Solo para dejar constancia.
Je dis ce que j'en sens
Michel de Montaigne. Essais, Livre I, Chapitre L, “De Democritus et Heraclitus”.
8 de abril de 2026
XVIII aniversario de Je dis ce que j'en sens
6 de abril de 2026
Historia del futuro
| Historia del Futuro I y II. Robert A. Heinlein. Ediciones Acervo, 1980. Traducción de Miguel Blanco |
Comprendiendo, aunque tarde, por qué a las décadas de 1930 y 1940 se las llama La Edad de Oro de la Ciencia Ficción. Y comprendiendo, también, que junto a Isaac Asimov, Ray Bradbury, Arthur C. Clarke y Frederik Pohl, figure Robert A. Heinlein.
30 de marzo de 2026
Montaigne. La conciencia crítica del Renacimiento
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| Montaigne. La conciencia crítica del Renacimiento. Nicola Panichi. Shackleton Books, 2026 Traducción de Silvia Freile y María Llopis. Prólogo de Bernat Castany Prado |
Montaigne retoma la filosofía de donde se había quedado ante el embate de la escolástica: el progreso humano mediante la razón; frente a la teoría, la práctica; frente al dogmatismo, la experiencia; frente a la tesis, el ensayo.
«Los Ensayos son ejercitaciones escépticas en lo que respecta al conocimiento; epicúreas en lo que respecta a la ontología; y epicúreas nuevamente, y cínicas, en lo que respecta a la ética». Del prólogo de Bernat Castany.
—El escepticismo —«Que sais-je?»— que conduce a la ataraxia.
—La contraposición del idealismo derivado de Platón y sus consecuencias metafísicas mediante el realismo.
—El hermanamiento del hedonismo epicúreo con la libertad de los cínicos.
—El desempeño efectivo, y no la teorización, de la libertad en toda su significación.
«La concepción montaigniana del espacio infinito de lo humano se atestigua como espacio de la legitimación y de la legitimidad de la alteridad como forma según natura —y como conférence, comunicación y conversación hacia el otro—. Nada es contra natura, sino que todo es según natura, según su infinita potencia, desconocida para el hombre. Si el ser humano en su esencia es palabra y discurso, la comunicación y la relación con los demás son su auténtica sustancia y su horizonte de sentido. La lección del filósofo impremeditado y fortuito es cristalina: en una época corrompida por las guerras intestinas y externas, en el tiempo enfermo de la muerte política, nadie se salva por sí solo». Del prólogo de Bernat Castany.
23 de marzo de 2026
Antigüedades
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| Antigüedades. Cynthia Ozick. Alpha Decay, 2025. Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino |
Lloyd Wilkinson Petrie es un anciano abogado, descendiente de una familia dedicada a las leyes, con un antepasado arqueólogo —Sir Flinders Petrie, un personaje real cuya notoriedad se debe a haber encontrado la Estela de Merneptah, una inscripción del siglo XIII a. e. c. que contiene la referencia egipcia más antigua conocida a los israelitas— condecorado por la reina. Quedó huérfano de padre —que siguió la actividad de ese ascendiente, solo que de forma poco sistemática y menos científica, una tarea mediante la cual atesoró ciertas reliquias de dudosa autenticidad— a los diez años, y su madre, poco inclinada a la educación de su hijo, le internó en una institución, la Temple Academy, una escuela para chicos, otrora elitista, una isla inglesa en pleno estado de Nueva York; un complejo residencial y educativo, de nombre sospechosamente relacionado con la tradición judía, cuya calificación podría venir condicionada, por ejemplo, por tener expuesto en su capilla un retrato de Henry James, pariente de la antigua familia propietaria. Pasados más de treinta años desde su cierre, la academia se ha convertido en Temple House, una resistencia asistida —un coliving, como se dice ahora— que alberga al reducido número de administradores de la propiedad, todos ellos exalumnos, que siguen con vida, y que hospeda también al propio Petri, después de enviudar, un carcamal —permítaseme la libertad— que ha sobrevivido también a una equívoca relación con la que fue su secretaria, y que vegeta en esa rancia institución y no menos desfasado edificio.
«Toda esa discusión, y para colmo por teléfono, me ha dejado con la moral por los suelos. Pero mucho más me inquieta lo que se avecina: escribir las memorias en sí, a sabiendas de que aún no he sido capaz de perfilarlas como es debido. Dado que no tengo unas notas en que apoyarme, como hasta ahora, siento que debo excavar, como en un desierto, en busca de los sentimientos de mi infancia, enterrados en las profundidades sin el menor deseo de emerger. Y a estas alturas no puedo evitar hablar de mi tormentoso afecto por Ben-Zion Elefantin. Sabía que mi amistad con él, por insólita que fuera, me marcaría. Sea como sea, pronto debo ponerme manos a la obra».
Tras ese punto de partida, la historia, contada a través un diario en el que Petrie anota los sucesos acaecidos entre el 30 de abril de 1949 y un día, sin fechar, posterior al 30 de mayo de 1950, se desarrolla en tres escenarios: el tiempo presente, cuyo contenido se refiere a comentarios personales acerca del objeto de la narración; sus referencias a la vida adulta pasada, que se infiltran en su escrito y que impiden que este avance hasta lo propuesto; y, finalmente, la vida en la academia cuando Petrie era alumno. Este último escenario es el objeto perseguido: el encargo, para todos los residentes, de escribir unas memorias no académicas de la institución, en las que cada uno debe relatar sus experiencias personales.
«Esos paseos van bien para pensar en movimiento, pensar en movimiento... ¿Cómo seguir hablando de Ben-Zion Elefantin? No puedo dar una imagen de su carácter a través del diálogo (una práctica en la que mi hijo tiene confianza plena, naturalmente, como aspirante a guionista), porque no tengo ni ese don ni la predisposición necesaria. Tampoco estoy seguro de que en última instancia sea posible dar una imagen de Ben-Zion Elefantin mediante ningún recurso narrativo. Puede que todo lo que sabía de él fueran invenciones o engaños».
Pero el diario de Petrie dista mucho de unas memorias. Intercalando las ideas sobre la redacción de ese encargo —un trabajo que, realmente, nunca llega a completarse— con episodios de su niñez y de los asuntos de su padre y, por extensión, familiares, particularmente los relacionados con ese conjunto de objetos de trajo de Egipto, Petrie se ve paralizado en el proceso formal de redacción porque la escritura requiere una relectura —del propio manuscrito, o mecanoscrito con una vieja Remington que tiene su papel en la historia, pero también de lo tratado—, una puesta en juicio de lo escrito que siembra inumerables dudas acerca de la adecuación del texto a la obra proyectada, y que le provoca una paralización debido a la estimación siempre negativa porque lo escrito no es nunca lo que había planeado.
«Éramos siete, y ahora somos seis. Pienso incesantemente en la muerte, en el olvido, en que nada perdura, ni siquiera el recuerdo cuando quien recuerda ya no está. ¿Y cómo puedo seguir adelante con mis memorias? ¿Con qué fin, con qué propósito? ¿Qué sentido puede tener, excepto para la persona que las escribe? Y para esa persona (o sea, para mí) el pasado es borroso, un pasado de figuras e mágenes que apenas son más que cuadros desvaídos... ¿Dónde está ahora Ben-Zion Elefantin? ¿Existió de verdad? Hoy no es más que una ilusión, ¿y si fue una ilusión entonces?».
A ello, la supuesta exigencia con la que quiere completar el encargo, se suma la pérdida progresiva de facultades intelectuales y una razonable preocupación por el futuro. En la academia, el número de administradores se va reduciendo debido a la edad, pero también a extrañas circunstancias. Petrie se siente cercado, amenazado, y su consentida soledad se convierte en una carga. Como consecuencia, a medida que pasan los días, Petrie se olvida de su encargo, y su pensamiento y sus recuerdos oscilan entre las evocaciones familiares y la difícil relación con su único hijo, hacia quienes tiene parecidos reproches aunque de distinto origen. Por otra parte, la inevitable obsolescencia de los residentes se ve agravada por el deterioro del edificio, imposible ya de mantener; los supervivientes van a ser desalojados en breve. Esa notificación de desahucio se suma a todas las supuestas conspiraciones que padece Petrie: los compañeros, las asistentas, su hijo y el mundo en general. Como colofón a la degradación, la desaparición de Temple House en manos del progreso, el traslaso forzoso a un nuevo, moderno y altísimo edificio y el extravío de la Remington —y la vuelta a la Montblanc— componen la metáfora de un mundo en vías de desaparición. Al final, en las últimas navidades de Temple House, solo quedan, aunando soledades, Petrie, el anciano sin hogar, y la asistenta, la judía errante, intentando remedar los fastos de las navidades históricas.
A pesar de no terminar de redactar esas memorias, el proceso de su planificación reflejado en el diario de Petrie permite al lector hacerse una idea. El autor va a centrarse en un episodio central en su vida y, tal vez, en la de la academia: la presencia de un alumno que responde al improbale nombre de Ben-Zion Elefantin y el incidente en el que ambos se vieron envueltos.
«9 de agosto de 1949. Llevo varias horas rumiando sobre lo que cada vez más empiezo a considerar la súplica de Ben-Zion Elefantin. ¿Qué frágil es, y aun así qué convincente? Mi transcripción, por así llamarla, de la historia de Ben-Zion Elefantin sigue guardada en la caja de puros, a resguardo de todas las miradas salvo la mía. Naturalmente, el lector excluido se sentirá en franca desventaja. Y por una buena razón: mis crecientes temores. ¿No será el testimonio de Bez-Zion Elefantin, si puedo tomarlo como tal,. un acto ilusorio de mi propio engaño? Sus ruegos con el tuétano mismo, y diría que el alma, de mis memorias, y cuando las saco de su refugio (como reconozco sin complejos que tan a menudo me veo tentado a hacer) se me encoge el corazón, como si me rondara un aparecido. Y a veces, en esos lentos atardeceres cuando me embarga un estupor incontenible, me parece ver la caja de puros de mi padre fundirse con aquel precioso plato de porcelana donde mi madre guardaba el anillo en forma de escarabajo que nunca se ponía».
A finales del siglo XIX la cuestión judía estaba presente en el entramado histórico y en la vida cotidiana de ciertos ambientes elitistas europeos —recuérdese el affaire Dreyfus como ejemplo paradigmático, y el propio término antisemitismo, acuñado por el periodista alemán Wilhelm Marr en 1873, utilizado como descalificación— y, por extensión, estadounidenses. Ni la Temple Academy ni el propio Petri estaban exentos de cierto tufo antisemita. En este ambiente sutilmente hostil, aparece en la escuela Ben-Zion Elefantin —el apellido responde a su origen, la isla Elefantina, un enclave judío, ciertamente heterodoxo, situada al norte de Asuán, en plena corriente del Nilo, que tuvo su propio Templo cuando aún permanecía intacto el de Jerusalén; de hecho, su «cabello arcilloso» remite al color del pelo del rey David—, un chico judío solitario y autoexcluido de la vida escolar, un rara avis entre el alumnado —un ejemplo: los libros que cita el narrador como conocidos por Elefantin, pero de los que él ni siquiera había oído hablar: Cuentos de Shakespeare, de Mary Lamb, La tienda de antigüedades, Ivanhoe, Robinson Crusoe y Adam Bede—, pero que encuentra en Petrie, otro alumno retraído, a un insólito aliado, a pesar de un primer contacto francamente desolador.
«18 de septiembre de 1949. Una avalancha inesperada, este enjambre de hijos y yernos, hijas y nueras, nietos y nietas, y quién sabe qué otros parientes a los que nunca hemos conocido en este establecimiento, que pronto será demolido y reemplazado por a saber qué caprichosa mole. Sigo en el Times cómo esa manada de depredadores inmobiliarios de Nueva York va husmeando oportunidades aquí en Westchester, con Temple House y sus amplios jardines como presa exquisita».
La posición del alumno Petrie es comprometida: su cercanía a Elefantin le aparta del resto de compañeros —incluso de algunos de ellos judíos—, que empiezan amargarle la vida; con él comparte el ajedrez, que antes jugaba en solitario, pero también cierto sentimiento de autoexclusión no exento de prepotencia. En la actualidad, su relación con los residentes no es mucho mejor, ya que, por ejemplo, les molesta el ruido de su máquina de escribir a altas horas de la noche; como revancha, tiene lugar uno de los hechos más lamentables: alguien vacía un tintero sobre la Remington.
En este entorno ocurrirá el incidente, tras el cual la amistad entre Petrie y Elefantin se verá gravemente afectada. Para poner remedio a ese distanciamiento, Petrie le ofrecerá la mayor prueba de confianza de que es capaz: mostrarle las reliquias egipcias que ha heredado de su padre; pero ese ofrecimiento será rechazado: la relación de camaradería es imposible debido a la asimetría de la supuesta —y profundamente deseada, por parte de Petrie—amistad, a los sobreentendidos y a un concluyente malentendido; será el fin de la confraternidad, provocado por ese incidente implícito, notablemente jamesiano, que concluye sin aclaración y con alguno de los participantes ignorando las razones.
«La familiaridad del discurso trajo consigo el tedio. Oí todo esto a medias, y al haber pasado tanto tiempo, apenas puedo recordar lo esencial. Además, estas exhortaciones eran tan corrientes en la capilla que bien podríamos haberlas tenido tatuadas en la palma de las manos. En mi caso, no podía quitarle ojo a una mancha roja brillante que destacaba en el borde de aquerl charco inquieto de alumnos de séptimo que habían venido a hacer bulto entre el público. Ben-Zion Elefantin tenía entonces quince años, y seguía siendo prácticamente tan menudo como antes. Intenté captar su mirada, pero parecía ausente: en ese día de despedida ¿estaría pensando en mí, en cómo me había rechazado por un motivo indescifrable? ¿Era la cigüeña de mi padre, con su ojo ciego, la abominación, o lo era yo? De verdad, me pregunto, hasta ese mismo momento, ¿lo era yo?».
La decisión, que nunca llegará a materializar, no es solo estilística: Petrie reproducirá no ya las palabras de Elefantin, sino, primordialmente, su tenor: él dimite como cronista porque su papel se ha visto interrumpido al intentar relatar el incidente. Un relato dentro de un relato —otra vez Henry James— disipará se responsabilidad como narrador.
«Es la traición lo que aterra. Cada dos por tres en estas memorias cobardes he sentido la tentación de reivindicar la voz de Ben-Zion Elefantin. La lógica insiste en ello. La razón lo exige. La lógica y la razón son en sí mismas cobardes. ¿A qué temo consentir? ¿A que me seduzca el enigma de la memoria? ¿Y a que la memoria sea capoaz de fabricar, igual que los sueños, lo que la mera conciencia no puede?».
Cyntia Ozick se conservaba, a los noventa y tres años —edad en que publicó Antiquities— en plena forma. Antigüedades no es un resto de serie, una publicación para mantenerse activa en un mercado editorial —y lector— cada vez más apresurado y con fechas de caducidad más inmediatas.
Literatura en desuso, divagatoria, compleja e incomprensible para los estándares lectores actuales. Planteamiento de preguntas sin respuesta a través de un estilo elusivo que se extiende a a lo largo de su planteamiento y que carece de desenlace, tal y como la literatura de consumo actual entiende ese término; un desenlace que hay que buscar en cada frase, en cada situación e, incluso, en cada descripción. Porque es a través de cada una de sus intervenciones que sospechamos que Petrie, en el papel de viejo gruñón, es un narrador deshonesto cuya maleable memoria reimagina, reformula y reconstruye, en la medida en que es su infancia la que supuestamente relata, unos recuerdos cuya naturaleza real el lector debe deducir. El manido «¿qué sucedió después?» es sustituido por el vigoroso «¿qué está sucediendo ahora» o, incluso, por el desafiante «¿qué sucedió antes para que esté sucediendo ahora esto que sucede?».
Las antigüedades de Antigüedades no son solamente ese conjunto de improbables reliquias encontradas por el padre de Petrie, sino que abarcan desde la historia de los judíos de la isla Elefantina; la anacrónica, ya en 1949, institución de Temple Academy —y de Temple House—; las barreras de clase entre los residentes y los sirvientes; hasta la visión histórica del propio Petrie.
Cada libro de Ozick es un reto lector de gran magnitud cuya recompensa está, siempre, a la altura del desafío que representa su narrativa. El «lector excluido» del que habla Petrie no es tan solo el compañero de residencia al que no dejará leer sus memorias, sino también el lector de Antigüedades. Ozick es un clásico, no hay duda, y para este lector —no es la primera vez que lo digo—, la reencarnación, un siglo después, del omnipresente Henry James.
16 de marzo de 2026
De la sabiduría
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| De la sabiduría. Pierre Charron. Editorial Laetoli, 2025. Edición de Fernando Bahr. De la sagesse. Trois Livres. Éditions Rapilly, 1827 Facsímil digital de Gallica.fr de la edición original. |
De la sagesse, De la sabiduría, la obra de Pierre Charron publicada por primera vez en 1601, es uno de los textos clave de la literatura escéptica porque marca un punto de inflexión en la historia de esa teoría del conocimiento: el paso del escepticismo fundado en una actitud personal a la sistematización de una estructura filosófica y, como consecuencia, el sostenimiento de una postura ética; un eslabón imprescindible entre la tradición pirrónica, que reactualiza, y uno de los caminos que tomará la filosofía en el siglo XVI, y de ahí, a través de contribuciones como el Diccionario Histórico y Crítico, de Pierre Bayle, a la Ilustración, convirtiendo una corriente filosófica en un problema epistemológico. Desde este punto de vista y teniendo en cuenta los antecedentes, De la sagesse podría considerarse el primer gran tratado moderno de escepticismo moral.
La corriente filosófica de la antigüedad fundada, al menos públicamente, por Pirrón de Elis y continuada, con más o menos convergencia, por Timón el Silógrafo, Enesidemo de Cnosos y, como compilador, Sexto Empírico, llegó a un callejón sin salida con la epoché, la suspensión del juicio que provocaba la imposibilidad de afirmar o negar algo debido a la influencia de las creencias previas y las opiniones comunes. Frente a esa interrupción, Charron, al orientarse a la moral práctica, descarta la metafísica y el dogmatismo, ya que ambos parten de certezas inverificables.
Aparte del valor intrínseco de la obra, De la sabiduría puede ser considerada un nexo entre el pensamiento de dos autores especialmente venerados en este sitio, entre el escepticismo existencial de Michel de Montaigne y el escepticismo crítico de Pierre Bayle.
Charron fue mucho mása que un lector de Montaigne; la inspiración, cuando no reconstrucción, de los Ensayos es evidente a lo largo de De la sabiduría; además, según parece —los datos biográficos no son concluyentes—, se conocieron personalmente —Gabriel Michel de la Rochemaillet , en su Éloge de Pierre Charron, atestigua un «afecto recíproco» de ambos filósofos, así como el regalo del Catecismo— y parece que fue su albacea. Pero la dispersión de los Ensayos —Montaigne piensa mediantre fragmentos, asistemáticamente— se convierte en sistematización en De la sabiduría —Charron desarrolla su programa a través de capítulos—. El escepticismo de uno es una postura existencial, una experiencia personal en la que la duda no se resuelve; el del otro es un sistema de base moral, exportable, mediante el cual la duda encabeza la búsqueda de una sabiduría estable. Cuando Montaigne postula que el pensamiento es siempre autobiográfico, con lo cual no puede separar el sujeto del problema, Charron hace desaparecer el yo y la experiencia puede generalizarse.
En el caso de Bayle, que comparte con Charron una concepción no nihilista del escepticismo —la razón no alcanza para fundar verdades últimas—, sustituye la sabiduría sistemática por la desvinculación enciclopédica: el Diccionario es fragmentario, digresivo —la composición de las páginas, con el texto centrado y dos tipos de notas, una al pie y otras al margen, en función de su procedencia, es una muestra de esa fragmentación—, y sus reformulaciones le impiden concluir con un cierre doctrinal. Como consecuencia, la ética personal de Charron, que debería ser el primer componente de la sabiduría, es sustituida por la paradoja y el conflicto. La ataraxia pirroniana se convierte en una ética charroniana del equilibrio para desembocar en una sabiduría bayleana indomeñable.
La publicación de De la sabiduría por parte de la navarra Laetoli, en su imprescindible colección Los Ilustrados, en edición de Fernando Bahr, es una de las mejores noticias editoriales para los lectores inconformistas.
9 de marzo de 2026
Despedidas(s)
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| Despedidas. Julian Barnes. Anagrama, 2026 Traducción de Jaime Zulaika |
«[...] la vida no es una tragedia con un final feliz, pese a lo que prometa la religión; más bien es una farsa con un final trágico o, como mucho, una comedia ligera con un final triste. O, como dijo aquel, "una comedia para los que piensan, y una tragedia para los que sienten"[Horace Walpole]».
«Dicen que cuando envejecemos, a menudo recuperamos recuerdos olvidados de la infancia. Al mismo tiempo perdemos la capacidad de recordar los años intermedios. A mí todavía no me ha ocurrido, pero puedo imaginar cómo avanzará a medida que se vaya consolidando la senectud. Nuestro espacio mental quedaría ocupado de vívidas escenas tempranas, seguidas de un largo espacio en blanco, y luego un plausible y fútil presente en el que los días repetitivos, y las confusiones reiteradas, se irían enturbiando. Nuestras vidas, en otras palabras, se reducirían a una historia con un gran agujero en el centro».
«Escribir sobre un amigo muerto es escribir contra el tiempo, es perseguir una imagen que se desvanece; aférralo, retenlo, antes de que se petrifique como un mito. Porque los muertos son arrogantes; es tan difícil estar a gusto con ellos como lo es con alguien que sirvió contigo en filas después de que lo asciendan a oficial. Su perverso silencio tiene un efecto adormecedor: has perdido la carrera antes empezar; nunca lo atraparás tal como era. Ya está en marcha el fatídico mecanismo de creación de leyendas: esas simpáticas nimiedades se solidifican ya en Anécdotas Biográficas, y unos episodios intrascendentes cuelgan como estalactitas en las cavernas de tu memoria».
«Cuando era joven creía que sabía cómo era el mundo, lo que era verdad y duro, lo que era maleable y blando. La necesidad de corregirnos viene con la edad, así como la costumbre de la repetición. Debe de tener alguna relación con la muerte, con nuestra despedida de esta vida. Como lo de confesar nuestros pecados y errores pasados. Una especie de juicio final antes de morir. "Quiero dejar clara una cosa", decimos. Como si eso cambiara algo, en aquel momento, o más tarde».
«T. .S. Eliot escribió que lo único que sabemos de los demás son los recuerdos que tenemos de los momentos que pasamos juntos; y que cambian —los demás— cuando no estamos con ellos. Esto siempre me ha parecido un poco desalentador. Pero también es verdad que hasta nuestros amigos más íntimos y nuestros amantes albergan recuerdos y emociones que desconocemos, y de los que incluso ellos tal vez no sean conscientes.».
«Escribir esto —en el momento de escribirlo— me calma. Concentrarme en las palabras, en hacer que sean tan veraces como pueda. Fue igual que cuando Pat [mi esposa] murió. Me protegí del terror y la angustia escribiendo sobre el terror y la angustia, que aparecían cuando no estaba escribiendo. También estoy tranquilo en el hospital, estamos haciendo algo necesario, y es la mejor manera de conservar la mente y el corazón despejados».
«En cuanto a mí, tengo ahora setenta y ocho años y este será definitivamente mi último libro, mi despedida oficial, mi postrera conversación contigo. Terminar mi último libro en vida y después guardar silencio tiene al menos una consecuencia positiva: significa que no me interrumpirán [...] en plena escritura. Es una forma de negarle potestad a la muerte. Aunque sea de un modo ínfimo, hay que reconocer.».
2 de marzo de 2026
Contes. John Cheever
| Contes. John Cheever. Edicions Proa, 2009. Traducció de Jordi Martín Lloret |
«—Hi he fet una ullada —va dir l'Artemis astutament—. No l'he entès. Vull dir que no entenc per què calia que escrivís sobre això. Jo no llegeixo gaire, però suposo que és millor que altres llibres. El que sí que no suporto són els llibres en què la gent es passeja amunt i avall i encén cigarrets i diu coses com ara "bon dia". Només es passegen. Quan llegeixo un llibre m,'agrada que parli de terratrèmols, d'exploracions i d'ones de marea. No m'agrada llegir sobre gent que passa el dia passejant-se amunt i avall i obrint portes».
Qui diu passejar amunt i avall diu creuar piscines (en estil crol); qui diu encendre cigarrets diu beure martinis.
Amic Artemis, jo no hauria sabut dir-ho millor.
23 de febrero de 2026
«¡Vamos!». Pierre Bergounioux. Jean-Paul Michel. Correspondance 1981-2017
Desde muy pronto, y después de manera recurrente, tuve que reprimir unas ganas enormes de llorar. La razón era que aquello que me había sido asignado, a modo de realidad, no respondía a mis expectativas. Esa reticencia, que al principio atribuí a una rareza singular, lamentable, tenía que ver con el hecho de que nos llegaban los primeros ecos del mundo exterior y de que contradecían aquel desfasado, exiguo, pobre, que nos había tocado en suerte. Nuestra generación, la de la posguerra, fue la primera en percibir el aislamiento de que eran víctimas, desde tiempos inmemoriales, las provincias rurales de la periferia: el enorme déficit de largueza y de servicios, de apertura y de puntos de vista, de luminosidad, de futuro que sufrían. Quedaba esperar el tiempo necesario, quizá una decena de años, para crecer, fortalecerse, abandonar la infancia e intentar, si era posible, reparar el perjuicio del que uno se sentía víctima. Pero era demasiado gigantesco, demasiado arraigado como para ponerle remedio. Yo no tenía ninguna esperanza. A los quince años me vi condenado a una incertidumbre eterna, apesadumbrado y renuente por el resto de mis días.
Luego llegó mi decimosexto año, el del último curso de bachillerato, en el lycée de Brive, en Corrèze. El pequeño rebaño familiar e ingenuo en medio del que camino desde sexto curso se recompone por última vez, aumentado por algunos recién llegados, entre ellos Jean-Paul Michel. Si se nos une en esta hora última de nuestra hégira común es porque durante trece años había seguido los sucesivos destinos de su padre, militar, de una gendarmería de pueblo a otra: La Roche-Canillac, Salignac-Fénelon, Allassac, Nontron, antes de llegar a Brive. Había pasado por pequeños colegios rurales y se nos unía para terminar el bachillerato.
No me era del todo desconocido. Nos habíamos cruzado dos años antes porque yo conocía a su hermano menor. Pero el encuentro no duró ni diez minutos y no tuve tiempo de sospechar qué oscuro designio lo animaba. No tardaríamos en medir su alcance, en el aula 1 del lycée Georges-Cabanis (de Brive). No habían transcurrido ni quince minutos de la primera clase de filosofía cuando el recién llegado interrumpió al profesor para manifestarle su desacuerdo categórico con una proposición que este acababa de formular. La fiesta había comenzado. No terminaría hasta un año después, cuando, con el título de bachillerato en el bolsillo, nos dispersáramos como una bandada de gorriones, sin saber aún qué cimientos poderosos, duraderos, indestructibles habían dado a nuestras vidas esos instantes compartidos.
Entre mil intuiciones ingeniosas, deliciosas, debemos a Bachelard la noción de «sobreinfancia». Se le impuso al cruzarse con Rimbaud. He enseñado durante cuarenta años. En dos o tres ocasiones, quizá, a lo largo de esa larguísima carrera, tuve ante mí a una niña, a un chiquillo cuya mente, de manera casi mágica, parecía ya desatada, abierta a todo, como si hubiera quemado etapas, vencido al tiempo. El profesor en que me había convertido no se sorprendió del todo porque el alumno que había sido había compartido pupitre durante un año con Jean-Paul Michel, había visto ya, con sus propios ojos, algo semejante: el juicio maduro, penetrante, al que llegan algunos adultos, muy pocos, encarnado en un muchacho de dieciséis años.
Cuando el torbellino de aquellos años se apaciguó y pudimos reflexionar con calma, tanto Jean-Paul como yo, le pregunté qué le había ocurrido en realidad. Él no sabía mucho más que nosotros al respecto y se limitó a decirme que, en aquel momento, se había limitado a seguir el impulso sombrío, aunque luminoso, que lo habitaba.
Un poco de economía política, antes de continuar. Nuestra pequeña patria se asentaba por entero sobre las «tierras menos fértiles», que no producían rentas. No generaban excedentes que hubieran permitido financiar las onerosas, las brillantes creaciones de artistas, de prosistas y de poetas, de historiadores, de filósofos, que hubieran explicado nuestros actos y nuestros pensamientos, pintado o esculpido nuestros rostros, celebrado nuestras hazañas, censurado, llegado el caso, nuestros crímenes. La lengua occitana, los viejos relatos con moraleja, la simplicidad, el asombro eran la expresión espontánea de un campesinado famélico, casi autárquico, que dominaba el país. El eco de la cultura erudita, lejana, urbana, culta, francófona llegaba distorsionado, amortiguado, prácticamente anulado por la indigencia, por la distancia. La tierra madrastra había multiplicado, como por gusto, los obstáculos. Los valles y las crestas, las fracturas del paisaje, el espesor boscoso, los caminos estrechos y tortuosos se oponían al deseo de ir, de ver, de saber.
y mourir.
Hacía falta una energía feroz, similar a la ferocidad circundante, para romper el antiguo maleficio y, curiosamente, no sé qué tipo de intuición adivinatoria para canalizarla, orientarla. Es ella la que guía los pasos del enjuto energúmeno cuando, aún niño, parte en busca de los dos o tres adultos un poco abiertos de mente que viven ocultos en los alrededores. Henri Fabre, por ejemplo, un octogenario excéntrico que redacta él solo, en una tienda abandonada de la avenida de la Gare (siempre en Brive), La Corrèze républicaine et socialiste, y que publicará los primeros poemas de Jean-Paul en su periódico; o también Jehan Mayoux, que participó en la aventura surrealista —tenemos un hermoso retrato suyo de Hans Bellmer— y acoge a Jean-Paul en el otro extremo del departamento, en Ussel, avenida Turgot, en los primeros contrafuertes del plateau de Millevaches. Poco después será Sartre, en la rue Delambre, en París, quien abre, no sin cierta sorpresa, la puerta a nuestro joven condiscípulo, que acompaña a Mohammed Khaïr-Eddine, que viene a presentarle su primer trabajo de editor, Le Roi, impreso en Brive, también, ya en 1966, en el sótano de la casa familiar, en una prensa de 1852 recuperada en Montpellier. Finalmente, ese mismo año, André Breton lo recibe en Saint-Cirq-Lapopie, en el Lot, y lo consagra antes de regresar a París para morir allí.
Cómo no imaginar, en aquel momento y todavía hoy, la intervención de fuerzas místicas en un asunto que parecía perdido de antemano, tan grande y aplastante era la desproporción entre un pasado milenario de atraso y miseria y la iniciativa de un adolescente surgido del campo circundante para arrastrarnos al encuentro de lo posible, de nosotros mismos, del presente. Una de sus palabras favoritas, entonces, era: «¡Vamos!».
Un pensador solemne ha sugerido que la edad adulta no sirve para otra cosa que para cumplir los deseos irrealizados de la infancia. La nuestra coincidió con el gran aggiornamento de comienzos de la segunda mitad del siglo pasado, la primavera del mundo a la que sucedió, muy pronto, el otoño que todavía pesa sobre la tierra. Parecíamos destinados, como nuestros predecesores, a no entender nada de lo que sucedía y nos concernía. Que fuimos contemporáneos de una coyuntura excepcional es, en retrospectiva, evidente. Aún hacía falta un detonador para liberar las energías reunidas repentinamente, abrir una brecha en el muro, romper los barrotes del aislamiento, de la ignorancia, del silencio. El destino, las potencias ocultas señalaron a Jean-Paul, que se puso en camino de inmediato. No quedaba más que seguirlo. Pero la aventura fue tan desconcertante y novedosa que su eco sigue resonando más de medio siglo después, lo que explica esta necesidad de volver a ella, esta correspondencia.
Pierre Bergounioux




