| «Un acantilado, como la existencia». Jean-Paul Michel. Libros de la Resistencia, 2013 Traducción de Juan Soros «Un à-pic, comme l'existence». Éditions Lignes, 2012 |
Jean-Paul Michel es un escritor, crítico y editor natural de la Corrèze —una región tratada con profusa cortesía en estas páginas, cuna de autores como Claude Michelet, Christian Signol, Michel Peyramaure, Denis Tillinac, Jean-Paul Malaval y Pierre Bergounioux—, de larga y prolífica carrera literaria, especialmente en poesía y ensayo; personal y literariamente se ha relacionado con lo más granado de la intelectualidad francesa del último medio siglo—Roland Barthes, Michel Foucault, André Breton, Yves Bonnefoy, por citar algunos—; una gran parte de su producción ensayística está centrada en la poesía, el arte y el pensamiento.
En el año 2012, Michel Surya, fundador de la revista Lignes y director de Nouvelles éditions Lignes, pidió a una serie de autores sendos artículos que se publicaron en un número especial de la revista bajo el título de Literatura y pensamiento. La contribución de Jean-Paul Michel fue este minúsculo y riguroso, pero extraordinariamente lúcido, «Un acantilado, como la existencia», de cuyas líneas maestras va a (intentar) tratar este artículo.
«La técnica existe porque lo posible existe. El arte existe porque lo imposible existe».
La literatura es un exceso en el proceso de concebir el mundo como objeto racional, pero que en-cuentra en la «teoría» la justificación de su existencia.
La teoría, científica, general, positiva, provoca la secesión de la existencia, acientífica, particular, empírica. La literatura favorece el intercambio entre ambos antagonistas, convirtiéndolos en com-plementarios, reconfigurando la totalidad y aportando el proceso de simbolización.
«Si el "pensamiento" comienza con un pensamiento que se piensa, la "literatura", que está bien lejos de ser inconsciente de sí misma, merece seguramente ese título ("pensamiento") desde siempre».
Puede darse el caso de que sea imposible distinguir cuándo la literatura «relata» de cuando «piensa», aunque esta distinción, probablemente, no serviría para nada. Las obras memorialísticas parecen aunar ambas perspectivas, pero la experiencia que cuentan, el pensamiento que manifiestan, dejan de serlo por el mismo hecho de contarlos. El ensayo, el género literario menos literario y filosófico menos filosófico, vacila en la frontera que separa la generalización discursiva —la retórica— de la búsqueda de la verdad. La existencia efectiva puede prescindir —de hecho, prescinde— del discurso, pero es bastante más complejo aceptar que este pueda tener lugar en ausencia de aquella.
«¿Qué es una obra de arte? El precipitado inconfundible de un asalto frontal a lo imposible».
La obra de arte condensa el resultado esperable del proyecto de ejecución —la obra— y todo aquello que se manifiesta en la realización que no estaba planeado, pero que ya es inseparable del conjunto del proceso —el arte—.
Las ciencias son discursos —por tanto, literatura— poéticos —porque consisten en dar forma a lo existente— especializados —tienen un objeto y un lenguaje propios— que objetivan el mundo. El deseo de conocer no es exclusivo de las ciencias, la pretensión de explicar no es única de la literatura. Ambas buscan la verdad; la ciencia, por su deseo de conocer, expande lo real; la literatura, por su pretensión de crear, concentra lo irreal. Saberes reales puestos en práctica en universos reales y ficciones implementadas en universos ficcionales; no son opuestos, son complementarios.
«Nos gustaría que fuera posible tomarles aquí, por una vez, a Mallarmé, a Baudelaire, en serio, la palabra. "La poesía es una hechicería evocadora". Esta verdad es el hecho de todo lenguaje. La literatura actúa por vías propias. Los efectos vienen a continuación. Depor-tan al autor, los lectores. Cada vez que uno lee, entra en el círculo, se expone. Uno sale otro, cada vez. Está ahí, propiamente, la finalidad de estas conductas extrañas: hablar, escribir, leer».
La ilusión por conocer implica el reconocimiento de la propia ignorancia. Cuanta más ignorancia, más por aprender. Cuanto más anhelo por aprender, cuanto más reconocimiento de la propia ignorancia, menos ignorancia.
«Desconfío de muy bastas, muy rápidas, síntesis. Se pagan caras. Al precio, para empe- zar, de la pérdida de regiones escamoteadas a lo real, amplias y numerosas en proporción. Herta Müller los llama los maleficios del "panorama": la falta de entramado de las verda- des, tocando a las condiciones del reencuentro, la intensidad del hecho; lo fluctuante des- de el punto de vista de un autor subyugado por un efecto de inmensidad que quizá conviene temer en vez de alabar».
El realismo en el arte, como en el conocimiento y en la vida, es una opción, pero descarta todo un mundo de posibilidades, las que residen en los márgenes, en los intersticios, todo aquello que, por su naturaleza intrínseca, no puede ser verificado, no puede hallarse su origen y no responde a la causa- lidad ni a la contingencia, a la estabilidad ni, a veces, a la definición. Ahí, donde no puede llegar la ciencia, llega la literatura.
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