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21 de septiembre de 2026

Tous périgourdins. Montaigne según Bergounioux

 


La Association Périgord Patrimoines publica regularmente la revista Sédiments: les grands caheirs Périgord Patrimoine. El ejemplar de 2019 está dedicado a un perigordino ilustre, Michel de Montaigne, y recoge una serie de artículos que diversos escritores le dedican. Entre ellos, Tous Périgordins, de Pierre Bergouniuox.

Tous Périgourdins


Por si no fuera suficiente con haber sido la cuna del Homo sapiens sapiens —el hombre de Cro-Magnon—, el Périgord puede enorgullecerse, además, de haber dado a luz al individuo consciente de sí mismo. Es mucho, casi demasiado, para una región tan pequeña. Y, sin embargo, así fue.


Por una curiosa inversión del orden de las edades, se supo en el acto que había nacido un nuevo hombre. Un pequeño terrateniente llamado Michel Eyquem había redactado, en francés, su partida de nacimiento en su casa solariega de Montaigne. Mucho más tarde, en 1868, Louis Lartet identificaría los restos óseos muy antiguos descubiertos cerca de Les Eyzies-de-Tayac como los del hombre moderno. Y exactamente cuarenta años después, su predecesor, el hombre de neandertal, sería exhumado de una cueva de Corrèze, en las inmediaciones de La Chapelle-aux-Saints, completando así nuestro árbol genealógico.


El acontecimiento fundamental de la aventura humana es la invención de la escritura, hacia mediados del cuarto milenio antes de nuestra era, en Mesopotamia. Durante mucho tiempo nos hemos preguntado por qué había tardado tanto en aparecer. Porque, a fin de cuentas, hace cincuenta mil años que seres semejantes a nosotros hollan la superficie de la Tierra. Si encontraran la manera de franquear el muro del tiempo para mezclarse con nuestra sociedad, nada delataría su remoto origen. La misma postura perfectamente vertical, sin la ligera curvatura dorsal, algo simiesca, del neandertal; la misma talla, un metro ochenta; la misma frente recta, sin arcos superciliares prominentes ni moño occipital; idéntico volumen intracraneal: 1500 centímetros cúbicos. El corrézien de La Chapelle lo aventajaba, es cierto, en este último aspecto —1600 centímetros cúbicos—. Pero habría estado menos profusamente provisto de circunvoluciones cerebrales. En suma, siguió siendo un misterio irritante esa interminable ausencia de escritura cuando unos hombres capaces de pintar Lascaux muy bien habrían podido, si hubieran querido, elaborar un sistema de notación pictográfica o ideogramática que nos dijera quiénes eran, qué hacían, qué pensaban, a orillas del Vézère, en su tiempo.


Si no concibieron, si no crearon nada semejante, es porque no sentían la necesidad de hacerlo. Han sido necesarias las investigaciones, relativamente recientes, de unos científicos anglosajones para esclarecer no solo la aparición de la escritura, sino también su incidencia en la vida del espíritu y en el curso de la historia.


Por decirlo brevemente, brutalmente, la escritura es hija de la esclavitud. Comienza con la explotación del hombre por el hombre. La mayor parte de nuestra historia, es decir, la prehistoria, transcurrió bajo el régimen del comunismo primitivo. Pequeños grupos itinerantes, igualitarios persiguen a la presa en la tundra de la que surgirán, mucho más tarde, Périgueux, Montignac, Sarlat. En un estudio memorable titulado Economía de la Edad de Piedra, Marshall Sahlins sostuvo que la edad de oro que nos empeñamos en buscar por delante de nosotros está detrás. Las investigaciones realizadas entre los últimos pueblos «salvajes» han revelado que dos horas de trabajo diario les permiten satisfacer sus necesidades. El resto del tiempo transcurre hablando, soñando, cantando, pintando, esculpiendo, durmiendo. La incertidumbre de la caza y la recolección convierte el reparto en una obligación vital. Auriñacienses y magdalenienses formaban pequeñas sociedades de iguales cuyos miembros poseían toda la cultura, técnica y simbólica, necesaria para la vida. La división del trabajo, la desigualdad en la distribución, la lucha de clases y, por tanto, la escritura, la historia llegaron después.


Las excavaciones llevadas a cabo en las ruinas de Sumer y Acad han confirmado la incómoda hipótesis que vincula la escritura con la esclavitud. Las tablillas de arcilla grabadas con caracteres cuneiformes son, en la casi totalidad de los casos —y se han encontrado cientos de miles—, documentos económicos, contratos de compra, de venta o intercambio de grano, de ganado, de cautivos, conocimientos de embarque y reconocimientos de deuda, inventarios, testamentos y, más raramente, plegarias, listados de dioses, decretos del cacique. El número y el nombre de los hombres y mujeres sometidos al trabajo forzado, la inmensa cantidad de bienes que este produce, exceden los límites de la memoria inmediata. Se impone la necesidad de un sistema auxiliar que permita llevar un registro de la contribución de cada cual a las riquezas que se acumulan en los almacenes del templo y del palacio. Es muy lógico que un hombre se agache para amasar un puñado de limo, corte una caña y, con su punta, marque en aquel unos signos en forma de cuña o de clavo. Estos son los archivos más antiguos de la humanidad.


Mucho se ha dicho sobre la magia de la escritura. Fija la palabra lábil, flotante, evanescente. La traslada del tiempo fugitivo, del aire olvidadizo, al espacio fijo, a la materia consistente. Objetiva el pensamiento. Se ve desde fuera lo que se trama, confusamente, en la penumbra interior. La humilde lista revela semejanzas y disparidades, saca a la luz las categorías subyacentes a la marcha de la mente, facilita, fortalece esa postura intelectual que llamamos razón. El instrumento de explotación, de opresión que fue en un principio la escritura se ha convertido en el principal medio para afrontar, con éxito, el doble misterio al que todo hombre se enfrenta: el que constituye el mundo exterior y lo que él mismo es para sí.


Quizá fuera natural, inevitable, que el primero se impusiera de inmediato y durante mucho tiempo en la atención de quienes piensan, pluma en mano, del mismo modo que absorbe la atención y el esfuerzo de quienes se enfrentan a las rocas, las plantas y los animales. Si la conciencia, «el prodigio de los prodigios», se asemeja a un haz de luz que barre, ilumina, lleva el mundo a un segundo registro, distinto, pensado que la caracteriza, ella ha sido lo último del mundo en iluminarse a sí misma.


La literatura despierta, pronto, en Mesopotamia. Es la epopeya de Gilgamesh, rey legendario de Uruk que partió en busca de la rama de la inmortalidad al país de los Seres Escorpión y de las Aguas de la Muerte. La filosofía, espinosa hermana menor, le sucede mil o dos mil años más tarde, en Grecia. La primera describía todavía la ferocidad del mundo al que se enfrenta la civilización naciente; la segunda, las reglas ideales a las que ahora debe someterse la ciudad: políticas, por supuesto, pero también éticas, científicas e incluso estéticas; el poeta será expulsado de ella porque no le preocupan ni la verdad ni la moral.


Hasta el final de la Edad Media, el texto que acompaña el curso de los acontecimientos da testimonio del curso insensible o tumultuoso de la historia, de la grandeza y de la decadencia de Roma a los comienzos del feudalismo, con El Cantar de Roldán y La Conquista de Constantinopla. Sentimos, al leer estos testimonios irreemplazables, que les falta algo que consideramos parte integrante de aquello que tenemos por realidad. Adolecen, a nuestros ojos tardíos, desvelados, de una carencia esencial. Los muy piadosos barones, muy belicosos, de la hueste carolingia, al igual que los personajes de los fabliaux y las soties, nos producen la impresión de niños robustos a los que les faltan la reflexión, el conocimiento de sí mismos. El factor subjetivo escasea en la humanidad que nos precedió hasta el final del primer Renacimiento. Como en el caso de la escritura, hay que buscar la razón de ello no en alguna atrofia de la capacidad de discernimiento, sino en el contexto en que el hombre, ese «animal político», se desarrolla, inventa, hace maravillas, o no.


Hacia finales del siglo XV empiezan a surgir, en Europa occidental y solo allí, unas entidades políticas de nuevo tipo: los Estados-nación. Se diferencian de los imperios a los que sucedieron por su estrecha integración territorial bajo una fuerte autoridad central que ha confiscado «el monopolio de la violencia física legítima». Esta ha impuesto por todas partes sus leyes, su moneda, sus pesos y medidas, su habla: el dialecto de la Île de France elevado al rango de lengua nacional por el edicto de Villers-Cotterêts en 1539.


La interioridad reflexiva —el yo, el individuo consciente de sí mismo, el sujeto— nace, casi mecánicamente, de estas estructuras políticas inéditas. Ya no se puede ignorar ni eludir la ley. Unas fuerzas regulares, dependientes del rey, se encargan de hacerla respetar en todas partes, mientras que en las épocas precedentes, cuando se había cometido una fechoría,  siempre se había tenido el recurso de salir de los límites, relativamente estrechos, de la jurisdicción correspondiente. Se acabó. Los Valois, los Borbones se impusieron en las luchas internas de la beligerante caballería. Restauraron la autoridad central. Dondequiera que  uno resida, en el reino, se está sujeto a ella directamente, inevitablemente. Hay que pensárselo dos veces antes de ceder al primer impulso, pensar en las consecuencias de lo que uno va a decir o hacer. Ahora bien, esas son precisamente las definiciones del pensamiento —un gesto contenido, una palabra reprimida—, de la razón —un juicio sereno, el cálculo de las consecuencias—.


Las condiciones sociales están preparadas, en Francia pero también en España, en Inglaterra, para que aparezca el hombre nuevo, reflexivo, razonable, al que todavía hoy nos esforzamos por infundir alma y aliento.


Un abismo, ya lo he dicho, nos separa de nuestros antepasados brutales, simples, infantiles de los siglos XI al XIV. Me parece, cuando leo los Ensayos, que su autor está sentado a mi lado y me habla. Todo lo que dice se explica por sí mismo. Nada me sorprende ni me detiene. Veo las mismas cosas con los mismos ojos, con la única diferencia de que, bajo su pluma, adquieren ese sabor, ese relieve, esos colores, esa extraordinaria nitidez de contorno, esa penetración, esa profundidad que son el propio hombre y «la forma entera, en él, de la condición humana».


        Si la conciencia es desasimiento, distancia, objetividad, tiene además la imparcialidad como beneficio. Montaigne la llevó, desde el principio, hasta sus últimas consecuencias y un poco más allá. Puesto en presencia de tres tupinamba comedores de carne humana, les concede, sin vacilar, dos cualidades eminentes, un coraje invencible y la observancia, entre ellos, de la más estricta igualdad, que los hace admirables. Después, consciente de haber ido bastante lejos, está dispuesto a conceder al lector, más o menos escandalizado por semejante elogio de los caníbales, que «no llevan pantalones». Hay que atribuir, pues, con toda equidad, una triple paternidad al hombre contemporáneo: dos progenitores adicionales procedentes, uno, de la España solar, planetaria, de Felipe II; el otro, de la obstinada Inglaterra isabelina. El primero, Miguel de Cervantes, pronunció la oración fúnebre de la caballería y señaló la difusión de una nueva actitud existencial, racional; el otro, Shakespeare, formuló, en términos decisivos, quizá definitivos, la ecuación de nuestro destino: «Ser o no ser». «La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, y sin ningún significado».


No obstante, el hombre en su totalidad, esa combinación efímera de cuerpo y alma, de un aspecto atractivo y una conciencia reflexiva, es un hijo del Périgord.

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Procedencia del texto: Sédiments 10. Les grands cahiers Périgord Patrimoines: Montaigne et nous, Roman Bondonneau (dir.), Association Périgord Patrimoines, 2019.
Procedencia de la imagen: dibujo de Daniel Maja.

24 de agosto de 2026

Déplier le monde

 

Déplier le monde. Pierre Bergounioux y Joël Leick. Fata Morgana, 2026

En sus Cuadernos, Pierre Bergounioux deja escrito que dedica una buena parte de su tiempo de escritura a lo que él llama livres pauvres. Algunos de estos libros de artista se han confeccionado con el fotógrafo, artista y editor Joël Leick, han consistido en un solo ejemplar manuscrito con las imágenes originales, y han permanecido inéditos hasta la fecha. 

No se trata de libros ilustrados al uso, en los que el artista crea una imagen para complementar el escrito, ni lo contrario, sino que componen un solo texto en dos lenguajes, como si uno completara las grietas que ha dejado el otro, armando un conjunto integrado, un diálogo activo,  cuyos elementos, por sí solos, aislados, ya no tienen el mismo contenido: la imagen ha adquirido voz y la voz, imagen. La editorial Fata Morgana, que publica regularmente textos del escritor, pone en circulación algunos de esos fragmentos bajo el título del primero de los escritos, Desplegar el mundo. 

«Todo ha cambiado: los temas, los medios empleados, la duración del efecto. Solo permanece una cosa: la capacidad intacta de captar la belleza exiliada —al igual que nuestras creencias y nuestra esperanza— entre los escombros de la modernidad, como escribió cierto poeta».

Como en gran parte de sus ensayos recientes, el tema general del conjunto de escritos es la decadencia de la civilización, singularizada por la industrialización y la urbanización, que vino a sustituir a ese mundo rural que se había quedado estancado a principios del siglo XX, que pagó el precio de ese progreso ineluctable  con la fractura de los equilibrios primitivos, la desaparición de los paisajes y de las formas de vida tradicionales, y se encontró en un cul de sac ya irremediable; una belleza que, si no se quiere renunciar a ella, habrá que encontrar entre los escombros de la modernidad. 

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A continuación, traducción del primer texto del volumen, titulado «Déplier le monde».

Desplegar el mundo


Recordemos la frase de Helvétius: «Si vivimos como todo el mundo, tenemos los pensamientos de todo el mundo». ¿Y entonces? Está bien, pero, jugando un poco con las palabras, esos pensamientos no son coextensivos, distan mucho de abarcar la totalidad del mundo. Este, debido a una desproporción que los griegos advirtieron muy pronto, excede la capacidad de la inteligencia, el alcance del pensamiento. La psyché no está a la altura de la physis; pero —Pascal verá en ello, mucho más tarde, la grandeza del hombre— lo sabe, mientras que la naturaleza lo ignora.

Hay algo más, a menos que no sea sino una consecuencia de lo anterior. Todo el mundo, o casi, coincide en considerar que ciertos objetos poseen cualidades estéticas, que determinados materiales presentan propiedades que los predisponen a un uso artístico. Son los rostros de facciones armoniosas, los cuerpos jóvenes, bien proporcionados, los más bellos representantes de los tres reinos: robles majestuosos y lirios silvestres, ciervos de poblada cornamenta, leones soberbios, mares en calma o embravecidos, cumbres coronadas de nieves eternas.

Fue justo ayer, por así decirlo, cuando los artistas comenzaron a reflexionar sobre la historia del arte, sobre la tradición milenaria que perpetuaban sin cuestionarla, y denunciaron los temas a los que se ajustaban y los límites que ellos mismos se imponían. Un nombre, el de Duchamp, señala la ruptura. Es contemporánea de la teoría de la relatividad de Einstein, del descubrimiento del inconsciente por Freud, de la revolucionaria fenomenología de Husserl que saca a la luz el trabajo inadvertido del espíritu, gracias al cual los datos de la experiencia son ordenados, sometidos al principio de coherencia y dotados del sentido del que él mismo es la fuente. «El mundo es una construcción subjetiva».

Un artista de hoy en día, si ignora estos avances, estos logros, no pertenece a su tiempo. Su mirada se ha desprendido del reducido número de figuras —cuerpos perfectos, leones y lirios…— que antes la habían acaparado, de los soportes específicos —lienzo de lino, mármol blanco, bronce, dorado o no— que el sentido común, y su propia inclinación, en mayor o menor medida, le imponían.

A esta conmoción de la cultura filosófica y científica occidental se añade el prodigioso desarrollo del proceso de producción. Decir que ha revolucionado la vida que llevamos, tanto en sus grandes líneas como en sus más ínfimos detalles, es quedarse corto. No es éste el lugar para hacer el inventario de la transformación permanente del paisaje cotidiano ni de los objetos de uso corriente.

Algunos parecen, desde luego, completamente desprovistos de cualquier virtualidad plástica; por ejemplo, los filtros de café, con su aspecto de cuadrante de papel secante marrón. Pues no es así. Tal como son, o desplegados, ofrecen a la imaginación un nuevo horizonte. El mundo, esa construcción subjetiva a la que damos ese nombre, se amplía, y con él aumenta también nuestra alegría.


Je dis ce que j'en sens by Joan Flores Constans is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España License.
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28 de mayo de 2026

Pierre Bergounioux. Carnet de notes 2021-2025 (III)



En su Carnet de notes 2021-2025, Pierre Bergounioux deja constancia de la aparición en castellano de La Mort de Brune, publicada por Shangrila Ediciones en 2025, traducida por Ester Quirós Damiá:

Jueves 30-10-2025

«En pie a las seis menos cuarto. En la panadería nada más abrir y luego lectura de las entrevistas de A. Trapenard. En el correo, la traducción al español de La Mort de Brune.

Paseo habitual en el decorado de un octubre agonizante. Los arces están esteramente dorados. Luego vamos a Chevreuse para unas pequeñas compras».



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25 de mayo de 2026

Pierre Bergounioux. Carnet de notes 2021-2025 (II)

 

Los Carnets de notes, como la mayoría de la obra de Bergounioux —con honrosas excepciones—, no han merecido la atención del mundo editorial español; la única versión existente es una parcial que publicó la editorial Días Contados —Cuaderno de notas (Diario 1980-1985), traducido por Carlos Wenceslao Lozano, extraído del volumen Carnet de notes 1980-1990 (2006)— en 2015, y del que publiqué las correspondientes Notas de Lectura.

A continuación, traduzco algunas de las anotaciones del volumen; aparte del orden cronológico, las he agrupado bajo tres epígrafes: las que hacen referencia a la cotidianeidad, en las que Cathy, su compañera desde hace más de cincuenta años, aparece con frecuencia y siempre de forma sumamente favorable; las dedicadas a sus colegas escritores —la mayoría, presentes en este blog—; y, finalmente, tal vez las más confesionales, las que hacen referencia a su estado de salud, a su edad y a la proximidad de la muerte.

El día a día

Miércoles 6-1-2021

En Chartres, a primera hora de la tarde. El cielo, muy oscuro, invernal, pesa sobre la tierra, sobre el ánimo, también. Nieva en todas partes, en el sur del país, sobre todo, pero la región parisina queda al margen.


Miércoles 10-3-2021

Cathy regresa, entretanto, del instituto, discretamente, y se refugia en su despacho. Es ella. Todo vuelve a mí, y ante todo la imposibilidad, constatada desde el primer momento, de frecuentar su cercanía. Tengo catorce años. La más interesante de las muchachas atraviesa mi campo de visión y luego desaparece; que perezca el mundo antes que perderla.


Martes 26-4-2022

Cuando Cathy entreabre la puerta del despacho donde estoy trazando estas líneas, es una felicidad infinita. El pensamiento de que no volveré a verla me sume, por la noche, cuando me siento morir, en la desesperación. Habrían hecho falta numerosas vidas para agotar el encanto de su presencia. Pero hace cincuenta y nueve años que me crucé en su camino, y es mucho, mucho más de lo que cabe razonablemente esperar para los mortales.


Sábado 3-12-2022

À. Leygonie me ha pedido unas páginas sobre las razones que me llevaron, en su momento, a escribir. Evoco, una vez más, la indigencia, la relegación, el silencio de mi pequeña patria, la escolarización ampliada, prolongada de nuestra generación, el gusto repentino, la necesidad de tener una idea un poco más clara de nuestra condición, de nuestros destinos presentes y pasados.


Viernes 10-2-2023

He vivido, si es que esa es la palabra, en los libros, y me desconcierta cada vez la reaparición de lo real, de los vivos. Me parece volver, por un instante, de entre los muertos.


Lunes 31-7-2023

Cathy sale enseguida a podar, a escardar los abedules y los sauces, sobre todo. Yo termino, no sin esfuerzo, de recoger los hierros, barro someramente el taller, preparo mi equipaje. Hace muy buen tiempo. La paz del campo es absoluta, en esta víspera de agosto. Permanecemos largo rato, después de comer, la más bella, la mejor de las mujeres y yo, recapitulando los sesenta años que han pasado, no sé cómo, desde que los dioses me la presentaron. La veo aún surgir en el verano de 1963, y el resto de mi vida, hasta el final, queda instantánea e irrevocablemente sellado cuando todo apenas acaba de empezar y se me escapa casi por completo.


Viernes 22-9-2023

A fuerza de vivir eternamente recluido, entre los libros, he olvidado cómo es la vida social, la gente de toda edad y condición, el ruido, el tráfico, los escaparates. El cielo se ha despejado. El sol bajo de septiembre deslumbra, vuelve peligroso desplazarse.

Los colegas

Domingo 14-3-2021

Salimos a pasear pasando por el instituto, a pesar del viento frío, del cielo amenazador. François Bon, que ha visto el artículo sobre Michelet en Le Monde, me cuenta que contrajo el virus en otoño y que perdió a su madre. Nada ni nadie nos separa ya de la puerta de salida.


Jueves 18-3-2021

Me levanto a las seis y media. Abro Contemporains, de François Bon, una serie de artículos sobre los escritores de hoy, de los que ya había leído la mayoría; luego paso a Conversations avec Keith Richards. Al principio las tomo por reales, hasta que me asalta una duda, que se confirma en la última página: «Todo está inventado salvo Keith Richards».


Domingo 2-1-2022

Llama Jacques Réda. Teníamos que vernos en París, pero ha contraído la covid. Como había recibido las tres dosis, la enfermedad se queda en un fuerte resfriado.


Jueves 23-6-2022

François Bon llama a las cinco. Casi dos años ya sin vernos.


Jueves 27-10-2022

Me levanto a las siete menos diez. En el buzón de correo, tres fotos de Jean-Paul Michel, de 1965-1966. No consigo recuperar mi estado de ánimo de entonces. Uno se vuelve, con el tiempo, extraño a sí mismo. Recuerdo, sin embargo, que postulaba, ya entonces, que existía una versión aproximada de la vida.

Nuestras ideas podían, debían «ser proporcionales a los hechos», como dice Montesquieu, pero ni yo ni nadie, que yo sepa, a mi alrededor, era capaz de lograrlo. Ningún recuerdo que no estuviera manchado por el error, por la  ilusión, y eso fue, en ese mismo instante, una decepción, una pena que me habrían arruinado la existencia. El resto de mi vida ha transcurrido tratando de comprender lo que ocurrió, desde el principio, y por qué no lo comprendía. No habré vivido, si por ello se entiende aceptar lo dado, lo que uno es. La realidad, aquello que dábamos por sentado, que se presentaba como tal, no me convenía en absoluto, me resultaba insoportable la mayoría de las veces, y lo que me hablaba, lo que me emocionaba, parecía estar destinado solo a mí, por lo que, en realidad, no existía.

Me vi condenado a soportar cosas que, en el mejor de los casos, me eran indiferentes, cuando no muy desagradables, gentes cuyos procedimientos y pensamientos reprobaba, visiones que, con la mejor voluntad, no podía compartir.

Fueron los libros —es decir, las convulsiones sociales que marcaron aquella época, y de las que su aparición fue uno de sus efectos— los que me acarrearon esos desengaños, pero también alimentaron mi esperanza.

Eran quizá un centenar, en el nicho excavado en la pared del fondo del comedor, y ninguno de ellos tenía relación con el mundo exiguo que habitábamos, la vida austera que llevábamos, en una subprefectura de la periferia. Aún me veo sacándolos de la estantería, hojeando sus páginas con la vaga esperanza de que arrojaran alguna luz sobre la hora y el lugar, y devolviéndolos luego a su sitio, desengañado, resignado a que la explicación que daban de mundos lejanos o ya extinguidos nunca alcanzara al nuestro.

Si existía un comentario preciso sobre la vida que llevábamos, estaba exiliado en algún lugar desconocido o bien era una virtualidad a la que un oscuro sortilegio nos impedía el acceso.


Lunes 14-11-2022

Me dirijo a la Sorbona por la rue Saint-Jacques, bordeando, para ello, Louis-le-Grand y no puedo dejar de pensar que han pasado cincuenta años desde que llevé allí a Gaby. La sala de actos está muy cerca de la entrada. Jean-Paul Michel ya ha llegado y discute con los vigilantes, que cerrarán el acceso de la rue Saint-Jacques a las 18:45. Habría que avisar a los que lleguen tarde, invitarlos a entrar por la rue Cujas o la rue Victor-Cousin. Sí, pero está prohibido, por motivos poco claros, fijar cualquier escrito, y el responsable, alguien sumamente autoritario, según nos dicen, ya se ha marchado a casa. Jean-Paul: «Me da igual».  Mayo del 68 queda lejos. «Prohibido prohibir.» Francia sigue siendo, decididamente, «ese país en el que hasta la rata más insignificante está policialmente controlada».

Saludo a Karim Haouadeg, a Michel Collot, que sigue dirigiendo un seminario. Iré a visitarlo en 2023, si todavía estoy aquí. Jean-Paul expone su concepción del poema, recapitula su trayectoria de sesenta años, lee algunos textos. Llego a la estación de Luxembourg justo a tiempo. Llueve cuando me bajo en Courcelles, solo, sobre las nueve de la noche.


Miércoles 22-3-2023

Leo Les Deux Beune de P. Michon antes de volver a Voltaire.


Sábado 1-4-2023

Sigo con interés la conversación de Dominique Viart con Patrick Deville y Kaveri Srini, un investigador indio, especialista en inmunología, que habla con fluidez nuestra lengua por haber trabajado en el Instituto Pasteur. Luego hablo con Laurent Demanze. Sesión de firmas. Los estudiantes movilizados para el festival se preocupan por mi vieja persona, me traen «pasteles y bebida». Y aparece Marie-Hélène Lafon, risueña, animosa, la «energía auvernesa» hecha mujer.


Viernes 29-9-2023

Leo el libro de M.-H. Lafon sobre Cézanne.


Lunes 29-1-2024

Tomamos el tren de las dos menos cinco, hacemos transbordo en Saint-Michel, salimos en Musée-d’Orsay. ¿Cuándo fue mi última visita? Lo he olvidado. Colin Lemoine nos ha inscrito en la lista de los privilegiados que pueden visitar el lugar el lunes, día de cierre, lo que me incomoda. Somos unas dos o tres decenas de personas las que atravesamos la puerta de la rue de Lille. Se presenta el documento de identidad y no queda más que contemplar los Van Gogh expuestos en tres o cuatro amplias salas. La afluencia es tal, los días laborables, me han dicho, que resulta difícil ver nada. Saludo a Marie-Hélène Lafon, a quien Colin ha avisado de nuestra visita y que se ha desplazado hasta aquí.


Sábado 17-2-2024

Por una oscura y tenaz fatalidad, Marie-Claude B.-B. perdió, muy joven, a su marido en un accidente de coche, cuando las causas tradicionales de mortalidad —ahogamiento, tuberculosis, enfermedades tropicales— pertenecían ya al pasado. Pero, como su abuela Olga, estudió, se convirtió en profesora de economía en la universidad de Burdeos y, como Pierre Michon, ha resucitado esas vidas ínfimas.


Jueves 7-3-2024

Me pongo a leer las dos últimas publicaciones de Jean-Paul Michel, Injonctions et censures intimes des morts y Le Là de l’être-là. En ellas se erige en intérprete de nuestro próximo final, cuando, hace sesenta años, en Brive, celebraba nuestros despertares.


Lunes 30-9-2024

Un SMS de T. Bouchard me informa del fallecimiento de Jacques Réda. Nos conocíamos desde 1988. Durante treinta años me visitó con Jacques Borel y luego —después de 2002— sin él. Habíamos hablado de reencontrarnos en París, pero sus piernas ya no lo sostenían y yo, por mi parte, temía el viaje en RER hasta Gare du Nord. Pienso en él, con el corazón encogido. ¡Cuántos duelos, últimamente!


Martes 8-10-2024

A las dos, en el Père-Lachaise. Me duele la espalda y el empedrado irregular de los senderos no ayuda. Ha empezado a hacer calor. Es en la capilla central donde tiene lugar la ceremonia religiosa solicitada por Jacques [Réda]. Sus hijos están allí. Oficia un sacerdote: la paz, la vida eterna, la resurrección. ¡Cómo creer en semejantes fábulas!

Saludo a muchas personas conocidas que no había vuelto a ver desde hacía años, V. Pélissier y T. Bouchard, G. Ortlieb y T. Laget, A. Cerisier y A. Gallimard, a quien le digo que esperábamos unas palabras suyas. «Se hubiera podido creer que me estaba promocionando», me responde. Bien puedo replicarle que está por encima de eso. Me despido de unos y otros y emprendo, con esfuerzo, con dolor, el camino de regreso. Todo me sorprende, la gente, la vida, después de dos meses pasados limitándome a escribir y a leer en mi reducto.


Viernes 7-2-2025

En pie a las siete y media. No lograba conciliar el sueño. Termino Voyages de découvertes en Afrique, paso a un envío de livres pauvres de J.-M. Marchetti y empiezo J’écris l’Iliade de P. Michon.

El fin del camino

Martes 23-2-2021

Por la tarde, en la cantera de arena, por encima del Mérantaise. Hace muy buen tiempo. El viento del sur arrastra nubes como puñados de guata arrojados al azul. Me cuesta subir el sendero escarpado. El esfuerzo me oprime el corazón y me deja dolorido, maltrecho, al borde mismo del desmayo, hasta el final del día, con diez de tensión. Como Sarah y Jeanne insisten a toda costa en pescar, las llevamos hasta la zona de juegos, donde sumergen en el arroyo un hilo atado a un palo. Yo también conocí instantes parecidos, mágicos, en los comienzos del tiempo.


Lunes 17-5-2021

Sin vértigo ni náuseas, pero reaparece el dolor en la mano izquierda. Artrosis, sin duda. Aún no la conocía. Exploro el triste país de la edad.


Domingo 3-4-2022

Me levanto a las siete menos cuarto. Tiempo claro y frío. Leo junto al fuego. Una fórmula de Chateaubriand, sobre el sepulcro de Cristo: «El único que no se desvanecerá con el paso de los siglos». Doy vueltas a los sombríos pensamientos acordes con mi edad, recuerdo horas pasadas, más pobladas de muertos que de vivos.


Miércoles 9-11-2022

Me levanto a las seis y media. Tensión persistente. Desde hace meses tengo la oscura sensación de haber llegado al término de mi vida. Hace tanto tiempo que todo empezó. Casi toda mi antigua compañía ha desaparecido. Me demoro indebidamente.


Viernes 18-11-2022

Ensimismado, me di cuenta de que mis primeros recuerdos se borraban. El olvido se lleva consigo las impresiones muy vivas, muy intensas, que sin embargo habían permanecido durante mucho tiempo, desde los comienzos. Los seres, los hechos, los momentos han perdido la realidad de la que estaban revestidos y que habían conservado más allá del instante que habían ocupado. Carecen, desde ese momento, de consecuencias y, por tanto, de importancia, de consistencia. He tenido mi momento. Puedo marcharme ya, como ya lo ha hecho la mayor parte de mi mundo.


Viernes 24-3-2023

La edad está arrebatándome la vida mientras aún estoy vivo. La veo desde fuera, como un espectador; ya no comprendo los entusiasmos, los arrebatos que llenaron los años. Supongo que así debe ser cuando uno ya ha vivido su tiempo, ha acabado por hacer, más o menos, lo que quería y el final puede sobrevenir en cualquier momento.


Sábado 22-7-2023

En pie a las siete menos diez. Hace un mes ya que estamos aquí y no puedo evitar pensar que este podría ser mi última estancia en la tierra natal. Puedo morir en cualquier momento, reunirme con los que me han precedido en este lugar. Ha llegado la hora.


Viernes 22-12-2023

Me entero, incidentalmente, del fallecimiento de un compañero de la escuela primaria. Hacía quizá sesenta años que nos habíamos perdido de vista y me invade el espanto al sondear el abismo que el tiempo ha cavado desde entonces. Los recuerdos de aquella época me parecen pertenecer a un tercero. Llego casi a dudar de mi propia existencia. Marie-Christine —Sœurette—, con quien hablé ayer por teléfono, me decía sentirse presa del terror al recordar ciertos días muy lejanos y la proximidad, ahora, la eventualidad, en todo momento, del final.


Domingo 25-5-2025

A las dos, en Versalles, bajo un aguacero. Al llegar allí, me encuentro de repente mal, a punto de desmayarme, de morir quizá, como me ha ocurrido innumerables veces desde hace casi veinte años. Experimentaré hasta la noche una sensación, muy angustiosa, de pesadez y debilidad en la región del corazón.

Tengo setenta y seis años.


Sábado 27-9-2025

No sin cierta aprensión emprendo el camino de regreso. Ha salido el sol, pero el corazón me duele, y también las piernas. Siento mareos, floto y me pregunto, sombríamente, por momentos, si no acabaré sobre el duro pavimento de París. Tomo el RER hasta Denfert, la línea 4 hasta Porte d’Orléans, donde acabo por localizar los autobuses lanzadera. Una joven de origen africano me ofrece generosamente su asiento y, sin la menor vergüenza, lo acepto. Cansado. Esta mañana había sido un hombre joven, también negro, quien me había cedido su sitio.

Me hice el valiente y lo he pagado. Ya no me atrevo a imaginar la triste figura  que el tiempo, la edad me han dejado. Afortunadamente, no la veo.


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Je dis ce que j'en sens by Joan Flores Constans is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España License.
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