© Bibliothèque municipale du Havre
«Hay escritortes de paz. Hay escritores de guerra. Hay escritores de ruinas. Yo soy un escritor de ruinas. Pasé mi infancia entre las ruinas de un puerto completamente destruido por la aviación de los aliados. Tuvimos que esperar siete años hasta que la ciudad comenzó a levantarse, de nuevo, frente al mar.
Aquel que comienza su vida entre ruinas está condenado a soportar un duelo aunque no haya experimentado la destrucción. La sufre sin entenderla. Percibe la sensación dolorosa sin identificar la causa. Nunca ha visto muros aplomados. Nunca ha visto muelles que no fueran destruidos por una explosión. Nunca ha conocido casas intactas. Con la maravillosa pianista Aline Piboule hemos construido un relato-recital alrededor de la Fantasia op 17 de Schumann. El mismo Schumann la tituló Ruinas. Esta extraordinaria declaración de amor dirigida a Clara está rodeada de otras obras de Bach y Adés, del barroco hasta el presente».
Textos
El rencor de la naturaleza
En el año 2011, a finales de marzo y principios de abril, incluso en mayo, hace ya trece años, me escribieron mis lectores japoneses: «Señor Quignard, usted tenía razón. El pasado se venga. O, al menos, el origen nos persigue. Viene a perseguirnos, infatigable».
Me contaron acerca del tsunami a primera hora de la tarde, las torres eléctricas retorcidas, los pueblos desaparecidos, los puertos sumergidos, las centrales de Fukushima ahogadas.
Me enviaban fotos de sus móviles.
«¡Mire! Mi casa estaba aquí».
Aquí, ya no había nada.
Los expertos me explicaban: la energía nuclear, es decir, no fósil, es decir, fisible, es la única forma de energía que no tiene el sol como origen
Hay una especie de rencor de la naturaleza.
Ni el propio caos estelar es indiferente a las guerras que se han convertido en mundiales, a las bombas nucleares, a los océanos contaminados, a la pulsión de muerte, a la toxicidad infernal.
El cielo, los vientos, los volcanes, se sublevan.
Las lenguas instalaron en el alma de los hombres el Yo y el Tú, el enfrentamiento lingüístico, es decir, el conflicto, es decir, las ruinas.
Ruinas
¿Cómo podemos considerarnos huérfanos de una ciudad que no hemos visto en pie?
Yo pasé mi infancia entre los escombros de un puerto completamente destruido.
Hubo que esperar siete años hasta que la ciudad comenzara a levantarse de nuevo frente al mar.
Aquel que comienza a vivir entre las ruinas, entre las ruinas ante él, hasta el mar, los guijarros, el viento, entre las ruinas detrás de él, hasta la colina y el acantilado desnudo, está condenado a pasar un duelo incluso aunque no haya tenido la experiencia de la destrucción.
La padece sin comprenderla.
Recibe la sensación de dolor sin que haya percibido la causa.
No ha visto nunca muros aplomados.
No ha visto nunca muelles que no hayan sido destruidos por una explosión.
No ha conocido nunca casas intactas.
¿Qué es una ruina?
El rastro de una guerra.
¿Qué es un rastro?
El espacio de la orilla del mar que el agua abandona cada día, cuando se retira.
Hay, en todas partes, una playa donde la Historia se retira.
Una especie de agujero en los árboles de la Naturaleza, donde se hace el silencio.
¿Dónde está la casa de la infancia, entre los escombros?
¿Quién me ha sostenido entre sus brazos?
¿Quién se calla?
A los remolcadores, en el puerto de Le Havre, respetados por las bombas, los llamábamos abejas.
¿Dónde está la ciudad detrás de la ciudad?
¿Dónde se desdobla?
Delante de la ciudad, ¿qué silueta?
Detrás de la ciudad, ¿qué vacío?
Algunos abismos de padecimiento son imposibles de construir.
Otros constituyen ventanas extrañas.
Cuando volví del ejército, la universidad me ofreció un trabajo.
Fui profesor dos años seguidos en la universidad de Vincennes.
De súbito, fue cerrada por el presidente Valéry Giscard d’Estaing e, immediatamente, destruida.
Completamente destruida.
Arrasada.
Y destrozada.
No quedó nada.
No queda nada de la universidad de Vincennes.
Els buldócers lo erradicaron todo, y después rayeron el lugar donde enseñábamos. Lacan, Foucault, Deleuze, Châtelet, Michel Deguy, Jean-Noël Vuarnet, Jean- Pierre Richard, se convirtieron en fantasmas entre los cardos, bajo los helechos, al lado de las conchas vacías y pálidas de los caracoles que se rompen bajo las ramitas.
En sus orígenes, la isla de Pasqua estaba totalmente cubierta de bosque.
Estaba poblada por lechuzas y por grandes rascones que habían crecido tanto que ni siquiera eran capaces de volar sobre el océano.
Un día, unos hombres, sobre largas barcas, qua habían sido empujadas por los vientos, desembarcaron.
Quedó un prado arrasado como el que cubre la isla de las Sirenas en el poema de Homero.
Quedan inmensas estatuas con la boca abierta, los ojos de conchas han caído en la arena, ni un árbol, un terrible silencio.
Montones de piedras arrancadas, musgo, dedaleras, matojos, arcos que han permanecido de pie y que han resistido misteriosamene la fuerza de la gravedad, al viento —que flotan al viento, grandes ventanas abiertas al vacío— por donde pasa el aire, que la naturaleza atraviesa, la tierra no las entierra.
La hierba no las absorbe.
A partir de cierto tiempo, por muy debilitada que haya sido, la ruina se levanta allí donde se encuentra.
El cielo ya no la aplasta.
Los árboles se abren a su alrededor.
Se eleva con ellos hacia él.
Las hojas de los árboles más frondosos la protegen, se suman a su silencio.
La ruina se convierte en ese silencio que los pájaros desafían; ensayan, extienden, reberberan, configuran a su alrededor.
Al mediodía, a la una, bajo el sol, en el cénit, un nuevo silencio, que le pertenece, la aglutina y la hace parecer irreconstruible.
¿Existe alguna ruina feliz?
¿Una ruina perfectamente feliz?
Sí.
El otoño.
Los higos oscuros, negros, calientes, que se abren dentro de la boca.
Los granos de oro de los racimos de uva que explotan y gotean bajo los dientes. Rojas, con las mejillas rojas, las frutas caen.
Porque el nacimiento es mortal para las madres, al menos en el tiempo vegetal, pero inmortal para las hijas.
Así es la marea de los tiempos: llegado el momento, libera su playa de felicidad.
La felicidad tiene su color: rojo y oro. Sangre y sol.
La felicidad exhala ese buen aroma a hojas muertas, a labios húmedos, a tierra mojada, empapada, deliciosa, de tilo.
Más cerca de nosotros cada dia, más que todo el otoño, el crepúsculo también es una ruina.
El crepúsculo es el éxtasis del día.
Se parece a la felicidad.
Es la hora vespertina.
Es la hora en que se reavivan las lámparas en todas partes, en las casas, en los salones, sobre todos los altares, en todas las capillas laterales, cuando el sol se apaga.
Las vísperas designan la más solemne de las horas canónicas, pues es el momento reservado al dios que murió por la noche.
Es la hora del concierto.
Es la hora en la que la melancolía se acuerda con la oscuridad que nace.
En la que la languidez se introduce en el cuerpo que la debilidad repentinamente delimita.
Suenan, a lo lejos, sobre la landa, o lejos sobre el declive, las vísperas.
Con esta señal el cielo desencadena la sombra de la tarde.
Tañe el extraño acontecimiento estelar que propaga lo invisible.
Escuchad a la hoja en la sombra deslizándose sobre la hierba sobre la que se posa, en medio del viento más débil de la noche que se extiende.
¡Y escuchad esta sombra que cae sobre la hoja que cae!
Schumann, no puede más que soñar
Clara le frena.
El padre de Clara lo rechaza.
Schumann escribe Ruïnes.
Ruinas de su amor.
Ruinas de su vida.
Y sueña
Ve a Clara en su sueño.
Está allí.
Hay un abismo entre ellos, pero se aman. Ella está muy lejos, pero piensan el uno en el otro en el mismo momento.
Sueñan juntos.
El 26 de diciembre de 2003, al alba, sobre el altiplano iraní, a las 5 hores y 26 minutos, en pleno desierto de Lut, la antigua ciudad de Bam, en menos de un minuto, en unos segundos, se dsesplomó sobre sí misma.
Cuando la tierra tembló, la antigua ciudad, construida en barro, se convirtió en polv.
Veintiséis mil hombres murieron sin que se oyera ningún grito, de tan súbito que fue.
Solo el color verde, solo el oasis, el palmeral, los dátiles, los pistachos, los pájaros, subsistieron en el silencio bajo la bóveda del cielo ardiente.
¡Oh, Pompeya de las arenas!
Esa ciudad que Alejandro Magno había visto, esa fortaleza que Tamerlán veneraba, la ciudad fabulosa que las caravanas chinas visitaban, la maravillosa encrucijada a la que venían a comerciar los romanos, los judíos, los zoroastrianos, los cristianos, los bizantinos, los musulmanes, los hindúes, se coinvirtió, en apenas un minuto, en un montón de polvo tan pequeño y tan fino que los dedos no podían asir.
Ciudad que se llamaba Bam.
Puerto de Mariúpol.
El nombre en la punta de la lengua és un vestigio que se ha evaporado del alma.
Una cosa que ha perdido su nombre.
Un objeto sin objeto.
¿Qué es un campo de ruinas?
En 1942, el Alto Mando de los ejércitos aliados, así como los Estados Mayores, se habían reunido para examinar la situación de Europa en guerra; determinaron que las bombas, desde aquel momento, debían aniquilar dos veces su objetivo.
Primero, el emplazamiento sería devastado.
Després, debería ser completamente librado al fuego.
Fue gracias al incendio que la ruina se convirtió en un auténtico espectáculo, alrededor de sí misma, de manera que la población civil perdió toda esperanza y que el ejército enemigo quedó paralizado por el estupor.
Finalmente, después de ser destruido, después, en segundo lugar, incendiado, y, durante una tercera ronda, sería fotografiado con fines de propaganda doméstica.
Esto era lo que se esperaba haber puesto en escena. Un campo de ruinas informe convertido por el fuego en tan insoportable que empujaba a escapar del incendio a columnas de refugiados a medio vestir, en camisa de dormir, en pijama, desmoralizados, turbados, que propagaban hasta muy lejos el terror de las horas que acababan de vivir y la severidad implacable del castigo que se les había infligido.
Igual que Le Havre. Igual que Colonia. En incendio debía «irradiar» muy lejos, como hace el sol, a partir del lugar destruido.
De aquí la decisión final, concebida por el Alto Mando como una especie de clímax, de apoteosis, relativos a las bombas atómicas lanzadas sobre los puertos japoneses
«Little boys» soltadas sobre poblaciones inocentes, en el cielo del mes de agosto, en el momento de vuelta a las clases.
¿Dónde está el muro?
¿Dónde está la casa?
¿Dónde está el puerto?
Texto procedente del programa de mano del recital del Palau de la Música Catalana.
Traducción de Joan Flores Constans.
