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19 de enero de 2026

La espada del caballero Descartes. Jean-Paul Michel sobre Pierre Bergounioux


 

«Mientras la mano de Pierre Bergounioux sostenga la pluma, la «literatura francesa» continúa».

Jean-Paul Michel (1948) es un escritor, crítico y editor francés, fundador de la editorial William Blake & Co., autor de una cincuentena de títulos, fundamentalmente de poesía, unido a Pierre Bergounioux —sobre quien dirigió un Carnet de l'Herne— por una prolongada  amistad personal y por compartir origen.


La espada del caballero Descartes


Jean-Paul Michel


El precio que habrá tenido que pagar René Descartes para conseguir, ya en la madurez, el tiempo libre ininterrumpido que requiere el estudio (Une chambre en Hollande, el exilio), Pierre Bergounioux lo habrá satisfecho al no haber abandonado casi nunca, a lo largo de su vida, su mesa de escribir con la discreción que conocemos, a seis leguas de París. Esta forma de lidiar con la vida habrá dado amplitud y continuidad a una obra que, muy pronto se dio cuenta, requería ese retiro: «La rica vida social, el gusto por la conversación, si uno no tiene cuidado, no permiten trabajar como se debe, (...) sin interrupción, solo». No se observa en él la menor huella de arrepentimiento, en este asunto, respecto al camino elegido: ni remordimientos, ni desfallecimiento, ni ausencia de sí mismo.

Todo aquel que haya probado la sustancia exquisita de esa obra ya no podrá confundirse. Pertenece al orden de esas realidades a las que nada puede dar acceso con exactitud si no es la práctica directa, personal, persistente.


Ninguna «presentación» podrá «presentar» jamás ninguna obra con la suficiente integridad como aquella con que la obra se «presenta» a sí misma. Lo que una obra dice, exactamente, no podrá decirse jamás de ninguna otra manera. «Para saber a qué sabe una pera —escribe Hegel— hay que morderla». Por eso necesitamos obras de arte: exigen, por nuestra parte, el sabor de la experiencia, cuando no la audacia de una aventura.


Formulemos el deseo, esta noche, de que todo el mundo acuda a la obra de Pierre por lo que es, con el fin de tomar posesión real de ella, por cuenta propia: cincuenta y cuatro títulos, alrededor de dos tercios de relatos, un tercio de ensayos críticos, a los que hay que añadir las más de dos mil páginas de los Carnets (que sin duda son aún más pesados); la unidad de tema, de tono, de medios, de objetivo, de uno de esos grandes conjuntos, tan característicos de la historia de las letras, en Francia, desde Montaigne, donde el estilo define al pensamiento y el pensamiento, el estilo.


Esta unidad se aprecia en la dimensión memorialística de la obra: desde los más pequeños acontecimientos de la vida cotidiana hasta el aliento de la gran Historia; la pluma obedece a una única máxima, la plasmación escrupulosa de los hechos sentidos: «Yo estuve allí. Tal cosa (…) sucedió».


Pierre Bergounioux, un niño de Corrèze, quiso ser testigo del fin de la sociedad rural tradicional, que, lentamente estructurada por las revoluciones culturales sucesivas desde el Neolítico, llegará a su fin ante nuestros propios ojos, en apenas una o dos décadas, a principios de los años sesenta, liberando de su anticuado apego a la gleba al sesenta por ciento de la población del país. La generación a la que se prometieron las aventuras abstractas de la existencia urbana, el trabajo asalariado y las disociaciones del concepto aplicadas a todos los aspectos de la supervivencia. Hablará de la sorpresa, del entusiasmo y, enseguida, del dolor que le causó.


El relato de convulsiones tan considerables, efectuado con semejante nivel de información, ya tendría valor sociológico, incluso si Pierre no hubiera elevado, en un solo movimiento, estas empresas del saber al registro de la obra de arte: la gracia y la certeza de un movimiento que empareja lo verdadero y lo bello; la delicadeza de las inflexiones y la solidez de las referencias; la precisión del léxico del saber especializado convocado en cada página prestando apoyo a la hermosa energía del impulso moral: la unidad de lo subjetivo y lo objetivo, el gran estilo.


Si la historia y la sociología han encontrado, sin lugar a dudas, en Pierre Bergounioux un testigo digno de confianza, la literatura habrá, con la misma seguridad, en cuanto a estas aventuras del conocimiento, ganado un Maestro. Lo que podría no haber sido más que una constatación desligada de los hechos se ha encontrado coloreado, improbablemente, con todas las luces de un sol activo, cargado de potencial, irradiando enérgicamente en el orden del deslumbramiento de lo bello, así como de las esperanzas de una vida más grande.


En beneficio de cualquiera que se planteara el proyecto de producir la verdad de «lo que es» con la pluma en la mano, Ponge reiteró, en su Malherbe², en 1965, esta observación tan adecuada para desalentar a los talentos con recursos insuficientes: «Para que un texto, ya lo he dicho una vez, y se me perdonará que me crea en el deber de decirlo de nuevo, para que un texto pueda, de la manera que sea, pretender dar cuenta de una realidad en el mundo de la extensión (o del tiempo), es decir, del mundo exterior, debe alcanzar primero la realidad de su propio mundo, el mundo de los textos, que conoce otras leyes. Leyes de las que sólo ciertas obras maestras antiguas pueden dar una idea».


Pierre Bergounioux «habrá alcanzado la realidad de su propio mundo», el mundo de la expresión artística de la verdad, que «conoce otras leyes», y leyes que él conoce; leyes de las que «sólo ciertas obras maestras antiguas podían dar la idea». Esas obras maestras, se habrá relacionado con ellas durante mucho tiempo.


Es a estos méritos en el ámbito del arte a los que la obra valdrá por mucho tiempo como representación de aquello de lo que se constuyó en testigo, en el primer orden del «mundo de la extensión (o del tiempo), es decir, del mundo exterior»: las crueles realidades del exterior, que no dejaron de ser también su preocupación expresa.


¿Debo decir que, a nuestro juicio de amantes de la forma no menos que del corazón y de la verdad en las Letras, su primer hecho de armas habrá sido el de desoxidar, en nuestros días, esa vieja espada algo abandonada, la espada del caballero Descartes? Él pondrá un punto de honor, en su esgrima con la apariencia, al utilizarla entre los modernos como ningún otro. Esa frase firme, viva, medida, la reanimará, la simplificará, la armará con los léxicos más eruditos, del mismo modo que hace resonar, también, las cadencias de nuestro presente.


Nuestro explorador avanza a grandes zancadas. Su paso es seguro. Su respiración,  regular. Tiene lo que hace falta para llegar lejos. Sobre todo porque su empuje, la claridad de sus puntos de vista, la audacia de sus intenciones, descansan sobre sólidos cimientos. Se ha curtido en compañía de geólogos y naturalistas, historiadores de la École des Annales³, de estadísticos económicos (de los fisiócratas a Adam Smith y Marx), de teóricos del Estado (de Aristóteles a Montesquieu y más allá), de ingenieros, de geómetras, de agrónomos, de epistemólogos. Es maravilloso verlo saltar de Turgot a Marx, de Montesquieu a Max Weber, de Hobbes a Hume, de Kant a Husserl.


Tantos saberes, oportunamente movilizados, dan forma al sustrato de notas tomadas en vivo. Geología, entomología, economía monetaria, técnicas de fundición, detalles de los sistemas de armamento de las fortalezas volantes, estructuras y propiedades de los dispositivos lógicos, condensados en unas pocas páginas de considerandos límpidos, que llevan las observaciones más audaces hasta sus últimas consecuencias con la regularidad de las disposiciones narrativas más refinadas. La delicadeza de las evocaciones hace su trabajo. La parquedad de los rendimientos por hectárea hace el suyo. Este refinado poeta es nuestro más elegante enciclopedista.


Pierre Bergounioux parece haber surgido de épocas agotadas, lastradas por el peso de la culpa y de las derrotas catastróficas que las generaciones anteriores tuvieron que pagar con la moneda de la desesperación. Procedente de su lejana provincia, poco comprometido con las luchas de facciones, nuestro héroe enarbola, a principios de los años ochenta, los colores de la más viva y de la más sólida exigencia de claridad, de distinción, de vigor, en que siempre consistió el arte de escribir. Su sensibilidad personal, que es extrema, ha hecho el resto. 


La suerte, a veces, sonríe a los inocentes. Desde Catherine, su primer libro, publicado por Gallimard en 1984, en la misma proporción en que avanza en edad, le veo rejuvenecer, recorriendo como hacia atrás el camino fatal: caminando cada día más claramente hacia una juventud más decidida. Debemos a ese don inestimable del destino poder saludar en él, esta noche, a ese escholier limosin de seis veces diez años de edad, en la cima de su presteza y de su entusiasmo, aplaudiendo con el mismo vigor deslumbrante a Faulkner, a Descartes, a Hegel, a Flaubert, a Husserl, a Beckett.


La trayectoria de los libros de Pierre es la de aquel eterno retorno de las primeras mañanas. Pondré sólo un ejemplo: su más flagrante testimonio de juventud belicosa, su  obra maestra militar, B 17-G, la llave que nos abre la puerta a una comprensión sensible de la guerra moderna, debería formar parte de sus últimos libros, si no fuera por la deslumbrante reserva de fuerza revelada por la publicación sorpresa de los miles de páginas de los Carnets¹, que la valerosa editorial Verdier tuvo que publicar en papel biblia porque la enormidad del conjunto los habría hecho difíciles de manejar, volumétricamente hablando.


En una reciente meditación en forma de homenaje a Julien Gracq⁵, Pierre Bergounioux ha creído poder, como el testigo lúcido que se considera del fin de las civilizaciones, cerrar, junto con el autor de Le Rivage des Syrtes, el destino del momento francés en las Letras. Tendría objeciones a este diagnóstico. Pero en lugar de discutir aquí sobre verdades de sentimiento más que sobre verdades de hecho (ya que estos hechos no existen), en lo que concierne a los múltiples mañanas posibles de esta lengua y de sus artes, solo plantearé, con carácter provisiona, ante él, con humildad, esta petición, que evidentemente es el menos capaz de satisfacer (estando en la ventana, ¿cómo podría verse a sí mismo pasar por la calle?): que aceptara, suponiendo que la literatura en lengua francesa esté inmersa en su último acto, retrasar aún un poco la publicación del certificado de defunción. Lo suficiente, en cualquier caso, para que podamos admitirle, aún vivo, in extremis, en la brillante cohorte de los sostenedores de la causa, ya que todos hemos podido constatar, por experiencia cierta, con la mayor claridad y distinción, esto, que pertenece al orden de los hechos: mientras la mano de Pierre Bergounioux sostenga la pluma, la «literatura francesa» continúa. Y con ella el pensamiento, la veracidad, la nobleza de una elevada voluntad, el fuego que nos hará seguir amando a Montaigne, al duque de Saint-Simon, a René Descartes y a Pascal. Añádase un puñado de condenados que nos han llegado al corazón, de Rousseau a Flaubert, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Proust e incluso Gracq: el legado corre, muy vivo, hasta él. Que acepte el augurio, esta noche, en esta hermosa Casa, bajo los estimados auspicios de la Société des Amis et Lecteurs de Roger Caillois.



Notas


1. En 2009, año en que pronunció este discurso, se había publicado los dos primeros volúmenes de los Carnets de notes: 1980-1990 (951 páginas) y 1991-2000 (1261 páginas).

2. Pour un Malherbe. Francis Ponge. Gallimard, 1965. La cita posterior corresponde a la página 36.

3. La École des Annales es una corriente historicista francesa fundada a finales de los años 1920 caracterizada por el uso de métodos interdisciplinarios y por un firme rechazo de la historia política.

4. Calificación dada por François Rabelais a un advenedizo en un episodio narrado en el capítulo V de Pantagruel.

5. Deux écrivains français, essai sur Julien Gracq et Claude Simon. Éditions Fario, 2010. 



Traducción del discurso pronunciado por Jean-Paul Michel en la entrega del premio Roger Caillois a Pierre Bergounioux, el 3 de marzo de 2009 en la Maison de l'Amérique latine, publicado en el volumen colectivo À propos de Pierre Bergounioux. VV. AA. Préau des collines, 11 (2010).


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7 de julio de 2025

Claude Simon 2025

Claude Simon: Le tricheur et La corde raide. Premières œuvres 1945-1947

Présentation de Mireille Calle-Gruber. Minuit, 2025.


Claude Simon: Mon travail d’écrivain n’autorise à mes yeux aucune concession». Lettre à Federico Mayor.  Édition établie par Mireille Calle-Gruber. Les éditions du Chemin de fer, 2025


En mayo de este 2025 han coincidido en las librerías la reedición de las dos primeras novelas de Claude Simon —que el autor, en cierto modo, repudió, negándose a su reedición desde la primera, en 1957— y la publicación de la carta que dirigió a Federico Mayor Zaragoza, subdirector de la Unesco —en 1986; el año siguiente sería nombrado director general— con motivo de la declaración final del Foro de Issyk-Kul, que puede considerarse el colofón del discurso de aceptación del premio Nobel, en la que sigue reivindicando a la literatura como herramienta que, desde la más absoluta libertad, debe hacer frente a toda forma de poder.

Con motivo de esta doble publicación, Maurice Mourier publicó en la revista En attendant Nadeau (número 222, 27 de mayo de 2025) el texto Claude Simon. Éléments d’un puzzle, cuya traducción al castellano figura a continuación

Claude Simon. Elementos de un puzzle


Claude Simon renegó a menudo de sus dos primeras novelas, Le tricheur y La corde raide, publicadas por las antiguas ediciones de Le Sagittaire en 1945 y 1947. Veinte años después de la muerte del escritor, Premio Nobel de Literatura en 1985, la reunión de estos dos textos en un solo volumen permite ver con claridad todo lo que anuncian y ya formalizan de la obra que escribirá a partir de Le Vent, diez años más tarde.


En el principio está la muerte. La del padre, oficial del ejército, muerto durante la Gran Guerra, cuyo cuerpo no se llegó a encontrar. La de la madre, viuda inconsolable, entregada a un duelo mortal, presa de una enfermedad provocada por su negativa a rehacer su vida. Nacido en 1913, el niño podría haber olvidado a ese padre al que no conoció, en un contexto menos mortífero, pero la madre, incansable antes de que el deterioro físico la dejara postrada, arrastró a su hijo único de un campo de batalla a otro para tratar de encontrar los restos de su marido, errancia morbosa que marcará para siempre al pequeño niño solitario.


Ya adulto, se imagina un porvenir como pintor, y debe renunciar a él al tomar conciencia de su fracaso: un nuevo duelo. Lo supera intentando vivir plenamente su juventud, luego comprometiéndose con los republicanos españoles en Cataluña (primera experiencia directa del riesgo vital) y, finalmente, empezando a escribir en 1938, a los veinticinco años, un libro que en un principio se tituló Messe des morts, cuya publicación se retrasará hasta 1945 debido a las circunstancias. Mireille Calle-Gruber, en la breve y magistral presentación de la reedición de esta novela, que su autor, perfeccionista, no quiso reeditar en vida aunque tampoco prohibió hacerlo algún día, recuerda que el primer artículo crítico publicado sobre Le tricheur (título definitivo), en Combat el 6 de febrero de 1946, fue de Maurice Nadeau quien, sin sorpresa, consagró a Simon como «gran escritor», subrayando en particular la calidad pictórica de las cincuenta primeras páginas. Desde el punto de vista de la novedad literaria, son efectivamente estas páginas las que más impresionan al lector, ochenta años después.


Ni el tema, ni la historia, ni la anécdota son la base de la admiración de Nadeau ni de la nuestra. La fuga de dos enamorados —él ha arrastrado, si no secuestrado, a una menor—, las tretas utilizadas para eludir a los perseguidores, la incertidumbre sentimental que complica su deambular: todo esto podría encontrarse en una novela policíaca un tanto disparatada, o incluso en un estudio sociológico novelado sobre las derivas adolescentes, pan de cada día en las narrativas de moda actuales.


Pero he aquí que, tras un inicio mínimo dentro de lo reconocible, el texto se bifurca hacia una larga secuencia desprovista de diálogos y, a decir verdad, de conflicto narrativo identificable. La pareja se escabulle de escondite en escondite entre los repliegues de un paisaje francés aún muy rural; la chica, que se llama Isabelle y no sabemos más que su nombre, se duerme sobre la hierba como la niña que es, y Louis aprovecha ese sueño para localizar una pequeña estación desde donde tomarán el tren hacia otros destinos; recorre solo, absorto en sus pensamientos, ese paraje con múltiples perspectivas, y el lector lo sigue en su búsqueda, fascinado de inmediato por una sucesión de descripciones de objetos y siluetas entrevistos increíblemente precisas, minuciosas, incisivas, que sin embargo no dejan de ser modificadas, perturbadas, transformadas por la música interior de la reminiscencia, de las intenciones útiles, de la imaginación del porvenir. La impresión es a la vez la de un realismo poderoso y la de una invención estética (formas, colores) que convierte lo visto en cuadros. Es ya el gran Claude Simon, aquel cuyo maestro en pintura es Cézanne, a la vez exacto, escrupulosamente fiel a lo dado inmediato de la experiencia, y creador de una belleza alucinada, que florecerá, por ejemplo, en Leçon de choses (1975).


En la secuencia trágica del relato, que elige, como ya se intuía desde el inicio, la pendiente de un cierto realismo poético del crimen al modo de las películas de Prévert y Carné, con Jean Gabin como héroe (aunque aquí la oscuridad es más siniestra, por no deberse únicamente al desorden social), reaparecen con frecuencia esas grandes extensiones de escritura carente de la intriga que, a medida que el tramposo, por desesperación nihilista, rechaza cualquier desenlace para su historia de amor que no sea la muerte, instituyen la búsqueda del esplendor formal como el fin supremo de la literatura. Páginas que son las más originales de un libro donde, además, quedan ya fijados algunos de los temas (en particular el rechazo de todo misticismo) que, más tarde,  se desplegarán plenamente.


El abismo de la muerte, inaceptable y esencial, separa este primer libro de La corde raide, mucho más breve, escrita entre 1938 y 1941 en alianza y complicidad con «Renée», a quien está dedicada. Renée se suicida el 7 de octubre de 1944. El año 1945, año de un duelo que Claude Simon nunca evocará, es el año en que se escribe La corde raide, especie de autobiografía eruptiva, violenta, escrita como reacción contra el horror absoluto de la pérdida. Esta obra-manifiesto, de lo más extraña, tiene una clara intención inmediata de terapia personal. Será seguida por un silencio de diez años, al término del cual aparece Le Vent, que el autor siempre consideró su verdadera entrada en la literatura.


Lo que conmueve en La corde raide, que comienza con una aventura amorosa sin futuro e incluye a la vez recuerdos familiares, un conjunto de reflexiones agridulces sobre la pintura y una profesión de fe anticlerical (sobre las mismas bases de apología de la libertad individual), es que se encuentran en ella prácticamente todos los temas que luego se desarrollarán en el cuerpo de la obra de Simon: el rechazo del catolicismo falsamente consolador y realmente alienante, el esbozo de una justificación y una crítica del compromiso barcelonés contra el fascismo, el testimonio de un loco por la pintura. Ahí están los elementos dispersos de un conjunto que se irá construyendo pieza a pieza.


Pero el recuerdo de la guerra reciente, cuya puesta en escena magistral será el único tema de La Route des Flandres, texto fundacional de 1960, ocupa más de la mitad del libro, ya se trate de la derrota de 1940 o del campo de prisioneros que le siguió hasta la evasión: es decir, de la experiencia múltiple de la muerte, que será, bajo distintos enfoques, el material central, perfectamente concreto e incluso realista —contrariamente a las interpretaciones de exegetas limitados como Jean Ricardou— de una empresa literaria audaz que se apoya en la autenticidad factual para llevar su evocación hasta la pura poesía.


La trampa es, por esencia, el mal que la probidad artesanal de Claude Simon aborrece. Se esfuerza ante todo en rechazarla para la salvación, no de su alma, en la que no cree, sino de su trabajo, que pretende ejercer sin ninguna forma de componenda. Lo atestigua suficientemente su horror por los adoctrinados, que no escasearon en el largo periodo de posguerra, sobre todo entre los escritores que vendieron su talento al camarada Stalin. Cortejado tras el Nobel de 1985, invitado a Moscú y luego a Frunze, en Kirguistán, en 1986, pudo constatar allí su propia oposición frontal a las «transigencias» que los herederos de Stalin proponían a los participantes en ese tipo de farsas internacionales. De ahí surgirá el formidable y vengativo relato de L’invitation (1988), libro de una exactitud clínica y una ironía fulminante.


Mireille Calle-Gruber nos permite completar ese delicioso panfleto al publicar y prologar la breve carta que Claude Simon envió el 27 de noviembre de 1986 al español Federico Mayor, futuro director general de la Unesco, quien le había hecho llegar para su firma la declaración final colectiva de clausura del foro (enmendada, pues Simon había rehusado firmar la primera versión, edulcorada). Carta o, más bien, profesión de fe celebrando la autonomía incondicional del escritor, que dice un no firme y definitivo a cualquier concesión diplomática que limite su «libertad de expresión y de acción frente a cualquier tipo de poder».


¡Mierda al poder, a todos los poderes (social, político, ideológico, religioso)! Jamás, desde 1945, esta proclama dirigida a todos los reyezuelos del planeta había estado más vigente.

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Procedencia del texto: En attendant Nadeau, número 222, 27 de mayo de 2025

https://www.en-attendant-nadeau.fr/2025/05/27/elements-dun-puzzle-claude-simon/

Fotografía del encabezamiento: https://www.leseditionsdeminuit.fr/auteur-Simon_Claude-1454-1-1-0-1.html.


Otros recursos relativos al autor en este blog: 

4 de junio de 2025

El Nobel Claude Simon no tiene quien le edite

 


Les Éditions de Minuit acaba de publicar en un solo volumen las dos primeras novelas de Claude Simon, Le tricheur y La corde raide, publicadas originalmente por éditions du Sagittaire en 1945 y 1947.

Este acontecimiento literario de primer orden, la reedición de los dos primeros textos de un escritor fundamental de la corriente del Nouveau Roman, premio Nobel de literatura en 1985, me ha recordado un artículo de Elena Hevia en El Periódico de 2017. No quiero ni pensar lo que hubiese sucedido si esos manuscritos se hubieran mandado a diecinueve —o veintinueve, o treinta y nueve— editoriales españolas: actualmente, que yo sepa, no existe ningún título de Claude Simon disponible en castellano.

El Nobel Claude Simon no tiene quien le edite

Un admirador envió a diecinueve editoriales un manuscrito anónimo del prestigioso autor francés y fue rechazado en todos los casos.

Demostrar que hoy la literatura solamente presta atención al libro de consumo era la intención de una apuesta que cruzaron dos amigos franceses, Serge Volle y un escritor famoso cuyo nombre no ha trascendido. El primero es un devoto lector del escritor Claude Simon, gloria de las letras francesas, premio Nobel de Literatura en 1985 y también cultivador de una literatura compleja. Del segundo solo se sabe que es un escritor muy conocido. Ambos se carteaban desde hace años y entre ellos surgió la siguiente pregunta: ¿Sería hoy Simon publicado si nadie lo conociera y él enviara su manuscrito a una editorial?

Para ver qué ocurría, Volle envió las primeras cincuenta páginas del manuscrito de la novela Le Palace  a diecinueve editoriales grandes y pequeñas y seis meses más tarde han dado a conocer los resultados. La lamentable cosecha ha sido que siete editores no han dado la menor respuesta y doce han rechazado el texto directamente. Uno de los editores —los autores de la treta no han querido que su nombre trascienda— escribió en la carta de rechazo: «Las frases no están acabadas, lo que hace que el lector pierda el hilo completamente». También aluden a los personajes que «no están bien diseñados» y que la narración no permite la elaboración de una «verdadera intriga».

La novela en cuestión, Le Palace , publicada en 1962, se inscribe en el movimiento literario del Nouveau Roman, de carácter experimental, y describe la espera en Barcelona de un grupo de combatientes voluntarios republicanos, cuando la ciudad estaba agitada por los conflictos entre los anarquistas y los republicanos. Le Palace  alude al café y al cine situados en el Passeig de Gràcia y entre los personajes se encuentra un trasunto de George Orwell. En su momento el estilo del autor, que sigue la técnica del collage, fue vinculado al de Marcel Proust, por la sinuosidad de su escritura.  Su obra está presente en la Bibliothèque de la Pléiade.

Serge Volle se ha mostrado muy satisfecho con su trampa: «Era una forma de sondear la calidad de aquellos que presiden los comités de lectura en las pequeñas y grandes editoriales actuales. Hoy el concepto de libro de usar y tirar es lo que está en boga». Y recuerda la frase de Marcel Proust que aseguraba que «si quieres que te editen, primero procura ser famoso». Y de eso también sabía mucho Proust porque cuando el primer tomo de A la busca del tiempo perdido fue enviado a Gallimard, el escritor André Gide, uno de los mejores lectores del sello, devolvió el ejemplar con la anotación: «No puedo comprender que un hombre dedique treinta páginas para describir cómo da vueltas en su cama antes de conciliar el sueño». Por suerte para la literatura, con los años en la editorial corrigieron el tiro y lo incorporaron a su catálogo. 

https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20171213/nobel-claude-simon-edicion-trampa-6492870

20 de noviembre de 2024

Tierra(s) del deseo: La Grande Beune o la escritura absoluta



Hoy se pone a la venta Los dos Beune (Les deux Beune, 2023), publicado por Editorial Anagrama con traducción de María Teresa Gallego Urrutia; al igual que sucede con la edición en francés, el volumen contiene dos textos: La grande Beune, publicada por la misma editorial con la misma traductora en 2012 con el título de El origen del mundo, retraducido ahora como El Beune Grande, y La petite Beune, El Beune Chico, inédita hasta hoy en castellano.

Por si algún lector está interesado en recordar y profundizar en el primero de los relatos, acompaño la traducción del artículo de Ivan Farron “Terre(s) Du Désir ‘La Grande Beune’ Ou l’écriture Absolue.” publicado originalmente en L’Esprit Créateur, vol. 42, no. 2, 2002, pp. 62–75.

Remito también a ese hipotético lector a las Notas de Lectura de El origen del mundo. La Grande Beune (http://jediscequejensens.blogspot.com/2023/05/el-origen-del-mundo-la-grande-beune.html) y a las de Les deux Beune (http://jediscequejensens.blogspot.com/2023/03/les-deux-beunes.html) publicadas con motivo de su aparición en francés.


Tierra(s) del deseo: La Grande Beune o la escritura absoluta


Ivan Farron


Desde la publicación de Vies minuscules¹ en 1984, y a pesar de contar con un público discreto, Pierre Michon ha sido reconocido por sus colegas como un escritor importante. En 1993, Verdier publicó la recopilación Compagnies de Pierre Michon, que incluía trabajos, entre otros, de Jean-Pierre Richard, Jacques Réda, Michel Deguy, Pierre Bergounioux, Christian Jambet, Pierre Pachet y Christian Bobin. La publicación de Vies minuscules y de Rimbaud le fils² en la colección «Folio», varias tesis en curso y algunas traducciones otorgan reconocimiento, a distintos niveles, a esa obra, que figura entre los más exigentes de la literatura francesa contemporánea.

Vies minuscules cuenta la historia de ocho vidas, la mayoría desgraciadas, que simbolizan a su manera la problemática del escritor, cuya autobiografía emerge en segundo plano. La campiña de la Creuse es mucho más que un telón de fondo para estas vidas empantanadas, a las que Michon confiere la dignidad de ser contadas, con la ayuda de una lengua clásica contrarrestada  por inflexiones primitivas: algo así como un Chateaubriand bufonesco. Conservando este sistema de narración poco convencional, los siguientes libros de Michon remiten al problema del origen del arte. ¿Por qué y cómo se empieza a escribir y a pintar? Vie de Joseph Roulin³, Maîtres et serviteurs, Le Roi du bois abordan la vida de algunos de los grandes pintores —entre los que se encuentran Van Gogh, Goya, Watteau—, la mayoría de las veces a través de la perspectiva de testimonios desconocidos: la de Joseph Roulin, el empleado de correos de Arles pintado por Van Gogh, o la de un abad melancólico, modelo de Gilles⁶. La disparidad que se mantiene en Vies minuscules entre la indignidad del referente y los remates de gran estilo permanece, pero con una inversión de términos: la lengua sobrecargada de Michon hace desaparecer lo indigno y lo innombrable de unas vidas ya promovidas al rango de mito. Lo mismo ocurre con Rimbaud (Rimbaud le fils), examinado a través de los ojos de sus impotentes rivales y comentaristas. En cuanto a Mythologies d'hiver, publicado en 1997, recurre a un archivo más amplio: las vidas aparentemente insignificantes de aficionados a la prehistoria, de predicadores medievales o de santos olvidados proporcionan al autor un material que se amplía sin cesar. La Grande Beune, publicada en 1995 (tras una primera aparición en la N.R.F. en 1988, con el título L'Origine du monde), es el primer intento de ficción pura de Pierre Michon. Como en toda su obra, la evocación de la provincia y de la tierra no se reduce a una especie de regionalismo literario. Con la ayuda de un lenguaje densamente poético y simbólico, las carencias y los deseos que pueblan este universo hacen expresa la existencia de un arcaísmo universal.

¿Un relato poético?


La trama de La Grande Beune es sutil, casi inexistente. En 1961, el narrador, de veinte años, es destinado a su primer puesto de profesor en Castelnau, un pueblo de la Dordoña cercano a las cuevas de Lascaux. Nada más llegar a esa remota provincia, se enamora perdidamente de Yvonne, la estanquera del pueblo y madre de uno de sus alumnos, Bernard. Al contrario de lo que sucedería en una intriga más tradicional, no intentará seducir a la Venus calipigia que le vende periódicos y cigarrillos. La narración se concentra, de hecho, únicamente en el deseo, transformando la insatisfacción en realización, mediante el señuelo de una ronca escansión «como el interminable pero agudamente cortado y modulado grito, lleno de lágrimas y deseos invencibles, que hace brotar de gargantas nocturnas, encadenadas, curiosamente libres, la palabra honey en el “blues”».

Las etapas que jalonan el trayecto del narrador no tienen nada que ver con la épica carrera de obstáculos, superada con más o menos éxito por ciertos héroes balzaquianos. La brevedad del libro, el carácter retrospectivo de su sistema narrativo, limitado esencialmente al rango pretérito imperfecto-pretérito perfecto, lo definirían más bien como un relato, en el sentido clásico del término: la relación de acontecimientos pasados en una forma despojada de lo novelesco. Pero las ochenta páginas de La Grande Beune se distinguen de un modelo del género como La Symphonie pastorale por su lenguaje poético, cuya alta tensión provoca el despliegue de significados múltiples. Unos significados que destacan por su aspecto autorreferencial. En efecto, este relato, que tiene el aire de una búsqueda iniciática, trata en realidad de la propia escritura: la «grande Beune» no es sólo el nombre de un curso de agua, sino también el oscuro origen del texto.

El aparente frustración del deseo esconde el desciframiento de un sentido oculto, sirviendo de pantalla a una búsqueda en la que el narrador es, a su pesar, el héroe, y cuyo objetivo le elude constantemente. Como ha escrito Jean Roudaut¹⁰, La Grande Beune no narra actos, sino que sigue un rastro. ¿Quizás el del surco de la escritura en busca de su propio origen, a la espera de una gracia¹¹ que le permita reencontrarlo? Pero esta gracia es ambigua, y la teología de Michon comporta una buena dosis de negatividad, que en algunos puntos la acerca al misticismo descaminado de Georges Bataille.

¿A qué género pertenece La Grande Beune? Ni verdadera novela, ni poema, a pesar de ciertos atributos de ambos, puede clasificarse a primera vista en la categoría, difícil de definir, de narrativa poética, tal como establece Jean-Yves Tadié en su ensayo del mismo nombre¹². Tadié sitúa la aparición del género en el cambio de siglo. En la estela del simbolismo y de los héroes decadentes de Huysmans, la narrativa poética se distancia de los grandes frescos naturalistas y celebra el yo, exaltándolo tanto más cuanto que ha perdido su soberbia. La narrativa poética compensa la relativa falta de argumento con el uso de una lengua al rojo vivo. Otras características del género son la importancia concedida a los sueños y los mitos, a menudo situados en un contexto contemporáneo —como en Nadja¹³ y Le Paysan de Paris¹⁴—, la dimensión simbólica de ciertos lugares, como el castillo y el bosque, y un vago contexto histórico que lo aleja de cualquier preocupación social o política. Estos criterios se reflejan en gran medida en La Grande Beune. Pero el primer proyecto de Michon era escribir un gran conjunto, titulado L'Origine du monde, como confesó en una entrevista concedida al Magazine littéraire en febrero de 1997:

«La Grande Beune es casi una novela. En cualquier caso, fue recibida como tal. El proyecto inicial era mucho más extenso, bajo el título L'Origine du monde, en referencia a Courbet y al deseo masivo de mi estanquera, que es el corazón de la historia, si se me permite decirlo, o su vientre, y también porque se habla mucho de prehistoria, de arcaísmos. Pero con todo el revuelo que se ha armado estos últimos años en torno al cuadro de Courbet, me he visto obligado a suprimir el título. Para volver a la «novela»: La Grande Beune, el centenar de páginas que se han publicado, representan apenas un tercio de lo que escribí. Porque los otros dos tercios que no se publicaron, los dos tercios restantes, eran dos tercios sobrantes. De hecho, era toda una novela que estaba fabricada, planificada, atada y necesariamente amañada, ya que tendía a la arbitrariedad de una forma bastante manida: la del pequeño objeto de trescientas páginas que al público le gusta llamar novela. Lo único que valía la pena publicar era lo que se publicó: el deseo loco e indefinido de un hombre muy joven por una bella dama, deseo que yo mismo sentí durante cien páginas. Después, tenía que haber acción, posesión o renuncia, fornicación o muerte, vueltas y revueltas, como suele decirse, todos esos acontecimientos tan relativos y arbitrarios en los que la novela pierde por el camino el potencial energético de la prosa»¹⁵.

Esta postura exigente, preocupada por los universales (el deseo loco y sin salida, el potencial energético de la prosa) en detrimento de las muy contingentes marquesas que salen a las cinco de la tarde¹⁶, se ha convertido ya en clásica. Es la del escritor moderno, que cultiva la fantasía flaubertiana del libro perfecto a pesar de ser consciente hasta la neurosis de las paradojas de su empeño.

La obra de Michon aborda directa o indirectamente estas cuestiones, creando algo nuevo a partir de formas antiguas. Pero estos problemas, debatidos desde la época de los románticos alemanes, parecen una letanía antigua para muchos de nuestros contemporáneos. La Grande Beune pertenece, pues, a un género que podemos definir, provisionalmente, como la variante actual de la narrativa poética¹⁷. Se caracteriza, en particular, por su nostalgia del tema en una época en la que la constatación de su muerte se ha convertido en un lugar común en todos los manuales escolares, y también por su angustiosa preocupación por mantener la prolongada vacilación entre el sonido y el sentido tan cara a la poética de Valéry. La tentación de retroceder en el tiempo, que no excluye una lúcida ironía, es flagrante cuando el narrador evoca el recuerdo de los maestros republicanos que «a pesar de Verdún y de la niebla eslovaca, [...] seguían de todos modos, [...] poniendo grandes nombres en pequeñas piedras». Aquí, la escritura se pone en abyme, designando su proyecto a través de la metáfora caligráfica.

A pesar de la reivindicación de su carácter ficticio, La Grande Beune no se aparta de las demás tentativas de Michon. No supone una ruptura con sus otros libros, como Vies minuscules, Mythologies d'hiver o las «vidas de artistas»¹⁸, en los que se basa en los registros históricos. Su proyecto parte de la misma premisa, y desemboca en el mismo callejón sin salida.

El mito de lo cotidiano


Desde las primeras líneas del relato, a pesar de su precisa ambientación espacio-temporal («Entre Les Martres y Saint-Amand-le-Petit, está el pueblo de Castelnau, en la Grande Beune. Fue en Castelnau donde me destinaron en 1961»), La Grande Beune se aparta de la novela tradicional. Bajo la lluvia, el narrador llega en autobús a Castelnau. Este personaje, que no tiene nombre de pila, es una forma vacía. Todo lo que sabemos de él a medida que leemos sólo tiene sentido en relación con el relato mítico del que ejerce como narrador. Sus veinte años, su amor por Yvonne y su oficio de profesor le convierten en testigo, convierten en paradigma la figura del escriba dentro de un sistema de valores creado por el propio texto. Ese narrador, por tanto, sólo está ahí para ver y dar testimonio, una mera persona gramatical, receptáculo de múltiples experiencias cuyo sentido se le escapa.

Desde el principio, es un testigo incompleto: cuando llega, su visión está nublada por la lluvia y su desconocimiento del lugar. Pero el topos del joven que llega bajo la lluvia a una ciudad de provincias¹⁹ se transforma. En lugar de enfrentarse a Castelnau y a sus habitantes, se ve reducido a ser un espectador pasivo pero fascinado de un mundo congelado en su arcaísmo. La imposibilidad de aprehender este universo inmóvil queda subrayada por la figura de la lluvia, acompañada generalmente de su corolario, la niebla. Un aguacero ininterrumpido —que se evoca en cada referencia al calendario—  es retransmitido a partir de septiembre por la crecida del Beune, un brazo del Vézère que atraviesa Castelnau y da título al libro. Es la lluvia la que impide al narrador distinguir a sus jóvenes alumnos:

«Me habían dado la clase de los pequeños, no la de los más pequeños, sino el curso elemental; era  muchos cuerpecitos iguales; aprendía a nombrarlos, a reconocerlos, corriendo bajo la lluvia hacia el agujero ventoso del patio cubierto durante los recreos, mientras yo, desde las ventanas altas, los miraba y luego, de repente, dejaba de verlos, encogidos bajo un alero, detrás del cuerpo múltiple de la lluvia y su galope desenfadado»²⁰.


Al principio del relato, el mundo sensible disimula, al igual que ese inquietante zorro disecado de la posada que «te contemplaba, su aguda cabeza vuelta violentamente hacia ti, pero su cuerpo corría por la pared, huyendo». El ocultamiento de lo visible tras sus secretos lleva al observador a preferir una realidad soñada, que es también lo que hace el pequeño Bernard: «Y como yo, levantando la nariz entre dos restas, dos párrafos, miraba esta hartura a través de las ventanas, tras la lluvia que cubre el mundo sólo para dejarnos ver en su lugar nuestros sueños, la saciedad de nuestros sueños tras esta cortina gris donde todo está permitido».

El oído y el olfato corroboran la visión: el narrador percibe «olores de colillas, de toneles, de salitre», oye el «habla ruda» de los pescadores, a los que teme que le asalten «a bordo de la barca de mala muerte de la vida adulta». Mediante una sobreabundancia de significantes poéticos, el texto transmuta la banalidad provinciana en una segunda realidad que apela al inconsciente del lector.

Estos elementos son traspuestos a un plano mítico gracias a un sistema de referencias literarias, apoyado por la tematización del descenso, tanto espacial como temporal. Castelnau, donde «los autobuses [...] te dejan [...] muy tarde, al final del recorrido», se compara con los círculos del Infierno de Dante («A Castelnau me destinaron en 1961: supongo que también dan destino a los demonios en los Círculos de las profundiades»²¹). En un momento de reflexión retrospectiva —el único del libro—, el narrador asimila toda su vida a esta caída infernal («Todavía no había caído del todo»). En esta observación hay más de lo que parece. Para ser un testigo creíble, el personaje de Michon tiene que ser un fracasado, es decir, un minúsculo.

Dante es en seguida relevado por Virgilio y el episodio de la Sibila de Cumas, ambientado en el sexto canto de La Eneida. La guardiana del umbral de los infiernos, la precursora que advierte a Eneas de lo que le espera en su viaje, está representada aquí por la figura de Hélène, la dueña de la posada de misteriosa sonrisa. La posada «eterna» con sus inmemoriales «pâtés de mosquetero» arrastra al narrador a un aterrador «pasado indefinido» que limita su horizonte temporal a la duración cíclica marcada por el ritmo de las estaciones y el calendario escolar. El sueño desrealiza el espacio al tiempo que le confiere nuevos significados («[...] me encontraba [...] al final de la Dordoña, es decir, en ninguna parte, en Valaquia»).

La connotación regresiva de este espacio-tiempo se ve apuntalada por las imágenes acuáticas y cavernosas, ya cargadas de violencia y erotismo mucho antes de la aparición de Yvonne. Bajo la posada, «en el borde del acantilado» se encuentra el «agujero» de la Beune. Los grandes peces capturados allí por los «granujas valacos, antiguos como los fabliaux» son escamados en barreños en la sala de la posada. En este universo cerrado, un dispositivo vertical invierte los valores de arriba y abajo. Por ejemplo, un zorro disecado muerto «reina» sobre Hélène, animal al que más tarde se referirá como «un cánido, el traidor de las viejas cosmogonías». En el episodio de la cueva, en el quinto capítulo, el narrador, «más bajo que los muertos», tiene la impresión de que el «miasma universal» sopla sobre él, y la luna vigila «como un gran cuchillo» el sueño repleto de pesadillas de Bernard. La dinámica de la narración es esencialmente un viaje que conduce a algunos encuentros, aunque la experiencia del narrador se limite la mayoría de las veces a una travesía solitaria de sí mismo y de su deseo. Otros lugares de la narración alimentan este descenso onírico hacia lo arcaico. Las ventanas actúan a menudo como pantallas mediadoras entre el sujeto y los objetos de su búsqueda. Por ejemplo, la escuela dispone de una vitrina donde los barbudos profesores anteriores a Auschwitz han archivado utensilios prehistóricos. A estas herramientas, bautizadas con nombres de peces, de árboles y de pájaros, «a las que pusieron los nombres de aldeas perdidas y que, a cambio, cargaron a esas aldeas con montañas de edades, excavaron por debajo infinitas catacumbas, más antiguas que Micenas, más antiguas que Menfis (...)».

Es también desde de las ventanas de su habitación donde el narrador contempla el gran agujero negro de la Beune. En otro dormitorio, el pequeño Bernard duerme acurrucado junto a su madre y oye la llamada de los zorros en sueños similares a los del narrador. Tras su encuentro con Yvonne, la posada Chez Hélène se convierte en un lugar de fantasía erótica:

«Me imaginaba, en la sala color sangre de toro que olía a colillas, a tonel, a salitre, que se habían ido todos los bebedores hacia la noche oscura a la que nadie se resiste, y la estanquera, sucumbiendo en el acto a aquella llamada, se sentaba en la cama y se echaba por los hombros la gabardina para acudir, torciéndose los tobillos con los tacones altos, la reina, entraba como el viento, se abría la gabardina com ambas manos trémulas y, sólo a disposición mía bajo la mirada reflexiva de Hélène, detrás de la barra, arrojada desnuda sobre las mesas manchadas, sobre el billar automático apagado (…). Yo le sacaba las tripas».


Entre esos lugares propicios para desencadenar un sueño relacionado con el origen, se revelará también la cueva, con sus «bisontes redondos y esas mujeres espantosas de la misma época llamadas Venus»; o también esos numerosos agujeros excavados por el agua en la piedra caliza, pretexto para una evocación de la trashumancia de los renos, cazados por «hombres con hacha».

Madres e hijos

Antes de ser reinvestido en lugares concretos, lo arcaico se encuentra primero en el sujeto y se relaciona con el deseo materno. La ensoñación del narrador parece estar impulsada inconscientemente por un deseo regresivo de fundirse con su madre. La sedimentación de la geografía y la evocación de la prehistoria forman parte de esta nostalgia, como recuerda la cita de Platónov que abre el libro: «La tierra dormía desnuda y brusca, como una madre a la que se le hubiera caído la manta». El acceso directo al cuerpo de la madre se consigue ocultando el asesinato del padre. El narrador nunca se erige en rival de Jeanjean, el amante de Yvonne, contentándose con poseer a la Venus calipigia en sueños.

Como en Vies minuscules, las figuras paternas están ausentes de La Grande Beune. El pequeño Bernard, unido al narrador por una curiosa relación gemelar, nunca ve a su padre, que trabaja «en el más allá, es decir, en un supermercado de Périgueux». En ausencia de su padre, este niño sagaz y callado tiene a su madre toda para él, aunque este conocimiento se detenga en «límites firmes y confusos, más arriba de las medias». Del mismo modo, la posada, crisol de analogías inagotables, es una «caverna con sus madres, sus hijos, sus compañeros de tractor de cuyas libaciones surgen hermanos y su suma calipigia allí importunada, metiendo la cintura, prestando a todo aquello meta y pasión, desmedida, invisible, mientras los padres cazan en el más allá». Como el narrador en su deseo angustiado, goza de una plenitud, invencible y dolorosa a la vez por su carácter incompleto, que forma parte de un paraíso preedípico. Esta carencia denota una ausencia insuperable, pero puede invertirse en una especie de plenitud negativa, como explicó el propio autor en una entrevista concedida a la revista Lire en diciembre de 1998:

«Un padre ausente proporciona la experiencia de la plenitud. La ley no está. Jacques Lacan decía: “El bien soberano no está, la madre está prohibida”. Pues bien, cuando el padre se va, la madre ya no está prohibida, nada interfiere entre tú y ella. Tal vez sea esta experiencia de plenitud lo que intento reconstruir cuando escribo»²².

Sólo la escritura puede aspirar a alcanzar el «bien soberano» inaccesible en la vida real, aunque la violencia que la habita marque este paraíso original como irremediablemente perdido.

Las estrellas y la cuchilla

Yvonne es la figura en torno a la cual se despliega la esencia del deseo insatisfecho. El narrador mira las postales del expositor giratorio del estanco, se detiene en la imagen de un jesuita local, torturado por los chinos en el siglo XVII, antes de convertirse a su vez en el testigo petrificado («mártir» en griego significa «testigo») de la aparición de Yvonne. Esta escena de la primera visión es también una fina pieza retórica:

«No creo en las bellezas que se van revelando poco a poco, a poco que nos las inventemos; solo me importan las apariciones. Esta me puso al instante pensamientos abominables en la sangre. Decir que era un bocado soberbio es poco. Era alta y blanca, era leche. Era amplio y copioso como las huriés en las Alturas; anchuroso, pero estrangulado, con la cintura apretada; si los animales tienen una mirada que no desmiente sus cuerpos, era un animal […]».


La alianza del tormento y de la visión extática, de lo divino y de lo bestial (el bello pedazo, la bestia), instaura una teología pagana cuya dialéctica, reproducida admirablemente en el texto por la elección de las antítesis, debe sin embargo mucho a la doctrina católica. Sólo la carne miserable puede transfigurarse («La gran calipigia es una pobre mujer») y dispensar una gracia fulminante en esta visión donde «el amor que mueve las estrellas» (otra vez Dante) levanta el vuelo gracias a la compra trivial de un paquete de cigarrillos. Las estrellas del amor vislumbradas por el amante-mártir están «clavadas» en el cielo e implican «la cuchilla gigante sobre la pequeña conjunción de los dos sexos» (sexo proviene del latín secare, cortar). Pero estas estrellas son también inaccesibles, como la mujer amada, depositaria de su secreto, incluso para quien la posee. De nuevo a través de la confrontación de antítesis, el narrador subraya la imposibilidad combinada de describir y conocer verdaderamente el cuerpo deseado: «Aquel rostro regio iba desnudo como un vientre; y, en él,  esos ojos muy claros que tienen, milagrosamente, las morenas de piel blanca, esa índole rubia secreta bajo el pelo de ala de cuervo, ese enigma que nada, si por azar posees a esas mujeres, ni los vestidos remangados ni los gritos, resuelve».

Como en Vies minuscules, donde los amuletos eran los encargados de conferir una hipotética plenitud a la ausencia de los muertos, los atributos de Yvonne son fetichizados por el narrador. Sus pendientes baratos se convierten en «lentejuelas de oro» y los paquetes de cigarrillos la «aureolan» detrás del mostrador. Esta metonimia generalizada se repite en la descripción del paisaje. El narrador sigue a Yvonne a través del bosque, sin saber de antemano que va a encontrarse allí con su amante Jeanjean. La escritura transforma este marco banal en un blasón para el cuerpo de Yvonne cuando, a la salida de Castelnau, el amante-mártir asciende hacia su «pequeño Gólgota», el bosque: «En el límite del bosque, subía a veces abruptamente, y había escondrijos tras las laderas de pedregal, valles donde no se veía nada más que el cielo, descansillos secretos bajo las hayas».

Desde las alturas, el narrador vislumbra el Beune: «Lo vi abajo fluir hacia su agujero, aguas sucias bajo un cielo sucio donde desovaban peces invisibles, los ojos muy abiertos y apagados; qué hermoso era este mundo, sin embargo, donde las medias de nylon podían llenar mi mente, desnudarla desnudando una carne soñada».

Las antítesis frío/calor completan esta oposición vertical en la descripción de los campos inundados de los que emergen mechones de juncos al acercarse el invierno, transformando el mundo en «un nylon helado, un acabado fabuloso bajo el que palpitaba, no sabía dónde, una carne hirviente que tenía que agarrar, que tenía que quemar». La escala de temperaturas pasa aquí sin solución de continuidad de la tibieza uterina de los lugares cerrados (la posada y la cueva) a un frío que agudiza la percepción y da toda la importancia al calor de los cuerpos.

Incluso a la manera pasiva del voyeur, el intercambio amoroso no está desprovisto de elementos sadomasoquistas. El narrador queda traspasado por las apariciones de Yvonne, que casi simultáneamente le hacen «sofocarse de brutalidad» y extienden su deseo al mundo entero, asimilado con «la carne blanca, un hermoso bocado». Pero estas relaciones están sujetas a inversión. La verdugo Yvonne es también la víctima voluntaria de su amante. Delante de Jean-jean —y del narrador, al que mira un poco más tarde «como nunca lo había hecho antes», incluyéndolo a su pesar en el intercambio—, Yvonne se compara a su vez con el mártir de la postal. Ante la «Mano inefable», ella tiene «esta llamada en los ojos, [...] como las mujeres en misa [...] una sumisión deliciosa y un vano estremecimiento de revuelta, aún más delicioso».

Una escena posterior revela la cicatriz en su cuello causada por el látigo de Jean-jean. En esta ocasión, el bosque es atravesado por niños que transportan los restos de un zorro, en virtud de  un antiguo rito que una inquietante Yvonne explica al sofocado narrador, convertido en «un árbol». Esta violencia, cercana al reino animal (Yvonne es comparada con una loba) y al reino vegetal, nos remite a la insaciable crudeza del deseo a través de la cual la escritura despliega estos esplendores: la cicatriz de Yvonne es «escritura absoluta».

Un mundo de intercambios

Los personajes de La Grande Beune constituyen personificaciones del mito más que personas reales, aunque nunca dan la impresión de ser incorpóreos. El relato teje varias redes de intercambios que desatan la violencia y la rivalidad, las canalizan en una sociabilidad con roles muy sutilmente establecidos, a pesar de su aparente arcaísmo, resumido por las metáforas de «moneda» y «dominio». Ya se trate de Yvonne y de las diversas relaciones que la unen al narrador («Así que entre ella y yo había una mediación distinta de los cigarrillos y del fabuloso aturdimiento que me producía el bosque en el que aparecía, una moneda distinta de estos encuentros trucados, furiosos, corteses; era esta niña») o de las relaciones entre los hombres de Castelnau, lo que está en juego tiene que ver con la correcta circulación de lo simbólico. Por su tendencia a evitar el conflicto, lo simbólico forma parte de la tendencia precipitada del conjunto.

Sin embargo, las divisiones son inevitables, como la de los sexos, muy similar a la de Vies minuscules. Las mujeres, ligadas a la tierra por su papel de madres, son todas figuras de generosidad. Hélène, la guardiana del umbral, está radiante, a pesar de su «carne muerta». Esta aura negativa impide cualquier rivalidad real con Yvonne, pero no la condena a una morosa inexistencia. Su carne resucita en la de su hijo, Jean, que tiene una halagadora reputación como «el mejor pescador del cantón, quizá del departamento». La novia del narrador, Mado, eclipsada por el atractivo de la  estanquera, sufre y sólo es una figura secundaria en la historia. En cuanto a Yvonne, reparte sus dones con desigual munificencia, pero satisface sin embargo a todos los hombres del pueblo, a los que regala «su sonrisa y la calidez de su voz», haciéndoles «posar en su vientre» un deseo compartido a lo largo de los siglos con «los habitantes de las cavernas que habían experimentado el deseo en los bosques». Si las imágenes de la «miel negra» y la aún más cruda de las «grosellas negras hinchadas en la horchata» están reservadas a sus relaciones amorosas con Jeanjean, Yvonne transforma las manos del narrador, ahora suyas por un milagro de transubstanciación poética, en instrumentos de dicha indecible:

«No atravesaban a Jean-Gabriel Perboyre flechas más abrasadoras, ni estaba él más caído contra su tocón de árbol que yo contra el mío, dándome gusto con manos que ya no eran yo, que eran de ella: los deleites con los que me colmó, que me dio ella en persona, desde luego, en cierto sentido, pues estoy seguro de que sucedía a sabiendas suyas, son los más virulentos que hayan cruzado nunca por mí».


La población infantil constituye un pueblo maravilloso cuyos detalles interesan poco a la narración, Bernard aparte. Directamente salidos de los cuentos de hadas, intercesores entre el presente y el mito antiguo y sus lados más oscuros, como en el episodio del zorro, los niños forman un «ejército de enanos». Más depositarios de magia que individuos reales, se resumen en sus atributos: «capuchas» o «coletitas». Bernard actúa como un «mediador» suplementario entre el narrador e Yvonne. Aunque amado por su madre, es para ella una «carne supernumeraria», inútil para su propio resplandor. El narrador le persigue sádicamente, lo que no es casual, ya que —la geminidad obliga— él y Bernard son rivales en esta escala simbólica de los valores.

A veces más allá de la muerte, los demás protagonistas masculinos comparten los atractivos del mundo sensible sin rivalidades notables. Al contrario que las mujeres, guardianas inmutables e intemporales de las leyes de la filiación, los hombres son eternos hijos perdidos en la contemplación de un sueño arcaico de prensión, que los sitúa en el bando de los transgresores. Jean el pescador y Jeanjean, en dominios distintos, acechan la misma presa imposible. Esta analogía permite la amistad en un modo dialéctico de estima mutua, expresada por la metáfora del «reinado»:

«Cada uno vio en la cabeza del otro la pluma invisible del sachem que permite escabullirse por las rendijas de la ley. Y aunque cada uno no se esforzaba por ensanchar la misma malla de la red, no pasaba por el mismo agujero, aunque sus imperios eran muy diferentes, o tal vez porque eran muy diferentes, uno no se escandalizaba del reinado del otro: así podían ser amigos, es decir, que indiscutiblemente se desafiaban y se perdonaban, que la envidia y el respeto compartían sus corazones, y que el respeto ganaba por un pelo»²³.

El «perfil delgado y afilado» de Jean el pescador es una «pura ausencia», que reduce a este personaje a su sueño ahabiano de pesca milagrosa. En la cueva sobre la que «reina» el otro Jean, desovan en la oscuridad «peces albi-nos, desde hace milenios». Al igual que la captura de mujeres, la captura de carpas implica un ascenso de la oscuridad a la luz, devolviendo siempre al pescador a la fantasía de una futura captura, un hipotético «gran esturión». La gracia pescadora es también femenina, inseparable de la indignidad que la alimenta. Si la gran calipigia sólo puede ser una pobre mujer, la carnosa suavidad de la carpa procede del fango que la llena.

El sueño del pescador se corresponde con el de Jeanjean, que tiene la difícil tarea de poseer a Yvonne y custodiar la cueva prehistórica. Estos dos dominios pertenecen al mismo reino inaccesible: «(...) lo que le contentaba y bailaba en su mirada, (...) muy lejos de él, desprendido».

El empeño soñador de captar un misterio inasible ligado a los orígenes caracteriza también a varias figuras del pasado. Los maestros perigordinos buscadores de huesos de la Ill République intentan demostrar que «el hombre no nació de Adán», y los «corazones solitarios» prehistóricos dibujan animales en las paredes de las cavernas, practicando estas «artes» danzando también «delante de la despensa para sacudirle las puertas y que se abran de par en par revelando maravillas». La imaginación erótica del narrador le equipara con la tentativa artística de estos —y, más discretamente, con el escritor—, mientras que su función le convierte en rival de los antiguos maestros de escuela, aunque éstos le absuelvan en virtud del deseo que ellos mismos sentían de «muslos más gruesos bajo las crinolinas».

La escritura absoluta 


El arte es, así, una de las figuras del deseo, encargada desde un punto de vista erótico de captar la verdad secreta oculta tras las apariencias. La metáfora de la escritura recorre La Grande Beune. El acto de escribir se pone a menudo en abyme, designándose a sí mismo como una escansión piadosa, en la imagen de los «grandes borrones» trazados «sobre la madera blanca» por los alumnos del narrador. Pero ciertos episodios ponen en duda la validez del intento, como la evocación de los profesores del Périgord clasificando objetos prehistóricos:

«[…] de ahí venía lo de la vitrina, como lo atestiguaban las etiquetas pegadas en todos los objetos, en que habían caligrafiado denominaciones científicas con la letra de mano primorosa característica de aquellos tiempos, la primorosa letra vanidosa y vana, redonda, recargada, ferviente, que compartían entonces los ingenuos y los modestos de ambos bandos, los que creían en las Excrituras y los que creían en el porvenir de los hombres.»


La lúcida nostalgia del narrador subraya la paradoja inherente a la empresa literaria, a la que se refiere la metáfora caligráfica. La búsqueda del origen a la que se entrega el positivista maestro de escuela de la III República se devuelve en su obstinada ingenuidad. Aunque la simpatía brille en este comentario, no puede considerarse como una aprobación en toda regla.

Esta duda se confirma cuando la narración repasa las grandes catástrofes históricas de la modernidad, Verdún, «donde la caligrafía deja plumas» y «los famosos campos, no lejos del campo de Atila, pero a la vista de los cuales el campo de Atila era una escuela de filosofía», que le hace «quemar para siempre sus alas y convertirse en cenizas». La inclusión de la escritura en su propia historia la marca como una paradoja: es a la vez un canto y una negación crítica de su propio canto.

Pero a La Grande Beune no le falta generosidad. La ortografía transmitida por el narrador a su pequeña clase tiene una coquetería aliterativa que recuerda mucho a las galas de Yvonne, con «su cuello alto, su abotonadura exuberantemente conectada, su falbala, su fíbula». Firma de las vísceras, como la cicatriz de Yvonne, la escritura rastrea lo oscuro en todos sus aspectos, tratando de asignarle un orden, como «las pinturas prehistóricas» concebidas por «la mano más delicada» de los «corazones solitarios que iban de noche a buscar el sentido en los charcos de la Beune, no lo encontraban allí y traían en cambio piedras opacas que tienen sentido, palabras y combinaciones de piedras y palabras que tienen sentido».

¿Cómo no detectar en esta exaltación tan moderna de lo arcaico una alegría indiscutible? Alegría que transmiten los destellos deslumbrantes de la escritura de Michon, ella misma una fuerza rítmica ininterrumpida en la que se alternan secuencias cortas con largas frases paratácticas, a menudo puntuadas por el bajo continuo de los demostrativos anafóricos y el participio, o la intrusión repentina de un largo flujo escrito esencialmente en tiempos y lenguaje muy literarios que utilizan un vocabulario coloquial (el imper, los Marlboro), lo que le confiere ese clasicismo bárbaro al que aspira. La escritura de Michon atraviesa las tranquilas apariencias y hace vibrar la carne del mundo.

Sin embargo, el episodio en el que Jeanjean lleva de visita a su caverna a Mado y al narrador revela la futilidad del intento. La vecindad de Lascaux es, pues, un exemplum que muestra lo que está en juego en el ideal artístico, al tiempo que desbarata sus pretensiones:

«Era impresionante. No había nada. Era la cúpula de Lascaux en el momento preciso en que entraron en ella los antiguos célibes, tocados con los candiles de astas, cuando, en las antorchas, les dio un respingo el corazón; cuando apareció para ellos solos la extensión impecable de calcita blanquísima, tierna, lisa, apenas con grano, pero con un grano, pese a todo, que rozaban con la yema de los dedos […]. No había pinturas, era Lascaux en el momento en que los célibes en cuclillas se desposan con su pensamiento, conciben, quiebran las barritas de ocre y remueven el carbón vegetal en un charco, callan […]».


La cueva se revela como un lugar de deseo de arte más que de arte en sí, pero sobre todo está vacía, como muestra Jeanjean con una especie de orgullo negativo:

«Con un ademán amplio y algo teatral que le soltó la mano por las alturas, lo abarcó todo: “Como pueden ver”, dijo “no hay nada”. Lo decía completamente en serio, aunque sonreía, casi sin ironía, y los ojos ebrios vagaban por las paredes, ávida, tiernamente […]. Nada de nada».


Este pasaje recuerda la visita a los «pisos privados» del Instituto Benjamenta de Robert Walser²⁴, hipostasiados como un lugar mítico a pesar de su trivialidad. En Le Temps est un grand maigre, prefacio de Un Début dans la vie, reeditado en Trois Auteurs²⁵, Michon cita este episodio para apoyar la hipótesis «nihilista», una de las varias propuestas para explicar el hundimiento creativo de Balzac después de 1848. Para Michon, la impostura de la obra, abordada en los escritos sobre arte, ya se trate de Rimbaud o de libros sobre pintores, es uno de los elementos irrenunciables de la empresa estética. El creador es siempre una persona minúscula, cuya obra, por brillante que sea, atañe a la vez al alarde y a la nada.

Pero esta «incredulidad» es redimida por su opuesto, la fe absoluta en los poderes del arte como único medio de establecer una trascendencia perdida y redescubrir el paraíso perdido de una relación ideal con la madre. Una fe que el novelista espera sin cesar en una esperanza siempre recurrente. La Grande Beune sería así, más que la novela del deseo insatisfecho, el deseo insatisfecho de la novela, de esa gran obra que quedó pendiente, que es L'Origine du monde.


Notas.

1. Vidas minúsculas. Editorial Anagrama, 2002. Traducción de Flora Botton-Burlá.

2. Rimbaud el hijo. Editorial Anagrama, 2001. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia.

3. Incluida en Señores y sirvientes. Editorial Anagrama, 2003. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia.

4. Ídem.

5. El rey del bosque. Abades. Editorial Alfabia, 2010. Traducción de Nicolás Valencia.

6. Pierrot, dit autrefois Gilles, cuadro de Jean-Antoine Watteau, expuesto en el Museo del Louvre.

7. Mitologías de invierno. El emperador de Occidente. Editorial Alfabia, 2009. Traducción de Nicolás Valencia.

8. Publicada en castellano bajo el título El origen del mundo. Editorial Anagrama, 2012. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia.

9. La sinfonía pastoral. André Gide. Menoscuarto Ediciones, 2022. Traducción de José Ángel Zapatero.

10. Reseña de Roi du bois y de La Grande Beune. Universalia, 1997.

11. Este concepto de gracia que se espera figura como uno de los leit-motiv de Vies minuscules.

12. Le Récit poétique. Jean-Yves Tadié. Paris: PUF, 1978.

13. Nadja. André Breton. Editorial Cátedra, 2006. Edición de José Ignacio Velázquez.

14. El aldeano de París. Louis Aragon. Errata Naturae, 2016. Traducción de Vanessa García Cazorla.

15. Entrevista con el autor con Thierry Bayle, Le Magazin Littéraraire 353.

16. La razón por la que Paul Valéry nunca escribiera novelas es que, según sus propias palabras, se sentía incapaz de escribir: La marquesa salió a las cinco de la tarde…

17. Según Jean-François Lyotard, este género es moderno y no posmoderno, como lo es Proust en contraste con Joyce: «Proust alega a lo irrepresentable mediante un lenguaje intacto en su sintaxis y su léxico, y un estilo de escritura que en muchos aspectos sigue perteneciendo al género de la narración novelística. La institución literaria, tal y como Proust la heredó de Balzac o Flaubert, se ve ciertamente subvertida en la medida en que el héroe no es un personaje, sino la conciencia interior del tiempo: y la diacronía de la diéresis, menoscabada por Flaubert, es puesta en entredicho por la voz narrativa elegida. Sin embargo, la unidad del libro, la odisea de esta conciencia, aunque se posponga de capítulo en capítulo, no se ve perturbada: la identidad de la escritura consigo misma a través del laberinto de la narración interminable basta para connotar esta unidad, que ha sido comparada a la de la Fenomenología del Espíritu. Joyce revela lo irrepresentable en su escritura misma, en el significante». J.-F. Lyotard, Le Posimoderne expliqué aux enfants. Le Livre de Poche, 1993.

18. Puedes considerarse «vidas de artistas» los libros de Michon consagrados a pintores (Vie de Joseph Roulin, Maîtres et serviteurs, Le Roi du bois), a escritores (Rimbaud le fils, Trois auteurs) y al músico de L'Empereur d’Occident.

19. Un registro parecido al principio de Vent, de Claude Simon.

20. Las citas proceden de la traducción de María Teresa Gallego Urrutia, op. cit.

21. Los Círculos del Infierno de la Divina Comedia.

22. Entrevista del autor con Catherine Argand, Lire (diciembre de 1998-enero de 1999).

23. Cita no publicada en La Grande Beune, que se incluye en Compagnies de Pierre Michon. Verdier, 1993.

24. Jacob von Gunten. Robert Walser. Ediciones Siruela, 2024.

25. Trois auteurs. Pierre Michon. Verdier, 1998.



Procedencia del artículo: Farron, Ivan. “Terre(s) Du Désir ‘La Grande Beune’ Ou l’écriture Absolue.” L’Esprit Créateur, vol. 42, no. 2, 2002, pp. 62–75. 

JSTOR, http://www.jstor.org/stable/26288475


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