| Beatus, Pascal Quignard. Éditions Hardies, 2026 |
Beatus es un término derivado del verbo latino beare, 'enriquecer', 'hacer feliz'. En la literatura clásica se utiliza como adjetivo para designar a alguien próspero, afortunado; así aparece en De vita beata, de Séneca, y en la expresión Beatus iile. de Horacio. El catolicismo le dio un sentido religioso y pasó a significar «bienaventurado»; también denomina a los manuscritos ilustrados relativos al Apocalipsis de San Juan; de hecho, la ilustración de la portada del libro de Quignard reproduce a la Muerte como uno de Los Cuatro Jinetes del Apocaliupsis extraída del Beato de Saint-Séver (siglo XI).
«Ante todo, escribir es sostenerse.
Es porque se sostiene este lápiz,
porque se sostiene esta pluma estilográfica,
porque se sostiene este rotulador,
porque se sostiene esta pluma de ave,
porque se sostiene este stylus de acero,
por lo que se escribe.
Se sostiene algo.
Uno se sostiene en algo.
Uno resiste».
Beatus podría considerarse una obra en la estela de No hay lugar para la muerte, aunque es difícil de precisar si se trata de un prólogo, un epílogo, un borrador o una obra derivada; en todo caso, para una lectura satisfactoria, no tiene sentido leerlo aisladamente.
El libro se compone de dos partes; tal vez el vínculo más consistente entre ambas sea la muerte.
I. Meditación sobre mi muerte futura
Un escenario. Luz tenue. Quignard va a interpretar al piano tres piezas relacionadas con la muerte. La sección va a ajustar sus capítulos a estas piezas.
1. Méditation faite sur ma mort future, de Johann Jakib Froberger (1649). La partitura original lleva la firma «Memento mori Froberger». El significado que le otorga el autor es la toma de conciencia del final.
La muerte es un suceso cuyo comienzo implica su inexistencia: «La muerte es un suceso que no acaba de llegar nunca»; esa ausencia, y este es un tema frecuente en Quignard, tiene su reflejo en el momento de nuestra concepción, en la que también estamos desaparecidos: aún no y ya no.
«Incluso lo invisible está agujereado.Un agujero en el origen de la concepción.Un agujero al final de la vida».
Quignard alude a dos textos para sostener sus hipótesis: Antígona, de Sófocles (441 a. e. c.) y el último poema de Emily Brontë, There is no romm for death (1846), que da título al mencionado libro de Quignard inmediatamente anterior a Beatus.
2. Les ombres erreantes, de François de Couperin —es también el título del primer volumen del ciclo Último Reino— (1727). La Visita a los infiernos.
Tiresias es el único mortal que, al no haber bebido el agua del Leteo, puede recordar su vida una vez muerto. La conversación entre Ulises y Tiresias y la convocatoria, por parte de e<ste último, de las sombras errantes de los muertos, descarnadas, descorporizadas.
«Los muertos, las sombras de los vivos, yerran por los infiernos.Couperin anotó en la partitura:"Lánguidamente".Las sombras errantes, lánguidas, apenas consiguen avanzar. Sin carne, sin fuerza, titubean al llamado de Tiresias, en la ciénaga infernal»
La falsa simetría, que es un espejismo: de un lugar oscuro, hermético, el vientre materno, a otro lleno de liuminosidad, aireado: el nacimiento. De un lugar resplandeciente, abierto, a otro tenebroso e inquietante: la muerte.
«Una simple refracción del nacimiento: eso es la muerte».
Si Sófocles y Emily Brontë están en lo cierto, Montaigne —«filosofar es aprender a morir»— estaba equivocado, nada nos puede preparar para la muerte. También Rousseau —«la única tarea de un anciano es aprender a morir»—, la ausencia de futuro implica que no hay nada que aprender.
3. Cantar del alma, de Federico Mompou (1942), basado en el Cantar del alma de Juan de la Cruz. La elevación del alma tras la muerte.
La muerte no es una entrada a otro mundo, es la salida absoluta
«O mejor aún, para ser todavía más preciso: se entra en ese salir singular donde el salir se disuelve.»
Jesús se queja/lamenta/reprende a quien le ha abandonado. Nerón reprende/lamenta/se queja de su absoluta soledad.
«En una noche oscura,
sola en la noche,
sola en la penumbra bajo mi capucha,
me apresuro hacia Ti, que eres el único en morir».
II. Paisaje nocturno
Un cuadro: Landscape with Duck Hunters, grabado de Jean Morin en 1640 sobre un óleo de Jacques Fouquières de 1630 —en el que, por cierto, no aparece ningún pato—.
«De pronto una imagen significa algo en el alma.
La imagen espontánea, onírica, deja estupefacta al alma de todas las bestias que sueñan por un retorno que no comprenden».
Todo cuanto esperamos conseguir se desvanece ante nosotros como un sueño al despertar, como se desvanece de la memoria nuestro nacimienbto apenas ha tenido lugar, igual que la muerte en nuestro último instante.
«El cuerpo cae, a la manera de un fruto, sobre la superficie de la tierra, en el aire atmosférico que lo asfixia, bajo la irradiación del astro que lo quema, en la gravitación que lo consterna y que, en un primer momento, lo inmoviliza.
Sufre el hambre, padece la sed —hambre y sed que le resultan absolutamente incomprensibles—. Queda terriblemente herido por el vacío y el viento que lo invaden, por la temperatura que lo rodea; es en ese instante cuando el alma aparece en la llamada; surge en el grito que lleva el aliento hasta sus labios.
Ese grito es lo que anima.
Ese alarido que profiere el superviviente del nacimiento es lo que llamamos alma».
Los armaria romanos contenían retratos en cera de los antepasados; los ábsides románicos originales eran los armaria para guardar objetos relacionados con el culto. A partir del siglo XIX se privatizan y adquieren espejos biselados de cuerpo entero que son testigos de lo que sucede en la alcoba, que ven aquello que no debe ser visto, aquello inaccesible.
La visita a los infiernos —Jesús, Gilgamesh, Enras, Ulises— no pretende desvelar el futuro, sino conectar con los fantasmas del pasado.
La búsqueda del lector no se distingue de la del rastreador, de la de todos aquellos que buscan los recuerdos olvidados propios o de sus ancestros. Puede que la muerte sea inaccesible, como una sombra ausente en plena noche.
¿Qué es la muerte para los animales? ¿Una jaula?
Nuestro destino es partir sin destino.
Las cuatro puertas: el Sexo de la mujer en el origen, el Sueño en el transcurso de la noche, la Lengua ante lo real y la Muerte, por la que uno se evade. La muerte no viene, es la vida que se va.
«Hay en nosotros un afuera que quiere volver al afuera.
Algo sale. El universo sale. La muerte es como la luna nueva. Invisible en el cielo. Se anuncia cuando ya no se la ve».
«La muerte es la última de todas las cosas», escribió Horacio, pero también la última libertad que podemos ejercer con el suicidio.
«Además, si uno no pone fuera de sí aquello de lo que sufre; si no se separa de su desconsuelo sobre una página; si no lo pliega, si no lo enrolla, si no sepulta delicadamente el mensaje a través del estrecho cuello de una botella; si no acurruca su éxtasis, su espanto, en el interior de un libro, la muerte irrumpe en el alma, se estanca, se pudre, se corrompe.
Fermenta. Lo contamina todo».
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