El acto de escribir tiene como objetivo, imagino, inducir la nostalgia: la nostalgia de lo que no es, de lo que nunca ha sido, de lo que, quizás, no puede ser. La lectura es el alimento más adecuado para mantener, en el autor, el sentimiento de su deber, aunque, por una artimaña eterna del fondo mismo de las cosas, es la melancolía sin fin de todos los libros la que se salva, y el escritor es su juguete.
Me cuesta leer sin sentirme inmediatamente ausente del mundo, vuelto únicamente hacia el recuerdo milagroso de lo que no fue, de lo que nunca será. Hasta tal punto que, a menudo, me he visto obligado a abandonar una lectura como un simple gesto de defensa física, del mismo modo que uno rechaza una tentación funesta o extiende el brazo para protegerse de una amenaza imprecisa, presentida y como conocida de antemano.
Al principio creí que eso era el signo de una debilidad nerviosa personal, de una excesiva propensión fisiológica a la emoción. Rara vez he podido asistir a una escena melodramática sin sentir que me afloraban las lágrimas. Tal vez sea esta una de las razones por las que evito los espectáculos cinematográficos. Por eso también aquella sugerencia de Jean-Marie Pontévia me pareció un genial ataque contra la estética: elaborar el catálogo de todas las escenas que, en el cine o en los libros, hacen llorar.
Sentía tal necesidad de resistir a esa inclinación por la exaltación emocional que un día quise volverme seco, «nítido y quebradizo como una rama muerta, un vidrio, una hoja de sierra». Me consagré con paciencia a ese ejercicio espiritual particular: despojarme de la camisa de fuerza de mis nervios.
Esos ejercicios me han fortalecido. Los bendigo. Pero dudo aún hoy, cuando al leer una página conmovedora —y todas las páginas profundas lo son para mí— vacilo todavía, dudo aún hoy que todo haya sido tan sencillo como para que bastara con domar los nervios.
Sospecho que el mal es de otro orden, más profundo, menos delimitado, menos personal y menos local: todo pensamiento humano un poco alentador, toda imagen bella, toda conducta digna de admiración y casi toda acción y todo arte no tienen, en verdad, otro fin que el de producir en nosotros ese estado de turbación que nos hace volver la mirada hacia una perfección ausente, y nos deja solos, enfermos y desdichados ante un mundo en el que, lo vemos de pronto, falta el ser.
Me habría expresado mal si se interpretara lo que yo considero una constatación, formulada con la frialdad de un diagnóstico, como una queja. Hay que ser ya aquello que uno imagina que puede llegar a ser, aquello que uno debe imaginar siquiera posible, para poder serlo algún día, con ímpetu, si se puede, lleno de la viva, de la hermosa energía de lo que existe. Las más perfectas obras del arte, de la literatura, como los actos de valentía moral —la vida de Rimbaud, de Van Gogh, de Mallarmé—, nos envuelven con una sensación irreprimible de insuficiencia personal, nos sumergen en el «recuerdo», la melancolía o el sueño de una poderosa apariencia.
Las viejas fábulas reclaman su legitimidad: las cosas no son nada, es más fuerte su sombra. El espíritu es la potencia de esa sombra que arrebata toda realidad a lo que son, como si, en eso que llamamos pensar, la sombra, desde siempre, partiera con ventaja.
Solo a través de esa sombra podremos conocer, aunque sea un poco, lo que son las cosas en sí mismas. Porque no deseo ni engañarme con palabras ni, tampoco, por poco que pueda, menospreciar la realidad.
Lo demoníaco de todo arte no reside en la presencia de «diablos» que guiarían la mano de los poetas, sino en el hecho de que esa mano sea, en esencia, el propio diablo, puesto que separa toda cosa de sí misma, hace advenir lo que no era, mezcla lo «verdadero» y lo «falso», toma sus poderes de la eficacia de las fábulas.
Una parte de ese demoníaco invade toda representación, todo discurso y todo pensamiento, ya que la conceptualización no es nunca sino lo que queda cuando se han «purificado» críticamente los signos poéticos de su profusión dionisíaca. El discurso olvida de buen grado que también es poema, que también recurre a figuras, y que lo que construimos como concepto conserva siempre una parte de la función de las «imágenes pintarrajeadas de los dioses» y de las metáforas: hacer advenir, mediante prácticas particulares y regladas, aquello que, de todos modos, está siempre en otra parte.
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«Actuar» significa aquí captar las miradas, lograr, por medio del arte, que, con el paso del tiempo, los hombres se vuelvan hacia un fulgor capaz de cambiar lo que son. Esta sola operación viene tan cargada de consecuencias que bastaría para incluir a un artista en la historia del pensamiento. ¿Quién puede decir, realmente, que esa historia consista en otra cosa que en sucesivos deslumbramientos? ¿En «descubrimientos» o, mejor dicho, en invenciones sucesivas de nuevas bellezas, que un laborioso aparato de justificaciones discursivas se ha aplicado después a legitimar bajo la forma de la lógica, intentando garantizar su conformidad con las exigencias de la identidad y de la no contradicción, del «sentido»? ¿Quién puede decir que el «sentido» sea otra cosa que una dirección de lo «representable», que lo «representable» sea otra cosa que el deslumbramiento requerido por la vida, la acción, el juicio, la construcción de sí mismo, el sueño de una salvación? La «verdad» se presenta de buen grado como «revelación» —pero se olvida demasiado que la revelación es, ante todo, deslumbramiento—, de modo que todos nuestros valores, nuestros saberes, nuestra moral, nuestra ciencia están quizás habitados, sin saberlo, por iluminaciones muy antiguas, ocultadas, recubiertas, «olvidadas», lo que situaría cada palabra bajo la dependencia de una admiración o de un espanto.
No se conocerá en verdad la historia de nuestros valores en tanto no se haya elaborado la genealogía de los deslumbramientos que los fundan. Una historia así del pensamiento es la que invocamos con nuestros deseos.
5 de febrero de 1995
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Procedencia del texto: Jean-Paul Michel. Bonté seconde. «Coup de dés». Cahier dirigé par Trsitan Hordé. Éditions Joseph K., 2002.
La fotografía de la cabecera es de: https://www.babelio.com/auteur/Jean-Paul-Michel/40942
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