29 de diciembre de 2020

Filosofía y consuelo de la música

Filosofía y consuelo de la música. Ramón Andrés. Acantilado, 2020
«La música es un ejercicio matemático inconsciente en el que la mente no sabe que está calculando». Carta de Leibniz a Christian Goldbach, 1712
1. Los fundamentos

La música es el único arte que no puede fijarse para que perdure de forma permanente; es a partir de esa volatilidad que se identificó como producto de los dioses. Su antigüedad y el carácter fundacional del sonido la acercan más al arquetipo que la palabra; tal vez esa cercanía a los dioses es la circunstancia que favorece su función consoladora.

Antes que la palabra hubo el grito, ese es el sonido primordial, que no busca tanto la interacción como representa una reacción ante el mundo real.

La compensación de la gravedad en el ser bípedo requiere un ritmo y una cadencia corporales que son, tal vez, los precursores de la danza, que por economía gestual y coordinación motora se asoció a los sonidos pautados. Si la música es la voz de los dioses, la danza sería una de las posibles respuestas humanas. El canto dio origen a la música, el movimiento dio origen a la danza y la palabra posibilitó la filosofía.

Al igual que la filosofía que confluyó en la Grecia clásica desde diversos vértices del mundo civilizado, también la música adquirió estatuto de arte y de ciencia ―no tan contrapuestos en aquel entonces como en nuestros días―. Tal vez, esa confluencia, expresada en términos de mímesis, fue la que sugirió el posible paralelismo entre ambos: filosofar y pensar la música serían dos actividades complementarias del intelecto.

Harmonía, nacida de los amores entre Afrodita y Ares, y esposa de Cadmo ―sus nupcias contaron con la presencia de los dioses―, es quien balancea el producto entre dispares y crea el vínculo entre desemejantes, corrigiéndolo y modelándolo hacia el orden y permitiendo oír lo divino.

El origen divino del mito hace imposible el traspaso al logos, una creación humana; el único contacto entre ambas instancias solo puede realizarse mediante la música, como hizo Orfeo ―el paralelismo, a grandes trazos, con Prometeo es indudable―, que representa el primer eslabón de la historia de la música y uno de los capítulos fundamentales de las relaciones entre los dioses y los hombres; aunque sin transgresión, misteriosamente tolerada por Hades, comportará su posterior muerte y desmembramiento a manos de las Ménades.
«La presencia de un dios puede ser tan intensa que llegue a humanizarse; vive entre los hombres, se confunde a veces con ellos, adopta sus costumbres, las pauta. Si las Musas lo asisten se torna un poeta real, es alguien que escribe para el bien común. Museo se consideró un maestro de la medicina y de cuanto acontecía en los oráculos; su intervención era "personal", y se le situaba en el mismo estadio de realidad en que podían estarlo, por ejemplo, Homero y Hesíodo. Así también, superados los límites de la realidad, Orfeo es el poeta que canta y alumbra los ritos sagrados, y gracias a su numen ha escrito los Himnos órficos, las Argonáuticas y el Discurso sacro (Hierós logos) en veinticuatro rapsodias [...] Es más, Alcidamante (principios del siglo IV antes de Cristo) le confirió la introducción de "los signos de la escritura, que había aprendido de las Musas", y señala que en el epitafio de la tumba de Orfeo puede leerse que "a los hombres descubrió letras y sabiduría (Odiseo, 24)».

Los seguidores de los mitos órficos, que representaron una creencia institucionalizada aunque marginal y de cuya doctrina bebieron los grandes movimientos religiosos posteriores, incluido el primer cristianismo, desarrollaron un amplio ritual en el que la magia y la música poseían un papel fundamental. Recogiendo las aportaciones de Tales de Mileto, en el siglo V a.e.c., aparece el filósofo creador de una escuela que le sobrevivió largo tiempo, cuya relación con el número y la música puede considerarse fundacional: Pitágoras de Samos, consagrado en hacer inteligible el universo a través del número y, dada la estrecha relación con este, de la música, con repercusiones también religiosas, científicas y políticas que, de diversos modos, se han prolongado hasta nuestros días.

«A partir de las relaciones numéricas existentes en la música, que descubrieron en correspondencia con las distintas alturas de sonido, los legatarios de Pitágoras, con Filolao y Arquitas a la cabeza en lo musical, pensaron que el pleno equilibrio sonoro, su exacta proporcionalidad vibratoria, era aplicable a la constitución cósmica en concordancia con la Tierra y con aquello que la compone: las formas, las distancias, los volúmenes, y también el cuerpo del ser humano, también el alma. De ahí que fuera inseparable de su concepción la denominada "armonía [harmonia] de las esferas", que, más que una metáfora, constituyó un grandioso instrumento de especulación, una aventura intelectual que implicó en un mismo cauce lo humano y lo celeste. Esta armonía no fue sino el resultado de la aplicación matemática al estudio de los intervalos, lo cual les induciría a centrar su interés en la aritmética y a formular el número como origen y realidad de toda cosa».

Pitágoras sostenía la existencia de una música universal, primordial, a la que no podíamos acceder debido a nuestras limitaciones, que regía los movimientos de los astros y la armonía del cosmos. Su pensamiento trascendió a su tiempo gracias a la insistencia de algunos de sus alumnos, como Filolao, que extendió sus enseñanzas, a menudo enriquecidas con sus propias aportaciones. Este pensamiento se basa en la perfección y la exactitud del número, que no es solo la base de esa música de las esferas, sino también la lengua para hablar con los dioses y principio, casi metafísico, de todo lo existente.

Pero en pleno auge del movimiento pitagórico y en un relato más mítico que plausible, pero que ha trascendido prácticamente hasta nuestros días, el descubrimiento de la inconmensurabilidad, de los números irracionales, derrumbó el edificio teórico y señaló el paso de la aritmética, incapaz de concebirlos, a la geometría.

Fue mérito de los griegos tecnificar inventos que llegaron de Oriente y, de este modo, dar el punto de partida a la especulación que desembarcaría en el progreso de las ciencias y de las artes. En el campo musical, su aportación primordial fue pensar en la música como una lógica del universo; para su investigación, desecharon los instrumentos de viento, muy débiles en afinación, poco fiables, y optaron por el monocordio, muy adecuado para las funciones tonométricas.

En esa época, Arquitas fue el pitagórico que trascendió el corsé de la doctrina para, mediante la experimentación, abrir nuevos caminos, también en lo concerniente a la música, como dar entidad a los géneros enarmónico, cromático y diatónico, y descubrir nuevos intervalos.

En la época clásica, no se considera a la música como una ciencia ―una apreciación que se prolongará hasta la Edad Media, con la música incluida en el Quadrivium junto con la aritmética, la geometría y la astronomía―, pero que los avances científicos en física, acústica o en la propia matemática, repercutirán notablemente en aquella.

«Arquitas, la música, la experimentación, los ojos cerrados, las escucha, las consonancias (symphonias) de las que el oído solo percibe un sonido. Cicerón lo recuerda en De senectute (XII, 40). Pone en boca de Catón lo que decía Arquitas: que ni una divinidad ni la naturaleza hubieran podido conceder al hombre nada mejor (dice praestabilius, 'prestigioso') que la mente».

La intuición de los pitagóricos acerca de la música de las esferas provocó asimismo que se estrechara la relación ―cuyo origen se sitúa en Oriente como resultado de la amalgama de creencias dispersas de irrastreable origen― entre la música y la astronomía. Los ocho planetas ―objetos celestes, para ser precisos― provocan la división de los sonidos en octavas, en la que cada uno resuena con una nota determinada en función de la distancia que los separa y de la velocidad de giro, y cuyo conjunto de sonidos compondrá la armonía perfecta.

«No pensó en hacer el alma más joven que el cuerpo. Mezcló una tercera clase de ser ―recordémoslo, no se puede crear algo sin un tercero― "hecha de los otros dos". Procedió entonces a amalgamarlo todo, incluso con violencia, con "el propósito de mezclarlo con el ser". Una vez unidos los tres componentes, dividió el conjunto en tantas partes como fuera pertinente. Acudió, para ello, a la aritmética y a la ciencia de la música, que son "hermanas"; los dos saberes, indisociables, son garantes de la perfección. La ideación del universo es, por lo tanto, geométrico-musical, armonía celeste, dominio del número».

Es probable que la música y la filosofía provengan de distintas fuentes y que respondan a objetivos diferentes, pero no puede accederse, para los griegos, a la totalidad de la filosofía ―a la integridad de la sabiduría― sin la música.

No es extraño, pues, que a medida que avanza la técnica, se perfeccionan los instrumentos y aparecen nuevos modos musicales, la vieja guardia muestre su desacuerdo ante tanta frivolidad; en sus propias palabras, la música estaba perdiendo su carácter de "sonido moral". No podía ser menos teniendo en cuenta que la composición se consideraba una actividad del alma, y su propia generación obedecía a la cualidad de esta. La interrelación, la dependencia, puede rastrearse en las enseñanzas del más moral de los filósofos griegos: Sócrates.

Su más conocido discípulo, Platón, influenciado por sus enseñanzas y por el pitagorismo, abogaba por una música que actuara como elemento mediador en la conformación ético-política del ser humano y para el gobierno del Estado; una necesidad que extiendía a la danza, para mantener en equilibrio, no solo físico, al cuerpo.

«Sí, el vivir sedentario, la molicie, son lesivos tanto para el cuerpo como para el alma, no es otro el motivo por el que algún dios ha concedido a los humanos las artes de la música y de la gimnasia "con miras a estas dos cosas: la fogosidad y el ansia de saber". La fusión de ambas proporciona un "ajuste armonioso", y, en tal caso, "aquel que combine la gimnasia con la música más bellamente y la aplique al alma con mayor sentido de la proporción será el que digamos con justicia que es el músico más perfecto y armonioso, con mucha más razón que el que combina entre sí las cuerdas».

La sociedad humana perfecta debe tender a la fusión de música y virtud, de modo que cualquier atentado contra la primera repercuta en un empeoramiento de la segunda y en consecuencias funestas para la comunidad de los humanos.

Aristóteles sigue a su maestro en cuestiones musicales pero abre ligeramente las manos a los progresos en la técnica constructiva de los instrumentos, aunque sigue rechazando los de viento, además de aceptar cierto carácter lúdico, sobre todo en la composición y no tanto en la escucha.

Aristóteles especula también acerca de los beneficios médicos de la música como remedio para las tribulaciones del alma e introduce de forma definitiva el concepto de catarsis, con el sentido de purificación, que sea capaz de restablecer la armonía del alma. Sin embargo, a pesar de recoger y ampliar algunas de las ideas de sus predecesores, rompe con el marco teórico del pitagorismo ―y con Platón―, negando la existencia de la "música de las esferas" y, por tanto, de sus implicaciones astronómicas, matemáticas y musicales.

«El conocimiento es exactitud, la matemática es su puerta más segura. No la creencia, no la intuición: es el riguroso análisis lo que conduce al verdadero saber. Cuanto mejor y de manera más perfecta tengamos conocimiento de la ciencia que tratamos, "mejor y más perfecta será esa ciencia" [...] Sí, el razonamiento de estos Analytica posteriora, tal como se conocieron el latín, y que constituyen el libro IV del Organon, debe ceñirse al más estricto de los métodos y a la comprobación más científica, por eso, en un momento concreto, aunque no lo dice directamente, invita a desdeñar las ideas platónicas "porque son música celeste"».

Fue su discípulo Aristóxeno quien dio forma definitiva a una nueva teoría musical, inspirada en las intuiciones de su maestro, que rompería con el dominio del paradigma pitagórico, resaltando la importancia del elemento perceptivo y del intelectual: la música sería más una física que una matemática.

En un sentido parecido, aunque con más eco mediático ―fue el sucesor oficial de Aristóteles en el Liceo― pero menos originalidad, se manifestaron las ideas sobre música de Teofrasto. Es posible que su tesis más revolucionaria, teniendo en cuenta la potencia de los antecedentes pitagórico-platónicos, fue aquella en la que afirmaba que la música no tenía ninguna relación con la virtud sino con las emociones.

La pugna filosófica entre estoicos y epicúreos se trasladó también al campo de la música, fundamentalmente acerca de sus cualidades educativas, los primeros, o hedonísticas, los segundos, pero aceptando ambos las ontológicas y las éticas.

2. La certidumbre

El escepticismo aparece en escena poniendo en cuestión ―también― la validez de las aseveraciones formuladas por la metafísica mediante el rechazo sistemático de cualquier saber basado en la fe; para alcanzar la serenidad de espíritu, la ataraxia, fin supremo de la filosofía, era necesario suspender el juicio epojé― acerca de todo aquello que dependía de la opinión.

Sexto Empírico dedicará sus escritos a derrumbar, piedra a piedra, el ilusorio edificio musical construido a cuatro manos entre los pitagóricos y los aristotélicos: todos los efectos benéficos de la música para el alma son una falacia favorecida por la superstición.

«"El sonido no se extiende como resultado ni como sustancia y extensión temporal", y eso obliga a pensar que todo cuanto se halla en el curso de un devenir, "todavía no es", de suerte que no llamamos casa a lo que está en proceso de construcción; lo mismo es aplicable al sonido. Así, por lo comentado y discernido, la música es inexistente porque está en el devenir, y carece de existencia "en virtud de la aporía que vamos a plantear relativa a la producción de ritmo". Porque, pensándolo bien, el ritmo no es nada si nos atenemos a que el tiempo tampoco es nada; se trata solo de un concepto, de una idea ilusoria que hemos concebido. El tiempo no es, y si no es el ritmo, carece de entidad; no existe si el tiempo no existe».

Sin embargo, la victoria del escepticismo fue temporal porque las doctrinas pitagóricas, combinadas y reforzadas por las aportaciones de un recientemente conocido Oriente, volverán a situarse en primer plano, estipulando la existencia de una "música arquetípica" que acompañó a la Creación y que acompañará al hombre en el contacto último con la divinidad.

«En el convencimiento de que remite a la virtud, tal como lo habían entendido los pitagóricos y reformulado Damón de Oa, Platón y Aristóteles, la música "elevada", dice Filón, partiendo del ritmo, el metro y el tono, corrige "cuanto hay de arrítmico, desmedido y disonante en nosotros", pues, si bien se piensa, la música y la filosofía son "imágenes verdaderamente divinas del alma divina"».

Esta concepción de Filón, sobra el decirlo, fue recogida, comentada y ensalzada por los Primeros Padres del Cristianismo, incluidos sus antecedentes judaico-alejandrinos ―sustituyendo a Orfeo por Dios y a la armonización por Su palabra, además de otras readaptaciones―, y su influencia se prolongó hasta bien entrada la Edad Media. Esa identificación provocó una ―otra― brecha entre la filosofía y la fe que ha llegado, con muy pocas excepciones,  hasta nuestros días. Simultáneamente, empezaron a aparecer los primeros tratados teóricos que, aunque influenciados por doctrinas religiosas y pseudorreligiosas ―neopitagóricos como Nicómaco de Gerasa, neoplatónicos como Teón de Esmirna, neoaristotélicos como Ptolomeo... ― empezarán a vislumbrar, a menudo de forma involuntaria, una música como arte independiente de la matemática y de la filosofía.

Pero el neoplatonismo académico llega en pleno siglo III con Plotino. Recogiendo el dualismo platónico y la doctrina de la Belleza y el Ideal, y mezclándolas con aportaciones de la religiosidad oriental, Plotino concebirá la música como una atribución trascendental y adjudicará al músico, junto con el filósofo y el enamoradizo, el pasaporte directo al Más Allá. Plotino habla de una armonía que lo rige todo y es "razón del universo", de una magia que consiste en el equilibrio entre "Amistad" y "Discordia", y de un encantamiento, provocado por la música, durante el cual somos capaces de acceder a la "Belleza".

«Pensar con Plotino es pensar ahora en dos masas de piedra, una de ellas informe y otra que ha sido reducida a imagen a través del arte, sea la de un dios, la de una Gracia, sea la de una Musa o la de un hombre. La que ha modelado el arte ha sido transformada en belleza, pero no porque lo bello estuviera en la piedra; no, ni tampoco porque el artista tuviera ojos y manos: es porque él "participaba del arte". Este ha sido desplazado a la piedra. De manera que "toda causa eficiente primaria debe ser por sí misma superior a su producto". Y lo mismo puede atribuirse a la música, "porque no es la falta de música, sino la música, la que produce una obra musical, y la música sensible la produce la suprasensible».

Su sucesor Proclo reafirmó el sincretismo de los neoplatónicos con insistentes referencias a Oriente ―teologías órfica, caldea y egipcia―, a los panteones griego y romano y a la doctrina pitagórica del Número, además de insistir en el carácter equilibrador de la música. Sin embargo, su aportación, más que en nuevos enunciados, consistió en mantener vivo el platonismo en una época en que la diversidad de paradigmas teológicos amenazaba con la desaparición de aquellos menos populares. Con estos antecedentes, su influencia sobre los escolásticos medievales  fue decisiva y se prolongó hasta el idealismo alemán y Hegel.

Mayor influencia real en la concepción filosófica de la musica tuvo el enigmático Arístides Quintiliano (¿siglo IV?), autor del tratado Sobre la música, especialmente relevante en cuanto a la teoría musical y a sus efectos terapéuticos: la potencia de la filosofía libera el alma de su prisión terrenal y hace al ser humano digno de la providencia, pero, para que pueda desplegar todas sus capacidades, es imprescindible el auxilio de la música. Los nervios y el viento comparten su razón generadora de movimiento en el alma y en la música.

«El cuerpo del universo tiene su paradigma en la música. Las esferas suenan, pero solo a veces, muy pocas, los sabios y los virtuosos reciben la dádiva de oírlas. Los indignos jamás alcanzarán a saber cómo suena. No podemos pensarlo de otro modo, porque es la música del orden, la sonoridad sustentadora. Incluso es posible hablar, tales son los sonidos, de un "coro de astros". La consonancia de cuarta es reflejo del tetraktys; la quinta lo es del cuerpo etéreo. El melodioso movimiento de esos astros se entiende y concibe a través de la octava. Sí, la filosofía es culminación, pero la primera en iniciar a la comprensión es la música que busca los espacios por la nervadura de la bóveda celeste».

La marea del cristianismo avanzó con resolución y, después de algunos siglos de convivencia con el pensamiento inspirado en la antigüedad clásica, acabó imponiéndose en todo el occidente civilizado. El principal artífice de esta acometida fue, sin duda, Agustín de Hipona. Aún fiel a su renegado maniqueísmo pero atento a las indicaciones de (San) Ambrosio, Agustín distingue entre la música de la disipación, que rechaza, y la música dirigida a la quietud del alma y a mayor gloria de Dios, los himnos que cantan los fieles en espiritual arrobamiento en su intento de acceder a la armonía de la divinidad por medio de las voces humanas; su idea de la música ―desde una posición puramente especulativa― bebe de las fuentes platónicas y pitagóricas.

«La música es también pensamiento. Por eso cabe preguntarse por toda cosa que suceda en ella. Entrañar, desentrañar. Escrutar. Dice Agustín: "Lo que no puede sonar al mismo tiempo, ¿cómo puede ser oído a la vez?". Él tiene la respuesta: es gracias a la memoria que podemos oírlo, porque abarca una gran extensión; eso hace que la duración sonora quepa en los dominios de la memoria. Una sílaba, por breve que sea, tiene un principio y un final. Se extiende en un determinado espacio de tiempo, que puede ser mínimo. La razón nos demuestra que todo espacio, sea local o temporal, puede ser dividido infinitamente. Infinitam divisionem. Esto hace que no se perciba ni el inicio ni el término de una sílaba. La memoria nos ayudará a abarcar hasta aquello que nos parece inaprensible. De ahí que, distraídos, a veces tengamos la sensación de no oír a las personas que están hablando ante nosotros. Sí, es cierto, nisi memoria nos adiuvet».

Casi contemporáneo de Agustín pero parapetado en otra trinchera, Boecio fue el autor de dos títulos fundamentales no solo en el plano filosófico, sino también con respecto al potencial consolador de las disciplinas hermanas, música y filosofía: De consolatione philosophiae y De institutione musica.

«La música, el consuelo, la filosofía, pueden convertirse en la misma cosa. Sirven para la extrañeza que se siente en el mundo. Sirven, también, para lo inexplicable que se siente al abandonarlo. Las tres prestan auxilio. La música es una forma de pensar consolatoria. La filosofía es una música consolatoria. El consuelo es una música que filosofa».

Aduce Boecio que la estabilidad que necesita el Estado requiere una música que brinde la virtud a las costumbres y a los habitantes, pero debe tratarse de una música elemental, carente de artificio; cuando este efecto benficioso se aplique al alma, la música revelará su efecto consolador. Con independencia de esa  función aliviadora, distingue tres clases de música: la mundana, que es la que recoge la armonía de los cielos; la humana, reflejo de la anterior, que se encuentra de forma innata en uno mismo; y la instrumental, aquella que requiere de la técnica para ser ejecutada.

Y en eso irrumpe el período más denostado ―con razón o sin ella, aunque este lector de inclina más por la primera― de la historia humana: la Edad Media. La cristiandad se recluye en sórdidos monasterios, pero gracias a este aislamiento y al trabajo silencioso de los copistas los documentos de la cultura se multiplican y se preservan ―aunque en pocas manos no exentas de ambiciones mundanas―.

En cuanto a la música, los avances formales ―notación, composición, el clavicordio y el órgano, el organum y el motete, el Ars Nova― son indiscutibles, pero, en esencia, Platón, Pitágoras y sus exégetas siguen dominando el escenario a lo largo de varios siglos.

En la corte de Carlomagno, Alcuino, seguidor de Boecio, alcanza un puesto preminente que le permite oficializar sus ideas sobre la música; es la época en que empieza a hablarse de música polifónica, principalmente ligada a la liturgia, aunque, al mismo tiempo, empiezan a oírse voces contrarias al uso de la música ornamentada en las celebraciones religiosas. En tiempos de su discípulo Rabano Mauro vio la luz el tratado más antiguo de Europa, el Musica disciplina, un verdadero compendio del estado de la teoría musical hasta la época, que adquirió el papel de documento fundacional para los escritos de su género publicados con posterioridad.

Juan Escoto Eriúgena, pocos años después, estuvo flirteando con la herejía: la armonía no solo intercede con los sonidos opuestos, sino que se aprovecha de la diferencia para crear nuevos acordes; la trinidad divina implica una tríada que constituye una armonía "en forma absoluta".

Alrededor del cambio de milenio, la música, al igual que otras manifestaciones de la cultura, permanece, en la Europa occidental, enclaustrada en los monasterios, y los avances en técnica y notación, si bien se ralentizan, no se interrumpen del todo, pero la conexión entre música y filosofía se suspende y queda limitada a la repetición de las aportaciones de la antigüedad, convenientemente pasadas por el cedazo del cristianismo. Los malos tiempos para la filosofía provocan no menos aciagos tiempos para la música, y las relaciones entre ambas, si se las quiere ver así, se limitan a las enajenaciones amorosas de Abelardo, a los delirios místicos de Hildegard von Bingen, a las trasnochadas réplicas de Adelardo de Bath, las ideas arcaizantes de Hugo de San Víctor y a los desvaríos piadosos de Ricardo de San Víctor; en el plano técnico, en cambio, Adan de San Víctor instituye la forma estrófica.

Casi inmediantamente, en el siglo XII, se empieza a traducir al latín a varios autores griegos ―traducciones que incluyen diferentes grados de traición: el neoplatonismo impone sus preceptos―, árabes y judíos, hecho que conlleva una cierta apertura ―limitada, pero apertura― del enquilosado pensamiento occidental hacia nuevos paradigmas, aunque el resultado final, siempre contaminado por la religión, deje mucho que desear en cuanto a avances explícitos: la música de las esferas se convierte en coros angélicos y la elevación del alma se sustituye por el acceso al Paraíso (cristiano, por supuesto).

Roberto Grosseteste decide que el estudio de la naturaleza debe hacerse a través del método científico ―el disponible en su época―, y sus investigaciones en lumínica y acústica obtienen resultados relevantes.

«La asociación que Grosseteste estableció entre la luz y el sonido demuestra, al final del Metafisica della luce, la importancia del valor numérico que encierra la materia, de la cual el diez es expresión y número perfecto. "El uno es el propio de la forma; el dos lo es de la materia; el tres, de la composición; el cuatro, de lo compuesto; sumados se tiene el diez", escribe. Siendo, por lo tanto, el diez también el número perfecto del universo, y, como ha quedado dicho, el que responde a la suma del uno, el dos, el tres y el cuatro, la armonía que se deriva de estos constituye todo lo compuesto, de ahí que asevere, en las líneas finales del tratado que las proporciones se resuelven en los anteriores cuatro números indicados, con lo cual las cosas, el firmamento, la luz, participan de las proporciones armónicas y se resuelven como "en las modulaciones musicales, en la danza y en los tiemposn escandidos por el ritmo"».

Pero el verdadero protagonista de la filosofía occidental del siglo XIII es el alumno de Grosseteste, Roger Bacon, que rompe con el aplastante e inextinguible dominio del neoplatonismo desde un aristotelismo crítico incluso con algunos postulados del propio Aristóteles. En música, Bacon muestra su predilección por el músico teórico y recupera el concepto consolador de la música de Séneca.

Sin embargo, el soplo de aire fresco que avivó Bacon sobre la mohosa ortodoxia cristiana cesó de golpe con las sectarias Summa de Alberto Magno. Por supuesto, distingue entre la música dedicada a la gloria de Dios, que es la buena, y la profana, que solo sirve de consuelo a los afligidos; pero considera nociva patra el espíritu la música festiva y de celebraciones laicas. Aparte de renovar y reinterpretar, sesgadamente, por supuesto, a sus antecesores, su magnitud no le sirvió para aportar nada nuevo a la relación entre música y filosofía.

Parecido recorrido sigue su alumno Tomás de Aquino: reinterpretación y tergiversación de los antiguos a mayor gloria de la Iglesia. Pretendió compatibilizar la filosofía aristotélica con el cristianismo en un afán caníbal de imposible justificación y retorció los silogismos hasta que expresaran lo que pretendía. En cuanto a la música, ninguna nueva aportación, su origen divino colma cualquier requerimiento.

Por otro lado ―afortunadamente―, la técnica musical abre nuevos caminos. El siglo XIV es testigo de la publicación de Ars nova, el revolucionario tratado de Philippe de Vitry; se otorga el reconocimiento que merece a la figura del compositor; aparecen nuevos valores musicales ―la semicorchea y, posteriormente, la fusa― que representarán una revolución imparable para la anotación, la ejecución y, colateralmente, para el concepto de música. Sin esa revolución, que significó, entre otras cosas, la autonomía de la música respecto de los centros de poder de la Edad Media, los monasterios y la jerarquía religiosa, no hubiera sido posible la aparición del primero de los grandes compositores de la música occidental: Guillaume de Machaut.

La oscuridad ―diga lo que diga Ramón Andrés― de la Edad Media va cediendo progresivamente ante la invencible luz del Renacimiento ―su definitiva extinción deberá esperar al justamente denominado Siglo de las Luces―, y el primero en tratar la música, aún con ciertos claroscuros medievales pero con una decisiva apuesta por la claridad, no es un filósofo profesional sino un poeta: Dante y su concepción de la música como pulsión, ritmo, armonía y luz, que contó con la debida reprobación de Jacobo de Lieja y del papa Juan XXII, .

«No es necesario entender de música para que nos gobierne e instruya, nos alegre y, sobre todo, nos consuele. Ella, de algún modo, se basta para familiarizarnos con el misterio o, si se quiere, con lo inexplicable. Nos lleva a frecuentar lo que no entendemos y que, en el fondo, es lo más sustancial en nosotros. No entender, no saber. A veces, por paradójico que parezca, solo podemos intuir a través de la Razón. La Razón, en su exponente máximo, en su potencia mayor, es intuición. La intuición posee menos lenguaje, es cierto, pero es a causa de haberlo depurado».

Pero también los filósofos descubrían nuevos caminos: los calculadores del Merton College de Oxford, partidarios de un empirismo que amenazaba con resucitar a Sexto Empírico; Juan Buridán, que postulaba una Creación autosuficiente; Nicolás de Oresme, que inició las investigaciones en torno al fenómeno de la percepción y rebatió la trasnochada conjetura de un cosmos ordenado y cerrado ―y, por tanto, armónico―, llamando la atención sobre las consecuencias que acarreó esta afirmación para los partidarios de la rediviva y readaptada teoría de la música de las esferas; y, finalmente, Nicolás de Cusa, cuyo De docta ignorancia rozaba el escepticismo, que estableció que la música no era el fruto del equilibrio cósmico sino el elemento equilibrador de las cosas del mundo y del universo.

«"La mente eterna actúa casi como un músico que quiere hacer sensible la idea que tiene. Recoge una multiplicidad de sonidos y los compone en una proporción congruente con la armonía, de modo que en esta proporción brilla la armonía dulce y perfectamente, puesto que se encuentra como en su sitio, y el brillo de la armonía varía a tenor de la variedad de la proporción de la armonía congruente, y cesa la armonía al cesar la disposición de la proporción. De la mente proceden, pues, el número y todas las cosas". Diálogos del Idiota»

3. La inquietud

El renacimiento supone ―al contrario de lo que afirma Ramón Andrés, que cae en la simplificación de asimilar humanismo con individualismo― la instauración del hombre como medida de todas las cosas ―no del individuo―. La música, afectada también por este cambio, intenta abandonar la abstracción, mientras que el predominio de la melodía la dota un nuevo carácter narrativo en el que la subjetividad de nuevo, el hombre como medida de todas las cosas― abre la puerta a las pasiones humanas: el compositor intentará ahora restablecer otro equilibrio, el de su intimidad con el mundo exterior.

Uno de los primeros textos que defienden un carácter utilitario para la música fue el Complexus effectuum musices de Johannes Tinctoris. Entre esas funciones consoladoras se encuentra: "apartar la tristeza", "ablandar la dureza del corazón", "hacer felices a los hombres" y "atraer el amor"; en un sentido parecido escribe Lorenzo Valla sobre Marcilio Ficino:

«[...] tanto el canto como el sonido proceden "del pensamiento de la mente, del ímpetu de la fantasía y de la afectividad del corazón", lo que significa que tiene su fuente en tres manantiales: uno se funda en la razón, otro en la fantasía, otro en el discurso».

Por encima de otras cualidades, ese primer humanismo valora la proporción como generadora suprema de armonía y su materialización: regida por la arquitectura, se extiende a la literatura y a la música en el primer intento de racionalización de las artes; el orden entre los diferentes elementos, la concordia grata, prevalece sobre otras consideraciones. 

Francesco Zorzi, un judío converso, estableció las bases para una Cábala cristiana que, junto al hermetismo clásico, darán una vuelta de tuerca a la mística medieval; sus aportaciones en torno a la música aparecen con frecuencia en su trabajo De harmonia mundi, de título clarificador; el pitagorismo renace por enésima ocasión, sincréticamente asociado a exóticas doctrinas orientales, y sus principios son tan evidentes que quienes los niegan, gente ruda e ignorante, es porque no los comprenden ―una combinación perfecta de la fe del carbonero y, en su caso, la del converso―. El cuerpo humano, para Zorzi, sería una réplica del universo ―el socorrido paralelismo entre macrocosmos y microcosmos―, y todas las proporciones internas y externas responden a razones musicales y, a la vez, numéricas; pero la armonía suprema trasciende esa circunstancia:

«Estar separado de sí mismo, liberado, es haberlo alcanzado todo. En De harmonia mundi hay una instancia que llama a abandonar el movimiento. La música es un campo de purificación. La gran música es una disolución que aspira al silencio».

Girolamo Cardano, autor de una extensa e influyente obra, dedicó De musica liber a la teoría musical y a las nuevas generaciones de instrumentos, alabando a los de cuerda por su precisión y denostando a los de viento por su poca fiabilidad, aunque usó estos con preferencia para sus estudios sobre el tratamiento físico del sonido.

Pero si alguien encarna el verdadero humanismo renacentista, libre del lastre de la religión institucional y de los muros en que se han convertido las doctrinas clásicas, es Erasmo de Rotterdam: además de no prestar atención alguna, como no sea para censurarla, a la música, declara que abomina del ruido inmisericorde de la polifonía litúrgica, que confunde tanto como para hacer ininteligible lo que se dice, y afirma que lo mejor de la música es cuando termina y da paso al silencio.

La posición contraria es la defendida por Lutero, enemigo declarado de Erasmo después de que este declinara la invitación de unirse a la Reforma, no tan interesado en la música propiamente dicha como en distinguirse de la política papal en cualquier ámbito; siguiendo con el programa iniciado en su exigencia a favor de la Biblia en alemán, reivindica también la lengua vernácula para la liturgia y los cantos como forma de llegar con más facilidad al pueblo llano.

«La austeridad de la música eclesiástica que defendían los calvinistas impulsó a los compositores luteranos, casi como un acto reflejo, a crear un amplísimo repertorio que acabaría convirtiéndose en el cimiento de una riqueza musical que resultó decisiva para la música alemana. Ciertamente, cuando se lee a Lutero y se piensa en la excelencia y en el número extraordinario de músicos que surgieron en aquella época, y que se prolongarían en el tiempo, se tiene el convencimiento de que la Reforma y la música fueron indisociables. En una carta de 1530 dirigida a su amigo Ludwig Senfl, le dice: "A mi juicio, no dudo en afirmar que, si dejamos de lado la teología, no hay arte alguno que pueda ponerse a la misma altura de la música". Estaba convencido de ello».

Es el amigo de Erasmo al otro lado del Canal, Tomás Moro, el que reclama un papel preponderante de la música en las relaciones humanas en su Utopía, abogando por dotar de sentido a las canciones mediante una melodía que refleje el estado de ánimo correspondiente de la pieza.

Ambos autores coincidirán en la admiración por el exiliado valenciano Juan Luis Vives, un valedor de la música, preferentemente de la voz humana, por su capacidad para reproducir toda clase de sentimientos y para calmar los males del alma.

El siglo XVI es el siglo de la melancolía, una compañera siniestra que invadirá los campos de la literatura, la filosofía y también de la música, pero con una diferencia con respecto a la temible bilis negra de la antigüedad: su efecto no tiene por qué ser pernicioso; el nihilismo aparece en las artes ―su expresión filosófica definitiva deberá esperar aún varios siglos―, y la melancolía empieza a considerarse un efecto generador no forzosamente negativo. En este caso, la música puede convertirse tanto en un producto de la afectación como en un remedio para los estados atrabiliarios.

En la Francia renacentistas, dos literatos ―uno es poeta; el otro mantiene una ocupación que todavía no tiene nombre― reflexionarán con libertad, es decir, sin prejuicios, retirados en sus respectivos castillo y alejados de una Francia en pie de guerra de todos contra todos, un enfrentamiento dinástico azuzado por la religión, sobre la naturaleza de la realidad y el papel del hombre en un cosmos cuya magnitud, a diferencia de lo que se pensaba en los tiempos antiguos, ya no puede abarcar.

Puntus de Tyard, el poeta, desgranará sus intereses en los Solitaires.
«Quien abra el ljbro [Solitaire second] comprobará que se trata de un auténtico y prolijo tratado musical, ciento setenta páginas que cruzan todos los caminos de la música, desde su historia hasta la naturaleza de las consonancias, desde los efectos que conmueven el corazón hasta las cuestiones más áridas, como son las acústicas y las relativas al temperamento. La armonía, el número, las proporciones, los afectos, su capacidad sanadora, el monocordio; en fin, nada queda fuera de este Solitaire no suficientemente conocido y que constituye el segundo de los cinco Discours philosophiques que se publicarán en 1587. Hasta llegar a Tyard no habíamos encontrado a ningún filósofo tan convencido de que la música alarga la vida. Lo piensa firmemente».

Con respecto al otro, que está definiendo un nuevo género literario mientras je dis ce que j'en sens,  reconoce Andrés que no tiene mucho sentido traerlo a una obra sobre la música, pero reconoce su procedencia en una frase que es una sentencia ―y con la que este lector, que disiente en muchas de las opiniones del autor, no puede estar más de acuerdo―: "hay que ir siempre a Montaigne". Las referencias a la música en sus Ensayos son contadas y, a menudo, tangenciales, pero es precisamente la templanza del perigordino la que hace imprescindible cualquier referencia, por episódica que parezca.

«Montaigne es un paseo moral, un sotabanco del mundo desde el que mira las pequeñeces humanas, los sueños vanos, el anhelo de gloria, la fragilidad, el miedo que nos hace pedigüeños; nunca altivo, nunca hiriente, como Spinoza. Conociéndolo, su reflexión no es bizarra cuando en "De la esperanza" se pregunta por el sentido que tiene alargar tanto nuestra vida si uno llega a la vejez medio parcheado y con el cuerpo tronado. Reconoce que ha "dejado morir" en su organismo "catarros, fluxiones gotosas, diarreas, palpitaciones, migrañas", y que hasta los edificios de su edad tienen goteras. Pero debemos hacer frente a todos estos achaques, aprender a sufrir aquello que por ley natural no podemos evitar, porque nuestra vida, qué mejor ejemplificarlo que con un símil musical, "está compuesta, como la armonía del mundo, de cosas contrarias, así de distintos tonos, suaves y duros, agudos y bajos, blandos y fuertes. ¿Qué querría decir el músico que solo amase alguno de ellos? Es menester que sepa utilizarlos en común y mezclarlos. No puede ser de otro modo. Estamos hechos de opuestos, en nosotros la esplendidez y la avaricia, el descaro y la vergüenza».

En todo caso, y desde el punto de vista de un lego en la materia, Montaigne no puede sino admirarse del poder de la música tanto para provocar los más variados estados de ánimo como para corregirlos o sanarlos.

En 1621 se dio a la imprenta, aunque su autor estuvo corrigiéndolo y completándolo hasta el día de su muerte, casi veinte años después, el primer y definitivo tratado sobre el mal del siglo: Anatomía de la melancolía, de Robert Burton, el compendio razonado de todo lo que se sabía, y lo que él mismo podía intuir acerca de lo ignorado, en relación con la melancolía, más un lugar donde reflexionar que un manual de medicina. Es en este último sentido que Burton recoge la longeva tradición y prescribe la música como elemento favorecedor de la curación, por delante de todo un repertorio de remedios farmacológicos.

«Burton señala que han sido muchos los medios que los "filósofos y médicos han prescrito para alegrar un corazón desconsolado", pero a su juicio "nada tan presente, nada tan poderoso, nada tan apropiado como una copa de una bebida fuerte, alegría, música y agradable compañía", y lo escribe evocando el Eclesiastés (40, 20), donde se lee: "el vino y la música alegran el corazón"».

Genuinos productos de la fructífera época isabelina, dos pensadores casi coetáneos, procedentes de dos tradiciones históricamente enfrentadas, monopolizarán la discusión acerca de las relaciones entre filosofía y música. Francis Bacon, empirista irreductible, rechazará el enfoque pitagórico para centrarse en los efectos físicos y de teoría y técnica. Algunos de sus principios fueron trasladados a su obra más conocida, la utópica Nueva Atlántida. Robert Fludd se decantará por el irracionalismo y el hermetismo; sostendrá que las relaciones entre el macrocosmos y el microcosmos tienen naturaleza musical, una ciencia divina. La melodía que los une cruza nuestro interior y accede a las "regiones superiores". 

En una época revolucionaria para el pensamiento todas las aportaciones son valiosas, pero destacan aquellas que conllevan un cambio de paradigma: el universo ya no volverá a ser jamás como fue después de Giordano Bruno:

«"La armonía y consonancia de todas las esferas, inteligencias, musas e instrumentos conjuntamente, cuando el cielo, el movimiento de los mundos, las obras de la naturaleza, el discurso de los intelectos, la contemplación de la mente, el decreto de la divina providencia, todos al unísono celebran la alta y magnífica vicisitud que iguala las aguas inferiores con las superiores, cambia la noche en día y el día en noche, a fin de que la divinidad esté en todo, y de la que la infinita bondad infinitamente se comunique según toda la capacidad de las cosas". Los heroicos furores».

El cambio que imprimió al campo de la filosofía acompañó al de las artes. En música, a partir de los madrigales y de la orientación progresivamente melódica de la música vocal, la narrativa acaba imponiéndose provocando el nacimiento de la ópera: la polifonía se retira modestamente porque el estilo monódico hace más inteligible el texto, y la voz humana, ahora ya descifrable, se apoya en un acompañamiento armónico que se convertirá, con el tiempo, en el bajo continuo, uno de los puntos más característicos de la música barroca. El cambio suscitará tantos partidarios ―Monteverdi, que aplicará las nuevas formas de manera magistral― como detractores ―Artusi, crítico con la complejidad y la artificiosidad del nuevo lenguaje―, pero su avance será imparable.

Marin Mersenne llama la atención sobre las interpretaciones mecánicas y físicas de los fenómenos naturales, pero también sobre los concernientes al hombre, y establece unas reglas para la composición de raíz matemática. En su obra Harmonia universelle dicta un completo método sobre la física, la teoría y la técnica musicales, y sostiene que el conocimiento musical redundará en beneficio moral y político.

En 1618 Descartes escribe el Compendium musicae, en el que aplica el racionalismo al estudio de la música, que no verá la luz hasta después de su muerte, con el objetivo de fijar las reglas estéticas en función de los efectos de la percepción de la música en el oyente, tanto desde el punto de vista auditivo como del perceptivo.

Otro inconformista sucede a Descartes como abanderado de la heterodoxia: Leibniz: del mismo modo que el universo tiende al equilibrio, autocorrigiendo las desviaciones que lo alteran, la música busca la armonía preestablecida de la naturaleza subsanando las disonancias.

«Aunque la música, por decirlo en sus palabras, solo dé un gusto anticipado, se asimila a la naturaleza  tan incontestablemente porque su perfección es reflejo, imagen del espejo por el que las cosas se funden y a la vez se multiplican y propagan. Es precisamente esta armonía primera, a la que en ocasiones llama harmonie établie par avance, la que permite que la música, poblada de incontables mónadas, fluya coherente en el espacio a través de las estructuras más inverosímiles, y eso hace que sus caminos resulten siempre posibilidad, direccionalidad, que, por cambiante que sea, regresa al orden, a un orden originario. Si esto es así, cabe admitir que la música puede fluir de manera infinita en tanto que heredera de la armonía primigenia que la construye y rige. Se asemeja al universo, "multiplicado tantas veces como sustancias hay". Por eso nunca cesa, aunque esté en silencio, aunque todos los laúdes y los claves reposen, aunque todas las violas da gamba hayan sido guardadas en su estuche».
El siglo XVIII representa la última cesura en la historia del pensamiento occidental y, a pesar de la prejuiciosa y reaccionaria opinión de Ramón Andrés, la transición de la infancia ―Kant dixit― del hombre a la edad adulta; es decir, la aceptación de la propia responsabilidad sin mediadores todopoderosos ni ajustes de cuentas sobrenaturales.

Esa rotura tuvo sus consecuencias también en el campo de la música: el estilo galante, tan ancien régime, desaparece, como quieren hacerse desaparecer los privilegios de la época que representaba, y multitud de instrumentos quedan abandonados en el foso sustituidos por otros que permiten más expresividad y un volumen más alto: el cambio de mentalidad conlleva una inseparable transformación de la sensibilidad.

El abismo que se abrió tras el fallecimiento de la música barroca dio origen a una discordia, la querelle des bouffons, entre los partidarios de la ópera italiana y los de la francesa. Pero, querellas aparte, 1751 consolida la revolución del pensamiento y abre las puertas a la Ilustración: aparece publicado el primer volumen de L'Encyclopédie.

La música es considerada un arte primordial por su capacidad de influir en los estados de ánimo y estimular la imaginación. La publicación de libros, folletos y panfletos relativos a la música  crece de forma desproporcionada y se suma a los artículos relacionados en la Enciclopedia, pero,  para asistir a lo más cruento  de las guerras declaradas entre las diversas facciones, nada como las cartas, réplicas y contrarréplicas que se cruzaron D'Alembert, artífice máximo de la obra junto a Diderot ―que quedará como único responsable tras la fuga de aquel―, y Jean-Philippe Rameau, el músico más reputado ―y, probablemente, el más dotado, apasionado confeso de J. S.  Bach― de la época. Fue precisamente Diderot quien calificó a la música como "la más violenta de las Bellas Artes" por su poder provocador y su influencia sobre el ánimo; de las tres artes imitativas de la naturaleza, poesía, pintura y música, la que nos "habla con más fuerza". Los nuevos instrumentos, las nuevas configuraciones orquestales y la progresiva importancia e interés que despertó la música instrumental ―y los personajes principales: Rameau en la composición y Michel Paul-Guy de Chabanon como teórico―, capaz de sugerir más y mejor que la voz humana, supusieron un cambio revolucionario y permanente para la composición y para la escucha.

Si alguna vez el carácter apaciguador de la música ha sido puesto a prueba, ha sido con el irascible, inconstante e impredecible Jean-Jacques Rousseau. Sus escritos sobre música ocupan un volumen de más de dos mil páginas de la Bibliothèque de la Pléiade, y su contribución incluyó un nuevo sistema de notación ―rechazado por la Academia y cuestionado por el propio Rameau― que pretendía corregir la complejidad del establecido; ejerció como copista musical para sobrevivir; y, llevado a rastras por el resentimiento característico del personaje ―que declinó en una paranoia que padeció toda su vida―, promulgó la superioridad de la ópera italiana sobre la francesa al mismo tiempo que denigró la música instrumental, en particular la alemana ―la muerte de J. S. Bach era reciente― por impostada y artificiosa.

«¿A quién le interesa hoy una fuga? No es más que ruido, y no digamos "las contrafugas, dobles fugas, fugas invertidas, bajos obligados y demás tonterías difíciles que el oído no puede soportar y la razón no puede justificar". Tanto es así que, ahogado en sus propias creencias, lo envuelve la certidumbre de que todo ello "son restos de barbarie y mal gusto", comparables a los pórticos de las iglesias góticas, que perviven "para vergüenza de los que han tenido la paciencia de construirlos". Tocar una fuga es una tarea tan penosa "que no lo consigue casi nadie", y comporta un ejercicio tan ingrato que el único éxito que granjea es haber vencido las dificultades que presenta».

La Razón es apartada ante los primeros ataques de la próxima irracionalidad, el Romanticismo, que tiene en Rousseau a uno de sus más encendidos profetas. Esa subjetividad elevada al rango de principio incuestionable ―en contra de cualquier relación entre ciencia, particularmente lenguaje matemático, y música―, forma parte del paradigma defendido por el jesuita valenciano Antonio Eiximeno ―otro clavo en el ataúd de la razón, otra ráfaga de viento favorable al Romanticismo―; ni siquiera el más eminente filósofo de la Razón pudo retrasar el advenimiento de la corriente más irrazonable e individualista ―ahora sí, Ramón Andrés― de la cultura europea.

21 de diciembre de 2020

La segunda mano

 

La segunda mano o el trabajo de la cita. Antoine Compagnon. Acantilado, 2020
Traducción de Manuel Arranz

Antoine Compagnon, escritor y ensayista francés especialista en Proust y Montaigne, llegó a la literatura, después de cursar la licenciatura de Ingeniería de Caminos, tras descubrir que su verdadera vocación no consistía en construir puentes; a pesar de una formación académica de alta especialización, siempre se ha considerado un autodidacta. La segunda mano o el trabajo de la cita (La seconde main ou le travail de la citation, 2016) procede de una idea de tesis doctoral y fue su primer ensayo publicado.

Como objetivo inmediato, el texto intenta dar respuesta a una doble cuestión: el papel de la cita  como elemento literario, y el trabajo de la cita, es decir, la significación del acto de sustraer un fragmento de un discurso e insertarlo en otro.

«Hay más quehacer en interpretar las interpretaciones que en interpretar las cosas, y más libros sobre los libros que sobre cualquier otro tema; no hacemos sino glosarnos los unos a los otros». Michel de Montaigne, Ensayos, III, 13

Compagnon intenta responder a la cuestión principal de cómo administrar en un nuevo discurso lo ya dicho desde cuatro acercamientos:

1. Fenomenológico: qué significa la cita en la experiencia inmediata de la lectura y de la escritura.

2. Semiológico: cómo funciona el hecho de lenguaje que representa la cita y como signo.

3. Generalógico: el análisis de la función de la cita a lo largo de la historia.

4. Teratológico: búsqueda de los casos anómalos; entre estos, el uso y función de la cita en la actualidad.

1. Toda cita es fruto de la posibilidad de releer, una opción que la forma oral no permite. Subrayar permite al lector inmiscuirse en el libro, apropiárselo, y es el germen de la cita. Pero antes de esta acción, que consiste, fundamentalmente, en una detracción, debe tener lugar la invitación del texto a detenernos en un determinado pasaje, no tanto debido a una característica concreta de este sino a la disposición, que puede estar influida por los más variados factores, del lector.

La cita puede considerarse un anexo al texto en sí —una comprobación, un exordio, incluso un argumento de autoridad—; en definitiva, un relleno; pero también puede reservarse el papel principal, no siendo entonces el nuevo texto más que la ampliación de aquella, el nexo de unión,  necesario pero no imprescindible, entre una cita y la siguiente.

«Citare, significa poner en movimiento, hacer pasar del reposo a la acción. Los sentidos del verbo son los siguientes: en primer lugar, 'atraer, llamar' (de ahí la acepción jurídica de un requerimiento de comparecencia); a continuación, 'excitar, provocar'; y por último, en el vocabulario militar, 'otorgar una mención'. En cualquier caso, una potencia está en juego, aquella que pone en movimiento. En el vocabulario de la corrida, se dice que el torero cita al toro: provoca a distancia su embestida, lo incita agitando un señuelo ante sus ojos. Es precisamente este uso el que permanece más fiel al sentido original de la cita. Toda cita en el discurso procede de este principio y conserva su alcance etimológico: es un señuelo y una fuerza motriz, su sentido reside en el accidente o en el choque. Analizándola como un hecho de lenguaje, hay que contar con su potencia y tener cuidado con no neutralizarla, ya que esa potencia fenoménica, este poder movilizador, es la cita tal cual antes de servir para otra cosa».

2. La cita es un recurso multifuncional y sujeto a interpretación: la función que le atribuye el escritor que la incluye en su texto puede que no coincida con el sentido que le dio el autor ni con el que le adjudica el lector —o, mejor dicho, cada lector—. El fragmento que se va a citar —y que no es aún una cita— forma parte integrante de un discurso determinado; al aislarla de este, pierde su sentido original, y al insertarla en un discurso distinto, relacionado o no con el primero, adquiere otro  sentido que tampoco exige relación con este. De este modo, la cita comparte dos circunstancias: es un recurso interdiscursivo e intertextual.

«La cita procede de una doble arbitrariedad: la primera, la de la invitación, que se produce durante la lectura o durante la audición y me lleva a extraer de un ante factum, a ex-citar un fragmento leído o escuchado; la segunda, la de incitación, me lleva a insertar en mi propio discurso el fragmento tomado. Invitación e incitación desvinculan completamente la cita del referente, la "idea" que enunciaba la expresión en primer lugar, el ground del signo, y ponen en circulación la serie de los valores que la idea repite, aunque los valores y la repetición no suprimen jamás el azar que hay en el origen de la cita. El libre albedrío (invitación e incitación) es la potencia soberana que desea, que convierte todo acto de escritura, y ante todo la cita, en una demostración de fuerza de la que depende el sentido».

De hecho, el fragmento citado se desgaja de su sentido original, se elimina, y es sustituido por el sentido que adquiere su repetición, sumergida en el nuevo discurso.

3. Es de suponer que la cita como hecho lingüístico nace en paralelo al advenimiento del lenguaje, pero como concepto se remonta a la civilización griega, que distinguía entre cita de pensamiento y cita de discurso, momento en que se produce la primera disparidad: Platón considera el poder de la mímesis en el discurso directo como un maleficio, aunque emplea ese recurso del que abomina; Aristóteles, tomando el ejemplo de la catarsis de la tragedia, la considera un beneficio, pero se abstiene de utilizarla. Formalmente y de forma universal, se define como un pasaje de otro autor insertado en un discurso; funcionalmente, como autoridad, ornamentación, erudición, amplificación, pero también como argumento.

En cuanto a la verdad del enunciado, en la cita el proceso de verificación sufre una sustitución de objeto: ya no se inquiere sobre la veracidad del enunciado sino sobre la autenticidad de la repetición

«La cita de pensamiento, la repetitio sententiarum, es evidentemente la buena sententia: permanece cerca de las cosas, atañe al sentido y a los sentidos, sobrevive a su enunciación, ya que es en principio conceptual. Frente a ella, hay una figura de mal agüero, de la repetición que fracasa, la de las palabras: se llama vox, y solo ella se ajusta a nuestro empleo actual de la cita, donde son las palabras las que expresan la cosa que conviene repetir, y no el pensamiento que se quiere reproducir. La sententia, en definitiva, restituye el significado, mientras que la vox hace resonar el significante».

4. El concepto contemporáneo de cita aparece en la Edad Media de la mano de la teología y de la exégesis bíblica; con estos antecedentes, se sacrifican todas sus funcionalidades para convertirla únicamente en un argumento de autoridad, dando como resultado un discurso teologal que, partiendo de la repetición, se extenderá hasta la escolástica y derivará su influencia mucho más allá del texto religioso.

Desde esta perspectiva y siempre basándose en un rígido principio de autoridad, se genera una serie arborescente de textos que, partiendo de la cita bíblica, se ramifican apoyándose en textos anteriores, validados por aquella, que se subdividen, crecen y se intrincan como el ramaje de un árbol y cuya autoridad es incontestable porque todos remiten al primer comentario cuya fuente son las Escrituras; esta referencia última, incuestionable, funciona como fuente e impone el método.

«Cadenas, glosas , breviarios, rapsodias y libros de sentencias son colecciones de citas, los últimos retoños de la Biblia y del comentario. Estuvieron muy de moda hacia finales del período patrístico, durante toda la época escolástica, y conocieron las mayores tiradas en los principios de la imprenta. En efecto, si bien cumplen la ambición del comentario, rivalizar con las Escrituras como liber textus e incluso substituirlas, también marcan su final. El libro de sentencias se opone al discurso teologal como el montaje al comentario, lo discontinuo a la continuo, lo discreto a lo lineal. Mientras que el comentario seguía el texto palabra por palabra y el montaje rompe su curso, la cadena toma el texto y todos los comentarios oblicuamente. Es una síntesis previa a la que llevará a cabo la suma, y en este sentido no es indiferente que santo Tomás haya compuesto él mismo una cadena, la Catena aurea. Ahora bien,  el lugar común al comentario, a la suma, y a la cadena (o al Sic et non de Abelardo), el elemento que los vincula, histórica y metodológicamente, es la cita bíblica y patrística. Cuando la cadena y la suma suceden al comentario, conserva su elemento determinante y motor, el principio: se trata de citas que la colección toma oblicuamente, de citas cuya suma organiza la red. La cita sigue siendo el átomo del discurso teologal y de todos sus avatares».

5. El fin de la Edad Media certifica el agotamiento de la escolástica al tiempo que hurta a la Iglesia el monopolio de la regulación del discurso; como consecuencia, la cita pierde el valor simbólico que había poseído en la antigüedad así como el carácter de autoridad con que se invistió en el medioevo.

En ese proceso de crisis de la autoridad quien se lleva la peor parte es Aristóteles —una descalificación que tiene que ver con el abuso a que fue sometido por la escolástica medieval—. Empiezan a soplar vientos favorables a la razón, particularmente en el ámbito francés, y su predominio se afianza sobre las ruinas de la cita aristotélica; el hecho de que Montaigne escriba sus Ensayos directamente en francés es otra estocada a la auctoritas y uno de los signos que preceden al advenimiento de la cita moderna; otro, más que formal a pesar de su apariencia, la inclusión, propiciada por el invento de la imprenta —que conlleva también una nueva distribución espacial de la escritura en el volumen impreso: título al principio, índice al final, junto con otras innovaciones—, es la marcación e identificación del texto de la cita mediante un signo ortográfico: las comillas.

«La posibilidad de una evolución de los tipos móviles al texto, pasando por el emblema, el adagio y la cita, descansa en una identidad supuesta de toda la teoría del lenguaje, a cualquier nivel de análisis que sea: letra, palabra, frase, discurso, son otras tantas reificaciones del lenguaje por medio de la tipografía que las reproduce de forma similar, menos como signos que como impresae o emblemas, como cosas. La equivalencia entre todos los niveles de lenguaje está garantizada al principio por los tipos móviles, las más pequeñas unidades lingüísticas, y la pertinencia. Si el signo es tipo móvil y si el tipo móvil es signo, es decir, en una concepción no únicamente instrumental, sino tipográfica del lenguaje, entonces hay continuidad y homogeneidad de todos los hechos del lenguaje. El mismo modelo subsiste y vale cuando es desplazado y trasladado de la letra al discurso, del constituyente primitivo a las complejas estructuras que lo integran. El tipo móvil tiene el poder de generar discurso, como si no hubiese ninguna diferencia cualitativa entre el modelo, la matriz de la letra, las del grabado o la plancha, la de la página y el libro, y por lo tanto, la de la cita [...] Montaigne recurrirá a otros dos términos, pero jamás al de la cita: esos términos son alegación y préstamo. El segundo es propio de él y concierne preferentemente a su práctica personal: el primero, por el contrario, que Montaigne hereda de la tradición escolástica, se aplica más fácilmente al uso de la cita, en particular de Aristóteles, que Montaigne denuncia entre sus contemporáneos, es decir, a la auctoritas, Montaigne se abstiene de alegar, mientras que reivindica el derecho al préstamo».

Montaigne, en la habitación circular de su torre, inscribe cincuenta y siete sentencias en las vigas del techo, no tanto como sendos eslóganes sino como insignias, frases que escoge para representarse a sí mismo. Su medallón personal, entre otros elementos, contiene una balanza en equilibrio —justicia, pero también templanza, y que, además de un objeto, representa también la acción del pesaje como evaluación de los signos; en latín, exagium, origen de la palabra francesa essai, nueva denominación de prueba, ejercicio: "Lo único que me propongo aquí es mostrarme a mí mismo, que seré tal vez distinto mañana si un nuevo aprendizaje me modifica". (Ensayos, I, 26)— y la divisa pirrónica "me abstengo" —la epojé—; el conjunto de ambos, imagen y divisa, componen la configuración típica del emblema.

En consonancia con su proyecto, Montaigne —¿cómo puede abjurar de la cita si la usa constantemente?— distingue la alegación del préstamo. Reniega de la primera, aunque la use convirtiéndola en una paráfrasis en francés del texto original para servir de auxilio a su propia opinión, ya formada, nunca como recurso de auctoritas. En cuanto al segundo, mayormente añadido por su propia mano a la edición original de 1588, del que se acostumbra a omitir el nombre del autor, no aparece segregado del texto sino incorporado a modo de apostilla y como consecuencia de su lectura del texto de los Ensayos porque "me sucede a menudo que encuentro por azar en los buenos autores los mismos asuntos que he intentado tratar". (Ensayos, I, 25); el préstamo es fruto, pues, de una coincidencia, y no añade nada en absoluto al corpus de su libro.

«Mediante el juicio, toda proposición y toda idea se convierten en estrictamente personales. Esta es la razón por la que, en la escritura misma, el préstamo y la cita no tendrán ningún valor propio ni especial. Estarán totalmente determinados por el juicio, como si bastase con postular esta instancia del sujeto para que la repetición de lo ya dicho no sea más que producto del azar, encuentro contingente entre dos juicios completamente autónomos, libres de toda tensión diacrónica, producto de la casualidad o de la simple sucesión».

6. La relación entre el texto citado y el citante, entre los autores de ambos, y la del texto del que se extrae y aquel en el que se inserta como sistemas cerrados ha sido plenamente normalizada a lo largo de la historia de la literatura. Pero cualquier sistema que, aunque equilibrado, no puede impedir la digresión de alguna de sus relaciones, está sujeto a modificaciones que o bien rompan ese equilibrio o bien, aun sin romperlo, generen otro nuevo. Compagnon distingue dos variedades: la regresión, que consiste en una vuelta a las fórmulas incompletas del sistema, y la perversión, que afectaría al ámbito de tolerancia de ese sistema, es decir, hasta dónde puede mantener su integridad.

«La estructura "normal" de la cita, que tiene la función de un principio de regulación de la escritura, pone en relación dos sistemas semióticos, cada uno de ellos supuestamente completo y autónomo (compuesto de un sujeto y de un texto), así como independientemente entre sí. La relación establecida por una cita es, por lo tanto, parcial y puntual. Una aberración de esta estructura sería una cita que suprimiera la independencia de los dos sistemas, que los emparejara o incluso los confundiera, como es el caso de la copia. Esta aberración excede con mucho el campo de acción de la cita "normal", una micro-estructura o un epifenómeno en el texto, incluso si este epifenómeno tiene un valor considerable de control. La disfunción provoca un acoplamiento global de los dos sistemas, y no solamente parcial o puntual».

En todo caso, el tratamiento —incluso el propio concepto— de la cita ha variado desde la antigüedad clásica hasta el barroco y después del Romanticismo, que siempre ha significado una cesura, para lo bueno y para lo malo, hasta nuestros días, ampliando el campo de utilización  y su propia significación. Su futuro, igual que el de la escritura, permanece bierto y probablemente incluya funcionalidades que ahora mismo no podemos ni imaginar.

Otros recursos relativos al autor en este blog:

Fe de Lectura de Quaranta nits amb Montaigne

Fe de Lectura de El demonio de la teoría

18 de diciembre de 2020

La diplomacia del ingenio

 

La diplomacia del ingenio. De Montaigne a La Fontaine. Marc Fumaroli. Acantilado, 2011
Traducción de Caridad Martínez

La diplomacia del ingenio (La diplomatie de l'esprit, 1998) es un conjunto de estudios escritos por el ensayista francés Marc Fumaroli, recientemente fallecido, a lo largo de treinta años, sobre diversos aspectos de la cultura y de la literatura francesas del siglo que transcurre entre la segunda mitad del XVI y la primera del XVII, la primera gran época clásica gala, el pilar inicial de los que formaron el edificio de la modernidad; ese momento coincide con la toma de posesión por parte de la prosa, con algunas excepciones, del lugar de la poesía como manifestación más representativa de la literatura: tanto la inteligencia de Pascal, el ingenio de Voltaire y la inspiración de los moralistas del XVIII tienen un precedente común —en prosa, por supuesto—: Michel de Montaigne, el modelo fundacional de la prosa literaria francesa.

«El poder del ingenio solo puede afirmar su verticalidad en Francia a condición de demostrar ser profundamente diplomático, y de saber hacer suyo y despertar, merced a una humildad y cortesía aparentes, ese sentido común natural sin el cual está perdido y que, en Francia, tiende excesivamente a ceder a los cambiantes vaivenes de la opinión. El gran escritor francés no tiene derecho a ser solo escritor, y menos aún poeta. Tiene que trabajar por fijar la más volátil de las esencias: el simple sentido común que pueda unir a los franceses».

1. La sede del habla productiva no es el palacio ni la academia ni la escuela de oratoria sino los oráculos privados de carácter cívico, ajenos a cualquier constricción formal del lenguaje. La imagen mítica es el jardín de Epicuro o la que recrea Homero en la corte de los feacios en la Odisea.

«Del Decamerón de Bocaccio a la Noche oscura de Juan de la Cruz, de la Astrea de D'Urfé a las Memorias de Chateaubriand, es en el retiro, en lugares fuera del tiempo, en paisajes apacibles, y en un determinado silencio en que no hay que forzar la voz, donde la obra literaria crea por sí misma la atmósfera propicia a su recepción y dispone la sala del banquete en que, de nuevo, los feacios pueden venir a acomodarse».

2. El mérito de Montaigne, siguiendo la senda formal marcada por Platón en sus diálogos, es implicar al lector, al que se exige que renuncie a la pasividad receptora, en el diálogo que mantiene, en los Ensayos, con los autores antiguos en el camino de descubrirse a sí mismo.

A finales del siglo XVI, no por agotamiento sino por un sentimiento de insuficiencia a la hora de responder a los nuevos requerimientos expresivos, la poesía, el reducto de la manifestación culta, empieza a ceder parte de su dominio en beneficio de una nueva forma que poseía más plasticidad y productividad: la prosa. El inicio de esa reconquista puede fecharse con precisión: 1580, el año de la publicación de la primera edición de los Ensayos de Montaigne, que señalizan el primer triunfo del sentido sobre la forma. Dos años antes de esa publicación, Blaise de Vigenère estableció la superioridad de la palabra escrita sobre la expresión oral debido a su permanencia, durabilidad e impacto, abogando por un retorno a la Edad de Oro de Grecia y Roma; para ello, el primer paso debería ser la traducción al francés de los clásicos grecolatinos, una traslación que no solo pondría al alcance del pueblo a los inventores de la civilización, sino que, además, redundaría en beneficio de la lengua de destino en forma de pureza, refinamiento y ampliación de su capacidad para expresar la sutileza del pensamiento.

«[La copia y el ornatus son] Instrumentos de expresión que, en prosa, disponen de poderes análogos a los de la poesía "inspirada" y "profética". Vigenère prosigue adecuadamente la obra de Du Bellay, y la completa: traducir, imitar los diversos estilos latinos y griegos, es apropiarse de sus "virtudes" y elevarse, siguiendo el ejemplo de los latinos, "por encima de la decadencia de los otros". Donde sí se aleja del autor de la Deffence es en el menosprecio por la traducción de que este alardeaba: traducir también es imitar, es emular a los Antiguos, no es mostrarse servil respecto de ellos. Es ejercitarse, s'essayer, crecer».

3. En el caso de que sea admisible la evolución en ámbitos literarios, esta no vendrá acompañada por variaciones en su vertiente temática —o no únicamente— sino en todo aquello que se refiera a la lengua y al estilo; en cuanto a la propia lengua, el primer paso deberá ser la conversión del habla vulgar en vehículo literario, lo que solo se conseguirá mediante la producción de grandes obras literarias en esa lengua —cuyo ejemplo paradigmático es Dante con su Comedia, escrita en dialecto toscano, una opción justificada por el propio poeta con anterioridad en De vulgari eloquentia—, un empeño que sostuvo Montaigne con sus Ensayos en lengua vernácula. Este efecto, sumado a la adquisición, por parte de la monarquía, del uso de esa lengua, redundará en su prestigio y dignidad y se sumará a la dignificación y eficacia proporcionadas por los escritores. La pugna entre los favorables a ese trasvase, partidarios del modo senequista, y los de la opción tacitiana, la solucionó, mediante la integración de ambas corrientes, un italiano trasplantado a la corte francesa por Enrique III: Charles Paschal en De optimo genere elocutionis en 1596.

«El interés por "defender e ilustrar" la prosa francesa coincide aquí con la influencia del "senequismo" estilístico de Lipsio. Pero el estilo sencillo, que parece "brotar espontáneamente de los labios", no tiene por qué ser vulgar. Su sintaxis obedece al orden natural, lo que constituye para los apologistas y gramáticos del francés del siglo XVII uno de los rasgos que hacen a esta lengua superior a todas las demás, incluido el latín».

A partir de ese momento, el mantenimiento de la pureza de la lengua no descansará ni en la poesía, ni en la comedia, ni en el arte epistolar, sino en el arte de la conversación de los viri illustres, cuyo subgénero más característico es la narración, una variante dotada de una claridad y precisión expresiva que redunda en su autenticidad, credibilidad y sinceridad. El modelo de esa prosa debe ser la sabia combinación de las aportaciones de los clásicos: 

«"Apreciamos en aquellos [Grecia] la abundancia, en estos [Roma] el discernimiento; con aquellos es posible recrearse, es decir, caer en el error. El camino de estos es estrecho, pero más recto y seguro". Charles Paschal, De optimun genere elocutionis. Grecia son las fábulas, Roma la historia y la prudencia, el ejemplo de madurez que seguirá inspirando siempre a la grandeza humana».

4. En la era del nacimiento de la lengua francesa como lengua de cultura, existe el  convencimiento de que en el régimen democrático, al tener que convencer a una masa, mayoritariamente inculta, la lengua tiende hacia el populismo y la demagogia; es en un régimen monárquico, en cambio, donde la lengua adquiere elocuencia y el nivel suficiente para convertirse en una lengua de cultura. Montaigne, consciente de esa distinción e implicado en el debate, dedicará parte de sus Ensayos —considerados no como una conferencia, sino como una conversación en la que el autor dialoga con él mismo y con el lector en el plano más igualitario posible y en una lengua común que todos pueden comprender (Ensayos, III, 8)— a reflexionar sobre ese tema y a ensayar una alternativa que rebase el dilema: en primer lugar, al considerar al pueblo como sujeto libre y dotado de una capacidad de independencia suficiente para forjar su destino; y, de forma simultánea, a conceder a la monarquía legítima la facultad de ejercer el único orden posible y razonable, que, entre sus atribuciones, debe considerar necesariamente la preservación de la libertad interior del súbdito.

«Montaigne no se limita a condenar el servilismo a la vez que el tímido ciceronianismo de sus contemporáneos sino que define de rechazo la función polémica de los Ensayos. Polémica de creador, no de crítico literario: en respuesta a quienes hacen de la facultad del habla un sustituto de la invención y el juicio, Montaigne, en su propia creación, se decanta por lo contrario. Sacrifica la elegancia en aras de la densidad filosófica, y la belleza convencional, resultado del cálculo retórico, a un lenguaje auténticamente seminal. El estilo de los Ensayos, totalmente supeditado a la investigación de su autor, constituye el espectáculo de una elocuencia que está inventándose, una incesante "concepción oratoria"».

Es la primera vez, en la literatura francesa, que se apela al lector y que se le exige el papel activo de completar, insisto, en su misma lengua, el trabajo del autor: "un hablar abierto abre otro hablar y le hace salir afuera, como el vino y el amor" (Ensayos, III, 8). Para ello, renuncia, conscientemente, a la grandeza de los clásicos —así como a su imitación— y a las reglas de la elocución, olvidándose de las constricciones del discurso, para centrarse en la inventio y el judicium, todo en aras de una libertad irrenunciable. No solo es posible, aunque poco probable, una poesía filosófica —De rerum natura—, sino que, para que sea de pleno aprovechamiento, la filosofía debe ser en prosa.

«Poética por la universalidad de su asunto, la obra de Montaigne lo es también por su finalidad. "Ni Ángel ni Catón", Montaigne, poco atento a deslumbrar, lo está aún menos a ser edificante, enseñar, predicar ni convencer. Ninguna de las tres finalidades del arte oratorio: agradar, conmover e instruir, coincide con la de los Ensayos: "Yo no formo al hombre, yo lo cuento"».

El camino que parte del estoicismo, transita por el epicureísmo y se instala en el escepticismo  queda establecido como el trayecto más acorde con la naturaleza, y ahí está, cartografiado al detalle en todo su proceso, para quien quiera recorrerlo.

5. El humanismo renacentista italiano no pudo resucitar, superada la oscuridad medieval, la oratoria clásica debido a que esta había caído bajo el monopolio de la Iglesia, que la infrautilizó como simple comentario de la Biblia o como exégesis de los sofismas de la Padres y los galimatías de la escolástica; así pues, tuvo que conformarse con su reclusión en el género epistolar, que tiene más relación con el diálogo y la conversación privada que con la palabra pública, y que mantiene intacta su capacidad para confeccionar un autorretrato fiel y multifacético del autor.

«El género epistolar se define mediante una serie de oxímoron: un género discontinuo y breve se convierte en el espejo mágico del infinito del yo humano, de sus oscilaciones entre contemplación y sufrimiento; un estilo bajo, conforme a la condición  cotidiana y privada del autor, resulta así el receptáculo sensible de todas las "ideas" sobre el estilo, lascas desprendidas de la antigua arquitectura de los tres estilos superpuestos, y en que se reflejan los altibajos de una interioridad a la vez espiritual y fisiológica».

La imprescindible síntesis entre la reproducción de la conversación docta y la ausencia de estilo del diálogo es el reto que resolverá el género epistolar francés del siglo XVII.

6. El género memoria, salvo contadas excepciones, carecía de escritos de la calidad suficiente como para convertirse en Memorias, limitándose a ser grupos de documentos, anécdotas y recuerdos estrictamente personales con una relación meramente tangencial con la misma historia y con un estilo descuidado muy lejos aún de la excelencia. Pero ante la imposibilidad de escribir una historia de Francia completa e imparcial debido a la implicación política de quien debiera redactarla —ni los historiadores oficiales, pagados por la corte, ni aquellos que fijan su atención en pequeñeces irrelevantes, ambos sujetos al peor de los sesgos: no haber estado presentes en los hechos que se relatan — y al absolutismo real, las Memorias deberían cumplir su función, aunque los que se pueden considerar primeros ejemplos del nuevo género distan poco de la justificación de ciertos actos y del ajuste de cuentas de sus redactores.

«René de Lucinge decía: "El relato de nuestra vida es el auténtico relato del alma; representa las costumbres como el pintor los rasgos del rostro". Y Jean de Tavannes dedica sus Memorias a sus hijos, sobrinos y primos, en estos términos: "A los griegos y romanos el recuerdo de sus antepasados los llevó a acciones generosas". Las Memorias se proponen en efecto transmitir la virtud gentilicia a través del linaje aristocrático. Desempeñan, en los archivos familiares, el mismo papel que las imagines majorum desempeñaban en el vestíbulo de las mansiones del patriciado romano: retratos a un tiempo íntimos y oficiales, destinados a recordar a los descendientes del linaje no solo los altos cargos y los grandes sacrificios de un antepasado, sino también el genio de una raza que se manifestó en él».

El conjunto que forman unos hechos relatados con estilo, procedentes de las Memorias aristocráticas, y la existencia de un narrador que es, además, el protagonista de aquellos, recogido de las autobiografías de inspiración agustiniana, principalmente de las Confesiones, ofrece todo el conjunto de recursos de la prosa y configura el antecedente de la futura novela culta, un intercambio aque permanecerá en los siglos XVIII y en el gran siglo de la novela francesa, el XIX.

7. 

«A partir de la edición de Martin y Guillaume Du Bellay (Les mémoires de messire Martin Du Bellay, seigneur de Langey. Contenans le discours de plusieurs choses advenues au Royaume de France, depuis l'an M.D.XIII. jusques au trespas du Roy François premier, auxquels l'Autheur a inséré trois livres, & quelques fragmens des Ogdoades de Messire Guillaume du Bellay, Seigneur de Langey, son frère. Paris1585), en 1569, puede decirse que el género de las Memorias de armas queda constituido. Tiene su modelo antiguo, que le confiere legitimidad humanística, César; y su modelo moderno, que le confiere legitimidad nacional, Commynes (Les mémoires de messire Philippe de Commines, 1489-1498) y su retórica, que consiste en rechazar el ars historica o más bien sacrificarla altivamente a la autoridad del testigo y a la sobriedad sin afectación, limpia de alabanza y vituperio, del relato de los hechos».

8. Las Memorias del Cardenal de Retz (Mémoires du cardinal de RetzContenant ce qui s'est passé de plus remarquable en France, pendant les premières années du Règne de Louis XIV, 1675-1677, 1717), la imponente obra de Jean-François Paul de Gondi, dirigidas a madame de Sévigné, representan la cumbre de la literatura memorialística, a menudo comparadas con las del duque de Saint-Simon, entendida como una conversación; en este caso, el autor se propone relatar los hechos de su vida de la forma más objetiva posible, mientras que pide a la destinataria que sea benévola con sus actitudes y sus defectos. De este modo, la Memoria instructiva y ejemplarizante destinada, en principio con carácter utilitario, a personas determinadas, se convierte en una conversación privada pero cuyo número de destinatarios es incontable y procedente de los más variados sectores y estratos sociales. El hecho de que la interlocutora fuera una mujer, un caso excepcional en la literatura memorialística, provoca que el estilo abandone la sequedad recitatoria y se convierta en un texto tan declamatorio como elocuente.

«Para la "historia de su vida", pues, Retz encontró —o supuso— una mirada y un oído dignos de él. Pero no cayó en el error de darlos por conquistados. Consumado orador, tampoco cayó en la trampa, en la que demasiados comentaristas creen pillarle, del alegato, de la apología, del panegírico. Más modesto, o más ambicioso, lo único que pretende es dar credibilidad a un relato. Lo demás vendrá por añadidura. Pero si bien nada hay tan falazmente evidente que la verdad para quienes viven los acontecimientos "en los grandes cargos" —aunque tan falaz evidencia dé lugar a muchos errores de juicio—, nada resulta tan inverosímil, increíble e indescifrable como esos mismos acontecimientos cuando, al alejarse en el tiempo, pasan a ser objeto de un relato».

9. La conversación, ilustrada o circunstancial, oral o por escrito, pero siempre galante, constituyó un género en sí misma durante más de tres siglos, desde el temprano XVII hasta la mirada satírica de Flaubert o Proust, en la sociedad y la literatura francesas debido, según sus apólogos, a la dulzura de la lengua, el ingenio de los individuos y la sociabilidad de los francófonos; es decir, al esprit francés —un concepto que no tendría nada que ver con la acepción usual en castellano sino con el wit inglés—.

«"Del mismo modo que nuestra inteligencia se fortalece al comunicarse con mentes vigorosas y ordenadas, es indecible lo que pierde y se envilece con el trato continuo y la frecuente relación con mentes bajas y enfermizas". Michel de Montaige, Ensayos, III, 8. 
Los "ingenios vigorosos" son los que se hacen las "buenas preguntas" y son capaces de renovarlas en colaboración con sus pares. Los "ingenios bajos y enfermizos" son los que se contentan con fórmulas preconcebidas y lugares comunes. De Montaigne a Voltaire, de Voltaire a Balzac —Jean-Louis Guez de Balzac—, la conversación solo fue considerada un peligro para la inteligencia y una enemiga de las "buenas letras" en la medida en que renegaba de su definición: el trato entre ingenios vigorosos aplicado a los lugares comunes de la humanidad, y capaz de redescubrirlos a una nueva luz. Bastó poner en duda la posibilidad de semejante trato y reducir toda conversación a lo que, para los clásicos, no era sino su caricatura y su negación, para negarle todo parentesco con la literatura. Desterrada de la conversación, esta entonces se convierte en el último refugio saturniano del espíritu que, al margen del "espacio literario", se cree condenado al trato con los filisteos».

La consideración de la conversación como género literario se remonta a los clásicos latinos, para los cuales su forma oral y la escrita serían las dos caras de una misma moneda, dos formas complementarias de la eloquentia, sucesivas en el tiempo y con mutuo enriquecimiento. A pesar de la presión religiosa, sobre todo en cuanto a los temas, proveniente de la tradición italiana, el modelo de la conversación civil, la "conversación a la francesa", armoniosa e inteligente, vivaz e improvisada y regida por el ingenio, es Montaigne. 

10. La mujer, en un inicio la perteneciente a la nobleza, ha empezado, por una serie de circunstancias que incluyen las religiosas, a trascender el campo de la galantería y del adorno social para acceder al mundo de la cultura: ha pasado de ser objeto, excusa o circunstancia a adquirir papel protagonista; por primera vez, el ocio mundano, que excluía en su origen a las compañeras y que mantenía a los hombres atareados en ocupaciones serias, adquiere un carácter letrado. Este cambio social debe parte de su eclosión a un verdadero manual de comportamiento de gran difusión y enorme influencia, la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales. 

«Siguiendo el ejemplo de madame de Rambouillet, una madame de Sablé, una madame de Plessis-Guéné, una madame de La Fayette o una madame de Sevigné, ligadas todas ellas a grandes hombres de letras, y en todas las cuales había calado profundamente la espiritualidad salesiana (razón por la cual fueron sensibles a Port-Royal), amplificaron y prosiguieron la obra de la marquesa. Ellas fueron quienes la revitalizaron tras la fronda, instituyendo así definitivamente la conversación francesa como obra de arte del ocio, y preservando en el seno mismo del "mundo" aquella "alegría jubilosa" del trato entre corazones deseada por San Francisco de Sales y que es pariente próxima de la eudaimonia, la dicha del sabio según Aristóteles».

11. Del mismo modo que los pensamientos de Descartes y Pascal beben en la fuente común de los Ensayos de Montaigne desde un estilo y una perspectiva nuevos, el propio Montaigne está en deuda con los autores clásicos, a partir de los cuales, en sus propias palabras y en francés, se descubre a sí mismo. Pero el prolongado lapso entre uno y otros parece suponer la necesidad de un paso intermedio que constituyen las Poliantheas. En concreto, Fumaroli aboga por dos testimonios del mismo siglo que los Ensayos: la Polianthea nova (1612) de Joseph Lange, y la edición, a partir de 1609, del Diccionario (1502, 1509...) de Ambrogio Calepino, y rastrea en ellos uno de los conceptos más frecuentes en la obra del perigordino: el concepto mundo. Es desde estas consideraciones donde se manifiesta un Montaigne no tanto moralista —como los que aparecerán años después, en su mismo ámbito lingüístico—, sino como un simple "poeta-filósofo laico".

En 1642, François de Grenaille convierte alguna de las acepciones del concepto mundo en uno nuevo: moda

«El Ser de Dios se nos escapa porque somos prisioneros del tiempo, del espacio, del movimiento, de las apariencias sensibles; y todos ellos nos arrollan en su fugacidad, movilidad y metamorfismo. ¿Cómo definir entonces la moda, que es "la vicisitud" misma, y que parece el efecto formal de todos los demás cambios? Es la antítesis de Dios, "primer creador de las cosas"; "la Moda es el primer principio transformador". Su metamórfico capricho es la causa formal de los "cambios" del corazón humano, la moda es ovidiana. Es la más ostensible manifestación del tiempo que todo lo cambia: "tan pronto se la ve en boga, y ya se la aborrece; una vez impuesta se la destruye, y no obstante siempre hay modas, aunque las modas cambien siempre". Depende también de la inquieta vida del corazón y el cuerpo, y de las incoercibles "agitaciones" de los hombres: "Hay modas para calmarse y para emocionarse, para andar y para detener el paso». Las citas corresponden a François de Grenaille, La mode, ou Charactère de la religion, de la vie, de la conversation, de la solitude, 1642.

Pero el concepto posee otra connotación que Grenaille advierte, pero cuyas implicaciones es incapaz de prever: mundo es a mundano como moda es a moderno

12. Si bien la eloquentia era la figura deseable en el discurso filosófico desde la época clásica, Descartes, posiblemente teniendo en cuenta a la audiencia potencial de sus obras —es decir, a las personas distinguidas y a las honnêtes gens, los mismos destinatarios, por cierto, a los que se dirigía Montaigne en sus Ensayos, no solo a los sabios y a los numerarios de la República de las Letras—, además de escribir en vulgar francés en lugar de latín, antepuso a aquella, en su obra fundamental, el Discurso (Discours de la Méthode. Pour bien conduire sa raison, et chercher la vérité dans les sciences, 1637), el carácter retórico del lenguaje. No se trata tanto de una retórica normativa clásica como de la adaptación de algunos de sus principios a la lengua francesa, un trasvase cuya función debía consistir en desvulgarizar el francés y asimilarlo a la locución latina,  pero posibilitando su acceso a lectores que no comprendían el latín, aparte de librarse él mismo, con el cambio de lengua, de hábitos y prejuicios inmemoriables, y de lucir una espontaneidad y una naturalidad que redundan en la recepción favorable del texto.

«Maestro en abundancia, Descartes no lo es menos en sobrecogedora concisión. Gozne en torno al cual gira el cosmos del Discurso del método, el "pienso, luego existo" es una obra maestra del lacónico arte de la divisa, del symbolum heroicum. Descartes lleva ese género senequista a cruzar un umbral. Ya no es un juramento irreversible hecho a uno mismo, una pública y tajante promesa de no abdicar jamás de la idea heroica que uno se hace de sí mismo, como el "Plus ultra" de Carlos V, sino que es la afirmación de un "yo" trascendental escondido en el "yo" histórico y empírico, un postulado metafísico en vez de un acto de fe moral».

Además, esa proximidad del narrador que facilita el idioma se refuerza mediante el mismo recurso utilizado por Montaigne —el primero en el dominio idiomático francés—, la primera persona —en el caso del perigordino, acentuado por el hecho de que no solo el narrador [se] relata en primera persona, sino que "je suis moi-même la matière de mon livre" con que Descartes enuncia la frase más célebre del Discurso: "[Yo] Pienso, luego [yo] existo", una verdadera y perdurable divisa filosófica, se revela mucho más adecuada para implicar al lector en un nosotros próximo y compartido; un recurso, al fin y al cabo, filosófico, pero también retórico. 

13. La melancolía se erige, a lo largo del siglo XVI y parte del XVII, como lugar común de las almas tocadas por el genio —ya vendrán después los desvaríos románticos...—, una verdadera enfermedad del siglo, una dolencia del alma atrabiliaria que confiere distinción a quien la padece y a la que se supone un efecto generador para obras literarias y de pensamiento, como si el sufrimiento fuera el desencadenante de la profundidad de sentimiento y el tormento del alma el excitante de una inteligencia que debe a la obsesión su agudeza.

«El combate francés del siglo XVII contra el mito de la genialidad melancólica no es, al menos cuando la marea empezó a bajar, un temor a lo irracional, a la pasión, a la locura, sino un rechazo de lo irracional, de la pasión, de la locura, con el fin de recuperar su energía y su misterio para la razón misma. Esa adhesión a una especie de generoso ardor de la razón, menos visiblemente heroico que los ardores que se apoderan de ella en otros puntos pero capaz de sentar los cimientos de un linaje y de una familia en el lugar de la morada destruida, y no destrucción de una antigua morada».

En esa misma época, como consecuencia del cerco intelectual que rodea a la douce France, sitiada entre la frialdad septentrional alemana y la fogosidad meridional española, queda habilitado un término medio en el hexágono que será el origen de la vanidad francesa —y que puede que desemboque en el cuestionado pero característico chovinismo de la época romántica y posterior, para llegar, con diferentes intensidades, hasta nuestros días—. 

14. La antinomia entre un arte popular, ingenuo y fresco, y la belleza del arte erudito, insulso e insípido, es tan antigua como las manifestaciones artísticas. Fumaroli la pone en cuestión tomando como ejemplo los Cuentos de Charles Perrault, una manifestación de la cultura popular a la que no se le puede achacar falta de erudición, y defiende, en el caso de la literatura, el constante y productivo intercambio entre la tradición oral, popular, y la escrita, culta.

Esta antinomia dio lugar, en esa misma época, a una reedición de la eterna Querella de los Antiguos —partidarios de la reproducción de los modelos de la antigüedad— y los Modernos —inclinados hacia las tradiciones autóctonas, populares, hilvanadas en la lengua vulgar y transmitidas oralmente—. Uno de los campos en los que se ceba la discusión es el cuento de hadas, y se personifica entre Perrault, incondicional de la douceur de los modos cortesanos, y Boileau, doctrinario de la vehemencia retórica erudita.

«Lo que Perrault reveló, en la Querella de los Antiguos y los Modernos, después de otros y mejor que otros, con auténtico talento de abogado, fue la irreversible amplitud del "desplazamiento" producido, desde Montaigne y Malherbe, en las formas antiguas y librescas del Renacimiento grecolatino, al traducirse y adaptarse al habitus colectivo francés, representado y pasado por el tamiz de las mujeres y los gentilhombres de la Corte [...] Obra de anciano en paz consigo mismo, los Cuentos (Histoires ou contes du temps passé, 1697) sintetizan la meditación de toda una vida sobre la lengua y la elocuencia francesas, y sobre la distancia que las separa de la Antigüedad grecolatina».

15. Las Fábulas (Fables choisies, mises en vers par M. de La Fontaine, de 1668 a 1694de La Fontaine representan la reformulación, con un respetuoso homenaje, de la insigne sabiduría antigua mediante los instrumentos propios de su época: la civilización, el ingenio, la delicadeza y la lengua; su acción, pues, actúa por acumulación sin restar un ápice de importancia ni a sus fuentes clásicas ni a su actualización. Su principal mérito consiste en hacer compatibles los apólogos de Esopo con una forma contemporánea y en haber interesado, de este modo, tanto a los Antiguos como a los Modernos al mostrarse capaz de instruir tanto a las personas distinguidas, por su origen clásico, como al pueblo, por su formulación sencilla e inteligible.

«Al servir una antigua y profana tradición portadora de "algo divino", pese al desprecio que le profesa el ciego vulgo, La Fontaine no solo somete sus dotes para la belleza a una prueba de abstinencia, sino de ironía. Pone lo que él llama reverentemente la "fábula" bajo la advocación de Sócrates, que velaba "la verdad" con mitos, y hasta bajo la autoridad, salvadas respetuosamente las distancias, del Evangelio, que revela mediante parábolas. Persiguiendo la sabiduría allí donde permanece oculta es como la poesía, y la más personal, hace brotar, a la vez que su luz propia, la de la belleza más rutilante y duradera, una belleza que no iba buscándose a sí misma [...] De un solo trazo, La Fontaine sostuvo la teoría epicúrea del conocimiento, que funda la verdad sobre la interpretación, tanto por parte del animal como por parte del hombres, huéspedes ambos de la misma vida universal, de los signos de placer y dolor, y a la vez prosiguió la marcha de sus Fábulas, en las que la mímesis poética, de imagen en imagen, terrible una y dulce otra, repitiendo y guiando el trabajo de la interpretación, lleva al lector desde la confusión de las sensaciones hasta la luz de la verdad sobre sí mismo y el mundo».

La frontera entre la literatura exquisita y la literatura mundana se va desdibujando: es un fenómeno que responde a la moda (vid. supra) del momento, pero también al acceso que facilita la lengua vernácula; cuando se hace patente que también el francés vulgar es capaz de expresar la belleza de los clásicos, se pone la primera piedra para convertirlo en lengua de alta cultura, un movimiento cuya consecuencia más relevante y duradera será la popularización de esta otrora exclusiva y minoritaria, y otorga también carta de naturaleza a la sabiduría alegre, al humor libre y a la caricatura desprejuiciada:

«La moral a secas es muy aburrida;/ con el cuento el precepto pasa mucho mejor./ En esta clase de ficciones hay que instruir deleitando». Jean de La Fontaine

Y de nuevo, como en el caso de Montaigne, el narrador asoma la cabeza, se dirige al lector como su "semblable", su "frère", con un acercamiento que favorece no solo la proximidad, sino también la franqueza y, cómo no, la complicidad; un narrador que no se abstiene de dar su opinión, pero cuya autoridad le es prestada por el fabulista en un desdoblamiento complejo y de una rabiosa e incuestionable modernidad, y cuyo criterio no tiene por qué coincidir.

14 de diciembre de 2020

Tal qual

Tal qual. Paul Valéry. Adesiara Editorial, 2020
Introducció de Jordi Marrugat. Traducció d'Antoni Clapés

«El meu principal objectiu ha estat afigurar-me tan simplement, tan clarament com ha estat possible, el meu propi funcionament de conjunt: sóc món, cos, pensaments. Això no és un designi filosòfic. La filosofia, que ignoro què és, parla de tot, per rumors. No hi veig permanència de punt de vista ni puresa de mitjans. Res no pot ser més fals que la barreja (per exemple) d’observacions internes i de raonaments, si aquesta barreja s’ha fet sense precaucions i sense que sempre es pugui distingir el que és calculat del que és observat, el que és percebut del que és deduït, el que és llenguatge i el que va ser immediat».»

Paul Valéry, conegut sobretot per la seva producció poètica, va escriure durant gairebé cinquanta anys un conjunt de notes i reflexions en el famosos Cahiers —més de 30.000 pàgines en 261 quaderns: «A penes em llevo, abans que es faci de dia, a la matinada, entre el llum i el sol, hora pura i profunda, tinc el costum d'escriure allò que s'inventa a si mateix»—. 

«Que fais-tu tous les jours? –Je m’invente».

D'aquesta ingent producció, els anys 1941 i 1943 publica dos volums que apleguen algunes reflexions sobre temes diversos, uns materials que provenen d'aquests Quaderns, que, en principi, no estaven destinats a ser editats «J’écris pour les hommes qui sont seuls et qui ont le pouvoir de se sentir seuls –(Je me sens avec eux –C’est être seul) –c’est-à-dire qui n’attachent pas d’importance à ce qui ne compte que si l’on est au moins deux, et précisément parce que l’on est deux ou plus de deux» , sota el nom de Tal qual (Tel quel (1941, 1943). Cahier B 1910; Moralités; Littérature et Choses tues), una mostra representativa de la seva intel·ligència i de la radical recerca del coneixement, una vocació filosòfica que pren com a punt de partida una voluntària, definitiva i intencionada desafecció de la concepció romàntica dels poetes i de la poesia, així com de tota creació artística, plenament vigent encara els nostres dies. 

Si la complexitat del món modern i la indefugible implicació de l'ésser humà en totes les seves circumstàncies fan inviable la creació i el manteniment de sistemes filosòfics tal com foren concebuts fins la Il·lustració, el deure de l'intel·lectual s'ha de limitar, si vol mantenir la coherència, a la reflexió aïllada i a la intervenció breu, al tret precís en comptes del bombardeig indiscriminat.

Tal qual —un exemple del caos com a efecte generatiu en el que el temps i l'espai no hi tenen cap paper, en aquest sentit, és l'intent d'objectivar l'experiència personal i de sistematitzar-la únicament a través del llenguatge en un procés intel·lectual que mai pot donar-se per acabat ni considerar-se definitiu. 

A continuació, alguns fragments relatius a l'escriptura:

«[...] la perfecció només s'aconsegueix amb el menyspreu de tots els mitjans que permeten sobrevalorar».

«La sintaxi és una facultat de l'ànima».

«D'un escriptor modern: els seus accidents són admirables, però no té gens de substància».

«Els llibres tenen els mateixos enemics que l'home: el foc, la humitat, les bestioles, el temps —i el seu propi contingut».

«Racine escriu a Boileau a propòsit del Càntic II, i li discuteix la utilització del mot miserables —en lloc d'infortunats. Aquestes minúcies que forgen la bellesa i són l'àtom del que és pur han desaparegut del tot de la preocupació literària».

«La durada de les obres és la de la seva utilitat. Per això és discontínua. Hi ha hagut segles en què Virgili no ha servit per a res. Però tot el que va ser, i que no ha mort, té les seves oportunitats de reviure. Tenim necessitat d’un exemple, d’un argument, d’un precedent, d’un pretext. I vet aquí algun llibre mort que es belluga i torna a parlar».

«Les impressions d'un mico serien d'un gran valor literari, avui. I si el mico les signés amb un nom d´home, seria un home genial».

«Cal mirar els llibres per damunt de l'espatlla de l'autor».

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11 de diciembre de 2020

Circe y el pavo real

 

Circe y el pavo real. Jean Rousset. Editorial Acantilado, 2009
Traducción de Jordi Marfà

El crítico literario suizo y especialista en literatura barroca Jean Rousset publicó en un ya lejano 1953 el ensayo Circe y el pavo real. La literatura del barroco en Francia (La littérature de l'âge baroque en France. Circé et le paon, 1953) con la intención de establecer una nómina de temas comunes para las obras literarias escritas entre finales del siglo XVI y mediados del XVII; como punto de partida, Rousset toma dos símbolos que caracterizan la época: Circe, que representa la transformación, y el pavo real, la ostentación, y especula cómo la arquitectura de Bernini o de Borromini, como definición pura del barroco, se transfiere al campo de la literatura francesa de la época.

Ese trasvase, según el autor, se produjo mediante una serie de pasos intermedios no necesariamente sucesivos: 

I. Circe es personaje ubicuo en los ballets de corte, de temática eminentemente clásica y desarrollo fantasioso en un mundo metamórfico e ilusorio.

II. El beatus ille, la vida en un campo idílico, ficticio, artificial, cuya irrealidad se combate con más artificio mediante la apariencia de la pastoral.

III. La tragicomedia, que instaura las posibilidades del disfraz y la apariencia, del juego de las transformaciones en el que la máscara representa la verdad.

IV. La farsa, que tiene su contrapunto en el drama; la muerte como espectáculo, la tortura y la sangre, la venganza y el dolor, herederos de los misterios medievales reformulados por la creciente influencia de la Iglesia de la Contrarreforma.

El movimiento, que es fuga y consunción, transcurso y mutación, debe detenerse para alcanzar la permanencia, la única circunstancia en que es posible el desapego. Sin embargo, el universo es fuego, y su manifestación, la llama, encierra a todo lo que está vivo, todo está sujeto al cambio, la circunstancia generadora por excelencia. Montaigne inaugura la imagen del hombre como ser fluyente, líquido, capaz de transformarse en el medio que lo contiene y de reflejar, con su transparencia, la multiplicidad del mundo sin afectar a su esencia, una especie de energía cinética que confiere categoría y singularidad.

Rousset resume el carácter barroco en cuatro puntos: inestabilidad, movilidad, metamorfosis y preponderancia del decorado. La transición a la obra literaria de estos principios se realiza mediante un proceso que contiene los elementos siguientes: la metáfora como forma de enigma; la inestabilidad como nuevo statu quo, la disgregación como nuevo orden; la neutralización de la imagen en forma de alegoría, que representaría Malherbe; y la multiplicidad de perspectivas, que obliga al lector o al espectador a superar la visión estática a través de una visión multicentralizada, como exige la obra de Corneille.

El resumen, el paradigma del barroco lo representaría el debate entre el ser y el parecer; el disimulo se convierte en ostentación y el engaño por defecto se trueca en la hipérbole, en el exceso.

«Circe y el pavo real, la metamorfosis y la ostentación: he aquí el principio y el fin del recorrido realizado a través del siglo barroco. Estos términos extremos están unidos; entre ambos hay una relación íntima y necesaria: el hombre en mutación, el hombre multiforme es impulsado fatalmente a concebirse como hombre del parecer. Circe, apoyada en Proteo, indica el camino en cuyo extremo se erige la figura móvil, ilusoria y decorativa del pavo real».

7 de diciembre de 2020

Literatura y dinero

 

Literatura y dinero. Émile Zola. Trama Editorial, 2020
Prologo de Constantino Bértolo. Traducción de Gabriela Torreglosa

Los mismos reparos que se argumentan en la actualidad en la relación entre la literatura —en cualquiera de sus estadios: creación, edición, publicación o mercado— y el dinero ya existían en la época de Zola, hace más de un siglo. El escritor sigue siendo, a pesar de ser el origen de todo el negocio ligado a la literatura, el eslabón más débil y, paradójicamente, el más prescindible. Para analizar, desde su punto de vista, la problemática relación entre ambos factores, Zola dejó escrita su opinión en el folleto Literatura y dinero (L'argent dans la littérature, 1891), partiendo de una premisa con aires de constatación: cuanto mayor sea la consideración literaria menos puede el escritor vivir de su obra.

«Todo el mundo parece de acuerdo en que el dinero es una cosa vulgar que resta dignidad al hecho literario; al menos, no se sabe de nadie que se haya hecho rico escribiendo, algo poco sorprendente, y los propios escritores hacen gala de su pobreza aceptando vivir de una limosna principesca. Ellos son el ornamento, el artículo de lujo, algo que sale de la vida ordinaria, que no tiene que ver con un negocio, una fantasía que solo los grandes pueden permitirse, lo mismo que se paga a bufones y a saltimbanquis».

Con respecto a la situación de que trata Zola —siglo XIX—, parece que el incremento exponencial de escritores con obra publicada no ha conllevado un aumento proporcional del número de escritores que pueden vivir de su trabajo; falta saber, por otra parte, si el crecimiento del nivel literario, la influencia social, el compromiso político, el deber ético, es también proporcional; es decir, si la progresiva independencia de la subvención de un noble o del mecenazgo de un soberano, al precio de la pérdida de la remuneración económica, se acompaña de la correlativa independencia de criterio y de opinión.

«Este es pues el verdadero estatus de los escritores de los siglos XVII y XVIII, una situación que podría corroborarse mediante documentos aún más pertinentes. Resumiendo lo que acabo de decir: la obra literaria no puede dar de comer al autor, quien se convierte entonces en una rara avis de la que solo los reyes y los grandes señores pueden permitirse el lujo. Entre el protector y el protegido se establece un contrato; el protector ofrece vestido, comida y alojamiento, o bien se limitará a pensionar al protegido, que a cambio lo adulará y le dedicará sus obras para que así su nombre y sus favores pasen a la posteridad».

Teniendo en cuenta que la variedad de recursos a disposición del escritor ha aumentado considerablemente, la alfabetización se ha universalizado, la clase media que puede permitirse comprar libros es más numerosa y el acceso a estos, que ya no son unos objetos de lujo inasequibles, se ha generalizado, ¿por qué el escritor no puede vivir de su trabajo?

«Es una puerilidad quejarse de lo difícil que es acceder a los editores. Publican demasiado; Francia publica cada año miles de títulos. Viendo las banalidades, el aluvión de obras mediocres que saturan los escaparates, uno se pregunta cómo serán las obras que rechazan los editores».

La pensión estatal, a pesar de ser concedida por un organismo democrático, en tan reprobable como la antigua pensión real pues, a la larga, es el precio al que el escritor vende su independencia.

La democratización del acceso a la lectura ha convertido la creación literaria en una derivada del mercado y ha multiplicado la nómina de intermediarios restando relevancia a la obra literaria en sí misma, cada vez menos importante ante la potencia de la industria editorial, las nuevas plataformas de venta —incluyendo las vergonzosas alianzas entre ambas— y la volubilidad del creciente número de lectores, cada vez más maleable e incapaz de discriminar entre el alud de opiniones interesadas y dirigidas sin ninguna relación con la calidad literaria; todo ello mezclado con la multitud de becas, ofertas de patrocinio y premios más o menos oficiales —tanto los concedidos por las editoriales, generalmente empleados para robarse autores entre ellas, como los concedidos por las diversas Administraciones, en busca de propagandistas de los que echar mano cuando haga falta, así como los otorgados por asociaciones diversas de dudosas intenciones— que intentan crear climas de expectativas que jamás habrán de cumplirse.

«La idea de una ayuda generalizada hace sonreír: siempre habrá que escoger; un comité o un delegado cualquiera tendrá que examinar los manuscritos; y nos las veremos de nuevo con la arbitrariedad, los excluidos volverán a acusar al Estado de no hacer nada por ellos, de asfixiarlos a propósito. Por lo demás, no se equivocan: comoquiera que sea, las subvenciones benefician a los talentos mediocres, nunca se ha encargado una obra a un talento libre y original. Este sistema de ayudas no se ha aplicado nunca a los libros; en efecto, no hay ningún editor que reciba cien o doscientos mil francos del Estado con el compromiso de publicar diez o quince libros de autores noveles al año. Pero en el teatro lleva tiempo haciéndose la prueba: el Odéon, por ejemplo, está abierto a los dramaturgos noveles. En este sentido, me gustaría que se hiciese un estudio sobre los autores de talento cuya primera obra se haya representado en el Odéon. Estoy seguro de que son los menos, mientras que la lista de autores mediocres y ya olvidados debe de ser formidable. Esto nos lleva al siguiente axioma: el proteccionismo en literatura solo beneficia a los mediocres».

Otros recursos relativos al autor en este blog:

Notas de Lectura de diversos títulos del Ciclo de los Rougon-Macquard

4 de diciembre de 2020

Cuadernos. Volumen V

 

Cuadernos. Volumen VGeorg Christoph LichtenbergHermida Editores, 2020
Traducción de Carlos Fortea

Quinto y último volumen de la edición integral de los Cuadernos del científico y escritor alemán, que incluye los Cuadernos K, escrito entre 1793 y 1796, y L, datado entre 1796 y 1799, publicados, como el resto de su producción aforística, póstumamente.

De los más de setecientos aforismos contenidos en el volumen, he escogido, a título de muestra, algunos que me han llamado la atención:

«En muchas personas hacer versos es una enfermedad evolutiva del espíritu humano».
«Hoy en día hay más maestros de la rectitud que personas honestas».
«Estornudar es una operación que puede causar grandes daños, tales como sordera, ceguera, rotura de varices, e incluso la muerte. Esta es la causa de que se diga "salud" [...] Se podría decir lo mismo en algunas otras circunstancias, como la primera vez que se hacen versos [...]».
«Donde todo el mundo quiere llegar lo antes posible, necesariamente la mayoría llegará demasiado tarde».
«Por eso los prefacios de algunos libros están a menudo escritos de forma tan extraña, porque normalmente han sido escritos todavía presa de las fiebres puerperales eruditas».
«Está bien que a cierta edad los jóvenes sean atacados por el mal de la poesía, pero, por el amor de Dios, no hay que inoculárselo».
«He observado sin duda cien veces, y no dudo que muchos de mis lectores han podido observarlo ciento y una o ciento dos, que los libros con un título muy impresionante y bien inventado raras veces raramente sirven para nada. Probablemente ha sido inventado antes del propio libro, a menudo quizá por otra persona».
«¿No es curioso que a la gente que le guste tanto pelear por la religión le guste tan poco vivir conforme a sus principios?»

Otros recursos relativos al autor en este blog:

Notas de Lectura: Cuadernos. Volumen I

Notas de Lectura: Cuadernos. Volumen II

Notas de Lectura: Cuadernos. Volumen III

Notas de Lectura: Cuadernos. Volumen IV