18 de diciembre de 2014

Por la causa

Defender la causa del perdedor es más estético que alinearse con los ganadores. También es más ético, pero esa es otra discusión.

16 de diciembre de 2014

Índice de alcohol en sangre


"El hecho de que un creyente sea más feliz que un escéptico no es más relevante que el que un borracho sea más feliz que un sobrio."
George Bernard Shaw (1856-1950)

14 de diciembre de 2014

Abreviatura

Todas las revoluciones han sido desatadas por consignas; no habrá una revolución definitiva hasta que ésta sea provocada por razonamientos. Aunque tal vez eso sea imposible...

12 de diciembre de 2014

Estadística

Las estadísticas, independientemente de la procedencia de sus datos, y debido a su naturaleza intrínseca de comparar magnitudes, son la incuestionable plasmación de la tiranía de lo real.

10 de diciembre de 2014

Baja extracción

Lo peor del rencor no son los desórdenes físicos y psíquicos que provoca en el individuo, sino que se trata de un sentimiento exclusivo de las víctimas.

8 de diciembre de 2014

Contrición

El hecho de que nos arrepintamos de aquello que hicimos en nuestra juventud no significa que hayamos progresado sino que hemos sido incapaces de asumir nuestros errores.

6 de diciembre de 2014

Tabula rasa

Estamos acostumbrados a oir que la muerte es el único suceso que iguala a todos los individuos. Tal vez, pero me resisto a creer que sea lo mismo para quien significa dejar de sufrir hambre, enfermedad o privaciones que para quien significa que no podrá seguir disfrutando de su mansión, de su exclusivo vehículo de alta gama o de su despampanante yate.

4 de diciembre de 2014

La hoguera pública

La hoguera pública. Robert Coover, Pálido Fuego, 2014
Traducción de José Luis Amores
"Una nación no tiene ni amigos ni enemigos, únicamente intereses; tampoco hay lealtades duraderas en política salvo si están vinculadas a intereses personales."
El 19 de junio de 1953, Julius y Ethel Rosenberg, un matrimonio norteamericano de origen judío, fueron ejecutados en la silla eléctrica en la cárcel de Sing Sing, después de un lamentable proceso judicial en el que se les condenó por un supuesto y nunca probado  espionaje a favor de la U.R.S.S. En un país y en una época en la que el Maccarthismo y la arbitraria "caza de brujas", que involucró a científicos, intelectuales y se cebó especialmente en personalidades públicas y en sujetos relacionados con la industria del cine, intentaban compensar a la vez que avivar los efectos de la guerra fría, la política establecida es la peor crónica de las actividades de las más pestilentes cloacas del Estado. Este suceso, la recreación de los tres últimos días antes de la ejecución de los Rosenberg -que Coover imagina en público en pleno Times Square, en una especie de catarsis pública a la que asisten, en directo, cientos de miles de personas-, es el tema principal de La hoguera pública (The Public Burning, 1977), la tercera novela -que tuvo serias dificultades, antes y después de su publicación- del escritor norteamericano Robert Coover.
"Estar en el centro de las cosas lo era todo y ello significaba no tener nada en exceso para no perder el equilibrio. Salvo poder."
La novela, aparte del matrimonio Rosenberg, tiene tres protagonistas principales: un sexualmente desaforado Tío Sam, la encarnación del espíritu norteamericano; el Fantasma, mediante el que se representa al comunismo internacional, y el a la sazón vicepresidente -y posteriormente, de 1969 a 1974, presidente- del gobierno regido por Dwight D. EisenhowerRichard M. Nixon. El relato se divide en cuatro partes de siete capítulos cada una, separadas por tres intermezzi, y se estructura a través de dos narradores, uno de los cuales se ocupa de los temas generales, de las tramas secundarias, de los comentarios objetivos y de las puestas en situación, mientras que el otro, el que da la versión más personal y, por su propia situación dentro de la historia, el que cuenta "desde dentro", es el propio Nixon; en esa elección es donde se fundamenta uno de los grandes aciertos de la novela, en la caracterización del vicepresidente como el más inútil de los impresentables, un paranoico  corrupto e intoxicador, el epítome del arribista:
"La gente me tomaba todavía por un charlatán de feria, un vendedor de coches usados, un abogado experto en pelotazos; yo era aún demasiado elocuente, demasiado vivo, demasiado lógico."
Por más que, a menudo, tanto por conocer al personaje, que bien dio que hablar años después, como por la propia caracterización que le otorga Coover, el cinismo que se le adjudica parece que necesitaría mucha más inteligencia de la que disfrutaba el vicepresidente:
"Todos los hombres contienen todas las posturas, derecha e izquierda, teísta y atea, legal y anárquica, monádica y plural; y sólo un compromiso artificial -llámese política- con la consistencia los mantiene firmes en posiciones singulares." 
La hoguera pública es una de las novelas más insólitas, alocadas y divertidas con la que ha tropezado este lector, ingeniosa hasta la exageración, y con un narrador que queda integrado con todos los honores en la gran tradición de narradores que en la literatura norteamericana inauguró, tal vez, el Caballero Tristram Shandy. Una versión americana, actualizada, de la parodia más desternillante de El príncipe de Maquiavelo, pero inspirada, redactada y puesta en práctica por el más ridículo de los incapaces, a la vez que un texto que es una espectacular vuelta de tuerca lingüística, satírico y mordaz, sobre la gran pesadilla americana.



Entrevista con Robert Coover a cargo de Los Angeles Review of Books

2 de diciembre de 2014

¿Futuro?

Guy Debord, passage Molière, June 1954
www.bnf.fr
"Quel paradis acceptable pourrons-nous tirer de tant de ruines sans y sombrer?"

Guy Debord, carta a Hervé Falcon, citada en el volumen Guy Debord, un art de la guerre (2013), catálogo de la exposición en la Bibliothèque Nationale de France.

30 de noviembre de 2014

Lecturas de noviembre

El final de la historia. Lydia Davis, Alpha Decay, 2014
Traducción de Justo Navarro
Una mujer recuerda una relación amorosa, excluyente y destructiva, lastrada por los malentendidos y la sospecha, y caracterizada por una enfermiza dependencia -la "historia"- que sostuvo con un hombre, más joven que ella, e indaga acerca de las razones por las que esa relación fracasó -el "final de la historia"-, al tiempo que escribe una novela -la "historia"- en la que detalla los aconteceres que tuvieron lugar mientras duró y para la cual, ya que "la historia había tenido tantos finales que en realidad no acababan en nada y sólo continuaban algo, algo que no cabía en ninguna historia", necesita averiguar cómo darle término -el "final de la historia"-. Este intento de ficcionalizar la experiencia y de explorar la relación del pasado con el relato que podemos hacer de él, esa, en apariencia, doble trama, constituye la primera novela de Lydia Davis, una de las escritoras norteamericanas contemporáneas más respetadas por su magnífica capacidad para el relato corto. El paradigma, y a la vez paradoja, bajo el que ambas tramas se sustentan es que algunos hechos de la vida de uno sólo pueden ser contados en forma de novela: Lydia Davis escribe una novela sobre alguien que ha perdido a alguien, la protagonista de la cual es una narradora anónima en primera persona que nos relata algunos episodios de esa vida en común y que, simultáneamente, escribe una novela sobre su relación -encuentro, relación y, sobretodo, conclusión- con alguien a quien ha perdido. ¿Complejo? Tal vez, pero no en manos de una escritora que ha mostrado, en la distancia corta, un dominio de los recursos narrativos verdaderamente excepcional.
Puesta ante ese desafío, es evidente que uno de los pilares en que debe sostenerse la validez de la novela es la elección del narrador y, consecuentemente, del tono con que ese narrador desgrana la historia: la novela -la que estamos leyendo, no la que escribe la narradora- desborda de descripciones tan peculiares -la mayoría rayan la obsesión clínica, como algunas descripciones de los exteriores de los edificios, especialmente de los jardines, o el inventario de sus rutinas- que acaban proporcionando más información acerca de la narradora que del objeto o de la situación que se describe. Davis ha escogido, para narrar hechos emocionalmente comprometidos, una sorprendentemente verosímil -cuestión de oficio, por supuesto- frialdad expositiva, con frases que cortan no como cuchillos sino como hojas de afeitar: más precisas, más profundas, pero sin mella aparente; como si la supresión de la emoción y del sentimiento interpusiera la distancia necesaria para que el recuerdo fuera perdiendo su capacidad generativa de dolor; y también la ausencia de cronología, en parte, fruto del carácter obsesivo-compulsivo de la narradora, en parte, como una estratagema para modificar los hechos ya contados, añadir elementos favorables o ampliar la información.
Paralelamente a la trama de primer nivel, la historia de la narradora con su pareja, Davis afronta una serie de cuestiones relativas al propio proceso de escritura, a cómo narrar un pasado que sólo puede ser reproducido a través del recuerdo; en definitiva, acerca de la dificultad de escribir sobre de lo que nos ocurrió en el pasado, sobre el mismo acto de escribir, qué se cuenta y cómo, y qué licencias son permisibles: una reformulación que se materializa, en la novela, sin necesidad de inventar situaciones que no se dieron en realidad ni de omitir otras: basta con cambiar algún elemento, alterar el orden de ciertos hechos, efectuar sutiles cambios en una situación o en un personaje determinados para que, al final, la novela acabe pareciéndose no a la realidad sino a lo que la narradora quiere.

El peatón de París. Léon-Paul Fargue, Errata Naturae, 2014
Traducción de Regina López Muñoz
En el intervalo temporal que transcurre entre las dos guerras mundiales, París es el centro del mundo del arte y de la cultura, un foco atrayente para los propios franceses, un faro cuya luz llama a artistas de toda Europa y atraviesa el Atlántico para convertirse en la indiscutible, y tal vez última, capital cultural del mundo. Los ismos, con distinta fortuna, se suceden a velocidad de vértigo, pisándose los talones -y, a veces, los juanetes- con una sola excepción, el inédito, localizable y omnipresente "parisismo". Es este ambiente fértil para la infección sectaria el que facilita la aparición de no tanto el "gran libro sobre París como del libro que los une a todos, el compendio de todos los textos que han tenido a Lutecia como entorno, como excusa o como protagonista, El peatón de París; formalmente, un ensayo a modo de crónica,  del poeta francés Léon-Paul Fargue, pero en realidad un inventario detallado y razonado de recuerdos y sentimientos.
El París de los boulevares, de los muelles y de las plazas, en el que se desenvuelve con agilidad este flâneur, es el marco en el que se desenvuelve la vida real, la de los paseantes, los ociosos sentados en las terrazas y las familias en torno a la mesa al otro lado de las ventanas iluminadas del crepúsculo, pero también la nostalgia por el París que fue, la de los fantasmas de los conciudadanos que también pasearon por esos mismos lugares, todos juntos, en un alegre pasacalle que junta a todos los vivos y los muertos. En definitiva, un homenaje a todos los que han hecho de la ciudad aquello que ha llegado a ser, un agradecimiento por su legado y un reconocimiento por su aportación; aunque aquellos que no estén muertos arrastren los restos de su grandeza con trajes descoloridos, cuellos deshilachados y zapatos sin suela.

Esto es agua. David Foster Wallace, Penguin Random House, 2014
Traducción de Javier Calvo
Había una vez dos jóvenes licenciados que iban por el campus y se encontraron por casualidad con un profesor que iba en sentido contrario; el profesor les saludó con la cabeza y les dijo: “Buenos días, chicos. ¿Cómo va la vida?”. Los dos jóvenes licenciados siguieron andando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es la vida?”.
A partir del día siguiente, los dos jóvenes se levantan temprano, van a su trabajo de licenciados universitarios, trabajan duro diez o doce horas, comen en un santiamén, vuelven a casa, pasando por el supermercado, cenan deprisa y ven la televisión un par de horas antes de irse a la cama temprano porque al día siguiente hay que levantarse y volver a hacerlo todo otra vez. Se van haciendo mayores, se casan, tiene hijos, compran casas cada vez mejores y coches cada vez más potentes, se divorcian y vuelven a empezar. Progresan en su trabajo gracias a su competitividad y alcanzan un nivel de felicidad que les parece aceptable, aunque ciertos asuntos de estrés y de adicciones les acaban causando problemas familiares y profesionales. 
Un día a punto de jubilarse, volviendo del trabajo, sufren un accidente y son ingresados en la UVI; entre las visitas, ven al antiguo profesor; le hacen acercarse y le preguntan: “Profesor, ¿qué era la vida?”. El profesor sonríe y, mirándoles fijamente, les responde: “Atención, conciencia, disciplina, esfuerzo y compasión; todo eso en lo que no habéis podido pensar porque había cosas más urgentes, eso es la vida.”
Hasta aquí la fábula; a continuación, el decálogo de DFW sobre cómo vivir con compasión:
Lo que más cuesta de ver y de explicar es, a menudo, lo evidente.
El valor humano siempre debe superar al valor material.
No importa tanto pensar como saber en qué pensar y cómo.
La forma en que interpretamos la experiencia es fruto de una decisión consciente.
La seguridad de una convicción no asegura su certeza.
Siempre existe otra opción.
Siempre puedes decidir qué tiene sentido y qué no lo tiene.
Siempre debes cuestionar las configuraciones por defecto.
La verdad con V mayúscula tiene que ver con la vida antes de la muerte.
Al final, atención, conciencia, disciplina, esfuerzo y compasión; esto es el agua.
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L'aigua és això. David Foster Wallace, Edicions del Periscopi, 2014
Traducció de Ferran Ràfols Gesa. Pròleg de Vicenç Pagès Jordà
Hi ha dos joves llicenciats que van pel campus i es troben per casualitat amb un profesor que va en sentit contrari; el profesor els saluda amb un gest del cap i els diu: Hola, nois. ¿Com va la vida?. Els dos joves llicenciats segueixen caminant una mica més; al final, lun mira a laltre i fa: Què diantre és la vida?.
A partir de lendemà, els dos joves es lleven aviat, van a la seva feina de llicenciats universitaris, treballen durament deu o dotze hores diàries, mengen en una esgarrepada, tornen a casa, passant per súper, sopen a correcuita i miren ta televisió un parell dhoretes abans danar-sen al llit ben aviat perquè a lendemà cal llevar-se i tornar a començar. Es van fent grans, es casen, es divorcien i es tornen a casar, tenen fills, compren cases cada vegada més grans i cotxes més potents; cauen, saixequen i tornen a començar. Progressen a les seves feines gràcies a la seva competitivitat i assoleixen un nivell de felicitat que els sembla prou aceptable, encara que certs afers deguts a lestrés i a les adiccions acaben causant-los problemas familiars i professionals.
Un dia, a punt de jubilar-se, tornant de la feina, pateixen un accident i són ingressats a la UVI; entre les visites, veuen lantic profesor, fan que sacosti i li pregunten: Professor, què era la vida?. El profesor els somriu i, mirant-los fixament, els respon: Atenció, conciencia, disciplina, esforç i compassió, tot allò en que no heu pogut pensar perquè tenieu coses més urgents a fer, això és la vida.
I fins aquí la faula; tot seguit, el decàleg de DFW referent a com viure amb compassió:
El que costa més de veure i d'explicar és, sovint, el més evident.
El valor humà ha de superar sempre el valor material.
No importa tant pensar com saber en què pensar i com.
La forma en que interpretem l'experiència es fruit d'una decisió conscient.
La seguretat d'una convicció no assegura la seva certesa.
Sempre hi ha una altra opció.
Sempre pots decidir què posseeix sentit i què no.
Sempre has de qüestionar les configuracions per defecte.
La veritat amb V majúscula té a veure amb la vida abans de la mort.
Al final, atenció, consciència, disciplina, esforç i compassió; això és l'aigua.
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Sinfonía napoleónica. Anthony Burgess, Acantilado, 2014
Traducción de Agustina Luengo
Anthony Burgess, el autor de la aclamada Una naranja mecánica, afronta el reto de escribir una historia de Napoleón bajo la forma sinfónica prestada por la III Sinfonía de Beethoven, Heroica, originariamente dedicada a lEmpereur. La trama la formarán cuatro cuadros sobre la vida del corso: Allegro: la campaña europea, la batalla de Marengo y la coronación; Adagio Assai: la retirada de Rusia y la caída; Scherzo: Elba y Waterloo; y Finale: Santa Elena y muerte.
Espantado y superado por la grandeza de La guerra y la paz, Burgess bucea en los ricos fondos de la tradición literaria británica del siglo XIX para alumbrar una novela merecedora del XXI; bajo la advocación de Pickwick, huye del plano general y fija su mirada en lo particular, centrando su interés en cuestiones históricamente episódicas, y mediante rápidos cambios de registro en función de quién tome la palabra o de la escena que de que se trate, presenta a un Napoleón a partes iguales cómico -el polucionador nocturno-, trágico -el Prometeo torturado por las potencias nacionalistas europeas- y, a menudo, grotesco; vertiginosos saltos de escenario sustentados en ingeniosos y ágiles diálogos, un brillante hiperrealismo en las escenas bélicas, la comicidad e irracionalidad de la alta política y el agudo cinismo en las tramas conspirativas. Burgess posee la sabiduría del que ha asimilado a sus precursores y los recursos del escritor de raza, y haciendo gala de un férreo y absoluto dominio del lenguaje, rico, evocador y preciso; desplegando un estilo elegante pero sin pretenciosidad; y ejerciendo un férreo y completo dominio de la trama, homenajea, desde la agudeza más inteligente a la parodia más inverosímil, la que conecta al Lazarillo con Joyce y a Rabelais con Pynchon, a toda la tradición literaria occidental.
Reseña completa en: http://jediscequejensens.blogspot.com.es/2014/11/sinfonia-nepoleonica.html
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Al escritorio. Trilogía alpina I. Werner Kofler, Ediciones del Subsuelo, 2014
Traducción y prólogo de Carlos Fortea
Un guía de montaña y su cliente efectúan un ascensión a los Alpes austríacos, o a la historia alemana, como dice el narrador, "para tener una experiencia"; dando voz a cada uno de ellos, que hablan en su nombre -que no sabemos cuál es, en realidad- y en el nombre de diversas parodias de escritores, políticos y otros personajes públicos del mundo y de la historia germánica -alemana y austríaca- reciente, Kofler aprovecha para ahondar en la dicotomía campo-ciudad, rural-urbano, retraso-progreso; pero también "el autor" aparece en el texto, generalmente para ser denigrado por los otros personajes por su inconsistencia y su pésima calidad, tanto humana como literaria. 
Un incontrolable intercambio de narradores para historias desconectadas que ahondan, ácidamente, en la estupidez de la Humanidad y en los fantasmas de la sociedad austríaca mediante el uso de una serie de claves que permiten, cuando lo hacen, convocar a escritores -con sus correspondientes  referencias literarias, y con Thomas Bernhard, que no sólo inspira confesadamente sino que aparece incluso como "personaje"- y a elementos  relevantes de la cultura y de la política austríacas, con especial atención a su inconfesado pasado nazi, en una desternillante e inclemente parodia.
Kofler alterna fragmentos crípticos, casi indescifrables, con otros de impertinente e impía verborrea, razonamientos circulares, llamadas a un hipotético interlocutor -¿el lector? No siempre, no necesariamente-, por fuerza silencioso -e indefenso-.
¿Resumen? Ufff... A ver: la vida a través de la escritura es la vida real, la única que merece la pena ser vivida. La otra no es más que un remedo, un torpe sustituto no sometido a ninguna regla que ni siquiera puede ser narrado satisfactoriamente. Aunque puede que nada de todo eso que acabo de decir sea cierto.
Brillante, divertida, desconcertante, desafiante; una maravilla.
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Al límite. Thomas Pynchon, Tusquets Editores, 2014
Traducción de Vicente Campos
La aparición de un nuevo Pynchon siempre es un acontecimiento que rara vez desilusiona a sus seguidores -y que confirma en sus reparos a sus detractores-. Esta vez, recreando y subvirtiendo a la vez los códigos de la novela negra, Pynchon nos embarca en una historia que arranca en la crisis bursátil de las empresas tecnológicas, sigue al dinero y a la influencia no siempre bien adquiridos y acaba elaborando una versión conspirativa acerca del atentado del World Trade Center. Como siempre, con ese despliegue arborescente de personajes y tramas marca de la casa, con una suprema habilidad para crear y describir ambientes insólitos y para desenvolverse en ellos con una facilidad que es tan aparente como efectiva, con sus ágiles y ocurrentes diálogos en los que hasta los personajes más estúpidos -y hay unos cuantos en Al límite-, y con el acostumbrado sentido sobresaliente del ritmo narrativo.
Aún conservando ese característico toque de innovación, Pynchon ha escrito una novela formalmente más clásica que algunas de sus obras más voluminosas, reservando el ingenio para urdir una trama polifónica que, excelente por sí misma, se ajusta perfectamente al sentido conspiranoico del tema. Se puede cuestionar la trama y, en función de los gustos personales, el libro puede resultar más o menos interesante, pero en lo que respecta a la técnica narrativa, Al límite es uno de los raros ejemplos de novela perfecta.
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P.S.: Fuera de cuadro, me voy a permitir un pataleo, que concreto en este libro pero que, cada vez con más frecuencia, podría referirse a otras traducciones al castellano.
En la primera página de la edición mencionada, me encuentro con este fragmento: 
“Es el primer día de la primavera de 2001 y Maxine Tarnow, a la que algunos todavía guardan en la memoria con su apellido de soltera, Loeffler...". 
Unas páginas más adelante, el narrador amplía la información sobre la protagonista: 
"En la estela de la separación, todavía inconclusa a día de hoy, de su por entonces marido, Horst Loeffler...". 
Ah, entonces Loeffler ¿es “apellido de soltera” o el apellido que tomó de su marido? Ante la confusión me voy al original: 
"In the wake for her separations, back in what still isn't quite The Day, from her then husband, Horst Loeffler...". 
Pues si esto es así, ¿de dónde sale la primera cita? ¿Es que Pynchon nos pone, ya en la primera página, una trampa para despistarnos? Me voy al original de la primera frase:
"It's the first day of spring 2001, and Maxine Tarnow, though some still have her in their system as Loeffler...".
Supongo que Thomas Pynchon no es un autor fácil de traducir y que el traductor -un trabajo que, por lo que sé, es uno de los peores remunerados de toda la cadena del libro- es tan susceptible de cometer errores como cualquier ser humano, pero uno suponía que de según qué editoriales no salía ningún texto sin revisar ni corregir... En todo caso, errores tan evidentes como éste no hacen ningún favor al texto original pero, y de eso es de lo que me quejo, son también una imperdonable falta de respeto al lector.