| Lo que podemos saber. Ian McEwan. Anagrama, 2026 Traducción de Eduardo Iriarte |
Esta es una de las Notas de Lectura más difíciles de redactar de las 1100 que llevo consignadas en este blog. Difícil, porque quiero escribir sobre una novela —y sobre otra, como epílogo, o como contraste, o para confirmar mi veredicto— que me ha gustado pero que no es una novela excelente —tal y como se espera de su autor—; o tal vez se trate de una novela excelente que no me ha gustado; o ambas cosas o ninguna. Allá que voy.
Lo que podemos saber es una novela dividida en dos partes, complementarias aunque haya transcurrido más de un siglo entre los sucesos que cuenta la primera parte y los de la segunda. En el año 2119, Thomas Metcalfe, el narrador, se remonta a 2014 para investigar acerca de un poema, «Una Corona para Vivien», que, en la denominada Segunda Cena Inmortal —se supone que la primera sucedió en 1817, estando presentes, entre otros, William Wordsworth, John Keats y Charles Lamb—, el poeta Francis Blundy dedicó a su mujer, leyó en voz alta a los asistentes, y del que nunca más se supo; esa pesquisa combina la investigación filológica —bastante sui generis, pero supongo que de eso de trata—, una búsqueda casi detectivesca de los indicios comprobables —a la que se unen las conjeturas sin ninguna base verificable—, dando lugar a una reconstrucción imaginaria de los avatares del poema, de su autor y de la homenajeada y, por extensiónm de esa época idolatrada por Metcalfe, los primeros años del siglo XXI. A pesar de una mirada irónica y condescendiente , pero no por ello menos admirativa, Metcalfe atribuye a los asistentes a esa cena el calificativo de «refinados supervivientes de otra era»: así definía a los Bundy por ser representantes de la mitad del siglo XX; así podría definirse también el propio Metcalfe.
Con independencia —o como complemento, vete a saber cuál fue la intención de McEwan— de las vicisitudes de esa queste —tampoco es la primera vez que alguien escribe acerca de un escrito perdido: Lucas Corso con un manuscrito de Los tres mosqueteros y un libro supuestamente vinculado con un ritual diabólico; Guillermo de Baskerville con el segundo libro de la Poética de Aristóteles; incluso Sidney Orr, que permite explorar cómo un texto puede sobrevivir a su autor y adquirir una existencia propia, modificando la manera en que interpretamos la realidad—, McEwan retrata a gran parte de la crítica posmoderna —y a gran parte de las tesis doctorales relacionadas con las humanidades—, empeñada en centrarse en un hecho banal cuya sola importancia es que existen circunstancias desconocidas, por ejemplo el poema perdido, cuya cualificación excede, seguramente, a su mérito literario. La crítica, esa entidad siempre dispuesta a hacer descubrimienros y a ilustrar al vulgo: «numerosos investigadores se han sofocado bajo el peso de las trivialidades». A falta de datos fehacientes sobre el objeto en cuestión, la academia se encarga de investigar circunstancias que no tienen nada que ver con aquel: no encontramos el poema, pero estamos a punto de conocer con qué marca de pluma fue escrito.
«La biografía de una obra inexistente cuya reputación perduraba [un siglo después] [...] Me convertí en biógrafo de la reputación de un poema no leído».
En todo caso, con el décalage emporal que permite la literatura —el poema, no el libro de McEwan—, la investigación sobre el poema perdido desemboca en una imposible historia de amor entre Thomas y Vivien, un asunto que acaba afectando a su relación con Rose, su esposa, quien, como venganza (¿inconsciente?), tiene una esporádica aventura con un colega.
En la segunda parte, mediante un juego de prestidigitación, que no es la primera vez que utiliza el autor, tremendamente efectivo, cambian las tornas: McEwan nos ubica en 2014, el año en que se celebró la Segunda Cena Inmortal, y será la propia Vivien Blundy quien relatará las circunstancias que rodearon a la redacción, recitado y posterior destino de «Una Corona para Vivien». Y no diré nada más por si quien lee esta nota no ha leido todavía Lo que podemos saber.
¿Y la razón de mis reparos?
Una vez superadas las primeras páginas, esas en las que el lector entra en la historia, la novela decae, el ritmo se ralentiza y la lectura sigue porque a) a pesar de todo, el lector quiere saber qué sucede, o b) McEwan escribe maravillosamente, aunque, en cierto momento, interese poco lo que cuenta. Pero remonta posteriormente y cierra esa primera parte con el lector en vilo.
Es a partir de que empieza la segunda que se sospecha una traición al estilo de Expiación, pero elaborada de forma distinta; y esa constatación, a pesar de su impoluta factura —insisto, McEwan escribe de maravilla—, hace que se pierda el interés en la historia, pero la avidez por conocer el desenlace impida abandonar el libro —aunque el camino hacia ese desenlace esté sembrado de inverosimilitudes, especialmente una, determinante—.
«Lo imaginado se impone con fuerza a lo real: no hay paradoja ni misterio en ello. Muchos creyentes religiosos no quieren que se represente o se describa a su Dios. La felicidad es nuestra si no tenemos que aprender cómo funcionan los dispositivos electrónicos. Los personajes que apreciamos en la ficción no existen. Como individuos o naciones embellecemos nuestras historias para aparentar ser mejores de lo que somos. Viendo la vida entre suposiciones sin examinar o contradictorias, habitamos una niebla de sueños que por lo visto necesitamos»
| La cucaracha. Ewan McEwan. Anagrama, 2020 Traducción de Antonio-Prometeo Moya |
«Pero estaban los demás, y los reconoció al instante, atravesando su transparente y superficial envoltura humana. Un grupo de hermanos y hermanas. El gabinete radical metamorfoseado. Sentados alrededor de la mesa, no daban indicios de quiénes eran en realidad ni de que todos lo sabían. ¡Qué inquietantemente humanos parecían! Al mirar dentro y más allá de los diversos matices del gris, el verde, el azul y el castaño que coloreaban sus ojos de mamífero, y llegar al fondo blátido y palpitante de su ser, entendió a sus colegas y los amó a ellos y a sus valores, que eran precisamente los suyos. Unidos por una valentía de hierro y la voluntad de triunfar. Inspirados por una idea tan pura y conmovedora como la sangre y la tierra. Impelidos hacia una meta que se elevaba por encima de la mera razón y abarcaba un sentido místico de patria, una idea tan sencilla y sencillamente buena y verdadera como la fe religiosa».
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