| Pierre Bergouniouix. Jean-Paul Michel. Correspondance 1981-2007. Éditions Verdier, 2018 |
Pierre Bergounioux, nacido en Brive-la-Gaillarde, ciudad del departamento de Corrèze, en 1949, ha sido profesor de francés y de bellas artes y, desde 1984, con un relato titulado Catherine, autor de narraciones, escritos sobre arte y literatura, conversaciones y diarios —y «soldador de chatarra», según sus propias palabras—. Jean-Paul Michel, nacido en Corrèze, la población que presta su nombre al departamento, un año antes, en 1948, ha enseñado filosofía y es fundador y editor de William Blake & Co. En 1975, con C'est une grave erreur que d'avoir des ancêtres forbans, publicado bajo el pseudónimo de Jean-Michel Michelena, comenzó una prolífica y celebrada carrera literaria centrada, principalmente, en la poesía y la crítica de arte.
Ambos coincidieron, en 1966, en el lycée Georges-Cabanis de Brive, donde estudiaban el último año del bachillerato —Bergounioux había cursado toda la educación secundaria en ese centro; Michel era un recién llegado—. Esta concurrencia inició una estrecha amistad que se ha mantenido viva desde entonces. De hecho, en 1981, quince años después, se inició un intercambio epistolar que se ha mantenido hasta el día de hoy; estos mensajes fueron publicados por Éditions Verdier en 2018 en el volumen Pierre Bergoumioux. Jean-Paul Michel. Correspondance 1981-2017. Un año después, en 2019, Michel dirigió un Cahier de l'Herne dedicado a Bergounioux.
No es muy común, ni siquiera en Francia, la publicación de epistolarios entre corresponsales vivos, y menos aún de escritores. De hecho, la difusión de este tipo de comunicaciones parece, a menudo, una intromisión no siempre justificada en la privacidad de unos personajes que, aunque se acaben conviertiendo en un tipo muy determinado de figura pública, son tan acreedores de mantener parcelas privadas como las personas desconocidas. Habitualmente, los intercambios epistolares se publican cuando, en el caso de los escritores célebres, ya se ha dado a conocer la totalidada de su obra literaria, como si el mercado lector tuviera que ser alimentado constantemente para dar respuesta a una demanda que parece más artificial —es decir, provocada— que necesaria. En el caso de corresponsales vivos, son comunes las correspondencias que se limitan a la autopromoción, a las anécdotas o a las indiscreciones; en ambos casos, se trata de cartas destinadas a ser publicadas, hecho que convierte esas misceláneas en documentos vengonzosamente inútiles.
Por contraste, si alguna cosa revela, a primera vista, esta Correspondencia de los dos corréziens es el vínculo de amistad que les une; una amistad que se evidencia, en primer lugar, en el tono de las cartas, pero también en el hecho de cómo se desenvuelven con respecto a sus evidentes diferencias.
«Cincuenta años pesan mucho en la vida de los mortales. Las amistades de la adolescencia suelen desdibujarse junto con ella. Y no ha sido ese, en lo que a nosotros respecta, el caso. Sí, es algo singular y hermoso que dos muchachos enclenques de una provincia lejana hayan creído necesario permanecer unidos contra viento y marea —poesía/prosa, trotskismo/estricta ortodoxia soviética, gran Suroeste/gran periferia parisina, me dejo cosas—, todo aquello que debería haberlos enfrentado, distanciado, separado. Me repito: fuimos beneficiarios de un instante de gracia. Un hilo de luz tocó nuestros años jóvenes. Tú lo viste y lo seguiste. Yo lo sentí, por decirlo de algún modo, pero la sensación persistió. Las viejas murallas del aislamiento, del estupor, de la ignorancia, se resquebrajaron. De pronto estaba permitido, contra toda expectativa y en abierta oposición al pasado, hacerse preguntas, buscar una salida, esbozar algunos elementos de respuesta, ciertas aclaraciones. Lo intentamos: tú por las vías abruptas y elevadas del poema, yo por los caminos hundidos y tortuosos de la prosa. Y de cuando en cuando nos llamábamos, como niños que se adentran con miedo en el bosque, para saber dónde estaba el otro. Considerándolo bien, es algo raro. Montaigne, a quien haces bien en citar, lo advirtió en su tiempo y se maravillaba de ello. Eso también lo tuvimos. Lo tuvimos todo». De P.B. a J.-P.M., 5 de octubre de 2016.
A Pierre Bergounioux y a Jean-Paul Michel, aquel 1966, los separaban muchas y muy relevantes circunstancias, más de las que les podían unir. Por ejemplo, el contexto familiar y social: Bergounioux es hijo de una familia bien enraizada en Brive, su padre era huérfano de la Gran Guerra; el pequeño Pierre crece recluido en el sistema hermético de esa tierra áspera y desagradecida, esa «tierra madrastra» de la que no se ha movido; mientras que Michel, hijo de un funcionario de la policía, está sujeto al nomadismo de la profesión de su padre. Ambos llevaban su destino escrito en sus genes: convertirse en un oscuro funcionario o ingresar en los Enfants de Troupe como primer paso para una carrera militar.
Curiosamente, las diferencias de carácter y de perspectiva política, claramente divergentes, exhibidas en plena adolescencia, deberían haberlos separado sin remedio después del instituto; pero la constatación del fracaso de sus respectivas utopías, la pérdida de la esperanza en una sociedad justa, igualitaria y reconciliada, un afán perseguido por ambos, aunque por distintos caminos, fue la argamasa que los unió para siempre.
Posteriormente, cuando esa amistad fue menos emotiva, lo que mantuvo la relación fraternal fue el afán de superar las limitaciones que les vinieron impuestas —la familia, pero también la geografía— y de las que ambos pudieron escapar, con destino a la región parisina —previo paso por Limoges— o camino de la Gascuña; uno «por los caminos hondos y tortuosos de la prosa», y el otro «por las vías altas del poema»; pero los dos a través del estudio de esa lengua común que les abre el abanico de posibilidades de la civilización y el saber, sea a través del profesorado o del arte.
Las lecturas atentas e inquisitivas que relatan en sus cartas muestran la alta consideración que les merece la obra del otro; se trata de lecturas con escasos parabienes, pero justas y cómplices, que manifiestan la apreciación a partir de la comprensión: es precisamente derivado del hecho de no compartir ni escenarios ni intereses ni estilo que su amistad diluye esas diferencias. Ya sea en prosa o en verso, ya sea desde la crítica sociológica o de la crítica de arte, Pierre Bergounioux y Jean‑Paul Michel se ocupan de los seres diminutos, de los olvidados, de los invisibles, con plena conciencia de un mundo descarnado que es imprescindible revelar.
Esos informes de las lecturas mutuas revelan un llamativo fenómeno de transposición: a Bergounioux se le impone, cuando se acerca a las obras de Michel como lector, la imagen de ese primer contacto, en el instituto de Brive, y toda aproximación a los libros de su corresponsal se halla contaminada por esa circunstancia; Michel, en cambio, se ve retrotraído a un período anterior, a su infancia, aunque ni el escenario ni el contexto se presten a ello.
Pero el cariz de esa amistad cultivada a lo largo de decenios va mucho más allá de la complicidad personal, es una amistad sin condiciones, tal vez de la misma naturaleza que la que disfrutaron Montaigne y La Boétie —«parce que c'était lui, parce que c'était moi»—. Los desacuerdos se convierten en fuente de complicidades que dan aire a una visión de la vida, de la sociedad y de la literatura como consuelo ante la desintegración.
Se trataría, por supuesto, de una fraternidad electiva, intelectual y ética —como la de Goethe y Schiller, por ejemplo—, casi una comunión de destino, una especie de hermandad en la exigencia, en la idea de que la literatura es algo que se juega entre pocos, y que a veces solo el otro —el elegido— puede contemplar; No siempre explícita, pero muy reconocible debido a la procedencia común, a pertenecer a la misma generación y a estar movidos por una misma obsesión: la legitimidad literaria. Una exigencia intelectual casi áspera no es òbice para el progreso de una amistad cálida y entusiasta.
«Gracias, querido, por tu fidelidad en el recuerdo, que es lo que más me conmueve: es a través de gestos como este que se puede reconocer la autenticidad de una pequeña amistad verdadera. Recuerdo haber pensado, al leer tu primer libro: está salvado». De. J.-P.M. a P.B., 12 de septiembre de 1987.
«Puedo equivocarme, pero me parece que vamos a rejuvenecer». J.-P.M. a P.B., 6 de septiembre de 2016.
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