16 de febrero de 2026

Pierre Bergounioux. Jean-Paul Michel. Correspondance 1981-2017

Pierre Bergouniouix. Jean-Paul Michel. Correspondance 1981-2007. Éditions Verdier, 2018


Pierre Bergounioux, nacido en Brive-la-Gaillarde, ciudad del departamento de Corrèze, en 1949, ha sido profesor de francés y de bellas artes y, desde 1984, con un relato titulado Catherineautor de narraciones, escritos sobre arte y literatura, conversaciones y diarios —y «soldador de chatarra», según sus propias palabras—. Jean-Paul Michel, nacido en Corrèze, la población que presta su nombre al departamento, un año antes, en 1948, ha enseñado filosofía y es fundador y editor de William Blake & Co. En 1975, con C'est une grave erreur que d'avoir des ancêtres forbans, publicado bajo el pseudónimo de Jean-Michel Michelena, comenzó una prolífica y celebrada carrera literaria centrada, principalmente, en la poesía y la crítica de arte.

Ambos coincidieron, en 1966, en el lycée Georges-Cabanis de Brive, donde estudiaban el último año del bachillerato —Bergounioux había cursado toda la educación secundaria en ese centro; Michel era un recién llegado—. Esta concurrencia inició una estrecha amistad que se ha mantenido viva desde entonces. De hecho, en 1981, quince años después, se inició un intercambio epistolar que se ha mantenido hasta el día de hoy; estos mensajes fueron publicados por Éditions Verdier en 2018 en el volumen Pierre Bergoumioux. Jean-Paul Michel. Correspondance 1981-2017. Un año después, en 2019, Michel dirigió un Cahier de l'Herne dedicado a Bergounioux.

No es muy común, ni siquiera en Francia, la publicación de epistolarios entre corresponsales vivos,  y menos aún de escritores. De hecho, la difusión de este tipo de comunicaciones parece, a menudo, una intromisión no siempre justificada en la privacidad de unos personajes que, aunque se acaben conviertiendo en un tipo muy determinado de figura pública, son tan acreedores de mantener parcelas privadas como las personas desconocidas. Habitualmente, los intercambios epistolares se publican cuando, en el caso de los escritores célebres, ya se ha dado a conocer la totalidada de su obra literaria, como si el mercado lector tuviera que ser alimentado constantemente para dar respuesta a una demanda que parece más artificial —es decir, provocada— que necesaria. En el caso de corresponsales vivos, son comunes las correspondencias  que se limitan a la autopromoción, a las anécdotas o a las indiscreciones; en ambos casos, se trata de cartas destinadas a ser publicadas, hecho que convierte esas misceláneas en documentos vengonzosamente inútiles.

Por contraste, si alguna cosa revela, a primera vista, esta Correspondencia de los dos corréziens es el vínculo de amistad que les une; una amistad que se evidencia, en primer lugar, en el tono de las cartas, pero también en el hecho de cómo se desenvuelven con respecto a sus evidentes diferencias.

«Cincuenta años pesan mucho en la vida de los mortales. Las amistades de la adolescencia suelen desdibujarse junto con ella. Y no ha sido ese, en lo que a nosotros respecta, el caso. Sí, es algo singular y hermoso que dos muchachos enclenques de una provincia lejana hayan creído necesario permanecer unidos contra viento y marea —poesía/prosa, trotskismo/estricta ortodoxia soviética, gran Suroeste/gran periferia parisina, me dejo cosas—, todo aquello que debería haberlos enfrentado, distanciado, separado. Me repito: fuimos beneficiarios de un instante de gracia. Un hilo de luz tocó nuestros años jóvenes. Tú lo viste y lo seguiste. Yo lo sentí, por decirlo de algún modo, pero la sensación persistió. Las viejas murallas del aislamiento, del estupor, de la ignorancia, se resquebrajaron. De pronto estaba permitido, contra toda expectativa y en abierta oposición al pasado, hacerse preguntas, buscar una salida, esbozar algunos elementos de respuesta, ciertas aclaraciones. Lo intentamos: tú por las vías abruptas y elevadas del poema, yo por los caminos hundidos y tortuosos de la prosa. Y de cuando en cuando nos llamábamos, como niños que se adentran con miedo en el bosque, para saber dónde estaba el otro. Considerándolo bien, es algo raro. Montaigne, a quien haces bien en citar, lo advirtió en su tiempo y se maravillaba de ello. Eso también lo tuvimos. Lo tuvimos todo». De P.B. a J.-P.M., 5 de octubre de 2016.

A Pierre Bergounioux y a Jean-Paul Michel, aquel 1966, los separaban muchas y muy relevantes circunstancias, más de las que les podían unir. Por ejemplo, el contexto familiar y social: Bergounioux es hijo de una familia bien enraizada en Brive, su padre era huérfano de la Gran Guerra; el pequeño Pierre crece recluido en el sistema hermético de esa tierra áspera y desagradecida, esa «tierra madrastra» de la que no se ha movido; mientras que Michel, hijo de un funcionario de la policía, está sujeto al nomadismo de la profesión de su padre. Ambos llevaban su destino escrito en sus genes: convertirse en un oscuro funcionario o ingresar en los Enfants de Troupe como primer paso para una carrera militar.

Curiosamente, las diferencias de carácter y de perspectiva política, claramente divergentes, exhibidas en plena adolescencia, deberían haberlos separado sin remedio después del instituto; pero la constatación del fracaso de sus respectivas utopías, la pérdida de la esperanza en una sociedad justa, igualitaria y reconciliada, un afán perseguido por ambos, aunque por distintos caminos, fue la argamasa que los unió para siempre.

Posteriormente, cuando esa amistad fue menos emotiva, lo que mantuvo la relación fraternal fue el afán de superar las limitaciones que les vinieron impuestas —la familia, pero también la geografía— y de las que ambos pudieron escapar, con destino a la región parisina —previo paso por Limoges— o camino de la Gascuña; uno «por los caminos hondos y tortuosos de la prosa», y el otro «por las vías altas del poema»; pero los dos a través del estudio de esa lengua común que les  abre el abanico de posibilidades de la civilización y el saber, sea a través del profesorado o del arte.

Las lecturas atentas e inquisitivas que relatan en sus cartas muestran la alta consideración que les merece la obra del otro; se trata de lecturas con escasos parabienes, pero justas y cómplices, que manifiestan la apreciación a partir de la comprensión: es precisamente derivado del hecho de no compartir ni escenarios ni intereses ni estilo que su amistad diluye esas diferencias. Ya sea en prosa o en verso, ya sea desde la crítica sociológica o de la crítica de arte, Pierre Bergounioux y Jean‑Paul Michel se ocupan de los seres diminutos, de los olvidados, de los invisibles, con plena conciencia de un mundo descarnado que es imprescindible revelar.

Esos informes de las lecturas mutuas revelan un llamativo fenómeno de transposición: a Bergounioux se le impone, cuando se acerca a las obras de Michel como lector, la imagen de ese primer contacto, en el instituto de Brive, y toda aproximación a los libros de su corresponsal se halla contaminada por esa circunstancia; Michel, en cambio, se ve retrotraído a un período anterior, a su infancia, aunque ni el escenario ni el contexto se presten a ello. 

Pero el cariz de esa amistad cultivada a lo largo de decenios va mucho más allá de la complicidad personal, es una amistad sin condiciones, tal vez de la misma naturaleza que la que disfrutaron Montaigne y La Boétie —«parce que c'était lui, parce que c'était moi»—. Los desacuerdos se convierten en fuente de complicidades que dan aire a una visión de la vida, de la sociedad y de la literatura como consuelo ante la desintegración. 

Se trataría, por supuesto, de una fraternidad electiva, intelectual y ética —como la de Goethe y Schiller, por ejemplo—, casi una comunión de destino, una especie de hermandad en la exigencia, en la idea de que la literatura es algo que se juega entre pocosy que a veces solo el otro —el elegido— puede contemplar; No siempre explícita, pero muy reconocible debido a la procedencia común, a pertenecer a la misma generación y a estar movidos por una misma obsesión: la legitimidad literaria. Una exigencia intelectual casi áspera no es òbice para el progreso de una amistad cálida y entusiasta.

«Gracias, querido, por tu fidelidad en el recuerdo, que es lo que más me conmueve: es a través de gestos como este que se puede reconocer la autenticidad de una pequeña amistad verdadera. Recuerdo haber pensado, al leer tu primer libro: está salvado». De. J.-P.M. a P.B., 12 de septiembre de 1987.

En ciertos aspectos, esas cartas reproducen fielmente —lo que parece indicar que no se trata, ni en la obra ni en la vida, de afectación— los estilos literarios; es decir, ya no son solamente estilos literarios, sino estilo de vida: reposado pero obstinado con su narrativa meticulosa, la prosa con ecos sociales y con insistente presencia del pasado; y el discurso fulgurante y audaz, incandescente, que elude la disertación racional para buscar la explosión instintiva del genio singular, de la abstracción especulativa. Los argumentos históricos y sociológicos, desde una posición política transparente y férrea, al lado —nunca contra— de la inspiración explosiva; la memoria frente al arrebatoy la conciencia, esa sí compartida plenamente, de haberse evadido de un pozo desde el que ni siquiera se podían ver las estrellas, mediante la misma vía: fieles al Horaciano De te fabula narratur, la salvación fue a través de la palabra, de la lengua, es decir, de la literatura. Porque aunque afloren las diferencias, y se pongan frente a frente Faulkner y Hölderlin, y Louis-René des Forêts y Rimbaud, Bergounioux y Michel, más que escritores, son artesanos de la lengua.

«Puedo equivocarme, pero me parece que vamos a rejuvenecer». J.-P.M. a P.B., 6 de septiembre de 2016.


9 de febrero de 2026

«Para ser verdaderamente conocida, una verdad debe ser conocida dos veces». Jean-Paul Michel

 


«Para ser verdaderamente conocida, una verdad debe ser conocida dos veces».

Jean-Paul Michel


Para ser verdaderamente conocida, una verdad debe ser conocida dos veces.

Por difícil que haya sido conquistarla, y tanto más preciosa en proporción;  por beneficiosos que hayan sido sus primeros efectos, experimentados en ocasiones concretas como una nueva oportunidad (incluso perdurable, puesto que se escribe), aún se puede dudar.

Se puede disfrutar de una especie de respiro hasta entonces desconocido, de una extraordinaria sensación de calma. Se puede sentir que una fuerza particular la impulsaba, una fuerza que debía su poder a no proceder de las vías habituales, de las potencias familiares, casi fatales, que habían integrado, hasta entonces, toda la vida: la fuerza pura, la energía fulgurante, inagotable, como nacida de un torrente de montaña, descendiendo, como este, por una pendiente deslumbrada, entregada por entero al júbilo de esa fuga, de ese don.

Un día, «escribir» deja de significar simplemente arrojar las palabras sobre el papel sin recelo alguno. Comienzan las vivisecciones, los intervalos, los descubrimientos. La escritura.

Alguna decepción nos habrá revelado la prudencia. Nada, ahora, tiene tanto valor como conquistar, cueste lo que cueste, y contra uno mismo, ese distanciamiento que impone, a quien no quiere mentir, el reconocimiento de su propio posicionamiento.


«Así como aquellos que pintan paisajes se colocan en el llano para contemplar la forma de las montañas y los lugares elevados, y para examinar la llanura se encaraman en las cimas, del mismo modo, para conocer bien la naturaleza de los pueblos, hay que ser príncipe, y para conocer la naturaleza de los príncipes, hay que ser pueblo».

Esta distancia debe analizarse..

Construirse.

Con cuidado.

Un día, uno mira con la más honda ironía sus poemas de infancia: la cascada que ninguna duda inquieta, envuelta en brumas que consagran. Primer descubrimiento de los beneficios de la distancia.

Un verano, tijeras en mano, descuarticé enérgicamente las páginas de mis dieciocho años. ¿Se comprenderá fácilmente esto? Que un poeta venerado me hubiera felicitado por ello me imponía aún más el deber de ese sacrificio.

Me erigí sobre aquellos textos, sin medir aún el alcance de ese acto de distanciamiento, con la superioridad de quien se aparta, distingue, dispone, reordena.

Ceremonias. Sacrificios. Primeros ensayos de una modalidad distinta del poder de actuar; de una fuerza de otra naturaleza, tal vez, de otros movimientos, dirección, efectos, en la medida en que las esperanzas que se depositan entonces en ella no vayan a ser, más tarde, a su vez, frustradas y decepcionadas.

Me dirigía hacia esos nuevos distanciamientos de la lectura, en los que, quizá, Mallarmé, ya en su madurez, puso sus esperanzas de artista.

Permanecen, para mí, como el punto de apoyo desde el cual todo un mundo podía recomponerse; y que permitiría, desde entonces, superar el padecerlo. Buscaba escapar así a la confusión común. Fundar. Establecer, con un designio firme, algo así como avenidas para una posibilidad de arte. La Poesía, esa cosa lograda.

Pasé por el filo de las tijeras toda mi producción poética anterior.


Después de haber conquistado, en tres impulsos sucesivos, cada vez más firmes, un espacio nuevo para una cierta posibilidad de una nueva categoría, la misma voluntad de distanciamiento reclamaba que se observaran los efectos producidos, que uno se asegurara, desde el punto de «frialdad» así conquistado, de que un entusiasmo engañoso no nos hubiera, una vez más, extraviado.

Apenas si termina, ahora, esa vigilia. ¿Se me permitirá afirmar que, a mis ojos, respecto a aquellos trabajos de entonces, la prueba ha concluido?

Otra cosa es llorar, enfurecerse, clamar, morir; otra cosa, escribir. Eso sólo puede acontecer en otro tiempo. Consiste en disponer, en el blanco de una página, como artista, a la distancia exacta que debe guardarse de la anterior y de la siguiente, las formas que uno habrá recortado de antemano en el tejido de los dolores aplacados, de las iras liquidadas.

La paz de escribir es la revancha de los soldados que no encontraron una batalla donde morir.

Es una guerra de otro orden. Se la descubre, la segunda vez; cuando vuelve, confirmada, esa verdad; y sólo entonces es conquistada. No era una renuncia dirigirse hacia la mesa de escribir, tijeras en mano, para intentar despertar con esos recursos desapasionados, una vez más, los rostros de la infancia perdida. Podría ser, incluso, la única manera de no perderlo todo. De salvar algo de la belleza de aquellos destellos de ayer en unas imágenes que, por haberse mantenido al principio más lejos de la fuente, hayan podido, más tarde, quizá, expresarla con menos falsedad si, acaso, se nos hubiera sido concedida alguna gracia; pues sólo la gracia puede garantizar realmente efectos de esta índole


Para ser verdaderamente conquistada, una verdad debe ser conocida dos veces.

Entonces se comprende qué era aquella extraña calma, sentida en medio del asombro, a la que, más tarde, uno acabaría acostumbrándose a confiarle momentos cada vez más largos de su vida. Y que en ella reside todo el poder, todo el beneficio de nuestros signos.

A ella debemos esta composición de vacíos y llenos, como, musicalmente, en otro tiempo, en ese arte perdido de los jardines, la fortuna de un espacio de arte, pautado por avenidas y macizos, por inflorescencias brillantes y bojes sombríos.

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Procedencia del texto: Jean-Paul Michel. Bonté seconde. «Coup de dés». Cahier dirigé par Trsitan Hordé. Éditions Joseph K., 2002.

La fotografía de la cabecera es de: https://en.wikipedia.org/wiki/File:Jean-Paul_Michel_2.jpg


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2 de febrero de 2026

Un acantilado como la existencia


«Un acantilado, como la existencia». Jean-Paul Michel. Libros de la Resistencia, 2013
Traducción de Juan Soros
«Un à-pic, comme l'existence». Éditions Lignes, 2012

Jean-Paul Michel es un escritor, crítico y editor natural de la Corrèze —una región tratada con profusa cortesía en estas páginas, cuna de autores como Claude Michelet, Christian Signol, Michel Peyramaure, Denis Tillinac, Jean-Paul Malaval y Pierre Bergounioux—, de larga y prolífica carrera literaria, especialmente en poesía y ensayo; personal y literariamente se ha relacionado con lo más granado de la intelectualidad francesa del último medio siglo—Roland Barthes, Michel Foucault, André Breton, Yves Bonnefoy, por citar algunos—; una gran parte de su producción ensayística está centrada en la poesía, el arte y el pensamiento.

En el año 2012, Michel Surya, fundador de la revista Lignes y director de Nouvelles éditions Lignes, pidió a una serie de autores sendos artículos que se publicaron en un número especial de la revista bajo el título de Literatura y pensamiento. La contribución de Jean-Paul Michel fue este minúsculo y riguroso, pero extraordinariamente lúcido, «Un acantilado, como la existencia», de cuyas líneas maestras va a (intentar) tratar este artículo.

«La técnica existe porque lo posible existe. El arte existe porque lo imposible existe». 

La literatura es un exceso en el proceso de concebir el mundo como objeto racional, pero que encuentra en la «teoría» la justificación de su existencia.

La teoría, científica, general, positiva, provoca la secesión de la existencia, acientífica, particular, empírica. La literatura favorece el intercambio entre ambos antagonistas, convirtiéndolos en complementarios, reconfigurando la totalidad y aportando el proceso de simbolización.

«Si el "pensamiento" comienza con un pensamiento que se piensa, la "literatura", que está bien lejos de ser inconsciente de sí misma, merece seguramente ese título ("pensamiento") desde siempre».

Puede darse el caso de que sea imposible distinguir cuándo la literatura «relata» de cuando «piensa», aunque esta distinción, probablemente, no serviría para nada. Las obras memorialísticas parecen aunar ambas perspectivas, pero la experiencia que cuentan, el pensamiento que manifiestan, dejan de serlo por el mismo hecho de contarlos. El ensayo, el género literario menos literario y filosófico menos filosófico, vacila en la frontera que separa la generalización discursiva —la retórica— de la búsqueda de la verdad. La existencia efectiva puede prescindir —de hecho, prescinde— del discurso, pero es bastante más complejo aceptar que este pueda tener lugar en ausencia de aquella. 

«¿Qué es una obra de arte? El precipitado inconfundible de un asalto frontal a lo imposible».

La obra de arte condensa el resultado esperable del proyecto de ejecución —la obra— y todo aquello que se manifiesta en la realización que no estaba planeado, pero que ya es inseparable del conjunto del proceso —el arte—.

Las ciencias son discursos —por tanto, literatura— poéticos —porque consisten en dar forma a lo existente— especializados —tienen un objeto y un lenguaje propios— que objetivan el mundo. El deseo de conocer no es exclusivo de las ciencias, la pretensión de explicar no es única de la literatura. Ambas buscan la verdad; la ciencia, por su deseo de conocer, expande lo real; la literatura, por su pretensión de crear, concentra lo irreal. Saberes reales puestos en práctica en universos reales y ficciones implementadas en universos ficcionales; no son opuestos, son complementarios.

«Nos gustaría que fuera posible tomarles aquí, por una vez, a Mallarmé, a Baudelaire, en serio, la palabra. "La poesía es una hechicería evocadora". Esta verdad es el hecho de todo lenguaje. La literatura actúa por vías propias. Los efectos vienen a continuación. Depor-tan al autor, los lectores. Cada vez que uno lee, entra en el círculo, se expone. Uno sale otro, cada vez. Está ahí, propiamente, la finalidad de estas conductas extrañas: hablar, escribir, leer».

La ilusión por conocer implica el reconocimiento de la propia ignorancia. Cuanta más ignorancia, más por aprender. Cuanto más anhelo por aprender, cuanto más reconocimiento de la propia ignorancia, menos ignorancia.

«Desconfío de muy bastas, muy rápidas, síntesis. Se pagan caras. Al precio, para empe- zar, de la pérdida de regiones escamoteadas a lo real, amplias y numerosas en proporción. Herta Müller los llama los maleficios del "panorama": la falta de entramado de las verda- des, tocando a las condiciones del reencuentro, la intensidad del hecho; lo fluctuante des- de el punto de vista de un autor subyugado por un efecto de inmensidad que quizá conviene temer en vez de alabar».

El realismo en el arte, como en el conocimiento y en la vida, es una opción, pero descarta todo un mundo de posibilidades, las que residen en los márgenes, en los intersticios, todo aquello que, por su naturaleza intrínseca, no puede ser verificado, no puede hallarse su origen y no responde a la causa- lidad ni a la contingencia, a la estabilidad ni, a veces, a la definición. Ahí, donde no puede llegar la ciencia, llega la literatura.

26 de enero de 2026

«El acto de escribir tiene como objetivo, imagino, inducir la nostalgia…». Jean-Paul Michel



El acto de escribir tiene como objetivo, imagino, inducir la nostalgia: la nostalgia de lo que no es, de lo que nunca ha sido, de lo que, quizás, no puede ser. La lectura es el alimento más adecuado para mantener, en el autor, el sentimiento de su deber, aunque, por una artimaña eterna del fondo mismo de las cosas, es la melancolía sin fin de todos los libros la que se salva, y el escritor es su juguete.

Me cuesta leer sin sentirme inmediatamente ausente del mundo, vuelto únicamente hacia el recuerdo milagroso de lo que no fue, de lo que nunca será. Hasta tal punto que, a menudo, me he visto obligado a abandonar una lectura como un simple gesto de defensa física, del mismo modo que uno rechaza una tentación funesta o extiende el brazo para protegerse de una amenaza imprecisa, presentida y como conocida de antemano.

Al principio creí que eso era el signo de una debilidad nerviosa personal, de una excesiva propensión fisiológica a la emoción. Rara vez he podido asistir a una escena melodramática sin sentir que me afloraban las lágrimas. Tal vez sea esta una de las razones por las que evito los espectáculos cinematográficos. Por eso también aquella sugerencia de Jean-Marie Pontévia me pareció un genial ataque contra la estética: elaborar el catálogo de todas las escenas que, en el cine o en los libros, hacen llorar.

Sentía tal necesidad de resistir a esa inclinación por la exaltación emocional que un día quise volverme seco, «nítido y quebradizo como una rama muerta, un vidrio, una hoja de sierra». Me consagré con paciencia a ese ejercicio espiritual particular: despojarme de la camisa de fuerza de mis nervios.

Esos ejercicios me han fortalecido. Los bendigo. Pero dudo aún hoy, cuando al leer una página conmovedora —y todas las páginas profundas lo son para mí— vacilo todavía, dudo aún hoy que todo haya sido tan sencillo como para que bastara con domar los nervios.

Sospecho que el mal es de otro orden, más profundo, menos delimitado, menos personal y menos local: todo pensamiento humano un poco alentador, toda imagen bella, toda conducta digna de admiración y casi toda acción y todo arte no tienen, en verdad, otro fin que el de producir en nosotros ese estado de turbación que nos hace volver la mirada hacia una perfección ausente, y nos deja solos, enfermos y desdichados ante un mundo en el que, lo vemos de pronto, falta el ser.


Me habría expresado mal si se interpretara lo que yo considero una constatación, formulada con la frialdad de un diagnóstico, como una queja. Hay que ser ya aquello que uno imagina que puede llegar a ser, aquello que uno debe imaginar siquiera posible, para poder serlo algún día, con ímpetu, si se puede, lleno de la viva, de la hermosa energía de lo que existe. Las más perfectas obras del arte, de la literatura, como los actos de valentía moral —la vida de Rimbaud, de Van Gogh, de Mallarmé—, nos envuelven con una sensación irreprimible de insuficiencia personal, nos sumergen en el «recuerdo», la melancolía o el sueño de una poderosa apariencia.

Las viejas fábulas reclaman su legitimidad: las cosas no son nada, es más fuerte su sombra. El espíritu es la potencia de esa sombra que arrebata toda realidad a lo que son, como si, en eso que llamamos pensar, la sombra, desde siempre, partiera con ventaja.

Solo a través de esa sombra podremos conocer, aunque sea un poco, lo que son las cosas en sí mismas. Porque no deseo ni engañarme con palabras ni, tampoco, por poco que pueda, menospreciar la realidad.


Lo demoníaco de todo arte no reside en la presencia de «diablos» que guiarían la mano de los poetas, sino en el hecho de que esa mano sea, en esencia, el propio diablo, puesto que separa toda cosa de sí misma, hace advenir lo que no era, mezcla lo «verdadero» y lo «falso», toma sus poderes de la eficacia de las fábulas.

Una parte de ese demoníaco invade toda representación, todo discurso y todo pensamiento, ya que la conceptualización no es nunca sino lo que queda cuando se han «purificado» críticamente los signos poéticos de su profusión dionisíaca. El discurso olvida de buen grado que también es poema, que también recurre a figuras, y que lo que construimos como concepto conserva siempre una parte de la función de las «imágenes pintarrajeadas de los dioses» y de las metáforas: hacer advenir, mediante prácticas particulares y regladas, aquello que, de todos modos, está siempre en otra parte.


*


«Actuar» significa aquí captar las miradas, lograr, por medio del arte, que, con el paso del tiempo, los hombres se vuelvan hacia un fulgor capaz de cambiar lo que son. Esta sola operación viene tan cargada de consecuencias que bastaría para incluir a un artista en la historia del pensamiento. ¿Quién puede decir, realmente, que esa historia consista en otra cosa que en sucesivos deslumbramientos? ¿En «descubrimientos» o, mejor dicho, en invenciones sucesivas de nuevas bellezas, que un laborioso aparato de justificaciones discursivas se ha aplicado después a legitimar bajo la forma de la lógica, intentando garantizar su conformidad con las exigencias de la identidad y de la no contradicción, del «sentido»? ¿Quién puede decir que el «sentido» sea otra cosa que una dirección de lo «representable», que lo «representable» sea otra cosa que el deslumbramiento requerido por la vida, la acción, el juicio, la construcción de sí mismo, el sueño de una salvación? La «verdad» se presenta de buen grado como «revelación» —pero se olvida demasiado que la revelación es, ante todo, deslumbramiento—, de modo que todos nuestros valores, nuestros saberes, nuestra moral, nuestra ciencia están quizás habitados, sin saberlo, por iluminaciones muy antiguas, ocultadas, recubiertas, «olvidadas», lo que situaría cada palabra bajo la dependencia de una admiración o de un espanto.

No se conocerá en verdad la historia de nuestros valores en tanto no se haya elaborado la genealogía de los deslumbramientos que los fundan. Una historia así del pensamiento es la que invocamos con nuestros deseos.

5 de febrero de 1995

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Procedencia del texto: Jean-Paul Michel. Bonté seconde. «Coup de dés». Cahier dirigé par Trsitan Hordé. Éditions Joseph K., 2002.

La fotografía de la cabecera es de: https://www.babelio.com/auteur/Jean-Paul-Michel/40942


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24 de enero de 2026

Cuando Cécile

 

Philippe Marczewski es el autor de 'Cuando Cécile' (Shangrila), novela que llega a España con traducción de Ester Quirós / DIEGO FRANSSENS

Eric Gras, periodista cultural de El Periódico Mediterráneo, publica la reseña de Cuando Cécile, la primera novela de Philippe Marczewski publicada en castellano.

Llegué a Cuando Cécile por recomendación de Joan Flores Constans, que es una manera excelente –y poco frecuente– de llegar a un libro: no por el ruido del mercado ni por el algoritmo, sino por la confianza en una mirada lectora. «Cuando se piensa en literatura belga…», escribió Joan, y en ese breve diagnóstico estaba ya contenida la novela: un territorio literario mal cartografiado, una lengua que creemos conocer y no conocemos del todo, y una voz que irrumpe sin pedir permiso. Philippe Marczewskiescribe en francés, publica en París, pero su literatura pertenece a otra latitud: la de quienes escriben desde el margen, incluso cuando el centro editorial los acoge.

Cuando Cécile, publicada ahora en España por Shangrila en traducción de Ester Quirós Damiá, es una novela sobre la memoria, sí, pero sobre todo sobre su fracaso. Sobre lo que no se puede fijar. Sobre ese proceso lento y cruel por el cual el recuerdo va perdiendo densidad hasta convertirse en una imagen casi abstracta: «el olvido es algo injusto y brutal», escribe Marczewski, y basta esa frase para entender que aquí no hay consuelo, solo una lucidez obstinada.La novela parte de un hecho mínimo y devastador: la muerte de Cécile, una joven con la que el narrador mantuvo una relación breve, casi lateral, y que sin embargo se convierte –tras su desaparición– en un núcleo obsesivo. No hay drama inmediato ni catarsis sentimental. Hay, en cambio, una deriva mental, una rumiación constante, un pensamiento que no avanza en línea recta sino en espiral. Marczewski opta por una decisión formal extrema y coherente: Cuando Cécile está escrita como una sola frase, un único soplo que atraviesa el libro entero, como si poner un punto fuera equivalente a dejarla morir del todo.

Ese flujo continuo no busca el virtuosismo, sino reproducir el funcionamiento real de la memoria: fragmentaria, caprichosa, incapaz de recomponer un cuerpo entero. Se recuerdan los ojos –o el color de las pestañas– pero no el tacto de las manos; la forma del vientre, pero no el calor del abrazo; el cuerpo desnudo, pero no el sudor compartido. «El papel arrugado de la memoria se rompe en cuanto se manipula», escribe el belga, y en esa imagen está condensada toda la poética del libro.

Hay en Marczewski una conciencia muy clara –quizá heredada de su formación en neuropsicología– de que recordar no es archivar, sino reconstruir sin garantías. Los recuerdos «no pesan nada», son apenas impulsos bioeléctricos, materia frágil destinada a corromperse. Frente a eso, la literatura aparece como un gesto humilde y necesario: volver a contar, una y otra vez, aun sabiendo que cada versión es una pérdida más.

'Cuando Cécile'

Autor: Philippe Marczewski

Traducción: Ester Quirós Damiá

Editorial: Shangrila

116 páginas; 17,10 euros

Este Quand Cécile —convertido ahora en Cuando Cécile— dialoga con toda la trayectoria del autor belga. Desde la psicogeografía melancólica de Blues pour trois tombes et un fantôme hasta la sátira existencial de Un corps tropical, Marczewski ha ido afinando una escritura que observa cómo el tiempo y las normas modelan nuestras vidas. Pero aquí alcanza un punto de depuración singular: desaparece casi todo lo accesorio y queda la frase, la conciencia y el fantasma.Experiencia hipnótica

No es casual que la crítica haya señalado ecos cinematográficos Vertigo, el plano secuencia– ni que el libro se lea como una experiencia hipnótica. El lector no avanza: acompaña. Se deja arrastrar por esa voz que sabe que «la muerte desgarra el entramado del espacio y del tiempo» y que, aun así, insiste en mirar.

Shangrila suma así a su colección Swann una novela que confirma lo que Joan Flores Constans ya intuía: que más allá de los nombres consagrados, la literatura belga contemporánea guarda voces capaces de ensanchar nuestra idea misma de lo que puede ser una novela. Cuando Cécile no se lee para saber qué ocurre, sino para comprobar qué queda. Y lo que queda –al cerrar el libro– es una certeza incómoda y bella: que somos, en gran medida, aquello que intentamos recordar antes de que desaparezca.

    URL del artículo original:

    https://www.elperiodicomediterraneo.com/cultura/2026/01/24/resena-novela-cuando-cecile-philippe-marczewski-126014431.html?fbclid=IwY2xjawPhdu1leHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEexevj7dI_YgL35RLw4f8lOkxk1-qHNYGcuDhJnf3H8NWKwmVr_AjOxozIeGQ_aem_JHm3CHgNwkvDOXO8z8EC1A