26 de febrero de 2021

Travesti

 

Travesti. Mircea Cartarescu. Editorial Impedimenta, 2021
Versión en cómic de Edmond Baudoin. Traducción de Lorenzo F. Díaz

El equívoco, la oscuridad, los sueños y el particularísimo mundo de Cartarescu reflejados a la perfección, mediante un blanco y negro sórdido, en esta versión en cómic de Lulú (Travesti, 1994), una de las primeras novelas que estrenaban esa escritura de la obsesión y la nostalgia de uno de los mayores escritores europeos vivos.

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22 de febrero de 2021

Dime una adivinanza

 

Dime una adivinanza. Tillie Olsen. Editorial Las Afueras, 2020
Traducción de Blanca Gago. Prólogo de Jane Lazare. Epílogo de Laurie Olsen

En un momento histórico en el que cada individuo se siente acreedor de unos derechos insólitos, la lectura de autores como Tillie Olsen es un bálsamo de cordura; en primer lugar, porque su literatura trasciende el entorno temporal en que se escribió, pero también porque su carácter reivindicativo está planteado desde un reducto en que la injusticia, por motivos raciales, sociales o económicos ―Olsen era hija de emigrantes judíos rusos huidos después del intento fallido de la revolución de 1905―, se sobreentiende como una realidad inamovible que incluye como definitivos hechos supuestamente triviales, más próximos, como las relaciones familiares y, concretamente, la maternidad. Su obra más conocida, referenciada y admirada es este sensacional volumen de relatos que toma el nombre de uno de ellos: Dime una adivinanza (Tell me a Riddle, 1961, 2013). Olsen trasciende el papel de prestar voz a los que, por razones discriminatorias, carecen de ella, y se aplica en la exigencia de los derechos a que son acreedoras aquellas personas que jamás los han disfrutado; entre estas, las que unían la escritura y el hecho de ser madres a mediados del siglo pasado y en la peculiar sociedad del midwest norteamericano, con esa religiosidad primaria y esa discriminación endémica.

El pasado es un lastre que impide planificar el futuro, aunque este siempre acaba aconteciendo, pero distinto de como se había planeado, sin correspondencia con los indicios que aquel parecía mostrar; por simple acumulación, el conjunto de acciones ―lo que hicimos―, omisiones ―lo que no hicimos―, posibilidades ―lo que podíamos haber hecho― y aflicciones ―lo que no debimos hacer―, terminan aplastando ese instante fugaz que llamamos presente con un peso ineludible.

La asunción de responsabilidad que conlleva la maternidad, plena y conscientemente asumida, arranca un inevitable sentimiento de culpabilidad cuando no se consigue nivelar expectativas y realidad, una frustración que aumenta en igual proporción que la propia exigencia.

La peor de las tristezas, el desconsuelo ineluctable, sin esperanza, irrumpe en la fría objetividad de la narradora ―la crudeza de esa primera persona, tan próxima, tan poco vehemente y, en cambio, tan verosímil― cuando se refiere a un pasado invasivo que impone su presencia y para el que no existe ya remedio. Un pasado cuyo mero recuerdo evidencia los errores, cometidos en un tiempo ya olvidado, cuya subsanación es imposible.

Tal vez la vida sea poco más que un conjunto de frustraciones irremediables.

«Déjela. Aunque todo lo que hay en ella no vaya a florecer, ¿en cuántos llega a hacerlo? Ya le da para vivir. Solo queda ayudarla a comprender, darle una razón por la que entienda que es algo más que un vestido sobre una tabla, desamparado, antes de que lo planchen».

Ese desapego con la época que ha tocado vivir contamina todo tipo de relación ―en el libro de Olsen, la maternidad, el matrimonio, la amistad, los cuidados mutuos― porque esas vidas están marcadas, desde su inicio, por el estigma de la discriminación, en toda su variabilidad, y los personajes no tienen más remedio que transigir con la situación, ya que su recuperación es imposible.

En las vidas insignificantes nunca ocurren sucesos memorables ―esos que están reservados a las vidas eminentes, como si lo uno fuera función de lo otro―, sino lo que podría calificarse de anécdotas irrelevantes, pero que para ellas, debido a la modestia de sus requerimientos, revisten una importancia fundamental.

La estratificación social, omnipresente e inevitable, se manifiesta en todos los órdenes de la vida desde la escuela, la primera oportunidad de socialización, y actúa no solo verticalmente, en función de la posición social y económica, sino también en forma horizontal, cuando cada estrato busca uno inferior ―la procedencia, la ocupación, la raza― en el que descargar sus frustraciones y sobre el que mantener sus pequeñas porciones de poder; algo que ponga en evidencia una superioridad inexistente y que no lo relegue a la última posición.

«―Joder, es que, si pensáis que es algo tan importante, ¿por qué tenemos que vivir aquí, donde es una realidad? ¿Por qué no nos mudamos a Ivy, como Betsy ―sí, ya lo sé, por el dinero―, donde los tratan como colegas, al menos en la escuela? Allí hay tres niños negros y sus padres son médicos o jueces o peces gordos de no sé qué, y a uno de ellos siempre se le elige presidente de algo y la otra es la primera voz del coro, o lo que sea, para demostrar lo democráticos que somos... ¿Qué quieres que pase con esa pobre niña? A ver, aclárate. Sigue siendo amiga de Parry pero, claro, sin dejar a los tuyos. Sí, seguro. Saca buenas notas, pero no seas empollona. Crece, prepárate para la universidad, pero no te separes de ella. Sí, intégrate, pero... »

Tal vez sea cierto que las dificultades y los retos actúan a favor de la consolidación de una situación frágil, pero, para que suceda esa posibilidad, es imprescindible que el reto sea asumible y que la situación cuente con un índice de cohesión mínimo; si alguna de esas circunstancias no aparece, el proceso colapsa y la recuperación es inviable; como el derrumbe de un edificio, que mostraba una indiscutible solidez, debido a unos defectos constructivos que nadie se había preocupado por examinar.

«No es que no hubiera querido a sus bebés, a sus niños. El amor ―ese afán por cuidar al otro― había crecido con la necesidad como un torrente y, como un torrente, arrastraba y sacrificaba todo lo demás. Pero cuando la necesidad ya estaba satisfecha, ay, ese poder se perdía en el doloroso proceso de retener y secar lo que aún manaba, pero que no tenía un cauce por donde discurrir. Solo quedaba un débil latido que no podía acallarse, que sufría por unas vidas a las que ya no podía sostener ni ayudar».

Cada recuerdo, levemente evocado, emergiendo de las brumas del olvido, deslavazado, intuitivo, es un puñal que agranda la herida de un pasado que se quiere evocar como feliz, aunque sea por contraste con un presente que ejerce su tiranía sin piedad, echando en cara la felicidad inocente de las nuevas generaciones, un asedio constante para el que no existe subterfugio.

«(La corona de tranzas cercenada). Instantáneamente, él dejó a la anciana muda que leía con detenimiento el Libro de los mártires, y se remontó a la madre pisando el pedal de la máquina de coser que cantaba con los niños; a la joven con el uniforme de presa arrugado que se escondía el pelo con sus manos llenas de cicatrices, que alzaba los ojos para ofrecerle una mirada incómoda, pudorosa y llena de amor; y la estrechó en un abrazo afectuoso, intimo, carnal, lleno de toda la intensa pasión que siempre había querido despertar en ella».

Las dos últimas citas pertenecen a Dime una adivinanza, uno de los mejores relatos que recuerdo haber leído en mi vida.

19 de febrero de 2021

Matadero Cinco (cómic)

 

Matadero Cinco. Kurt Vonnegut. Astiberri Ediciones, 2020
Versión en cómic de Albert Monteys y Ryan North. Traducción de Óscar Palmer

Estupenda versión en cómic de una de las mejores novelas antibélicas jamás escritas.

15 de febrero de 2021

Contemplaciones

 

Contemplaciones. Zadie Smith. Penguin Random House, 2020
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino

Cuando fue una evidencia que la epidemia del coronavirus iba para largo y que una de las consecuencias negativas no directamente relacionadas con la salud de la población iba a ser la proliferación viral de libros en los que escritores de la más diversa condición ―y aptitudes― aprovecharían ese suceso para colar su novela, ensayo, cómic o poema, decidí que no leería ninguno. Pero he hecho una excepción ―¿qué sería de las decisiones irrevocables sin las excepciones?― con Zadie Smith, una escritora con la que no he conseguido conectar en el terreno de la ficción ―con la excepción, otra vez, si acaso, de Dientes blancos―, pero de la que he leído con placer y admiración sus ensayos, sean en forma de libro ―el magnífico Cambiar de idea―, o como colaboraciones en revistas y otros medios.

Contemplaciones (Intimations, 2020) es una colección de cinco ensayos y una galería de personajes «ensayos personales, modestos por definición, breves por necesidad»― escritos a mediados de 2020 y supeditados a dos hechos: la pandemia y la simultánea lectura de Marco Aurelio; como trasfondo, la propia Smith, la de verdad, escritora, madre, activista y emigrante. Divagaciones, diría yo, casi epifanías en algún caso, relatos accidentales o circunstanciales, pero que llaman la atención por su inmediatez y proximidad, intimaciones, como señala su título original, una acepción que se ha perdido en la traducción; en todo caso, prefiero leer a alguien que tenga poco que contar pero que escriba bien que a quien tiene una buena historia pero la cuenta de pena.

Precisamente en su doble condición de escritora y cualquier otra cosa, Smith se pregunta acerca de la diferencia entre aquello que se espera de una mujer y lo que está dispuesta a ofrecer, y cómo, a partir de este planteamiento, las exigencias sociales ―y la autoexigencia personal― deben circunscribirse a su elección, no a la expectativas externas.

«[...] escribir es, a cada momento, nadar en un océano de hipocresías: sabemos que nos engañamos pero, por extraño que parezca, ese engaño es necesario, aunque sea provisionalmente, para crear el molde donde verter todo aquello a lo que no puedes dar forma en la vida».

¿Dónde queda la actividad creativa que representa la escritura cuando la muerte ―una muerte ilógica, irrazonable― acerca sus pasos? ¿Y qué puede aportar una mujer que escribe, cuando lo que se espera de ella como mujer no tiene nada que ver con lo que está dispuesta a proporcionar?

El supuesto carácter democrático de la muerte ―en todas partes, aquí más, se ha entonado con la fe de un mantra la muletilla "el virus no sabe de fronteras, razas ni clases sociales"― queda en evidencia cuando se examina el origen de las víctimas y su estrato sociológico, y es más manifiesto aún en el caso de aquellos países en los que la brecha ―las brechas― que separan las diferentes capas son más pronunciadas, como en los EE. UU. de América. Smith rastrea la veracidad de aquella "excepción" americana y la pone en relación con la realidad de la pandemia en ese país bajo el mando político, emocional y comunicativo de su presidente; un caso curioso ahora mismo, cuando el individuo en cuestión ha sido desalojado de la Casa Blanca y sus bravuconadas forman parte de la historia que millones de americanos ―aunque, por lo que parece, sigue teniendo también un número inquietantemente aproximado de seguidores, en concreto, más de setenta y cuatro millones― intentan olvidar.

Smith, que confiesa honestamente ―aunque, hasta ahora, se haya avergonzado de declararlo en público― que su motivación para escribir ha sido siempre "para hacer algo", siente redimida la falsa modestia de esta frase ahora, en medio de la pandemia, porque todo le mundo, ante la imposibilidad teórica de hacer lo que le viene en gana debido a las restricciones impuestas, hace cosas "para hacer algo". Parece que esta situación debería generar la oportunidad de recuperar el tiempo para llevar a término aquello que el ritmo de vida acelerado nos impedía disfrutar, pero la mayoría de la gente se ve atrapada por la disponibilidad de tiempo, incapaz de recuperar la vida que antes echaba en falta. Smith se sorprende de su propia incapacidad ―se supone que los artistas deberían estar mejor preparados para una situación como esta: su vida cotidiana difiere menos de la provocada por la pandemia que la de la gente común― para no sentirse desubicada..., pero no es un problema grave:

«Pero agradezco tener compañía: viendo esta fiebre por crear, cultivar o "hacer algo" que ahora parece consumir a todo el mundo, me consuela descubrir que no soy la única persona de este mundo que no tiene ni idea de cuál es el sentido de la vida, ni de qué podemos hacer con este tiempo muerto, salvo llenarlo».

Ese tiempo, que debería ser duración ganada a la vida, puede convertirse en una amenaza ―hace siglos que el individuo del mundo desarrollado ha perdido la capacidad de disfrutar del aburrimiento―; así es como un privilegio del que no sabemos disfrutar se convierte en sufrimiento.

Bajo la denominación común de "Capturas de pantalla", Smith confecciona una serie de retratos protagonizados por personas supuestamente irrelevantes, pero a los que la pandemia ha otorgado un inesperada significación: su masajista, de origen oriental, preocupado por el pago del alquiler del local, situado en una buena zona de Manhattan; el vagabundo que protagonizó, adecuadamente camuflado, uno de sus relatos, desubicado de la situación ficticia en que lo dispuso; la vecina con perrito, cuya mundanidad la faculta para afrontar graves retos pero que flaquea ante el más nimio inconveniente; el jovencísimo informático, que encarna una vida con estilo, adquirido de unas subculturas con intención minoritaria convertidas en mainstream, cuyas aspiraciones han quedado en el aire, interrumpidas por la crisis sanitaria; la pariente lejana que, después de una larga ausencia, la aborda como si hubieran pasado solo veinticuatro horas desde la última charla e intenta ponerla al día con respecto a las vidas de antiguas amistades comunes con las que hace años que no se relaciona; el asiático con una pancarta autodenigrante que encarna una de las peores manifestaciones del odio, el que se dirige a uno misma, la locura; y, finalmente, las implicaciones sobre las relaciones humanas del nuevo virus y la diferencia con otros organismos nocivos endémicos, como el del desprecio británico, sobre una población subyugada, o el que afecta a los policías norteamericanos blancos; la manifestación explícita de una pandemia que nos afecta a todos, incluso ―hecho que lo hace más peligroso― a los que nos creemos asintomáticos.

12 de febrero de 2021

Poética

 

Poética. Nicolas Boileau-Despréaux. KRK Ediciones, 2009
Edición y traducción de Aníbal González Pérez

Cuando las estanterías dedicadas a los libros pendientes de leer adquieren una dimensión amenazante, es difícil ―a veces, imposible― rastrear las razones que te llevaron a adquirir un libro determinado ―siendo, a veces, inadecuado, en principio, a los gustos lectores y a los géneros literarios que se suele frecuentar―.

En este caso, por raro que parezca que figure entre mis lecturas un libro como la Poética de Boileau-Despréaux, puedo reproducir paso a paso el camino para que ese libro despertara mi interés: la lectura del excelente El suscitador. Apuntes sobre Francis PongeAlfonso Barguñó VianaHurtado-Ortega, 2020, reactivó mi interés por el autor francés, tan injustamente tratado por la posterioridad; leí y releí La soñadora materiaFrancis Ponge. Galaxia Gutenberg, 2007, y de ahí Pour un Malherbe. Francis Ponge. Gallimard, 1965. La lectura acerca de Malherbe me recordó la Querelle des Anciens et des Modernes y provocó otra nueva relectura, en diagonal, del estupendo Las abejas y las arañas: La Querella de los Antiguos y los Modernos. Marc Fumaroli. El Acantilado, 2008 (cuyas Notas de Lectura siguen pendientes de publicación). Parecía que mi momentáneo interés se veía satisfecho, pero, por una asociación de ideas que no puedo reproducir, recordé a un autor clave en la Querelle ―claramente alineado con los Antiguos― y de quien no había leído nada: Nicolas Boileau-Despréaux; fui a la fuente, la maravillosa base de datos de la Bibliothèque Nationale de France, Gallica.bnf.fr, donde encontré el original en francés ―que, como es natural dado el asunto, está escrito en forma de poema― y, de ahí, busqué una traducción que me ofreciera garantías; el resultado fue esta edición de la exquisita KRK, con un iluminador prólogo de Aníbal González Pérez, a la que, si hay que poner algún reparo, es que no haya conservado la forma de poema. No sé si los caminos del Señor serán o no inescrutables, pero es manifiesto que, a veces, el recorrido hasta un libro determinado es un largo y tortuoso camino con notables dosis de misterio.  

La Poética (L'art poétique, 1674) es el tratado más influyente de su época, un verdadero libro de estilo sobre la poesía clásica que sienta las bases de la estética de este género mediante la actualización de las reglas de Aristóteles y Horacio y su adaptación a la literatura francesa del barroco, originariamente destinado a la poesía, por su carácter de manifestación de la literatura culta ―la otra era el teatro; la novela, como género serio, no había alcanzado todavía esta consideración―. Boileau-Despréaux no solo establece las reglas para escribir con estilo, sino que se burla, sin ninguna cortapisa y citando los nombres, de los poetas infaustos y de sus defectos.


L'art poétique. Nicolas Boileau-Despréaux. Paul Masgana, París, 1840. Texto original disponible en Gallica.bnf.fr

8 de febrero de 2021

Flaubert for ever

 

Flaubert for ever. Marie-Hélène Lafon. Editorial Minúscula, 2021
Traducción de Lluís-Maria Todó

«No puedo escribir cuando estoy leyendo a Flaubert; o no puedo leer a Flaubert cuando estoy escribiendo; son dos cosas que no pueden hacerse juntas».

Si es por la magnitud de su producción, la reducida obra novelística de Flaubert (1821-1880), si se la compara con sus paisanos seculares Balzac (1799-1850) y Zola (1840-1902) ―y con  Stendhal (1783-1842), para completar el cuarteto de los colosos de la novela francesa del siglo XIX― parece relegarle al infierno de los segundones; pero, de los cuatro, es el único que tiene en su haber la novela perfecta y el relato perfecto.

«Flaubert nada, en las zapatillas, en el Sena, en el mar, y en el mundo, y en la frase. Imaginemos eso, cómo Flaubert se extrae de la frase, del libro, de los libros, del flujo de los textos, los suyos, los ajenos, tiene que extraerse porque se hunde de tal modo en sus textos y en los de los demás, que tritura poderosamente».

Flaubert for ever (Flaubert for everpublicado en 2018 como parte del volumen Flaubert de la colección "Les auteurs de ma vie") es el homenaje que Marie-Hélène Lafon, flaubertiana confesa, rinde a su admirado autor ―"a causa del imperfecto, es a causa del imperfecto"―. 

«Il ne pouvait suivre aucune carrière, étant absorbé dans les estaminetsNo podía seguir ninguna carrera, estando absorbido en las tabernas. El impávido gerundio pasivo, engarzado por una coma, moldeado en el mármol de la frase perfecta, definitiva y desopilante, insondable, abismal».

La autora mezcla la vida del autor y los personajes con los que tuvo relación a lo largo de su vida, con las tramas de sus propias novelas y los protagonistas de sus obras, para dar a la luz un improbable universo híbrido en el que la literatura no sustituye a la vida: es la vida.

«El amor de lejos no tendrá fin; permanecerá enquistado bajo la piel, clavado bajo las uñas, incrustado en el hueso, infundido en el tuétano; envejecido, alisado y tozudo, permanecerá, por más que madame Maurice [Élisa, esposa de Maurice Schlésinger] haya perdido su nombre de caramelo; diáfano y flotante como un velo de estameña en la luz irremediable de los veranos  cumplidos, permanecerá, danzando, bajo el grueso drapeado de las convenciones y las frases repetidas en París entre una Señora Madre canosa y un Señor Hijo barbudo».

En esa festiva mixtura de flaubertofilia, Lafon incluye trifulcas familiares: con su padre, con su hermano, con la hija de su hermana, con su cuñado; líos amorosos: George Sand, Louise Colet, la enigmática mademoiselle Leroyer de Chantepie, Élisa Schlésinger; amistades conflictivas: Maxime du Camp, los hermanos Goncourt, Sainte-Beuve; sus ambivalentes personajes: Charles y Emma Bovary, las dos Felicité; Salambó y Herodías; y sus epígonos: Rimbaud, Bergounioux y Michon.

«Flaubert a caballo. Flaubert fue guapo. Flaubert fue joven. Joven. Glorioso. Rubio, rizado. Alto y bien proporcionado. Flaubert tuvo dolor de muelas. Cayó fulminado a los diecisiete años en el camino de Pont-l'Évêque; no se sabe bien qué lo fulminó; fue fulminado y esquivó el Derecho y pudo empezar a devenir. Flaubert es inagotable. Flaubert for ever».

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5 de febrero de 2021

El físico y el filósofo

 

El físico y el filósofo. Jimena Canales. Arpa Editorial, 2020
Traducción de Àlex Guàrdia Berdiell

El día 6 de abril de 1922 tuvo lugar en París un encuentro entre dos personajes que protagonizarían uno de los debates intelectuales más prolongados y encarnizados del siglo XX. El tema de esa controversia acerca de la naturaleza del tiempo —el subtítulo del libro de Jimena Canales ((The Physicist and the Philosopher, 2015es: "Albert Einstein, Henri Bergson y el debate que cambió nuestra comprensión del tiempo"— enfrentó al físico más popular, que era capaz de congregar multitudes y que defendía que no hay más que dos formas válidas para entender el tiempo, la física y la psicológica; y al filósofo más importante de su época, para quien la teoría de la relatividad no era más que "una metafísica injertada en la ciencia, no es ciencia". 

En definitiva, estaba en cuestión el paradigma bajo el que debe tratarse el tiempo: la ciencia o la filosofía; es decir, la naturaleza de la magnitud: el fenómeno concreto, el tiempo es lo que miden los relojes; o el fenómeno abstracto, la experiencia de la duración que percibe el ser humano. Bergson no acepta que Einstein invada el campo de la filosofía en el que él reina de forma absoluta; Einstein, más radical, deniega a la filosofía parte en el debate. La discusión se trasladó a campos en principio alejados del debate intelectual como la política (Alemania contra Italia), a la religión (judaísmo contra cristianismo), y a las tendencias colectivas (pacifismo contra nacionalismo). 

Asimismo, esa fragmentación degeneró en una polarización, a lo largo de todo el siglo XX, que  conllevó el alineamiento tanto de los filósofos como de los físicos, y la disociación, amenazantemente definitiva, de las dos formas de acercarse al conocimiento, la filosofía y la ciencia, en el momento en que ninguna de ellas acierta a precisar su objeto e intenta suplir sus deficiencias epistemológicas invadiendo el campo ajeno. El camino que empezaba a recorrer la ciencia, de lo concreto a lo abstracto, parecía acentuar su validez; el intento de la filosofía por transitar el recorrido contrario llevaba el signo de su derrota.

1 de febrero de 2021

Cuatro caminos hacia el perdón

 

Cuatro caminos hacia el perdón. Ursula K. Le Guin. Minotauro, 2021
Traducción de Ana Quijada

La mayor parte de la producción novelística de Ursula K. Le Guin se agrupa en ciclos, es decir, en obras que se ubican en un período y localización determinados y que comparten, aparte de personajes, un mundo que se concreta y cartografía a medida que va incorporando títulos; de los dos grandes ciclos, el de Terramar contiene más de diez unidades, entre novelas, novelas cortas y relatos; el de Hainish, o Ekumen, está compuesto por siete novelas de variada extensión, y dieciséis relatos, escritos a lo largo de tres décadas. Cuatro caminos hacia el perdón (Four Ways to Forgiveness, 1995), perteneciente a esta última serie, contiene cuatro relatos con un denominador común: el perdón y la redención.

La noción de castigo, en su acepción de "pena que se impone a quien ha cometido un delito o falta" (DLE), en una sociedad fuertemente estratificada, conlleva por fuerza la distinción en función de quién tiene la capacidad connatural de imponerlo y quién carece de ella; por la misma razón, la concesión y el alcance del perdón sufrirán la misma limitación, y deberá distinguirse entre aquellos individuos predestinados a concederlo y aquellos a los que, debido a esa segmentación, se ven imposibilitados de dispensarlo.

El hecho de que las relaciones entre las diferentes capas sociales estén reguladas por la desigualdad marcará que los diversos niveles de implicación personal, desde la educada indiferencia hasta la relación más estrecha, conlleven desiguales gradaciones de ese perdón,  de modo que su intensidad sea función de esa complicidad y no tanto de la importancia, sea  desde el punto de vista social como del personal, de la falta cometida, ni de la magnitud de la ofensa ni de su duración.

Tampoco parece que, caso de incluirlo, el componente compasivo de ese otorgamiento de perdón tenga la misma gradación cuando es el ofendido quien pertenece a la élite que cuando es el perdonado el que pertenece a ese estrato social privilegiado. De las cuatro variantes que pueden darse del binomio ofendido-ofensor en situaciones de desigualdad acentuada (1. ofendido y ofensor de la élite; 2. ofendido de la élite y ofensor común; 3. ofendido común y ofensor de la élite; y 4. ofendido y ofensor comunes), solo aquellas que implican o igualdad de los intervinientes (opciones 1 y 4) o posición superior del agraviador (opción 3) pueden considerarse susceptibles de perdón.

Por cierto, ¿existe algo parecido al perdón en otras especies?

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25 de enero de 2021

Castellio contra Calvino

 

Castellio contra Calvino. Stefan Zweig. Acantilado, 2001
Traducción de Berta Vias Mahou

Relectura de este nuevo clásico del siglo XX en el que, a través de su accesible escritura, Zweg contrapone el concepto de la libertad de conciencia a través de los métodos de dos personajes relevantes de los comienzos de la Reforma.

La Historia parece poner en evidencia que cuando una corriente de pensamiento se desgaja del curso dominante, replica con más fuerza e intensidad aquellas cuestiones que la llevaron a independizarse: la versión más radical de la Reforma reprodujo con una inquietante exactitud todo aquello que censuraba a Roma. La razón del enfrentamiento fue el alcance de la libertad individual y de conciencia; los contendientes, el humanista aislado, la libertad, y la maquinaria del estado confesional, la autoridad; el antecedente, la condena a Miguel Servet, el protestante disidente denunciado por Calvino a la Inquisición católica y finalmente condenado en la que sería la primera ejecución por herejía del protestantismo —"el primer asesinato religioso", dijo Voltaire—; el desencadenante: el traslado, por parte de Castellio, de esa venganza del terreno religioso al moral.

Todo ello en el mismo siglo en que vivió Montaigne, y sintetizable en un concepto: fanatismo.

18 de enero de 2021

Summa technologiae

 

Summa technologiae. Stanislaw Lem. Ediciones Godot, 2017
Traducción de Bárbara Gill

"Vale la pena aprender esa lengua [la construida a partir de las veinte letras que representan a los aminoácidos del código genético] que crea filósofos, cuando la nuestra solo crea filosofías".

La tecnología como proceso en ininterrumpido desarrollo abre un abanico de posibilidades que ni la investigación histórica ni la científica, su precursora, tuvo en consideración: mientras que la ciencia busca una explicación de los fenómenos, la tecnología se mueve en el campo de la utilidad.

Cabe preguntarse si la ciencia, la biología, por ejemplo, avanza, evolutivamente —no como método de estudio—, a través de procesos tecnológicos que excluyen el socorrido proceso de ensayo y error —un procedimiento en el que la mente humana proyecta sus propias limitaciones—, o, en cambio, progresa mediante la generación de instrumentos destinados a mejorar la adaptación a un medio en cambio continuo, una inestabilidad que ni siquiera las aproximaciones más visionarias han podido vislumbrar. Es, desde esta perspectiva transtecnológica, que el poder del ser humano sobre su entorno, en sentido general, sería incalculable.

En un mundo cambiante a una velocidad vertiginosa, la apelación a la experiencia de las generaciones pasadas para afrontar retos actuales —no digamos ya futuros— parece una incongruencia; por esa razón, entre otras, la filosofía va perdiendo terreno frente a la tecnología, la ética frente a la utilidad, la ciencia frente a los dogmas neorreligiosos.

La duración del proceso a través del cual una solución tecnológica se inventa, se desarrolla, se implanta, se ejecuta y da los frutos esperados se ha acortado de forma muy notable con el transcurso de los siglos, y parece que el valor de su utilidad no es un parámetro definitivo, sino el beneficio, no exclusivamente económico, que espera obtener el que la instaura.

Las cosas existentes en un lugar y tiempo determinados son una parte ínfima del catálogo de todas las posibles, teniendo en cuenta las potencialidades de esos lugar y tiempo. Esa limitación puede ser consecuencia tanto de un sistema económico de utilización de los recursos disponibles como el resultado de un complejo y racional análisis de utilidad.

La evolución biológica y la tecnológica tienen un punto en común: la precariedad de los pasos intermedios y su mayor proximidad al antecedente —al que, a menudo, no llega a superar— que al  consecuente: el primer ser terrestre se parecía más a un pez con patas que a un cuadrúpedo, y ya no podía nadar tan bien como su precursor; el primer automóvil recordaba más a un carro tirado por caballos sin caballos que a un coche actual, y era más lento. Pero, además, ambas contienen elementos no ligados a la utilidad directa, "ateleológicos", como la cresta del gallo o los adornos cromados de los automóviles, cuya función parece estar más cerca del atractivo, finalmente sexual, que de la practicidad. Sin embargo, exhiben una diferencia fundamental: la evolución biológica es amoral; la tecnológica, no debería serlo; una distinción que se añade a un catálogo no siempre explícito: quién comenzó el proceso —en la bioevolución, la combinatoria; en la tecnoevolución, la intencionalidad—; cómo se lleva a cabo —por selección, en el primer caso; por especialización,  en el segundo—; con qué instrumentos —mediante el conocimiento empírico o a través del pensamiento teórico, respectivamente—; y, finalmente, para qué sirven —como regulación de la naturaleza o como reglamentación de la humanidad, una situación en la que entra en escena la moralidad—.

El proceso tecnológico productivo es función de la existencia de una reacción en cadena de sucesos primarios; para que esta reacción tenga lugar debe producirse la superposición de una serie de sucesos de carácter masivo estadístico —una superestructura— por encima de otra sobre la que actuar, subordinada a la primera.

Al ser imposible conocer con exactitud el destino final del proceso tecnológico y, a priori, la magnitud y el número de pasos necesarios para alcanzar los puntos intermedios, es de esperar que el hipotético contacto con otras civilizaciones más avanzadas nos facilitaría algunos indicios. Esa colaboración se podría testificar por comunicaciones directas, caso de haberlas, pero también, en su ausencia, mediante la observación de fenómenos accidentales que fueran manifestaciones colaterales de su existencia.

Las inferencias estadísticas relativas a la existencia de otras civilizaciones galácticas son desmentidas por la realidad de la inexistencia de testimonios; una de las razones de esa disonancia puede ser que lo que se busca no es vida extraterrestre sino civilizaciones extraterrestres, y se hace con un sesgo antropomórfico a la vez limitante e improcedente; en realidad, la ingente cantidad de fenómenos casuales de distinto signo que han concluido con la aparición del hombre sobre la tierra pone en cuestión cualquier acercamiento estadístico puro porque: 1) no se puede considerar la totalidad de accidentes que han tenido lugar en el proceso, ya que algunos son desconocidos; y 2) no se pueden analizar las consecuencias sobre la línea de la evolución de la vida en la tierra a partir de cualquier pequeña variación de alguno de los accidentes. Esa imposibilidad tiene una sospechosa correspondencia, por ejemplo, cuando la disonancia se revela en la interacción con el medio: a) el organismo se adapta al medio: aprendizaje; b) el organismo adapta el medio a sí mismo: inteligencia; c) el modelo de relación es erróneo: muerte y extinción; descartada la opción c), la b) no es necesariamente la más eficiente.

En cuanto a las civilizaciones extraterrestres, hay que tener en cuenta otras hipótesis a la hora de explicarse la ausencia de testimonios: a) las civilizaciones aparecen en el cosmos rara vez, pero su presencia es de larga duración; b) las civilizaciones aparecen en el cosmos con frecuencia, pero son de corta duración; y c) las civilizaciones aparecen en el cosmos con frecuencia y disfrutan de larga duración, pero no se desarrollan ortoevolutivamente. Aunque cualquiera de estas hipótesis está sujeta a un efecto perverso, el punto de vista del observador: si la naturaleza no nos facilita respuestas a nuestras preguntas, deberíamos asegurarnos, antes de sacar conclusiones, de que son las preguntas adecuadas y de que las hacemos a la entidad pertinente.

La duración —y, por tanto, la efectividad —de un proceso tecnoevolutivo es función de su carácter dinámicamente expansivo, pero también de los cambios que puede soportar, incluidos aquellos que pueden hacer desaparecer el aspecto o la intención de su estado inicial. Ambas opciones, individual o conjuntamente, pueden colapsar por razones intrínsecas, pero también debido a efectos externos imprevisibles, incalculables o inasumibles: falta de personal preparado, déficit de la energía necesaria o saturación de los canales comunicativos.

Cualquier crecimiento exponencial —tanto de la población como de la información disponible, de carácter social, biológico o cósmico—, lleva a la civilización al colapso. Si la ciencia quiere sobrevivir, tanto si es el caso de una ciencia clásica, como la física, o de una ciencia relativamente nueva —el caso de la cibernética cuando Lem escribió la Summa, en 1969—, deberá distinguir entre sus posibilidades y sus objetivos.

La tecnología ha alcanzado tal grado de complejidad que nadie es capaz de conocer a la vez la función y la estructura de los nuevos instrumentos; este hecho comporta y posibilita  especializaciones fragmentarias y, como consecuencia de la calidad del conocimiento —el más imprescindible estará en manos de muy pocas personas, que, de este modo, atesorarán más poder—, profundas desigualdades: es la vieja lucha por los medios de producción en una nueva versión, una apropiación puesta en marcha justo después de habernos vendido el papel democratizador del acceso universal a la tecnología.

Otro problema asociado a la vertiente más compleja de la tecnología tiene que ver con la moral; por más que se programe, en la tecnología productiva, en sentido amplio, primarán factores que pueden entrar en contradicción con la moral debido a los requerimientos que se le exigen, con el problema añadido de la dificultad, para el no especialista, de intervenir en el proceso de decisiones. Y el recurso a un regulador que deberá controlar las unidades de servicio no parece ser la solución, aunque pudiera aprender de sus errores, porque la información de que dispone es necesariamente parcial, lo que lo invalidaría como mediador. Lem sostiene que ninguna de estas dificultades que se plantean para la tecnoevolución se presenta en los procesos de bioevolución, ya que los parámetros sobre los que actúa no representan una ventaja para ningún interviniente porque no existenadie que ponga en marcha el proceso. En definitiva, la tecnoevolución buscará siempre las opciones más eficientes de inmediato; la bioevolución, en cambio, actúa teleológicamente, aceptando y permitiendo pasos intermedios poco eficientes pero necesarios para un progreso futuro —como en el caso de ese patoso primer animal terrestre citado con anterioridad.

La simplicidad de los sistemas metafísicos ante la evidente complejidad de la realidad es la causa por la que mantienen una audiencia numerosa: son sistemas cerrados que tienen respuesta para todas las preguntas —su conexión con la sofística es evidente, como ya hicieron notar los filósofos postplatónicos—. La ciencia, en cambio, funda su validez en la volatilidad de sus afirmaciones, siempre sujetas a los cambios que las originaron, y en la posesión de un lenguaje común mediante el cual se estandarizan los procedimientos y las conclusiones. En este sentido, el papel de la fe sería el de rellenar las lagunas de conocimiento que ningún otro sistema ha sabido colmar, con el fin de que el individuo que no sabe vivir con esas lagunas pueda recuperar un supuesto equilibrio —Lem utiliza el concepto de homoestasis tanto para los organismos vivos como para los cibernéticos—, imprescindible para mantenerse en funcionamiento, aunque ese equilibrio se consiga mediante una información no verificable o directamente falsa: "El valor adaptativo de una información no siempre depende de que esa información sea verdadera o falsa". Con el fin de conservar la preeminencia de esa homoestasis, Lem especula con la posibilidad de la construcción de homoestatos capaces de crear sistemas metafísicos, es decir, "máquinas creyentes". La cuestión que se plantea es si, a) un organismo cibernético educado en un medio humano adoptaría los supuestos metafísicos presentes en ese medio como respuesta adaptativa; y b) un organismo cibernético aislado llegaría por sí mismo a esos supuestos metafísicos bajo una funcionalidad parecida a como se han desarrollado en los humanos. El argumento principal que se elucida es: si construimos una máquina que replique a la perfección al ser humano, incluidas sus vivencias psíquicas y el temor a la muerte, ¿adoptará la totalidad de sus características? ¿Cómo traducirá la máquina fenómenos como la inspiración, la intuición y el pensamiento deductivo?

Tal vez el desarrollo de la civilización humana se detenga, por razones que no vienen al caso, mucho antes de que esa civilización haya completado su ciclo cósmico, cuyo final imprevisible puede llegar por un accidente galáctico, una epidemia imparable o la autoextinción. ¿Es lícito pensar que, en una situación como esas, las máquinas puedan, si no recoger el testigo, sobrepasar el colapso y redefinir los límites de la civilización humana más allá de lo que seríamos capaces nosotros solos? O, dicho de otro modo, ¿podría considerarse civilización humana esa continuación, con ausencia de humanos pero sostenida por las máquinas que hemos fabricado?

El reto de la cibernética se resume en la posibilidad de crear una realidad artificial indistinguible de la natural pero sujeta a leyes distintas. Lem acuña el término "fantomática" para denominar la creación bidireccional de comunicaciones entre una realidad artificial y su receptor, una especie de sistema de realidad virtual interactiva, una experiencia parecida a la desarrollada cinematográficamente en Matrix, que implicaría a la totalidad del sistema sensitivo y perceptivo, y que contaría con un completo y constante procedimiento de retroalimentación. Otra disciplina imprescindible para llegar a superar aquel reto es la "cerebromática", la posibilidad de actuar sobre la totalidad de los procesos cerebrales a través de medios distintos de los generados biológicamente, por medio de cambios provocados en la red neuronal del cerebro. Esta intervención podría llevarse a cabo a través de dos modalidades: modificando la información genética en el feto o alterando el cerebro ya maduro.

El mayor problema de la fantomática, la convicción de la falsedad de las vivencias, puede superarse a través de dos soluciones: la "teletaxia", o conexión del sujeto a un recorte de la realidad objetiva elegido por el propio individuo para que la experimente como real y única, consiste en la fabricación de una réplica, conectada a aquel, que experimente una situación determinada, y que sea el sujeto el que la perciba; y la "fantoaplicación", o conexión del sistema neuronal de un sujeto a las mismas trayectorias de otro, soslayando los inevitables conflictos éticos y de transformación de la personalidad.

A pesar de la apariencia brillante y autocomplaciente de la ciencia, su historia está plagada de cadáveres; de hecho, su grandeza actual se edifica encima de esos restos de teorías desechadas, proyectos obsoletos, sistemas ineficientes y verdades rebatidas y abandonadas. La diferencia fundamental entre esos restos y las hipótesis validadas de la actualidad es la diferencia de información disponible y la adecuación de esa información a la disposición del destinatario. La mayor parte no provendrá directamente de hechos sino de otras teorías; por tanto, es fundamental permanecer atento a la validez de las teorías, un extremo que se comprueba en función de las posibilidades de que sean impugnadas: en sentido general, cuanto más rebatible, más válida. Tradicionalmente, se ha considerado al cerebro —humano— como el depósito y fábrica de información más eficiente, no tanto por su capacidad como por sus recursos en cuanto a procesos; Lem, en una época en la que el código genético no estaba aún descifrado, propone como dispositivo adecuado al espermatozoide, ya que considera superior en potencia la información inscrita en el código genético —considerando el supuesto de que la combinación de los elementos del genotipo, incluidas las mutaciones, pueden dar lugar a un número casi infinito de fenotipos; o, en todo caso, transportar una información en mayor cantidad y más estable— que la que puede poner a disposición el cerebro.

Esa manipulación abre la posibilidad, mediante la automatización de los procesos cognitivos, no solo de la creación de nuevos individuos replicantes, en la jerga posterior a Blade Runner—, sino de nuevos mundos —entre los que podrían encontrarse los que respondieran al deseo de trascendencia, evitando el engorro de las religiones y de sus sistemas de premio y castigo—. Una vez establecido este estatus basado en la tecnoevolución, en el que el ser humano como tal sería mantenido al margen, se iniciaría, después de la resolución de los problemas de salud mediante trasplantes o a través de órganos artificiales compatibles con el sistema neuronal, la implantación de una nueva conciencia de origen cibernético, la mejora en eficiencia de los procesos evolutivos mediante la intervención directa y el proceso de reconstrucción de las especies mediante un plan de creación del modelo siguiente al homo sapiens.

Los cincuenta años que separan la publicación de la Summa technologiae de la actualidad no han pasado en balde; teniendo en cuenta que los temas principales son la ciencia y la tecnología, el desajuste es hasta deseable; por tanto, aquellos lectores interesados en el estado actual de la teoría de la información van a encontrar poco que aprender, pero, para los más fanáticos de Stanislaw Lem, vislumbrar los fundamentos teóricos de gran parte de su producción de ciencia-ficción, no tiene precio.

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Fe de Lectura de Máscara

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