1 de junio de 2026

Pensées simples

Pensées simples. Gérard Macé. Gallimard, 2011
«He buscado durante mucho tiempo una forma que fuera lo más simple posible, hasta el punto de volverse invisible, y que me permitiera entrelazar reflexiones sobre los temas más diversos, pero sin caer en el desorden. Pensées simples  avanzan mediante encadenamientos sutiles, ecos, asociaciones, analogías. Me parece que el pensamiento en su formación, el monólogo interior, e incluso la conversación, progresan de esa misma manera: sin saltar de un tema a otro, pero con una lógica no premeditada. Si tuviera que nombrar algunos ilustres predecesores, serían evidentemente Montaigne, con sus “saltos y cabriolas”; el admirable y demasiado ignorado Joubert, cuyos Pensées son póstumos (y de orden incierto); Leopardi y su voluminoso Zibaldone, erudito revoltijo, como su título indica. Obras todas en las que el camino cuenta más que la meta; autores todos que no tienen prisa por demostrar, y menos aún por concluir». «Gérard Macé según Gérard Macé», Rencontres Centre Pompidou

Pensées simples es una serie de volúmenes, iniciada el año 2011 —compuesta, hasta el momento por Pensées simples (2011), La carte de l’empire. Pensées simples II (2014) y Des livres mouillés par la mer. Pensées simples III (2016)—, que agrupan notas breves pero consistentes, ìntegras pero asistemáticas, al estilo de los cuadernos de notas, basadas en asociaciones libres proveídas por una cultura enciclopédica, en revelaciones con carácter de epifanía, en especulaciones espontáneas, en los frutos inesperados del pensamiento lateral que dan lugar a reflexiones intelectuales al estilo las Pensées de Blaise Pascal —pero exentas de la intención religiosa— y de Joseph Joubert —aunque sin afán moralista—, incluso a los Essais de Michel de Montaigne, pero con la inequívoca perspectiva contemporánea de los Cahiers de Paul Valéry; representan, de modo parecido a otras de sus obras, como la serie Colportages —Colportage I, Lectures (1988), Colportage II, Traductions (1988) y Colportage III, Images (2001)— o el libro Leçons de choses (2002), la forma más particular de los trabajos de Macé, basados en la capacidad sugestiva de la inteligencia, vía la divagación, para encontrar conexiones mediante las cuales, partiendo de elementos minúsculos, se accede a la revelación.

La aparición de Gérard Macé en este blog, aparte de su relevancia indiscutible en el campo de la literatura circunstancial, se debe a su conexión con otros autores caros a este redactor; su obra más personal ha sido relacionada con tres coetáneos: Pierre Michon, sobre quien escribió un texto en Colportages I Gérard Macé sobre Pierre Michon: «Una ilustración de almanaque»—; Pierre Bergounioux, con quien comparte la motivación creadora del recuerdo —https://jediscequejensens.blogspot.com/search?q=Carnet+de+Notes&updated-max=2023-09-11T05:29:00%2B02:00&max-results=20&start=8&by-date=false—; y Pascal Quignard, que ha visto en él —Chantal Lapeyre-DesmaisonPascal Quignard le solitaire, Galilée, 2005— a uno de los autores más valioso de su generación.

«"¿Y qué haces con todos esos fragmentos?", me pregunta un amigo que quiere ser bienintencionado.

Construyo cobijos que no son refugios. Cobijos provisionales por los que el olvido deja pasar la luz del día; casas flotantes que van a la deriva, y en las que soy feliz.

Construyo con recuerdos y con citas. A veces, con puñados de nieve, con briznas de paja y ceniza, con plumas y pegamento.

Escribo contra los padres con mayúscula, contra los dioses que siembran el terror, contra los reyes que tan bien quedan en la literatura, como los ángeles, según Flaubert».

En este post se transcribe la traducción de algunos de los fragmentos publicados en el primer volumen de Pensées Simples.

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Entre las ideas paradójicas que Roger Caillois quería desarrollar en un libro que no tuvo tiempo de escribir, porque murió demasiado pronto: «Antiguamente, uno moría a los treinta años en un mundo aún intacto».

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Venus nació del mar que atravesó sobre una concha y, desde la Antigüedad hasta el Renacimiento, los pintores representaron la escena como si hubieran estado en la orilla. Como si hubieran visto llegar a la deidad como Dios la trajo al mundo, contando solo con sus manos para ocultar su desnudez. En cuanto a la concha, aun desprovista del fruto carnoso que tanto nos deleita, y pese a los pudores de la diosa, constituye un origen del mundo. Menos realista que la de Courbet, pero no menos elocuente.

Fue ella la que dio su forma a la célebre magdalena que, desde Proust, tiene el sabor del tiempo recobrado. El narrador de la Recherche no olvida, por cierto, de dónde procede ni lo que representa, cuando la describe como un bollo «corto y rollizo», moldeado «en la valva acanalada de una concha de vieira», y cabe pensar razonablemente que su aspecto desempeña un papel tan importante como la infusión en la que se remoja.

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Un recluso voluntario en una habitación revestida de corcho donde casi no comía nada (aunque algunas noches se permitía un lenguado, o cervezas heladas que hacía traer del Ritz), nos hizo la boca agua al describir platos suntuosos gracias a unas palabras que tenía el genio de mezclar a fuego lento, de ligar como los ingredientes de una salsa o de hacer subir como una masa, hasta convertir ciertos pasajes de su libro en una auténtica pièce montée. Todo lector de la Recherche recuerda el bœuf en daube y los espárragos que desencadenaban ataques de asma, como si el autor insinuara un origen sexual a sus propias dificultades respiratorias. Pero ni siquiera hace falta haber leído la obra maestra de Proust, a día de hoy, para conocer la existencia y el papel de la magdalena, ni sus virtudes cuando se remoja en el brebaje mágico en el que reaparecen de golpe tantos recuerdos.

Por eso puede sorprender que el vino esté casi totalmente ausente de las tres mil páginas de la Recherche, siendo como es una sucesión de asociaciones, metáforas y metonimias, de analogías más o menos convincentes y a menudo exquisitas. Se pasa de los frutos rojos a la carne de caza para evocar la juventud o el envejecimiento, cuando no es el cuero o los aromas tostados; en cuanto a los vinos blancos, su buqué puede convocar toda una flora, desde la violeta hasta el espino blanco, sin olvidar los cítricos ni las frutas exóticas, ahora tan presentes en nuestras mesas y que se encuentran en abundancia en los puestos de nuestros mercados. El léxico que rodea al vino es inestable y codificado a la vez, como lo fue la poesía en otros tiempos, cuando todo el mundo compartía una misma retórica y unas mismas imágenes, como toda expresión del matiz que intenta fijarse en un solo vocablo. Y sin ser una reserva inagotable, sus recursos contienen tal riqueza de registros que Proust habría podido servirse con facilidad de ellos, y cuando pienso en él, pienso en esos vinos que se despliegan como una cola de pavo real, aunque no estoy seguro de que él conociera la expresión.

Si no me falla la memoria, la única mención de un vino en la Recherche es la del sauternes, cuando el narrador visita a Saint-Loup y comparte su comida en el comedor de oficiales. Y aun así, no es más que una mención, sin comentario alguno, cuando aquel líquido dorado como un sol poniente, ese racimo parasitado por un hongo que se instala en la piel de las uvas en la luz todavía cálida y el aire húmedo del otoño, le habría podido inspirar páginas enteras. Sobre todo si pensamos en la expresión que designa ese proceso tan singular de maduración de las bayas: la podredumbre noble.

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Con las novelas de Conrad se cierra un ciclo de aventuras marítimas inaugurado por Homero, un ciclo en el que Simbad y Tristán podrían pasar por descendientes lejanos de Ulises y de Jasón. Pero mientras que en Homero las intenciones de los hombres están sometidas a los sortilegios lanzados por los dioses, al capricho de una diosa con ojos de lechuza o de otra con cabeza de vaca, en Conrad son los vientos los que mandan, junto con los arrebatos de la tripulación: los héroes y los semidioses han cedido su lugar a unos brutos, pero a unos «brutos dignos de respeto» que se enfrentan a la avería o a su propia cobardía en lugar de a las astucias del destino.

En el momento en que la navegación a vela toca a su fin, y con ella una parte de la literatura occidental, que cuenta ya tres mil años, hay que agradecer a Conrad que haya elevado el relato una vez más hasta lo sublime para sobrevivir a pesar de todo en ese viejo y estéril universo donde Neptuno se ha convertido en administrador de una sociedad marítima, representado en cada puerto por un vice-Neptuno.

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Se concede mucha importancia a los géneros en literatura, y muy poca a las formas. Entre las más pertinentes, la lista es una de las más practicadas, sin duda porque se sitúa en el límite entre el sentido y el sinsentido. Se limita a yuxtaponer sin concluir (la lista, de hecho, rara vez está cerrada), ofrece un inventario que deja a la mente libre para divagar, saltarse líneas, descubrir coincidencias; sugiere otras combinaciones posibles y satisface nuestro gusto por la nomenclatura sin encerrarnos en un sistema.

Es una escritura al margen, como lo confirma su etimología: una raíz germánica que designa el lindero, el borde, la tira de pergamino o de papel estrechamente vertical en la que se inscriben marcas. De ahí su virtud poética y su función de ayuda de la memoria, así como la euforia que provoca su recitación: los limpiaculos en Rabelais, las conquistas de don Juan, la zoología fantástica en Borges, los recuerdos de Perec son ejemplos célebres y fascinantes. Cada cual puede completar la lista, a la que yo añadiría, por mi parte, los índices y los repertorios, que ya constituyen por sí mismos una forma plena de lectura en los buenos libros.

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Al comenzar su viaje a Italia, en septiembre de 1580, Montaigne se toma la molestia de anotar que, en Vitry-le-François, las muchachas cantan una «canción ordinaria, en la que se advierten unas a otras no dar grandes zancadas, por miedo a volverse varones, como Marie Germain». La advertencia resulta tanto más útil cuanto que, en esa misma localidad, acaban de colgar a una joven que vivía vestida de muchacho, o cuyo sexo era ambiguo. Pero la canción ilumina también, con una luz inesperada, la recomendación que aún se hace a las niñas de mantenerse con las rodillas juntas cuando llevan vestido o falda. Bajo la decencia y las normas de buena conducta, tal vez se ocultan motivos más oscuros, temores que la moda vestimentaria ha atenuado, al mismo tiempo que la diferencia sexual se considera de forma más difusa, por no decir menos tajante.

El caso de Marie Germain debió de causar sensación en el siglo XVI, pues lo conocemos gracias a dos testigos ilustres: Ambroise Paré, que lo menciona en su libro sobre los Monstres et prodiges, y Montaigne en su diario de viaje. Ambos cuentan que Marie se transformó en varón de un día para otro, y aunque no se ponen de acuerdo en la edad (quince años según Paré, veintidós según Montaigne), sí que coinciden en las circunstancias: al saltar una valla, los genitales le salieron del vientre, o como dice Montaigne, «se le manifestaron sus herramientas viriles».

Montaigne retoma el episodio en los Ensayos, que alimenta tanto con cosas vistas como leídas; pero esta vez lo hace para ofrecer una interpretación muy personal del caso de Marie Germain, «muy barbudo, viejo y sin casar». La metamorfosis que llamó la atención del viajero, y que el autor no olvidó en su biblioteca —al punto de recordar la canción que las chicas cantaban entre sí—, le sirve para ilustrar la fuerza de la imaginación. Una idea fija, una «aspereza del deseo» pueden provocar un fenómeno que desafía las leyes de la naturaleza, porque permite hallar el sosiego: la imaginación «saca mejor partido incorporando, de una vez por todas, esa parte viril a las muchachas».

Rara vez se ha expresado con tanta claridad la fuerza del deseo que, si no logra mover montañas, puede al menos parir un ratón. Pero también es el misterio de una voluntad que se nos escapa, de aquello que es más fuerte que uno mismo, lo que aquí se demuestra con ese ejemplo. La imaginación de la que habla Montaigne ya no es el alma, y todavía no es el inconsciente, pero es un término (a falta de una sustancia) que sirve para nombrar la parte imponderable de nuestras acciones, al mismo tiempo que una causa eficaz aunque invisible.

Entre los nervios y las células, entre la médula y la sangre, habría pues algo más ligero que el aire y más transparente que el agua: un vacío activo que es una fuente de energía, de donde nacen tumultos y tormentos, pero también una imagen de sí que acaba por encarnarse en un cuerpo y en un destino.

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El signo que se lee wen en chino y bun en japonés designa a la vez el carácter en sí mismo, eso que llamamos impropiamente un ideograma, y la frase y la escritura por entero. Es decir, el saber del «ilustrado» que hemos acabado por llamar, en occidente, la «cultura».

«Letras: también se dice de las ciencias», escribía Furetière en la época en que aún se hablaba del hombre honesto.

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Para Lévi-Strauss, un mito no es una historia que tuviera una versión originaria, más pura que las demás o más cargada de sentido. Un mito es una trama y sus variantes, un relato y sus múltiples ramificaciones.

Lo mismo sucede con la historia familiar, sobre todo cuando se transmite oralmente, y más aún cuando se basa en un secreto que no puede ni callarse ni revelarse.

El niño es un etnógrafo sin saberlo, porque intenta establecer relaciones de parentesco, reconstruir una cronología, comprender ritos y alianzas a partir de retazos de conversaciones, de confidencias que no van dirigidas a él, pero que alcanza a oír mientras juega entre las mujeres. Su objeto de estudio no es una tribu lejana en el espacio, sino una tribu que se aleja en el tiempo, y de la cual va descubriendo poco a poco que él prolonga la estirpe.

Yo fui ese niño que se preguntaba por la genealogía. Crucé hilos y até cabos sueltos. Me gustaba la trama y el tejido. Trencé canastas, aprendí el punto bobo, el punto jersey, el punto de arroz y las disminuciones. Luego aprendí a leer y a escribir: cambié de práctica, pero no de método.

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En defensa de Céline (cuando se quiere defender lo indefendible), el último argumento es que no denunció a nadie. Eso equivale a hacer poco caso de los sueños de exterminio en el mismo momento en que se extermina, o de las diatribas contra «el judío Desnos».

Es tanto como admitir que un escritor es un irresponsable que no sabe bien lo que dice, y que toda la literatura no es más que un pedazo de papel.

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Otra noche distinta de la de Céline, otros viajes inspiraron a Virginia Woolf este elogio en el que cada palabra está medida: «Habría que estar cerrado al sentido de las palabras para no oír, en esta música más bien fría y sombría, impregnada de reserva, de orgullo, de una integridad inmensa e implacable, cuánto mejor es ser bueno que malo, cuánto bien hacen la lealtad, la honestidad y el coraje, aunque aparentemente Conrad no se preocupe más que de mostrarnos la belleza de una noche en el mar».

No hay consuelo vano en Conrad, ni siquiera los buenos sentimientos que Virginia le atribuye. Buen marinero al fin, sabe que una voz fuerte y firme basta para hacerse oír; que una imaginación puede ser aventurera sin ser delirante, y que toda cobardía, todo abandono te condena a naufragar. Como buen capitán, sabe que el viento hace callar a quienes se lamentan de sí mismos, y que las tormentas acaban por domeñar a los más testarudos. Como buen escritor, sabe que el genio no se confunde con los artificios del estilo, y que nuestras imprecaciones no valen nada frente a los elementos desencadenados.

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Para describir el recorrido de los vientos alrededor del globo, el movimiento de las mareas, los relámpagos y las tormentas —en suma, la belleza sobrecogedora de los fenómenos meteorológicos—, es preciso adoptar el punto de vista de Dios. Ahora bien, el punto de vista de Dios es el ojo del ciclón.

Es precisamente en ese ojo donde se sitúa Victor Hugo para escribir Les Travailleurs de la mer,, lo cual no le impide documentarse. Una de sus fuentes: Les Tempêtes, de Margollé y Zurcher, a quienes llama «los historiadores del viento».

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Me volví miope y tuve que empezar a usar gafas cuando tenía entre ocho y nueve años. La aparición de un mundo borroso coincidió, por tanto, con el dominio de la lectura, como si la realidad hubiera tenido que desvanecerse en parte para dar paso al mundo de los signos.

Desde entonces no he dejado de usar mis gafas: me gusta la nitidez de las palabras y de las cosas, lo que no quiere decir que el mundo se haya vuelto más nítido.

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Es cerrando los ojos, en medio de una noche interior, como nace la inspiración. De ahí la ceguera de Homero, inventada para satisfacer las necesidades de la alegoría.

Swift lo había comprendido tan bien que, en el reino de los muertos, imagina a Homero con unos ojos vivos y penetrantes. Porque necesita ver para medir los límites de su estancia, y para distinguir las sombras errantes de sus comentaristas, a quienes no quiere tratar a ningún precio. Pero ya no necesita esa noche profunda en la que su canto le mostraba el camino, como un perro guía.

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Se habla de la presencia de un actor cuando atrae la mirada y la luz, y sobre todo cuando la plenitud de su actuación, que nos tranquiliza a la vez que nos deleita, proviene de su interior, en lugar de apoyarse en los recursos del oficio, que lo convertirían en una marioneta humana.

Deberíamos hablar también de la presencia de un escritor, cuando su voz parece hablarnos al oído, y cuando su hechizo nos convierte en niños que siguen a un flautista.

Entonces descubriríamos que ciertos autores, cuyo texto es impecable, brillan por su ausencia.

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«Nunca sé con exactitud cuándo he hecho algo».

No soy yo quien habla, pero podría hacer mías estas palabras de un escritor imaginario, Clare Wawdrey, al que Henry James convirtió en protagonista de The Private Life. Como él, yo también me ausento, pero en medio de los demás; y al igual que él, no escribo con la pluma en la mano. Hace mucho que no tengo manuscritos, ni siquiera cuadernos de notas, pero cada día paso horas entregado a una ensoñación útil, a un monólogo interior cuyas palabras acaban por imprimirse en la memoria, siempre que se armonicen el ritmo y el sentido. Como un agua cuyos remolinos acabaran por dibujar figuras.

Las novelas de hoy ya no nos proponen héroes, porque el propio autor ha ocupado todo el sitio. Los personajes secundarios son estrellas muertas que gravitan en torno a un narrador que se cree el sol en cuanto empieza a contar su divorcio o su cáncer.

El capitán Nemo, Lord Jim o Swann exploraban un mundo mucho más vasto.

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Hablamos a las bestias y a los muertos, pero no les escribimos.

Salvo en Egipto, al fin del Imperio Nuevo, cuando los escribas dirigían cartas a los difuntos para ganarse sus favores.

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El oso es un hombre para el oso.

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Hay dos tipos de libros: los que se leen de un tirón, con el vivo placer de terminarlos cuanto antes, y los que se leen levantando la vista, para dejarse arrastrar por la propia ensoñación, en un viaje interior que transcurre entre el semisueño y la levitación.

Jamás se habrían imaginado las alfombras voladoras, si antes no se hubiera inventado el libro.

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Una de mis ensoñaciones habituales, aunque siempre fugaz, es la invención de una lengua. No para que se hable (no tengo la ingenuidad de los esperantistas), sino para abandonarme al placer de la ficción (con una ingenuidad que impide toda creación novelesca).

Como todo inventor, empiezo improvisando, tomando el dual del griego, el singulativo del bretón o el futuro imperativo del armenio. La verdadera dificultad empieza cuando hay que imaginar los vaivenes de la historia, las hablas locales, las etimologías inciertas, y me invade el cansancio cuando toca llenar los casilleros gramaticales con palabras inventadas por completo. Como en el aprendizaje de una lengua real, el léxico es el verdadero obstáculo: la infinita designación que otorga a las cosas una apariencia de realidad.

Habría que creerse un dios, pero al cansancio se suman tantos otros inconvenientes, por no hablar del ridículo.

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Champollion y Darwin fueron casi contemporáneos, y sus descubrimientos se sucedieron en torno a 1830. Cuando el primero murió, tras haber agotado sus últimas fuerzas en Egipto, el segundo llevaba ya un año a bordo del Beagle.

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Fue gracias a estos dos hombres [Champollion y Darwin] que nunca se conocieron y cuyas investigaciones, en apariencia, nada tenían en común, que nuestra representación del pasado lejano quedó para siempre alterada. Porque fue a partir del momento en que la historia del hombre dejó de escribirse únicamente en la Biblia que la evolución de las especies pudo contemplarse bajo una luz nueva. Desde entonces, vivimos apoyados en ese pasado inmenso, en ese espacio temporal que es un nuevo infinito, y que tratamos de colmar con hipótesis y con huesos, con muescas invisibles y dataciones por carbono 14.

Lo que no ha cambiado es nuestro temor al fin del mundo, que se aproxima como si el tiempo fuera una cantidad invariable cuya masa se distribuye de otro modo.

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«¿Y qué haces con todos esos fragmentos?», me pregunta un amigo que quiere ser bienintencionado.

Construyo cobijos que no son refugios. Cobijos provisionales por los que el olvido deja pasar la luz del día; casas flotantes que van a la deriva, y en las que soy feliz.

Construyo con recuerdos y con citas. A veces, con puñados de nieve, con briznas de paja y ceniza, con plumas y pegamento.

Escribo contra los padres con mayúscula, contra los dioses que siembran el terror, contra los reyes que tan bien quedan en la literatura, como los ángeles, según Flaubert.

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Je dis ce que j'en sens by Joan Flores Constans is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España License.
Based on a work at http.//www.jediscequejensens.blogspot.com.

28 de mayo de 2026

Pierre Bergounioux. Carnet de notes 2021-2025 (III)



En su Carnet de notes 2021-2025, Pierre Bergounioux deja constancia de la aparición en castellano de La Mort de Brune, publicada por Shangrila Ediciones en 2025, traducida por Ester Quirós Damiá:

Jueves 30-10-2025

«En pie a las seis menos cuarto. En la panadería nada más abrir y luego lectura de las entrevistas de A. Trapenard. En el correo, la traducción al español de La Mort de Brune.

Paseo habitual en el decorado de un octubre agonizante. Los arces están esteramente dorados. Luego vamos a Chevreuse para unas pequeñas compras».



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25 de mayo de 2026

Pierre Bergounioux. Carnet de notes 2021-2025 (II)

 

Los Carnets de notes, como la mayoría de la obra de Bergounioux —con honrosas excepciones—, no han merecido la atención del mundo editorial español; la única versión existente es una parcial que publicó la editorial Días Contados —Cuaderno de notas (Diario 1980-1985), traducido por Carlos Wenceslao Lozano, extraído del volumen Carnet de notes 1980-1990 (2006)— en 2015, y del que publiqué las correspondientes Notas de Lectura.

A continuación, traduzco algunas de las anotaciones del volumen; aparte del orden cronológico, las he agrupado bajo tres epígrafes: las que hacen referencia a la cotidianeidad, en las que Cathy, su compañera desde hace más de cincuenta años, aparece con frecuencia y siempre de forma sumamente favorable; las dedicadas a sus colegas escritores —la mayoría, presentes en este blog—; y, finalmente, tal vez las más confesionales, las que hacen referencia a su estado de salud, a su edad y a la proximidad de la muerte.

El día a día

Miércoles 6-1-2021

En Chartres, a primera hora de la tarde. El cielo, muy oscuro, invernal, pesa sobre la tierra, sobre el ánimo, también. Nieva en todas partes, en el sur del país, sobre todo, pero la región parisina queda al margen.


Miércoles 10-3-2021

Cathy regresa, entretanto, del instituto, discretamente, y se refugia en su despacho. Es ella. Todo vuelve a mí, y ante todo la imposibilidad, constatada desde el primer momento, de frecuentar su cercanía. Tengo catorce años. La más interesante de las muchachas atraviesa mi campo de visión y luego desaparece; que perezca el mundo antes que perderla.


Martes 26-4-2022

Cuando Cathy entreabre la puerta del despacho donde estoy trazando estas líneas, es una felicidad infinita. El pensamiento de que no volveré a verla me sume, por la noche, cuando me siento morir, en la desesperación. Habrían hecho falta numerosas vidas para agotar el encanto de su presencia. Pero hace cincuenta y nueve años que me crucé en su camino, y es mucho, mucho más de lo que cabe razonablemente esperar para los mortales.


Sábado 3-12-2022

À. Leygonie me ha pedido unas páginas sobre las razones que me llevaron, en su momento, a escribir. Evoco, una vez más, la indigencia, la relegación, el silencio de mi pequeña patria, la escolarización ampliada, prolongada de nuestra generación, el gusto repentino, la necesidad de tener una idea un poco más clara de nuestra condición, de nuestros destinos presentes y pasados.


Viernes 10-2-2023

He vivido, si es que esa es la palabra, en los libros, y me desconcierta cada vez la reaparición de lo real, de los vivos. Me parece volver, por un instante, de entre los muertos.


Lunes 31-7-2023

Cathy sale enseguida a podar, a escardar los abedules y los sauces, sobre todo. Yo termino, no sin esfuerzo, de recoger los hierros, barro someramente el taller, preparo mi equipaje. Hace muy buen tiempo. La paz del campo es absoluta, en esta víspera de agosto. Permanecemos largo rato, después de comer, la más bella, la mejor de las mujeres y yo, recapitulando los sesenta años que han pasado, no sé cómo, desde que los dioses me la presentaron. La veo aún surgir en el verano de 1963, y el resto de mi vida, hasta el final, queda instantánea e irrevocablemente sellado cuando todo apenas acaba de empezar y se me escapa casi por completo.


Viernes 22-9-2023

A fuerza de vivir eternamente recluido, entre los libros, he olvidado cómo es la vida social, la gente de toda edad y condición, el ruido, el tráfico, los escaparates. El cielo se ha despejado. El sol bajo de septiembre deslumbra, vuelve peligroso desplazarse.

Los colegas

Domingo 14-3-2021

Salimos a pasear pasando por el instituto, a pesar del viento frío, del cielo amenazador. François Bon, que ha visto el artículo sobre Michelet en Le Monde, me cuenta que contrajo el virus en otoño y que perdió a su madre. Nada ni nadie nos separa ya de la puerta de salida.


Jueves 18-3-2021

Me levanto a las seis y media. Abro Contemporains, de François Bon, una serie de artículos sobre los escritores de hoy, de los que ya había leído la mayoría; luego paso a Conversations avec Keith Richards. Al principio las tomo por reales, hasta que me asalta una duda, que se confirma en la última página: «Todo está inventado salvo Keith Richards».


Domingo 2-1-2022

Llama Jacques Réda. Teníamos que vernos en París, pero ha contraído la covid. Como había recibido las tres dosis, la enfermedad se queda en un fuerte resfriado.


Jueves 23-6-2022

François Bon llama a las cinco. Casi dos años ya sin vernos.


Jueves 27-10-2022

Me levanto a las siete menos diez. En el buzón de correo, tres fotos de Jean-Paul Michel, de 1965-1966. No consigo recuperar mi estado de ánimo de entonces. Uno se vuelve, con el tiempo, extraño a sí mismo. Recuerdo, sin embargo, que postulaba, ya entonces, que existía una versión aproximada de la vida.

Nuestras ideas podían, debían «ser proporcionales a los hechos», como dice Montesquieu, pero ni yo ni nadie, que yo sepa, a mi alrededor, era capaz de lograrlo. Ningún recuerdo que no estuviera manchado por el error, por la  ilusión, y eso fue, en ese mismo instante, una decepción, una pena que me habrían arruinado la existencia. El resto de mi vida ha transcurrido tratando de comprender lo que ocurrió, desde el principio, y por qué no lo comprendía. No habré vivido, si por ello se entiende aceptar lo dado, lo que uno es. La realidad, aquello que dábamos por sentado, que se presentaba como tal, no me convenía en absoluto, me resultaba insoportable la mayoría de las veces, y lo que me hablaba, lo que me emocionaba, parecía estar destinado solo a mí, por lo que, en realidad, no existía.

Me vi condenado a soportar cosas que, en el mejor de los casos, me eran indiferentes, cuando no muy desagradables, gentes cuyos procedimientos y pensamientos reprobaba, visiones que, con la mejor voluntad, no podía compartir.

Fueron los libros —es decir, las convulsiones sociales que marcaron aquella época, y de las que su aparición fue uno de sus efectos— los que me acarrearon esos desengaños, pero también alimentaron mi esperanza.

Eran quizá un centenar, en el nicho excavado en la pared del fondo del comedor, y ninguno de ellos tenía relación con el mundo exiguo que habitábamos, la vida austera que llevábamos, en una subprefectura de la periferia. Aún me veo sacándolos de la estantería, hojeando sus páginas con la vaga esperanza de que arrojaran alguna luz sobre la hora y el lugar, y devolviéndolos luego a su sitio, desengañado, resignado a que la explicación que daban de mundos lejanos o ya extinguidos nunca alcanzara al nuestro.

Si existía un comentario preciso sobre la vida que llevábamos, estaba exiliado en algún lugar desconocido o bien era una virtualidad a la que un oscuro sortilegio nos impedía el acceso.


Lunes 14-11-2022

Me dirijo a la Sorbona por la rue Saint-Jacques, bordeando, para ello, Louis-le-Grand y no puedo dejar de pensar que han pasado cincuenta años desde que llevé allí a Gaby. La sala de actos está muy cerca de la entrada. Jean-Paul Michel ya ha llegado y discute con los vigilantes, que cerrarán el acceso de la rue Saint-Jacques a las 18:45. Habría que avisar a los que lleguen tarde, invitarlos a entrar por la rue Cujas o la rue Victor-Cousin. Sí, pero está prohibido, por motivos poco claros, fijar cualquier escrito, y el responsable, alguien sumamente autoritario, según nos dicen, ya se ha marchado a casa. Jean-Paul: «Me da igual».  Mayo del 68 queda lejos. «Prohibido prohibir.» Francia sigue siendo, decididamente, «ese país en el que hasta la rata más insignificante está policialmente controlada».

Saludo a Karim Haouadeg, a Michel Collot, que sigue dirigiendo un seminario. Iré a visitarlo en 2023, si todavía estoy aquí. Jean-Paul expone su concepción del poema, recapitula su trayectoria de sesenta años, lee algunos textos. Llego a la estación de Luxembourg justo a tiempo. Llueve cuando me bajo en Courcelles, solo, sobre las nueve de la noche.


Miércoles 22-3-2023

Leo Les Deux Beune de P. Michon antes de volver a Voltaire.


Sábado 1-4-2023

Sigo con interés la conversación de Dominique Viart con Patrick Deville y Kaveri Srini, un investigador indio, especialista en inmunología, que habla con fluidez nuestra lengua por haber trabajado en el Instituto Pasteur. Luego hablo con Laurent Demanze. Sesión de firmas. Los estudiantes movilizados para el festival se preocupan por mi vieja persona, me traen «pasteles y bebida». Y aparece Marie-Hélène Lafon, risueña, animosa, la «energía auvernesa» hecha mujer.


Viernes 29-9-2023

Leo el libro de M.-H. Lafon sobre Cézanne.


Lunes 29-1-2024

Tomamos el tren de las dos menos cinco, hacemos transbordo en Saint-Michel, salimos en Musée-d’Orsay. ¿Cuándo fue mi última visita? Lo he olvidado. Colin Lemoine nos ha inscrito en la lista de los privilegiados que pueden visitar el lugar el lunes, día de cierre, lo que me incomoda. Somos unas dos o tres decenas de personas las que atravesamos la puerta de la rue de Lille. Se presenta el documento de identidad y no queda más que contemplar los Van Gogh expuestos en tres o cuatro amplias salas. La afluencia es tal, los días laborables, me han dicho, que resulta difícil ver nada. Saludo a Marie-Hélène Lafon, a quien Colin ha avisado de nuestra visita y que se ha desplazado hasta aquí.


Sábado 17-2-2024

Por una oscura y tenaz fatalidad, Marie-Claude B.-B. perdió, muy joven, a su marido en un accidente de coche, cuando las causas tradicionales de mortalidad —ahogamiento, tuberculosis, enfermedades tropicales— pertenecían ya al pasado. Pero, como su abuela Olga, estudió, se convirtió en profesora de economía en la universidad de Burdeos y, como Pierre Michon, ha resucitado esas vidas ínfimas.


Jueves 7-3-2024

Me pongo a leer las dos últimas publicaciones de Jean-Paul Michel, Injonctions et censures intimes des morts y Le Là de l’être-là. En ellas se erige en intérprete de nuestro próximo final, cuando, hace sesenta años, en Brive, celebraba nuestros despertares.


Lunes 30-9-2024

Un SMS de T. Bouchard me informa del fallecimiento de Jacques Réda. Nos conocíamos desde 1988. Durante treinta años me visitó con Jacques Borel y luego —después de 2002— sin él. Habíamos hablado de reencontrarnos en París, pero sus piernas ya no lo sostenían y yo, por mi parte, temía el viaje en RER hasta Gare du Nord. Pienso en él, con el corazón encogido. ¡Cuántos duelos, últimamente!


Martes 8-10-2024

A las dos, en el Père-Lachaise. Me duele la espalda y el empedrado irregular de los senderos no ayuda. Ha empezado a hacer calor. Es en la capilla central donde tiene lugar la ceremonia religiosa solicitada por Jacques [Réda]. Sus hijos están allí. Oficia un sacerdote: la paz, la vida eterna, la resurrección. ¡Cómo creer en semejantes fábulas!

Saludo a muchas personas conocidas que no había vuelto a ver desde hacía años, V. Pélissier y T. Bouchard, G. Ortlieb y T. Laget, A. Cerisier y A. Gallimard, a quien le digo que esperábamos unas palabras suyas. «Se hubiera podido creer que me estaba promocionando», me responde. Bien puedo replicarle que está por encima de eso. Me despido de unos y otros y emprendo, con esfuerzo, con dolor, el camino de regreso. Todo me sorprende, la gente, la vida, después de dos meses pasados limitándome a escribir y a leer en mi reducto.


Viernes 7-2-2025

En pie a las siete y media. No lograba conciliar el sueño. Termino Voyages de découvertes en Afrique, paso a un envío de livres pauvres de J.-M. Marchetti y empiezo J’écris l’Iliade de P. Michon.

El fin del camino

Martes 23-2-2021

Por la tarde, en la cantera de arena, por encima del Mérantaise. Hace muy buen tiempo. El viento del sur arrastra nubes como puñados de guata arrojados al azul. Me cuesta subir el sendero escarpado. El esfuerzo me oprime el corazón y me deja dolorido, maltrecho, al borde mismo del desmayo, hasta el final del día, con diez de tensión. Como Sarah y Jeanne insisten a toda costa en pescar, las llevamos hasta la zona de juegos, donde sumergen en el arroyo un hilo atado a un palo. Yo también conocí instantes parecidos, mágicos, en los comienzos del tiempo.


Lunes 17-5-2021

Sin vértigo ni náuseas, pero reaparece el dolor en la mano izquierda. Artrosis, sin duda. Aún no la conocía. Exploro el triste país de la edad.


Domingo 3-4-2022

Me levanto a las siete menos cuarto. Tiempo claro y frío. Leo junto al fuego. Una fórmula de Chateaubriand, sobre el sepulcro de Cristo: «El único que no se desvanecerá con el paso de los siglos». Doy vueltas a los sombríos pensamientos acordes con mi edad, recuerdo horas pasadas, más pobladas de muertos que de vivos.


Miércoles 9-11-2022

Me levanto a las seis y media. Tensión persistente. Desde hace meses tengo la oscura sensación de haber llegado al término de mi vida. Hace tanto tiempo que todo empezó. Casi toda mi antigua compañía ha desaparecido. Me demoro indebidamente.


Viernes 18-11-2022

Ensimismado, me di cuenta de que mis primeros recuerdos se borraban. El olvido se lleva consigo las impresiones muy vivas, muy intensas, que sin embargo habían permanecido durante mucho tiempo, desde los comienzos. Los seres, los hechos, los momentos han perdido la realidad de la que estaban revestidos y que habían conservado más allá del instante que habían ocupado. Carecen, desde ese momento, de consecuencias y, por tanto, de importancia, de consistencia. He tenido mi momento. Puedo marcharme ya, como ya lo ha hecho la mayor parte de mi mundo.


Viernes 24-3-2023

La edad está arrebatándome la vida mientras aún estoy vivo. La veo desde fuera, como un espectador; ya no comprendo los entusiasmos, los arrebatos que llenaron los años. Supongo que así debe ser cuando uno ya ha vivido su tiempo, ha acabado por hacer, más o menos, lo que quería y el final puede sobrevenir en cualquier momento.


Sábado 22-7-2023

En pie a las siete menos diez. Hace un mes ya que estamos aquí y no puedo evitar pensar que este podría ser mi última estancia en la tierra natal. Puedo morir en cualquier momento, reunirme con los que me han precedido en este lugar. Ha llegado la hora.


Viernes 22-12-2023

Me entero, incidentalmente, del fallecimiento de un compañero de la escuela primaria. Hacía quizá sesenta años que nos habíamos perdido de vista y me invade el espanto al sondear el abismo que el tiempo ha cavado desde entonces. Los recuerdos de aquella época me parecen pertenecer a un tercero. Llego casi a dudar de mi propia existencia. Marie-Christine —Sœurette—, con quien hablé ayer por teléfono, me decía sentirse presa del terror al recordar ciertos días muy lejanos y la proximidad, ahora, la eventualidad, en todo momento, del final.


Domingo 25-5-2025

A las dos, en Versalles, bajo un aguacero. Al llegar allí, me encuentro de repente mal, a punto de desmayarme, de morir quizá, como me ha ocurrido innumerables veces desde hace casi veinte años. Experimentaré hasta la noche una sensación, muy angustiosa, de pesadez y debilidad en la región del corazón.

Tengo setenta y seis años.


Sábado 27-9-2025

No sin cierta aprensión emprendo el camino de regreso. Ha salido el sol, pero el corazón me duele, y también las piernas. Siento mareos, floto y me pregunto, sombríamente, por momentos, si no acabaré sobre el duro pavimento de París. Tomo el RER hasta Denfert, la línea 4 hasta Porte d’Orléans, donde acabo por localizar los autobuses lanzadera. Una joven de origen africano me ofrece generosamente su asiento y, sin la menor vergüenza, lo acepto. Cansado. Esta mañana había sido un hombre joven, también negro, quien me había cedido su sitio.

Me hice el valiente y lo he pagado. Ya no me atrevo a imaginar la triste figura  que el tiempo, la edad me han dejado. Afortunadamente, no la veo.


Foto del encabezamiento: https://www.lamontagne.fr/lafage-sur-sombre-19320/loisirs/en-correze-les-premieres-rencontres-de-l-oratoire-proposent-une-conversation-particuliere-avec-l-ecrivain-pierre-bergounioux_14724893/


Je dis ce que j'en sens by Joan Flores Constans is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España License.
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