Desde muy pronto, y después de manera recurrente, tuve que reprimir unas ganas enormes de llorar. La razón era que aquello que me había sido asignado, a modo de realidad, no respondía a mis expectativas. Esa reticencia, que al principio atribuí a una rareza singular, lamentable, tenía que ver con el hecho de que nos llegaban los primeros ecos del mundo exterior y de que contradecían aquel desfasado, exiguo, pobre, que nos había tocado en suerte. Nuestra generación, la de la posguerra, fue la primera en percibir el aislamiento de que eran víctimas, desde tiempos inmemoriales, las provincias rurales de la periferia: el enorme déficit de largueza y de servicios, de apertura y de puntos de vista, de luminosidad, de futuro que sufrían. Quedaba esperar el tiempo necesario, quizá una decena de años, para crecer, fortalecerse, abandonar la infancia e intentar, si era posible, reparar el perjuicio del que uno se sentía víctima. Pero era demasiado gigantesco, demasiado arraigado como para ponerle remedio. Yo no tenía ninguna esperanza. A los quince años me vi condenado a una incertidumbre eterna, apesadumbrado y renuente por el resto de mis días.
Luego llegó mi decimosexto año, el del último curso de bachillerato, en el lycée de Brive, en Corrèze. El pequeño rebaño familiar e ingenuo en medio del que camino desde sexto curso se recompone por última vez, aumentado por algunos recién llegados, entre ellos Jean-Paul Michel. Si se nos une en esta hora última de nuestra hégira común es porque durante trece años había seguido los sucesivos destinos de su padre, militar, de una gendarmería de pueblo a otra: La Roche-Canillac, Salignac-Fénelon, Allassac, Nontron, antes de llegar a Brive. Había pasado por pequeños colegios rurales y se nos unía para terminar el bachillerato.
No me era del todo desconocido. Nos habíamos cruzado dos años antes porque yo conocía a su hermano menor. Pero el encuentro no duró ni diez minutos y no tuve tiempo de sospechar qué oscuro designio lo animaba. No tardaríamos en medir su alcance, en el aula 1 del lycée Georges-Cabanis (de Brive). No habían transcurrido ni quince minutos de la primera clase de filosofía cuando el recién llegado interrumpió al profesor para manifestarle su desacuerdo categórico con una proposición que este acababa de formular. La fiesta había comenzado. No terminaría hasta un año después, cuando, con el título de bachillerato en el bolsillo, nos dispersáramos como una bandada de gorriones, sin saber aún qué cimientos poderosos, duraderos, indestructibles habían dado a nuestras vidas esos instantes compartidos.
Entre mil intuiciones ingeniosas, deliciosas, debemos a Bachelard la noción de «sobreinfancia». Se le impuso al cruzarse con Rimbaud. He enseñado durante cuarenta años. En dos o tres ocasiones, quizá, a lo largo de esa larguísima carrera, tuve ante mí a una niña, a un chiquillo cuya mente, de manera casi mágica, parecía ya desatada, abierta a todo, como si hubiera quemado etapas, vencido al tiempo. El profesor en que me había convertido no se sorprendió del todo porque el alumno que había sido había compartido pupitre durante un año con Jean-Paul Michel, había visto ya, con sus propios ojos, algo semejante: el juicio maduro, penetrante, al que llegan algunos adultos, muy pocos, encarnado en un muchacho de dieciséis años.
Cuando el torbellino de aquellos años se apaciguó y pudimos reflexionar con calma, tanto Jean-Paul como yo, le pregunté qué le había ocurrido en realidad. Él no sabía mucho más que nosotros al respecto y se limitó a decirme que, en aquel momento, se había limitado a seguir el impulso sombrío, aunque luminoso, que lo habitaba.
Un poco de economía política, antes de continuar. Nuestra pequeña patria se asentaba por entero sobre las «tierras menos fértiles», que no producían rentas. No generaban excedentes que hubieran permitido financiar las onerosas, las brillantes creaciones de artistas, de prosistas y de poetas, de historiadores, de filósofos, que hubieran explicado nuestros actos y nuestros pensamientos, pintado o esculpido nuestros rostros, celebrado nuestras hazañas, censurado, llegado el caso, nuestros crímenes. La lengua occitana, los viejos relatos con moraleja, la simplicidad, el asombro eran la expresión espontánea de un campesinado famélico, casi autárquico, que dominaba el país. El eco de la cultura erudita, lejana, urbana, culta, francófona llegaba distorsionado, amortiguado, prácticamente anulado por la indigencia, por la distancia. La tierra madrastra había multiplicado, como por gusto, los obstáculos. Los valles y las crestas, las fracturas del paisaje, el espesor boscoso, los caminos estrechos y tortuosos se oponían al deseo de ir, de ver, de saber.
y mourir.
Hacía falta una energía feroz, similar a la ferocidad circundante, para romper el antiguo maleficio y, curiosamente, no sé qué tipo de intuición adivinatoria para canalizarla, orientarla. Es ella la que guía los pasos del enjuto energúmeno cuando, aún niño, parte en busca de los dos o tres adultos un poco abiertos de mente que viven ocultos en los alrededores. Henri Fabre, por ejemplo, un octogenario excéntrico que redacta él solo, en una tienda abandonada de la avenida de la Gare (siempre en Brive), La Corrèze républicaine et socialiste, y que publicará los primeros poemas de Jean-Paul en su periódico; o también Jehan Mayoux, que participó en la aventura surrealista —tenemos un hermoso retrato suyo de Hans Bellmer— y acoge a Jean-Paul en el otro extremo del departamento, en Ussel, avenida Turgot, en los primeros contrafuertes del plateau de Millevaches. Poco después será Sartre, en la rue Delambre, en París, quien abre, no sin cierta sorpresa, la puerta a nuestro joven condiscípulo, que acompaña a Mohammed Khaïr-Eddine, que viene a presentarle su primer trabajo de editor, Le Roi, impreso en Brive, también, ya en 1966, en el sótano de la casa familiar, en una prensa de 1852 recuperada en Montpellier. Finalmente, ese mismo año, André Breton lo recibe en Saint-Cirq-Lapopie, en el Lot, y lo consagra antes de regresar a París para morir allí.
Cómo no imaginar, en aquel momento y todavía hoy, la intervención de fuerzas místicas en un asunto que parecía perdido de antemano, tan grande y aplastante era la desproporción entre un pasado milenario de atraso y miseria y la iniciativa de un adolescente surgido del campo circundante para arrastrarnos al encuentro de lo posible, de nosotros mismos, del presente. Una de sus palabras favoritas, entonces, era: «¡Vamos!».
Un pensador solemne ha sugerido que la edad adulta no sirve para otra cosa que para cumplir los deseos irrealizados de la infancia. La nuestra coincidió con el gran aggiornamento de comienzos de la segunda mitad del siglo pasado, la primavera del mundo a la que sucedió, muy pronto, el otoño que todavía pesa sobre la tierra. Parecíamos destinados, como nuestros predecesores, a no entender nada de lo que sucedía y nos concernía. Que fuimos contemporáneos de una coyuntura excepcional es, en retrospectiva, evidente. Aún hacía falta un detonador para liberar las energías reunidas repentinamente, abrir una brecha en el muro, romper los barrotes del aislamiento, de la ignorancia, del silencio. El destino, las potencias ocultas señalaron a Jean-Paul, que se puso en camino de inmediato. No quedaba más que seguirlo. Pero la aventura fue tan desconcertante y novedosa que su eco sigue resonando más de medio siglo después, lo que explica esta necesidad de volver a ella, esta correspondencia.
Pierre Bergounioux




