26 de febrero de 2025

Marcel Schwob. 120 años de su muerte

 

Hoy, exactamente un mes y 50 años después del suicidio de Gérard de Nerval, se cumplen 120 de la prematura muerte de Marcel Schwob, nacido en Chaville el 23 de agosto de 1867. En su breve vida (37 años) le dio tiempo a cultivar el periodismo, la poesía, el cuento, el ensayo y la traducción (Shakespeare, Defoe, Crawford, De Quincey). Publicó el grueso de su obra en seis años, al igual que un siglo después haría Bolaño —su huella está presente, al menos, en La literatura nazi en América y Amuleto—. Schwob es un escritor fundamental en la literatura francesa de finales del xix y desde entonces no ha dejado de marcar la literatura universal posterior: padre espiritual de Borges —inspiró su primer libro, Historia universal de la infamia—, ha influido de forma decisiva en la obra de escritores contemporáneos a ambas orillas del Atlántico como Jarry, Valéry, Gide, Faulkner, Tabucchi, Arreola, Cunqueiro, Perec, Calle, Michon, Vila-Matas, Martín Sánchez o Faverón Patriau. A Schwob llegué gracias a No te conozcas a ti mismo (Nerval, Schwob, Roussel) de Moisés Mori, cuya lectura recomiendo muchísimo.

A continuación puede leerse «Vida de Morfiel, demiurgo», descarte de Vies imaginaires (Charpentier & Fasquelle, 1896), acaso su libro más importante. Éditions des Cendres publicó este texto en 1985 y la presente traducción obtuvo el I Premio Complutense de Traducción Universitaria «Valentín García Yebra», que apareció por primera vez en el número 48-49 de la revista Vasos Comunicantes (https://vasoscomunicantes.ace-traductores.org/wp-content/uploads/2019/09/Vasos48-49Baja.pdf) y he revisado para esta ocasión. El original puede leerse aquí (http://www.marcel-schwob.org/?p=1060).


Vida de Morfiel, demiurgo


A Morfiel, así como a los otros demiurgos, lo llamó a la existencia una palabra del Ser Supremo, que pronunció su nombre. De inmediato se encontró en el mismo taller celestial que Sar, Tor, Araziel, Tauriel, Ptahil y Barachiel. El demiurgo jefe, que gobernaba este taller, era Avatar. Todos construían el mundo con afán, según los modelos imaginados. Avatar dio a Morfiel su porción de tierra, agua y metal, y le encargó hacer los cabellos. Los otros moldeaban narices, ojos, bocas, brazos y piernas. Barachiel se encargaba de las monstruosidades y deformaba cierta cantidad de objetos terminados, antes de entregárselos a su jefe, Avatar. De hecho, algunos demiurgos habían trabajado en otros mundos superiores y convenía que este fuese distinto. Y, según la invención de Avatar, Barachiel dividió la naturaleza de los hombres y de las mujeres, que, tal como refiere Platón, no formaban en el mundo, justo sobre el nuestro, más que un solo ser que andaba sobre cuatro pies y cuatro manos dispuestos orbicularmente como los cangrejos. Hay una isla en el mundo inferior donde Avatar ordenó situar a unos hombres de nuevo divididos. Solo tienen un ojo, una oreja y una pierna, y el cerebro no está separado en dos, sino que es redondo. Y lo que es par en nosotros es impar en ellos; ya que están basados en el modelo de las monocotiledóneas o de los tubos vivos que se pegan a las rocas marinas y no conciben la segunda dimensión del espacio, sino que piensan que el universo tiene intervalos y es discontinuo. De modo que, saltando sobre su pierna central, cruzan sin dificultad lo que nos parece opaco, las murallas o las montañas, y cuentan uno, tres, cinco, siete… Tampoco se ponen dos a hacer el amor, ya que no se imaginan nada parecido, pero se pegan juntos por las bocas en grupos de tres, cinco o siete, en pequeñas tropas, disfrutándolo con infinito placer, y creen ver a los dioses por los agujeros de su cielo. Y los animales de esta isla están dispuestos de manera parecida y también las plantas, de modo que solo se ven brotes y tallos solitarios de una sola hoja enrollada sobre sí, y todo esto es obra de los diligentes demiurgos.

Los modelos de los demiurgos estaban hechos con los materiales preciosos que sirvieron para fabricar los otros universos, tales como el éter, fuego sutil o vapor de diamante, y, a imitación de estos modelos, se construyeron las cosas de esta tierra, pero Avatar no permitió a sus obreros valerse de otros materiales que no fueran la tierra, el agua y el metal. Varios, que eran delicados, al haberse acostumbrado a trabajos más finos, se quejaron. Avatar los mandó callar y pasaba de uno a otro, examinando con atención los movimientos de las manos. Hay que pensar también que hubo muchos celos entre todos estos obreros. Aquellos que fabricaban los órganos vitales no se tenían ni mucho menos en baja estima, cuales habilidosos artistas de la loza; al contrario, aquellos a quienes se habían distribuido los órganos menores envidiaban a los compañeros más felices y realizaban a regañadientes la obra de humildes alfareros. Así, los fabricantes de ombligos y de uñas de pies no cesaron de gruñir durante toda la creación. Por otro lado, los que pulían, torneaban y coloreaban las pupilas de los ojos despreciaban al resto de los obreros. Morfiel, por su parte, ejecutó con paciencia lo que Avatar le había encomendado y estiró cabellos gruesos y finos.

Así pasó la vida de Morfiel, demiurgo. Fue muy parecida a la de los prisioneros que trabajan en la sala de una cárcel bajo la mirada de los guardias. No tuvo ningún tipo de variedad. Tan pronto como el Ser Supremo decidió crear, los propios dioses sufrieron la ley de sus creaciones. Fabricantes esenciales, conocieron las penas y la monotonía existencial de los obreros inferiores. Durante su demiurgia, a Morfiel no le pasó nada que merezca mencionarse.

Pero sucedió que se enamoró de su obra y que apartó con astucia los cabellos más bonitos, a espaldas de Avatar. Cuando la creación de este mundo hubo terminado, a los demiurgos se les encomendó otro trabajo. En el nuevo universo que construyeron, no había un solo cabello. Morfiel fue entonces libre de errar y se llevó consigo el botín. Eran unos preciosos cabellos lisos y dorados, largos y suaves, que a Morfiel le encantaba tocar.

Sin embargo, el nuevo mundo que fabricaban los demiurgos era un mundo de demonios machos y hembras, que estaban hechos a imagen de los hombres, salvo que llevaban crestas y penachos en lugar de cabellos. Uno de los demonios hembra, Éverto, divisó el fardo de Morfiel. Y, al desearlo, le quitó lo que necesitaba y decoró su cabeza con cabellos de mujer. Morfiel la miró y Éverto lo acarició, de modo que él no osó recuperar el adorno, ya que los demiurgos no son en absoluto perfectos. Éverto se relajó un rato con Morfiel y, como verdadero demonio que era, se coló en la tierra donde nadie pudo distinguirla del resto de mujeres. Por todas partes arrastraba los cabellos, dorados y lisos, y los pobres hombres la acariciaban y se dejaban acariciar como lo había hecho el demiurgo. Y el demonio hembra Éverto se hizo famoso entre las mujeres, sobre las que ejerció todas sus maldades y todos sus vicios, de manera que los dioses vigilantes se percataron e hicieron un informe.

Mandaron llamar de inmediato a Avatar y lo enviaron en busca de Morfiel para castigarlo. Morfiel palpaba su tesoro, como un avaro, en el mundo inferior. Avatar lo agarró por el cogote y lo colgó con los cabellos que había fabricado y disfrutado a una de las puertas del cielo. Tal fue el final de este culpable demiurgo.

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