10 de diciembre de 2018

Voss

Voss. Patrick White. Editorial Impedimenta, 2018
Traducción de Raquel Vicedo
"Las pequeñas mentiras son las más difíciles de decir."
Johann Ulrich Voss es un explorador alemán llegado a Australia para liderar una expedición a través del continente, el temido outback; Laura Trevelyan -una Elizabeth Archer condenada a un destierro geográfico e intelectual-, una joven inglesa huérfana adoptada por sus tíos, es la sobrina del empresario que financiará el intento. Entre ambos, a pesar del rechazo mutuo inicial, se establecerá una relación de reprimida admiración que no es difícil identificar con el fenómeno de la atracción de los polos opuestos y que adquirirá tonos metafísicos cuando la expedición parta en busca de su objetivo. Sobre estos dos pilares se sostiene Voss (Voss, 1957), la novela del único Premio Nobel australiano Patrick White. 
"Son pocas las personas de talento que se adaptan con facilidad a un plan para superarse. Algunas descubren muy pronto que su perfección no es capaz de tolerar el insulto. Otras advierten que su placer intelectual reside en la teoría, no en la práctica. Solo unas pocas tienen la terquedad suficiente para abandonar, con mucho esfuerzo, el exuberante mundo de sus pretensiones y adentrarse en el desierto de la mortificación y la recompensa."
Tras esa presentación, la novela  adquiere una configuración dualista, que puede ser interpretada incluso en términos religiosos -Laura ha apostatado y Voss ha perdido la fe-, explotada por el autor a diferentes niveles: la costa y el interior, perfectos representantes del paraíso y el infierno; los dos grupos que configuran la expedición, cada uno con un líder antagónico, que personifican la fuerza y la inteligencia; la vida en sociedad, tratada por el autor con un celo que limita con la condescendencia, y el día a día de los expedicionarios, condenado a una espiral de dramas que convergerán en la inevitable tragedia; las ideas de paternidad enfrentadas de Laura, que no duda en acoger a la hija de una criada fallecida, y sus tíos, que trajeron de Inglaterra los prejuicios y los convencionalismos; pero en ese contexto de mundos-espejo enteramente aislados, reserva una de esas dualidades, la principal, la del explorador y Laura, para que actúe como nexo de los antagonismos mediante una peculiar comunicación, también dualizada, a través de las cartas que no llegan a su destino y las visiones que experimentan ambos.
"Entonces el alemán, que seguía bajo el árbol, se sintió abatido por la mortificación a la que se estaba sometiendo a sí mismo. Pero se trataba de una forma de autodisciplina para las grandes pruebas y desafíos que aquella tierra, que lo había poseído por completo, le reservaba. La gente que no entendía nada caminaba por los senderos de tierra comiendo pan o se sentaba en su casa de frágiles cimientos de piedra frente a un plato de carne, mientras el raquítico extranjero, debajo de su árbol retorcido, se familiarizaba con cada brizna de hierba agostada que veía, e incluso con las articulaciones del cuerpo de las hormigas."
El escenario familiar muestra la vacuidad e irrelevancia de la vida de la burguesía, personificada en la procedente de la explotación de la tierra, la agricultura y la ganadería, y el comercio; es el intento colonial de reproducción de la vida de la metrópoli, pero sin corte ni aristocracia, y con la moral y las costumbres algo más relajadas. 
"Entonces, el mundo de la luz empezó a inundarlo todo, la brisa se convirtió en viento y el polvo de la tierra salió despedido en todas direcciones. La orilla empezó a astillarse en gravilla y mica mientras desde la ciudad llegaban varios carruajes de pintura y metal relucientes que traían a benefactores o a escépticos y a sus esposas. Estas iban expresamente ataviadas para proclamar su riqueza, y en consecuencia su importancia, a los cuatro vientos."
Como contrapartida, la atracción de lo desconocido, que actúa sobre los diferentes expedicionarios de acuerdo con sus particularidades y con lo que esperan obtener de su aventura, y cuyos medios reflejan también sus deseos más ocultos, acaba multiplicando la misma esencia del viaje, de modo que no de trata de una sola expedición sino de tantas como integrantes.

De esta manera, la travesía del continente adquiere la singularidad del viaje iniciático a través de los laberintos de las relaciones entre los expedicionarios y los desiertos de los desacuerdos y los inevitables enfrentamientos, una búsqueda que no parece tener más objeto que poner a prueba los límites de la voluntad, y que cuanto más se aleja del punto de partida -y, en particular, a Voss de Laura- más parece acercarse a aquellas cuestiones que transcienden el espacio. Entre ellas, asistimos a la transformación paulatina de un ser insociable que se aproxima más a la humanidad a medida que se aleja de sus congéneres y que comparte cada vez más intimidad el viaje con la persona de quien más se aleja, un viaje que, a pesar de que la distancia que separa ambos mundos es cada vez mayor, va perdiendo su carácter de huida para transformarse en un regreso; para muestra, la metamorfosis de Voss, cuyo endurecimiento exterior en el trato con sus compañeros -necesario para mantener el orden en la expedición, pero tal vez no imprescindible- parece compensarse con un relativo ablandamiento interior.
"Entonces se dio cuenta de que siempre había tenido un miedo terrible. Incluso cuando se encontraba en la cima de su poder divino, no era más que un dios frágil sobre un trono desvencijado, temeroso de abrir cartas, de tomar decisiones, temeroso del conocimiento instintivo que revelan los ojos de las mulas, los ojos inocentes de los hombres buenos, temeroso de la naturaleza elástica de las pasiones, incluso de la devoción que le había demostrado algunos hombres, una mujer y los perros."
La expedición se enfrenta a dos desiertos, a una especie de inhóspito gradual que hace que, cuanto más salvaje se vuelve el entorno, más difíciles se tornan las relaciones entre los expedicionarios pero, por contra, también se simplifican y convierten en más primarias, con lo cual todas pierden matices y tienen que plegarse al más primario de los principios, el de la autoridad. Autoridad que queda en cuestión cuando se produce la división del grupo: los que buscaban algo determinado, aunque eran incapaces de concretarlo, abandonan la expedición cuando se aperciben de que no obtendrán fruto alguno; los que no buscaban nada excepto ponerse a prueba, siguen adelante.
"Había empezado a apilar las cajas, que olían a madera fresca. Si solo se tenía en cuenta su fuerza física. Harry era un gigante. Y por un momento se sintió orgullosos de sí mismo. El ornitólogo, sin embargo, era bastante enclenque y, en comparación, insignificante. Mientras que la naturaleza animal del muchacho le permitía protegerse de la revelación mediante la fuerza física, el hombre se vio obligado a llevar sobre sus hombros la carga invisible del futuro impreciso que su alma había vislumbrado con aquella fugacidad."
Mientras tanto, la vida sigue en la ciudad y el tiempo transcurre con la placidez esperable cuando siempre va sucediendo lo esperado; en cambio, la expedición se sitúa fuera de la dimensión temporal, en un continuo en el que siempre es presente. El fin a medio plazo ha dejado de existir y el objetivo inicial de la expedición se ha olvidado: el plazo más largo lo constituye el mañana, y el único objetivo es sobrevivir.
"La noche se había disuelto en un vasto olvido. El gris había engullido la neblina verde de forma natural. Los hombres habían sido arrinconados contra las raíces del árbol, y cada uno contemplaba el rostro del otro con los ojos de un náufrago que divisa una balsa."
Todo el curso de la trama se sostiene mediante dobles tensiones entre elementos antagónicos, resueltos con una prosa meticulosa y febril; la mesura en el tratamiento de los diferentes escenarios, materializada mediante un procedimiento narrativo equitativo y cuidadoso y en absoluto moralizador -esta sería la gran diferencia entre el relato canónico de aventuras del siglo XIX y el escrito un siglo después-, convierte Voss en una novela literariamente extraordinaria.
"-Soy consciente, muy a mi pesar, de lo poco que he visto y experimentado de las cosas en general, y de nuestro país en particular -acababa de confesar la señorita Trevelyan-, pero me gusta pensar que lo poco que he visto es menos de lo que sé. El saber nunca ha sido una cuestión de geografía. Más bien al contrario, llena y desborda todos los mapas que existen. Quizá el auténtico conocimiento solo llegue con la muerte ocasionada por la tortura en la región de la mente."
Calificación: Hors catégorie

3 de diciembre de 2018

Los países

Los países. Marie-Hélène Lafon. Editorial Minúscula, 2018
Traducción de Lluís Maria Todó


INTRODUCCIÓN


Recepción de la autora


Marie-Hélène Lafon es una autora prácticamente desconocida en lengua castellana pero titular de una extensa obra narrativa que la ha hecho acreedora de multitud de premios literarios en Francia. Originaria de Aurillac, en el departamento del Cantal, una zona rural en la región de Auvernia-Ródano-Alpes, es hija de campesinos y se crió en su lugar de origen, en las tierras altas del Cantal, en Saint-Saturnin, hasta los 18 años, estudiando en dos instituciones religiosas. Accede a la Universidad de la Sorbona, donde se licencia en lenguas; en 1987 accede al profesorado y desde entonces enseña francés, latín y griego en diversos institutos de los alrededores de París y de la propia capital.


EL TEXTO


Generalidades


La relación de los campesinos con la ciudad, esa mezcla de miedo y fascinación, el menosprecio como mecanismo de autodefensa para sobreponerse a su evidente complejo de inferioridad, podrían ser, entre otros menos explícitos, los cauces por los que circula Los países (Les Pays, 2012), la octava novela de Marie-Hélène Lafon.


La materialización de esa relación corre a cargo de Claire, hija de una familia campesina del Cantal, que no ha salido del valle del Santoire y del internado para señoritas de Saint-Flour, un mundo que desaparece —su padre se lo repetía desde niña: son los últimos— y que, en su eclipse, parece destinado a sepultar tanto a sus habitantes como a una cierta forma de vida cuya duración, mirando hacia atrás en el tiempo, se hubiese dicho eterna. Ante su incapacidad para trabajar en el campo y sus aptitudes intelectuales, abandona ese mundo primigenio y condenado, agotado —la granja, «ese agujero en el fin del mundo»—, en busca de una escapatoria que intuye que le van a proporcionar los libros, es decir, el saber, gracias a una beca para estudiar Letras Clásicas en la Sorbona.


Este episodio central, alrededor del cual se estructura el relato —es el más extenso— es precedido por una primera visita, cuando niña, con motivo del salón de la agricultura, en compañía de su padre, que podría considerarse como un ensayo del traslado definitivo, la presentación de ese personaje que acaba siendo París: un territorio mítico en el que, forzosamente, deben tener lugar sorprendentes prodigios, y donde es introducida por unos parientes asentados en la capital, en el papel de precursores, de conquistadores, que ya han recorrido, por motivos inherentes a la época, el mismo trayecto que recorrerá la Claire adolescente.


¿Autobiografía o autoficción?


Otra cuestión a tener en cuenta, aunque sobrepase el análisis de los textos tomando en consideración únicamente su contenido y, debido a esta limitación, es posible que todo lo que pueda deducirse desde este punto de vista no sea más que pura especulación, es la relación de los hechos de los tres relatos con la biografía de los autores: una implicación directa en el caso de Bergounioux y Lafon, aunque su visión en conjunto de esa relación difiera en algunos puntos —podría decirse que el protagonista, y el narrador, en el primer caso, se parecen mucho al autor—; y solo tangencial —y que ha tenido que ser desvelada por el autor, porque no se induce del texto: parece que su relación con el deseo sexual tiene mucho de autobiográfica— en el caso de Michon.


El retrato Claire, en todo caso, es el retrato de Marie-Hélène, y la opinión de los contrarios a la elección vital de Claire deben tener mucho en común con los que censuraban a la escritora cuando de trasladó a París:


    «Con mujeres como Claire, que no querían cargarse con una familia, soportar un marido, unos hijos, y vivían en pisos atestados de libros, iban a los espectáculos o a ver pinturas en los museos, en París, en Austria o en Nueva York, en vez de criar niños y ocuparse de la casa, con mujeres como ella, que ganaban su dinero sin depender de los hombres, pronto llegaría el fin del mundo».

A diferencia de otros autores que han tratado en sus libros el traslado desde ese origen rural a la metrópoli, Lafon se refiere a ese período desde un futuro concreto, los cuarenta años, cuando la protagonista ha adquirido ya la suficiente perspectiva para analizar racionalmente lo que significó ese destierro —a diferencia de Bergounioux: es un Bergounioux adulto el que habla al lector, muchos años después de su evasión, pero la referencia al pasado es estática, se refiere a un momento en concreto—, sino que evoca el recuerdo del proceso de ese extrañamiento al mismo tiempo que tenía lugar.  


El origen: el contexto rural


El lugar de origen de la autora le proporciona, a lo largo de su obra, un escenario físico, un espacio, pero también, debido a su marcha a París, un espacio mental que es más temporal que físico: el del atraso de la región de origen y el de los impedimentos que va a representar para su realización personal. Todos estos ámbitos se traspasan, con muy pocas variaciones, a la mayor parte de sus novelas (consultar vídeo de su relación personal, como autora, no como personaje de sus novelas, con el medio del que procede).


Parece que Lafon insiste en la misma orientación que han transitado otros dos autores con cuya literatura tiene puntos en común, además de compartir localización geográfica de origen —la importancia de esta coincidencia queda pendiente de investigar—, aunque tanto la visión del campo como la de la ciudad difieren cualitativamente: en Bergounioux, el campo es sinónimo de atraso, de obstáculo, para el desarrollo intelectual y humano de sus habitantes; en Michon, el campo —en todo caso un campo muy concreto, el que rodea a la zona de yacimientos prehistóricos— es visto como una caricatura, un lugar que se rige por códigos arcaicos inalcanzables, aunque no indeseables, para cualquier ser civilizado; en Lafon es, simplemente, un escenario en tránsito hacia su desaparición del que es necesario escapar si se quiere aspirar a algo más de lo que puede ofrecer, pero también como quien escapa de un lugar a punto de derrumbarse para no sucumbir bajo los escombros; su relación con ese territorio no es solo geográfica —un lugar concreto compartido, unas coordenadas más o menos precisas— o etnográfica —unas costumbres, una forma de vida, unos requerimientos al medio y a las relaciones personales—, sino orgánica, casi simbiótica, es decir, inseparable, como formando parte de un conjunto que deriva su individualidad de su coherencia.


Posiblemente, la intensidad y la dirección de ese sentimiento hacia el campo, si se toma como escenario unitario, desde una visión capitalina, y se obvian las diferencias, en los casos presentes, del Corrèze, el Périgord Noir y el Cantal, pueden venir determinadas por la diferencia de perspectivas que ofrece el narrador: una primera persona inflexible y severa, con reproches explícitos y un tono casi documental en Bergounioux; una primera persona ajena al  medio, entre asombrada y desconcertada por las posibilidades que le ofrece, en una trama totalmente novelesca em Michon; y un narrador omnisciente en tercera persona cercano al punto de vista de la protagonista —¿se podría hablar de narradora? El hecho de que la protagonista sea mujer es fundamental, como queda claro a lo largo del relato, debido a la diferencia de consideración de la mujer en el mundo de procedencia de Claire, una discriminación de baja intensidad, que se suma a las dificultades inherentes a la vida en el campo por el solo hecho de vivir allí, sin diferenciación de sexos,  que tal vez solo se hace manifiesta, o lo hace en mayor medida, cuando se abandona ese medio— pero capaz de mantener la neutralidad.


Por otra parte, es sorprendente la neutralidad con que Claire trata a su lugar de origen; a pesar de estar siempre presente y de representar un pasado que se queda, inevitablemente, atrás, no siempre sale perdiendo en comparación con la capital y con un presente que se impone por simple presencia; dice la persona que narra que «el césped pulcramente segado del impecable [Jardín de] Luxemburgo no era hierba a sus ojos», pero Claire no sitúa el jardín en una posición de privilegio con respecto a los prados del Cantal, simplemente la presencia de uno le evoca la de los otros; el cerezo del jardín de la residencia de su profesor de griego le evoca al instante el arce de su granja, pero tampoco en esa ocasión el arce sale perdiendo, sino que, al contrario, su recuerdo se mezcla con las recientes clases de griego y le conecta con el patrono de todos los exiliados, el Ulises homérico: 

«Claire había pensado en el corral y en el arce que se alzaba junto a la fachada de la casa y llenaba de sombras en movimiento sus noches de verano en la pequeña habitación central forrada de papel floreado. También había pensado en Ítaca, en el regreso de Ulises, y en el lecho nupcial que construyó con el fuste de un vigoroso olivo».

El destino como extrañamiento: la ciudad


La ciudad ha actuado, a lo largo de la historia, como polo de atracción para los habitantes de provincias por su oferta de oportunidades no solo para aquellos que se ven espoleados por la ambición sino también para los que ven amenazado su sistema de vida en la provincia, opulenta pero balzaquiana al fin y al cabo. Pero el trasplante del campo a la ciudad no es  posible siempre porque la fuerza magnética de la tierra, sobre todo para el campesino, es inevitable; aunque, roto el hielo por la generación anterior e inoculado el veneno bajo la excusa del progreso o de la prosperidad, el trasvase de la generación siguiente parece inevitable.

    «[…] tenían menos de treinta años, cayeron en la cuenta, pues, supieron que no podrían vivir como habían vivido sus padres y los padres de sus padres y tantos otros antes de ellos. El viento de las ciudades soplaba, el mundo alrededor era extenso y empezaba a existir, en la televisión, en los periódicos, pero también en los papeles del banco, y los reglamentos las normas las primas los cargos, aquello se acababa, eran los últimos».

Para que esa mudanza sea provechosa, es imprescindible tejer una nueva red de relaciones que sirvan para la nueva situación, unos puntos fijos capaces de aguantar una caída desde una altura diferente y cualitativamente superior de la que se daba en la provincia, y con unos nudos capaces de formar una nueva malla. A pesar de ello, existe una amenaza permanente para el emigrado a la capital: la imposibilidad de asumir el fracaso en su empeño cuando se le ha concedido el papel de representante y depositario de la esperanza del clan familiar con respecto al progreso y al futuro. En todo caso, no solo cambia el marco de referencia, sino que los apoyos con los que siempre se podía contar han desaparecido; es cierto que pueden buscarse otros, pero su naturaleza —la incondicionalidad, la autoridad, la proximidad, la costumbre— será distinta.


    «Allá arriba habían empezado a segar, si el tiempo era bueno; cada vez empezaban más pronto; en ninguna granja, o casi, ya nadie se cuidaba de rastrillar en los rincones y recodos, avanzaban sin preocuparse de los detalles; ya nadie esperaba, como había hecho el padre, a que los niños salieran del colegio, los últimos días de junio, para atacar el trabajo rudo, la auténtica siega del heno, después del aperitivo, el ensilado, que se practicaba lo más tarde a mediados de junio en cuanto la hierba estaba preparada y el tiempo era más o menos el adecuado. En el parque de Luxemburgo, bajo las frondosidades galantes de aquel jardín urbano que ella estaba descubriendo, Claire pensó en eso. No tanto en los de allí, los que estaban atrapados en las redes de las grandes tareas estacionales, como en las cosas en sí, en el arce del patio, el río, la hierba, la hierba sobre todo antes de que la sieguen ellos, el padre o el hermano, la hierba como oleaje flexible».

El shock que sufre Claire en el segundo capítulo, dedicado a su estancia universitaria, se manifiesta en multitud de ámbitos; en el privado, en el personal, Claire tiene una apariencia tosca, con marcas en la piel que le ha dejado la protección contra el sol cuando trabajaba los veranos en el prado, no viste los pantalones ajustados y los colores vivos que visten esas criaturas extrañas que son sus colegas de Facultad. La misma Sorbona, la entidad casi metafísica, para la visión provinciana, es un lugar en el que se siente ilegítima, intrusa, no solo porque siente que no pertenece al mismo grupo que sus compañeros, sino también porque, a pesar de no avergonzarse de hablar de su mundo de origen, no es capaz de traducirlo al lenguaje de la rive gauche.

Esta situación puede facilitar la asimilación del foráneo, previa renuncia expresa y explícita a su pasado, pero también puede redundar en su  desarraigo progresivo, en la pérdida de los referentes campesinos, más por dejación involuntaria que por empeño propio, en la amputación del marco vital del pasado, en la disolución del nexo físico y mental, en el alejamiento del núcleo familiar, que va perdiendo influencia a medida que su presencia se hace esporádica, y de las aspiraciones de la niñez, abandonadas con el cambio de residencia y canjeadas, a la fuerza, por otras socialmente más elevadas, pero cuya persistencia, aunque olvidada, consigue traerlas al presente cuando las nuevas se muestran esquivas o, a lo peor, imposibles de alcanzar.


    «En la madriguera de las ciudades las cosas tienen un lugar, el territorio del interior está bajo control. El mundo enorme palpita en sus alrededores, golpea y bate al otro lado de las ventanas, de la puerta, de las paredes, del techo, del suelo».

En su caso, hay una serie de personajes que actúan como catalizadores para la  estabilidad de Claire: el profesor de griego, un Prometeo que le consigue el fuego del conocimiento pero también un Zeus patriarca de su «agitada» familia, la personificación del mito, junto con un lugar no animado pero no menos trascendental: la biblioteca, el depósito de la cultura, el lugar, inaccesible a los no iniciados, que concentra todo el saber, el oráculo; Alain, el paisano; Lucie, la brillante compañera de estudios, con la que establece una hermandad tan improbable como indestructible; también algún que otro personaje que el narrador cita como de paso, sin detenerse, lo mismo que hace, por cierto, y en esta ocasión sin ninguna justificación, con el marido de Claire, de cuya existencia nos enteramos también como por casualidad, como si se tratara de un episodio irrelevante.

Tal vez una de las preguntas que el lector puede plantearse es si Claire desea realmente deshacerse de esos campos y esos prados que sus colegas de la universidad son incapaces de distinguir, de ese pedazo de tierra que la modeló, quizás más lejos en el tiempo que en el espacio. La respuesta no es fácil ni manifiesta, pero Lafon incluye dos elementos que parecen negar el carácter lineal de la historia, ese que va del pasado al futuro sin posibilidad de regreso: el primero, el empleado de la biblioteca de la Sorbona, originario de la región del Cantal —al que Claire califica como país: «Claire tenía un país»—, que le hace revivir, a través de su voz pétrea y su forma de hablar, sus sensaciones enterradas, «el aire crudo de las tierras de la infancia», pero que también representa el momento en que se ha extinguido la posibilidad de retorno, la confirmación nde que Claire ha decidido ser parisina con todas las consecuencias, de darse cuenta de que ya no siente nostalgia; y también ese carácter como circular del relato, que comienza y termina con una bella evocación del padre de Claire, un granjero inmutable, en su viaje anual a París: al principio, Claire le acompaña, de niña; al final, como completando el viaje circular, Claire le acoge en su piso parisino, a la edad de cuarenta años; lo que le ha sucedido durante esos veinte años a Claire es el material a partir del cual genera su relato, pero también forma parte de ese mismo relato lo que no le ha sucedido a su padre. 

En todo caso, cuando Claire decide que su traslado a París es definitivo, inicia un proceso de adecuación consistente en que todo aquello que la maravilla, que la excita, que la admira, debe perder su carácter de excepcionalidad y pasar a convertirse en rutina; todas aquellas conexiones que estableció para identificarse con su nueva ubicación, esos objetos de comparación mediante los cuales cualquier situación parisina remite a una semejante en el Cantal —la hierba del Luxemburgo con la de sus prados del Cantal, los árboles del patio del hospicio vecino de su habitación con los de los bosques que delimitan los campos en el Santoire— deben desaparecer; y lo hacen porque esas referencias se van perdiendo y toma su lugar lo experimentado en sus primeros días en París, los recuerdos de esa Claire niña con que empieza el relato, como si la referencia recordada fuera avanzando en el tiempo y se acercara al presente, en un intento inconsciente de olvidar —o, al menos, de dejar de tener en cuenta— el pasado freudianamente —y solo freudianamente, es broma— castrador. Personalment, ese distanciamiento paulatino se refleja en sus viajes estacionales al Cantal, mediante los cuales se convierte de la aborigen que regresa a la tierra de sus antepasados a la extranjera desvinculada de visita.

El proceso se cierra de forma circular, definitivamente, cuando la adaptación de Claire ha concluido, cuando el extrañamiento ha desaparecido, pero es reproducido por la visita anual de su padre, acompañado por su sobrino, de la misma o una edad parecida a la suya cuando su padre la trajo por primera vez a París; pero con una diferencia primordial: el lugar en que se halla ahora Claire está separado del de su padre por una brecha irreparable.

La Claire de la que habla el narrador y cuyo punto de vista adopta en el capítulo final es una Claire madura que sigue viviendo en París porque es su elección, trabaja y escribe porque, por fin, ha sido capaz de transgredir su lugar de origen para poder hablar de él con amor y con lealtad, pero sin nostalgia, con el convencimiento de que, igual que supo descifrar el lenguaje de su país natal, su «coto privado», cuando estuvo allí pero también desde París, es decir, supo darse cuenta de lo que significaba, ahora también podía hacer lo mismo con el lenguaje de su «país de adopción», el de la capital, porque ambos tienen un marco de referencia distinto: el espíritu de las épocas respectivas.

«Respira la ciudad bulliciosa, su segunda piel, huele el aroma familiar que no acaba de desentrañar; está todo amontonado, máquina y carne, engranajes y sudor, alientos agrios y perfumes cansados sobre polvo grasiento, es animal y mineral al mismo tiempo; está en el lado sucio y ella se hunde en esta sustancia viscosa, ocupa su lugar encajada en el flujo»

El país y los países


Más de veinte años después de su establecimiento en la capital, Claire, más allá de la cuarentena, efectúa el repaso de su vida desde la niñez hasta la actualidad, que ha consistido, sobre todo, en relacionar etapas, lugares y experiencias; ese proceso se desarrolla en tres etapas, que coinciden con los tres capítulos del libro: Claire niña que visita París por primera vez para acudir al salón de la agricultura; Claire adolescente y alumna de la Sorbona; y Claire adulta, profesora de lenguas muertas. Cuando descubre la capital, el contexto de Clara eran dos países, en principio, los del título, dos ubicaciones geográficas, dos espacios, la provincia y la capital, el Cantal y París, pero cada uno de ellos presenta tres facetas distintas, que corresponden a las tres edades de Claire: tres París, el desconocido de la niñez, el cómplice de la adolescencia, y el habitual de la madurez; tres Cantal, también: el sentido como lugar propio, el que se abandona, y el que no representa más que una anécdota de un pasado que se recuerda con amor pewro sin nostalgia. Pero esa larga y definitiva —al menos en el tiempo que abarca Los países— estancia desvela más componentes de esa distinción: tres países que pueden ser también tres tiempos, la infancia rural, la juventud estudiantil y la madurez capitalina; e incluso tres cuerpos: el cuerpo de la niña, psicológicamente inexistente para su poseedora; el de la joven provinciana que se establece en París, con el correspondiente zarandeo hormonal, y el de la mujer madura, divorciada y sin hijos, asentada en la ciudad; todos ellos han ayudado a configurar esos países que superan el ámbito geográfico y se han convertido en países mentales que pueden provocar un fenómeno de disociación cognitiva que Claire —y quizás también Marie Hélène, pero eso sería mera especulación— intenta remediar a través de la escritura.


    «Claire escuchaba a Alain —el paisano archivero de la biblioteca—, opinaba y daba la réplica, sorprendiéndose al encontrar en sus modos de decir unos giros cuyo uso ya había perdido en su vida nueva y segunda; pero sentía, más que saber, que algo se había perdido, había sido abandonado, algo que no remitía al luminoso paraíso de las infancias; no existía paraíso, de las infancias nos escapamos; en ella, en su sangre y bajo su piel estaban infusas unas impresiones fuertes que formaban paisaje y componían el mundo, eso lo tenemos dentro, había que ampliar la vida, ganarla y ampliarla gracias a la mediación única y muda de los libros».

Lafon utiliza una cita del Diario de Eugène Delacroix —el pintor; una referencia llamativa— como epígrafe de su novela: «Nous ne possédons réellement rien; tout nous traverse» —«En realidad no poseemos nada; todo pasa a través de nosotros»—, mejor que el «todo nos atraviesa» de la traducción. En este sentido, sería posible considerar —tal vez ese es el deseo de Lafon, ya que incluye el epígrafe— Los países como en relato de una travesía entre países, teniendo en cuenta la polisemia expresada con anterioridad —países geográficos, pero también tiempos, cuerpos, incluso medios sociales— que excluye, una vez el proceso se ha completado, el dolor por haber dejado algo de sí en el lugar que se abandona, la traición, porque el pasado que fue aún presente para sus padres pero no ha podido serlo ya para nadie más no puede recuperarse, y la venganza, porque no hay nada que recriminar —si acaso, solo que agradecer— a un mundo que ha dimitido, que se ha vuelto indiferente; en definitiva, dolor, traición y venganza no acaban poseyendo a la protagonista, simplemente, pasan a su través.

La forma


La sombra de Balzac es alargada y su influencia en la literatura francesa, y particularmente en la novela de corte realista, se ha mantenido desde hace más de doscientos años. Formalmente, su narrativa, extensa en número e intensa en pasión y se diría que tiene pocos puntos en común con la literatura de Lafon y con Los países; sin embargo, a medida que avanza la acción, el rastro de Balzac, al que la literatura debe la caracterización canónica del provinciano en París —sus Escenas de la vida en provincias—, de las relaciones entre este y el habitante capitalino y el estatuto de ese relato como tema literario, se va haciendo más presente y acaba por iluminar la totalidad del cuadro pintado por Lafon que, más que una parodia, acaba constituyendo un homenaje que la autora utiliza en la parte central de la novela, cuando la acción parece requerirla.


Tal vez Balzac esté presente también en la viveza del tono —no aparecen ni manifestaciones desmesuradas, ni censuras severas, ni declaraciones rimbombantes; se diría que todo el relato tiene una modulación tenaz, constante, pero sutil— y en cierto grado de humor sutil apoyado en detalles anecdóticos de escenas minúsculas que acaban ejerciendo más influjo sobre el lector —podría hablarse de interés, sino esa palabra no tuviera la acepción económica— que los grandes escenarios de odio o de venganza.

«Tal afluencia de libros, reunidos en el mismo lugar, eventualmente en varios estantes, la privaba de todo discernimiento; era demasiado de todo, y a la vez, de un solo golpe. Los libros que no había leído, aquellos que nunca leería jamás, y aquellos, pérfidos sobre todos, que ya debería haber leído, en los lejanos años de su primera vida».

Lafon despliega una prosa ramificada y envolvente, con ausencia de diálogos, que avanza en pos de los personajes que, además de protagonizar los diversos episodios, son utilizados para caracterizar situaciones relacionadas con la trama de forma directa o que cumplen su función ampliando la información proporcionada por la autora; un encadenamiento no tanto causal como posicional que más que describir, expone, y en el que los hechos pierden sus diferentes grados de preponderancia para presentarse en toda su amplitud en una sucesión ininterrumpida de cuadros. Párrafos interminables, con apenas puntos y aparte, que parecen dudar sin concluir, merodear por suelos inseguros en busca de la frase conclusiva, que se resiste o que, con frecuencia, no aparece nunca; una estructura de la frase que recuerda a la comunicación verbal —cuando hablamos solo hacemos comas—. Esa alteración de la puntuación —ausencia de comas en oraciones enunciativas, de pausas que requerirían un punto y coma o punto y seguido— para que la frase conserve un ritmo determinado, una musicalidad muy flaubertiana —«hay que leer lo escrito a gritos» para asegurarse de que se conserva el ritmo de la frase, como le aconsejaba el propio Flaubert a Louise Colet— que se pierde, o sufre cambios irreparables, en la traducción; no hay que olvidar que Lafon es una flaubertiana confesa —el panfleto Flaubert forever, publicado en castellano por la misma editorial Minúscula que Los países, sería su distintiva declaración de principios— y que Claire ha hecho de Un Coeur simple su «breviario absoluto, tanto más absoluto y tanto más breviario cuanto que aquella lectura inaugural se cumplió un domingo, en papel biblia, en un volumen que se parecía más a un misal que a las ediciones de bolsillo de segunda mano con las que se conformaba» y llora cada vez que lo lee..


Se trata de una prosa sin duración en la que el tiempo es un elemento accesorio, pues pasado y presente se muestran de forma simultánea como si el conjunto de relaciones que los conectan fueran exclusivamente de forma biunívoca, cuando el pasado es capaz de influir de forma inevitable en el presente deja de ser pasado para convertirse en parte del mosaico existencial inscrito en un solo plano, el que configura ese presente continuo que denominamos hoy.

28 de noviembre de 2018

Un vespre al paradís

Un vespre al paradís. Lucia Berlin. L'Altra Editorial, 2018
Traducció de Josefina Caball
"El cas és que, si hagués d'explicar la història de la Lucia, fins i tot des del meu punt de vista (objectiu o no), s'entendria com a realisme màgic. És impossible que ningú s'arribi a creure la seva història." Del pròleg "La història és el que compta", de Mark Berlin, fill de Lucia.
Després de la sorpresa que va representar la publicació del recull Manual per a dones de fer feines (A Manual for Cleaning Women, 2015), aquest 2018 han aparegut vint-i-dos contes més de Lucia Berlin -sembla que s'han rastrejat un total de setanta-sis contes publicats en vida de l'autora- aplegats en un altre recull, Un vespre al paradís (Evening in Paradise: more stories, 2018). Més llenya al foc, doncs, mentre esperem la traducció de Welcome Home, el volum que inclou, a més de documentació vària, les memòries -ara sí- en les que estava treballant Lucia Berlin quan va morir, l'any 2004.

El lectors que vam disfrutar de la fascinació del seu primer llibre pòstum tenim un altre motiu d'alegria perquè els contes d'aquest recull no són restes de sèrie ni la seva publicació ha estat el resultat d'una hàbil operació comercial: tota la Berlin que hi havia al Manual hi està present i, a primera vista, la qualitat dels relats no desmereixen de cap manera els inclosos a l'antologia prologada per Lydia Davis -tot i que jo hagués triat per donar-li títol el conte "A vegades a l'estiu", un relat extraordinari que, tot i la seva mesura, com sempre amb la Berlin, deixa el lector sense alè-; en especial, els que fan referència a la infantesa de la protagonista  barregen una sensibilitat impressionant amb una profunditat psicológica d'una certesa espaordidora. Tota una geografia real -les històries estan ubicades a llocs tan remots, variats i descentrats com Santiago de Xile, Manhattan, Mèxic i Oakland- que va aparellada amb una igualment variable geografia humana, però amb un centre permanent: les seves protagonistes que, preses com a conjunt, no solen estar gaire lluny de la seva pròpia persona. 


Segueix la precarietat vital de les protagonistes dels relats, que continuen amb l'aire d'autobioficció present a la totalitat de la seva obra, igual que segueix la seva mirada, alhora lúcida i innocent, el vital sentit de l'hum+or i una intel·ligència notable. Però el que destaca, sobretot -i això és el que fa a Berlin diferent- es una veu narradora que aconsegueix fer compatible la negror amb l'afabilitat, l'angúnia amb l'esperança, la sordidesa amb la generositat, la lletjor amb la bellesa, la vida ordinària amb l'exemplaritat, la possessió amb el despreniment, la perversitat amb la benevolència i l'espontaneïtat amb la versemblança.

"De vegades, al cap dels anys, mires enrere i dius això va ser el començament de.. o bé, que n'érem de feliços llavors... abans de... després de... O penses tornaré a ser feliç... quan hagi... si nosaltres..."
Qualificació: *****/*****

26 de noviembre de 2018

Vorrh. El bosque infinito

Vorrh. El bosque infinito. Brian Catling. Ediciones Siruela, 2018
Traducción de Pablo González Nuevo
"A veces pensaba que la realidad era una quimera de su propia creación, el producto de un sueño que ahora lo eludía continuamente."
Tras la muerte de su esposa y después del cumplimiento de algunos extraños rituales con su cadáver, Unodeloswilliams, el protagonista de la historia -y le adjudico ese papel porque es el único personaje referenciado con voz en primera persona del relato-, emprende un viaje iniciático con el objetivo de atravesar un bosque, el Vorrh, sobre el que pesa la leyenda de de inviolable. Unodeloswilliams, el nombre con el que es conocido por los aborígenes, posee un pasado oscuro condicionado por su deserción del ejército inglés. El escenario principal de la novela, compartido con los Estados Unidos de América y la metrópoli londinense, es un país africano recién descolonizado tras las Guerras de Posesión en el que aún conviven la civilización europea, representada por los supervivientes blancos, dueños de la gran compañía maderera que explota el bosque, y los habitantes originarios, de raza negra, cuya relación con el bosque se sitúa entre la indiferencia y la superstición. 

Pero el verdadero protagonista de la novela es el Vorrh, el bosque, como encarnación de lo desconocido, el misterio que el hombre no ha podido desentrañar, el enigma que ejerce su poder hasta que pueda ser desvelado; pero también el último reducto de la resistencia nativa  frente al omnipotente poder de la metrópoli, un mecanismo de defensa ante la posibilidad de invasiones indeseadas, pero con una autonomía que no acepta órdenes de nadie, y ni siquiera los aborígenes obtienen un trato especial, aunque pueden aprovecharse de su poder como colectividad si el objetivo es común. El bosque tiene un significado distinto para cada individuo que intente atravesarlo, como también son distintas las pruebas a las que se verá sometido, pero todo el que se enfrente a su travesía deberá arriesgarse a padecer su efecto más doloroso -que es, también, su sistema de protección frente a las amenazas del exterior: el drenado de su alma y borrado de sus recuerdos.

Vorrh. El bosque infinito (The Vorrh, 2012), primera parte de la trilogía The Vorrh, que se completa con The Erstwhile: The Vorrh II (2017), y The Cloven: The Vorrh III (2018), podría adscribirse con facilidad en el género de la literatura fantástica, pero esta clasificación pecaría de simplista teniendo en cuenta la complejidad de la trama, formada por episodios aislados en apariencia de la acción principal, y el ambiente mítico, fundacional, que mezcla elementos, ideas y clichés de la fantasía épica con ingredientes de la ciencia-ficción contemporánea y con la aparición de hechos y personajes históricos directa o colateralmente relacionados con la acción: aparte del mismo Vorrh, el bosque imaginario aparecido en Impresiones de África, deambulan por la narración el propio Raymond Roussel, perfectamente caracterizado; William Gull, el médico inglés a quien la leyenda ha atribuido la autoría de los asesinatos adjudicados a Jack el Destripador; Sara Winchester, la heredera del imperio del inventor del rifle; y Eadweard Muybridge, el fotógrafo inventor del zoopraxiscopio. Todos esos elementos, y las combinaciones entre ellos ideadas por Catling, hacen de la lectura de Vorrh una experiencia extremadamente gratificante, esas que sustituyen la voluntad de seguir leyendo por la necesidad de seguir leyendo.

Calificación: *****/*****

23 de noviembre de 2018

Diario de París 2018 IV

"Siéntese, por favor"

Una de las cosas que sorprende viajando por Francia en motocicleta es la consideración extrema de la mayoría de conductores con respecto a las normas de circulación -uso de los intermitentes, respeto a las distancias de seguridad, consideración a las preferencias-, a las velocidades máximas y, en general, a la cortesía de los automovilistas hacia los motoristas. He comentado este hecho con otros conductores de moto o con peatones, y la opinión general es que los importes de las multas de tráfico y las condenas por conducción indebida deben ser más disuasorios que en otros lugares; yo, en cambio, tiendo a pensar que ese comportamiento tiene una raíz más profunda que no tiene nada que ver con las restricciones sino con la educación.

Conducir por las calles de París se parece mucho a hacerlo en cualquier capital superpoblada, con un parque de automóviles excesivo para lo que podrían soportar las infraestructuras ciudadanas; una red de vías no diseñada especialmente para los automóviles, sobre todo en sus calles de trazado antiguo; y la existencia de unas horas punta de circulación que hacen del caos su estado habitual. Sin embargo, existen algunas condiciones que distinguen el movimiento por París en automóvil de lo que sucede en otras ciudades: la existencia de una red importante de carriles exclusivos para bicicletas y el respeto de la mayoría de los automovilistas por los ciclistas; el numeroso parque móvil de motocicletas, que disminuyen la densidad de tráfico; el respeto absoluto de los conductores por los semáforos y las preferencias; y, en cuanto a los peatones, la existencia de multitud de zonas exclusivamente peatonales; la restricción, en las calles de menos de dos carriles, para los automóviles, de circular a menos de 30 Km. por hora; y los semáforos de preferencia peatonal, en los que la luz para el conductor siempre está en ámbar porque el peatón siempre tiene preferencia. Parece, pues, una cuestión más relacionada con la educación que con las sanciones. 

Pero limitar esta cuestión al tráfico no justificaría mi aseveración anterior; hay otros ejemplos en los que sustentarla.

Sorprende, y más a los fumadores, la casi nula cantidad de colillas en las calles; y es que todas las papeleras, varias por cada tramo de manzana, tienen un suplemento metálico para apagar el cigarrillo y un pequeño depósito para dejarlo una vez apagado. La mirada que me lanzó una parisina cuando me vio tirar una colilla me advirtió, sin decir una palabra, de lo inadecuado de mi conducta; por supuesto, hice uso, en lo sucesivo, de las papeleras, y cuando no había ninguna a mano, apagué el cigarrillo en la acera y guardé la colilla dentro del propio paquete de tabaco.

Los restaurantes parisinos son el ejemplo más claro de cómo gestionar el espacio: en general, pero  particularmente los situados fuera del núcleo turístico de la capital, suelen estar ubicados en locales de medidas reducidas, pero ello no es óbice para que el número de mesas que mantienen parezca inviable, si no fuera porque las distancias de separación entre ellas casi nunca supera los 20 cm. En esas condiciones, se agrupan en locales bastante pequeños tal cantidad de comensales que uno esperaría un nivel de ruido alarmante, pero nadie habla por encima del volumen necesario para que sus acompañantes puedan oírlo, lo que redunda en beneficio de las conversaciones del resto de las mesas y en un ambiente bullicioso pero para nada molesto.

La conducta de los viajeros en transporte público se distingue también de forma notable de lo que estamos acostumbrados al sur de los Pirineos: el orden absoluto y respeto a las preferencias para bajar y subir; la colocación junto a los pies de mochilas y carteras y el levantarse de los asientos plegables cuando los vagones se llenan por encima de la que parecería su capacidad habitual; el relativo silencio -me refiero a las conversaciones a través de teléfonos móviles, a los mensajes de voz emitidos y recibidos, a las conversaciones hormonadas de las pandillas de adolescentes y a la música sin auriculares- de un lugar tan concurrido sorprende a los habituados al transporte público en España, pero lo que me fascinó de veras fue la facilidad con que cualquier viajero -en mi caso, un adolescente de raza negra, gafas de sol tamaño máscara y auriculares más grandes que su cabeza- cede su asiento al pasajero con la movilidad reducida o, simplemente, de más edad.

Los habitantes de la península padecemos de un inefable complejo de inferioridad con respecto a lo extranjero que hace que nuestra visión de todo lo que está más allá de nuestras fronteras se nos aparezca profundamente sesgada; y todo parece indicar que ese sentimiento se acentúa con la proximidad. La antipatía hacia lo francés es paradigmática -ser afrancesado era casi un delito en tiempos de Jovellanos-, tal vez debido a la envidia inconsciente de haber menospreciado a nuestros Ilustrados, por habernos perdido la Revolución, o acaso por la invasión de la armada napoleónica que dio lugar a una guerra que, haciendo uso de la inquina más cateta, no dudamos en calificar de independencia. Esa antipatía ha sido, desde antiguo, una de las razones por las que siempre se ha considerado a los franceses los seres más groseros, desagradables, descorteses y maleducados del orbe; y tal vez no faltara razón al que, con una moderación que excluye esas descalificaciones, se haya visto algo menospreciado por su origen peninsular, pero esta situación, vivida en propia carne en los años 80 del siglo pasado, ha ido cambiando con el paso del tiempo, y en la actualidad el viajero es tratado en igualdad de condiciones -a menudo, con corrección; extraordinariamente, con excelencia o con displicencia- con independencia de su origen; el parisino contemporáneo no hace ninguna distinción a la hora de pronunciar sus "por favor", "disculpe", "muchas gracias", "no hay de qué", "¿me permite?"; es más, los pronuncia con una frecuencia que en nuestro país, dependiente del turismo y baluarte del gracejo y la simpatía, es desconocida.

Y no es por miedo a las sanciones porque en Francia no existen las multas por tirar una colilla en plena calle, por dar alaridos en una aglomeración, por no ceder el asiento en el metro, ni siquiera por ser grosero; todo parece indicar que algo que tiene que ver con la educación se gestiona mejor en el país vecino que a este lado de los Pirineos.

21 de noviembre de 2018

Diario de París 2018 III

Banderas y otros trapos o dónde se encuentra la identidad



Siempre me ha llamado la atención la relación de los franceses con su bandera, sobre todo cuando se intenta correlacionar con lo que sucede en otros países, por ejemplo, con España o con las diversas así denominadas identidades nacionales existentes en el territorio español. Es muy común que cualquier edificio oficial, por pequeño e insustancial que sea, luzca al menos una tricolor, y que en festividades relacionadas con la República pero también en otras de signo político menos nacional, la bandera forme parte inseparable de la celebración.

Mi viaje a París coincidió con la celebración del Centenario del Armisticio que dio fin a la Primera Guerra Mundial. El día 11 de noviembre gran parte de los mandatarios -esos que se autodenominan líderes- mundiales se dieron cita en la capital para llevar a cabo la conmemoración oficial del cierre del conflicto; se dieron discursos, se hizo un amago de desfile militar y un homenaje al pie del Arco de Triunfo. Gran parte de la ciudad estaba literalmente tomada por la Gendarmería y el Ejército y algunos de los monumentos cerrados por motivos de seguridad. No es extraño que la conmemoración tuviera lugar en París, pues Francia fue tal vez el principal escenario del conflicto y el que sufragó con más muertos la factura de la contienda, y que toda la ciudad luciera, uno diría que con algo parecido al orgullo, la enseña común a la mayoría de los franceses.



El paisaje urbano ese 11 de noviembre estaba pues dominado por los cuerpos de seguridad, no tan solo presentes sino muy visibles, pero cuando la reunión de mandatarios había llegado a su fin, quedaron una serie de restos de celebración que son los que provocaron, por el contraste mencionado con anterioridad, mi desconcierto. No solo el Ayuntamiento, el impresionante Hôtel de Ville, lucía el azul, blanco y rojo en sus fachadas, sino que también todos aquellos edificios públicos con cierto valor arquitectónico estaban iluminados con la tricolor.  Mientras la bandera francesa se mostró omnipresente en la celebración oficial, en la Plaza de la República, el Pole de Renaissance Communiste en France convocó una manifestación contra el imperialismo -Donald Trump fue uno de sos asistentes a la conmemoración- que, por cierto, acabó con cargas policiales, en la que la mayoría de banderas eran rojas con la hoz y el martillo, pero también había presencia notable de banderas de Francia. ¿La misma enseña para la cumbre del imperialismo global y para la revolución que quiere acabar con él? Pues sí, la misma.



No quiero especular acerca de ese hecho; ni tengo la capacidad para hacerlo ni dispongo del tiempo que debería dedicarle para llegar a conclusiones fiables; pero mi primera impresión relaciona, casi involuntariamente, esa identificación con un símbolo, el "trozo de tela triste" de Chicho Sánchez Ferlosio, con el hecho de que ninguna facción se haya apropiado con la suficiente solidez de esa bandera como para hacerla extraña a la gran mayoría de ciudadanos. Una bandera, por cierto, cuyo origen fue la Revolución de 1789 y que, paradójicamente, une los colores de la enseña de la ciudad de París, el origen de la Revolución, el azul y el rojo, con el blanco de los Borbones que la propia Revolución desbancó. Pero en Francia no tuvieron una dictadura como la española, que se apropió de la enseña, provocando el rechazo de gran parte de la población hacia el símbolo; ni, en otro orden de cosas, un grupo de burgueses acomodados en busca de promoción personal, los que llevan años apropiándose de la bandera catalana hasta que consigan hacerla extraña a una parte considerable de la población del principado.

Aunque tal vez el origen del sentimiento de identidad no sea una bandera, sino que se funde en otros hechos no tan simbólicos pero más convincentes. Durante los primeros años de este siglo, el Estado francés colgó en todas las escuelas de París que ya existían en los años 40 del siglo pasado un placa de homenaje a los alumnos "nacidos judíos" deportados y asesinados por los nazis durante el exterminio -y reconociendo, de manera pública, la responsabilidad del régimen colaboracionista de Vichy, una parte del Estado francés de la época-.


Al mismo tiempo que en los Campos Elíseos tenían lugar los fastos protagonizados por la República, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, inauguraba, en el muro exterior del Cementerio de Père Lachaise, un homenaje a todos los parisinos fallecidos durante los años de la Primera Guerra Mundial, detallando nombre y apellido y año del fallecimiento; un listado ejemplar casi cien metros que sobrecoge el corazón más pétreo y emociona al más insensible.



Todo ello lleva a a uno, refractario por principios tanto a los símbolos como a las identidades colectivas, a pensar que tal vez las filiaciones comunitarias y las banderas no tienen nada que ver con el lugar de nacimiento o con supuestas -o, directamente, inventadas- razones históricas sino con la identificación con los hechos palpables de quienes tienen en su mano agitar ambas cosas. Me parece que esta es la razón por la que cada vez que visito Francia me siento más francés, y cada día que vivo en España y en Cataluña menos español y menos catalán.