18 de junio de 2018

Interludio romano

Interludio romano. Pierre Drieu la Rochelle.  José J. de Olañeta, Editor, 2017
Traducción de Manuel Serrat Crespo
"Me he aburrido con la mayoría de las mujeres, salvo con aquellas a las que solo he visto una o dos horas, desnudas, en una cama. Las mujeres son aburridas porque hablan. O charlatanean, lo que es un mal menor, o repiten con mayor o menor habilidad lo que han escuchado de los hombres. Exceptúo algunas mujeres nórdicas y algunas judías siempre en tensión frente a ese defecto de su sexo. Exceptúo también, naturalmente, las mujeres que he amado, que son infinitas, inagotables, lujuriantes galerías de espejos y ecos."  
Interludio romano, editado en el volumen Histoires déplaisantes (1963) forma parte del fondo de obras póstumas e inacabadas que dejó el novelista, ensayista y periodista Pierre Drieu la Rochelle en el momento de su suicidio el 15 de marzo de 1945. Es conveniente conocer algunos detalles de la biografía del autor para llevar a cabo una lectura completa de la mayoría de sus obras, incluso de aquellas que dejó como inacabadas; una buena introducción al personaje en cuanto a la exhibición de sus contradicciones, la constituyen sus Diarios (Journal (1939-1945)), por desgracia jamás traducidos al castellano, y una excelente muestra de la literatura personal que ha alcanzado, en el caso de los escritores franceses, la excelencia en ese tipo de obras.

El París de los años 20, superados los estragos de la Gran Guerra e ignorados los indicios de la que se estaba gestando, especuló con el papel de capital europea de la frivolidad, el desenfreno y la juerga; se convirtió en el refugio de los diletantes, el asilo de las grandes fortunas -algunas conseguidas por medios inconfesables como consecuencia del conflicto, otras menguando a marchas forzadas-, en el lugar preferido para las puestas de largo de parte de la nobleza europea a quien la desmembración del Imperio Austro-húngaro había desplazado de su escenario, y en el campo de juego de toda clase de vividores, ociosos e indolentes en busca de lances amorosos y capitalistas con que financiar un modo de vida despreocupado y disperso.

Pero ese ambiente frívolo y apático puede convertirse también en el pozo en que ahogar las penas del pasado cuya persistencia amenaza con arrasar la posibilidad de un futuro de por sí bastante desalentador. Esta situación anímica es la que sufre el protagonista de Interludio romano, afectado por una rotura amorosa que le ha provocado heridas aún no cicatrizadas y, como consecuencia, una actitud bastante recelosa ante cualquier nueva aventura. 
"Sentí una gran pesadumbre, pero no muy duradera. Una pesadumbre violenta, convulsiva, que se había ahogado con bastante rapidez en el alcohol y el jolgorio. Sin embargo, el mal estaba hecho y jamás me recuperé por completo de aquella desgracia; se requieren años y años para adquirir el sentimiento de que se han derramado lágrimas auténticas en un momento determinado y que mucha vida se ha ido con esas lágrimas."
En una de esas recepciones que mezclan a la alta sociedad con aquellos que darían lo que no poseen por formar parte de ella, a las grandes fortunas y a los que carecen de ella pero cuya ambición no es menos impetuosa que la de los poseedores de riqueza, conoce a una condesa húngara, de paso en París, con la que celebra varios encuentros que si bien consiguen hacerle olvidar sus pesares no le salvan de una omnipresente sensación de hastío.
"La facilidad hastía y no era la primera vez que yo sufría ese hastío. Pero cada vez   me sorprendía y por mi naturaleza inquieta, nerviosa, dispuesta a ennegrecerlo todo en sí misma, aquello me introducía siempre en un estado de completo pánico. El egotismo paga con un profundo sentimiento de inferioridad y con la manía persecutoria de sus goces prohibidos."
Pero la condesa es un ser marcado con el estigma de la adversidad, una mujer cuya belleza, más que un don, ha representado siempre un castigo, y cuyas heridas han dejado una profunda huella en su espíritu. Esta constatación, unida al descubrimiento de una carencia patente de cultura, provocan el cambio en la percepción que tiene el protagonista de ella, convirtiendo el frío desdén que sintió después de los primeros encuentros en una curiosidad, que no interés, casi científica, que avivó su deseo: aun entre aquellas personas más dispares, se siente cierto sentimiento de justicia cuando se descubre una debilidad ajena.
"Sentía desde hacía algún tiempo horror por el romanticismo íntimo, así que no quise exagerar nada de todo lo bueno que sospechaba en ella, pero pensé por fin que había sufrido un poco, aunque al modo de los seres incultos que no tienen palabras para precisar, avivar y hacer precioso su sufrimiento. Aquella mujer de mundo era tan inculta como las mujeres de vida airada, era inculta en varios idiomas, eso es todo. Comencé a sentir una simpatía en la que la compasión y la admiración, asombrándose de verse juntas, no sabían cómo llevarse bien."
Y así, en la misma medida que la diosa va apeándose de su pedestal, su admirador ve crecer su adoración e, incluso, es capaz de otorgarle atributos que, de no haber mediado ese cambio, jamás hubiese reconocido. Pero ningún objeto de deseo es eterno, y si bien la disposición del protagonista hacia la condesa había derivado hacia un educado desinterés, la marcha de esta en oposición a la voluntad de él le colocó ante el abismo de la derrota. Todo hace suponer que poco le hubiese durado la relación, pero él consideraba suya en exclusiva la potestad de darle fin; ya que no puede remediar el desplante, la venganza toma forma en su ánimo y se materializa en la búsqueda de una sustituta que, al menos en su aspecto, pueda superar a la amante que le despechó. La primera candidata al recambio es una joven de ascendencia judía, circunstancia que aprovecha el protagonista para alegar un explícito antisemitismo que, por cierto, comparte en sus rasgos esenciales con el autor, partidario firme del régimen de Vichy y, en algunos aspectos, fascista confeso.
"Cada vez que mi vida se perdía en el vacío, un judío me ofrecía una judía, y el gran judío me había ofrecido así a su hermana, que era hermosa y que he echado de menos toda mi vida, aunque esté convencido de que a su lado me hubiera aburrido hasta el crimen, pues era de esos judíos ricos que por mimetismo han adoptado el goce del aburrimiento de las gentes de mundo. Y, por otra parte, todos los judíos tienen algo de aburrido que se debe a que han sido separados de la alegría de la naturaleza y de su frenesí de vivir por algo huraño y convenido al mismo tiempo."
Pero, para un seductor, la batalla ganada sin lucha no permite regocijarse en los frutos de la victoria, la rendición incondicional no es una situación deseable: la derrota patente es imprescindible.
"El nacimiento del furor de la lujuria en esos ojos de gacela pacífica será un auténtico placer de jenízaro. Mientras lo pensaba, yo retorcía un cruel mostacho y mis ojos se inyectaban de sangre. Marianne esperaba este momento y, de pronto, dejando su taza de té, girando sobre sus jóvenes y flexibles caderas, volcó su busto sobre mis rodillas diciendo: "Soy feliz". Todavía corro. Mejor dicho, ya no corro."
Ante tal situación, no queda, efectivamente, más que abandonar el campo de batalla e intentar recuperar el tiempo perdido. Cuando la condesa húngara, la vencedora en la anterior confrontación, se le ofrece de nuevo, el protagonista no duda, aún existe alguna posibilidad de enmendar la antigua derrota; además, un cazador que se precie siempre preferirá abatir una pieza belicosa -en este caso, una mujer casada- que aquella que se le ofrece sin resistencia; es una cuestión de honor.
"Además, yo me sentía solapadamente satisfecho cuando ella me decía que no le sería posible cenar conmigo pues, fuera de la soledad, solo me gusta la improvisación. Cualquier appointement, como dicen los ingleses, amenaza mis nervios. Por añadidura me horrorizaba dar una imagen oficial con ella en Niza que, sin embargo, era solo Niza y, además, desierta en diciembre. Y por encima de todo siempre me ha horrorizado el papel de galán que he debido representar durante toda mi vida, no pudiendo limitarme siempre a las putas del arroyo y no gustándome demasiado las legítimas."
Así pues, instalado en Niza en persecución de la condesa, se encuentra de nuevo en un lugar en el que recupera sensaciones y hastío, y tras una corta estancia se traslada, no sin reparos que se guarda mucho de expresar en voz alta y siguiendo a la condesa y a su convaleciente marido, a Roma, con una doble sensación: la maravilla de la ciudad, poseedora de un pasado al que el vandalismo moderno no puede imponerse, y la vaga sensación de tedio una vez reconquistado el objeto de su deseo.
"Viví más que en estado de goce, fui casi feliz durante algunos días, muy pocos, porque Edwige era hermosa y noble, porque Roma era hermosa, porque William y Kyria eran hermosos, porque la princesa Carrera era hermosa."
Instalado en Roma, comparte su tiempo entre la condesa y la nobleza local e inmigrada, pero el tedio reaparece con más virulencia a medida que la situación va perdiendo su cuota de novedad. Cuota que debe ir transformándose, como se espera que vuelva a florecer un jardín arrasado: plantando nuevas semillas que, de modo paulatino pero constante, vayan sustituyendo a las plantas antiguas y renueven el verdor pasado.
"Me sentí chispeante de vanidad, de la más vulgar y estúpida vanidad. Las mujeres bellas caían en mis brazos, me arrellanaba en el corazón de la aristocracia, de aquella aristocracia que, por otro lado, tanto despreciaba yo. Y por otro lado también, simplemente me sentía satisfecho del sol, de la discreción del jardín que mira Roma sin que Roma le vea, de aquella cortesana simplificada por el placer."
La huida parecería ser una decisión conveniente -la heroicidad no es una obligación- siempre y cuando exista algún sitio hacia el que escapar; ni siquiera es necesario que el lugar de destino sea mejor que aquel que abandonamos, la huida de es tan lícita como la huida hacia cuando la situación que se quiere evitar es insostenible. La única condición necesaria es dejar en el lugar cualquier activo que inhabilite la posibilidad de acceder a un cambio; en caso contrario, toda huida es inútil e infructuosa. De nuevo el tedio, esa manifestación de vacío existencial, se adueña del protagonista, cuya inanidad le condena a perpetuidad.
"El mundo no puede salir de Dios, ni la mujer del hombre, ni el yo del sí. La voz está condenada a la inanidad del eco."
A menos que el placer se halle en el mismo hecho de la huida, de ninguna parte hacia ninguna parte, por el simple deleite de no dejar que sobreviva ningún vínculo ni prestarse a que se establezca.

Calificación: Hors catégorie

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Fe de Lectura de Diario de un seductor
Cita de El foc follet 

15 de junio de 2018

El instrumento musical

El instrumento musical. Un estudio filosóficoBernard Sève. Acantilado, 2018.
Traducción de Javier Palacio Taúste.
Sève, en un profundo y brillante ensayo, reflexiona desde una perspectiva filosófica -ontológica y organológica- acerca de los instrumentos musicales como objetos no solo relacionados con la música sino explorados también desde un punto de vista cultural, humano y como generadores, con su inabarcable variedad, del hecho musical, para examinar a continuación su relación no tanto con el oyente sino también con el ejecutante.

11 de junio de 2018

El Libro de Joan

El Libro de Joan. Lidia Yuknavitch. Alpha Decay, 2018
Traducción de Albert Fuentes
"Nos hemos convertido en signos, piensa ella, meros signos de nuestros yos anteriores. Evacuados de la trama y la acción de nuestras propias vidas."
Christine Pizan, habitante de la estación espacial CIEL -una especie de Arca de Noé, mitad prisión  mitad reservorio en la que se embarcó lo más abominable de la raza humana con la esperanza de recuperar su humanidad antes del arribo a su improbable Ararat-, es un individuo híbrido, una especie de mutante con implantes cibernéticos, resultante de las modificaciones genéticas provocadas por la destrucción del entorno terrícola natural; un cataclismo que hizo desaparecer la sexualidad y la distinción de sexos, pero que dejó intacto el fenómeno del deseo, convirtiéndolo en el castigo que siempre propugnaron los libros sagrados y cuya culminación solo puede llevarse a cabo mediante la violencia, autoinfligida o perpetrada.
"Hay distintas formas de comprender la crueldad. Uno puede observarla, en cuyo caso la escena deviene a veces una suerte de estética [...]; al margen de las emociones suscitadas por la pieza de que se trate, la distancia salva al espectador de cualquier daño. Se cuenta que quienes se ven obligados a presenciar la brutalidad de forma reiterada adoptan dicho punto de vista como una estrategia de supervivencia. Uno puede también ser víctima, y a menudo en tales casos las víctimas solo pueden sobrellevarlo abandonando sus cuerpos. Se trata de una disociación formidable, con la esperanza de o bien sobrevivir o bien morir. Por último, uno puede ser quien administra la crueldad. Esa atávica tiniebla goza de buena salud en todos nosotros y su actividad solo es reprimida por un fino velo de convenciones. Con reiterada indulgencia desaparecen las distinciones entre el nimio y triste deseo de agradar a los demás [...] y la fuerza descomunal de provocar dolor, que funciona como una suerte de intensísimo opiáceo contra el temor a que, en última instancia, no seamos nada o, peor si cabe, seamos indignos de todo amor."
La falta de papel, pero también la voluntad de permanencia, ha provocado que los documentos históricos se escarifiquen sobre la piel de los individuos y en injertos -cuyo número denota el estrato social de su poseedor- implantados con ese fin. Christine lleva impresa en su cuerpo la historia de Joan de Dark, una legendaria líder de la resistencia, una versión futura de Juana de Arco en el pasado prebélico; una niña dotada de poderes sobrehumanos -en la terminología actual se podrían llamar transhumanos-, una mesías antimesiánica que predica y ejerce la destrucción pura, sin objetivo, como única respuesta a la agresión, y que no busca discípulos porque tampoco tiene ningún mensaje que transmitir. Esta historia, con las anotaciones al margen que representan las intervenciones de la propia Christine y de algunos personajes secundarios, es el núcleo del sorprendente Libro de Joan (The Book of Joan, 2017), primera incursión en la ciencia-ficción de la escritura estadounidense.
"Elegiré, fragmentaré y desplazaré versos concretos de mi poema épico corporal a los cuerpos de otros individuos hasta que nos convirtamos en una suerte de ejército, depositarios de todos los microinjertos que relatan mi propia macroépica: un movimiento de resistencia hecho de carne. La acción culminará durante nuestra actuación en una pluralidad de actos de violencia física tan profundos que nadie olvidará jamás la materialidad de la carne."
Borrado el pasado debido a una voluntad incapaz de regreso y por un cataclismo que lo ha convertido en cenizas, y agotada la posibilidad de futuro, la vida se ha convertido en un continuo presente de indicativo tan inmodificable como ineluctable. Antes del apocalipsis, la ciencia disfrutó de una época de progreso que parecía imparable y la técnica le iba a la zaga; la vida humana se convirtió en una tarea fácil y placentera que parecía despegarse de los lastres de la enfermedad y en envejecimiento. Pero el progreso técnico conllevó su equivalente bélico hasta que las guerras, es decir, la lucha por el poder, aparecieron con inusitada violencia y envolvieron a todo el planeta.

La acción avanza desplegándose en paralelo a través de varios escenarios a la vez complementarios y excluyentes; la voz narradora sufre también transformaciones dependiendo del punto del sistema espacio-temporal en que se encuentra, pues la acción no avanza de modo lineal sino en un complejo recorrido que reproduce la desubicación temporal de los protagonistas. El Libro de Joan es una distopía ecológico-feminista sobre la aniquilación total de planeta y de los seres que lo pueblan, y sobre la regeneración, por vías inconcebibles para la humanidad, mediante una especie de salto evolutivo que conlleva una reformulación del concepto de vida y de todo lo que este lleva anexo; una exposición innovadora del post-apocalipsis y, tal vez, la constatación definitiva del papel proponderante que han adquirido las escritoras en la mejor literatura de ciencia-ficción contemporánea.

Calificación: *****/*****

8 de junio de 2018

Los mejores narradores jóvenes de Estados Unidos

Los mejores narradores jóvenes de Estados Unidos. Revista Granta 8. Antología de varios autores y varios traductores. Galaxia Gutenberg, 2018
Granta, una revista universitaria fundada en 1889 en Cambridge, publicó en 1979 la primera antología de escritores norteamericanos bajo el título New American Writing, que incluía, entre otros, a Joyce Carol Oates, Leonard Michaels y Susan Sontag. En 1996 tuvo lugar la publicación del primer número dedicado a "Los Mejores Novelistas Jóvenes de los Estados Unidos"; a pesar de clamorosas ausencias, el volumen incluía a Jeffrey Eugenides, Jonathan Franzen y Lorrie Moore. En 2007 publicó otra antología en la que se manifestaban dos características: el tono sombrío que parecía haber adquirido la joven literatura norteamericana, y que el número de escritores nacidos fuera del continente superaba al de los nativos; y en 2017, la que es objeto de esta traducción al castellano.

La calidad de las narraciones -relatos acabados o fragmentos de trabajos más extensos- seleccionadas por el jurado, en esta ocasión formado únicamente por escritores, está fuera de toda duda; sin embargo, la dimensión que provoca más curiosidad es ver, transcurridos unos años, qué habrá sido de esos escritores tan prometedores. En cuantos a los veintiún narradores, sus edades están comprendidas entre los 28 y los 38 años; 12 son mujeres y 9 son hombres; y 15 son nacidos en los Estados Unidos, mientras que los 6 restantes nacieron fuera del continente.


Calificación: ***/*****

1 de junio de 2018

La rueda celeste

La rueda celeste. Ursula K. Le Guin. Editorial Planeta, 2017
Traducción de Miguel Antón
"Para ser Dios debes saber qué te traes entre manos."
George Orr, un individuo de lo más normal, sufre de una dolencia psíquica que consiste en que sus sueños alteran la realidad, modificándola en la dirección de lo que parecen ser sus deseos conscientemente reprimidos, mediante la creación de nuevos presentes materializados por aquellos y la desintegración de un pasado -o, mejor dicho, de un presente rechazado- del que solo él es consciente.

Ni la ingesta de psicofármacos ni la asistencia de un psiquiatra consiguen remediar su dolencia: una, casi acaba con él al inhibirle el sueño y la parte en que tienen lugar los ensueños; y el psiquiatra acaba siendo víctima inconsciente de su alteración. George posee un poder que puede revolverse en su contra y que no puede controlar, lo que le deja en una situación de absoluta indefensión e irremediable soledad.

La mente, nuestra mente, el resultado de nuestra actividad cerebral, puede convertirse en nuestro peor enemigo: esa mente es libre y nada le impide actuar contra el poseedor del cerebro que la genera. Y si nuestra mente puede llegar a ser tan poderosa como para cambiar la realidad, ¿en qué se convierte esta? ¿Nos aboca su inestabilidad a dejar de tomar esa realidad como marco de referencia? Si la realidad es manipulable, ¿no abre ese suceso las puertas a un relativismo indeseable en el que solo subsiste la realidad del más fuerte, o del más preparado, o del más inescrupuloso? Una cosa es ver la realidad de modos distintos, y otra es que existan realidades diferentes y excluyentes.

La rueda celeste (The Lathe of Heaven, 1971), como la mayoría de obras de Le Guin, trasciende la acción para poner en evidencia algunas hipótesis que, por dejación o por falta de cuestionamiento, van implícitas en nuestra idea de progreso, tanto personal como social. Tal vez la más relevante es el cuidado con que debemos manejar nuestros deseos, no sea que se cumplan; pero también hasta qué punto un fin deseable puede justificar los medios a través de los cuales se puede alcanzar, y la utilidad del altruismo como justificación para alcanzar límites ilícitos. Le Guin juega con el trazado de la frontera que debería separar la realidad de la irrealidad, y muestra las consecuencias de no dibujarla con mano firme. En todo caso, su aportación se podría resumir en dos tesis: una poética, irrelevante, que consistiría en la conversión de los sueños en realidad, en "hacer posible todo lo que te propones" y otras supersticiones de la autoayuda; y otra, ética, la que cuestionaría el poder de la manipulación de la mente, la eugenesia y la ingeniería social.
"Hay un pájaro en un poema de T. S. Eliot que dice que la humanidad no puede soportar mucha realidad; pero el pájaro se equivoca. Un hombre puede soportar el peso entero de un universo durante ochenta años. Es la irrealidad lo que no soporta."
Calificación: ****/***** 

28 de mayo de 2018

Denuncia inmediata

Denuncia inmediata. Jeffrey Eugenides. Editorial Anagrama, 2018
Traducción de Jesús Zulaika
Decidido a aprovechar el tiempo libre que dejan el trabajo y otras obligaciones, hace años decidí que solamente leería aquellos libros que, de acuerdo con mi criterio -tan cuestionable como el de cualquier otro-, representasen o bien una aportación relevante a la calidad literaria, así, en general -extremo acerca del que es posible un acuerdo-, o bien me apeteciera, por puro entretenimiento -ahí no hay discusión posible-, su lectura justamente en ese momento. Por supuesto que he incumplido numerosas veces ese propósito, pero en pocas he sido tan consciente de hacerlo como en el caso de esta Denuncia inmediata (Fresh Complaint, 2017), el primer volumen de relatos publicado por Jeffrey Eugenides. Espero que en estas breves Notas de Lectura se pueda encontrar la justificación a esa sensación.

Eugenides es un escritor superdotado a nivel técnico; su oficio admite pocos reparos, pero esa misma superioridad puede llegar a suponer una limitación cuando de lo que se trata es de redactar un texto. Y aunque esa apreciación es más oportuna cuando la publicación es de una novela, puede percibirse el mismo efecto en el caso de la narrativa breve.

En oposición a una opinión que parece generalizada, pienso que su novela más equilibrada y, a la vez, más innovadora -si puede hablarse de innovación en este caso: Eugenides es un escritor de novelas clásicas-, es Las vírgenes suicidas (The Virgin Suicides, 1993), el texto en el que la trama está a la altura de su tremenda facilidad para contar una historia; su siguiente trabajo, Middlesex (Middlesex, 2002), llamado a ser la confirmación de su talento, sigue siendo un prodigio de forma, pero la historia es algo más atrabiliaria e inverosímil; su novela posterior, La trama nupcial, The Marriage Plot, 2011), recupera la verosimilitud pero, a pesar del evidente homenaje a Jane Austen -no tan evidente como sería de esperar y, por esa misma razón, más conseguido-, la trama pierde fuerza -no digo importancia, que sería más grave- y queda diluida, en la experiencia lectora, enfrentada a un estilo y a una elegancia que rozan la perfección.

Por supuesto que la desigualdad es una característica tan común como ineludible en los volúmenes de relatos; más cuando, como es el caso, en Denuncia inmediata se recogen textos escritos desde 1989 -antes, por tanto, de publicar su primera novela- hasta 2017, así que no extraña encontrar textos prácticamente perfectos -"Quejas"- y una muestra magistral del manejo del punto de vista repartido entre los cuatro protagonistas de una cena improvisada -"Huertos caprichosos"-, un texto que justifica por sí solo la totalidad del volumen, junto a otros -"Jeringa de cocina"- con graves carencias. Algunos relatos poseen el inconfundible marchamo de trabajo de encargo; otros -"Música antigua"- la prescindibilidad de la tarea formularia, la frialdad del ejercicio de estilo, el trabajo académico o incluso la anécdota graciosa que no da más que para un chiste. Por otra parte, parece constatarse una evidente mejora con el transcurso del tiempo, con relatos más complejos y personajes mejor caracterizados -"Buscad al malo"-, aunque esa progresión cualitativa queda desmontada, por ejemplo, con "Denuncia inmediata", el relato que presta su nombre al volumen; pero se mantiene la sensación, tal vez por esa perfección en la forma, de narrativa rutinaria. En definitiva, ignoro el sentido, teniendo en cuenta la obra novelística de Eugenides, recuperar relatos de cuando era una promesa de las letras norteamericanas a los que el tiempo ha jugado una mala pasada si no fuera por mostrar la evidente evolución de su prosa -aunque dudo de que esa sea la intención porque los relatos no están ordenados de forma cronológica-, aun con los reparos expuestos con anterioridad.

Calificación: ***/*****

25 de mayo de 2018

Memorias encontradas en una bañera

Memorias encontradas en una bañera. Stanislaw Lem. Interzona Editora, 2015
Traducción de Bárbara Gill
En la remota era del neogeno, el período decadente de la cultura precaótica, la vida de los seres humanos y la totalidad de los acontecimientos se registraban en un derivado de la celulosa llamado papilro, hasta que la infección de papirólisis, con magnitud de epidemia, acabó con todo el material escrito. Sin embargo, debido a un accidente físico, el último reducto, el Edificio, donde pudieron conservarse documentos escritos, quedó a salvo de la destrucción, y el año 3146 fue descubierto por un grupo de arqueólogos; no existe acuerdo sobre la veracidad de su contenido, y su comprobación es imposible si no se consiguen más yacimientos que puedan utilizarse como contraste, pero los documentos encontrados, unas Notas llamadas también Memorias encontradas en una bañera por el lugar de donde fueron rescatadas, se ha hecho públicos para que los historiadores puedan reconstruir los hechos que acaecieron en la era papirólica.

El documento encontrado consiste en un informe de un oficial de la inteligencia, detallando sus idas y venidas por la kafkiana estructura hiperburocratizada del Edificio, situada en una construcción subterránea bunkerizada, en busca de las instrucciones para una supuesta misión secreta cuyo oscuro objeto parece indescifrable.
"... aquí todo es aparente, hasta la traición, hasta el crimen, hasta la omnisciencia; no solo es imposible, también es innecesaria, dado que alcanza con su imitación, con un fantasma tejido de denuncias, alusiones, palabras de un sueño, jirones pescados en la cloaca, periscopios... Lo importante no es la omnisciencia sino la fe en ella..."
La ironía, en su acepción de "expresión que da a entender algo contrario o diferente de lo que se dicegeneralmente como burla disimulada" (DRAE) es, con toda probabilidad, una de las armas más efectivas de que dispone la facción alternativa al sistema para evidenciar las carencias de este, al mismo tiempo que, a diferencia del sarcasmo, que se limita a ese señalamiento, propone, para quien sepa descifrarlo, al menos una de las propuestas viables para remediar esa falta. El hecho de que la ironía vaya asociada, por lo general, con el humor, no implica que no exista una variante seria, hecho que reforzaría su carácter generador, otra vez en oposición a la actitud sarcástica; además, juega también a su favor su tránsito al borde del absurdo, aunque sin cruzar esa definitoria frontera. Lem, irónico sin llegar a la burla, humorístico sin escarnio, burlón sin causticidad, dibuja a menudo un futuro en el que uno imagina a la Humanidad camino de la extinción con la misma predisposición que Brian ante su crucifixión.

Calificación: ***/*****

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de Astronautas
Notas de Lectura de La Voz del Amo
Fe de Lectura de Máscara

Notas de Lectura de La fiebre del heno

21 de mayo de 2018

La ciudad y la ciudad

La ciudad y la ciudad. China Miéville. Penguin Random House, 2018
Traducción de 
"¿Qué es más estúpido o ingenuo: suponer que hay una conspiración o que no la hay?"
Una mujer joven es hallada muerta con lo que parecen heridas de arma blanca en el extrarradio de la ciudad de Beszel, pero los indicios y las confidencias recogidas por la policía parecen indicar una relación muy estrecha del asesinato con la ciudad de Ul Qoma.

Beszel y Ul Qoma son dos ciudades-estado vecinas, originadas en un tiempo y unas circunstancias desconocidas, cuya enfermiza y secular rivalidad se expresa mediante el rechazo, por ambas partes, de la existencia de la otra a pesar de un más que casual parecido y de compartir frontera e incluso zonas comunes. Organizadas como el reflejo en un espejo en el que cada elemento ignora a su pareja, su antagonismo atávico ha provocado que aparecieran grupos de inspiración nacionalista, obsesionados en explotar como fundamentales diferencias que solo son de matiz, empeñados en acentuar y explotar la confrontación, y su reverso, facciones unionistas partidarias de la fusión, que pasan por alto la diversidad existente y que abogan por una política de tabula rasa. Ambos grupos se mantienen en un estado de guerra fría que parece esperar cualquier excusa para desencadenar un conflicto abierto de consecuencias y resolución desconocidas; de hecho, el asesinato de la joven tiene visos de pertenecer a esa confrontación. Como es natural, los unionistas de ambas ciudades se apoyan unos a otros y están fundamentalmente de acuerdo; pero, curiosa paradoja, los nacionalistas, también.

Después de que la Brecha, una organización supranacional, decline investigar el caso, se hace imprescindible la colaboración de las policías de ambas ciudades para intentar esclarecer el asesinato, que tiene trazas de ser algo importante que implicaría a personajes influyentes de los dos lados de la frontera.

La investigación lleva a los inspectores hacia un callejón sin salida, a un hipotético pasado común anterior a la división en dos ciudades, una historia que ninguna de las dos está dispuesta a reconocer y que esconden detrás de la bruma de la conspiración.

Miéville plantea una intriga de corte policíaco, la desarrolla con las herramientas propias del género -un narrador en primera persona, el detalle de los pasos de la investigación, los diálogos clásicos cuidados al límite, el ritmo alto y sincopado...-, pero introduce en la trama elementos más fantásticos que de ciencia-ficción que rompen el cliché y que amplían el campo narrativo hasta más allá del género para componer una excelente novela que mezcla, de forma soberbia, la acción y la reflexión, y para la que no cuesta nada encontrar equivalencias en la situación política actual, en cualquier ámbito geográfico.

Calificación: ****/*****

Otros resursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de Los últimos días de Nueva París

18 de mayo de 2018

Extravíos

Extravíos. Emil Cioran. Hermida Editores, 2018
Traducción y prólogo de Christian Santacroce
"Hay una tristeza de la impotencia y una del conocimiento. Entre ambas, la criatura expía sus propios límites."
Emil Cioran (E. M. Cioran, Emil Mihai Cioran), nacido en la actual Rumanía en 1911, se estableció en París en 1937. En 1946, después de declararse apátrida, abandonó el rumano como lengua de escritura y adoptó el francés; uno de los últimos textos escritos en su lengua materna, entre los años 1945 y 1946, en plena ruina de Europa e inédito hasta 2012, es este Extravíos, una de sus obras más tristes y desesperanzadas.
"Quienquiera que crea en algo sin reserva y sin temor a la eventualidad de algún suceso deviene esclavo de su propia inspiración o demencia -y un peligro directo para quienes le rodean. Porque el hombre verdaderamente malo es aquel que no duda de su propia fe, aquel a quien la "verdad" se le ha mostrado mediante un milagro, mediante su incapacidad de sopesar los valores." 
El pesimismo, personal y antropológico, afecta a la lucidez, al escepticismo y a la visión general de todo aquello que mantiene algún atisbo de relación con la vida y, sobre todo, con la interacción con el resto de seres humanos, que pierden su carácter individual para convertirse en una masa informe, indistinguible, cuyo único propósito es zaherir a sus semejantes.
"Nada como la felicidad para inspirarnos la nostalgis del suicidio, como si existir fuera un don demasiado inmenso para nuestras fuerzas y la revelación suprema del corazón, dulcemente inmersa en la flor del ser, inseparable de la no existencia. ¿Será acaso el suicidio la consecuencia inevitable de nuestro destierro en el éxtasis? Lo que parece indudable es que la felicidad no es un estado positivo."
La alegría es un estado banal, momentáneo e ilusorio, cuya función es engañarnos para impedirnos experimentar el invasivo e insoslayable aburrimiento existencial fruto de nuestra incapacidad para conllevar una realidad cuya finalidad es ser estéril e improductiva; una forma de desorientar a una conciencia destinada a la lucidez pero condenada a la irrelevancia.
"Lo cierto es que la vida no tiene ningún sentido; pero aún más cierto es que nosotros vivimos como si tuviera uno."
La nostalgia no es más que el deseo de volver a hacer presente un pasado inexistente.

La imposibilidad de experimentar el dolor ajeno es el recurso que la existencia ha puesto a disposición de su propia supervivencia; y todos los sentimientos que experimentamos al verlo en los demás no es sino el reverso de la alegría por no ser nosotros mismos el sujeto doliente.
"Toda creencia es el fruto de una perturbación mental, una máscara bajo la que transcurre una enfermedad, un mal que se engaña a sí mismo porque se ignora. La salud es la ausencia de toda creencia sin la conciencia de lo irreparable. El extremo del espíritu es esa ausencia unida a esta conciencia."
Prometer fidelidad a un ídolo es desplazar el poder generador de nuestro espíritu; es contaminar mediante conceptos ajenos una historia que nos pertenece en su totalidad; es interrumpir el proceso de descubrimiento de nuestra identidad más profunda; es recortar el abanico de posibilidades que se nos abre para responder a cada desafío; es desplazar el centro de decisiones desde nuestra conciencia hasta un conjunto de normas que, por más que interiorizadas, no dejan de ser ajenas; es corromper la pureza de la inocencia para emular, a cambio, el fracaso ajeno. El beneficiario del seguimiento de una creencia no es nunca el adepto.
"De quienes no desprenden a su alrededor un aroma de fracaso difícilmente podría decirse que han vivido. La descomposición es la única huella que nos deja el paso de la vida, esta podredumbre extraña de la materia. La creación y la destrucción son direcciones diferentes de una misma substancia que se afirma destramándose."
El escepticismo es una decisión ética que procede de la imposibilidad de otorgar estatuto de seguridad a nada en absoluto, empezando por uno mismo. Si exteriorizamos nuestras dudas, colapsamos la capacidad de explicación que pudieran poseer los objetos o incluso algunos individuos; si las interiorizamos y buscamos las respuestas en nuestro pensamiento, podemos en evidencia las limitaciones de nuestro intelecto y no podemos más que constatar la pobre dotación con que contamos para enfrentarnos a las grandes cuestiones de la existencia.
"Ni de las contradicciones íntimas ni de las teóricas nos salva la razón, sino un mínimo de cordura, de mediocridad ancestral. Si quedáramos a merced de nosotros mismos, ya nunca nos reencontraríamos."
Debemos ser conscientes de la imposibilidad de concebir el paraíso mientras seamos incapaces de comprender una existencia sin sufrimiento; el Jardín del Edén está situado fuera de la historia por esa razón. En cambio, es fácil comprender el infierno, un lugar en el que el dolor es la medida de todas las cosas. La vida no tiene la cualidad homogénea del paraíso ni la diversidad humana se asemeja a la uniformidad angélica; la pluralidad del infierno y las distintas gradaciones del castigo son un retrato más fiel de la humanidad. 
"Todo crescendo -del corazón o del pensamiento- alcanza lo sublime y acaba en el horror de la falta de gusto. La tragedia, que no guarda ciertos límites, resulta irritante y falsa [...]. Lo patético ya no es dolor, sino interpretación del dolor. Lo importante es detenerse a tiempo. Lo extremo no es, en ningún caso, una categoría literaria; nuestras cumbres no son materia de expresión. Sólo la mediocridad es externa -y entre los hombres todos fracasan salvo los neutrales, los que no han "tomado partido", los que han soportado el tiempo y sus variaciones. La rebelión conduce al abismo, igual que la tristeza fría. La humanidad propiamente dicha, aquella que ha soportado el yugo de la existencia, la componen los hombres tibios a los que Dante impedía cruzar el Aqueronte, condenándolos a errar más acá del infierno y del paraíso."
La idolatría, la construcción de imágenes o la pura adopción de objetos naturales para representar, hasta llegar a suplantar, a la divinidad, es la forma que tiene el instinto de muerte para desviar el punto de mira del objeto a eliminar. Por esa razón, desde el principio de los tiempos, los dioses han sido representados a través de toda clase de conceptos vicarios, a menudo contradictorios, debido a  que la obsolescencia programada alcanza también a los diseños de manifestaciones divinas.
"Entre las pasiones que dominan o han dominado al hombre, la más absurda, la más incontrolable e irreductible a un sentido cualquiera es la pasión por Dios. ¿Será ella el fruto de una desarticulación del espíritu, de un delirio de la sensibilidad, o la perversión última de la nostalgia? ¡Tanto calor del corazón derrochado en una emoción sin objeto! Ningún elemento de la mente admite la temperatura a la que ha de germinar la semilla de una tal tentación, ningún argumento del espíritu lúcido justifica la exaltación hacia una cumbre racionalmente ausente. La invención de Dios es la mácula que el alma inscribe en la historia de la mente."
La grandilocuencia con la que intentamos compensar nuestra insignificancia otorga atributos de Absoluto a cualquier nimia muestra de nuestra vacuidad. Haciendo más grande a nuestro enemigo acrecentamos también nuestra sensación de poder; haciéndolo invencible, encontramos la justificación incuestionable de nuestra derrota, que se convierte de cobarde renuncia a mítica heroicidad. Son nuestros enemigos los que en realidad dan la medida de nuestra fuerza; nuestros amigos, en cambio, son únicamente el reflejo de nuestra indulgencia y autocompasión. Aunque ambos son reales, sólo nuestros enemigos son verdad; los otros, no son más que ficciones que pone en marcha la autocomplacencia.
"De la muerte nos defienden los instintos; de la vida, en cambio, nada nos ampara. Entre los dos males, nuestra posición parece insoluble. La perspectiva de la ausencia de sufrimiento de la muerte nos aterra, pero la actualidad del sufrimiento de la vida es el horror mismo. ¿Concebir otro mundo al margen de uno y de otro? El hombre no ha hecho otra cosa desde que piensa y sufre. Lo que ha añadido entre ambos es su destino -y su fracaso."
El mal es la medida de todas las cosas. En su máxima expresión, es la fuerza que mueve el mundo, la marea constante que genera el flujo de belicosidad que sostiene las tensiones sobre las que se asienta el progreso. Es el mal el que hace que en cada individuo se esconda un enemigo, y en cada enemigo un verdugo; el que hace de la vida una condena y de la muerte una liberación. El mal es tan omnipresente y lo seguirá siendo tanto en el futuro que la esperanza de su ausencia no es más que la expresión de la suprema utopía.
"Nacemos para apegarnos a las cosas y a las ideas; vivimos para desprendernos de unas y de otras. La vida es la muerte diaria de la convicción."
Cioran cien por 100, menos hiperbólico que en algunos escritos posteriores, pero infinitamente más lúcido. Y más convincente.

Calificación: *****/*****

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de Lágrimas y santos
Cita de la obra De la France

11 de mayo de 2018

Aberración estelar

Aberración estelar. Gilbert Sorrentino. Underwood Editorial, 2018
Traducción de Ce Santiago
Marie, una mujer joven y apetecible a quien su marido, un italiano cantamañanas, ha dejado por su secretaria, y su hijo Billy, un chaval repipi y consentido, regresan a casa del padre de ella, John, un irlandés anglicano intratable  que ha enviudado hace poco y que tiene un lío con una vecina de origen alemán. En medio de esa circunstancia, aparece por allí Tom, un viajante espabilado con don de gentes y espíritu conquistador -y algo salido- que intentará, a pesar de los impedimentos de John, llevarse al huerto a Marie aprovechando todas las oportunidades que se le ofrezcan, particularmente un viaje de ida y vuelta a un local de baile y ligoteo, hasta que la educación catoliquísima de la chica se interpone a su ansia erótica y acaba largándose a la ciudad, aunque no sin dejar algún puente tendido por si acaso.

Hasta aquí, brevemente resumida, la trama de Aberración estelar (Aberration of Starlight, 1980), un argumento sobre el que se ha escrito, con resultados desiguales, en multitud de ocasiones. ¿Qué aporta de nuevo, pues, la novela de Sorrentino, que la distinga de esa multitud de acercamientos al tema? Como en otros ejemplos, la relevancia no está en el qué sino en el cómo.

¿Han visto ustedes esas impresionantes y multicolores imágenes que, de vez en cuando, publican las agencias espaciales de la nebulosa de no-sé-qué o la galaxia de no-sé-dónde? ¿Son bonitas, verdad? ¿A que incluso el corazón más insensible se ha encogido ante la magnitud del universo y la insignificancia del ser humano y blablabla? Siento descorazonarles porque esas magníficas fotografías son más falsas que un duro sevillano; eso sí, aparentes lo son, pero lo cierto es que la galaxia, la nebulosa o el sursum corda no son, realmente, como reflejan esas imágenes. Primero, porque debido al lapso temporal con que nos llega la luz desde tan vertiginosas distancias, es posible que esa agrupación de estrellas haya desaparecido hace millones de años ("¡ooooh, qué desilusión!") y que en la actualidad, en ese lugar del universo, no haya más que un agujero negro -o dos-. Pero es que, además, existen dos circunstancias que pueden contaminar en baja intensidad esa visión: el efecto de la gravedad sobre la luz que nos llega desde allá, que hace que no siga una línea recta sino una especie de zigzag errático e imprevisible -y vete tú a saber en qué estado se presenta ante nosotros-; y el hecho de que, al estar nosotros en movimiento, la luz que vemos no está donde parece estar sino ligeramente desplazada. Este último efecto se llama aberración de la luz o aberración estelar, y hace referencia, aunque en términos científicos, a lo que la sabiduría popular ha denominado, acientífica pero acertadamente, "contar de la feria según te va en ella".

Los hechos que suceden en esos pocos días los sabremos, pues, por la boca de sus cuatro protagonistas, el hijo, la madre, el pretendiente y el abuelo, cuatro puntos de vista afectados por una aberración estelar -el inocente, el reprimido, el caradura y el tocapelotas- de intenciones muy dispares y con pretensiones tan interesadas como contradictorias; estas serán las cuatro partes de la novela, pero además cada una de las piezas reproduce los mismos formatos narrativos -monólogo interior, cartas, relato de sueños, diálogos sin acotaciones...-, en el mismo orden y con la misma intensidad, lo que acentúa todavía más la variabilidad de una feria hasta, realmente, hacer dudar de su celebración.

Una novela estupenda que va mucho más allá de un experimento o de unos teorizantes ejercicios de estilo, y divertida como pocas.

Calificación: ****/*****