23 de abril de 2019

La Comedia humana. Volumen VIII

La Comedia humana. Escenas de la vida de provincia. Volumen VIII. Honoré de Balzac. 
Hermida Editores, 2018. Traducción y notas de Aurelio Garzón del Camino
En el ecuador del colosal proyecto de la publicación de la obra magna de Balzac, este volumen VIII de La Comedia humana está compuesto por una única novela, Las ilusiones perdidas, una de las obras mayores del autor, que se divide, a su vez, en tres grandes partes: Los dos poetas (Les Deux poètes, 1837), Un gran hombre de provincias en París (Un grand homme de province à Paris, 1839), y Ève y David (Ève et David, Les Souffrances de l'inventeur, 1839). La década de 1830 es la última en la que Balzac goza de plena salud y una de sus épocas más fructíferas.

El volumen contiene una dedicatoria premonitoria del autor a Victor Hugo, una de las últimas personas que vio a Balzac aún con vida ya en su lecho de muerte.

Los dos poetas

Séchard, un humilde cajista de una imprenta de provincias, se ve favorecido por los avatares de la Revolución y se convierte en dueño del negocio, una empresa antigua aislada de los últimos avances en materia de impresión. El sujeto es una fiel y despiadada caricatura del provinciano analfabeto -una caracterización en la que Balzac ronda la perfección- que valora su ignorancia por encima de la inteligencia de los demás por ser, pretendidamente, más útil para los negocios; con estos antecedentes, a la hora de su jubilación, traspasa la imprenta a su hijo, un joven con veleidades literarias, a quien envió a París a estudiar y a aprender el oficio en una imprenta importante, por una cantidad desmesurada. David no consigue reflotar el viejo negocio, con el lastre económico que suponen las cargas que le ha impuesto su padre, y se encamina hacia una inevitable bancarrota.

El otro poeta del título es su amigo Lucien, hijo de un desafortunado farmacéutico, que se halla en una situación financiera aún peor. El desengaño con sus respectivas aspiraciones, la gloria literaria por encima de las ciencias naturales en el caso de Lucien, la poesía por delante de las matemáticas en el caso de David, provoca el nacimiento de una fraternidad espiritual estrecha y cómplice.
"Los dos jóvenes juzgaban a la sociedad tanto más soberanamente cuanto más bajo se encontraban, ya que los hombres ignorados se vengan de la humildad de su situación por la altura de sus miradas. Pero también su desesperación era tanto más amarga cuanto que por ella iban más rápidamente allí donde les llevaba su verdadero destino."
La burguesía provinciana vuelve tomar el protagonismo del que disfruta en toda la serie y a la que Balzac no perdona ni uno de sus defectos: aislada y endógama, encerrada en su amurallada autosuficiencia, viviendo a costa de sus pequeñas rentas y otorgando patentes de ciudadanía al albedrío de su mezquindad.
"Este gentilhombre era uno de esos espíritus pequeños, cómodamente instalados entre la inofensiva nulidad que aún comprende y la altiva estupidez que no quiere aceptar ni dar nada. Compenetrado con sus deberes hacia la sociedad y esforzándose por serle agradable, había adoptado la sonrisa del bailarín como único lenguaje. Contento o descontento, sonreía. Sonreía lo mismo a una noticia desastrosa que al anuncio de un feliz acontecimiento."
La presentación en sociedad de Lucien, su bautismo poético, tiene lugar en una reunión en una de las casas notables de la ciudad y cuenta con la asistencia de la burguesía local, en cuya descripción Balzac despliega su amplio arsenal de recursos para dejar en evidencia a las personas, personajes y personajillos asistentes, un conjunto de paletos abrillantados por su dinero o por su posición social en la comunidad pero absolutamente ignorantes en cuestiones literarias y, peor aún, poéticas, pero que no pueden dejar pasar la ocasión de mostrarse en público y de compararse con sus semejantes: el terrateniente ocioso, el músico pretencioso, los representantes de la iglesia local, el dandi sobrado de años y de grasa corporal, el artista aficionado, el aristócrata venido a menos, el solterón hipocondríaco, el propietario opulento, todos exhibiendo a sus esposas como quien expone el botín de una conquista y a sus hijas como obras de arte producto de su inspiración y de su trabajo, y las autoridades locales, que no aportan distinción alguna a la reunión pero sí que le confieren  una seriedad a prueba de maledicencias y de sospechas, y que si bien callados como estatuas, con su simple estampa, son el retrato de la gazmoñería más odiosa, cuando abren la boca muestran el catálogo completo de la estupidez. Obviamente, la velada poética acaba, a la par que con la cortesía fría de la buena educación, con el menosprecio de los varones por unos poemas que ellos serían incapaces de componer y con la envidia de las mujeres por carecer de un aedo que las ensalce con sus versos.
"El poeta había quedado despojado de su aureola; los propietarios no veían en él nada útil; las personas que tenían pretensiones le temían como a un poder hostil a su ignorancia, y las mujeres, celosas de la señora Bargeton [la destinataria de los versos de Lucien], la Béatrix de aquel nuevo Dante, según el vicario general, le dirigían miradas fríamente desdeñosas."
Pero la velada poética conlleva otra consecuencia: Lucien, perdidamente enamorada de su anfitriona, una burguesa consentida de carácter volátil, y después de acallar las maledicencias de la sociedad local, consiente en escaparse a París, donde piensa explotar sus ambiciones literarias, con ella, para lo cual debe endeudar a su familia y a David, a punto de  casarse con su hermana, que consienten en financiar una ambición desmesurada para la que se adivina un incierto final.

Un gran hombre de provincias en París

El hecho que pone envidencia Balzac desde las primeras líneas de esta segunda parte es que esa huida a París tiene un significado muy diferente para ambos prófugos, y que Lucien, en realidad, no se ha dado cuenta de cuál es el papel que tiene asignado en esta evasión.
"Ni Lucien ni la señota Bargeton, ni Gentil, ni Albertine, la doncella, hablaron jamás de los incidentes de aquel viaje, pero es de creer que la presencia continua de extraños lo hizo muy desagradable para un enamorado que contaba con gozar de todos los placeres de un rapto. Lucien, que iba en coche de postas por primera vez en su vida, quedó muy espantado al ver derramar sobre el camino de Angoulême a París casi toda la cantidad que destinaba a su vida durante un año. Como les sucede a los hombres que unen las gracias de la infancia a la fuerza del talento, cometió el error de expresar sus asombros ingenuos a la vista de cosas nuevas para él. Un hombre debe estudiar bien a una mujer antes de dejarle ver sus emociones y sus pensamientos tal como se producen. Una amante tan tierna como grande sonríe ante las puerilidades y las comprende, pero por poca vanidad que tenga no le perdona a su amante el haberse mostrado niño, vano o pequeño. Muchas mujeres ponen tan gran exageración en su culto que quieren siempre encontrar  un dios en su ídolo, mientras que las que aman a un hombre por él mismo, antes de amarlo por ellas, adoran a sus pequeñeces en el mismo grado que sus grandezas. Lucien no había adivinado aún que el amor, en la señora de Bargeton, se insertaba en su orgullo. Cometió el error de no explicarse ciertas sonrisas que dejó escapar Louise durante aquel viaje, cuando Lucien, en lugar de contenerse, se abandonaba a sus gracias de ratoncillo que sale de su agujero."
La vida en París, tan distinta del lento transcurrir de los días en la provincia, supone un cambio radical tanto en la vida de los huidos como en su relación: para Louise, se abren las puertas de la sociedad que, aunque no sin reparos, la acepta en su seno; para Lucien, en cambio, casi abandonado a su suerte, la capital significa la puesta en evidencia de su insignificancia.

Pero la población de insignificantes en la capital es numerosa; sus miembros, que son capaces de reconocerse con una única mirada y que frecuentan los mismos lugares, desarrollan una especie de solidaridad que, entre los aspirantes a la gloria literaria, deviene una verdadera hermandad en la miseria; después de una mala experiencia con el intento de venta de un manuscrito, Lucien entra en contacto con una de esas hermandades, la de los puristas, y redobla sus esfuerzos literarios.
"¡El mundo y sus placeres te llamarán! Quédate aquí... Transporta a la región de las ideas todo lo que le pides a tu vanidad. Locura por locura, pon la virtud en tus actos y el vicio en tus ideas, en lugar de pensar bien y conducirte mal."
Sin embargo, Lucien tiene prisa por triunfar y, a pesar de las advertencias de sus nuevos camaradas, toma el camino más corto, el del periodismo, la peor de las opciones porque para alcanzar el éxito deberá poner su dignidad y su alma en venta. El concepto que tiene Balzac de esa profesión, así como del mercado y de las industrias del libro, sin duda apoyado en su propia experiencia con editores, impresores y libreros, es rematadamente pésimo; y la "santa crítica" no sale mejor parada: "la crítica es como un cepillo que no puede usarse con los vestidos ligeros, de los que se llevaría todo.".
"Desde hacía dos horas, a los oídos de Lucien todo se resolvía con el dinero. En el teatro como en la librería, en la librería como en el periódico, el arte y la gloria no contaban. Aquellos golpes de la gran catapulta que es el dinero, repetidos sobre su cabeza y sobre su corazón, se los martilleaban. Mientras la orquesta tocaba la obertura, no pudo dejar de comparar los aplausos y los silbidos de la galería alborotada con las escenas de poesía serena y pura que había gustado en la imprenta de David, cuando ambos veían las maravillas del arte, los nobles triunfos del genio y la gloria de blancas alas. Recordando las veladas del cenáculo, una lágrima brilló en los ojos del poeta."
El periodismo es poder, y con este en sus manos, con la posibilidad de crear y manipular a la opinión pública, Lucien accede a los círculos selectos en los que no tarda en hacer amigos -que le abandonarán cuando deje de serles útil, pero parece que resuelto a aceptar esa posibilidad mientras pueda sacar provecho- y, después de haber escrito una crítica fantasiosamente favorable, entra en contacto con una actriz tan bella como interesada.

Pero cada conquista de fama y poder conlleva una renuncia a la carrera literaria a la que aspiraba, y con el dinero relativamente fácil que consigue con sus crónicas corruptas, además de fortalecer el vínculo con su actriz, cobra también la renuncia a su integridad. Es cierto que se creía, en su ingenuidad, cerca del fin que tenía proyectado, por lo que los medios utilizados para llegar a él no le provocaban más que una ligera incomodidad... excepto cuando disfrutaba de su desahogada situación económica y sentimental.
"Él mismo había cambiado. Contento todos los días, sus colores habían palidecido, su mirada estaba bañada en las húmedas expresiones de la languidez; finalmente, según la frase de la señora Espard, "tenía un aire de amado" [...]. La conciencia de su poder y de su fuerza de traducía en su fisonomía iluminada por el amor y por la experiencia. Contemplaba al fin el mundo literario y la sociedad cara a cara, creyendo poder pasearse ante ella como dominador."
Pero lo que empezó siendo un juego literario se agravó cuando entró en escena la política y la pugna entre escritores se convirtió en una lucha feroz entre liberales y monárquicos. Quien no tiene nada que perder puede expresar su opinión sin ningún reparo, pero quien tiene una fama literaria que cuidar -y una amante que sostener- deja de disfrutar de su libertad porque ambas posesiones se convierten en flancos débiles que pueden ser atacados con facilidad; en esa situación, cada enemigo que se gana, con independencia del bando al que se pertenezca, es una batalla que se pierde porque, en definitiva, no existe el bando correcto, ya que las mismas facciones pueden actuar con manifiesta crueldad hacia uno de sus integrantes si prevén que con ese sacrificio pueden conseguir una ventaja estratégica para el próximo enfrentamiento.
"Lucien se paseó por los bulevares, semiinconsciente por el dolor, mirando pasar los carruajes y los transeúntes y encontrándose empequeñecido y solo entre aquella muchedumbre semejante a un torbellino agitado por mil intereses parisienses. Al ver en su imaginación las orillas de su Charente, sintió sed de los goces de la familia, experimentó entonces una de esas descargas de fuerza que engañan a todas estas naturalezas casi femeninas, no quiso abandonar la partida antes de haber descargado su corazón en el corazón de David Séchard y tomado consejo de los tres ángeles que le quedaban."
Ève y David

Para un hombre de provincias que se ha trasladado a París en busca de fortuna, no existe indignidad mayor que verse obligado a regresar al pueblo sin haber conseguido ni fama ni dinero; esta es la situación en la que se encuentra Lucien después de su fracaso en la capital: el regreso a casa sin el renombre literario que creía merecer y más endeudado que cuando marchó. En su pueblo -ese lugar que vuelve a la existencia solamente como puerto de refugio cuando la tormenta arrecia después de haber desaparecido cuando en París soplaban vientos favorables-, además y en parte por su causa, la situación es también desesperada.
"¡Ah!¡Ahí tenéis de qué modo vuelve de París! -respondió Postel-. ¡Pobre muchacho! Era inteligente, sin embargo, pero ¡tan ambicioso! Iba en busca del grano, y ha vuelto sin la paja. Pero ¿qué viene a hacer aquí? Su hermana se encuentra en la miseria más espantosa, pues todos esos genios, David lo mismo que Lucien, no saben una palabra de comercio. Hemos hablado de él al tribunal, y, como juez, he tenido que firmar su sentencia... ¡He pasado un mal rato! No sé si Lucien podrá, en las circunstancias actuales, ir a casa de su hermana; pero, en todo caso, el cuartito que ocupaba aquí está libre, y yo se lo ofrezco con gusto."
El traslado de las intrigas capitalinas ha alcanzado a David y a su esposa, lo que sumado a las malas artes de la competencia impresora, ha llevado a la bancarrota a la familia. El acaudalado padre de David no hace ni un movimiento a su favor -más bien al contrario-, y toda su esperanza descansa en el improbable invento, de forma parecida a la que su cuñado depositó en la huidiza fama literaria.
"Cuando la unión de las almas ha sido perfecta como lo fue en los comienzos de la vida entre Ève y Lucien, cualquier menoscabo que sufra este hermoso ideal del sentimiento es mortal. En tanto que los bandidos se reconcilian tras las puñaladas, los enamorados se enemistan de modo irrevocable por una mirada o por una palabra.  En ese recuerdo de la casi perfección de la vida sentimental reside el secreto de separaciones con frecuencia inexplicables. Se puede vivir con una desconfianza anidada en el corazón cuando el pasado no ofrece en cuadro de un afecto puro y sin nubes; pero, para dos seres perfectamente unidos en otro tiempo, una vida en que la mirada y la palabra exigen precauciones se hace insoportable [...]. En elogio de Ève y de Lucien, señalemos que los intereses, tan gravemente maltratados, no avivaban aquellas heridas. Tanto en la hermana irreprochable como en el poeta de quien procedían los golpes todo era sentimiento; por eso, el menor equívoco, el más pequeño enfado o una nueva desilusión causada por Lucien podría desunirlos o provocar una de esas riñas que enemistan irrevocablemente. Cuando se trata de dinero, todo se arregla; pero los sentimientos son despiadados."
El regreso de Lucien supone el remache del último clavo en el ataúd de su familia. Si bien es cierto que sus allegados se alegran de su vuelta y de que, a pesar de todo, haya conservado la vida y algo de la consideración que les debe, la presencia del principal causante de sus infortunios les pone en disposición de perdonarle sus desórdenes pero no de olvidarlos, a la vez que esperan de él, sin acabar de confiar plenamente, cierto resarcimiento, aunque solo sea moral.
"En los países devorados por el sentimiento de insubordinación social oculto bajo el nombre de igualdad, todo triunfo es uno de esos actos que, como algunos milagros, no se cumple sin la cooperación de hábiles tramoyistas. De diez ovaciones obtenidas por hombres vivos, y otorgadas en el seno de la patria, hay nueve cuyas causas son ajenas al hombre. El triunfo de Voltaire en el Théâtre-Français ¿no era el de la filosofía de su siglo? En Francia no se puede triunfar sino cuando todo el mundo se siente entronizado al ceñir la corona a las sienes del triunfador."
Las intrigas en París son más vistosas porque el público potencial es más numeroso y más  notables los implicados, pero acostumbran a tener una corta duración porque la cantidad de personas es ingente y, además, la sensación de novedad se agota con premura, y el público necesita novedades continuamente; por otra parte, debido a las mismas circunstancias, y exceptuando a las políticas, acostumbran a ser poco sanguinarias y menos cuanto más elevado se sitúe el sujeto implicado en la escala social. En provincias sucede todo lo contrario: carecen de vistosidad y son mucho más cruentas ya que suelen basarse en intereses económicos relacionados con el dinero o la posición social, y no acaban hasta el total aniquilamiento del objeto de la intriga. Y esto es posible porque cuando este individuo ha sufrido un número ingente de reveses de la fortuna, se agarrará al clavo ardiendo de la primera lisonja que reciba sin cuestionar ni su fondo ni su merecimiento, y quedará así desarmado y a merced de sus enemigos cuando el elogio muestre sus verdaderos carácter e intención.

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