28 de marzo de 2020

La Comuna de París

La Comuna de París. Diario del sitio y la Comuna de París 1870-1871
Edmond de Goncourt. Editorial Pepitas de Calabaza, 2020
Edición y traducción de Julio Monteverde  
Los Diarios, la ópera magna de los hermanos Edmond y Jules Goncourt, están compuestos, originalmente, por ocho volúmenes de anotaciones relativas a la escena literaria y también social de Francia, en particular de París, desde 1851 hasta 1895, y fueron escritos en colaboración, aunque Jules fue su principal redactor hasta la fecha de su muerte. El texto original de esta edición corresponde al primer volumen de la segunda serie del Diario titulado 1870-1871, y recoge las entradas desde el 26 de junio de 1870 hasta el 20 de junio de 1871, descartando el resto de entradas, que se prolongan en el tomo original hasta el 26 de diciembre de ese mismo año, para centrarse en las relativas al período de sitio de París por las tropas prusianas y la proclamación y posterior derrota de la Comuna. Es el primer tomo del Diario que Edmond escribe en solitario después de la muerte de Jules el 20 de junio de 1870.

La Comuna de París fue un movimiento insurreccional de corte socialista y autogestionario que tuvo lugar en la capital entre el 18 de marzo y el 28 de mayo de 1871 como consecuencia del vacío de poder provocado por la derrota de las tropas imperiales en su enfrentamiento contra Prusia y aprovechando el descontento de la población por la huida a Versalles del gobierno legítimo


El punto de partida del volumen lo constituye el profundo dolor por la reciente ausencia de su hermano Jules, tristeza a la que va resignándose para sustituirla por la indignación provocada por la situación política que se va desvelando como resultado de la guerra con Prusia, cuyo curso empieza a ser contrario a los intereses de Francia y cuyas consecuencias empiezan a hacerse patentes en la capital. 

La visión aristocrática y desconsiderada del pueblo llano queda patente en su anotación del 21 de septiembre de 1870:
«Miércoles 21 de septiembre (1870). Hoy, aniversario de la proclamación de la República, tiene lugar una manifestación de viejos delincuentes y jóvenes atildados, al frente de la cual va un gran cuadro en el que aparece dibujada la figura de la Libertad, traspasada por la luz de las antorchas elevadas tras el cuadro —un verdadero símbolo de la ambigüedad que me asquea de esta libertad y de este pueblo de fanfarrones—».
Edmond reseña su asistencia a reuniones, salones y cenas con lo más florido del movimiento reaccionario, donde parece haber una competición por exponer diversas y contradictorias soluciones a la situación, ninguna de ellas democrática ni por asomo, desde un punto de vista aristocrático y clasista consistente en tomar el poder, a cualquier precio, responsabilizando de la situación perentoria de la Patria a las derrotas bélicas.
«Sábado 22 de octubre (1870). Esta ciudad, de la que antaño podía señalar el emplazamiento exacto a más de diez leguas por el resplandor que proyectaba en la zona del cielo que le servía de techo, esta ciudad que casi mantenía el día durante la noche con la iluminación de sus comercios, sus cafés, sus cien mil puntos de luz, se ha vuelto oscura. Y este negro, estas tinieblas nuevas cambian París, imprimen a sus barrios más recientes un aspecto envejecido, los hacen retroceder, los sumergen en el pasado. Uno se pasea por piedras oscuras sin reconocerla, sorprendido, incluso un poco inquieto por su rumbo».
De hecho, y debido a lo excepcional de la situación tanto personal como política, el Diario deja de lado la vida literaria de París, el verdadero leit motiv de la obra en su conjunto, para centrarse en la vida particular y en el comentario de los incidentes provocados por la guerra y por la progresiva insurrección del pueblo de París que culminará el 28 de marzo de 1871 con la Proclamación de la Comuna. La situación política después de la capitulación es motivo de grave preocupación para Goncourt: 
«Domingo 26 de febrero (1871). Existe una gran ironía, una ironía divina, que me parece que se complace en echar por tierra los planes humanos. En este tiempo de sufragio universal, de disposición de los asuntos y el gobierno del país por todos los ciudadanos, jamás, jamás, la voluntad de uno solo, ya sea Favre o Thiers, ha dispuesto de manera tan despótica de los destinos de Francia, manteniendo en una ignorancia mayor a todos los ciudadanos acerca de lo que sucede, sobre todo de lo que se hace en su nombre».
La situación provocada por el nuevo entorno social tiene, para Edmond, graves inconvenientes: la falta de pescado en los restaurantes, el cambio de la ternera por la carne de caballo y de la mantequilla por la grasa de animales desconocidos, el ruido constante en las calles, el insomnio provocado por las descargas de los cañones y la invasión del pueblo llano de los barrios exclusivos. Pero Goncourt no es un pesimista patológico, así que también observa algunas ventajas: el componente estético de las barricadas, de la turba en movimiento y de las ruinas después del bombardeo, magníficas composiciones casi pictóricas; y la emoción de pasear bajo el fuego enemigo, del peligro de las ruinas, del roce con el riesgo, la aventura de caminar por el extrarradio, con sus viviendas abandonadas por los propietarios.

A pesar de que la ocupación de París por los alemanes es considerada una tragedia nacional y un inconveniente personal, Goncourt no puede ocultar cierta simpatía por el invasor, no tanto como vencedor de una contienda contra su amada Francia, para la que representa una sonrojante humillación, sino como la única forma disponible de evitar que los elementos izquierdistas y populares logren hacerse con el gobierno de la nación, un antes alemana que republicana que representa a la perfección el carácter contrarrevolucionario y reaccionario del personaje: a pesar de su bestialidad y mala educación, los alemanes son lo más parecido al orden.
«Domingo 19 de marzo (1871). Experimento un sentimiento de cansancio de ser francés, y el vago deseo de salir a buscar una patria donde el artista pueda pensar tranquilo y no sea en todo momento molestado por la estúpida agitación, por las brutales convulsiones de la turba destructiva».
Con estos antecedentes, no es extraño que el día de la Proclamación de la Comuna sea uno de los días más tristes de su existencia: 
«Martes 28 de marzo (1871). Los diarios no ven en lo que está pasando más que una cuestión de descentralización. Lo que viene es simple y llanamente la conquista de Francia por la población obrera, el sometimiento, bajo su despotismo, del noble, del burgués, del campesino. El gobierno abandona a los que poseen para entregarse a los que no poseen, a los que solo tienen un interés material en la conservación de la sociedad, a los que no se preocupan en absoluto por el orden, la estabilidad, la conservación. Después de todo, y como ya dije en nuestro libro Idées et sensations, quizá dentro de la gran ley del cambio de las cosas aquí abajo, para las sociedades modernas los obreros sean lo que los bárbaros fueron para las sociedades antiguas, los convulsos agentes de la destrucción y la disolución».
Si acaso abriga algún motivo de esperanza es porque no considera viable la experiencia comunera y, más por deseo que por convicción, es capaz de advertir que su fin no está lejos: 
«Miércoles 26 de abril (1871; 33 días antes de la disolución efectiva de la Comuna). Sí, sigo creyéndolo: la Comuna morirá por no haber dado satisfacción al sentimiento que hace incontestable su poder. Las franquicias municipales, la autonomía de la Comuna, etc., toda la nube metafísica sobre la cual se mantiene, válida para satisfacer a algunos ideólogos de cabaré, no es lo que le proporciona su capacidad de acción sobre las masas. Su fuerza proviene de la conciencia que tiene el pueblo de haber sido defendido de forma incompleta e incapaz por el Gobierno de Defensa Nacional. Si la Comuna, en lugar de mostrarse más complaciente con las exigencias prusianas que el mismo Versalles, hubiera roto el tratado que le reprochaba a la Asamblea y declarado la guerra a Prusia en un arranque de loco heroísmo, Thiers se habría visto imposibilitado para llevar a cabo su ataque, ya que no podría trabajar en la rendición de París con ayuda del extranjero».
Finalmente, el deseado momento del fin de la Comuna llega, y Edmond no puede camuflar bajo ninguna excusa su alborozo por el cauce de los acontecimientos:
«Lunes 29 de mayo (1871). Leo, en unos carteles pegados a las paredes, la proclamación de MacMahon anunciando que todo acabó ayer a las cuatro. Esta tarde vuelvo a escuchar el movimiento de la vida parisina que renace, y su murmullo parecido a una gran marea lejana. Las horas no caen más en el silencio de un lugar desierto».

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de Diario. Memorias de la vida literaria (1851-1870)
Notas de Lectura de Diario. Memorias de la vida literaria (1863)

23 de marzo de 2020

Edén, Edén, Edén

Edén, Edén, Edén. Pierre Guyotat. Malastierras, 2020
Prólogos de Michel Leiris, Roland Barthes y Philippe Sollers
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Cuando en 1970 la editorial Gallimard publicó por primera vez Éden, Éden, Éden, su contenido levantó tal revuelo que el Ministerio del Interior francés prohibió su exposición,  publicidad y venta a menores de edad mediante la disposición del primero de octubre y basándose en la ley 49-956 del 16 de julio de 1949, concretamente en el epígrafe que habla de la prohibición de "proposer, de donner ou de vendre à des mineurs de dix-huit ans les publications de toute nature présentant un danger pour la jeunesse en raison de leur caractère licencieux ou pornographique, ou de la place faite au crime ou à la violence, à la discrimination ou à la haine raciale, à l'incitation, à l'usage, à la détention ou au trafic de stupéfiants". A pesar del apoyo del por entonces diputado de la Asamblea Nacional François Mitterand y del propio George Pompidou, a la sazón presidente de la República, se mantuvo la prohibición hasta noviembre de 1981. La cuestión que subyace a esa prohibición limitada en una democracia consolidada como la Francia de la V República, totalmente aislada de consideraciones literarias de cualquier tipo, especialmente las cualitativas, es la probable colisión entre el derecho a escribir y el derecho a leer —o, si se quiere, con un acento más enfático, entre la libertad de escribir y la libertad de leer—: la antigua forma de censura consistente en castigar al escritor se transforma en el secuestro del libro, ignorando al autor, y se ejerce sobre el lector; es decir, se traslada la carga de responsabilidad del escritor al lector.

Tal vez en la raíz de esas dificultades de promoción del libro se encuentre el propio título y la divergencia que puede constatarse entre el concepto religioso y el profano del edén: mientras que en uno significa un lugar paradisíaco, aunque bajo unas reglas estrictas de obediencia —de hecho, la expulsión de Adán y Eva se produce por haberlas transgredido—, en otro puede llegar a significar, precisamente, un lugar con ausencia total de prohibiciones. Ambas concepciones son, por supuesto, contradictorias, y el hecho de usar un concepto bíblico —etimológicamente delicia, una palabra de origen hebreo— para denominar una situación de libertinaje absoluto puede parecer, a las mentes biempensantes de la Francia posbélica, un exceso inconcebible. En todo caso, la violación de los códigos morales establecidos puede aislarse de la de los códigos lingüísticos —como sucede, en términos generales, en el marqués de Sade, por ejemplo— o quebrando ambos; no existe una opción válida, ambas son lícitas por la libertad de elección que debe reconocerse a todo creador, pero Guyotat escoge la segunda

Lo peor del apocalipsis no es el desierto que queda tras el suceso sino el propio proceso de destrucción mientras está sucediendo. La acción de Edén, Edén, Edén —un título con una extraña reiteración para la cual cualquier explicación despierta la sospecha de ser demasiado fácil para ser cierta, y más si es racional— se localiza en el sur de Argelia, en los momentos finales de su guerra de la independencia de la metrópoli (1954-1962), en un terreno semidesértico y subdesarrollado en el que conviven el ejército francés, los habitantes originarios del lugar y algunos individuos llegados de otras localizaciones con intenciones poco claras; parece que fue inspirada por un viaje en furgoneta, años después de concluida la guerra, que debía publicarse con el título previsto de Bordels désert o Désert, y que fue calificada como el propio autor como "un Edén de humanidad animal". El ambiente físico es febril, caluroso, polvoriento, saturado; una vez establecido como fondo del relato, Guyotat lo expande mediante una narrativa limitada prácticamente a producir imágenes de una crudeza sobrecogedora por su explicitud y la frialdad con que las exhibe; el catálogo de esas encarnaciones es ilimitado, pero puede dar una idea el fragmento —que no reproduzco porque citado de forma aislada puede ser malinterpretado; pienso que no tiene ningún sentido desconectado del entorno, en decir, de la totalidad de la novela— en que uno de los personajes, un patizambo, está follándose a una perra mientras esta desgarra el corazón de un buitre moribundo.

El lector es mecido por la cadencia enfermiza e infinita de una sola frase —una vuelta de tuerca a la lengua escrita, cuyos parámetros, excepto, quizás, el vocabulario, son tan diferentes de la lengua hablada, que va a intentar romper el sentido establecido con el fin de implantar  nuevas acepciones—; si se deja llevar, si acepta el trato propuesto por el autor, acabará resbalando como el agua en el remolino del sumidero junto con el catálogo de fluidos corporales que rezuman a lo largo del texto: orina, semen, sudor, sangre, saliva, mierda, vómitos, babas, lágrimas, escupitajos, pus, menstruo, leche materna, meconio, mocos, cerumen, gargajos, bilis, linfa. La lectura de Edén, Edén, Edén tiene la intención de  sumergir al lector en busca del límite de la experiencia repulsiva; parece que el autor persigue asquearlo mediante la inmersión en el infierno —en la pausa del otro infierno, la guerra— como si quisiera explorar dónde se encuentra el límite de la humanidad, la frontera, si existe, que separa al hombre de la bestia, de qué manera puede trasladarse esa linde en la conciencia de cada uno y en función de qué puede producirse ese desplazamiento hasta llegar al bloqueo de la lectura por exceso, por saturación, una vez conducido a la degradación máxime e inevitable.

Una mención especial, en justo pago a la valentía, de distinto género pero de parecido arrojo a la de Gallimard hace exactamente cincuenta años, a la joven editorial Malas Tierras por poner al alcance del lector en castellano ese tour de force literario  no apto para estómagos sensibles pero que sale al paso de la comodidad de las lecturas complacientes y pone a prueba la capacidad de resistencia ante algunos de los aspectos más corruptos de la condición humana. Al fin y al cabo, como dijo Jean-Jacques Pauvert, citado por Rubén Martín Giráldez en el epílogo, «el tiempo dedicado a leer frivolidades es tiempo perdido para la revolución».

16 de marzo de 2020

Qualityland

Qualityland. Marc-Uwe Kling. Tusquets, 2020
Traducción de Carles Andreu Saburit
J. G. Ballard, un autor fundamental en la literatura de anticipación del pasado siglo y que escribió algunos de los textos más inspirados de la ciencia-ficción reciente, fue tal vez el que mejor captó, inserto en el nacimiento real de la última —¿y definitiva?— revolución de la ciencia aplicada, la esencia de las distopías generadas a partir del uso indiscriminado de la tecnología. Sus novelas conseguían, a través de una anticipación de baja intensidad pero elevado voltaje, trasladarnos a una sociedad, en sus trazos generales no muy distinta de la nuestra, en la que el ser humano era despojado de parte de su libertad para pasar a formar parte de un engranaje que, a pesar de estar centrado en su existencia, ignoraba su individualidad y le sumía en una comunidad cuyo papel principal era convertir a las personas en consumidores. Él mismo sostenía que el futuro, de ser algo, será aburrido, y es en esa afirmación donde quizás su capacidad visionaria es más cuestionable; o no, claro, depende del sentido que quiera otorgársele al aburrimiento; en todo caso, será función de la naturaleza del acercamiento que se quiera utilizar; Marc-Uwe Kling, el letrista y escritor alemán, ha escogido la aproximación satírica, con lo cual ha conseguido que la especulación acerca de ese futuro inmediato sea realmente divertida, aunque ese desahogo no consiga  camuflar un fondo funesto y desasosegante.

Después de una gran crisis, se asiste al advenimiento de una sociedad hipertecnológica —bautizada como Qualityland después de largos y arduos debates— que es capaz de cubrir las necesidades personales primarias pero, como contraprestación, de exigir de los individuos el tiempo de ocio que esa cobertura provoca; la conexión permanente, que ofrece asistencia cibernética personal y social constante, provoca una estratificación social con constantes cambios de nivel, que llevan aparejadas distintas prestaciones, debidos a los motivos más dispares, aunque nunca propiciados por la profesionalidad o los méritos personales. Los servicios de información están supeditados a la dictadura del clickbait y las RRSS, que venden libertad e independencia, provocan que las relaciones personales queden restringidas a los portales para buscar pareja. La degradación del ser humano coincide con el auge de los androides, de tal forma que los escritores de más éxito son, precisamente, los autómatas, ya que son los que mejor saben conectar con los gustos del público, y que pueda discernirse, mediante una variante jocosa del Test de Turing, si una intervención en las RRSS es de un robot o de un humano a partir de la ausencia o presencia de faltas de ortografía.



Peter Sinempleo —las personas toman como apellido la ocupación de sus padres—, propietario de una chatarrería de tecnología obsoleta, averiada o con transtornos de personalidad, ve con asombro cómo llega a su casa una compra no solicitada, e inicia su particular calvario ante un sistema telemático que no concibe la devolución de lo adquirido. Un androide que, en competencia con un sujeto que podría ser una parodia de Donald Trump, va a ser candidato a la presidencia, contraría constantemente a su jefa de campaña con su insistencia en decir siempre —incluso y en especial en los mítines electorales— la verdad. Un grupo de la resistencia, los rompemáquinas, se debate entre su ideología antitecnológica y su dependencia de los recursos puestos a su disposición por el enemigo. 

Otro gran escritor anglosajón cargaba contra la ironía argumentando que, aplicada sin contención, pasaba de ser liberadora a esclavizante al no contemplar cuál debía ser el paso siguiente a la puesta en evidencia de las contradicciones del objeto de estudio —y citaba cierto ensayo que definía la ironía como "la canción del prisionero que ha acabado por amar su celda"; así, quedaba reducida a un proceso infructuoso que, después de quitar el disfraz con que ese objeto se camuflaba, era incapaz de vestirlo de nuevo con el ropaje adecuado. No parece que sea este el caso de Kling, que más que ironía lo que aplica es un tratamiento satírico que ridiculiza censurando —y no al contrario— y muestra, a la vez, la productividad intelectual de la reducción al absurdo.


En todo caso, y ahí tal vez coincidirían Ballard y Foster Wallace, la distopía más desasosegante no es la más terrible —el fin del mundo provocado por un enfrentamiento MAD, por ejemplo, propio de otras épocas— sino la que se siente más probable e inmediata. Y Kling nos la pone tan cerca y tan a mano que es inevitable que la sonrisa que nos provoca su sátira se nos quede congelada en el rostro.


Disponible edició en català
Qualityland. Marc-Uwe Kling. Edicions del Periscopi, 2020
Traducció de Ramon Farrés

9 de marzo de 2020

Llengua materna

Llengua materna. Suzette Haden Elgin. Editorial Chronos, 2020
Traducció d'Eduard Castanyo. Pròleg de Bel Olid. Postfaci de Susan Squier i Julie Vedder
Llengua materna (Native Tongue, 1984; un títol que, afortunadament, s'aprofita de l'expressió "llengua materna" —en lloc de la traducció més literal, "llengua nativa"— que, en el context de l'obra, és molt més explícit i adequat al contingut i, jo diria, força més d'acord amb la intenció de l'autora) es el títol que obre la Sèrie Native Tongue, sèrie que completen The Judas Rose (1987), i Earthsong (1993).

És molt revelador, abans de llegir el llibre, donar un cop d'ull al curriculum de l'autora —nascuda com Patricia Anne Wilkins—, per adonar-se que es tracta d'una especialista en lingüística experimental, en construcció i evolució de les llengües, a part de escriptora, i fundadora de la Science Fiction Poetry Association. De fet, entre les seves contribucions a la literatura de ciència-ficció, figura la creació d'una llengua artificial, el Láadan, a partir de la Sèrie Native Tongue, normativitzat amb un diccionari i una gramàtica, A First Dictionary and Grammar of Láadan. Madison: Society for the Furtherance and Study of Fantasy and Science Fiction, 1988.

Llengua materna, en realitat un complex artefacte linguístico-ideològic, es un text que adopta la forma d'un joc de matrioskes en el que els personatges, esbossats literàriament però força coherents com a intèrprets i protagonistes d'un canvi radical en la concepció del llenguatge, funcionen com a estereotips a fi de fer explícites i viables les intencions de l'autora i justifiquen una de les tesis principals de la novel·la: la llengua com a creació de la realitat. De fet, la mateixa forma del text, que representa la publicació per part d'una sèrie d'institucions relacionades amb la història de la Terra i d'investigació lingüística comandades per una "editora en cap" anomenada, precisament, Patricia Anne Wilkins, del manuscrit anònim d'una novel·la trobat anys després de la seva redacció, ja dona una idea de l'engranatge que fa moure la trama i dels papers intercanviables entre ficció i realitat que planteja l'autora.
«La primera hipòtesi és que la llengua és la nostra millor font i la més important per provocar el canvi social; la segona és que la ciència-ficció és la nostra millor font i la més poderosa per assajar els canvis socials abans de fer-los, per esbrinar quines en podrien ser les conseqüències».
Literàriament —i, potser, filosòficament—, Llengua materna reprodueix l'existència d'una societat distòpica en la que el classisme i el masclisme —un altre classisme en si mateix— governen la societat humana en un futur no massa llunyà, el primer quart del segle XXIII. A la cúpula, compartida, de la societat, hi figuren els lingüistes, organitzats en dinesties familiars, però qüestionats i menystinguts per les autoritats polítiques —organitzades en una autocràcia d'inspiració bíblica, basada més en l'Antic Testament que en el Nou— com a una circumstància purament instrumental, mirant d'obviar la seva importància com a intèrprets a l'hora de comunicar-se amb éssers alienígenes. Al si de cada dinastía, comandada per un cap que sempre és un home i organitzada amb una estructura que recorda la d'un harem, existeix un grup de dones lingüistes encarregades d'estudiar les llengües extraterrestres però també d'engendrar els infants que, posats en contacte immediat al naixement amb els éssers estrangers, adquiriran la seva llengua com a "llengua materna" —uns infants que han de ser, forçosament, fills d'una de les tretze famílies lingüistes, ja que, en cas contrari, l'experiment no funciona i acaba o amb la mort dels nadons o amb la dels alienígenes—, possibilitant així la comunicació entre ambdues espècies; cada dinastia comprèn també una "Casa Erma" on estan acollides un grup de dones que ja no poden engendrar i que es dediquen a feines secundàries que no destorbin als homes encarregats de la gestió més política. En el si d'aquest grup, ignorat pels homes dirigents que obvien que els coneixements i habilitats de les "ermes" les capacita per generar noves llengües, es on s'engendra la revolució: aquesta habilitat, descoberta en una intèrpret molt jove, les esperona per crear una nova llengua a l'abast exclusiu de les dones que, convenientment comunicada a través de la xarxa de Cases Ermes existents, significaria la clau de volta en la construcció del seu alliberament individual i social.

Si cal assenyalar un moment d'explosió de la literatura de ciència-ficció d'inspiració feminista és probable que la década de 1980 s'endués la palma amb autores com Elgin, Atwood, Butler, Russ o Piercy, algunes d'elles, afortunadament, posades a l'abast del lector peninsular per projectes editorials tan engrescadors com el d'Editorial Chronos. Per cert, i parlant de Margaret Atwood, Llengua materna va ser publicada un any abans que El conte de la serventa; sense desmerèixer la qualitat d'aquesta darrera —però deixant a part la histèria col·lectiva que va provocar la realització d'una sèrie televisiva de gran impacte mediàtic i la sobrera seqüela publicada l'any passat, Los testamentos—, potser narrativament no s'hi poden trobar massa diferències, però literàriament, Llengua materna  es col·loca, per mèrits propis, uns quants esglaons per sobre d'Atwood.

2 de marzo de 2020

El cuerpo. Cegador II

El cuerpo. Cegador II. Mircea Cartarescu. Editorial Impedimenta, 2020
Traducción de Marian Ochoa de Eribe
Hacía tiempo que no esperaba con tanta ansiedad la continuación de una saga literaria; si no recuerdo mal, la última vez que me encontré en esa situación fue durante el tiempo que transcurrió entre Fiebre y lanza y Baile y sueño, la primera y segunda parte de Tu rostro mañana, la extraordinaria trilogía de Javier Marías. Pero en el caso de El cuerpo, esa zozobra es, si cabe, más desasosegante todavía ya que los tres volúmenes ya están escritos, aunque en un idioma con el cual no tengo la menor oportunidad.

Mircea Cartarescu planteó el reto con El ala izquierda. Cegador I (Orbitor, Aripa stângă, 1996), un desafío literario de orden superior y una ardua prueba para el lector amateur, estupefacto ante la propuesta estética del rumano. Es posible —la volubilidad del lector amateur es un territorio en el que los conflictos de larga duración rara vez encuentran resistencia y en el que el endeble equilibrio entre esfuerzo y gratificación suele sucumbir ante la ausencia de recompensa inmediata— que la magnitud de ese reto desanimara a un buen número de lectores y que fueran enarboladas una buena cantidad de banderas blancas al primer asalto; por contra, los hubo que, tras resistir mediante una cerrada defensa las primeras acometidas, supieron encontrar el ritmo de respiración adecuado y hallar en el campo de minas planteado por Cartarescu la satisfacción del veredicto de combate nulo: Cegador no es para lectores valientes, es para lectores a los que no les importa el resultado del combate.


Con toda seguridad, muy pocos de los primeros aceptarán el reto a una segunda refriega que tiene poco de revancha —aunque no es aconsejable esta rendición incondicional por incomparecencia antes de entrar en liza: Cegador no es una novela por entregas—; harán mal, pero esa es una reacción comprensible. Para los demás, los que bajamos del ring sonados y con la ceja abierta, la publicación de El cuerpo. Cegador II (Orbitor, Corpul, 2002) —y a la espera ya de la conclusión, El ala derecha. Cegador III (Orbitor, Aripa dreaptă, 2007)— es una de las mejores noticias literarias del año. De la variedad de epítetos con que puede calificarse la prosa de El cuerpo y, por extensión, de lo publicado hasta hoy de Cegador, me interesa especialmente su carácter adictivo, sobre todo por el efecto nocivo que provoca en el lector, imposibilitado, no obstante su plena conciencia, para sustraerse a su influjo: su naturaleza agonística es imposible de rehuir, igual de imposible que resistirse a su poder de atracción.


Si aceptamos que un instante es más importante que un momento, un momento que una circunstancia, una circunstancia que una situación, una situación que una coyuntura, y así, indefinidamente, hasta concluir que una vida, un sola, es más importante que toda la eternidad; que el universo en toda se extensión puede encontrarse en un solo grano de arena; que la historia de la humanidad también puede hallarse contenida en una única vida, como si el nacimiento, la llegada al mundo real, nuevo y resplandeciente, a partir de cuyo momento todo es palidez y degradación, coincidiera con el big bang —¿no es así, en cierto modo, ya que nada existe antes de que nosotros hayamos nacido?— y nuestra desaparición conllevara el fin de todo, la extinción definitiva, la hecatombe; que lo que no está presente no existe, que lo que no hemos experimentado es una ilusión y que el mundo que solo puede ser conocido mediante la narración es una convención para mantenernos firmes ante el abismo del tiempo, entonces se hace evidente que El cuerpo, a diferencia de las novelas que funcionan como una corriente, actúa por aluvión: El ala izquierda, primer título de la trilogía, pero también el libro en el que se hizo explícito el planteamiento estético del autor, delimitó el terreno sobre el que debía circular el curso, mientras que El cuerpo sienta sobre ese cauce los materiales que la corriente arrastra, creando el verdadero lecho fluvial, el depósito literario fértil y productivo.
«Porque mi manuscrito de membranas vivas, superpuestas, pegadas, mezcladas unas con otras, replica fielmente la estratificación de mi cerebro, es el mapa, en un soporte áspero de celulosa, del trenzado de neuronas que forman bajo mi cráneo el icono del mundo. Y sobre el estrato de mi manuscrito, reflejando fielmente cada bucle, punto y borrón, se extiende el gran manuscrito estelar, el polvo de neuronas gigantescas, interconectadas, bajo el cerebro de la Divinidad. De esa forma los tres textos (neuronas, letras y estrellas) están pegados como el sistema de lentes en el objetivo de un aparato óptico a través del cual, mirando con todo tu cuerpo, podrías ver tu vida. Comprender, por fin, qué te ocurre, por qué has ocurrido. Por qué eres necesariamente tal y como eres. Por qué sería imposible que no hubieras existido nunca».
Al igual que sucede con los críos pequeños, empeñados en oír siempre la misma historia y atentos a la mínima variación, que consideran un error, nuestra experiencia parece sustentarse en la repetición de los hechos y en la huida de todo aquello que posee algún viso de novedad y que, por ello, puede poner en cuestión nuestra capacidad de respuesta. El libro —un libro— y, por extensión, el lenguaje, no es más que el intento, de éxito incierto, de dar consistencia material a la totalidad de procesos internos que tienen lugar en nuestro cuerpo, los que generan resultados intelectuales, pero también otros más prosaicos como la digestión, la circulación sanguínea o la excreción. Pecamos de pretenciosos cuando afirmamos que todo está en el libro, que no es más que la paupérrima representación de lo irrepresentable pero también la única forma de hacerlo comunicable.
«Qué significa ultrapensamiento o infrapensamiento, ultradolor o infradolor... eso solo lo podemos imaginar, a través de una ínfima línea de penumbra (el claroscuro y la ensoñación de nuestro imaginario), antes de pasar a la combustión y a la noche. Ahí, en esa penumbra, en el límite del límite del límite de la noche, en esa zona que vibra aún después de haberlo dicho todo, todo lo que podemos soportar, se amplía mi triste, ilegible libro, un caracol que secreta su caparazón a cada instante y una mariposa que pegaría contenta las alas a la bombilla incandescente en torno a la cual revolotea y en cuyo núcleo, de volframio fundido, se abrasaría con un grito de felicidad final».
Aunque tal vez sea una falacia hablar de un final de todas las cosas porque los apocalipsis importantes son los que suceden paulatinamente, uno tras otro, en una interminable e incontrolable cadencia, cada persona, cada cosa con la que nos relacionamos, cada período de tiempo tienen su destrucción, impresa en su propia existencia, con su ración de ruina y polvo, sus condenados y sus ensalzados, sus juicios y sus sentencias. Aprendemos a convivir con esos cataclismos cotidianos, protegidos ilusoriamente por el orgullo de nuestra condición de supervivientes, sin caer en la cuenta de nuestra provisionalidad, apoyados en un pasado recreado a conveniencia y especulando con un futuro que fantaseamos favorable, atrapados en un eterno presente continuo que pretendemos aislado, fuera de la corriente del tiempo y ciego a sus efectos, mientras ignoramos conscientemente la devastación que se extiende a nuestro alrededor.
«Nada, nada en este mundo o en el polvo de los lejanos mundos habitados está más solo que una casa en ruinas. La desolación, a su lado, es un hijo de la esperanza. La tristeza, a su lado, es felicidad, y el silencio, una fanfarria enloquecida».
Uno podría mirar el pasado como quien mira la realidad a través de un espejo, que ofrece una perspectiva propia, cercana a la verdad, pero con ciertas variaciones: de orientación, de dimensión, con pequeñas alteraciones debidas a las impurezas en su superficie o en las juntas con las que se une al marco, sujeto a unas leyes específicas de movimiento y con una focalización variable del detalle; pero, por encima de todo, porque es una perspectivas que incluye al observador en la imagen, formando parte explícita, imprescindible, inevitable del conjunto reflejado.
«Somos, es verdad, transeúntes, pero no en el mundo, sino a través del mundo, lo atravesamos como si pasáramos por un enorme pórtico junto con todos los objetos que nos rodean».
Incluso cuando los más escépticos limitamos el hecho consciente a un epifenómeno de la actividad cerebral exageramos su importancia. Considerar la conciencia como aquel atributo que unifica nuestra experiencia y adjudica hechos, recuerdos y pensamientos a un solo sujeto que denominamos yo es un alarde injustificado de importancia antropológica: ninguno de esos hechos puede ser recluido entre las bóvedas de un encéfalo, todos tienen existencia con independencia de nuestra percepción;  incluirnos en el conjunto, nosotros, tan pretenciosos y, sin embargo, tan insignificantes, no entraña más que la aportación de un solo grano de arena a un desierto para el que somos absolutamente prescindibles.
«Nuestras vivencias y recuerdos tienen unidad solo desde el punto de vista desde el que los contemplamos, desde la palabra más enigmática del mundo, yo».
Todas las historias, que tienen un solo origen, comparten también un trasfondo legendario, hundido en las sima del tiempo, del que han bebido todos los pueblos de la tierra, los reales y los inventados, escogiendo cada uno aquellas partes que más se adecuan a sus circunstancias, a su pasado o a sus pretensiones; así, se observa una extraña coincidencia entre los orígenes legendarios de pueblos dispares, con enemigos siempre fabulosos e invariablemente derrotados por algún héroe fundacional —antagonistas que aparecen en historias cruzadas, con los papeles cambiados, invictos y soberbios según unos, derrotados y humillados según otros—; con esos aliados favorecidos por la gracia de los dioses más diversos, atentos al heroísmo o a los sacrificios de sus paladines; y casi siempre bajo la expectante y extática mirada de la arrobada doncella de turno. Historias que acaban mezclándose, ramificándose en bucles infinitos, combinándose y, a la vez que se multiplican, soltándose de su origen, alejándose del tronco común, saliendo en busca de la luz y olvidando y renegando de su linaje.
«Porque los principios de la mente son demasiado complicados como para que la mente los pueda comprender. Ella sabe que están ahí, como sabemos que tenemos un esqueleto aunque jamás llegaremos a verlo. Solo que ella quiere ver su esqueleto, que no existe sino para eso, que nuestra vida entera no es sino la aterradora vivisección de la mente sobre sí misma, con la esperanza insensata de comprenderse en su totalidad, y no solo en su totalidad, sino mucho más, porque la revelación del todo no dura un instante, sino toda la eternidad, de tal manera que la comprensión solo puede ser la revelación continua del espacio total durante todo el tiempo. Pues, al contemplarse a sí misma, a la rosa le crecen, precisamente por ello, pétalos nuevos que deben ser contemplados con miradas nuevas, como si la mirífica flor creciera sobre un nervio óptico y con ella pudiéramos ver lo invisible».
Toda narración se enfrenta al dilema que representa observar la realidad a través de una lente u observarla sin intermediarios. No sucede lo mismo con el pasado: recordarlo es observarlo a través de un filtro, una lupa que modifica no solo los hechos sino también al observador como parte implicada. Escribir sobre el recuerdo es siempre reformularlo, recrearlo, poner de nuevo en marcha el mecanismo para observar si, en su reproducción, se generan nuevos circuitos, se disparan nuevas conexiones, se abren nuevas vías que permitan la representación de lo que permanecía como inevitable en un pasado aparentemente inamovible.
«Al entender el dolor, lo entiendes todo».
¿Qué sucedería si pudiéramos recordarlo todo? ¿Si en la misma medida en que el presente se va convirtiendo en pasado, sus huellas, todas sus huellas, quedaran impresas en nuestra mente sin ningún tipo de discriminación, sin espacios en blanco, sin lagunas, sin parcelas yermas, y pudiéramos evocar cada hecho, cada sensación, sin límite alguno, sin ninguna preferencia? ¿Cuántas vidas viviríamos? ¿Dónde quedaría establecida la frontera que delimita al sujeto? ¿Sería este sujeto capaz de mantener su singularidad con respecto a los protagonistas de su omnipresente pasado? ¿Sería evidente la diferencia entre pasado y presente? ¿Cuántas veces debería morir el sujeto para extinguirse definitivamente?
«Tengo diez años, tengo dieciocho, tengo treinta y uno. Ahora soy todos, la serie continua de criaturas con mi nombre y mis órganos internos. Puedo retroceder en mí todo lo que quiera, hasta donde el bloque de enfrente, que volvió todo mi pasado opaco e irrespirable, se disuelve en el agua real de mi nostalgia. Y entonces puedo ver de nuevo Bucarest extendido hasta donde se pierde la vista, una mezcla de casas antiguas y árboles que se doblan con el viento, iluminado por los letreros como en otra época, retorcido como una mirífica caracola bajo la luz estelar. Permanecemos así, gemelos reflejados el uno en el otro, transmigrando en uno al otro, mezclando recuerdos y deseos, órganos y cúpulas, muros y visiones, cables eléctricos y nervios espinales, hasta que volvemos a ser lo que de hecho habíamos sido siempre, lo que no habíamos dejado de ser: uno solo».
Mediante una escritura densa y desatada, Cartarescu no se limita a recrear el pasado —un pasado nebuloso y crepuscular en el que realidad y sueño se mezclan hasta hacerse indistinguibles, pero cuya combinación forma la única argamasa capaz de dar consistencia al de otro modo endeble cimiento que deberá sostener el edificio frágil e imprevisible de la vida del escritor—, sino que lo genera. El Bucarest real de la década de 1960 —una ciudad provinciana de puteros y modistillas cuya cacofonía omnipresente solo queda rota por acontecimientos carnavalescos, desaforados, que actúan como válvula de seguridad ante la presión creciente de la monotonía, heredera de aquella que ofrecía ocasión de distinguirse a las resabiadas comadres de doble papada y a los galanes ajados con sus descoloridos uniformes pertenecientes a un ejército derrotado hace tanto tiempo que ya nadie lo recuerda— no tiene nada que ver con la ciudad en que se desenvuelve ese niño convaleciente: sus calles son orbes inexplorados; sus ruinas, territorios vírgenes en espera de colonización; sus gentes, meros puntos insignificantes insertos en un paisaje grotesco y febril, territorio de gestas heroicas e imperdonables traiciones, de guerras cruentas e indisolubles complicidades; el paisaje, a menudo indistinguible de su propia mente, en el que se forjaron los sueños que habrían de convertirse en pesadillas de las que solo se puede librar mediante la escritura.


«Antes de marcharme, le repetí que podía hojear tranquilamente el manuscrito, que no era literatura, que lo había escrito solo para mí, que a través de él vivía yo mi sueño de siempre, o al menos el de cuando, en la adolescencia, con mi pijama roto y un gorro en la cabeza, sabiendo que en mi vida no habría jamás una criatura femenina ni alegría, imaginaba el futuro como una buhardilla con una mesa, una silla y una cama, en la que yo, el enviudado, el sombrío, el inconsolable, iluminado únicamente por un sol negro, escribiría mi libro infinito, el libro ilegible, demente, cuyos bucles de tinta estarían directamente conectados con mis venas, con mis canales linfáticos, y cuyas páginas eran precisamente mi piel y mi tejido cerebral».
El cuerpo es un panegírico del recuerdo: de la evocación de los hechos reales, de los imaginados, de los soñados y también del recuerdo del recuerdo; de la preponderancia  temporal o definitiva de sus mecanismos, de los sistemas que establecen un orden de preferencia y de las motivaciones, conscientes o inconscientes, de ese predominio; de las pruebas —o de su ausencia— que los corroboren; de su ubicación temporal y de los cambios a los que esa localización está expuesta; de su verdadera e indistinguible autoría; de su persistencia, desde un interminable dolor físico a la instantaneidad de un relámpago; de su enigmática persistencia en algunos casos —recuerdos que no podemos sacarnos de la cabeza— o de su injustificable ausencia —aquellos que no podemos convocar por más que lo intentemos. Un recuerdo que, en su forma material, se va tejiendo del mismo modo que las alfombras que urdía la madre del narrador en el telar doméstico, confeccionando un dibujo que avanza desde la irreconocible, pasando por las diversas hipótesis que se formulan  y se desechan, hasta el momento en que, aún incompleto, el dibujo final se hace ya evidente. O como el medallón de Soile, un camafeo enmarcado por una filigrana, cuyo centro reproduce la imagen de la propia Soile con un medallón que repite la imagen de Soile con un medallón, y así hasta el infinito, en una sucesión en la que es imposible detenerse. 

Cegador se revela, en su vertiente generadora, como un libro demiúrgico que, rebuscando en el recuerdo, concibe un mundo y lo crea con el entendimiento, para después recrearlo, materializarlo y armonizarlo a través de la escritura; y, a continuación, abandonarlo a su suerte —como debería haber hecho cualquier demiurgo que se precie, a diferencia de los dioses oficiales— y olvidarse de él. Mediante la escritura, Cartarescu incrementa en una dimensión el mundo plano de la hoja de papel y abre la prisión bidimensional para que los personajes cobren vida ante los ojos del lector; para que ese narrador se siente a su lado y le cuente, de viva voz, sus cuitas, en busca de una complicidad que la página limitaba al discurso unidireccional; para materializar las brumas de Bucarest, oler el tufo entre agrio y dulzón de los restaurantes orientales y oír la música que activa a los agónicos hombres-estatua junto a los canales de Amsterdam. En este sentido, Cegador evidencia el propósito de constituir un libro infinito cuyas dimensiones interiores se despliegan y se multiplican hasta alcanzar un volumen que pretende sobrepasar con mucho la jaula de 21 x 14,5 x 3 cm en la que se encuentra encerrado, a cada lectura, por cada lector.

«¿Qué era mi libro? ¿Una rosa de cientos —ya— de pétalos? ¿Una perla a la que añadía capa sobre capa de nácar? No leía nunca lo que había escrito, no alteraba nunca el orden de las hojas, irreversiblemente orientadas por la flecha del tiempo. Retirar la última página escrita y leer la penúltima habría sido un sádico desollamiento, le habría causado un sufrimiento insoportable a mi manuscrito. Porque solo la última página era la verdadera epidermis. Las demás, aunque hubieran pasado a su vez por ese estadio, habían degenerado, se habían disuelto en el taco reestructurándolo sin cesar hasta que ese taco dejó de ser —y ya no lo es— un hojaldre, sino un animal compacto de sustancia hialina, con la piel cubierta con dibujos de camuflaje. No escribo un libro sino que engendro un embrión en el útero triste de mi cráneo y de mi habitación y de mi mundo».
Y al igual que crea espacio desdoblando el plano, genera también tiempo desplegando la duración de un momento en una sucesión de escenas que rompen la direccionalidad y transgreden la convención pasado-presente-futuro, convirtiéndolos en simultáneos: el instante que transcurre mientras el Hombre-Serpiente toca con su dedo índice el ceño de Mircea abarca un viaje de años en pos de los rastros del conocimiento, y la excursión de un día de Maarten por el río helado comprende la totalidad de una vida intentando encontrar su lugar en un mundo que no puede asir, en perpetuo cambio; como si los acontecimientos, sujetos a una escala temporal propia, siguieran un ritmo distinto, más acelerado, del que pueden seguir los personajes. Un tiempo que no avanza según lo establecido y que aboca a la desubicación a los protagonistas y también al lector, arrastrado por ese torbellino de sucesos capaces de trasladarle desde la comodidad de su sillón de lectura a compartir los avatares de unos personajes extraídos del discurrir de su época y llevados a través de paisajes fantásticos hasta las capas más íntimas de su cerebro.

Así es como el propio libro, El cuerpo, rebosa, en la mente del lector, su propio contenido compuesto de letras, palabras, líneas, párrafos y páginas, que sigue evolucionando después de que el autor lo considerara terminado y adquiere vida propia, lejos de las reglas de la gramática y la paginación; una vida multiforme e independiente, rica y dispar, tal vez hacia un mundo ficticio, acaso para tomar el lugar de una realidad inasumible.

«Qué erróneamente, qué insensatamente buscamos la certidumbre en nuestras criaturas, escribiendo libros siempre río abajo, de cascada en cascada, cada vez más diluidos y más borrosos, cuando deberíamos luchar como los salmones, hacia arriba en el torrente de tinta que forma los bucles de nuestras vidas, navegar de vuelta hacia las primeras páginas, la primera frase, la primera palabra, la primera letra y subir por fin, a través de la pluma de oro celestial, al reservorio insondable de la gracia, ahí donde se encuentran, dormidas, todas las historias».
Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de El ala izquierda. Cegador I
Notas de Lectura de Solenoide

28 de febrero de 2020

Mujer al borde del tiempo

Mujer al borde del tiempo. Marge Piercy. Editorial Consonni, 2020
Traducción de Helen Torres
Es posible que la ciencia-ficción sea uno de los géneros que mejor se prestan a extender su interpretación más allá de lo literario y, como consecuencia, uno de los que permiten más libertad a la hora de exponer sus tesis; de entre todas las modalidades posibles, se me ocurren tres, que no son excluyentes: la  recreativa, consistente en explorar mundos desconocidos en los que el autor implanta sus reglas; la especulativa, que buscaría investigar las posibilidades suscitadas por hechos inventados reproducidos en un ambiente controlado también por el autor; y, finalmente, la regenerativa, que no sería más que la intención del escritor de influir en el presente mediante la exposición de las consecuencias a medio y largo plazo de determinadas conductas individuales o sociales. 

Reconocida como una de las precursoras de la explosión contemporánea de la literatura de ciencia-ficción de autoría femenina e inspiración inequívocamente feminista, Marge Piercy, autora de varios poemarios y de obras de no ficción, escribió algunas de sus más celebradas obras bajo la forma de novela de género; entre ellas, Mujer al borde del tiempo (Woman on the Edge of Time, 1976), un título fundamental no traducido al castellano, a pesar del tiempo transcurrido desde su primera publicación, con anterioridad.
«La rabia de los débiles no desaparece jamás, profesor, solo le sale algo de moho. Enmohece como un hermoso queso azul en la oscuridad, volviéndose más fuerte y más interesante. Los pobres y los débiles mueren con su rabia intacta y probablemente esas rabias continúan creciendo en la oscuridad desde la tumba como las uñas y el pelo».
Consuelo (Connie) Ramos es una mujer chicana que, tras un incidente violento con el chulo de su sobrina, es recluida en un hospital mental bajo una falsa acusación pero en razón a varios antecedentes de conducta agresiva. Encerrada en la institución y controlada en todo momento por el personal, Connie desarrolla la capacidad de realizar una especie de viajes inmateriales a otras realidades del mañana, parecidos a un sueño pero con una inquietante verosimilitud, dos futuros alternativos y contrapuestos de mediados del siglo XXII, resultado de determinadas tomas de decisiones en el pasado.

La tesis de la novela de Piercy asume que para romper el progreso evolutivo de autodestrucción es imprescindible una revolución; para ensayar un nuevo comienzo, parte de esa revolución debe consistir en intervenir en el pasado para hacer posible que se produzcan las circunstancias que deben favorecer su advenimiento; así pues, la realidad tiene solo un carácter provisional pues depende de que, de todos los futuros posibles, se pueda provocar el que se ha transformado en su presente.

El futuro favorable es una Arcadia idílica, situada en un entorno natural, con un grado de justicia muy notable, autosuficiente, rousseauniana, que parte de la hermandad de todos los seres humanos y de la supresión de las clases sociales. El progreso ha puesto a las máquinas al servicio de la población, agrupada en una especie de comunas. Socialmente muy avanzada, la sociedad ha eliminado los roles de género ―incluso la maternidad y el dualismo padre-madre― y ha separado la genética de la cultura. Por contra, el futuro desfavorable ―que solo se manifiesta después de que Connie haya sido intervenida y se le haya implantado un sistema intracraneal de control de la conducta ―presenta una sociedad hipercapitalista altamente jerarquizada y con una brecha entre clases insalvable. El ser humano es utilizado por las elites con el único objetivo de conseguir el máximo beneficio, particularmente la explotación sexual, y son comunes las modificaciones genéticas de carácter utilitario.

Mujer al borde del tiempo es una excelente novela que ha envejecido con suma dignidad y que ofrece varios y estimulantes niveles de lectura por debajo de una trama engañosamente simple. 

24 de febrero de 2020

El contagio sagrado

El contagio sagrado. Paul-Henri Thiry, barón de Holbach. Editorial Laetoli, 2019
Traducción de José Javier Rodríguez. Epílogo de Alain Sandrier
Así como todas las religiones tienen su gran celebración anual, su, digamos, semana grande, yo he adoptado también el rito periódico de volver al Siglo de las Luces y leer alguno de los textos que, con regularidad y constancia admirables, lleva años publicando la Editorial Laetoli en su colección Los Ilustrados. Intentaré, en este post, destacar las ideas principales contra la religión que pone en consideración Holbach alternándolas con algunas de las citas más características del modo de argumentación del filósofo.

El contagio sagrado (La Contagion sacrée ou Histoire naturelle de la superstition, 1768) es uno de los numerosos libelos publicados en la segunda mitad del siglo XVIII, bajo los auspicios de la Ilustración, contra los efectos de la religión en la vida de los hombres y a favor de su inculpación como la principal causa de la ignorancia, la esclavitud, las extravagancias y la corrupción. 

«El poder sacerdotal está establecido en todas partes sobre los cimientos más sólidos, tiene con él los temores y las esperanzas de los hombres. La educación, la costumbre, la ignorancia y la debilidad vienen continuamente en su ayuda y refuerzan su poder. Cebes nos muestra a la impostura como sentada a la puerta que conduce a la vida y hace beber a todos los que se presentan la copa del error. Esta copa es la superstición. Sus ministros se apoderan de los primeros años de la juventud, la educación de los ciudadanos es confiada en todas partes a los intérpretes de los dioses, ella tiene por objeto solo infectarlos con el contagio sagrado, protegerles contra los remedios a fin de ponerlos de por vida bajo la dependencia de sus charlatanes espirituales».
Holbach traza un proceso gradual e irreversible que puede expresarse mediante las siguientes correspondencias:

Ignorancia → Miedo → Cobardía → Credulidad → Superstición → Demencia → Devoción → Fervor → Fanatismo


La revelación, siguiendo ese esquema, no sería más que el intento de superación de las incertidumbres desde la ignorancia, siempre con la mediación de un hombre y nunca mediante un acto de voluntad divina, para mostrar directamente la cual, por cierto, los dioses se suponen preparados. De hecho, históricamente, la religión siempre se ha plegado a los deseos de sus ministros, y su falta de concreción racional provoca una diversidad, a veces con atribuciones contradictorias, de las concepciones de sus dioses de tal envergadura que conlleva la imposibilidad de determinar su veracidad.

«¿Nos proponen estas revelaciones a un Dios moral o adecuado para servir de modelo a los hombres? Ellas nos lo muestran como un seductor que tiende trampas, como un juez inicuo que castiga las faltas a las que él ha invitado o ha permitido cometer, como un exterminador de pueblos, como alguien que se venga de la ignorancia forzosa de los mortales castigándolos por haberles faltado las luces y fuerzas que no ha querido proporcionarles, como el enemigo de la razón humana y el más insensato de los tiranos. Por una inversión fatal de cualquier idea de moral, se creen obligados a alabar en Dios lo que detestan en el hombre y a maldecir en el hombre lo que honran en su Dios».
La naturaleza de la Divinidad es tan volátil que su concepción depende enteramente de las prescripciones, prejuicios e intereses de sus ministros.
«Los sacerdotes fueron en todas partes los intérpretes de los dioses, anunciaron sus oráculos, predijeron el futuro y, hechos partícipes de su omnipotencia, realizaron maravillas con las que el espíritu del vulgo quedó sorprendido y confundido. Los pueblos arrodillados recibieron temblorosos sus órdenes, a las que se sometieron sin quejas y adoptaron sin estudiarlas las vías que les prescribieron para hacer al cielo propicio. Hechos que se creyeron sobrenaturales porque se ignoraba la forma en la que actuaba acabaron de convencer sobre la legitimidad de las órdenes que se anunciaban y pasaron a ser aprobados por la Divinidad. Así se vio nacer a una multitud de artes misteriosas basadas en las relaciones íntimas de los sacerdotes con los dioses conocidas con los nombres de astrología, magia, teurgia, encantamientos, evocaciones, milagros y adivinación, las cuales fueron ejercidas por todos los sacerdotes del mundo. Estas maravillas se impusieron siempre a la credulidad de los pueblos; su ignorancia, sus miedos, el amor por lo sobrenatural y la curiosidad los predispusieron continuamente a escuchar y admirar a los impostores que los engañaban y a encontrar divino todo lo que no podían entender».
Ninguna religión puede alcanzar un papel preponderante en la sociedad sin una red jerárquicamente organizada de sacerdotes, que son los únicos individuos en contacto directo con la divinidad y capacitados para interpretar el pensamiento de quien se mantiene oculto a su pueblo. Esta facultad les otorga tal poder que su ascendente sobre la jurisdicción política es absoluto pues su estamento en el único que puede cuestionarlo por razones superiores.
«El espíritu misterioso que se ve reinar en todas las religiones, tanto antiguas como modernas, está fundado en el hecho de que los hombres en general se hacen una gran idea de lo que no comprenden, las cosas que se les esconden hacen trabajar sus cerebros. Sinesio dice con razón que "el pueblo desprecia siempre lo que es fácil de comprender y, por consiguiente, es necesario que la religión le ofrezca alguna cosa sorprendente y misteriosa para causar impacto ante sus ojos y excitar su curiosidad". La religión católica es mucho más popular que la protestante pues la primera es más absurda y está más salpicada de misterios, mientras que la segunda se ha hecho difícil por algunos dogmas insensatos aunque admita otros tantos igual de contrarios al buen sentido. Puede ser que la oscuridad, la extravagancia y el misterioso absurdo del cristianismo hayan sido las causas de la avidez con la que fue recibido. En materia religiosa, la religión más divina es la más milagrosa; y la más inconcebible, la mejor».
Las peores épocas para la libertad han sido aquellas en las que la cruz y la espada han estado en poder de una misma mano. La inacción en algunas circunstancias y el descontento de la casta militar provocaron la disociación entre el poder divino y el terrenal, pero la complicidad entre ambos, una vez clarificadas sus funciones, siguió hasta nuestros días: la distancia entre la teocracia y el estado confesional —o aquel en el que la relación entre la iglesia y el poder político es demasiado estrecha e interdependiente— es mucho más corta de lo conveniente.
«Los sacerdotes y los tiranos tienen la misma política y los mismos intereses: unos y otros no necesitan más que súbditos imbéciles y sumisos. La felicidad, la libertad y la prosperidad de los pueblos les parece inquietante; les gusta reinar por medio del temor, la simpleza y la miseria: solo se sienten fuertes cuando quienes les rodean están irritados y son desgraciados. Ambos están corrompidos por el poder absoluto, el libertinaje y la impunidad; ambos corrompen, unos para reinar y otros para expiar; ambos se unen para asfixiar las luces, aplastar la razón y ahogar el deseo de libertad en el corazón de los hombres».
Dirigidos hacia un mismo fin, la subyugación de los súbditos, la alianza más fructífera ha sido la tejida entre el absolutismo de la iglesia y la tiranía terrenal ejercida por un déspota que une a su ignorancia una profunda devoción, el "rey por la gracia de Dios", una unión que ha reforzado a ambas al precio de la libertad del pueblo, inmovilizado por el estrecho apretón del brazo divino y el brazo secular. La correspondencia indicara más arriba abriría otro surco:

Ignorancia → Miedo → Cobardía → Credulidad → Superstición → Demencia → 
{Devoción → Fervor → Fanatismo
{Degradación → Sumisión → Aceptación del despotismo
«Los sacerdotes, por su propio interés, sembraron de flores los caminos de la tiranía, mitigaron sus escrúpulos, apaciguaron los gritos de su conciencia, la tranquilizaron sobre el resentimiento de los pueblos e hicieron entender a estos que el cielo ordenaba que sufrieran la opresión sin quejarse. Así los súbditos fueron abandonados a sus déspotas, que los trataron como esclavos a quienes los dioses solo habían creado para satisfacer sus fantasías. Hicieron hablar a esos dioses, autorizaron la injusticia, permitieron la violencia y ordenaron a los pueblos lamentarse en silencio. En suma, los reyes se convirtieron en divinidades sobre la tierra y sus deseos más injustos fueron tan respetados como los que se suponía emanaban del Olimpo».
El poder tiránico, de origen divino, se apoya en la omnipotencia de Dios, a través de sus ministros, que es la única instancia a la que debe dar cuentas; estos, favorecidos por el tirano, validan con su sello divino las conductas más atroces y menos justificables: satisfacer al soberano, situado por encima de las leyes y con el derecho de ser injusto debido al origen de su poder, y seguir sus órdenes equivale a hacerlo con la divinidad y ahí están sus ministros para validar esa correspondencia.
«La especie humana debe dejar de buscar en los errores de sus padres la causa de la depravación de las costumbres y las calamidades extendidas por el mundo. El error sagrado es el fallo radical que arrastró a la corrupción y abrió la puerta a los males de la especie humana. La ciencia de Dios es para ella el fruto prohibido y por haberlo querido gustar se perdió. La moral y la felicidad han desaparecido de la tierra por haber formado a la Divinidad sobre el modelo de los hombres más malvados, por haber creído que los reyes eran sus imágenes, por haber dado a sus reyes un poder ilimitado, igual que el suyo, y por haberles dejado como dueños absolutos de los deseos y pasiones de los pueblos. Esos soberanos divinizados han llenado las sociedades de traidores, ambiciosos, avaros, envidiosos y enemigos de su patria, sobre los cuales ni la razón ni la moral pueden hacer nada porque todo les conduce a ser malvados o a renunciar a las cosas en las que los prejuicios les enseñan que deben poner su felicidad».
Las guerras de religión son la consecuencia ineludible del conflicto entre estados dominados por las élites religiosas que tratan de imponer sus creencias sobre las de su vecino. A diferencia de las guerras por motivos políticos o económicos, que finalizan cuando se ha anexionado el territorio, en las que los vencedores cuentan con la población del territorio conquistado, las religiosas no acaban hasta el exterminio del oponente, ya que los combatientes se sienten concernidos o en la defensa de su Dios o en el cumplimiento de su mandato.
«Los ministros de un Dios que se llama a sí mismo Dios de la venganza y Dios de la misericordia han cubierto en su nombre durante siglos la faz de la tierra de masacres y horrores; extensos reinos han sido sus altares y reyes y pueblos se han encargado en vano en degollar a las víctimas de su parte. La religión moderna, que se vanagloria de ser el sostén de la política y la moral, ha costado más sangre a los habitantes del mundo que las que ordenaban expresamente los sacrificios más repugnantes».
La importancia absoluta que suponen los designios de Dios para sus fieles deja en segundo plano cualquier otra circunstancia, sea de la naturaleza que sea, incluso aquellas que tienen que ver con los propios semejantes. Desobedecer a Dios es mucho más grave que desobedecer las leyes ya que el castigo se puede extender a toda la eternidad. Así pues, es plausible que el peor enemigo de una confesión es la confesión vecina por el solo hecho de existir, a la que habrá que exterminar a la primera orden. La primera víctima de la ortodoxia es la tolerancia.
«De la diversidad de mandamientos que el mismo Dios ha dado en diferentes épocas resulta la diversidad de creencias que los cristianos han adoptado sobre la tolerancia. Unos, más consecuentes sin duda con sus principios, quieren que se persiga, se atormente y se establezca la religión y sus dogmas a sangre y fuego y mediante suplicios. Otros quieren que se limite a gemir en silencio por los errores de los hermanos extraviados y se deje al Todopoderoso la tarea de juzgar y vengarse él mismo. Unos predican solo la masacre y la carnicería, y otros se contentan con odiar internamente o despreciar a quienes no piensan como ellos, pues en el fondo al devoto le es imposible amar sinceramente a su Dios y a quienes le ofenden».
La expresión "moral religiosa" —o sus variantes, sustituyendo el segundo término por la confesión concreta, "moral cristiana", "moral musulmana"— es una contradicción de términos ya que ningún sistema moral válido puede basarse en la imposición ni tener por objetivo la eliminación de otros sistemas. La "moral religiosa" no pretende hacer mejores a los seres humanos cobijados bajo su influencia sino en la imposición de ser los mejores. Un sistema moral debe ser producto de un acuerdo, nunca debe provenir de una imposición; y toda moral debería fundarse en la naturaleza; del mismo modo, no es fiable una moral que castigue con más severidad la conculcación de sus fórmulas que las acciones contra los seres humanos. Además, se da la circunstancia que los que deberían erigirse en árbitros del sistema adolecen de imparcialidad.
«Las costumbres más extrañas, chocantes y opuestas a la naturaleza tienen generalmente como origen a la religión, solo ella tiene el poder de ahogar en los corazones de todo un pueblo los sentimientos más ordinarios y transformar a los hombres en bestias feroces e irracionales. Una moral que solo puede tener como objetivo el bien de los seres humanos, la justicia y la sociabilidad está forzada a desaparecer ante un Dios cruel, superior a la naturaleza y a la razón, cuyas órdenes no pueden ser discutidas. Hay que ser inhumano, injusto, canalla y de mala fe bajo una Divinidad a la que se le atribuyen esas indignas disposiciones; toda moral es incompatible con una religión que se le proponga como modelo».
El hecho de que el sacramento de la confesión, un sistema mediante el cual el delito pierde importancia frente al pecado y no importa tanto la bondad como la virtud, limpie totalmente de culpa —aunque el arrepentimiento sea impostado—, deja la puerta abierta a cometer las peores atrocidades, y la concesión de total confianza al confesor otorga a este —a pesar de su obligación de guardar el secreto o gracias a ello— un poder absoluto y permanente sobre el confeso. Históricamente, la figura del confesor real reunía el prestigio más exclusivo y las prerrogativas más codiciadas.
«¿Hay algo más destructor de la moral que despreciar o mostrar como delitos las acciones más honradas, heroicas y necesarias para la especie humana? ¡La moderación de Arístides, la sabiduría de Sócrates, la inflexible equidad de Catón, las raras virtudes de Antonino son solo pecados a ojos de unos hombres que pretenden enseñar la moral! La templanza, la caridad, la humanidad, la justicia, la moderación de un infiel, de un idólatra o de un filósofo ¿son cualidades menos estimables que la injusticia, la ferocidad y la barbarie de un devoto o un sacerdote? Guardémonos de pensarlo, la virtud no depende del capricho ni de fantasías teológicas. El hombre que es bueno y virtuoso en Pekín no puede ser un malvado en Roma, París o Londres. Solo la superstición puede hechizar al espíritu hasta el punto de creer que un hombre no puede ser honrado sin que añada la fe a sus ficciones absurdas».
La superstición se impone a la razón mediante un complejo sistema de premios y castigos que refuerza las conductas adecuadas y sanciona las desviadas no de acuerdo a la razón ni a la ética, sino basándose en el dogma: una conducta determinada puede ser considerada indistintamente válida o reprobable no en función de su propia naturaleza o del beneficio que suponga para el género humano sino dependiendo de quien la lleve a cabo, del momento en que se halle en su adoctrinamiento o del beneficio, presente o futuro, que reporte a la organización religiosa.
«La religión, lejos de hacer a los hombres más virtuosos, les proporciona los medios para dejar de serlo, santifica los fraudes de los sacerdotes, justifica y expía los crímenes de la tiranía y reconcilia con Dios a quienes han ultrajado y ofendido a sus desdichadas criaturas. De este modo, lejos de hacer a la moral más respetable, invita a violar sus reglas y embota los aguijones de la conciencia, pero jamás ha llegado a convertir a un canalla en un hombre honrado y virtuoso».
Debería hacer reflexionar el hecho de que la predisposición del individuo a aceptar el fenómeno religioso suele mostrarse con más fuerza en los momentos de debilidad, enfermedad o proximidad de la muerte, y cómo aquellos instantes en que son más imprescindibles las herramientas de la esperanza que procura la naturaleza inteligente del espíritu humano, el individuo dimite y es capaz de ladear la razón y caer en brazos de una superstición que, a la vez que le culpa personalmente de sus males, difiere en un futuro incierto el remedio. Ninguna imagen es más adecuada a la realidad del consuelo religioso que la de la manada de buitres sobrevolando al agonizante: la religión toma el control no cuando los recursos de la razón son insuficientes sino cuando el individuo renuncia a ellos para rendirse a la hechicería.
«El supersticioso, si es consecuente con sus principios religiosos o las ideas funestas que se ha hecho de la Divinidad, vive en la amargura y el llanto, realiza con arrobo las prácticas más insensatas que le proponen para calmar a su Dios y pasa sus tristes días en expiar faltas a menudo imaginarias. Absorto únicamente en sus deberes religiosos, no puede ocuparse en lo que debe a sus semejantes, pues sería un crimen perder de vista a su tirano un solo instante. Continuamente ocupado en un objeto desagradable, no solamente resulta inútil, sino que su melancolía habitual lo hace arisco e insociable. Siempre descontento consigo mismo, ¿cómo contentará a los demás? Obligado a rechazar los placeres y dulzuras de la vida, ¿cómo se ocupará en proporcionar a aquellos que le rodean diversiones que disgustarían a su Dios? En fin, forzado a odiarse a sí mismo, ¿tendrá afecto, indulgencia y ternura para sus semejantes y les perdonará las faltas que los hacen objeto de la cólera divina? No, el supersticioso, siempre desgraciado en su interior, no puede soportar el espectáculo del bienestar, los placeres le molestan, la serenidad de los demás le ofende y, para hacerse agradable a su tirano celestial, trabaja sin descanso el hacerse insoportable a todos los que se le acercan».
Es extraño que las religiones reveladas, originadas por uno o varios mensajes divinos directos, la mayoría de ellos con siglos a cuestas, hagan esfuerzos por adaptar sus dogmas a la realidad existente en cada momento. Nada parece más lícito que actualizar un mensaje proporcionado por la divinidad  de una vez por todas, para el momento y para siempre; parecería que la madurez de la civilización y el progreso de la ciencia y de la técnica requerirían una restauración de los preceptos divinos para asegurar su supervivencia; pero este es un hecho que entraría en franca contradicción con los atributos que se le suponen a un mensaje emitido por un ser omnipotente, omnipresente y omnisciente.
«Las sociedades humanas han sido generalmente salvajes, ignorantes, faltas de luces y conocimientos en los tiempos en que sus legisladores les dieron dioses, cultos, leyes. A medida que las costumbres, las circunstancias y las necesidades de los pueblos han cambiado, sus ideas religiosas han sufrido también cambios. El Dios del hombre sociable, civilizado, más razonable, no puede ser el mismo que el del hombre errante, estúpido y feroz. Así, el hombre civilizado y más ilustrado sobre sus intereses poco a poco siente repugnancia por la religión cuando esta se ha vuelto contraria a sus costumbres más suaves, a las ideas que ha podido adquirir y a su razón más cultivada. Por esta razón vemos a menudo que los pueblos se sacuden el yugo de sus dioses anticuados para adoptar otros de los que esperan más felicidad. Fatigados de su tiranía o de la de sus sacerdotes, desengañados de los errores y las fábulas que se les proporcionan, adoptan a veces novedades con prisa o al menos prestan oídos a quienes presentan su antigua religión bajo una forma nueva, menos contraria a sus actuales ideas».
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