9 de febrero de 2026

«Para ser verdaderamente conocida, una verdad debe ser conocida dos veces». Jean-Paul Michel

 


«Para ser verdaderamente conocida, una verdad debe ser conocida dos veces».

Jean-Paul Michel


Para ser verdaderamente conocida, una verdad debe ser conocida dos veces.

Por difícil que haya sido conquistarla, y tanto más preciosa en proporción;  por beneficiosos que hayan sido sus primeros efectos, experimentados en ocasiones concretas como una nueva oportunidad (incluso perdurable, puesto que se escribe), aún se puede dudar.

Se puede disfrutar de una especie de respiro hasta entonces desconocido, de una extraordinaria sensación de calma. Se puede sentir que una fuerza particular la impulsaba, una fuerza que debía su poder a no proceder de las vías habituales, de las potencias familiares, casi fatales, que habían integrado, hasta entonces, toda la vida: la fuerza pura, la energía fulgurante, inagotable, como nacida de un torrente de montaña, descendiendo, como este, por una pendiente deslumbrada, entregada por entero al júbilo de esa fuga, de ese don.

Un día, «escribir» deja de significar simplemente arrojar las palabras sobre el papel sin recelo alguno. Comienzan las vivisecciones, los intervalos, los descubrimientos. La escritura.

Alguna decepción nos habrá revelado la prudencia. Nada, ahora, tiene tanto valor como conquistar, cueste lo que cueste, y contra uno mismo, ese distanciamiento que impone, a quien no quiere mentir, el reconocimiento de su propio posicionamiento.


«Así como aquellos que pintan paisajes se colocan en el llano para contemplar la forma de las montañas y los lugares elevados, y para examinar la llanura se encaraman en las cimas, del mismo modo, para conocer bien la naturaleza de los pueblos, hay que ser príncipe, y para conocer la naturaleza de los príncipes, hay que ser pueblo».

Esta distancia debe analizarse..

Construirse.

Con cuidado.

Un día, uno mira con la más honda ironía sus poemas de infancia: la cascada que ninguna duda inquieta, envuelta en brumas que consagran. Primer descubrimiento de los beneficios de la distancia.

Un verano, tijeras en mano, descuarticé enérgicamente las páginas de mis dieciocho años. ¿Se comprenderá fácilmente esto? Que un poeta venerado me hubiera felicitado por ello me imponía aún más el deber de ese sacrificio.

Me erigí sobre aquellos textos, sin medir aún el alcance de ese acto de distanciamiento, con la superioridad de quien se aparta, distingue, dispone, reordena.

Ceremonias. Sacrificios. Primeros ensayos de una modalidad distinta del poder de actuar; de una fuerza de otra naturaleza, tal vez, de otros movimientos, dirección, efectos, en la medida en que las esperanzas que se depositan entonces en ella no vayan a ser, más tarde, a su vez, frustradas y decepcionadas.

Me dirigía hacia esos nuevos distanciamientos de la lectura, en los que, quizá, Mallarmé, ya en su madurez, puso sus esperanzas de artista.

Permanecen, para mí, como el punto de apoyo desde el cual todo un mundo podía recomponerse; y que permitiría, desde entonces, superar el padecerlo. Buscaba escapar así a la confusión común. Fundar. Establecer, con un designio firme, algo así como avenidas para una posibilidad de arte. La Poesía, esa cosa lograda.

Pasé por el filo de las tijeras toda mi producción poética anterior.


Después de haber conquistado, en tres impulsos sucesivos, cada vez más firmes, un espacio nuevo para una cierta posibilidad de una nueva categoría, la misma voluntad de distanciamiento reclamaba que se observaran los efectos producidos, que uno se asegurara, desde el punto de «frialdad» así conquistado, de que un entusiasmo engañoso no nos hubiera, una vez más, extraviado.

Apenas si termina, ahora, esa vigilia. ¿Se me permitirá afirmar que, a mis ojos, respecto a aquellos trabajos de entonces, la prueba ha concluido?

Otra cosa es llorar, enfurecerse, clamar, morir; otra cosa, escribir. Eso sólo puede acontecer en otro tiempo. Consiste en disponer, en el blanco de una página, como artista, a la distancia exacta que debe guardarse de la anterior y de la siguiente, las formas que uno habrá recortado de antemano en el tejido de los dolores aplacados, de las iras liquidadas.

La paz de escribir es la revancha de los soldados que no encontraron una batalla donde morir.

Es una guerra de otro orden. Se la descubre, la segunda vez; cuando vuelve, confirmada, esa verdad; y sólo entonces es conquistada. No era una renuncia dirigirse hacia la mesa de escribir, tijeras en mano, para intentar despertar con esos recursos desapasionados, una vez más, los rostros de la infancia perdida. Podría ser, incluso, la única manera de no perderlo todo. De salvar algo de la belleza de aquellos destellos de ayer en unas imágenes que, por haberse mantenido al principio más lejos de la fuente, hayan podido, más tarde, quizá, expresarla con menos falsedad si, acaso, se nos hubiera sido concedida alguna gracia; pues sólo la gracia puede garantizar realmente efectos de esta índole


Para ser verdaderamente conquistada, una verdad debe ser conocida dos veces.

Entonces se comprende qué era aquella extraña calma, sentida en medio del asombro, a la que, más tarde, uno acabaría acostumbrándose a confiarle momentos cada vez más largos de su vida. Y que en ella reside todo el poder, todo el beneficio de nuestros signos.

A ella debemos esta composición de vacíos y llenos, como, musicalmente, en otro tiempo, en ese arte perdido de los jardines, la fortuna de un espacio de arte, pautado por avenidas y macizos, por inflorescencias brillantes y bojes sombríos.

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Procedencia del texto: Jean-Paul Michel. Bonté seconde. «Coup de dés». Cahier dirigé par Trsitan Hordé. Éditions Joseph K., 2002.

La fotografía de la cabecera es de: https://en.wikipedia.org/wiki/File:Jean-Paul_Michel_2.jpg


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