14 de octubre de 2019

Revolucionarios

Revolucionarios. Joshua Furst. Editorial Impedimenta, 2019
Traducción de Alba Montes Sánchez
Dicen los norteamericanos que si te acuerdas de Woodstock —un acontecimiento del que se celebra este año el cincuenta aniversario— es que no estuviste; claro que esto lo dicen los que seguro que no acudieron allí. Nací en 1959, así que la década prodigiosa de los años 60 me pilló en pañales —literalmente—, en la guardería —entonces nos llamaban párvulos; eran otros tiempos, quien cursaba bachillerato estudiaba latín— y en las "Escuelas Nacionales" de un pueblo de menos de 10.000 habitantes. Es decir, me enteré de más bien poco y recuerdo aún menos, pero puedo afirmar que yo sí estuve; porque al menos las dos décadas siguientes no hubiesen transcurrido del mismo modo si yo no hubiese estado en la de los 60.

Una productora audiovisual, poco después del triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2016 y ante el surgimiento de lo que parecía un movimiento organizado de resistencia de las corrientes progresistas, encarga a C. C. Clayton, periodista, una serie de documentales sobre las protestas contra el gobierno de los EE. UU. en la década de 1960. Tras una enconada resistencia, Freedom Snyder, hijo de un líder del activismo de aquella época, accede a ser entrevistado para hablar de sus recuerdos relativos a ese decenio; las  entrevistas, revisadas y editadas por Clayton, componen Revolucionarios (Revolutionaries, 2019).

«Pero esto es lo que pienso ahora. No sé lo que pensaba entonces».
La visión de Fred —«Llámame Fred. No soporto que me llamen Freedom. Eso de ponerme "Libertad" de nombre es una gilipollez que se le ocurrió a Lenny para conseguir que la gente como tú no pare de hablar de él»— tiene de su padre está contaminada por la pésima relación que mantuvieron mientras vivió, pero también se vio afectada por el magnetismo y la fortísima personalidad de Lenny, cuya influencia sobre miles de personas y capacidad de convocatoria, por no hablar de la fama que consiguió entre la juventud de la época, llegando incluso a "reinar después de morir", fue proverbial. Ese influjo pesa, literalmente, como una losa sobre la cabeza de un hijo gris y mediocre, aunque no pueda evitar, por más que se lo proponga, que por debajo de sus exabruptos y del odio indisimulado de sus manifestaciones, emerja una inevitable admiración por el Gran Hombre.

Salido de la nada pero con un poder de convicción brutal, Lenny reunió a un nutrido grupo de jóvenes —su ejército particular, en una de las épocas más antibélicas de la historia y con la guerra de Vietnam devorando, insaciable, las vidas de los jóvenes norteamericanos—, discípulos fieles dispuestos a seguirle hasta donde quisiera conducirles con tal de que mantuviera esa nueva dimensión social llamada colectividad: denuncias, boicots, sabotajes, manifestaciones, cortes de tráfico y toda clase de performances destinadas a despertar a todo un país anestesiado por el olor de Mr Dollar.
«Había dejado de ser un "él". Ahora era un "ellos". Un "nosotros". Una tribu. Todos aquellos chavales que habían inundado el Lower East Side se engalanaban ahora con plumas y tocados. Sin jefes, solo guerreros. Sin poder central. Un "nosotros" contra el "ellos" que empleaba su dinero y su fuerza institucional, su policía de élite, sus fundaciones educativas, sus estructuras mediáticas y corporativas y sus ministerios para mandarnos al matadero de Vietnam, para meternos en chirona por dos porros de mierda, para fabricar bombas y compuestos químicos plasmáticos capaces de acabar con la mitad del Tercer Mundo, al tiempo que esclavizaban a nuestros propios hermanos y hermanas aquí mismo, y especialmente —¡qué casualidad!— a los negros, a quienes metían en guetos, para luego dar un paso atrás y quedarse de brazos cruzados contemplando cómo esos mismos guetos se consumían entre las llamas».
Pero, en realidad, la versión de su hijo es bastante contradictoria; para Fred, Lenny fue un tipo manipulador y poco recomendable que jamás actuó de forma desinteresada; cuando no recogía beneficios palpables, contantes y sonantes, el propósito real de su actuación era  acrecentar su propia leyenda. Su egoísmo no tenía límites, y su capacidad de seducción era ineluctable. A pesar de que su memoria contiene también momentos de ternura, principalmente cuando Fred no era más que un mocoso que no se había sacudido aún el sentimiento de fascinación  por una figura paterna —admiración que compartía con toda la corte de fieles seguidores fumados o colocados; "vivían de sus eluvios". Para ellos, era una especie de rey. Y, como él era importante, yo también lo era"— absorbente y mangoneadora, el rasgo de Lenny que mejor recuerda su hijo es el cinismo; Fred no es, por supuesto, un narrador ni siquiera mínimamente fiable —Clayton se apercibe de ello en la primera entrevista, como cuenta en el prólogo—, pero la impresión que deja en el lector es que, por más que exagerados, sus reproches no deben alejarse demasiado de la realidad.
«—Oye, chaval, ¿quieres que te diga cómo conseguir que tu papá se sienta orgulloso de ti? Aprende a disparar un arma. Vive la revolución. Te voy a decir a quién asesinar primero: a Ronald Reagan. ¿Lo pillas? Va a hundir el país en cuanto tenga la ocasión. Ya lo está haciendo en California. Alguien tiene que parar a ese hijo de puta. ¿Por qué no tú?»
Aún sin edad para ir a la guardería, Fred fue testigo involuntario del trágico final de la fiesta que se suponía inacabable —o que nadie, jamás, pensó que podía terminar—: los sesenta se despidieron a lo bestia con el asesinato perpetrado por la Familia Manson, y a mediados de los setenta los ecos del Flower power se habían extinguido; la sociedad, al ver que la revolución anunciada ni llegaba ni llegaría, convirtió su idealismo en puro cinismo; Lenny había perdido su poder de seducción —de hecho, lo que había perdido era a su audiencia— y entró en una espiral depresiva de la que solo se sale, accidentalmente, cuando alguien —cada vez en menor número— le reconocía, como un homenaje piadoso a su personaje; todo ello en presencia de su familia: la indiferencia de su pareja y la intuida decepción de su hijo; la caída de un ídolo nunca es incruenta; además, el deterioro de la utopía se manifiesta mediante la aparición de un nuevo sujeto: el yonqui, que personifica el residuo, el sobrante, lo desechable, la brutal resaca de la Gran Fiesta.
«Tipos que se exponían al frío helador con una camiseta mugrienta. Inmunes a los elementos. Que caminaban puestos de algo a varios centímetros del suelo, pasados de rosca, y acababan estrellados y quemados. Botas militares dando bandazos, arriba y abajo, por los bordillos. Brazos y piernas y hombros volando en todas direcciones como porras. Bocas abiertas y húmedas como heridas recientes».
El adalid de la libertad, el obrero contra el sistema, el personaje a quien parece que todo el mundo le deba algo, sufre el peor de los reveses: se ha convertido en irrelevante; el héroe se ha derrumbado víctima de su ambición y arrastrado por su leyenda. Su pareja parece haber confirmado la totalidad de sus intuiciones, y su hijo de seis años es incapaz de comprender la magnitud de la tragedia. Pero para Fred, años más tarde, significa el conflicto desatado —el mismo conflicto que le ha martilleado el cerebro durante toda su vida— entre la admiración incondicional y el rosario de reproches que ha acumulado desde aquel día; entre el reconocimiento que no pudo expresar en su niñez y el resentimiento de lo que ahora ya no puede echarle en cara. La autodestrucción puede que salvara a Lenny, pero fue letal para su hijo.
«Al contrario que los hechos, la verdad era mutable, dependía de los rumores y del boca a boca, de la disposición de cada oyente particular a dar crédito a la forma en que cada bando coloreaba los hechos. Todas las partes implicadas estaban interesadas en convencer al mundo de que su versión de la historia era la verdadera. Los polis tenían que proteger sus egos mezquinos. Sus perspectivas de obtener distinciones, aumentos de sueldo y palmaditas en la espalda. Sus rondas gratis en el bar. Las expresiones de deseo en el rostro de sus esposas. Todo ello por haber pescado a un pez gordo, por haber representado el papel de los héroes que protegían nuestra forma de vida, la fe, la familia y todas esas gilipolleces, la esencia misma de los Estados Unidos, de la amenaza existencial que suponía Lenny Snyder. Y fue el agotamiento del populacho lo que les sirvió de ayuda, el deseo de las masas de una explicación sencilla y exculpatoria de todo lo que había salido mal desde que los psicodélicos años sesenta resbalaron en el charco anodino y grasiento de los setenta. La gente quería orden. Querían sensatez. Lo que fuera, menos la ruina y el caos que los rodeaban. Qué oportuno pues, si Lenny —el caos reencarnado— resultaba no haber sido nunca más que un cochino judío, un ladronzuelo charlatán que, como por fin se había demostrado, había construido toda su carrera explotando los dulces y esperanzados sueños de la juventud estadounidense. ¿Lo veis? ¡Este hombre no es un ángel de luz! ¡Nunca pretendió llevaros de vuelta al paraíso! Así es el verdadero Lenny, así ha sido siempre. Una criatura encorvada y nariguda en busca de socios para sus negocios de drogas».
Cuando Lenny es encarcelado bajo la acusación de tráfico de drogas tras una encerrona preparada por el FBI, Fred no tiene claro —ni ahora ni cuando sucedió, tenía solo seis años— el grado de participación de su padre en la conspiración que terminó con su detención. Pero la revelación de mayor calado es darse cuenta de que Lenny agrupaba dos personalidades: la del hombre y la del mito; el Fred hasta los seis años solo era consciente de la segunda —y, con toda probabilidad, su padre también—, pero su encarcelamiento le acaba revelando al ser inseguro, irascible, maleducado y, sobre todo, vencido y humillado. En en ese momento, cuando Fred despierta de su ensueño, cuando empieza a gestarse en él ese presentimiento que se acrecentará a lo largo de su vida, no tanto porque el mito lo haya decepcionado sino porque su padre le hurtó su faceta más humana, esa que en realidad le era imprescindible, como suele suceder con todos los críos.
«¿Qué vas a hacer con el tiempo que te queda cuando sabes que tu vida ha terminado, pero tienes que seguir viviendo?»
Y luego está la música, claro. Grupos con un prolongado historial a sus espaldas y otros recién nacidos que compartían tugurios y conformaban la banda sonora de toda una generación de americanos —y, por ósmosis, de todo occidente—. Y el basquet. Y el béisbol. Aficiones todas —siempre en público— que Lenny jugaba a compartir con su hijo y con los restos de su pasada audiencia de incondicionales. Fred asiste atónito a la atención, inesperada, que le dedica su padre, dudando de su veracidad, pero disfruta de esa nueva intimidad con la sospecha de que no será permanente, de que un giro en la actitud de su padre o la condena que le amenaza terminará devorándola: cuanta más dulzura, cuanta más atención, cuanto más amor —a su manera— le dedica su padre, más rápido parece acercarse el final, como esas ensordecedoras tracas que preceden a la conclusión de los fuegos artificiales.
«Yo era su colega, su socio. Me llevó a todos y cada uno de aquellos conciertos. No solo a mí, sino también a mi madre. Éramos una familia molona saliendo de marcha por la ciudad. Fueron tiempos felices. Vibrábamos de camino a casa, con la corriente eléctrica de la música recorriéndonos aún los músculos, con los oídos pitándonos de tal manera que parecía que alguien nos hubiera colocado una campana encima de la cabeza y no dejara de tocarla, encerrándonos en su interior, separándonos del resto del mundo. Nos temblaban las piernas».
El Fred adulto, sin embargo, lucha —uno sospecha que está manteniendo ese combate desde aquella época que recuerda— por librarse de la cadena que significa ser hijo de quien es al tiempo que es consciente de que esa dependencia es imprescindible porque es lo único que le permite, también a él, ser quien es.

«¿Cuándo llega el momento de decir "¡ya está bien!"? ¿En qué momento sucumbe nuestro derecho sagrado a la libertad ante la riada que lo rodea? ¿De qué sirve la libertad cuando tu vida es un fraude?»
Cuanta más falta le hace su padre, más huidizo se muestra este; cuanto más lo persigue, más lejos se escapa de él. Ambos parecen envueltos en una especie de entretenimiento infernal en el que Fred, en busca desesperada de un reconocimiento, el único importante, que nunca le llegaba, aspira a alcanzar la independencia librándose de la influencia —y menuda influencia— de su padre cuando, en realidad, su presencia le resulta imprescindible, mientras que Lenny apuesta por mostrar su desdén por el convencionalismo de la vida de familia cuando, en realidad, prescindir de ella significa perder el nivel más próximo, el más incondicional, de la corte de sus admiradores.
«El problema de las causas es que derivan su significado de sus logros. Los soldados rasos, las personas cuyas pasiones agregadas alimentan el cambio, pueden encontrar más adelante motivos de satisfacción —o arrepentimiento— en el papel que desempeñaron a la hora de provocarlo, pero más les vale andarse con ojo y no construir sus identidades en torno al espíritu comunal que promueve la causa. Corren el riesgo de acabar atrapados, solos, en un movimiento que se ha desvanecido, preguntándose adónde se ha ido todo el mundo. Algunos reconocen este peligro desde el principio. Se apuntan al espíritu de los tiempos mientras les sirve de algo, sacándole todo el partido que pueden, para su propio beneficio. Y, para cuando el resto de la gente se da cuenta de que se ha acabado la fiesta, ellos ya hace tiempo que se han marchado».
El paso del tiempo, la edad, pero también las sucesivas decepciones que sufre Fred —que va perdiendo la fe a costa de sus desengaños—, provocan el menoscabo de la divinidad de Lenny, tras cuya perdida omnipotencia ha emergido un humilde humano con una dotación de defectos más que notable. Añadida a esa caída del ídolo, la propia decepción al darse cuenta de la debilidad del ser adorado y de la poca consideración que merecía mientras él mismo se sometía a los designios paternos.
«Estudié las fotos que me había enseñado tan orgulloso. Toda aquella gente importante. Todo su fulgor en decadencia. El tiempo atrapado en una escala de grises, despojado ya de su bullicio y su animación. Ahí colgado, inerte. Recuerdos de luchas de poder que no ejercían ya ninguna influencia urgente sobre el presente».
 Calificación: ****/*****

7 de octubre de 2019

Máquinas como yo

Máquinas como yo. Ian McEwan. Editorial Anagrama, 2019
Traducción de Jesús Zulaika Goicoechea
A finales del siglo XX, justo después de que Gran Bretaña pierda definitivamente las Malvinas, como consecuencia de una funesta planificación estratégica del gobierno de Margaret Thatcher, y que se haya producido la esperada reunión de los Beatles, doce años después de su separación, la cibernética, dirigida por el genio de Alan Turing, ha conseguido replicar a los seres humanos y poner a disposición del público unos androides, técnicamente impecables, programables a discreción del propietario, es decir, del usuario.

Martin Amis ubica la acción de Máquinas como yo (Machines Like Me, 2019) en un Londres ucrónico a mediados de la década de los años 80 del siglo pasado, en el que la revolución tecnológica ha llegado veinte años antes que en nuestra línea temporal, pero en el que también han aparecido por anticipado el hartazgo y el cinismo de una parte de la población, afortunada e intelectualmente preparada, que se aferra a los avances técnicos como alternativa al ocio pero también con la idea de mantener, mediante la actualización tecnológica constante, su endeble situación de privilegio.

Charlie, un joven ocioso que sobrevive gracias a sus apuestas en la bolsa, adquiere uno de esos androides —Adán, de sexo masculino; los ejemplares femeninos de llaman Eva y sus existencias han sido colapsadas por los pedidos de jeques árabes— por varias razones: como símbolo de estatus, pero también para ponerse a prueba —es decir, para verificar su superioridad sobre las máquinas— intelectual, afectiva y adaptativamente.

El primer conflicto, más epistemológico que lingüístico, surge al intentar definir la relación entre Charlie y Adán: no es de poseedorpropiedad, que parece referirse a la tenencia de algo con lo que no es posible interactuar; pero tampoco de usuario a bien, ya que el término implica la utilidad del objeto; tal vez lo más parecido sería de protector a protegido, en función del contexto, como la relación entre un ser humano y un animal doméstico, de dependencia mutua pero de aportación desigual.

Esa relación se hace aún más conflictiva en cuanto que es el propietario —usaré esta palabra en aras de la comprensión— quien puede programar los parámetros de la personalidad del androide: si lo hace parecido a sí mismo no obtendrá más que una réplica inútil, mientras que cuanto más distinto, más difícil será la interacción. Aunque queda una alternativa: programarlo para que sea como le gustaría haber sido él mismo —aunque, como indeseable contrapartida, se ponga en constante evidencia el propio fracaso—.

Esa dificultad en la definición de la relación entre Charlie y Adán tiene su réplica en la que mantiene con Miranda —un nombre premonitorio—, su joven vecina, hija de un escritor enfermo «de la vieja escuela»: en el caso del androide, por defecto, en busca de signos que desmientan su carácter de replicante; en el caso de Miranda, por exceso, abrumado por la constatación del ínfimo poder decisorio que tiene en sus manos en cuanto al futuro. 
«Tenía a Miranda en el pensamiento. Estaba convencido de que había llegado a uno de esos momentos críticos en los que el sendero del futuro se bifurca. En uno de los caminos la vida seguía como antes, y en el otro se transformaba en otra cosa. Amor, aventuras, grandes emociones, pero también orden en mi nueva madurez, y no más planes locos. Miranda era de un natural de lo más dulce: amable, guapa, divertida, enormemente inteligente....»
El Síndrome de Pigmalión se pone de manifiesto ante ambas situaciones: con Miranda, debido a su corta edad y supuesta nula experiencia; con Adán, porque su mente es una tabula rasa que tiene que configurar. La decisión que toma con respecto al androide es sorprendente pero en modo alguno descabellada: compartirá su formación con Miranda y emulará, de este modo, lo más parecido a una familia convencional: padre, madre e hijo, con el propósito implícito de que la formación de esa familia redundará en su propia refundación.
«Ahora podía admitírmelo: le tenía miedo, y me sentía reacio a acercarme más a él. Por otra parte, estaba tomando conciencia de las implicaciones de su última palabra. Adán solo tendría que actuar como si sintiera dolor, y yo me vería obligado a creerle, reaccionar como si de verdad le doliera. Demasiado difícil no hacerlo. Diametralmente en contra de la deriva general de la compasión humana. Al mismo tiempo, no podía creer que fuera capaz de sentir dolor, o de tener sentimientos, o de cualquier percepción sensitiva. Y sin embargo le había preguntado cómo se sentía. Su respuesta había sido pertinente, y también mi ofrecimiento de traerle alguna ropa. Y no me creía nada de todo aquello. Estaba jugando a un videojuego. Pero era un videojuego real, tan real como la vida social; prueba de ello era la negativa de mi corazón a calmarse y la sequedad de boca».
McEwan es especialista en plantear al lector dilemas morales de enrevesada resolución, pero también cuestiones en las que se guarda bien de proponer una solución; debajo de la controversia más evidente acerca de qué es lo que hace humano a un androide emerge, después de un incidente con una familia en un parque y de las propias reacciones de Charlie, perfectamente asumidas, en el idilio que mantiene con Miranda, la pregunta fundamental: ¿qué hace humanos a los humanos? Y no de menor importancia: ¿cuál es el sendero a seguir para alcanzar la humanidad? ¿Existe un punto de partida único, dado que parecen encontrarse multitud de procesos válidos? Si una máquina puede replicar ese proceso, ¿su madurez puede considerarse humanidad?

Sin embargo, el acuerdo establecido entre los tres —relativamente desconocidos, Miranda en su humanidad, Adán en su transhumanidad— no está libre de la traición, que puede tomar formas muy diversas, incluso alguna inconcebible e imprevisible, dada la naturaleza de uno de los acordantes.

La preocupación por la moral robótica es un tema que se remonta al inicio de la existencia de máquinas que podían tomar decisiones; las literarias "tres leyes de la robótica" de Isaac Asimov fueron, a la vez, una aproximación y una muestra de hacia dónde se encaminaba el debate; incluso se negó la existencia de una ética robótica, pero no se trataba de un dilema nuevo porque, en el fonfo, el propio ser humano se enfrentaba al mismo constantemente desde el principio de los tiempos; solo su teorización era nueva, y esa novedad era lo que hacía que se planteara un dilema que, en el fondo, no era procedente porque las exigencias con respecto a la conducta de las máquinas inteligentes nunca se había planteado a nivel humano.
 «Pero aquí surgía una cuestión que ella y yo aún no habíamos tratado. Los ingenieros informáticos de la industria automovilística tal vez habían ayudado en el diseño de los mapas morales de Adán. Pero Miranda y yo habíamos contribuido a perfilar su personalidad. Yo desconocía hasta qué punto esta personalidad interfería o prevalecía sobre su ética. ¿A qué profundidades se abismaba la personalidad? Un sistema moral perfectamente formado debería mantenerse libre de cualquier condicionamiento concreto. Pero ¿era esto posible? Confinado en un disco duro, el software moral no era sino el equivalente en seco del experimento mental del "cerebro metido en la cubeta" que un día invadió los libros de texto de filosofía. Mientras que un humano artificial tenía que moverse entre nosotros —seres imperfectos, caídos— y llevarse bien. Las manos ensambladas en una fábrica completamente esterilizada debían mancharse. Existir en la dimensión moral humana era poseer un cuerpo, una voz, un patrón de conducta, memoria y deseo, experimentar cosas palpables y sentir dolor. Un ser absolutamente honrado y comprometido de tal forma con el mundo que podía encontrar a Miranda casi irresistible».
Esa moral robótica, o su ausencia, es cuestionada por el primer acto libre de Adán: tener una aventura con Miranda —es curioso que, en cambio, la conducta de esta no le provoque a Charlie ni las mismas dudas acerca de sus coordenadas éticas ni la misma sensación de traición—. Sin embargo, exigirle a Adán una conducta éticamente irreprochable, ¿no coartaría su libertad, tal vez el signo más inseparable de su humanidad?
«Discutir con la persona que amas es un tormento peculiar. El yo se divide y se vuelve en contra de sí mismo. El amor pelea con su opuesto freudiano. Y si la muerte gana y el amor muere, ¿a quién le importa? A ti, que te enfureces y te vuelves aún más temerario. Hay también una extenuación intrínseca. Los dos amantes saben, o creen saber, que puede darse una reconciliación, si bien puede tardar días, incluso semanas. El momento, cuando llega, será dulce, y promete grandes ternuras y éxtasis. Así que ¿por qué no arreglarse ya, tomar un atajo, ahorrarse una rabia agotadora? Ninguno de los dos puede hacerlo. Estáis en un tobogán, habéis perdido el control de vuestros sentimientos y de vuestro futuro. El esfuerzo se irá acumulando de forma que, al final, cada palabra desagradable habrá de desdecirse con un coste de cinco veces su precio. Recíprocamente, el perdón duradero requerirá una auténtica proeza de concentración generosa».
El asunto de Adán y Miranda se complica cuando este manifiesta estar enamorado de ella, y la mala disposición de Charlie ante esa confesión implica que la actitud del androide se vuelva agresiva y su conducta tome como prioridad absoluta la autoconservación.... de nuevo como haría un humano.

Hasta ese momento —aproximadamente a la mitad de la extensión del libro—, McEwan ha planteado una trama que, aunque no sea del todo original, contiene suficientes elementos narrativos como para armar una novela completa. Pero el británico no es un escritor corriente —quiero decir: previsible—, y a partir del pequeño detalle de su biografía que Miranda había ocultado —aunque Adán apercibió a Charley de que ella guardaba un secreto que podía comprometerla—, edifica la réplica a la cuestión ética planteada a partir del libre albedrío del androide, esta vez a escala humana y con un grado de complejidad y concreción bastante más insólito. Esa multiplicidad de escenarios, que en manos de un escritor menos hábil diluiría la trama, es manejada con la habitual maestría para añadir otros dilemas éticos que, entre otros efectos narrativos, obligan al lector a posicionarse, a menudo en opciones dispares o que pueden entrar en contradicción con sus propios principios; igual que en el caso de La ley del menor, no existe una sola opción válida e incuestionable.
«Las maravillas tecnológicas como Adán, igual que la primera máquina de vapor se convertían en lugares comunes. Sucede lo mismo con las maravillas biológicas entre las que crecimos y no entendemos del todo, como el cerebro de una criatura cualquiera, o la humilde ortiga cuya fotosíntesis solo fue posible describir a escala cuántica. No existe nada hasta tal punto asombroso que no podamos llegar a acostumbrarnos a ello. Al tiempo que Adán prosperaba y me hacía rico, yo dejaba de pensar en él».
De este modo, cada componente del trío de personajes principales en enfrentado a dilemas éticos de distinto signo y de resolución contradictoria y ante los que su posicionamiento moral se verá indefectiblemente cuestionado desde sus cimientos ideológicos.

McEwan ha escrito una novela enorme.

Calificación: *****/*****

6 de octubre de 2019

Te veo en la cara oculta de la Luna

Te veo en la cara oculta de la Luna

No puedo precisar con exactitud el comienzo de mi relación con la música, aunque su origen, pues en mi casa no disponíamos de tocadiscos, no puede distar mucho de los disco-forum que organizaba mi profesor de Historia del Arte de los Salesianos, como actividad complementaria, en los recreos de después de comer; hablamos de 1974, a mis quince años. Fue en esas sesiones, llevadas a cabo en un aula libre con un soberbio equipo de música propiedad de la escuela, siempre en un silencio sepulcral y cuyo recogimiento se veía acentuado por la penumbra en la que se oficiaban, donde escuché conscientemente por primera vez a Bach, Beethoven, Mozart, Stravinsky, Dvórak y algunos compositores más de "música culta", y en las que las explicaciones del padre Juli Bort lograron despertarme, por primera vez, la curiosidad por esa manifestación artística. 

La rebeldía posterior dejó un poco de lado la música clásica, que podía escuchar —de hecho, seguí escuchándola— pero no podía ejecutar porque no tuve, ni en la niñez ni en la juventud, ninguna clase de formación musical, para dedicarme al instrumento estrella de la época, la guitarra, y a formar grupos en una sucesión conocida y lógica: dúo de folk, grupo de folk, grupo de rock. Una guitarra española de tienda de souvenirs dio paso a una acústica, después a una acústica de doce cuerdas y, pasando por un breve banjo y un clon —barato, muy barato: el mástil estaba levemente torcido— de Stratocaster, a la estrella de los aspirantes a guitarrista de la época: una preciosa Gibson Les Paul —negra brillante, por supuesto— a la que ni por asomo acabé de sacarle todos sus recursos y que, naturalmente, conservo y saco de la caja de vez en cuando para quitarle el polvo y darme cuenta de cuánto duelen las yemas de los dedos no ejercitados.

Paralelamente a mi formación como guitarrista eléctrico —con algo de instrucción musical y mucho de intuición y obsesivo ensayo—, mis gustos como oyente, que habían seguido una línea temporal desde la Edad Media, el barroco, el clasicismo y el romanticismo, se encontraron con el muro que significó para mi oído la llamada música contemporánea; ese encontronazo me hizo retroceder en el tiempo y estacionarme en el barroco, que empecé a escuchar con dedicación y que acabó siendo la época musical en la que me he quedado, de tal forma que muy raramente escucho música de la denominada culta compuesta con posterioridad a 1750, con la justificada excepción de Mozart. Ese extraño apego provocó un renacimiento en mi faceta de ejecutante y, con penas y trabajos, empecé a formarme en un instrumento cuya aparente simplicidad esconde un carácter diabólico: el traverso o flauta travesera barroca; estuve más de cinco años tomando clases y tocando de forma esporádica con mi profesor o con un paisano lo suficientemente loco para soplar ese castigo, siempre ante reducidas audiencias. La renuncia de mi instructor y algunos avatares vitales provocaron el abandono del estudio; ahora, como con la Les Paul, saco las flautas de vez en cuando de sus sacos, las froto con aceite de almendra para proteger la madera y las vuelvo a guardar; si alguna vez me atrevo a llevármelas a los labios, ni siquiera soy capaz de hacerlas sonar con una mínima corrección. Pero eso es otra historia.

A mediados de los años setenta yo ya era casi tan sectario como ahora —bien, me parece que lo era menos, pero seguro que esa percepción tiene que ver con la autoindulgencia con que cada uno miramos nuestro propio pasado—, y mis amistades, en cuestiones musicales, no me iban a la zaga. Se ha hablado mucho de la hostilidad entre los fans de Los Beatles y los de los Stones pero yo, que tenía muy clara mi posición en ese debate —siempre he sido irrenunciablemente de los segundos; los primeros me parecían, y me siguen pareciendo, unos pachangueros insufribles—, estaba entrometido en otra dicotomía mucho menos cruenta pero igual de fanática: Pink Floyd —el Pink Floyd original, con Roger Waters y Syd Barrett, y también, aunque con reparos, el posterior, el de Gilmour como guitarrista contratado— contra Genesis —también el Genesis original de Peter Gabriel, no la caricatura en la que se convirtió con la llegada de otro insufrible, Phil Collins—. Conocí al grupo allá por 1975 con Wish You Were Here, y fue tal el efecto de la impresión que me provocó que, a los pocos días de escucharlo, me pasé por Gay&Co. —los barceloneses de mi generación recordarán esa mítica tienda de discos de la calle Hospital, donde despachaba el posteriormente radiofónico Jordi Tardà— y compré toda su discografía. Mi escucha a lo largo de los meses sucesivos confirmó mi primera impresión de que se trataba de la mejor música de ese tipo —psicodelia, rock progresivo, rock sinfónico, llamadla como queráis— que había escuchado nunca; pero, por encima de su calidad general, me dejó sin palabras uno de los que propondría sin dudar para una lista de Los Mejores Discos de Rock de la Historia: The Dark Side of the Moon. Y, concretamente, una canción que quedó ligada para siempre con ciertos hechos acaecidos en mi vida personal —eso también es otra historia—, hasta tal punto que puedo afirmar que Brain Damage y su conclusión lógica, Eclipse, han marcado con tal intensidad mi vida posterior que si no fuera por ellas yo sería otro.

Bueno, tal vez exagero, pero cuando los lunáticos están en el césped, no caben medias tintas, es imprescindible tomar decisiones drásticas.

30 de septiembre de 2019

El colgajo

El colgajo. Philippe Lançon. Editorial Anagrama, 2019
Traducción de Juan de Sola
«C'était pendant l'horreur d'une profonde nuit.
Ma mère Jézabel devant moi s'est montrée,
Comme au jour de sa mort pompeusement parée.
Ses malheurs n'avaient point abattu sa fierté ;
Même elle avait encor cet éclat emprunté
Dont elle eut soin de peindre et d'orner son visage,
Pour réparer des ans l'irréparable outrage.
«Tremble, m'a-t-elle dit, fille digne de moi.
Le cruel Dieu des Juifs l'emporte aussi sur toi.
Je te plains de tomber dans ses mains redoutables,
Ma fille.» En achevant ces mots épouvantables,
Son ombre vers mon lit a paru se baisser ;
Et moi, je lui tendais les mains pour l'embrasser.
Mais je n'ai plus trouvé qu'un horrible mélange
D'os et de chairs meurtris et traînés dans la fange,
Des lambeaux pleins de sang et des membres affreux
Que des chiens dévorants se disputaient entre eux».
Athalie, Jean Racine, Acto II Escena 5
Una vida que se quiebra, un tajo que rompe con la antigua existencia —esa en la que yo se llamaba yo— y la deja en tal aislamiento que incluso el recuerdo parece ajeno; un período indeterminado en el que el tiempo desaparece, que se supone transcurrido porque la mente humana no puede concebir el tiempo detenido, pero del que no queda ningún registro, ni siquiera un mal sueño; y una nueva vida, sin pasado, edificada sobre la nada y desde la que todo acceso a la anterior debe pagar el peaje del horror.

Philippe Lançon sobrevivió al atentado contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo perpetrado el 7 de enero de 2015 por un comando yihadista; El colgajo (Le Lambeau, 2018) es el relato de los hechos ocurridos durante y, sobre todo, después de la tragedia, y el intento de buscar puntos de referencia para enlazar ambas vidas, la anterior y la posterior a los hechos —quizás no tanto enlazar como adjudicar ambas al mismo individuo—. Uno de los posibles nexos a través de los que se podría recrear la conexión es la representación de Noche de Reyes a la que acudió con una amiga la velada anterior al atentado.

«Las palabras, por un lado, y nuestros encuentros, por otro, tienden a reconstruir entre nosotros el puente que quedó destruido. Pero hay un agujero en medio. Lo suficientemente estrecho para que, de un lado y del otro, podamos vernos, hablarnos, casi tocarnos. Lo suficientemente ancho para que ninguno de los dos pueda reunirse con el otro en esa zona hecha de costumbres, de improvisaciones, de amistad, pero sobre todo de continuidad. Nina fue de nuevo a ver el espectáculo cuando lo repusieron, en 2016. Me propuso que la acompañara. No me vi con fuerzas. Hubiera tenido la impresión de visitar la antecámara de una tumba o de ver incluso mi propio ataúd abierto, como Tintín descubre el suyo y el de Milú en Los cigarros del faraón. Volveré a ver Noche de Reyes el día que la haya olvidado».
El colgajo es, probablemente, el intento de mantener vivo ese remedo de comunicación, pero también la tentativa de dejar por escrito aquello que, de ningún otro modo, se puede olvidar.

Jamás, excepto en el caso de haber sufrido una experiencia que te haya aproximado peligrosamente a la muerte, se pone de manifiesto la diferencia entre saber que lo que estás haciendo lo estás haciendo por última vez y cuando después de haberlo hecho —días después, tiempo después—te das cuenta de que era posible que fuera la última vez. La conciencia del presente se ve sustituida por el lastre del recuerdo y el hecho recordado ve modificada su naturaleza pero también su significación y su peso relativo en el conjunto de la experiencia del sujeto. Pocas condiciones hay tan incomprensibles y a la vez tan desconcertantes como el cambio en la significación de un recuerdo.


Este intento de reinterpretación del pasado —de otorgarle motivaciones ausentes en su momento, de especular con su influencia sobre hechos posteriores; en definitiva, de racionalizar lo irrazonable—, traslada a Lançon a Bagdad en vísperas del ataque norteamericano, momento en el que fecha el inicio de su relación con el terrorismo islámico. Tal vez incluso sienta la tentación de justificar el atentado del que fue víctima como contrapartida de los desmanes occidentales en el Oriente Medio y en el golfo Pérsico; una conciencia que carga con la culpabilidad colectiva y la búsqueda ansiosa de una inexistente relación de causa y efecto intentan resolver la desazón que provoca aquello cuya explicación no podemos concebir.

«El atentado se infiltra en los corazones que ha mordido, pero no los amansa. Irradia alrededor de las víctimas una serie de círculos concéntricos y los va multiplicando en atmósferas muchas veces patéticas. Contamina lo que no ha destruido a fuerza de subrayar con un bolígrafo de trazo nítido y sangriento las flaquezas secretas que nos unen y no veíamos».
Ese lapso temporal desaparecido favorece el sentimiento de relatividad del tiempo cuando el hecho que acontece arrastra todas las referencias fijas en las que este podría enmarcarse y se convierte en un suceso atemporal alrededor del cual, como en un agujero negro, no puede existir nada que resista la fuerza de gravedad asociada.
«Eran las 11.25, quizá las 11.28. El tiempo desaparece justo cuando querría recordarlo con la precisión de segundos, como un tapiz hilado por una parca llamada Penélope cuyo conjunto dependiera de la menor puntada. Todo encaja pero todo se desmonta».
Parece que la conciencia, ese atributo inherente a la existencia —su inmaterialidad, si bien  de raíz material, conlleva que, aunque su sustrato siga existiendo como objeto después de la muerte, ella haya desaparecido— es, en el fondo, incapaz de concebir la extinción y, excepto por comparación, impotente para identificar, para decodificar las señales que preceden a su final. De este modo, asimilará la amenaza, sea de muerte provocada, como es el caso, o de muerte natural, como un estado excepcional en el que el único supuesto contemplado es su propia supervivencia. La perplejidad es, pues, el primer movimiento que registra y también el último porque el apagado definitivo, los instantes anteriores o su desaparición jamás serán identificadas.
«Mi aventura maltrata mi memoria, en la que incide o va insensibilizando alternadamente: de ese calor y de ese frío nace la pena que me envuelve todo el tiempo, como si sufriera de todo al haber perdido todo. Solo el cansancio es capaz de ponerle fin. A mis amigos, mi aventura parece despertarles ma memoria. Me he convertido en un estrecho testigo de hielo que el atentado ha extraído de sus vidas».
Este apego temporal —tal vez podría considerarse una especie de reinicio— deja también sin efecto el mecanismo del recuerdo ya que el proceso de grabado queda interrumpido al desaparecer, temporalmente, el soporte. De ese modo, la rememoración posterior de los actos ocurridos se limita a la especulación sostenida acerca de los hechos anteriores al shock y por sus consecuencias, y el grado de extrañamiento es de tal magnitud que incluso puede poner en cuestión al propio sujeto que los experimentó.
«Los muertos casi se cogían de la mano. El pie de uno tocaba la barriga del otro, cuyos dedos rozaban el rostro del tercero, que a su vez se inclinaba hacia la cadera del cuarto, que parecía mirar al techo, y todos, como nunca y para siempre, se convirtieron en esta disposición en mis compañeros».
El atentado en sí, esos segundos instantáneos o interminables —depende del momento en que lo recuerde, o la razón que le haga disparar el recuerdo: «no sé cuánto tiempo duró el silencio»—, es el único hecho incontrovertible, y su primera reacción como víctima, antes del miedo, del impulso a escapar, de la improbable respuesta defensiva, fue el estupor; a pesar de ser el centro alrededor del cual pivota todo el texto, Lançon le otorga, con el mejor de los criterios, una importancia relativa: un solo capítulo de los veinte de que consta el libro. Y es que no parece que al autor le importe más que como desencadenante de las consecuencias que le acarreó.
«¿No habían tenido tiempo los dibujantes de pensar en el dibujo que se cerraba sobre ellos? ¿Pensaron en algo? En caso afirmativo, ¿qué pensó cada uno de ellos? Me siento inclinado a creer que no tuvieron tiempo de pensar en nada; yo, en todo caso, no pensé en casi nada. Puede que el pavor fuera eso: la reducción al mínimo del intervalo que separa el último segundo de vida del acontecimiento que la va a interrumpir, una muerte administrada sin aviso previo. En este intervalo no hay margen para gran cosa. Sin embargo, esa cosa mínima no termina nunca. Todo lo demás, cuando uno sobrevive, está sujeto a ella.»
Lançon está convencido de que ese atentado, además de las consecuencias físicas y psíquicas que le comportó, provocó una grieta en el tiempo, un desdoblamiento de su existencia en dos Philippe: el que murió en el atentado —es decir, el Philippe Lançon que nació en Vanves en 1963, el que, según la imagen del propio autor, llegó al inicio del puente pero no pudo cruzarlo porque ese puente ya no existía y se quedó allí, eternamente a la espera— y el que sobrevivió a la masacre, y que ambos siguen sus existencias en paralelo, el cadáver y el vivo. De ese modo,  la escritura de El colgajo no sería más que el intento de unificar, de nuevo,  ambos personajes, de recuperar la sola línea temporal de que disfrutamos el resto de los humanos.
«Iba mirando constantemente a la derecha el cráneo abierto de Bernard. Aunque acordarme de esa imagen me cause un enorme dolor, en el que a veces insisto como se aprieta un diente enfermo para sentir mejor el nervio, no me apetece que el día de su desaparición llegue demasiado deprisa, quiero vivir el tiempo suficiente para desmentir toda muerte y recordar esta imagen todo lo que pueda, lo mejor que pueda, sin tener que decirlo o repetirlo fuera de este texto que la perpetúa».
El pasmo por haber sobrevivido —aunque no está seguro de a qué— se une a la estupefacción provocada por un mundo que sigue girando con independencia de su voluntad e, incluso, de su comprensión. Se siente protagonista de todo lo que sucede a su alrededor, pero siente que no posee el control ni siquiera sobre su propio personaje.
«La sensación de no ser más que un cuerpo aparece cuando este se sustrae por completo a nuestros deseos y a nuestra voluntad, como criados que cobran vida propia y, el día que uno los llama, se rebelan todos al mismo tiempo para decir simplemente: existo. El cuerpo está bien en tanto sirve al amo despreocupado y orgulloso, en tanto no se hace notar. El malestar que lo invade lo hace autónomo, y por tanto más vivo, pero no estamos acostumbrados a esta vida que no controlamos, que no prevemos, a esa insurrección de los órganos que se traduce en un atasco incomprensible de sensaciones».
Que el primer acto voluntario e intencionado que realiza Philippe nada más despertar en la sala de reanimación del hospital, escribir en una pizarra —sus heridas y las reconstrucciones que ha sufrido su cara le impiden hablar— un mensaje para su hermano, prefiguran, tal vez, la relación entre el atentado, con sus consecuencias en el plano personal, y la actitud que tomará en el futuro con respecto a todo lo relacionado con aquel. La escritura seguirá siendo una forma de comunicación, una actividad más o menos artística y su principal modo de vida, pero también se convertirá en su salvación: desde las primeras frases esbozadas en la libreta grande de color salmón de la Assistance Publique hasta la última página de El colgajo, será el único procedimiento para intentar salvar ese puente desmoronado entre el Philippe anterior al atentado y el superviviente; pero también actuará, fijando el recuerdo, como repositorio en el que almacenar el recuerdo, siempre disponible, imprescindible para poder olvidar y afrontar el futuro, libre del lastre del acontecimiento.
«Sin embargo, no escribí esta frase en la pizarra Velleda para conjurar lo que anunciaba. La escribí para aliviarme de la pena que presentía: escribir era protestar, aunque también era ya una forma de aceptación. La primera frase, pues, tuvo esa virtud inmediata: hacerme comprender cuánto iba a cambiar mi vida, y que había que admitir sin vacilar todo lo que dicho cambio entrañaría. Las circunstancias eran tan nuevas que exigían un hombre, si no nuevo, al menos metamorfoseado en el plano moral como lo estaba en el plano físico. Todo se jugó, creo, en esos primeros minutos. Una combinación de estoicismo e indulgencia definió mi actitud en los meses que siguieron: nació en aquel instante, bajo aquella luz y con aquella sencilla frase: "Con Gabriela [su novia] está jodido."»
Esa sensación de extrañamiento con respecto al Philippe anterior al atentado incluye, con el tiempo, a aquellas personas con las que mantuvo relación en el pasado. Los cambios que les ha provocado el tiempo transcurrido, inefables, se confunden con el efecto que ha provocado en ellas el incidente. Si se trata de otro Philippe, ¿cuál es la relación que mantiene ahora con ellas? ¿Qué componentes de esa relación han cambiado después del incidente? ¿A qué Philippe buscan ellas, al que conocían y ya no existe o al que vive y ya no conocen? Por profunda que sea la intimidad, es imposible adivinar qué ha sido de la vida de las personas con las que la hemos compartido después de que salieran de ella; todas las especulaciones están destinadas al fracaso porque la foto fija de nuestra relación con ellas es falsa y se convierte en más engañosa a medida que transcurre el tiempo. Pero lo más grave es que ese efecto puede también producirse en nosotros cuando revisamos las expectativas que imaginamos en el pasado y las comparamos con nuestra realidad.
«La que hablaba era la enfermera de la noche. Era la primera vez que la veía. Me dijo su nombre. Pensé que se llamaba igual que un personaje de Raymond Queneau, que era un nombre anticuado, que tenía más o menos mi edad y que también yo estaba anticuado. Cuando se está anticuado es porque se ha sobrevivido a algo, incluso a varias cosas a las que quizá no debería haberse sobrevivido. Pero ¿a qué se ha sobrevivido exactamente? Tumbado en la cama creía entonces que el atentado me había dado una fecha de caducidad. Hacía algún tiempo que ya no me sentía apto para ejercer un oficio de locos y enloquecedor que exigía amoldarse a un mundo que avanzaba demasiado deprisa y demasiado bruscamente para mí. La actualidad se había convertido en una galería de espejos repleta de lámparas sobrecalentadas que ya no iluminaban y alrededor de las cuales revoloteaban unos enjambres de mosquitos cada vez más estúpidos, moralizantes, publicitarios y nerviosos. En adelante, cualquier palabra, cualquier frase me hacía sentir su precio. Mi mandíbula destrozada parecía una metáfora, lo cual tenía su lado bueno».
Una vez estabilizado física —no voy a morir— y mentalmente —el atentado fue un hecho aislado cuya repetición no debo temer— en todo aquello que mantiene una relación inmediata con el incidente, se abre un nuevo escenario ocupado por las consecuencias: cómo va a reconstruirse, y hasta qué punto, la zona afectada por la bala y cómo va a influir su  estado final a la vida en su conjunto. Una vez superado el miedo, un nuevo enemigo está esperando para entrar en liza: el dolor, el de todo el proceso de reconstrucción quirúrgica, pero también, aunque menos focalizado, el de las pérdidas personales que iban a producirse; y, en extraña combinación, una nueva variedad de miedo, no tanto a un nuevo atentado —que alguien quisiera terminar el trabajo que los terroristas habían dejado pendiente—, aunque también, sino al propio dolor, un miedo indescifrable, imprevisible. Ciego.
«Ahora que el VAC tenía las horas contadas, me había acostumbrado al escozor que me causaba su presión: lo que tendría que haber sido, imagino, un dolor agudo había terminado convirtiéndose en una sensación bastante curiosa, no del todo desagradable. Incluso sentía algo de placer con eso encima, como cuando uno se adelanta a un llamamiento que sin embargo no conduce a nada: gracias al dolor que creía provocar, me sentía dueño de las migajas de mi destino. El masoquismo no se había convertido todavía en un vicio —un vicio que a veces envidiaba—, pero sí podía ser, llegado el caso, una necesidad. Y pese a todo establecía, sin yo proponérmelo, una equivalencia entre el dolor sentido, o presentido, y el buen resultado del trabajo que efectuaban las enfermeras. Y aunque ellas procuraban no causarlo y me recordaban a menudo que había que atajarlo antes de que aumentara y cortarlo de raíz como a una flor venenosa, había cierto sufrimiento que sancionaba su eficacia».
El dolor dibuja una frontera que, sin embargo, Philippe debe cruzar, y nada, ni siquiera la morfina, puede acudir en su ayuda. La cirugía y los cuidados hospitalarios han conseguido que la muerte, tan próxima, retroceda, vencida por la técnica; Philippe ha pasado de ser un cadáver a ser un superviviente, pero ahora, conseguida la subsistencia, debe afrontar el reto definitivo: vivir.

El paso de protagonista a narrador siempre se hace a costa de la realidad; ese Philippe que nos cuenta su periplo hospitalario, con incursiones en un pasado que reinterpreta en función de lo que requiere su relato, no es el mismo que sufrió el atentado y la interminable hospitalización: la construcción de su crónica lo ha ficcionalizado. Si él es honesto, dejará que el lector se aperciba de ello; si el lector es inteligente, sabrá despejar la realidad en la ecuación que le plantea el autor.

«Gabriela veía las cosas de otro modo. Pensaba que esas crónicas me hundían todavía más en  mi miseria y hacían que me perdiera en un laberinto del que habría sido mejor salir. A mi entender era justo lo contrario: al describirla así, escapaba a mi condición. Había tenido que terminar allí, en ese estado, no solo para poner a prueba mi oficio, sino también para sentir lo que había leído cientos de veces en diversos autores sin acabar de entenderlo del todo: escribir es la mejor manera de salir de uno mismo, aunque uno no hable de otra cosa. Así las cosas, la separación entre ficción y no ficción era inútil: todo era ficción, puesto que todo era relato —selección de los hechos, enfoque de las escenas, escritura, composición—. Lo que contaba era la sensación de verdad y el sentimiento de libertad que se daban tanto a quien escribía como a quienes leían. Cuando escribía en la cama, primero con tres dedos, luego con cinco y después con siete, con la mandíbula primero agujereada y después reconstruida, con o sin posibilidad de hablar, yo no era el paciente que describía; era un hombre que observaba a este paciente y lo daba a conocer contando su historia con una benevolencia y una alegría que esperaba compartir. Me convertía en una ficción. Era la realidad, era absurdo y yo era libre. Dicha actividad, por supuesto, se cobraba su tributo. Terminaba todas las crónicas agotado, entre sudores, ataques de tos y lágrimas. El paciente resucitaba entre las palabras y los muertos, y se recuperaba».
La progresiva progresiva reincorporación de Philippe al mundo cotidiano significa abandonar poco a poco el refugio seguro de los hospitales —no solo en términos de seguridad personal—, sus rutinas impuestas en aras de la comodidad —los policías que lo custodian pero también las enfermeras que lo cuidan—, esa vida cuyo volante está en manos de otros, y comenzar a asumir las responsabilidades que quedaron suspendidas con el atentado. Y, con ello, recuperar no el tiempo perdido ni el tiempo recobrado sino el tiempo suspendido; volver a vivir, como siempre, sin intermediarios.
«Nunca había experimentado con tanta intensidad la sentencia proustiana: la escritura era sin duda producto de otro yo, un producto destinado justamente a hacerme salir del estado en el que me encontraba, aun cuando consistiera en contar dicho estado [...] También escribía para transmitir una experiencia, pero la mayor parte de las reacciones me recordaban aquella frase cruel de Céline: "La experiencia es una tenue lámpara que ilumina solo a quien la lleva"».
Como lector, no me interesan tanto los hechos, ni siquiera sus efectos sobre la vida de Lançon, como el modo en que los narra, en que transforma la vida real de la víctima del atentado en un relato, el intento de reconstruir, mediante la escritura, una vida alternativa que pueda continuar —que pueda identificarse con— la vida del crítico y periodista francés conocido como Philippe Lançon. No se trata de una catarsis —otro tipo de ficción— sino de recuperar una identidad extraviada y de adjudicarla a un sujeto que no acaba de conseguir  reconocerse.
«Si escribir consiste en imaginar todo lo que falta, en reemplazar el hueco con cierto orden, lo que yo hago no es escribir: ¿cómo iba a poder crear la menor ficción cuando a mí se me ha tragado una ficción? ¿Cómo erigir un orden cualquiera sobre semejantes ruinas? Es como pedirle a Jonás que se imagine que vive en el vientre de una ballena cuando vive en el vientre de una ballena. Yo no necesito escribir para mentir, imaginar o transformar lo que me pasó. Me bastó con vivirlo. Y, pese a todo, escribo».
Tal vez el mayor logro literario de El colgajo consista en el ejemplar equilibrio que consigue Lançon entre el sensacionalismo y el realismo. Al desplazar el peso de la trama del lugar supuestamente central, el atentado en sí —que relata en la primera cuarta parte del texto—, al proceso quirúrgico y, al final, a la rehabilitación, desecha el porcentaje de intriga con el que podría sostener el texto —y otorgarle el carácter de novela que podría adjudicársele sin violentar el concepto asumido de forma amplia por sus lectores— y se centra en un tema, su curación y rehabilitación, difícilmente manipulable, decisión que redunda en una alta verosimilitud que, en el caso de los testimonios personales, es tal vez su mayor virtud.

Calificación: *****/*****

23 de septiembre de 2019

Leopardo Negro, Lobo Rojo

Leopardo Negro, Lobo Rojo. Marlon James. Editorial Seix Barral, 2019
Traducción de Javier Calvo
Después de deslumbrar al jurado del Booker Prize en 2015 con Breve historia de siete asesinatos, Marlon James, el escritor anglosajón de origen jamaicano, ha emprendido el tortuoso y arriesgado camino de reformular la literatura fantástica recogiendo la corriente ascendente de dotar al género de raíz étnica; por suerte, tanto la novelística fantástica como la de ciencia-ficción se están dotando de apellidos que engrandecen el campo de la literatura de género y que parecen, a la vez, el mejor homenaje a escritores de la talla de J. R. R. Tolkien o Ursula K. Le Guin y una más que digna continuación de sus obras. Para ello, ha planeado una trilogía, de la que Leopardo Negro, Lobo Rojo (Black Leopard, Red Wolf, 2019, constituye la primera entrega; un relato -un conjunto de relatos protagonizados por los mismos personajes, historias dentro de historias, relacionadas o independientes, pero con los mismos héroes- que entronca con la tradición oral en el que las historias no se cuentan a medida que suceden los hechos sino que son relatadas por un protagonista o por un testigo tiempo después de que sucedieran.
«Y eso también me lo contó mi tío. Mi abuelo se cansó de matar y se nos llevó a mi madre y a mí de la aldea. Fue él quien abandonó las vacas. Y es por eso por lo que ya en mi infancia mi padre era viejo, viejo como los ancianos de aquí, con sus espaldas jorobadas. De tanto huir se había quedado flaco, en los huesos. Siempre parecía a punto de escaparse. Me dieron ganas de ir corriendo de mi tío a mi padre. A mi abuelo. Ahora mismo el suelo no era el suelo, y el cielo no era el cielo, y las mentiras eran la verdad y la verdad era una cosa movediza y resbaladiza. La verdad me estaba poniendo enfermo».
Un heterogéneo grupo de mercenarios -Fumeli, un excelente arquero y no menos magnífico amante; Ogotriste, una especie de gigante aquejado de multitud de complejos; Sogolon, una bruja de temperamento voluble; Venim, una enigmática niña; y otros personajes que se van encontrando en su camino- comandado por Rastreador, un explorador infalible con olfato y ojo de lobo, circunstancia que le adjudica el sobrenombre de Lobo Rojo, y Leopardo Negro, un ser polimórfico que cambia de especie a voluntad y que vive en lo más recóndito de la selva, incontrolado y libre, emprenden, contratados por un enigmático personaje, la búsqueda de un niño dotado de extraños poderes desaparecido en misteriosas circunstancias años atrás.
«Un año viví en Malakal, antes de mudarme a Kalindar, el reino bajo disputa que había en la frontera con el Sur. Patria de grandes lores jinetes. Cierto, el lugar era más bien una colección de establos con habitaciones para que los hombres follaran, durmieran y conspiraran. Daba igual de qué lado vinieras, a aquella ciudad solo se podía llegar tras una dura travesía por tierra. Era un pueblo amante de la guerra, rencoroso y vengativo en el odio, apasionado y vigoroso en el amor, que despreciaba a los dioses y los desafiaba a menudo. Por supuesto, me afinqué allí».
Esclavistas y abolicionistas, caníbales y vegetarianos, gigantes y enanos, animales metamórficos y seres invisibles, hechiceras y subyugadoras, espíritus bravucones pero inofensivos y discretos pero letales, eunucos y superdotados y todo un conglomerado de seres indescriptibles e inconcebibles que socorrerán o impedirán la tarea de la compañía ante las numerosas pruebas a las que deberán enfrentarse mediante la magia sutil, la fuerza bruta, el ingenio afilado o la pura casualidad, en una fantasía épica, que recoge la tradición de las questes clásicas, en la que dos inadaptados encuentran en su exclusión el motivo para la solidaridad mutua o para la traición encubierta, encargados de misiones imposibles para todo aquel que no disfrute de sus atributos, y en la tarea en la que se afanan la oportunidad de redimirse de una existencia poco ejemplar.
«Vivir en una ciudad era algo nuevo para mí. Siempre he sido un hombre del límite, siempre en la costa, siempre en la frontera. Así nadie sabe si acabo de llegar o si estoy por irme. Nunca tenía más posesiones de las que podía meter en una bolsa para marcharme en menos tiempo del que tarda en vaciarse un reloj de arena. Pero en un sitio como aquel, donde siempre había gente yendo y viniendo, podías estar en el centro inmóvil y aun así esfumarte. Lo cual es conveniente para un hombre odiado por los hombres. Mi posada estaba muy al oeste, en el borde de la tercera muralla. La gente creía que quienes vivían dentro de la tercera muralla eran ricos, pero no era verdad. La mayoría de los ricos vivían dentro de la segunda. Los guerreros, soldados y comerciantes que estaban simplemente pasando la noche en una posada se quedaban dentro de la cuarta, en unos fuertes situados en los puntos cardinales de la ciudad para rechazar a los enemigos. Te cuento todo esto, Inquisidor, porque nunca has estado en Malakal y un hombre como tú no irá nunca allí».
Calificación: *****/***** 

16 de septiembre de 2019

Route des Grands Alpes 5



Itinerario: Nice-Calella
Duración teórica: 7h 20m
Duración en ruta: 9h 
Kilometraje: 631,18 km
Fecha: 15-09-2019
Etapa de regreso a casa, sin más comentarios que, en su inicio, y para ahorrar kilómetros de autopista, la ruta sigue el recorrido junto al mar desde Nice hasta Fréjus para, posteriormente, desplazarse al interior en busca de las sucesivas autoroutes que me devuelven a casa.

Route des Grands Alpes 4



Itinerario: Briançon-Nice
Duración teórica: 7h 18m
Duración en ruta: 9h 40m
Kilometraje: 311,86 km
Fecha: 14-09-2019
Etapa final que reserva algunas sorpresas. A la salida de Briançon, se asciende al Col d'Izoard, un puerto poco conocido pero maravilloso y, a continuación, el Col de Vars, menos salvaje, más colonizado. Después del descenso se enfila una de las cimas más reconocidas para pilotos y ciclistas, el Col de la Bonette, que presume de ser la carretera conducible más alta de Europa; desde el collado, una estrecha carretera, en principio restringida a peatones, lleva falso Col de la Cime de la Bonette y al monolito que conmemora la construcción del acceso así como de la propia Route des Grans Alpes, la carretera que se construyó bajo el reinado de Napoleón III con la intención de dar a los Alpes centrales franceses una salida al mar, y del que parte un camino que permite ascender a la cima, unos pocos metros más arriba, desde donde se puede disfrutar de panorámicas excepcionales. El descenso, prolongado y encajonado entre desfiladeros, conduce a Saint-Étienne-de-la-Tinée, en pleno corazón del Parque Nacional del Mercantour (sugerencia de Mathias Enard; gracias, Mathias, el paisaje es espectacular). Desde el fondo del valle se emprende el ascenso al último puerto de la ruta, el Col de Turini, desde el que se enlaza, mediante una carretera ancha pero con mucha gravilla suelta, con las estibaciones que dominan el golfo de Niza, ciudad a la que se accede a través de carreteras locales de trazado sinuoso pero de recorrido extraordinario a través de esa maravilla de la naturaleza y de la civilización que es la Provenza.






Ascenso al Col de la Bonette por la vertiente norte










Carreteras de firme irregular rodeadas de bosque en el Mercantour


Vertiente sur del Col de Turini

Últimas estibaciones de los Alpes; al fondo, ya se huele y se adivina el Mediterráneo

Route des Grands Alpes 3



Itinerario: Bourg-Saint-Maurice-Briançon
Duración teórica: 7h 14m

Duración en ruta: 10 h
Kilometraje: 378,18 km
Fecha: 13-09-2019
Etapa de las grandes cimas. A la salida de Bourg-Saint-Maurice la ruta conduce al Col de l'Iseran, uno de los paisajes más impresionantes; la hora de llegada, sobre las 8h de la mañana, permite disfrutar tanto de la subida como de las vistas en solitario. El descenso lleva a la Vallée de l'Arc donde se ubica una de las poblaciones reconocidas con de las más bellas de Francia, Bonnevale-sur-Arc; desde esta ubicación se sigue el curso del río de l'Arc hasta que se asciende al Col du Glandon, un escalón bajo de la cima siguiente, el Col de La Croix de Fer, y posteriormente sube al famoso Alpe d'Huez; a media mañana, tanto la subida como la cima están ocupados por multitud de ciclistas, de todas las edades y condiciones, que no quieren perderse esa cota característica del Tour de France. Para descender y no repetir itinerario, el navegador me llevó por una pista estrecha y con mucha gravilla suelta (por la que, a pesar de todo, circulaba alguna bicicleta; la bajada, con las maletas cargadas a tope y en solitario, me hizo pasar un mal rato) hasta el Col de Sarenne. Sin apenas descanso, se asciende al Col de Lautaret y, a continuación, a otra cima mítica, el Col du Galibier, tan impresionante por sí mismo como por la carretera que le da acceso. Finalmente, ya en la vertiente de Briançon, se accede al Col du Télégraphe y se desciende a esa población.


Salir antes que el sol para aprovechar las horas más frescas del día y la poca afluencia de vehículos es una de las decisiones que deben tenerse en cuenta.



La majestuosidad de los Alpes a primera hora de la mañana es, si cabe, aún más sobrecogedora

Bonneval-sur-Arc




Encerrona gentileza del TomTom







Ruta de ascenso al Col du Galibier