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13 de septiembre de 2026

Le Livre de Raison de Michel de Montaigne

Ephemeris historica, Michael Beuther. Paris, M. Fezandat et R. Granjon, 1551.
In-8°. Restos de la página del título. Biblioteca de Burdeos.

El encierro de Michel de Montaigne en La Bastilla


La familia Montaigne disponía de un ejemplar de la Ephemeris historica, de Michael Beuther¹, adquirido por el padre del ensayista, Pierre Eyquem (1495-1568), que estuvo a su disposición hasta que su descendiente Michel-Jacques-Marie Octave de la Rose, el último poseedor ligado a la familia, lo cedió en 1931 a Louis Enlart, hijo del arqueólogo Camille Enlart. En este volumen, Michel escribe, en la página correspondiente al 20 de julio —se trata de un error de datación; la fecha correcta en que sucedieron los hechos descritos fue el 10 de julio—, el texto siguiente: 


1588 entre trois et quatre [heures de l’]après midi étant à Paris et au lit à cause d’une douleur qui m’avait pris au pied gauche trois jours d’avant [auparavant] / qui sera à l’aventure une espèce de goutte et en eus [a]lors le premier ressentiment [symptôme] / je fus pris [fait] prisonnier par les capitaines de ce peuple [de Paris] lorsque monsieur de Guise y commandait et en avait chassé le roi / je revenais de Rouen où j’avais laissé Sa Majesté et fus par eux mené à la Bastille sur mon cheval / La reine mère du roi en ayant été avertie par le bruit du peuple [la rumeur] étant au conseil avec ledit sieur de Guise obtint de lui de me faire sortir avec beaucoup d’ins[is]tance / il en donna un commandement par écrit adressant au Clerc [adressé à Leclerc] qui [a]lors commandait à la Bastille / lequel commandement fut porté au prévôt des marchands ayant besoin de sa confirmation / A huit heures de ce même jour un maître d’hôtel de la reine apporta lesdits [com]mandements et fus mis hors [libéré] d’une faveur inouïe / monsieur de Villeroy entre plusieurs autres en eut beaucoup de soin / c’était la première prison que j’eusse onques vu [jamais subie] / j’y fus mis le duc d’Elbeuf me faisant prendre par droit de représailles pour un gentilhomme de la Ligue pris à Rouen

1588. Entre las tres y las cuatro de la tarde, estando en París y en cama a causa de un dolor que me había sobrevenido en el pie izquierdo tres días antes, que tal vez fuera una especie de gota, y del cual sentí entonces el primer síntoma, fui hecho prisionero por los agentes de la policía de París cuando el señor de Guisa² había tomado el mando de la capital y había expulsado al rey; volvía yo de Ruan, donde había dejado a Su Majestad³, y fui llevado a La Bastilla⁴ montado sobre mi propio caballo. La reina madre⁵, que había sido advertida por el tumulto popular, obtuvo del señor de Guisa, con quien estaba reunida, y tras mucha insistencia, mi liberación; para ello, redactó un mandamiento dirigido a Leclerc⁶, bajo cuyo cargo estaba en aquel entonces La Bastilla, que fue llevado a la autoridad municipal⁷ por necesitar su confirmación. A las ocho de ese mismo día un mayordomo de la reina trajo dichos mandamientos, y fui liberado gracias a un favor inaudito. El señor de Villeroy⁸, entre otros muchos, se ocupó de ello. Era la primera prisión que jamás hubiese visto; fui en ella puesto por el duque de Elbeuf⁹ que me hizo prender como represalia por la detención de un gentilhombre de la Liga¹⁰ preso en Ruan.

El día 12 de mayo de 1588, durante la llamada Octava Guerra de Religión, estalla un levantamiento popular en la ciudad de París. El motín fue dirigido por el Consejo de los Dieciséis, un grupo formado por los jefes policiales de los dieciséis barrios de París, e inspirado por el líder la Liga Católica, el duque de Guisa. La razón era la sospecha de que el rey Enrique III, católico, sin descendencia, iba a nombrar como sucesor a Enrique de Navarra, futuro Enrique IV, protestante.


Montaigne, que había sido alcalde de Burdeos desde 1581 hasta 1585, era conocido por su posición moderada, un talante que le valió la enemistad de ambos bandos, el real y el sublevado: a pesar de su confesión católica, era partidario de la conciliación. Dos meses después del levantamiento, y tras dejar a Enrique III seguro y a salvo de los sublevados en Ruan, viaja a la ciudad de París, sumida en un ambiente extremadamente inestable.


El día 10 de julio, Montaigne es detenido en su residencia parisina, donde se reponía de un ataque de gota, y conducido a La Bastilla. No se ha encontrado ningún acta judicial que detalle cargos formales; el propio Montaigne atribuye su encarcelamiento a la represalia de los miembros de la Liga por la detención de uno de sus partidarios en Ruan, pero es posible que el contexto paranoico, en el que eran comunes las detenciones preventivas de individuos relacionados con personajes mal vistos por la Liga, así como el hecho de que su perfil conciliador y sus contactos lo convirtieran en un personaje poco fiable tanto para los católicos como para los realistas más radicales, tuvieran su importancia.


Con posterioridad a este episodio, los hechos históricos se precipitan: el 23 de diciembre de 1588, en el Castillo de Blois, convocado por el rey para los Estados Generales, el duque de Guisa es asesinado por orden real, un día antes que su hermano Luis II de Lorena, cardenal de Guisa. El 1 de agosto de 1589 el propio rey fue apuñalado por Jacques Clément, fraile dominico perteneciente a la Liga; falleció al día siguiente y su primo Enrique de Navarra, de confesión protestante, fue su sucesor con el nombre de Enrique IV.


Ese mismo año de 1588 Montaigne publica, en París, la edición ampliada de los Ensayos, con el añadido del Libro III; frente a las convulsiones del mundo exterior, su escritura es cada vez más introspectiva y escéptica. Ni en esta edición, ni en ninguna de las adiciones posteriores, existe ningún relato específico de su paso por La Bastilla.


En ese Libro III, capítulo 12, La fisionomía, Montaigne relata algunos episodios directamente relacionados con el conflicto:


Escribía esto aproximadamente cuando una fuerte acometida de nuestros tumultos se estancó, durante mucho meses, con todo su peso, justo sobre mí. Por un lado, tenía a los enemigos a mis puertas; por otro lado, a los merodeadores, peores enemigos —non armis sed uitis certatur [no se combate con las armas sino con los vicios]—; y sufría toda suerte de abusos militares a la vez:

Hostis adest dextra laeuaque a parte timendus, 

uicinoque malo terret utrumque latus

[Tengo un enemigo terrible a mi derecha y a mi izquierda; 

ambos flancos amenazan con un mal inminente].

¡Monstruosa guerra! Las demás actúan hacia fuera; ésta, incluso contra sí misma. Se corroe y destruye con su propio veneno. Es por naturaleza tan maligna y destructiva que se arruina a sí misma al mismo tiempo que arruina lo demás, y se desgarra y destroza por su propia rabia. La vemos más veces disolverse por sí misma que por carencia de algo necesario, o debido a la fuerza enemiga. Toda disciplina la rehúye. Viene a curar la sedición y rebosa de ella. Pretende castigar la desobediencia y da ejemplo de ella; y, entregada a la defensa de las leyes, representa su papel de rebelión en contra de las suyas propias. ¿A qué punto hemos llegado? Nuestra medicina conlleva infección:

Emponzoñamos nuestro mal con la ayuda que le procuramos.


Exuperat magis aegrescitque medendo.

[Prevalece más y se irrita al curarlo].


Omnia fanda, nefanda, malo permista furore, 

iustificam nobis mentem avertere Deorum.

[La mezcla de todo lo bueno y de todo lo malo, por culpa de un 

maligno furor, ha apartado de nosotros el espíritu justo de los dioses].


Al mismo, tiempo, explicita las consecuencias de su posición moderada:

Caí en las desgracias que la moderación acarrea en tales enfermedades. Me zurraron por todas partes. Para el gibelino, yo era güelfo; parad güelfo, era gibelino —alguno de mis poetas dice esto, pero no sé dónde—. La situación de mi casa, y el trato con los hombres de mi vecindad, me presentaban con una apariencia; mi vida y mis acciones, con otra. No me lanzaban acusaciones formales, pues no había por dónde atacarme—jamás me aparto de las leyes—; y si alguien me hubiera investigado, me habría tenido que dar explicaciones él. Eran sospechas mudas que circulaban bajo mano, en las cuales nunca falta verosimilitud en una mezcolanza tan confusa—como tampoco faltan espíritus envidiosos o ineptos—. Suelo secundar las presunciones injuriosas que la fortuna esparce contra mí, por una tendencia, que tengo desde siempre, a eludir justificarme, excusarme e interpretarme. Considero que pleitear por mi conciencia es comprometerla. Perspicuitas enim argumentatione eleuatur [Pues la evidencia mengua con la argumentación].

A pesar del contexto de los hechos que relata, no existe ninguna mención a su detención.


En el capítulo siguiente, el XIII, del mismo Libro III, La experiencia, el último de la obra, Montaigne habla de la prisión, pero para negar rotundamente que haya sido detenido jamás. 


A Dios gracias, hasta ahora ningún juez se ha dirigido a mí como juez por causa alguna, ni mía ni ajena, ni criminal ni civil. Ninguna prisión me ha acogido, ni siquiera para pasearme por ella. La imaginación hace que las vea, incluso desde fuera, desagradables. Ansío tanto la libertad que si alguien me prohibiera el acceso a algún rincón de las Indias, viviría de algún modo más infeliz. Y mientras encuentre una tierra o un aire abiertos en otro lugar, no me pudriré en un sitio donde haya de esconderme. ¡Dios mío, qué mal sobrellevaría la condición en la cual veo a tanta gente, clavada en una región de este reino, privada de poder entrar en las principales ciudades y en las cortes, y de usar los caminos públicos, por haber tenido disputas sobre nuestras leyes! Si aquellas a las que sirvo me amenazaran siquiera con la punta de un dedo, me iría en el acto a buscar otras, a cualquier sitio. Toda mi pequeña prudencia en las guerras civiles en las que nos hallamos se aplica a que no interrumpan mi libertad de ir y venir.


Esa omisión plantea un problema cronológico interesante, teniendo en cuenta que Montaigne fue detenido y llevado a la Bastilla en julio de 1588, que el Libro III se publica ese mismo año y que el capítulo La experiencia pertenece a esa fase final. 


En base a estos hechos, caben dos hipótesis, aproximativas y especulativas, porque no hay forma de verificarlas: 


—Hipótesis cronológica. La edición de 1588 de los Ensayos estaba ya impresa o en proceso de impresión antes de julio 1588, antes, por tanto, de su encarcelamiento, y Montaigne no consideró necesario corregirla en sus anotaciones posteriores.

—Hipótesis conceptual. A pesar de que Montaigne revisó obsesivamente su texto y añadió numerosas interpolaciones tras 1588, no corrigió ese fragmento. Puede que Montaigne no considerara aquella retención como detención, ya que no hubo proceso ni condena, tratándose más bien de una retención por motivos políticos de la que fue liberado a las pocas horas; o bien, siguiendo con su actitud general ante los acontecimientos políticos, a los que tiende a minimizar en el plano autobiográfico, pensó que no afectaba a su retrato de sí.

____________________


Notas:


1. La Ephemeris historica es un calendario o diario histórico escrito por Michael Beuther (1522–1587), humanista e historiador alemán. Registra eventos, efemérides y aniversarios relevantes, y contiene espacios en blanco en cada página para que su poseedor pueda escribir sus comentarios o sus propias efemérides.

2. Henri de Lorraine, duque de Guisa y príncipe de Joinville (1550-1588), encabezó el partido católico durante las guerras de religión de Francia (1562-1598).

3. Enrique III, último monarca francés de la línea directa de los Valois, que reinó desde 1574 hasta su asesinato en 1589.

4. La Bastilla fue una fortaleza medieval en París, construida en el siglo XIV y convertida en prisión estatal en 1417.

5. Catalina de Médici (1519-1589), fue reina consorte de Francia por su matrimonio con Enrique II. Ejerció una gran influencia política durante los reinados de sus tres hijos, Francisco II, Carlos IX y Enrique III, intentando mantener la dinastía Valois.

6. Jean Bussy-Leclerc, Jean Leclerc, fue un procurador del Parlamento de París que fue nombrado gobernador de La Bastilla en 1588 gracias al apoyo de Henri de Guisa.

7. En 1588 el prévôt des marchands, el equivalente al actual alcalde durante l’Ancien Régime, era Michel Marteau.

8. Nicolas IV de Neufville, marqués de Villeroy (1542-1617), secretario de Estado durante las Guerras de Religión y primer ministro durante la regencia de María de Médici.

9. Carlos III de Guisa-Lorena (1620-1692), duque de Elbeuf, conde de Lillebonne, conde de Rieux y barón de Ancenis.

10.  La Liga Católica, creada formalmente en 1576 y dirigida por Henri de Guisa, fue un movimiento político armado que participó en las Guerras de Religión cuyo objetivo era imponer el catolicismo como única religión y eliminar el protestantismo de Francia.

7 de septiembre de 2026

Montaigne


Montaigne. Peter Burke. Alianza Editorial, 1985. Edición agotada
Traducción de Vidal Peña

Los libros sobre Michel de Montaigne pueden agruparse en dos grandes categorías: los destinados a lectores que ya han leído los Ensayos y los dirigidos a los que aún no lo han hecho. Teniendo en cuenta que no estoy refiriéndome a especialistas en ninguno de los casos, dos ejemplos para los primeros podrían ser, según un criterio tan personal como cuestionable, el Dictionnaire Montaigne, dirigido por Philippe Desan, y Montaigne en mouvement, de Jean Starobinski; para los segundos, entre los libros publicados el siglo pasado, Montaigne, de Stefan Zweig —disponible también en catalán—, y el que encabeza este artículo. Se trata de una breve pero cabal introducción al personaje y al pensamiento del autor perigordino, tal vez más estructurado y analítico que el del austríaco, pero igualmente útil como introducción, de la mano del prestigioso historiador británico Peter Burke.

No tiene mucho sentido el intento —el ensayo— de comentar un libro cuyo mayor mérito, para los simples amateurs entre los que me cuento, es ser una presentación de una obra mayor; por tanto, voy a limitar estas Notas de Lectura a unas cuantas nociones que los verdaderos especialistas han atribuido a la persona y al escritor: su contemporaneidad, su inclusión en el movimiento del Humanismo renacentista y la hipotética naturaleza de su pensamiento y la evolución del mismo  en relación a los antecedentes filosóficos históricos.

«El lenguaje que me gusta es un lenguaje simple y natural, igual sobre el papel que en la boca, un lenguaje suculento y vigoroso, breve y denso, no tanto fino y cuidado como vehemente y brusco, más difícil que aburrido, alejado de la afectación, irregular, suelto y audaz —que cada pieza tenga cuerpo propio—; no pedantesco, no frailesco, no pleiteante, sino más bien soldadesco, como Suetonio llama al de Julio César». Ensayos, Libro I, Capítulo XXV, «La formación de los hijos»

La teóricamente justificada contemporaneidad de Montaige —«resulta fácil verlo como un moderno nacido fuera de su época», dice Burke— se basa en el hecho de que la mente de un hombre del siglo XVI pueda interpelar al lector de cinco siglo más tarde, y que lo haga de una forma alejada de la filosofía profesional imperante en su época, de una forma moderna, tal vez la más actual de todas: Montaigne no brinda respuestas, sino que plantea preguntas; es la forma más actualizada del pensamiento crítico.

Pero es que, además, Montaigne no funda ninguna escuela, no da lugar a ningún montaignismo, no cimenta ninguna ideología: simplemente ensaya. Y el modo en que lo hace, «esparciendo una frase por aquí, otra por allí —muestras desprendidas de su pieza, separadas sin propósito ni promesa—, no estoy obligado a tratarlas en serio, ni a mantenerme yo mismo en ellas, sin variar cuando se me antoje ni retornar a la duda y a la incertidumbre, y a mi forma maestra, que es la ignorancia».  (Ensayos, Libro I, Capítulo L, «Demócrito y Heráclito»), es plenamente moderno: la ausencia de sistematización en la exposición de su pensamiento, la hibrisación de sus razonamientos y la flexibilidad de sus puntos de vista reflejan un desorden que se parece mucho a la estructura del proceso de reflexión; el hecho de ser un aficionado —amateur— a la filosofía, y no un profesional, le permite no tener que justificar sus opiniones ni recluirlas entre las cuatro paredes de un sistema filosófico. Su propósito no buscaba el favor del público ni los parabienes de la academia; su interés era «doméstico y privado». Pero parece que esa actitud, según Burke, al menos en parte, tiene que ver con la generación que llama «de 1530», la primera sin recuerdo de la Francia anterior a la Reforma, y cita una serie de autores que, desde distintos campos intelectuales y en mayor o menor grado, presentarían ciertas coincidencias con la del perigordino: Étienne PasquierÉtienne de La Boétie, Jean Bodin, Henri II EstienneFrançois de La Nouë, Pierre Charron, Pîerre de Ronsard y Marc-Antoine Muret. Efectivamente, su interés intelectual por todo aquello que no formaba parte de su quehacer diario ni de su entorno inmediato se canalizó a través de la inclinación por sus contemporáneos de otras regiones de Francia, pero también del mundo, y por los hechos y personajes de tiempos pasados. Montaigne no fue ni un etnógrafo ni un historiador académico, pero su anhelo de conocimiento abarcó ambas disciplinas.

La inclusión de Montaigne entre las filas del humanismo renacentista tiene que ver más con el propósito implícito de su enfoque intelectual que con la relación con los integrantes de esa corriente. El seguimiento de la antigüedad clásica es uno de los rasgos determinantes de su pensamiento, no tanto por las sentencias transcritas en las vigas de su biblioteca como por las constantes citas que comenta y que constituyen el armazón que sostiene el edificio de los Ensayos; pero también que el objeto de su estudio sea el hombre y la condición humana, no las ideas abstractas, algo parecido a lo que, posteriormente, se consideró el ámbito de la razón práctica; es en este sentido en el que se le puede considerar, si no un precursor, al menos un inspirador de la Ilustración.

Al igual que es sumamente difícil hallar un habitáculo permanente e inmutable donde recluir su pensamiento, no lo es menos rastrear sus antecedentes, en parte porque, como quedó dicho, su postura intelectual es imposible de sistematizar. Sin embargo, se puede especular, siempre teniendo en cuenta lo que sabemos de la persona y no solo lo que constituye su pensamiento, con algunos precedentes. 

En el campo religioso personal —que tenía poco que ver con las razones de las guerras de religión que azotaron Francia en la época—, es indudable que Montaigne profesaba un catolicismo abierto y tolerante, es decir, nada convencional y alejado de las posiciones éticas y políticas de la jerarquía y de sus más acérrimos partidarios. En todo caso, es conveniente no olvidar, preventivamente, que él mismo de calificó como «sacrílego descarado».

Parecido a lo que sucede en la vertiente religiosa, su ideario político es difícilmente juzgable con la regla de medir actual porque se incurriría en un grave anacronismo. En todo caso, aunque su escepticismo no fuera puramente una toma de posición política, sí que le justificó su no adscripción a ningún movimiento que tuviera el dogma como norma. Así pues, formó parte, con otros nobles e intelectuales, de les politiques, un grupo que incluía a católicos y protestantes que abogaban por la extinción de las guerras de religión, verdaderos enfrentamientos civiles de raíz política. A pesar del exceso de significados con que el tiempo ha dotado a estos conceptos, se podría decir que, políticamente, Montaigne era un moderado pragmático y posibilista.

Montaigne sostenía, frente a la aceptación acrítica de las normas de conducta establecidas por la tradición o por las veleidades de los que detentaban el poder en cada momento, la reflexión y el acuerdo con su conciencia. Es en su vida privada, la que transcurre lejos de los focos públicos, donde reside la valía de un hombre, del que vive de acuerdo con sus propios principios: la historia, por tanto, no puede prescindir de la biografía: «Así, lector, soy yo mismo la materia de mi libro», «Ainsi, lecteur, je suis moi-même la matière de nom livre». (Ensayos, Libro I ,«Al lector»).

A la carencia de sistematización mencionada con anterioridad habría que añadir que los veinte años que empleó en la redacción de los Ensayos dan cuenta de la evolución del pensamiento de su autor, que podría resumirse en tres etapas y un corolario. En primer lugar, coincidiendo con la época en que se retiró de la vida pública y empezó la redacción de su obra, pero influenciado todavía por aquella, la acentuada por la transición desde una versión muy personal del fideísmo —téngase en cuenta el entorno social, político y religioso de la época— hacia un indulgente —¿cómo, si no?— moralismo cristiano. La segunda etapa, caracterizada por una orientación estoica, en la senda de Séneca, Epícteto y Marco Aurelio —y, aunque ligeramente aparte, su Plutarco—. Y, en tercer lugar, tal vez como evolución natural de la anterior, su pensamiento desembocó en un escepticismo no estático cuya representación más evidente fue el Que sais-je?, el auténtico lema de Montaigne, presente en la medalla personal que se hizo acuñar, que lo incluye entre los seguidores de Sexto Empírico, el compilador de los textos del escepticismo clásico, y lo ubica franca oposición a cualquier manifestación del dogmatismo y de los sofismas de los filósofos escolásticos. Y, finalmente, coincidiendo con el final de las revisiones de los Ensayos, camino del fin de su vida y como conclusión  de las anteriores, el deseo de que la humanidad alcanzara sus metas y la fraternidad universal.

Nota: Las citas de los Ensayos incluidas en este artículo pertenecen a la edición y traducción de J. Bayod Brau para Editorial Acantilado, 2007.

19 de agosto de 2026

¡Leed a Montaigne (malditos)! Gustave Flaubert,leído por Sophie Marceau


Michel de Montaigne en una ilustración de Foch para The New Yorker 

¡Leed a Montaigne, malditos!


Sophie Marceau lee una carta de Flaubert dirigida a Marie-Sophie Leroyer de Chantepie, una escritora apasionada por el arte y la literatura, con quien Flaubert se relacionó solo epistolarmente, ya que nunca se conocieron en persona.

El vídeo está en francés subtitulado en esa misma lengua. Para los que tengan un poco oxidado su francés o pertenezcan a esas infaustas generaciones que estudiaron inglés como lengua extranjera, a continuación, traduzco al castellano la intervención de la actriz.


«Me pregunta qué libros leer.

Lea a Montaigne. Léalo despacio, sosegadamente. Le aliviará.

Y no haga caso de quienes hablan de su egoísmo. Le gustará, ya verá.

No lea como leen los niños, para divertirse, ni como leen los ambiciosos, para instruirse. No. Lea para vivir.

Procúrese para el alma una atmósfera intelectual compuesta por las emanaciones de todos los grandes espíritus.

Estudie a fondo a Shakespeare y a Goethe. Lea traducciones de los autores griegos y romanos, Homero, Petronio, Plauto, Apuleyo…, y cuando algo le aburra, encarnícese con ello. Pronto lo comprenderá, y será una satisfacción para usted.

Se trata de trabajar, ¿me comprende? Es una pena ver que una naturaleza tan hermosa como la suya se eche a perder en la aflicción y la ociosidad. Amplíe sus horizontes y respirará con más holgura. Si fuera usted un hombre y tuviera veinte años, le diría que se embarcara para dar la vuelta al mundo. Pues bien: dé la vuelta al mundo en su habitación. Estudie aquello acerca de  lo que no tiene la menor sospecha: la Tierra.

Pero le recomiendo ante todo a Montaigne. Léalo de cabo a rabo y, cuando haya terminado, vuelva a empezar.

Los consejos que le dan (los médicos, sin duda) me parecen poco inteligentes. Hay que hacer, por el contrario, que su pensamiento se fatigue. No crea que está agotado. No es una tortícolis lo que tiene, sino convulsiones. Esa gente, además, no entiende nada del alma. Los conozco.

¡Vamos!»


Vídeo de La Grande Librairie:


30 de marzo de 2026

Montaigne. La conciencia crítica del Renacimiento

Montaigne. La conciencia crítica del Renacimiento. Nicola Panichi. Shackleton Books, 2026
Traducción de Silvia Freile y María Llopis. Prólogo de Bernat Castany Prado

 Montaigne retoma la filosofía de donde se había quedado ante el embate de la escolástica: el progreso humano mediante la razón; frente a la teoría, la práctica; frente al dogmatismo, la experiencia; frente a la tesis, el ensayo.
«Los Ensayos son ejercitaciones escépticas en lo que respecta al conocimiento; epicúreas en lo que respecta a la ontología; y epicúreas nuevamente, y cínicas, en lo que respecta a la ética». Del prólogo de Bernat Castany.
Montaigne formula esta reanudación a través de cuatro direcciones:
—El escepticismo —«Que sais-je?»— que conduce a la ataraxia.
—La contraposición del idealismo derivado de Platón y sus consecuencias metafísicas mediante el realismo.
—El hermanamiento del hedonismo epicúreo con la libertad de los cínicos.
—El desempeño efectivo, y no la teorización, de la libertad en toda su significación.

Para alcanzar sus fines, Montaigne no formulará un sistema, sino que avanzará mediante intentos, es decir, ensayos.

La única certeza es la incertidumbre; así pues, la filosofía debe partir de la duda y prescindir de la autoridad, por más antigua e incuestionada que sea.  La filosofía es el arte de pensar, sí, pero de pensarse a sí mismo —la mente— y en relación a los demás —la ética—; en definitiva, el arte de vivir.
«La concepción montaigniana del espacio infinito de lo humano se atestigua como espacio de la legitimación y de la legitimidad de la alteridad como forma según natura —y como conférence, comunicación y conversación hacia el otro—. Nada es contra natura, sino que todo es según natura, según su infinita potencia, desconocida para el hombre. Si el ser humano en su esencia es palabra y discurso, la comunicación y la relación con los demás son su auténtica sustancia y su horizonte de sentido. La lección del filósofo impremeditado y fortuito es cristalina: en una época corrompida por las guerras intestinas y externas, en el tiempo enfermo de la muerte política, nadie se salva por sí solo». Del prólogo de Bernat Castany.
Los Ensayos no son una biografía filosófica, sino un intento de aplicar la filosofía a su biografía, es decir, de vivir filosóficamenre.

Apuntes de lectura

Vida, obras y contexto.
La educación humanista. «La educación es un proceso de asmilación que se parece a la producción de la miel, ya que, aunque deriva del polen de las flores, autogenera forma, consistencia y propiedades diversas. Un saber que no sirve para la vida flota en la superficie de un cerebro vacío, es un peso inútil para los pedantes, golpeados por las letras como si se trata de un martillazo».
El caso Martin Guerre: «Para matar a las personas se precisa una claridad luminosa y neta, como la luz del mediodía. Una claridad que la razón débil, coja por excelencia, no posee».
El amigo inviolable: «En De la amistad, Montaigne describe (hasta el matiz extremo) los rasgos indelebles de aquel vínculo esencial, paradójico, inextricable que marcó durante cuatro años su existencia y que, a partir de entonces, empezó a languidecer. Una muerte precoz y horrible le ha desposeído de la amistad completa y perfecta, irrevocable reducción a la mitad (de dos a uno): ahora le parece "solo ser la mitad...". Ensayos, I, 28».
Ramon Sibiuda, el amigo catalán: «Más allá de la voluntad montaigniana de diferenciarse del proyecto sebondiano, se pueden captar algunas analogías entre ambos filósofos que debilitan el esquema, algo reductivo, de escepticismo vs. apologética, aunque debilitan, sobre todo, los presupuestos de los que el propio Sibiuda había partido, y que había reproducido en un Prólogo ejemplar e innovador en su tiempo, para la configiuración de la relación fe-razón. El capítulo decimosegundo del libro II, en lugar de ser, como anuncia el título, una apología (es decir, una defensa) de Sibiuda, se revelará exactamente como lo contrario».
La jubilación de los asuntos mundanos: «El individuo debe reservarse un espacio espiritual solo para sí mismo, en su intimidad, en la profundidad de su corazón, "una trastienda toda nuestra, totalmente independiente, en la que establecer nuestra verdadera libertad, nuestro principal retiro y nuestra soledad". Un foro interior, privado y habitual, para entretenerse con el propio yo, cerrado a la conversación o comunicación con los demás, para discurrir y reír como si no se tuviera familia ni bienes ni servidumbres, para estar a punto "cuando llegará el momento de perderlos" y "no se arriesga a prescindir de ellos"».
El viaje a Italia: «En el Diario de viaje y en los Ensayos aperece un deseo de arqueología de los orígenes: reencontrar en profundidad el cuerpo de la "verdadera Roma" (cuando era libre) y la necesidad de la anamnesis —y saber es recordar (Ensayos, III, 9)—. Montaigne, como buen arqueólogo, ha aprendido la lección: los estratos de la historia no son iguales, la Roma republicana es la que se halla más sepultada. Ahora Roma es sin Roma: physis sin polis, pero esta vez sin madre ni padre».
La censura: «Como un sepulcro de la ciudad, la Roma moderna rompía y enterraba sus propias ruinas, "profunda hasta las antípodas". En la arqueología de la censura y de las hogueras de libros se halla siempre el espectro de Roma, desde hacía tiempo sombra de la libertad, tal como Montaigne podía leer en el Discurso de la servidumbre voluntaria de La Boétie. Al final, los Ensayos se incluirán en el Índice  el 28 de enero de 1676, debido a la influencia de Montaigne en los ambientes libertinos, escépticos y epicúreos, precisamente en los esprits libres».
La prisión: «El 12 de mayo de 1588, el Día de las Barricadas, estallan protestas en las calles, y un tumulto de personas salen a manifestarse. Junto con Pierre de Brach y el conde de Torigny, hijo de Matignon, Montaigne acompaña a Enrique III a Chartres y luego a Ruan. Al regresar a París, es detenido y conducido a la Bastilla por la multitud y sus líderes, pero es liberado pocas horas después gracias a la intervención de Catalina de Médici, la reina madre».
Marie de Gournay: «Tras la muerte de Montaigne, Marie había preparado, junto con [Pierre de] Brach, la edición póstuma de los Ensayos que le había enviado Françoise de La Chassaigne, esposa del bordelés; después, se produce una larga estancia en Montaigne para verificar y mejorar el texto. Realizará varias ediciones con posteriores modificaciones y perfeccionamientos. Desde el Préface de 1595 se erige como "buen tutor" de mon père. También ella, como Brach, había esperado poder sustituir a Étienne [de la Boétie]: "[...] yo sin él somos absolutamente dos. Me ha durado solo cuatro años, no más que a él La Boétie". Habría querido ser su suplemento en virtud de "aquella generosa y filosófica amistad"».
Justo Lipsio: «Lipsio desempeñó un papel importante en la difusión europea de la obra de Montaigne, al que hace alusión Marie de Gournay en la carta (a Lipsio) relativa a su edición de los Ensayos póstumos y en el Préface de 1595. El intelectual de Lovaina, seguidor de la filosofía neoestoica, será el primer extranjero que reconocerá su valor. Además, confesará a Montaigne, tras haber recibido la última edición de los Ensayos, que le considera único en toda Europa, en sintonía con su pensamiento».

Principales ediciones de los Ensayos y problemas textuales.
El escepticismo que conquista la mente: «Siguiendo a Sexto [Empírico], el verdadero escepticismo se configura como una zetética (zétesis), investigación interrumpida, pregunta, indagación, caza continua: skepsis, actividad de indagación, examen. Lo que, según Montaigne, distingue a los pirronianos de los demás escépticos —y en su opinión los hace estimulantes— es que siempre están buscand la verdad (Ensayos, II, 12). Si la profesiópn de los pirronianos es la búsqueda incesante de la verdad, "la ignorancia que se sabe y se juzga y que se condena no es una ignorancia total, para serlo es preciso que se ignore a sí misma". Por lo contrario, su profesión consiste en oscilar, dudar, no estar seguros de nada, no contestar nada, sino seguir investigando. Filosofar es dudar: la duda es el primer principio de la investigación porque es el primer principio de la propia naturaleza. La pregunta Que sais-je? representa la superación del escepticismo que se contradice, matriz de una práctica filosófica perfectamente coherente, conciencia de las lagunas del saber e interrogación continua».
En movimiento: «Pero los signos de la pintura de sí mismo siempre son fieles, aunque cambien y varíen. Montaigne configura el mundo como un continuo columpio. Una oscilación incesante de todas las cosas: la tierra, las rocas del Cáucaso, las pirámides de Egipto se mueven en un doble movimiento: el general y el propio (particular). En esa perenne oscilación, la constancia es tan solo un movimiento más débil. El objeto no se puede fijar y, como por una embriaguez natural, procede incierto y vacilante. Montaigne lo toma en este punto, tal y como es, en el instante en el que se interesa por él: "No describo el ser. Describo el pasaje: no un pasaje de una edad a otra o, como dice el pueblo, de siete en siete años, sino de día a día, de minuto a minuto". Debe adaptar la descripción al momento; su objeto, el yo, podría cambiar de un momento a otro, por casualidad o de modo intencionado. Por ello, Montaigne define su empresa filosófica como "un registro de varios y cambiantes eventos e ideas inciertas y a veces contrarias": ya sea porque cambia el sujeto de la descripción, ya sea porque el yo capta los objetos "según otros aspectos y consideraciones". La contradicción es movimiento dialéctico y la existencia consiste en movimiento y acción (Del afecto de los padres hacia los hijos, Ensayos, I, 8). Para Montaigne, la contradicción es la riqueza del mundo, su polivalencia, su esencia, su sal, porque su esencia es temporal: aceptación activa de los contrarios. El conflicto dialéctico es la verdadera fuente de la energía dinámica, y la energía dinámica garantiza el equilibrio entre los contrarios».
El arma secreta: «El escepticismo no es lo que arriesga la pérdida de sí mismo, sino que es una disposición del espíritu que desea permanecer exento del error y se niega a dejarse guiar acríticamente por las sensaciones y por los prejuicios, y concibe un proyecto de educación permanente de la mente. El pecado original de la filosofía consiste en no ver el punto intermedio, ni uno ni otro extremo de la articulación entre demasiado y poco, largo y corto, ligero y pesado, cercano y lejano, ya que "no reconoce el inicio, ni el final [...] esta juzga con mucha inseguridad cuál es el punto del medio" (Ensayos, III, 9)».
El rechazo de la purga escéptica: «"Recetad una purga a vuestro cerebro, serás más útil que aplicarla a vuestro estómago" (Ensayos, III, 37».
Contra la razón irrazonable: «En este largo camino de reconstrucción de los poderes y límites de la razón, con el reconocimiento de que el hombre de hecho nunca podrá conocer hasta dónde llega la posibilidad de la capacidad humana, Montaigne recupera el concepto de naturaleza, aquella ultima ratio que indagará con una sutil e incisiva capacidad de análisis. El elaborado trabajo de excavación hará emerger que naturaleza es sinónimo de razón: lo que es natural es razonable, según la razón universal, y la cultura (las culturas) son la forma de aquella esencia y de sus metamorfosis (de la naturaleza), en una acepción adversativa respecto a ser, hábito, imposible, centralidad, teleología/finalismo, universalismo —malo universal—, escala natural o jerarquía aparente de los seres».
Jugar con los silenos: «Uno de los mayores resultados a los que llega la indagación crítica consiste en la constatación de que el ser para nosotros, la cosa humana, no es sustancia, sino lenguaje y discurso. Hablar es estar y presupone una comunidad de hablantes, la intersubjetividad, la red de vínculos socio-antropológicos y ético-políticos de los individuos, vinculables y vinculantes en sus relaciones recíprocas. El art de conférer no es tan solo arte de la conversación, sino también arte de la confrontación, del encuentro; es la lima del propio cerebro con el de los demás».
Yo no soy filósofo: «Montaigne nos dice que él no es un filósofo («No soy filásofo», Ensayos, III 9), pero su afirmación irónica debe leerse y completarse con el aforismo que aparece en la Apología de Ramon Sibiuda: "Una nueva figura: un filósofo no premeditado y fortuito (Ensayos, II, 12), que hace de contrapunto al primero, mientras que el no premeditado y el fortuito aparecen con valor polémico y antiacadémico que ratifica la idea de una filosofía que consiste en vivir como se debe».

El cedazo de la razón y la naturaleza.
El rostro de la madre: «¿Qué es el libro de la naturaleza en los Ensayos¿Un libro que es madre, pero también es rostro, cuadro y espejo? La idea surge no solo de las páginas americanas sobre el Nuevo Mundo. La primera definición de natural aparece ya en el capítulo De la edad (Ensayos, I, 57), donde Montaigne define naturaleza como lo que es general, común y universal. La naturaleza se configura, en varias ocasiones, como "madre naturaleza, grande y poderosa" (Ensayos I, 20; I, 27; I, 31), "dulce guía prudente, pero no más dulce que prudente y justa (Ensayos, III, 13), la que nos guía materialmente"».
El aceite sofisticado de los perfumistas: «La naturaleza, es decir, el orden común, es el espacio de las virtudes vivas, vigorosas, verdaderas, las más útiles y naturales, parecidas a frutos sin cultura que corren el riesgo de ser contaminados por el gusto corrompido de las naciones civilizadas. Dichas virtudes son las leyes primitivas que la naturaleza ha dado a la humanidad».
Sapere aude. La fuerza de la imaginación: «El primer paso de la autodeterminación del sujeto es la libertad de la voluntad que da sentido al sapere aude, 'atrévete a saber' aplicado a la moral. Empieza a ser hombre: incipe. Empieza y no esperes a que cese la corriente del río, tal y como exhorta Horacio. Aprende a administrar el tiempo, a recuperar conscientemente tu tiempo. Pero administrar el tiempo implica la formación permanente en el ejercicio de administrar la propia voluntad. La voluntad es el principio fundamental de la moral (y sobre este aspecto insistirá también Charron en De la sabiduría) ».
El caballo de madera. Conversar es vivir: «El último capítulo de los Ensayos finaliza con una prospectiva fuertemente humanista, en el sentido montaigniano del antihumanismo radical por una dignitas humana que se reconstituye completamente. Sócrates, que ha practicado una filosofía que consistió "en costumbres y en acciones, en toda su integridad"  (Ensayos, I, 13), ha dado a la humanidad su temperamento verdadero. Una filosofía conversadora de la plaza y de la ciudad, que muestra que es injusto corromper las reglas de la naturaleza porque nuestra gran y gloriosa obra maestra es vivir como es debido. Mientras se pueda. Por eso es el lema preferido de Sócrates».
Filosofar es aprender a vivir: «Montaigne no suspende el juicio, y ni siquiera es posible la ataraxia. El resultado es que es imposible deshacerse totalmente de las opiniones, que figuran no como errores, sino como prejuicios, no debilitadoras. Si para el antiguo escepticismo el equilibrio analizaba las opiniones y las consideraba iguales, para Montaigne el propio equilibrio es injusto y desigual, es decir, "inexacto e injusto"».
Razón y fe; filosofía y teología: «La separación entre razón y fe es estructural, ontológica y, en consecuencia, lingüística. El lenguaje de los hombres y el lenguaje divino no comparten un código común. Contra las tesis tomistas y sibiudas, la razón no puede prestar ninguna ayuda a la fe, que es accesible solo por la vía divina, don celestial: caminos que no deben cruzarse, porque, de hecho, son incomunicables, en cierta manera, paralelos e inflexibles».
La autodefensa: «El discurso montaigniano sobre la autonomía de la razón y de la filosofía se extenderá, en el penúltimo capítulo del tercer libro de los Ensayos, también a la moral, con el habitual espíritu de lo imprevisto, que en el estilo de Montaigne equivale a una encubierta práctica de la escritura. La tesis es la reafirmación de una moral natural que se insinúa en otros ensayos. Se trata una vez más de una adición en el ejemplar de Burdeos (que tanto influirá en Charron y los libertinos) sobre la recuperación del antiguo precepto de seguir la naturaleza y adaptarse a ella (Ensayos, III, 12)».

La crítica a la metafísica clásica.
Imaginar lo inimaginable: «Los Esbozos pirrónicos presentan las antiguas escuelas filosóficas caracterizadas por su postura respecto a la verdad: quien cree que la posee (los dogmáticos, en concreto peripatéticos y epicúreos); quien desespera porque no se puede encontrar nunca (los escépticos, Clitómaco, Carnéades y la Nueva Academia), y, finalmente, quien, aun sabiendo que no se puede encontrar nunca, continúa buscándola, practicando la zetética (Pirrón y sus seguidores: Ensayos, II, 12). "Quien busca algo, llega a esta conclusión: o dice que lo ha encontrado, o que no se puede encontrar, o que todavía está buscándolo". Toda la filosofía se divide en estas tres secciones. Su objetivo es buscar la verdad, la ciencia, la certeza. Sin embargo, es siempre el amor por saber el que impulsa a los escépticos a buscar la verdad (indescriptible y nunca encontrada), y para los pirrónicos es su fuente inagotable. Hipócrates se expresa de manera dudosa y conforme a los límites de la naturaleza humana, pero no por eso deja de ser médico. Exactamente como Pirrón, que no deja de ser filósofo, es decir, de buscar la verdad».
Si la saliva limpia las heridas y mata la serpiente... : «El conocimiento ocurre no por "la fuerza y según las leyes" de la esencia de las cosas, sino que penetra a través de los sentidos: "la ciencia empieza por los sentidos y se resuelve en los sentidos", constituyéndose como el límite extremo de nuestra percepción; "nada hay más allá de ellos que pueda servirnos para descubrirlos y un sentido no puede descubrir otro sentido", como ya ha mostrado Lucrecio; "los sentidos son el principio y el fin de nuestros conocimientos" [...] Montaigne se pregunta si el hombre no necesita más sentidos. La primera consideración es poner en duda si el hombre está provisto de los sentidos naturales necesarios para poder ver todas las cualidades del mundo sensible y, por tanto, la incapacidad cognitiva puede residir en la falta de algún sentido que esconda la mayor parte del aspecto de las cosas».
Dios, alma, mundo: «Con una sutil operación de ingeniería conceptual, Montaigne configura su propio razonamiento como un epifenómeno del afán antropocéntrico que formula con estas palabras: todo lo que no es como nosotros no tiene ningún valor. Y Dios mismo, para hacerse valer, necesita que nos parezcamos. La construcción y deconstrucción de la divinidad, las propias condiciones de divinidad, se configuran por medio del hombre, según la relación consigo mismo. El antropomorfismo religioso humaniza la divinidad, y la religión de los verdaderos cristianos se apoya en el milagro de la fe y en la divinidad pasada por nuestro cedazo. La crítica del principio analógico y de los atributos divinos humanizados (Dios padre, bueno, justo) van de la mano»

Mulriplicación y vicisitud de formas naturales.
El animal humano: «Montaigne critica la jerarquía aparente de los seres. El hombre no es superior a los animales. Por su vanidad se iguala a Dios, se atribuye los privilegios divinos, escoge y se separa a sí mismo de la multitud de otras criaturas, reparte a los animales, sus hermanos y compañeros, y les distribuye la porción de facultades y fuerzas que quiere. En una adición manuscrita, Montaigne llega a la paradoja final: «Cuando yo me burlo de mi gata, ¿quién sabe si mi gata se burla de mí más que yo de ella?" (Ensayos, II, 12). De ahí deriva también la deconstrucción de esa jerarquía, producto de la insensatez humana».
Un pato o una grulla: «El escepticismo, en cuanto a enfoque crítico, ha servido para reconstruir la jerarquía aparente de los seres, la escala de la naturaleza y su pretensión al dogmatismo de las certezas y al pensamiento teleológico. La superioridad del hombre es ilusoria».
Nuevo Mundo y mundo nuevo: «En la perspectiva filosófica montaigniana, el Nuevo Mundo es uno de los conceptos clave, tal vez el más emblemático, que funciona con un valor doble: modo y estrategia escogidos para reconciliarse con el pirronismo, realizando su conversión y relanzando la idea de común y de similitud (identidad) tras haber elogiado la diversidad».
La filología caníbal: «[Los habitantes de otros continentes] "tienen una forma de hablar según la cual llaman a los hombres la mitad de los otros. Ellos notaron que había entre nosotros hombres llenos saciados con todo tipo de cosas, y que la otra mitad estaba mendigando en sus puertas, desnutridos con hambre y en la pobreza; y ellos pensaron que era extraño que esas mitades necesitadas pudieran soportar tanta injusticia, y no tomaran a los otros por la garganta, o prendieran fuego a sus casas" (Ensayos, I, 31)».
Clavar la cuña en la rueda del tiempo: «En más de una ocasión Montaigne atribuye un valor normativo al estado original del hombre (Ensayos, I, 36), mientras recuerda la necesidad de distinguir las leyes naturales, pertenecientes al estado de la naturaleza (así éramos), de aquellas que las han destruido. En Sobre unos versos de Virgilio las define como reglas positivas de tu invención, leyes artificiales que mantienen su crédito no solo porque sean justas, sino porque son leyes. Ese crédito es solo el hábito con su peculiaridad de volver imposible lo que no lo es. La conclusión implícita se abrirá a un horizonte más vasto que podrá alcanzar únicamente quien acepta la mirada de la naturaleza, una mirada genética, que Montaigne reconduce a un punto conclusivo que puede leerse en el capítulo De la experiencia: "[...] las leyes mantienen su crédito no porque sean justas, sino porque son leyes. Este es el fundamento místico de su autoridad; no tienen otro. Lo cual les conviene mucho. A menudo están hechas por necios, las más de las veces por gente que, por odio a la igualdad, carece de equidad, pero siempre por hombres, autores vanos e inciertos. Nada es tan grave, extensa y habitualmente falible como las leyes. Quien las obedezca porque son justas, no las obedece justamente por el motivo correcto" (Ensayos, III, 13)».
El país infinito: «El saber de todo el género humano sumado a lo largo de los siglos no es nada frente a lo que se ignora. La curiosidad de los más curiosos es limitada y pobre, por lo poco que ve y entiende sobre lo que tiene bajo los ojos [...] La ontología escéptica de la pobreza estructural de la inteligencia humana es un recurso y no un límte».
¿Hasta dónde pùede llegar la posibilidad?: «Condenar algo como imposible significa "entender que sabemos, con una  temeraria presunción, hasta dónde llega la posibilidad" y no distinguir la diferencia entre imposible e inusual, entre lo que es "en contra del orden natural" y contra el sentido común de los hombres».
Cuerpos ensacados sin orden. La moderna ciudad de los malvados: «Montaigne distingue el orden de los hechos del orden del derecho y de los principios, especialmente cuando el orden de los hechos está corrompido [...] Si el pirronismo metodológico ha funcionado para el concepto de lo ilimitado de las fronteras del mundo físico, que no por casualidad Montaigne denomina paísm infinito —América como espacio del humanismo—, este mismo principio debe valer también para la historia del mundo, la sociedad, la police du monde, para todas las manifestaciones del hombre y sus coordenadas temporales, para el tiempo del humanismo».
Los dioses quieren jugar al balón con nosotros. Nada cae allí donde todo se derrumba: «La vía de la salvación es la adopción de una moral política [...] Más allá de la tolerancia, en el orden del derecho y de los principios, Montaigne busca la unidad y la paz social, segura vía de salvación para la humanidad flagelada por las guerras fraticidas».
De la amistad y la libertad voluntaria: «El último grado o esfuerzo de la naturaleza, parece indicar Montaigne, es el modelo de amistad perfecta en su multiplicación en confraternidad, boceto de proyecto de paz perpetua, en el que los hombres libres, como quería La Boétie, a quienes llamaba "gentes completamente nuevas", ejerzan nuestra libertad voluntaria, permanezcan como amigos perfectos unidos e indivisibles en la diversidad, incluida en la ley natural que es, por encima de todo, ingeniosa mezcla de diferencias.».

Justicia injusta. Contra la torura y la pena de muerte.
¿Cuántas veces ya no soy yo? Filosofar es aprender a morir: «El miedo acaba en la conciencia de que "filosofar es aprender a morir". El capítulo dedicado a este tema, uno de los más filosóficos y agudos de todo el proyecto de los Ensayos, sigue los pasos de Séneca (Cartas, 26) respecto a que la meditación de la muerte es la meditación de la libertad, y quien ha aprendido a morir ha desaprendido a servir. "El saber morir nos libera de toda atadura y coacción» (Ensayos, I, 20). Quien ha aprendido a morir, por tanto, ha aprendido a vivir: tal es la verdadera y soberana libertad que nos proporciona la facultad de reírnos de la fuerza y de la injusticia, así como zafarnos de los grilletes y de las cadenas" (ha aprendido a desaprender el mal de la servidumbre). Montaigne insiste: quien enseña a los hombres a morir les enseña a vivir».
El jardín inacabado. La col del huerto: «No hay nada de malo en la vida para quien ha captado plenamente que la privación de la vida no es un mal de la vida, dicha concepción, altamente filosófica, de aprendizaje de la muerte se identifica con la convicción de que la obra ininterrumpida de nuestra vida es construir la muerte y, en consecuencia, nuestra libertad en su amplio espectro semántico».
La compasión por los moribundos: «Varios capítulos de los Ensayos definen la posición montaigniana frente a la tortura —forma de crueldad que va más allá de la muerte simple— y la pena de muerte (por lo menos Ensayos I, 26; II, 5, 11, 27; III, 11). Su mayor valor y la novedad decisiva de su aportación consisten en haber legitimado la condena de ambas prácticas inhumanas, no solo desde un punto de vista filantrópico y ético, sino también filosófico-lógico ("¿por qué el dolor ha de hacerme confesar lo que es, en vez de forzarme a decir lo que no es?"; "quien [la tortura] puede sufrir, oculta la verdad tanto como el que no la puede aguantar", y lo alarga a una longitud hermenéutica que muestra una claridad: la fenomenología de la salvaje composición del hombre (Ensayos I, 11)».
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Todas las citas del artículo, excepto las dos primeras, cuyo origen se especifica, y las extraídas de los Ensayos, pertenecen al libro en cuestión, Montaigne. La conciencia crítica del Renacimiento. Pido disculpas a los lectores por las ingentes incorrecciones de todo tipo contenidas en el libro —y que, para que quede constancia, no he corregido, excepto en casos flagranres—; es una vergüenza que un texto con una traducción tan infernal y tal cantidad de incorrecciones estilísticas y gramaticales pueda llegar a publicarse.