La llamada del presente
Pîerre Bergounioux sobre Jean-Paul Michel
Si hubiera que condensar en una fórmula el conjunto de la poesías michelinianas¹ sería, más que ninguna otra, la opuesta de aquella de la que se sirvió Stendhal para definir la novela: un espejo que se pasea a lo largo del camino. Solo que el espejo, al haber impactado con aquello que reflejaba, se ha hecho añicos, y la historia rota, centelleante, llena de lagunas que se lee en sus fragmentos pertenece sin discusión al ámbito de la poesía.
Jean-Paul Michel exhibe una singularidad sumamente paradójica. Una singularidad que requiere algunas consideraciones de orden general.
La literatura nace al margen de los hechos, más tarde que la acción que narra. El relato originario, la Odisea, data del siglo IX a. e. c. En sus veinticuatro cantos pone orden en algo que había sucedido trescientos años antes, bajo los muros de Troya, en las lejanas riberas de Asia Menor. Puede que Homero ni siquiera haya existido. Se supone que era ciego. La chanson de geste que eleva la experiencia a significado siempre es posterior. Es al anochecer, cuando todo ha terminado, cuando las peripecias del día huidizo —la mudable fortuna de las armas, la embriaguez del combate, las lágrimas, el terror, el afán y la furia, el saqueo y el incendio— encuentran una voz. Quien recita bajo el terebinto o escribe a la luz de una lámpara, en su escritorio, no está directamente implicado en el acontecimiento. Su relación con lo que narra solo es platónica, puramente ideal. La narración conlleva desvinculación, ausencia física, afectiva, respecto de aquello que nombra. Los grandes prosistas son extraños al mundo, incapacitados, lisiados, estigmatizados. Es con la mano que le queda —perdió el uso de la otra en Lepanto— que Cervantes describe los encantamientos; y es en el momento mismo en que estos se disipan bajo la fría claridad del racionalismo cuando fija su figura. Para escribir Madame Bovary fue preciso que Flaubert muriera para el mundo, quince años antes, en el camino de Pont-l’Évêque. Proust busca a tientas, entre los escombros de su decepcionante vida, los materiales de La Recherche, y Kafka le disputa a su inclinación por la nada que lo devora, a la obsesión que lo consume, su inmensa y terrible profecía.
Todos habían esperado algo más de la existencia antes de abandonar, por el cuartucho con las contraventanas cerradas, la habitación de paredes de corcho donde expresaron, unos, el desencanto del mundo; otros, el asfixiante, el feroz prosaísmo de las relaciones mercantiles; otros aún, el perfume embriagador, a través del tiempo, de invisibles y persistentes lilas.
Jean-Paul Michel aún no ha vivido cuando ya se pone a escribir. Lo hace bajo el imperio de la necesidad, para escapar al destino, para consumar la entrevista fragilidad que ha percibido en aquello que, abrumadoramente, se presenta como la realidad. La filosofía, la política, la vida vendrán después, si es que llegan algún día. Al principio, uno no sabe. Es impotente, y el mundo se encarga, entonces, de la fácil tarea de modelarnos a su imagen.
Cuando abre los ojos, e incluso antes de eso, cuando aguarda su turno en la antecámara, Jean-Paul Michel se encuentra implicado en un accidente, es víctima de una catástrofe. Está atrapado entre los esquistos arrugados, comprimidos, plegados, del sur de la Corrèze, al lado de La Roche-Canillac. Lo que le espera es la indigencia irremediable de las tierras pobres, el aislamiento, el estupor al que está condenado cualquiera en esos parajes. Su porvenir es el pasado. Será igual, si deja actuar a las cosas, que quienes lo precedieron, sus antepasados malhechores. Ni siquiera llega a imaginarse aquello a lo que aspira. No viene incluido en el lote de cumbres, de hondonadas, de bosques, de malezas, de estanques entre los que ha crecido. Conoce bien, en cambio, aquello que rechaza a toda costa. Es sencillo. Es todo lo que está presente. Es la prosa cerrada, oscura, impenetrable del matorral y de los pliegues entreabiertos del esquisto; son los trazos de pluma, más abajo, como en nota al pie, de los juncos sobre la confusión lodosa de los barrancos.
A falta de los recursos de la razón discursiva, del tiempo necesario para aprender a servirse con propiedad del instrumental de las categorías, del filo del concepto, para comprender y desprenderse, está destinado a la rebelión instintiva. Y esta posee un registro dentro del espectro de la expresión —el primero, sin duda, que la especie cultivó antes de razonar, de argumentar—: la voz desnuda que la conmoción nos arranca del pecho, el lirismo, la poesía. Estaba en el origen. Y vuelve cada vez que el mundo, con nosotros, recomienza.
Hay una última razón para esa orientación precoz, irrevocable hacia el fragmento, hacia el verso que estalla, negro, sobre el blanco de la página; y es, en realidad, la primera, pero invertida. El universo estrecho, hirsuto, opresivo, material, contra cuya faz Jean-Paul Michel, a los quince años, lanza su canto, ese universo, por el simple hecho de existir, posee, a los ojos del alma, la consistencia y el peso, la potencia, el prestigio de lo que existe fuera de ella. Jean-Paul Michel no pertenece a la raza de los espíritus puros, de los versificadores que pasan los días en el salón, junto a la chimenea, entre gatos. Ha recorrido el campo, ha probado, le pese o no, la áspera esencia de la vida salvaje, ha matado animales, ha aprendido la gran lección de la hierba, de la escarcha, de los caminos, del viento, de las mañanas. Con el odio hacia lo que lo precede y lo aguarda —esas granjas de las que aborrece para siempre “las bestias y la gente, los misales, los retratos de soldados y los cerdos”—, alimenta un apetito no menos vivo por lo tangible, por la sociedad de los hombres, por el mundo real.
En el momento en que se aventura a escribir sus primeras palabras —desgarro, encrucijada, fuego—, compone, en un sótano, con tipos de madera y letras desparejadas de plomo antimonioso, sobre una prensa antigua, Le Roi, de Khair-Eddine, que imprime a fuerza de brazos sobre papel de carnicería. Se exhibe, desaliñado, con una gran pipa en la boca, en los descampados, llevando colgado del pecho un cartel donde se lee POETA EN LIBERTAD, como si estuviera ante el cadalso. Pronto se unirá a la falange trotskista, aportando a la preparación del Grand Soir² la terrible abnegación y el espíritu de disciplina que se observan en los monjes-soldados de la IV Internacional.
Viaja como puede, hace señas a los coches que pasan, de pronto más numerosos, bajo los plátanos y los olmos que Turgot plantó hace dos siglos, cuando era intendente del Lemosín. Recorre los malos caminos en una Solex inestable, cae, se levanta, ensangrentado, avanza hasta Saint-Cirq-Lapopie, en el Lot, donde André Breton, en vísperas de su muerte, le desea buena suerte en el umbral del porvenir³.
Sería inútil buscar en esas adversidades el acontecimiento preciso, positivo, que explique a Michelena. Un libro caído, por azar, entre sus manos. Alguien venido de otra parte, que hubiera hablado con él. El trenecillo de vía estrecha —de un metro— que viene de Ussel pasando por Mestes, Neuvic-La Siauve, Lapleau, Le Mortier-Gumond, y entra, jadeante, en La Roche-Canillac tras la pequeña Piguet 030 color verde col, con la chimenea alta, antes de volver a partir, a veinte por hora, hacia Tulle, la prefectura, por Espagnac y Saint-Bonnet-Avalouze. O el autovía jorobado que muge y se contornea entre desfiladeros arbolados, se sumerge en túneles semejantes a la entrada del Ténaro antes de emerger bajo los cielos más amplios del Périgord, entre los huertos y las plantas de sustento, frente al Vézère, en el que se reflejan las casas solariegas.
No se encuentra en ninguna parte la señal trazada sobre la fría, la vieja, la exageradamente verde Corrèze, ni la amargura presentida en el oleaje de las tierras donde ha naufragado. Allí se nace y muere desde siempre, para renacer idéntico a sí mismo: campesino, soldado, destinado a la guerra, a la tierra, a la guerra que se libra contra la tierra enemiga, contra la tierra ensangrentada de los campos de batalla donde se deja, con regularidad, la piel y los huesos. Nunca se es el primero. Ha habido otros, antes. Los que nos precedieron: el mismo, en el mismo lugar, bajo la misma hora antiquísima, detenida.
¿Y entonces? Entonces, sin duda, el presentimiento, más allá de las paredes de roca, del vacío y del silencio, de un rumor que despierta, a lo lejos, la llamada del presente. Fiándose de ruidos tenues, casi inaudibles, Jean-Paul Michel se libra del abrazo de los orígenes, de sí mismo, pues siempre acabamos interiorizando lo que acecha en el exterior. Deja caer ruidosamente la herramienta que le tendían los cavadores de patatas encorvados sobre su surco, atropella generaciones de ancianas, manda al diablo a los cerdos. El odio, el orgullo —se pinta a sí mismo como un Héroe—, el dolor que evoca con una ironía dolorosa, la crueldad; se comprende su necesidad. La partida es demasiado desigual. De un lado, fuera, dentro, la innumerable presencia de los vivos y los muertos, el sello de plomo del pasado, la tierra erguida como un muro; del otro, la imperfecta lucidez, la frágil voluntad, que son todo cuanto tenemos para empezar. Ha faltado muy poco para que las cosas siguieran su curso, para que lo real, es decir, el genius loci, incompatible con el libre ejercicio del espíritu, la inclemencia congénita del suelo, la atrasada miseria del país, se impusieran. Jean-Paul Michel se encuentra, hacia los diez u once años, en el patio empedrado del cuartel Marbot, en Tulle, donde se forman los jóvenes reclutas, la futura carne de cañón. Escapa, no se sabe cómo. Su hermano menor, en cambio, atrapado, abatido, acabará muriendo. La locura que acechaba es evocada explícitamente
Fueron tiempos enloquecidos. Yo estaba allí cuando nuestro energúmeno se puso en marcha, cuando decidió ser o perecer. Estábamos sentados a menos de un metro el uno del otro. Lo oí proclamar en voz alta y clara su rechazo de todo, burlarse de los viejos pensamientos, sacudir prohibiciones y tutelas. Y el mundo, milagrosamente, entró con nosotros en su verde rejuvenecimiento. Su primavera escoltó nuestras adolescencias. El eco de la lejanía rozó los valles que nos mantenían ignorantes, aislados. Nos hizo crecer hasta una dimensión insospechada, exultante, planetaria. Allá lejos, Castro proclama que la Revolución sabía ganar batallas. La llama cubana se extiende bajo los bosques del continente. Se ve —la televisión en blanco y negro acaba de llegar— cómo las máquinas de guerra americanas, de aire futurista, marciano, caen del cielo como piedras, y pequeños hombres con sombreros cónicos de coolies toman las armas en la ofensiva del Têt, en Saigón. África se agita. El último imperio colonial, el de Salazar, se desmorona en Guinea-Bisáu, en Mozambique, en Angola. La Unión Soviética, tras cuarenta años de hierro, desarrolla un estilo rústico, ostentoso, pero con suavidad en sus formas. Tengo una anécdota, idílica. Ocurre en B., en casa de una jovencita de dieciséis años a la que hemos perseguido con palabras tiernas hasta su pequeña habitación. Se levanta con no sé qué pretexto, abre su armario, y descubre el retrato de cuerpo entero —no muy grande, es cierto—, en color, bonachón, sonriente, cómplice, de Nikita Jrushchov.
El precio que hay que pagar, los jirones de uno mismo que se dejan en las asperezas del camino, la parte del fuego, puesto que había fuego, no aparece en los versos con los que Jean-Paul Michel, hace ya más de treinta años, saldó cuentas con el anacronismo viviente de nuestras infancias. Fue hacia el lado opuesto, hacia el confuso horizonte del porvenir, adonde se dirigió decididamente. Los poemas de aquella época, que leí cuando la tinta aún estaba fresca, lo atestiguan. Las fuerzas adversas, el triple cerco del país, la opaca inercia de la vejez, volverá a todo eso más tarde, si es que logra librarse de ello, abrirse paso. Surgirá más tarde, conforme a la ley que nos prohíbe poseer y conocer, ser y saber al mismo tiempo, pero que también permite, e incluso ordena, a veces, inscribir en el registro del sentido los capítulos oscuros, sepultos, de nuestra experiencia.
Serán Du dépeçage y luego Le Fils, escritos —como se dice en ellos mismos— con unas tijeras.
El terror a la estupidez, lo conociste, (…)
Diciendo escribo
Ya mascullas
(…)
Escupe
El espanto, el mal, el dolor de pensar — el saber atroz —, mantenidos a raya, debilitados, reprimidos cuando hubo que sopesar, decidir, seguir adelante, se descubren más tarde, puesto que existieron como el reverso oculto, el vértigo.
¡Qué no soy yo, boba, mujer más simple, tierra gestante
en el interior del cráneo, genio vegetal chino, vacío
claro
(…]
La locura a la que, lo veía, me conducían directamente mis nervios
(…]
Para apaciguar un poco el mal
Del mismo modo en que se alza, por encima de su ruina, doblemente fantasmal, la ilusión heroica en cuyo nombre se ha combatido para cambiar la faz de la tierra, derribar la creencia que sostiene la realidad.
He amado a los peores
A los Ravachol⁴
cuya vida no valía nada
muertos prematuros, exactos, heroicos — bajo las balas o en los calabozos
Un doble movimiento atraviesa la obra de Michelena: el primero, en espiral, que sitúa la palabra en relación directa con el hecho, con el tumulto apaciguado, con las cenizas, tras la llama; y el segundo, radial, que la acerca al centro, a la vida que primero hubo que rechazar para poder existir.
La brecha es primordial y duradera. El verso, en su origen, reniega del lugar del que ha nacido, invoca al más allá, al mañana. Y cuando lo que debía ser ha tomado cuerpo, ha cumplido —o no— sus promesas, entonces el canto se inclina, el verbo retrocede al pasado del que se había apartado cuando era presente, para superarlo.
No está en nuestro poder estar del todo presentes en nuestra propia conciencia. El conjunto dispar y contradictorio que somos no nos lo permite. Pero nos impulsa a trabajar en ello con energía, a intentar armonizar los dos órdenes de los que procedemos, a acercarnos, a sabiendas, a las realidades concretas que nos determinan, a aquello que habrá definido los que hemos sido.
Es en la convergencia del canto y del devenir donde avanza Michelena, vuelto al nombre que llevaba en la vida y que había revocado, al principio. Es bajo el signo de la aceptación de lo real, de un yo finalmente presente, de los contrarios de nuevo unidos, reconciliados, que escribe ahora.
Finalmente, exactamente yo mismo
El Deseo de Fuego que fue mío
permanece
Notas.
1. Jean-Paul Michel es también conocido por el pseudónimo Jean-Michel Michelena.
2. El término proviene del vocabulario revolucionario y socialista francés del siglo XIX, particularmente después de la Comuna de París, y designa el día esperado de la gran insurrección popular, la revolución definitiva que derribaría el orden burgués y traería una sociedad nueva y justa.
3. Jean-Paul Michel conoció a André Breton en Saint-Cirq-Lapopie en 1966; Breton pasaba allí sus veranos y fue trasladado a París la víspera de su muerte, el 28 de septiembre de 1966.
4. La alusión a François Ravachol (1859-1892), anarquista francés célebre por sus atentados con bombas en la década de 1890 y por su ejecución en la guillotina, hace referencia a la figura romántica del insumiso, del que rechaza la sociedad, el orden y la mediocridad burguesa, una figura que Michel, en su juventud, habría admirado y tal vez emulado simbólicamente.
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Origen del texto: Jean-Paul Michel. Bonté seconde. «Coup de dés». Dirigido por Tristan Hordé. Éditions Joseph K., 2002.

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