autréaux, y a otros también, que no conozco, los Pequeños. Dice la pequeña Lafon, el pequeño Riboulet; Mathieu de repente estaría como un poco menos muerto.


Q

Si lo buscáramos, no lo encontraríamos.


RER

Cordón umbilical.

No comment.

Otra vez una duda, para esta letra, entre RER y RABIA.

Aunque los extravíos del RER pueden contagiar la rabia a los menos enrabiados que Pierre Bergounioux.

La rabia de Pierre Bergounioux es antigua, inagotable, le lanza contra las cosas y el tiempo, se vuelve contra él, le muerde, le lacera, le enseña constantemente los colmillos, no se desarma; y él tampoco. Le hace frente, a un alto precio, le da la vuelta, la enfrenta, la detiene.


JABALÍES

Pierre Bergounioux es muy bueno con los jabalíes. Tiene el sentido y el don. La bestia cede a sus razones corréziennes y todo acaba, en tiempo presente y junto a una colada, con una coreografía obstinada. Estoy tendiendo una colada, en la parte trasera de la casa, contigua a un bosque comunal, a última hora de la tarde. Se oye un crujido y la espesa zarza, muy cerca, se abre para revelar una enorme bestia negra —la palabra surgió de repente, por lo bajo— que se queda inmóvil a diez pasos de mí, con una camisa mojada en una mano y una pinza de la ropa en la otra. El animal me echa una mirada, se detiene un momento, y luego, juzgándome inofensivo, insignificante, se pone a trotar sobre unas pequeñas pezuñas que le daban un andar de bailarina pero que, en lugar de un cuerpo esbelto, envuelto en tafetán blanco, estaría sobrecargado por una pesada carcasa en forma de cuña, erizada de largos pelos ásperos y provista, además, de un par de fuertes defensas recreándose sobre la arenisca. Pensé que mi visitante iba a desvanecerse tan repentinamente como había suegido, que el tiempo intersticial, lateral o soñado que nos devuelve a la presencia de las bestias ya había expirado. De ninguna manera. Se escabulló por la espesura, reanudó su danza [...]. El animal dio vueltas durante un cuarto de hota ante mis narices. Pensé que había ido a enterrarse entre las zarzas, que pasaríamos la noche a unos pasos de distancia, en paz. Pero algo no iba bien. Gruñó y luego, sin apuro, se perdió entre la maleza. Eso fue todo.

Eso fue todo.

Esto es también lo que Pierre Bergounioux llama la sensación de no estar ya separado del Paleolítico.

Debo añadir que Pierre Bergounioux es también excelente con los vencejos, que evidentemente no confunde con las golondrinas. Es un maestro de los vencejos; y eso no es poco.


TUTEO

Pierre Bergounioux lo pidió, y exigió, y obtuvo, de mí. Lo cual es todo una hazaña.

Pero, ¿cómo resistirse a Pierre Bergounioux? A su voluntad política. Es un tuteo político; y poético.

Así que le tuteo penosamente, sin gracia ni entusiasmo ni talento, como ejecutaría unos entrechats en el escenario de la Ópera de París.


URGENTE

Es urgente comenzar las coladas, extractar a Hegel, preparar tres truchas más, bajar al supermercado a hacer algunas compras, imponer a Jean su pequeña redacción diaria y pasar al piano, congelar las verduras, despachar cuatro horas de clase, bajar al RER, ganar terreno, pluma en mano, alimentar su mundo, revestir de latón la copia del relicario bakota recortada con la sierra eléctrica, retomar la lectura de Lacan, añadir dos páginas y media, corregir un resto de copias, preparar tres horas de clase, recuperar la sierra de corte vertical  de la ferretería, releer Los Ensayos, descongelar una pierna de cordero, volver a tomar la pluma, moler, cortar, lanzarse a la tarea nada más levantarse, hacer pruebas de bombeado sobre papel arrugado, cubrir una página y media, hacer frente a la nada.


AUTOMÓVIL

4L, R18, R21, Mercedes.

La pequeña furgoneta Fiat de Gaby, el Samba de Ninou, el R5 de Ninou, que se niega a arrancar, los 3CV de nuestros años jóvenes, el Ford de Cathy, el Peugeot de Ninou, que ha vuelto a cambiar de coche.

Los coches se averían. Los reparamos, les cambiamos el aceite, los llevamos al taller, los empujamos y los exhortamos, casi les rogamos, les tememos un poco en esas ajetreadas mañanas del empinado enero en las que todo depende de su buena voluntad.

Engullen los kilómetros, derivan hacia la Corrèze, vuelven.

Pierre Bergounioux los carga y los descarga. Infatigablemente.

Pierre Bergounioux y sus coches son infatigables.


WXY

Yo, que no lo soy, infatigable, como era lícito preveer desde el artículo de ADICTO, rindo mis armas, y capitulo, con toda la vergüenza, ante los confines espinosos del alfabeto del mundo.


ZÜNDAPP

Zündapp salva el honor, me salva a mí.

Acabemos en la gloria, con la Zündapp de La Toissant, el padre en el manillar, el abuelo en la grupa […] el pequeño negrito delante, inclinado sobre el manillar, como los pájaros que pueden verse a lomos de los búfalos salvajes, y el hombre alto y seco, detrás, digno y severo, recto como un poste, con su pelo blanco, su corbata, sus zapatos bien lustrados, su caña de pescar de bambú plegada, todo ello atravesando con un rugido furioso los campos virgilianos, todavía, de la posguerra.

Virgilio y la Zündapp.

Ite. Missa est.



Rindamos a Pierre Bergounioux lo que le pertenece.

Los títulos de los libros de los que proceden los pasajes citados en cursiva figuran en el texto, salvo en el caso de ÁRBOLES, cuya cita central procede de Un poco de azul en el paisaje, PAVO, que procede de Miette, y JABALÍES, tomada de Chasseur à la manque. Las demás citas dispersas proceden de los tres primeros Cuadernos.

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Este texto es la traducción al castellano del artículo "Abécédaire", de Marie-Hélène Lafon, publicado en el volumen Bergounioux. Cahiers de L'Herne, dirigido por Jean-Paul Michel, Éditions de L'Herne, Paris, 2019.

La imagen de la cabecera procede de:  https://www.youtube.com/watch?v=dxnYSs2uoG 


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