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| Melancolía de los confines. Norte. Mathias Enard. PRH, 2026. Traducción de Robert Juan-Cantavella |
«Cuando casi llegaba a la librería Büchner, vi más claramente que una investigación sobre la literatura era una investigación sobre sus límites y sobre su poder, para mí todavía bastante borrosos: sobre el más allá, sobre aquello que palpita tras la frontera, que entrevemos en los territorios de la alteridad, de lo imaginario. Del mismo modo que la hipnosis y la imaginación, la fantasmagoría, más que un asunto de arqueología del cinematógrafo o una cuestión de proyección o de óptica, se convertía en una alegoría entre la creencia, la imagen y la realidad, del proyecto del relato: narrar es cruzar la distancia que nos separa del ausente; es enterrar lo real en lo irreal mediante el lenguaje, despedazar el mundo para ofrecérselo a unos dioses silenciosos, como el humo de los muslos de cabra de los sacrificios aqueos: la literatura es ese humo, residuo divino que significa la ausencia de aquello que la provocó, para siempre. Todo cuanto entra en literatura pasa los confines del mundo de los fantasmas y, al penetrar el universo del lenguaje, abandona su envoltura carnal. El mundo del texto es un espectro proyectado sobre la palidez de nuestras conciencias por un aprendiz de ilusionista. Como tal —espectro, humo— es bien tangible, pero de otra materia; ni real ni irreal, es metafísico, más allá de su naturaleza primera, como dice Avicena, y sin embargo emana de nuestra realidad».
«Con razón o sin ella, pensaba yo al pasear entre las ruinas de Beelitz, que la noche y la lluvia parecían reparar con oscuridad, restaurar con negrura, con razón o sin ella, las únicas tumbas de los soldados derrotados con el olvido y la desaparición, tanro si los consideramos responsables de las atrocidades de su bandera o, por el contrario, inocentes, sometidos al destino colectivo; en ambos casos no tienen otra sepultura que el olvido. Solo la literatura, en su caleidoscopio de posibilidades, puede contemplarlos por lo que son: cuerpos desaparecidos, figuras monstruosas, vínculos perdidos con el pasado».
«La frontera es fecunda en desapariciones, fértil en violencias; la literatura crece en la rodada mortal, sale del osario como una amapola, una amapola silvestre que daría esa forma megnífica de olvido, esa forma sublime de olvido que es memoria, que es un libro. ¿Qué relatos fabrica el límite, la confrontación siempre más o menos violenta con los otros? ¿Sigue Europa escribiendo la Ilíada, sigue sembrando muertos en los surcos del enfrentamiento?».
«La ley de Wirchow: todas las células provienen de otras células, y todos los libros provienen de libros, todos los textos provienen de textos. Durante mucho tiempo se pensó que los textos y los libros nacían de las palabras, pero no, provienen de otros textos, de otros libros, como las células del cuerpo humano. Dudaba si sacarme el Lenz de Büchner del bolsillo; fuera, la noche había convertido las ráfagas de granizo en una nevada. Mirar por las ventanas me daba frío. A mi lado, una pareja cenaba albóndigas acompañadas de repollo rojo. La nieve y las colecciones anatómicas, los restos humanos, Beelitz y la tragedia, el recuerdo de la ternura de Bénédicte... los libros están hechos de libros y de amistades».
«Sentía que en Rami había una grieta, una falla, pero procuraba no darle importancia. De repente dejaba de hablar, ya no te escuchaba, se pasaba largos segundos mirando hacia otro lado, como si alguien o algo acabara de llamar su atención. Se sumía en el silencio, en unas oleadas de secreto que lo obligaban a callarse mirándote a los ojos, como si toda palabra fuera imposible».
«Que me venga un poema en la noche berlinesa, cuando me parece haber perdido mi sombra y mi pasado: las ciudades a las que regresas en sueños, a pesar de ti mismo mientras duermes, junto a esos objetos de amor y deseo secreto que la amistad ha apartado de ti, como el tiempo construye un muro invisible entre ese que eres ahora, aplastado por la melancolía, y el de ayer, cuando todas las posibilidades de la ciudad no se habían aún cerrado para tomar su sentido preciso e unívoco, y el poema que me viene es terrible por su renuncia, por la presencia de la muerte en el corazón de la vida, lo cual es la definición misma de la melancolía, la presencia de las escamas de la muerte, de sus esquirlas, rodeándote por completo; como un personaje de Philip K. Dick presientes, tienes ese don de presentir los jirones de la muerte, sus astillas, como ama su sudario aquella mujer en el poema de Chamisso; le gusta esa camisa que ha elegido para envolver su cadáver, se la prueba los domingos, cuando va a misa, y luego guarda el sudario en su armario después de plancharlo bien para que esté listo, esa última camisa de lino que incluso llega a coser, para el día en que tendrá que ponérsela: así como Lucrecio escribió en el De rerum natura que la única manera de imaginarte la muerte es imaginar tu propio cuerpo muerto, la heroína de Chamisso posee ese objeto que, en medio de la vida, sobre su propio cuerpo vivo, le permite imaginar la realidad de la muerte, su blancura neutra de lino blanco».
«Ya es hora, me diréis, mientras a punto está el aeroplano de arrancarme del suelo de Berlín, de que vayamos al grano, o más bien, si grano existe en cosa escrita, a la minúscula pretensión que de él emerge y que tiene que ver, dicho esto último con la boca pequeña, muy humildemente, con la vida de una querida amiga enferma y el placer de los libros, con las fronteras de la literatura y con cómo, para mí, las tres se unen en Berlín y sus alrededores a lo largo de minúsculas exploraciones, minúsculas en el espacio (unas decenas de kilómetros) pero largas en el tiempo (más de una década), pues el viaje permite recorrer esa distancia entre el tiempo del hoy y el tiempo del ayer, el tiempo de los accidentes y los accidentes del tiempo.
El avión rodará y rasgará la ligera bruma del alba para reemplazarla con las volutas de sus motores; hace más de diez años visitamos Beelitz por primera vez sin saber lo que ese nombre acabaría significando para nosotros, toda la tristeza que allí se acabaría concentrando y de qué manera ese dolor se acabaría mezclando (el incienso invisible en el aire) con los innumerables sufrimientos que ascienden del suelo de la marca en volutas de pena, unas volutas que, cual las nubes para el caminante tendido en la hierba, dibujan el fresco de los humanos».
Mathias Enard está reescribiendo, después de cuatro siglos e innumerables vicisitudes, históricas, en general, y personales en particular, una nueva anatomía de la melancolía.



