24 de agosto de 2026

Déplier le monde

 

Déplier le monde. Pierre Bergounioux y Joël Leick. Fata Morgana, 2026

En sus Cuadernos, Pierre Bergounioux deja escrito que dedica una buena parte de su tiempo de escritura a lo que él llama livres pauvres. Algunos de estos libros de artista se han confeccionado con el fotógrafo, artista y editor Joël Leick, han consistido en un solo ejemplar manuscrito con las imágenes originales, y han permanecido inéditos hasta la fecha. 

No se trata de libros ilustrados al uso, en los que el artista crea una imagen para complementar el escrito, ni lo contrario, sino que componen un solo texto en dos lenguajes, como si uno completara las grietas que ha dejado el otro, armando un conjunto integrado, un diálogo activo,  cuyos elementos, por sí solos, aislados, ya no tienen el mismo contenido: la imagen ha adquirido voz y la voz, imagen. La editorial Fata Morgana, que publica regularmente textos del escritor, pone en circulación algunos de esos fragmentos bajo el título del primero de los escritos, Desplegar el mundo

«Todo ha cambiado: los temas, los medios empleados, la duración del efecto. Solo permanece una cosa: la capacidad intacta de captar la belleza exiliada —al igual que nuestras creencias y nuestra esperanza— entre los escombros de la modernidad, como escribió cierto poeta».

Como en gran parte de sus ensayos recientes, el tema general del conjunto de escritos es la decadencia de la civilización, singularizada por la industrialización y la urbanización, que vino a sustituir a ese mundo rural que se había quedado estancado a principios del siglo XX, que pagó el precio de ese progreso ineluctable  con la fractura de los equilibrios primitivos, la desaparición de los paisajes y de las formas de vida tradicionales, y se encontró en un cul de sac ya irremediable; una belleza que, si no se quiere renunciar a ella, habrá que encontrar entre los escombros de la modernidad. 

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A continuación, traducción del primer texto del volumen, titulado «Déplier le monde».

Desplegar el mundo


Recordemos la frase de Helvétius: «Si vivimos como todo el mundo, tenemos los pensamientos de todo el mundo». ¿Y entonces? Está bien, pero, jugando un poco con las palabras, esos pensamientos no son coextensivos, distan mucho de abarcar la totalidad del mundo. Este, debido a una desproporción que los griegos advirtieron muy pronto, excede la capacidad de la inteligencia, el alcance del pensamiento. La psyché no está a la altura de la physis; pero —Pascal verá en ello, mucho más tarde, la grandeza del hombre— lo sabe, mientras que la naturaleza lo ignora.

Hay algo más, a menos que no sea sino una consecuencia de lo anterior. Todo el mundo, o casi, coincide en considerar que ciertos objetos poseen cualidades estéticas, que determinados materiales presentan propiedades que los predisponen a un uso artístico. Son los rostros de facciones armoniosas, los cuerpos jóvenes, bien proporcionados, los más bellos representantes de los tres reinos: robles majestuosos y lirios silvestres, ciervos de poblada cornamenta, leones soberbios, mares en calma o embravecidos, cumbres coronadas de nieves eternas.

Fue justo ayer, por así decirlo, cuando los artistas comenzaron a reflexionar sobre la historia del arte, sobre la tradición milenaria que perpetuaban sin cuestionarla, y denunciaron los temas a los que se ajustaban y los límites que ellos mismos se imponían. Un nombre, el de Duchamp, señala la ruptura. Es contemporánea de la teoría de la relatividad de Einstein, del descubrimiento del inconsciente por Freud, de la revolucionaria fenomenología de Husserl que saca a la luz el trabajo inadvertido del espíritu, gracias al cual los datos de la experiencia son ordenados, sometidos al principio de coherencia y dotados del sentido del que él mismo es la fuente. «El mundo es una construcción subjetiva».

Un artista de hoy en día, si ignora estos avances, estos logros, no pertenece a su tiempo. Su mirada se ha desprendido del reducido número de figuras —cuerpos perfectos, leones y lirios…— que antes la habían acaparado, de los soportes específicos —lienzo de lino, mármol blanco, bronce, dorado o no— que el sentido común, y su propia inclinación, en mayor o menor medida, le imponían.

A esta conmoción de la cultura filosófica y científica occidental se añade el prodigioso desarrollo del proceso de producción. Decir que ha revolucionado la vida que llevamos, tanto en sus grandes líneas como en sus más ínfimos detalles, es quedarse corto. No es éste el lugar para hacer el inventario de la transformación permanente del paisaje cotidiano ni de los objetos de uso corriente.

Algunos parecen, desde luego, completamente desprovistos de cualquier virtualidad plástica; por ejemplo, los filtros de café, con su aspecto de cuadrante de papel secante marrón. Pues no es así. Tal como son, o desplegados, ofrecen a la imaginación un nuevo horizonte. El mundo, esa construcción subjetiva a la que damos ese nombre, se amplía, y con él aumenta también nuestra alegría.


Je dis ce que j'en sens by Joan Flores Constans is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España License.
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