13 de julio de 2018

La obra

La obra. Émile Zola. PRH, 2015
Introducción de Ignacio Echevarría. Traducción de José Ramón Monreal 
La obra (L'oeuvre, 1886) es la decimocuarta, por orden cronológico, novela del ciclo de Los Rougon-Macquart, la serie de veinte novelas que Zola escribió, como reedición y actualización de La Comedia Humana de su admirado Balzac; un título que puede referirse al cuadro de gran formato que Lantier presenta a la exposición, pero también, de modo genérico, a la producción artística, con independencia de la forma, o a esa obra que romperá todas las convenciones y quedará para la posteridad como una cima de su género; el nexo de unión con la saga familiar es tangencial -el protagonista, Claude Lantier, aparece ya como pintor en busca de su magna obra en El vientre de París-, pero queda encuadrada en la época que intentó radiografiar con su serie.
"¡Ah! Una vida, una segunda vida, ¿quién me la dará?, para que el trabajo me la robe y para que yo muera de nuevo por él."
Es irrazonablemente arriesgado reducir el contenido de la novela a un solo tema; sin embargo, la presencia de sus protagonistas puede revelar una tesis principal: el compromiso del artista con su propio talento y con los requerimientos de la época; en este caso, además, la trama que la sostiene es inseparable de la biografía del escritor y de su amistad con Paul Cézanne; pero, cronológicamente, también lo es de la vida artística en el París de ese período histórico, enmedio de la plena explosión de la revolución en el mundo de la pintura que representó el impresionismo, y teniendo en cuenta que esa corriente, en sus inicios, fue considerada como la vertiente pictórica del naturalismo, la escuela literaria de la que el propio Zola ha sido considerado como máximo exponente. De hecho, el programa vital de Sandoz, su amigo literato, podría considerarse equivalente, en cuanto al concepto, al de Lantier, pero en el campo de la literatura (y que no diferiría mucho del del propio Zola; el fragmento parece la presentación de la serie de Los Rougon-Macquart):
"-De modo que he encontrado lo que necesitaba. ¡Oh!, no es gran cosa, sólo un pequeño rincón, pero suficiente para una vida humana, incluso cuando se tienen ambiciones demasiado grandes... Tomaré a una familia y estudiaré a sus miembros, uno por uno, de dónde vienen, a dónde van, como reaccionan unos respecto a los otros; en fin, una Humanidad en miniatura, la manera cómo se desarrolla y comporta la Humanidad... Por otra parte, situaré a mis personajes en un período histórico determinado, lo que me proporcionará el ambiente y las circunstancias, un fragmento de historia... ¿Eh? ¿Comprendes?, una serie de libros, quince, veinte libritos, episodios que estarán ligados entre sí pese a ser individualmente autónomos, una serie de novelas para hacerme una casa para la vejez, ¡siempre y cuando no acabe antes conmigo!"
La obra no es una novela en clave, por más que sus principales protagonistas puedan ser identificados, en mayor o menor medida con personajes reales; pero sí que contiene una buena muestra de los personajes implicados en el mundo del arte; sin afán de exhaustividad, en ella encontramos a Claude Lantier, el pintor tan innovador como incomprendido, trasunto de Paul Cézanne; Pierre Sandoz, el escritor y crítico de arte ocasional, en quien no cuesta reconocer al propio Zola; Jory, el crítico chanchullero e interesado; Naudet, el marchante especulador, y Malgras, el intermediario entendido, honesto y mecenas; Bongrand, el artista reconocido, con algunos trazos de Flaubert trasladados a la pintura; Mahudeau, el escultor; Fagerolles, el artista ávido de reconocimiento; y Dubuche, el arquitecto sin pizca de talento.

Novela poliédrica y multiforme, La obra parece estructurarse alrededor de un punto de estrés principal: la Academia está influenciada siempre por los presupuestos de la generación anterior; el público, que delega su criterio en la Academia, favorece el anacronismo; el artista innovador carece, pues, del favor de ambos y o fracasa o queda en manos de marchantes sin escrúpulos que solo buscan especular con los genios emergentes.

Esa situación acaba provocando una disonancia en el artista -de clara inspiración romántica-, cuyos principios -o prejuicios- le obligan a sacrificarlo todo en beneficio del arte pero que, enfrentado a la vida, se da cuenta de que las demandas de la existencia le obligarán a modular esa autoexigencia. Enfrentado al Gran Dilema, el arte o la vida -mejor dicho, el Arte o la vida-, deberá desarrollar estrategias de supervivencia, por un lado, y de autojustificación, por el otro, para hacer compatibles esos requerimientos; de su elección dependerá ser un artista consecuente -otra vez, de nuevo, la visión romántica- o gozar de la aprobación ajena, pues ambas se consideran, en principio, antagónicas: ni el éxito ni el fracaso carecen de su dosis de renuncia, y con esa idea en la mente, anda en busca de La Obra Maestra Definitiva, la que mostrará al mundo su talento y le brindará el favor del público, de la crítica, y cumplirá con su propia autoexigencia.
"Llegaba a clamar contra el trabajo en el Louvre, se habría cortado la mano, decía, antes de volver a poner los ojos en aquellas copias que anublan para siempre la visión del mundo en el que se vive. ¿Existe, en arte, otra cosa que dar lo que se lleva dentro? ¿Acaso no se reducía todo a poner una mujer cualquiera delante de uno y plasmarla tal como uno la sentía? ¿Acaso una caja de zanahorias, sí, una caja de zanahorias, estudiada del natural, pintada con ingenuidad, con el toque personal con que uno la ve, no valía tanto como las eternas pinturas empalagosas de la Escuela, esa pintura de jugo de mascada, vergonzosamente preparada a partir de recetas? Día llegaría en que una sola zanahoria sería una gran revolución."
Con independencia de la trama sentimental, que más parece una excusa para mostrar el conflicto personal del protagonista en cuanto artista que un tema principal, el clímax de la novela se alcanza cuando Lantier consigue exponer su gran formato en el Salón de los Rechazados -cuya existencia era real-, una exposición alternativa, que las autoridades se vieron obligadas a organizar por petición popular, al Salon de la exposición propiamente dicho. Él mismo es testigo de la estúpida reverencia con que el público observa las obras expuestas en el Salon oficial y las risas de burla con que acoge a los alternativos, y lo padece en propia persona porque su cuadro es de los más escarnecidos.
"¿Para qué aquella vana agitación, si el viento, detrás del hombre que sigue adelante, barre y se lleva la huella de sus pasos? No se había equivocado al pensar que no debía volver, pues el pasado no era sino el cementerio de nuestras ilusiones, donde uno se destrozaba los pies contra las tumbas."
Sin embargo, la decepción inicial se convierte en rabia al interpretar las burlas como signo de la ignorancia del público, y aquella en franca determinación de seguir haciendo lo correcto a pesar del rechazo general; es más, ese repudio de la Academia le espolea a persistir en un estilo que, está convencido, acabará imponiéndose a la corriente dominante.    
"Anochecía, y Claude se animaba cada vez más en su arrebato pasional de una intensidad, de una elocuencia como sus amigos no le conocían. Todos se excitaban escuchándole y acababan animándose ruidosamente ante las palabras extraordinarias que lanzaba; y él mismo, volviendo de nuevo a su cuadro, hablaba de él con una enorme alegría, arremetiendo contra los burgueses que lo miraban, imitaba toda la variedad de sus risas idiotas."
El fracaso de Lantier se sustenta en su idea, revolucionaria por aquel entonces, de que la verosimilitud de una escena debe sacrificarse en aras de la composición, no importa si el cuadro contiene elementos incongruentes si la realización es correcta ya que no tiene por qué ser reproducida de forma realista. El natural puede servir de inspiración pero no puede secuestrar ni la idea del pintor ni limitar su creatividad. Pero ese aislamiento de la realidad, que incluye aspectos personales, provoca la desconexión de cualquier elemento -humano, material- que forma parte de la vida del artista para disolverse en la obra, que pasa de ser una recreación de la vida a ser esta en sí misma; las necesidades diarias se convierten en nimiedades frente a las dificultades que se interponen en la creación de la obra.
"Su existencia se volvió miserable. Nunca la duda de sí mismo le había acosado de tal modo. Desaparecía días enteros; incluso no fue a dormir a su casa una noche, regresando atontado al día siguiente, sin poder decir de dónde venía; pensaron que había estado recorriendo los arrabales, con tal de no encontrarse frente a su obra fallida. Era su único alivio, huir tan pronto como aquella obra le llenaba de vergüenza y de odio, no reaparecer hasta que se sentía con el valor en enfrentarse nuevamente a ella [...]. Luego, cuando volvía [a casa], con las piernas molidas, la cabeza vacía, lanzaba sobre su pintura la mirada desconsolada y temerosa que se dirige a una muerta en una cámara mortuoria; hasta que una nueva esperanza de resucitarla, de crearla viva de una vez por todas animó su rostro con refulgente llama."
La capacidad de Zola para crear, más que personajes, caracteres, queda en evidencia en cualquiera de sus obras; en este caso, además, al centrarse en el mundo artístico, sus protagonistas adquieren una consistencia de carne y hueso que va mucho más allá de los personajes arquetípicos, tan comunes en la literatura del siglo XIX. Pero es que, además, pocos autores pueden hacer gala de la precisión descriptiva, externa y moral, con que el francés sazona sus novelas; los lectores me disculparán la longitud de la cita, pero convendrán conmigo que hacer funcionar un párrafo con una descripción -los asistentes a la inauguración de una gran exposición colectiva, barómetro de la importancia de los pintores que exponen- como la que sigue está al alcance de muy pocos escritores; 
"Aquel día la raza de los pintores estaba como en su casa y hacía los honores de esta: sobre todo uno, un viejo amigo del estudio Boutin, joven, devorado por una gran necesidad de publicidad y que trabajaba para conseguir una medalla, que echaba el gancho a todos los visitantes de cierta influencia y se los llevaba a la fuerza para que vieran sus cuadros; luego el pintor célebre y rico que recibía delante de su obra, con una sonrisa de triunfo en los labios, de una galantería ostentosa con las señoras, de las que tenía una corte continuamente renovada; y luego los otros, los rivales que se detestan mientras se prodigan elogios a grandes voces, los feroces que espían detrás de una puerta los éxitos de los compañeros, los tímidos que no pasarían por sus salas ni por todo el oro del mundo, los guasones que disimulan tras una frase ingeniosa la herida sangrante de su derrota, los sinceros absortos, tratando de comprender, repartiendo ya las medallas; y también estaban las familias de los pintores, una joven, encantadora, acompañada de un niño coquetamente emperifollado, una burguesa arisca, flaca, flanqueada por dos adefesios vestidos de negro, una madre gorda, arrellanada en una banqueta en medio de toda una tribu de mocosos, una dama madura, todavía de buen ver, que miraba, con su hija alta, pasar a una cualquiera, la amante de su padre, al corriente las dos del hecho, muy tranquilas, intercambiando una sonrisa; y había asimismo las modelos, mujeres que se cogían del brazo, que se enseñaban los cuerpos las unas a las otras en las desnudeces de los cuadros, hablando en voz alta, vestidas sin gusto, despreciando sus magníficas carnes debajo de unos vestidos que las hacían parecer jorobadas al lado de las muñecas bien vestidas, las parisinas, de las que no quedaría nada tras el desafeite."
Calificación: Hors catégorie 

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Plan del ciclo de Los Rougon-Macquart
Notas de Lectura de La fortuna de los Rougon
Notas de Lectura de La jauría
Notas de Lectura de El vientre de París

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