19 de octubre de 2020

El final

 

El final. Attila Bartis. Sexto Piso, 2020
Traducción de Judit Faller y Andrés Cienfuegos

«Nada oculta mejor nuestra auténtica realidad que algunas verdades incuestionables».

El final (2015) es la última novela publicada hasta hoy por el autor húngaro Attila Bartis y recoge, bajo la forma de obra de ficción, algunos episodios de la propia vida del escritor enmarcados en una corriente temporal que va desde el fin de la ocupación nazi de su país al final de la IIGM, pasa por la invasión soviética y termina con la caída del telón de acero y la obertura democrática.

András Szavad, el protagonista de El final, es hijo de un padre recién excarcelado después de un proceso por disidencia ―un antiguo profesor detenido durante la invasión soviética por poner un plato de comida en plena calle para detener los tanques, condenado a trabajos forzados y represaliado aún después de su puesta en libertad― y huérfano de madre ―que murió precisamente el mismo día de esa excarcelación, procedentes de una pequeña ciudad húngara y emigrados a Budapest al principio de la década de 1960. Con estos antecedentes, András tardará poco tiempo en darse cuenta de que una vida estigmatizada por la adversidad, las buenas noticias son imposibles y cualquier atisbo de felicidad es un espejismo que revelará, tarde o temprano, su falsedad.

«No veo ningún motivo para acometer una gran historia familiar mientras cuento mi propia vida. Ni valgo para ello, ni creo que tenga viabilidad alguna. Nada puedo preguntarle a mi madre ni a mi padre, y con ninguno de mis abuelos me encontré jamás. Y si digo que no veo ningún motivo para hacerlo, es porque en la historia de mi familia no hay nada especial que destacar, hasta podríamos decir que pese a todas sus peculiaridades, es casi el prototipo de las historias familiares húngaras. O quizá también de las historias familiares de la clase media no judía de la Europa Central. Aunque, según mi opinión, las historias familiares de los judíos son también bastante parecidas. Descontando lo indescontable».

Del mismo modo que uno no puede escoger a su familia y mucho menos a sus antepasados ―unos ascendientes, en el caso de András, sujetos a vaivenes esporádicos de su estado mental que rozarían la locura si no fuera por su falta de intención, y que comparten la extraña afición de observar el mundo a través de extraños artilugios, como si la visión directa proporcionara únicamente una versión incompleta de la realidad o, como dice el padre de András, que le regala una cámara y le induce la afición por la fotografía, se limitara a mostrar solo lo que se ve, tampoco puede hacerlo con las personas que le influenciarán a lo largo de su vida. 

«Por la noche [su padre] llamó a mi puerta y preguntó si podía entrar. Claro, le contesté, pero se quedó en el umbral. Había venido realmente para pedirle que no lo odiara, pero no se atrevió a decirlo. Así que yo tampoco le pude decir que no lo odiaba, que lo que pasaba era que no podía ayudarme, pero que el hecho de que viviera en la otra habitación estaba muy bien. Al final solo dijo que había preparado una sopa de patatas».

András se apercibe ya en su temprana edad de que su vida diaria no va a ser una vida ordinaria  porque la normalidad fue alterada para siempre por unos hechos ajenos al devenir que configuraron un futuro absolutamente imprevisible y que rompieron la sucesión lógica de los acontecimientos. No solo András, que vivió de forma parcial y bastante inconsciente aquellos hechos, sino también sus padres, que los sufrieron en primera persona, vio hurtado su pasado y todos los puntos de referencia que podía hallar en él. Ese desarraigo sobrevenido provoca una omnipresente sensación de desazón ―en el protagonista pero también en el estilo de la narración―, de frialdad en las relaciones, sorprendente en las familiares, de amenaza que no llega a concretarse, lo que la hace más desasosegante, pero que no deja de estar ―o sentirse― presente, y cuya dilación acentúa su carácter intimidatorio.

La concentración de las relaciones personales en grupos exiguos y aislados acentúa la importancia de los relatos familiares, anécdotas que se convierten en leyendas y que se incorporan al acervo de la comunidad ampliando así el número de testigos de unos hechos cuya veracidad es, cuanto menos, sospechosa, como si la familia fuera un organismo unipersonal que absorbe las experiencias de cada uno de sus miembros. En cuanto al medio social en que se ven obligadas a desenvolverse esas relaciones, adquiere un papel preponderante el control opresivo de las autoridades políticas, primero los nazis y después los soviéticos, que provoca una especie de retraimiento que afecta al trato social pero que se extiende también al familiar; el miedo a la arbitrariedad del poder conlleva la abstención en actividades que podrían ser consideradas sospechosas y el terror a la delación desencadena incluso un enfriamiento de las relaciones entre los miembros de una misma familia, limitándose la comunicación a conversaciones que bordean el absurdo por la presencia constante de sobreentendidos, peligrosos en sí mismos por la facilidad de ser malinterpretados.

«Cuando el poder dice de algo que no es obligatorio, dejar de cumplirlo resulta a veces bastante arriesgado. Porque en el inconsciente del poder dormita todo loquenoesobligatorio: los novillos que hayamos hecho faltando a los desfiles del Primero de Mayo, a las excursiones de clase, a las reuniones sindicales...; y cuando casi te ves rogando para que te pidan cuentas de una vez por todas, para que te echen a patadas, te encarcelen, te humillen y rompan en dos tu vida, cuando lo único que te importa ya es poder llegar a superarlo, aún adviertes en sus miradas ese fugaz destello que te dice claro, claro, si tú fuiste el que... »

Los parámetros de la existencia sufren una inevitable transformación cuando se modifican las coordenadas entre las que se enmarca; no hace falta ―o no es imprescindible― que el propio sujeto sufra metamorfosis alguna ya que el solo cambio de sus circunstancias conllevará reacciones inesperadas. Tal vez pueda considerarse como parte de la capacidad de adaptación al medio pero, en realidad, tiene más que ver con la maleabilidad del carácter porque ¿qué clase de adaptación a unas circunstancias desfavorables se puede aducir cuando la reacción esperable, perjudicial para el individuo pero favorable para la colectividad, sería la rebeldía y el enfrentamiento?

«Simplemente no podía discernir qué era lo real, entender que "basta con no mirar las cosas siempre del mismo lado, créeme, hijito mío, Para ello solo tenemos que ponernos enfrente. Al instante veremos entonces lo mismo aunque justo al revés"».

La fotografía es el camino de huida que toma András. En parte, como emulación del padre, también fotógrafo, aunque aficionado, que le regala su primera cámara, un clon soviético, y después una Leica; pero también es la válvula de escape de una realidad sórdida y sin esperanza, la creación de un mundo propio en el que él fija las reglas y que solo a él pertenece; y también materialización de la rebeldía adolescente contra la familia y contra el mundo que ha heredado.

«Llevaba conmigo la máquina fotográfica, algo que no era nada excepcional porque casi siempre la llevaba. Como mi padre el bastón. Sí, creo que la comparación con el bastón viene bastante a propósito. Objetos que se han convertido en una parte del cuerpo y de los que uno está un poco avergonzado. Y de los que uno puede incluso llegar a jactarse, cuando yá a estmáuy avergonzado. Pero antes que nada dan seguridad. Un bastón, unas gafas, una prótesis vavular, una cámara fotográfica..., depende de la enfermedad que padezca cada cual».

Tanto los instantes más livianos y circunstanciales como los más tensos y dramáticos son vistos con el mismo desapego, la misma frialdad, como si el ambiente sórdido que se respira en la ciudad afectara de tal modo al narrador que transformara su mirada en una indiferente neutralidad. Al fin y al cabo, la fotografía toma el papel de una inusual educación sentimental construida por la combinación de presencias indeseables y decisiones impuestas; por la pérdida de una madre y de un padre, y por una orfandad que es una liberación no tanto de la autoridad como de la pérdida de la obligación de emular un precedente imposible.

«Hay quienes sostienen que todo ha acontecido ya en nuestros primeros siete años de vida. No creo que yo pueda afirmar algo así, ni siquiera en el período que va desde mi nacimiento a la muerte de mi padre. Aunque claro, una cosa es segura, estos veinte años son como el gnomon de un reloj de sol. No se mueve. Pero su sombra alargada atraviesa permanentemente el presente. Aunque eso no es un problema».

Luego, ya plenamente adulto y olvidadas, aunque no superadas, las contradicciones adolescentes, el tono de la narración cambia de forma absoluta; a partir de la aparición de Éva, un imponente personaje femenino que por sí solo merecería una novela, el lector asiste a los contradictorios cambios que experimenta András: desaparece la inocencia y se inicia el camino de un cinismo, en parte impostado. A fin de cuentas, la vida no es más que un inabordable listado de ocasiones malogradas, pero lo peor no es la naturaleza de esa pérdida sino que solo seamos conscientes de ella cuando ya no podemos ponerles remedio.

«Estaba sentado en el jardín mirando una hormiga. Iba y venía sin parar. El tramo que recorría era aproximadamente de un metro y medio. A veces se paraba y daba unos pasos a la derecha o a la izquierda, pero al final siempre volvía al camino. El camino, en el fondo, era invisible. Nada lo señalizaba, al menos nada que pudiera justificar que llamáramos camino a un trecho de metro y medio al borde de un suelo de hormigón. Cuando me senté allí, apoyado contra pa pared de la casa, la hormiga ya deambulaba. No sé de dónde había venido. Al principio pensé que podría haberse extraviado. Pero cuando uno se extravía no repite incesantemente, ida y vuelta, el mismo recorrido. Cuando uno se extravía, anda hasta encontrar un camino. O prosigue hasta que se extravía aún más. O acampa y hace fuego, grita, gesticula, emite señales y reza desesperadamente para que lo encuentren. Aquellos pasos que a veces daba hacia la derecha o hacia la izquierda tampoco eran más comprensibles que aquel trasiego de ida y vuelta en un trecho de metro y medio. Al´í no había nada. No había camino, ni alimento, ni más hormigas. Quizá por eso volvía siempre a la senda».

12 de octubre de 2020

Los Terranautas

 

Los Terranautas. T. C.Boyle. Editorial Impedimenta, 2020
Traducción de Ce Santiago

Un consorcio internacional dirigido por expertos en comunicación, con la colaboración de científicos ambientalistas, diseña un experimento que consiste en reproducir el medio ambiente terrícola en una ecosfera, un recinto cerrado aislado del exterior mediante una cúpula de acero y cristal, una verdadera réplica del Edén primigenio, con la idea de preservarlo de la contaminación y de que pudiera servir, dado el caso, como arca de Noé para establecer colonias en otros mundos. Con el fin de reproducir con la mayor exactitud, aceptando las limitaciones de espacio, la vida en la Tierra, se duplican varios ambientes existentes (desierto, océano, selva...) y se puebla con una pequeña representación de las especies vegetales y animales, incluidas  aquellas que suministrarán el alimento necesario, dejando la gestión a un grupo de ocho científicos, cuatro mujeres —una encargada de los animales domésticos, una encargada de biomas naturales, una supervisora de cultivos extensivos y jefa de equipo y una especialista en sistemas marinos — y cuatro hombres —un supervisor de la tecnosfera, un oficial médico, un oficial de comunicaciones y encargado de sistemas hídricos y un director de sistemas analíticos —, que deberán permanecer en su interior, sin ningún contacto físico con el exterior, autosuficientes y autogestionados. Otro equipo de científicos y de comunicadores estarán en permanente contacto, por voz y por imagen,  con los recluidos, y todas sus circunstancias y acontecimientos serán retransmitidos a través de los principales medios de comunicación. T. C. Boyle, un escritor acostumbrado a responder a un desafío en cada una de sus novelas, sitúa Los Terranautas (The Terranauts, 2016) en plena desierto de Arizona en 1994 —reproduciendo un intento real que tuvo lugar entre 1991 y 1994 y cuyas ruinas sirven de testimonio de su fracaso, cuando el desarrollo de internet daba sus primeros pasos y las grandes cadenas de televisión empezaban a presentir las posibilidades de los todavía inexistentes reality show.

«La idea era recrear cinco de los típicos biomas de vida autosuficiente del planeta Tierra; un modelo a escala de un ecosistema que permitiera que los seres vivientes, humanos incluidos, medraran en un ambiente hostil: una estación espacial u otro planeta. D. C. [la cabeza visible de la organización, apodado Dios Creador, D. C.] fue uno de los primeros en reconocer que nuestra especie, por la superpoblación, la industrialización y la temeraria quema de combustibles fósiles, iba bien encaminada hacia la destrucción o por lo menos al agotamiento de los ecosistemas globales y que podía necesitar una válvula de escape [...], nuevos mundos, semillas de vida. No olvidéis que era un experimento, no un producto perfeccionado y terminado, y que como en todo experimento existen limitaciones y que las cosas pueden salir mal, que las cosas salen mal; ahí está la gracia. Así es como se aprende, ¿no? Todos estábamos orgullosos y era un privilegio formar parte de la E2 y de sus investigaciones ecológicas y sociológicas, da igual qué otra cosa hayáis podido oír. De ahí que, sobre todo al principio, el tiempo pareciese tan líquido, tan acelerado, igual que los procesos de la vida en cuanto todo quedó tras el cristal».

El primer intento de experimento, la Misión 1, fracasó por un problema médico de una de las participantes, pero existe un insistente empeño entre las entidades organizadoras y también entre los ocho participantes para evitar cualquier posibilidad de fracaso en este segundo intento, por más que parece ineludible que también en esta tentativa la intención de reproducir en la reclusión el modo de vida exterior acabe colisionando con la inevitable realidad de la contaminación debida a los egos personales de los participantes y con la progresiva e ineludible degradación de la convivencia.

¿Es una quimera pensar que una situación no experimentada jamás va a provocar conductas diferentes en individuos procedentes de una sociedad ya establecida? Lo más lógico, y que no han tenido en cuenta los anteriores experimentos de reclusión voluntaria iniciados a partir de diferentes motivos, es que el término de la ecuación que representan los seres humanos acabarán invariablemente actuando e interactuando entre sí de acuerdo con los mismos patrones con que lo harían en una situación convencional —a diferencia de los animales, cuya conducta sí se ve alterada de forma notable debido al cambio de medio—, motivo por el cual el objetivo del experimento tiene muchas posibilidades de acabar fracasando contaminado por los conflictos personales que se producen entre los participantes. Por si fuera poco complicada la convivencia en la ecosfera, la interacción con las personas del exterior —los amigos, los novios, incluso los dirigentes del experimento— es también origen de continuos conflictos que afectan con más fuerza al término más débil de la ecuación: los recluidos.

Los conflictos en el interior de la ecosfera adquieren una magnitud superior que si ocurrieran en el exterior porque el equilibrio interior es mucho más precario ya que no existen los mismos mecanismos correctores, ni en número ni en intensidad, que fuera de ella. Cualquier incidente, nimio en otras circunstancias, contribuye a una progresiva y acumulativa degradación de las interrelaciones entre los miembros del grupo, acentuando las diferencias y magnificando los enfrentamientos hasta extremos que afectan a la misma esencia del experimento.

Incluida entre las novelas que tienen lugar en sistemas cerrados —la referencia inevitable, aun con la diferencia de la voluntariedad, es El señor de las moscas, con varias alusiones explícitas a lo largo del texto—, Los Terranautas explora el efecto del factor humano en las relaciones en entornos aislados. Boyle, un novelista de oficio en el mismo sentido que los grandes novelistas del siglo XIX, erige un texto de construcción casi perfecta, sin fisuras ni interrupciones, cediendo el papel de narrador a tres personajes implicados en la acción: Dawn Chapman, la encargada de animales domésticos, una mujer insegura, susceptible y recelosa; Ramsay Roothhoorp, el oficial de comunicaciones, hipermotivado, dispuesto a cargar con más responsabilidades de las que puede asumir, seductor, tramposo y mentiroso; y Linda Ryu, una de las descartadas en el proceso de selección, conspiranoica, resentida, insegura, peleada con el mundo por su exclusión y con complejo étnico. Esa triple voz, aparte de facilitar tres puntos de vista distintos con respecto a los sucesos dentro y fuera de la ecosfera, a menudo ofreciendo versiones opuestas de un mismo hecho —extremo que impide al lector averiguar qué hay de cierto en cada una de las versiones ofreciendo un ejemplo canónico de una de las circunstancias más excitantes del género novelesco, el narrador no confiable—, escogida entre todas las posibles, manifiesta también una cuestión de economía narrativa y de centralización de la acción que solo puede ser efectiva cuando el autor domina la técnica y es capaz de plegarla a sus deseos, no ya sin que quede afectada la estructura ni la comprensión, sino constituyendo uno de sus mayores méritos.

28 de septiembre de 2020

Al filo de la razón

 

Al filo de la razón. Miroslav Krleza.  Xordica Editorial, 2020
Traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek


«Rodando toda la vida entre desagradables cantidades de estupidez humana, a veces tenía la sensación de estar en el buen camino para apartarme y empezar a seguir la senda de mi propia lógica, pero luego siempre ocurría algo que me confundía, de manera que nunca di el último adiós consecuente a todos ni viví mi propia vida. La guerra, los viajes al frente, mi amor desgraciado y turbio con Vanda (una medio húngara fantástica, exaltada), un giro completo en mi vida, la carrera, el matrimonio con Agneza, tres hijas en siete años, un relativo bienestar material, prácticas en los juzgados, exámenes, trabajo en la administración pública, viajes por el extranjero, una casa recién construida, hijas recién nacidas, enfermedades en el hogar, obligaciones sociales, la oscura e inmóvil pereza innata de los humanos, todo eso era en realidad una olla bastante grande y pesada llena de espesa mermelada negra dentro de la cual uno no pasa hambre, pero acaba bastante pringado, como con cualquier mermelada».

La estupidez humana parece ser un fenómeno a prueba de cualquier tipo de cuestionamiento, tan homogénea, omnipresente y autosuficiente que se diría de origen divino y con carácter de constante universal. Su supervivencia y el mantenimiento de su dominio está bajo el cuidado de un selecto grupo de individuos mediocres, falsos e inútiles, por lo general funcionarios, militares o simples burócratas —con la proporción equivalente de servidores de Dios— permanentemente ocupados en crear impedimentos para los procesos más sencillos y en imposibilitar el progreso de resolución en los que puede rastrearse alguna señal de dificultad.

El poder abductor de la estupidez es inconmensurable: jamás le faltan aliados, públicos o privados, que procuren por su progreso; pero es que, además, sus tentáculos se han imbricado en el sistema hasta tal punto que este se halla encaminado hacia ella por pura inercia: "con la gente, acaba uno apestado, pero se está caliente".

Cómodamente instalado bajo el cobijo de esa estupidez, el protagonista de Al filo de la razón (Na rubi pameti, 1964), un abogado con una forma de vida canónica —casado, padre de tres hijas, vivienda en el centro, buen empleo en la industria nacional—, da vueltas y más vueltas en el carrusel de feria cuyo movimiento es pura ilusión, un mundo de pura apariencia en el que todo es un remedo de la realidad que se sostiene únicamente por la fe de los participantes.

«Porque un hombre puede llegar a los sesenta años sin haber vivido nunca, ni por un instante, su propia vida. Primero los diversos fastidios de una infancia atolondrada y dispersa, después el romanticismo, las guerras, las aventuras, las mujeres y las borracheras en el arrebato medio enceguecido de la juventud temprana, todo fue, ¿cómo decirlo?, al galope; uno no tiene tiempo ni de volverse en esa carrera alocada de acontecimientos y caras y, cuando me detuve para recuperarme por fin y averiguar serenamente lo que me sucedía, resultó que en el espejo se estaba mirando un vejete desfallecido, con ojeras y paradentosis, un ridículo pellejo inflado con la nuca grasienta y la papada hinchada de gallo, figura triste de un imbécil calvo seboso y vago que sujeta en la mano una espada de madera de juguete, convencido, un tanto paranoicamente, de que esa frágil caña es una espada de puro testimonio moral con el que se puede combatir por el honor de la bandera y la honradez contra una entera civilización pequeña, atrasada y ridícula».

Es el dominio de las pautas de comportamiento fijadas, inamovibles, basadas en la pura apariencia, con respuestas establecidas a las que no se permite variación. Cualquier alteración, incomprensible para los elementos convencidos, es una falta imperdonable que se castiga con el destierro al desierto de la realidad. En virtud de ese corporativismo, cuando el protagonista le afea a su anfitrión, un potentado socialmente respetado en virtud de aquella estupidez irreductible, su responsabilidad en un incidente que acabó con la vida de cuatro personas, el procedimiento de autodefensa del sistema se pone en marcha para eliminar a ese elemento discordante, un proceso del cual la expulsión es solamente el primer paso.

«En nuestra pequeña urbe de cotorras, el incidente del viñedo adquirió proporciones escandalosas. Empezó una cacería en la que yo me encontré de la noche a la mañana completamente solo en medio de un avispero envenenado de prejuicios y de estupidez ignorante. Todo comenzó tontamente, igual que la Invitación al vals de Carl Maria von Weber, la pieza preferida de la hija del farmacéutico, mi esposa Agneza».

La calumnia, el recurso de los que no pueden o no saben recurrir a la razón y carecen de argumentos que se sostengan en la verdad, se extiende como una mancha de aceite en la engreída comunidad cuya moralidad se ve cuestionada cuando se ha censurado a uno de sus más ilustres representantes. Consciente de la realidad de sus conciudadanos pero, a pesar de ello, sorprendido por la reacción unánime de quienes hasta ese momento se consideraban sus colegas, el protagonista, en lugar de retractarse —el puente de plata le es ofrecido con insistencia como la solución menos onerosa para ambas partes— y de convertir la tempestad en un desgraciado incidente incapaz de alterar el benévolo clima de sumisión y adulación, toma la determinación de desenmascarar, al precio que sea, la hipocresía de aquellos que, antes del incidente, reían sus gracias con la misma fiabilidad con que ahora levantaban falso testimonio contra él. De hecho, si de alguna cosa se arrepiente es, siendo como era consciente de la putrefacción de la buena sociedad local, de no haber levantado con anterioridad el velo de esa calavera que se hacía pasar, con el beneplácito de sus fieles, por una Isis en realidad nada  misteriosa.

«Al tratar a la gente como inválidos o enanos dignos de lástima, tenía mi propio método, un método de compasión y simpatía por los infelices que no se habían construido un juicio propio, suyo, original, y por lo tanto no podían tener ni moral ni voluntad propia, y no tenían la culpa de ser en nuestro àspic nacional la masa gris blandengue, cocida, mediocre, del analfabetismo generalizado, de la falta de cultura y de la parálisis».

La primera víctima de un linchamiento colectivo no es quien lo padece sino la verdad; la segunda, la razón; y la tercera, la realidad. La verdad es vencida por la unanimidad premeditada y cómplice, siempre del lado de quien ostenta el poder; la razón sucumbe ante el predominio de las circunstancias, que cambian el marco de referencias para adecuarlo a cada situación; y la realidad desaparece en su conflicto con el relativismo y la adjudicación del mismo valor para todas las opiniones. En cuanto al objeto del linchamiento, acaba convertido en una marioneta inerme en quien la sociedad biempensante descarga sus propias frustraciones, llevadas en volandas a través de los límites de su estupidez.

La hetereogénea jauría de hipócritas que declaran las hostilidades al protagonista lo hacen en nombre de la moral; de hecho, este los agrupa bajo la condición de moralistas, aunque las razones que aducen tienen más que ver con la estrechez de miras, con la defensa a ultranza de uno de sus elementos más destacados y con las convenciones de clase que mantienen al grupo en un remedo de unidad y de coincidencia de intereses, una ficción producto de la sugestión en la que cada elemento consigue su cuota de influencia y de poder, una ficción que no puede permitirse la menor discrepancia si quiere mantener una cohesión interna que favorezca su mantenimiento.

Ningún estamento social puede sustraerse a la influencia de los moralistas y actuar de forma neutral, ni siquiera la justicia y sus instituciones asociadas. Inculpado gracias a una acusación falsa y con pruebas amañadas de manera ilegal, el protagonista, que renuncia inicialmente a su defensa aceptando los cargos que se le imputan, es juzgado por un tribunal corrupto en un simulacro de juicio cuya sentencia está dictada antes de su celebración, hallado culpable de todas las acusaciones —y que tienen que ver con la moral y no con hechos delictivos— y condenado, no sin antes recuperar su derecho a la defensa y poner en evidencia el pasado delincuente del denunciante y su recusación del juez encargado del caso por prevaricación, a una breve estancia en la cárcel por haber atentado contra el honor del más digno de los representantes de la comunidad.

«"Yo, por supuesto, no puedo probar que Domacinski tenía la intención real de dispararme, no puedo probar que sacó el revólver, no puedo probar nada de nada respecto a Domacinski porque Domacinski no es un hombre, no es un individuo, no es una figura concreta, sino que es un concepto, una imagen, es toda una situación condicionada por circunstancias y relaciones sociales, así que, ¿qué sentido tiene reñir con cañones, con arsenales, con barcos de vapor, con chimeneas, con clavos patentados y orinales de latón que se exportan a Persia?"».

El mundo tal como lo conocemos y del que la sociedad provinciana de la que forma parte el protagonista de Al filo de la razón no es más que una muestra representativa, se desenvuelve a golpe de prejuicios morales, de "visiones del mundo" tan parciales como interesadas.

«Una "visión del mundo" la que sea, de quien sea y consagrada donde sea, se compone siempre de una serie de imágenes, ideas, emociones, que han analizado y desarrollado intelectualmente unos cerebros, sin ninguna duda perspicaces, incluso podría decirse que capaces, pero a pesar de todo lo suficientemente ladinos como para ponerse al servicio de una mentira consagrada que viaja en coche cama mientras miles de personas agonizan, que se refresca a la sombra de abanicos egipcios como una momia viva en su silla de oro mientras millones de personas se pudren a causa de la peste».

La supervivencia de ese tipo de sociedades depende de dos factores relacionados con esos prejuicios: de la posesión de una elaborada "visión del mundo" propia y del índice de compatibilidad de ese prejuicio con los correspondientes a los que sustentan posiciones de poder. En todo caso, la incompatibilidad no es una falta grave porque puede subsanarse —mediante la negociación o la imposición, la dádiva o el soborno; los medios son innumerables y existe una gradación infinita de las intensidades—, lo realmente grave, el individuo peligroso es aquel que se niega a poseer una de esas "visiones del mundo" y lo somete todo al dictado de la razón.

«—Usted no comprende una cosa, querido joven, que las "visiones del mundo" se enjambran a lo largo de los siglos como las chispas de las hogueras de mayo. Todas esas innumerables "visiones del mundo" que conocen la respuesta de cada pregunta, y la solución de cada enigma, titilan en la oscuridad de la conciencia humana desde hace una eternidad, quizá veinte o treinta mil años. Estas "visiones del mundo" saltan como chispas de un tizón para apagarse a los pocos segundos, mientras que las tinieblas de la conciencia humana, ya lo ve, siguen siempre igual: ¡igual de densas, igual de enigmáticas e igual de oscuras! [...] Como en las selvas malayas reptan las culebras repugnantes, así reptan miles y miles de "visiones del mundo" por este globo terráqueo, y a ver quién es capaz de orientarse sin temor en esta aglomeración de realidades vitales y de creerse a salvo de cualquier peligro intelectual, seguro de que mañana nadie echará su "visión del mundo" a la basura entre los montones de chatarra [...] El que cree que su "visión del mundo" es una verdad científicamente verificada y por lo tanto sabe y no cree, o "cree porque sabe", es exactamente igual que un creyente que cree no porque sabe, sino porque no sabe que no sabe, es decir, que cree».

La estancia en la cárcel, que de ninguna manera representó ni un tremendo castigo ni la supuesta rehabilitación, le sirve al condenado para reflexionar acerca de su situación y, sobre todo, para convocar episodios de su pasado, en la época en que no había caído aún bajo las garras de esa sociedad dominada por la hipocresía y la pretenciosidad, cuando era posible dejar pasar el tren que conducía a esa estación sin retorno. Es en su reclusión donde recupera su fe en el ser humano no manipulado por el interés ni sumergido en la malevolencia, en el hombre común con atributos comunes y aspiraciones comunes, de mirada franca y requerimientos inocentes; ese hombre corriente —como su compañero de celda, un pobre  diablo que pasó sus mejores años en los campos de batalla y que, aunque sin estudios, llegó a comprender el verdadero sentido de la vida y la esencia de la humanidad—  que él tuvo a su alcance y que desechó ante el oropel de la burguesía y el ansia por la notoriedad.

«Es una noche estival, pero ya hay hojas enfermas. Esta mañana el viento trajo a la ventana de nuestra celda una hoja amarillenta, tísica, medio podrida, con las manchas inequívocas de la muerte. En el patio de la prisión había estacionado una carreta de campesinos: descargaban leña en la leñera, y yo, observando la mezcla caótica de paja y orina, bosta de caballo y corteza de haya (que había quedado después de la entrega de la madera), descubrí en el barro una castaña olvidada, arrancada, medio madura. Este fruto había llegado rodando al patio gris y alguien lo había aplastado con el talón de metal, quedando de manifiesto que, en sí misma, en su interior, en su conciencia más oscura, esta castaña ya estaba completamente preparada para la muerte: en la redondez interior del fruto, lechoso y durante el verano hinchado y jugoso, empezaba a esparcirse el color de la madurez en un tono marrón claro, como de café con leche, por lo tanto, del propósito alcanzado, del círculo cerrado, del acabamiento, de la insustancialidad, del fin, es decir, de la muerte».

Del mismo modo que la reclusión no consiguió quebrar sus principios, tampoco sus enemigos consideraron satisfecho su afán de venganza y retomaron su censura, ahora pública y explícita, corregida y aumentada como si el tiempo en que el protagonista estuvo fuera de su alcance se hubiese acumulado la presión que ahora, de nuevo a su merced, se liberara en una sola explosión: acusaciones en público, confirmaciones de rumores, altercados en lugares concurridos, denuncias falsas, testimonios amañados, impertinencias malintencionadas y campañas de desprestigio orquestadas por periódicos sobornados.

«Para ser más precisos: allí yace masacrado el concepto de ser humano. Han degollado al hombre. Han masacrado al hombre como tal y, en una noche oscura, lo han enterrado para siempre en un viñedo. ¡Y el resto no es más que puro decorado! Aquellos que han liquidado el concepto del hombre tienen escultores que les erigen monumentos, pueden tener moralistas que argumenten científicamente la necesidad de semejante cirugía política, pueden tener periódicos, su prensa que en interés de sus dividendos falsifica los hechos, se pueden escribir monografías sobre ellos en lujoso papel holandés con impresión a cuatro colores [...], para ellos se puede organizar un ejército entero de "visiones del mundo" oportunas, pero, a pesar de todo, bajo sus victorias, bajo esos banquetes solemnes y los fuegos artificiales, bajo el estruendo de las campanas de iglesia y de las rotativas, bajo el abucheo pagado y el alboroto cotidiano de la estupidez y de la infamia, subyace una verdad irrefutable: el concepto del hombre, degollado, masacrado, violado, ensangrentado... »

25 de septiembre de 2020

Trilogía de Thomas Cromwell

 

En la Corte del Lobo. Hilary Mantel. Destino, 2020
Traducción de José Manuel Álvarez Flórez

Descendiente de una humilde familia de artesanos, Thomas Cromwell, después de una difícil infancia llena de privaciones y de golpes de su padre borracho, desarrolla la capacidad de hacerse imprescindible a su patrón ―el primero de ellos Thomas Wolsey, arzobispo de York, legado pontificio y Lord Canciller de Enrique VIII justo en el inicio del proceso de anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón― tanto en la fortuna como en la adversidad, y de sacar provecho de ambas circunstancias: un hombre en la sombra que sabe mover sus piezas escondiendo la mano, consiguiendo siempre que alguien emprenda la tarea que le beneficia aunque perjudique al ejecutor.

Pero el protagonismo de Cromwell en En la Corte del Lobo (Wolf Hall, 2009) es indirecto, y ese es tal vez el logro narrativo de mayor entidad de Mantel que, en lugar de hacer descansar la trama en él, construye una telaraña narrativa que comienza con la caída en desgracia de Wolsey, sigue con el ocaso y muerte de Thomas Moro y termina con el ascenso y el inicio de la inevitable caída de Ana Bolena, y convierte al secretario real en una la sombra que se cierne sobre cualquier acto, por nimio que pareciera, en el que esté implicada su Majestad o cualquier otra persona que le concierna. Si tuvieran que resumirse las 746 páginas del volumen en una sola palabra, esa podría ser intriga.
«El destino de los pueblos se hace de este modo, dos hombres en habitaciones pequeñas. Olvida las coronaciones, los cónclaves de cardenales, la pompa y los desfiles. Así es como cambia el mundo: la carta que se empuja sobre una mesa, un trazo de pluma que altera la fuerza de una frase, el suspiro de una mujer cuando pasa dejando en el aire un rastro de azahar o de agua de rosas; su mano cerrando la cortina del lecho, la discreta visión de piel sobre piel. El rey (señor de generalidades) debe aprender ahora a trabajar el detalle, conducido por la codicia inteligente. Como hijo de su prudente padre, conoce a todas las familias de Inglaterra y lo que tienen. Ha registrado sus posesiones mentalmente, hasta el último curso de agua y el último soto. Ahora van a quedar bajo su control los bienes de la Iglesia, necesita conocer su valor. La ley de quién posee qué (la ley en general) ha adquirido una complejidad parasitaria, es como el fondo de un navío cubierto de percebes, como un tejado resbaladizo de musgo. Pero hay suficientes abogados, y ¿cuánta habilidad hace falta para raspar lo escrito cuando te dicen lo que debes raspar? Los ingleses pueden ser supersticiosos, pueden tener miedo al futuro, pueden no saber lo que es Inglaterra, pero no escasea entre ellos la habilidad de sumar y restar. Westminster tiene un millar de plumas raspadoras, pero Enrique necesitará hombres nuevos, piensa, nuevas estructuras, un pensamiento nuevo. Entretanto, él, Cromwell, pone en marcha a sus emisarios. Valor ecclesiasticus. Lo haré en seis meses, dice. Nunca se ha intentado una tarea igual, es cierto, pero él ya ha hecho muchas cosas que nadie había imaginado siquiera».

Una reina en el estrado. Hilary Mantel. Destino, 2020
Traducción de José Manuel Álvarez Flórez

El segundo volumen de la trilogía de Thomas Cromwell desplaza el centro de atención de la trama desde los grandes movimientos políticos a la privacidad de la corte de Enrique y, en particular, a la relación de este con su nueva esposa, la arribista Ana Bolena, en quien está depositada la esperanza de sucesión masculina que pueda prevalecer sobre María, la hija que concibió con Catalina. Sin embargo, esa esperanza se malogra con el nacimiento de Isabel y la posterior imposibilidad de la reina ―o del rey, o de ambos, por incomparecencia― para engendrar más hijos.

Una reina en el estrado (Bring Up the Bodies, 2012) sigue pues la caída de Ana Bolena en la consideración de Enrique debido a esa imposibilidad, el ascenso de Jane Seymour y el papel primordial de Cromwell en todos los movimientos cortesanos, principalmente en el repudio y posterior ejecución de la reina. Se acentúan las intrigas en la corte, que se incrementan cuando fallece Catalina y Ana pierde el hijo que estaba esperando. Cromwell, mediante hábiles movimientos, va cerrando el cerco sobre la reina repudiada mediante las amenazas a sus partidarios y los halagos a sus enemigos.

La acción se ralentiza porque Mantel concede a las intrigas un tiempo de incubación inviolable, insalvable. Las personas toman el lugar de los hechos y, una vez han pasado por la residencia de Cromwell, ni las unas ni los otros volverán a ser lo que fueron. La palabra clave es evidente: conspiración.
«Todos nuestros trabajos, nuestras estratagemas, toda nuestra sabiduría, tanto la adquirida como la fingida; las estratagemas del Estado, los pronunciamientos de los letrados, las maldiciones de los eclesiásticos y las graves resoluciones de los jueces, sagrados y seculares, todas y cada una pueden ser derrotadas por el cuerpo de una mujer, ¿no es así? Dios debería haber hecho sus vientres transparentes y nos habría ahorrado así la esperanza y el temor. Pero tal vez lo que crece allí dentro tenga que crecer en la oscuridad».

El trueno en el reino. Hilary Mantel. Destino, 2020
Traducción de José Manuel Álvarez Flórez

(The Mirror and the Light, 2020)

Thomas Cromwell sigue acumulando poder en la corte y consideración ante el rey, pero empieza a ser consciente de que en cada ascenso ha dejado innumerables cadáveres a su paso y a temer que esa ristra de represaliados vuelva para ajustar cuentas: los fieles a Catalina y los partidarios de Bolena, los pretendientes al trono descendientes de la Casa de York, los papistas seguidores de Thomas Moro y todos aquellos no adscritos que han sufrido su autoridad.
«Todos hemos oído los sermones. Podríamos escribirlos nosotros mismos. Pero somos vanos y ambiciosos a pesar de eso, y nunca vivimos tranquilos, porque nos levantamos por la mañana y sentimos la sangre corriendo  por las venas y pensamos, ¡por la Santa Trinidad! ¿La cabeza de quién puedo destrozar hoy? ¿Qué mundo hay a mano, para que yo lo conquiste? O pensamos, como mínimo, si Dios me hizo un tripulante de este barco de los locos, ¿cómo puedo asesinar al capitán borracho y conducirlo a puerto sin hundirlo?»
A sus cincuenta años, Cromwell empieza a sentir remordimientos por algunas de sus intrigas; visita con frecuencia su pasado, intentando encontrar justificaciones cuando se convence que la obediencia a Enrique no le basta para justificarlas. Sigue actuando por inercia y por lo que se espera de él, pero las sombras de sus actos le acosan. 
«Eso es lo que queremos, piensa él: ayuda en la prosperidad. Podemos prepararnos para resistir  los siete años de vacas flacas. Pero cuando llegan los años de abundancia, ¿estamos preparados? Nunca sabemos cómo afrontarlo cuando empezamos a gozar de una situación privilegiada».
La narración se vuelve introvertida y oscura; los hechos pierden prevalencia ante los remordimientos de conciencia de un hombre cansado. Tal vez empieza a darse cuenta de que los tiempos están cambiando y él, que ha pasado de ser útil a necesario y de necesario a imprescindible, se está convirtiendo en un incordio.
«Julio. Las noches son cortas. Cuando la luz empieza a esfumarse, envía al muchacho otra vez a buscarle la cena mientras él piensa en el Cielo y el Infierno. Cuando se imagina el Infierno solo puede pensar en un lugar frío, un páramo, un muelle, una marisma, un desembarcadero, Walter [su padre, Walter Cromwell] en la lejanía gritando, luego los gritos van acercándose. Así es como será: no el dolor en sí, sino el temor constante al dolor; el temor constante a incurrir en culpa, la certeza de que vas a ser castigado por algo que no podrías evitar y que ni siquiera sabrías que estaba mal; y la discordia será constante en el Infierno, repitiéndose siempre y siempre, con una violenta y constante discusión en la habitación contigua. Cuando piensa en el cielo lo imagina como una vasta fiesta organizada por el cardenal [Wolsey]; como aquel campo de Picardía, el Campo de la Tela de Oro, con palacios construidos en terreno insólito y marginal, acres de cristal claro captando el sol. Pero su amo lo habría construido en un clima más suave. Tal vez, piensa, mañana a esta hora yo habite en una ciudad más amable: las sombras azules alargándose, los últimos rayos del sol suavizando las líneas de los campanarios y las cúpulas; damas en nichos entregadas a sus oraciones, un perrillo de rabo emplumado paseando por las calles; palomas indiferentes posándose en torres doradas».
Narrativamente, la acción pierde fuerza; los hechos parecen seguir una pauta fijada, invariable, iniciada por acontecimientos que casi nadie recuerda pero que proyectan su alargada sombra sobre un presente inestable y volátil. Mantel se concentra en la conciencia de Cromwell y muestra el franco y progresivo retroceso de su seguridad en las propias fuerzas y en los defectos de su intuición.
«He tenido mi alma durante diez años, piensa, aplanada y presionada hasta el punto de no alcanzar siquiera el grosor del papel. Enrique me ha molido y molido en el molino de sus deseos, y ahora que estoy reducido a polvo y ya no le soy útil, se me espolvorea al viento. Los prínciupes odian a aquellos con los que han incurrido en deuda».
Enrique ha conseguido, por fin, un heredero, pero la madre, Jane Seymour, murió por una fiebre puerperal. Cornwell siente que el cerco del descontento de Enrique, injustificado ―o fundamentado por los mismos motivos que antes le halagaban―, se cierra en torno a él. 
«—Yo discuto —dice él — para conseguir que él [Enrique VIII] discuta también, para hacerle decir lo que piensa y lo que quiere. Siete años llevo a su lado viéndole seguir un rumbo. Le encontré en marea baja, había desaparecido el cardenal [Wolsey] que era el capitán de su barco; se hallaba privado de buenos consejos, atormentado por ansias intermitentes, frustrado por sus asesores, paralizado por sus propias leyes. Yo llené su tesoro, hice sólida su moneda; despaché a su vieja esposa y le conseguí una nueva de su propia elección; mientras hacía esto, moderaba su temperamento y le contaba chistes. Si, como una princesa en un cuento de hadas, pudiere haber hilado un bebé con la paja, habría trabajado sin descanso para conseguirlo. Pero él tiene ya su príncipe. Ha pagado un precio por él, pero la buena suerte nunca es gratis. Ya era hora de que él supiese eso; era hora de que se hiciese mayor».
El rey va acabando, con la inestimable ayuda de Cornwell, con los pretendientes al trono con el  fin de mantener su línea sucesoria, un hecho que provoca la diferida excomunión y el reavivamiento de las hostilidades, de momento verbales, con Roma, con el rey de Francia y con el emperador; tal vez por esa razón, y espoleado por la traición de algunos de sus oponentes ―y con la colaboración de ciertos personajes que se ganaron su confianza―, Cornwell es encerrado en la Torre, procesado y ajusticiado, compartiendo destino con Wolsey y Moro.
«El poder está en manos de lector, no del que escribe».

21 de septiembre de 2020

La guerra de los pobres

La guerra de los pobres. Éric Vuillard. Tusquets, 2020
Traducción de Javier Albiñana

«"¡No son los campesinos quienes se sublevan, sino Dios!", cuentan que dijo Lutero, al principio, en un aterrado grito de admiración. Pero no era Dios. Eran sin duda los campesinos los que se sublevaban. A no ser que llamemos Dios al hambre, la enfermedad, la humillación, la penuria. No se subleva Dios, se sublevan la servidumbre, los feudos, los diezmos, el decreto de manos muertas, el arriendo, la tala, el viático, la recogida de la paja, el derecho de pernada, las narices cortadas, los ojos reventados, los cuerpos quemados, apaleados, atenaceados. Las querellas sobre el más allá nos llevan en realidad a las cosas de este mundo».
Los cambios que produjo la traducción de la Biblia, principalmente al alemán y al inglés (entre 1521 y 1536) y, con la llegada de la imprenta (1440), su popularización, provocaron que sus efectos trascendieran a la propia doctrina; por primera vez, todo aquel que supiera leer podía acceder a la fuente de su religión y, además, podía hacerlo con relativa facilidad. No es extraño, pues, que el siglo XVI —el siglo de la Reforma y del Concilio de Trento— alumbrara algunas de las herejías más radicales y, a la larga, más persistentes; sin embargo, el poder de la Iglesia —es decir, de Roma— de la época podía considerarse omnímodo y, ante ese hecho, aunque no faltaron las disputas puramente teológicas, amplias capas de la sociedad, en particular las más insignes y las más desamparadas, intentaron recolocarse en el tablero de la nueva partida; los unos, enlazando sus privilegios con el devenir de las orientaciones dominantes en la jerarquía eclesiástica; los otros, mediante la fuerza. No hace falta decir la diferente fortuna que cosecharon ambas rebeliones.

Dos siglos después de la Peasants' Revolt inglesa, la revuelta pasa el Canal de La Mancha y, en Bohemia, Jan Hus recoge el testigo; acaba en la hoguera, pero la semilla del levantamiento, caída en tierra fértil, germina: un vehemente e impulsivo predicador de Zwickau —una ciudad de burgueses y artesanos— que ha leído la Biblia y se apercibe de que la doctrina oficial no acaba de coincidir con sus prescripciones, se rebela desde el púlpito contra la parcialidad de la política de Roma, la poca adecuación de sus principios a la que debería ser su fuente y la arbitrariedad del sistema de las bulas papales. 

Ese predicador es Thomas Müntzer, el protagonista principal de La guerra de los pobres (La guerre des pauvres, 2019). El cristianismo de Müntzer es el de la cruz dentro de la Iglesia y de la espada fuera; la primera es cosa de los sacerdotes; la segunda, debe empuñarla el pueblo. No hay que esperar al Reino de Dios, hay que traerlo a sangre y fuego, y los encargados serán aquellos para los que esa venida es más inaplazable: los pobres. 

El 13 de julio de 1524, su Sermón ante los Príncipes desencadenará la violenta rebelión de los campesinos. La sublevación prende en terreno favorable y se extiende como un reguero de pólvora; los campesinos, quizás por primera vez, son conscientes de su poder y no renuncian a nada. Pero ante la gran batalla, Dios, tal vez asustado por no poder cumplir lo que Thomas asegura que consumará a su tropa de desarrapados, cambia de bando. Los nobles, con esa ayuda, provocan la masacre de Frankenhausen, apenas transcurrido un año. Abandonado por Dios, Müntzer acaba, pocos días después, en el patíbulo, igual que su padre, donde es decapitado y su cabeza clavada en una estaca a las puertas de Mülhausen. Triste final para un rebelde, pero tal vez el más apropiado.

De forma parecida a lo que hizo en 14 de julio, Vuillard desciende de las alturas donde se decide el destino del mundo y de los hombres para aterrizar en la base de la pirámide, en los desprotegidos a los que la Historia no ha resarcido de sus esfuerzos ni de su calvario, la carne de cañón que ignora que su destino es perder siempre; Vuillard hace justicia cediendo el protagonismo a esos parias y lo hace con su estilo preciso y depurado, destilando la acción subyacente a los acontecimientos históricos y convirtiendo, en un proceso contrario al canónico, la leyenda en gesta y esta en acontecimiento.

Títol disponible també en català:
La guerra dels pobres. Éric Vuillard. Edicions 62, 2020
Traducció de Jordi Martín Lloret

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Notas de Lectura de La batalla de Occidente

Notas de Lectura de 14 de julio

Notas de Lectura de El orden del día

14 de septiembre de 2020

Exhalación

Exhalación. Ted Chiang. Sexto Piso, 2020.
Traducción de Rubén Martín Giráldez

Pocos autores con una obra publicada tan reducida pueden alardear de la profusión de premios con que puede hacerlo el escritor norteamericano de origen chino Ted Chiang. Descubierto para la mayoría de lectores en lengua castellana a raíz de la adaptación cinematográfica del relato La historia de tu vida (Story of Your Life, 1998) bajo el título de La llegada, este segundo volumen de relatos, Exhalación (Exhalation: Stories, 2019) confirma su completo dominio de la pluralidad de registros de la narrativa corta. Como el alquimista de "El comerciante y la puerta", Chiang actúa sobre los resquicios de la realidad para hacer emerger de ellos los fragmentos de imaginación que sostienen su edificio, esas vidas ocultas que mantienen firme la construcción, no por encubiertas menos fundamentales. 

Ese extrañamiento que puede sufrir el lector habitual de ciencia-ficción clásica ante algunos de los relatos de Chiang puede tener varias razones; entre ellas, la ubicación de algunos relatos en ambientes no usuales de la literatura de SF, particularmente en el pasado, algunos parodiando estilos extraños al género y reformulando escenarios míticos con nuevos parámetros, aunque conservando los lugares comunes para que no se extravíe el reconocimiento, como la moraleja final en el cuento oriental clásico; o la exposición de las tramas, por ejemplo, apoyada en la ausencia de planteamiento teórico pero con la exposición de antecedentes insertada en la acción: el narrador actúa como si el lector ya supiera de qué habla y, con frecuencia, escribe –o graba–  con destino a lectores futuros. Los relatos de Chiang trascienden la SF clásica -en la misma medida que en el caso de J. G. Ballard, por ejemplo- para centrarse en los laberintos de la condición humana. 
«La realidad no es importante; lo que es importante es lo que creen [...] Ahora la civilización depende del autoengaño».
La temática que abarca los relatos de Exhalación es múltiple y va desde el cuento oriental clásico hasta el steampunk más radical: una resolución imaginativa de la paradoja del viajero del tiempo; el autómata –que no sabe que lo es– que se apercibe de que el universo y todo lo que contiene es fruto de un inestable equilibrio muy frágil y cuyo fin puede ser previsto; la alegoría futurista de la crisis climática con distintos actores y diferente desarrollo, pero con la misma intención e idéntico planteamiento; el fenómeno de la extinción de las especies como ejemplo de la indolencia humana: al tiempo que se lanza a la búsqueda de especies extraterrestres, se castiga al planeta a una extinción irremediable por pura dejadez. 

Pero esta variedad, encomiable en un volumen de relatos, no es solamente un despliegue insustancial de oficio; Chiang va mucho más allá de la ficción especulativa, sobre todo cuando cede el protagonismo especialmente a dos instancias: el tiempo y el libre albedrío. 

La manipulación del tiempo, un tema tratado profusamente por Chiang, provoca dilemas éticos. Si el viaje es al pasado, el futuro queda modificado y se pueden anular decisiones en función de sus consecuencias; si el viaje es al futuro, lo que queda comprometido es el libre albedrío pues actuaríamos en función de lo que ha de venir –algo parecido a la censura a un dios que, sabiendo cómo actuará el hombre, permite el suceso.

Una arqueóloga creyente, perteneciente a la facción científica de la iglesia y firme partidaria de la creación divina, trabaja en busca de pruebas de la existencia de organismos procedentes directamente de la creación, los primigenios; pero el descubrimiento de una anomalía cósmica hace temblar sus convicciones religiosas hasta el punto de darse cuenta de que posee una capacidad desconocida y excitante: la libertad.

El "prisma" es un gadget tecnológico capaz de visualizar líneas temporales alternativas mediante el cual un usuario puede presenciar el resultado de decisiones en su momento descartadas. Esa visualización puede usarse como estímulo para tomar decisiones en el presente si resulta que la línea temporal desechada es favorable a los intereses del usuario y, por tanto, la tomada realmente fue una equivocación–; de nuevo, interacción con el futuro y modificación del presente en función de los resultados observados. Pero surgen problemas cuando se intenta trasladar situaciones concretas de la realidad virtual del prisma a la realidad efectiva porque aquella tiene una trama y una narrativa propias, difícilmente exportables. La imposibilidad de trasladar al plano real las hipótesis confirmadas en el prisma puede provocar incidentes neuróticos en el sujeto real, una situación que desvela la existencia de diversas disyuntivas éticas referentes a las interacciones entre los múltiples planos de la realidad de difícil resolución. Pero tampoco son deseables los efectos de las decisiones tomadas en la vida real en función de los sucesos que se desencadenan en las diversas vidas virtuales; en todo caso, el efecto de vasos comunicantes provoca resultados a menudo cuestionables en ambos ámbitos: ¿de qué modo el hecho de conocer el resultado de las diferentes alternativas de nuestros actos puede afectar a la libertad de elección de estos?

Cuando una parte de la literatura de SF especula acerca de las dificultades en la interacción entre seres humanos y máquinas, Chiang da una vuelta de tuerca a los argumentos habituales centrándose en los beneficios mutuos de esa interacción, por más que el conjunto de experiencias en la relación actúe únicamente en beneficio del ser artificial, al que se considera inmaduro, sobre todo en cuestiones emocionales, y, por tanto, susceptible de aprender y progresar.
«La IA soñada por los ingenieros: una entidad de pura cognición, un genio libre del peso de las emociones y el cuerpo, un intelecto vasto y frío pero empático»

El avance de la tecnología provoca la mejora progresiva de la reproducción virtual; su diseño a medida permite reforzar ciertos elementos favorables y obviar los inconvenientes. De este modo se puede aspirar a un mundo perfecto, pero se debe ser consciente de que esa perfección no se puede exportar al mundo real, y hay quien no consigue asimilar esa limitación. El mundo virtual acaba colapsando debido a su aislamiento por su nula conexión con una realidad a la que no puede sustituir a pesar de los constantes avances en programación; y tampoco consigue, en contra de lo que parecían amenazar las distopías más pesimistas, sustituir en su totalidad al mundo real. Es decir, colapsa no por ningún defecto sino por un exceso de perfección. Ahora, la pregunta pertinente sería qué parte de responsabilidad en ese fracaso recae en el hecho de que su programación se lleve a cabo por humanos reales en el mundo real; llevar la capacidad del mundo virtual a su total expresión significaría dejar esa programación en manos de las criaturas generadas virtualmente, un opción que cerraría el mismo círculo que se halla completado en el mundo real desde la aparición del homo sapiens. 

¿El perdón es posible gracias al olvido, o es olvidar la desavenencia lo que nos lleva a perdonar? Si perdonamos sin olvidar, la afrenta siempre puede volver a hacerse presente; si la olvidamos, tal vez no sea necesario el acto explícito del perdón, con lo que este, en su papel de restablecimiento de una condición anterior, deja de tener sentido.

«Nuestros recuerdos no son la acumulación imparcial de cada uno de los segundos que hemos vivido; son la narrativa que hemos ensamblado a partir de momentos escogidos».

 Otros recursos en este blog relativos al autor:

Notas de Lectura de La historia de tu vida y otros relatos

7 de septiembre de 2020

Marea tóxica

 

Marea tóxica. Chen Qiufan. PRH, 2020
Traducción de David Tejera Expósito

Marea tóxica es la única novela publicada en occidente del escritor chino de ciencia-ficción Chen Qiufan, también conocido como Stanley Chan, una llegada debida, como multitud de obras y autores del país asiático, a la traducción al inglés de Ken Liu.

El punto de partida de la trama se ubica en el campo del activismo medioambiental en la Isla de Silicio, el mayor almacén de residuos electrónicos del mundo, una isla cercana a la costa de China, cuya existencia expresa la paradoja del reciclaje: los mismos que han convertido la isla en un vertedero contaminado ganando sus buenos millones se prestan a liderar el proceso de descontaminación, duplicando de este modo sus beneficios y cerrando el círculo del negocio perfecto. Los protagonistas principales representan a los sujetos implicados en la interacción: Scott, un americano enviado por TerraGreen, una multinacional de oscuro pasado pero dedicada ahora al reciclaje y a la descontaminación, para conseguir el contrato de descontaminación; Kaizong, un chino occidentalizado oriundo de Isla de Silicio, intérprete y asistente de Scott; y Mimi, una trabajadora de reciclaje, paria, contaminada, desubicada y a merced de las mafias laborales y económicas; en una posición tangencial pero no por ello menos influyente, los tres clanes locales, pilares de la organización social de la isla que, enfrentados por el dominio de las calles, entran en un nuevo conflicto para sacar beneficios de todo negocio que se plantee; los residuales, los trabajadores manuales no cualificados que realizan las tareas más peligrosas y que son los únicos que se juegan su vida y su futuro en la isla; y, finalmente, un grupo ecoterrorista decidido a boicotear cualquier nuevo intento de atentado contra el medio ambiente —o cualquier acuerdo que les excluya de la ecuación—.

Las extrañas alianzas entre grupos antagónicos provocadas por la existencia de intereses comunes desembocarán en la operación Marea Roja, un antiguo proyecto secreto de guerra total apoyado en medidas de contaminación ambiental. En paralelo a esa trama, pero con un recorrido oculto a la vista de la mayoría de implicados, discurre una despiadada carrera por el liderazgo en la investigación sobre prótesis neurales y en la utilidad y fiabilidad de las interfaces hombre-máquina; a efectos de experimentación, el cerebro de un residual, hipercontaminado después de años de exposición a los residuos, es uno de los terrenos donde se jugará la partida definitiva.

Otros recursos relativos a Ken Liu en este blog:
Notas de Lectura de Estrellas Rotas
Notas de Lectura de Planetas Invisibles
Notas de Lectura de El zoo de papel

31 de agosto de 2020

Hija de sangre y otros relatos

Hija de sangre y otros relatosOctavia E. Butler. Editorial Consonni, 2020.
Traducción de Arrete Hidalgo.

 
Siete relatos y dos pequeños ensayos conforman este volumen (Bloodchild and Other Stories, 2006) de la escritora estadounidense Octavia Estelle Butler, una de las pioneras de la literatura actual de ciencia-ficción de inspiración feminista y racial, y autora de una obra consistente que ha influido en gran medida en la nutrida generación posterior de escritoras del género. 

Los relatos de Hija de sangre abordan, por una parte, una serie de parámetros eminentemente sociales desde una posición política intermedia entre la izquierda y el anarquismo, pero también  los conceptos clásicos de individuación —raza, sexo, religión, que cuestiona e impugna: las relaciones entre la especie humana y otras especies, del parasitismo a la simbiosis, y cómo esas relaciones afectan a los estereotipos más consolidados provocando intercambios de roles que se sospechan inviables en entornos ajenos a la ciencia-ficción o a la narrativa fantástica. Una alteración genética que provoca la muerte prematura, autolesiones o suicidios, y cuyos afectados, ingresados en una institución, desarrollan diversos trabajos que les permiten mantener una vida cercana a la normalidad, aunque esa normalidad pueda llegar a convertirse en su peor enemigo. La pérdida del lenguaje verbal, producto de una pandemia que también comporta parálisis, discapacidad intelectual o la muerte, obliga a la comunicación gestual a partir de unos clichés acordados pero no libres de malinterpretaciones; pero, además, abandonar las palabras significa perder también los conceptos no reductibles a objetos, las definiciones  y la posibilidad de intercambio de sentimientos, aunque todo eso seguirá existiendo a la espera de que alguien, algún día, acabe nombrándolo. La invasión de unas Comunidades de naturaleza vegetal, formadas por conjuntos de individuos que actúan de forma colectiva como un solo ser, poseedoras de una tremenda superioridad intelectual y tecnológica, provoca profundos cambios en las relaciones de los humanos entre sí y con esas mismas entidades, unos cambios que cuestionan conceptos como humanidad, compasión, poder o perdón. Una inspirada novelista es reclutada por Dios para que lleve, de su parte, un mensaje, que es un ultimátum, a la humanidad: que se cuiden entre ellos y al planeta porque, de lo contrario, serán destruidos por su propia irresponsabilidad; para ello, concede a la escritora una especie de omnipotencia, pero ese poder ilimitado es, precisamente, donde se alojan todas las complejidades que conlleva poseerlo.

En los dos reducidos ensayos que se incluyen en el volumen, Butler reflexiona sobre el hecho de la escritura: primero, cómo la obsesión por escribir acabó convirtiéndola en escritora, para llegar a la conclusión de que la mejor cualidad de un escritor es la perseverancia: «el hábito es más fiable que la inspiración, el aprendizaje constante más fiable que el talento».

24 de agosto de 2020

Un viaje a Italia

 

Un viaje a Italia, 1981-1983. Guido Ceronetti. Días Contados, 2020
Traducción de Helena Lozano. 

«Mi única intención [...] era detener instantes, impresiones, respiraciones, en ese pasar y pasar para desaparecer engullidos, de sombras, de vivos».

Un viaje a Italia, 1981-1983 (Un viaggio in Italia, 1983) recoge las peculiares impresiones —ya que no se trata de un libro de viajes ni de un diario al uso: en realidad, lo que se relata es un proceso de descubrimiento que concluye con más enigmas que cuando empezó; un viaje en busca de respuestas que se salda con más preguntas que a su inicio— del recorrido por Italia del autor turinés entre mayo de 1981 y abril de 1983, más dos suplementos, uno fechado en abril de 2004 y un cuaderno anterior al definitivo redactado en 1980, antes de iniciar el viaje. La edición de Días Contados contiene, también, un apunte de la traductora, Apuntes de cartografía ceronettiana, y el texto Un monstruo admirable (1994), de José Ángel González Sáinz.

«Viajar a Italia: una vez desaparecida la Belleza visible, las enfermedades venéreas, las epidemias, las bocas desdentadas, la miseria, los burdeles, los oficios, las salas de baile, el varieté, los barberos, los cafés, los milagros, las guerras, los curas, ¿qué le  queda por descubrir a un pobre escritor? ¿Qué aventuras vivir? ¿La política? ¿El psicoanálisis? Estoy humillado. Me dedicaré al comercio ambulante».

El lugar de inicio de esa singladura es Trieste, punto de partida y de llegada de tantos viajes a lo largo de los siglos, la ciudad huérfana, sin identidad, que ha pasado de mano en mano y que solo ha conservado su esplendor, decadente, debido a lo inconcebible de su pasado. Ceronetti busca el inicio en la Provenza o en tierras albigenses, pero la política no entiende de geografía; Trieste es un lugar de paso cuyos majestuosos palacios y suntuosos edificios cobijan únicamente a los espectros de aquellos príncipes y nobles que cayeron por el sumidero de la historia, sucumbieron en las guerras y en los desafíos fratricidas que desangraron una Europa inexistente; una ciudad  anclada en un declive a la que no le está permitida ni la esperanza del futuro ni el regreso a su impuro origen. Desde allí, Ceronetti prosigue su viaje, rumbo sur, hacia la Toscana, la tierra prometida que los dioses antiguos cedieron a los flamantes dioses del panteón romano o cambio de la cultura y de la civilización.

«Es la avaricia, la gula, el impresionante estreñimiento mental del hombre genéricamente de letras el que ha hecho las patrias, los pasados históricos, las tradiciones espirituales, las adoraciones lacerantes de la belleza creada por mano humana, de los paisajes. Todo esto está también dentro de mí y me hace rugir de dolor, pensando en la belleza italiana desaparecida y desapariciente. Habría que liberarse también de esos apegos, como pan arrojado a perros hambrientos —desnudez, tafrid...— y, aun así, hay algo inmoral en no querer sufrir por la pérdida de la belleza, por la patria que rueda hacia quién sabe qué sórdido infierno de disolución, sin ser capaz ya de ser luz en el mundo».

Unos dioses magnánimos y benévolos que fueron expulsados de malas maneras por el vengativo dios cristiano, que no quiso compartir los umbríos bosques y las onduladas llanuras adueñándose de las mejores atalayas y de los valles más fértiles y cuyo rastro sangriento permanece aún en las asoladas ruinas de antiguas iglesias y en los sombríos claustros de ubicuos monasterios. Un dios materialmente omnipresente pero que ya no juzga ni castiga sino que se limita a formar parte del paisaje, como un inquilino incómodo a quien nadie se atreve a desahuciar pero al que no se hace ya mucho caso —como no sea para pedirle algo, más para reconocerle su agotada omnipotencia que con la esperanza de que pueda concederlo—; Él, que primero convirtió el enigma en piedra —aunque esa materialización lo colocó en la corriente del tiempo, abandonando la eternidad y legándolo al devenir, que es una medida humana—, a falta de rivales, ha acabado sucumbiendo al paso incesante e inagotable de la Historia.

«La fachada [de la basílica del convento de clausura de la isla de San Giulio] es pequeña, blanca, limpia, como un mantel bordado por las monjas, mira al lago y espera la Hora última, el Día que siempre está llegando, o mejor, NADA, al tener en sí una paz que anula el tiempo, borrando incluso la última hora. ¿Hay piedras que aún siguen siendo edificios sagrados? En su interior se celebran ritos, la gente va a rezar, pero la piedra, pese a haber sido creada como lectura sagrada, símbolo sacrificial, quizá se ha separado completamente, y más bien pronto. Hay arcos tan puros que no pueden pensarse como perpetuamente obligados a un uso humano...»

A pesar de su naturaleza evanescente, existen lugares en los que el futuro ha invadido al presente antes de tiempo, ha esparcido por el paisaje inalterado durante siglos estructuras inconcebibles, planificaciones irrazonables y esperanzas inalcanzables; ha contaminado a la población ofreciéndole recompensas inmerecidas y, mediante una sutil tarea de sustitución de lo real por lo imaginario, se ha adueñado de las voluntades en el nombre, sagrado, de un progreso que no admite réplica. Tal vez solo si el viajero es capaz de evitar el deslumbramiento llegue a percibir los restos del alma de las cosas que intenta sobrevivir debajo de las innumerables capas de desarrollo, el injustificable afán por volver inútiles las cosas que llevaban siglos cumpliendo su función y los hombres que se aprovechaban de su utilidad para establecer nuevos términos que conllevan ahora nuevas situaciones y se desarrollan bajo nuevas reglas que no se basan en la costumbre sino en unos indiferentes principios impuestos de nuevo cuño, fríos e inhóspitos como un código legal.

«La antigua ley del horror del vacío vale también en la historia de las civilizaciones humanas. Si se crea un vacío en la vida agrícola, lo releva una oreja, una uña de la Extensión industrial, desierto blanco, azucarado, que gusta. La Bestia trae dinero; se instaura el miedo... De este modo la expiación por culpa de haber nacido jamás tiene fin... Es el enigma moral del mundo. Lo que hay que entender es que el núcleo de un reactor es un misterio espiritual y su funcionamiento y sus consecuencias no son éticamente neutros, problema técnico, son culpa y retribución, rostros conocidos, bajo la nueva máscara impasible».

La vejez afecta no solo a los hombres, también a los pueblos, bajo dos variantes: aquellos enclavamientos que mantienen su estructura urbana, las ruinas de edificios históricos —los únicos que han permanecido, iglesias y palacios; Dios y el dinero disfrutan del beneficio de la longevidad—, sus viejos desdentados y viejas envueltas en ropas negras, informes, que muestran la arrugada faz de una vejez lenta e inexorable, testigo de una vida fructífera e intensa. Por otra parte, los asentamientos periféricos de las grandes ciudades, ocupados por perentorias chabolas de quien no puede permitirse residir en el centro, adyacentes a vías rápidas y a la colonización del cemento, polígonos industriales surcados por largas avenidas desiertas con grietas y socavones, que muestran una vejez que desfigura, prematura, desproporcionada, un rostro apenas adolescente, surcado ya por las estrías improcedentes de una senectud artificial y precipitada. El viaje, en perpetua evolución, parte en busca de lo que subyace en las corrientes subterráneas que discurren bajo la realidad, unas fuerzas telúricas que configuran la totalidad del universo de relaciones manifiestas, seres humanos que no son más que fantasmas movidos por vaivenes incontrolados a través de túneles oscuros de destino incierto en busca de lo invisible.

«He visto una Génova ya tristemente desfigurada: la que están proyectando será fealdad infinita. Saliendo de casa, dejo a mi espalda un amor que ya se ha vuelto inencontrable incluso en lo invisible, para vagar por una Italia encontrable (como amor) solo si se sabe viajar ascéticamente en lo invisible. Pero estaba escrito que las naciones predestinadas no podían tener vida sino por poquísimo tiempo, verdadera creación, verdadera historia, y no habiendo nada más en el mundo significativo, todo el destino humano entre las dos oscuras vorágines cabe en un arco de claroscuro limitadísimo. No nos hagamos ilusiones de que hay algo más: el arco está acabado, y también Italia ha vivido. Existiremos como marañas celulares inteligentes, aún destinados a expiar algo, pero ya sin historia, poco a poco ni siquiera memoria. Una ventana iluminada, una sopa olorosa, un golpe de tos en un callejón ya los vivo recordando, son cartas de lejos. Lo feo borra la inteligibilidad del mundo».

Incluso los lugares deshabitados reflejan esa dicotomía. No poseen ningún trazo en común como tampoco han compartido origen ni recorrido: por un lado, los emplazamientos que carecen de residentes porque los que residían allí han muerto y han dejado sus habitáculos intactos, como si se tratara de una ausencia provisional, lugares en los que todo permanece en su sitio, preparado para un regreso que no sucederá jamás: su silencio es el silencio de la paz. Por contra, existen otros emplazamientos sobre los que pesa el estigma del abandono, en los que la vida no cesó sino que huyó, y en los que no permanece otra huella que la de esa huida —lugares sujetos a una colonización guiada por un fenómeno de extinción que desola todo lugar habitado mediante naves industriales y descampados que son abandonados cuando se ofrece un nuevo escenario expoliable— que se sospecha apresurada y sin mirar atrás, convencidos los evadidos de que jamás volverán, de que la provisionalidad ha cedido su lugar a la determinación, fríos, distantes, definitivos.

«Quizá en estos lugares la vida humana se extinga más despacio, por la fuerza de sus antiguas raíces, pero si se convierten en tierra de amparo del terror de las ciudades, habrá guerra y fraticidio».

El presente es puro devenir, sucesión ininterrumpida de hechos causales, pura imagen en movimiento perceptible pero no siempre decodificable, pura materia de dureza inviolable. El pasado, en cambio, no es el terreno de la imagen sino el de la palabra, un tiempo articulado a través de la subjetividad del recuerdo materializado mediante ese elemento común, que se transforma en historia a partir de la aparición de la escritura y que posibilita el acceso a quien ha vivido a siglos y continentes de distancia. La fealdad solo es posible en el presente, en el que la imagen no precisa de ningún otro soporte para reflejar la realidad; en el pasado, en cambio, puede excusarse en los cambios del canon o en la desaparición del entorno de referencia.

«Y de repente, tras tanta cerrazón y miseria, han tenido acceso a todo: poder ver a mujeres desnudarse, montones de papel pornográfico en los quioscos, coches que corren a doscientos por hora comprados a plazos, el cine en color día y noche en casa, la carne en el plato todos los días, viajes de grupo para ir a ver a Miguel Ángel y al Papa, pensión en su vejez, cuidados gratis que alargan indefinidamente la vida, la casa con baño desinfectadísimo, y ni siquiera un piojo ya, una mosca, una fiebre palúdica: era previsible que mentes pobres no lo aguantaran y se echaran a perder. La Bestia los tiene en su puño: los va enganchando a la aniquilación interior, a la pérdida de la belleza, a la destrucción de un profundo y trágico pasado. Llenándolos de dinero, los satura de crímenes. Sacados del sueño, del embotamiento, los esperaban las serpientes de la locura. Lo que era un pueblo de vencidos, de doblegados con dignidad, ahora lo es de incurables cretinizados».

La verdadera belleza no existe únicamente cuando se la ve: su verdad se revela al ser evocada —no tanto en una imagen como en la huella que dejó en el espíritu—. Sin embargo, las alteraciones provocadas en el transcurso del tiempo por la mano humana rompen la cadencia y aíslan períodos de sus períodos precedentes y sus consecuentes, los transforman en irreconocibles y el rastro de la belleza se extravía entre intervalos irreales. Se rompe la evolución y cada nuevo período debe retroceder en busca de su antecedente, sin encontrarlo, y se ve obligado a carecer de raíz. En estas ocasiones, estas fallas del tiempo en las que el ideal de belleza quedan expuestas a ineluctables transformaciones —o, a veces, se corrompe y desaparece— que son manipuladas por intereses espurios o por el superviviente más adaptado a las mutaciones: el Poder.

«Desde que empecé este viaje, hace un par de años —e intento no perder ni pasar por alto nada—, también me ha crecido el horror de la voz humana... Porque no son voces y no son humanidad; los sonidos a los que me refiero son pesados, semibestiales; las frases están todas machacadas, esponjas dialectales llenas de añicos, de corrupciones de una lengua culta que se queda a la sombra, arquetipo cuyo reflejo muerto son las gargantas. Las personas tienen relaciones tan bajamente interesadas entre sí que no necesitan cuerdas delicadas para expresarlas; es imposible definir estos intercambios como lengua italiana; el borbotón de las palabras que me llega, parece alejado del italiano como la luz de las estrellas. Es el profundo misterio de la vulgaridad; ahí ya no existe la voz, estamos entre el grito y el gemido, la carcajada y la blasfemia, y por mucha compasión que tengamos por ella, resulta difícil soportar una humanidad tan pobre, solo en apariencia civil, tan estigmatizada de brutalidad y pasividad precisamente en lo que nos hace nobles y capaces de formar ideas».

Tratándose de un viaje por Italia, no sorprende la constante presencia de la religión: la oficial, curas de templos en ruinas y párrocos de iglesias históricas; la ortodoxia de la iglesia católica romana y las variantes heterodoxas importadas de lugares lejanos; las creencias inspiradas en la lectura literal de la Biblia y la religiosidad elemental de los viejos desengañados de cualquier discurso oficial, aunque sea el de la Iglesia. Sorprende también la presencia insistente de las necrópolis, a las que Ceronetti parece muy aficionado, con esa especie de pugna irresuelta entre lo real, los cadáveres de los que dan fe las inscripciones de las lápidas y allí, justo en el reino de la muerte, su dominio incuestionable, la apelación a la esperanza en una vida eterna sospechosamente incógnita. La eterna lucha por evitar la ruina entre dos boxeadores sonados que apenas se tienen en pie pero en la que la rendición no se contempla.

«La Danza macabea, en el cementerio de Pinzolo, iluminada por el sol, sonríe sin tristeza, es in tristitia hilaris. La carretera pasa rasante el muro del cementerio molestando con sus atroces ruidos a los aplacados, más sensibles a esto que al fresco de Baschenis. La retórica medieval hace de la Muerte exclusivamente el salario del pecado de los Grandes o del clero: están el papa, el cardenal, el prelado, el fraile, el rey, la reina, el magistrado, el rico avaro, la bella dama, como en las dos baladas de Villon y, a los pies de este hermoso figurativo cuaresmal, duermen muertos humildes que se llaman Bonapace Colini Paola Binelli Ferrari, etc. Todos, habiendo sido proclamados resurrecturi, muestran la señal de la higa a los espectros de la Danza».

El camino hacia el sur pone de manifiesto otra Italia, abandonada a su soledad después de ser explotada por el norte egoísta, que ha conseguido su desarrollo a costa de la sobreexplotación meridional. Los restos de la ilustración y de las sucesivas oleadas civilizatorias y culturales subyacen bajo capas de desidia y corrupción, que con sus avalanchas han acabado por sumergir los pretéritos siglos de esplendor. Incluso la relación con la muerte es más natural, más estrecha, la vieja dama forma parte del mundo de los vivos —no es invasión sino una cohabitación tolerada— y se la trata como a un de personaje más del  elenco: ni se la teme ni se la respeta, simplemente se la consiente. La vida se vive a escala humana y la muerte es poco más que un avatar bajo el mismo sol inclemente que ciega a los vivos y decolora los carteles publicitarios y esa variante que conforman los recuerdos caóticamente esparcidos sobre las tumbas de los ausentes, únicos testigos, mudos, de la antigua nobleza.

«No para todos, solo para los nobles, para divertirles un poco su pena, escribo. Los nobles del dolor, del pensamiento, de la enfermedad, de la fragilidad, cuyas manos siento temblar dentro de las mías. Para ellos habré ido aquí y allá en busca de una Italia que fuera un signo y emitiera un sonido humanamente perceptible. Al tener que confesar: no la he encontrado, les arrojo la llavecilla del cuarto oscuro. He comprendido, al menos, que todo conocimiento es piedad».

Pro bono: Montaigne en Italia

«Los cálculos vesicales expulsados por Montaigne a lo largo de todo su viajar por Italia ¿son significativos porque son piedras de Montaigne, o porque los expulsó en Italia entre las llamas y los horrores del siglo XVI, miseria de un filósofo entre las burlas de San Roque y las bulas papales, las visiones de Lotto y de Bruno, el dolor de Maquiavelo, habitaciones incómodas, platos mal aliñados y si peu de belles femmes? (Cólicos como pruebas que Montaigne atravesó para llegar a conocer el misterio del mundo y, aun de mala gana por ser de natural propenso a lo agradable, expiarlo: Italia es solo la guarnición)».