23 de agosto de 2019

Cuántos de los tuyos han muerto

Cuántos de los tuyos han muerto. Eduardo Ruiz Sosa. Editorial Candaya, 2019
Nacemos sin memoria, sin recuerdos; ni tenemos la posibilidad de conocer experiencias ajenas —justo entonces empezamos a ser en el ámbito relacional que se extiende más allá de nuestra madre—, ni las nuestras han sido capaces de generar contenido, ni, según parece, nuestra estructura cerebral lo admite. Al final de nuestra vida, afectados por alguna de esas enfermedades neurodegenerativas, la memoria queda dañada y el depósito de los recuerdos, que ahora sí existe, se mantiene fuera de nuestro alcance. No es lo mismo no tener recuerdos que haberlos perdido; al igual que su adquisición primera significa nuestro debut en la vida, su desaparición es la primera y verdadera muerte; porque no huye la vida del enfermo, sino que también desaparece aquella parte de nosotros que vivía en su recuerdo, que nada ni nadie puede sustituir porque su acceso estaba vetado a todos excepto al titular, porque el ser que vive en el recuerdo de los demás es otro. Como los objetos cuya utilidad se ha olvidado, también nosotros desaparecemos cuando dejamos de existir en el recuerdo de alguien.
"Creo que a veces es la muerte la que nos hace miembros de la misma familia. Ciertas formas de muerte. O específicas muertes con nombre y apellido."
La muerte es el único parámetro, la propia muerte, se entiende, cuya persistencia tiene la misma duración que la vida humana. Inevitable —la amenaza, no la muerte en sí misma—, innegociable, la actitud del ser humano va del desconocimiento al rechazo y de este a la aceptación.
"Aprendimos que el mundo tiene dos dimensiones: una donde puede morir el cuerpo, un brazo, una pierna, un ojo podrido en el limo de la sangre; otra donde puede morir la memoria, el tiempo, el odio, el amor, una idea perdida entre palabras que ya no pronunciaremos."
Dónde se alojan las respuestas a las preguntas pendientes, dónde las explicaciones a las cuestiones planteadas; quién mantiene el listado de las tareas inacabadas, quién adjudica la conclusión de las labores iniciadas; quién resuelve los misterios incompletos; quién revela el significado del mensaje codificado. Cada vez que resolvemos alguno de estos enigmas desconocemos un poco más al muerto e incrementamos en la misma medida nuestro arsenal de ignorancias, igual que cada nueva adquisición acrecienta nuestro almacén de deseos y cada rendimiento el caudal de nuestras pérdidas.

Tal vez no heredamos tan solo unos determinados rasgos físicos o unas disposiciones mentales concretas; acaso recibimos también las maldiciones que acumuló nuestro predecesor, la gracia a la que se hizo acreedor, aunque quede ya fuera de nuestro alcance su neutralización y su disfrute. De hecho, a algunas personas solo llegamos a conocerlas después de muertas.

Si la muerte se adueña de todos por igual, con independencia del camino que se ha recorrido hasta llegar a ella, y es una misma muerte la que acaba con todas las diferencias acumuladas durante la existencia, la celebración de un fallecimiento debería prescindir del individuo concreto y celebrar la muerte en sí, el hecho propio, como si cada muerte particular careciera de transcendencia y no fuera más que una manifestación, puntual y fragmentaria, de una inalcanzable Gran Muerte.
"Recordamos muchas muertes, ninguna de la que fuéramos testigos en el trance: siempre llegamos tarde a la muerte de los otros, dijo alguien. Luego nos quedamos callados como si en nuestras bocas se hubiera extraviado la única palabra posible".
Aplazada la victoria total sobre la muerte —o trasladada a otro campo, como hace la religión—, la soberbia de la ciencia tira sus dados y consigue retrasar su llegada con plazos que, para generaciones anteriores, serían inconcebibles; o bien consigue pírricas victorias, parciales, retrocesos puntuales —aunque ambos contendientes conocen el desenlace, la ciencia juega a ignorarlo— que mantienen una ilusión de aliento sostenido de forma artificial —hasta que el peso de la inevitabilidad se impone—; o le arrancan solo porciones de un cuerpo que, de este modo, pierde su unidad y se ve obligado a compartir espacio con su enemiga, siempre ahí, recordándole que la batalla definitiva está aún por librarse, y que esa señal que arrastra, siempre presente, ineludible, y que deja solo la esperanza vana de desaparición en el improbable mundo de los sueños, es un adelanto del resultado.
"Álvaro tal vez lo escuchó, dijo alguien; pero a él ya le crecen selvas de recuerdos inventados, y nadie estaba seguro de su propia memoria, pero daba tristeza verlo: no tristeza nuestra, nosotros, igual que él, siempre hemos estado tristes, tristeza suya de verdad, tristeza de querer salir y no poder, de tener hambre y no poder salir, de tener calor y llagas en la espalda y no poder arrancarse de ese encerramiento de su cuerpo. Todos somos un cuerpo. ¿Y si nos traiciona?".
Aunque el horror de esas muertes parciales no se halla quizás en los órganos que nos abandonan, a pesar de su presencia inútil, sino en la pérdida de su funcionalidad: tener brazo y no poder agarrar, tener pierna y no poder andar, tener ojo y no ver.
"Es verdad que tal vez los sueños crean el pasado. Ni naufragio ni incendio ni derrumbe: muertes sencillas y reales, sin la parafernalia dramática de los escenarios, los gritos, los huracanes, una dureza palpable de almendras y de raíz, el camino de Caitime, un prado hacia el sur de la ciudad, una bala en el cuello, un arrastrarse de sapo por el rumbo de los destinos cerrados donde ya nada crecerá hasta convertirse en recuerdo, porque la muerte mitifica, la muerte nos convierte en palabra, la carne que se hace verbo [...]".
Y, entretanto, el hombre convenciéndose de que aquello que no ve, no existe.

Aparte de las razones fisiológicas —una fatiga de los materiales que puede manipularse, aunque solo hasta cierto punto—, tal vez la existencia de la muerte responda a una cuestión de orden, como la que obliga a cerrar y guardar aquellos objetos obsoletos para que los nuevos, relucientes y funcionales, tengan su sitio y puedan librarse del lastre de los desfasados. Si el fenómeno de la muerte es aceptado en el mundo vegetal —la imprescindible renovación— y entre los animales inferiores —la necesaria supervivencia—, se debería consentir con parecida indiferencia en el caso del ser humano: solo la muerte hace posible la renovación de las ideas y el progreso del conocimiento.

Después de la deslumbrante Anatomía de la memoria, Ruiz Sosa publica este volumen de relatos bajo la advocación de los mismos temas que aquella: la muerte y la memoria; y sigue con su prosa compleja y envolvente, sus alteraciones gramaticales y esos centros de fuerza que va sembrando a lo largo de sus relatos, que son los que articulan su discurso y que, no necesariamente ligados a la experimentación formal, constituyen los pilares que sostienen su artificio narrativo. He de confesar que comparto con el autor la obsesión por sus temas principales, pero, con independencia de esa casualidad, sigo pensando que Ruiz Sosa es un escritor singular que nos debe excelentes obras.

Nota: Ruiz Sosa incluye en su texto una propuesta formal de puntuación que aquí no se ha podido reproducir debido a las limitaciones de la tecnología de Blogger.

Calificación: ****/*****

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Notas de Lectura de Anatomía de la memoria

19 de agosto de 2019

La buhardilla

La buhardilla. Danilo Kis. Editorial Acantilado, 2019
Edición de Mirjana Miocinovic. Traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek
Editorial Acantilado prosigue su encomiable tarea de traducir al castellano la obra de Danilo Kis con la edición de La Buhardilla (Mansarda, 1962), la primera novela publicada del autor serbio.
"Los libros son una invención. Cuentos para niños. Y nosotros reuniremos a nuestro alrededor a todos los desperados (en aquella época esa palabra nos gustaba particularmente) y escucharemos historias auténticas, experiencias auténticas. Eso sí que será una verdadera escuela de la vida."
Un joven que se hace llamar Orfeo, con la presunción de buscar la verdad y convencido de que el conocimiento solo es accesible desde la reclusión, el recogimiento y la precariedad, vive encerrado en una ruinosa buhardilla —en cuyas paredes, emulando a Montaigne, figuran escritas las sentencias que han de regir su vida—, rodeado de aquellos libros que le llevarán a la sabiduría suprema, en compañía de otro individuo al que llama Macho Cabrío Sabio —Igor, un universitario "astrónomo, estudiante eterno, estudiante vagabundo, experto en estrellas, sonámbulo—, su némesis, cuyo cinismo le hace rechazar la utilidad de cualquier tipo de búsqueda.
"¿Te acuerdas, Macho Cabrío Sabio, de nuestros votos en la buhardilla? ¿De nuestras elucubraciones? Me da vergüenza haber sido tan blando como para hacerme la pregunta ¿por qué? ¿Acaso no dijimos cuando el vaso está a punto de rebosar, acuérdate del cristal y escapa? [...] ¿Te acuerdas, Macho Cabrío Sabio, de que queríamos ser asesinos solo para enriquecernos con esa experiencia? El problema surgió (¿te acuerdas?) cuando caímos en la cuenta —y tú ya habías preparado las pistolas— de que por mucho que alcanzáramos la experiencia del asesinato no alcanzaríamos la del asesinado. (Si entonces hubiéramos creído aunque fuera una pizquita en la vida de ultratumba, sé que nos habríamos matado en ese momento)."
El romanticismo, tan siniestro también en otros aspectos, legó a la posteridad la imagen del artista aislado del resto del mundo, introvertido, sumido en la oscuridad, sin fama y sin dinero, en su interminable y febril búsqueda del sentimiento. Este arquetipo se contraponía al sabio de la ilustración, jovial, lenguaraz, cínico, tan despreocupado como realista, amante de los espacios abiertos y de la buena vida, de las relaciones sociales, y para quien la búsqueda del conocimiento debía de hacerse a plena luz. Kis recoge el primer concepto, exagerando los trazos hasta la caricatura—si es que no es una caricatura ya en su origen—, y le señala un camino de redención, comenzando su apertura al mundo —teniendo en cuenta el apodo que se atribuye el protagonista, le ayuda a salir del infierno—, en una tergiversación del mito clásico, con la búsqueda de una Eurídice —aunque tal vez a quien necesitaría es a una Beatriz— que le acompañe en su camino de redención.

Sin embargo, a pesar de su predisposición, Orfeo es incapaz de llevar a cabo en persona sus altas aspiraciones; para ser un completo personaje romántico, carece de heroicidad —y tampoco se muestra muy dispuesto a morir— y de suficiente esprit, por lo que decide escribir una novela romántica para satisfacer ese anhelo que sabe imposible, inalcanzable, con la intención de que actúe como su alter ego , mejor, como su doppelgänger; todo ello, a la vez que registra, metafóricamente y no con menores dosis de sátira, el camino que debe llevarle de la oscuridad del inframundo de su mansarda hacia la luz del mundo de los vivos.
"Me dirás, Macho Cabrío Sabio (vete al diablo), que aquí hay muy poco de aquella de la que en realidad quiero hablar. ¡Eso te crees tú, Sabio! Ella está presente en todas partes, como la luz de la luna en el Bosquecillo de Magnolias, como mi escritura, mi respiración y su "oh" oscuro y sonoro que pronuncia de vez en cuando en las páginas de este libro, es la presencia de su sombra, es su suspiro el que me acompaña. ¿O acaso es mi propio suspiro, oh, Sabio?"
Esa educación intelectual, esa salida del infierno, no puede completarse de una sola vez; debe llevarse a cabo de forma escalonada, avanzando en espiral desde la periferia hasta el centro, con periódicos regresos a los más profundo del Hades con el fin de ganar en perspectiva y de tomar aliento para el próximo avance: para alcanzar cualquier objetivo es imprescindible ser consciente de cuál es el punto de partida.
"Al día siguiente arreglé un poco la buhardilla y volví a coger mi laúd. Pasé toda la mañana templando las cuerdas. En mi ausencia había enfermado, ensordecido. Debía de sentir mis dedos como caricias en su cuello esbelto. ¿Por qué, si no, iba a estar triste? Se necesitaron unas cuantas horas pacientes hasta que hallé su antigua resonancia y su viejo sonido. De repente, por sí mismo, recordó su voz; de sus entrañas oscuras, como si de una concha enorme se tratara, brotó una perla."
Mientras que el conocimiento se puede alcanzar mediante el estudio, que es una actividad completa, palpable, escalable, con un componente físico inseparable, la salvación solo podrá venir de la mano de la palabra. La buhardilla es la fortaleza en la que se recluye el primero; para la segunda, no existe otra opción que la escritura. Tal vez por esa razón es más grave la traición originada por la creación que la que viene urdida por actores desconocidos, no tanto por su imprevisibilidad —insoslayable en ambos casos—, sino por proceder de la propia mano. Es posible, como dice el lugar común enunciado con extraña insistencia por algunos escritores, que cuando se crea un personaje no se sepa cómo va a actuar en el futuro; pero lo que es seguro es que está en la mano de ese escritor contarlo o callarlo.
"Había pasado unos meses en la buhardilla sin recibir a nadie ni salir a ningún sitio. Tenía la barba crecida como la de un ermitaño, y las serpientes anidaban bajo mis uñas. Había arrancado el cabello al laúd para que no me irritara, le había tapado la boca con trapos sucios para que no respirara, para que no oyera. Pasaba día y noche sentado en la mecedora contemplando el techo y oyendo a la lluvia rumorear y a los vientos entristecerse. De vez en cuando, Igor me traía un té amargo con rebanadas de pan tostado y cigarrillos. Me ahogaba en mi propio hedor, en el humo. Olvidé mirar, hablar. Si entonces no me suicidé, es que era un cobarde o un sabio."
Orfeo se arrastra, en persona o como personaje —si es que existe alguna distinción: aquello que el Orfeo escritor le hace hacer a su personaje, ¿qué tipo de relación sostiene con la realidad del primero? Las experiencias del personaje, ¿sirven solo para su caracterización o se incorporan al conjunto de las del Orfeo escritor como si fueran propias?—, por todos los lugares comunes de la bohemia —la buhardilla, los bares de mala muerte, las prostitutas, el alcohol, el tabaco, las amistades dudosas, el exceso, el flirteo con el suicidio— como el preso que se resiste a abandonar la cárcel porque ha desarrollado tal grado de familiaridad y dependencia que no se ve capaz de desenvolverse fuera de ella; de ahí el constante ir y venir, real y metafóricamente, de Orfeo a su omphalos, a su buhardilla. En su caso, parece más despedida que nostalgia —o, tal vez, ambas cosas—, pero nada le asegura un destierro estable porque tampoco sabe si contará con la voluntad suficiente.
"La idea de la taberna fue realmente excelente. Como todo nos había desilusionado y éramos capaces de amar y de vivir tal como éramos, decidimos apartarnos del mundo. Pero, como no podíamos marcharnos a una isla desierta, que era lo que queríamos en un primer instante, resolvimos abrir una taberna en una pequeña localidad de la costa. Tanto a Igor como a mí nos gustaba el silencio otoñal de esas ciudades pequeñas y apartadas con sus calles estrechas. Por eso acordamos venderlo todo aquí y ahorrar dinero de las clases particulares que dábamos a las niñas y a las busconas de la ciudad, alquilar una tabernita y dedicarnos a los estudios."
Esa doble vida, en persona y de papel, no solo confunde al lector de la obra de Kis, sino que también desconcierta al Orfeo real, que va camino de no poder distinguir entre una y la otra sin darse cuenta de que, en realidad, su vida real se halla justo entre ambas, entre la que vive y la que hace vivir; si cuando llueve sobre la buhardilla de su novela, el Orfeo real, instalado en su habitáculo seco, se moja, eso significa que ambos escenarios y, por tanto, ambas vidas, son inseparables.

Leer a Kis siempre es un reto, pero siempre recompensa.

Calificación: ****/*****

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Notas de Lectura de Laúd y cicatrices
Notas de Lectura de Salmo 44

16 de agosto de 2019

Los Enciclopedistas

Los Enciclopedistas. Guión de José A. Pérez Ledo. Dibujos de Alex Orbe. Astiberri Ediciones, 2019 
Álbum ilustrado que recrea el ambiente parisino que dio origen al proyecto de La Enciclopedia, con la presencia de algunos de sus responsables, y al que se añade una trama que deberá dar con los asesinos de varios de los philosophes.

Mi acercamiento al libro fue provocado por el tema, pues mi conocimiento del mundo del cómic es completamente nulo; la trama es imaginativa, el tratamiento narrativo impecable, y el dibujo, clásico, cumple todas mis expectativas.

15 de agosto de 2019

Aniversario

El día 15 de agosto de 1969 dio comienzo, en una granja en BethelSullivan County, en el estado de Nueva York, el Woodstock Music & Art Fair, el festival musical más emblemático de la historia de la música contemporánea.

12 de agosto de 2019

Adulterio

Adulterio. Andre Dubus. Gallo Nero, 2019
Traducción de Ángela Pérez
"Hay que controlar el placer de causar dolor."
Aun reconociendo la variabilidad e infinitas posibilidades que pueden darse en el campo de las relaciones humanas, es difícil recuperarse del desconcierto que se sufre cuando alguien a quien creemos conocer responde de forma inesperada, o justo lo contrario de lo que esperábamos, en una situación determinada encuadrada en la más anodina habitualidad; esa circunstancia, aparte de la incomodidad que provoca, obliga, a menudo, a replantear la relación que se sostiene con el otro o, incluso, a descomponerla: el cambio de las coordenadas en las que se incribe deja fuera de lugar y sin referente cualquier especulación sobre conductas futuras, y ese desequilibrio puede llegar a ser insoportable.
"Él siguió con la mirada baja. Había ganado y perdido y su expresión desdichada se debatía por soportar ambas cosas. Se encogió de hombros, pero muy levemente, fue casi solo un crispamiento, como si a mitad del gesto hubiera comprendido la actitud cobarde a la que le había llevado la noche. Precisamente así lo recordaría ella casi siempre, incluso más tarde cuando lo viera, cuando hiciera el amor con él (aunque solo otra vez) no vería la expresión casi descompuesta de su rostro al mirarla, sino aquel rostro tal como lo estaba viendo en aquel momento, con la mirada baja y sus anchos hombros en su encogimiento interrumpido."
Tal vez exista una situación peor que la de estar solo: estar hueco, no sentir odio ni amor por nada, no desear ni rechazar, dejarse llevar por el viento de la existencia sin ofrecer oposición alguna, transitar entre el éxito y el fracaso como quien circula por una vía muerta, revolcarse en la ignorancia salvadora, dejarse abrazar por la indiferencia hasta que llegue un inesperado momento de lucidez que ponga de manifiesto, ante la insobornable conciencia, el balance de pérdidas ya irrecuperables; entre estas, todas aquellas personas que pudimos ser y no fuimos, todas aquellas vidas que se perdieron,  arrastradas en el sumidero de las oportunidades malgastadas cuando se dejó pasar la ocasión de tomar una decisión.
"Encendió un cigarrillo. Holly se acercó y cogió uno de la cajetilla. Miranda cerró los ojos sin mirarla, fumó y sintió el frío amargo del engaño. Holly volvió a la cama, hablando en la ignorancia de la mentira, y Miranda escuchaba y respondía, tensa por las muchas Mirandas distintas que era: la Miranda que estaba ahora con Holly y la que había hecho el amor con Brian (follado; follado; estaba disgustada) y la que no deseaba hacer el amor con Brian (f...); y por debajo y entre todas aquellas quizá hubiera otras dos Mirandas, y de pronto estuvo a punto de de echarse a llorar al recordar septiembre y octubre, cuando tenía miedo pero era solo una Miranda Jones."
No es cierto que se pueda pasar del amor al odio sin recorrer un camino intermedio —cuya longitud depende no tanto del amor que se va perdiendo como de la intensidad del odio que crece y de la capacidad o la intención de aflojar las riendas que lo contienen o dejarlo cabalgar sin cortapisas— en el que uno va sustituyendo al otro. Tampoco es cierto que uno sea función de su opuesto, que se igualen en razón de una fórmula de suma cero porque, a pesar de no poder controlar las magnitudes, el odio, que no siempre es reactivo, sí que puede mantenerse con la intensidad deseada.
"Como marido primero y después como marido adúltero había asumido que su necesidad de una mujer era tan carnal como espiritual. Pero el celibato era muy fácil. Cuando pensaba en una mujer, la imaginaba bebiendo con él, cenando. Así que cuando más necesitaba a una mujer, quizá el único momento en que la necesitaba, era aquel; y todos los motivos del final de su matrimonio resultaba remotos, borrosos, y se preguntaba si la única razón de que estuviera solo no sería una misoginia que nunca había reconocido: que ni siquiera deseaba a una mujer más que al terminar el día y que había soportado todas las demás horas de presencia femenina solo para tener su consuelo cuando las manecillas del reloj marcaban las horas finales del día."
La repetición de errores no previene contra nuevas caídas en ellos. La experiencia es una ficción a la que se carga la responsabilidad de un aprendizaje que solo existe en nuestra imaginación en su intento de identificar capacitación y progreso. Un dolor nuevo no tiene por qué ser más lacerante que un viejo y conocido dolor.

Es posible que la excepcionalidad prepare a los mecanismos de alerta para que cumplan con su misión defensiva, pero del mismo modo que los accidentes más graves suelen suceder en las situaciones en apariencia más controladas, los peores enfrentamientos, los más sangrientos, los más inevitables, se producen dentro del círculo de conocidos; la familia parece un terreno abonado para ello.

Algunos hechos tienen la particularidad de detener el tiempo, de congelar las vidas de los que participan en ellos como si su complejidad requiriera un replanteamiento a fondo de la de la situación desencadenada, un nuevo proyecto que solo pudiera formarse fuera de la corriente del tiempo para que nada modificara la situación desencadenante.
"Ella le estaba abrazando ahora, le deseaba y él deseó poder hacer el amor con ella, pero le era imposible. Vio a Frank y a Mary Ann haciendo el amor en la cama de ella, con los ojos cerrados, con sus cuerpos morenos y olor a mar; la otra chica no tenía rostro, ni cuerpo, pero la sentía dormida ahora; y era Frank y Strout, ambos con los rostros vivos; vio las hojas rojizas y amarillentas cayendo a tierra, luego la nieve: cayendo y congelándose y cayendo; y, abrazando a Ruth, con la mejilla sobre su pecho, se estremeció con un sollozo que ahogó en el corazón."
Algunas veces, un solo momento, un instante súbito, un suceso inesperado, es capaz de resumir, en su inaplazable inmediatez, toda una vida. No se trata tanto de esa percepción —se habla de película— que dicen que se experimenta en los instantes anteriores a la muerte, sino de un paquete de información simultánea que se manifiesta toda a la vez, y que no tiene por qué poseer un carácter contingente aunque sí relacional: no se puede especular que tenga efecto alguno sobre la conducta actual ni que esta se ejecute en función de esa percepción, pero es evidente que queda añadida al recuerdo del sujeto y asociada de forma indeleble a la realidad del momento de tal forma que esa ligazón puede convertir en asumibles ciertas consecuencias inaceptables en cualquier otra coyuntura.
"—Cretino— le dijo; y entonces él le dio un puñetazo, advirtiendo la expresión de sorpresa y dolor y que se disponía a decir algo; pero la golpeó sin darle tiempo a hablar; y luego, cuando ya solo gemía, volvió a golpearla una y otra vez, aguantándola con la mano izquierda por el anorak, apelotonado y retorcido; cuando la soltó, se cayó de bruces. Empezó entonces a darle patadas en el costado. Sabía que debía parar pero no podía. Mientras seguía golpeándola, la vio desnuda en la cama de su habitación. Era esbelta. Cuando hacían el amor gemía y jadeaba. A veces el orgasmo era tan intenso que gritaba. Dejó de darle patadas. Supo que había muerto mientras la golpeaba. Lo supo por algo que notó en el silencio de la noche y la forma en que su cuerpo recibía la bota al golpearla."
La distancia entre nuestros deseos y aquello que acabamos obteniendo es incalculable cuando el proceso de adquisición ha terminado. Los planes de futuro, con independencia de la convicción con que los formulemos, acaban no representando más que proposiciones azarosas con tan pocas posibilidades de cumplimiento como aquellas que no se han tomado en consideración, y el mecanismo mediante el cual se desgrana la serie de decisiones encadenadas destinadas a cumplir un objetivo tan imprevisible que, ni cuando se fija este ni cuando, una vez alcanzado, se analiza el proceso, se es capaz de rastrearlo.
"Porque aquella no era la verdadera razón de que él no quisiera tener otro hijo; tal vez él lo creyera, pero no lo era. Así que, aunque ella le explicara lo fácil que sería, seguiría negándose. Porque, lo supiera o no, se estaba reservando. Vivía como deseaba: el horario de clases le dejaba las mañanas libres; tenía que preparar las clases, pero enseñaba novelas que conocía bien y solo tenía que mirarlas por encima; tenía los veranos libres, tenía un amigo, Jack Linhart, con quien hablar, leer, correr; tenía una mujer y una hija a las que amaba, y ahora lo único que deseaba era escribir mejor que hasta entonces, y era para eso para lo que se reservaba. Nunca habían hablado de todo eso, aunque ella lo sabía; sentía casi lo mismo de su propia vida; pero deseaba un hijo. Así que había esperado que él vendiera su novela, sabiendo que sería un período de júbilo y vigor para él, sin la espantosa fatiga y el aislamiento de su trabajo, y que en aquel estado de ánimo le daría un hijo. Y entonces tuvo que volver a esperar."
Puede que la venganza sea un plato que deba servirse frío, y que sea de este modo cómo alcanza su efecto más duradero; sin embargo, puede darse el caso de que sea más indigesto para el cocinero que para el comensal. No se pueden resolver ecuaciones diferenciales mediante sumas y restas, no existen soluciones simples para problemas complejos, y devolver golpe por golpe no tiene por qué ser la opción más inteligente —no siquiera la más efectiva—, y menos todavía cuando ese movimiento, debido a la situación previa de las piezas en la partida, no provoca en el adversario el mismo daño que significó para el antagonista.

Algunos sentimientos se mueven entre el deseo de experimentarlos y una especie de inaccesibilidad relativa a su posesión. Son tan huidizos que solo son posibles cuando se persiguen, mientras que desaparecen justo cuando se está a punto de poseerlos. El amor es uno de los que muestra esta característica: no recompensa tanto el hecho de amar a alguien como la sensación que experimentamos cuando estamos enamorados, sensación que caduca cuando alcanzamos el objeto de nuestro deseo. Teniendo en cuenta este hecho, ¿cuál es el precio que estaríamos dispuestos a pagar por renovar esa sensación? ¿Seríamos capaces de echar por la borda todos los elementos que nos ofrecen estabilidad para volver a sentirla? ¿Y aun sabiendo cuál será el final?
"Desde aquel verano de hace tres años siente con él, al volver de estar como una amante, diversas emociones que parecen independientes: venganza, cariño, fatiga y a veces la extraña y pavorosa lascivia del pecado colusorio. A veces ha sentido también vergüenza."
Adulterio es una antología de relatos del escritor de narrativa corta y ensayista Andre Jules Dubus II,  que fueron publicados originariamente entre 1975 y 1980 en varias recopilaciones; todos ellos tienen que ver, en principio, con las dificultades en las relaciones humanas, en especial en los vínculos de pareja, provocadas por la fragilidad progresiva de unas uniones que, a medida que han ido perdiendo su carácter utilitario, desaparecen al primer contratiempo, a menudo de forma violenta. Protagonista de una vida sentimental accidentada, es posible que Dubus reflejara en sus relatos parte de sus experiencias personales en las dificultosas relaciones con sus tres esposas.

Aparados de televisión permanentemente abiertos, sofás ahormados por las interminables horas de uso, desayunos grasientos y botellas de cerveza, vasos en los que se ha fundido el hielo que debía enfriar un whisky desaparecido hace tiempo; ropa sucia tirada por el suelo y colillas a medio fumar depositadas en ceniceros rebosantes. Una de las infinitas caras B del American Way of Life. Un sorprendente y maravilloso conjunto de relatos oportunamente rescatados de esa mina inagotable que es la narrativa corta norteamericana.

Calificación: ****/*****

9 de agosto de 2019

Alba. Saga Xenogènesi I

Alba. Saga Xenogènesi I. Octavia E. Butler. Mai Més Editorial, 2019
Traducció d'Ernest Riera
Lilith Iyapo, supervivent d'una guerra total que sembla haver aniquilat el planeta, és empresonada sense saber-ne el motiu, i anestessiada i desvetllada periòdicament. Una gran nau alienígena, una espècie de viver on es manté viva a l'espècie humana, ha rescatat els supervivents de la confrontació mentre regeneren la Terra, a l'espera de tornar-la habitable i traslladar-hi definitivament els presos per repoblar-la.

La primera feina per a Lilith és la integració en la societat oankali; un cop assolits els primers resultats, li està reservada la funció d'interlocutora entre els alienígenes i els terrícoles mentre aquest són preparats per colonitzar de nou el planeta; un planeta que, de fet, serà sensiblement diferent de l'antic: sense radiactivita però també sense història —els oankali han destruït les ruïnes i tots els vestigis de l'antiga civilització—, per començar de zero, per aconseguir que la nova humanitat sigui també diferent de l'antiga sota el supòsit que evitarà els mateixos errors comesos antigament. El que busquen els oankali, nòmades permanents per l'espai, és una sèrie d'intercanvis a nivell genètic que millorin, amb la combinació, ambdues races.

Integrada en el si d'una família, Lilith experimenta com la sensació de desemparament es transforma en desconfiança quan se n'adona del seu papel subaltern i quan se li prohibeixen coses tan neutres com parlar amb un altre humà o aconseguir material per escriure. L'excepció és en Nikanj, el fill de la família, amb qui estableix una estranya complicitat; aquest la posa en contacte amb un altre humà, mascle, en la relació amb el qual recupera alguns trets i pensaments de l'espècie —i alguna de les seves inadaptatives conductes—, una situació que se solapa amb l'assimilació progressiva però imparable per part dels alienígenes.

Posteriorment, després d'una preparació específica, Lilith és encarregada d'anar despertant la resta d'humans en animació suspesa per preparar-los per la tornada a la Terra. 

Però a mesura que el grup va creixent, es produeixen enfrontaments entre els membres, arribant a un conflicte general que necessita la participació dels oankali. Una vegada pacificada la disputa, el grup és traslladat a una zona d'entrenament on es reprodueixen les condicions del que serà el seu lloc a la Terra.

Sensacional primer lliurament de la Saga Xenogènesi (Dawn, 1987), una trilogia que segueix amb  Adulthood Rites (1988), i que conclou Imago (1989). La ciència-ficció de Butler, particularment en aquesta trilogia, explora els efectes de les interaccions biològiques entre diferents espècies amb vista a la millora mútua, un enfocament poc explorat pel gènere, amb constants acostaments a la mitologia universal —el propi nom de la protagonista, la primera esposa d'Adam segons la tradició jueva i, per tant, verdadera primera mare de la humanitat— i a la resolució, mitjançant perspectives inèdites, d'alguns dels temes principals de la civilització humana.

Calificació: ****/*****

5 de agosto de 2019

Qui tem la mort

Qui tem la mort. Nnedi Okorafor. Raig Verd Editorial, 2019
Traducció de Blanca Busquets
Onyesonwu, una noia africana amb la particularitat de tenir els cabells i la pell del color de la sorra, característica que la fa diferent de la resta de la població —ella és una ewu, filla de l'encreuament de dues races antagòniques, els okeke, una societat pacífica, i el nuru, guerrers sanguinaris que els tenen sota dominació, i fruit de la violació de la seva mare per part d'un bruixot d'aquesta darrera ètnia—, explica la seva història i els fets que van succeïr en l'intent d'alliberament del seu poble i d'una venjança personal contra el violador de la seva mare.

Als onze anys, en la cerimònia d'ablació, Onyesunwu pateix una mena de transformació, que es veurà materialitzada anys després a la mort del seu pare adoptiu: la capacitat de transformarse en un altre ésser a partir del contacte amb algun element del seu cos; però també estableix un fort vilcle d'amistat amb unes companyes d'intervenció y coneix un noi, ewu com ella, que sembla saber més coses de les que li pertocaria i que comença a instruïr-la respecto del seu do.

Però la societat okeke és profundament masclista, i Onyesonyu —el nom de la qual significa Qui tem la mort, expressió que dona títol al llibre, Who Fears Death (2010) en la seva versió original— pateix aquesta discriminació en tot allò que té a veure amb la seva vida; degut a un encanteri, no pot mantenir relacions sexuals abans de casar-se, se l'impedeix l'accés a la màgia y, en general, és menystinguda en qualsevol acte social degut a la seva triple condició de dona, pertanyent a una ètnia esclavitzada —conseqüència de les profecies del Gran Llibre— y ewu; per posar-hi remei, només té accés a dues escapatòries: la relació amb Mwita, el company ewu, i la seva capacitat de transformació.

Aquesta triple submissió, fundada en la tradició, només pot ser subvertida a través de la màgia i d'una ferma predisposició; Onyesonwu no dubtarà en la seva determinació i s'aliarà amb qui faci falta per aconseguir reeixir de la seva subordinació i, alhora, evitar l'acompliment de les profecies que anuncien la desaparició del seu poble.

El pas necessari, l'accés a la màgia —el juju—, l'aconsegueix quan, gràcies a la seva insistència i a les mostres de bona predisposició, és acceptada per Aro, el bruixot del poble, per ser la seva aprenent. En la iniciació, però, succeeixen més fets dels que s'esperava, inclosa la pèrdua de la innocència, alguns dels quals confirmen que ella és una persona molt especial. L'entrenament i l'adquisició d'habilitats màgiques té un sol objectiu: anar a la recerca del seu pare biològic per matar-lo —tot i haver vist, en un moment d'inspiració, la seva pròpia mort—, corregir el que està escrit en el Gran Llibre i desmentir les profecies. En un grup que inclou les seves amigues, el nòviu d'una d'elles i l'Mwita, emprenen el camí a través del desert, en el que haurà de superar nombroses proves que posaran en evidència la seva resistència física i, sobretot, mental, i en la que l'autora dona els punts de referència relatius a l'època —un futur incert després d'una conflagració global— i el marc geogràfic —una zona desèrtica pertanyent a l'actual Sudan— en que transcorren els fets, a la recerca del seu destí.

Però l'objectiu de la recerca que inicia Onyesonwu va més enllà de satisfer una venjança personal: és una lluita contra el racisme, els prejudicis, la discriminació, el sometiment i les desigualtats, perquè el pare biològic no és només el violador de la seva mare sino també la representació d'un sistema social repressiu i coercitiu; un combat en nom de la llibertat personal, però també col·lectiva.

Una novel·la situada en la frontera entre la literatura fantàstica i la reivindicativa, plena d'imaginació i que, com tota bona novel·la, mou a una profunda reflexió.

Calificació: ****/*****

31 de julio de 2019

B-17G

B-17G. Pierre Bergounioux. Ediciones Alfabia, 2011
Postfacio de Pierre Michon. Traducción de Paula Cifuentes
Los tres segundos que transcurren entre que un caza alemán encuadra en su punto de mira a la Fortaleza Volante perteneciente al ejército del aire norteamericano y cuando este, alcanzado por las balas del atacante, empieza a desplomarse envuelto en una nuble de humo y llamas: la perfección de la técnica, la máquina imbatible cuyas líneas, puras y definidas, habían de convertirlo en el indiscutible amo de los cielos, es sojuzgada por un ingenio más pequeño y menos potente pero con más capacidad de maniobra; la definición de su contorno pierde el foco con el ataque del caza, su silueta se desdibuja y su vuelo arrogante finaliza con un aterrador fundido a blanco; el cachalote sucumbiendo a las dentelladas del tiburón o, como apunta Pierre Michon en el postfacio de la edición, Ahab dando improbable caza, por fin, a Moby Dick. Esa ínfima grabación en primera persona con la cámara que filma desde la ametralladora alemana es el desencadenante a partir del cual Pierre Bergounioux escribe B-17G (B-17G, 2001).

Fuente: http://afhra.maxwell.af.mil/photo_galleries/aaf_wwii_vol_vi/Captions/012_B-17.htm
En todo caso, y a pesar de la aparente superioridad en la lucha cuerpo a cuerpo del caza alemán —seguramente un Focke-Wulf—, intriga la falta de respuesta, por más desesperada que fuera, del B-17. Se les supone en medio del campo de batalla e inmersos en un conflicto cruel y duradero; se espera que la tripulación permaneciera alerta —existían ya mecanismos que advertían de la proximidad del enemigo antes del contacto visual—, y a los ocupantes de las torretas con ametralladoras preparados para repeler el ataque. Sin embargo, del B-17 no sale ni una sola bala, ningún proyectil disparado a la desesperada, ningún amago de evasión, nada; con la pasividad de un blanco móvil paralizado, la aeronave parece despertada de su letargo a traición y, sin oportunidad de réplica —la escapatoria es, técnicamente, inviable—, se precipita, vencida, envuelta en llamas.
"El piloto del caza ha de ser seguramente un virtuoso con multitud de víctimas a sus espaldas; todas aquellas que hizo entre las filas inglesas, francesas, polacas y, antes, puede que incluso entre los Polikarpov soviéticos de la aviación republicana, cuando servía a Franco en la Legión Cóndor. Comenzó por destrizar la carlinga, masacró a sus ocupantes y después —como se puede comprobar en los cambios aparentes de inclinación del bombardeo— giró ligeramente hacia la izquierda para incendiar los motores."
Bergounioux especula acerca de ese incidente acerca de la tripulación de la aeronave, rebuscando en sus probables orígenes y sus aspiraciones, y en la cadena de errores que llevaron a esos pobres desgraciados a surcar los cielos en busca de una muerte segura.
"La tripulación del 8º regimiento del Air Force tendría que haber sido reclutada en las costas del este o en las grandes ciudades y no en el sur rural, lleno de iletrados ignorantes y borrachos y de negros aterrorizados."
Un conjunto de desconocidos, unidos por el azar, obligados a establecer una relación parecida a la familiar, en la que todos dependen de cada uno, y a mostrar una confianza y una responsabilidad que, recién alcanzada la veintena, nunca han tenido que experimentar, carne de cañón poco acostumbrada al peligro y, mucho menos aún, a la vecindad de la propia muerte.
"Se conocen desde hace semanas. No hacía falta tanto para que las afinidades surgieran, como sucede cuando se reúne a jóvenes que provienen de las mismas tribus urbanas, relativamente cultos. Las enemistades espontáneas no obstante se atenúan, se neutralizan por el exilio, por la solidaridad vital que les produce el que tengan que enfrentarse conjuntamente a la muerte; una unión mucho mayor que la que pueden suscitar un mismo origen o el trabajo en equipo."
A medida que los instrumentos de destrucción se han hecho más potentes y eficientes, los conflictos bélicos han reducido su duración —la Guerra de los Cien Años se ha convertido en la Guerra de Los Seis Días—, pero el número de víctimas ha crecido de forma exponencial. La guerra se ha profesionalizado —todo el mundo es capaz de lanzar una piedra con más o menos acierto, muy pocos pueden pilotar un F-117 Nighthawk—, pero en ningún conflicto antiguo hubo tantas víctimas como en las guerras del siglo pasado, que, en su mayor parte, no fueron agentes bélicos profesionales. Entre ellos, esos jóvenes que cambiaron su destino y, desligándose de la tierra a la que estuvieron atados durante generaciones, trucaron su mono de trabajo por la vestimenta de piloto y el volante de su cosechadora por los cuernos de un bombardero.
"Son diez los miembros de la tripulación que llevan el miedo agarrado en la tripa y el temor a no saber cómo controlarlo. Temen tener que negarle la menor libertad a ese chico que eran tan solo unas horas antes. Son también los chicos que si conocieran el capítulo que sigue, dirían que no, rodarían por la hierba mientras lloran, se escaparían pesadamente, sin esperanza, con las grandes botas que hunden sus pies en la hierba. Respiran de nuevo el olor a verde, se les sube a la cabeza y asciende también por el prado como el año precedente en un valle de Wyoming o a lo largo de las verjas de Central Park, cuando iban al trabajo, hacia la sucursal del banco, a la pequeña fábrica de electrodomésticos y al instituto."
La realidad existe, con independencia de las palabras que usamos para revelarla. La existencia del pasado, de forma parecida, es independiente de la oportunidad o el acierto de nuestra evocación. A los tres segundos del ataque del caza alemán al B-17G les otorgamos estatuto de realidad porque quedaron registrados por una cámara y podemos reproducirlos a voluntad; pero no son menos reales las recreaciones literarias de Bergounioux referentes a las vidas particulares de la tripulación, a la puesta en marcha del escuadrón y a su periplo desde las llanuras inglesas hasta los cielos franceses y más allá, sobrevolando el nido de la serpiente; también el registro por escrito de esas especulaciones convierte una conjetura en realidad. Acaso sea este uno de los efectos colaterales de la escritura, la creación de realidades simultáneas a las realidades existentes; la mayor parte de la obra de Bergounioux está centrada en la creación de una Corrèze alternativa a la que figura en los mapas y en las descripciones físicas de esa región; en B-17G, en cambio, la invención no se dirige a objetos sino a hechos.
"La realidad, mientras pulveriza la imagen que nos hemos hecho de ella, nos recuerda su existencia, su realeza y su poder a través de la pérdida y del fracaso. Para poder comprenderla, y si se desea proyectarla a través del lenguaje articulado sobre el papel, hacen falta dos premisas: el vivirlo en carne propia y el que no se tenga ninguna prevención ni fin preciso, ni un pasado ni proyectos para el futuro, tener entonces menos de veinte años. De esas primeras experiencias es de donde las historias obtienen sus núcleos. Después uno se sosiega. La vista baja. Las arterias se coagulan. Gana el anquilosamiento. Y se abandonan los lugares extraños y peligrosos en los que la vida se inventa, donde el presente enseña una sola cara, como son las orillas de Troya, el aire caliente y lleno de espejismos de la Mancha y de Castilla que se reflejan en las aspas capciosas de los molinos. Uno busca refugio, la sombra de un terebinto, una habitación de corcho en el bulevar Haussman en París en donde poder estar hasta el fin de los días, o de las noches, mientras se intenta ver algo en claro. Es allí donde el hombre disminuido y envejecido, asmático, manco, ciego, habrá de preguntar que sucedió a esta versión matinal, mal esbozada de sí mismo que se vio mezclada en sucesos que no supo en su momento ni comprender ni pensar."
El procedimiento, pues, está fijado: primero experimentar, después escribir. Lo primero, únicamente en la juventud; lo segundo, solo en la vejez. Y no puede haber intercambio, el curso del proceso es innegociable. Como dice Pierre Michon en el postfacio, "Pierre B. escribe lo que otros escritores escribieron antes que él con las palabras justas, de un modo diferente, una actividad que se practica desde hace tres o cuatro mil años con el nombre de literatura. Encuentra unas nuevas palabras justas, tritura la cuchilla segadora. Cambia el ángulo de corte."

Pero Bergounioux se busca también sus cómplices, en el terreno literario, a los que reconoce su protagonismo: Saint-Exupéry, el piloto de guerra que comprendió su tarea como escritor; Hemingway, el escritor que escribió como si la escritura fuera una guerra; Faulkner, el escritor que no pudo ser soldado y convirtió sus novelas en un campo de batalla; y, finalmente, Shakespeare, el autor que, a tres siglos de distancia, lo comprendió todo porque no se centró en los hechos sino que analizó la naturaleza humana; y esta, a diferencia de la tecnología, no ha experimentado ningún cambio desde el garrote hasta la bomba atómica.


Calificación: *****/*****

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de Le grand sylvain
Notas de Lectura de El río de las edades
Notas de Lectura de La huella
Notas de Lectura de Un poco de azul en el paisaje
Notas de Lectura de Una habitación en Holanda
Notas de Lectura de Carnet de notes 1980-1990
Notas de Lectura de Carnet de notes 1991-2000
Notas de Lectura de Carnet de Notes 2001-2010

29 de julio de 2019

Ojos negros

Ojos negros. Frédéric Boyer. Sexto Piso, 2019
Traducción de 
"Fuera lo que fuera lo que creíamos haber perdido o dejado escapar, somos siempre principiantes."
La memoria es una facultad tan adaptativa que cuando no puede traer un recuerdo de vuelta, lo inventa. Sin embargo, esa creación debe mantener algún tipo de relación con la realidad para que, cuando se repitan las condiciones iniciales, el recuerdo, o la versión más fiel del mismo, pueda ser convocado. Frédéric Boyer especula, maravillosamente, con la memoria de la infancia en Ojos negros (Yeux Noirs, 2016).
"En el momento de poner por escrito estos recuerdos, es preciso haber saldado todas las deudas, o casi. Aceptar lo que en el momento viví como ofensas. Y abandonar todo cuanto ingenuamente creí que se me debía. Y reconocer lo que le debo a Lago, mi doble, el que me hizo ver la existencia y los seres proyectándose en mi alma extendida y plana como una pantalla de cine fantasiosa y, en ocasiones, inquietante. Ese que me vino a la mente con el duelo de la presencia secreta de Ojos Negros. Y recordar esos encuentros inútiles y convertidos en misterios que pude tener siguiendo, sin saberlo, su estela. Incluso tardíamente en mi existencia. Todos los encuentros que tendría, como si una fuerza en mí se activara para reconstruir el recuerdo de Ojos Negros, para reactivar el fuego." 
Los ojos negros de una cuidadora del jardín de infancia son el único vestigio de esa chica que permanece en la memoria del narrador. No están asociados a ningún recuerdo en concreto sino a un conjunto de vivencias, a un estado emocional, concreto pero indefinible, compuesto por unas experiencias, quién sabe si inventadas, que remiten, más que a hechos verificables, a una determinada disposición de ánimo que el narrador, desde la perspectiva de su edad adulta, intenta rastrear en el niño que fue. Esa dificultad es tanto más decepcionante cuanto que no consigue recordar —o tal vez en aquel entonces no supo identificarlo; esta es una distinción fundamental: no recordar lo que sucedió o no recordar que sucediera nada— el motivo que condujo a la rotura de la relación.
"¿Es la memoria o la verdad misma la que hoy me impide alcanzar lo que sucedió entre Ojos Negros y yo? Años guardando silencio. Vértigo ante un presentimiento. Una sospecha. Su pecho menudo exhalaba una breve respiración cuando me murmuraba que estábamos locos y me llevaba aparte. Y aquel día, en el silencio amortiguado de la nieve en el exterior, Ojos Negros me hizo jurar esto: no se LO dirás a nadie. SE ACABÓ, PUNTO REDONDO. No se repetirá. Y recuerdo haberme deslenguado, con lágrimas en los ojos, temblando de frío o de miedo, sin saber a qué estaba asistiendo ni el nombre de semejante secreto, el nombre de aquello que acababa de terminar entre nosotros, pero cuyo recuerdo estallaría en largas deflagraciones."
Tantos interrogantes en cuanto al incidente, unido al hecho de que jamás, desde entonces, ha vuelto a ver a Ojos Negros, son razones suficientes para guardar su recuerdo en el apartado de asunto irresueltos —¿irresolubles?—. ¿Dónde queda vencido el recuerdo? ¿En sí mismo, fruto del mecanismo traidor del olvido? No recordar lo que debemos recordar sería algo parecido a olvidar lo que hemos olvidado. ¿O se trata de una infructuosa redundancia sin otro cometido que inquietarnos? ¿Qué es peor, olvidar algo que queremos recordar o recordar algo que queremos olvidar?
"Poco importa en el presente, pero durante años no quise comprenderlo. Y terminé admitiendo que, si uno podía habituarse a ser un extraño para sí mismo, tras un suceso tan impactante como para no tener que identificar a ese o a esa a quien querríamos no tener que reconocer como uno mismo, dentro de nosotros alguien desconocido y familiar tomaba el relevo y velaba por nuestro propio yo con tanta crueldad como amor."
La infancia se mueve, a menudo, entre la sensación de carencia de individualidad —de formar parte indistinguible de un sujeto múltiple, con respecto a cuyas decisiones tenemos muy poco que decir— en aquellas ocasiones en que queremos que se nos distinga de la masa informe —con la que, naturalmente, no tenemos nada que ver—, y la idea de ser un individuo irrepetible, incomparable, destinado a alcanzar metas imposibles para el común de los mortales. Del equilibrio entre ambos extremos, entre otras cosas, dependerá el cariz que tome nuestra desarrollo después de la época de formación. Siendo cierto que nuestras experiencias de la niñez marcarán nuestra vida adulta, no lo es menos el papel definitorio con respecto al futuro de nuestra disposición.
"La infancia es un reino, dicen. ¿Qué sucede allí? Una tierra perdida. Tantos nos esforzamos, con una aplicación estudiada y cruel, en hacer las maletas en cuanto llegamos a cualquier parte que ya nadie sabe qué sucesos han ocurrido. Y esto es, creo, lo propio de la infancia. Haced el experimento, buscad con verdadera atención vuestros recuerdos de infancia: al cabo de unos minutos tendréis la impresión de extraviaros, de repetir los mismos nimios recuerdos ya conocidos, o así supuestos por vosotros, pero habréis avanzado, sin embargo, durante cada fracción de segundo de ese tiempo consagrado a ensoñar vuestros años de juventud, habréis avanzado hacia otra dimensión más misteriosa: la de un tiempo que no ha sido vivido, sino atravesado de lejos, como a bordo de un vehículo rápido y con la nariz pegada a la ventanilla para ver desfilar unos paisajes que nunca tendríamos tiempo de describir, y menos aún de adentrarnos en ellos."
Algunas pistas recogidas en su vida adulta, ciertas experiencias cuya relación con el asunto de Ojos Negros es en extremo tangencial, hacen dudar al narrador no solo de la veracidad de sus recuerdos sino también de la fidelidad de su olvido, de si lo que parece recordar lo recuerda de veras —o es únicamente fruto de su inventiva intencionada—, y de si lo que afirma haber olvidado es en realidad un recuerdo perdido o algo que él mismo ha hecho desaparecer por incomodidad, inconsistencia o simple vergüenza.
"No sabemos si algo real se ha producido, no se trata de creer en una realidad vivida, sino de albergar la esperanza de que algo haya sucedido. Ojos Negros, cuando estábamos a solas, sin cambiar nada en su actitud perfectamente prudente y distante, entreabría su falda delante de mí. Aun sin pretender hoy haberla visto literalmente, tengo la clarísima sensación, como si aquello ciertamente hubiera sucedido ante mis ojos, de la desnudez de aquella mujer joven, de su inexplicable sonrisa y de sus caricias: sensación construida, por decirlo de este modo, por los recuerdos sucesivos de otros acontecimientos que yo relacionaba con ella y que aumentaban así la fe en ese acontecimiento invisible."
La niñez, ese molesto estado del que todos intentamos huir —solo vemos sus inconvenientes; es después, en la edad adulta, cuando echamos en falta su provecho—, desaparece sin avisar; y es después de haber disfrutado del nuevo estado cuando empezamos a percibir que todo aquello que hemos dejado inconcluso va a quedar pendiente para siempre. El pasado es, a menudo, un lugar de difícil acceso, pero el camino de regreso a la infancia es imposible; podemos pasarnos el resto de nuestra vida en busca de esos Ojos Negros, pero esa indagación nunca dará fruto: los Ojos Negros de nuestra infancia ya no existen; el chaval que éramos en aquel momento, tampoco.
"[...] de pronto el pasado deja de dar sus frutos. Vivíamos con la creencia mágica, infantil, de la continuación de nuestra personalidad. Y, un buen día, nos vemos obligados a reconocer que somos seres inacabados, mutantes, pasajeros. Humanos, es decir, "seres efímeros", algo que ya se lee en la Odisea. Eso que sentíamos ayer, y por lo que habríamos sacrificado nuestra existencia misma, se ha evaporado como el vaho de un espejo."
El narrador, por supuesto, no vuelve a encontrar jamás a Ojos Negros, y solo después de multitud de parodias, la mayoría bastante decepcionantes, se convence de que esa extraña conjunción de tiempo y espacio que se dio cuando se conocieron y el extraño incidente que ocurrió entre ambos, la razón por la que ella fue expulsada del jardín de infancia, son tan irrecuperables como irreproductibles. Y si alguna relación mantiene con el presente es la desatada cuando la memoria recupera el sentimiento, desencadenado por una situación aleatoria sin ligazón alguna con el pasado, al tiempo que el hecho original se hunde, definitivamente, en el pozo del pasado, y surge la reconciliación.
"Me convertía en el actor presente y adulto de mi memoria. No es que esta joven ocupara el lugar de aquella otra que atormentaba mi espíritu ni que fuera una mera presencia de sustitución, sino que su aparición me extraía de la insuficiencia del sentimiento que me unía a aquel recuerdo perdido, alejándome suavemente del apego. De mi neurosis. Es decir, de esa posesión imaginaria del recuerdo por la que creemos que, si cesamos de poseerlo como un recuerdo, este dejará de existir. Negándonos a comprender que no hay recuerdo viviente sino en el exterior, por fin liberado de esa pasión del apego y de su repetición, con la que lo único que construimos es una memoria defensiva: un castllo vacío habitado por soldados muertos convencidos de continuar su asedio a la espera de la caballería."
Calificación: ****/*****

26 de julio de 2019

Carnet de Notes 2011-2015

Carnet de Notes 2011-2015. Pierre Bergounioux. Éditions Verdier, 2016
Extracto:

"Comment imaginer, en ouvrant ce carnet, voilà trente-cinq ans, qu’un jour viendrait où l’extrême droite serait une menace effective en France, Paris ensanglanté par des attentats, le socialisme réel, l’avenir, l’espoir, de lointains souvenirs ? C’est pourtant le paysage qui a émergé du temps irréparable, la désolante réalité, le présent."


Presentación de Carnet de Notes 2011-2015 por el autor en el marco del festival L'Escale du Livre 2016 en Burdeos:


https://youtu.be/Q4ns-xRt6e4