18 de mayo de 2026

Pierre Bergounioux. Carnet de Notes 2021-2025 (I)

 

Carnet de notes 2021-2025. Pierre Bergounioux. Éditions Verdier, 2026

Allá por 1980 la editorial Verdier se decidió a publicar los cuadernos de notas —según la leyenda, apócrifa, la editorial convenció al autor para que publicara «la recopilación completa de las necedades que había anotado en [sus] cuadernos secretos»; porque, en principio, esas «necedades» no estaban destinadas a su publicación— que redactaba, con la regularidad de un reloj, Pierre Bergounioux —no sé si existen cuadernos inéditos anteriores a esa fecha—. El último ejemplar publicado, que abarca el período entre los años 2021 y 2025, es el sexto volumen de anotaciones, teniendo en cuenta que los tres primeros contenían una década; a partir del cuarto, son quinquenales.

Bergounioux sigue fiel a la disciplina de escribir una anotación diaria —sistemática, cotidiana, rigurosa, fragmentaria, sobria— en la que, invariablemente, registra la hora en que se levanta y la meteorología; además, deja constancia de sus lecturas, de su escritura y de sus actividades y proyectos relacionados con ella —particularmente de las causettes, esos encuentros con amigos que son, a la vez, colegas de profesión—, y de su trabajo con el hierro, obviando, con alguna excepción —la invasión de Ucrania o alguna referencia a las elecciones legislativas—, cualquier comentario a los sucesos de orden público. Es cierto que puede achacársele una monotonía que puede llegar a ser irritante, pero tal vez la apuesta del autor no sea relatar acontecimientos, sino explorar hasta qué punto la vida más ordinaria puede convertirse en objeto literario, sean los días más hogareños en su residencia habitual en los alrededores de París o en los períodos vacacionales que pasa en su Corrèze natal.

Esa reiteración constante, invasiva, siempre con la misma fórmula al inicio de cada anotación, puede considerarse abusiva y su contenido irrelevante, pero es un modelo lícito cuando lo primero que reflejan, y con toda fidelidad, es la invariabilidad de las costumbres del autor, esas reglas de comportamiento, fijas hasta la obsesión,  que se impuso cuando era un chico de diecisiete años recluido en un internado. Ahora, ya adulto, es el Bergounioux escritor quien anota las entradas en su cuaderno, pero es del Bergounioux hombre de quien habla —aunque las referencias a su trabajo sean constantes—, y a quien regresa cuando el mundo que le ha tocado vivir no es de su agrado; tal vez su actividad escultórica —no creo que él estuviera de acuerdo con esa consideración de escultor—, de manipulación del hierro y de reformulación de las formas ancestrales, no sea más que la válvula de escape de una actividad, la literaria, cuyo entorno, aparte de sus amigos íntimos, parece aborrecer; de hecho, a menudo, hasta su familia más directa parece molestarle; ermitaño en pleno siglo XXI, uno diría que las únicas relaciones que soporta son con su esposa, Cathy, con sus compañeros de infancia de Brive-la-Gaillarde, con sus amigos de instituto y con algunos de sus colegas escritores y artistas. Ese aislamiento acaba siendo la forja en la que se fragua una suerte de mitología personal que, a una distancia insalvable de la autoficción, construye, con más defectos que virtudes, un modelo —una representación, no un arquetipo— congruente de ser humano. Por esa razón no tiene sentido valorar las anotaciones de forma individual, como si cada una construyera un relato; su justa evaluación debe tener en cuenta la totalidad del texto —en realidad, de los textos, el conjunto de los seis volúmenes, que suman alrededor de seis mil trescientas páginas— para constatar las pequeñas, ínfimas variaciones tanto las de carácter cíclico en el paisaje, los animales presentes, los frutos del bosque, como las que se manifiestan, fruto del curso absoluto del tiempo, en el ánimo del propio escritor.

El Bergounioux que empezó a escribir estos cuadernos contaba treinta y un años, mientras que ahora sobrepasa los setenta, han transcurrido, pues, más de cuarenta años; es razonable que las notas referentes a su estado físico y anímico hayan tomado cierta preponderancia y cambiado de contenido: más que el avance del tiempo, parece centrarse en la cuenta atrás. El declive físico, las dolencias debidas a la edad y la conciencia de su envejecimiento confieren a las anotaciones un tono más grave, más sombrío, a veces trágico, a veces rayano con la hipocondría. Sin embargo, aparte de esas referencias a su salud, los cuadernos siguen sin que asome la introspección, las confidencias personales, las opiniones razonadas o los comentarios críticos.

« Han pasado cuarenta y cinco años desde que decidí plasmar el contenido y el color de mis días. De aquellos comienzos, he conservado algunos hábitos, siendo el primero y principal levantarme temprano, escribir hasta el mediodía y, después, leer todo el tiempo que me sea posible. Siempre me atengo a la regla que me impuse en el internado y de la que no podría apartarme sin que el chico de diecisiete años que, al parecer, fui y que la dictó, me llamara al orden con voz atronadora. «Tenemos todas las edades en cada instante», constataba el psicoanalista Georg Groddeck, y es un adolescente de antaño quien sigue dirigiendo mi existencia. Sigo anotando los hechos cotidianos. Todo nos queda, pero los caminos de acceso al pasado se desvanecen. Unas pocas palabras, sobre el papel, ayudan, si así lo deseamos, claro está, a recuperarlo».

El pasado puede recuperarse, pero no el tiempo; tal vez la totalidad de estos cuadernos, pero con más relevancia a medida que aquel avanza, no sean más que una carrera patética contra su irremediable transcurso.

Otros recursos relativos a la serie:
Notas de Lectura de Carnet de notes 1980-1990

11 de mayo de 2026

Infernus Iohannes

Ya he hablado alguna vez aquí acerca de Antoine Volodine —o Elli Kronauer, o Manuela Draeger, o Lutz Bassmann, o incluso Jean Desvignes, o ... —, el escurridizo y prolífico escritor y traductor francés, padre del post-exotismo.

Todo parece indicar que el pasado 2022, con la publicación de Débrouille-toi avec ton violeur, dio comienzo, junto a quién sabe quién, a un nuevo proyecto pseudonómico, Infernus Johannes, autodefinido como:

«Infernus Iohannes es una firma que reúne en su totalidad a la comunidad de escritores post-exóticos, hayan sido publicados —como Lutz Bassmann, Manuela Draeger, Elli Kronauer, Antoine Volodine— o hayan permanecido en la sombra de los muros de su prisión. Al término del recorrido editorial del post-exotismo, resulta por tanto normal que cese la designación demasiado personalizada de autor que aparecía en la cubierta de nuestros libros. Nuestra voz es colectiva y, para el cuadragésimo noveno y último título de nuestra performance, para este Retour au goudron, nuestros portavoces se borran. Retour au goudron está firmado por cerca de un centenar de autores, hombres y mujeres. Durante una residencia con La Marelle y el Frac Provence-Alpes-Côte d’Azur se puso en marcha el enorme proyecto de esta obra, que sigue siendo, por supuesto, y durante mucho tiempo, un work in progress».

Pues bueno, por lo que parece, a finales del próximo agosto van a aparecer, a la vez, en once editoriales diferentes —Actes Sud, La Fabrique, L’Olivier, Minuit, Rivages, La Marelle, Robert Laffont, Seuil, les éditions du sous-sol, La Volte y Verdier—, once volúmenes firmados bajo ese pseudónimo. Esta publicación, como señala el texto anterior, marcará el fin del post-exotismo, una vez completados los cuarenta y nueve libros que Antoine Volodine había anunciado.

Michonianos del mundo, atención al título del último libro de la imagen.

(Información extraída de un post de Christian Rosset y una publicación de AOC Média).

4 de mayo de 2026

Sobre literatura norteamericana

 

Más allá de la sospecha. La nueva ficción americana desde 1960 hasta nuestros días. Marc Chénetier. Visor Dis, 1997. Traducción de María Lozano.
Walt Whitman ya no vive aquí. Ensayos sobre literatura norteamericana. Eduardo Lago. Editorial Sexto Piso, 2018

Hace bastantes años que estos dos libros permanecían estacionados en la estantería de libros pendientes de leer; ahora, con la inminente traducción al castellano de Shadow Tickets, la última novela de Thomas Pynchon, he pensado que ya era hora de echarles un vistazo.

Se trata de dos acercamientos, curiosamente, de dos críticos no norteamericanos —Chénetier es francés; Lago, español—, a la narrativa del último medio siglo procedente de ese país —hay que aclarar que el libro de Chénetier,  Au-delà du soupçon. La nouvelle fiction américaine de 1960 à nos jours, fue publicado originariamente en 1989, de ahí que eso de «hasta nuestros días» deba tomarse con la prudencia debida, también en cuanto a las omisiones—. Lago lo ejecuta desde una perspectiva muy —tal vez demasiado— personal, de forma poco profunda, aunque muy cercana al lector no especializado en crítica literaria; el libro de Chénetier es más árido pero mucho más completo. Ambos son interesantes para quien quiera hacer un repaso a la literatura norteamericana de ese período. En todo caso, los títulos ya dan una idea del tratamiento: Lago haciendo referencia a Walt Whitman, y Chénetier al influyente ensayo de Nathalie Sarraute.

Para el lector interesado, Lago adjunta a su obra dos planes de lectura que intentan incluir, sin conseguirlo, toda la literatura producida en los EE. UU., abarcando tanto que acaba apretando  poco. Chénetier, más centrado en la época, no traza ningún plan de lectura; por esta razón, detallo algunos autores y obras citados en cada capítulo.

Nuevas direcciones
Transiciones
J. D. Salinger: The Catcher in the Rye.
Vladimir Nabokov: Lolita.
Jack Kerouac: On the Road.
William Borroughs: The Naked Lunch.
William Gaddis: The Recognitions.
John Hawkes: The Cannibal
Revisiones
John Barth: The Floating Opera.
Kurt Vonnegut: Slaughterhouse Five.
John Cheever.
John Updike: La saga Rabbit.
Richard Brautigan: A Confederate General from Big Sur.
Ken Kesey: One Flew Over the Cuckoo's Nest.
Joseph Heller: Catch-22.
Evoluciones

El más «realista» de los escritores de nuestra década tiene hoy conciencia plena de estar dirigiéndose a unos lectores a «quienes ya no se les engaña» tan fácilmente como en el pasado y la escritura más «transparente» se opacifica volens nolens con signos que proclaman que ya no se engaña sobre la naturaleza de sus actividades. El narrador omnisciente se hace raro y cuando «personaje, intriga y tema» vuelven a encontrar sus derechos de ciudadanía, es muy raro que continúen, los tres, dominando. El acto de ficción, aunque sea de naturaleza «realista» ya no se entiende como reflejo, aunque sea de lo irreal, sino como gesto que informa aquello de lo que se nutre, hasta darle, a veces, existencia. El paso de la «novela americana» a la «ficción americana» no es una simple cuestión de léxico; traduce la aparición de un juego de valores estéticos nuevos; indica que la ficción americana, que ha asimilado las lecciones del modernismo y que ha integrado lo que le parecía útil en los desarrollos ulteriores sin dejarse por eso trazar un camino que no era el suyo, ha pasado al otro lado de la sospecha. 
Más allá de la sospecha
Días enteros en los textos
Robert Scholes: Fabulation and Metafiction.
John Irving: The Cider House Rules.
Richard Ford: The Sportswriter.
John Barth: The Tidewater Tales.
Robert Coover: The Origin of the Brunists.
Stanley Crawford: Travel Notes.
Donals Barthelme: Snow White.
Thomas Pynchon: The Crying of Lot 49 .
William Gass: Omensetter's Luck.
Vladimir Nabokov: Pale Fire.
Jerome Charyn: The Tar Baby.
Russell Banks: Hamilton Stark.
David Carkeet: I Been There Before.
John Hawkes: Second Skin.
Gilbert Sorrentino: Mulligan Stew.
Las reglas del juego
John Barth: Letters.
Franklin Mason: Four Roses in Three Acts.
Curtis White: Heretical Songs.
Luke Reinhart: The Dice Man.
Robert Coover: The Universal Baseball Association.
Walter Abish: Alphabetical Africa.
Gilbert Sorrentino: Splendide Hotel.
William Gass: Willie Masters' Lonesome Wife.
Robert Coover: Spankling the Maid.
Harry Mathews: Country Cooking.
Stanley Crawford: Some Instructions to My Wife.
Don DeLillo: Ratner's Star.
Vladimir Nabokov: The Defense.
Bernard Malamud: The Natural.
Robert Coover: The Public Burning.
Williams Gaddis: JR.
Thomas Pynchon: Gravity's Rainbow.
William Kotzwinkle: The Fan Man.
Barry Hannah: Airships.
«Los conocedores del caos»
Annie Dillard: Pilgrim at Tinker Creek.
Peter Matthiessen: Far Tortuga.
Denis Johnson: Fiskadoro.
Russell Banks: Searching for Survivors.
William Gibson: Neuromancer.
Thomas Pynchon: V.
Joseph McElroy: Plus.
Don DeLillo: White Noise.
Rudolph Wurlitzer: Nog.
William Gass: The Tunnel.
La pesadilla impuesta
Kurt Vonnegut: Mother Night.
John Barth: The Sot-Weed Factor.
Stanley Elkin: George Mills.
Ishmael Reed: Mumbo Jambo.
Alice Walker: The Colour Purple.
Raymond Carver: Cathedral.
Jerzy Kosinski: The Painted Bird.
E. L. Doctorow: The Book of Daniel.
Russell Banks: Continental Drift.
E. L. Doctorow: Ragtime.
Walter Abish: How German Is It.
Mito y sospecha
Toby Olson: Seaview.
Peter Matthiessen: At Play in the Fields of the Lord.
Toni Morrison: The Song of Salomon.
Toni Morrison: Beloved.
Normal Mailer: Ancient Evenings.
Joseph Heller: God Knows.
Jerome Charyn: Darlin´Bill.
John Barth: Chimera.
Richard Condon: The Manchurian Candidate.
Imágenes y ruidos
McDonald Harris: Screenplay.
Barry Malzberg: Screen.
Walker Percy: The Movigoer.
Don DeLillo: Americana.
Kenneth Gangemi: The Interceptor Pilot.
Stephen Dixon: Movies.
Robert Coover: A Night at the Movies.
Stanley Elkin: The Dick Gibson Show.
Grace Paley: Enormous Changes al the Last Minute.
Hubert Selby: Requiem for a Dream.
Donald Barthelme: Guilty Pleasures.
Donald Barthelme: Paradise.
John Barth: Giles Goat-Boy.
Jerzy Kosinski: The Devil Tree.
Thomas McGuane: The Bushwaked Piano.
Paul Theroux: Picture Palace.
Cynthia Ozick: Levitation.
Don DeLillo: The Names.
Mark Leyner: My Cousin, My Gastroenterologist.
Harold Jaffe: Mole's Pity.
La tradición cultural y el presente: cultura sabia
Saul Bellow: Humboldt.
Lynne Sharon Schwartz: Distourbances in the Field.
Frederic Tuten: The Adventures of Mao in The Long March.
Guy Davenport: Da Vinci's Bycicle.
Rob Swigart: Little America.
Tim Robbins: Even Cowgirls Get the Blues.
Charles Johnson: Oxherding Tale.
David Bradley: The Chaneysville Incident.
Larry McMurty: Lonesome Dove.
Paul Metcalf: Genoa.
Vladimir Nabokov: Ada.
Cynthia Ozick: Trust.
Alexander Theroux: Darconville's Cat.
Harold Jaffe: Mourning Crazy Horse.
Curtis White: Heretical Songs.
Peter Matthiessen: The Snow Leopard.
John Hopkins: Tangier's Buzzles Flies.
T. Coraghessan Boyle: Water Music.
John Calvin Batchelor: American Falls.
Russell Banks: The Book of Jamaica.
Norman Lavers: The Northwest Passage.
Evan S. Connell: A Long Desire.
Kenneth Gangemi: The Volcanoes from Puebla.
La tradición cultural y el presente: lo cotidiano y la cultura de masas
Evan S. Connell: Mrs Brige, Mr Bridge.
Raymond Carver: Will You Please Be Quiet, Please?
Frederich Barthelme: Second Marriage.
Ann Beattie: Chilly Scenes for Winter.
Tobias Wolff: In the Garden of North American Martyrs.
Tama Janowitz: Slaves of New York.
Donald Barthelme: Sixty Stories.
Jayne Anne Philips: Machine Dreams.
Cynthia Buchanan: Maiden.
Stanley Elkin: The Magic Kingdom.
Max Apple: The Propheteers.
La boca y el oído. Los avatares de la voz
Robert Stone: Dog Soldiers.
John Hawkes: The Lime Twig.
Donald Barthelme: Lost in the Funhouse.
Thomas Faber: Curves of Pursuit.
Frederick Bush: Sometimes I Live in the Country.
Rudolf Wurlitzer: Flats.
Steven Milhauser: Edwin Mulhouse.
Robert Coover: Pricksongs and Descants.
Michael Stephens: Season at Coole.
Neal Cassady: The Fisrt Third.
Thomas McGuane: Panama.
Don DeLillo: Players.
William Melvin Kelley: Dunford Travels Everywheres.
Tillie Olsen: Tell Me a Riddle.
Louise Erdrich: Love Medicine.
William Gass: On Being Blue.
Toni Cade Bambara: The Salt Eaters.
Cynthia Ozick: The Cannibal Galaxy.
Jonathan Baumbach: Babble.
William Goyen: Had I a Hundred Mouths.
Georgiana Peacher: Mary Stuart's Ravishing Descending Time.

27 de abril de 2026

El paisaje es un grito

 

El paisaje es un grito. Eduardo Ruiz Sosa. Editorial Candaya, 2026

        «Hablar cansa, ¿no crees? Porque cuando uno habla es como si volvieran a sucederle las cosas    de las que habla. Pero en realidad no sucede, y eso es peor. Porque sabemos que no existen».

El Baldor, la Caticha y el Lombardo emprenden un viaje, en un viejo automóvil, para reintegrar el cadáver del Genízaro a El Presidio, el emplazamiento que él mismo reivindicaba como su lugar de origen. A lo largo de ese recorrido, que es a través del espacio pero también del tiempo, se encuentran con multitud de personajes, cada uno con su historia a cuestas —algunos, con su historia persiguiéndoles—, pero también de fantasmas, que no aparecen pero se perciben —el narco, el hambre, la emigración, las autoridades... —, hasta completar un relato con ecos épicos  cuya ambición corre pareja con su resultado: un libro de libros —desarrollaré esta idea—, una novela —parece que está en desuso la expresión, ¿verdad?— total.

Libro de libros porque, a primera vista, el autor establece un diálogo fecundo, a veces explícito —es el caso del capítulo «El corazón se me alegra al ver esta horrenda presencia», que se sostiene sobre un andamiaje de citas—, otras encubierto, con multitud de autores clásicos y contemporáneos —los epígrafes de cada capítulo han sido entresacados de La Celestina; pero también existe una larga nómina que incluye a Vladimir Nabokov, James Joyce y Claude-Lévi-Strauss; a H. P. Lovecraft, Mary Shelley y Pascal Quignard; a Fernando del Paso, Armonía Sommers y Sara Gallardo; y a Juan Rlfo, por supuesto, presente en cada página—. Y están también, citados explícitamente, los libros que Mat Xante había leído y llevaba siempre consigo: Nuestra Señora de París, La Cartuja de Parma, un volumen con Los chuanes, La piel de zapa y Las ilusiones perdidas, y Historia física, civil y moral de París.

Pero existen muchas más referencias veladas, entre las que me gustaría destacar dos. En primer lugar, y ya desde las frases iniciales, El padre muerto, la novela de Donald Barthelme en la que un séquito de portadores llevan hacia la tumba a un cadáver —que, a ratos, sigue declamando discursos y conversando con vivos y muertos— a través de  lugares inhóspitos y encontrándose con personajes de lo más dispar en su recorrido. Y la referencia omnipresente en la primera mitad de El paisaje es un grito, la Odisea: el retorno a Ítaca del cuerpo de Ulises, no del Ulises vivo; cada parada en el trayecto hacia El Presidio es asimilable a los lugares que visita Odiseo en su epopeya: la tierra de los Lotófagos, Calypso, la isla de los Cíclopes, Circe, incluso el inframundo, la katábasis, cuyo acceso no debe hacerse solamente con sacrificios, sino mediante la incierta travesía de ese túnel para pasar al «Otro Lado»; incluso en la forma de algunos pasajes se insinúa esa relación: las analepsis equivalentes a la estancia en la isla de Esqueria de Alcínoo y Nausícaa; o la identificación de Ezequiel y Eloísa, los padres del Genízaro, con Laertes y Anticlea, los progenitores del héroe griego.

        «dicen que la gente que habla sola está mal de la atmósfera, vato, que está enferma del tiempo,             que está dañada en el pasado o más lejos todavía, allá en lo prehistórico del ser, uno siempre                 piensa en el Origen y resulta que la cosa viene de más atrás, hay vidas que nos sucedeb antes de             nacer,
        es en los otros donde nos suceden».

Pero El paisaje es un grito no transcurre ni en una insignificante ciudad del Medio Oeste norteamericano ni en el Mediterráneo oriental allá por el año 1200 a. e. c. La acción parece ubicarse en el noroeste de México, junto a la frontera —la Línea— con su poderoso vecino —«Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos»—, una localización que conlleva un compuesto de elementos indisociables que constituyen, en su conjunto, uno de los muchos escenarios a través de los que transcurre la novela.

        «¿se dice nacimiento o yacimiento?,
        una cosa comienza y la otra ya se doblegó, ¿no?,
        ¿o será que se despliega?
        no se pueden poner encimadas las palabras para engordarles el significado»

La marca —el tatuaje, la cicatriz, la penitencia, ¿el consuelo?— del emigrante podría formularse con la siguiente cita: «lo que está lejos ya no existe»; lo primero que se borra es el recuerdo del Origen que, una vez abandonado, deja de ser; un proceso al que Ruiz Sosa alude constantemente y que puede resumirse en tres conceptos fundamentales: huida, destierro, desarraigo —que sustituirían a la tríada que Joyce atribuye al Ulises homérico: «silencio, exilio y astucia»—. Porque el fenómeno migratorio no se limita a un traslado de comunidad o de país —que se lo pregunten a las personas subsaharianas que naufragan en ese mismo Mediterráneo que navegó y donde también naufragó  Ulises—, sino que recoge experiencias pasadas, se extiende hacia el incierto futuro y se manifiesta en una especie de paralelismo congénito entre personas, espacios y lugares, como Ezequiel entre la mina y el mundo de arriba y el Genízaro, su hijo, entre Este Lado y el Otro Lado. Para las familias partidas por la Línea, ¿en qué quedan los lazos familiares? ¿Cómo se procede desde ambos lados?

        «Los nombres, como las personas, pierden su lugar de arraigo o parecen fuera de sitio, y nos             viene una confusión que salva y destruye al mismo tiempo».

El pasado no es un lugar, es un estado mental.

        «¿Y el pasado?
        Allí ya casi no hay nadie».

Sin embargo, está siempre presente; él es el que nos empuja hacia adelante —aunque esa direccionalidad no es absoluta—, hacia el futuro, pero también el que nos impide volver porque algunas formas de regresar no son más que maneras de escapar.

        «¿Que hay en el pasado?
         Todo.
        Ahí todo está junto y al mismo tiempo».

El recuerdo actúa como némesis del pasado y llega a convertirlo en mito: «¿qué se siembra en una piedra, Baldor? ¿la memoria, el presente, las pesadillas?». Para evitar, en la medida de lo posible, esa confrontación, el hombre inventó el relato como alternativa para, recreando ese pasado, construir esa instancia inasible, que se nos va de las manos de forma ineludible, que llamamos presente: «Los monstruos aparecen una sola vez, pero su historia vuelve siempre».

        «nada queda en pie de la fábrica, el recuerdo vivo de los pa-

        dres, eso sí, de pie delante de la entrada antes de irse, una ruina

        ahogada delante de los ojos, ¿cuándo?, se relacionan las cosas

        aunque nos cueste verlas, vacías las albercas desde hace años,

        casi ni se perciben de lo enterradas por el monte que creció,

        nomás lo sin vida, algún esqueleto mínimo, los huesos de la

        vida del Otro y los huesos de la vida del Baldor, la Prehistoria

        ¿son los padres?, un relato sin lengua, pura lumbre rupestre

        en el fondo del cerebro, nomás lo que es vestigio habla; en el

        Origen, tú; en la Prehistoria, el Otro, un aparecido para cerrar

        qué relato o qué herida o qué misterio; y no son lo mismo,

        vato, pero quítale tú esa entraña de que hay una memoria que

        se esconde, de que la historia debe tener cuerpo cuando ya

        ninguna otra cosa se sostiene».

Pero se trata de una instancia demasiado frágil y poco ejemplar como para sustentar una existencia, 
«¿qué les pasa a los recuerdos de los muertos? ¿Dónde quedan?»; aquello que solo existe en la memoria de un muerto muere con él. La historia del antepasado se dispersa entre sus descendientes y a medida en que estos se multiplican y se extinguen desaparece también, una vez disuelto, el antepasado. 

        «Las cosas que yo conozco ya no existen».

Para el desterrado, la obsesión esencial es el Origen, hasta tal punto que el recuerdo puede llegar a convertirse en una tortura. ¿En qué medida el Origen no es un constructo artificial que solo se manifiesta cuando se abandona? «Cada pueblo le inventaba un pasado a las ruinas»: así pues, ese Origen no es únicamente —tal vez no lo sea en absoluto— un lugar físico, sino una ficción generada por la ausencia; por eso, por más que se intente, nunca se puede volver; y en esa palabra, volver, es en la que se sostiene la ficción porque implica un camino hacia atrás imposible, fundamentalmente por dos razones: porque el lugar hacia el que se quiere retroceder no es en absoluto como se concibe desde el exilio —es un recuerdo manipulado por el tiempo— y porque el sujeto tampoco es el que escapó. 

        «y que cuando sepan que ya no estoy, y me imaginen en ese
        lugar, no puedan encontrarme porque estoy en el de-
        sierto, diles, Caticha, que en lugar de lo frondoso y lo
        verde y lo tupido de una selva que nomás se atraviesa a
        machetazos, tú elegiste el desierto, la nada engañosa, la
        nada llena de cosas que se arrastran y que vuelan y que
        tienen espinas, la nada que se ve abierta y sin sombras,
        porque ya muchas sombras llevas en el ojo, Caticha, y
        otras tantas sombras son las hermanas, diles, que em-
        pezó todo porque te dijeron tú puedes, hay que supe-
        rarse, tus hermanas te necesitan, y la menor era muy
        chica y ya le empezaba a fallar la mirada, y la otra era
        muy mayor y siempre enferma, quién sabe por qué no
        hay ningún día de la vida que la Caticha en que pueda
        recordar a la mayor estando sana, sin dolencias, saliendo
        de esa habitación que empezó por parecerse a un quiró-
        fano y acabó como una funeraria, conque la Caticha se
        aventó al mundo y afuera encontró espacio y personas,
        diles, Caticha, que cuando las cosas son nuevas una no
        tarda en encontrarle el amor a lo que haya por delante,
        el amor y el gusto y el deseo, y que hasta el chingado
        trabajo odioso parece un pedazo de felicidad, algo que
        está pegado a una misma, que sin eso no somos, que sin
        eso nadie nos reconoce, y así es muy fácil, diles, Caticha,
        que fue muy fácil conocerlo,
        a él,
        nomás no les digas el nombre».

El Origen, la Línea, el Otro Lado y Este Lado son, en abstracto, lugares reales que adquieren otro significado cuando se convierten en sujeto del relato —o cuando aparecen en sueños, otra forma de narración—, y que establecen una relación dialéctica con el nacimiento, el acto de morir, el tiempo posterior a la muerte y el tiempo de vida, respectivamente.

        «Uno no se puede ir si no hay dónde volver, o al menos dónde mirar para atrás»

Y, finalmente, la muerte; aunque el uso de ese adverbio es cuestionable; siempre me ha llamado la atención la relación de la tradición mexicana con la muerte, tan lejana de Europa —y también los lazos que parecen existir entre ese culto en México y en el antiguo Egipto—. 
En todo caso, el tratamiento de ese final parte de una noción desemejante en función del individuo: mientras que la preocupación universal es una cuestión de tiempo —morir cuándo—, para el exiliado se transforma en un asunto espacial —morir dónde—. Ese nuevo comienzo que promulgan las religiones cuando se refieren a la desaparición individual y a la nueva vida que inaugura tiene su equivalente en la vida colectiva porque un pueblo sin cementerio es un pueblo sin pasado.

        «Porque un muerto llega y lo ocupa todo: invade el espacio llena las habitaciones de nuestra             casa se mete en las rendijas del cuerpo y en los rincones cambia de lugar los objetos destruye a             palos los muebles le cambia el nombre a los recuerdos pudre o revive la materia y uno respira y             es el muerto el que respira, uno abre la boca y el aliento es el muerto».

Ruiz Sosa tiene la habilidad de manipular los conceptos acerca de cuyo significado se ha llegado a un acuerdo para ofrecer una visión distinta de la comúnmente aceptada. Así, es capaz de convertir los espacios —que, aunque puedan concretarse a efectos comprensivos, consisten en entidades abstractas, simples contenedores, pura virtualidad— en lugares —emplazamientos concretos, humanizados, experimentados; frente al contenedor,  contenido significativo, reales; y el tiempo —una medida cronológica, física y objetiva que responde a la pregunta ¿cuándo?— en historia —interpretación de los acontecimientos y fijación mediante un relato (un concepto primordial) que intenta responder a la pregunta ¿por qué?—. 

         «que se fue de Providence y allá se quedó Marbedal siguiendo por detrás y con la cabeza                   agachada al Guillermo flaco, cargando el recuerdo de todos los habitantes que se morían de               sed y el de las veintitrés ciudades que se llaman París y el de Mat Xante emborucado en las                 neuras de su familia; y se quedó el Lombardo en Quincy hablando con su arroyo de perros                 rescatados, y se quedó la Onza sin su historia que era la historia del Perdomo y que se la llevó la         Caticha porque lo que somos siempre va más lejos que nosotros»

Abandonar la gramática y la sintaxis en beneficio del ritmo es una apuesta arriesgada que corre el peligro de limitarse a un mero ejercicio; pero cuando se utiliza conveniente y razonadamente, la puntuación alterada modifica la lectura —no solo el ritmo, sino también la música— y puede llegar a alterar el significado, volviéndolo ambiguo; con este recurso, Ruiz Sosa no busca confundir al lector, sino conseguir que el texto se lea distinto. Las novelas de Ruiz Sosa no son ni un texto ni un libro, sino una obra —desmantelemos la académica sinonimia—; tampoco son ni una estructura ni un edificio, sino una casa habitada. La literatura será ética o no será; me viene a la mente este fragmento de La Cecité d'Homère, de Pierre Bergounioux, cuya tesis puede aplicarse a la obra de Ruiz Sosa:

        «La literatura [...] no es una producción momentánea de la actividad humana que habría                 tenido su momento en el reloj de la historia, como la piedra pulida, el bronce, la tracción                     animal, la rueca, o las palabras, incluso, que tienen su utilidad y luego se marchitan y mueren.             La literatrura no es cuestión de palabras. Las palabras no tienen ninguna importancia. La                     literatura es, debería ser, el esfuerzo siempre necesario, siempre renovado, por el que nos                     apoderamos del significado de nuestra historia».

Por cierto, hablando de música, la construcción de El paisaje es un grito parece seguir la composición en forma de fuga mediante la superposición de varios sujetos —o varias narraciones, o varios niveles de narración— que, en este caso, no son narradores, sino temas, sin preeminencia, y basados en la reiteración. El lenguaje no se limita a ser un vehículo de expresión, sino que forma y condiciona la narración; contamos cosas para hacer tiempo, para retrasar —o para confundir— a la muerte, aunque sea esta la dueña del relato:

        «la muerte
        nos arroja
        al lenguaje»

Ruiz Sosa es un autor cuya literatura apunta alto y que maneja los recursos estilísticos y de contenido con una exquisitez admirable. Sus libros no se leen, sino que son ellos los que lo leen a uno mismo: el lector es aprisionado por la lectura y su papel activo va transformándose en papel de víctima. Todo ello a través de un realismo estricto e ineludible que se impone a una estructura narrativa onírica —ahí sí cabe hablar de surrealismo— que corre, subterránea, llevándose consigo a explotadores y a emigrantes, a trabajadores manuales y a narcos, a las propias palabras que no bastan —ni a Ruiz Sosa, que lo intenta, con una escritura torrencial, desgarrada, densa y obsesiva hasta la extenuación, ni a nadie— para describir un caos no exento de orden, una entropía sujeta a leyes para, finalmente, convocar a todos los vivos y los muertos. 

        «antes de las palabras hay una realidad y después de las palabras es otra la que llega».

Notas de Lectura de Anatomía de la memoria.
Notas de Lectura de El libro de nuestras ausencias.

20 de abril de 2026

En el Museo de Reims

En el Museo de Reims. Daniele del Giudice. Días Comntados, 2023
Prefacio y traducción de J. Á. González Sainz

«Empecé a amar la pintura desde el momento en que supe que me iba a quedar ciego».

Barnaba, un joven italiano, se está quedando gradualmente ciego: pierde la visión de lejos, de los colores, que se confunden en una niebla espesa y blanquecina, como antesala a una inminente ceguera total; ante esa condena a fecha fija, decide que quiere dedicar sus últimos momentos de acceso a la luz a ver, visitando los museos adecuados, una serie de cuadros escogidos, como si quisiera acumular imágenes para poder asociarlas a otras sensaciones y evocarlas cuando ya no pueda ver nada. Ese periplo, que se concentra en la pinacoteca de Reims para ver, en particular, el Marat assassiné, de Jacques Louis David, es el que se relata en En el Museo de Reims (Nel Museo di Reims, 1988).

En ese viaje Barnaba es asistido por Anne, una joven con la que coincide en una de las salas, estableciéndose un diálogo a través del cual avanza el relato, que también completa las imágenes que Barnaba ya no alcanza a ver, o las inventa, sin más motivo que complacerle: él no ve lo que hay en el cuadro mientras que ella ve lo que no hay, y no importa cuál es la verdad porque la verdad del cuadro, la verdad de Anne y la verdad de Barnaba no tienen por qué coincidir ni ninguna tiene preponderancia sobre las otras; la verdadera importancia reside en la cita ante cada cuadro con esos tres elementos en diálogo: Barnaba, Anne y la propia pintura, interrelacionándose, interrogándose, increpándose, complementándose.

Anne no es solamente sus ojos, sino también quien teje las historias que cuentan los cuadros, los detalles imperceptibles y aquello que el pintor debería haber representado y no lo hizo; la historia que convierte cada cuadro en una obra que solo Barnaba, a pesar de su incipiente ceguera, puede ver.

17 de abril de 2026

Philip Roth: Milan Kundera

 


«Una novela es una larga pieza de prosa sintética basada en un argumento con personajes inventados. Estos son los únicos límites. Cuando digo sintética me refiero al deseo del novelista de asir su tema desde todas las perspectivas y del modo más completo posible. El ensayo irónico, la narrativa novelística, el fragmento autobiográfico, el hecho histórico, la fantasía libre... No hay nada que la capacidad de síntesis de la novela no logre combinar en un todo unitario, como las voces de la música polifónica. La unidad de un libro no tiene por qué derivarse del argumento, porque también puede suministrarla el tema».

Milan Kundera

Citado en El oficio. Un escritor, sus colegas y sus obras. Philip Roth. Seix Barral, 2003. Traducción de Ramón Buenaventura.

16 de abril de 2026

Philip Roth: Saul Bellow

 


«Me dijo Bellow, en cierta ocasión: "en alguna parte de mi sangre judía e inmigrante hay claras huellas de duda sobre si tengo o no tengo derecho a ejercer el oficio de escritor". Con ello venía a indicar que, al menos en parte, esa duda impregnaba su sangre porque "nuestro querido establishment blanco, anglosajón y protestante, integrado mayormente de profesores formados en Harvard", no consideraba que un hijo de inmigrantes judíos estuviera calificado para escribir libros en inglés. Esa gente lo sacaba de quicio».


El oficio. Un escritor, sus colegas y sus obras. Philip Roth. Seix Barral, 2003. Traducción de Ramón Buenaventura. |

15 de abril de 2026

Philip Roth: Edna O'Brien.

 


«En la constelación de los genios, Joyce es una luminaria deslumbrante y el padre de todos no-sotros. (Excluyo a Shakespeare porque no hay epíteto humano que no le quede pequeño.) Leí a Joyce por primera vez en un librito editado por T. S. Eliot que me compré de segunda mano en los muelles de Dublín, por cuatro peniques. Antes había leído muy pocos libros, casi todos desbordantes y exóticos. Yo era entonces una farmacéutica en ciernes que soñaba con escribir. Y de pronto me encontraba con «Los muertos» y con una parte del Retrato del artista adolescente que me dejaron atónita, no sólo por el embrujo del estilo, sino también por lo verosímiles que eran, porque era vida. Luego, algo más tarde, me puse a leer el Ulises, pero era muy joven todavía y no pude superar los obstáculos, era algo demasiado inaccesible, demasiado masculino para mí, aparte del famoso fragmento de Molly Bloom. Ahora pienso que Ulises es el libro más divertido, brillante, intrincado y desaburrido que he leído nunca. Lo cojo cada vez que se me ocurre, leo unas cuantas páginas y es como si me hubieran hecho una transfusión de cerebro. Su carácter intimidatorio ni siquiera se plantea: Joyce está más allá de toda frontera, más allá de todos nosotros, «en las remotas Azores», como podría haber dicho él».


Edna O'Brien


Citada en El oficio. Un escritor, sus colegas y sus obras. Philip Roth. Seix Barral, 2003. Traducción de Ramón Buenaventura