13 de septiembre de 2026

Le Livre de Raison de Michel de Montaigne

Ephemeris historica, Michael Beuther. Paris, M. Fezandat et R. Granjon, 1551.
In-8°. Restos de la página del título. Biblioteca de Burdeos.

El encierro de Michel de Montaigne en La Bastilla


La familia Montaigne disponía de un ejemplar de la Ephemeris historica, de Michael Beuther¹, adquirido por el padre del ensayista, Pierre Eyquem (1495-1568), que estuvo a su disposición hasta que su descendiente Michel-Jacques-Marie Octave de la Rose, el último poseedor ligado a la familia, lo cedió en 1931 a Louis Enlart, hijo del arqueólogo Camille Enlart. En este volumen, Michel escribe, en la página correspondiente al 20 de julio —se trata de un error de datación; la fecha correcta en que sucedieron los hechos descritos fue el 10 de julio—, el texto siguiente: 


1588 entre trois et quatre [heures de l’]après midi étant à Paris et au lit à cause d’une douleur qui m’avait pris au pied gauche trois jours d’avant [auparavant] / qui sera à l’aventure une espèce de goutte et en eus [a]lors le premier ressentiment [symptôme] / je fus pris [fait] prisonnier par les capitaines de ce peuple [de Paris] lorsque monsieur de Guise y commandait et en avait chassé le roi / je revenais de Rouen où j’avais laissé Sa Majesté et fus par eux mené à la Bastille sur mon cheval / La reine mère du roi en ayant été avertie par le bruit du peuple [la rumeur] étant au conseil avec ledit sieur de Guise obtint de lui de me faire sortir avec beaucoup d’ins[is]tance / il en donna un commandement par écrit adressant au Clerc [adressé à Leclerc] qui [a]lors commandait à la Bastille / lequel commandement fut porté au prévôt des marchands ayant besoin de sa confirmation / A huit heures de ce même jour un maître d’hôtel de la reine apporta lesdits [com]mandements et fus mis hors [libéré] d’une faveur inouïe / monsieur de Villeroy entre plusieurs autres en eut beaucoup de soin / c’était la première prison que j’eusse onques vu [jamais subie] / j’y fus mis le duc d’Elbeuf me faisant prendre par droit de représailles pour un gentilhomme de la Ligue pris à Rouen

1588. Entre las tres y las cuatro de la tarde, estando en París y en cama a causa de un dolor que me había sobrevenido en el pie izquierdo tres días antes, que tal vez fuera una especie de gota, y del cual sentí entonces el primer síntoma, fui hecho prisionero por los agentes de la policía de París cuando el señor de Guisa² había tomado el mando de la capital y había expulsado al rey; volvía yo de Ruan, donde había dejado a Su Majestad³, y fui llevado a La Bastilla⁴ montado sobre mi propio caballo. La reina madre⁵, que había sido advertida por el tumulto popular, obtuvo del señor de Guisa, con quien estaba reunida, y tras mucha insistencia, mi liberación; para ello, redactó un mandamiento dirigido a Leclerc⁶, bajo cuyo cargo estaba en aquel entonces La Bastilla, que fue llevado a la autoridad municipal⁷ por necesitar su confirmación. A las ocho de ese mismo día un mayordomo de la reina trajo dichos mandamientos, y fui liberado gracias a un favor inaudito. El señor de Villeroy⁸, entre otros muchos, se ocupó de ello. Era la primera prisión que jamás hubiese visto; fui en ella puesto por el duque de Elbeuf⁹ que me hizo prender como represalia por la detención de un gentilhombre de la Liga¹⁰ preso en Ruan.

El día 12 de mayo de 1588, durante la llamada Octava Guerra de Religión, estalla un levantamiento popular en la ciudad de París. El motín fue dirigido por el Consejo de los Dieciséis, un grupo formado por los jefes policiales de los dieciséis barrios de París, e inspirado por el líder la Liga Católica, el duque de Guisa. La razón era la sospecha de que el rey Enrique III, católico, sin descendencia, iba a nombrar como sucesor a Enrique de Navarra, futuro Enrique IV, protestante.


Montaigne, que había sido alcalde de Burdeos desde 1581 hasta 1585, era conocido por su posición moderada, un talante que le valió la enemistad de ambos bandos, el real y el sublevado: a pesar de su confesión católica, era partidario de la conciliación. Dos meses después del levantamiento, y tras dejar a Enrique III seguro y a salvo de los sublevados en Ruan, viaja a la ciudad de París, sumida en un ambiente extremadamente inestable.


El día 10 de julio, Montaigne es detenido en su residencia parisina, donde se reponía de un ataque de gota, y conducido a La Bastilla. No se ha encontrado ningún acta judicial que detalle cargos formales; el propio Montaigne atribuye su encarcelamiento a la represalia de los miembros de la Liga por la detención de uno de sus partidarios en Ruan, pero es posible que el contexto paranoico, en el que eran comunes las detenciones preventivas de individuos relacionados con personajes mal vistos por la Liga, así como el hecho de que su perfil conciliador y sus contactos lo convirtieran en un personaje poco fiable tanto para los católicos como para los realistas más radicales, tuvieran su importancia.


Con posterioridad a este episodio, los hechos históricos se precipitan: el 23 de diciembre de 1588, en el Castillo de Blois, convocado por el rey para los Estados Generales, el duque de Guisa es asesinado por orden real, un día antes que su hermano Luis II de Lorena, cardenal de Guisa. El 1 de agosto de 1589 el propio rey fue apuñalado por Jacques Clément, fraile dominico perteneciente a la Liga; falleció al día siguiente y su primo Enrique de Navarra, de confesión protestante, fue su sucesor con el nombre de Enrique IV.


Ese mismo año de 1588 Montaigne publica, en París, la edición ampliada de los Ensayos, con el añadido del Libro III; frente a las convulsiones del mundo exterior, su escritura es cada vez más introspectiva y escéptica. Ni en esta edición, ni en ninguna de las adiciones posteriores, existe ningún relato específico de su paso por La Bastilla.


En ese Libro III, capítulo 12, La fisionomía, Montaigne relata algunos episodios directamente relacionados con el conflicto:


Escribía esto aproximadamente cuando una fuerte acometida de nuestros tumultos se estancó, durante mucho meses, con todo su peso, justo sobre mí. Por un lado, tenía a los enemigos a mis puertas; por otro lado, a los merodeadores, peores enemigos —non armis sed uitis certatur [no se combate con las armas sino con los vicios]—; y sufría toda suerte de abusos militares a la vez:

Hostis adest dextra laeuaque a parte timendus, 

uicinoque malo terret utrumque latus

[Tengo un enemigo terrible a mi derecha y a mi izquierda; 

ambos flancos amenazan con un mal inminente].

¡Monstruosa guerra! Las demás actúan hacia fuera; ésta, incluso contra sí misma. Se corroe y destruye con su propio veneno. Es por naturaleza tan maligna y destructiva que se arruina a sí misma al mismo tiempo que arruina lo demás, y se desgarra y destroza por su propia rabia. La vemos más veces disolverse por sí misma que por carencia de algo necesario, o debido a la fuerza enemiga. Toda disciplina la rehúye. Viene a curar la sedición y rebosa de ella. Pretende castigar la desobediencia y da ejemplo de ella; y, entregada a la defensa de las leyes, representa su papel de rebelión en contra de las suyas propias. ¿A qué punto hemos llegado? Nuestra medicina conlleva infección:

Emponzoñamos nuestro mal con la ayuda que le procuramos.


Exuperat magis aegrescitque medendo.

[Prevalece más y se irrita al curarlo].


Omnia fanda, nefanda, malo permista furore, 

iustificam nobis mentem avertere Deorum.

[La mezcla de todo lo bueno y de todo lo malo, por culpa de un 

maligno furor, ha apartado de nosotros el espíritu justo de los dioses].


Al mismo, tiempo, explicita las consecuencias de su posición moderada:

Caí en las desgracias que la moderación acarrea en tales enfermedades. Me zurraron por todas partes. Para el gibelino, yo era güelfo; parad güelfo, era gibelino —alguno de mis poetas dice esto, pero no sé dónde—. La situación de mi casa, y el trato con los hombres de mi vecindad, me presentaban con una apariencia; mi vida y mis acciones, con otra. No me lanzaban acusaciones formales, pues no había por dónde atacarme—jamás me aparto de las leyes—; y si alguien me hubiera investigado, me habría tenido que dar explicaciones él. Eran sospechas mudas que circulaban bajo mano, en las cuales nunca falta verosimilitud en una mezcolanza tan confusa—como tampoco faltan espíritus envidiosos o ineptos—. Suelo secundar las presunciones injuriosas que la fortuna esparce contra mí, por una tendencia, que tengo desde siempre, a eludir justificarme, excusarme e interpretarme. Considero que pleitear por mi conciencia es comprometerla. Perspicuitas enim argumentatione eleuatur [Pues la evidencia mengua con la argumentación].

A pesar del contexto de los hechos que relata, no existe ninguna mención a su detención.


En el capítulo siguiente, el XIII, del mismo Libro III, La experiencia, el último de la obra, Montaigne habla de la prisión, pero para negar rotundamente que haya sido detenido jamás. 


A Dios gracias, hasta ahora ningún juez se ha dirigido a mí como juez por causa alguna, ni mía ni ajena, ni criminal ni civil. Ninguna prisión me ha acogido, ni siquiera para pasearme por ella. La imaginación hace que las vea, incluso desde fuera, desagradables. Ansío tanto la libertad que si alguien me prohibiera el acceso a algún rincón de las Indias, viviría de algún modo más infeliz. Y mientras encuentre una tierra o un aire abiertos en otro lugar, no me pudriré en un sitio donde haya de esconderme. ¡Dios mío, qué mal sobrellevaría la condición en la cual veo a tanta gente, clavada en una región de este reino, privada de poder entrar en las principales ciudades y en las cortes, y de usar los caminos públicos, por haber tenido disputas sobre nuestras leyes! Si aquellas a las que sirvo me amenazaran siquiera con la punta de un dedo, me iría en el acto a buscar otras, a cualquier sitio. Toda mi pequeña prudencia en las guerras civiles en las que nos hallamos se aplica a que no interrumpan mi libertad de ir y venir.


Esa omisión plantea un problema cronológico interesante, teniendo en cuenta que Montaigne fue detenido y llevado a la Bastilla en julio de 1588, que el Libro III se publica ese mismo año y que el capítulo La experiencia pertenece a esa fase final. 


En base a estos hechos, caben dos hipótesis, aproximativas y especulativas, porque no hay forma de verificarlas: 


—Hipótesis cronológica. La edición de 1588 de los Ensayos estaba ya impresa o en proceso de impresión antes de julio 1588, antes, por tanto, de su encarcelamiento, y Montaigne no consideró necesario corregirla en sus anotaciones posteriores.

—Hipótesis conceptual. A pesar de que Montaigne revisó obsesivamente su texto y añadió numerosas interpolaciones tras 1588, no corrigió ese fragmento. Puede que Montaigne no considerara aquella retención como detención, ya que no hubo proceso ni condena, tratándose más bien de una retención por motivos políticos de la que fue liberado a las pocas horas; o bien, siguiendo con su actitud general ante los acontecimientos políticos, a los que tiende a minimizar en el plano autobiográfico, pensó que no afectaba a su retrato de sí.

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Notas:


1. La Ephemeris historica es un calendario o diario histórico escrito por Michael Beuther (1522–1587), humanista e historiador alemán. Registra eventos, efemérides y aniversarios relevantes, y contiene espacios en blanco en cada página para que su poseedor pueda escribir sus comentarios o sus propias efemérides.

2. Henri de Lorraine, duque de Guisa y príncipe de Joinville (1550-1588), encabezó el partido católico durante las guerras de religión de Francia (1562-1598).

3. Enrique III, último monarca francés de la línea directa de los Valois, que reinó desde 1574 hasta su asesinato en 1589.

4. La Bastilla fue una fortaleza medieval en París, construida en el siglo XIV y convertida en prisión estatal en 1417.

5. Catalina de Médici (1519-1589), fue reina consorte de Francia por su matrimonio con Enrique II. Ejerció una gran influencia política durante los reinados de sus tres hijos, Francisco II, Carlos IX y Enrique III, intentando mantener la dinastía Valois.

6. Jean Bussy-Leclerc, Jean Leclerc, fue un procurador del Parlamento de París que fue nombrado gobernador de La Bastilla en 1588 gracias al apoyo de Henri de Guisa.

7. En 1588 el prévôt des marchands, el equivalente al actual alcalde durante l’Ancien Régime, era Michel Marteau.

8. Nicolas IV de Neufville, marqués de Villeroy (1542-1617), secretario de Estado durante las Guerras de Religión y primer ministro durante la regencia de María de Médici.

9. Carlos III de Guisa-Lorena (1620-1692), duque de Elbeuf, conde de Lillebonne, conde de Rieux y barón de Ancenis.

10.  La Liga Católica, creada formalmente en 1576 y dirigida por Henri de Guisa, fue un movimiento político armado que participó en las Guerras de Religión cuyo objetivo era imponer el catolicismo como única religión y eliminar el protestantismo de Francia.

7 de septiembre de 2026

Montaigne


Montaigne. Peter Burke. Alianza Editorial, 1985. Edición agotada
Traducción de Vidal Peña

Los libros sobre Michel de Montaigne pueden agruparse en dos grandes categorías: los destinados a lectores que ya han leído los Ensayos y los dirigidos a los que aún no lo han hecho. Teniendo en cuenta que no estoy refiriéndome a especialistas en ninguno de los casos, dos ejemplos para los primeros podrían ser, según un criterio tan personal como cuestionable, el Dictionnaire Montaigne, dirigido por Philippe Desan, y Montaigne en mouvement, de Jean Starobinski; para los segundos, entre los libros publicados el siglo pasado, Montaigne, de Stefan Zweig —disponible también en catalán—, y el que encabeza este artículo. Se trata de una breve pero cabal introducción al personaje y al pensamiento del autor perigordino, tal vez más estructurado y analítico que el del austríaco, pero igualmente útil como introducción, de la mano del prestigioso historiador británico Peter Burke.

No tiene mucho sentido el intento —el ensayo— de comentar un libro cuyo mayor mérito, para los simples amateurs entre los que me cuento, es ser una presentación de una obra mayor; por tanto, voy a limitar estas Notas de Lectura a unas cuantas nociones que los verdaderos especialistas han atribuido a la persona y al escritor: su contemporaneidad, su inclusión en el movimiento del Humanismo renacentista y la hipotética naturaleza de su pensamiento y la evolución del mismo  en relación a los antecedentes filosóficos históricos.

«El lenguaje que me gusta es un lenguaje simple y natural, igual sobre el papel que en la boca, un lenguaje suculento y vigoroso, breve y denso, no tanto fino y cuidado como vehemente y brusco, más difícil que aburrido, alejado de la afectación, irregular, suelto y audaz —que cada pieza tenga cuerpo propio—; no pedantesco, no frailesco, no pleiteante, sino más bien soldadesco, como Suetonio llama al de Julio César». Ensayos, Libro I, Capítulo XXV, «La formación de los hijos»

La teóricamente justificada contemporaneidad de Montaige —«resulta fácil verlo como un moderno nacido fuera de su época», dice Burke— se basa en el hecho de que la mente de un hombre del siglo XVI pueda interpelar al lector de cinco siglo más tarde, y que lo haga de una forma alejada de la filosofía profesional imperante en su época, de una forma moderna, tal vez la más actual de todas: Montaigne no brinda respuestas, sino que plantea preguntas; es la forma más actualizada del pensamiento crítico.

Pero es que, además, Montaigne no funda ninguna escuela, no da lugar a ningún montaignismo, no cimenta ninguna ideología: simplemente ensaya. Y el modo en que lo hace, «esparciendo una frase por aquí, otra por allí —muestras desprendidas de su pieza, separadas sin propósito ni promesa—, no estoy obligado a tratarlas en serio, ni a mantenerme yo mismo en ellas, sin variar cuando se me antoje ni retornar a la duda y a la incertidumbre, y a mi forma maestra, que es la ignorancia».  (Ensayos, Libro I, Capítulo L, «Demócrito y Heráclito»), es plenamente moderno: la ausencia de sistematización en la exposición de su pensamiento, la hibrisación de sus razonamientos y la flexibilidad de sus puntos de vista reflejan un desorden que se parece mucho a la estructura del proceso de reflexión; el hecho de ser un aficionado —amateur— a la filosofía, y no un profesional, le permite no tener que justificar sus opiniones ni recluirlas entre las cuatro paredes de un sistema filosófico. Su propósito no buscaba el favor del público ni los parabienes de la academia; su interés era «doméstico y privado». Pero parece que esa actitud, según Burke, al menos en parte, tiene que ver con la generación que llama «de 1530», la primera sin recuerdo de la Francia anterior a la Reforma, y cita una serie de autores que, desde distintos campos intelectuales y en mayor o menor grado, presentarían ciertas coincidencias con la del perigordino: Étienne PasquierÉtienne de La Boétie, Jean Bodin, Henri II EstienneFrançois de La Nouë, Pierre Charron, Pîerre de Ronsard y Marc-Antoine Muret. Efectivamente, su interés intelectual por todo aquello que no formaba parte de su quehacer diario ni de su entorno inmediato se canalizó a través de la inclinación por sus contemporáneos de otras regiones de Francia, pero también del mundo, y por los hechos y personajes de tiempos pasados. Montaigne no fue ni un etnógrafo ni un historiador académico, pero su anhelo de conocimiento abarcó ambas disciplinas.

La inclusión de Montaigne entre las filas del humanismo renacentista tiene que ver más con el propósito implícito de su enfoque intelectual que con la relación con los integrantes de esa corriente. El seguimiento de la antigüedad clásica es uno de los rasgos determinantes de su pensamiento, no tanto por las sentencias transcritas en las vigas de su biblioteca como por las constantes citas que comenta y que constituyen el armazón que sostiene el edificio de los Ensayos; pero también que el objeto de su estudio sea el hombre y la condición humana, no las ideas abstractas, algo parecido a lo que, posteriormente, se consideró el ámbito de la razón práctica; es en este sentido en el que se le puede considerar, si no un precursor, al menos un inspirador de la Ilustración.

Al igual que es sumamente difícil hallar un habitáculo permanente e inmutable donde recluir su pensamiento, no lo es menos rastrear sus antecedentes, en parte porque, como quedó dicho, su postura intelectual es imposible de sistematizar. Sin embargo, se puede especular, siempre teniendo en cuenta lo que sabemos de la persona y no solo lo que constituye su pensamiento, con algunos precedentes. 

En el campo religioso personal —que tenía poco que ver con las razones de las guerras de religión que azotaron Francia en la época—, es indudable que Montaigne profesaba un catolicismo abierto y tolerante, es decir, nada convencional y alejado de las posiciones éticas y políticas de la jerarquía y de sus más acérrimos partidarios. En todo caso, es conveniente no olvidar, preventivamente, que él mismo de calificó como «sacrílego descarado».

Parecido a lo que sucede en la vertiente religiosa, su ideario político es difícilmente juzgable con la regla de medir actual porque se incurriría en un grave anacronismo. En todo caso, aunque su escepticismo no fuera puramente una toma de posición política, sí que le justificó su no adscripción a ningún movimiento que tuviera el dogma como norma. Así pues, formó parte, con otros nobles e intelectuales, de les politiques, un grupo que incluía a católicos y protestantes que abogaban por la extinción de las guerras de religión, verdaderos enfrentamientos civiles de raíz política. A pesar del exceso de significados con que el tiempo ha dotado a estos conceptos, se podría decir que, políticamente, Montaigne era un moderado pragmático y posibilista.

Montaigne sostenía, frente a la aceptación acrítica de las normas de conducta establecidas por la tradición o por las veleidades de los que detentaban el poder en cada momento, la reflexión y el acuerdo con su conciencia. Es en su vida privada, la que transcurre lejos de los focos públicos, donde reside la valía de un hombre, del que vive de acuerdo con sus propios principios: la historia, por tanto, no puede prescindir de la biografía: «Así, lector, soy yo mismo la materia de mi libro», «Ainsi, lecteur, je suis moi-même la matière de nom livre». (Ensayos, Libro I ,«Al lector»).

A la carencia de sistematización mencionada con anterioridad habría que añadir que los veinte años que empleó en la redacción de los Ensayos dan cuenta de la evolución del pensamiento de su autor, que podría resumirse en tres etapas y un corolario. En primer lugar, coincidiendo con la época en que se retiró de la vida pública y empezó la redacción de su obra, pero influenciado todavía por aquella, la acentuada por la transición desde una versión muy personal del fideísmo —téngase en cuenta el entorno social, político y religioso de la época— hacia un indulgente —¿cómo, si no?— moralismo cristiano. La segunda etapa, caracterizada por una orientación estoica, en la senda de Séneca, Epícteto y Marco Aurelio —y, aunque ligeramente aparte, su Plutarco—. Y, en tercer lugar, tal vez como evolución natural de la anterior, su pensamiento desembocó en un escepticismo no estático cuya representación más evidente fue el Que sais-je?, el auténtico lema de Montaigne, presente en la medalla personal que se hizo acuñar, que lo incluye entre los seguidores de Sexto Empírico, el compilador de los textos del escepticismo clásico, y lo ubica franca oposición a cualquier manifestación del dogmatismo y de los sofismas de los filósofos escolásticos. Y, finalmente, coincidiendo con el final de las revisiones de los Ensayos, camino del fin de su vida y como conclusión  de las anteriores, el deseo de que la humanidad alcanzara sus metas y la fraternidad universal.

Nota: Las citas de los Ensayos incluidas en este artículo pertenecen a la edición y traducción de J. Bayod Brau para Editorial Acantilado, 2007.

31 de agosto de 2026

Sebald. Ensayos

EnsayosWinfried Georg Maximilian Sebald. Editorial Anagrama, 2026
Traducciones de Miguel Sáenz y Juan de Sola

«¿Para qué sirve pues la literatura? ¿Me ocurrirá también, se pregunta Hölderlin, como a los miles que, en los años de su primavera vivieron presintiendo y amando, pero en un día de embriaguez fueron arrebatados por las vengadoras parcas, llevados abajo secretamente, sin sonidos ni cantos, al reino demasiado austero, y allí penan en la oscuridad, donde apariencias engañosas se agitan en tumulto, donde ellos cuentan el lento paso del tiempo en medio del hielo y la sequía, y el hombre alaba la inmortalidad solo en suspiros? La vista sinóptica que atraviesa en esas líneas la frontera de la muerte está sin embargo ensombrecida e iluminada a la vez por el recuerdo de aquellos a los que se hizo la mayor injusticia. Hay muchas formas de escribir; pero solo en la literatura, por encima del registro de los hechos y de la ciencia, puede intentarse la restitución».

La publicación de los ensayos de W. G. Sebald en un solo volumen es la excusa perfecta para releer los ya leídos en su día y para descubrir alguno que tenía pendiente.

Apuntes de lectura para uso personal

I. La descripción de la infelicidad. 
 Intento de estudio de la psicología nacional austríaca desde la literatura austríaca.
Es difícil alcanzar el nivel de representación nacional.
Rasgo esencial de la literatura austríaca: la infelicidad del sujeto que escribe.

I. I. Sobre Relato soñado, de Arthur Schnitzler.
La literatura de la era burguesa.
Intento de descubrir el funcionamiento de la perversión.
Indudables e influyentes ecos de Freud.
La sífilis, el impedimento para la promiscuidad, una contraseña para los inciados.
El désir necrófilo.

I. II. Sobre la estructrura de motivos de El castillo, de Franz Kafka.
La importancia del paisaje y de la estación meteorológica.
El sueño es hermano de la muerte.
¿Influencia del Nosferatu, de Friedrich Wilhelm Murnau?

I. III. Sistema y crítica del sistema de Elías Canetti.
El poder es un sistema cerrado que necesita siempre el sacrificio de los que se encuentran fuera.
Contra la libertad personal: preguntas y órdenes.
El ideal, cuanto más estético, más se aleja de la realidad.
No escribir, sino leer, «leer hasta que las pestañas tiemblen de cansancio».
El sabio debe ser capaz de resistir las tentaciones del saber que lleva dentro de sí.

I. IV. Sobre Thomas Bernhard.
La denuncia universal de Thomas Bernhard irrita por igual a conservadores y a progresistas.
«El mundo es una disminuación progresiva de la luz».
El campo ha degenerado hasta convertirse en la extinción sistemática de la naturaleza.
El sentimiento de que todo es risible surge de la tensión entre la demencia del mundo y las exigencias de la razón.

I. V. El relato El miedo del portero al penalty, de Peter Handke.
El texto de Handke lleva a un aprovechamiento sobrio de las formas específicas de la huida esquizofrénica de la realidad.
El pánico cotidiano es una de las cosas más difíciles de percibir.
El pánico, cuyo equivalente tranquilo y ordenado es la rutina de lo cotidiano, solo se manifiesta mientras el sujeto afectado está unido a su lugar, su vivienda o su ciudad.
Las interferencias asociativas, que suspenden la comprensión cuando el comportamiento interpretativo opera de forma casi redundante en lo que en realidad es evidente, aparecen desde ese aspecto como deficiencias técnicas, que requieren para su rectificación una constante alimentación de realidad en el idioma, así como un desciframiento continuo de la realidad por medio del código verbal.
Mención a Golem XIX, de Stanislaw Lem.
Excepticismo con respecto al lenguaje (Wittgenstein): la dimensión del lenguaje nunca puede sobrepasar a la realidad, sino siempre, únicamentde, rodearla.

II. Pútrida patria.
Ensayo sobre los condicionamientos sociales de una visión literaria del mundo, aunque no se pueda separar sin más los unos de los otros.
Ocuparse de la patria por encima de todas las catástrofes históricas constantes de la literatura austríaca, aunque la definición de patria sea muy difusa.

II. I. Aporías de las historias delgueto alemanas.
A finales del siglo XIX surge por primera vez una literatura patria judía en lengua alemana. 
Leopold Kompert, El que fue a la aldea: armonización de la vida judía con el modelo burgués tras el cambio de la residencia judía del campo a la ciudad.
Karl Emil Franzos, Los judíos de Barnon: la salida del gueto y la entrada en el mundo burgués.
Leopold von Sacher-Masoch, Vida judía.
Joseph Roth, El peso falso.

II. II. Poder, mesianismo y exilio en El castillo, de Franz Kafka.
La realidad y deformidad en presencia de un poder irracional.
El poder del castillo es producto de la aceptación de los humillados.
Cuando el poder y la impotencia se complementan en un sistema sin fisuras, su revolucionarización queda excluida.
La dimensióm mesiánica del agrimensor K, que es el símbolo de la esperanza de salvación inscrita en la miseria y nunca realizada.

II. III. Sobre Joseph Roth.
La utopía paródica.
La patris puede estar en todas partes excepto para los judíos errantes, que no está en ninguna.
El «tiempo que pasa», un componente del presente que impide que se convierta automáticamente en Historia.
El relojero que observa el interior de un reloj no ve el tiempo, sino solo un mecanismo.

II. IV. Sobre Novela de montaña, de Hermann Broch.
Desarrollo de una psicopatía de masas.
Posición política dudosa adaptada al momento histórico.
Ampulosidad extravagante.
El kitsch como síntoma de la desensibilización estética.
Lo que distinguía a Broch de los difusores fascistas  que corrompieron totalmente la filosofía de la vida en sus tratados y obras literarias era quizá su buena fe, acompañada de mala conciencia en cuanto a las cualidades internas de lo escrito.

II. V. Jean Améry y Austria.
Pésima relación, después de la guerra, de Jean Améry y Austria.
El que se exilia, Hans Mayer, ya no podía volver porque no existía, y el que existía ya no quería volver.
Améry define la patria como aquello que menos se necesita cuanto más se tiene.
Améry hace responsable de su ceguera prebélica a la confusa visión austrocéntrica del mundo, muy reaccionaria.
El Anschluss: no fue tanto la entrada de las tropas hitlerianas lo que destruyó su patria, sino la buena voluntad con que el país se ofreció a la invasión.

II. VI. El relato La repetición, de Peter Handke.
Handke ha pagado un alto precio por su arrogancia a partir de Lento regreso de hacer visible un mundo más bello gracias únicamente a la palabra.
La partida hacia la patria imaginada es no solo un intento de liberación, sino de romper el exilio.
Aprender y enseñar son en la obra de Handke formas de conservar el mundo.
El extraordinario espíritu abierto de La repetición se basa en que lo de fuera es más importante que lo de dentro.

III. Estancia en una casa de campo.
Escribir es una ocupación de la que uno no se libra  ni siquiera cuando se ha convertido en algo repugnante o imposible.

III. I. Nota de almanaque en honor del amigo renano de la familia (Johann Peter Hebel).
Recopilación de textos breves que Hebel escribió originalmente para un almanaque popular dirigido a las familias de la región del Rin y Baden. Utiliza la figura cercana de un narrador amigable ("el amigo de la casa") para educar y entretener al lector común con un lenguaje sencillo y profundo
Hebel, autor de los textos de los calendarios Hebel, de la segunda mitad del siglo XVIII: la historia a partir de los hechos aparentemente insignificantes.
La soberanía con que Hebel gobierna en sus relatos las vicisitudes del destino humano es fruto de las dimensiones cósmicas y de la conciencia de la propia insignificancia que de ella se deriva.

III. II. Con motivo de una visita a la isla de San Pedro (isla del lago de Biel, en Suiza).
Última residencia suiza de J. J. Rousseau y visitada, entre otros, por Cagliostro, William Pitt, varios reyes de Prusia, Suecia y Baviera y por la emperatriz Josefina.
Siguiendo las huellas de Rousseau.
La escritura, según Rousseau, podría considerarse como un acto compulsivo que nunca se detiene y que muestra cómo el escritor, de todos los seres aquejados por la enfermadad del pensamiento, es quizá el más incurable.

III. III. Breve homenaje en recuerdo a Mörike.
Eduard Mörike (Ludwigsburg, 8 de septiembre de 1804-Stuttgart, 4 de junio de 1875) fue un escritor alemán perteneciente al Biedermeier y a la Escuela poética suaba.
1822, mezcla típicamente alemana de patriotismo revolucionario y circunspección burguesa, visión romántica y doble contabilidad; celo político y efusividad burguesa, progresismo y reacción al mismo tiempo.
Obra errática en busca de un ideal inexistente, que naufraga por exceso.

III. IV. Notas sobre Gottfiren Keller.
El fracaso de las revoluciones de mediados del siglo XIX.
La burguesía se emancipa del contrato social y se dedica a sus cosas: las fortunas se amasan tan rápidamente como las bancarrotas.
Keller detecta muy pronto los daños a menudo irreparables que la proliferación del capital provoca en la naturaleza, en la sociedad y en las vidas afectivas de las personas.
Irremediable sentimiento de inferioridad social y física en una vida marcada desde el inicio por el rechazo y la decepción, que intenta remediar mediante la escrituta.

III. V. En recuerdo de Robert Walser.
Su vínculo con el mundo fue tremendamente superficial: el más solitario de los escritores solitarios.
Es un autor cuya persona, como su literatura, tiende a disiparse.
Walser no es un visionario expresionista que profetice el fin del mundo, sino un vidente de las cosas pequeñas mediante la miniaturización y la abreviación.
Walser dijo que escribía siempre la misma novela, «un libro en primera persona  cortado o troceado de múltiples maneras».
Walser busca siempre elevarse por encima de la pesada vida terrestre, desaparecer suavemente, sin levantar ruido, en un reino más libre.

III. VI. Sobre los cuadros de Jan Peter Tripp.
Jan Peter Tripp (Oberstdorf, Alemania, 1945). Pintor alemán. Estudió escultura en la «Akademie Stuttgart» y pintura en la «Akademie Wien». Las obras de sus primeros años muestran una clara influencia del surrealismo. Es conocido por su pintura hiperrealista, que ha sido elogiada por muchos escritores contemporáneos (entre otros el propio Sebald). En la actualidad vive y trabaja en Alsacia.
Objetividad radical que, mediante la pura representación de las formas aparentes de la vida, trata de averiguar qué ha conducido a darles ese aspecto y esa evolución.
El arte del retrato se convierte en una empresa fotográfica que no admite ya más líneas de separación entre lo que suele llamarse el elemento característico y las reformulaciones que los imperativos del trabajo y el sufrimiento psíquico operan en el sujeto retratado.
Sus cuadros son analíticos, no sintéticos.

IV. Sobre la historia general de la destrucción.
Tal vez su colección de ensayos más conocidos.
Las obras de los escritores alemanes de la posguerra están marcadas a menudo por una conciencia a medias o equivocada de la necesidad de consolidar una posición precaria de quienes escribían en una sociedad casi por completo moralmente desacreditada.

IV. I. Guerra aérea y literatura.
Una extraña mezcla de autocompasión, autojustificación rastrera, sentimiento de inocencia ofendida y despecho en las manifestaciones de la voluntad de los alemanes de reconstruir su país, «mayor y más poderoso de lo que nunca fue»; esta reconstrucción desde cero comportó el olvido del pasado: una sociedad que se había prohibido el recuerdo.
El silencio alemán: un pueblo que había exterminado a millones en los campos no podía pedir cuentas a los aliados por los bombardeos.
Excepciones: El ángel callaba, de Heinrich Böll; La ciudad detrás del río, de Hermann Kasac; Ynekia, de Hans Erik Nossac; La catedral, de Peter de Mendelssohn.

IV. II. El escritor Alfred Andersch. La obsesión legitimadora y el deseo obsesivo de éxito y publicidad, de ser  un clásico vivo, ante las contradicciones de una crítica polarizada.

V. Campo Santo.

V. I. Sobre la pieza Kaspar, de Peter Handke.
La obra no tiene por objeto las agitadas andanzas, en definitiva felices, de un personaje cómico, sino la historia interior y cerrada sobre sí misma de la domesticación de un ser salvaje, el intento, en muchos aspectos desesperado, de convertir a un iundividuo sin civilizar, según las normas generales, en un buen burgués; pero lo que se presenta como progreso no es en realidad más que la humillación gradual del adiestrado que, al aproximarse a la media humana, empieza a parecer un animal que se ha vuelto loco.
La peor fase de la educación de Kaspar es la adquisición del lenguaje.

VI. II. Sobre la descripción literaria de la destrucción total.
Ensayo complementario de «IV. I. Guerra aérea y literatura».
La ausencia de producción literaria relativa a la destrucción de las ciudades alemanas a finales de la IIGM, a pesar de que se gestó un nombre para ese género: literatura de los escombros.

VI. III. Construcciones del duelo: Günter Grass y Wolfgang Hildesheimer.
La ausencia de reacciones de duelo, como si se rechazara obstinadamente el recuerdo, tras la catástrofe.
Günter Grass censura que el milagro económico sustituya al duelo. Diario del caracol: en su compromiso concreto para lograr una política mejor en Alemania, Grass encuentra su absolución para lo que, aunque se sabe inocente, sigue reconcomiéndolo en el pasado alemán.
Wolfgang Hildesheimer es la anónima voz de la conciencia, Tynset. Existe un sentimiento de complicidad y connivencia oculto en el país por todas partes; a la comprensión de la imposibilidad de la salvación corresponde el estado fijo de la melancolía, que, al desarrollar sus propósitos, promete un alivio pero no una liberación de los padecimientos.

VI.  IV. Sobre memoria y crueldad en la obra de Peter Weiss.
Escribir es intentar, a pesar de todos nuestros desfallecimientos y ausencias, mantener el equilibrio entre los vivos con todos los muertros que llevamos dentro, con nuestro lamento por los muertos y con nuestra propia muerte, que tenemos ante los ojos, para activar el recuerdo, que es lo único que justifica la supervivencia a la sombra de la montaña de la culpa.
Todo daño tiene su equivalente en alguna parte y realmente puede ser compensado, aunque sea mediante el dolor del causante del daño.

VI. V. Sobre Jean Améry.
La víctima lo es para siempre, jamás podrá compensársela por lo que se le hizo. 
La práctica de la persecución, la tortura y el exterminio de un enemigo elegido arbitrariamente no es un accidente lamentable del gobierno totalitario, sino, sin reserva alguna, su expresión esencial.
Es una ironía macabra que el hecho de que sean los supervivientes y no los que cometieron los crímenes los que sufran la carga psíquica més pesada.

VI. VI. Sobre el animal totémico del poeta Ernst Herbeck.
Ligera distorsión y resignación suave.
Los poemas de Herbeck nos muestran el mundo con una perspectiva invertida: todo queda contenido en una diminuta imagen circular.
Animal totémico: la liebre extraída de la chistera.
Casi toda su vida en un hospital psiquiátrico: «cuanto mayor el sufrimiento tanto mayor el poeta. Tanto más duro el trabajo. Tanto más profundo el sentido».

VI. VII. Sobre los Diarios de viaje de Kafka.
Recuerdos personales del viaje que hicieron Franz Kafka y Max Brod de Praga a París, pasando por Suiza y el norte de Italia.

VI. VIII. Breve observación sobre Nabokov.
Los pasajes más brillantes de la prosa de Nabokov despiertan la impresión de que nuestro ajetreo por el mundo sería seguido por una especie extraña, todavía no incluida en ninguna taxonomía, cuyos emisarios interpretaban ocasionalmente un papel de invitados en el teatro representado por los vivos; lo mismo que ellos a nosotros, les parecemos, según la conjetura de Nabokov, seres fugaces y transparentes de incierta provinencia y destino.

VI. IX. Kafka en el cine.
Publicación del libro Kafka va al cine, de Hanns Zischler.
Para Kafka, que siempre suspiraba por la disolución de su persona real, perecer casi imperceptiblemente en imágenes fugitivas, que se disipan sin cesar ante uno como la vida, debería de ser algo así como las tentaciones de San Antonio en el desierto.

VI. X. Sobre cuadros de Jan Peter Tripp.
El mandamiento no escrito y Fin de partie, dos cuadros hiperrealistas de Jan Peter Tripp.

VI. XI. Aproximación a Bruce Chatwin.
La dificultad de clasificar los libros de Chatwin inspirados por una especie de avidez de lo no descubierto: estudios antropológicosy mitológicos, relatos de aventuras, libros de sueños, novelas de la patria chica, como los antiguos relatos de viaje de la época de Marco Polo.

VI. XII. Moments musicaux.
El terror ante la música folclórica bavaresa.
Recuerdos de cuando tomaba clases de cítara.
Los terribles gallos de un asistente a la misa dominical.
La película Fitzcarraldo, de Werner Herzog.
La ópera Nabucco, de Giuseppe Verdi.

VI. XIII. Un intento de restitución.
Cuarteto ciudades, un juego de mesa al que Sebald jugaba en familia y con el que aprendió, mucho antes de conocer que los nombres que aparecían eran ciudades, a leer. 
La tarjeta postal, rescatada en Manchester, que envió desde Stuttgart una adolescente a su madre, en Saltburn.
La visita a Stuttgart para visitar al pintor Jan Peter Tripp, compañero en la escuela de Oberstdorf.
¿Cuáles son las invisibles relaciones que determinan nuestra vida?
¿Para qué sirve la literatura?