| Terraza en Roma. Pascal Quignard. Espasa Calpe, 2002. Descatalogado. Traducción de Encarna Castejón Terrasse à Rome. Gallimard, 2000 |
Pascal Quignard nos tiene acostumbrados a revivir, siempre con la contención y el rigor estilísticos que son característicos de sus obras más novelescas, el trayecto de personajes, reales, ficticios o recreados, relacionados con el arte —particularmente, con la música— y, más en general, con la cultura; también a ubicar sus obras en el período barroco. Ambas circunstancias deben tener relación con el propio autor y su vínculo con ambas, así como no pueden comprenderse las unas sin las otras.
En Terraza en Roma, el papel protagonista no es la música, sino el grabado. Contemporáneo de Rembrandt, Rubens y van Dick, Geoffroy Meaume es un reconocido grabador, a diferencia de los citados, francés y ficticio, cuya vida transcurrió a lo largo del siglo XVII, relacionado con otros artistas de la época, reales y ficticios —un recurso frecuentemente utilizado por el autor—; otro personaje cuyo trabajo se desarrolla en el silencio, como los escritores que han protagonizado otras obras de Quignard, aunque también, en consonancia con el tratamiento con que los trata, podrían incluirse los músicos —el Monsieur de Sainte-Colombe, que hemos conocido gracias a Todas las mañanas del mundo (1991), aparece fugazmente en Terraza en Roma—, cuya demanda de silencio, aunque su producción sea sonora, es imprescindible.
La obra toma forma, pues, de biografía artística: la fracción de vida que le interesa al biógrafo es, aparte del incidente que condicionará la vida del protagonista y que es relatado en las primeras páginas, la relacionada con su arte, el grabado, una ocupación, por cierto, bastante más próxima a la del escritor —claroscuro, negro sobre blanco, oscuro sobre claro, luz y sombra, ¿vida y muerte?— que la del pintor Claude Gellée, contemporáneo y personaje real, o que la del ya citado Monsieur de Sainte-Colombe, músico e intérprete. Esta proximidad, quizás, podría revelar que, finalmente, el autor tiene la intención de hacer evidentes dos temas que ha tratado, tanto novelística como ensayísticamente, a lo largo de su obra: la imposibilidad de la biografía como género —La vida no es una biografía (2019)— y la relación entre el creador y su obra —la citada Todas las mañanas del mundo (1991) y la relativamente reciente El amor el mar (2022) en la que, por cierto, se vuelve a la historia de Meaume y Marie Aidelle—. Vida y obra, pues, tratadas y relatadas por medio de subtextos reduplicados en el mismo texto —lo que, curiosamente, entroncaría con la moderna deconstrucción— y a través de las écfrasis, mediante las cuales el autor, meticulosamente, sumerge al lector en los grabados. Para esta travesía, Quignard pone en escena también un tratamiento formal del relato consistente en la participación de varias voces narrativas, cada una de ellas entregada a los distintos subtemas: un narrador convencional, la voz más cercana a la del biógrafo; algunos personajes de la trama, que suelen encargarse de los aspectos artísticos y técnicos; y, finalmente, el propio Meaume, autobiografiándose —de hecho, el primer capítulo consiste en una introducción del protagonista en la que desvela el contenido del libro, y en una sola página, por cierto— y aportando los elementos que dotan de verosimilitud a toda (auto)biografía.
Geoffroy Meaume, nacido en París en 1617, emprende su época de formación en la propia capital, para trasladarse después a Toulouse y a Brujas. Allí, a los veintiún años, conoce a Nanni, hija del orfebre Jacob Veet Jakobsz, que cuenta diecinueve, y ambos caen perdidamente enamorados.
«Los hombres desesperados viven en ángulos. Todos los hombres enamorados viven en ángulos. Todos los lectores de libros viven en ángulos. Los hombres desesperados suspendidos en el espacio como figuras pintadas sobre las paredes, sin respirar, sin hablar, sin escuchar a nadie».
Este episodio, alargado por la narración y contado, en parte, por el propio Meaume, da lugar al incidente que marcará todo el relato. Cuando Geoffroy y Nanni son presentados, no se hablan, solo intercambian sus nombres; parece una muestra de desconsideración pero, en realidad, es la más alta señal de respeto y compromiso: quien posee el nombre del otro es su dueño, quien puede apelar al otro por su nombre apela a lo más íntimo, a lo único que, al final, designa su individualidad.
Solo después se tocan y se miran, pero siguen sin hablarse: poner palabras a su sentimiento, esas palabras que nunca consiguen expresar todo lo que uno desearía decir, sería rebajarlo, hacerlo descender a un nivel al que no le corresponde por su naturaleza.
Los encuentros se hacen cada vez más frecuentes y más arriesgados; descubren sus cuerpos y los placeres que se hallan ocultos en ellos, y se convierten en inseparables, si bien siempre ocultos. Pero Nanni está comprometida por orden de su padre, y esos encuentros llegan a oídos de su prometido que, sorprendiéndolos, lanza sobre ellos una botella de ácido —el mismo ácido que es la herramienta principal del trabajo del grabador—: a ella le quema la mano, a él, el rostro. Una vez repuestos del incidente, ella le despide brusca e irremediablemente.
«[...] me reprocho haberme ofrecido a vos con impudor. He pensado en ello y me arrepiento de verdad. Así que, hace una hora, fui a buscar a mi padre para pedirle que adelantase mi boda con el que me quemó la mano al lanzar la botella, y él considera que tras el desagradable escándalo que esta querella ha causado en nuestra ciudad, y puesto que los esponsales ya se han celebrado, la noticia será bienvenida. Para vos, mi puerta estará siempre cerrada. No volveremos a vernos».
«Y por fin, en 1643, llegó a Roma, al Aventino, a la terraza con su sobradillo, a las estampas nocturnas, a los naipes eróticos en los que soñaba amar».
«Hacía buen tiempo. El verano estaba terminando. Los zarzales estaban llenos de moras. Los cardos erguían sus cabezas azules cubiertas de pelusa. El arroyo, medio seco, apenas podía correr hacia el mar. Se estancaba en las curvas del minúsculo cauce. Las mariposas, posadas por todas partes, ya casi no volaban; envejecían».
Alrededor de Meaume, llamados por la extraordinaria calidad de su trabajo, se dan cita, en distintos momentos de su vida, personajes notables de los círculos artísticos europeos —algunos de ellos repetirán reparto en El amor el mar—: el ya citado Sainte Colombe, Abraham van Berchem (Abraham Hendriksz van Beijeren), Claude Gellée (Claudio de Lorena), Michel Lasne, Gerrit van Honthorst y la señora de Pont-Carré, un personaje traído de Todas las mañanas del mundo, donante de Port-Royal des Champs, sede de la rebelión jansenista —otra referencia real cuya citación, para el lector medianamente informado sobre la Historia de Francia, implica una posición político-religiosa muy concreta para Meaume—.
Sin embargo, ese reconocimiento unánime del mundo del arte no le aparta de una vida nómada, en pos de trabajo o de mecenas, o escapando de los numerosos fantasmas del pasado, que insisten en perseguirle y siempre acaban dando con él, recalando de nuevo en Roma.
«Algún tiempo después, cuando su vista se debilitó tras su regreso de Londres, solía trabajar en la terraza, en el segundo piso, a pleno sol, bajo un sobradillo de tejas color ocre que había hecho agrandar».
Pero tampoco Roma puede albergarle definitivamente, pues sus perseguidores, o sus amigos, no cesan en su hostigamiento. Su rostro desfigurado, como una maldición, le acosa sin darle tregua; sin embargo, parece que su trabajo como grabador se beneficia del exilio de entre los humanos que le provoca su cara descompuesta, como si la soledad, el destierro, excitaran su creatividad; aunque los motivos de su obra se vuelven más oscuros, una oscuridad que refuerza su aislamiento social, su obra se acerca a la perfección.
«Hay una edad en la que el hombre ya no se encuentra con la vida, sino con el tiempo. Ya no vemos vivir la vida. Vemos el tiempo que devora la vida cruda. Entonces se encoge el corazón. Y nos aferramos a un pedazo de madera para ver durante un poco más de tiempo el espectáculo que sangra del uno al otro confín del mundo y para no caer en él».
Ciertos problemas de salud le provocan una depresión, pero también, lo que es más grave, la pérdida de inspiración para trabajar; sin embargo, sus razonamientos, se diría que libres de condicionamientos, se afilan. Al poco tiempo, muere en brazos de Marie Aidelle, que ha regresado con él, definitivamente reconciliados.
