21 de mayo de 2018

La ciudad y la ciudad

La ciudad y la ciudad. China Miéville. Penguin Random House, 2018
Traducción de 
"¿Qué es más estúpido o ingenuo: suponer que hay una conspiración o que no la hay?"
Una mujer joven es hallada muerta con lo que parecen heridas de arma blanca en el extrarradio de la ciudad de Beszel, pero los indicios y las confidencias recogidas por la policía parecen indicar una relación muy estrecha del asesinato con la ciudad de Ul Qoma.

Beszel y Ul Qoma son dos ciudades-estado vecinas, originadas en un tiempo y unas circunstancias desconocidas, cuya enfermiza y secular rivalidad se expresa mediante el rechazo, por ambas partes, de la existencia de la otra a pesar de un más que casual parecido y de compartir frontera e incluso zonas comunes. Organizadas como el reflejo en un espejo en el que cada elemento ignora a su pareja, su antagonismo atávico ha provocado que aparecieran grupos de inspiración nacionalista, obsesionados en explotar como fundamentales diferencias que solo son de matiz, empeñados en acentuar y explotar la confrontación, y su reverso, facciones unionistas partidarias de la fusión, que pasan por alto la diversidad existente y que abogan por una política de tabula rasa. Ambos grupos se mantienen en un estado de guerra fría que parece esperar cualquier excusa para desencadenar un conflicto abierto de consecuencias y resolución desconocidas; de hecho, el asesinato de la joven tiene visos de pertenecer a esa confrontación. Como es natural, los unionistas de ambas ciudades se apoyan unos a otros y están fundamentalmente de acuerdo; pero, curiosa paradoja, los nacionalistas, también.

Después de que la Brecha, una organización supranacional, decline investigar el caso, se hace imprescindible la colaboración de las policías de ambas ciudades para intentar esclarecer el asesinato, que tiene trazas de ser algo importante que implicaría a personajes influyentes de los dos lados de la frontera.

La investigación lleva a los inspectores hacia un callejón sin salida, a un hipotético pasado común anterior a la división en dos ciudades, una historia que ninguna de las dos está dispuesta a reconocer y que esconden detrás de la bruma de la conspiración.

Miéville plantea una intriga de corte policíaco, la desarrolla con las herramientas propias del género -un narrador en primera persona, el detalle de los pasos de la investigación, los diálogos clásicos cuidados al límite, el ritmo alto y sincopado...-, pero introduce en la trama elementos más fantásticos que de ciencia-ficción que rompen el cliché y que amplían el campo narrativo hasta más allá del género para componer una excelente novela que mezcla, de forma soberbia, la acción y la reflexión, y para la que no cuesta nada encontrar equivalencias en la situación política actual, en cualquier ámbito geográfico.

Calificación: ****/*****

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Notas de Lectura de Los últimos días de Nueva París

18 de mayo de 2018

Extravíos

Extravíos. Emil Cioran. Hermida Editores, 2018
Traducción y prólogo de Christian Santacroce
"Hay una tristeza de la impotencia y una del conocimiento. Entre ambas, la criatura expía sus propios límites."
Emil Cioran (E. M. Cioran, Emil Mihai Cioran), nacido en la actual Rumanía en 1911, se estableció en París en 1937. En 1946, después de declararse apátrida, abandonó el rumano como lengua de escritura y adoptó el francés; uno de los últimos textos escritos en su lengua materna, entre los años 1945 y 1946, en plena ruina de Europa e inédito hasta 2012, es este Extravíos, una de sus obras más tristes y desesperanzadas.
"Quienquiera que crea en algo sin reserva y sin temor a la eventualidad de algún suceso deviene esclavo de su propia inspiración o demencia -y un peligro directo para quienes le rodean. Porque el hombre verdaderamente malo es aquel que no duda de su propia fe, aquel a quien la "verdad" se le ha mostrado mediante un milagro, mediante su incapacidad de sopesar los valores." 
El pesimismo, personal y antropológico, afecta a la lucidez, al escepticismo y a la visión general de todo aquello que mantiene algún atisbo de relación con la vida y, sobre todo, con la interacción con el resto de seres humanos, que pierden su carácter individual para convertirse en una masa informe, indistinguible, cuyo único propósito es zaherir a sus semejantes.
"Nada como la felicidad para inspirarnos la nostalgis del suicidio, como si existir fuera un don demasiado inmenso para nuestras fuerzas y la revelación suprema del corazón, dulcemente inmersa en la flor del ser, inseparable de la no existencia. ¿Será acaso el suicidio la consecuencia inevitable de nuestro destierro en el éxtasis? Lo que parece indudable es que la felicidad no es un estado positivo."
La alegría es un estado banal, momentáneo e ilusorio, cuya función es engañarnos para impedirnos experimentar el invasivo e insoslayable aburrimiento existencial fruto de nuestra incapacidad para conllevar una realidad cuya finalidad es ser estéril e improductiva; una forma de desorientar a una conciencia destinada a la lucidez pero condenada a la irrelevancia.
"Lo cierto es que la vida no tiene ningún sentido; pero aún más cierto es que nosotros vivimos como si tuviera uno."
La nostalgia no es más que el deseo de volver a hacer presente un pasado inexistente.

La imposibilidad de experimentar el dolor ajeno es el recurso que la existencia ha puesto a disposición de su propia supervivencia; y todos los sentimientos que experimentamos al verlo en los demás no es sino el reverso de la alegría por no ser nosotros mismos el sujeto doliente.
"Toda creencia es el fruto de una perturbación mental, una máscara bajo la que transcurre una enfermedad, un mal que se engaña a sí mismo porque se ignora. La salud es la ausencia de toda creencia sin la conciencia de lo irreparable. El extremo del espíritu es esa ausencia unida a esta conciencia."
Prometer fidelidad a un ídolo es desplazar el poder generador de nuestro espíritu; es contaminar mediante conceptos ajenos una historia que nos pertenece en su totalidad; es interrumpir el proceso de descubrimiento de nuestra identidad más profunda; es recortar el abanico de posibilidades que se nos abre para responder a cada desafío; es desplazar el centro de decisiones desde nuestra conciencia hasta un conjunto de normas que, por más que interiorizadas, no dejan de ser ajenas; es corromper la pureza de la inocencia para emular, a cambio, el fracaso ajeno. El beneficiario del seguimiento de una creencia no es nunca el adepto.
"De quienes no desprenden a su alrededor un aroma de fracaso difícilmente podría decirse que han vivido. La descomposición es la única huella que nos deja el paso de la vida, esta podredumbre extraña de la materia. La creación y la destrucción son direcciones diferentes de una misma substancia que se afirma destramándose."
El escepticismo es una decisión ética que procede de la imposibilidad de otorgar estatuto de seguridad a nada en absoluto, empezando por uno mismo. Si exteriorizamos nuestras dudas, colapsamos la capacidad de explicación que pudieran poseer los objetos o incluso algunos individuos; si las interiorizamos y buscamos las respuestas en nuestro pensamiento, podemos en evidencia las limitaciones de nuestro intelecto y no podemos más que constatar la pobre dotación con que contamos para enfrentarnos a las grandes cuestiones de la existencia.
"Ni de las contradicciones íntimas ni de las teóricas nos salva la razón, sino un mínimo de cordura, de mediocridad ancestral. Si quedáramos a merced de nosotros mismos, ya nunca nos reencontraríamos."
Debemos ser conscientes de la imposibilidad de concebir el paraíso mientras seamos incapaces de comprender una existencia sin sufrimiento; el Jardín del Edén está situado fuera de la historia por esa razón. En cambio, es fácil comprender el infierno, un lugar en el que el dolor es la medida de todas las cosas. La vida no tiene la cualidad homogénea del paraíso ni la diversidad humana se asemeja a la uniformidad angélica; la pluralidad del infierno y las distintas gradaciones del castigo son un retrato más fiel de la humanidad. 
"Todo crescendo -del corazón o del pensamiento- alcanza lo sublime y acaba en el horror de la falta de gusto. La tragedia, que no guarda ciertos límites, resulta irritante y falsa [...]. Lo patético ya no es dolor, sino interpretación del dolor. Lo importante es detenerse a tiempo. Lo extremo no es, en ningún caso, una categoría literaria; nuestras cumbres no son materia de expresión. Sólo la mediocridad es externa -y entre los hombres todos fracasan salvo los neutrales, los que no han "tomado partido", los que han soportado el tiempo y sus variaciones. La rebelión conduce al abismo, igual que la tristeza fría. La humanidad propiamente dicha, aquella que ha soportado el yugo de la existencia, la componen los hombres tibios a los que Dante impedía cruzar el Aqueronte, condenándolos a errar más acá del infierno y del paraíso."
La idolatría, la construcción de imágenes o la pura adopción de objetos naturales para representar, hasta llegar a suplantar, a la divinidad, es la forma que tiene el instinto de muerte para desviar el punto de mira del objeto a eliminar. Por esa razón, desde el principio de los tiempos, los dioses han sido representados a través de toda clase de conceptos vicarios, a menudo contradictorios, debido a  que la obsolescencia programada alcanza también a los diseños de manifestaciones divinas.
"Entre las pasiones que dominan o han dominado al hombre, la más absurda, la más incontrolable e irreductible a un sentido cualquiera es la pasión por Dios. ¿Será ella el fruto de una desarticulación del espíritu, de un delirio de la sensibilidad, o la perversión última de la nostalgia? ¡Tanto calor del corazón derrochado en una emoción sin objeto! Ningún elemento de la mente admite la temperatura a la que ha de germinar la semilla de una tal tentación, ningún argumento del espíritu lúcido justifica la exaltación hacia una cumbre racionalmente ausente. La invención de Dios es la mácula que el alma inscribe en la historia de la mente."
La grandilocuencia con la que intentamos compensar nuestra insignificancia otorga atributos de Absoluto a cualquier nimia muestra de nuestra vacuidad. Haciendo más grande a nuestro enemigo acrecentamos también nuestra sensación de poder; haciéndolo invencible, encontramos la justificación incuestionable de nuestra derrota, que se convierte de cobarde renuncia a mítica heroicidad. Son nuestros enemigos los que en realidad dan la medida de nuestra fuerza; nuestros amigos, en cambio, son únicamente el reflejo de nuestra indulgencia y autocompasión. Aunque ambos son reales, sólo nuestros enemigos son verdad; los otros, no son más que ficciones que pone en marcha la autocomplacencia.
"De la muerte nos defienden los instintos; de la vida, en cambio, nada nos ampara. Entre los dos males, nuestra posición parece insoluble. La perspectiva de la ausencia de sufrimiento de la muerte nos aterra, pero la actualidad del sufrimiento de la vida es el horror mismo. ¿Concebir otro mundo al margen de uno y de otro? El hombre no ha hecho otra cosa desde que piensa y sufre. Lo que ha añadido entre ambos es su destino -y su fracaso."
El mal es la medida de todas las cosas. En su máxima expresión, es la fuerza que mueve el mundo, la marea constante que genera el flujo de belicosidad que sostiene las tensiones sobre las que se asienta el progreso. Es el mal el que hace que en cada individuo se esconda un enemigo, y en cada enemigo un verdugo; el que hace de la vida una condena y de la muerte una liberación. El mal es tan omnipresente y lo seguirá siendo tanto en el futuro que la esperanza de su ausencia no es más que la expresión de la suprema utopía.
"Nacemos para apegarnos a las cosas y a las ideas; vivimos para desprendernos de unas y de otras. La vida es la muerte diaria de la convicción."
Cioran cien por 100, menos hiperbólico que en algunos escritos posteriores, pero infinitamente más lúcido. Y más convincente.

Calificación: *****/*****

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Notas de Lectura de Lágrimas y santos
Cita de la obra De la France

11 de mayo de 2018

Aberración estelar

Aberración estelar. Gilbert Sorrentino. Underwood Editorial, 2018
Traducción de Ce Santiago
Marie, una mujer joven y apetecible a quien su marido, un italiano cantamañanas, ha dejado por su secretaria, y su hijo Billy, un chaval repipi y consentido, regresan a casa del padre de ella, John, un irlandés anglicano intratable  que ha enviudado hace poco y que tiene un lío con una vecina de origen alemán. En medio de esa circunstancia, aparece por allí Tom, un viajante espabilado con don de gentes y espíritu conquistador -y algo salido- que intentará, a pesar de los impedimentos de John, llevarse al huerto a Marie aprovechando todas las oportunidades que se le ofrezcan, particularmente un viaje de ida y vuelta a un local de baile y ligoteo, hasta que la educación catoliquísima de la chica se interpone a su ansia erótica y acaba largándose a la ciudad, aunque no sin dejar algún puente tendido por si acaso.

Hasta aquí, brevemente resumida, la trama de Aberración estelar (Aberration of Starlight, 1980), un argumento sobre el que se ha escrito, con resultados desiguales, en multitud de ocasiones. ¿Qué aporta de nuevo, pues, la novela de Sorrentino, que la distinga de esa multitud de acercamientos al tema? Como en otros ejemplos, la relevancia no está en el qué sino en el cómo.

¿Han visto ustedes esas impresionantes y multicolores imágenes que, de vez en cuando, publican las agencias espaciales de la nebulosa de no-sé-qué o la galaxia de no-sé-dónde? ¿Son bonitas, verdad? ¿A que incluso el corazón más insensible se ha encogido ante la magnitud del universo y la insignificancia del ser humano y blablabla? Siento descorazonarles porque esas magníficas fotografías son más falsas que un duro sevillano; eso sí, aparentes lo son, pero lo cierto es que la galaxia, la nebulosa o el sursum corda no son, realmente, como reflejan esas imágenes. Primero, porque debido al lapso temporal con que nos llega la luz desde tan vertiginosas distancias, es posible que esa agrupación de estrellas haya desaparecido hace millones de años ("¡ooooh, qué desilusión!") y que en la actualidad, en ese lugar del universo, no haya más que un agujero negro -o dos-. Pero es que, además, existen dos circunstancias que pueden contaminar en baja intensidad esa visión: el efecto de la gravedad sobre la luz que nos llega desde allá, que hace que no siga una línea recta sino una especie de zigzag errático e imprevisible -y vete tú a saber en qué estado se presenta ante nosotros-; y el hecho de que, al estar nosotros en movimiento, la luz que vemos no está donde parece estar sino ligeramente desplazada. Este último efecto se llama aberración de la luz o aberración estelar, y hace referencia, aunque en términos científicos, a lo que la sabiduría popular ha denominado, acientífica pero acertadamente, "contar de la feria según te va en ella".

Los hechos que suceden en esos pocos días los sabremos, pues, por la boca de sus cuatro protagonistas, el hijo, la madre, el pretendiente y el abuelo, cuatro puntos de vista afectados por una aberración estelar -el inocente, el reprimido, el caradura y el tocapelotas- de intenciones muy dispares y con pretensiones tan interesadas como contradictorias; estas serán las cuatro partes de la novela, pero además cada una de las piezas reproduce los mismos formatos narrativos -monólogo interior, cartas, relato de sueños, diálogos sin acotaciones...-, en el mismo orden y con la misma intensidad, lo que acentúa todavía más la variabilidad de una feria hasta, realmente, hacer dudar de su celebración.

Una novela estupenda que va mucho más allá de un experimento o de unos teorizantes ejercicios de estilo, y divertida como pocas.

Calificación: ****/*****

7 de mayo de 2018

Nebiros

Nebiros. Juan Eduardo Cirlot. Ediciones Siruela, 2016
Edición y epílogo de Victoria Cirlot
"Dejó el tomo de medicina y volvió a tomar el que trataba de las interioridades del infierno. En una especie de tabla, de manera muy científica, estaban indicados los nombres de las altas jerarquías del submundo, con cita de los poderes peculiares que les estaban conferidos. Luzbel, Satanachia, Crararia, Nebiros, Aglipheret, etc. Cada demonio reinaba sobre un pecado capital, pero de Nebiros se decía que sus dominios consistían en un pecado que alude la Biblia, que no se puede nombrar o, mejor dicho, del cual se ignora la esencia. Al ver esta directa alusión, no pudo menos de estremecerse. ¿Cómo no había advertido nunca tal cosa? Si había un pecado desconocido, era equivalente a la enfermedad desconocida, a aquello por lo que él sufría sin saber a ciencia cierta la razón y para llegar a la entraña de lo cual solamente había contado con el paralelismo establecido por la herida de Amfortas, en Parsifal. Nebiros. El gran demonio estaba representado con todos sus atributos; la cola era especialmente poderosa, provista de un garfio agudo como el de un alacrán, Nebiros era su dueño."
Nebiros, la única novela de la extensa producción de Juan Eduardo Cirlot, fue escrita en 1950, rechazada y condenada a la no publicación por la censura franquista, olvidada y extraviada, y publicada por primera vez en 2016, con un epílogo donde se da cuenta de los avatares del manuscrito debido a Victoria Cirlot.
Informe del lector número 20 de la Dirección General de Propaganda del Ministerio de Educación Nacional (citado en el epílogo):
"Libro fatalista, saturado de contradicciones y pesimismo, cuyo protagonista -un imaginativo sexual, tímido y sin fe-, después de un largo paseo por el barrio de los prostíbulos de su ciudad, en el que se le ocurren los más paradójicos y peregrinos comentarios, llega a la escéptica conclusión que toda ansia de superación y mejora espiritual es inútil. El libro además de pesado es peligroso por los disparates que dice, y la turbia sexualidad servida en descripciones pornográficas, y no está exento de cierto matiz demagógico. NO DEBE SER AUTORIZADO."
El heredero y gerente de una empresa predestinada a la quiebra, un ser solitario y misántropo, se encuentra sumergido en una crisis personal provocada por una mezcla de inapetencia y de sumisión a un destino desgraciado contra el que tampoco está dispuesto a luchar.
"Era pronto para salir a la calle. Volvió a sentarse ante su mesa y sintió el deseo de hacer las paces consigo mismo, de aceptar otra vez el hecho de su sino y de repetirse, como en muchas otras ocasiones, que debía principiar por hallar exactamente cuál era su situación en la vida, qué aspiraciones tenía y a dónde pensaba encaminarse, con los medios que contaba. Pero, con más celeridad que otras veces, reprimió este anhelo de meditar; no era cansancio lo que experimentaba, sino más bien la sensación de que pronto iba a cambiar todo para él."
Envuelto en una espiral de degradación moral y decadencia física, revuelve en su interior no tanto en busca de una salida como en análisis de un intelecto en plena posesión de los recursos para superar la abulia existencial pero carente de la voluntad para poner en marcha los mecanismos necesarios.
"Lo que ha de morir está esencialmente muerto."
Ante el riesgo de que la fuerza de los acontecimientos pueda arrastrarle hacia lugares que no desea visitar, toma el firme propósito de inmovilizarse, de convertirse en una isla, indiferente a la fuerza o a la dirección de las corrientes; de ver pasar los acontecimientos sin inmutarse, sin dejarse influenciar; de sucumbir a la degradación inherente a todo aquello privado de movimiento voluntario; de no dejarse vencer por la tentadora erótica de los sentimientos.
"En el fondo de su mente yacía la convicción indestructible de que nada podía aniquilar la soledad substancial de la persona. Ni el amor, ni la compasión, ni la nostalgia; ni vivir la realidad física, ni la espiritual o imaginativa. Todo era tangencia leve, figurada. El yo, como un cuerpo material dotado de tres dimensiones, era impenetrable a cualquier otro yo."
En su periplo nocturno sin rumbo fijo -aunque no se trate de una huida: sabe a la perfección que la fuga es imposible, además de inútil: no se puede escapar mediante un cambio de espacio si el que se mueve es el mismo individuo-, visita el puerto y recuerda aquel tiempo en que estaba ávido de aventuras y ansioso por vivir otras vidas, cuando creía que era posible.
"La cultura no es más que un innecesario añadido a las condiciones generales de la vida." 
Una funesta concepción de sí mismo, apoyada, sustentada, auxiliada por los diversos fracasos -de índole personal, de insatisfacción consigo mismo y con aquellas expectativas que, en momentos de alienación sentimental, cuando se veía capaz de llevar a buen puerto todo aquello que se proponía, pudo albergar- experimentados desde que tuvo uso de razón, conlleva una postura crítica a la que no se ve capaz de enfrentarse más que con las armas de la indiferencia.
"Era el desorden de siempre, el estado fangoso de su pensamiento. Y en él, lo único que perduraba con cierta pureza era la sensibilidad para lo físico. Lo que le apartaba de convertirse en un hedonista era el predominio del drama espiritual, no la incapacidad ni la debilidad de sus sensaciones."
Limitar la relación con el mundo a todo aquello con lo que, de forma única, restringe a la esfera de las sensaciones los puntos de contacto y, como consecuencia, de contaminación; de nuevo, la huida se rebela imposible, pues aun cuando pudiera anularse la intromisión indeseada de la memoria, ese recuerdo que modifica el sabor de la experiencia haciéndolo más digerible o completamente indigesto, la presencia física de todo un mundo que existe en contraposición a la existencia de uno mismo se impone con una inevitabilidad insoslayable. 
"Efectivamente, el paseo estaba inundado de objetos vivientes. Manos, brazos, caderas y senos que se acusaban bajo los trajes ceñidos, de colores violentos, o que se insinuaban más delicadamente en mujeres cuyo aspecto espiritual era lo más adecuado para declararlas desprovistas de toda alma y de todo espíritu."
Ante la imposibilidad de evitar ese punto de tangente entre un yo replegado y dispuesto a reducir su interacción al mínimo posible y un mundo que existe con el único fin de hacerse evidente, la idea menos descabellada es llevar el contacto al término de lo infame, de lo vil para, de este modo, poner en evidencia la bajeza moral del mundo que se impone como modelo. Así pues, decidido a explorar los abismos de la abyección, plantea una noche que transcurrirá en un paréntesis moral, sin cuestionamiento, suspendido a pocos centímetros de la laguna de aguas grises en la que habita el mal.
"... él no tenía convicciones sobre nada por la razón de que le parecían sustancialmente falsas e hijas siempre de la voluntad. La posición de la razón es la duda y él, que en ese sentido no se desprendía del pesado lastre de su intelectualismo, pretendía conservarse en la pureza del que quiere lo verdadero y no puede renunciar a utilizar la razón como medio para conseguirlo."
La imposibilidad de establecer jerarquías y de adecuar su conducta a esa clasificación  mantiene al protagonista en un limbo existencial permanente que le incapacita para cualquier manifestación que tenga que ver con el deseo en cualquiera de sus modalidades, sea el dirigido hacia un ascenso social, hacia una mayor integración con sus semejantes o incluso el de índole sexual; no es un aislamiento provocado por la apatía sino una inapetencia consciente y voluntaria como la de aquel que sabe con certeza que la relación con los demás, sea del carácter que sea y con todo el abanico de intereses posible, conllevará siempre un saldo negativo.
"Todo lo negativo era muerte. Muerte era la distancia, muerte la soledad, muerte la angustia, muerte la pérdida de algo, o de alguien, muerte era el tránsito más leve, en cuanto ese cambio alterara un proceso psíquico elementalmente necesario para el pensamiento. En aquellos momentos, en que él iba andando solo por las calles del barrio antiguo, todo lo que no estaba en él estaba muerto, muerto irremediablemente. Y esa muerte entraba a formar parte de la vida, no como algo externo y adversario, sino como condición fundamental, ya que si esa muerte constantemente acaecida no podía haber vida, recepción, llegada de nuevos factores y estímulos."
Todo aislamiento espiritual, el caparazón mental que separa el mundo propio del de los demás, debe conllevar, para ser eficiente, una especie de aislamiento espacial, la delimitación de un volumen en el que puedan satisfacerse todas las necesidades primarias básicas pero también las relacionadas con el universo, incluidos los deseos y los placeres, físicos o no, un espacio amurallado de uso exclusivo, una ciudadela infranqueable sin puente levadizo en la que tanto el cuerpo como el espíritu se reivindiquen como únicos habitantes.
"Lo horroroso del mundo era la contradicción interior que se alojaba en cada cosa."
La concepción pesimista y la actitud indiferente hacia la vida en general y la poca consideración hacia la colectividad de sus semejantes hace imprescindible el desarrollo de una estrategia permanente que evite la caída en la desesperación. Sobrellevar la bajeza moral es posible no evitándola ni rehuyéndola sino aprovechándola en beneficio propio, sucumbiendo conscientemente a sus tentaciones, pero con el discernimiento pleno de estar utilizándola como quien, al igual que una vacuna, se inocula virus para evitar la infección.
"Él se separaba de los demás no por su culpa, sino por la de ellos. No era él el enfermo, sino los otros. No solamente no era egoísta, sino que era en extremo generoso, tanto que huía de todos por adivinar que no iban a comprender ni a tolerar su actitud, absolutamente directa, abierta, franqueada en la autenticidad. La masa se refugiaba en unas relaciones falsas. Lo social no era simple producto de una clase refinada y acostumbrada a la hipocresía; esa lacra de lo convencional, de lo embustero, era patrimonio de todos los hombres, en todas las clases sociales. Se trataban entre sí como dentro de las reglas de un juego; abrir los sentimientos bruscamente, pedir lo que se necesitaba u ofrecerlo a quien no lo pedía, eran trampas."
La vista al prostíbulo, pues, no es más que la materialización del conflicto entre el deseo, la comedia de las demandas del cuerpo, y el espanto, la tragedia de los reparos del espíritu.
"Quedaba por resolver el gran misterio del porqué de esa multiplicación indefinida, de ese espejismo inmenso que repetía en las personas el drama esencial del ser [...]. Todo lo que multiplicaba algo original era misterioso, aparentemente inútil y nocivo. En la extensión yacía la esencia de la separación, esto es, de las rupturas que lo disgregaban todo y corrompían la unidad purísima del principio eterno. Tales ideas no procedían de un misticismo aprendido en los libros o intelectualmente sostenido más allá de la vida; eran fruto de su dolorosa experiencia cotidiana, de su timidez ante los demás, de su orgullo, del odio y del amor que sentía hacia ellos, hombres y mujeres, de la tentación de poseer y dominar, de huir y de acercarse que regía su conducta y le marcaba con aquel signo extraño que era inútil intentar borrar, porque había sido impreso con fuego en todas las líneas de su rostro."
Las reminiscencias de Nebiros con respecto a la narración nocturna del Ulises de James Joyce son indudables; por extensión, las referencias comunes con la Odisea pueden seguirse casi capítulo a capítulo: la empresa, el casco antiguo, el comedor social, el barrio chino, el prostíbulo, el muelle y, finalmente, el nostos, el regreso al hogar, incluida una singular Penélope. 

En otro orden de cosas, Cirlot consigue describir a la perfección el ambiente oscuro y opresivo en que se desenvuelve el protagonista, cuyo peso no puede soportar; el olor a viejo y rancio que inunda los sentidos de todos los personajes, acentuando su tristeza y facilitando la invasión de la bajeza moral. Al mismo tiempo, se hace omnipresente una tenue pero ubicua bruma que desdibuja los objetos, rompe el contraste, uniformiza los colores en un gris mortecino y disuelve las identidades, llevando a un incongruente primer plano la disolución de los volúmenes y la perspectiva. En contraste con esa atmósfera opresiva, se contraponen los gemidos de la mujer que parece que está dando a luz en el piso inferior, el surgimiento de una nueva vida que, aunque condenada como todas, nace con la totalidad de expectativas intactas; ese ruido, esos gemidos tan parecidos a los de una cópula salvaje como a los de los mártires en su tormento, son los únicos que rompen el silencio de los muertos en la casa del protagonista.
"En ese instante comprendía que el hecho de que las cosas estén, sean, determina nuestra dependencia fatal con respecto a ellas, aun cuando personalmente nos apartemos de su camino. Esta es la trágica razón que impele al místico, cuando ha vencido las fuerzas del mal dentro de su alma, a buscar el dolor y los pecados de los demás, de la humanidad entera, para sufrirlos e intentar redimirse con la redención de ellos. Era lo mismo de antes. La unidad de todo. La imposibilidad de desatarse de las cosas, de negarse a ellas y de escindir una vida de la vida, un pensamiento del pensamiento."
Calificación: *****/***** 

4 de mayo de 2018

Levantar la mano sobre uno mismo X. Tractatus Logico-Suicidalis

Tractatus Logico-Suicidalis. Hermann Burger. Editorial Pre-Textos, 2017
Traducción, epílogo y notas de Andreas Lampert 
Hermann Burger, poeta, novelista y ensayista suizo, se suicidó mediante una sobredosis de barbitúricos el 28 de febrero de 1989 en el castillo de Brunegg.
"1. No existe la muerte natural."
Tractatus Logico-suicidalis. Matarse uno mismo (Tractatus logico-suicidalis. Über die Selbsttötung, 1988) es, según su prólogo, un documento apócrifo, estructurado a semejanza del Tractatus Logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein en epígrafes numerados aunque no anidados, descubierto cuando se buscó información acerca de un supuesto suicida, que cae a manos de sus conciudadanos, una pequeña comunidad rural situada entre las montañas suizas. Después de que los miembros notables de la aldea agotaran las posibilidades de encontrar al suicida, este aparece, y bien vivo, en un restaurante de la localidad. Se trata de un individuo llamado Hermann Burger, que está redactando un escolio a su texto principal y que, por lo que parece, no tiene ni la más remota intención de quitarse la vida.

El significado que pueda tener este prólogo en el que un narrador anónimo nos informa acerca de esos hechos, el que el autor del documento se llame Hermann Burger, y que el Burger real, después de años padeciendo transtornos psíquicos, diera fin a su vida, parece señalar un camino tan evidente como improbable: burlarse del suicidio y del propio suicida no es un proceder común de quien piensa quitarse la vida; si acaso, ese enfoque, cuyo hiperbolismo puede llegar a convertir en cómico, actuará como antídoto -nadie confiesa moverse por razones absurdas- para una afección -o tentación- ante la que uno no está seguro de poder evadirse.

El texto en sí, organizado no tanto mediante consecuencias lógicas que conducen, de forma racional, a la inevitabilidad de la muerte -es decir, no busca la concatenación de excusas exculpatorias del peor crimen existente-, recorre las huellas de la experiencia, propia y ajena, para establecer un verdadero manual de uso del suicidio.
"41. La meta de toda vida es la muerte, la vida es la muerte vestida de bufón, lo inanimado estuvo ahí como algo animado, la pulsión de muerte aspira a una restitución de lo arcaico."
Al no existir la muerte natural, toda vida no es más que un recorrido, más o menos largo, hacia la muerte.

La fatalidad -fatum, destino- es la corriente ineluctable en la que nos sumerge el nacimiento, después del cual solo nos queda dejarnos llevar; nadar a contracorriente, que significaría retroceder hacia el nacimiento, es, pues, una ficción a la que no debemos rendirnos ya que su única utilidad es otorgar esperanza donde esta no es posible.
"53. La partida de nacimiento del lactante es, al mismo tiempo, su certificado de defunción. La vida inscribe en su rúbrica vacía un número de años que se encogen hasta formar una nada a la vista del infinito."
El documento sostiene una tesis: el suicidio tiene mala consideración -y se considera al suicidante como pecador o como delincuente- porque la sociedad no puede penetrar en la mente del suicida ni imponer sus normas al hecho en sí, que al depender de una voluntad individual, es irregulable.

Esa expulsión del seno de la sociedad -"política de apartheid" llama Burger a la conducta de los exhibicionistas vitales con respecto a los suicidas- es inefable: la descalificación de todo aquello que tiene que ver con la muerte por propia mano abraza desde que un individuo se plantea la acción, poniendo en duda su capacidad intelectual -aún hoy el suicidio se considera consecuencia de un desequilibrio mental-, hasta el propio hecho consumado, considerado pecado por las religiones y criminal por la justicia laica; desconsideración que alcanza, incluso, a los estudios sobre el tema y, por supuesto, a sus apólogos.
"137. Las desconsoladoras chapuzas de los nuestros y los psiquiatras solo pueden verse como un grave insulto. Tenemos que prohibirle a toda esa pandilla, del modo más estricto, inmiscuirse en nuestra muerte."
Cuando el suicida ha tomado su decisión, cualquier intento de hacerle desistir es inmiscuirse en su privacidad, intentar doblar una voluntad que se ha manifestado, influir en una conciencia que ha tomado una decisión cuyo defecto es que no coincide con la del supuesto salvador. Para un allegado, se trata de un acto que pone en evidencia su capacidad empática; para el aparado del Estado, un acto ilícito que cuestiona su capacidad de control; para el estamento sanitario, un acto irracional que desenmascara su incompetencia profesional.
"243. Frente a la amenaza nuclear y ecológica que se cierne sobre el mundo, la del omnicidio inminente, la solución del suicida es un acto artístico-revolucionsrio: él anticipa -pars pro toto y pro mortología- lo que, con toda probabilidad, habrá de consumarse, más tarde o más temprano, a nivel global. En ello le lleva un decisivo paso por delante del sano incurable apegado a la existencia."
Burger lleva a cabo una detallada enumeración de los métodos de suicidio químico, sus pros y contras, las dosis necesarias, los efectos con gran detalle de su administración y los distintos trucos para lograr éxito en el intento. Entre esos métodos se encuentra, con profusión de detalles, el que él mismo utilizó para acabar con su vida.

El modo de morir es una cuestión de estilo que jamás debe soslayarse; existe un método para cada persona, adecuado a su vida, que debe seguirse si se quiere conservar la fama del suicida y no convertirse, de cara a la posteridad, en un despreciable muerto más.
"295. La vida no es el más preciado de los bienes: el más preciado es la obra, porque suprime y sobrevive a los azares de la existencia en un sentido hegeliano."
Siguiendo a Cioran, el suicidio no es una predisposición sino una predestinación, un signo fatídico, una marca de Caín imborrable, inscrita en lo más hondo de la conciencia de la víctima.

Contra la creencia común de que el suicidio es fruto de la impulsividad y de un momento de enajenación mental, Burger defiende la existencia de una cadena lógica, de duración variable, cuya conclusión, debidamente cuestionada y reflexionada, es la muerte por propia mano. De hecho, este Tractatus sería la plasmación de una de esas cadenas lógicas -"a partir de criterios científico-filosóficos"-, la suya, cuyo recorrido no tiene por qué ser válido para otros sujetos: el camino hacia el fin es personal e intransferible, por más que todos lleven al mismo destino.
"932. No es necesario que nos matemos, antes deberíamos matar nuestras teorías, diría un optimista incorregible. El Tractatus logico-suicidalis no es, en sentido estricto, una teoría. Una teoría siempre es transferible a otros casos. Nuestro Tractatus es la fundamentación única de un suicidio único."
En definitiva, de lo que se trata es de escribir sobre la muerte para escapar de la muerte, como forma de detenerla -ya que no de vencerla-, de alargar el plazo para, al final, cuando la estrategia dilatoria ya es inútil, sucumbir al abrazo de la vieja amiga con la conciencia del deber cumplido.
"Muero, luego existo."
Agradecido con sus precursores, Burger mantiene un, a veces fluido a veces no tanto, diálogo permanente con algunos de los que le precedieron en la teorización del suicidio; entre ellos, Jean Améry, con respeto pero de forma crítica y la admiración de quien tuvo el genio de redactar el primer Tractatus, el precursor de la sistemática del suicidio; Elisabeth Kübler-Ros, con ironía y suficiencia;  Freud, con sarcasmo y cuestionamiento; Ludwig Wittgenstein, con reconocimiento y consideración;  Thomas Bernhard, con cortesía pero con condescendencia; George Trakl, con veneración y vasallaje;  Cioran, con satisfacción, respeto y agradecimiento, a pesar de algún leve desacuerdo, del alumno hacia el maestro; Von Kleist, con respeto por la claridad de su escritura y la lógica de sus razonamientos; Kafka, con encomio por su literatura mortológica; Houdini, con respeto por su juego constante con la muerte; y Albert Camus, con la admiración debida a quien teorizó de manera definitiva sobre el suicidio como solución plausible al enigma de la existencia.

Calificación: ****/*****

30 de abril de 2018

Shakespeare IV


Con motivo del cuarto centenario de la muerte de William Shakespeare, el mes de octubre de 2015, Hogarth Press, la editorial fundada en 1917 por Leonard y Virginia Woolf y reactivada en 2012, anunció el proyecto Hogarth Shakespeare, que consistía en proponer a ocho escritores contemporáneos la reeescritura de otras tantas obras de teatro de Shakespeare en forma de novela; ignoro cuál fue el criterio de los encargos, aunque algunos son fácilmente deducibles. Esta arriesgada apuesta, de cuyo éxito o fracaso darán cumplida cuenta los textos a medida que vayan publicándose -el último está previsto para mayo de 2021-, alcanza su cuarta entrega con Macbeth (Macbeth, 2018) por parte del escritor noruego de novela negra Jo Nesbo, una revisión de la obra del mismo título, la más corta y una de las más intensas de las obras del bardo.

Como en otras ocasiones, esta inmersión shakespeareana constará de la relectura de la obra original, la de una traducción al castellano y de la versión contemporánea de Hogarth Shakespeare; también, para ampliar el ángulo de visión, incluiré algunos recursos extras, de entre la infinitud existente, para hacer más completo el chapuzón.



Macbeth. William Shakespeare.  Bloomsbury Publishing, 1997
Edición de Kenneth Muir
La versión original que he escogido, como en otras ocasiones, es la que ha llevado a cabo el  sello editorial Bloomsbury en su colección Arden Shakespeare, fiel y cuidada, y con un armazón de comentarios y notas al pie muy útil, al menos, para los lectores no anglosajones.
Macbeth. William Shakespeare. Ediciones Cátedra, 2005
Edición bilingüe del Instituto Shakespeare dirigida por Miguel Ángel Conejero
Las traducciones al castellano del Instituto Shakespeare tienen la garantía de la fidelidad al original, aunque algunas veces una traducción tan académica pueda llegar a comprometer la interpretación del texto; en este caso, la edición bilingüe permite, en los pasajes más comprometidos, ir a la fuente sin tener que cambiar de libro, una facilidad a tener en cuenta.

Macbeth, general del ejército de Duncan, rey de Escocia, es informado por unas augures de los designios que le esperan en el futuro: la gloria en la batalla, los títulos de Glamis y Cawdor, y la corona del reino. Al ver el cumplimiento de las dos primeras profecías, hará todo lo posible, con la complicidad de su esposa, por hacer cumplir la tercera sin detener su ambición ante dificultad alguna. 

"The raven himself is hoarse
That croaks the fatal entrance of Duncan
Under my battlements. Come, you spirits
That tend on mortal thoughts, unsex me here,
And fill me from the crown to the toe top-full
Of direst cruelty! make thick my blood;
Stop up the access and passage to remorse,
That no compunctious visitings of nature
Shake my fell purpose, nor keep peace between
The effect and it! Come to my woman's breasts,
And take my milk for gall, you murdering ministers,
Wherever in your sightless substances
You wait on nature's mischief! Come, thick night,
And pall thee in the dunnest smoke of hell,
That my keen knife see not the wound it makes,
Nor heaven peep through the blanket of the dark,
To cry 'Hold, hold!'"
Siguiendo esa senda, asesina a Duncan provocando la huida de los hijos de este y su inculpación; y encarga la muerte de Banquo, que fue testigo de la profecía, y de Fleance, su hijo, anunciado heredero del trono; pero despierta la desconfianza de Macduff, un noble escocés fiel a Duncan, que conspira para matarle.
"Methought I heard a voice cry 'Sleep no more!
Macbeth does murder sleep', the innocent sleep,
Sleep that knits up the ravell'd sleeve of care,
The death of each day's life, sore labour's bath,
Balm of hurt minds, great nature's second course,
Chief nourisher in life's feast."
Una segunda aparición le da las tres claves para su futuro: el aviso de que se cuide de Macduff; el anuncio de que nadie nacido de mujer le hará ningún daño; y la aseveración de que permanecerá invicto hasta que el bosque de Birnam avance contra él. Ante el asesinato de su esposa e hijos, Macduff, con la ayuda de algunos nobles enemistados con Macbeth, de Malcolm, el hijo de Duncan, y el rey de Inglaterra, planea regresar a Escocia y acabar con el tirano.
"Yet here a spot [...] Out, damned spot! out, I say!--One: two: why,
then, 'tis time to do't. Hell is murky! Fie, my
lord, fie! a soldier, and afeard? What need we
fear who knows it, when none can call our power to
account? Yet who would have thought the old man
to have had so much blood in him."
Pero las profecías -recuérdese la imprecisión de los oráculos clásicos, por ejemplo- han sido mal interpretadas y Macbeth, después del fallecimiento de su esposa, es derrotado y muerto por Macduff.
"To-morrow, and to-morrow, and to-morrow,
Creeps in this petty pace from day to day
To the last syllable of recorded time,
And all our yesterdays have lighted fools
The way to dusty death. Out, out, brief candle!
Life's but a walking shadow, a poor player
That struts and frets his hour upon the stage
And then is heard no more: it is a tale
Told by an idiot, full of sound and fury,
Signifying nothing."


Macbeth. Jo Nesbo. Editorial Lumen, 2018
Traducción de Lotte Katrine Tollefsen
El escenario de este Macbeth de Jo Nesbo es una ciudad postindustral, situada en un enigmático norte de Europa, azotada por la crisis y la descomposición social y regida, como verdaderos poderes fácticos, por los dueños de los casinos, los magnates del tráfico de estupefacientes y los políticos corruptos. Hekate posee el monopolio de la droga, protegido por los Norse Riders; Duncan es el jefe de la policía antidroga; y Macbeth, el comandante de la Guardia Real, un cuerpo policíaco extraoficial. Después de una exitosa operación antidroga, Macbeth es nombrado jefe de la sección de Crimen Organizado en detrimento de Duff, su colega y amigo desde una turbulenta infancia de orfanato, que se cree más capacitado para el puesto.

Macbeth es un individuo ambicioso pero leal, pero su esposa, Lady, dueña de un casino y con un pasado difícil, no tiene reparos morales para conminarle a ayudar que las profecías se acaben cumpliendo; su primer movimiento será, pues, asesinar a Duncan mientras duerme en el casino, después de una multitudinaria fiesta. Pero la muerte de Duncan, en contra de las apariencias, no significa el final de una estrategia para escalar puestos en la jerarquía policial sino un movimiento táctico que desencadenará la verdadera tragedia; en esa clave avanza la novela, sin concesiones, hasta un final preparado con mucha solemnidad pero que acaba resultando, al igual que en el modelo que se trata de seguir, la resolución del conflicto que expone Shakespeare, poco verosímil, forzado y algo acelerado.


Macbeth es la primera y única participación de un autor de lengua no inglesa en el Hogarth Shakespeare Project; si bien esa elección puede parecer poco convincente para un lector anglosajón, también es cierto que el método de elección de la editorial justifica que la obra más sanguinaria de Shakespeare le sea concedida a un escritor especialista en tramas oscuras y acciones siniestras.


Puesto ante un desafío como este, Nesbo amplía las escenas originales y efectúa algunos cambios en la nómina de personajes para adaptarlos a una situación bastante más compleja que la que tiene lugar en Dunsinane; otorga más protagonismo a algún personaje secundario -aunque imprescindible-, y se ve forzado a modificar algunos parámetros -no hay bosque de Birnam en la ciudad nórdica sino una vieja locomotora fuera de servicio-. A pesar de conocer lo más elemental de la trama, el desafío consiste en dar contenido al material nuevo, al no puramente shakespeariano, para lo cual, por ejemplo, intercala flashbacks en los que detalla los antecedentes de los personajes principales, pequeñas historias dentro de la misma historia que introducen a los protagonistas y anticipan sus acciones en la trama.

El cambio de formato -la novela es más polivalente que el teatro- también es aprovechado por el noruego para dibujar personajes más complejos, más contrastados y menos arquetípicos, y para explotar las ambivalencias en que se mueven algunos de ellos; en un juego dialéctico que es raro en Shakespeare, Nesbo expone las zonas oscuras que poseen todos los personajes humanitarios, confrontando maldad y virtud, y pone en evidencia que incluso los personajes más perversos pueden llegar a poseer razones si no para disculparles sí al menos para poder comprenderles.


Como no podía ser de otro modo, teniendo en cuenta el género en el que se mueve Nesbo, el noruego maneja a la perfección la tensión narrativa y la progresión de la acción, extremos  que consiguen interesar incluso a un lector no bragado en estas lides, aun cuando el desenlace sea sobradamente conocido. Sin embargo, da la impresión de que avanza algo forzado cuando tiene que ajustarse a la tragedia original -esos puntos de referencia, las diversas cimas dramáticas de la obra de Shakespeare que no se pueden obviar, igual que tampoco puede hacerlo en aquellos pasajes con las intervenciones más conocidas que, excepto en una ocasión, reformula para adecuarlas a la acción-, pero que se desenvuelve con mayor soltura cuando se libra de esa constricción, cuando avanza libre hasta el próximo punto de referencia.
"¿Y qué si la muerte hacía acto de presencia? Sería un final sin sentido, claro, pero ¿acaso no lo eran todos los finales? Nos interrumpen en mitad de una frase de nuestro relato, se queda colgado en el aire, sin significado, sin conclusión, sin un acto final aclaratorio. Un breve eco de la última palabra que dejaste a medio pronunciar y te habrán olvidado. Olvidado, olvidado, ni la más impresionante de las estatuas puede cambiar eso. Quien fuiste, quien eras de verdad, desaparece más deprisa que las ondas en un lago. ¿Cuál era el sentido de esta breve, interrumpida actuación como secundario? ¿Seguir el juego lo mejor que se pueda, aferrarse a las diversiones y los placeres que la vida ofrece mientras dura? ¿O dejar huella, cambiar el orden de las cosas, hacer del mundo un lugar un poco mejor antes de que tengas que abandonarlo? ¿O tal vez el sentido esté en reproducirse, traer al mundo pequeñas criaturas mejor preparadas con la esperanza de que los seres humanos en algún momento lleguen a ser los semidioses que han imaginado que son? O tal vez nada tenga sentido, tal vez solo somos frases sueltas en un murmullo eterno y caótico en que todos hablan y nadie escucha, y nuestra peor premonición resulta ser cierta: estamos solos. Completamente solos."
Calificación: ****/***** 

Macbeth. William Shakespeare.
Versió per a escena adaptada per Joan Flores Constans
Fa uns pocs anys, un company, Abel Coll, actor i director d'escena, amb qui hem compartit algunes adaptacions, em va demanar si podia reformular Macbeth per a una representació teatral per a vuit actors; l'espectacle no es poder dur mai a terme, però a l'enllaç anterior hi trobareu el resultat de l'intent.

Otros recursos relativos al Hogarth Shakespeare Project en este blog:
Shakespeare I: El cuento de invierno y El hueco del tiempo
Shakespeare II: La fierecilla domada y Corazón de vinagre
Shakespeare III: La Tempestad y La semilla de la bruja

24 de abril de 2018

Vuelo a Canadá

Vuelo a Canadá. Ishmael Reed. La Fuga Ediciones, 2018
Traducción de Inga Pellisa
Swille, el coprotagonista de Vuelo a Canadá, es un terrateniente de Virginia que rige su vida y su hacienda según los principios de Camelot, convencido de que su tarea es traer a los Estados Unidos de América el esplendor de los tiempos de Arturo. Un grupo de esclavos de su hacienda, encabezado por Rave Quickskill, el antagonista, se han fugado de la plantación con el propósito de exiliarse en Canadá; Rave, para escarnio de su amo, ha hecho público un poema satírico, llamado también "Vuelo a Canadá", mofándose de Swille y de la esclavitud; ese poema, en la misma medida que la propia fuga, despierta la ira del amo, decidido a tomar medidas para castigar a los esclavos fugitivos y mantener el orden en sus dominios.

Reed acompaña a Quickskill en su periplo a través de Estados Unidos, siempre hacia el norte, de etapa en etapa, en busca la complicidad de los esclavos liberados -poco de fiar debido a esa especie de resentimiento en su relación con quien les hace presente un pasado que pone en evidencia a su presente-; de los blancos abolicionistas -esnobs convencidos de la importancia de su misión, tanto, que esa máxima preocupación puede estar sujeta a cambios a la vista del último conflicto que se ponga de moda-; e intentando escapar de los cazadores de esclavos fugados que le persiguen por orden de Swille. Todo ello con la presencia puntual de vistosos anacronismos y de desternillantes escenas como la de la negociación entre Swille y Abraham Lincoln con respecto a la marcha de la guerra o el atentado contra el presidente visto por televisión desde un sofá con los televidentes en una actitud poco solemne ante el magnicidio.

Los lectores que hayan pasado por la experiencia de leer la obra cumbre de Reed, Mumbo Jumbo, sabrán que más allá de la originalidad de sus tramas y de lo insólito de sus personajes, el verdadero protagonista de sus novelas es la escritura. Vuelo a Canadá (Flight to Canada, 1976, publicado cuatro años después de Mumbo Jumbo) es otra vuelta de tuerca en el conjunto de una obra que más que un cúmulo de textos es una visión del mundo. Si Vuelo a Canadá es el reverso humorístico de La cabaña del Tío Tom, una presencia constante, como una advocación, que actúa como desencadenante de la conducta de los esclavos fugados, como inspiración para sus ansias de libertad y como aglutinante para favorecer la represión de los amos, Reed sería la némesis de Harriet Beecher Stowe.

Reed no desarrolla una acción en el sentido clásico sino que funciona por acumulación: de personajes, que aparecen y desaparecen dejando un rastro que es imposible seguir -y cuya identidad, en el sentido psicológico del término, será trazada a lo largo de cada episodio-; de situaciones, en apariencia inconexas, que irán recolocándose y adquiriendo significación a medida que avanza la acción; y de datos, muchos datos aislados e independientes, que irán configurando la acción, como en un despliegue militar, aunque de forma en apariencia caótica e incluyendo elementos que acaban desperdigados por el campo de batalla, sin un objeto definido, pero que acaban formando parte inseparable del paisaje.

Calificación: ****/*****

20 de abril de 2018

La muerte de Napoleón

La muerte de Napoleón. Simon Leys.  Acantilado, 2018
Traducción de José Ramón Monreal
La muerte de Napoleón (La Mort de Napoléon, 1986), única novela en la extensa obra del escritor belga, es una recreación de los últimos años de la vida del Emperador y podría considerarse una ucronía siempre y cuando aceptáramos que la historia sucedió tal y como nos han contado y no como relata Leys, extremo difícilmente verificable, y ahí reside la singularidad de la novela, porque esa diferencia en el desenlace pudiera haber pasado por alto incluso al observador más atento.

Napoleón Bonaparte consigue escapar de su confinamiento en Santa Elena, con la ayuda de una organización secreta, camuflado como veterano de guerra y dejando en su lugar a un doble, un anónimo sargento de marina; de regreso a Francia en un largo y accidentado periplo de varias etapas, viaja bajo la identidad de Eugène Lenormand, sin ningún contratiempo hasta que en el último trayecto su parecido con el Emperador es percibido por parte de la tripulación, semejanza que conlleva soportar estoicamente las bromas de los marinos que le dan el sobrenombre de Napoleón.

El Napoleón de Leys no es ya el Emperador poderoso que tuvo a Europa a sus pies; la derrota y el exilio le han convertido en un ser solitario, obligado a evitar a la tripulación, y aunque en su ánimo esté recrear su grandeza -y la de Francia, por supuesto-, parece reconocer de forma tácita la imposibilidad de tal proyecto.
"El papel del águila fulminada, del prisionero solitario, del exiliado pensativo, lo interpretaba en aquel momento un oscuro sargento de marina, mientras que el nuevo Emperador no era aún más que un sueño del futuro. Mientras tanto, entre el personaje del que se había despojado y el que aún no había creado, no era nadie. Eugène iba tirando en este intervalo neutro: se había sentido incapaz de creerse con derecho a un destino propio; a lo sumo, podía concederle pequeñas desgracias poco gloriosas y algunos mezquinos momentos de felicidad."
Su papel es ahora el del guardia nocturno que, a bordo, languidece esperando el alba por el simple hecho de que haya luz porque, en realidad, tampoco tiene ningún quehacer con que ocupar las esperadas horas diurnas.

Los malos augurios que parecían ir parejos a la travesía se confirman cuando, en lugar de desembarcar en el puerto acordado, el buque prosigue viaje hasta los Países Bajos. Una vez en tierra, abandonado por sus mecenas y falto de efectivo, el Emperador se siente más Eugène que Napoleón y maldice la suerte de haber cambiado una isla por tierra firme pero que su situación de exiliado, en cambio, siga imponiéndose sobre la esperanza de libertad.
"Piensa. Siempre ha estado poseído del inquebrantable convencimiento de que todos los accidentes de su existencia, hasta los más penosos o fútiles, tenían que contribuir necesariamente de un modo u otro a la forja de su destino. No duda de que el extraño peregrinar de esta mañana tiene que ver también con ese misterioso designio, pero por el momento renuncia a sondear su oscuro significado. Tal vez era necesario revolver aquí la vana sombra de un pasado que se le escapa, para mejor descubrir que ahora el único Napoleón verdadero es ya el que le espera en la cita del futurto, ¡en París, en París!"
Viajar de incógnito permite ser testigo de acontecimientos excepcionales, incluso a algunos a los que la propia identidad impediría asistir; sería semejante, por ejemplo, a la fantasía de la invisibilidad, pero la supera porque permite, al mismo tiempo que la implicación, la participación de forma anónima en los sucesos. Aunque ese incógnito sea para visitar el teatro de la Gran Derrota, la definitiva, el último lugar al que hubiese deseado volver, pues los fantasmas de todos aquellos que murieron por su causa, a pesar de su disfraz, le pueden reconocer a la perfección.
"En una Europa incapaz de imponerle un solo adversario de su talla, el desmembrar estados, dividir imperios, destronar reyes, todo eso en el fondo no era nada para él... Pero he aquí que un oscuro suboficial, simplemente por morir como un loco en un desértico peñasco en el otro extremo del mundo, había conseguido que se alzara en su camino el rival más formidable e inesperado que cupiera pensar: ¡él mismo! Peor aún; no era solamente contra Napoleón contra quien Napoleón debía abrirse camino de ahora en adelante, sino contra un Napoleón más grande que el que era en vida: ¡el recuerdo de Napoleón!"
Sin embargo, el juego del gato y el ratón iniciado con la suplantación de la identidad toma un cariz peligroso cuando uno de los intervinientes, obligado por las circunstancias, deja de dar cobertura a la apuesta y, como consecuencia, o deja sin máscara al desconocido o, en el peor de los casos, compromete su mera existencia.
"Comenzaba a percibir mejor hasta qué punto debe guardarse la grandeza de las añagazas de la felicidad. Lo más brillante de su carrera pasada no era sino un sueño del que por fin despertaba. Sólo ahora entraba en la madurez de su genio; la epopeya de su pasado no era aún más que un embarullado y confuso impulso de juventud en relación con lo que podía llevar a cabo ahora que ninguna emoción, ningún apego se interpondría ya en él entre la inteligencia que concibe y la voluntad que ejecuta. Accedía a un nivel superior de vida, y en estas cimas respiraba a largas bocanadas un aire de una pureza tal que habría abrasado los pulmones del vulgo."
Una vez traspasada la identidad, el presente deja de estar en posesión de un solo individuo para abrir un sendero temporal simultáneo y divergente del que nadie -ni el que ya no es quien era ni el que es el que no era- puede apropiarse en exclusiva. Pero ese es el menor de los conflictos que se desatan, pues su alcance es inmediato y poco compartimentable; el problema verdaderamente importante, decisivo, el que alcanza y determina lo que ha de suceder de ahí en adelante, es hallar la respuesta a la pregunta : ¿a quién pertenece el futuro?

Alta literatura concentrada en poco más de cien páginas; soberbio.

Calificación: *****/*****

16 de abril de 2018

Lincoln en el Bardo. Lincoln al bardo

Lincoln al bardo. George Saunders. Edicions de 1984, 2018
Traducció de Yannick Garcia

Lincoln en el Bardo. George Saunders. Seix Barral, 2018
Traducción de Javier Calvo
Sobradamente reconocido como autor de relatos, Lincoln en el Bardo (Lincoln in the Bardo, 2017) es la primera novela de George Saunders, ganadora del Booker Prize for Fiction  de 2017.

Quien inventó la expresión novela coral seguramente no pensó en una novela en la que intervienen más de ciento cincuenta voces narradoras; por un lado, los vivos, que han dejado por escrito sus impresiones de aquella aciaga noche de la muerte del hijo de Abraham Lincoln; por el otro, los muertos, ávidos de novedades, aburridos de su existencia sin la más mínima variación, incapaces de aceptar su situación y elaborando una serie de eufemismos en apoyo  a su autoengaño -"aquel otro lugar" por el mundo de los vivos, "enfermos" y "caja de enfermos" por muerto y ataúd, "casa para enfermos" por panteón-, cada una contando su historia, la de su muerte y la de lo que les sucedió después; ambos grupos configurando, complementándose, acotándose y, a menudo, contradiciéndose, con aportaciones a veces acertadas, a menudo disparatadas, un relato obsesivo en el que, a través de intervenciones de dudosa veracidad, se intenta llegar a construir una verdad, la historia en sí misma.

La historia se localiza en el cementerio -el hospital para enfermos- de Oak Hill en el transcurso de una sola noche, y bebe tanto de la tradición budista -el Bardo es una especie de purgatorio en el que las almas de los muertos está a la espera de su resolución- como de la occidental, especialmente del episodio de la visita de Ulises al Hades en la Odisea. Abraham Lincoln, desconsolado por la pérdida, vuelve a la tumba de su hijo Willie, fallecido a los once años; Willie se encuentra en el Bardo en compañía de las almas en tránsito, algunas esperando la migración, otras negándose a seguir el proceso habitual, otras incluso impugnando el hecho de su propia muerte. Es en ese abigarrado y dispar grupo de almas, un yo en cambio constante, en quien descansa la voz narrativa que se hará cargo de la historia.
 "Som aquí per gràcia divina, va dir el pastor. La nostra capacitat de persistir està lluny de ser garantida. Per tant, cal que conservem la força, que limitem les nostres activitats a les que ens ajudin estrictament a assolir el propòsit fonamental. No voldríem que, per culpa d'una activitat llibertina, se'ns titllés de desagraïts davant la misteriosa benedicció de la nostra persistència continuada. Puix que som aquí, però quant de temps, o per quina dispensa especial, no ens pertoca pas a nosaltres de..."
Pero también los momentos previos al fallecimiento de Willie, en plena fiesta multitudinaria en la Casa Blanca, tienen su reflejo en la novela; aquí, la voz narrativa se compone de infinidad de citas -¿reales? ¿inventadas? La mayoría de citas que suelen usarse, incluso en publicaciones serias, son manipulaciones, tergiversaciones o atribuciones que no buscan más que dejar el buen lugar al citador; las que no reúnen ninguna de estas características, son directamente falsas-, que fragmentan la acción -como un misaico, pero de teselas rotas-, ofreciendo, también aquí, puntos de vista irreconciliables dada su disparidad.
 "Us espera un judici esfereïdor, em deleixo per dir-los. Mentre sigueu aquí, només feu temps. Sou morts, i mai no recuperareu aquell lloc d'abans. A trenc d'alba, quan us toca tornar als vostres cossos, ¿no us heu adonat del seu estat deplorable? ¿Realment us penseu que aquelles desferres espantoses seran capaces de portar-vos enlloc mai més? És més (diria, si em deixessin): no us permetran que us quedeu aquí fent el ronsa eternament. A ningú de nosaltres. Ens hem revoltat contra la voluntad de Nostre Senyor i arribará el moment en què se'ns subjugarà i marxarem."
Cada intervención, cada una de las voces, mantiene su idiosincracia; las de los vivos, de acuerdo con su procedencia, sean criados, amigos de la familia, periodistas, amas de casa o señoras de la alta sociedad; los muertos -es decir, los enfermos- parodian, lenguaje mediante, la personalidad de su poseedor, y si bien existen algunas voces principales, las de los que acompañan a Willie en su nuevo estado -el pastor Everly Thomas, un anciano víctima de muerte natural, que huyó del Juicio al creer que sería condenado al infierno; Hans Vollman, muerto en un accidente doméstico justo antes de consumar su tardío matrimonio, con graves consecuencias priápicas en la otra vida; y Roger Bevins III, un suicida que se cortó las venas y a quien nadie auxilió-, que, además de  recibir orientar a los recién llegados, se ven obligados a resistir las acometidas de los que ya viven en la eternidad, que intentan convencerles, con buenas o con malas artes, para que abandonen su estado transitorio, concluyen en un múltiple y heterogéneo conjunto que refleja todo lo que tiene de democrático la muerte.
"Digueu-los que estem cansats de no ser res, i de no fer res, i de no importar gens a ningú, i de viure en un estat de por constant, va dir el pastor."
Más que un experimento formal, una estupenda novela.

Calificación: *****/*****