3 de febrero de 2023

Claude Simon VIII

De izquierda a derecha: Alain Robbe-Grillet, Claude Simon, Claude Mauriac, Jérôme Lindon, Robert Pinget, Samuel Beckett, Nathalie Sarraute y Claude Ollier en la puerta de Editions de Minuit, en Paris, 1959.  

Mesa redonda. El Nouveau Roman: pasado, presente, futuro

Los ausentes siempre se equivocan, y Jean Ricardou tuvo la dolorosa experiencia de ello tras el coloquio titulado «Tres décadas del Nouveau Roman francés», organizado por Tom Bishop con Lois Oppenheim¹  en la Universidad de Nueva York del 30 de septiembre al 2 de octubre de 1982. Aunque físicamente ausente, Ricardou estuvo en el centro de muchos intercambios durante una de las dos mesas redondas de clausura que reunieron a los novelistas Robert Pinget, Alain Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute, Monique Wittig y Claude Simon, así como a los académicos François Jost y Tom Bishop². En ellas tuvieron lugar algunas reflexiones poco amistosas, por decirlo de algún modo. Se puede considerar que este coloquio sella, en cierto sentido, el final de lo que se llamó Nouveau Roman

Hay que decir que, a principios de los años ochenta, los novelistas se habían distanciado de Ricardou; además, las rencillas provocadas por las innovaciones formales de los integrantes del Nouveau Roman se habían atenuado y parecían algo lejanas, pues cada uno había proseguido y madurado su propia obra singular. Este fue el caso, por ejemplo, de Claude Simon, cuya obra Les Géorgiques fue unánimemente aclamada como un «libro excepcional» en septiembre de 1981; ese mismo año, Robbe-Grillet publicó Djinn; un año antes, Nathalie Sarraute había publicado L'Usage de la parole. Tres nouveaux romans, ciertamente, pero tres estilos de escritura muy diferentes. El impacto de Les Géorgiques llevó a la prensa a preguntarse por el futuro del Nouveau Roman, diez años después del primer coloquio que se le había dedicado en Cerisy-la-Salle, el verano de 1971. En Estados Unidos, donde la recepción de la literatura francesa más innovadora fue muy entusiasta, también llegó el momento de hacer balance con este coloquio que reunió a críticos, universitarios y escritores franceses y estadounidenses³. Se trata de una revisión y de una perspectiva en la que Alain Robbe-Grillet recuerda las convergencias literarias de los «neonovelistas» y el papel desencadenante desempeñado por Le Vent, en 1957, pero en la que cada uno de los escritores, en el transcurso del coloquio, subraya la especificidad de su propia poética. 

Así, las «Reflexiones sobre la novela» de Claude Simon, que el novelista presenta como las de un «autodidacta», evitan toda generalización y toda pretensión de conocimiento teórico. Simon habla de su escritura únicamente desde el punto de vista del novelista que habla de su escritura, que se esfuerza por disipar algunos «malentendidos» sobre la idea de fragmentación, que subraya la gran importancia de la composición, regida por la búsqueda del «establecimiento de relaciones ante todo cualitativas», que evoca el papel esencial que desempeñó para él la lección de Cézanne al tratar de dar cuenta de las «sensaciones», e insiste, a propósito de Les Géorgiques, en la continuidad del principio de «incertidumbre» siempre presente en sus libros, así como en los de sus compañeros⁴. 

El coloquio concluyó con dos mesas redondas, en una de las cuales se invitó a los novelistas franceses a exponer sus puntos de vista y su mirada retrospectiva sobre ese movimiento, nacido un cuarto de siglo antes. Esta última, que marcó un hito en la historia del Nouveau Roman, se publica por primera vez en francés⁵. La retrospectiva y la distancia nos permiten considerar el impacto de la «cesura»⁶ que representa el  Nouveau Roman en la evolución del género y en relación a los escritores de la generación siguiente, tanto europea como estadounidense. Si bien el Nouveau Roman no puso fin ni a la intriga ni a los personajes, sí que hizo evolucionar y abrió el abanico de las formas de la narración y de la descripción, rompiendo las fronteras del género. Este anhelo de apertura y de libertad resulta especialmente evidente cuando en las intervenciones se plantea la cuestión del discurso teórico, sus límites y sus peligros, en los que la mayoría de los novelistas están de acuerdo en reconocer las aportaciones del movimiento, al tiempo que rechazan unánime y enérgicamente  (con la excepción de Robert Pinget) los excesos de un Ricardou que ha pasado «de la proscripción a la prescripción» y que pretende regular lo que no puede ser regulado, es decir, la creación literaria. De pronto, la hegemonía ricardouliana que reinaba en los coloquios de Cerisy en los años setenta parece muy lejana.

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Tom Bishop: Personalmente, me han llamado mucho la atención algunas cosas tratadas estos tres últimos días, sobre todo el hecho de que hayamos encontrado, y ustedes especialmente, cosas en común en lugar de cosas que le separan. Robert Pinget habló de solidaridad entre los escritores del Nouveau Roman. Al menos, eso es lo que creo que se está manifestando ahora. Podría parecer una simple  tolerancia, pero me parece que es más una estima que ustedes, los Nuevos Novelistas, parecen tener los unos por los otros, y que probablemente siempre han tenido. 

Quizá se deba a que, insistentemente, se ha hecho hincapié sobre todo en lo que les separa. Es decir, que durante cierto tiempo hubo una tendencia a definirse y a dejarse definir por los teóricos, pero todo esto estalló en torno a Cerisy. Me parece que este periodo ha terminado y que hoy todos hablan de su propio trabajo. Es decir, todos ustedes tienden a hablar de su trabajo sin pensar previamente en el punto de vista crítico, en el marco teórico, en toda la superestructura teórica que ha tenido tanto peso durante un periodo bastante largo. Veo en este hecho una liberación en la forma en que todos miran su trabajo. Quizá sea un cierto distanciamiento olímpico que proviene del hecho de que el movimiento del Nouveau Roman esté más asentado, pero me gustaría preguntarles si efectivamente sienten que se han emancipado del reflejo que les plantearon los críticos de los años sesenta y setenta. 

Claude Simon: Por lo que a mí respecta, el reflejo que nos devuelve la crítica, si se refiere a la crítica del día a día, que es, como se sabe, una crítica del estado de ánimo, nunca me han preocupado mucho (¿o demasiado?) sus ataques, que en su mayoría son irrisorios. En cuanto a la crítica de segundo grado, la más seria, la crítica que podría llamarse «teoricista» (y creo que es a Ricardou a quien usted se refiere), me parece que es más bien él quien se ha separado de nosotros, o al menos de mí. Aunque no dejo de considerar su obra teórica como muy estimable, me parece que ha llevado al extremo un espíritu de radicalización bastante estéril para la práctica y que se ha vuelto contra sí mismo... 

Alain Robbe-Grillet: Creo que podríamos decir que el papel de Ricardou fue muy positivo, porque el papel de la teoría para un escritor no es, en absoluto, el de consolarle. No se trata de que primero haya escrito sus obras y luego las haya reforzado con fortificaciones teóricas, con el fin de defender la obra en cuestión. Puede que Ricardou lo viera así pero, para nosotros, los escritores, la teoría siempre ha desempeñado un papel completamente distinto. Se trataba de sacarnos de nosotros mismos, más que de confirmarnos en las posiciones alcanzadas. Es decir, todo lo que se pueda teorizar es prácticamente irrelevante para el creador. Del mismo modo que la obra de arte comienza donde termina el significado, puede decirse que lo que yo pretendo hacer comienza donde termina la teoría de lo que pretendo hacer. En consecuencia, la teoría es muy interesante porque mostrará precisamente hasta dónde puede avanzar el sentido y dónde comenzará aquello que ya no es el sentido formal del formalista, sino que es precisamente la obra a realizar. No es el trabajo que ha hecho. Y la teorización sólo puede hacerse sobre lo que ya existe. 

En cuanto a mí, sé que no reniego en absoluto del trabajo teórico de Ricardou, aunque me parezca demencial. Esta locura forma parte de algo que fascina constantemente al escritor. «Y hoy —dice Tom Bishop—, nos hemos alejado de… ». ¡No! Hay teorías que han tenido su época. Y no sólo las teorías formalistas de Ricardou. Fue toda una era de teorización. Fue una época en la que la teoría desempeñaba un papel importante, y a menudo molestaba a los estadounidenses que la teoría desempeñara tal papel en Francia. Me parece que soy muy francés desde este punto de vista: me gustan las teorías. Por supuesto, no tiendo a respetarlas en absoluto, pero me formé como científico, y las teorías científicas siempre me han fascinado. Un científico nunca piensa que una teoría tenga que ser verdadera o falsa. No existe tal cosa en la ciencia. Una teoría no es verdadera o falsa; una teoría es productiva o no. Hay teorías que, en un momento dado, han producido algo, aunque sólo sea para sacarnos de nosotros mismos, sacarnos de los textos que habíamos escrito y que ya se podían teorizar. 

Tom Bishop: Pero el hecho de que hoy estas teorías no tengan el mismo... 

Alain Robbe-Grillet: ¡Pero estamos preparando otras! ¡Tenga cuidado! 

Nathalie Sarraute: En cuanto a Ricardou, siempre he considerado que sus teorías, al menos la mayoría de ellas, son insostenibles. No creo que tengan  ninguna importancia para los escritores porque, cuando escriben, ya no piensan en teorías. Pero creo que las opiniones de Ricardou eran peligrosas para los lectores, porque todos somos lectores, y yo, como lectora, si hubiera tenido que leer libros siguiendo los principios de Ricardou, habría dejado de leer. Me resultaría imposible leer un libro de Claude Simon y buscar la palabra «amarillo» en la página sesenta y siete y en la página ciento veintiséis, incluso si ésa fuera la regla del juego y si Claude Simon hubiera escrito su libro de modo que la palabra pudiera formar parte de él, cosa que no creo. Ése era el peligro de las teorías de Ricardou: corrían el riesgo de distraer de la lectura. 

Monique Wittig: Me gustaría recordarle que Alain Robbe-Grillet, en Pour un Nouveau Roman, comienza su libro diciendo que no es un teórico. Sin embargo, explica los problemas que tuvo mientras escribía. Lo mismo le ocurre a Nathalie Sarraute. En ambos casos, tuvieron que defenderse de cierta prensa que malinterpretó lo que ocurría. Sentí exactamente lo mismo que cuando, anteriormente, reaccionaba ante la escritura femenina⁷. Ahora, en cuanto una mujer habla, se la etiqueta como escritora femenina, y para mí, el concepto de escritura femenina es una paradoja absolutamente imposible de sostener. 

Alain Robbe-Grillet: Lo que señala Monique Wittig es muy adecuado. Es cierto que Nathalie Sarraute, como yo, publicó escritos de carácter teórico. Pero estos escritos de carácter teórico nunca han sido considerados como teoría de la novela y a fortiori como la teoría de la novela. Es decir, un teórico es alguien que construye una totalidad. Es alguien que hace encajar todas sus preocupaciones en una forma cerrada y, como resultado, establece verdades normativas relativas al campo de la literatura, por ejemplo. Y es obvio que Nathalie Sarraute, en L'Ère du soupçon, o yo mismo, en Pour un Nouveau Roman, nunca lo hicimos.

Al final de la primera sesión, François Jost fue en esa dirección al señalar que habíamos pasado con Ricardou de la proscripción a la prescripción. Es decir, sobre lo que Nathalie Sarraute y yo teorizamos por primera vez fue el lenguaje de la crítica al poder. Analizamos expresiones, palabras, criterios que encontramos en la prensa del poder, y todo lo que Nathalie Sarraute publicó en L'Ère du soupçon eran, en cierto modo, análisis de lo que se nos reprochaba que no hacíamos. Obviamente, se trata de una proscripción. Es decir, nos oponíamos a estos criterios. 

Por otra parte, es cierto que el periodo de Ricardou fue un periodo en el que de repente alguien se lanzó a prescribir. O sea, a decir: «Esto es lo que tienes que hacer». Evidentemente, esto era totalmente contrario a nuestra idea del Nouveau Roman, ya que cuando nos habíamos agrupado, Nathalie Sarraute y yo al principio, y luego todos nuestros amigos, era precisamente bajo la signatura de nuestra libertad. Es decir, lo que reclamábamos para cada escritor era la libertad de inventar la novela, cada uno para sí mismo y con cada novela que escribía. 


Todo escritor que invente la novela es, para mí, un «Nuevo Novelista». Y creo que fue Nathalie Sarraute quien, ya al principio, señaló que la palabra «formalista» se aplicaba erróneamente a las personas que inventaban nuevas formas. Por el contrario, los formalistas son aquellos que reproducen formas que ya existen. Y en este punto, por tanto, no hubo en absoluto una teorización prescriptiva, sino sólo un análisis descriptivo de lo que decía la crítica al poder. 


Tom Bishop: Alain Robbe-Grillet, usted dijo ayer o anteayer que la revolución que debía ser el Nouveau Roman no tuvo éxito y que la literatura no fue finalmente puesta patas arriba por el conjunto de ustedes. 


Alain Robbe-Grillet: No, fue puesta patas arriba, pero no tuvo éxito porque la libertad no puede ser una institución. Es decir, si el Nouveau Roman hubiera triunfado, Ricardou habría tomado el poder y nuestras novelas se habrían institucionalizado. Eso es lo que hizo Stalin, si se quiere, por el marxismo: es decir, transformar en dogmatismo lo que inicialmente era un movimiento hacia, un movimiento de, algo desconocido, una especie de proyecto que no se conoce a sí mismo y que se aventura en una dirección que lo provoca. Así que no fructificó, afortunadamente. Si hubiera tenido éxito, nosotros hubiéramos dejado de escribir y todo el mundo hubiera dejado de escribir. Afortunadamente, digo, porque este movimiento de salir constantemente de uno mismo no puede tener fin. El mayor peligro para un escritor es dormirse en los laureles, es decir, que escribió tal o cual libro que tuvo éxito y que ahora va a escribir otro igual. 


Ya sabe que siempre me han reprochado personalmente que escribiera peor que el año precedente. Los mismos críticos que habían menospreciado desde lo alto de su torre de marfil La Jalousie, después, cuando publiqué Projet pour une révolution à New York, por ejemplo, empezaron a decir que era una pena que no hubiera continuado por el hermoso camino que era La Jalousie. Pero lo importante para un artista es defraudar al público, es decir, impedir que se acomode en su butaca. Y el hecho de que el Nouveau Roman no se institucionalizara lo presenté como el hecho de que no triunfó, pero esta derrota es su verdadero éxito. 


Tom Bishop : ¿Esta forma de triunfar o no triunfar, de perturbar o no, no implica también a otra generación, una generación que habría sido la posterior a usted y que haría novelas vinculadas de alguna manera a lo que usted hizo? ¿Tiene la impresión de que hay autores que han seguido de un modo u otro lo que usted intentó hacer? 


Alain Robbe-Grillet: Ha habido autores en todo el mundo que han reconocido haber sido influidos por el Nouveau Roman. Estoy pensando en Peter Handke en Austria, por ejemplo. También pienso en Julio Cortázar en Sudamérica y en muchos otros en todo el mundo. Pero crear epígonos no es el objetivo del artista. Lo que más temo son los seguidores de Simon, de Robbe-Grillet o de Duras que surgen. Si alguien tiene que escribir después de nosotros, no será para nuestra gloria, sino contra nosotros. Igual que siento haber sido influido Sartre porque quería escribir contra él. Y el hecho de que te opongas a alguien a quien, en cierto modo, admiras, es el movimiento de la creación: oponerse y de ninguna manera seguir los pasos de... 


François Jost: No quisiera volver al delirio de ciertos teóricos que ha mencionado antes, pero me he planteado algunas preguntas al oírle hablar, algunas preguntas que confluyen en una sola, que formularé para terminar. En primer lugar, me preguntaba, cuando hablaba de Ricardou, cuál es la relación entre el teórico y el escritor. Esta relación es, de hecho, bastante nueva en la medida en que, aparte de las conversaciones de salón de Mallarmé o de Proust, pocos escritores se han encontrado constantemente enfrentados a sus críticos. Esto me parece algo bastante específico del Nouveau Roman y bastante novedoso. Cuando un crítico habla del Nouveau Roman, a menudo se siente avergonzado en la medida en que siempre tiene delante a un «Nuevo Novelista» que le dice: «Eso ya no se puede decir porque ya no está de moda» o «Esto es lingüística», etc. 


Robbe-Grillet se pregunta a menudo: «¿Qué impulsa a un escritor a escribir?» Entonces, yo le preguntaría: «¿Qué impulsa a un crítico a escribir?». Es decir, ¿por qué un crítico elige hablar del Nouveau Roman en lugar de hablar de Balzac o de Flaubert? Debe haber una razón por la que elige un objetivo en lugar de otro. Se supone que, a menudo, el crítico tiene una especie de ingenuidad: no sólo no debe hablar de sí mismo, sino que debe hacerlo de otro, es más, debe hablar de otro de un modo que convenga a ese otro; esto es algo difícil de pedir al crítico. El crítico, cuando escribe crítica, está buscando en el escritor algo que él tampoco sabe que está buscando. Si Ricardou encuentra exactamente lo mismo en Flaubert, Roussel, Mallarmé, Poe, Robbe-Grillet y Claude Simon, es porque en realidad busca algo que no puede encontrar, y no sólo porque le interesen Robbe-Grillet, Flaubert, Poe, Mallarmé o Simon. Hasta cierto punto, intenta comprender un poco lo que pasa por su cabeza. 


Así que la pregunta que puede hacerse un crítico es saber —y es una pregunta angustiosa, que angustia siempre cuando se escribe, me parece— si, cuando habla de un autor, lo que dice tiene algun tipo de correspondencia con los textos de los que está a punto de hablar. Es un problema que se puede plantear honestamente, a veces, y en ese momento puede que sea preferible salir a tomar el aire. Pero lo que me pregunto, en cuanto a las críticas que acompañaron al Nouveau Roman, es lo siguiente: ¿No tuvo, en su momento, una parte de verdad?. Por supuesto, hoy en día es muy fácil rebatir cierto tipo de crítica, que yo siempre he rechazado, pero ¿no puede deberse simplemente al hecho de que el Nouveau Roman ha cambiado completamente? Si pudiéramos encontrar los precursores, o si se hubiera podido decir, en 1970, que una novela se hizo, enteramente, de la palabra «amarillo» o de la palabra «rojo», ¿no correspondería eso más o menos a algo? 


Me parece que lo interesante, precisamente, en este movimiento del Nouveau Roman, es que, en la práctica, ha puesto realmente en cuestión aquello en lo que se basaba hace diez años. Lo que hace obsoletas las teorías de hace diez años no es que el pensamiento de hace diez años fuera más estúpido que el de hoy, es sobre todo el hecho de que la novela de hoy no es la misma que la de ayer (y cuando digo novela de hoy y de ayer, me sitúo siempre dentro del Nouveau Roman). Lo que hacen Nathalie Sarraute o Claude Simon, Robert Pinget o Alain Robbe-Grillet es, por supuesto, de Sarraute, de Simon, de Pinget o de Robbe-Grillet, pero ya no es exactamente Nouveau Roman, si queremos referirnos una escuela única y homogénea. Por eso es bastante estúpido que un crítico se aferre a las teorías de ayer e intente forjar una teoría unitaria como en los años setenta. Pero la pregunta que me gustaría hacer a todos los «Nuevos Novelistas» que están ante nosotros es precisamente: ¿no tienen la impresión de que, si en 1970 había una crítica completamente formalista y un poco demasiado rigurosa, no era también porque podía detectar mucho más fácilmente que hoy cierto número de cosas que apelaban al análisis estructural? 


Claude Simon: Deberíamos ponernos de acuerdo sobre ese «más fácilmente» y sobre el término «análisis estructural». No tengo la impresión de que mis últimas novelas estén menos «estructuradas» que las de hace diez o quince años. Pero, por supuesto, podría estar equivocado. Solo que ¿es realmente un «análisis estructural» centrarse en construir interminables anagramas con las palabras de un texto? ¿Y, sobre todo, en ver en ellos las claves de la novela? A veces esto produce resultados muy agudos, a veces no. Por ejemplo, cuando Ricardou hace de La Route des Flandres «la route des flancs», me quedo perplejo. Mucho más acertada es la transformación de La Batalla de Pharsale en «La bataille de la phrase».


Pero, ¿a dónde nos lleva todo esto? La biblioteca de Ginebra conserva miles de anagramas de Saussure. Se detuvo, creo, cuando también las descubrió en postales escritas por un soldado... Pero qué le voy a responder a Ricardou cuando me dice: «¡Puede que no lo hayas querido, pero ahí está!». Bien, muy bien. Lo mismo ocurre con el color amarillo, que ha observado que se utiliza con frecuencia en esta misma novela. Eso también es un hecho. ¿Y después,  qué? Me parece recordar que alguien hizo el mismo trabajo sobre el púrpura o el malva en Proust. Todo esto me deja bastante indiferente y, en cualquier caso, no me parece que resuelva la cuestión de las estructuras en una novela. En cierto punto, al poner el peso en la primacía del texto, Ricardou ha hecho un servicio público. Pero si aprietas demasiado, acabas con un exceso tras otro. Por otra parte, actualmente, veo desarrollarse aquí y allá, en particular en Lucien Dällenbach, una crítica que, sin dejar de prestar al texto la atención que merece, apela también a otros criterios, y me parece que abre horizontes mucho más amplios y sustanciales. 


François Jost: Escribí un artículo en Poétique hace seis años sobre Leçon de choses en el que decía que este libro me parecía muy gracioso y extremadamente interesante, pero que su primera parte, que se llamaba «Générique», fue una especie de decepción en relación con la teoría que se podía deducir⁸. Es decir, usted partía de cierto número de cosas, una descripción de un plafón, de unas plantas, de unas olas, y después, a las tres páginas, este posible desarrollo a partir de un cierto número de palabras llegaba a su fin y decía que podíamos seguir indefinidamente, y la novela continuaba con otra cosa. 


Claude Simon: Lo siento, Jost, pero es todo lo contrario. Quizá deba explicar la génesis de esta novela: a raíz de un encargo de la galería Maeght, que tenía la idea de una serie de «carteles» compuestos por pequeños textos ilustrados por pintores, escribí una breve descripción de la habitación de mi casa de campo, en cuya reforma estaban trabajando unos albañiles. Este texto terminaba con estas líneas: «La descripción (la composición) puede continuarse (o completarse) casi indefinidamente, según la minuciosidad de su ejecución, el impulso de las metáforas propuestas, la adición de otros objetos visibles en su totalidad o fragmentados por el desgaste, el tiempo o los golpes (o incluso que sólo aparezcan en parte en el marco del cuadro), por no hablar de las diversas hipótesis que puede generar la exposición». 


Después, una vez enviado este texto a Maeght, me dije: «Pero ya que has escrito esto, ¡hazlo! Demuestra que es posible. ¡Vamos!…» Y eso es lo que hice. Si el título de estas primeras páginas es "Générique", el resto se llama «Expansion», y es a partir de los elementos de la primera descripción que se desarrollan tres pequeñas historias, una que narra el trabajo de los albañiles, otra un episodio de la guerra (soldados haciéndose fuertes en una casa en ruinas a la espera de un ataque enemigo), y la tercera, por último, en la que se ponía en escena a los personajes de una reproducción de un cuadro de Renoir que seguía colgado en una de las paredes de la habitación, y compuse la novela entrelazando estas tres historias del mismo modo que los temas de una fuga se persiguen y superponen. Así que me ha alegrado oír a Pinget hablar de música... 


Un detalle que puede ser de interés: cuando casi había terminado de escribir esta novela, me di cuenta de que, en realidad, sólo había desarrollado todas las connotaciones de la palabra caída que figuran en el Littré: caída de un muro, caída de un caballo, caída de un proyectil, caída de una mujer, caída de una fortaleza, caída del día, etc. Pero no había ninguna intención inicial. Así es como ocurrió. 


François Jost: Eso es precisamente lo que he intentado mostrar. 


Claude Simon: ¡Pero si usted acaba de decir que la novela continuaba con algo que no tenía nada que ver con «Générique»! No lo comprendo... 


François Jost: Había una especie de juego con la crítica: llamar «Générique» al primer capítulo de Leçon de choses era a la vez una broma y una especie de juego con toda la estructura. Había intentado demostrar precisamente que esta novela era una decepción para el "nuevo lector", es decir, el lector que creía haberlo entendido todo sobre el funcionamiento del Nouveau Roman, de una vez por todas. El problema sería: ¿cuál es la relación entre las críticas con las que usted trata a diario y su práctica? 


Claude Simon: Es posible que después de haber leído Leçon de choses, un lector no entienda muy bien cómo pasé de ahí a Les Géorgiques. No obstante, aunque estos dos textos sean muy diferentes, sus principios no lo son tanto. Quizá ni siquiera habría podido escribir este último sin haber escrito el que le precede. Pero eso requeriría una larga explicación, y no voy a iniciar aquí un sermón... 


Alain Robbe-Grillet: En definitiva, lo bueno de Ricardou es que le ha desricardoulizado

Robert Pinget: Me interesa mucho la intervención de François Jost. Me parece honesta. Se está atacando a Ricardou de forma implacable. Creo que, en un momento dado, ese crítico inteligente arrojó algo de luz sobre nuestro trabajo y que, de repente, no sabemos por qué, a día de hoy, ya no se habla de él. Hay que reconocerle la valentía.

Claude Simon: Nuestro amigo Pinget adopta el papel del cristiano defensor de los pobres y los huérfanos. Es conmovedor y muy caritativo. Aunque me pregunto si la verdadera caridad no consistiría más bien en advertir a alguien de que se está deslizando por una pendiente resbaladiza. Nadie ha dicho aquí que los escritos teóricos de Ricardou carezcan de valor. El problema, siento insistir,  es que, como todas las tesis llevadas al extremo, las que ha desarrollado Ricardou le llevan, en la «práctica», a él y a los que le siguen, a un callejón sin salida. En este sentido, representa un peligro. Además, parece sufrir desde hace tiempo una megalomanía patológica, algo que le no ayuda. Del mismo modo que no le he negado mi aprobación cuando me ha parecido interesante lo que hacía, he sido franco (y por escrito) sobre lo que pienso hoy en día. Eso es todo. 

Alain Robbe-Grillet: Me gustaría ampliar este debate al tema más general de la relación entre el escritor o el creador y el crítico en general. El Nouveau Roman es un buen ejemplo porque se ha hablado mucho de ello. Se ha escrito abundantemente sobre el Nouveau Roman, y se han escrito muchas cosas diferentes. Personalmente, siempre me interesó mucho lo que se escribía sobre el Nouveau Roman y lo que se escribía sobre mí en particular, por supuesto. Lo primero que advertí  fue que el crítico no era un científico. El crítico desarrolla sus propias fantasías y eso es todo lo que puede hacer. El crítico es una especie de escritor menor en algunos casos, mayor en otros. Pienso en Barthes, por ejemplo. Pero siempre es el que no hace más que desarrollar sus propias fantasías. Es decir, cuando hablaba de la crítica académica que tan mal había recibido al Nouveau Roman, también esta crítica era fascinante. Contenía una buena cantidad de lecciones porque, precisamente, las fantasías de la ideología estaban ahí, presentes, y era muy interesante conocerlas. Por supuesto, no para corregir nuestros escritos, sino para ubicar nuestro propio proyecto. En cuanto a la crítica académica o la de alto nivel, me interesaba gente como Blanchot y Barthes, por ejemplo. Enseguida tuve claro que no se trataba de que hablaran de mí, que Blanchot no podía hacer otra cosa que hablar de Blanchot y que Barthes sólo podía hablar de Roland Barthes. 

Lo más curioso es que escribieron dos artículos sobre Le Voyeur al mismo tiempo, en una época en la que yo era prácticamente un desconocido, ¡y ambos artículos son extraordinarios! No parecían referirse al mismo libro. Uno de ellos se llama «Littérature littérale»⁹: Roland Barthes habla de Le Voyeur como si no hubiera ningún delito sexual en el libro. Nunca lo menciona. Es decir, está escrito desde la asuperficie: objetividad, objetividad únicamente, y una especie de realismo que, por supuesto, no era sencillo. Barthes tenía una mente tortuosa. Blanchot, sin embargo, sólo veía delitos sexuales. Es decir, el texto de Blanchot comenzaba con la frase: «¿De dónde viene esta luz que ilumina Le Voyeur¹⁰?». Esta luz era el crimen en sí. Entonces, ¿cómo es que Barthes no vio en absoluto esta luz que ilumina Le Voyeur? Ustedes saben que a lo largo de tres años, después de la publicación de Les Gommes, no dije que este texto era una recreación del Edipo Rey de Sófocles. A lo largo de tres años, nadie lo dijo. Ningún crítico lo dijo nunca, ni siquiera Barthes, que había escrito un texto sobre Les Gommes en el que nunca se hablaba ni de Sófocles ni de Edipo. ¿Significa esto que los textos de Barthes no eran interesantes? ¡Claro que no! ¡Eran fascinantes! Pero lo más emocionante es que se puedan escribir dos cosas tan distintas. Y pronto fueron tres, cuando Goldmann¹¹ se puso a ello, ya que lo hizo desde otro punto de vista diferente. Es decir, que esta idea tan barthesiana de la polisemia del texto debe ser puesta en valor, a la luz, no por un crítico, porque probablemente sólo podrá desarrollar su propia fantasía, sino por los críticos. 

Tengo mucha relación con Ricardou, que era una mente muy interesante. Solo que cayó en el error, en mi opinión, de no admitir esta polisemia. Es decir, en los coloquios que nos atañían, en Cerisy, tenía la tendencia a rectificar los errores de otros críticos y, acto seguido, nuestros propios errores. Es decir, es un espíritu dogmático, un espíritu normativo, pero la teoría no es necesariamente normativa. 

Alguien que trabaja sobre la luz y que se basa en la teoría corpuscular para sus investigaciones nunca dirá que la teoría ondulatoria es errónea. Admitirá perfectamente que otro físico esté  trabajando en la teoría ondulatoria. Pero ustedes saben que estas dos teorías son incompatibles. No pueden encajar. Es imposible que exista un mundo coherente en el que la luz sea a la vez ondas y corpúsculos. Es imposible. Sin embargo, a los físicos de la luz no les molesta en absoluto esta contradicción. Lo que le pido a esta crítica supuestamente científica es que esté en consonancia con la ciencia moderna, con esa ciencia que sabe que nunca es enteramente verdad, que simplemente es interesante. Y esto es, creo, lo que le ocurrió a Barthes, a Blanchot y, en gran medida, también a Ricardou. 

Monique Wittig: Pero para todos los que desarrollan estas teorías ondulatorias y corpusculares de la luz, la suya es la correcta, la verdadera, ¿no? 

Alain Robbe-Grillet: ¿Cómo pueden ser correctas, si son incompatibles y se desmienten mutuamente? Si la luz está hecha de partículas, no puede estar hecha de ondas. 

Monique Wittig: Por tanto, ambas tienen razón. 

Alain Robbe-Grillet: ¡No! Hasta ahora no ha habido ningún experimento satisfactorio. Pero lo que buscan es una teoría unificadora en la que ambas se verifiquen al mismo tiempo. Por el momento, hay que regirse por una o por la  otra. Son mutuamente excluyentes, como Goldmann excluye a Barthes. 

Tom Bishop : ¿Y qué pasa con la crítica, Monique Wittig, un punto de vista crítico sobre tal o cual escritor no excluye a otro? 

Monique Wittig: No, porque esto es lo que yo llamo elementos heterogéneos. Puedes tener un punto de vista heterogéneo en el que los dos puntos de vista no se anulen mutuamente, en el que cada uno tenga razón desde su punto de vista. 

Alain Robbe-Grillet: Me parece mucho más interesante si los dos puntos de vista se anulan, es decir, si los dos polos son irreconciliables. Usted sabe que en la traducción francesa de la Dialéctica de Hegel se menciuonaba tesis, antítesis, síntesis, y la palabra «síntesis» indicaba claramente que la mente francesa no podía soportar esta misma contradicción. Pero Aufhebung no significa en absoluto que vaya a haber una síntesis entre ambos, sino que habrá solamente un nivel de superación en el que los otros dos habrán conducido a algo superior. El hecho de que en la Dialéctica tesis y antítesis sean incompatibles y que haya una lucha a muerte entre ambas es, en mi opinión, fundamental. Más aún cuando se trata de literatura, porque la literatura es precisamente el lugar donde tienen lugar estas luchas entre polos incompatibles. 

Por ejemplo, con respecto al Nouveau Roman, se ha discutido mucho sobre si es objetivo o subjetivo. Precisamente, lo más interesante es que no pueden ser ambas cosas y que, sin embargo, ambas están ahí. Se puede hacer una lectura objetiva, como Barthes, o subjetiva, como Blanchot. Ambas están presentes en el texto. Y el texto es, precisamente, el lugar de esta contradicción entre cosas irreconciliables; no son ambas verdaderas porque, si lo fueran, se tolerarían, sino que, por el contrario, no tolerándose, una excluye totalmente a la otra. En la descripción de Hegel, lo uno o lo otro debe morir, ni siquiera es cuestión de que permanezca vivo... 

También me gustaría añadir un pequeño comentario sobre el problema de la conciencia, porque los problemas de conciencia —la conciencia del héroe, la conciencia de los demás personajes, la conciencia del narrador, la conciencia del escritor y la del lector— son problemas muy importantes que han dado lugar a muchos malentendidos. El malentendido en cuestión, muy a menudo, es que el público imagina que el escritor le oculta algo, es decir, que sabe lo que hay en la conciencia de su personaje, pero no lo dice. Esto fue incuestionable hasta cierto punto para L’Étranger de Camus, ya que el «extranjero« aparece como una conciencia vacía sólo en la primera parte del libro y, por el contrario, como Nathalie Sarraute ha señalado repetidamente en sus ensayos teóricos y aquí, la conciencia del «extranjero», de Meursault, se desborda al final del libro. Se desborda plenamente, mientras que, por el contrario, una de las cosas que realmente caracterizó al Nouveau Roman, y que escandalizó mucho a los lectores, fue lo que llamaron la deshumanización de los personajes. Es decir, se trataba de héroes que ya no eran seres humanos porque ya no tenían conciencia. De hecho, ya no tenían una conciencia humanista, sino otro tipo de conciencia. 

Lo que es muy curioso es que los lectores sigan completamente condicionados por una filosofía trascendental que quiere que la conciencia sea plena y difunda plenitud y sentido a su alrededor. Mientras que lo que nosotros llamamos una conciencia moderna o una conciencia husserliana es una conciencia vacía. En el interior de la conciencia no hay nada, dice Husserl, y la conciencia es sólo un movimiento de proyección fuera de sí mismo, lo que él llamó fenomenología. Lo que es muy extraño es que esta palabra, fenomenología, haya sido utilizada muy a menudo por los críticos, y constantemente de forma equivocada. 

Es decir, para algunos, los fenómenos eran cosas en sí, que existían fuera de la conciencia del sujeto y, en consecuencia, se decía que el hombre era sustituido por objetos en los libros de Robbe-Grillet. Esto se ha dicho muchas veces. Y otros, por el contrario, sostenían que en esta fenomenología, la noción de intencionalidad era, a pesar de todo, una intención que procedía de una plenitud del interior de la conciencia. Pero, ¿qué es una conciencia moderna? ¿Qué tienen estos personajes del Nouveau Roman que agrupa a autores tan diversos como Pinget, Simon, Sarraute y todos los demás? Que, precisamente, las conciencias ya no son conciencias plenas. Son conciencias que sólo existen  en este movimiento de proyección fuera del yo. La pregunta que podemos hacernos es: ¿es el escritor una conciencia de este tipo? Así que creo que tenemos que decir que la conciencia del novelista es una conciencia en lucha. Es decir, nadie puede pretender tener una conciencia verdaderamente husseriana. No existe tal cosa. Seguimos siendo conciencias trascendentes, conciencias humanistas, mientras que en el interior de nuestra conciencia existe esa lucha entre la vieja conciencia humanista —Dios, la verdad... — y esta conciencia puramente husserliana que nunca tiene nada dentro de sí, sino que se proyecta constantemente fuera de sí, fuera de sí donde no hay nada, hacia el mundo donde tampoco hay nada. 

Nathalie Sarraute: Creo que mis amigos están de acuerdo conmigo en que la gran utilidad del Nouveau Roman fue una liberación general de las formas y del fondo de la novela. Cuando escribí L'Ère du soupçon en 1950, la gente me preguntaba qué quería decir con «tradicional». Era una palabra que no se utilizaba. Ni siquiera sabíamos lo que significaba. Ahora se publican novelas que no están escritas en la forma tradicional, los escritores pueden eliminar por completo el tiempo cronológico, no utilizar nombres propios, tratar el diálogo como les parezca, etc. No los juzgamos por eso. Esta libertad vino, creo, de este movimiento del Nouveau Roman

Los escritores jóvenes ni siquiera se dan cuenta de la libertad de la que disfrutan. Esto también es cierto en la vida privada. Las nuevas generaciones no saben a qué tiranía se vieron sometidas las anteriores. Creo que es una de las ventajas, o al menos uno de los éxitos, del Nouveau Roman, que las formas de la novela se han liberado. Todas las liberaciones son lentas, y no se pueden juzgar sus efectos en unos pocos años. 

Robert Pinget: Quisiera decir que no estoy de acuerdo con Alain Robbe-Grillet en lo que concierne a Husserl y al rechazo de todo sentido religioso, porque siempre he sido creyente. No hablo de ello en mis escritos, pero negar la presencia divina... 


Alain Robbe-Grillet: Acabo de decir lo contrario. 


Robert Pinget: Eso no es cierto. 


Alain Robbe-Grillet: Acabo de decir que la conciencia husserliana no existe. Acabo de decir, ayer, que ser un revolucionario puro no existe, y que Dios siempre estuvo dentro de nosotros. Esto es precisamente de lo que estoy hablando. Que somos el lugar de estas contradicciones y que el Nouveau Roman ya no es la novela de la libertad conquistada, porque la libertad no puede ser conquistada de una vez por todas, ya que es un movimiento, en sí mismo, de conquista. Necesitamos a Dios para ser ateos. 


Claude Simon: Estoy completamente abrumado por toda esta discusión. Por ejemplo, se ha hablado de los «personajes del Nouveau Roman». ¿Qué significa eso? ¿Qué personajes y qué Nouveau Roman? Decididamente, estamos nadando en la confusión... El estatuto del personaje en Robbe-Grillet, Butor, Pinget, Nathalie Sarraute o yo mismo es tan diferente como una carpa de un conejo, de un colibrí o de una coliflor... ¿De qué estamos hablando? Quisiera saberlo, y saber lo que estoy haciendo aquí... En mi pequeña contribución a este coloquio, he denunciado el peligro mortal que supone para el arte la introducción de cierto cientifismo, ¡y acabo de escuchar una vehemente discusión sobre las teorías de la física en relación con la novela! Personalmente, me da igual. Ayer intenté decir que mi trabajo es absolutamente artesanal, y que la palabra que me parece más adecuada para describirlo es bricolaje. Para mí, la cuestión es empezar una frase, continuarla y terminarla. A ese nivel, se plantean ya problemas de estructura muy complejos y difíciles de resolver, que sólo consigo resolver tachando las palabras y tanteando el terreno. Lo mismo ocurre con los párrafos, con los capítulos y con el conjunto de una novela. Eso es una condena más que suficiente para mí, me pueden creer. Por eso, cuando oigo hablar de alta filosofía, de leyes de la física, de «conciencia husserliana» u otros temas parecidos, pido que me disculpen, pero debo decir humildemente que eso está bastante fuera de mi competencia... y de mis preocupaciones. 


Nathalie Sarraute: En cuanto a mí, cuando escribo, nunca pienso en la conciencia, ni husserliana, ni plena, ni llevada fuera de uno mismo, ni permaneciendo dentro de uno mismo. Eso me impediría por completo escribir. 


1. Las actas del coloquio fueron publicadas por L. Oppenheim (dir.), Three Decades of the French New Novel, Urbana et Chicago, University of Illinois Press, 1986.

2. También estaba presente, aunquem no intervino en loos debates, Michel Rybalka.

3. John Barth, Jonathan Baumbach, Robert Coover y John Hawkes formaron parte en la mesa redonda final (ver  «American Parallels: An Afterword», en Three Decades of the French New Novel, éd. cit., p. 195-209).

4. C. Simon, conferencia sin título, en Three Decades of the French New Novel, éd. cit., p. 71-86. Más o menos en la misma época, Simon dicta otras dos conferencias, «Le Poisson cathédrale» (1980) et «L’absente de tous bouquets» (1982), que abordan problemáticas similares y que fueron publicadas en Quatre conférences (textes établis et annotés par Patrick Longuet, Minuit, 2012).

5. El texto se publicó originalmente en Three Decades of the French New Novel con el título «The New Novel:  Past, Present, Future: A Rondtable» (éd. cit., p. 179-194). Estamos especialmente agradecidos a Lois Oppenheim Y Tom Bishop por haber hecho posible la reedición, así como aFrançois Jost, Mireille Calle-Gruber, Olivier Corpet y Luciola Pinget, estos tres últimos como como derechohabientes, respectivamente, de las obras de Alain Robbe-Grillet, de Claude Simon y de Robert Pinget. También nos sentimos en deuda con Alastair B. Duncan, que encontró la versión francesa de esta mesa redonda en el IMEC en los archivos de Alain Robbe-Grillet.

6. Ver la obra de síntesis reeditada y aumentada recientemente de F. Dugast-Portes, Le Nouveau Roman, Une césure dans l’histoire du récit, prefacio de F. Dosse, Rennes, PUR, 2018, en especial, sobre la mesa redonda de Nueva York, p. 103-107. 

7. Monique Wittig hace referencia a su intercambio con Leon S. Roudiez a raíz de la discusión que siguió a la conferencia de este último (Three Decades of the French New Novel, éd. cit., p. 175).

8. F. Jost, «Les aventures du lecteur», Poétique, no 29, febrero de 1977, p. 77-89.

9. R. Barthes, «Littérature littérale», Critique, no 100-101, septiembre-octubre de 1955, p. 820-826.

10. M. Blanchot, «Note sur un roman: Le Voyeur», La Nouvelle Revue française, no 31, julio de 1955, p. 105-112.

11. L. Goldmann, «Nouveau Roman et réalité» en Pour une sociologie du roman [1964], Gallimard, coll. «Tel», p. 279-324.

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Este artículo es la traducción al castellano de: «Table ronde. Le Nouveau Roman: passé, présent, futur». Tom Bishop, François Jost, Robert Pinget, Alain Robbe-Grillet, Michel Rybalka, Nathalie Sarraute. Cahiers Claude Simon [En ligne], 14 | 2019. URL : http://journals.openedition.org/ccs/2632 

La imagen de la cabecera aparece en el artículo: https://www.lemonde.fr/livres/article/2021/06/02/nouveau-roman-correspondance-1946-1999-sept-personnages-pour-une-grande-aventure-litteraire_6082539_3260.html

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BONUS TRACK

Video parcial del programa Apostrophes en el que Jérome Lindon, director de Éditions de Minuit, editorial de Claude Simon, responde a las preguntas de Bernard Pivot sobre su experiencia profesional con el autor.


30 de enero de 2023

Claude Simon VII


Los Laberintos

Marie-Hélène Lafon

1985, esto empieza, leo La Ruta de Flandes; me esfuerzo, lo intento, persevero, persevero más de lo que leo, me hundo, me pierdo, me aburro, me obstino, lo termino como una penitencia; y ya está. No ha pasado nada o casi nada.

Casi nada si no fuera porque Claude Simon está vivo, es la primera persona viva notable que he leído; con notable quiero decir santificado, consagrado por la Universidad, por el Premio Nobel que le fue concedido precisamente en 1985. No sé nada del mundo editorial, pero creo también entender que Éditions de Minuit debe ser un verdadero hogar para una obra en curso. Claude Simon fue el primer gran escritor vivo que leí; a principios de los años 80, los estudios clásicos en la Sorbona sólo se concebían con autores muy muertos, y en la lista de textos presentados al examen oral de francés de bachillerato en Saint Flour en 1979, sólo Albert Camus habría podido seguir vivo.

Ahora bien, leer a un escritor vivo me habría dado la oportunidad, o hecho correr el riesgo, de permitirme pensar, adivinar, suponer que en una habitación, o en un despacho, o bajo un tilo, o en un café, mientras yo estaba ocupada estudiando, y, desde 1984, enseñando, un hombre, más que una mujer —no leí ni a Duras ni a Sarraute en aquellos años ochenta—, un hombre, pues, piel huesos carne, deseos y dolores incrustados por igual en él, un hombre estaba escribiendo, había escrito, había elaborado, había exudado lo que estaba leyendo, allá, yo; yo estaba al otro lado del libro y, sin embargo, en el mismo mundo que el que escribía; el que escribe es contingente, tiene un cuerpo, existe, puedo haberme cruzado con él en el metro, podemos haber tomado el mismo tren; es contingente; escribir es un acto contingente, plausible; escribir es contingente.

En 1985 yo tenía veintitrés años, quise escribir desde que aprendí los fundamentos en la escuela primaria, pero no lo hice y no escribiría nada hasta octubre de 1996; me aplicaría todavía durante once años más en leer y estudiar textos escritos por otros. Seguiría caminos sinuosos algo austeros, la prueba de capacitación en gramática, una tesis doctoral, y fue la lectura, entre octubre de 1995 y octubre de 1996, de tres escritores vivos, tres hombres, la que me llevó al banco de trabajo, un banco que no he abandonado desde entonces. Estos tres escritores fueron Pierre Michon, Pierre Bergounioux y Richard Millet. En estos últimos años me he preguntado por qué la lectura de Claude Simon, en 1985, no precipitó la escritura, no le dio impulso; en otras palabras, ¿por qué, con La Ruta de Flandes, me perdí la lectura de Claude Simon, pero también, y sobre todo, la escritura, como quien pierde un tren que no volverá a pasar hasta once años después?

Ciertamente, yo no estaba preparada para dar el paso a los veintitrés años, como sí lo estaría a los treinta y cuatro, y no hay en ello nada tan banal ni tan íntimo que me impida exponerlo, aquí aún menos que en otras partes. Me pareció, sin embargo, que había otras razones, menos intestinas y menos insignificantes, y, bajo esa doble condición, quizá digna de ser exhumada, que habían regido lo que no era una elección. No pude leer a Claude Simon, en el sentido en que leer significaría reconocerse en una escritura, antes de 1997 y de La hierba, en primer lugar, porque no tenía con él el mismo parentesco sociológico y geográfico, ni siquiera geológico, que tenía con los tres candidatos antes mencionados, Michon Bergounioux Millet, más o menos salidos, como se dice para indicar los orígenes, como yo, salidos, pues, del Macizo Central, y los tres ocupados, no más que yo, en escribir sobre mundos que nunca acaban en silencio desde principios de los sesenta. También creo que el encuentro no se produjo porque yo no podía aceptar leer mientras perdía el aliento y el sentido y el hilo, mientras me dejaba revolcar en harina textual, y finalmente porque el texto de Claude Simon estaba demasiado saturado sexualmente para ser soportable para mí en aquel momento.

Ausencia de parentesco, vértigo del sentido, carga sexual y también otros motivos, enlazados entre sí y que yo no acabé de desentrañar, me mantuvieron al margen de la obra hasta que leí La hierba, que me ofreció en 1997 un amigo que me conminó a leerla, con extrema urgencia, como lo hacen a veces, a riesgo de parecer impertinentes, los amigos más tenaces. De pronto, sucedió algo; era septiembre en el libro, pero a mí me pareció que era verano, me parece que siempre es verano en La hierba; la respiración dificultosa de una vieja muchacha agonizante silabea la lectura, amortiguada por las paredes de la casa, da al texto su tempo lacerante, cava en él un pozo de sombra vertiginosa, suave y helada, mientras que la luz «llueve»; perdura, no termina, algo se resiste, la moribunda es testaruda, a su alrededor continúan los demás, el hermano adorado, la cuñada, consumida en el «mantenimiento imposible» de cuerpos septuagenarios, ellos mismos ancianos impedidos por los achaques de la edad, Louise, la sobrina por matrimonio, una joven desgarrada por los deseos. Repentinamente, ya no intento comprenderlo todo, atar, reatar, desatar los hilos narrativos, saber quién dice qué quién piensa quién aguarda quién espera quién tiene miedo, me dejo llevar, me dejo llevar; nada impide la subida de la marea; se me lleva y me supera; es ante todo una experiencia orgánica, una cuestión de los sentidos, los cinco y otros que no tienen nombre; es un poco brutal, y bestial, y al mismo tiempo de una dulzura que conmueve; es una sorpresa, nunca lo hubiera creído de y con Claude Simon, no me lo esperaba, eso me enseñará a creer y a esperar en los escritores.

Le cojo el gusto, recupero el aliento como quien pide clemencia y vuelvo a empezar, reincido, rumiaré La hierba hasta La cabellera de Bérénice, que leo por primera vez en 1998; pierdo el aliento desde el segundo párrafo y el «tejido de sus medias»; después tropiezo con una coma, la de la página 22, «sin dejar de andar se volvió a colocar la peineta, negra en el crepúsculo», coma que me produce el mismo efecto que el «sin embargo» [«cependant»] inaugural de Gustave Flaubert en Un corazón simple, coma y adverbio azotando el cuerpo textual e imprimiendo a la frase su arqueo. La cabellera de Bérénice sería para mí la historia de la aparición de las mujeres, de su encarnación; además, más tarde sabría que el título de la edición de 1966, con los cuadros de Joan Miró en la sala Maeght, era Mujeres; pienso de nuevo en Gustave Flaubert y veo a Madame Arnoux en el puente de La-ville-de-Montereau, el «esplendor de su piel morena (...) esta finura de los dedos a través de los que pasaba la luz».

Con La cabellera de Bérénice y La hierba, se me abrió un camino a la obra de Claude Simon, se despejó una senda de acceso, la palabra se hizo carne; fue la llave manchada de sangre, de sudor o de semen, la llave de la cámara secreta donde jadean en las sombras los cuerpos resplandecientes. Una mujer se adelanta, aparece en el campo de visión. Una mujer es mirada. Es la vida misma, aparece una mujer y todo comienza. Mar, playa desierta, un pañuelo negro, un niño. Sus cuerpos, mano brazo busto pierna, sobre la arena, posados. La carne de la mujer estalla. Blanco contra el negro de las medias, las alpargatas, el faldón. Muslos lechosos. Cavidad imaginada. Es una orgía, te hundes, te hunden. El mar respira, se le oye. Los olores ascienden, ascenderán. La frase avanza como un barco, su proa hiende la página, drena a su paso el poderoso caudal. La frase no se detiene, se enrosca, se eleva, jadea, brama, gime, se tensa, se calma, se reanuda. Podría no terminar nunca, habría estado siempre ahí, desde todas las noches, y todos los crepúsculos, y todos los amaneceres, en todas las playas vacías donde las mujeres con muslos lechosos aparecen en el azul primigenio. Estamos atrapados. Estoy atrapada. El mundo emerge, se encarna, convocado, espeso, fluido, inmediato, suave e imperioso. El texto no se agota, el mundo tampoco, ambos chocan y se enredan, yo me contento con estar ahí, superada, agarrada. Es la melé capital, en el centro del campo, pelos piel hueso sangre sudor. Sería una crucifixión deliciosa, un descuartizamiento exquisito que no quisiera terminar.

El tranvía es el único libro de Claude Simon que leí cuando salió, en 2001. El hilo narrativo está menos enterrado que en los anteriores, y también pude sentir por primera vez, sentir en el sentido de oler, olfatear, lo que hay de tierra en los textos de Claude Simon, tierra del sur, tierra de la viña y del olivar,  tierra, sin embargo, que se posee, que se hereda y de la que se vive aunque uno mismo no la haya trabajado con sus manos, con su espalda, con su cuerpo; esta vinculación no está en la historia de Claude Simon, está en la de Eugenia y Marie, las hermanas vestales, entregadas al culto del hermano como se cultiva un campo. Con el impulso que me dio El tranvía, leí y releí La acacia, que es también, no sólo, sino también, una saga campesina áspera y carnosa. Desenredo la novela familiar, la parte paterna, la  materna, las propiedades, las casas, la infancia, las guerras que siempre se vuelven a librar, todo genera sustrato y sólo entonces puedo retomar el hilo de la obra, leer El viento, Tríptico, Archipiélago, Norte, y retomar La Ruta de Flandes. Todavía no he leído ninguna biografía, en realidad no quiero saber nada más que lo que aparece en las novelas como como una filigrana persistente. También rumío voluptuosamente unas cuantas imágenes, un puñado, una foto de Réa, terciopelo redondeado con los hombros anchos ojos manos anudadas, la foto de la portada de la edición de bolsillo de Las Geórgicas, cabeza de monje jersey suave, triple capa en el cuerpo, sobre la mesa, sobre la hoja de papel blanco la mano de un colegial razonablemente colocada, y, en la mirada, en el pliegue de la boca, algo pícaro y travieso a la vez. Vi en el Beaubourg la película de una entrevista con Marianne Alphant, oí la voz, vi cómo se mueve el cuerpo, lo que tiene de tierra y de viento a la vez esta elegancia felina; vi esta película como una danza y me gustó estar así al borde de la pista de baile, al borde de la grieta, al otro lado de la empalizada.

He llegado a este punto. No he leído todo Claude Simon, pero he intentado leer cada texto en su totalidad; por leer en su totalidad entendería tanto leer como uno se ahoga, aceptando ahogarse hasta perder el sentido, como dejarse trabajar en el cuerpo textual por otro cuerpo textual. Entendería por dejarse trabajar el dejarse hacer silenciosamente un trabajo de la lengua por la lengua; esto ocurre en primer lugar en términos de fraseo y, por tanto, de puntuación. Antes de Claude Simon había, principalmente, el punto y coma de Gustave Flaubert, que uso, incluso abuso, con voluptuosidad; los puntos suspensivos de Louis Ferdinand Céline, que me prohíben todo uso de este orificio anal del texto; y esa manera poderosa,  imperiosa, que tiene Richard Millet de hacer sobrepasar los límites de la frase en La Gloire des Pythre y L'Amour des trois sœurs Piale. Con la lectura de Claude Simon, la frase, la mía, la que quisiera escribir, tiende a convertirse en un flujo textual; atención, no se trata de reblandecerla ad libitum, es justo lo contrario; hace falta que se sostenga por sí misma, entre las mayúsculas, que sigo utilizando por el impulso vertical que dan a la página, en el sentido tipográfico del término, siendo la mayúscula en la página impresa lo que sería el ciprés en ciertos paisajes y el poste de madera en la alambrada; entre la mayúscula y el punto, pues, la frase debe permanecer erguida y flexible, empapada de vida como un árbol, empapada de vida como un cuerpo suave y cálido que caminara durante mucho tiempo por un sendero cercado por el viento. Es una cuestión de organización, una cuestión de tensión interna, entre violencia y suavidad, entre contención y explosión. La ausencia de coma se convierte en un signo de puntuación, marca un hueco, revela una carencia; nos asfixiamos en silencio y se busca el aliento al borde de un vértigo jubiloso, o de un júbilo vertiginoso.

Dejarse trabajar sería también dejarse afectar por lo que la lectura de Claude Simon afecta al tiempo de la narración y, en consecuencia, al tiempo mismo, al tiempo del que lee, al tiempo del que escribe, al tiempo de la vida y de la muerte. Sería como si el tiempo no tuviera fondo, como si todo hubiera empezado ya y también como si todo hubiera terminado antes del acto de lenguaje que lleva el nombre de narración y que inaugura un orden temporal específico para el libro. Poco importa si se pueden o no establecer puntos de referencia, ajustarse a tal o cual fecha, computar la duración de una agonía, de una retirada a caballo o de la matanza de un conejo; no se trata de eso; el que lee debe consentir en verse envuelto en una materia opaca, estratificada y compacta a la vez, densa, movediza como la arena, una materia viva que sería la mucosa misma del tiempo. El tiempo de la narración transcurre y no transcurre, se enrolla sobre sí mismo, se coagula, se espesa, se despliega en redes ínfimas, laberínticas, entrelazadas unas con otras, más o menos materializadas en la página por paréntesis, guiones, comas o puntos. Mi conciencia de lectora avanza en ráfagas terebrantes y, al hacerlo, me veo a la vez traspasada y desbordada por ondas temporales a la vez simultáneas y sucesivas. Voy al texto y él viene a mí, lo incorporo y me engulle, me hundo y se hunde.

Volviendo al banco de trabajo, recuperando el taller de escritura, una vez puesto a prueba, amoldado al cuerpo, por una parte me sorprendo atreviéndome aún más a ciertos desprendimientos narrativos que dislocan la cronología, la vuelcan, la sacuden, la desdoblan, alterando el ritmo de la narración, me parece, dinamizado, a la vez saciado y enriquecido con una sobredosis de tensión; por otra parte, y este es otro efecto tangible provocado por la lectura de Claude Simon y de las reflexiones calladas que la siguen, comprendo mejor, experimento plenamente, como si tocara madera, hasta qué punto la escritura, como la pintura, la fotografía y el cine, sería en el fondo una cuestión de representación y de mirada, la representación presupone la mirada. El lector sería, a la vez, un espectador deslumbrado en La cabellera de Bérénice y un mirón escondido en la posición del voyeur, su ojo pegado a la «rendija (...) ampliada a propósito» de la empalizada de Tríptico, observando al que monta el espectáculo al otro lado de la empalizada, al que ofrece la representación al voyeur, obviamente, el que escribe. Habría pues, cuando funciona, en la escritura y en la lectura, doble placer a ambos lados de la página empalizada palimpsesto, a lo Tríptico, el placer del voyeur y el placer del gerente del establecimiento que se lo ofrece al voyeur a cambio de su dinero, que se lo pone en el punto de mira, para que pueda cazarlo más o menos furtivamente en la fecunda espesura de lo real. Nunca me canso de esta Tentativa de restitución de un retablo barroco, que es el otro título, el subtítulo, de El vientoTentativa de restitución es todo a la vez, tensión y juego, carencia y saciedad, distancia y cuerpo a cuerpo, y, en este punto, me digo que Claude Simon, al final, es muy bailable.

Recursos relativos a Marie-Hélène Lafon en este blog:

Notas de Lectura de Historia del hijo

Notas de Lectura de Flaubert for ever

Notas de Lectura de Nuestra vidas

Notas de Lectura de Los países

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Este artículo es la traducción al castellano de: Marie-Hélène Lafon, «Les Labyrinthes», Cahiers Claude Simon [En ligne], 8 | 2013. URL : http://journals.openedition.org/ccs/871

La imagen de la cabecera corresponde a la fotografía de la portada de la edición de bolsillo, citada en el texto y publicada por Éditions de Minuit, de Las Geórgicashttp://www.leseditionsdeminuit.fr/livre-Les_G%C3%A9orgiques%C2%A0-2324-1-1-0-1.html

Como todo el contenido de este blog, este artículo está publicado bajo la licencia de Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España

27 de enero de 2023

Claude Simon VI


Bon dieu!

Pierre BERGOUNIOUX

Desde hace cinco siglos, la literatura adoptó, en Francia, el carácter aventura colectiva. Algunas comnsideraciones que, a primera vista, le son ajenas facilitaron su despertar. De las luchas internas en el seno de las órdenes de caballería surgió el ejercicio profundo, asiduo, del pensamiento. Al principio, como simple extensión de la dinastía victoriosa, primero la de los Valois, después la de los Borbones, el Estado centralizado se reservó el uso legítimo de la coacción física. La nobleza guerrera, convertida en cortesana, se vio impedida de utilizar la espada para obtener la satisfacción de sus ambiciones. Cuando ya no puede actuar, se piensa. Un principio de termodinámica interna sustituye con la reflexión y la contención de la palabra a la imposibilidad de actuación. Un puñado de privilegiados, un terrateniente perigordino [Michel de Montaigne], un caballero de Touraine [René Descartes], un burgués de Clermont-Ferrand [Blaise Pascal], emprendieron la toma en consideración de todo aquello que podía tratar su mente, inaugurando la brillante tradición meditativa con la que, generación tras generación, no hemos dejado de comprometernos. El ensayista alemán Curtius observó que «las ideas maestras de la civilización inglesa no se encuentran ni en Shakespeare ni en Keats», que «la Reforma luterana favoreció en Alemania el desarrollo de la investigación histórica y filosófica, mientras que en Francia la literatura asumió las funciones que en otros lugares correspondían a la ciencia y a la poesía, a la música y a la filosofía». Es el único país, concluye, donde existe una «religión de las letras».

Puesto que la literatura es el ámbito en el que el país toma conciencia de sí mismo, tenemos derecho a suponer que existe una obra literaria que ha dejado constancia del trágico episodio que comenzó el 3 de agosto de 1914 y cuyas secuelas han envuelto el siglo que acabamos de dejar. Esta obra existe. Es la de Claude Simon.

Como cualquier religión, la de las letras se basa en una hierocracia, la de los escritores, que, a posteriori, tenían el propósito de ser los intérpretes de su tiempo porque tenían la experiencia, en términos de tipo ideal weberiano, del mismo. La literatura no nace de sí misma. Toma prestada su sustancia del mundo. Sus invenciones formales, si no responden a las nuevas exigencias de la vida, de la realidad, equivalen a discusiones bizantinas. Era necesario pertenecer a la nobleza de toga, y provinciana, del siglo XVIII para someter los distintos regímenes políticos a un examen desapasionado. Fue el flemático barón de Montesquieu quien lo hizo. Pero su censura no alcanzó a la monarquía absolutista. Fue un inquieto e irreverente burgués de París, Voltaire, quien tomó el relevo. Una vez despejado el terreno, la cuestión que se planteó fue qué nuevo hogar se debía construir, el día de mañana, sobre los escombros del feudalismo. La burguesía, que tuvo un papel destacado en la demolición, no tenía ningún plan propiamente dicho. Fue  porque pudo aspirar a cierto beneficio marginal por lo que la nobleza estuvo dispuesta a conceder a Voltaire los títulos de historiógrafo del rey, chambelán, el sillón en la Academia, los honores y los miles de libras de renta, además de los azotes y el calabozo en la Bastilla, con los que también fue gratificado. Entonces, un plebeyo atormentado, muy sensible, de origen ginebrino [Jean-Jacques Rousseau], empezó a hablar de virtud e igualdad en publicaciones a las que la generación siguiente daría fuerza de ley, valor de realidad.

Quizá no haya siglo más terrible en toda nuestra historia que el siglo XX. Hubo otros atroces, el XV, por ejemplo, que trajo a este país la peste, el hambre y la Guerra de los Cien Años. La Beauce volvió a convertirse en bosque. Los lobos entraban en París por el Sena helado. La mitad de la población pereció. Pero el mismo cielo religioso siguió cubriendo la tierra desolada. Algunos médicos hacían comentarios sobre Aristóteles, como si nada. A la inmadurez de los medios de producción —y de destrucción— la acompañaba la sostenida debilidad del pensamiento. Le impidió ocuparse de sí mismo, preguntarse, tembloroso, asustado, si podía mantenerse a la altura de su objeto, si existía una respuesta a la pregunta que acababa de formularse.

Al siglo XX le tocó romper los límites, trangredir todas las prohibiciones —el «siglo de los extremos», como dice Eric Hobsbawm—. Se anunció bajo auspicios radiantes, atractivos, engañosos, que agudizaron  el horror en que se acabaría convirtiendo. Todo parecía sonreír a sus mayores, a los niños que nacieron al final de la Belle Époque, como se la denomina. Claude Simon nació en 1913. Francia estaba aún en la cima de su poder. Como poco, creía estar desempeñando el papel protagonista en la escena mundial que venía desempeñando desde el Renacimiento. Con su Estado centralizado y su peso demográfico, competía con sus poderosos vecinos por la preeminencia europea —y mundial—. La legitimidad de la República estaba consolidada, la Iglesia separada del Estado, la sección francesa de la Internacional Obrera,   dominada por pequeñoburgueses, reacia —como lo demostraría la Union sacrée— a explotar todas las consecuencias políticas y revolucionarias de las contradicciones que se operaban en el capitalismo. Era un asunto que concernía a un puñado de intelectuales apátridas, rusos, que parecían soñar en voz alta, en Suiza, donde estaban exiliados.

Nunca, sin duda, había mostrado el país un rostro más armonioso que entonces. Era el apogeo de la «edad de la tierra», la dulzura madura de una nación esencialmente campesina, todavía masivamente católica y, por tanto, refractaria a los axiomas luteranos de los negocios, al «cálculo racional de las posibilidades pacíficas de ganancia pecuniaria». Se mantuvo un cierto gusto, contemporáneo de la sociedad cortesana, por la producción a pequeña escala de objetos lujosos, especialmente obras de arte, que irradiaban cada vez más esplendor. Pintores, escultores, artistas venidos de toda Europa inventaron el fauvismo y el cubismo y, bajo la influencia del arte negro, es decir, del colonialismo, liberaron la investigación plástica de los cánones académicos. Mientras el país se asemejaba a una inmensa provincia campesina, apenas alterada en algunos lugares por los castilletes de las minas y el humo de las fábricas, París, blanca, aireada, pavimentada, deliciosamente habitable, brillaba con renombre universal.

Los libros escritos antes de la tormenta dan testimonio de estos veranos como ya no los hubo jamás. Son las páginas de la joven Madame Willy —Colette—; la maravillosa fuga del gran Meaulnes, que parte,  una tarde de invierno, hacia la estación del pueblo, a la que nunca llegará. Se pierde en el camino, pero su rumbo errante le conduce al misterioso ámbito en el que el pasado parece estar establecido permanentemente. Los signos se multiplican. Un camino de arena ha sido barrido en círculos regulares, como para la festividad de la Asunción. Niños disfrazados pasan junto al héroe, escondido entre los abetos, pronunciando enigmáticas palabras. Una luz verde, que ya ha visto en sueños, le guía. Y cuando, en la mañana del solsticio, despierta del sueño, amanece un día primaveral a su alrededor. Este es, más o menos, el mundo que descubrieron los inocentes de hace cien años. «No quedaba más que esperar la felicidad», escribió Alain Fournier.

La inquietud que acechaba, constantemente, en el entorno, se condensaba en los detalles. Fueron esos  emigrados rusos los que contemplaban, desde sus guaridas llenas de humo, tomar al asalto el Palacio de Invierno de San Petersburgo. Fue, después de la crisis de Tánger en 1905, durante los sucesos de Agadir, el gesto extravagante —uno más— de Guillermo II, que envió una cañonera a Marruecos. A Francia no le importó y puso al país del Magreg bajo su protectorado. Fue, también —pero ¿quién podía medir las posibles consecuencias?—, la tupida red de alianzas diplomáticas en la que estaban implicadas las grandes potencias costeras y las pequeñas e inquietas naciones de Europa Central, incluida Serbia. Fueron, por fin  —pero ¿quién lo sabe?— las profundas grietas que resquebrajaron los cimientos intelectuales, de veinticinco siglos, que habían sostenido el ascenso prometeico del último medio milenio. Un chiflado recluido en un puesto subalterno en la Oficina de Patentes de Berna [Albert Einstein] reexaminó el experimento de Michelson-Morley, datado veinte años antes. Su objetivo era medir las diferencias en la velocidad de propagación de la luz y no encontró ninguna. Dado que el experimento era técnicamente impecable y su resultado claramente negativo, se demostró que la velocidad de la luz debía tomarse como constante, y el tiempo y el espacio absolutos de Aristóteles como relativos. Pero eso no fue todo. Elevada al cuadrado, fijaba la relación entre una cantidad dada de materia, fisionable, preferentemente, si se quiere comprobar experimentalmente, y la energía en que puede convertirse.

El hecho de que las categorías a priori de la experiencia, y por tanto de la ciencia y, en consecuencia, de la conciencia, fueran despojadas de su antigua intangibilidad, no afectó inmediatamente ni a los teoremas de la mecánica clásica ni al contenido de la vida ordinaria. Sin embargo, conllevó una sombra de ansiedad que las aves nocturnas detectaron cuando desciendieron el silencio y la oscuridad. En París, fue Proust, que se comparaba a sí mismo con un búho; en Praga, Kafka, con su predestinado nombre de pájaro negro, grajo; en Dublín, Trieste y, por supuesto, París, James Joyce, que estaba casi ciego y escudriñaba las murmurantes tinieblas interiores. Enfermos, hipersensibles, perseguidos, los primeros por ser judíos en la Francia que generó el caso Dreyfus o en el Imperio austrohúngaro; el otro, por ser católico en un Reino Unido dominado por los protestantes ingleses; estos individuos constataron, como Einstein, pero en el orden del sentido, en su registro mayor, el de la gran narración, que lo que sucede escapa a la comprensión del pensamiento, o que el pensamiento —viene a ser lo mismo— descubre que le está vedado enfrentarse a lo que la evidencia muestra que sigue sucediendo y le concierne. Sabemos que uno convertirá en tema de su obra la infructuosa búsqueda del tema que no pudo encontrar, que el otro dejará inconclusas sus obras mayores —América, El castillo—, y que el tercero, incapaz de inventar una materia para una novela, reescribirá paródicamente la odisea —Ulises— del judío Bloom por las prosaicas calles de Dublín.

Sabemos lo que pasó después. El disparo de pistola de Gavrilo Princip dio la señal de inicio de la batalla campal. El padre de Claude Simon desapareció, junto con un millón y medio de jóvenes, en los campos de batalla de la Gran Guerra. La producción de riqueza, a la que el criterio de utilidad, predominante desde que el hombre empezó tomar en consideración la vida material, ya no se tiene en cuenta, enloquece. Por un lado, la gente pasa hambre; del otro, se quema café en las calderas de las locomotoras. Entretanto, los inquilinos de las guaridas de Zúrich han regresado a San Petersburgo antes de trasladarse a Moscú, al Kremlin. Pero las naciones imperiales rechazan sus propuestas de paz sin anexión. Matones y asesinos agitaron las frustraciones y resentimientos nacidos del Tratado de Versalles y comenzaron a quemar libros ante la gente, y así fue como los hijos de la Belle Époque, veinticinco años después que sus padres, se encaminaron a las fronteras para enfrentarse de nuevo al mismo enemigo. Sólo que la historia, cuando se repite —lo dijo Hegel, lo repitió Marx el 18 de brumario—, lo hace en forma de comedia. Se marchó a caballo, como en 1914, pero para enfrentarse a divisiones acorazadas apoyadas desde el cielo por enjambres de bombarderos. La orgullosa nación que celebró, el 11 de noviembre de 1918, su ruinosa y mortal victoria sobre el enemigo hereditario, fue barrida en seis semanas. Claude Simon fue capturado, como un millón de hombres. Escapó, como varios miles, y regresó a su Languedoc natal, donde se preguntó, como todo el mundo, qué le había ocurrido.

Si tenía alguna posibilidad de responder, fue porque procede de un entorno acomodado, como la mayoría de los escritores. Pero que, a diferencia de los grandes enfermizos que llevaron la narración clásica, homérica, a su brillante y destructiva conclusión en su alcoba, él es un ser diurno, preocupado por los terribles acontecimientos, todos externos, que han trastornado el mundo antiguo. Aunque procedía de la burguesía terrateniente del sur vinícola, se trasladó a España a luchar contra el fascismo junto a los campesinos pobres y los obreros republicanos. No padecía ni el asma proustiana ni la ceguera parcial joyceana, por lo que fue apto para el servicio armado. Fue a caballo, bajo las bombas, donde descubrió lo que el historiador Marc Bloch, poco antes de morir fusilado por los nazis, consideraba el rasgo inaudito y sobresaliente de la historia tal y como se hace: la intrusión de la velocidad. La antigua pareja, casi mitológica, que Claude Simon formaba con su caballo fue atacada por los tanques y los bombarderos y su escuadrón de caballería casi aniquilado.

Dos palabras, aunque él aún no lo supiera, encerrarán desde este momento la obra futura. Ya no sé en qué libro las escribirá con todas sus letras. Podrían aparecer en todas las páginas de todos los libros. Son : «¡Dios mío!». Desde 1940, y aún antes, cuando aún no era más que un pequeño huérfano, un adolescente inseguro de sí mismo, pensaba y no sabía qué pensar del mañana. Aquello de lo que fue víctima, que vio como testigo, que sufrió como protagonista, le afectó sin que pudiera decir otra cosa que: «¡Dios mío!». Se descubrió afectado por el acontecimiento, pero el acontecimiento, por su brutalidad irruptiva, por su novedad estupefaciente, aterradora, escapa al acto subjetivo por excelencia, al poder de nombrar que constituye el mundo como objeto, lo coloca a distancia, lo domina.

El estilo tan particular de Claude Simon es el resultado de la experiencia traumática de su generación. Lo que ha dicho al respecto, en numerosas entrevistas, arroja poca luz sobre lo que realmente hizo, pluma en mano, y no tiene ninguna importancia. Es un artista, y el arte, como repite Durkheim, es «una práctica pura, sin teoría». El artista, el escritor, no necesita saberlo. Para él es suficiente crear. El significado de su empeño tomará forma por sí solo, sin pasar a través de una conciencia evidente. De ahí la necesidad de una orientación crítica. El artista dictamina sobre el significado de una obra de la que no es consciente cuando está terminada y sólo puede producirla teniendo en cuenta esa ignorancia.

El estilo es una visión, inseparable de una posición social a la que la palabra remite espontáneamente — estilo burgués, refinado, llamativo... —. Es el rasgo distintivo de formas diferentes, opuestas, de actuar y pensar en las sociedades de clases. Puede permanecer unido a los gestos, a la vestimenta, a la forma de vivir, de hablar, sin reflejarse en el registro de la palabra escrita. Cuando es proyectado en este, lleva la marca de su origen y sus fundamentos —el estilo noble de la tragedia clásica, que sostiene un espejo complaciente ante el príncipe, ante su corte, el pulcro estilo burgués de las grandes novelas realistas que explican las ambiciones y los infortunios de provincianos temerarios, las costumbres de ricos comerciantes, de los usureros, de las antiguas duquesas y cortesanas, mucho más raramente de artesanos, peones agrícolas y sirvientes—.

Es razonable preguntarse si el estilo y la actitud de Claude Simon no se deben en última instancia a las carencias, siempre históricas, de su socialización. Uno se hace a sí mismo por mimetismo, por contacto directo, bajo la tutela ejemplar de aquellos a los que va a perpetuar. La conservación de la energía social exige que el hijo reproduzca al padre, que se convierta en alguien como este. Sin embargo, la imagen a la que el pequeño Claude Simon tendría que parecerse ya no existía cuando él la buscaba, con su mirada, a su alrededor, y la desaparición prematura de su madre, una desabrida burguesa cuya enfermedad y agonía describió en El tranvía, prolongó su relativa inmadurez. La indeterminación suprema de la que sus libros son producto y testigo se gestó en su infancia. Esta llevó el sello del primer cataclismo que golpeó Europa, y es con una actitud abierta y desafiante como Claude Simon, convertido en adulto, afrontará los desafíos que le esperan.

Ya sea en primera o en tercera persona, su obra equivale a una autobiografía cuyos episodios se suceden según dos secuencias cruzadas de violencia decreciente y de examen regresivo. Los escritores no saben lo que hacen. Es para saberlo que lo están haciendo. Ignoran adónde conduce su camino mientras lo abren, paso a paso, en su progresión obstinada, incierta, a través del caos de la experiencia. Están abiertos al espíritu de la época, a los debates, a las controversias que conmocionan su ámbito, a la representación de su obra en círculos cultos, cuya autoridad es, a veces, tan firme como para perturbarla, como para influir en ella. Claude Simon ya no existe. Su desaparición congeló la obra en la que trabajó durante sesenta años. Podemos ver, ahora, el proceso involutivo que condujo de sus primeras novelas —El tramposo,, La Consagración de la primavera— a la triste historia de la incipiente  infancia, que fue su último libro —El tranvía—.

Cuando la guerra de treinta años que comenzó en Sarajevo, en 1914, terminó en las ruinas de Berlín, el 8 de mayo de 1945, los supervivientes, si eran ciudadanos de una nación culta, si eran herederos de una tradición ilustrada, no pudieron evitar preguntarse acerca de lo que ocurrió. Pero eso no fue todo. El hábito de plantearse preguntas, la postura espontáneamente reflexiva y disertativa de las fracciones privilegiadas, instruidas, de la población, quedaron como paralizadas, licuadas por los acontecimientos monstruosos, realmente inconcebibles que se sucedieron ininterrumpidamente. Para alguien que nació en vísperas de la Primera Guerra Mundial, como Simon, pero también como Henri Thomas o Samuel Beckett, es evidente que la narrativa clásica, con sus principios de identidad y de causalidad, de coherencia y de continuidad, murió con el mundo cuyos contornos había estado trazando durante más de cuatro siglos. Europa, cuna de la Ilustración y protagonista de la Historia, se vio presa de una locura asesina, suicida. Recién descubierto  el horror de los campos de exterminio, el apocalipsis nuclear se abatió sobre Japón.

Claude Simon rondaba la treintena. De los treinta años que había vivido, once fueron años de guerra que le afectaron personalmente; una, la Gran Guerra, a través de su padre; la segunda, directamente. Y, además, el interludio español. En cuanto a la paz precaria que separó ambos conflictos, era evidente, para cualquiera que intentara comprenderlo, presentirlo, que no era más que un respiro entre las dos oleadas de violencia bárbara, irracional, de las que Europa se había convertido en epicentro. No fueron sólo las grandes ciudades, las viejas capitales, las que ardieron en llamas —Rotterdam, Londres, San Petersburgo (Leningrado, provisionalmente), Tokio, Berlín—, sino también la carne humana que se hizo humo, que quedó reducida a cenizas, cuando no en jabón. El curso del mundo, que había vacilado en las horas doradas previas a la tormenta, se detuvo. Solo algunas almas muy sensibles, atadas a cuerpos enfermizos, pudieron detectar, en torno a 1913, el inexplicable divorcio del curso de las cosas y la formulación que, durante una eternidad, fue de su mano, escoltándolo, iluminándolo. Cuando, superviviente de la Blitzkrieg, fugado del campo de prisioneros, refugiado en Languedoc, Claude Simon sacude la cabeza, se hace preguntas, se puede suponer que las primeras palabras que acuden, las únicas, también, a propósito lo que ha vivido, sufrido, son algo así como «¡Dios mío!». Con los venerables muros al abrigo de los cuales se meditaba desde el Renacimiento, las catedrales y los palacios de mármol, las instalaciones portuarias desde las que se había partido a la conquista del mundo, las certezas, las modalidades de enunciado, las estructuras narrativas, debilitadas desde los principios del siglo, saltaron por los aires 

El tono de los primeros libros es ya el que dominará toda su obra posterior. Cuando el malogrado pintor de nombre Claude Simon cambió el pincel por la pluma, su experiencia trágica, traumática, dictó sus textos iniciales, y lo que dicen, bajo una apariencia más o menos novelesca, es que nada es menos seguro, de pronto, que aquello de lo que uno se atreve a hablar. La abominación de la desolación no sólo barrió el optimismo razonable, las grandes esperanzas del nuevo siglo. Alcanzó también el humilde suelo de la existencia, desposeyó a la vida misma de lo único que es permanente, la conciencia desnuda, prohibida, temblorosa de la nada. Fue la totalidad del mundo, de lo que quedaba de él, incluso en sus componentes más elementales, lo que un hombre de treinta años se vio en la necesidad de reivindicar cuando, hacia 1943, juzgó que la pintura, para la que estaba destinado, no respondía a su inquietud. Fue escribiendo como pudo volver a orientarse, a reconocer el rostro oscurecido, tal vez ausente, de su destino. Así brotó  la frase titubeante, sinuosa, perseverante, que es la propia voz de Claude Simon. Es el esfuerzo extenuante, extenuado, invencible, por reconectar todo aquello que la historia, en su locura, se ha llevado por delante, empezando por el que escribe, después de haberlo hecho rodar como una piedra en su curso irresistible, incomprensible.

Actuar, como hacían los personajes enérgicos y candorosos de la novela realista, ya no era la cuestión. Los axiomas en los que se basaba la voluntad práctica han declinado con todo lo demás. El padre murió prematuramente. Franco se lo llevó. La caballería francesa fue aplastada por los tanques, un ejército completo quedó estacionado tras las alambradas, una nación beligerante, orgullosa, fue ocupada, humillada. Entonces hubo que reconsiderar la realidad, aceptar que no era lo que se pensaba ya que, de lo contrario, lo que ocurrió no hubiese ocurrido. Habríamos obtenido los resultados esperados en lugar de lo contrario o, peor aún, lo impensable —«lo innombrable», según Beckett—, que es lo que acabó ocurriendo. Desde sus primeras novelas, Claude Simon empezó a registrar las cosas más simples, aquellas en las que no pensamos y sobre las que, poco antes, el filósofo alemán de origen judío Edmund Husserl, llamaba la atención, no fuera a ser que su razón desdeñada, menospreciada, se vengara de la soberbia razón ocupada en trascendencias lejanas, en el cielo de las ideas. De entrada, no hay nada en la obra de Claude Simon que sea sospechoso de ser otra cosa que lo que parece ser y, por tanto, no es necesario incidir en su naturaleza mediante una descripción fastidiosa, metódica, agotadora. Este es el precio que hay que pagar para que lo que llamamos realidad, esta construcción ubicada y fechada, histórica,  transitoria, puede renacer de la destrucción que la ha aniquilado. En este aspecto, que es el estilo mismo, Claude Simon no dudará. Lo que cambia es el tema, o más bien, como él habría dicho, el dominio gradual, la clarificación del mismo. Los primeros libros se sacrifican aún a una preocupación estética —la del círculo, la del anillo, en La consagración de la primavera—. Evocan a estudiantes, a notables de provincias, cuya acomodada existencia, más o menos estilizada, les predispone a convertirse en personajes de novela. 

Más tarde, Claude Simon se verá más o menos implicado en el movimiento del Nouveau Roman, que se confunde con un fenómeno editorial, el de Éditions de Minuit. Nacida en plena ocupación, esta editorial atrajo a los escritores más conscientes de la crisis sin precedentes que asolaba Europa y de su impacto en la propia forma de expresión. Se plantea explícitamente la cuestión de si la literatura sigue siendo capaz de nombrar el mundo, de sostener en el camino el espejo que Stendhal le tendía. Algunos de los nuevos novelistas responden negativamente y trabajan para construir universos simbólicos autónomos, libros que sólo se refieren a sí mismos. Esta decisión, aunque las circunstancias lo expliquen, equivale a una autodestrucción de la literatura. Abandona el mundo a su irreparable confusión y sólo ofrece al lector el deleite formal, estético, de una obra plástica, definida por sus relaciones internas, en lugar de la revelación, por la liberación que trajo consigo, en Francia y en otros lugares, desde el comienzo de la Edad Moderna. El viento  y La hierba evocan este momento, mostrando los procedimientos que los escritores de los años cincuenta utilizaban para la literatura que se estaba creando. Pero Simon, al igual que Beckett, no se rinde al espíritu de la época. Sigue con su lenta reevaluación y, por efecto de la retrospectiva, de la edad, de la creciente conciencia que es su contrapartida, se acerca a aquello que inspira sus libros, a la experiencia singular, generacional, que ha vivido. Es entonces cuando las figuras típicamente simonianas emigran de la realidad, de la vida en la que las ha encontrado, enfrentado, de la confusión estupefaciente, indescriptible, de la que han surgido —los jinetes, los dinamiteros, los burgueses, los obreros agrícolas, el padre, la madre, finalmente— en el segundo y docto orden de una narración consciente de su incertidumbre histórica, del asombro —«"¡Dios mío!»—  al que se ha impugnado, palabra por palabra, en su totalidad.

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Este artículo es la traducción al castellano de: Pierre Bergounioux«Bon dieu!»Cahiers Claude Simon [En ligne], 2 | 2006. URL: http://journals.openedition.org/ccs/465.                                     DOI: https://doi.org/10.4000/ccs.465

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