30 de mayo de 2022

El silencio del mar

 

El silencio del mar y otros relatos clandestinos. Vercors (Jean Bruller). Ediciones Cátedra, 2015
Edición y traducción de Santiago R. Santerbás

La Résistance armada a la ocupación alemana de Francia durante la IIGM tuvo un importante apéndice cultural. En esa época, a pesar de que la censura no fue especialmente estricta en lo que a escritores franceses se refiere, gran parte de ellos tuvieron que publicar desde la clandestinidad, bajo pena de detención y deportación. 

Jean Bruller, hijo de inmigrantes húngaros, inició una carrera artística que quedó frustrada por la guerra; en plena Ocupación, abandona el dibujo, funda, con su amigo Pierre de Lescure, las Éditions de Minuit ―un sello activo en la actualidad― y publica, con seudónimo, su propio relato, El silencio del mar, bajo el seudónimo de Vercors, un nom de plume que conservará a lo largo de su vida; hasta el final de la guerra, la editorial publicó veinticinco libros de forma clandestina. El volumen publicado por Ediciones Cátedra, El silencio del mar y otros relatos clandestinos (Le Silence de la mer et autres récits, 1943, 1951) es un conjunto de relatos escritos durante la primera parte de la década de 1940.

«¿Amor cerebral? No me fastidiéis con esa tontería. ¿^Diríais que era cerebral el amor que precipitaba a esas muchedumbres ingenuas hacia la tumba de Cristo? ¿Y creéis que se ama a Francia de otra manera? Francia no es país como los demás. No es un país al que se ama solamente porque se ha tenido la suerte, merecida o no, de gozar de él de padres a hijos. No se le ama solamente por una adhesión de animal a su guarida. Se le ama con la fe de un cristiano en su Redentor. Si no me comprendéis, os compadezco».

En El silencio del mar, Vercors relata la quiebra de la rutina de un hogar cualquiera, alejado del frente, cuando establece en él su residencia temporal, de forma obligatoria, un alto oficial de las fuerzas invasoras. La convivencia, como era de esperar, no es confortable, a pesar de que el alemán es un admirador de la historia y la cultura francesas, y hace gala de una educación exquisita; al encontrarse su lugar de destino bélico lejos de su residencia trasitoria, las relaciones con sus anfitriones forzados son respetuosas y corteses, aunque ambos saben que se trata, en definitiva, de un enemigo. Una relación extraña que concluye cuando el invitado tiene que renunciar, con un pesar que se preocupa de comunicar a su anfitrión, a su educada actitud debido a órdenes superiores que la ponen en cuestión.

La ruta de la estrella, otro de los relatos incluidos en el volumen, está escrito en homenaje a su padre, caracterizado bajo el nombre de Thomas Muritz, y a la peregrinación que recorrió en su juventud desde su Hungría natal hasta París guiado por una estrella, al igual que los Reyes Magos, y alentado por un amor incondicional por Francia; una estrella que corrompería su significado al ser adoptada por los nazis para denotar a los ciudadanos de origen judío―. Como curiosidad, se menciona la manifestación en París en protesta por el fusilamiento de Francesc Ferrer i Guàrdia.

23 de mayo de 2022

La mort de Balzac

 

La mort de Balzac. Octave Mirbeau. SD Edicions, 2012
Traducció d'Anna Casassas

Gustave Mirbeau, periodista, crític d'art i novel·lista, fou una rara avis en el panorama de la literatura francesa de finals del segle XIX i principis del XX; en el moment més fructífer pel que fa als corrents literaris avantguardistes, va trencar l'enclaustrament sectari i, dinamitant la correcció política i l'academicisme, engegà una carrera literària que va basar-se en un dinamisme estètic poc habitual i un compromís polític allunyat del poder i del sistema. Conegut, sobretot, per les tres novel·les més arriscades de la seva producció, Le Jardin des supplices (1899), Le Journal d'une femme de chambre (1900) i Les 21 jours d'un neurasthénique (1901), textos transgressors ètica i estèticament, fou també l'autor de La 628-E8 (1907), un artefacte literari de difícil classificació, del qual formà part, en la primera edició, aquesta La mort de Balzac (La Mort de Balzac, 1907), que el propi autor va arrencar dels volums ja publicats degut a la demanda de la vídua de Balzac i va publicar com a llibre independent el 1918. Mirbeau, coneixedor i admirador de Balzac, planteja el text sota la tesi de que la vida de Balzac és un reflex directe de la seva obra.

Se sap molt poc de les facetes més privades de la vida de Balzac que ell va voler encobrir, a diferència de la seva vida social y amorosa, que es va cuidar d'exposar detallada i hiperbòlocament; cap dels seus amics podien fer-ho per la reserva amb que Balzac tractava la seva vida privada; sí que haguessin pogut, en canvi, Madame Hanska o Charles de Spoelberch de Lovenjoul, que hi van tenir molt més accés, però cap dels dos va voler fer-ho per un equivocat excés de zel en mostrar les debilitats del  geni. Aquest fet, la manca de notícies, va provocar que tant els seus enemics com certs personatges inicialment indiferents, però influits pels primers, féssin córrer boles, notícies falses i rumors perniciosos sense cap mena de fre.

Mirbeau se centra en dos episodis: el matrimoni amb Éveline Constance Victoire, comptessa consort de Hanska, afincada a Ucraïna, i en els darrers dies de la vida de l'escriptor.

Respecte del matrimoni de l'escriptor, Mirbeau accentua el caràcter literari de la relació que li va atorgar el propi Balzac, potser per amagar el caràcter eminentment utilitari de la unió i per no desvelar les diferències intel·lectuals i d'aspiracions sentimentals que els separaven. Un matrimoni que va acabar com el rosari de l'aurora quan una va veure que el geni literari tenia totes les mancances que li havia amagat, i l'altre que la seva dona era molt menys rica del que se suposava. L'amor romàntic no va ser capaç de sobreviure ni a les mentides mútues amb que s'havien enganyat ni a la convivència.

Pel que fa a l'episodi de la mort de l'autor, Mirbeau exposa que es limita a transcriure el relat que li va fer Jean Giroux, l'amant de Balzac, qüestionant la versió que Victor Hugo va exposar a Choses vues (1887-1900, pòstum). En tot cas, sembla que Balzac va passar els seus darrers dies sol, amb molt poques visites de l'estament literari, exceptuant l'esmentat Hugo, i amb l'absència de la seva esposa, reclosa amb el seu amant en una altra part de la casa sense voler saber res del seu marit. I cita, sembla que per primera vegada, l'anècdota de que quan el seu metge el va abandonar tota esperança, Balzac va exclamar: «Ah! oui!… Je sais… Il me faudrait Bianchon… Il me faudrait Bianchon…”»; el doctor Horace Bianchon és un personatge capital de La Comédie humaine que apareix en una trentena d'obres del cicle.

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16 de mayo de 2022

Siempre tormenta

Siempre tormenta. Peter Handke. Casus Belli, 2019
Traducción de Antonio Bueno Tubía

 Los antepasados desaparecidos hace tiempo vuelven a nosotros en forma de espectros, algunos con el cuerpo con el que los conocimos, inmaterial, traslúcido; otros como espíritu, como sombra, apenas un hálito que no cambia la configuración del espacio que los contiene. Acuden sin que sea necesaria la invocación mediante un sacrificio o el derramamiento de sangre de Ulises en el Hades, siempre por sorpresa; a veces, sin motivo alguno, a menudo como advertencia, como exhortación. Una visita que no es para comprobar qué ha sido del mundo después de su desaparición ni para confirmar la realización de sus expectativas, sino para exigir pleitesía y cobrar las deudas que contrajeron con ellos los que siguen viviendo por el solo hecho de vivir. El pasado es la suma del tiempo que no hemos vivido y el de los espectros de los muertos que quedaron atrapados en él; el nuestro es solo un sueño provocado por el anhelo de haber existido.

«Vosotrois, ancestros, vosotros: vosotros me atormentáis a base de bien. ¿Cuándo me vais a dejar por fin en paz? ¿Por qué tenéis que reaparecer constantemente? ¿Y no solamente en sueños que, a diferencia de la mayoría de sueños, son más reales que la cambiante fecha presente, sino en el propio transcurrir de los días?»

Los textos de Peter Handke poseen la excepcional aptitud, bajo la apariencia de un ilusorio cambio de escenario, de transportar al (este) lector a un estado anímico ultrarreceptivo en el que cada frase, cada razonamiento, cada párrafo estalla en su cabeza, reventando, a cada detonación, todo un cúmulo de consideraciones que provocan que la experiencia lectora quebrante los márgenes de la escritura para insertarse en una especie de experiencia no vivida pero tan vívida como si fuera propia; es como esa enzima necesaria para que dos sustancias, inicialmente inertes, reaccionen y produzcan una sustancia nueva.

«A lo largo de los siglos, esclavos de la historia nos hemos imaginado que finalmente nos convertíamos en los señores y de ese modo nos hemos convertido en víctimas. ¿No quiere esto decir que la tragedia siempre golpea el atrevimiento? ¿Hemos pecado nosotros, guerreros de los bosques, de atrevimiento por el hecho de habernos apropiado por nuestra cuenta de nuestros derechos? ¿Pero qué atrevimiento? ¿En relación a qué o a quién? ¿En relación a Dios y a los dioses? ¿En relación al cielo estrellado? ¿En relación  a la resignación de nuestros ancestros?»

Peter Handke nació en Griffen, una localidad perteneciente al estado de Carintia, actualmente bajo la república austríaca, pero que tuvo su origen en el Ducado de Carintia, cuyo territorio se halla repartido, desde el fin de la IGM, entre Austria, Eslovenia e Italia. La parte austríaca del antiguo ducado alberga a una minoría de origen y habla eslovena que fue cruelmente reprimida después del Anschluss en 1938. A pesar de haber escrito toda su obra en alemán, Handke aprendió esloveno, incluso ha traducido a algunos autores al alemán; pero esa disonancia entre su origen y su presente y entre las dos lenguas con tan diversa implantación ha dejado una huella que puede rastrearse en la mayor parte de su obra; en concreto, es el asunto central de Siempre tormenta (Immer Noch Sturm, 2010), que contiene una relevante porción de experiencia, de la propia y de la de sus antepasados más próximos, y que intenta hallar respuestas a las cuestiones que le plantea su origen: ¿cómo recuperar la historia de un pueblo sin pasado? ¿Cuáles son los cimientos que sostienen el presente?
«Pero Yugoslavia no existe desde hace una eternidad, ni la monárquica tras la primera ni, con más razón, sin rey, tras la segunda guerra mundial. ¿Qué clase de tiempo es el que rige aquí? ¿Cuándo es ahora? ¿El tiempo de la campiña-estepa, o cuál? ¿El tiempo del delantal de domingo? ¿El tiempo de los bombachos? ¿El tiempo del barril de manteca? ¿El tiempo de injertar los manzanos? ¿El tiempo de esparcir el estiércol? ¿El tiempo de las panochas, o, cómo era la palabra, de mondar el turco, cuando todos vosotros acuclillados pelabais maíz y, mientras contabais historias y cantabais canciones, os creíais en otro tiempo? ¿O acaso el tiempo real, el histórico, el jodido, el perdido para siempre, perdido para vosotros y también perdido para mí, y vosotros los afligidos, nosotros los afligidos, pesados como plomo, perdidos en él?»

El narrador de Handke, que comparte con el escritor muchas particularidades, se reúne con los espectros de sus antepasados en un lugar inconcreto, pero en un paisaje y en una tierra reconocibles, para indagar acerca de la historia de su pueblo y para hallar, en el lapso de tiempo que transcurre entre la invasión del III Reich y el final de Yugoslavia, las claves de su aniquilación. Pero esta reunión también sirve para que esos antepasados ajusten cuentas, se lancen improperios, reaviven viejos enfrentamientos y se justifiquen ante la presencia de su descendiente, en una especie de juego de espejos en los que la historia personal se refleja en el caos histórico del país, y en el que cualquier intento de justificar el presente, representado por la figura del narrador, resulta infructuoso: demasiados reproches enterrados pero no difuntos, demasiada violencia latente, demasiadas traiciones.

«Cuando aquellos de nosotros que en suelo del Reich, que antaño era nuestro propio suelo, son considerados por los dirigentes del Reich como enemigos del Reich, se encuentran por la fuerza delante de ellos, de esos dirigentes, entonces, como bien sabes, padre, a los nuestros les está prohibido mirarles a los ojos, salvo en el caso de que uno de nuestros hijos haya entregado su vida por el Reich en el campo de batalla, o donde sea, y en ese caso concreto, como bien sabes, padre, el dirigente del Reich antes de anunciar a los padres de uno de los nuestros la noticia que, aunque triste, les debe llenar de orgullo, ordena a los nuestros :"¡alcen la mirada!", y esa es la única ocasión, el único momento privilegiado en el que podemos mirar a los grandes ojos alemanes de ese dirigente, ¿entiendes?»

La historia general no es la suma de las historias individuales; tal vez consista, simplemente, en una traslación de algunos fragmentos de estas a un plano colectivo, macrocósmico, en el que ciertos elementos, desconectados entre sí, generan vínculos que dan apariencia de homogeneidad. Una apariencia que estalla en pedazos cuando alguno de estos elementos se rebela y exige preeminencia  o cuando una fuerza externa al sistema incide con la suficiente potencia para desestabilizarlo. La historia de un pueblo que se siente desaparecido es una tragedia en la que ningún deus ex machina intervendrá, porque ni siquiera los dioses pueden alterar el destino; pero no es trágica cuando ese pueblo se somete voluntariamente, mediante la traición que significa la inacción, imposibilitando el carácter heroico que toda tragedia deve conllevar. La culpa colectiva no ers susceptible de perdón ni redención.

«En el año mil novecientos treinta y seis una gran calamidad atravesó el país. La vecina se lamentaba ante los muros del almacén de provisiones, el vecino rechinaba lo que le quedaba de dientes, los hijos de los vecinos ser alimentaban de abejorros, de mondas de patata y escarabajos. Un pueblo de siervos con salarios de hambre, de trabajadores sin trabajo, de liberados sin libertad, de electores sin elección, de impagados sin paga, de enemigos dentro de las más apacibles comunidades. Y gente sin techo desde Obdachsattel hasta Montafon, derribados de sus albardas desde Walhalla hasta Gralla, antiguos residentes todos en prisión, riñas incluso durante los entierros, guerra civil sin tregua a lo largo de todo el dichoso año, mucho después del gélido doce de febrero».

Al final, las enemistades entre estados se reproducen en las hostilidades entre los pueblos, y de ahí se trasladan a las familias, a los individuos y a un mismo individuo a lo largo del tiempo, y así hasta un enfrentamiento interminable en el que se pierde la noción del bando y en el que es la adscripción a uno o al otro el que determina la posición ideológica, y no al revés. Nadie puede vanagloriarse de tener razón ―la razón suele ser la primera víctima en ese conflicto, siendo sustituida por la fuerza―, solo de estar en el bando adecuado en el momento apropiado, y así poder imponerse a los desubicados y a los apátridas.

La historia familiar, que afecta directamente al narrador ―y al propio Handke― comienza en 1936 y sigue las turbulencias del devenir de su propio país, la lucha por la potencia conquistadora, la progresiva pérdida de la lengua propia en beneficio del alemán, con lo que las hazañas dejan de ser heroicas ―ninguna civilización posee mitos en una lengua que no sea la suya― para convertirse en innecesarios melodramas domésticos; no es una desaparición súbita, sino gradual; no una ejecución, sino una tortura. Las cosas permanecen pero, a medida que cambian de nombre, pierden también su significado. Las lenguas no desaparecen cuando muere su último hablante, mueren mucho antes, y es su desaparición la que acaba con los individuos que la hablaban, no al revés. No se trata solamente de una cuestión de prestigio social: es que en esa lengua áspera, retrasada, gutural, es imposible articular ningún pensamiento racional, ninguna expresión de amor; es una lengua de esclavos ―lengua de establo―, articulada solo para obedecer, incompetente para la inteligencia y para las necesidades de una raza que está destinada a gobernar el mundo. 

«Mientras a nuestros hermanos les han prohibido bajo pena de arresto, al uno, allí fuera en Holanda, al otro allí arriba en Noruega, el tercero allí más allá en Rusia, no solo hablar sino también cantar en nuestra lengua, ese canto vital y de supervivencia, al primero el barítono, al segundo el tenor, al tercero el bajo, vosotros dos, hermosuras, vosotros canturreáis la habanera a la mesa del casino de los oficiales y tú le susurras la canción "Weisser Holunder" a su oreja sin lóbulo y él gime y besuquea y babea sus "Lilas blancas" entre tus harapos hasta la misma piel. ¿Cómo has podido olvidar quién eres? ¿Quiénes somos nosotros aquí? ¿Lo que representamos? ¿Cuál es nuestro lugar sobre la tierra? ¿Nos has traicionado? Peor: nos has olvidado, ¡bella hermana! Buscas el amor todo el tiempo en una lengua extranjera, en otro país. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué?»

La guerra, atroz por sí misma, tuvo en el antiguo ducado de Carintia un cariz aún más cruel. En función del estado en que había quedado reducida su porción, sus habitantes se vcieron obligados a luchar en diferentes bandos ―la guerra deja de ser extranjera cuando un hermano combate a su hermano―, enfrentándose entre sí, mientras que nadie, excepto los partisanos, podía hacer nada por su pueblo más que contribuir, indirectamente, a su definitiva desaparición: el pueblo perdía a sus ciudadanos en una guerra que le era ajena y en la que nunca podía salir vencedor; la desaparición del sentimiento colectivo y de la lengua solo eran síntomas de la aniquilación como comunidad, una desaparición irremediable y perpetua, la disolución de un pequeño soluto en la inmensidad de un potente disolvente, que secundarán los propios afectados autoexcluidos en su infructuoso intento de progreso en aras de una malentendida globalización que consiste en la ausencia de las particularidades, de las singularidades y de las visiones del mundo radicalmente diversas.

«La violencia de la autoridad no deja margen y menos aún la alemana de hoy en día. ¿Activismo anti alemán? En un santiamén fuera de juego, y como cómplices nuestra propia gente, los de aquí en masa y todos con nuestros bellos nombres locales. ¿Para qué una decisión, hermano? ¿Por la lengua de nuestra madre, nuestro padre, hijos, de nuestra casa, la lengua del hogar y del establo, por nuestras sonoridades originales, eslavas o de la Iliria o ostrogodas o las que sean y en las que, según dices, se expresa el alma de los nuestros y que es la lengua misma del amor y del país? ¿Por la lengua que, por ejemplo a mí de vez en cuando y como máximo, me ofrece un poco de calor de establo?»

Los enfrentamientos seculares, las conquistas sucesivas, las continuas derrotas, la guerra: una tierra somemtida a una tormenta permanente, siempre tormenta; una tormenta que solo cesa con la muerte, porque el fin de la guerra no siempre significa la llegada de la paz.

«¿Ha vuelto a pasar el tiempo? Todavía, siempre tormenta».

Otros recursos relativos al autor en este blog:

Notas de Lectura de Los avispones

Notas de Lectura de La noche del Moldava

Notas de Lectura de Ensayo sobre el lugar silencioso

Fe de Lectura de Los hermosos días de Aranjuez

Notas de Lectura de Una vez más para Tucidides

Fe de Lectura de Lento en la sombra

Notas de Lectura de La Gran Caída

Fe de Lectura de Handke y España

Notas de Lectura de Contra el sueño profundo

Notas de Lectura de La ladrona de fruta

Notas de Lectura de Ensayo sobre el loco de las setas

Handke en L’Artiga de Lin, una epifanía

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9 de mayo de 2022

Quanta terra necessita una persona

 

Quanta terra necessita una persona i altres contes. Lev Tolstoi. Comanegra, 2022
Traducció de Marta Nin

Selecció de contes escrits al llarg de la vida de l'escriptor ―el conte més antic és Albert, de 1858, quan Tolstoi arribava a la trentena, i el més recent, Després del ball, de 1903, als setanta-cinc, set anys abans de la seva mort―, amb la que es pot seguir l'evolució estilística ―i, sobretot, temàtica i moral, aquesra darrera força important en aquest cas― de Tolstoi. Els relats més antics deixen en evidència que les eines d'expressió a disposició de l'autor no són suficients per significar la riquesa del seu enginy, una circumstància que es corregeix a mesura que passa el temps i Tolstoi assoleix la maduresa com a escriptor.

Des d'aquesta perspectiva, Quanta terra necessita un home (1885), el relat que dona títol al volum i un dels més reconeguts de Tolstoi, sembla un conte sobrevalorat, una faula amb rerafons folclòric i amb intencions excessivament moralitzants. Tanmateix, La història d'un cavall (1886) seria un conte anacrònic amb greus deficiències estilístiques i, el mateix que Dues versions..., pateix de la mateixa limitació.

Excel·lents són, en canvi, Tres morts (1859) y, sobretot, Després del ball (1903),  dos contes moderns que ultrapassen la tradició i les convencions estilístiques d'una literatura, pel que fa a la narrativa curta en temps de Tolstoi ―si exceptuem a Txékhov, un narrador modern en tots els aspectes, massa etnocèntrica i aïllada de la literatura europea occidental.

Nota: el conte que dona nom al recull ha estat traduit fins ara i en gairebé totes les llengües amb l'equivalent a Quanta terra necessita un home; la traductora del volum justifica l'ús del terme persona per qüestions semàntiques, com si traduir fos únicament un afer semàntic. Amb independència del que pugui haver-hi d'inclusivitat lingüística en aquesta decissió, una influència que ella mateixa descarta, potser hagués sigut més convenient atenir-se al context històric i social ―qui podia ser propietari de terra a la Rússia de finals del XIX, de coherència narrativa ―qui és el protagonista del relat―, a més del purament semàntic ―la primera acepció del mot home del diccionari de l'IEC―, i mantenir el que la tradició ha amparat.

6 de mayo de 2022

02022022 El inventario XLVIII

 

Ulysses. James Joyce. Wordsworth Editions, 2010
Introduction by Cedric Watts

Debo esta edición, que cuenta con una introducción de Cedric Watts, profesor e investigador de literatura inglesa de mla Universidad de Sussex, a la amabilidad de mi colega de trabajo Xavier Cerezuela, que la compró en Books Upstairs de Dublín en 2014 y me la obsequió con motivo de mi despedida de la librería.

2 de mayo de 2022

El instante y la libertad en Montaigne

 

El instante y la libertad en Montaigne. Rachel Bespaloff. Hermida Editores, 2022
Prólogo y traducción de Manuel Arranz

Rachel Bespaloff, intelectual franco-americana de origen búlgaro, progenitor judío y expresión en francés, introductora de Martin Heidegger en Francia, es conocida principalmente por su ensayo sobre la Ilíada, De l'Iliade (1943); en relación con su propósito de descubrir al escritor por medio de su obra, escribió ese pequeño documento, El instante y la libertad en Montaigne (L'instant et la liberté chez Montaigne), que fue publicado póstumamente en 1950. Bespaloff no escribe ensayos en el sentido estricto del término, sino que anota sus lecturas relacionándolas, a veces confrontándolas, con los temas que constituyen los argumentos centrales de sus intereses intelectuales y de su  pensamiento. En este caso, la obra es el fruto de tres lecturas combinadas: las Confesiones de Agustín de Hipona, Las ensoñaciones de un paseante solitario de Jean-Jacques Rousseau y los Ensayos de Montaigne, los tres escritores de la subjetividad y del instante, y centra el punto de atención en el efecto que ejerce la percepción del instante, resultante de la combinación de circunstancias vitales provocadas por elementos externos al propio individuo ―situación política, guerras, grandes movimientos sociales―, sobre el concepto de libertad y sobre el ejercicio de la misma.

El planteamiento del trabajo se sume de lleno en una aparente paradoja; después de la desaparición del narrador de Flaubert y la muerte del autor de Barthes, parece una tarea no solo infructuosa, sino también nociva, buscar al escritor a través de sus textos; a pesar del amplio consenso de tales limitaciones, es lícito admitir algunas prerrogativas que, además de convertirse en la excepción que confirma la regla, fueron condiciones establecidas por los propios interesados. Cuando Montaigne, en su nota Al lector, nos apercibe de que "soy yo mismo la materia de mi libro", no solo debemos permitirle esa libertad, sino que debemos felicitarnos y agradecerle esa concesión.

El individuo es inseparable del mundo que le rodea; de hecho, es la existencia de ese individuo, precisamente, lo que crea, delimita y configura ese mundo. Bajo ese razonamiento, el instante no es  tan solo una porción de tiempo, sino también un acontecimiento concreto en el que se integran todos los elementos constituyentes del presente; Agustín adjudica los componentes temporales a dos sujetos distintos: el pasado es el tiempo del hombre y el objeto de la historia, mientras que el futuro, a través de la salvación, es el tiempo de Dios y el objeto de la fe. La relación entre presente y futuro, entre la finitud humana y la eternidad divina es la que determina un espacio de tiempo concreto, el instante, y configura el atributo humano más preciado, la libertad. Montaigne, autoexcluido de la prognosis cristiana, sustituye la eternidad divina por la imperecibilidad humana en su concepción del futuro y, de ese modo, el concepto de libertad queda emancipado de la carga religiosa sin tener que modificar la morfología o la significación del instante, aunque sustituyendo la salvación agustiniana por la salud física y espiritual. Lo que en Agustín es luz divina, en Montaigne es plenitud humana. Rousseau, que recoge las contribuciones de ambos, es quien desliga en mayor medida el instante del flujo temporal, en el que no puede encontrarse nada sólido a lo que agarrarse, y lo convierte en un estado del alma en el que esta no siente ningún vacío que colmar.

Agustín, "el peregrino de la ciudad celeste", cambia los placeres por la felicidad subyugando violentamente la sensualidad y ofreciéndose a Dios; Montaigne, "el explorador de la ciudad terrestre", en cambio, no abandona el mundo, sino que lo redescubre y lo asume mediante la duda, no ofreciéndose a nadie y tomando el mando de sí mismo; Rousseau, "el exiliado de cualquier ciudad", humaniza aún más ―podría decirse, asumiendo las inevitable ucronía, que democratiza― el sentido de esa paz de espíritu ligándola a la confluencia de circunstancias, internas y externas, favorables a su advenimiento, en un movimiento menos voluntario y más circunstancial que los de sus precursores.

Los tres, sin embargo, a través de senderos distintos ―Agustín desde la religión, Montaigne por medio del humanismo y Rousseau desde el "pietismo poético"―, recogen el "pienso, luego existo" castesiano y lo reformulan como un existo, luego soy y, una vez aseverada esta existencia consciente, soy, luego puedo ser objeto de mi propio conocimiento, dando lugar a una de las más importantes conquistas del pensamiento occidental en términos de libertad individual. Pero es en las consecuencias de esa revelación donde se manifiestan las diferencias antre los tres pensadores: en Agustín, el instante desemboca en la revelación; en Montaigne, en la realidad; en Rousseau, en la ensoñación. Y solo en Montaigne, la lealtad para con la verdad, el valor supremo, "ella sola engendra el deseo de atestiguar y de comunicar lo verdadero, que transforma la libertad del instante en voluntad de acción".

Si "la naturaleza nos ha puesto libres y sin lazos en el mundo" (Ensayos, III, IX), es natural que Montaigne vaya alejándose tanto del estoicimo inicial de su pensamiento como de las limitaciones del cristianismo para abrazar un inevitable escepticismo. El resultado de ese proceso de descarte es arriesgado pero desafiante: no hay Dios; y si lo hay, es imposible comunicarse con él; por tanto, yo soy el reo, el fiscal, el defensor y el único juez. De este modo, es posible mantener la dignidad humana: preservar y priorizar la rebeldía, y rechazar el orgullo.

«No me produce tanta extrañeza estar muerto como confianza morir. Me arropo y me agazapo en esta tormenta que ha de cegarme y arrebatarme furiosamente con un ataque rápido e insensible». Ensayos, III, IX.

La verdad solo puede alcanzarse por medio de la libertad, y este es un camino que debe recorrerse en solitario y con los únicos recursos que podamos procurarnos por nosotros mismos; y no solo para obtenerla, sino también para seguirla en su accidentado recorrido y en sus contradicciones con la razón una vez alcanzada.

«"La existencia inauténtica se manifiesta precisamente por la ausencia, el miedo o el rechazo de las contradicciones" (Ensayos, II, I)».

El yo que describe Montaigne no es el mismo yo continuo cuya unidad configura a ese ser llamado Michel de Montaigne, sino el yo de cada instante; no describe sus acciones, el Montaigne atrapado en el curso del tiempo, sino su esencia, pero, de todos modos, distinto del propio autor de los Ensayos. Y ¿cuál de ambos yoes es real? Ambos, por supuesto; no son contradictorios porque cada uno responde a una realidad distinta.

«Montaigne repetía continuamente que "la cosa más importante del mundo es saber ser dueño de unos mismo", que es preciso "amar esto y aquello, pero no abrazar nada fuera de uno mismo (Ensayos, I, XXXVIII), que "uno debe prestarse al prójimo, y no darse más que a sí  mismo"  (Ensayos, III, X)».

1 de mayo de 2022

Hasta aquí

Hasta aquí. 

Ayer, día 30 de abril de 2022, fue mi último día en la librería La Central del Raval de Barcelona y mi último día como librero. 

Mi llegada a la que ha acabado siendo la profesión que he ejercido por más tiempo fue casual.  Andaba yo con otras ocupaciones, aunque con ganas de cambiar el rumbo de mi vida profesional, y fue mi fama de lector lo que llevó al conocido de un conocido a ofrecerme trabajar en una pequeña librería de pueblo; allí estuve desde 1992 hasta 2011, cuando empecé en la librería que hoy dejo; el cambio fue monumental, y necesité un tiempo de adaptación, tras el cual redescubrí la profesión apasionante que he ejercido, con mejor o peor acierto, estos últimos tiempos. En estos treinta años he visto cambiar de una forma inimaginable todo aquello que rodea al trabajo de librero, aunque la mayoría de esos cambios no han sido en beneficio de los eslabones terminales de la cadena; hay más librerías, sí, pero ¿qué tipo librerías?; se publican más libros, sí, pero ¿qué clase de libros?; el número de lectores ha aumentado, sí, pero ¿qué tipo de lectores? A pesar de estos cambios, me lo he pasado muy bien y he disfrutado mucho de mi trabajo. Pero nada dura siempre, ni siquiera, o especialmente, lo placentero y, por motivos que van desde una frágil salud para seguir desempeñando esa profesión con la calidad que yo mismo me exijo hasta una mezcla de razones personales y profesionales ―formo parte de una especie en franca regresión por anacronismo con "lo que demanda el mercado", he decidido dar por terminada esa etapa.

Por supuesto, seguiré leyendo, y aquellos que quieran comentar algo relacionado con los libros, me tienen a su disposición por los múltiples canales que ya conocen; espero que sigamos viéndonos por ahí.

Por otra parte, el pasado lunes dia 25 de abril, con la publicación de las Notas de Lectura de 628-E8, el blog alcanzó la irrazonable cantidad, excepto error u omisión, de 978  libros comentados ―me resisto a llamarlo reseñas, eso es otra cosa―, después de más de trece años de actividad. Y me parece que también ha llegado el momento de hacer un replanteamiento de esa tarea.

Lo que empezó siendo una especie de bloc de notas que incluía citas de escritores admirados, fotos de sucesos que me llamaban la atención, algunas reflexiones y mensajes en una botella sin destinatario fijo, ha acabado convirtiéndose en una relación de notas, fes y constataciones de lecturas, de distinta extensión y profundidad; algunas, motivadas por esa novedad que aparecía con bombo, platillos y gran aparato eléctrico ―la mayoría, en definitiva, con mucho ruido―; otras, por ser publicaciones de autores cuyos trabajos anteriores me habían llamado la atención; y otras, las menos, por ser libros que me apetecía leer: clásicos pendientes, bibliografías incompletas, recomendaciones de compañeros y colegas dignos de todo crédito, o, algunas veces, simples pero provocadoras intuiciones. Las primeras, junto con cierta responsabilidad a la que no es ajena mi profesión, han acabado convirtiéndose, personalmente, en una obligación; y ya se sabe que cuando una afición de convierte en un deber deja de serlo para convertirse en una carga. Una carga que conlleva más lecturas de las aconsejables, más tiempo utilizado en la redacción de las notas, en definitiva, más distracciones que reducen el tiempo verdaderamente importante: el de lectura. Mi lista de libros pendientes, esos que no dependen de la novedad y que, por tanto, no caducan ―es decir, que quiero leer o releer sí o sí―, ha crecido hasta alcanzar, ahora mismo, la absurda cifra de ochenta y ocho títulos, una barbaridad.

Necesito más tiempo para leer y a un ritmo más razonable ―leer alrededor de cien libros al año no me lo parece, aunque dedique lo que a otros les pueda parecer muchas horas a la lectura―; más tiempo para reflexionar acerca de lo leído sin que me agobie la inmediatez de la reseña; más tiempo para leer libros irreseñables ―esa asignatura pendiente eternamente, los ensayos―; y más tiempo para otros proyectos, algunos interrumpidos, otros apenas planeados, pero que merecen la atención y la dedicación debida; en 1999, por ejemplo, inicié un proyecto de largo recorrido que tuve que suspender en 2010, y ahora me apetece retormarlo y rematarlo antes de que el tiempo me alcance.

Así que, de nuevo, hasta aquí; seguiré con cierta presencia, hablando de libros y de lectura, pero no con tanta regularidad ni con tanta dedicación; no habrá, porque no tendrá ningún sentido, relaciones de libros leídos ni, por supuesto, listas de los mejores del año; además, aparecerán pocas novedades, un trabajo de Sísifo que, afortunadamente, ya no tendré que soportar, más lecturas ocasionales y, con cierta frecuencia, relecturas de clásicos o de textos que admiré en su día. Gracias a los que me habéis seguido, a los que habéis caído por aquí por casualidad e incluso a los que, en algún momento, me habéis reprendido por la orientación del blog ―no decir ni pío de los libros que no me han gustado, por ejemplo, y limitar mis comentarios a aquellos en los que he encontrado alguna razón que, en mi opinión, hacía aconsejable su lectura, es la recriminación más frecuente―o por su propia naturaleza.

No dejéis de leer, aunque sea buenos libros; desde la Biblia de 1452, la nómina de buenos libros es descomunal, mucho mayor y más fiable que la de las novedades de rabiosa actualidad que vienen, tan pretenciosas como ilusas, a cambiar la orientación de la literatura universal y a superar a esos libros llenos de polvo, de telarañas y de conceptos políticamente incorrectos que responden al nombre de clásicos.

«Tengo un diccionario totalmente independiente. Paso el tiempo cuando es malo y desagradable; cuando es bueno no lo quiero pasar, me recreo en él, me detengo en él [...] Hay un arte de gozarla [la vida]; yo la gozo el doble que los demás, pues la medida del goce depende de la mayor o menor aplicación que le dedicamos. Sobre todo ahora, que percibo la mía tan breve en el tiempo, la quiero extender en peso, quiero detener la presteza de su huida mediante la presteza de mi aprehensión y, mediante el vigor del uso, compensar la rapidez de su tránsito; a medida que la posesión del vivir se vuelve más breve, debo hacerla más profunda y más plena». Michel de Montaigne, Ensayos, III, 13.