3 de agosto de 2020

La Comedia humana. Escenas de la vida parisiense. Volumen X

La Comedia humana. Escenas de la vida parisiense. Volumen X. Honoré de Balzac. Hermida Editores, 2020. Traducción de Aurelio Garzón del Camino
La edición de Hermida Editores de La Comedia humana ha traspasado ya, con este décimo volumen, el segundo dedicado a las "Escenas de la vida parisiense", el ecuador de la obra magna de Balzac, para disfrute y regocijo de los lectores en castellano.

Historia de los Trece

Los Devoradores, una especie de sociedad secreta, son un grupo de Compagnons procedentes del movimiento obrero y compuesto por trece personajes influyentes, fanáticos e independientes; algunos de ellos protagonizan las tres novelas del ciclo que Balzac agrupó bajo el epígrafe de Historia de los Trece, tres relatos mediante los cuales La Comedia humana ofrece cierta conexión con lo que posteriormente se llamó el universo de "fantasía social". 

I. Ferragus, jefe de los Devoradores

Auguste de Maulincour, un joven de buena familia pero de nobleza reciente que sobrevivió por empeño a la Revolución y que validó su fidelidad y su valentía en el ejército, cae enamorado de Clémence Desmarets, esposa de un agente de cambio y bolsa. El hecho de haber alcanzado con relativo esfuerzo cierta posición social le hace creer capaz de alcanzar  retos más importantes por el solo hecho de desearlo, y reacciona de muy malas maneras cuando no puede lograr aquello a lo que está convencido que tiene derecho; esta es la reacción que le provoca la negativa de Clémence a sus requerimientos, que empeora gravemente cuando observa que los favores que le son negados a él son concedidos, prácticamente sin reserva, a otro hombre. Su venganza, aun sin esperar ningún beneficio para su causa, consiste en poner sobre aviso a Desmarets, provocando una grave crisis matrimonial.
«Cuando entre dos seres llenos de cariño el uno por el otro y cuya vida se intercambia a cada momento surge una nube, aunque luego se disipe, deja en las almas algunas huellas de su paso. O el cariño se hace más vivo, así como la tierra es más hermosa después de la lluvia, o la sacudida resuena aún como un trueno lejano en un cielo puro; pero es imposible volver a hallarse en la vida anterior, y es preciso que el amor crezca o que disminuya».
Balzac introduce un elemento de intriga, no muy habitual en su literatura, por medio del cual esconde al lector la misma información de la que carece Desmarets mediante el recurso a un narrador hábil en el engaño y en la dilación; sin artificio estilístico alguno, pero con su maestría habitual en el manejo de la trama, la verdad se irá desvelando, para el lector y para Desmarets, a medida que los sucesos se desencadenen y vayan dejando a cada personaje en el lugar que le corresponde. Si cupiera algún tipo de adscripción a género, podría decirse que Ferragus comienza como novela romántica, se convierte en novela de intriga y concluye en tragedia.
«Y Jules desapareció, huyendo como un hombre que hubiese cometido un crimen. Sus piernas temblaban. Su corazón, dilatado, recibía oleadas de sangre más cálidas y más copiosas que en ningún momento de su vida, devolviéndolas con una fuerza desacostumbrada. Las ideas más contradictorias luchaban en su mente. Sin embargo, un pensamiento las dominaba a todas. No había sido leal con la persona a quien más amaba, y le era imposible transigir con su conciencia, cuya voz, aumentando en razón directa del crimen, armonizaba con los gritos íntimos de su pasión en las más crueles horas de duda que le habían agitado hasta poco antes».
El narrador logra que la consideración de los personajes en el lector cambie en el mismo sentido y al mismo ritmo con que lo hace en la de los protagonistas, provocando una hábil identificación con estos y completando su caracterización con cada giro de la trama. Clémence acaba siendo víctima de un malentendido, y las consecuencias se abaten sobre las cabezas de todos aquellos que desconfiaron de ella; aunque afectados anímicamente, salen indemnes de la catástrofe. 

II. La duquesa de Langeais

Convento de clausura edificado en un escarpado risco en una isla española del Mediterráneo. Un general francés, Armand de Montriveau, después de haber buscado por Europa entera, encuentra por fin a una examante que se encerró después de su huida perseguida por el sentimiento de culpa; pero en la entrevista que sostienen él percibe que sigue amándole. Tras ese comienzo suspendido en el pico de la tensión narrativa, Balzac da inicio a la historia cuyo final acaba de mostrar; sin embargo, antes de dar principio al relato, el autor debe enmarcarlo —no en vano la novela corta pertenece a la serie "Escenas de la vida parisiense"—, y para ello describe con precisión milimétrica —y con generosas dosis de ironía marca de la casa— aquella parte del París decimonónico cuyo esplendor brilló durante más de un siglo, que representó las esencias de la alta sociedad capitalina y cuya simple mención despertaba el más reverente de los respetos; el lugar donde París se doblaba sobre sí misma y se convertía en París-París, la capital de la capital, del mundo civilizado y de la buena sociedad: el faubourg Saint-Germain.
 «Francia es el único país en el que cualquier pequeña frase puede dar origen a una gran revolución. Las masas no se han rebelado jamás en él sino para intentar poner de acuerdo los hombres, las cosas y los principios. Ahora bien, ninguna otra nación siente mejor el pensamiento de unidad que debe existir en la vida aristocrática, tal vez porque ninguna otra ha comprendido mejor las necesidades políticas. La historia no la encontrará jamás rezagada. Francia es a menudo engañada, pero como lo es una mujer, con ideas generosas, con sentimientos cálidos cuyo alcance escapa, ante todo, al cálculo».
Es en ese faubourg donde Armand de Montriveau, un militar gris recuperado por la Restauración «El señor de Montriveau no comprendía nada de todas aquellas monerías y gesticulaciones parisienses, y su alma no podía responder sino a las sonoras vibraciones de los hermosos sentimientos. Hubiese sido pronto abandonado sin la poesía que exhalaban sus aventuras y su vida, sin los elogiadores encomiásticos que le alababan a sus espaldas y sin el triunfo del amor propio que le esperaba a la mujer por la que él se interesase»— y la duqueda de Langeais, una malcasada coqueta y ociosa «Era una mujer artificialmente instruida y realmente ignorante, llena de sentimientos elevados, pero carente de un pensamiento que los coordinase, malgastando los más ricos tesoros del alma en obedecer a las conveniencias; dispuesta a desafiar a la sociedad, pero vacilando y llegando al artificio a consecuencia de sus escrúpulos; con más terquedad que carácter, más encaprichamiento que entusiasmo, más cabeza que corazón»— traban conocimiento en las soirées de la nobleza parisina; Balzac no escribe una guía turística del faubourg ni lleva a término un análisis sociológico de sus habitantes sino que usa una caracterización colectiva para singularizar a un ser individual, dando a entender que la conducta de la duquesa está condicionada y determinada por ese entorno y que es imposible que pueda abstraerse de él hasta el punto de independizarse.

En esta ocasión, Balzac genera una serie de pares opuestos con el fin de individualizar ambos caracteres; cuando Armand muestra ambición, la duquesa opone cinismo; y, respectivamente, idolatría y despecho, adoración y desapego, amor e indiferencia, sumisión y burla, entrega y cálculo, obediencia y libertad o atención e impertinencia.
«Jamás mujer alguna supo, como la señora de Langeais, poner tanta gracia en su impertinencia, y ¿no es esto tanto como reforzar su efecto? ¿No es como para volver furioso al hombre más frío? En aquel momento, en sus ojos, en su voz, en su actitud, se rebelaba una especie de libertad perfecta que no se encuentra jamás en la mujer que ama cuando esta se halla en presencia de aquel cuya sola vista debe hacerla palpitar. Aleccionado con las advertencias del marqués de Ronquerolles, y ayudado por esa rápida intuición de la que se encuentran dotados momentáneamente los seres menos sagaces cuando la pasión los inspira, pero que es tan completa en los hombres de carácter vigoroso, Armand adivinó la terrible verdad que acusaba el aplomo de la duquesa, y una tempestad interior hinchó su corazón, como la superficie de un lago próxima a levantarse».
Pero "tantas veces va el cántaro a la fuente..." que un súbito pero estudiado abandono por parte de Armand de su devoción provoca un intercambio en los papeles en el que cada uno adopta un rol inesperado que jamás hubiese pensado que podría estar a su disposición y que desencadenará un trágico final.

III. La muchacha de los ojos de oro

Aunque Balzac reparte con una equidad libre de toda sospecha su censura a la sociedad francesa con independencia de su origen geográfico o social, las "Escenas de la vida parisiense" se ceban con especial saña en los habitantes de la capital no tanto porque sus pecados sobresalgan en gravedad con respecto a los de provincias, ni siquiera porque el número de habitantes conlleve una multiplicación de las faltas; en realidad, lo que se deduce de sus novelas es que la variedad de pobladores, y no su número, conlleva una posibilidades de relaciones casi inabarcables, y de ahí derivaría la distinción con las provincias.

La vida social en París, si quiere seguirse en toda su plenitud, hace inevitable que cada individuo adopte el uso de máscaras en función de la naturaleza de la convocatoria de que se trate; así pertrechados con personalidades que pueden llegar a ser contradictorias, no es extraño que surjan conflictos de difícil resolución que se eternizan y que terminan confiriendo esa imagen de ciudad en enfrentamiento permanente que la caracteriza. Y esa no es una particularidad de las clases más agraciadas sino que afecta en igual medida —aunque unos arriesguen su crédito, esa magnitud impalpable y volátil, tanto en su adquisición como en su pérdida, mientras los otros arriesgan su dinero, mucho más concreto y necesario— al conde y al obrero, a la marquesa y a la modistilla: el conflicto vive de su universalidad y sus múltiples variantes le aseguran una más que próspera supervivencia. Es más, las consecuencias acostumbran a ser peores cuanto más abajo se esté situado en la escala social porque nadie advierte al pobre de que jamás, sea cual sea su conducta y la colocación a la que aspire, logrará traspasar la frontera invisible que lo separa de la alta sociedad; si alguien se lo advirtiera se ahorraría mucha frustración, pero nadie va a hacerlo —si acaso, al contrario— porque la misma existencia de esa clase favorecida depende de la ilusión de realidad de ese inexistente ascensor.

Henri De Marsay, hijo natural de lord Dudley y de una joven que se casó con un viejo gentilhombre, enviudó y se casó de nuevo con un marqués, es un joven cuya belleza y destreza en los más variados oficios tiene asombrada a gran parte de la mitad femenina parisiense, un magnetismo del que suele aprovecharse, la mayoría de las veces dialécticamente, frente a sus amigos, algunas de una forma más material.

A medias porque parece haber caído bajo el hechizo de su belleza —aunque la naturaleza de ese embrujo tiene un origen desconocido—, a medias por probar ante sus amistades, pero también ante sí mismo, su capacidad para conquistar plazas infranqueables, se propone la conquista de Paquita Valdés, "la muchacha de los ojos de oro", una española amante de un viejo noble, una joven que tiene a todos los petimetres de París en ascuas mientras esperan aunque sea, a falta de algo más tangible que se presume inalcanzable, una breve mirada de sus ojos embrujadores.

Paquita es una mujer extraña que, bajo una apariencia de recato e inocencia, parece esconder el más terrible de los misterios; Henri, por su parte, siente que debe subir la apuesta por su conquista porque debe abarcar, por una parte, todas esas facetas de Paquita, pero también, como culminación, desvelar la promesa de voluptuosidad que adivina tras las pruebas a las que es sometido.
«Pero, ¡cosa asombrosa!, si la Muchacha de los Ojos de Oro era virgen, indudablemente no era inocente. La unión tan extraña de lo misterioso y de lo real, de la sombra y de la luz, de lo horrible y de lo bello, del placer y del peligro, del paraíso y del infierno, que se había encontrado ya en esta aventura, tenía su continuación en el ser caprichoso y sublime del que se burlaba De Marsay. Todo lo que la voluptuosidad más refinada tiene de más sabio, todo lo que podía conocer Henri de esa poesía de los sentidos que llaman amor, fue sobrepasado por los tesoros que desenvolvió aquella muchacha cuyos ojos llameantes no mintieron a ninguna de las promesas que hacían».
Grandeza y decadencia de César Birotteau

I. César en su apogeo 

Los delirios de grandeza no son exclusivos de la burguesía de provincias sino que alcanzan también a los comerciantes triunfadores de la misma capital cuando acumulan una relativa fortuna forjada a fuerza de trabajo y de ahorro  y algunos reconocimientos oficiales por méritos acumulados en el pasado. César Birotteau, perfumista de la Plaza Vendôme, cree haber alcanzado el estatus para debutar en sociedad y empieza a planificar obras, reformas y movimientos para poder lucir su nuevo estatus, que redondeará con un cargo oficial para dar lustre a su posición, pero encuentra una fiera oposición en su esposa, que es partidaria de la venta del negocio, dotar suficientemente a su hija casadera y procurarse un retiro tranquilo en una finca rural donde recogerse en paz y con un saqueo moderado a sus caudales.
«César no podía nunca ser enteramente tonto ni imbécil: la probidad y la bondad arrojaban sobre los actos de su vida un reflejo que los hacía respetables, pues una bella acción hace aceptar todas las ignorancias posibles. Su constante éxito le dio seguridad. En París, la seguridad se acepta por el poder, cuyo signo representa. Habiendo podido conocer a César durante los tres primeros años de su matrimonio, su mujer estuvo dominada por angustias continuas; ella representaba en esta unión la parte sagaz y previsora, la duda, la oposición, el temor; así como César representaba la audacia, la ambición, la acción, la dicha inaudita de la fatalidad. A pesar de las apariencias, el comerciante era pusilánime, mientras que su mujer tenía en realidad paciencia y valor. De este modo, un hombre medioso, mediocre, sin instrucción, sin ideas, sin conocimientos, sin carácter, y que no debía tener éxito en la plaza más resbaladiza del mundo, llegó por su espíritu tenaz, por el sentimiento de la justicia, por la bondad de un alma realmente cristiana y por su amor hacia la única mujer que había poseído, a ser tenido por un hombre notable, valeroso y lleno de decisión».
Balzac, firme partidario de la máxima según la cual la única fortuna lícita es la conseguida a través del trabajo y del ahorro —una apuesta que entra en flagrante contradicción con su propia conducta—, coloca a Birotteau como víctima de una trama de especulación ficticia promovida por un antiguo dependiente de la perfumería al que pilló en una infidelidad y que, desde el momento de su despido, anduvo en busca de un plan para arruinarle, contando, para ese fin, con la complicidad o la ignorancia de ciertos personajes de la total confianza del perfumero: un batiburrillo indescifrable de notarios corruptos, falsos expertos, ventajistas impíos, informantes desinformados, vengadores malintencionados, amantes acuciantes, criados sobornables y toda una pequeña fauna de aprovechados, todos compinchados para enredar a un aspirante a la fortuna y al reconocimiento como ejemplo común del modus operanti en materia de negocios en la capital.

El clímax narrativo se alcanza con la fiesta, con cena y baile, que da Birotteau para celebrar la concesión de la Legión de Honor y para inaugurar las reformas domésticas que dan el brillo, la consistencia y las pretensiones de ascenso social que materializarán la comercialización de una nueva fórmula de crecepelo y, sobre todo, su participación en la operación especulativa a la que cree haber accedido gracias a unos contactos verificados que lo han engatusado para hacerse con su fortuna. Esta fiesta y baile, al que asiste todo el que no puede faltar y a la que también se presentan los artífices de la estafa a que va a ser sometido, como si quisieran ser testigos y jueces del último momento de gloria de su víctima y valorar el mérito de su engaño, representa el punto más álgido en la consideración social de Birotteau, pero también la marca a partir de la cual su persona y su fortuna se precipitarán sin remedio a la ruina más inefable.

II. César en lucha con el infortunio

Desgraciadamente, cinco días después de la fiesta, las peores previsiones de la señora Birotteau llevan camino de cumplirse en su totalidad: el notario depositario de los fondos para la operación inmobiliaria se ha fugado con el dinero y ha dejado a César en la ruina.

Tomando partido, como en la totalidad de su obra, Balzac ofrece un tratamiento diferente del personaje y de la persona en las víctimas, una distinción que no hace en el caso de los estafadores: inclemente con el personaje, le hace sufrir las consecuencias de su ambición; sin embargo, siempre muestra piedad por la persona, acostumbra a tratarla con compasión y le ofrece siempre la posibilidad de redención tras haberlo sometido a una dura penitencia; quien actúa sin mala intención en algún momento será perdonado, directamente o por persona interpuesta.
«Una vez que, en la desgracia, un hombre puede hacerse una novela de esperanzas a consecuencia de razonamientos más o menos justos, con lo que rellena su almohada para reposar en ella la cabeza, con frecuencia está salvado. Muchas gentes han tomado la confianza que da la ilusión por energía. Tal vez la esperanza es la mitad del valor, y por eso la religión católica la ha convertido en virtud. ¿No ha sostenido la esperanza a muchos débiles, dándoles tiempo para que aguardasen los azares de la vida?»
La casa Nucingen

La casa Nucingen —una banca forjada a la sombra de movimientos moralmente ilícitos pero legales que se aprovecha de las suspensiones de pagos para liquidar a los acreedores con ventaja, acrecentando su fortuna y conservando el buen nombre y la consideración que le permiten acceder a puertas selladas para el resto de los mortales—, el centro alrededor del cual gira la trama del relato, aparece en numerosas ocasiones en La Comedia, algunas de ellas en Grandeza y decadencia de César Birotteau
«Desde la paz de mil ochocientos quince, Nucingen comprendió lo que nosotros no hemos comprendido hasta hoy: que el dinero no es un poder sino cuando se encuentra en cantidades desproporcionadas. Envidiaba en secreto a los hermanos Rotschild. ¡Poseía cinco millones y quería diez! Con diez millones sabía que podía ganar treinta, y con cinco no podría llegar más que a los quince. ¡Tenía, pues, decidido operar una tercera liquidación! El gran hombre pensaba entonces pagar a sus acreedores con valores ficticios, conservando su dinero. En plaza, una concepción de este género no se presenta bajo una expresión tan matemática. Una liquidación semejante consiste en dar un pastelito por un luis de oro a unos niños grandes que, como los niños pequeños de otro tiempo, prefieren el pastel a la moneda, sin saber que con la moneda pueden tener doscientos pasteles».
La intención de Balzac, al situarla inmediatamente después de aquella , es explotar el contraste entre la economía productiva —la industria y el comercio— y la especulativa —la usura y la banca—. Balzac ubica la acción en un restaurante de moda frecuentado por la generación de jóvenes cuyas capacidades van muy por detrás de su ambición y, excepcionalmente, abandona a su narrador omnisciente para dejar la tarea en manos de un comensal que ocupa un reservado adyacente al que se desarrolla la acción, que queda limitada a la reproducción de la conversación que sostienen los cuatro jóvenes que lo ocupan, sin acotaciones, notas al margen ni intervenciones del narrador: Finot, un advenedizo servil ante los poderosos e insolente con sus inferiores; Blondet, un periodista al servicio de los potentados; Couture, un especulador, vendedor de humo y jugador de ventaja; y Bixion, un tipo misántropo, mordaz, insobornable, malicioso y pagado de sí mismo. En definitiva, personajes arquetípicos del París de la época, pero de quienes se puede seguir su rastro en sociedades de todos los períodos. La idiosincracia de Balzac se sostiene en la universalidad de sus caracteres, por más que sus personajes se ubiquen en un tiempo y lugar precisos.

En cuanto al tema, el affaire de Rastignac —un personaje que apareció en El tío Goriot y que aparece como personaje secundario a lo largo de toda La Comedia— con Delphine de Nucingen permite a Balzac contar una historia sin punto de vista, es decir, sin un narrador que interprete, se inmiscuya en la trama o dirija la acción hacia un lugar determinado.
«En primer lugar, Nucingen se ha atrevido a decir que solo hay apariencias de hombre honrado. Además, para conocerle bien hay que estar en los negocios. En él, la banca es un departamento muy pequeño: allí están los suministros al Gobierno, los vinos, las lanas, los añiles, en fin, todo lo que da materia para una ganancia cualquiera. Su genio lo abarca todo. Ese elefante de las finanzas sería capaz de vender diputados al ministerio y griegos a los turcos. Para él, el comercio es, como diría Cousin, la totalidad de las variedades y la unidad de las especialidades. La banca, considerada así, se convierte en toda una política, exige una cabeza poderosa y lleva entonces a un hombre de bien templado a colocarse por encima de las leyes de la probidad, en las que se encuentra ahogado».
En el fondo, subyace un lugar común en la literatura de Balzac y, por lo que parece, en la sociedad de la época, la fusión de intereses: el noble arruinado, en busca de fondos para lucir junto con su apellido, aporta su pedigrí al matrimonio con la rica heredera, ávida del lustre de un título nobiliario.

Pero la conversación entre los cuatro comensales trasciende la cuestión de Rastignac y la heredera y se diversifica acerca del estado de la economía en Francia, los efectos de los cambios de régimen y sus consecuencias sobre el comercio y la industria, los negociantes despistados y los prevenidos y las ventajas de los que han sabido adaptarse a los cambios haciendo al dinero, un valor permanente,  objeto de su negocio.

Sarrasine

Sarrasine es una rara avis en la extensa producción de Balzac; de hecho, fue incluida originalmente en las Novelas y cuentos filosóficos en 1831, después de ser publicada un año antes en la Revue de Paris, y no fue hasta 1835 cuando fue incorporada a las Escenas de la vida parisiense de La Comedia humana. El narrador en primera persona es un trazo distintivo que la distingue de la mayor parte de su obra, y la asumible consideración de cuento gótico —la acción de despliega en el misterioso ambiente de un palacio inconcebiblemente opulento, propiedad de una enigmática familia muy rica de origen desconocido— la acercaría más a los Cuentos droláticos que a su obra magna.
«[...] los escudos, incluso manchados de sangre o de cieno, no revelan nada y lo representan todo. Con tal de que la alta sociedad conozca la cifra de vuestra fortuna, se os clasifica entre las cantidades iguales a la vuestra, y nadie os pide que les enseñéis vuestros pergaminos, porque todo el mundo sabe cuán poco cuestan. En una ciudad en la que los problemas sociales se resuelven por ecuaciones algabraicas, los aventureros tienen en su favor excelentes posibilidades. Suponiendo que aquella familia hubiera sido de origen gitano, era tan rica y tan atractiva que la alta sociedad podía perdonarle muy bien sus pequeños misterios».
Comparte vivienda con la familia un misterioso personaje, desconocido y sin filiación, que permanece siempre en silencio y con el que es imposible cualquier tipo de interacción, que parece tener un poderoso ascendente sobre todos sus miembros y que provoca las especulaciones de las visitas y de los asiduos a sus elegantes fiestas. Sarrasine, el personaje que presta título al relato, fue un individuo que después de una turbulenta juventud se convirtió en un afamado artista; sin embargo, su vida sufre un vuelco súbito debido a la pasión que le despierta una soprano en plena actuación, provocándole el nacimiento de una obsesiva ofuscación.

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