31 de agosto de 2026

Sebald. Ensayos

EnsayosWinfried Georg Maximilian Sebald. Editorial Anagrama, 2026
Traducciones de Miguel Sáenz y Juan de Sola

«¿Para qué sirve pues la literatura? ¿Me ocurrirá también, se pregunta Hölderlin, como a los miles que, en los años de su primavera vivieron presintiendo y amando, pero en un día de embriaguez fueron arrebatados por las vengadoras parcas, llevados abajo secretamente, sin sonidos ni cantos, al reino demasiado austero, y allí penan en la oscuridad, donde apariencias engañosas se agitan en tumulto, donde ellos cuentan el lento paso del tiempo en medio del hielo y la sequía, y el hombre alaba la inmortalidad solo en suspiros? La vista sinóptica que atraviesa en esas líneas la frontera de la muerte está sin embargo ensombrecida e iluminada a la vez por el recuerdo de aquellos a los que se hizo la mayor injusticia. Hay muchas formas de escribir; pero solo en la literatura, por encima del registro de los hechos y de la ciencia, puede intentarse la restitución».

La publicación de los ensayos de W. G. Sebald en un solo volumen es la excusa perfecta para releer los ya leídos en su día y para descubrir alguno que tenía pendiente.

Apuntes de lectura para uso personal

I. La descripción de la infelicidad. 
 Intento de estudio de la psicología nacional austríaca desde la literatura austríaca.
Es difícil alcanzar el nivel de representación nacional.
Rasgo esencial de la literatura austríaca: la infelicidad del sujeto que escribe.

I. I. Sobre Relato soñado, de Arthur Schnitzler.
La literatura de la era burguesa.
Intento de descubrir el funcionamiento de la perversión.
Indudables e influyentes ecos de Freud.
La sífilis, el impedimento para la promiscuidad, una contraseña para los inciados.
El désir necrófilo.

I. II. Sobre la estructrura de motivos de El castillo, de Franz Kafka.
La importancia del paisaje y de la estación meteorológica.
El sueño es hermano de la muerte.
¿Influencia del Nosferatu, de Friedrich Wilhelm Murnau?

I. III. Sistema y crítica del sistema de Elías Canetti.
El poder es un sistema cerrado que necesita siempre el sacrificio de los que se encuentran fuera.
Contra la libertad personal: preguntas y órdenes.
El ideal, cuanto más estético, más se aleja de la realidad.
No escribir, sino leer, «leer hasta que las pestañas tiemblen de cansancio».
El sabio debe ser capaz de resistir las tentaciones del saber que lleva dentro de sí.

I. IV. Sobre Thomas Bernhard.
La denuncia universal de Thomas Bernhard irrita por igual a conservadores y a progresistas.
«El mundo es una disminuación progresiva de la luz».
El campo ha degenerado hasta convertirse en la extinción sistemática de la naturaleza.
El sentimiento de que todo es risible surge de la tensión entre la demencia del mundo y las exigencias de la razón.

I. V. El relato El miedo del portero al penalty, de Peter Handke.
El texto de Handke lleva a un aprovechamiento sobrio de las formas específicas de la huida esquizofrénica de la realidad.
El pánico cotidiano es una de las cosas más difíciles de percibir.
El pánico, cuyo equivalente tranquilo y ordenado es la rutina de lo cotidiano, solo se manifiesta mientras el sujeto afectado está unido a su lugar, su vivienda o su ciudad.
Las interferencias asociativas, que suspenden la comprensión cuando el comportamiento interpretativo opera de forma casi redundante en lo que en realidad es evidente, aparecen desde ese aspecto como deficiencias técnicas, que requieren para su rectificación una constante alimentación de realidad en el idioma, así como un desciframiento continuo de la realidad por medio del código verbal.
Mención a Golem XIX, de Stanislaw Lem.
Excepticismo con respecto al lenguaje (Wittgenstein): la dimensión del lenguaje nunca puede sobrepasar a la realidad, sino siempre, únicamentde, rodearla.

II. Pútrida patria.
Ensayo sobre los condicionamientos sociales de una visión literaria del mundo, aunque no se pueda separar sin más los unos de los otros.
Ocuparse de la patria por encima de todas las catástrofes históricas constantes de la literatura austríaca, aunque la definición de patria sea muy difusa.

II. I. Aporías de las historias delgueto alemanas.
A finales del siglo XIX surge por primera vez una literatura patria judía en lengua alemana. 
Leopold Kompert, El que fue a la aldea: armonización de la vida judía con el modelo burgués tras el cambio de la residencia judía del campo a la ciudad.
Karl Emil Franzos, Los judíos de Barnon: la salida del gueto y la entrada en el mundo burgués.
Leopold von Sacher-Masoch, Vida judía.
Joseph Roth, El peso falso.

II. II. Poder, mesianismo y exilio en El castillo, de Franz Kafka.
La realidad y deformidad en presencia de un poder irracional.
El poder del castillo es producto de la aceptación de los humillados.
Cuando el poder y la impotencia se complementan en un sistema sin fisuras, su revolucionarización queda excluida.
La dimensióm mesiánica del agrimensor K, que es el símbolo de la esperanza de salvación inscrita en la miseria y nunca realizada.

II. III. Sobre Joseph Roth.
La utopía paródica.
La patris puede estar en todas partes excepto para los judíos errantes, que no está en ninguna.
El «tiempo que pasa», un componente del presente que impide que se convierta automáticamente en Historia.
El relojero que observa el interior de un reloj no ve el tiempo, sino solo un mecanismo.

II. IV. Sobre Novela de montaña, de Hermann Broch.
Desarrollo de una psicopatía de masas.
Posición política dudosa adaptada al momento histórico.
Ampulosidad extravagante.
El kitsch como síntoma de la desensibilización estética.
Lo que distinguía a Broch de los difusores fascistas  que corrompieron totalmente la filosofía de la vida en sus tratados y obras literarias era quizá su buena fe, acompañada de mala conciencia en cuanto a las cualidades internas de lo escrito.

II. V. Jean Améry y Austria.
Pésima relación, después de la guerra, de Jean Améry y Austria.
El que se exilia, Hans Mayer, ya no podía volver porque no existía, y el que existía ya no quería volver.
Améry define la patria como aquello que menos se necesita cuanto más se tiene.
Améry hace responsable de su ceguera prebélica a la confusa visión austrocéntrica del mundo, muy reaccionaria.
El Anschluss: no fue tanto la entrada de las tropas hitlerianas lo que destruyó su patria, sino la buena voluntad con que el país se ofreció a la invasión.

II. VI. El relato La repetición, de Peter Handke.
Handke ha pagado un alto precio por su arrogancia a partir de Lento regreso de hacer visible un mundo más bello gracias únicamente a la palabra.
La partida hacia la patria imaginada es no solo un intento de liberación, sino de romper el exilio.
Aprender y enseñar son en la obra de Handke formas de conservar el mundo.
El extraordinario espíritu abierto de La repetición se basa en que lo de fuera es más importante que lo de dentro.

III. Estancia en una casa de campo.
Escribir es una ocupación de la que uno no se libra  ni siquiera cuando se ha convertido en algo repugnante o imposible.

III. I. Nota de almanaque en honor del amigo renano de la familia (Johann Peter Hebel).
Recopilación de textos breves que Hebel escribió originalmente para un almanaque popular dirigido a las familias de la región del Rin y Baden. Utiliza la figura cercana de un narrador amigable ("el amigo de la casa") para educar y entretener al lector común con un lenguaje sencillo y profundo
Hebel, autor de los textos de los calendarios Hebel, de la segunda mitad del siglo XVIII: la historia a partir de los hechos aparentemente insignificantes.
La soberanía con que Hebel gobierna en sus relatos las vicisitudes del destino humano es fruto de las dimensiones cósmicas y de la conciencia de la propia insignificancia que de ella se deriva.

III. II. Con motivo de una visita a la isla de San Pedro (isla del lago de Biel, en Suiza).
Última residencia suiza de J. J. Rousseau y visitada, entre otros, por Cagliostro, William Pitt, varios reyes de Prusia, Suecia y Baviera y por la emperatriz Josefina.
Siguiendo las huellas de Rousseau.
La escritura, según Rousseau, podría considerarse como un acto compulsivo que nunca se detiene y que muestra cómo el escritor, de todos los seres aquejados por la enfermadad del pensamiento, es quizá el más incurable.

III. III. Breve homenaje en recuerdo a Mörike.
Eduard Mörike (Ludwigsburg, 8 de septiembre de 1804-Stuttgart, 4 de junio de 1875) fue un escritor alemán perteneciente al Biedermeier y a la Escuela poética suaba.
1822, mezcla típicamente alemana de patriotismo revolucionario y circunspección burguesa, visión romántica y doble contabilidad; celo político y efusividad burguesa, progresismo y reacción al mismo tiempo.
Obra errática en busca de un ideal inexistente, que naufraga por exceso.

III. IV. Notas sobre Gottfiren Keller.
El fracaso de las revoluciones de mediados del siglo XIX.
La burguesía se emancipa del contrato social y se dedica a sus cosas: las fortunas se amasan tan rápidamente como las bancarrotas.
Keller detecta muy pronto los daños a menudo irreparables que la proliferación del capital provoca en la naturaleza, en la sociedad y en las vidas afectivas de las personas.
Irremediable sentimiento de inferioridad social y física en una vida marcada desde el inicio por el rechazo y la decepción, que intenta remediar mediante la escrituta.

III. V. En recuerdo de Robert Walser.
Su vínculo con el mundo fue tremendamente superficial: el más solitario de los escritores solitarios.
Es un autor cuya persona, como su literatura, tiende a disiparse.
Walser no es un visionario expresionista que profetice el fin del mundo, sino un vidente de las cosas pequeñas mediante la miniaturización y la abreviación.
Walser dijo que escribía siempre la misma novela, «un libro en primera persona  cortado o troceado de múltiples maneras».
Walser busca siempre elevarse por encima de la pesada vida terrestre, desaparecer suavemente, sin levantar ruido, en un reino más libre.

III. VI. Sobre los cuadros de Jan Peter Tripp.
Jan Peter Tripp (Oberstdorf, Alemania, 1945). Pintor alemán. Estudió escultura en la «Akademie Stuttgart» y pintura en la «Akademie Wien». Las obras de sus primeros años muestran una clara influencia del surrealismo. Es conocido por su pintura hiperrealista, que ha sido elogiada por muchos escritores contemporáneos (entre otros el propio Sebald). En la actualidad vive y trabaja en Alsacia.
Objetividad radical que, mediante la pura representación de las formas aparentes de la vida, trata de averiguar qué ha conducido a darles ese aspecto y esa evolución.
El arte del retrato se convierte en una empresa fotográfica que no admite ya más líneas de separación entre lo que suele llamarse el elemento característico y las reformulaciones que los imperativos del trabajo y el sufrimiento psíquico operan en el sujeto retratado.
Sus cuadros son analíticos, no sintéticos.

IV. Sobre la historia general de la destrucción.
Tal vez su colección de ensayos más conocidos.
Las obras de los escritores alemanes de la posguerra están marcadas a menudo por una conciencia a medias o equivocada de la necesidad de consolidar una posición precaria de quienes escribían en una sociedad casi por completo moralmente desacreditada.

IV. I. Guerra aérea y literatura.
Una extraña mezcla de autocompasión, autojustificación rastrera, sentimiento de inocencia ofendida y despecho en las manifestaciones de la voluntad de los alemanes de reconstruir su país, «mayor y más poderoso de lo que nunca fue»; esta reconstrucción desde cero comportó el olvido del pasado: una sociedad que se había prohibido el recuerdo.
El silencio alemán: un pueblo que había exterminado a millones en los campos no podía pedir cuentas a los aliados por los bombardeos.
Excepciones: El ángel callaba, de Heinrich Böll; La ciudad detrás del río, de Hermann Kasac; Ynekia, de Hans Erik Nossac; La catedral, de Peter de Mendelssohn.

IV. II. El escritor Alfred Andersch. La obsesión legitimadora y el deseo obsesivo de éxito y publicidad, de ser  un clásico vivo, ante las contradicciones de una crítica polarizada.

V. Campo Santo.

V. I. Sobre la pieza Kaspar, de Peter Handke.
La obra no tiene por objeto las agitadas andanzas, en definitiva felices, de un personaje cómico, sino la historia interior y cerrada sobre sí misma de la domesticación de un ser salvaje, el intento, en muchos aspectos desesperado, de convertir a un iundividuo sin civilizar, según las normas generales, en un buen burgués; pero lo que se presenta como progreso no es en realidad más que la humillación gradual del adiestrado que, al aproximarse a la media humana, empieza a parecer un animal que se ha vuelto loco.
La peor fase de la educación de Kaspar es la adquisición del lenguaje.

VI. II. Sobre la descripción literaria de la destrucción total.
Ensayo complementario de «IV. I. Guerra aérea y literatura».
La ausencia de producción literaria relativa a la destrucción de las ciudades alemanas a finales de la IIGM, a pesar de que se gestó un nombre para ese género: literatura de los escombros.

VI. III. Construcciones del duelo: Günter Grass y Wolfgang Hildesheimer.
La ausencia de reacciones de duelo, como si se rechazara obstinadamente el recuerdo, tras la catástrofe.
Günter Grass censura que el milagro económico sustituya al duelo. Diario del caracol: en su compromiso concreto para lograr una política mejor en Alemania, Grass encuentra su absolución para lo que, aunque se sabe inocente, sigue reconcomiéndolo en el pasado alemán.
Wolfgang Hildesheimer es la anónima voz de la conciencia, Tynset. Existe un sentimiento de complicidad y connivencia oculto en el país por todas partes; a la comprensión de la imposibilidad de la salvación corresponde el estado fijo de la melancolía, que, al desarrollar sus propósitos, promete un alivio pero no una liberación de los padecimientos.

VI.  IV. Sobre memoria y crueldad en la obra de Peter Weiss.
Escribir es intentar, a pesar de todos nuestros desfallecimientos y ausencias, mantener el equilibrio entre los vivos con todos los muertros que llevamos dentro, con nuestro lamento por los muertos y con nuestra propia muerte, que tenemos ante los ojos, para activar el recuerdo, que es lo único que justifica la supervivencia a la sombra de la montaña de la culpa.
Todo daño tiene su equivalente en alguna parte y realmente puede ser compensado, aunque sea mediante el dolor del causante del daño.

VI. V. Sobre Jean Améry.
La víctima lo es para siempre, jamás podrá compensársela por lo que se le hizo. 
La práctica de la persecución, la tortura y el exterminio de un enemigo elegido arbitrariamente no es un accidente lamentable del gobierno totalitario, sino, sin reserva alguna, su expresión esencial.
Es una ironía macabra que el hecho de que sean los supervivientes y no los que cometieron los crímenes los que sufran la carga psíquica més pesada.

VI. VI. Sobre el animal totémico del poeta Ernst Herbeck.
Ligera distorsión y resignación suave.
Los poemas de Herbeck nos muestran el mundo con una perspectiva invertida: todo queda contenido en una diminuta imagen circular.
Animal totémico: la liebre extraída de la chistera.
Casi toda su vida en un hospital psiquiátrico: «cuanto mayor el sufrimiento tanto mayor el poeta. Tanto más duro el trabajo. Tanto más profundo el sentido».

VI. VII. Sobre los Diarios de viaje de Kafka.
Recuerdos personales del viaje que hicieron Franz Kafka y Max Brod de Praga a París, pasando por Suiza y el norte de Italia.

VI. VIII. Breve observación sobre Nabokov.
Los pasajes más brillantes de la prosa de Nabokov despiertan la impresión de que nuestro ajetreo por el mundo sería seguido por una especie extraña, todavía no incluida en ninguna taxonomía, cuyos emisarios interpretaban ocasionalmente un papel de invitados en el teatro representado por los vivos; lo mismo que ellos a nosotros, les parecemos, según la conjetura de Nabokov, seres fugaces y transparentes de incierta provinencia y destino.

VI. IX. Kafka en el cine.
Publicación del libro Kafka va al cine, de Hanns Zischler.
Para Kafka, que siempre suspiraba por la disolución de su persona real, perecer casi imperceptiblemente en imágenes fugitivas, que se disipan sin cesar ante uno como la vida, debería de ser algo así como las tentaciones de San Antonio en el desierto.

VI. X. Sobre cuadros de Jan Peter Tripp.
El mandamiento no escrito y Fin de partie, dos cuadros hiperrealistas de Jan Peter Tripp.

VI. XI. Aproximación a Bruce Chatwin.
La dificultad de clasificar los libros de Chatwin inspirados por una especie de avidez de lo no descubierto: estudios antropológicosy mitológicos, relatos de aventuras, libros de sueños, novelas de la patria chica, como los antiguos relatos de viaje de la época de Marco Polo.

VI. XII. Moments musicaux.
El terror ante la música folclórica bavaresa.
Recuerdos de cuando tomaba clases de cítara.
Los terribles gallos de un asistente a la misa dominical.
La película Fitzcarraldo, de Werner Herzog.
La ópera Nabucco, de Giuseppe Verdi.

VI. XIII. Un intento de restitución.
Cuarteto ciudades, un juego de mesa al que Sebald jugaba en familia y con el que aprendió, mucho antes de conocer que los nombres que aparecían eran ciudades, a leer. 
La tarjeta postal, rescatada en Manchester, que envió desde Stuttgart una adolescente a su madre, en Saltburn.
La visita a Stuttgart para visitar al pintor Jan Peter Tripp, compañero en la escuela de Oberstdorf.
¿Cuáles son las invisibles relaciones que determinan nuestra vida?
¿Para qué sirve la literatura?

24 de agosto de 2026

Déplier le monde

 

Déplier le monde. Pierre Bergounioux y Joël Leick. Fata Morgana, 2026

En sus Cuadernos, Pierre Bergounioux deja escrito que dedica una buena parte de su tiempo de escritura a lo que él llama livres pauvres. Algunos de estos libros de artista se han confeccionado con el fotógrafo, artista y editor Joël Leick, han consistido en un solo ejemplar manuscrito con las imágenes originales, y han permanecido inéditos hasta la fecha. 

No se trata de libros ilustrados al uso, en los que el artista crea una imagen para complementar el escrito, ni lo contrario, sino que componen un solo texto en dos lenguajes, como si uno completara las grietas que ha dejado el otro, armando un conjunto integrado, un diálogo activo,  cuyos elementos, por sí solos, aislados, ya no tienen el mismo contenido: la imagen ha adquirido voz y la voz, imagen. La editorial Fata Morgana, que publica regularmente textos del escritor, pone en circulación algunos de esos fragmentos bajo el título del primero de los escritos, Desplegar el mundo

«Todo ha cambiado: los temas, los medios empleados, la duración del efecto. Solo permanece una cosa: la capacidad intacta de captar la belleza exiliada —al igual que nuestras creencias y nuestra esperanza— entre los escombros de la modernidad, como escribió cierto poeta».

Como en gran parte de sus ensayos recientes, el tema general del conjunto de escritos es la decadencia de la civilización, singularizada por la industrialización y la urbanización, que vino a sustituir a ese mundo rural que se había quedado estancado a principios del siglo XX, que pagó el precio de ese progreso ineluctable  con la fractura de los equilibrios primitivos, la desaparición de los paisajes y de las formas de vida tradicionales, y se encontró en un cul de sac ya irremediable; una belleza que, si no se quiere renunciar a ella, habrá que encontrar entre los escombros de la modernidad. 

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A continuación, traducción del primer texto del volumen, titulado «Déplier le monde».

Desplegar el mundo


Recordemos la frase de Helvétius: «Si vivimos como todo el mundo, tenemos los pensamientos de todo el mundo». ¿Y entonces? Está bien, pero, jugando un poco con las palabras, esos pensamientos no son coextensivos, distan mucho de abarcar la totalidad del mundo. Este, debido a una desproporción que los griegos advirtieron muy pronto, excede la capacidad de la inteligencia, el alcance del pensamiento. La psyché no está a la altura de la physis; pero —Pascal verá en ello, mucho más tarde, la grandeza del hombre— lo sabe, mientras que la naturaleza lo ignora.

Hay algo más, a menos que no sea sino una consecuencia de lo anterior. Todo el mundo, o casi, coincide en considerar que ciertos objetos poseen cualidades estéticas, que determinados materiales presentan propiedades que los predisponen a un uso artístico. Son los rostros de facciones armoniosas, los cuerpos jóvenes, bien proporcionados, los más bellos representantes de los tres reinos: robles majestuosos y lirios silvestres, ciervos de poblada cornamenta, leones soberbios, mares en calma o embravecidos, cumbres coronadas de nieves eternas.

Fue justo ayer, por así decirlo, cuando los artistas comenzaron a reflexionar sobre la historia del arte, sobre la tradición milenaria que perpetuaban sin cuestionarla, y denunciaron los temas a los que se ajustaban y los límites que ellos mismos se imponían. Un nombre, el de Duchamp, señala la ruptura. Es contemporánea de la teoría de la relatividad de Einstein, del descubrimiento del inconsciente por Freud, de la revolucionaria fenomenología de Husserl que saca a la luz el trabajo inadvertido del espíritu, gracias al cual los datos de la experiencia son ordenados, sometidos al principio de coherencia y dotados del sentido del que él mismo es la fuente. «El mundo es una construcción subjetiva».

Un artista de hoy en día, si ignora estos avances, estos logros, no pertenece a su tiempo. Su mirada se ha desprendido del reducido número de figuras —cuerpos perfectos, leones y lirios…— que antes la habían acaparado, de los soportes específicos —lienzo de lino, mármol blanco, bronce, dorado o no— que el sentido común, y su propia inclinación, en mayor o menor medida, le imponían.

A esta conmoción de la cultura filosófica y científica occidental se añade el prodigioso desarrollo del proceso de producción. Decir que ha revolucionado la vida que llevamos, tanto en sus grandes líneas como en sus más ínfimos detalles, es quedarse corto. No es éste el lugar para hacer el inventario de la transformación permanente del paisaje cotidiano ni de los objetos de uso corriente.

Algunos parecen, desde luego, completamente desprovistos de cualquier virtualidad plástica; por ejemplo, los filtros de café, con su aspecto de cuadrante de papel secante marrón. Pues no es así. Tal como son, o desplegados, ofrecen a la imaginación un nuevo horizonte. El mundo, esa construcción subjetiva a la que damos ese nombre, se amplía, y con él aumenta también nuestra alegría.


Je dis ce que j'en sens by Joan Flores Constans is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España License.
Based on a work at http.//www.jediscequejensens.blogspot.com.

19 de agosto de 2026

¡Leed a Montaigne (malditos)! Gustave Flaubert,leído por Sophie Marceau


Michel de Montaigne en una ilustración de Foch para The New Yorker 

¡Leed a Montaigne, malditos!


Sophie Marceau lee una carta de Flaubert dirigida a Marie-Sophie Leroyer de Chantepie, una escritora apasionada por el arte y la literatura, con quien Flaubert se relacionó solo epistolarmente, ya que nunca se conocieron en persona.

El vídeo está en francés subtitulado en esa misma lengua. Para los que tengan un poco oxidado su francés o pertenezcan a esas infaustas generaciones que estudiaron inglés como lengua extranjera, a continuación, traduzco al castellano la intervención de la actriz.


«Me pregunta qué libros leer.

Lea a Montaigne. Léalo despacio, sosegadamente. Le aliviará.

Y no haga caso de quienes hablan de su egoísmo. Le gustará, ya verá.

No lea como leen los niños, para divertirse, ni como leen los ambiciosos, para instruirse. No. Lea para vivir.

Procúrese para el alma una atmósfera intelectual compuesta por las emanaciones de todos los grandes espíritus.

Estudie a fondo a Shakespeare y a Goethe. Lea traducciones de los autores griegos y romanos, Homero, Petronio, Plauto, Apuleyo…, y cuando algo le aburra, encarnícese con ello. Pronto lo comprenderá, y será una satisfacción para usted.

Se trata de trabajar, ¿me comprende? Es una pena ver que una naturaleza tan hermosa como la suya se eche a perder en la aflicción y la ociosidad. Amplíe sus horizontes y respirará con más holgura. Si fuera usted un hombre y tuviera veinte años, le diría que se embarcara para dar la vuelta al mundo. Pues bien: dé la vuelta al mundo en su habitación. Estudie aquello acerca de  lo que no tiene la menor sospecha: la Tierra.

Pero le recomiendo ante todo a Montaigne. Léalo de cabo a rabo y, cuando haya terminado, vuelva a empezar.

Los consejos que le dan (los médicos, sin duda) me parecen poco inteligentes. Hay que hacer, por el contrario, que su pensamiento se fatigue. No crea que está agotado. No es una tortícolis lo que tiene, sino convulsiones. Esa gente, además, no entiende nada del alma. Los conozco.

¡Vamos!»


Vídeo de La Grande Librairie:


17 de agosto de 2026

Pascal Quignard. Las escaleras de Chambord

Las escaleras de Chambord. Pascal Quignard. Galaxia Gutenberg, 2013
Traducción de Ascensión Cuesta

El rey Francisco I dispuso la construcción del Castillo de Chambord en 1519 sobre tierras pantanosas, a orillas del río Cosson y en el centro de un bosque rico en caza, para transformarlo en «un bello, grande y suntuoso edificio» que debía permitirle satisfacer su pasión cinegética. Fascinado y fuertemente influenciado por las artes y los artistas italianos, mandó construir un castillo en el que se mezclaran las influencias francesas e italianas.

Como consecuencia de la sexta guerra de Italia, que culminó con la derrota de Pavía, las obras debieron suspenderse entre 1522 y 1526. Al regreso de Francisco I, se reanudaron durante veinte años sin interrupción, hasta su muerte acaecida en 1547. 

En 1539, el emperador Carlos V es recibido por el rey en el que solo era, en aquel entonces, el torreón en construcción. A este primer edificio se añadirán, al este, el ala llamada «real» (ala de los aposentos del rey) y al oeste, el ala de la capilla, continuada durante el reinado de su hijo Enrique II y de su nieto Carlos IX. El conjunto arquitectónico tal y como hoy se conoce será terminado por el rey Luis XIV en 1685.

El castillo está construido en base al modelo de las fortalezas medievales, con un edificio central de planta cuadrada, el donjon, provisto de cuatro torres de esquina. Dentro de este, encontramos cinco niveles habitables construidos en base al mismo modelo: cuatro apartamentos cuadrangulares y cuatro apartamentos en las torres redondas por nivel.

Fuente de la iomagen: https://www.bloischambord.es/explorar/los-castillos/castillo-de-chambord 

La escalera, de doble hélice, se encuentra en el centro del edificio. Esta da acceso a la primera planta (aposentos históricos), a la segunda planta (dedicada a la temática de la caza y a la animalística) y a la gran terraza, coronada por la torre-linterna y la flor de lis, símbolo de la monarquía francesa.

 Se trata de una curiosidad arquitectónica que ha contribuido a la fama de Chambord. El principio es a la vez sencillo y sorprendente: dos escaleras que giran en el mismo sentido pero que nunca se cruzan. De este modo, se pueden subir o bajar los peldaños sin cruzarse con las personas que utilizan la otra escalera. 

Según la leyenda, el ingeniero y arquitecto de esta doble escalera fue Leonardo da Vinci. Y es que Francisco I y el artista italiano sentían un gran apego mutuo. Se conocieron en Boloña, Italia, antes de que el rey Francisco I invitara a Leonardo da Vinci a instalarse en el valle del Loira, más precisamente, en la mansión de Clos-Lucé, en Amboise, donde el artista muere en 1519.
Fuente: Castillo de Chambord. La desmesura del rey: 

Edouard Furfooz, un coleccionista de juguetes antiguos y otros objetos pertenecientes a la infancia, es el protagonista de Las escaleras de Chambord (Les Escaliers de Chambord, 1989), una de las pocas novelas, en el sentido tradicional del término y teniendo en cuenta lo extenso de su producción, de Pascal Quignard. Edouard es un individuo peculiar, no solo por su profesión, en quien se revela  cierta incapacidad de amar, de mantener una relación sentimental durante cierto tiempo, de origen desconocido, a la que se añade un carácter que oscila entre el cinismo y la inmadurez. Como particularidad, odia el ruido, particularmente la música —una singularidad que el autor desarrollará posteriormente en El odio a la música (La Haine de la musique, 1996) mediante el planteamiento de la imposibilidad de dejar de oir a través de la metáfora de que «la oreja no tiene párpados». La obra se desarrolla en la segunda mitad de la década de 1980.

«Edouard, frente al Arno, estaba sentado en una silla de hierro helada. Roía como podía un almendrado mandorlato. Se bebió dos cafés. Edouard Furfooz era, a fin de cuentas, una persona devota en lo tocante a sus placeres. Le gustaban los niños, las flores cortadas, el sol, el nombre amargo de las cervezas oscuras, la ropa de abrigo, las pinturas sobre botones y los coches pequeños. Creía que existía una especie de vínculo entre las almas de los niños muy pequeños que lloran y las de los hombres en los que el temor a la muerte y el silencio ya han empezado a fijar los rasgos. Y ese exiguo puente entre esas edades y esas necesidades tan alejadas era el objeto de todas sus preocupaciones. Era como el minúsculo desecho de lo que fuera una pasión devastadora. Tenía la impresión de que la preservación o la restauración de ese milagroso puente era el único tesoro de lo que acostumbraba a llamarse destino».

Aunque el narrador mantiene cierta neutralidad a la hora de juzgar la conducta de Edouard, su relato orienta hacia unas cuantas preguntas acerca tanto de la profesión como del comportamiento de este: ¿Qué lógica tiene coleccionar juguetes infantiles en plena edad adulta? ¿Tiene alguna relación con coleccionar figuras de dioses en los que hace siglos que nadie cree? ¿Y con coleccionar sueños de muertos? Esas conexiones conducirían al planteamiento de una hipótesis: la huella más determinante que ha producido el ser humano es la que tiene que ver con aquello que puede fabricar un solo individuo, que cabe en el hueco de la mano; las grandes estructuras de factura colectiva son la muestra de la decadencia de la inventiva humana; el pequeño escarabajo esculpido en Egipto contra la pirámide de Gizeh. Siguiendo ese planteamiento, podría deducirse que la escritura es una de las huellas que aún permanecen de la edad de oro de la Humanidad: obra de un solo individuo destinada a un solo individuo.

«Los vertederos de basura, los desechos encantados, los tréboles de cuatro hojas y las mujeres de las que uno se aleja, alzadas entonces prestamente en el recuerdo como tréboles de tres hojas, de dos hojas, de una hoja, de un cuarto de hoja, de un cuarto de hoja arrugada y tirada. Todas esas cosas, se decía, son los objetos de este mundo. Los juguetes no son los objetos de este mundo. Ha existido otro mundo que ha precedido a esta luz que nos envuelve. Habrá, por tanto, siempre otro mundo a dos pasos de nosotros mismos, que deambula en este mundo».

La actitud de Edouard implica que no tiene mucho sentido coleccionar objetos del mundo de la utilidad porque agotan su función en ella; lo interesante es reunir objetos que han perdido su capacidad de uso, que pertenecen al mundo de lo inútil, o cuya función es imposible de deducir. Como los dioses, siempre son más sugestivos aquellos cuyo culto se ha perdido que los que imponen su presencia y su adoración a una Humanidad que sigue utilizándolos pero ya no los necesita.

La relación sentimental más duradera de Edouard es la que mantiene con su tía Otti —un personaje seductor, en la medida de sus posibilidades—, que le crió en ausencia de sus padres pero que hace años que no trata. Ella le encarga que le busque una casa de campo en Chambord, un lugar de cuyo castillo él solo recuerda las escaleras, un recuerdo procedente de una visita escolar en compañía de una «niña pequeña, tímida y crispada, con una tranza negra que le caía por la espalda y con escarpines de charol», cuyo nombre no recuerda, y que será uno de los rastros que deberá seguir a lo largo de la novela. El relato de este primer encuentro y el recuerdo de la visita al castillo ponen en marcha la otra cara del relato, la que tiene que ver con la vida sentimental del protagonista, más enigmática, si cabe, que los avatares de su ocupación profesional.

«Estaban sentados a la mesa de un restaurante al lado de la puerta que campanilleaba y daba en el respaldo de la silla en la que estaba sentado Edouard. Edouard intentaba describirle a su tía la casa de Chambord, las orillas del Cosson, las obras que avanzaban a buen ritmo. No conseguía encontrar las palabras apropiadas. Habría preferido enseñarle la Hannetière sin decirle nada, pero la curiosidad de su tía era impaciente. Tenía la impresión de que trajinaba con el lenguaje: al igual que una granjera que se agota en su trajín de batir la leche en la mantequera para sacar mantequilla. Tía Otti hablaba de su vida. Ottilia Furfooz estaba comiendo un trozo de Passendael, arrasaba Siracusa piedra por piedra, exterminaba a los musicólogos y juzgaba sin piedad los quince últimos años de su vida. Edouard Furfooz la miraba como un fiel mira a una diosa. Estaba gorda. Tenía el cuello arrugado como el cóndor de la cordillera de los Andes, una especie de papada, ínfulas de las mejillas, un ojo claro de una movilidad y una agudeza comparables y sorprendentes».

Coincidiendo con este insólito encargo, Edouard conoce a Laurence, una mujer diez años menor que él, que le provoca una fuerte impresión, y que será una de las coprotagonistas de la trama. Esa relación con Laurence se convierte en una extraña historia de amor, reforzada por las ausencias y el deseo y debilitada por los encuentros y una satisfacción apenas consumada, que sobrevive a las dificultades pero que puede finalizar en cualquier momento, apenas sin darse cuenta. 

«El le reprochaba que dormía poco, que era grave, cuando a él le encantaba su risa. Era una risa amplia, en fin, un poco burda y viva que afluía a sacudidas, agitaba sus estrechos hombros y la hacía doblarse en dos. Diríase que estaba inundada de una risa más amplia que ella y que no parecía que fuera personal, que le caía encima como un aguacero inesperado. En aquellos momentos ella chorreaba de niñez. Entonces, le relucía en los ojos algo joven, invencible, hecho de una novedad invencible. El se acercaba. Abrazaba ese cuerpo cuyos sobresaltos parecían muy ajenos o animales o divinos. A decir verdad, él se acercaba siempre a ella, se riese o no. Lo que más amaba en el mundo era la proximidad de su mejilla y su aliento, entre la nariz y los labios.»

Se trata, a todas luces, de una relación desigual: Laurence tiene la sensación a apostar más que Edouard, que parece más frío e indiferente; ella cree que, sin duda, él la desea, pero no está segura de si la ama, y para ella  esto es muy importante.

Parece que Edouard está en guerra con su pasado: las relaciones familiares nunca fueron las deseadas, y él ha arrastrado esa carencia a lo largo de su vida de forma inconsciente pero tan concluyente que, cuando piensa en eaa época, sus sentimientos, en realidad —aunque él se niegue a reconocerrlo—, tienen poco que ver con la felicidad. La relación con su tía Otti, sin ir más lejos, parece el sustituto involuntario de las inexistentes relaciones con su madre. Edouard —que muestra un ansia peculiar de convertir en fantasmas a todas las mujeres que ama— es un escapista: la excusa de sus negocios, que, en realidad, no precisan, la mayoría de las ocasiones, de su presencia física, le sustrae de las citas con Laurence —en ella, predomina, en cambio, el ansia de convertir en ser humano el fantasma de un Edouard siempre ausente—, que, por cierto, también muestra síntomas de debilidad sentimental al exigir la presencia de Edouard con más frecuencia de la que sería prudente o deseable. Las muestras de cobardía ante una situación que parece superarles se reparten entre ambos, aunque parece que la cuota mayor corre a cargo del hombre, una cobardía fruto tanto del miedo como de la incapacidad; en todo caso, Edouard da otra muestra cuando, sin romper del todo con Laurence —él mismo se excusaría, seguramente, aduciendo que no había ninguna relación susceptible de ser rota: «a lo largo de toda mi vida solo he tenido la impresión de llegar a algún sitio cuando he dejado a alguien»—, se lía con su amiga y confidente; su escasa autoestima vacila y se hunde, pero su idea de la autodefensa se traduce en hacer como si esa infidelidad —pues así es como considera Laurence el suceso— jamás hubiera sucedido.

Las actitudes de ambos dan perfecta medida de sus intenciones tanto como de sus carencias:

«[Laurence] Tiritaba de dolor. Había sido abandonada. Apretaba un labio contra el otro para no llorar. «Acurrucarse», se dijo mientras se movía. Y lentamente se puso en cuclillas en el rincón de la ventana. Buscó en el fondo de su corazón una especie de pequeño confesionario de madera oscura, cerrado con una cortinita de terciopelo rojo. Un pequeño lugar en el fondo de sí misma donde poder arrodillarse, donde acurrucarse, donde hacerse un ovillo, donde llorar y donde no ser más que una culpa que confesar. Fuese la que fuese. Poco importaba. Esperar una culpa era estirar hacia sí un poco de piel tibia en la que hundir el rostro después de haberse hecho regañar. Entonces nos acaricia los cabellos la mano de una madre imaginaria. Respiramos la mama de nuestra madre. Entonces todavía se nos doblan más las piernas. Ponemos la barbilla entre las rodillas».

«[Edouard] repetía: "Arremetamos. No midamos nuestras fuerzas. No contemos el tiempo. Siento que una vuelta sobre mí mismo trata de matarme. Al igual que los antiguos Bondi de las sagas de Islandia: ni una palabra de más, un cuchillazo, muerte por muerte. El dios Tiro perdió la mano derecha por haber pactado con la muerte. Es el nombre de mi ciudad natal. Hay que asegurar siempre el equilibrio de la sangre: cincuenta por ciento de predación y cincuenta por ciento de comercio, una traición clama un golpe traidor como a su sombra; el amor debe otorgarse al cincuenta por ciento de la más suave bestialidad y cincuenta por ciento de sentimiento humano. Toda palabra debe hacer referencia a una cosa. No hay nada bello que solamente sea para verlo sino también tomarlo. Toda palabra compromete. Uno se expone continuamente en las ordalías de su muerte al viento, al hombre, a la energía que hay que atesorar y concentrar, a los banquetes de cerveza, a los saqueos de las cosa más bellas, a las lanas más bellas del mundo con que uno se arropa, al silencio, al cansancio que protege incluso del miedo; al calor y al misericordioso embrutecimiento del cansancio"».

La vida de Edouard parece resumirse en una acumulación de errores que provocan innumerables horrores que se convirtieron en otros tantos fantasmas —algunos, los más inquietantes, han perdido hasta el nombre— que ahora le persigiuen, de los que no puede deshacerse y ante los cuales los rituales —amorosos, de poder, de dinero, incluso de autocastigo transmutado en aparente empatía— emprendidos para acabar con su hostigamiento han resultado infructuosos.

«Obtuvo un placer fastidioso. Su mano tocaba un cráneo que picaba. Sus dedos sólo estrechaban el vacío. Decía para sí: "¡Dios mío! ¡Qué extraño es! Qué atroz. Es como si estuviese curado del amor. Nada más se apasionará dentro de mí. Nada más me trastornará. Siento que en mí el sufrimiento ya no está cerca de hacerme dar un grito. Tengo la impresión de que nunca más encontraré el don del estado puro, la admiración espantada de cuando se sale del sexo de una mujer en el primer instante de la infancia. Ya no tengo ante mí nada más que la felicidad y la belleza. ¡Qué triste es! Nunca más tendré ante mí esos cuatro centímetros cuadrados del primer rostro que se conoce. ¡Y la trenza en la que sujetar un pasador ha sido rapada!"».

Edouard tiene la sensación de ser el único superviviente de un trágico naufragio, pero, tal vez, no quiere caer en la cuenta de que estar perdido en el mar, a miles de millas de cualquier costa y agarrado a un frágil madero sea algo que tiene poco que ver con sobrevivir. Al final, sin embargo, cuando toda esperanza parece perdida, el pasador de plástico de origen olvidado —producto de un olvido activo—, ese amuleto que lleva siempre consigo sin saber por qué, alcanza su significado, el de unirle con el primer fantasma que le abordó, cerrando así el círculo de espectros que le tenían aprisionado.

«Se pasó la mano por los ojos. Se frotó los párpados. El sol deslumbraba. A esa hora, el avión debía de estar sobrevolando Groenlandia: la tierra Verde conquistada, en otro tiempo, por los antiguos vikingos. Andaba errante por el cielo. Se alejaba en el cielo. Se restregaba los ojos. Una pequeña forma blanquecina, lechosa y lanosa se alejaba. La cresta blancuzca de una ola estallaba. Sus cabellos estaban húmedos. Ella se recogía los cabellos en una cola de caballo con un pasador. Subían andando en sentido opuesto la doble espiral de las escaleras de Chambord, subían hacia atrás las dos cadenas helicoidales y paralelas de la estructura del ADN, la doble espiral de los cabellos cuando ella se hacía una trenza, la misma transmisión, eterna, que se reproducía y nos reproducía como las olas. Abrió los ojos. Puso la mano sobre el pasador de Flora colocado en la mesita abatible. Examinó esa ranita que lo había llamado a voces sin que él comprendiese qué quería decirle, en la carretera que llevaba a Roma, a Civitavecchia, al límite de las olas del mar. La ranita levantó los párpados. Quiso hablar. Pero desvió la mirada. No dijo nada.»

Otros recursos relativos al autor en este blog: http://jediscequejensens.blogspot.com/search?q=pascal+quignard&max-results=20&by-date=true

10 de agosto de 2026

Terraza en Roma

 

Terraza en Roma. Pascal Quignard. Espasa Calpe, 2002. Descatalogado.
Traducción de Encarna Castejón
Terrasse à Rome. Gallimard, 2000

Pascal Quignard nos tiene acostumbrados a revivir, siempre con la contención y el rigor estilísticos que son característicos de sus obras más novelescas, el trayecto de personajes, reales, ficticios o recreados, relacionados con el arte —particularmente, con la música— y, más en general, con la cultura; también a ubicar sus obras en el período barroco. Ambas circunstancias deben tener relación con el propio autor y su vínculo con ambas, así como no pueden comprenderse las unas sin las otras.

En Terraza en Roma, el papel protagonista no es la música, sino el grabado. Contemporáneo de Rembrandt, Rubens y van Dick, Geoffroy Meaume es un reconocido grabador, a diferencia de los citados, francés y ficticio, cuya vida transcurrió a lo largo del siglo XVII, relacionado con otros artistas de la época, reales y ficticios —un recurso frecuentemente utilizado por el autor—; otro personaje cuyo trabajo se desarrolla en el silencio, como los escritores que han protagonizado otras obras de Quignard, aunque también, en consonancia con el tratamiento con que los trata, podrían incluirse los músicos —el Monsieur de Sainte-Colombe, que hemos conocido gracias a Todas las mañanas del mundo (1991), aparece fugazmente en Terraza en Roma—, cuya demanda de silencio, aunque su producción sea sonora, es imprescindible.

La obra toma forma, pues, de biografía artística: la fracción de vida que le interesa al biógrafo es, aparte del incidente que condicionará la vida del protagonista y que es relatado en las primeras páginas, la relacionada con su arte, el grabado, una ocupación, por cierto, bastante más próxima a la del escritor —claroscuro, negro sobre blanco, oscuro sobre claro, luz y sombra, ¿vida y muerte?— que la del pintor Claude Gellée, contemporáneo y personaje real, o que la del ya citado Monsieur de Sainte-Colombe, músico e intérprete. Esta proximidad, quizás, podría revelar que, finalmente, el autor tiene la intención de hacer evidentes dos temas que ha tratado, tanto novelística como ensayísticamente, a lo largo de su obra: la imposibilidad de la biografía como género —La vida no es una biografía (2019)— y la relación entre el creador y su obra —la citada Todas las mañanas del mundo (1991) y la relativamente reciente El amor el mar (2022) en la que, por cierto, se vuelve a la historia de Meaume y Marie Aidelle—. Vida y obra, pues, tratadas y relatadas por medio de subtextos reduplicados en el mismo texto —lo que, curiosamente, entroncaría con la moderna deconstrucción— y a través de las écfrasis, mediante las cuales el autor, meticulosamente, sumerge al lector en los grabados. Para esta travesía, Quignard pone en escena también un tratamiento formal del relato consistente en la participación de varias voces narrativas, cada una de ellas entregada a los distintos subtemas: un narrador convencional, la voz más cercana a la del biógrafo; algunos personajes de la trama, que suelen encargarse de los aspectos artísticos y técnicos; y, finalmente, el propio Meaume, autobiografiándose —de hecho, el primer capítulo consiste en una introducción del protagonista en la que desvela el contenido del libro, y en una sola página, por cierto— y aportando los elementos que dotan de verosimilitud a toda (auto)biografía. 

Geoffroy Meaume, nacido en París en 1617, emprende su época de formación en la propia capital, para trasladarse después a Toulouse y a Brujas. Allí, a los veintiún años, conoce a Nanni, hija del orfebre Jacob Veet Jakobsz, que cuenta diecinueve, y ambos caen perdidamente enamorados. 

«Los hombres desesperados viven en ángulos. Todos los hombres enamorados viven en ángulos. Todos los lectores de libros viven en ángulos. Los hombres desesperados suspendidos en el espacio como figuras pintadas sobre las paredes, sin respirar, sin hablar, sin escuchar a nadie».

Este episodio, alargado por la narración y contado, en parte, por el propio Meaume, da lugar al incidente que marcará todo el relato. Cuando Geoffroy y Nanni son presentados, no se hablan, solo intercambian sus nombres; parece una muestra de desconsideración pero, en realidad, es la más alta señal de respeto y compromiso: quien posee el nombre del otro es su dueño, quien puede apelar al otro por su nombre apela a lo más íntimo, a lo único que, al final, designa su individualidad. 

Solo después se tocan y se miran, pero siguen sin hablarse: poner palabras a su sentimiento, esas palabras que nunca consiguen expresar todo lo que uno desearía decir, sería rebajarlo, hacerlo descender a un nivel al que no le corresponde por su naturaleza.

Los encuentros se hacen cada vez más frecuentes y más arriesgados; descubren sus cuerpos y los placeres que se hallan ocultos en ellos, y se convierten en inseparables, si bien siempre ocultos. Pero Nanni está comprometida por orden de su padre, y esos encuentros llegan a oídos de su prometido que, sorprendiéndolos, lanza sobre ellos una botella de ácido —el mismo ácido que es la herramienta principal del trabajo del grabador—: a ella le quema la mano, a él, el rostro. Una vez repuestos del incidente, ella le despide brusca e irremediablemente.

«[...] me reprocho haberme ofrecido a vos con impudor. He pensado en ello y  me arrepiento de verdad. Así que, hace una hora, fui a buscar a mi padre para pedirle que adelantase mi boda con el que me quemó la mano al lanzar la botella, y él considera que tras el desagradable escándalo que esta querella ha causado en nuestra ciudad, y puesto que los esponsales ya se han celebrado, la noticia será bienvenida. Para vos, mi puerta estará siempre cerrada. No volveremos a vernos».

Sin embargo, le avisa de que su padre amenaza con matarlo, conminándole a huir. Meaume se escapa, rechazando una última oportunidad que ella de brinda, y recorre, como huyendo de sí mismo, media Europa, hasta establecerse en Roma.

«Y por fin, en 1643, llegó a Roma, al Aventino, a la terraza con su sobradillo, a las estampas nocturnas, a los naipes eróticos en los que soñaba amar».

La forma del relato, el tono, su estructura y las referencias lingüísticas reproducen las de las  narraciones de la época en que se ubica la acción, con un mimetismo que refuerza la coherencia entre el contenido y el continente, y con una maestría que convierte el plagio en homenaje.

Las referencias al trabajo del grabador, apoyadas en las écfrasis citadas con anterioridad, toman, en cierta medida, el control de la narración; entre ellas un tropo frecuente en la obra del autor francés, los sueños: los sueños son imágenes y Meaume fundamenta su obra en las imágenes, las graba y las convierte en cuadros, siempre en blanco y negro porque tanto los sueños como las imágenes exigen sumisión total o total indiferencia. Meaume se encuentra con Marie Aidelle (1655, una fecha que  Quignard especifica), que admira su trabajo y que despierta su curiosidad por lo que tiene de creación, de sacar algo de donde no hay nada. Poco tiempo después, tras unas desavenencias provocadas por el carácter de Meaume, le abandona.

«Hacía buen tiempo. El verano estaba terminando. Los zarzales estaban llenos de moras. Los cardos erguían sus cabezas azules cubiertas de pelusa. El arroyo, medio seco, apenas podía correr hacia el mar. Se estancaba en las curvas del minúsculo cauce. Las mariposas, posadas por todas partes, ya casi no volaban; envejecían».

Alrededor de Meaume, llamados por la extraordinaria calidad de su trabajo, se dan cita, en distintos momentos de su vida,  personajes notables de los círculos artísticos europeos —algunos de ellos repetirán reparto en El amor el mar—: el ya citado Sainte Colombe, Abraham van Berchem (Abraham Hendriksz van Beijeren), Claude Gellée (Claudio de Lorena), Michel Lasne, Gerrit van Honthorst y la señora de Pont-Carré, un personaje traído de Todas las mañanas del mundo, donante de Port-Royal des Champs, sede de la rebelión jansenista —otra referencia real cuya citación, para el lector medianamente informado sobre la Historia de Francia, implica una posición político-religiosa muy concreta para Meaume—.

Sin embargo, ese reconocimiento unánime del mundo del arte no le aparta de una vida nómada, en pos de trabajo o de mecenas, o escapando de los numerosos fantasmas del pasado, que insisten en perseguirle y siempre acaban dando con él, recalando de nuevo en Roma.

«Algún tiempo después, cuando su vista se debilitó tras su regreso de Londres, solía trabajar en la terraza, en el segundo piso, a pleno sol, bajo un sobradillo de tejas color ocre que había hecho agrandar».

Pero tampoco Roma puede albergarle definitivamente, pues sus perseguidores, o sus amigos, no cesan en su hostigamiento. Su rostro desfigurado, como una maldición, le acosa sin darle tregua; sin embargo, parece que su trabajo como grabador se beneficia del exilio de entre los humanos que le provoca su cara descompuesta, como si la soledad, el destierro, excitaran su creatividad; aunque los motivos de su obra se vuelven más oscuros, una oscuridad que refuerza su aislamiento social, su obra se acerca a la perfección.

«Hay una edad en la que el hombre ya no se encuentra con la vida, sino con el tiempo. Ya no vemos vivir la vida. Vemos el tiempo que devora la vida cruda. Entonces se encoge el corazón. Y nos aferramos a un pedazo de madera para ver durante un poco más de tiempo el espectáculo que sangra del uno al otro confín del mundo y para no caer en él».

Ciertos problemas de salud le provocan una depresión, pero también, lo que es más grave, la pérdida de inspiración para trabajar; sin embargo, sus razonamientos, se diría que libres de condicionamientos, se afilan. Al poco tiempo, muere en brazos de Marie Aidelle, que ha regresado con él, definitivamente reconciliados.