28 de septiembre de 2026

Melancolía de los confines. Norte


Melancolía de los confines. Norte. Mathias Enard. PRH, 2026.
Traducción de Robert Juan-Cantavella
«Cuando casi llegaba a la librería Büchner, vi más claramente que una investigación sobre la literatura era una investigación sobre sus límites y sobre su poder, para mí todavía bastante borrosos: sobre el más allá, sobre aquello que palpita tras la frontera, que entrevemos en los territorios de la alteridad, de lo imaginario. Del mismo modo que la hipnosis y la imaginación, la fantasmagoría, más que un asunto de arqueología del cinematógrafo o una cuestión de proyección o de óptica, se convertía en una alegoría entre la creencia, la imagen y la realidad, del proyecto del relato: narrar es cruzar la distancia que nos separa del ausente; es enterrar lo real en lo irreal mediante el lenguaje, despedazar el mundo para ofrecérselo a unos dioses silenciosos, como el humo de los muslos de cabra de los sacrificios aqueos: la literatura es ese humo, residuo divino que significa la ausencia de aquello que la provocó, para siempre. Todo cuanto entra en literatura pasa los confines del mundo de los fantasmas y, al penetrar el universo del lenguaje, abandona su envoltura carnal. El mundo del texto es un espectro proyectado sobre la palidez de nuestras conciencias por un aprendiz de ilusionista. Como tal —espectro, humo— es bien tangible, pero de otra materia; ni real ni irreal, es metafísico, más allá de su naturaleza primera, como dice Avicena, y sin embargo emana de nuestra realidad».
El mecanismo psicológico de compensación actúa tanto en situaciones adversas como en circunstancias propicias en función de la capacidad del sujeto para equilibrar, en principio, la inestabilidad; se trata de alcanzar una especie de homeostasis psíquica que se encarga, insconscientemente, de restaurar la estabilidad. Sin embargo, este no es un mecanmismo de suma cero, porque esa estabilización solo es aparente. Un atisbo de esperanza que aparece de pronto en medio de una coyuntura desfavorable conlleva una contrapartida de melancolía cuando se comprende la distancia, casi insalvable, entre la angustia y la expectativa: el recuerdo de las promesas incumplidas en el pasado actúan como un muro insalvable para los augurios  que se esperan del futuro. 

Melancolía de los confines es un proyecto a largo plazo, una tetralogía que abarcará los cuatro puntos cardinales, que Mathias Enard, el escritor francés que ha merecido algunos de los premios literarios más prestigiosos del país vecino y un público lector fiel y comprometido, inaugura 
con este Norte. Es el primer texto específicamente ensayístico del autor, pero en él puede reconocerse al mismo Enard de Zona, tal vez su título mayor, y Desetar, su último libro publicado; ese estado de guerra permanente, en este caso en Europa, que aunque no es el tema de la obra, sí que parece la fuerza que organiza su idea de la historia y de su tratamiento literario: cuáles son las consecuencias para los hombres, para la memoria, pero también para la manera de contar, a años vista, lo que sucedió.
«Con razón o sin ella, pensaba yo al pasear entre las ruinas de Beelitz, que la noche y la lluvia parecían reparar con oscuridad, restaurar con negrura, con razón o sin ella, las únicas tumbas de los soldados derrotados con el olvido y la desaparición, tanro si los consideramos responsables de las atrocidades de su bandera o, por el contrario, inocentes, sometidos al destino  colectivo; en ambos casos no tienen otra sepultura que el olvido. Solo la literatura, en su caleidoscopio de posibilidades, puede contemplarlos por lo que son: cuerpos desaparecidos, figuras monstruosas, vínculos perdidos con el pasado».
Enard se encuentra en Berlín para visitar a una amiga, E., que ha sufrido un accidente cerebrovascular y se encuentra atendida en los restos conservados de lo que fue el complejo hospitalario de Beelitz-Heilstäten, dedicado oiginariamente al tratamiento de enfermedades infecciosas —una especie de Berghof trasladado de Davos a Brandeburgo—. El sanatorio, en su estado actual, es el reflejo de la historia de Brandeburgo durante el siglo XX: la ruina de lo que un día fue el centro neurálgico de Europa, que se mantiene en pie por la calidad de su construcción y porque el tiempo no ha podido, aún, destruirlo; aunque también en este caso, tal vez la decadencia sea peor que la ruina, más cuando ese conjunto de edificios está destinado a ser remodelado y convertido en un barrio para «artistas, compositores, diseñadores, arquitectos»: la dictadura del consumo se posa sobre la historia y la pisotea, convirtiéndolo todo en vacío. Enard pasea por la capital alemana —«en compañía de los espíritus, el fantasma de Walser y el espectro de Sebald»— y nos hace partícipes de sus divagaciones, entre recuerdos propios y adquiridos, aventuras nocturnas más o menos gloriosas, amigos que entran y salen, a través de un fraccionado monólogo interior que intenta remediar, al tiempo que la desata, esa melancolía que atrapa cuando uno se siente en una frontera, mejor, en una orilla, que no es solo geográfica: el neocapitalismo, ese que es capaz de convertir un sanatorio en apartamentos de lujo para gente pudiente, se ha desarrollado con más éxito en el Berlín exsoviético que en el occidental, como si el pasado socialista tuviera que pagar una cuota de occidentalización más gravosa, una penitencia más severa.
«La frontera es fecunda en desapariciones, fértil en violencias; la literatura crece en la rodada mortal, sale del osario como una amapola, una amapola silvestre que daría esa forma megnífica de olvido, esa forma sublime de olvido que es memoria, que es un libro. ¿Qué relatos fabrica el límite, la confrontación siempre más o menos violenta con los otros? ¿Sigue Europa escribiendo la Ilíada, sigue sembrando muertos en los surcos del enfrentamiento?».
Enard se detiene en la última batalla de Berlín, cuando la apisonadora soviética no deja ni siquiera vestigios y condena a la ciudad al olvido, un olvido que solo puede intentar recuperar, sin conseguirlo, la literatura. Inevitablemente, se hace presente El cielo sobre Berlín, la película de Wim Wenders y Peter Handke, tal vez trasunto de los bombardeos de 1945, y su comiezo: «cuando el niño era niño, para él todo tenía un alma, y todas las almas eran una sola». Un Berlín para sirempe en blanco y negro,  las mismas nubes o el mismo asfalto mojado después de la omnipresente lluvia, asaltado por el interminable otoño.

La batalla de Berlín lleva a Enard a Stalingrado, otra de las ciudades que sufrieron una forma parecida de desastre en la IIGM; la rusa pagó un precio más alto pero estaba en el bando vencedor, aunque la novela más famosa sobre el cerco, Stalingrado, fue obra de un escritor alemán, el bando derrotado, Theodor Plievier.

Sin solución de continuidad, de Stalingrado a Viena para incidir en la hipnosis y el poder de la autosugestión: el hilo que une a Mesmer con Charcot, a este con Freud, y todos ellos con los milagros de la Edad Media; la relación entre magnetismo, hipnotismo y creación artística —y su relación con el Romanticismo, un fenómeno eminentemente alemán—: Desnos, Breton, Aragon, Crevel, Morise y Éluard. El fin del hipnotismo en el paradigma psicoanalítico cuando Freud inventa la transferencia, la catarsis y la asociación libre; y su relación con el «síndrome de resignación»: adolescentes migrantes que caen en coma cuando reciben el anuncio de su expulsión de Suecia; para concluir con los puntos de contacto entre la literatura del sueño —otra vez Freud, todavía— y la literatura de la deambulación —aquí ya no—, el paso del sonambulismo al realismo, con Theodor Fontane.
«La ley de Wirchow: todas las células provienen de otras células, y todos los libros provienen de libros, todos los textos provienen de textos. Durante mucho tiempo se pensó que los textos y los libros nacían de las palabras, pero no, provienen de otros textos, de otros libros, como las células del cuerpo humano. Dudaba si sacarme el Lenz de Büchner del bolsillo; fuera, la noche había convertido las ráfagas de granizo en una nevada. Mirar por las ventanas me daba frío. A mi lado, una pareja cenaba albóndigas acompañadas de repollo rojo. La nieve y las colecciones anatómicas, los restos humanos, Beelitz y la tragedia, el recuerdo de la ternura de Bénédicte... los libros están hechos de libros y de amistades».
Después de la IIGM, todo el territoio alemán al este de la línea Oder-Weisse pasará a formar parte de la renacida Polonia: «los vencedores sistituyeron la justicia por la venganza». Pero es la Alemania restante —nunca se ha hablado de restablecer la frontera oriental anterior establecida en el Tratado de Versalles— la que recoge, ya en pleno siglo XXI, a los refugiados de la guerra civil de Siria, con uno de cuyos integrantes se encuentra en un Biergarten:
«Sentía que en Rami había una grieta, una falla, pero procuraba no darle importancia. De repente dejaba de hablar, ya no te escuchaba, se pasaba largos segundos mirando hacia otro lado, como si alguien o algo acabara de llamar su atención. Se sumía en el silencio, en unas oleadas de secreto que lo obligaban a callarse mirándote a los ojos, como si toda palabra fuera imposible».
De todos los berlines posibles, despunta el Berlín nocturno, que no es uno solo: Barcelona en Berlín, con el autor, Robert Juan-Cantavella, traductor de sus libros y sin embargo amigo, los restos de la desaparecida revista Lateral; París en Berlín, otra vez el autor, alguien del colectivo, revista y editorial Inculte. Cuba en Berlín, con Juan Miguel Pozo, un cubano pluriempleado. El Berlín etílico, cuyos días fáusticos van acompañados por el recuerdo de Berlioz, otro enamorado de Berlín y autor de La condenación de Fausto; de Adelbert von Chamisso (el soneto «Traum der eignen Tage»), también incorregible romántico; de Heinrich von Kleist, otro romántico contumaz. 
«Que me venga un poema en la noche berlinesa, cuando me parece haber perdido mi sombra y mi pasado: las ciudades a las que regresas en sueños, a pesar de ti mismo mientras duermes, junto a esos objetos de amor y deseo secreto que la amistad ha apartado de ti, como el tiempo construye un muro invisible entre ese que eres ahora, aplastado por la melancolía, y el de ayer, cuando todas las posibilidades de la ciudad no se habían aún cerrado para tomar su sentido preciso e unívoco, y el poema que me viene es terrible por su renuncia, por la presencia de la muerte en el corazón de la vida, lo cual es la definición misma de la melancolía, la presencia de las escamas de la muerte, de sus esquirlas, rodeándote por completo; como un personaje de Philip K. Dick presientes, tienes ese don de presentir los jirones de la muerte, sus astillas, como ama su sudario aquella mujer en el poema de Chamisso; le gusta esa camisa que ha elegido para envolver su cadáver, se la prueba los domingos, cuando va a misa, y luego guarda el sudario en su armario después de plancharlo bien para que esté listo, esa última camisa de lino que incluso llega a coser, para el día en que tendrá que ponérsela: así como Lucrecio escribió en el De rerum natura que la única manera de imaginarte la muerte es imaginar tu propio cuerpo muerto, la heroína de Chamisso posee ese objeto que, en medio de la vida, sobre su propio cuerpo vivo, le permite imaginar la realidad de la muerte, su blancura neutra de lino blanco».
Al igual que el Berlín diurno es la ciudad para flâneurs solitarios, el Berlín nocturno es para la amistad. Bajo la advocación de Cicerón, Enard analiza el fenómeno incluyendo como amistad  paradigmática la de San Bernardo de Claraval y San Malaquías, a la que podría sumarse la de Montaigne y La Boétie; esa relación de cariz espiritual cede el paso —estamos en el Romanticismo, todo está permitido— a la interesada, simbiótica, de Goethe y Lenz, y después Schiller; y finalmente, en estos tiempos convulsos que nos ha tocado vivir, la amistad como pretexto para beber, especialmente mantenida entre escritores —¿el propio Enard y Christophe Claro, compañero inculto?—.
«Ya es hora, me diréis, mientras a punto está el aeroplano de arrancarme del suelo de Berlín, de que vayamos al grano, o más bien, si grano existe en cosa escrita, a la minúscula pretensión que de él emerge y que tiene que ver, dicho esto último con la boca pequeña, muy humildemente, con la vida de una querida amiga enferma y el placer de los libros, con las fronteras de la literatura y con cómo, para mí, las tres se unen en Berlín y sus alrededores a lo largo de minúsculas exploraciones, minúsculas en el espacio (unas decenas de kilómetros) pero largas en el tiempo (más de una década), pues el viaje permite recorrer esa distancia entre el tiempo del hoy y el tiempo del ayer, el tiempo de los accidentes y los accidentes del tiempo.
El avión rodará y rasgará la ligera bruma del alba para reemplazarla con las volutas de sus motores; hace más de diez años visitamos Beelitz por primera vez sin saber lo que ese nombre acabaría significando para nosotros, toda la tristeza que allí se acabaría concentrando y de qué manera ese dolor se acabaría mezclando (el incienso invisible en el aire) con los innumerables sufrimientos que ascienden del suelo de la marca en volutas de pena, unas volutas que, cual las nubes para el caminante tendido en la hierba, dibujan el fresco de los humanos».

Mathias Enard está reescribiendo, después de cuatro siglos e innumerables vicisitudes, históricas, en general, y personales en particular, una nueva anatomía de la melancolía.  

21 de septiembre de 2026

Tous périgourdins. Montaigne según Bergounioux

 


La Association Périgord Patrimoines publica regularmente la revista Sédiments: les grands caheirs Périgord Patrimoine. El ejemplar de 2019 está dedicado a un perigordino ilustre, Michel de Montaigne, y recoge una serie de artículos que diversos escritores le dedican. Entre ellos, Tous Périgordins, de Pierre Bergouniuox.

Tous Périgourdins


Por si no fuera suficiente con haber sido la cuna del Homo sapiens sapiens —el hombre de Cro-Magnon—, el Périgord puede enorgullecerse, además, de haber dado a luz al individuo consciente de sí mismo. Es mucho, casi demasiado, para una región tan pequeña. Y, sin embargo, así fue.


Por una curiosa inversión del orden de las edades, se supo en el acto que había nacido un nuevo hombre. Un pequeño terrateniente llamado Michel Eyquem había redactado, en francés, su partida de nacimiento en su casa solariega de Montaigne. Mucho más tarde, en 1868, Louis Lartet identificaría los restos óseos muy antiguos descubiertos cerca de Les Eyzies-de-Tayac como los del hombre moderno. Y exactamente cuarenta años después, su predecesor, el hombre de neandertal, sería exhumado de una cueva de Corrèze, en las inmediaciones de La Chapelle-aux-Saints, completando así nuestro árbol genealógico.


El acontecimiento fundamental de la aventura humana es la invención de la escritura, hacia mediados del cuarto milenio antes de nuestra era, en Mesopotamia. Durante mucho tiempo nos hemos preguntado por qué había tardado tanto en aparecer. Porque, a fin de cuentas, hace cincuenta mil años que seres semejantes a nosotros hollan la superficie de la Tierra. Si encontraran la manera de franquear el muro del tiempo para mezclarse con nuestra sociedad, nada delataría su remoto origen. La misma postura perfectamente vertical, sin la ligera curvatura dorsal, algo simiesca, del neandertal; la misma talla, un metro ochenta; la misma frente recta, sin arcos superciliares prominentes ni moño occipital; idéntico volumen intracraneal: 1500 centímetros cúbicos. El corrézien de La Chapelle lo aventajaba, es cierto, en este último aspecto —1600 centímetros cúbicos—. Pero habría estado menos profusamente provisto de circunvoluciones cerebrales. En suma, siguió siendo un misterio irritante esa interminable ausencia de escritura cuando unos hombres capaces de pintar Lascaux muy bien habrían podido, si hubieran querido, elaborar un sistema de notación pictográfica o ideogramática que nos dijera quiénes eran, qué hacían, qué pensaban, a orillas del Vézère, en su tiempo.


Si no concibieron, si no crearon nada semejante, es porque no sentían la necesidad de hacerlo. Han sido necesarias las investigaciones, relativamente recientes, de unos científicos anglosajones para esclarecer no solo la aparición de la escritura, sino también su incidencia en la vida del espíritu y en el curso de la historia.


Por decirlo brevemente, brutalmente, la escritura es hija de la esclavitud. Comienza con la explotación del hombre por el hombre. La mayor parte de nuestra historia, es decir, la prehistoria, transcurrió bajo el régimen del comunismo primitivo. Pequeños grupos itinerantes, igualitarios persiguen a la presa en la tundra de la que surgirán, mucho más tarde, Périgueux, Montignac, Sarlat. En un estudio memorable titulado Economía de la Edad de Piedra, Marshall Sahlins sostuvo que la edad de oro que nos empeñamos en buscar por delante de nosotros está detrás. Las investigaciones realizadas entre los últimos pueblos «salvajes» han revelado que dos horas de trabajo diario les permiten satisfacer sus necesidades. El resto del tiempo transcurre hablando, soñando, cantando, pintando, esculpiendo, durmiendo. La incertidumbre de la caza y la recolección convierte el reparto en una obligación vital. Auriñacienses y magdalenienses formaban pequeñas sociedades de iguales cuyos miembros poseían toda la cultura, técnica y simbólica, necesaria para la vida. La división del trabajo, la desigualdad en la distribución, la lucha de clases y, por tanto, la escritura, la historia llegaron después.


Las excavaciones llevadas a cabo en las ruinas de Sumer y Acad han confirmado la incómoda hipótesis que vincula la escritura con la esclavitud. Las tablillas de arcilla grabadas con caracteres cuneiformes son, en la casi totalidad de los casos —y se han encontrado cientos de miles—, documentos económicos, contratos de compra, de venta o intercambio de grano, de ganado, de cautivos, conocimientos de embarque y reconocimientos de deuda, inventarios, testamentos y, más raramente, plegarias, listados de dioses, decretos del cacique. El número y el nombre de los hombres y mujeres sometidos al trabajo forzado, la inmensa cantidad de bienes que este produce, exceden los límites de la memoria inmediata. Se impone la necesidad de un sistema auxiliar que permita llevar un registro de la contribución de cada cual a las riquezas que se acumulan en los almacenes del templo y del palacio. Es muy lógico que un hombre se agache para amasar un puñado de limo, corte una caña y, con su punta, marque en aquel unos signos en forma de cuña o de clavo. Estos son los archivos más antiguos de la humanidad.


Mucho se ha dicho sobre la magia de la escritura. Fija la palabra lábil, flotante, evanescente. La traslada del tiempo fugitivo, del aire olvidadizo, al espacio fijo, a la materia consistente. Objetiva el pensamiento. Se ve desde fuera lo que se trama, confusamente, en la penumbra interior. La humilde lista revela semejanzas y disparidades, saca a la luz las categorías subyacentes a la marcha de la mente, facilita, fortalece esa postura intelectual que llamamos razón. El instrumento de explotación, de opresión que fue en un principio la escritura se ha convertido en el principal medio para afrontar, con éxito, el doble misterio al que todo hombre se enfrenta: el que constituye el mundo exterior y lo que él mismo es para sí.


Quizá fuera natural, inevitable, que el primero se impusiera de inmediato y durante mucho tiempo en la atención de quienes piensan, pluma en mano, del mismo modo que absorbe la atención y el esfuerzo de quienes se enfrentan a las rocas, las plantas y los animales. Si la conciencia, «el prodigio de los prodigios», se asemeja a un haz de luz que barre, ilumina, lleva el mundo a un segundo registro, distinto, pensado que la caracteriza, ella ha sido lo último del mundo en iluminarse a sí misma.


La literatura despierta, pronto, en Mesopotamia. Es la epopeya de Gilgamesh, rey legendario de Uruk que partió en busca de la rama de la inmortalidad al país de los Seres Escorpión y de las Aguas de la Muerte. La filosofía, espinosa hermana menor, le sucede mil o dos mil años más tarde, en Grecia. La primera describía todavía la ferocidad del mundo al que se enfrenta la civilización naciente; la segunda, las reglas ideales a las que ahora debe someterse la ciudad: políticas, por supuesto, pero también éticas, científicas e incluso estéticas; el poeta será expulsado de ella porque no le preocupan ni la verdad ni la moral.


Hasta el final de la Edad Media, el texto que acompaña el curso de los acontecimientos da testimonio del curso insensible o tumultuoso de la historia, de la grandeza y de la decadencia de Roma a los comienzos del feudalismo, con El Cantar de Roldán y La Conquista de Constantinopla. Sentimos, al leer estos testimonios irreemplazables, que les falta algo que consideramos parte integrante de aquello que tenemos por realidad. Adolecen, a nuestros ojos tardíos, desvelados, de una carencia esencial. Los muy piadosos barones, muy belicosos, de la hueste carolingia, al igual que los personajes de los fabliaux y las soties, nos producen la impresión de niños robustos a los que les faltan la reflexión, el conocimiento de sí mismos. El factor subjetivo escasea en la humanidad que nos precedió hasta el final del primer Renacimiento. Como en el caso de la escritura, hay que buscar la razón de ello no en alguna atrofia de la capacidad de discernimiento, sino en el contexto en que el hombre, ese «animal político», se desarrolla, inventa, hace maravillas, o no.


Hacia finales del siglo XV empiezan a surgir, en Europa occidental y solo allí, unas entidades políticas de nuevo tipo: los Estados-nación. Se diferencian de los imperios a los que sucedieron por su estrecha integración territorial bajo una fuerte autoridad central que ha confiscado «el monopolio de la violencia física legítima». Esta ha impuesto por todas partes sus leyes, su moneda, sus pesos y medidas, su habla: el dialecto de la Île de France elevado al rango de lengua nacional por el edicto de Villers-Cotterêts en 1539.


La interioridad reflexiva —el yo, el individuo consciente de sí mismo, el sujeto— nace, casi mecánicamente, de estas estructuras políticas inéditas. Ya no se puede ignorar ni eludir la ley. Unas fuerzas regulares, dependientes del rey, se encargan de hacerla respetar en todas partes, mientras que en las épocas precedentes, cuando se había cometido una fechoría,  siempre se había tenido el recurso de salir de los límites, relativamente estrechos, de la jurisdicción correspondiente. Se acabó. Los Valois, los Borbones se impusieron en las luchas internas de la beligerante caballería. Restauraron la autoridad central. Dondequiera que  uno resida, en el reino, se está sujeto a ella directamente, inevitablemente. Hay que pensárselo dos veces antes de ceder al primer impulso, pensar en las consecuencias de lo que uno va a decir o hacer. Ahora bien, esas son precisamente las definiciones del pensamiento —un gesto contenido, una palabra reprimida—, de la razón —un juicio sereno, el cálculo de las consecuencias—.


Las condiciones sociales están preparadas, en Francia pero también en España, en Inglaterra, para que aparezca el hombre nuevo, reflexivo, razonable, al que todavía hoy nos esforzamos por infundir alma y aliento.


Un abismo, ya lo he dicho, nos separa de nuestros antepasados brutales, simples, infantiles de los siglos XI al XIV. Me parece, cuando leo los Ensayos, que su autor está sentado a mi lado y me habla. Todo lo que dice se explica por sí mismo. Nada me sorprende ni me detiene. Veo las mismas cosas con los mismos ojos, con la única diferencia de que, bajo su pluma, adquieren ese sabor, ese relieve, esos colores, esa extraordinaria nitidez de contorno, esa penetración, esa profundidad que son el propio hombre y «la forma entera, en él, de la condición humana».


        Si la conciencia es desasimiento, distancia, objetividad, tiene además la imparcialidad como beneficio. Montaigne la llevó, desde el principio, hasta sus últimas consecuencias y un poco más allá. Puesto en presencia de tres tupinamba comedores de carne humana, les concede, sin vacilar, dos cualidades eminentes, un coraje invencible y la observancia, entre ellos, de la más estricta igualdad, que los hace admirables. Después, consciente de haber ido bastante lejos, está dispuesto a conceder al lector, más o menos escandalizado por semejante elogio de los caníbales, que «no llevan pantalones». Hay que atribuir, pues, con toda equidad, una triple paternidad al hombre contemporáneo: dos progenitores adicionales procedentes, uno, de la España solar, planetaria, de Felipe II; el otro, de la obstinada Inglaterra isabelina. El primero, Miguel de Cervantes, pronunció la oración fúnebre de la caballería y señaló la difusión de una nueva actitud existencial, racional; el otro, Shakespeare, formuló, en términos decisivos, quizá definitivos, la ecuación de nuestro destino: «Ser o no ser». «La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, y sin ningún significado».


No obstante, el hombre en su totalidad, esa combinación efímera de cuerpo y alma, de un aspecto atractivo y una conciencia reflexiva, es un hijo del Périgord.

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Procedencia del texto: Sédiments 10. Les grands cahiers Périgord Patrimoines: Montaigne et nous, Roman Bondonneau (dir.), Association Périgord Patrimoines, 2019.
Procedencia de la imagen: dibujo de Daniel Maja.

13 de septiembre de 2026

Le Livre de Raison de Michel de Montaigne

Ephemeris historica, Michael Beuther. Paris, M. Fezandat et R. Granjon, 1551.
In-8°. Restos de la página del título. Biblioteca de Burdeos.

El encierro de Michel de Montaigne en La Bastilla


La familia Montaigne disponía de un ejemplar de la Ephemeris historica, de Michael Beuther¹, adquirido por el padre del ensayista, Pierre Eyquem (1495-1568), que estuvo a su disposición hasta que su descendiente Michel-Jacques-Marie Octave de la Rose, el último poseedor ligado a la familia, lo cedió en 1931 a Louis Enlart, hijo del arqueólogo Camille Enlart. En este volumen, Michel escribe, en la página correspondiente al 20 de julio —se trata de un error de datación; la fecha correcta en que sucedieron los hechos descritos fue el 10 de julio—, el texto siguiente: 


1588 entre trois et quatre [heures de l’]après midi étant à Paris et au lit à cause d’une douleur qui m’avait pris au pied gauche trois jours d’avant [auparavant] / qui sera à l’aventure une espèce de goutte et en eus [a]lors le premier ressentiment [symptôme] / je fus pris [fait] prisonnier par les capitaines de ce peuple [de Paris] lorsque monsieur de Guise y commandait et en avait chassé le roi / je revenais de Rouen où j’avais laissé Sa Majesté et fus par eux mené à la Bastille sur mon cheval / La reine mère du roi en ayant été avertie par le bruit du peuple [la rumeur] étant au conseil avec ledit sieur de Guise obtint de lui de me faire sortir avec beaucoup d’ins[is]tance / il en donna un commandement par écrit adressant au Clerc [adressé à Leclerc] qui [a]lors commandait à la Bastille / lequel commandement fut porté au prévôt des marchands ayant besoin de sa confirmation / A huit heures de ce même jour un maître d’hôtel de la reine apporta lesdits [com]mandements et fus mis hors [libéré] d’une faveur inouïe / monsieur de Villeroy entre plusieurs autres en eut beaucoup de soin / c’était la première prison que j’eusse onques vu [jamais subie] / j’y fus mis le duc d’Elbeuf me faisant prendre par droit de représailles pour un gentilhomme de la Ligue pris à Rouen

1588. Entre las tres y las cuatro de la tarde, estando en París y en cama a causa de un dolor que me había sobrevenido en el pie izquierdo tres días antes, que tal vez fuera una especie de gota, y del cual sentí entonces el primer síntoma, fui hecho prisionero por los agentes de la policía de París cuando el señor de Guisa² había tomado el mando de la capital y había expulsado al rey; volvía yo de Ruan, donde había dejado a Su Majestad³, y fui llevado a La Bastilla⁴ montado sobre mi propio caballo. La reina madre⁵, que había sido advertida por el tumulto popular, obtuvo del señor de Guisa, con quien estaba reunida, y tras mucha insistencia, mi liberación; para ello, redactó un mandamiento dirigido a Leclerc⁶, bajo cuyo cargo estaba en aquel entonces La Bastilla, que fue llevado a la autoridad municipal⁷ por necesitar su confirmación. A las ocho de ese mismo día un mayordomo de la reina trajo dichos mandamientos, y fui liberado gracias a un favor inaudito. El señor de Villeroy⁸, entre otros muchos, se ocupó de ello. Era la primera prisión que jamás hubiese visto; fui en ella puesto por el duque de Elbeuf⁹ que me hizo prender como represalia por la detención de un gentilhombre de la Liga¹⁰ preso en Ruan.

El día 12 de mayo de 1588, durante la llamada Octava Guerra de Religión, estalla un levantamiento popular en la ciudad de París. El motín fue dirigido por el Consejo de los Dieciséis, un grupo formado por los jefes policiales de los dieciséis barrios de París, e inspirado por el líder la Liga Católica, el duque de Guisa. La razón era la sospecha de que el rey Enrique III, católico, sin descendencia, iba a nombrar como sucesor a Enrique de Navarra, futuro Enrique IV, protestante.


Montaigne, que había sido alcalde de Burdeos desde 1581 hasta 1585, era conocido por su posición moderada, un talante que le valió la enemistad de ambos bandos, el real y el sublevado: a pesar de su confesión católica, era partidario de la conciliación. Dos meses después del levantamiento, y tras dejar a Enrique III seguro y a salvo de los sublevados en Ruan, viaja a la ciudad de París, sumida en un ambiente extremadamente inestable.


El día 10 de julio, Montaigne es detenido en su residencia parisina, donde se reponía de un ataque de gota, y conducido a La Bastilla. No se ha encontrado ningún acta judicial que detalle cargos formales; el propio Montaigne atribuye su encarcelamiento a la represalia de los miembros de la Liga por la detención de uno de sus partidarios en Ruan, pero es posible que el contexto paranoico, en el que eran comunes las detenciones preventivas de individuos relacionados con personajes mal vistos por la Liga, así como el hecho de que su perfil conciliador y sus contactos lo convirtieran en un personaje poco fiable tanto para los católicos como para los realistas más radicales, tuvieran su importancia.


Con posterioridad a este episodio, los hechos históricos se precipitan: el 23 de diciembre de 1588, en el Castillo de Blois, convocado por el rey para los Estados Generales, el duque de Guisa es asesinado por orden real, un día antes que su hermano Luis II de Lorena, cardenal de Guisa. El 1 de agosto de 1589 el propio rey fue apuñalado por Jacques Clément, fraile dominico perteneciente a la Liga; falleció al día siguiente y su primo Enrique de Navarra, de confesión protestante, fue su sucesor con el nombre de Enrique IV.


Ese mismo año de 1588 Montaigne publica, en París, la edición ampliada de los Ensayos, con el añadido del Libro III; frente a las convulsiones del mundo exterior, su escritura es cada vez más introspectiva y escéptica. Ni en esta edición, ni en ninguna de las adiciones posteriores, existe ningún relato específico de su paso por La Bastilla.


En ese Libro III, capítulo 12, La fisionomía, Montaigne relata algunos episodios directamente relacionados con el conflicto:


Escribía esto aproximadamente cuando una fuerte acometida de nuestros tumultos se estancó, durante mucho meses, con todo su peso, justo sobre mí. Por un lado, tenía a los enemigos a mis puertas; por otro lado, a los merodeadores, peores enemigos —non armis sed uitis certatur [no se combate con las armas sino con los vicios]—; y sufría toda suerte de abusos militares a la vez:

Hostis adest dextra laeuaque a parte timendus, 

uicinoque malo terret utrumque latus. 

[Tengo un enemigo terrible a mi derecha y a mi izquierda; 

ambos flancos amenazan con un mal inminente].

¡Monstruosa guerra! Las demás actúan hacia fuera; ésta, incluso contra sí misma. Se corroe y destruye con su propio veneno. Es por naturaleza tan maligna y destructiva que se arruina a sí misma al mismo tiempo que arruina lo demás, y se desgarra y destroza por su propia rabia. La vemos más veces disolverse por sí misma que por carencia de algo necesario, o debido a la fuerza enemiga. Toda disciplina la rehúye. Viene a curar la sedición y rebosa de ella. Pretende castigar la desobediencia y da ejemplo de ella; y, entregada a la defensa de las leyes, representa su papel de rebelión en contra de las suyas propias. ¿A qué punto hemos llegado? Nuestra medicina conlleva infección:

Emponzoñamos nuestro mal con la ayuda que le procuramos.


Exuperat magis aegrescitque medendo.

[Prevalece más y se irrita al curarlo].


Omnia fanda, nefanda, malo permista furore, 

iustificam nobis mentem avertere Deorum.

[La mezcla de todo lo bueno y de todo lo malo, por culpa de un 

maligno furor, ha apartado de nosotros el espíritu justo de los dioses].


Al mismo, tiempo, explicita las consecuencias de su posición moderada:

Caí en las desgracias que la moderación acarrea en tales enfermedades. Me zurraron por todas partes. Para el gibelino, yo era güelfo; parad güelfo, era gibelino —alguno de mis poetas dice esto, pero no sé dónde—. La situación de mi casa, y el trato con los hombres de mi vecindad, me presentaban con una apariencia; mi vida y mis acciones, con otra. No me lanzaban acusaciones formales, pues no había por dónde atacarme—jamás me aparto de las leyes—; y si alguien me hubiera investigado, me habría tenido que dar explicaciones él. Eran sospechas mudas que circulaban bajo mano, en las cuales nunca falta verosimilitud en una mezcolanza tan confusa—como tampoco faltan espíritus envidiosos o ineptos—. Suelo secundar las presunciones injuriosas que la fortuna esparce contra mí, por una tendencia, que tengo desde siempre, a eludir justificarme, excusarme e interpretarme. Considero que pleitear por mi conciencia es comprometerla. Perspicuitas enim argumentatione eleuatur [Pues la evidencia mengua con la argumentación].

A pesar del contexto de los hechos que relata, no existe ninguna mención a su detención.


En el capítulo siguiente, el XIII, del mismo Libro III, La experiencia, el último de la obra, Montaigne habla de la prisión, pero para negar rotundamente que haya sido detenido jamás. 


A Dios gracias, hasta ahora ningún juez se ha dirigido a mí como juez por causa alguna, ni mía ni ajena, ni criminal ni civil. Ninguna prisión me ha acogido, ni siquiera para pasearme por ella. La imaginación hace que las vea, incluso desde fuera, desagradables. Ansío tanto la libertad que si alguien me prohibiera el acceso a algún rincón de las Indias, viviría de algún modo más infeliz. Y mientras encuentre una tierra o un aire abiertos en otro lugar, no me pudriré en un sitio donde haya de esconderme. ¡Dios mío, qué mal sobrellevaría la condición en la cual veo a tanta gente, clavada en una región de este reino, privada de poder entrar en las principales ciudades y en las cortes, y de usar los caminos públicos, por haber tenido disputas sobre nuestras leyes! Si aquellas a las que sirvo me amenazaran siquiera con la punta de un dedo, me iría en el acto a buscar otras, a cualquier sitio. Toda mi pequeña prudencia en las guerras civiles en las que nos hallamos se aplica a que no interrumpan mi libertad de ir y venir.


Esa omisión plantea un problema cronológico interesante, teniendo en cuenta que Montaigne fue detenido y llevado a la Bastilla en julio de 1588, que el Libro III se publica ese mismo año y que el capítulo La experiencia pertenece a esa fase final. 


En base a estos hechos, caben dos hipótesis, aproximativas y especulativas, porque no hay forma de verificarlas: 


—Hipótesis cronológica. La edición de 1588 de los Ensayos estaba ya impresa o en proceso de impresión antes de julio 1588, antes, por tanto, de su encarcelamiento, y Montaigne no consideró necesario corregirla en sus anotaciones posteriores.

—Hipótesis conceptual. A pesar de que Montaigne revisó obsesivamente su texto y añadió numerosas interpolaciones tras 1588, no corrigió ese fragmento. Puede que Montaigne no considerara aquella retención como detención, ya que no hubo proceso ni condena, tratándose más bien de una retención por motivos políticos de la que fue liberado a las pocas horas; o bien, siguiendo con su actitud general ante los acontecimientos políticos, a los que tiende a minimizar en el plano autobiográfico, pensó que no afectaba a su retrato de sí.

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Notas:


1. La Ephemeris historica es un calendario o diario histórico escrito por Michael Beuther (1522–1587), humanista e historiador alemán. Registra eventos, efemérides y aniversarios relevantes, y contiene espacios en blanco en cada página para que su poseedor pueda escribir sus comentarios o sus propias efemérides.

2. Henri de Lorraine, duque de Guisa y príncipe de Joinville (1550-1588), encabezó el partido católico durante las guerras de religión de Francia (1562-1598).

3. Enrique III, último monarca francés de la línea directa de los Valois, que reinó desde 1574 hasta su asesinato en 1589.

4. La Bastilla fue una fortaleza medieval en París, construida en el siglo XIV y convertida en prisión estatal en 1417.

5. Catalina de Médici (1519-1589), fue reina consorte de Francia por su matrimonio con Enrique II. Ejerció una gran influencia política durante los reinados de sus tres hijos, Francisco II, Carlos IX y Enrique III, intentando mantener la dinastía Valois.

6. Jean Bussy-Leclerc, Jean Leclerc, fue un procurador del Parlamento de París que fue nombrado gobernador de La Bastilla en 1588 gracias al apoyo de Henri de Guisa.

7. En 1588 el prévôt des marchands, el equivalente al actual alcalde durante l’Ancien Régime, era Michel Marteau.

8. Nicolas IV de Neufville, marqués de Villeroy (1542-1617), secretario de Estado durante las Guerras de Religión y primer ministro durante la regencia de María de Médici.

9. Carlos III de Guisa-Lorena (1620-1692), duque de Elbeuf, conde de Lillebonne, conde de Rieux y barón de Ancenis.

10.  La Liga Católica, creada formalmente en 1576 y dirigida por Henri de Guisa, fue un movimiento político armado que participó en las Guerras de Religión cuyo objetivo era imponer el catolicismo como única religión y eliminar el protestantismo de Francia.