28 de agosto de 2023

Nos quedamos con los detalles

 


Nos quedamos con los detalles

Entrevista con Pierre Bergounioux

Par Claude Millet et Paule Petitier


Pierre Bergounioux vuelve, en esta entrevista, sobre la gran fractura que marcó su vida y de la que da testimonio en su obra: el paso del mundo rural, confinado en sus particularidades, un mundo casi inmóvil, fuera de la historia, un mundo de huellas, de vestigios de lo inmemorial —la Corrèze de su infancia—, al mundo moderno, al vasto mundo de la gran historia y sus grandes relatos. En el cruce de estos dos mundos, de estas dos temporalidades, el escritor da testimonio de sus  inconmensurables, exorbitantes diferencias, y del desgarro irreparable que resulta del tránsito del uno al otro. Este tránsito es, en una parte esencial, una cuestión de detalle. El detalle pertenece al mundo anterior, al mundo de los particularismos, es su punto de partida, y salir es desprenderse de él, acceder a los grandes relatos, o desprenderse de su particularidad, extraer de él un modelo, entrar en el mundo de los conceptos. Pero el detalle es también lo que marca la diferencia en el tiempo, la entrada en el futuro, y la atención al detalle lo que ha permitido esta entrada. El detalle pertenece al mundo de lo inmemorial, pero también permite también liberarse de este, entrar en la historia. Por eso la obra de Pierre Bergounioux se debate entre una atención meticulosa al detalle y el deseo de extraer un sentido universal. Sólo que esta extracción es difícil, confusa, a nivel colectivo, porque las grandes catástrofes de la segunda mitad del siglo XX y sus grandes desilusiones lo han ensombrecido; en el plano individual (aunque el individuo, para Pierre Bergounioux, no es más que el «colectivo individualizado»), porque habría que adoptar una perspectiva de ultratumba para captar lo que los detalles de la cotidianeidad, en los que se dispersan la vida y los Cuadernos de notas que la registran, significan finalmente.


Pierre Bergounioux nació en Brive en 1949. Un detalle de una fecha, de un lugar de nacimiento, pero que marca por entero un destino y una escritura. «Si pudiéramos elegir —escribe en La Puissance du souvenir dans l'écriture— cuando esperamos nuestro turno en la antesala del limbo, yo habría pedido llegar antes o después. Me habría ahorrado las dos existencias diferenciadas, enemigas, que he tenido en el espacio de mi vida. Si hubiera llegado antes, habría estado, de un extremo al otro, al mismo nivel con el pequeño país agreste, somnoliento, donde nací. Si hubiera llegado después, me habría adaptado al mundo existente. No llevaría luto por un paisaje con el que había permanecido unido, con la gente, con las cosas que amaba, que nunca dejé de lamentar. En ambos casos, habría vivido complacido, pero esto es lo que el tiempo que fue nuestro nos ha negado». En la entrevista que sigue, Pierre Bergounioux vuelve a ahondar en la fractura de este desencuentro con uno mismo, con el lugar confinado de la Corrèze, surcado por las huellas de un pasado inmemorial, hasta el lugar abierto, suavizado, en el que se consuma rápida y sombríamente la gran historia, el mundo. Fractura del espacio y del tiempo, entregados para siempre a la desproporción, a la desarticulación del todo y de las particularidades que lo componen. Fractura de un yo, pero que se piensa a sí mismo como «colectivo individualizado», y que pretende, a través de la escritura, ser el sujeto histórico de un destino común.

Paule Petitier: He leído los dos [primeros] volúmenes de su Cuaderno de notas. Curiosamente, en este diario continuo en el que lleva un registro minucioso de sus actividades, se mencionan muy poco los acontecimientos de la historia contemporánea. El 10 de mayo de 1981, anota: «Vamos a votar bajo la tenaz grisura». En 1988: «Mitterrand ha sido reelegido y no cambiará nada». Menciona, muy de pasada, algunos otros hechos como la caída del muro de Berlín, las manifestaciones provocadas por la muerte de Malik Oussekine, en 1990, en las que participó su hijo mayor. Hay algunas notas sobre las grandes huelgas del invierno de 1995. Pero, en conjunto, la historia parece un detalle sin importancia comparada con esta cantidad de información sobre la labor cotidiana a la que le obliga la vida. ¿Puede explicarse esta relativa ausencia de la historia por su predilección por el acercamiento sociológico, en el que los acontecimientos no se consideran significativos, sino que se ponen en segundo plano en relación con otra duración, la de los grandes ciclos?

Pierre Bergounioux: Desde principios de los años ochenta, perdí la esperanza en la política. Lo que se llamaba, en mi juventud, las «fuerzas del progreso», el bloque socialista, los partidos comunistas europeos, los movimientos de liberación nacional, fueron derrotados en todas partes. Fue el comienzo de la restauración, la primera oleada de la contraofensiva liberal. La disyuntiva a la que la humanidad se enfrentaba desde hacía un siglo con, por un lado, la apropiación privada de la fuerza de trabajo, y por el otro, el reparto equitativo de su producto, se ha esfumado en beneficio, si se me permite la expresión, del primer término. ¿Cómo no adoptar una actitud distante, desencantada, ante el debate político cuando éste elude lo que considera el fondo de la cuestión? No se puede cambiar. Las grandes esperanzas de mi juventud han sido barridas por el curso de los acontecimientos. El sueño milenarista que había germinado en los barracones de esclavos de la antigüedad, atravesado los siglos y empezado a tomar forma, se ha visto alterado, convertido en pesadilla y desaparecido, tal vez irremediablemente, de la realidad.


PP: ¿No significa esto que estamos haciendo la crónica de una derrota? En ese caso, podría hacer la observación que está haciendo permaneciendo atento a lo que, en realidad, manifiesta este giro histórico. Elige mantener lo que es una catástrofe histórica como algo accesorio, alejado de su vida...

PB: Lo cual, como mínimo, no conduce a nada de lo que yo he considerado, y sigo considerando, como la única relación aceptable, es decir, igualitaria, que pueden entablar los hombres. Ni yo, en mi microscópica esfera, ni aquellos en cuyas manos descansaba el destino de la raza humana, hemos sido capaces de alcanzar nuestros fines.

Claude Millet: Entonces, lo que queda de la historia es un detalle. Por ejemplo, un cuadro que podría ser la crónica de una derrota, La Mort de Brune.

PB: Supongo que la pérdida de intereses vivos, candentes, planetarios, ha dejado aflorar capas enterradas de la existencia, experiencias pasadas, privadas, sobre las que no había tenido tiempo de reflexionar, centrado como estaba en el futuro, ocupado con el presente.

Otra cosa, también, aunque tal vez sea lo mismo. Me parece haber nacido, haber vivido, para empezar, al margen de la historia. Nuestra efímera persona, su breve etapa, acusa, condensa, las propiedades genéricas, propiamente sociológicas, del grupo de pertenencia. La mía, la escasa población de las tierras en pendiente del bajo Lemosín, ha conservado más allá de mediados del siglo pasado unas  costumbres, unos puntos de vista, una lengua, que eran los del siglo anterior, del Antiguo Régimen, de la Galia romana. El campesinado parcelario, que constituía el grueso de la población, hablaba un dialecto occitano cuatrocientos años después de que el Edicto de Villers-Cotterêts prescribiera el uso de la «langaige maternel françoys» —«lengua materna francesa»—en los actos públicos. La explotación del suelo era arcaica. Yo he visto a los animales trabajar bajo el yugo. El suelo, ácido, demasiado pobre, aportaba con gran dificultad catorce quintales métricos de centeno por hectárea; la misma superficie, en los fértiles limos de Brie y Beauce, ochenta y cinco, de trigo. Yo he conocido a gente analfabeta, mujeres, sobre todo. Estábamos a cincuenta leguas de las grandes ciudades, de los centros universitarios, Burdeos al oeste, Clermont-Ferrand al este, al sur, Toulouse. París, a quinientos kilómetros, hacia el norte, encarnaba la existencia imprecisa, dudosa, de un sueño. Se reencarnaba en las imágenes turbulentas, grises, de los estudios Pathé que veíamos, una vez al mes, en las «actualités», antes de la película.

Cuando el eco de la historia, la de los manuales, hacía realidad estos márgenes anacrónicos, mudos, era trágicamente, siempre —la movilización de 1914 que arroja al campesinado a las atronadoras fronteras del norte y del este, la invasión de la zona libre, en 1942, y la intrusión de la barbarie.

El cuadro titulado La Mort de Brune representaba el asesinato, en 1815, en Aviñón, de este compatriota, que se había convertido en mariscal del Imperio. Su extrañeza, a mis ojos, residía en el hecho de que la historia, como acontecimiento, nos era ajena. Tenía sus lugares elegidos, la capital, las llanuras fértiles, las encrucijadas estratégicas. Era allí donde los pueblos resolvían sus disputas, donde se rubricaban los tratados, donde se cantaban los Te Deum, donde se decidía el destino de los imperios y de las naciones. Pero nosotros vivíamos en lo más recóndito de la tierra y no sabíamos nada de ello.


CM: La Mort de Brune se centra en el choque entre un mundo inmemorial y la intromisión de la historia en los años cincuenta. Esta última está contenida en un detalle, una imagen, un cuadro en la pared del museo municipal. Representa un asesinato, que es también el triunfo de la contrarrevolución.

PB: Brune encarna, a su manera, la pasión francesa por excelencia, que es, según Tocqueville, la igualdad. Cayó en desgracia ante Napoleón porque se obstinaba en utilizar, en sus órdenes y proclamas, los términos ejército «francés» o «republicano», en lugar de «imperial». Fue fusilado, brutalmente por los sargentos del Terror Blanco que acompañó a la Restauración, en 1815.

PP: En su diario alude a menudo a la dificultad para encontrar títulos para sus libros. Es Jacques Réda quien se los proporcionaba, la mayoría de las veces. Pero en el caso de La Mort de Brune, fue usted quien lo eligió, lo defendió. Así que tenía una importancia particular.

PB: Sí, la misma, vibrante, tenaz, que la de esos momentos de gran perplejidad por los que pasamos de niños. El chiquillo —la chiquilla— le pide al adulto en el que se convertirá —ella misma—que le proporcione la explicación retrospectiva, retroactiva, del misterio con el que se ha topado. Buena parte de mi segunda vida la pasé intentando sacar a la luz lo que el tiempo anterior, el mío, pero también el, colectivo, de mi patria chica, contenía de informal y, por tanto, de alienante. Es para deshacerme de ello, para ser uno mismo, en el mundo real, en el presente, que intento comprenderlo.


En resumen, Jacques Réda, como es habitual, alzó la voz, levantó los brazos al cielo. Pero el mocoso que permanece agazapado en cada uno de nosotros y, a veces, se cuela por las rendijas, persistió. Cansado de la guerra, Réda le dio este título mediocre, tomado de un cuadro no menos mediocre que aún puede verse en el museo de Brive.

Somos de los últimos en haber entrado en la dinámica histórica, en haber escapado de las garras de la geografía —del suelo, de las inmovilidades— de las que se está liberando trabajosamente, lentamente, según Michelet. Este deseo de romper con la tutela del lugar, me pareció reconocerlo en una vieja canción de cuna que me cantaron una vez. Decía, en patois: «Penso-te, mountanhe, lèvo-te, vallou» —«Inclínate, montaña, levántate, valle»—. Alguien, no sé quién, sintió la opresión, sobre las almas y los corazones, de la región abollada, hirsuta, indigente, de la que éramos los habitantes pero también los rehenes, y lo dijo en su lenguaje ingenuo, quejumbroso.


CM: Este mundo lleva, en su superficie, huellas enmarañadas, que remiten a un pasado más lejano. No excluye todavía la posibilidad de una relación pacífica entre la parte y el todo, el detalle y el conjunto. He identificado tres imágenes de esta integración. La primera está en Les Forges de Syam. Uno diría, al final, que reúnen lo local y lo universal. La segunda es, en La Mort de Brune, la escalera que subió el narrador de niño y que le sirve de dispositivo mnemotécnico. Los descansillos representan las ideas generales de la lección, los peldaños los detalles. Se trata de un modelo vertical, acorde con la jerarquía del conocimiento. Se asciende a la generalidad por pasos sucesivos. Lo característico de lo local sería este intento ingenuo, espontáneo, de asignación al conjunto. Se encuentra la misma relación, pero de forma más problemática, en Miette. El personaje principal atiborra sus zapatos de periódicos que hablan del Frente Popular, del presidente Coty. La historia, aunque lejana, se infiltra en los lugares que han quedado fuera de su camino.


PB: El giro de la civilización, a mediados del siglo pasado, provocó la interferencia de los flujos separados de la duración, lo insensible, la externsión, la sordera de la periferia, y la precipitada sucesión de acontecimientos deslumbrantes, que es la marca de la historia contemporánea.

El periodo de transición, las zonas de contacto, obligaban a mantener unidas escalas de distinto tamaño, series causales heterogéneas. La gente de mi generación se debatía entre un particularismo pesado, persistente, y la revelación, la acción perturbadora, a la vez destructiva y liberadora, de un mundo exterior que se confundía, para nosotros, con la época posterior. Yo movilizaba espontáneamente los recursos locales, la escalera monumental, por ejemplo, de una mansión  renacentista en ruinas donde aprendía solfeo y rudimentos de composición musical. Los libros hacían referencia invariablemente a lugares en los que nunca había estado, de los que no tenía ni idea. Así que emplazaba, sin saberlo, detrás de las palabras, lugares familiares que estaban más o menos relacionadas con ellas. Fue mucho tiempo después cuando me di cuenta de esta actividad mental, que escapaba a mi conciencia y que estaba dictada por la brecha entre la experiencia indígena, la vida local, y la cultura letrada, el plano general. [Henri] Cueco, que me precedió en esta circunstancia, no hizo otra cosa. Dibujaba briznas de hierba...

CM: Como Rembrandt...


PB: Sí, pero a falta de algo mejor. Rembrandt también tenía ante sus ojos la opulencia de la vida holandesa, los fastos de la burguesía calvinista, cuando los Países Bajos traían de las Indias orientales y de los mares del sur las especias, la seda, la madera y los metales preciosos. En 1950, Cueco no tenía ante sus ojos más que las inmutables «bestes à layne» —«bestias lanudas»— y los prados de la vieja  Corrèze.

La invención literaria, plástica, científica, no esconde su propia razón. Siempre está respaldada por una voluntad colectiva, por vastos planes, por una política. El esplendor de la pintura italiana u holandesa es indisociable del dinamismo de las ciudades-Estado del Adriático o de las Provincias Unidas neerlandesas, el esplendor de la literatura clásica francesa, de la sociedad cortesana absolutista. La gente de mi clase, y Cueco es uno de ellos, ha vivido, actuado, ha sido puesta a prueba, en  el intervalo incómodo de dos épocas, la de la sociedad agraria tradicional y la del súbito tumulto de la modernidad.


Si, como supongo, no somos, uno a uno, más que un colectivo individualizado, encarnado, yo achacaría más bien al particularismo histórico, es decir, ahistórico, que me ha adormecido en un cierto estado de ánimo quisquilloso, la miopía constitucional de la que estoy aquejado. No había intuición de la sintaxis global. Unas palabras de Virginia Woolf, recordadas por Pierre Bourdieu: «Las ideas generales son ideas de lo general». El desarrollo desigual, las disparidades regionales, habían colocado a lo lejos, fuera de nuestro alcance, los grandes asuntos, los hechos relevantes, es decir, los que conllevaban consecuencias, las verdaderas luces. Nos quedamos con los detalles. Con lo poco que nos era asignado,  teníamos que intentar adivinar la totalidad que se desvelaba, allá lejos, y cuya existencia súbitamente revelada perturbaba la nuestra. El encuentro era tan brutal, tan punzante, que uno podía estar tentado de apartarse, de elegir un repliegue autístico: «no ser, dormir, soñar, tal vez».


PP: Usted va más allá de esta limitación devolviendo al detalle lo que puede ser esencial, en Le Chevron, por ejemplo. Es un aspecto del paisaje que la gente de su país tiene siempre delante pero que es, para ellos, identitario. Existe, en su trabajo, una tendencia a buscar, debajo de lo que parece insignificante, un arquetipo o un tipo ideal, por utilizar un término que emplea en su diario. Dice  que se ha cruzado, en el supermercado, con tal o cual persona a la que ve como el tipo ideal de tal o cual clase social.


PB: Este es un concepto, extremadamente poderoso, de Max Weber. Puede que, eventualmente, nunca coincida con ningún individuo real. Pero engloba la totalidad de los miembros de una casta o de una clase que apareció, en un momento dado, en una sociedad determinada, un líder carismático, un empresario protestante pesimista, un agente de una burocracia racional... No hay nada platónico ni libresco en este instrumento de comprensión. Se puede utilizar en la vida para ver las cosas con más claridad, para tomar mejores —o menos malas— decisiones.


PP: Es algo que le distancia, le separa del mundo rural que describía en Miette.

PB: Es un producto de la cultura erudita, un invento de la burguesía alemana urbana. cultivada. Y, por ahora, no es sólo mi región natal, sino todo el país, el que se ha quedado rezagado con respecto a importantes avances en Europa occidental. Fue preciso esperar hasta mediados de los años sesenta para que la obra principal de Weber, Economía y sociedad, fuera traducida, y hasta 2004 para que nos fueran accesibles sus obras políticas, tan brillantes. Esto vale también para la filosofía. Las lecciones dictadas en 1920 por Husserl sobre la síntesis activa y la síntesis pasiva acaban de aparecer en francés. Noventa años después. El provincianismo no es una especialidad provinciana.


CM: Usted es muy sensible a esta cuestión de las diferencias de ritmo, al hecho de que el tiempo es heterogéneo, que vivimos en épocas diferentes, que nos desgarran. Usted da una dimensión histórica a este desgarro cuando dice que su generación es contemporánea de la gran transición de la Francia rural a la urbana. Lo atestigua, en sus escritos. Esta cuestión de lo local, que es también la cuestión del detalle, parece anclada en su existencia, y no un problema abstracto. La obsesión de la desproporción vuelve constantemente, por ejemplo, los pequeños coches de la infancia que se convierten, de repente, a escala 1:1, en Cuba, en Back in the sixties. También está el hecho de que la transición de un mundo a otro no ha reabsorbido el antiguo.


PB: ¿De quién es la enorme frase: «Nada se pierde ni muere en la gran temporalidad. Todo sentido celebrará un día su renacimiento»? ¿De Mijaíl Bajtin? ¿De Hegel? No lo sé. Menos grandilocuente pero muy penetrante, es una observación de Groddeck: «Cada instante contiene todas las épocas». Haber sido huésped de mundos sucesivos y diferentes y recordarlo induce un desorden crónico en la existencia. La inquietud es la modalidad subjetiva de las rupturas y saltos del mundo objetivo, de la relatividad vivida de lo real. Descubrí, en la adolescencia, que lo que creía necesario, sólido, suficiente, eterno, estava desprovisto de consistencia, de sentido, desde otro punto de vista, exterior, del que yo lo ignoraba todo. Y que esa exterioridad, por su peso, su potencia, su legitimidad, constituía el verdadero principio de realidad. ¡Qué conmoción cerebral, qué sacudida infinita! Estos son los términos de esta contradicción que es necesario mantener unidos, en el pensamiento pero también en la vida, ya que muestran su imperio consecutivo, su profunda, inolvidable concisión.


CM: ¿Puede el detalle convertirse en el hilo conductor del futuro? Al final de Les Forges de Syam, usted señala que un consorcio ha adquirido recientemente esta pequeña factoría de principios del siglo XIX, que ha permanecido inalterada, salvo por dos detalles, dice. Se puede ver, en un cuadro de la fábrica de 1830, a un transeúnte vestido a la moda de la época, y el campanario no está en el mismo sitio.

PB: El Jura, donde llevé a cabo esta pequeña investigación, estaba, hace doscientos años, a la vanguardia de la revolución industrial, de la iniciativa prometeica que cambió la faz del mundo. Un pequeño tren de laminación que data del Primer Imperio fue capaz de sobrevivir a las transformaciones  tecnológicas que se fueron sucedienrto, siempre girando. No puede decirse lo mismo de las zonas rurales pobres. Cuando el presente las ha alcanzado, no las ha llevado consigo, en su estela, hacia el futuro. Las ha convertido en obsoletas, las ha devuelto al pasado, a las «tierras menos buenas» de la economía política a la que pertenecían. Es el letargo, la vuelta al páramo de los suelos improductivos, por debajo de los umbrales actuales de rentabilidad.


Mi provincia sólo ha vivido, perdurado, separada, en la autarquía material, lingüística, a la que su lejanía y su accidentada orografía la condenaban. Se producía para el propio consumo. Se hablaba patois. No se marchaba nadie. El mundo exterior, cuando llegó hasta nosotros, nos notificó  que se había cumplido el tiempo. La prueba es que, en lugar de adaptar sus procesos, de aplicar los nuevos medios que le eran propios, los motores, la moneda, el francés, a las cosas viejas, se las abandonó. Se tomó el camino del exilio y no hubo vuelta atrás. Si hubiera calibrado mi mirada, habría visto lo que ocurría. Cada vez había menos niños en la plaza del pueblo, después de la escuela, y cada vez más, aparentemente, ancianos. Las pequeñas tiendas cerraban sus puertas y las casas que siempre se habían sabido habitadas, sus persianas. Las coníferas de crecimiento rápido invadían los cultivos y los pastos, el silencio de los grandes bosques ahogaba el rumor de la vida y un mundo que se remontaba al Neolítico desaparecía en dos décadas.


CM: Sin embargo, no siente nostalgia de un pasado que, según usted, fue duro, violento, no igualitario.

PB: Sí, de dura necesidad, sin apertura, generosidad ni libertad. No sólo estaba afectado por la mediocridad del suelo, del rigor del clima, sino que su miseria material iba unida a una profunda desgracia simbólica, un deficiente para-sí-mismo unido a un para-los-demás tan codicioso como denigrante.

Entre las experiencias traumáticas del desarraigo, los primeros viajes, en coche, a la gran ciudad, las vastas avenidas desconocidas, la dificultad de encontrar el camino y, detrás de ti, porque has aminorado la marcha para orientarte, un millón de personas furiosas que bocinan y te increpan: «¡Paleto!».

PP: El espacio en el que vive la mayor parte del año, el de el gran extrarradio, ¿pertenecería a la historia?

PB: Completamente. Estoy a media hora del corazón del país, del hogar de los valores, de París. El destino es irónico. Toda mi ambición, a los diecisiete años, era ser maestro en la campiña vecina. ¿Qué podría ser menos sorprendente? Existe una afinidad estructural entre el mundo rural y la enseñanza primaria.

CM: ¿Cómo vivió los estudios? ¿Cómo se apropió de los grandes relatos de la historia, de los relatos hegelianos, marxistas?

PB: Con un asombro maravillado. ¿Cómo? Unos hombres que habían muerto hacía mucho tiempo ya habían descrito en términos vívidos el gran problema en el que estábamos atrapados, el conflicto del espíritu con el mundo, el de las clases antagonistas en el proceso de producción, desde el principio de la historia. Fui el primero de mi linaje en sostener, con mano temblorosa, esos textos prodigiosos, en experimentar su increíble impacto. Nos arrancaron de la noche profunda, balbuceante, en la que estábamos sumergidos. Nos obligaron a llevar nuestras pequeñas acciones, y los pobres puntos de vista que las acompañan, al único punto de vista que cuenta, el de lo universal. Esta fórmula de Hegel, de la que estoy seguro: «Ya que lo verdadero es el todo y el todo, lo verdadero».


Uno de los primeros beneficios del exilio fue el encuentro, en Limoges, en las clases preparatorias, con jóvenes de los departamentos vecinos, de la Creuse, de la Haute-Vienne, que se encargaron de mi edificación. Era porque el mundo entraba, con nosotros, en su «verte jouvence» —«verde juventud»—. Sus intercesores ya no eran los hombres maduros a los que tradicionalmente correspondía la transmisión de los grandes significados, sino chavales de diecisiete y dieciocho años que soltaban, de repente, enormidades verdaderamente inauditas con una seriedad muy por encima de su edad. Tales fueron la amplitud, la rapidez del cambio, que los adultos —ad ultima, los seres acabados— se vieron desbordados. A nosotros nos tocaba inventar el nuevo tiempo, el presente.


CM: Lo que está diciendo arroja luz sobre una parte de su escritura, que es el deseo de una historia universal. Pienso en Una habitación en Holanda, en el que esboza una liberación, una elevación del punto de vista que permite ver más lejos, desde más arriba. Un proceso histórico que no orienta, pero que conserva una coherencia suficientemente fuerte para seguir siendo legible. También me parece que en B-17 G se ironiza sobre esta pretensión de adoptar una visión global de la historia. Se trata del físico Freeman Dyson, que, encaramado a un árbol, sueña con una reconciliación de la humanidad a través de la aviación antes de verse destinado a la oficina de diseño de los bombarderos que aplastarán las ciudades alemanas bajo las bombas.


PB: El encuentro de los sueños de felicidad universal con la realidad suele ser fatal para ellos. Pero no hay vuelta atrás. Aquellos que fueron los primeros — Descartes y su estufa, Rousseau y su cabaña, Kant en Königsberg, Hegel en Jena— en inscribir deliberadamente sus pensamientos, y sus acciones, en la perspectiva de lo universal, simplemente anticiparon, con el pensamiento, la integración de la humanidad en un espacio unificado de trabajo, de intercambio y de comunicación. Sólo que, en lugar de que este proceso se realizara por los caminos etéreos, conciliadores del concepto y de la comunión mística, ha tomado los caminos sangrientos de la lucha.


Yo pertenezco a mi tiempo. Se supone que ya nadie ignora las narrativas totalizadoras de la modernidad. Pero el último capítulo ha proyectado una terrible sombra sobre los anteriores. Su significado, es decir, su fin, se ha oscurecido. La cuestión vuelve a estar abierta, el movimiento que nos arrastra, enigmático. «El presente innecesario» en el que íbamos a entrar, según Hegel,  con el fin de la historia no es para mañana.


PP: A menudo expresa, en tu diario, el temor a que su vida se disperse en los detalles de lo cotidiano, que combate escribiéndolos, la lavadora, las averías del coche, el trabajo. ¿Podría el proyecto de su Cuaderno acabar registrando la historia?

PB: Debería estar muerto para responder adecuadamente. Dos partes, al menos, de nuestro sentido se nos escapan: la que debemos dejar en manos de otros y la que la muerte nos imputará.

La impresión que me causan las cosas se equilibra sin duda por el hecho de volver a ellas, de escribirlas, por la «razón gráfica», en el sentido literal que Jack Goody dio a esta expresión. La palabra escrita objetiviza, ordena, clarifica, despersonaliza. Pero he constatado la exactitud de una frase de Norbert Elias: «El hombre no es tanto un ser como un devenir». He verificado, cien veces, que quien lleve mi nombre, mañana, repudiará a quien lo ostenta hoy. Temo que las notas cotidianas no contengan, muy pronto, más que ilusiones, malentendidos, vacío. Y entonces vuelven a mi mente las palabras de Hamlet: «Words, words, words». Pero el significado final, impenetrable, que nos espera, no nos afectará cuando nos sea notificado. No estaremos allí para oírlo.

 

PP: Michelet, que llevaba un diario íntimo, se benefició de ello. Disponía de un punto de vista reflexivo. Procedía regularmentea a hacer balance. Releía parte de su diario y señalaba los ecos que su propia historia encontraba en la que estaba redactando. ¿Hay algo de eso en alguien que empieza una crónica, que la mantiene voluntariamente, de forma continuada?

PB: Sin duda. Llevar un registro de los acontecimientos pequeños y grandes de los que está tejida nuestra vida no es del todo en vano. La mano del olvido no borrará las huellas, no desdibujará el orden de los hechos. Están a salvo de los reordenamientos más o menos inconscientes que hacemos para lidiar con el pasado, para alinearlo con los intereses presentes, para aligerar la carga de los días, el peso del remordimiento, el rastro del arrepentimiento.


¿Debo decirlo? Me hubiera gustado disponer, a veces, de un pequeño manual  que indicara, negro sobre blanco, los pasos a seguir en los oscuros, los tortuosos desfiladeros adonde me dirigía. Veo en ellos la nostalgia del tiempo cíclico de las sociedades agrarias, en los que uno replicaba, de forma idéntica, a sus predecesores. Era preciso inventar nuestras vidas, dar por saldados nuestros comienzos, arrasar los cimientos, cortar los puentes. A veces imagino, a través de una inversión ficticia del eje temporal, que estas notas del pasado son el texto del que me hubiera gustado disponer. Lo lacerante, es que conlleva lo oscuro y lo amargo, lo trágico, que nos ahorraríamos si nuestro discernimiento fuera perfecto, nuestra voluntad sin límites, nuestra vida una novela cuyas partes se enlazarían armoniosamente entre sí y cada una con el todo.

Volviendo a Michelet, él concibió su vida como un resumen explícito de los veinte siglos que había durado la historia del pueblo francés. De ahí su máxima rectora, «J’ay haste» —«Yo lo tengo»—, que tomó de la Casa de Borgoña y en la que basó su existencia laboriosa, minuciosa, heroica.

CM: Dice que se siente, al mismo tiempo, diferente y cercano a Michelet.

PB: Sólo me ocupo de un párrafo oscuro, como marginal, de la gran historia, pero me obsesiona vincularlo al gran libro.

Michelet es un historiador, yo no. Pero lo considero, también, el primer prosista francés del siglo XIX. Ningún escritor ha logrado tal síntesis entre la vida que llevamos, cada uno de nosotros, a nivel humano, ensamblados en un cuerpo, bajo el incierto resplandor de la conciencia, y los grandes juegos de fuerza, las poderosas dinámicas que son la historia misma y nos arrastran. Del duque Manuel —Emmanuel-Philibert de Savoie (1528-1580)—, Michelet escribió: «Este príncipe de las marmotas, jorobado de Saboya, barrigón del Piamonte». De Felipe V de España: «Al final, era un animal. Se volvió peludo. Le salieron garras». Michelet tiene un estilo, es decir, una visión nueva, a imagen de la nueva era en la que acaba de entrar la humanidad, de la era contemporánea. La historia forma, moldea a los individuos, y los individuos se convierten en algo más grande que ellos mismos, en agentes de la historia.


CM: Para Michelet, la transmisión es posible, mientras que su mundo..

PB: ... está muerto. Michelet era de París. Yo salgo de la Corrèze, que está, a su vez, saliendo de la historia, suponiendo que alguna vez entrara en ella. Las cosas que me ocupan, de las que hablo —no conozco otras—, pronto desaparecerán. Por ahora, es como un decorado de teatro después de que se haya representado la obra. Los caminos, las casas, siguen en su sitio, pero los actores han desaparecido. El final está próximo y será el regreso del origen, el reinado de los grandes bosques.


PP: ¿Puede ser que su sensibilidad para los detalles provenga de su pasión naturalista, como la entomología?

PB: Estaría tentado de responder invirtiendo el orden de la pregunta. El gusto barroco por los insectos, la atención apasionada, irracional, a los inagotables refinamientos de los tres reinos, son la proyección de los estrechos puntos de vista que me prescribió el mundo atrasado, angosto, en el que nací. Uno no hace más que interiorizar lo exterior.

Pero esta preocupación por el detalle puede haber sido útil en los tiempos turbulentos de la adolescencia, cuando uno tenía que decidirse sobre la base de las pistas tenues, inciertas, que eran todo lo que tenía. Sentía que el resto de mi edad estaba en juego. Había que prestar la máxima atención, so pena de equivocarse de vida, nada menos. El diablo está en los detalles.


Obras de Pierre Bergounioux citadas en la entrevista:

La Puissance du souvenir dans l’écriture, Pleins Feux, 2000.
Miette, Gallimard, 1995.
La Mort de Brune, Gallimard, 1996.
Le Chevron, Verdier, 1996.
B‑17 G, Les Flohic éditeurs, 2001; rééd. Argol, 2006, suivi de Smith, de Pierre Michon. B‑17 G, Alfabia, 2011, con el postfacio Smith, de Pierre Michon, traducción de Paula Cifuentes.
Les Forges de Syam, Éditions de l’Imprimeur, 2001; rééd. Verdier, 2007.
Back in the sixties, Verdier, 2003.
Carnet de notes. Journal (1980-1990), Verdier, 2006. Traducido parcialmente en Cuaderno de notas 1980-1985, Días Contados, 2015, traducción de Carlos-Wenceslao Flores.
Carnet de notes. Journal (1991-2000), Verdier, 2007.
Une chambre en Hollande, Verdier, 2009. Una habitación en Holanda, Minúscula, 2011, traducción de David Stacey. Una habitació a Holanda. Minúscula, 2011, traducció d'Anna Casassas Figueras.
________________________________________________

Este artículo es la traducción al castellano de la entrevista Il nous restait les détails. Entretien avec Pierre Bergounioux, publicada en: Pierre Bergounioux, Claude Millet et Paule Petitier, «Il nous restait les détails. Entretien avec Pierre Bergounioux», Écrire l'histoire [En ligne], 4 | 2009, mis en ligne le 16 octobre 2012. URL : http://journals.openedition.org/elh/903 ; DOI : https://doi.org/10.4000/elh.903

La imagen de la cabecera procede de:Rosalis. Bibliothèque numérique patrimoniale de Toulouse. https://expo.rosalis.bibliotheque.toulouse.fr/l-eau-et-les-reves/oeuvre/atlantique/  


Como todo el contenido de este blog, este artículo está publicado bajo la licencia de Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España

21 de agosto de 2023

Les Trois Mousquetaires IV



 


Pequeño bailarín

Pierre Michon sobre Pierre Bergounioux


Debemos a Pierre Bergounioux una de las obras literarias más logradas de nuestro tiempo. Es de esas que nos recuerdan brillantemente que la belleza de las letras no puede disociarse de la búsqueda estricta de lo que se llama la verdad, la verdad particular de quien escribe, pero que mágicamente puede ser leída por cada uno como su propia verdad. Porque el arte es verdad, es un desafío y un placer. El arte busca la articulación entre uno mismo y el mundo, lo que uno es en medio de todo lo existente; y «lo que uno es no es más que la contraposición con todo lo existente». Superando esta contraposición, es lícito volverse hacia «la riqueza del mundo perdido, las bestias, las plantas y los hombres, incluso, en medio de un enorme montón de inmundicia». Hacia restablecer la afinidad de todo lo existente y de lo que se es. Entre la exaltación y el sombrío entusiasmo, Pierre Bergounioux nunca se ha desviado de este camino, cada vez más recto y más luminoso, cada vez menos frecuentado, también, hoy en día. Ha prestado poca atención a los cantos de sirena por los que la mayoría ha naufragado. Sin saberlo (o no, porque es listo), encarna a la vez la conciencia de las letras —que es una restricción— y su plenitud —que es una expansión; y esta doble postura representa un tour de force; el «hola» opuesta al rostro de los farsantes, y, aún con riesgo asumido de la redundancia, la fecundidad a pesar de todo. El silencio no es su fuerte.


Fértil, también en aficiones, que no son realmente aficiones, sino medios de investigación, vectores de conocimiento de los que se beneficia su obra: la entomología, la geología, la pesca a lance, la elaboración de bifaces a la manera de nuestros antepasados anteriores a Lascaux. Y entre éstas, la más llamativa,  porque es la más visible y compartible, la escultura, que más bien debería llamarse, como él lo hace, un combate con el hierro. Porque «no estamos en una posición de fuerza. Todo está perdido de antemano. Pero nada puede impedirnos librar la batalla».


No puedo hablar en general de su escultura, por haberla visto poco y saber poco de ella, aunque creo conocer perfectamente las modalidades y las causas de su combate con el hierro, por haberlas leído en los numerosos textos en los que se explica. Pero de una de sus esculturas sí que puedo y quiero hablar,  porque me la regaló y la tengo a mano. Casi a mano: está en el lugar donde me la entregó, un viejo día en que me visitó, en una casa en ruinas, en medio de un campo inhabitable, un «desierto espantoso» como se decía en el siglo XVII —una casa que me pertenece y donde he pasado mis vacaciones durante mucho tiempo, unas vacaciones que eran más bien un quehacer devocional, un deber piadoso.


Se trata de una figura de pie, tal vez bailando. Está formado por tres varillas de hierro más o menos dobladas y un bulón ciego que representa la cabeza. Su pecho está engastado en una malla flotante, que nunca he decidido si es un pequeño chaleco de pastor o la coraza de un hoplita. La égida de un dios, por qué no. Los brazos están levantados, uno más que el otro, y el pie izquierdo también, con firmeza y decisión, como si atacara un paso. Su cabeza se inclina delicadamente y su mirada parece dirigirse hacia este pie izquierdo levantado, al que acompaña con gran seriedad, gran aplicación, con amable ofrecimiento, infantil, viril. El conjunto es a la vez ligero y gravemente atraído hacia el suelo, como una bailarín campesino.


Entre mis piadosas ruinas, le encontré inmediatamente su lugar, que nunca ha abandonado desde entonces: a diez pasos de la puerta, en un antiguo terraplén, en medio de lo que hace quizá cien años fue un parterre, que no es más que un caos de helechos y zarzas, cortados apresuradamente, apartados rápido, al pie del castaño que tanto amaba, que cobijaba con su sombra nuestras comidas y nuestras charlas, nuestras lecturas —puede que haya soñado todo esto—, en otro tiempo. Antes de la llegada del pequeño dios danzante, este lugar ya era un altar, en cierto modo: yo había colocado allí, entre la maleza que nunca conseguí quitar, un viejo morillo oxidado, roto, que, tal vez por la ambigüedad de la figura, podía pasar indistintamente por una Marianne o una Virgen María, por qué no por una Vesta. Figuras de devoción mezcladas, a falta de una creencia definida.


El castaño terminó cayendo; privado de su dosel, el terraplén ya no es un altar, sino un trozo de desierto expuesto a la lluvia y a las heladas, sepultado bajo las zarzas. Los azares de la vida, o mi falta de fuerzas, hacen que ya no frecuente el espantoso desierto. Ya no veo al pequeño bailarín, ni nadie puede verlo. Las zarzas están altas. Él vela debajo. Persiste, en medio de un enorme montón de inmundicia. Persevera. La obra de Pierre Bergounioux es igualmente obstinada, arcaica como el hierro, errante como la zarza, terca como el óxido, hosca, pero danzante. El bailarín baila. Afirma lo que es por debajo de todo lo existente.


Quizá un día, cuando haya aprendido el uso la desbrozadora y el mi vida, le libere de la inmundicia, volverá a ver la luz. Volveremos a ver la luz, él y yo.

________________________________________


Este texto es la traducción al castellano del artículo de Pierre Michon Petit danseurpublicado en: Pierre Bergounioux. Les Cahiers de l'Herne. Éditions de L'Herne, 2019.

Las imágen de la cabecera proceden de: https://www.editionsdelherne.com/

Como todo el contenido de este blog, este artículo está publicado bajo la licencia de Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España