3 de agosto de 2026

Ruinas


La ciudad de Le Havre, ocupada por los alemanes, fue duramente bombardeada por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Prácticamente destruida, quedó reducida a millones de metros cúbicos de escombros. 
© Bibliothèque municipale du Havre

El 22 de mayo de 2024, el Palau de la Música Catalana acogió el recital —«récit-récital», en palabras del autor— Ruines, en el que Pascal Quignard leyó dos textos, La rancune de la nature, El rencor de la naturaleza, y Ruines, Ruinas, intercalados con piezas de música interpretadas al piano por Aline Piboule: de Thomas Adès (1971) Darkness visible 1992 after Dowland for Harry Adès; de Johann Sebastian Bach (1685-1750), Ich ruf zu dir, con arreglos de Ferruccio Busoni (1866-1924) e Yvonne Léfébure (1955); de Frederic Mompou (1893-1987), "Quadern I, 1" y "Quadern IV, 22", de Música callada; de Gabriel Fauré 1845-1924), 9a Barcarola; de Robert Schumann (1810-1856), “Ruïnes”, tercer movimiento de la Fantasia op. 17; y de Olivier Greif (1950-2000), “In memoriam Louise Marius-Clavius”, segundo movimiento de la Sonata núm. 15.

Pascal Quignard escribe, en el comentario al recital, el siguiente texto:

«Hay escritortes de paz. Hay escritores de guerra. Hay escritores de ruinas. Yo soy un escritor de ruinas. Pasé mi infancia entre las ruinas de un puerto completamente destruido por la aviación de los aliados. Tuvimos que esperar siete años hasta que la ciudad comenzó a levantarse, de nuevo, frente al mar.
Aquel que comienza su vida entre ruinas está condenado a soportar un duelo aunque no haya experimentado la destrucción. La sufre sin entenderla. Percibe la sensación dolorosa sin identificar la causa. Nunca ha visto muros aplomados. Nunca ha visto muelles que no fueran destruidos por una explosión. Nunca ha conocido casas intactas. Con la maravillosa pianista Aline Piboule hemos construido un relato-recital alrededor de la Fantasia op 17 de Schumann. El mismo Schumann la tituló Ruinas. Esta extraordinaria declaración de amor dirigida a Clara está rodeada de otras obras de Bach y Adés, del barroco hasta el presente».

 Textos

El rencor de la naturaleza

En el año 2011, a finales de marzo  y principios de abril, incluso en mayo, hace ya trece años, me escribieron mis lectores japoneses: «Señor Quignard, usted tenía razón. El pasado se venga. O, al menos, el origen nos persigue. Viene a perseguirnos, infatigable».

Me contaron acerca del tsunami a primera hora de la tarde, las torres eléctricas retorcidas, los pueblos  desaparecidos, los puertos sumergidos, las centrales de Fukushima ahogadas.

Me enviaban fotos de sus móviles.

«¡Mire! Mi casa estaba aquí».


Aquí, ya no había nada.


Los expertos me explicaban: la energía nuclear, es decir, no fósil, es decir, fisible, es la única forma de energía que no tiene el sol como origen

Hay una especie de rencor de la naturaleza.


Ni el propio caos estelar es indiferente a las guerras que se han convertido en mundiales, a las bombas nucleares, a los océanos contaminados, a la pulsión de muerte, a la toxicidad infernal.


El cielo, los vientos, los volcanes, se sublevan.


Las lenguas instalaron en el alma de los hombres el Yo y el Tú, el enfrentamiento lingüístico, es decir, el conflicto, es decir, las ruinas.


Ruinas


¿Cómo podemos considerarnos huérfanos de una ciudad que no hemos visto en pie? 

Yo pasé mi infancia entre los escombros de un puerto completamente destruido. 

Hubo que esperar siete años hasta que la ciudad comenzara a levantarse de nuevo frente al mar.


Aquel que comienza a vivir entre las ruinas, entre las ruinas ante él, hasta el mar, los guijarros, el viento, entre las ruinas detrás de él, hasta la colina y el acantilado desnudo, está condenado a pasar un duelo incluso aunque no haya tenido la experiencia de la destrucción.


La padece sin comprenderla.
Recibe la sensación de dolor sin que haya percibido la causa.

No ha visto nunca muros aplomados.
No ha visto nunca muelles que no hayan sido destruidos por una explosión.

No ha conocido nunca casas intactas.


¿Qué es una ruina?

El rastro de una guerra.


¿Qué es un rastro?

El espacio de la orilla del mar que el agua abandona cada día, cuando se retira.

Hay, en todas partes, una playa donde la Historia se retira.

Una especie de agujero en los árboles de la Naturaleza, donde se hace el silencio.


¿Dónde está la casa de la infancia, entre los escombros?

¿Quién me ha sostenido entre sus brazos?

¿Quién se calla?


A los remolcadores, en el puerto de Le Havre, respetados por las bombas, los llamábamos abejas.

¿Dónde está la ciudad detrás de la ciudad?

¿Dónde se desdobla?
Delante de la ciudad, ¿qué silueta? 

Detrás de la ciudad, ¿qué vacío?


Algunos abismos de padecimiento son imposibles de construir. 

Otros constituyen ventanas extrañas.


Cuando volví del ejército, la universidad me ofreció un trabajo.

Fui profesor dos años seguidos en la universidad de Vincennes.

De súbito, fue cerrada por el presidente Valéry Giscard d’Estaing e, immediatamente, destruida. 

Completamente destruida.


Arrasada. 

Y destrozada. 

No quedó nada.
No queda nada de la universidad de Vincennes.
Els buldócers lo erradicaron todo, y después rayeron el lugar donde enseñábamos. Lacan, Foucault, Deleuze, Châtelet, Michel Deguy, Jean-Noël Vuarnet, Jean- Pierre Richard, se convirtieron en fantasmas entre los cardos, bajo los helechos, al lado de las conchas vacías y pálidas de los caracoles que se rompen bajo las ramitas.


En sus orígenes, la isla de Pasqua estaba totalmente cubierta de bosque.

Estaba poblada por lechuzas y por grandes rascones que habían crecido tanto que ni siquiera eran capaces de volar sobre el océano.

Un día, unos hombres, sobre largas barcas, qua habían sido empujadas por los vientos, desembarcaron.

Quedó un prado arrasado como el que cubre la isla de las Sirenas en el poema de Homero.

Quedan inmensas estatuas con la boca abierta, los ojos de conchas han caído en la arena, ni un árbol, un terrible silencio.


Montones de piedras arrancadas, musgo, dedaleras, matojos, arcos que han permanecido de pie y que han resistido misteriosamene la fuerza de la gravedad, al viento —que flotan al viento, grandes ventanas abiertas al vacío— por donde pasa el aire, que la naturaleza atraviesa, la tierra no las entierra.

La hierba no las absorbe.
A partir de cierto tiempo, por muy debilitada que haya sido, la ruina se levanta allí donde se encuentra.

El cielo ya no la aplasta. 

Los árboles se abren a su alrededor. 

Se eleva con ellos hacia él.


Las hojas de los árboles más frondosos la protegen, se suman a su silencio. 

La ruina se convierte en ese silencio que los pájaros desafían; ensayan, extienden, reberberan, configuran a su alrededor.

Al mediodía, a la una, bajo el sol, en el cénit, un nuevo silencio, que le pertenece, la aglutina y la hace parecer irreconstruible.


¿Existe alguna ruina feliz?

¿Una ruina perfectamente feliz? 

Sí. 

El otoño.

Los higos oscuros, negros, calientes, que se abren dentro de la boca.

Los granos de oro de los racimos de uva que explotan y gotean bajo los dientes. Rojas, con las mejillas rojas, las frutas caen. 

Porque el nacimiento es mortal para las madres, al menos en el tiempo vegetal, pero inmortal para las hijas. 

Así es la marea de los tiempos: llegado el momento, libera su playa de felicidad.

La felicidad tiene su color: rojo y oro. Sangre y sol.
La felicidad exhala ese buen aroma a hojas muertas, a labios húmedos, a tierra mojada, empapada, deliciosa, de tilo.


Más cerca de nosotros cada dia, más que todo el otoño, el crepúsculo también es una ruina.

El crepúsculo es el éxtasis del día.

Se parece a la felicidad. 

Es la hora vespertina. 

Es la hora en que se reavivan las lámparas en todas partes, en las casas, en los salones, sobre todos los altares, en todas las capillas laterales, cuando el sol se apaga.

Las vísperas designan la más solemne de las horas canónicas, pues es el momento reservado al dios que murió por la noche.

Es la hora del concierto.

Es la hora en la que la melancolía se acuerda con la oscuridad que nace.

En la que la languidez se introduce en el cuerpo que la debilidad repentinamente delimita.
Suenan, a lo lejos, sobre la landa, o lejos sobre el declive, las vísperas.

Con esta señal el cielo desencadena la sombra de la tarde. 

Tañe el extraño acontecimiento estelar que propaga lo invisible.

Escuchad a la hoja en la sombra deslizándose sobre la hierba sobre la que se posa, en medio del viento más débil de la noche que se extiende.
¡Y escuchad esta sombra que cae sobre la hoja que cae!


Schumann, no puede más que soñar
Clara le frena. 

El padre de Clara lo rechaza.

Schumann escribe Ruïnes.
Ruinas de su amor. 

Ruinas de su vida.


Y sueña
Ve a Clara en su sueño.

Está allí.
Hay un abismo entre ellos, pero se aman. Ella está muy lejos, pero piensan el uno en el otro en el mismo momento.
Sueñan juntos.

El 26 de diciembre de 2003, al alba, sobre el altiplano iraní, a las 5 hores y 26 minutos, en pleno desierto de Lut, la antigua ciudad de Bam, en menos de un minuto, en unos segundos, se dsesplomó sobre sí misma.

Cuando la tierra tembló, la antigua  ciudad, construida en barro, se convirtió en polv.

Veintiséis mil hombres murieron sin que se oyera ningún grito, de tan súbito que fue.


Solo el color verde, solo el oasis, el palmeral, los dátiles, los pistachos, los pájaros, subsistieron en el silencio bajo la bóveda del cielo ardiente.


¡Oh, Pompeya de las arenas!
Esa ciudad que Alejandro Magno había visto, esa fortaleza que Tamerlán veneraba, la ciudad fabulosa que las caravanas chinas visitaban, la maravillosa encrucijada a la que venían a comerciar los romanos, los judíos, los zoroastrianos, los cristianos, los bizantinos, los musulmanes, los hindúes, se coinvirtió, en apenas un minuto, en un montón de polvo tan pequeño y tan fino que los dedos no podían asir.


Ciudad que se llamaba Bam. 

Puerto de Mariúpol.
El nombre en la punta de la lengua és un vestigio que se ha evaporado del alma. 

Una cosa que ha perdido su nombre.

Un objeto sin objeto.


¿Qué es un campo de ruinas?


En 1942, el Alto Mando de los ejércitos aliados, así como los Estados Mayores, se habían reunido para examinar la situación de Europa en guerra; determinaron que las bombas, desde aquel  momento, debían aniquilar dos veces su objetivo.


Primero, el emplazamiento sería devastado.
Després, debería ser completamente librado al fuego.

Fue gracias al incendio que la ruina se convirtió en un auténtico espectáculo, alrededor de sí misma, de manera que la población civil perdió toda esperanza y que el ejército enemigo quedó paralizado por el estupor. 

Finalmente, después de ser destruido,  después, en segundo lugar, incendiado, y, durante una tercera ronda, sería fotografiado con fines de propaganda doméstica.


Esto era lo que se esperaba haber puesto en escena. Un campo de ruinas informe convertido por el fuego en tan insoportable que empujaba a escapar del incendio a columnas de refugiados a medio vestir, en camisa de dormir, en pijama, desmoralizados, turbados, que propagaban hasta muy lejos el terror de las horas que acababan de vivir y la severidad implacable del castigo que se les había infligido.


Igual que Le Havre. Igual que Colonia. En incendio debía «irradiar» muy lejos, como hace el sol, a partir del lugar destruido.


De aquí la decisión final, concebida por el Alto Mando como una especie de clímax, de apoteosis, relativos a las bombas atómicas lanzadas sobre los puertos japoneses 

«Little boys» soltadas sobre poblaciones inocentes, en el cielo del mes de agosto, en el momento de vuelta a las clases.


¿Dónde está el muro? 

¿Dónde está la casa? 

¿Dónde está el puerto?



Texto procedente del programa de mano del recital del Palau de la Música Catalana.

Traducción de Joan Flores Constans.

27 de julio de 2026

Beatus

 

Beatus, Pascal Quignard. Éditions Hardies, 2026

Beatus es un término derivado del verbo latino beare, 'enriquecer', 'hacer feliz'. En la literatura clásica se utiliza como adjetivo para designar a alguien próspero, afortunado; así aparece en De vita beata, de Séneca, y en la expresión Beatus iile. de Horacio. El catolicismo le dio un sentido religioso y pasó a significar «bienaventurado»; también denomina a los manuscritos ilustrados relativos al Apocalipsis de San Juan; de hecho, la ilustración de la portada del libro de Quignard reproduce a la Muerte como uno de Los Cuatro Jinetes del Apocaliupsis extraída del Beato de Saint-Séver (siglo XI).

«Ante todo, escribir es sostenerse.
Es porque se sostiene este lápiz,
porque se sostiene esta pluma estilográfica,
porque se sostiene este rotulador,
porque se sostiene esta pluma de ave,
porque se sostiene este stylus de acero,
por lo que se escribe.
Se sostiene algo.
Uno se sostiene en algo.
Uno resiste».

Beatus podría considerarse una obra en la estela de No hay lugar para la muerte, aunque es difícil de precisar si se trata de un prólogo, un epílogo, un borrador o una obra derivada; en todo caso, para una lectura satisfactoria, no tiene sentido leerlo aisladamente. 

El libro se compone de dos partes; tal vez el vínculo más consistente entre ambas sea la muerte.

I. Meditación sobre mi muerte futura

Un escenario. Luz tenue. Quignard va a interpretar al piano tres piezas relacionadas con la muerte. La sección va a ajustar sus capítulos a estas piezas.

1. Méditation faite sur ma mort future, de Johann Jakib Froberger (1649). La partitura original lleva la firma «Memento mori Froberger». El significado que le otorga el autor es la toma de conciencia del final.

La muerte es un suceso cuyo comienzo implica su inexistencia: «La muerte es un suceso que no acaba de llegar nunca»; esa ausencia, y este es un tema frecuente en Quignard, tiene su reflejo en el momento de nuestra concepción, en la que también estamos desaparecidos: aún no y ya no.

«Incluso lo invisible está agujereado.
Un agujero en el origen de la concepción.
Un agujero al final de la vida».

Quignard alude a dos textos para sostener sus hipótesis: Antígona, de Sófocles (441 a. e. c.) y el último poema de Emily Brontë, There is no romm for death (1846), que da título al mencionado libro de Quignard inmediatamente anterior a Beatus.

2. Les ombres erreantes, de François de Couperin —es también el título del primer volumen del ciclo Último Reino— (1727). La Visita a los infiernos.

Tiresias es el único mortal que, al no haber bebido el agua del Leteo, puede recordar su vida una vez muerto. La conversación entre Ulises y Tiresias y la convocatoria, por parte de e<ste último, de las sombras errantes de los muertos, descarnadas, descorporizadas.

«Los muertos, las sombras de los vivos, yerran por los infiernos.
Couperin anotó en la partitura:
"Lánguidamente".
Las sombras errantes, lánguidas, apenas consiguen avanzar. Sin carne, sin fuerza, titubean al llamado de Tiresias, en la ciénaga infernal» 

La falsa simetría, que es un espejismo: de un lugar oscuro, hermético, el vientre materno, a otro lleno de liuminosidad, aireado: el nacimiento. De un lugar resplandeciente, abierto, a otro tenebroso e inquietante: la muerte.

«Una simple refracción del nacimiento: eso es la muerte».

Si Sófocles y Emily Brontë están en lo cierto, Montaigne —«filosofar es aprender a morir»— estaba equivocado, nada nos puede preparar para la muerte. También Rousseau —«la única tarea de un anciano es aprender a morir»—, la ausencia de futuro implica que no hay nada que aprender. 

3. Cantar del alma, de Federico Mompou (1942), basado en el Cantar del alma de Juan de la Cruz. La elevación del alma tras la muerte.

La muerte no es una entrada a otro mundo, es la salida absoluta

«O mejor aún, para ser todavía más preciso: se entra en ese salir singular donde el salir se disuelve.»

Jesús se queja/lamenta/reprende a quien le ha abandonado. Nerón reprende/lamenta/se queja de su absoluta soledad.

«En una noche oscura,
sola en la noche,
sola en la penumbra bajo mi capucha,
me apresuro hacia Ti, que eres el único en morir».

II. Paisaje nocturno

Un cuadro: Landscape with Duck Hunters, grabado de Jean Morin en 1640 sobre un óleo de Jacques Fouquières de 1630 —en el que, por cierto, no aparece ningún pato—.

«De pronto una imagen significa algo en el alma.
La imagen espontánea, onírica, deja estupefacta al alma de todas las bestias que sueñan por un retorno que no comprenden».

Todo cuanto esperamos conseguir se desvanece ante nosotros como un sueño al despertar, como se desvanece de la memoria nuestro nacimienbto apenas ha tenido lugar, igual que la muerte en nuestro último instante.

«El cuerpo cae, a la manera de un fruto, sobre la superficie de la tierra, en el aire atmosférico que lo asfixia, bajo la irradiación del astro que lo quema, en la gravitación que lo consterna y que, en un primer momento, lo inmoviliza.
Sufre el hambre, padece la sed —hambre y sed que le resultan absolutamente incomprensibles—. Queda terriblemente herido por el vacío y el viento que lo invaden, por la temperatura que lo rodea; es en ese instante cuando el alma aparece en la llamada; surge en el grito que lleva el aliento hasta sus labios.
Ese grito es lo que anima.
Ese alarido que profiere el superviviente del nacimiento es lo que llamamos alma».

Los armaria romanos contenían retratos en cera de los antepasados; los ábsides románicos  originales eran los armaria para guardar objetos relacionados con el culto. A partir del siglo XIX se privatizan y adquieren espejos biselados de cuerpo entero que son testigos de lo que sucede en la alcoba, que ven aquello que no debe ser visto, aquello inaccesible.

La visita a los infiernos —Jesús, Gilgamesh, Enras, Ulises— no pretende desvelar el futuro, sino conectar con los fantasmas del pasado.

La búsqueda del lector no se distingue de la del rastreador, de la de todos aquellos que buscan los recuerdos olvidados propios o de sus ancestros. Puede que la muerte sea inaccesible, como una sombra ausente en plena noche.

¿Qué es la muerte para los animales? ¿Una jaula?

Nuestro destino es partir sin destino.

Las cuatro puertas: el Sexo de la mujer en el origen, el Sueño en el transcurso de la noche, la Lengua ante lo real y la Muerte, por la que uno se evade. La muerte no viene, es la vida que se va.

«Hay en nosotros un afuera que quiere volver al afuera.
Algo sale. El universo sale. La muerte es como la luna nueva. Invisible en el cielo. Se anuncia cuando ya no se la ve».

 «La muerte es la última de todas las cosas», escribió Horacio, pero también la última libertad que podemos ejercer con el suicidio.

«Además, si uno no pone fuera de sí aquello de lo que sufre; si no se separa de su desconsuelo sobre una página; si no lo pliega, si no lo enrolla, si no sepulta delicadamente el mensaje a través del estrecho cuello de una botella; si no acurruca su éxtasis, su espanto, en el interior de un libro, la muerte irrumpe en el alma, se estanca, se pudre, se corrompe.
Fermenta. Lo contamina todo».

20 de julio de 2026

«Siempre me he sentido lector»



«Nunca me he sentido realmente escritor; siempre me he sentido lector. Sí, soy un lector de libros. Necesito esa vida paralela que es la lectura. Siempre he necesitado esa metamorfosis para poder acercarme a lo que experimentaba. Es como si fuera, ¿cómo decirlo?, una especie de esprit d’escalier. Siempre necesitaba un libro para llegar a lo que soy.


»La frase que aparece en la contracubierta de No hay lugar para la muerte —«Escribe este libro de manera que tu vida penetre en él sin mentir. Que algo conmueva a aquella que no ha sido conmovida nunca»— hay que agradecérsela a mi nueva editora, Sophie Lot. Sé que muchas escritoras, por ejemplo, ponen fotografías de sí mismas cuando eran más jóvenes. Yo he ido bastante más lejos, de una manera bastante radical —la fotografía que aparece en la faja de la edición original la es del propio Quignard a los seis o siete años—. Es a aquella que no me amó, a mi madre, que se fue hace mucho tiempo, a quien me dirijo. Me dirijo a ti para decirte, en efecto, aquello que me habría gustado que amaras en mí.


»Así pues, al libro es una relectura de mi vida dedicada a esa mirada de un niño que se pregunta —como suelen hacerlo, por ejemplo, esos admirables niños autistas—: «¿Por qué no me has amado?».


»Y a partir de ahí se puede hacer un libro de recuerdos felices, aunque sean un poco falsos, aunque sea una novela».

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Fragmento de la entrevista en Librairie Mollat con motivo de la publicación de Il n’y a pas de place pour la mort. 

13 de julio de 2026

No hay lugar para la muerte

 

No hay lugar para la muerte. Pascal Quignard. Shangrila Textos Aparte, 2026
Traducción de Manuel Arranz
Il n'y a pas de place pour la mort. Éditions Hardies, 2026

«Aunque el olvido ataca a la memoria, no aniquila nada de lo que el tacto, el olor, el recuerdo del calor, la luz han dejado tras de sí sin pasar por las palabras. Nada se consume en nosotros de aquello que fue únicamente sentido durante años. Nada. Sucede incluso que los rasgos más hermosos de antiguos rostros vienen a posarse en otras cabezas de manera milagrosa. Los ragos más hermosos de las estaciones regresan iluminados al mismo jardín. Cada año irradian. Cada año se vuelven más nítidos».

«There is not room for Death», es primer verso de la última estrofa de «No Coward Soul Is Mine», supuestamente, los últimos versos que escribió Emily Brontë, a finales de 1848, poco tiempo antes de su muerte por tuberculosis el 19 de diciembre de ese mismo año, cuya traducción al francés ha utilizado Pascal Quignard para titular su última obra publicada hasta la fecha. En el capítulo en que el autor cita este verso, alude también a otras dos mujeres que tenían en común con la británica una notable sensibilidad artística y un gran talento literario, y que fallecieron también por tuberculosis: Emilia Chopin, hermana del músico, en marzo de 1827, siendo sus últimas palabras escritas: «Frédéric, no temo a la muerte, sino morir en tu memoria»; y Katherine Mansfield,  en octubre de 1922, que dejó como legado literario: «¡Cuánto amo las flores! ¡Cuánto me gustan! ¡Oh tierra, tierra inolvidable!».

«La vida no cesa de empujar. 
La muerte no es más que el borde.

Y el muerto, apenas una mota de limo, una mota de polvo en la orilla imperceptible para sí mismo.

Es un puñado de arena del Ganges. Se dispersa en un tiempo inaccesible para sí mismo.

Para decir toda la verdad sobre nuestra frágil condición, el riesgo de la muerte es exclusivamente natal. Esta angustia es de nacimiento. En sentido estricto la muerte, aparecida nada más nacer, muere, a sacudidas, todo a largo de la vida, hasta morir para siempre en el momento de morir».

No hay lugar para la muerte es, lógicamente, un libro que habla de la muerte, pero el tratamiento que el autor le confiere poco tiene que ver ni con la tristeza ni con la inevitabilidad; la lítote debería despertar nuestras sospechas porque no sabemos si atribuir esa afirmación a la situación actual —evidente— o a una condición hipotética en la que no habría lugar para la extinción. Porque, a pesar del título, la muerte no es la protagonista; y porque el libro celebra el amor, no hay en él ni lágrimas ni agonía —ni siquiera en el caso de las tres poetas—, sino felicidad, casi alegría, la que producen los recuerdos y la imaginación. Más que una salida —o, para ser precisos, además—, Quignard la considera como un inicio o como un cambio de lugar; y cuando es una partida, quien parte no es el que muere, sino el que sobrevive. Igual que el crepúsculo no es solo el final del día, sino también el comienzo de la noche, la muerte no es solo el final de la vida, sino también el origen del vacío. A veces, la muerte del otro es el final del que permanece vivo. Una ciudad reconstruida puede ser perfecta, pero está ausente: la verdadera era la destruida. ¿Qué nace cuando nacemos? ¿Qué muere cuando morimos? ¿Puede ser que muera algo cuando nacemos y nazca algo cuando morimos? O dicho de otro modo: ¿qué vive cuando vivimos? No hay lugar para la muerte es un texto audaz, como tiene acostumbrados Quignard a sus lectores, y profundo, fantástico —phantastikós, susceptible de ser imaginado—, elíptico, barroco y suntuoso, rozando lo indecible. Y en este caso, según confesión del autor, «un poco autobiográfico», aunque conviene no olvidar que La vida no es una biografía. En todo caso, centrado en la tríada quignardiana: cuerpo, sensación y pensamiento, casi siempre en este orden de prevalencia.

«Una curiosa brecha nace del exceso de memoria y viene a curvarla a la manera en que el inmenso cielo se redondea cuando se alza la mirada una vez que el sol haya desaparecido. Se forma  una bóveda, sin ninguna duda imaginaria, pero que tiene toda la apariencia de una bóveda. Del mismo modo el horizonte, donde se pierde de vista, allí donde la percepción llega al extremo de su impotencia, traza una línea imaginaria en el fondo de lo que vemos. Se produce un pliegue del tiempo que solo es visible en la última edad. Y entonces trastorna todo lo que estamos viviendo al volver sobre lo viviente bajo la forma de una ola inmensa que ha ido creciendo con el paso de las estaciones, de las noches, de las horas, que ha surgido muy lejos sobre el océano y que forma algo así como una inmensa bolsa vacía».

El libro viene, en su edición original en francés, subtitulado como roman, pero no se trata, como es habitual en el autor, de una novela convencional; incluso es dudoso que pueda clasificarse como tal; el propio Quignard ha declarado que «c'est une sorte de roman parce que c'est faux». La prosa menos novelesca de Quignard, aunque de indudable carácter narrativo, se aviene mejor a lo que podrían llamarse textos fracturados, porque no cabe hablar de fragmentos ni de anotaciones, sino de destellos queen esta ocasión toman la forma de veintisiete relatos de variada extensión, sin narración central, movedizos, continuos en su aparente incongruencia, como esas imágenes que ofrecían las luces estroboscópicas en las discotecas de los años 70, que, a pesar de iluminar solo instantes de la realidad, dejaban patente que existían otros instantes en sombra; unos instantes —o hechos, o episodios, o acontecimientos— que el lector debe intuir porque, en el instante oscuro, ha cambiado el escenario —una narracion realista o un relato fragmentario—, el narrador —un niño o una mujer; a veces, incluso aparentemente desaparecido; en todo caso, siempre sin completar, como si se trata de siluetas o de esbozos tomados en consideración únicamente por su función en el texto—o, también, la naturaleza de la experiencia —un sueño, una epifanía, un cuento fantástico—.

«¿Quién nos engaña en el fondo de nuestra alma? ¿Quién acude, venido quién sabe dónde, tan intensamente presente con nosotros cuando estamos solos, vagamente ebrios, pasando concienzudamente el dedo por la barra de cobre de un bar? No mucha gente entre los allegados. Alguien más alejado y más apasionado que los allegados. Nosotros mismos junto a nosotros mismos ignoramos profundamente lo que somos».

 En todo caso, los sucesos que se relatan no están sujetos a la causalidad, ni siquiera al encadenamiento de escenas del mismo orden narrativo; Quignard salta de un fragmento a otro como quien recita una letanía cuya importancia no es tanto lo que se dice, aunque también, sino el descubrimiento y seguimiento de un ritual cuya significación última viene dada por las palabras que se pronuncian, no por la ligazón de la serie de invocaciones. 

«Escribe este libro de manera que tu vida penetre en él sin mentir.
Que algo conmueva a aquella que no ha sido conmovida nunca».

La literatura de Quignard, sean novelas, ensayos, fragmentos o pensamientos, es exigente y no está destinada a todo el mundo, no se trata de un mero entretenimiento; por centrarse en sus obras más narrativas, no lo está este No hay lugar para la muerte, como tampoco lo fue Todas las mañanas del mundo, a pesar de su éxito editorial y de que abriera la puerta de muchos lectores —aunque es difícil precisar cuántos siguieron siéndolo— a su literatura; exige demasiado tiempo en esta época de carencia, demasiada concentración en medio de la plaga de distracciones contemporáneas; la recompensa es excepcional, casi única, pero requiere un esfuerzo que no todo lector está dispuesto a sostener: como toda gran literatura desde Homero —o desde Virgilio, o desde Shakespeare— se mueve entre los dos grandes temas de la humanidad, la muerte y el deseo, al que añade un tercer elemento, más difícil de despejar porque no aparece de manera tan explícita, la belleza.

«Si el comienzo está en todas partes, nuestra morada no está en ninguna. No hay más que una entrada que se perpetúa en este mundo en el interior de cada uno de los fragmentos que proporciona.
Incluso la muerte es una entrada en el mundo.
Lo que no regresa no deja de brotar».

 Hay una imagen que se repite tres veces a lo largo del libro: alguien —dos veces él, una vez ella— llega a una casa; tras llamar y no obtener respuesta, abre la puerta y entra, pero descubre a otra persona que está de espaldas a la puerta, pero en la última ocasión en que sucede este encuentro parece tratarse de un sueño en el que se recrea la primera. El hecho de hablar de imágenes no es anecdótico porque el texto parece ser construido en forma de espejo, aunque lo aparece reflejado en este no sea exactamente lo mismo que se halla a este lado.

«No hay sentido en nuestras vidas, tanto giran sobre sí mismas. Son como las olas que nos aturden cuando caminamos por la orilla del mar, aunque no hagan más que volver».

Cuando la muerte era respetada y estaba presente en todos los días de la vida, antes de que se instituyera el enterramiento superpuesto, antes de que los nichos multiplicaran el espacio inútilmente, los cementerios parecían jardines; este era el mayor signo de respeto hacia los muertos.

«Yo, cuando era pequeño, iba a leer al cementerio, apoyado en las piedras que quedaban todavía en pie, todavía fuertes, con los gatos más o menos feroces, jamás salvajes, las cornejas más o menos asustadas, jamás agresivas, entre las avenas, las mentas, primero en la delgada sombra que proyectaban los cipreses, después en aquella, incipiente, de la vieja capilla funeraria».

El recuerdo es inmaterial. Recordamos los rostros de nuestros antepasados con un detalle minucioso, pero siempre como si se tratara de algo exterior a nosotros, como si lo recogiéramos de un cajón o de un sobre donde lo teníamos guardado; en cambio, cuando recordamos sus voces  sentimos que salen de nuestro interior, que forman parte de nuestra experiencia. Nos parece que recordamos sensaciones, pero, en realidad, la sensación cambia a cada rememoración, y la que recordamos verdaderamente es la sensación experimentada en ese recuerdo, no la ligada al hecho recordado.

«Quizá la palabra muerte no designa nada. No es más que una imagen extraña que los humanos  dan a su final. A esta imagen, la llaman muerte. Son muy aficionados a los relatos».

Si una vida humana tuviera que resumirse en doce horas, ¿qué período abarcaría? ¿Del amanecer como nacimiento hasta el crepúsculo como muerte, o desde el crepúsculo como nacimiento hasta el alba como muerte? 

«No hemos nacido para volver un día».

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«No coward soul is mine»


No coward soul is mine

No trembler in the world's storm-troubled sphere

I see Heaven's glories shine

And Faith shines equal arming me from Fear


O God within my breast

Almighty ever-present Deity

Life, that in me hast rest,

As I Undying Life, have power in Thee


Vain are the thousand creeds

That move men's hearts, unutterably vain,

Worthless as withered weeds

Or idlest froth amid the boundless main


To waken doubt in one

Holding so fast by thy infinity,

So surely anchored on

The steadfast rock of Immortality.


With wide-embracing love

Thy spirit animates eternal years

Pervades and broods above,

Changes, sustains, dissolves, creates and rears


Though earth and moon were gone

And suns and universes ceased to be

And Thou wert left alone

Every Existence would exist in thee


There is not room for Death

Nor atom that his might could render void

Since thou art Being and Breath

And what thou art may never be destroyed.


«No Coward Soul Is Mine». Emily Brontë