10 de abril de 2020

Un lugar llamado Antaño

Un lugar llamado Antaño. Olga Tokarczuk. Editorial Anagrama, 2020
Traducción de Ester Rabasco Macías y Bogumila Wyrzykowska
Un lugar llamado Antaño (Prawiek i inne czasy, 1996) es la tercera novela por orden de publicación de la reciente Premio Nobel de Literatura (2018). 

La acción se desarrolla en el ámbito de una comunidad rural, apegada a la tierra, a los ritos ancestrales, inalcanzables para la lógica, enraizados en un pasado legendario, que han perdido su origen pero que se mantienen en nombre de una incuestionable tradición. Tal comunidad constituye un microcosmos cerrado, mítico y arquetípico, compuesto por relatos que son como celdillas de un panal, independientes pero en contacto, de carácter primordial para poder reflejar la búsqueda de satisfacción de las necesidades primarias pero imprescindibles y lo suficientemente ingenuos como para ser comprendidos por las almas sencillas.
«La gente piensa que vive más intensamente que los animales, que las plantas y, sobre todo, más que los objetos. Los animales presienten que viven  más intensamente que las plantas y los objetos. Las plantas sueñan que viven más intensamente que los objetos. Pero las cosas duran y el hecho de perdurar es, más que ninguna otra cosa, la vida».
El inicio del relato se sitúa en 1914, en el comienzo de la IGM, un conflicto que afecta poco, al menos de manera directa, a Antaño, que va cumpliendo los ciclos de la vida —los días, las estaciones, las cosechas, las gestaciones— con un ritmo inalterable, a tenor de sus propios acontecimientos, e insensible al paso del tiempo, con cuyos desórdenes se ven obligados a cargar sus habitantes. Unos habitantes que comparten protagonismo con los objetos y los animales, sometidos sin distinción al vaivén temporal que imprime Antaño entre lo efímero y lo permanente, sin que llegue a afectarles la confusión que parece adueñarse del mundo exterior.

Antaño proporciona s sus pobladores un modo de vida bucólico, en armonía con la naturaleza. Pero tras su apariencia de locus amoenus, a veces sus vecinos sienten que viven atrapados en una red de sucesos imprevisibles, sobre cuya ocurrencia carecen de control, y cuya intencionalidad parece dominar Antaño, como si lo más perentorio fuera la mera supervivencia del lugar y para cuya consecución todo aquello que les incumbe a ellos pasara a formar parte de ese plan, de ese objeto teleológico.
«Imaginar es en suma crear, es el puente que reconcilia a la materia con el espíritu. Especialmente cuando se practica a menudo y de forma intensiva. La imagen se transforma en una gota de materia y se incorpora a la corriente de la vida. A veces, por el camino, algo en ella se deforma y cambia. Por eso, todos los deseos humanos se cumplen si son lo suficientemente fuertes. Aunque no siempre del todo, ni tal y como uno esperaba».
Un lugar que parece duplicar los atributos del dios cristiano pero cuya religiosidad parece anclada en un animismo ancestral de jerarquía desconocida, ritual impreciso y teodicea enrevesada, comandada por un dios extraño que concedía para quitar y despojaba para otorgar; donde los adultos se comportan como niños y los niños como adultos, los animales como los humanos y los humanos como animales, los objetos como personas y las personas como objetos, los muertos como los vivos y los vivos como los muertos; un Hombre Malo ejecutando tareas divinas y un Dios cuyo rostro «era negro, horrible y estaba lleno de cicatrices» en el papel de asesino despiadado; donde la vida se rige por las reglas de los sueños y las pesadillas se materializan en la oscuridad del bosque y a la lumbre del hogar.
«El Tiempo de los Muertos encarcelaba en su interior a quienes creían ingenuamente que no era necesario aprender a morir, a quienes fracasaban en la muerte como quien suspende un examen. Cuantos más progresos hacía el mundo, cuantas más alabanzas cantaba a la vida, cuanto más se aferraba a ella, más numerosa era la muchedumbre que llenaba el Tiempo de los Muertos y más bulliciosos se volvían los cementerios. Allí era donde los muertos, tras la vida, recuperaban la conciencia y entendían que habían perdido el tiempo que les había sido otorgado. Descubrían el secreto de la vida después de la muerte, pero era ya un descubrimiento inútil».
Un lugar donde vida avanza, se detiene o retrocede sujeta a los vaivenes de la naturaleza, hiberna ante el frío de noviembre y estalla ante la calidez de mayo, decae con las hojas en otoño y reverdece con las flores de los frutales. Un lugar en el que el círculo dibujado con rodar de la manivela del molinillo de café puede abarcar a la totalidad del universo y el mundo entero puede hallarse contenido en un minúsculo sello de correos.
«El molinillo [de café] es un trozo de materia al que se le ha infundido la idea de la molienda. Los molinillos muelen y por eso existen. Pero nadie sabe qué significa realmente un molinillo. Nadie sabe realmente qué significa nada. Tal vez, un molinillo sea tan solo un vestigio de una ley fundamental de la transformación, absoluta y básica, una ley sin la cual este mundo no podría existir o sería totalmente distinto. Tal vez, los molinillos de café sean el eje de la realidad en torno al cual todo gira y evoluciona; tal vez, sean más importantes para el universo que los propios hombres. Y, tal vez, ese singular molinillo de Misia fuera el pilar central de aquel lugar llamado Antaño».
Otros recursos relativos a la autora en este blog:
Notas de Lectura de Sobre los huesos de los muertos
Notas de Lectura de Los errantes

6 de abril de 2020

Poesía y fotografía

Poesía y fotografía. Yves Bonnefoy. Shangrila Ediciones, 2020
Traducción de Ester Quirós Damià
Poesía y fotografía (Poésie et photographie, 2014) es la transcripción, reelaboración y desarrollo de la conferencia dictada por Bonnefoy en el marco de la "Lezione Sapegno" de 2009 en la Universidad Val D'Aosta. El tema que subyace al ensayo es la especulación acerca del impacto de los inicios de la fotografía sobre la visión y la experiencia del mundo en su posible relación con la poesía, en especial con el abandono del lastre del romanticismo; en este sentido, el autor aboga por una poesía que sostenga el rol de memoria de la pérdida de contacto con lo real.

La imagen prefotográfica impuso su dictadura sobre otras formas de representación a pesar adolecer de dos limitaciones fundamentales: representa la realidad pero, a pesar de ser en sí misma completa como concepto, la representa de forma incompleta; y requiere de un marco conceptual, de un soporte, sin los cuales no es inteligible.

La invención del daguerrotipo parece —y también la posterior fotografía, que añadiría a la aportación del daguerrotipo la posibilidad de reproducción—, en principio, solventar esas limitaciones: es una reproducción completa y fijada, y el marco es una copia de la realidad en un solo instante,  aunque tal vez la percepción humana es incapaz de discernir por su propensión a la continuidad; pero es que, además, la fotografía incluye elementos no buscados, planos secundarios de la realidad que se deben a la intervención del azar con independencia de la voluntad del fotógrafo. Sin embargo, su parecido con la realidad esconde una trampa: es una realidad ficticia: «con la invención de Daguerre, el no-ser se introdujo en el campo hasta entonces cerrado de la imagen»; es una realidad con una inconmensurable capacidad de fascinación pero privada de sentido.

Un efecto parecido provocó, cincuenta años más tarde, la iluminación eléctrica en algunos grandes bulevares de París: por primera vez, un elemento no reducible a ninguno de los cuatro elementos de los presocráticos; su poder y su impremeditada intencionalidad fijaron una nueva frontera, por un contraste ineludible y omnipresente de la nada —representada por las zonas no iluminadas—, que siempre había sido inexacta y difusa, cambiando por completo el concepto de noche. Y modificó tanto nuestra percepción que cuando falta la noche es más oscura, se convierte en un terreno abonado para las pesadillas, acentuando una ceguera —la diferencia entre no ver y no ver nada— que nos hurta el mundo y nos sumerge en la nada.
«¿Puede que sea imposible salir del significado? ¿Que no haya experiencia del apartarse del significado más que desde dentro y a través de una vida siempre inextinguible de la palabra? Pero si las cosas son así, ¿es en verdad necesario rendirse a la evidencia que la palabra, por tanto, cree constatar debido a la acumulación —"vanos muros", dijo Mallarmé; "unreal city", repite T. S. Eliot— de tantas pruebas funestas?»
Ese cambio en la percepción es el que sufre el protagonista de La noche, el relato de Guy de Maupassant —incluido, como apéndice, en el volumen de Shangrila, el último de los escritores cuya narrativa permanece condicionada por el cambio de parámetros de la realidad reproducida por la fotografía y condicionada por las nuevas fronteras de la nada; Baudelaire, en cambio, supo evitar esa constricción, igual que hizo Mallarmé con posterioridad, una constatación que hace apercibirse a Bonnefoy que esa rotura solo podía llevarse a cabo desde la poesía.

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de La bufanda roja
Notas de Lectura de El territorio interior

3 de abril de 2020

El ángel del olvido

El ángel del olvido. Maja Haderlap. Editorial Periférica, 2019
Traducción de José Aníbal Campos
Para la mirada inocente de un niño, una casa en el campo es lo más parecido a un mundo que puede concebir; porque abarca todo lo cognoscible pero también porque le provee de todo lo que necesita; porque contiene todos los peligros a que puede estar expuesto pero también le facilita la protección que puede mantenerlo a salvo. Incluso entre sus pocos habitantes puede reconocer esbozos de todos los caracteres, necesariamente esquematizados y transitorios, pero de los que puede aprender distintas formas de relacionarse con los demás. Un mundo o tal vez un esbozo del mundo, un destilado resultado de la extracción de los elementos accesorios, los más volátiles, los más prescindibles. 
«La abuela me confía que su madre le ha legado, como dote, una bendición para la casa, un techo de palabras que cubre su cabeza. Debe pronunciarla en tiempo de penurias o clavarla en la puerta de entrada para que esta permanezca protegida del granizo y del rayo, de cualquier desgracia. Guarda la bendición en un sobre que no puede abrir sin consultarle. La plegaria puede tocarse y leerse directamente del papel, pero es mejor aprendérsela de memoria, porque el efecto reside en lo expresado, no en lo escrito».
La visión de este mundo a lo largo de medio siglo, desde esa infancia inocente hasta la lúcida madurez, compone el relato de El ángel del olvido (Engel des Vergessens, 2011), la premiada novela de Haderlap.

En contraste con esa visión idealizada se sitúa la perspectiva de los adultos, sustancialmente diferente ya que para estos, aunque quisieran, ese pequeño mundo no es suficiente para albergar a todas las personas que conocieron, a todas las alegrías que experimentaron, a todas las heridas que les infligieron, a todas las cicatrices que han marcado innumerables surcos en su piel; sin capacidad para responder con la misma sencillez a unas preguntas cada vez más complejas, para impedir que otros innumerables mundos acaben corrompiendo su prístina pureza. No basta porque, a diferencia del niño, poseen un pasado del que no hay manera de huir compuesto por unos universos que hunden sus raíces en el pasado, que han emergido de mares desconocidos, que han sido convocados por conjuros arcaicos, territorios de derrota y de dolor, de traiciones y venganzas, de angustias y pesadillas.
«Empiezo a liberarme poco a poco de mi embotamiento, pensando que hay desgracias mucho peores que la mía. Debo apoyarme en la abuela, pienso, porque ella está familiarizada con la muerte, y una vez las has tenido delante de las narices sabes oler su proximidad, eres capaz de espantarla, de asustarla en cuanto la sientes llegar. Eso no me tranquiliza, solo me siento distraída, vacía como un vaso de agua derramado, un agua que ya no puede devolverse al cántaro, un agua que cambia y se evapora allí donde es vertida».
Nada duele más que el recuerdo. El horror lastima, pero su efecto lacerante se da una sola vez; por mucha que sea su intensidad, su propia existencia material implica, al proceder de un principio temporalmente ubicado, un final. El recuerdo, en cambio, es un proceso que no tiene fin sujeto a repeticiones incesantes cuya intensidad, antes que disminuir con el tiempo, puede aumentar a cada convocatoria.

La desubicación de quien no ha vivido el horror al visitar, en compañía de alguien que sí estuvo presente, los mismos espacios en que aquel tuvo lugar; cuando los testigos convocan al tiempo y sus comentarios pueden se pueden limitar a una mirada para hacerse inteligibles porque si hablan el recuerdo de la pesadilla se hace presente con más virulencia, es inevitable. Igual de ineludible que la estupefacción de la niña, bloqueada por unos acontecimientos cotidianos que le ocupan más atención de la que puede prestar, ante la fijación de los mayores por hechos que ocurrieron en un pasado tan remoto que es incapaz de concebir, y que la sensación de impotencia frente los desafíos que no puede superar     porque siguen anclados en un tiempo que no le pertenece y que parece que los mayores solo pueden solucionar convirtiendo en ruinas todos los nexos que los unen a él.
«Las barreras de protección que intento levantar entre mi persona y mi familia se vienen abajo de nuevo. Por un momento temo la irrupción impetuosa del pasado, que entra arrollándome del todo, temo desaparecer bajo su enorme peso. Decido entonces llevar a la escitura todos esos fragmentos, lo dinamitado, lo recordado. lo narrado, todo lo presente y lo ausente, hacer un nuevo boceto de mí misma a partir de la memoria, trazarme con la escritura un cuerpo hecho de aire y contemplación, de aromas y colores, de voces y ruidos, de cosas pasadas, soñadas, de rastros. Podría así recuperar lo irreversible, corroborar que ha regresado bajo un ropaje nuevo, transformándose y transformándome. Podría así ensamblar otra vez lo separado, lo barrido hacia un lado y que pueda entreverse lo que está debajo. Podría rodear lo que ha sido con un cuerpo invisible, un cuerpo que lo selle y someta».
A medida que el ser humano crece en estatura puede adquirir también, de forma progresiva, una perspectivas más amplia del presente para fijar la mirada más allá de su entorno inmediato; del pasado, mediante la acumulación de recuerdos, algunos suficientemente dolorosos, que pueden ayudar a comprender la fijación que muestran los mayores por los suyos; y del futuro, una incógnita que está empezando a concebir pero que todavía ignora  que jamás podrá despejar. Aunque mantenga la incredulidad acerca de la necesidad de  destruir para olvidar y de reconstruir para adquirir nuevos recuerdos sin contaminar. En definitiva, la constatación ya incuestionable de la existencia de otros mundos, algunos favorables y otros adversos, más allá de uno mismo, con los que es imprescindible establecer pactos de existencia mutua. Y la primera, elemental pero determinante, noción del paso del tiempo a través de uno mismo y, como consecuencia, la noción de la propia mortalidad.

El miedo, en definitiva, de que uno de aquellos etéreos fantasmas del pasado atraviese la frontera del tiempo para cobrarse su presa; de que una de aquellas balas perdidas en el bosque que se cruzaban los partisanos y los invasores encuentre, a través de los años, el sustituto del cuerpo al que estaba destinada.
«La guerra es una pérfida cazadora de hombres. Ha lanzado su red para atrapar a los mayores y los mantiene cautivos con sus muertos y sus retazos de memoria. Un mínimo descuido, un breve instante en que se baja la guardia y la barca recoge sus redes, y mi padre se queda de pronto enganchado a un clavo de la memoria, se ve corriendo por su vida, intentando escapar al infinito poder de la Parca. La guerra aparece, sin avisar, en frases dichas al vuelo, ataca desde la oscuridad que la protege. Deja que los cautivos tiemblen entre sus redes, y disimula durante semanas mientras prepara su nuevo ataque, en cuanto se la olvida. Cuando se debilita, se le pide incluso que acuda a las casas, se burlan de su armadura, siempre con la fe de poder insuflarle un talante amable, se pone la mesa para ella, se le prepara la cama».
La verdadera conciencia de la muerte, sin embargo, se adquiere después de haber asistido, por primera vez de forma consciente, a su ceremonia, una vez que la edad haya despertado en el espíritu del superviviente el verdadero significado de la ausencia definitiva, cuando golpea a alguien tan próximo que con su partida se lleva un trozo de uno mismo y no solo arranca su vida de nuestro lado, sino que, también, posee la fuerza suficiente para llevarse aquella parte de nosotros mismos compuesta por las horas transcurridas en compañía y las complicidades tramadas en la vida compartida: el recuerdo del fallecido permanecerá vivo en nosotros —y así, viviremos con el espejismo de que sigue a nuestro lado—, pero una parte de nosotros partirá, para siempre, con él.
«Los viajes entre Viena y mi pueblo natal se convierten poco a poco en expediciones en el tiempo, viajes a través de diversas eras y versiones de la Historia que existen de forma paralela. Cuanto más me acerco a mi lugar de origen, tanto mayor es mi sensación de estar viajando al pasado, y cuanto más me alejo de él, tanto más rápido pasan las horas y los días. En ese ir y venir me veo como alguien que ha sido lanzado a través de las eras, que ha caído en el futuro o ha llegado con retraso».
Con la edad y la adquisición de la independencia personal, al alejamiento físico se le une el distanciamiento moral, de modo que todo aquello que se empleó para generar una identidad va perdiendo peso y sentido y, al contrario de lo que debería, la distancia entre el origen y el presente es cada vez mayor. Las paredes que cierran el valle, que es también la prisión de la infancia, no han podido detener el alma ávida de experiencias y de desafíos;
«Las colinas de mi región natal se han transformado en una trampa que cada verano me captura y encierra. Me siento cada vez menos capacitada para establecer un vínculo entre mi vida y mi lugar de nacimiento y me pregunto si acaso debo fabricarme una escalera de emergencia para poder sacar de esa garganta, de contrabando, todo mi optimismo. Sin embargo, todavía intento hallar consuelo en el paisaje, encontrar ahí el rastro de un lugar donde poder vivir que no se torne una amenaza contra mí. Espero poder deslizarme bajo su piel en el curso de muchos veranos, descubrir sus secretos, a fin de no marcharme con las manos vacías, solo con mi piel a cuestas»;
y, al mismo tiempo, han convertido el regreso en imposible, la escala temporal del valle sigue su propia cadencia y opone su pausada evolución a la rapidez del tiempo humano; es un desfase imposible de recuperar, igual que lo es la infancia, ese territorio que se transforma, con el devenir del tiempo, de recuerdo a sueño y de este a vacío. Ese lugar de la niñez que queremos transformado mantiene su naturaleza; somos nosotros quienes, sin apercibirnos o malintencionadamente, ya no somos los mismos.
«Por culpa de esa frontera, que a ojos de la mayoría en nuestra región solo puede ser una frontera nacional e idiomática, me veo obligada a explicarme y a identificarme. ¿Quién soy yo, a qué lugar pertenezco, por qué escribo en esloveno o hablo alemán? Esas declaraciones tienen un claustro de sombra por el que deambulan fantasmas con nombres como lealtad y traición, posesión  territorio, mío y tuyo. El cruce de la frontera no es aquí un proceso natural, es un acto político».
Pero todos esos cambios no actúan solamente sobre el paisaje y el recuerdo, imponen su mutabilidad también sobre otros parámetros más volátiles: sobre la lengua, sobre la pertenencia, sobre la identidad. Y mientras tanto, la pesadilla desterrada prematuramente, permanece agazapada, en paciente espera para regresar y cubrir el mundo con su manto de espesa tiniebla, para cerrar de nuevo el paréntesis del tiempo de paz.
«El ángel del olvido debe haber olvidado borrar las huellas del pasado en mi memoria. Me ha conducido a través de un mar en el que flotaban restos de un naufragio. Ha hecho que mis frases choquen con desechos y astillas que flotan a la deriva, y todo para que se hieran, pulan y afilen. Ha retirado de forma definitiva la imagen de los angelitos que colgaba sobre mi cama de niña. Ya nunca podré ver a ese ángel. Jamás volverá a tener forma. Desaparecerá en los libros. Será una historia».

1 de abril de 2020

The Anatomy of Melancholy. Frontispicio


Vade liber, qualis, non ausum dicere, felix,
Te nisi felicem fecerit Alma dies.
Vade tamen quocunque lubet, quascunque per oras,
Et Genium Domini fac imitere tui.
I blandas inter Charites, mystamque saluta
Musarum quemvis, si tibi lector erit.
Rura colas, urbem, subeasve palatia regum,
Submisse, placide, te sine dente geras.
Nobilis, aut si quis te forte inspexerit heros,
Da te morigerum, perlegat usque lubet.
Est quod Nobilitas, est quod desideret heros,
Gratior haec forsan charta placere potest.
Si quis morosus Cato, tetricusque Senator,
Hunc etiam librum forte videre velit,
Sive magistratus, tum te reverenter habeto;
Sed nullus; muscas non capiunt Aquilae.
Non vacat his tempus fugitivum impendere nugis,
Nec tales cupio; par mihi lector erit.
Si matrona gravis casu diverterit istuc,
Illustris domina, aut te Comitissa legat:
Est quod displiceat, placeat quod forsitan illis,
Ingerere his noli te modo, pande tamen.
At si virgo tuas dignabitur inclyta chartas
Tangere, sive schedis haereat illa tuis:
Da modo te facilem, et quaedam folia esse memento
Conveniant oculis quae magis apta suis.
Si generosa ancilla tuos aut alma puella
Visura est ludos, annue, pande lubens.
Dic utinam nunc ipse meus [6](nam diligit istas)
In praesens esset conspiciendus herus.
Ignotus notusve mihi de gente togata
Sive aget in ludis, pulpita sive colet,
Sive in Lycaeo, et nugas evolverit istas,
Si quasdam mendas viderit inspiciens,
Da veniam Authori, dices; nam plurima vellet
Expungi, quae jam displicuisse sciat.
Sive Melancholicus quisquam, seu blandus Amator,
Aulicus aut Civis, seu bene comptus eques
Huc appellat, age et tuto te crede legenti,
Multa istic forsan non male nata leget.
Quod fugiat, caveat, quodque amplexabitur, ista
Pagina fortassis promere multa potest.
At si quis Medicus coram te sistet, amice
Fac circumspecte, et te sine labe geras:
Inveniet namque ipse meis quoque plurima scriptis,
Non leve subsidium quae sibi forsan erunt.
Si quis Causidicus chartas impingat in istas,
Nil mihi vobiscum, pessima turba vale;
Sit nisi vir bonus, et juris sine fraude peritus,
Tum legat, et forsan doctior inde siet.
Si quis cordatus, facilis, lectorque benignus
Huc oculos vertat, quae velit ipse legat;
Candidus ignoscet, metuas nil, pande libenter,
Offensus mendis non erit ille tuis,
Laudabit nonnulla. Venit si Rhetor ineptus,
Limata et tersa, et qui bene cocta petit,
Claude citus librum; nulla hic nisi ferrea verba,
Offendent stomachum quae minus apta suum.
At si quis non eximius de plebe poeta,
Annue; namque istic plurima ficta leget.
Nos sumus e numero, nullus mihi spirat Apollo,
Grandiloquus Vates quilibet esse nequit.
Si Criticus Lector, tumidus Censorque molestus,
Zoilus et Momus, si rabiosa cohors:
Ringe, freme, et noli tum pandere, turba malignis
Si occurrat sannis invidiosa suis:
Fac fugias; si nulla tibi sit copia eundi,
Contemnes, tacite scommata quaeque feres.
Frendeat, allatret, vacuas gannitibus auras
Impleat, haud cures; his placuisse nefas.
Verum age si forsan divertat purior hospes,
Cuique sales, ludi, displiceantque joci,
Objiciatque tibi sordes, lascivaque: dices,
Lasciva est Domino et Musa jocosa tuo,
Nec lasciva tamen, si pensitet omne; sed esto;
Sit lasciva licet pagina, vita proba est.
Barbarus, indoctusque rudis spectator in istam
Si messem intrudat, fuste fugabis eum,
Fungum pelle procul (jubeo) nam quid mihi fungo?
Conveniunt stomacho non minus ista suo.
Sed nec pelle tamen; laeto omnes accipe vultu,
Quos, quas, vel quales, inde vel unde viros.
Gratus erit quicunque venit, gratissimus hospes
Quisquis erit, facilis difficilisque mihi.
Nam si culparit, quaedam culpasse juvabit,
Culpando faciet me meliora sequi.
Sed si laudarit, neque laudibus efferar ullis,
Sit satis hisce malis opposuisse bonum.
Haec sunt quae nostro placuit mandare libello,
Et quae dimittens dicere jussit Herus.

No me atreveré a decir: «Ve, libro, feliz»,
sino «que el tiempo te haga provechoso».
Ve donde quieras, corre de boca en boca,
y haz que se imite el genio de tu dueño.
Anda entre las Gracias y saluda a cualquier
sacerdote de las Musas, si es lector tuyo.
Vivirás en campos y ciudades, entrarás en los palacios de los reyes, 

humilde, plácidamente, te mostrarás sin maledicencia.
Si un noble o un héroe se fijase en ti,
sé complaciente, que te lea hasta donde quiera;
lo que desea la nobleza, lo que desea el héroe,
es quizá que un libro agradable le pueda complacer.
Si algún Catón moroso, algún severo senador,
quisiera ver casualmente este libro,
o un magistrado, sé reverente
o pasa desapercibido, las águilas no cazan moscas.
No tienen tiempo de gastar sus horas fugaces con fruslerías,
y tampoco los busco; mi lector será como yo.
Si una matrona seria recurre a ti,
o te lee una dama ilustre o una condesa,
lo que les guste o disguste quizá
no lo has de tener en cuenta.
Pero si una doncella ilustre se digna a tocar
tu papel, o se detiene en tus páginas,
hazte fácil, y recuerda que eres unas cuantas hojas,
para que las más apropiadas lleguen a sus ojos.
Si una criada generosa o una niña buena
han de ver tus bromas, consiéntelo, muéstrate gustoso,
di: «ojalá mi notable dueño estuviese presente
ahora», pues prefiere a éstas.
Si un togado conocido o desconocido para mí,
ya se dedique a la escuela elemental, o al púlpito
o al liceo, hojea estas fruslerías,
si le ves examinando los errores,
dile: «excusa al autor, pues quisiera
haber tachado muchas cosas que ahora desaprueba».
Si un melancólico o un dulce amante,
o un cortesano o ciudadano, o un caballero seductor
se acercan, preséntate, y ten fe en el seguro lector,
quizá lea muchas cosas aquí que no son inútiles.
Ha de tener cuidado con aquello de lo que huye y con lo que ama, 

quizá estas páginas le expliquen muchas cosas.
Pero si un médico se coloca ante ti, sé amigable
y respetuoso, y pórtate sin deshonra:
pues alguno e incluso varios de los escritos que en ti encuentre,
tal vez le sirvan de gran ayuda.
Si un abogado se mete en estas páginas,
que no tenga nada conmigo, pues son una muchedumbre pésima,
a no ser que se trate de un hombre bueno, experto en leyes sin fraude; 

entonces, que lea, que quizá con ello será más docto.
Si un lector sensato, fácil y benigno,
vuelve sus ojos hacia aquí, que lea lo que quiera,
es benévolo, indulgente; no temas nada, muéstrate libremente,
no se ofenderá con tus errores,
alabará algunas cosas. Si viene un orador inepto,
que pide las cosas pulidas, elegantes, bien sazonadas,
ciérrate rápido, libro, para que ninguna palabra tosca,
que no sea adecuada, le ofenda el estómago.
Pero si es algún poeta no distinguido, de la plebe,
acógele, pues aquí leerá muchas historias inventadas;
soy uno de ellos, aunque Apolo no me es favorable,
un cualquiera no puede ser un vate grandilocuente.
Si es un lector crítico, un orgulloso censor molesto,
Zoilo y Momo, si es un grupo de gente rabiosa,
enseña los dientes, protesta y no te muestres,
aunque la turba envidiosa se manifieste con protestas maliciosas. 

Huye, para que no vaya a ti toda la multitud,
desprécialos, sean cuales sean las bromas que hagan.
Aunque se irriten, ladren, llenen de rumores, vacuas
lamentaciones, no te preocupes, les gusta lo injusto.
Di la verdad si la casualidad te depara un huésped más puro,
a quien no le gustan los chistes, los pasatiempos ni los juegos,
y te reprocha las trivialidades e inmundicias. Dirás
que tu señor tiene una musa lasciva y jocosa,
y, sin embargo, no es tan lasciva, si se sopesa, sino más bien que 

aunque su página sea lasciva, su vida es honrada.
Si un espectador bárbaro, indocto y rudo se entromete
en esta cosecha, le harás huir con un palo,
expulsa a los tontos, te digo, ¿de qué me vale un tonto?
Esto no les conviene al estómago.
Pero mejor no expulses a nadie, recíbelos con cara alegre,
a unos y a otras, a éstos y a aquéllos.
Todo el que venga será agradable, quien vaya
será un huésped agradabilísimo, fácil y difícil para mí.
Pues si me critica, si a alguno le gusta criticar,
con la crítica me hace mejorar.
Pero si me alaba, y no me dejo llevar por las alabanzas,
que baste contraponer lo bueno con lo malo.
Esto es lo que nos gustaría mandar a nuestro librillo,
y lo que mandó decir el dueño al despedirse.


                                When I go musing all alone
Thinking of divers things fore-known.
When I build castles in the air,
Void of sorrow and void of fear,
Pleasing myself with phantasms sweet,
Methinks the time runs very fleet.
All my joys to this are folly,
Naught so sweet as melancholy.
When I lie waking all alone,
Recounting what I have ill done,
My thoughts on me then tyrannise,
Fear and sorrow me surprise,
Whether I tarry still or go,
Methinks the time moves very slow.
All my griefs to this are jolly,
Naught so mad as melancholy.
When to myself I act and smile,
With pleasing thoughts the time beguile,
By a brook side or wood so green,
Unheard, unsought for, or unseen,
A thousand pleasures do me bless,
And crown my soul with happiness.
All my joys besides are folly,
None so sweet as melancholy.
When I lie, sit, or walk alone,
I sigh, I grieve, making great moan,
In a dark grove, or irksome den,
With discontents and Furies then,
A thousand miseries at once
Mine heavy heart and soul ensconce,
All my griefs to this are jolly,
None so sour as melancholy.
Methinks I hear, methinks I see,
Sweet music, wondrous melody,
Towns, palaces, and cities fine;
Here now, then there; the world is mine,
Rare beauties, gallant ladies shine,
Whate'er is lovely or divine.
All other joys to this are folly,
None so sweet as melancholy.
Methinks I hear, methinks I see
Ghosts, goblins, fiends; my phantasy
Presents a thousand ugly shapes,
Headless bears, black men, and apes,
Doleful outcries, and fearful sights,
My sad and dismal soul affrights.
All my griefs to this are jolly,
None so damn'd as melancholy.
Methinks I court, methinks I kiss,
Methinks I now embrace my mistress.
O blessed days, O sweet content,
In Paradise my time is spent.
Such thoughts may still my fancy move,
So may I ever be in love.
All my joys to this are folly,
Naught so sweet as melancholy.
When I recount love's many frights,
My sighs and tears, my waking nights,
My jealous fits; O mine hard fate
I now repent, but 'tis too late.
No torment is so bad as love,
So bitter to my soul can prove.
All my griefs to this are jolly,
Naught so harsh as melancholy.
Friends and companions get you gone,
'Tis my desire to be alone;
Ne'er well but when my thoughts and I
Do domineer in privacy.
No Gem, no treasure like to this,
'Tis my delight, my crown, my bliss.
All my joys to this are folly,
Naught so sweet as melancholy.
'Tis my sole plague to be alone,
I am a beast, a monster grown,
I will no light nor company,
I find it now my misery.
The scene is turn'd, my joys are gone,
Fear, discontent, and sorrows come.
All my griefs to this are jolly,
Naught so fierce as melancholy.
I'll not change life with any king,
I ravisht am: can the world bring
More joy, than still to laugh and smile,
In pleasant toys time to beguile?
Do not, O do not trouble me,
So sweet content I feel and see.
All my joys to this are folly,
None so divine as melancholy.
I'll change my state with any wretch,
Thou canst from gaol or dunghill fetch;
My pain's past cure, another hell,
I may not in this torment dwell!
Now desperate I hate my life,
Lend me a halter or a knife;
All my griefs to this are jolly,
Naught so damn'd as melancholy.

Cuando voy solo, meditabundo, 
pensando sobre diversas cosas previstas, 
cuando construyo castillos en el aire, 
falto de tristeza y falto de temor, 
complaciéndome con dulces fantasmas, 
me parece que el tiempo corre veloz.
     Todas mis alegrías son, ante esto, tonterías,
     nada es tan dulce como la melancolía. 
Cuando estoy paseando solo,
recordando lo que he hecho mal,
me oprimen los pensamientos,

me sorprenden el temor y la tristeza, 
aunque me quede quieto o siga,
me parece que el tiempo va muy despacio.

     Todas mis penas son, ante esto, alegrías,
     nada es tan triste como la melancolía. 
Cuando actúo para mí mismo y sonrío,
me entretengo con pensamientos agradables, 

al lado de un arroyo o en un verde bosque, 
sin que nadie me oiga, me busque o me vea, 
me bendicen cientos de placeres,
y me coronan el alma de felicidad.

     Todas mis alegrías son, ante esto, tonterías,
     nada es tan dulce como la melancolía.
Cuando me tumbo, me siento o paseo solo,
o suspiro y me aflijo, dando grandes lamentos
en una oscura arboleda, o una incómoda cueva,
con descontentos y furias,
y mil miserias a la vez,
y en mi corazón y mi alma la pesadumbre se acomoda.

     Todas mis penas son, ante esto, alegrías,
     ninguna es tan amarga como la melancolía. 
Me parece oír, me parece ver
una dulce música, una maravillosa melodía; 

villas, palacios y hermosas ciudades,
ahora aquí, luego allá; el mundo es mío. 

Bellezas sorprendentes, damas galantes brillan, 
todo lo que es agradable o divino.
     Todas las demás alegrías son, ante esto, tonterías,
     nada es tan dulce como la melancolía. 
Me parece oír, me parece ver
fantasmas, duendes, demonios, la fantasía 

me presenta cientos de figuras horribles, 
osos sin cabeza, negros y monos,
alaridos lastimeros y visiones temibles, 
mi alma está triste y lúgubre se atemoriza.
     Todas mis penas son, ante esto, alegrías,
     ninguna es tan detestable como la melancolía.
Me parece que cortejo, me parece que beso,
me parece que estoy abrazando ahora a mi dama.
¡Oh, días felices! ¡Oh, dulce contento!
Paso el tiempo en el paraíso.
Estos pensamientos todavía pueden conmover mi fantasía, 

como si pudiera estar siempre enamorado.
     Todas mis alegrías son, ante esto, tonterías,
     nada es tan dulce como la melancolía. 
Cuando recuerdo los temores del amor,
mis suspiros y lágrimas, mis noches en vela, 

mis ataques de celos, ¡Oh, duro destino mío! 
Ahora me arrepiento, pero es demasiado tarde. 
Ninguna tormenta es tan mala como el amor, 
ni puede mostrarse tan amarga para mi alma.
     Todas mis penas son, ante esto, alegrías,
     nada es tan duro como la melancolía.
Amigos y compañeros, marchaos,
es mi deseo estar solo.
Nunca estoy tan bien como cuando mis pensamientos y yo 

lo gobernamos todo en privado.
Ninguna joya, ningún tesoro es como éste,
es mi deleite, mi corona, mi gloria.

     Todas mis alegrías son, ante esto, tonterías,
     nada es tan dulce como la melancolía.
Mi única enfermedad es estar solo,
soy un animal, un monstruo,
no me gusta la luz ni la compañía,
y encuentro en ello mi desgracia.
La escena ha cambiado, mis alegrías han desaparecido. 

El miedo, el descontento y la tristeza arriban.
     Todas mis penas son, ante esto, alegrías,
     nada es tan fiero como la melancolía.
No quiero cambiar mi vida con la de ningún rey, 

estoy encantado. ¿Puede traer más alegría
el mundo que la de reír, y sonreír siempre,
pasando el tiempo con entretenimientos agradables? 

No me molestéis, no;
es tan dulce la satisfacción que siento.

     Todas mis alegrías son, ante esto, tonterías,
     nada es tan divino como la melancolía. 
Cambiaría mi situación por la de cualquier infeliz 
que puedas traer de la cárcel o las mazmorras; 
mis penas ya no tienen cura, es un infierno.
No puedo seguir viviendo con este tormento, 

Ahora, desesperado, aborrezco la vida,
dejadme una soga o un cuchillo.

     Todas mis penas son, ante esto, alegrías, 
     no hay maldición como la melancolía.


Old Democritus under a tree,
Sits on a stone with book on knee;
About him hang there many features,
Of Cats, Dogs and such like creatures,
Of which he makes anatomy,
The seat of black choler to see.
Over his head appears the sky,
And Saturn Lord of melancholy.

El anciano Demócrito está sentado bajo un árbol, 
sobre una piedra, con un libro en las rodillas.
A su alrededor hay varias figuras,
de perros, gatos y similares criaturas,

de las que hace una anatomía
para ver la sede de la cólera negra.
Por encima de su cabeza, aparecen el cielo 

y Saturno, señor de la melancolía.


The next of solitariness,
A portraiture doth well express,
By sleeping dog, cat: Buck and Doe,
Hares, Conies in the desert go:
Bats, Owls the shady bowers over,
In melancholy darkness hover.
Mark well: If't be not as't should be,
Blame the bad Cutter, and not me.

El siguiente, el de la Soledad,
expresa perfectamente su retrato
con un perro y un gato dormidos; un gamo, una cierva, 

liebres y conejos van por el bosque,
los murciélagos y los buhos por encima del umbrío enramado 

revolotean en la oscuridad melancólica.
Obsérvalo bien: si no está como debiera,
culpa al grabador, y no a mí.


To the left a landscape of Jealousy,
Presents itself unto thine eye.
A Kingfisher, a Swan, an Hern,
Two fighting-cocks you may discern,
Two roaring Bulls each other hie,
To assault concerning venery.
Symbols are these; I say no more,
Conceive the rest by that's afore.

A la izquierda, un paisaje que representa los celos 
aparece ante tus ojos.
Un martín pescador, un cisne, una garza,
dos gallos de pelea puedes discernir,

dos toros bramando a cual más
en un combate que concierne a Venus. 

Todos ellos son símbolos, no digo más. 
Imagina el resto por lo anterior.


I'th' under column there doth stand
Inamorato with folded hand;
Down hangs his head, terse and polite,
Some ditty sure he doth indite.
His lute and books about him lie,
As symptoms of his vanity.
If this do not enough disclose,
To paint him, take thyself by th' nose.

En la columna inferior está
el 
Inammorato, con los brazos cruzados,
con la cabeza baja, conciso y educado,
seguro que está componiendo alguna cantilena. 

A su alrededor están el laúd y los libros,
como síntomas de su vanidad.
Si todo esto no lo representa suficientemente, 

acércate la pintura más a los ojos.


Hypocondriacus leans on his arm,
Wind in his side doth him much harm,
And troubles him full sore, God knows,
Much pain he hath and many woes.
About him pots and glasses lie,
Newly brought from's Apothecary.
This Saturn's aspects signify,
You see them portray'd in the sky.

El hipocondríaco se apoya en el brazo, 
el flato en el costado le hace mucho daño 
y le afecta terriblemente, Dios lo sabe, 
tiene muchos dolores y aflicciones.
A su alrededor, botes y vasos
recién traídos por el boticario, 
expresan aspectos de Saturno, 
que ves simbolizados en el cielo.


Beneath them kneeling on his knee,
A superstitious man you see:
He fasts, prays, on his Idol fixt,
Tormented hope and fear betwixt:
For Hell perhaps he takes more pain,
Than thou dost Heaven itself to gain.
Alas poor soul, I pity thee,
What stars incline thee so to be?

Bajo ellos, arrodillado,
se puede ver a un supersticioso:
ayuna y reza, con los ojos fijos en su ídolo, 

atormentado entre la esperanza y el temor. 
Queriendo ganar el cielo
quizá se preocupe por el infierno más que tú. 

¡Oh, pobre alma! Te compadezco.
¿Qué estrellas te han inclinado a ser así?


But see the madman rage downright
With furious looks, a ghastly sight.
Naked in chains bound doth he lie,
And roars amain he knows not why!
Observe him; for as in a glass,
Thine angry portraiture it was.
His picture keeps still in thy presence;
'Twixt him and thee, there's no difference.

Pero ved al loco enfurecido abajo a la derecha, 
con mirada furiosa, una visión espantosa. 
Desnudo, está atado con cadenas,
gime desgañitado, sin saber por qué.

Obsérvalo, porque, como en un espejo,
 es tu iracundo retrato.
Mantén su imagen siempre presente, 

entre él y tú no hay diferencia.


Borage and Hellebor fill two scenes,
Sovereign plants to purge the veins
Of melancholy, and cheer the heart,
Of those black fumes which make it smart;
To clear the brain of misty fogs,
Which dull our senses, and Soul clogs.
The best medicine that e'er God made
For this malady, if well assay'd.

La borraja y el eléboro ocupan dos escenas, 
plantas soberanas para purgar las venas
de melancolía y alegrar el corazón,
y curarle de los vapores negros que lo hacen fantasioso. 

Para limpiar del cerebro las nieblas brumosas
que nos embotan los sentidos y entorpecen el alma. 
Las mejores medicinas hechas por Dios
para esta enfermedad, si se emplean bien.


Now last of all to fill a place,
Presented is the Author's face;
And in that habit which he wears,
His image to the world appears.
His mind no art can well express,
That by his writings you may guess.
It was not pride, nor yet vainglory,
(Though others do it commonly)
Made him do this: if you must know,
The Printer would needs have it so.
Then do not frown or scoff at it,
Deride not, or detract a whit.
For surely as thou dost by him,
He will do the same again.
Then look upon't, behold and see,
As thou lik'st it, so it likes thee.
And I for it will stand in view,
Thine to command, Reader, adieu.

Ahora, lo último, para rellenar un espacio, 
se presenta la cara del autor.
Y con el hábito que viste
se presenta su imagen al mundo.

Ningún arte puede expresar bien su mente, 
que podrás adivinar por sus escritos.
No han sido ni el orgullo ni la vanagloria 

(aunque otros lo hacen normalmente)
los que le han impulsado a hacer esto: si lo quieres saber 
el impresor lo necesitaba.
Por tanto, no frunzas el ceño ni te rías de él,
no te burles ni le quites méritos.

Pues, seguramente, igual que se lo haces tú a él, 
él hará lo mismo contigo otra vez.
Entonces, míralo, contempla y ve,
igual que te gusta, le gustarás a él.

Y por ello, me quedaré a la vista 
a tu disposición, lector. Adieu.


Edición: Asociación Española de Neuropsiquiatría
Título original: The Anatomy of Melancholy (1621; ed. de 1632)
Traducción: Ana Sáez Hidalgo.Revisión técnica: Ramón Esteban Arnáiz