| Pensées simples. Gérard Macé. Gallimard, 2011 |
«He buscado durante mucho tiempo una forma que fuera lo más simple posible, hasta el punto de volverse invisible, y que me permitiera entrelazar reflexiones sobre los temas más diversos, pero sin caer en el desorden. Pensées simples avanzan mediante encadenamientos sutiles, ecos, asociaciones, analogías. Me parece que el pensamiento en su formación, el monólogo interior, e incluso la conversación, progresan de esa misma manera: sin saltar de un tema a otro, pero con una lógica no premeditada. Si tuviera que nombrar algunos ilustres predecesores, serían evidentemente Montaigne, con sus “saltos y cabriolas”; el admirable y demasiado ignorado Joubert, cuyos Pensées son póstumos (y de orden incierto); Leopardi y su voluminoso Zibaldone, erudito revoltijo, como su título indica. Obras todas en las que el camino cuenta más que la meta; autores todos que no tienen prisa por demostrar, y menos aún por concluir». «Gérard Macé según Gérard Macé», Rencontres Centre Pompidou
Pensées simples es una serie de volúmenes, iniciada el año 2011 —compuesta, hasta el momento por Pensées simples (2011), La carte de l’empire. Pensées simples II (2014) y Des livres mouillés par la mer. Pensées simples III (2016)—, que agrupan notas breves pero consistentes, ìntegras pero asistemáticas, al estilo de los cuadernos de notas, basadas en asociaciones libres proveídas por una cultura enciclopédica, en revelaciones con carácter de epifanía, en especulaciones espontáneas, en los frutos inesperados del pensamiento lateral que dan lugar a reflexiones intelectuales al estilo las Pensées de Blaise Pascal —pero exentas de la intención religiosa— y de Joseph Joubert —aunque sin afán moralista—, incluso a los Essais de Michel de Montaigne, pero con la inequívoca perspectiva contemporánea de los Cahiers de Paul Valéry; representan, de modo parecido a otras de sus obras, como la serie Colportages —Colportage I, Lectures (1988), Colportage II, Traductions (1988) y Colportage III, Images (2001)— o el libro Leçons de choses (2002), la forma más particular de los trabajos de Macé, basados en la capacidad sugestiva de la inteligencia, vía la divagación, para encontrar conexiones mediante las cuales, partiendo de elementos minúsculos, se accede a la revelación.
La aparición de Gérard Macé en este blog, aparte de su relevancia indiscutible en el campo de la literatura circunstancial, se debe a su conexión con otros autores caros a este redactor; su obra más personal ha sido relacionada con tres coetáneos: Pierre Michon, sobre quien escribió un texto en Colportages I —Gérard Macé sobre Pierre Michon: «Una ilustración de almanaque»—; Pierre Bergounioux, con quien comparte la motivación creadora del recuerdo —https://jediscequejensens.blogspot.com/search?q=Carnet+de+Notes&updated-max=2023-09-11T05:29:00%2B02:00&max-results=20&start=8&by-date=false—; y Pascal Quignard, que ha visto en él —Chantal Lapeyre-Desmaison, Pascal Quignard le solitaire, Galilée, 2005— a uno de los autores más valioso de su generación.
«"¿Y qué haces con todos esos fragmentos?", me pregunta un amigo que quiere ser bienintencionado.
Construyo cobijos que no son refugios. Cobijos provisionales por los que el olvido deja pasar la luz del día; casas flotantes que van a la deriva, y en las que soy feliz.
Construyo con recuerdos y con citas. A veces, con puñados de nieve, con briznas de paja y ceniza, con plumas y pegamento.
Escribo contra los padres con mayúscula, contra los dioses que siembran el terror, contra los reyes que tan bien quedan en la literatura, como los ángeles, según Flaubert».
En este post se transcribe la traducción de algunos de los fragmentos publicados en el primer volumen de Pensées Simples.
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Entre las ideas paradójicas que Roger Caillois quería desarrollar en un libro que no tuvo tiempo de escribir, porque murió demasiado pronto: «Antiguamente, uno moría a los treinta años en un mundo aún intacto».
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Venus nació del mar que atravesó sobre una concha y, desde la Antigüedad hasta el Renacimiento, los pintores representaron la escena como si hubieran estado en la orilla. Como si hubieran visto llegar a la deidad como Dios la trajo al mundo, contando solo con sus manos para ocultar su desnudez. En cuanto a la concha, aun desprovista del fruto carnoso que tanto nos deleita, y pese a los pudores de la diosa, constituye un origen del mundo. Menos realista que la de Courbet, pero no menos elocuente.
Fue ella la que dio su forma a la célebre magdalena que, desde Proust, tiene el sabor del tiempo recobrado. El narrador de la Recherche no olvida, por cierto, de dónde procede ni lo que representa, cuando la describe como un bollo «corto y rollizo», moldeado «en la valva acanalada de una concha de vieira», y cabe pensar razonablemente que su aspecto desempeña un papel tan importante como la infusión en la que se remoja.
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Un recluso voluntario en una habitación revestida de corcho donde casi no comía nada (aunque algunas noches se permitía un lenguado, o cervezas heladas que hacía traer del Ritz), nos hizo la boca agua al describir platos suntuosos gracias a unas palabras que tenía el genio de mezclar a fuego lento, de ligar como los ingredientes de una salsa o de hacer subir como una masa, hasta convertir ciertos pasajes de su libro en una auténtica pièce montée. Todo lector de la Recherche recuerda el bœuf en daube y los espárragos que desencadenaban ataques de asma, como si el autor insinuara un origen sexual a sus propias dificultades respiratorias. Pero ni siquiera hace falta haber leído la obra maestra de Proust, a día de hoy, para conocer la existencia y el papel de la magdalena, ni sus virtudes cuando se remoja en el brebaje mágico en el que reaparecen de golpe tantos recuerdos.
Por eso puede sorprender que el vino esté casi totalmente ausente de las tres mil páginas de la Recherche, siendo como es una sucesión de asociaciones, metáforas y metonimias, de analogías más o menos convincentes y a menudo exquisitas. Se pasa de los frutos rojos a la carne de caza para evocar la juventud o el envejecimiento, cuando no es el cuero o los aromas tostados; en cuanto a los vinos blancos, su buqué puede convocar toda una flora, desde la violeta hasta el espino blanco, sin olvidar los cítricos ni las frutas exóticas, ahora tan presentes en nuestras mesas y que se encuentran en abundancia en los puestos de nuestros mercados. El léxico que rodea al vino es inestable y codificado a la vez, como lo fue la poesía en otros tiempos, cuando todo el mundo compartía una misma retórica y unas mismas imágenes, como toda expresión del matiz que intenta fijarse en un solo vocablo. Y sin ser una reserva inagotable, sus recursos contienen tal riqueza de registros que Proust habría podido servirse con facilidad de ellos, y cuando pienso en él, pienso en esos vinos que se despliegan como una cola de pavo real, aunque no estoy seguro de que él conociera la expresión.
Si no me falla la memoria, la única mención de un vino en la Recherche es la del sauternes, cuando el narrador visita a Saint-Loup y comparte su comida en el comedor de oficiales. Y aun así, no es más que una mención, sin comentario alguno, cuando aquel líquido dorado como un sol poniente, ese racimo parasitado por un hongo que se instala en la piel de las uvas en la luz todavía cálida y el aire húmedo del otoño, le habría podido inspirar páginas enteras. Sobre todo si pensamos en la expresión que designa ese proceso tan singular de maduración de las bayas: la podredumbre noble.
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Con las novelas de Conrad se cierra un ciclo de aventuras marítimas inaugurado por Homero, un ciclo en el que Simbad y Tristán podrían pasar por descendientes lejanos de Ulises y de Jasón. Pero mientras que en Homero las intenciones de los hombres están sometidas a los sortilegios lanzados por los dioses, al capricho de una diosa con ojos de lechuza o de otra con cabeza de vaca, en Conrad son los vientos los que mandan, junto con los arrebatos de la tripulación: los héroes y los semidioses han cedido su lugar a unos brutos, pero a unos «brutos dignos de respeto» que se enfrentan a la avería o a su propia cobardía en lugar de a las astucias del destino.
En el momento en que la navegación a vela toca a su fin, y con ella una parte de la literatura occidental, que cuenta ya tres mil años, hay que agradecer a Conrad que haya elevado el relato una vez más hasta lo sublime para sobrevivir a pesar de todo en ese viejo y estéril universo donde Neptuno se ha convertido en administrador de una sociedad marítima, representado en cada puerto por un vice-Neptuno.
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Se concede mucha importancia a los géneros en literatura, y muy poca a las formas. Entre las más pertinentes, la lista es una de las más practicadas, sin duda porque se sitúa en el límite entre el sentido y el sinsentido. Se limita a yuxtaponer sin concluir (la lista, de hecho, rara vez está cerrada), ofrece un inventario que deja a la mente libre para divagar, saltarse líneas, descubrir coincidencias; sugiere otras combinaciones posibles y satisface nuestro gusto por la nomenclatura sin encerrarnos en un sistema.
Es una escritura al margen, como lo confirma su etimología: una raíz germánica que designa el lindero, el borde, la tira de pergamino o de papel estrechamente vertical en la que se inscriben marcas. De ahí su virtud poética y su función de ayuda de la memoria, así como la euforia que provoca su recitación: los limpiaculos en Rabelais, las conquistas de don Juan, la zoología fantástica en Borges, los recuerdos de Perec son ejemplos célebres y fascinantes. Cada cual puede completar la lista, a la que yo añadiría, por mi parte, los índices y los repertorios, que ya constituyen por sí mismos una forma plena de lectura en los buenos libros.
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Al comenzar su viaje a Italia, en septiembre de 1580, Montaigne se toma la molestia de anotar que, en Vitry-le-François, las muchachas cantan una «canción ordinaria, en la que se advierten unas a otras no dar grandes zancadas, por miedo a volverse varones, como Marie Germain». La advertencia resulta tanto más útil cuanto que, en esa misma localidad, acaban de colgar a una joven que vivía vestida de muchacho, o cuyo sexo era ambiguo. Pero la canción ilumina también, con una luz inesperada, la recomendación que aún se hace a las niñas de mantenerse con las rodillas juntas cuando llevan vestido o falda. Bajo la decencia y las normas de buena conducta, tal vez se ocultan motivos más oscuros, temores que la moda vestimentaria ha atenuado, al mismo tiempo que la diferencia sexual se considera de forma más difusa, por no decir menos tajante.
El caso de Marie Germain debió de causar sensación en el siglo XVI, pues lo conocemos gracias a dos testigos ilustres: Ambroise Paré, que lo menciona en su libro sobre los Monstres et prodiges, y Montaigne en su diario de viaje. Ambos cuentan que Marie se transformó en varón de un día para otro, y aunque no se ponen de acuerdo en la edad (quince años según Paré, veintidós según Montaigne), sí que coinciden en las circunstancias: al saltar una valla, los genitales le salieron del vientre, o como dice Montaigne, «se le manifestaron sus herramientas viriles».
Montaigne retoma el episodio en los Ensayos, que alimenta tanto con cosas vistas como leídas; pero esta vez lo hace para ofrecer una interpretación muy personal del caso de Marie Germain, «muy barbudo, viejo y sin casar». La metamorfosis que llamó la atención del viajero, y que el autor no olvidó en su biblioteca —al punto de recordar la canción que las chicas cantaban entre sí—, le sirve para ilustrar la fuerza de la imaginación. Una idea fija, una «aspereza del deseo» pueden provocar un fenómeno que desafía las leyes de la naturaleza, porque permite hallar el sosiego: la imaginación «saca mejor partido incorporando, de una vez por todas, esa parte viril a las muchachas».
Rara vez se ha expresado con tanta claridad la fuerza del deseo que, si no logra mover montañas, puede al menos parir un ratón. Pero también es el misterio de una voluntad que se nos escapa, de aquello que es más fuerte que uno mismo, lo que aquí se demuestra con ese ejemplo. La imaginación de la que habla Montaigne ya no es el alma, y todavía no es el inconsciente, pero es un término (a falta de una sustancia) que sirve para nombrar la parte imponderable de nuestras acciones, al mismo tiempo que una causa eficaz aunque invisible.
Entre los nervios y las células, entre la médula y la sangre, habría pues algo más ligero que el aire y más transparente que el agua: un vacío activo que es una fuente de energía, de donde nacen tumultos y tormentos, pero también una imagen de sí que acaba por encarnarse en un cuerpo y en un destino.
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El signo que se lee wen en chino y bun en japonés designa a la vez el carácter en sí mismo, eso que llamamos impropiamente un ideograma, y la frase y la escritura por entero. Es decir, el saber del «ilustrado» que hemos acabado por llamar, en occidente, la «cultura».
«Letras: también se dice de las ciencias», escribía Furetière en la época en que aún se hablaba del hombre honesto.
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Para Lévi-Strauss, un mito no es una historia que tuviera una versión originaria, más pura que las demás o más cargada de sentido. Un mito es una trama y sus variantes, un relato y sus múltiples ramificaciones.
Lo mismo sucede con la historia familiar, sobre todo cuando se transmite oralmente, y más aún cuando se basa en un secreto que no puede ni callarse ni revelarse.
El niño es un etnógrafo sin saberlo, porque intenta establecer relaciones de parentesco, reconstruir una cronología, comprender ritos y alianzas a partir de retazos de conversaciones, de confidencias que no van dirigidas a él, pero que alcanza a oír mientras juega entre las mujeres. Su objeto de estudio no es una tribu lejana en el espacio, sino una tribu que se aleja en el tiempo, y de la cual va descubriendo poco a poco que él prolonga la estirpe.
Yo fui ese niño que se preguntaba por la genealogía. Crucé hilos y até cabos sueltos. Me gustaba la trama y el tejido. Trencé canastas, aprendí el punto bobo, el punto jersey, el punto de arroz y las disminuciones. Luego aprendí a leer y a escribir: cambié de práctica, pero no de método.
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En defensa de Céline (cuando se quiere defender lo indefendible), el último argumento es que no denunció a nadie. Eso equivale a hacer poco caso de los sueños de exterminio en el mismo momento en que se extermina, o de las diatribas contra «el judío Desnos».
Es tanto como admitir que un escritor es un irresponsable que no sabe bien lo que dice, y que toda la literatura no es más que un pedazo de papel.
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Otra noche distinta de la de Céline, otros viajes inspiraron a Virginia Woolf este elogio en el que cada palabra está medida: «Habría que estar cerrado al sentido de las palabras para no oír, en esta música más bien fría y sombría, impregnada de reserva, de orgullo, de una integridad inmensa e implacable, cuánto mejor es ser bueno que malo, cuánto bien hacen la lealtad, la honestidad y el coraje, aunque aparentemente Conrad no se preocupe más que de mostrarnos la belleza de una noche en el mar».
No hay consuelo vano en Conrad, ni siquiera los buenos sentimientos que Virginia le atribuye. Buen marinero al fin, sabe que una voz fuerte y firme basta para hacerse oír; que una imaginación puede ser aventurera sin ser delirante, y que toda cobardía, todo abandono te condena a naufragar. Como buen capitán, sabe que el viento hace callar a quienes se lamentan de sí mismos, y que las tormentas acaban por domeñar a los más testarudos. Como buen escritor, sabe que el genio no se confunde con los artificios del estilo, y que nuestras imprecaciones no valen nada frente a los elementos desencadenados.
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Para describir el recorrido de los vientos alrededor del globo, el movimiento de las mareas, los relámpagos y las tormentas —en suma, la belleza sobrecogedora de los fenómenos meteorológicos—, es preciso adoptar el punto de vista de Dios. Ahora bien, el punto de vista de Dios es el ojo del ciclón.
Es precisamente en ese ojo donde se sitúa Victor Hugo para escribir Les Travailleurs de la mer,, lo cual no le impide documentarse. Una de sus fuentes: Les Tempêtes, de Margollé y Zurcher, a quienes llama «los historiadores del viento».
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Me volví miope y tuve que empezar a usar gafas cuando tenía entre ocho y nueve años. La aparición de un mundo borroso coincidió, por tanto, con el dominio de la lectura, como si la realidad hubiera tenido que desvanecerse en parte para dar paso al mundo de los signos.
Desde entonces no he dejado de usar mis gafas: me gusta la nitidez de las palabras y de las cosas, lo que no quiere decir que el mundo se haya vuelto más nítido.
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Es cerrando los ojos, en medio de una noche interior, como nace la inspiración. De ahí la ceguera de Homero, inventada para satisfacer las necesidades de la alegoría.
Swift lo había comprendido tan bien que, en el reino de los muertos, imagina a Homero con unos ojos vivos y penetrantes. Porque necesita ver para medir los límites de su estancia, y para distinguir las sombras errantes de sus comentaristas, a quienes no quiere tratar a ningún precio. Pero ya no necesita esa noche profunda en la que su canto le mostraba el camino, como un perro guía.
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Se habla de la presencia de un actor cuando atrae la mirada y la luz, y sobre todo cuando la plenitud de su actuación, que nos tranquiliza a la vez que nos deleita, proviene de su interior, en lugar de apoyarse en los recursos del oficio, que lo convertirían en una marioneta humana.
Deberíamos hablar también de la presencia de un escritor, cuando su voz parece hablarnos al oído, y cuando su hechizo nos convierte en niños que siguen a un flautista.
Entonces descubriríamos que ciertos autores, cuyo texto es impecable, brillan por su ausencia.
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«Nunca sé con exactitud cuándo he hecho algo».
No soy yo quien habla, pero podría hacer mías estas palabras de un escritor imaginario, Clare Wawdrey, al que Henry James convirtió en protagonista de The Private Life. Como él, yo también me ausento, pero en medio de los demás; y al igual que él, no escribo con la pluma en la mano. Hace mucho que no tengo manuscritos, ni siquiera cuadernos de notas, pero cada día paso horas entregado a una ensoñación útil, a un monólogo interior cuyas palabras acaban por imprimirse en la memoria, siempre que se armonicen el ritmo y el sentido. Como un agua cuyos remolinos acabaran por dibujar figuras.
Las novelas de hoy ya no nos proponen héroes, porque el propio autor ha ocupado todo el sitio. Los personajes secundarios son estrellas muertas que gravitan en torno a un narrador que se cree el sol en cuanto empieza a contar su divorcio o su cáncer.
El capitán Nemo, Lord Jim o Swann exploraban un mundo mucho más vasto.
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Hablamos a las bestias y a los muertos, pero no les escribimos.
Salvo en Egipto, al fin del Imperio Nuevo, cuando los escribas dirigían cartas a los difuntos para ganarse sus favores.
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El oso es un hombre para el oso.
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Hay dos tipos de libros: los que se leen de un tirón, con el vivo placer de terminarlos cuanto antes, y los que se leen levantando la vista, para dejarse arrastrar por la propia ensoñación, en un viaje interior que transcurre entre el semisueño y la levitación.
Jamás se habrían imaginado las alfombras voladoras, si antes no se hubiera inventado el libro.
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Una de mis ensoñaciones habituales, aunque siempre fugaz, es la invención de una lengua. No para que se hable (no tengo la ingenuidad de los esperantistas), sino para abandonarme al placer de la ficción (con una ingenuidad que impide toda creación novelesca).
Como todo inventor, empiezo improvisando, tomando el dual del griego, el singulativo del bretón o el futuro imperativo del armenio. La verdadera dificultad empieza cuando hay que imaginar los vaivenes de la historia, las hablas locales, las etimologías inciertas, y me invade el cansancio cuando toca llenar los casilleros gramaticales con palabras inventadas por completo. Como en el aprendizaje de una lengua real, el léxico es el verdadero obstáculo: la infinita designación que otorga a las cosas una apariencia de realidad.
Habría que creerse un dios, pero al cansancio se suman tantos otros inconvenientes, por no hablar del ridículo.
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Champollion y Darwin fueron casi contemporáneos, y sus descubrimientos se sucedieron en torno a 1830. Cuando el primero murió, tras haber agotado sus últimas fuerzas en Egipto, el segundo llevaba ya un año a bordo del Beagle.
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Fue gracias a estos dos hombres [Champollion y Darwin] que nunca se conocieron y cuyas investigaciones, en apariencia, nada tenían en común, que nuestra representación del pasado lejano quedó para siempre alterada. Porque fue a partir del momento en que la historia del hombre dejó de escribirse únicamente en la Biblia que la evolución de las especies pudo contemplarse bajo una luz nueva. Desde entonces, vivimos apoyados en ese pasado inmenso, en ese espacio temporal que es un nuevo infinito, y que tratamos de colmar con hipótesis y con huesos, con muescas invisibles y dataciones por carbono 14.
Lo que no ha cambiado es nuestro temor al fin del mundo, que se aproxima como si el tiempo fuera una cantidad invariable cuya masa se distribuye de otro modo.
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«¿Y qué haces con todos esos fragmentos?», me pregunta un amigo que quiere ser bienintencionado.
Construyo cobijos que no son refugios. Cobijos provisionales por los que el olvido deja pasar la luz del día; casas flotantes que van a la deriva, y en las que soy feliz.
Construyo con recuerdos y con citas. A veces, con puñados de nieve, con briznas de paja y ceniza, con plumas y pegamento.
Escribo contra los padres con mayúscula, contra los dioses que siembran el terror, contra los reyes que tan bien quedan en la literatura, como los ángeles, según Flaubert.
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