10 de agosto de 2026

Terraza en Roma

 

Terraza en Roma. Pascal Quignard. Espasa Calpe, 2002. Descatalogado.
Traducción de Encarna Castejón
Terrasse à Rome. Gallimard, 2000

Pascal Quignard nos tiene acostumbrados a revivir, siempre con la contención y el rigor estilísticos que son característicos de sus obras más novelescas, el trayecto de personajes, reales, ficticios o recreados, relacionados con el arte —particularmente, con la música— y, más en general, con la cultura; también a ubicar sus obras en el período barroco. Ambas circunstancias deben tener relación con el propio autor y su vínculo con ambas, así como no pueden comprenderse las unas sin las otras.

En Terraza en Roma, el papel protagonista no es la música, sino el grabado. Contemporáneo de Rembrandt, Rubens y van Dick, Geoffroy Meaume es un reconocido grabador, a diferencia de los citados, francés y ficticio, cuya vida transcurrió a lo largo del siglo XVII, relacionado con otros artistas de la época, reales y ficticios —un recurso frecuentemente utilizado por el autor—; otro personaje cuyo trabajo se desarrolla en el silencio, como los escritores que han protagonizado otras obras de Quignard, aunque también, en consonancia con el tratamiento con que los trata, podrían incluirse los músicos —el Monsieur de Sainte-Colombe, que hemos conocido gracias a Todas las mañanas del mundo (1991), aparece fugazmente en Terraza en Roma—, cuya demanda de silencio, aunque su producción sea sonora, es imprescindible.

La obra toma forma, pues, de biografía artística: la fracción de vida que le interesa al biógrafo es, aparte del incidente que condicionará la vida del protagonista y que es relatado en las primeras páginas, la relacionada con su arte, el grabado, una ocupación, por cierto, bastante más próxima a la del escritor —claroscuro, negro sobre blanco, oscuro sobre claro, luz y sombra, ¿vida y muerte?— que la del pintor Claude Gellée, contemporáneo y personaje real, o que la del ya citado Monsieur de Sainte-Colombe, músico e intérprete. Esta proximidad, quizás, podría revelar que, finalmente, el autor tiene la intención de hacer evidentes dos temas que ha tratado, tanto novelística como ensayísticamente, a lo largo de su obra: la imposibilidad de la biografía como género —La vida no es una biografía (2019)— y la relación entre el creador y su obra —la citada Todas las mañanas del mundo (1991) y la relativamente reciente El amor el mar (2022) en la que, por cierto, se vuelve a la historia de Meaume y Marie Aidelle—. Vida y obra, pues, tratadas y relatadas por medio de subtextos reduplicados en el mismo texto —lo que, curiosamente, entroncaría con la moderna deconstrucción— y a través de las écfrasis, mediante las cuales el autor, meticulosamente, sumerge al lector en los grabados. Para esta travesía, Quignard pone en escena también un tratamiento formal del relato consistente en la participación de varias voces narrativas, cada una de ellas entregada a los distintos subtemas: un narrador convencional, la voz más cercana a la del biógrafo; algunos personajes de la trama, que suelen encargarse de los aspectos artísticos y técnicos; y, finalmente, el propio Meaume, autobiografiándose —de hecho, el primer capítulo consiste en una introducción del protagonista en la que desvela el contenido del libro, y en una sola página, por cierto— y aportando los elementos que dotan de verosimilitud a toda (auto)biografía. 

Geoffroy Meaume, nacido en París en 1617, emprende su época de formación en la propia capital, para trasladarse después a Toulouse y a Brujas. Allí, a los veintiún años, conoce a Nanni, hija del orfebre Jacob Veet Jakobsz, que cuenta diecinueve, y ambos caen perdidamente enamorados. 

«Los hombres desesperados viven en ángulos. Todos los hombres enamorados viven en ángulos. Todos los lectores de libros viven en ángulos. Los hombres desesperados suspendidos en el espacio como figuras pintadas sobre las paredes, sin respirar, sin hablar, sin escuchar a nadie».

Este episodio, alargado por la narración y contado, en parte, por el propio Meaume, da lugar al incidente que marcará todo el relato. Cuando Geoffroy y Nanni son presentados, no se hablan, solo intercambian sus nombres; parece una muestra de desconsideración pero, en realidad, es la más alta señal de respeto y compromiso: quien posee el nombre del otro es su dueño, quien puede apelar al otro por su nombre apela a lo más íntimo, a lo único que, al final, designa su individualidad. 

Solo después se tocan y se miran, pero siguen sin hablarse: poner palabras a su sentimiento, esas palabras que nunca consiguen expresar todo lo que uno desearía decir, sería rebajarlo, hacerlo descender a un nivel al que no le corresponde por su naturaleza.

Los encuentros se hacen cada vez más frecuentes y más arriesgados; descubren sus cuerpos y los placeres que se hallan ocultos en ellos, y se convierten en inseparables, si bien siempre ocultos. Pero Nanni está comprometida por orden de su padre, y esos encuentros llegan a oídos de su prometido que, sorprendiéndolos, lanza sobre ellos una botella de ácido —el mismo ácido que es la herramienta principal del trabajo del grabador—: a ella le quema la mano, a él, el rostro. Una vez repuestos del incidente, ella le despide brusca e irremediablemente.

«[...] me reprocho haberme ofrecido a vos con impudor. He pensado en ello y  me arrepiento de verdad. Así que, hace una hora, fui a buscar a mi padre para pedirle que adelantase mi boda con el que me quemó la mano al lanzar la botella, y él considera que tras el desagradable escándalo que esta querella ha causado en nuestra ciudad, y puesto que los esponsales ya se han celebrado, la noticia será bienvenida. Para vos, mi puerta estará siempre cerrada. No volveremos a vernos».

Sin embargo, le avisa de que su padre amenaza con matarlo, conminándole a huir. Meaume se escapa, rechazando una última oportunidad que ella de brinda, y recorre, como huyendo de sí mismo, media Europa, hasta establecerse en Roma.

«Y por fin, en 1643, llegó a Roma, al Aventino, a la terraza con su sobradillo, a las estampas nocturnas, a los naipes eróticos en los que soñaba amar».

La forma del relato, el tono, su estructura y las referencias lingüísticas reproducen las de las  narraciones de la época en que se ubica la acción, con un mimetismo que refuerza la coherencia entre el contenido y el continente, y con una maestría que convierte el plagio en homenaje.

Las referencias al trabajo del grabador, apoyadas en las écfrasis citadas con anterioridad, toman, en cierta medida, el control de la narración; entre ellas un tropo frecuente en la obra del autor francés, los sueños: los sueños son imágenes y Meaume fundamenta su obra en las imágenes, las graba y las convierte en cuadros, siempre en blanco y negro porque tanto los sueños como las imágenes exigen sumisión total o total indiferencia. Meaume se encuentra con Marie Aidelle (1655, una fecha que  Quignard especifica), que admira su trabajo y que despierta su curiosidad por lo que tiene de creación, de sacar algo de donde no hay nada. Poco tiempo después, tras unas desavenencias provocadas por el carácter de Meaume, le abandona.

«Hacía buen tiempo. El verano estaba terminando. Los zarzales estaban llenos de moras. Los cardos erguían sus cabezas azules cubiertas de pelusa. El arroyo, medio seco, apenas podía correr hacia el mar. Se estancaba en las curvas del minúsculo cauce. Las mariposas, posadas por todas partes, ya casi no volaban; envejecían».

Alrededor de Meaume, llamados por la extraordinaria calidad de su trabajo, se dan cita, en distintos momentos de su vida,  personajes notables de los círculos artísticos europeos —algunos de ellos repetirán reparto en El amor el mar—: el ya citado Sainte Colombe, Abraham van Berchem (Abraham Hendriksz van Beijeren), Claude Gellée (Claudio de Lorena), Michel Lasne, Gerrit van Honthorst y la señora de Pont-Carré, un personaje traído de Todas las mañanas del mundo, donante de Port-Royal des Champs, sede de la rebelión jansenista —otra referencia real cuya citación, para el lector medianamente informado sobre la Historia de Francia, implica una posición político-religiosa muy concreta para Meaume—.

Sin embargo, ese reconocimiento unánime del mundo del arte no le aparta de una vida nómada, en pos de trabajo o de mecenas, o escapando de los numerosos fantasmas del pasado, que insisten en perseguirle y siempre acaban dando con él, recalando de nuevo en Roma.

«Algún tiempo después, cuando su vista se debilitó tras su regreso de Londres, solía trabajar en la terraza, en el segundo piso, a pleno sol, bajo un sobradillo de tejas color ocre que había hecho agrandar».

Pero tampoco Roma puede albergarle definitivamente, pues sus perseguidores, o sus amigos, no cesan en su hostigamiento. Su rostro desfigurado, como una maldición, le acosa sin darle tregua; sin embargo, parece que su trabajo como grabador se beneficia del exilio de entre los humanos que le provoca su cara descompuesta, como si la soledad, el destierro, excitaran su creatividad; aunque los motivos de su obra se vuelven más oscuros, una oscuridad que refuerza su aislamiento social, su obra se acerca a la perfección.

«Hay una edad en la que el hombre ya no se encuentra con la vida, sino con el tiempo. Ya no vemos vivir la vida. Vemos el tiempo que devora la vida cruda. Entonces se encoge el corazón. Y nos aferramos a un pedazo de madera para ver durante un poco más de tiempo el espectáculo que sangra del uno al otro confín del mundo y para no caer en él».

Ciertos problemas de salud le provocan una depresión, pero también, lo que es más grave, la pérdida de inspiración para trabajar; sin embargo, sus razonamientos, se diría que libres de condicionamientos, se afilan. Al poco tiempo, muere en brazos de Marie Aidelle, que ha regresado con él, definitivamente reconciliados.

3 de agosto de 2026

Ruinas


La ciudad de Le Havre, ocupada por los alemanes, fue duramente bombardeada por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Prácticamente destruida, quedó reducida a millones de metros cúbicos de escombros. 
© Bibliothèque municipale du Havre

El 22 de mayo de 2024, el Palau de la Música Catalana acogió el recital —«récit-récital», en palabras del autor— Ruines, en el que Pascal Quignard leyó dos textos, La rancune de la nature, El rencor de la naturaleza, y Ruines, Ruinas, intercalados con piezas de música interpretadas al piano por Aline Piboule: de Thomas Adès (1971) Darkness visible 1992 after Dowland for Harry Adès; de Johann Sebastian Bach (1685-1750), Ich ruf zu dir, con arreglos de Ferruccio Busoni (1866-1924) e Yvonne Léfébure (1955); de Frederic Mompou (1893-1987), "Quadern I, 1" y "Quadern IV, 22", de Música callada; de Gabriel Fauré 1845-1924), 9a Barcarola; de Robert Schumann (1810-1856), “Ruïnes”, tercer movimiento de la Fantasia op. 17; y de Olivier Greif (1950-2000), “In memoriam Louise Marius-Clavius”, segundo movimiento de la Sonata núm. 15.

Pascal Quignard escribe, en el comentario al recital, el siguiente texto:

«Hay escritortes de paz. Hay escritores de guerra. Hay escritores de ruinas. Yo soy un escritor de ruinas. Pasé mi infancia entre las ruinas de un puerto completamente destruido por la aviación de los aliados. Tuvimos que esperar siete años hasta que la ciudad comenzó a levantarse, de nuevo, frente al mar.
Aquel que comienza su vida entre ruinas está condenado a soportar un duelo aunque no haya experimentado la destrucción. La sufre sin entenderla. Percibe la sensación dolorosa sin identificar la causa. Nunca ha visto muros aplomados. Nunca ha visto muelles que no fueran destruidos por una explosión. Nunca ha conocido casas intactas. Con la maravillosa pianista Aline Piboule hemos construido un relato-recital alrededor de la Fantasia op 17 de Schumann. El mismo Schumann la tituló Ruinas. Esta extraordinaria declaración de amor dirigida a Clara está rodeada de otras obras de Bach y Adés, del barroco hasta el presente».

 Textos

El rencor de la naturaleza

En el año 2011, a finales de marzo  y principios de abril, incluso en mayo, hace ya trece años, me escribieron mis lectores japoneses: «Señor Quignard, usted tenía razón. El pasado se venga. O, al menos, el origen nos persigue. Viene a perseguirnos, infatigable».

Me contaron acerca del tsunami a primera hora de la tarde, las torres eléctricas retorcidas, los pueblos  desaparecidos, los puertos sumergidos, las centrales de Fukushima ahogadas.

Me enviaban fotos de sus móviles.

«¡Mire! Mi casa estaba aquí».


Aquí, ya no había nada.


Los expertos me explicaban: la energía nuclear, es decir, no fósil, es decir, fisible, es la única forma de energía que no tiene el sol como origen

Hay una especie de rencor de la naturaleza.


Ni el propio caos estelar es indiferente a las guerras que se han convertido en mundiales, a las bombas nucleares, a los océanos contaminados, a la pulsión de muerte, a la toxicidad infernal.


El cielo, los vientos, los volcanes, se sublevan.


Las lenguas instalaron en el alma de los hombres el Yo y el Tú, el enfrentamiento lingüístico, es decir, el conflicto, es decir, las ruinas.


Ruinas


¿Cómo podemos considerarnos huérfanos de una ciudad que no hemos visto en pie? 

Yo pasé mi infancia entre los escombros de un puerto completamente destruido. 

Hubo que esperar siete años hasta que la ciudad comenzara a levantarse de nuevo frente al mar.


Aquel que comienza a vivir entre las ruinas, entre las ruinas ante él, hasta el mar, los guijarros, el viento, entre las ruinas detrás de él, hasta la colina y el acantilado desnudo, está condenado a pasar un duelo incluso aunque no haya tenido la experiencia de la destrucción.


La padece sin comprenderla.
Recibe la sensación de dolor sin que haya percibido la causa.

No ha visto nunca muros aplomados.
No ha visto nunca muelles que no hayan sido destruidos por una explosión.

No ha conocido nunca casas intactas.


¿Qué es una ruina?

El rastro de una guerra.


¿Qué es un rastro?

El espacio de la orilla del mar que el agua abandona cada día, cuando se retira.

Hay, en todas partes, una playa donde la Historia se retira.

Una especie de agujero en los árboles de la Naturaleza, donde se hace el silencio.


¿Dónde está la casa de la infancia, entre los escombros?

¿Quién me ha sostenido entre sus brazos?

¿Quién se calla?


A los remolcadores, en el puerto de Le Havre, respetados por las bombas, los llamábamos abejas.

¿Dónde está la ciudad detrás de la ciudad?

¿Dónde se desdobla?
Delante de la ciudad, ¿qué silueta? 

Detrás de la ciudad, ¿qué vacío?


Algunos abismos de padecimiento son imposibles de construir. 

Otros constituyen ventanas extrañas.


Cuando volví del ejército, la universidad me ofreció un trabajo.

Fui profesor dos años seguidos en la universidad de Vincennes.

De súbito, fue cerrada por el presidente Valéry Giscard d’Estaing e, immediatamente, destruida. 

Completamente destruida.


Arrasada. 

Y destrozada. 

No quedó nada.
No queda nada de la universidad de Vincennes.
Els buldócers lo erradicaron todo, y después rayeron el lugar donde enseñábamos. Lacan, Foucault, Deleuze, Châtelet, Michel Deguy, Jean-Noël Vuarnet, Jean- Pierre Richard, se convirtieron en fantasmas entre los cardos, bajo los helechos, al lado de las conchas vacías y pálidas de los caracoles que se rompen bajo las ramitas.


En sus orígenes, la isla de Pasqua estaba totalmente cubierta de bosque.

Estaba poblada por lechuzas y por grandes rascones que habían crecido tanto que ni siquiera eran capaces de volar sobre el océano.

Un día, unos hombres, sobre largas barcas, qua habían sido empujadas por los vientos, desembarcaron.

Quedó un prado arrasado como el que cubre la isla de las Sirenas en el poema de Homero.

Quedan inmensas estatuas con la boca abierta, los ojos de conchas han caído en la arena, ni un árbol, un terrible silencio.


Montones de piedras arrancadas, musgo, dedaleras, matojos, arcos que han permanecido de pie y que han resistido misteriosamene la fuerza de la gravedad, al viento —que flotan al viento, grandes ventanas abiertas al vacío— por donde pasa el aire, que la naturaleza atraviesa, la tierra no las entierra.

La hierba no las absorbe.
A partir de cierto tiempo, por muy debilitada que haya sido, la ruina se levanta allí donde se encuentra.

El cielo ya no la aplasta. 

Los árboles se abren a su alrededor. 

Se eleva con ellos hacia él.


Las hojas de los árboles más frondosos la protegen, se suman a su silencio. 

La ruina se convierte en ese silencio que los pájaros desafían; ensayan, extienden, reberberan, configuran a su alrededor.

Al mediodía, a la una, bajo el sol, en el cénit, un nuevo silencio, que le pertenece, la aglutina y la hace parecer irreconstruible.


¿Existe alguna ruina feliz?

¿Una ruina perfectamente feliz? 

Sí. 

El otoño.

Los higos oscuros, negros, calientes, que se abren dentro de la boca.

Los granos de oro de los racimos de uva que explotan y gotean bajo los dientes. Rojas, con las mejillas rojas, las frutas caen. 

Porque el nacimiento es mortal para las madres, al menos en el tiempo vegetal, pero inmortal para las hijas. 

Así es la marea de los tiempos: llegado el momento, libera su playa de felicidad.

La felicidad tiene su color: rojo y oro. Sangre y sol.
La felicidad exhala ese buen aroma a hojas muertas, a labios húmedos, a tierra mojada, empapada, deliciosa, de tilo.


Más cerca de nosotros cada dia, más que todo el otoño, el crepúsculo también es una ruina.

El crepúsculo es el éxtasis del día.

Se parece a la felicidad. 

Es la hora vespertina. 

Es la hora en que se reavivan las lámparas en todas partes, en las casas, en los salones, sobre todos los altares, en todas las capillas laterales, cuando el sol se apaga.

Las vísperas designan la más solemne de las horas canónicas, pues es el momento reservado al dios que murió por la noche.

Es la hora del concierto.

Es la hora en la que la melancolía se acuerda con la oscuridad que nace.

En la que la languidez se introduce en el cuerpo que la debilidad repentinamente delimita.
Suenan, a lo lejos, sobre la landa, o lejos sobre el declive, las vísperas.

Con esta señal el cielo desencadena la sombra de la tarde. 

Tañe el extraño acontecimiento estelar que propaga lo invisible.

Escuchad a la hoja en la sombra deslizándose sobre la hierba sobre la que se posa, en medio del viento más débil de la noche que se extiende.
¡Y escuchad esta sombra que cae sobre la hoja que cae!


Schumann, no puede más que soñar
Clara le frena. 

El padre de Clara lo rechaza.

Schumann escribe Ruïnes.
Ruinas de su amor. 

Ruinas de su vida.


Y sueña
Ve a Clara en su sueño.

Está allí.
Hay un abismo entre ellos, pero se aman. Ella está muy lejos, pero piensan el uno en el otro en el mismo momento.
Sueñan juntos.

El 26 de diciembre de 2003, al alba, sobre el altiplano iraní, a las 5 hores y 26 minutos, en pleno desierto de Lut, la antigua ciudad de Bam, en menos de un minuto, en unos segundos, se dsesplomó sobre sí misma.

Cuando la tierra tembló, la antigua  ciudad, construida en barro, se convirtió en polv.

Veintiséis mil hombres murieron sin que se oyera ningún grito, de tan súbito que fue.


Solo el color verde, solo el oasis, el palmeral, los dátiles, los pistachos, los pájaros, subsistieron en el silencio bajo la bóveda del cielo ardiente.


¡Oh, Pompeya de las arenas!
Esa ciudad que Alejandro Magno había visto, esa fortaleza que Tamerlán veneraba, la ciudad fabulosa que las caravanas chinas visitaban, la maravillosa encrucijada a la que venían a comerciar los romanos, los judíos, los zoroastrianos, los cristianos, los bizantinos, los musulmanes, los hindúes, se coinvirtió, en apenas un minuto, en un montón de polvo tan pequeño y tan fino que los dedos no podían asir.


Ciudad que se llamaba Bam. 

Puerto de Mariúpol.
El nombre en la punta de la lengua és un vestigio que se ha evaporado del alma. 

Una cosa que ha perdido su nombre.

Un objeto sin objeto.


¿Qué es un campo de ruinas?


En 1942, el Alto Mando de los ejércitos aliados, así como los Estados Mayores, se habían reunido para examinar la situación de Europa en guerra; determinaron que las bombas, desde aquel  momento, debían aniquilar dos veces su objetivo.


Primero, el emplazamiento sería devastado.
Després, debería ser completamente librado al fuego.

Fue gracias al incendio que la ruina se convirtió en un auténtico espectáculo, alrededor de sí misma, de manera que la población civil perdió toda esperanza y que el ejército enemigo quedó paralizado por el estupor. 

Finalmente, después de ser destruido,  después, en segundo lugar, incendiado, y, durante una tercera ronda, sería fotografiado con fines de propaganda doméstica.


Esto era lo que se esperaba haber puesto en escena. Un campo de ruinas informe convertido por el fuego en tan insoportable que empujaba a escapar del incendio a columnas de refugiados a medio vestir, en camisa de dormir, en pijama, desmoralizados, turbados, que propagaban hasta muy lejos el terror de las horas que acababan de vivir y la severidad implacable del castigo que se les había infligido.


Igual que Le Havre. Igual que Colonia. En incendio debía «irradiar» muy lejos, como hace el sol, a partir del lugar destruido.


De aquí la decisión final, concebida por el Alto Mando como una especie de clímax, de apoteosis, relativos a las bombas atómicas lanzadas sobre los puertos japoneses 

«Little boys» soltadas sobre poblaciones inocentes, en el cielo del mes de agosto, en el momento de vuelta a las clases.


¿Dónde está el muro? 

¿Dónde está la casa? 

¿Dónde está el puerto?



Texto procedente del programa de mano del recital del Palau de la Música Catalana.

Traducción de Joan Flores Constans.

27 de julio de 2026

Beatus

 

Beatus, Pascal Quignard. Éditions Hardies, 2026

Beatus es un término derivado del verbo latino beare, 'enriquecer', 'hacer feliz'. En la literatura clásica se utiliza como adjetivo para designar a alguien próspero, afortunado; así aparece en De vita beata, de Séneca, y en la expresión Beatus iile. de Horacio. El catolicismo le dio un sentido religioso y pasó a significar «bienaventurado»; también denomina a los manuscritos ilustrados relativos al Apocalipsis de San Juan; de hecho, la ilustración de la portada del libro de Quignard reproduce a la Muerte como uno de Los Cuatro Jinetes del Apocaliupsis extraída del Beato de Saint-Séver (siglo XI).

«Ante todo, escribir es sostenerse.
Es porque se sostiene este lápiz,
porque se sostiene esta pluma estilográfica,
porque se sostiene este rotulador,
porque se sostiene esta pluma de ave,
porque se sostiene este stylus de acero,
por lo que se escribe.
Se sostiene algo.
Uno se sostiene en algo.
Uno resiste».

Beatus podría considerarse una obra en la estela de No hay lugar para la muerte, aunque es difícil de precisar si se trata de un prólogo, un epílogo, un borrador o una obra derivada; en todo caso, para una lectura satisfactoria, no tiene sentido leerlo aisladamente. 

El libro se compone de dos partes; tal vez el vínculo más consistente entre ambas sea la muerte.

I. Meditación sobre mi muerte futura

Un escenario. Luz tenue. Quignard va a interpretar al piano tres piezas relacionadas con la muerte. La sección va a ajustar sus capítulos a estas piezas.

1. Méditation faite sur ma mort future, de Johann Jakib Froberger (1649). La partitura original lleva la firma «Memento mori Froberger». El significado que le otorga el autor es la toma de conciencia del final.

La muerte es un suceso cuyo comienzo implica su inexistencia: «La muerte es un suceso que no acaba de llegar nunca»; esa ausencia, y este es un tema frecuente en Quignard, tiene su reflejo en el momento de nuestra concepción, en la que también estamos desaparecidos: aún no y ya no.

«Incluso lo invisible está agujereado.
Un agujero en el origen de la concepción.
Un agujero al final de la vida».

Quignard alude a dos textos para sostener sus hipótesis: Antígona, de Sófocles (441 a. e. c.) y el último poema de Emily Brontë, There is no romm for death (1846), que da título al mencionado libro de Quignard inmediatamente anterior a Beatus.

2. Les ombres erreantes, de François de Couperin —es también el título del primer volumen del ciclo Último Reino— (1727). La Visita a los infiernos.

Tiresias es el único mortal que, al no haber bebido el agua del Leteo, puede recordar su vida una vez muerto. La conversación entre Ulises y Tiresias y la convocatoria, por parte de e<ste último, de las sombras errantes de los muertos, descarnadas, descorporizadas.

«Los muertos, las sombras de los vivos, yerran por los infiernos.
Couperin anotó en la partitura:
"Lánguidamente".
Las sombras errantes, lánguidas, apenas consiguen avanzar. Sin carne, sin fuerza, titubean al llamado de Tiresias, en la ciénaga infernal» 

La falsa simetría, que es un espejismo: de un lugar oscuro, hermético, el vientre materno, a otro lleno de liuminosidad, aireado: el nacimiento. De un lugar resplandeciente, abierto, a otro tenebroso e inquietante: la muerte.

«Una simple refracción del nacimiento: eso es la muerte».

Si Sófocles y Emily Brontë están en lo cierto, Montaigne —«filosofar es aprender a morir»— estaba equivocado, nada nos puede preparar para la muerte. También Rousseau —«la única tarea de un anciano es aprender a morir»—, la ausencia de futuro implica que no hay nada que aprender. 

3. Cantar del alma, de Federico Mompou (1942), basado en el Cantar del alma de Juan de la Cruz. La elevación del alma tras la muerte.

La muerte no es una entrada a otro mundo, es la salida absoluta

«O mejor aún, para ser todavía más preciso: se entra en ese salir singular donde el salir se disuelve.»

Jesús se queja/lamenta/reprende a quien le ha abandonado. Nerón reprende/lamenta/se queja de su absoluta soledad.

«En una noche oscura,
sola en la noche,
sola en la penumbra bajo mi capucha,
me apresuro hacia Ti, que eres el único en morir».

II. Paisaje nocturno

Un cuadro: Landscape with Duck Hunters, grabado de Jean Morin en 1640 sobre un óleo de Jacques Fouquières de 1630 —en el que, por cierto, no aparece ningún pato—.

«De pronto una imagen significa algo en el alma.
La imagen espontánea, onírica, deja estupefacta al alma de todas las bestias que sueñan por un retorno que no comprenden».

Todo cuanto esperamos conseguir se desvanece ante nosotros como un sueño al despertar, como se desvanece de la memoria nuestro nacimienbto apenas ha tenido lugar, igual que la muerte en nuestro último instante.

«El cuerpo cae, a la manera de un fruto, sobre la superficie de la tierra, en el aire atmosférico que lo asfixia, bajo la irradiación del astro que lo quema, en la gravitación que lo consterna y que, en un primer momento, lo inmoviliza.
Sufre el hambre, padece la sed —hambre y sed que le resultan absolutamente incomprensibles—. Queda terriblemente herido por el vacío y el viento que lo invaden, por la temperatura que lo rodea; es en ese instante cuando el alma aparece en la llamada; surge en el grito que lleva el aliento hasta sus labios.
Ese grito es lo que anima.
Ese alarido que profiere el superviviente del nacimiento es lo que llamamos alma».

Los armaria romanos contenían retratos en cera de los antepasados; los ábsides románicos  originales eran los armaria para guardar objetos relacionados con el culto. A partir del siglo XIX se privatizan y adquieren espejos biselados de cuerpo entero que son testigos de lo que sucede en la alcoba, que ven aquello que no debe ser visto, aquello inaccesible.

La visita a los infiernos —Jesús, Gilgamesh, Enras, Ulises— no pretende desvelar el futuro, sino conectar con los fantasmas del pasado.

La búsqueda del lector no se distingue de la del rastreador, de la de todos aquellos que buscan los recuerdos olvidados propios o de sus ancestros. Puede que la muerte sea inaccesible, como una sombra ausente en plena noche.

¿Qué es la muerte para los animales? ¿Una jaula?

Nuestro destino es partir sin destino.

Las cuatro puertas: el Sexo de la mujer en el origen, el Sueño en el transcurso de la noche, la Lengua ante lo real y la Muerte, por la que uno se evade. La muerte no viene, es la vida que se va.

«Hay en nosotros un afuera que quiere volver al afuera.
Algo sale. El universo sale. La muerte es como la luna nueva. Invisible en el cielo. Se anuncia cuando ya no se la ve».

 «La muerte es la última de todas las cosas», escribió Horacio, pero también la última libertad que podemos ejercer con el suicidio.

«Además, si uno no pone fuera de sí aquello de lo que sufre; si no se separa de su desconsuelo sobre una página; si no lo pliega, si no lo enrolla, si no sepulta delicadamente el mensaje a través del estrecho cuello de una botella; si no acurruca su éxtasis, su espanto, en el interior de un libro, la muerte irrumpe en el alma, se estanca, se pudre, se corrompe.
Fermenta. Lo contamina todo».