31 de marzo de 2025

J'écris l'Iliade

J'écris l'Iliade. Pierre Michon. Gallimard, 2025

En esta época presente de escritores-revelación que alcanzan apenas la edad adulta cronológica y que son lanzados, que no depositados, a las mesas de novedades de la librerías como quien lanza el pienso a las vacas estabuladas, haber debutado en la literatura a los treinta y nueve años debe considerarse el primero de los fracasos de una carrera que nace marchita; y que en cuarenta años, aparte de algunas obras menores, solo haya alcanzado a escribir apenas unas diez novelas debe ser, como le reconvino Guy Boley en Funambule majuscule, uno de los ritmos laborales más holgazanes de la historia de la literatura francesa —una holgazanería que él mismo ha reconocido en varias ocasiones; de hecho, su dedicación a la literatura es consecuencia de un aborrecimiento insuperable del trabajo—.

La impostura: ¿quién es el Pîerre Michon que aparece y se confiesa al lector? ¿Qué distingue la autobiografía y la autoficción, si es que toda autobiografía no es, al mismo tiempo, autoficción? ¿Existió realmente Homero? ¿Y el Pierre Michon que se nos revela en J'écris l'Iliade, existe de veras o es solamente una máscara —«Alcides y yo somos personajes»— que encubre a un libidinoso impostor para el cual la Ilíada es únicamente la excusa para airear sus fantasías?
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«Chante, déesse, du Creusois Michoneus la colère désastreuse, qui de maux infinis accabla les Parisii, et précipita chez Aidès tant de fortes âmes de critiques, livrés eux-mêmes en pâture aux chiens et à tous les oiseaux carnassiers».

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Aunque los especialistas no acaben de ponerse de acuerdo, parece que a mediados del siglo VIII a. e. c. un tal Homero —tampoco existe acuerdo acerca de este nombre, ni siquiera acerca de su existencia real— compuso una obra de de 15693 versos, agrupados en 24 cantos, que narran los últimos días del asedio al que sometieron los aqueos a la ciudad de Troya, Ilión, en griego, conocida, como Ilíada λιάς—. A pesar de todos estos interrogantes, a los que se debería sumar la improbable relación con la Historia de los hechos relatados en el poema y del lugar en el que se asentaba esa ciudad, caso de que hubiera existido realmente, la Ilíada, junto a su gemela Odisea, es el texto fundacional de la literatura occidental; fundacional, es decir, origen, principio sobre el que se edifica cualquier cosa posterior, concepto que suscita una cuestión: ¿y si no se hubiera escrito la Ilíada? Responderé a esta pregunta más adelante.


J’écris l’Iliade relato, según figura en la cubierta y en la portadilla— está compuesto por catorce narraciones —Apolo, Afrodita, Ares, Artemisa; Poseidón, Hera, Hefestos, Atenea, Tetis, Hermes; Escamando, Hypnos, Perséfone, Zeus: los dioses están presentes en la Ilíada en el mismo número— segregadas en dos grupos —lo profano y lo sagrado, lo cómico y lo trágico, lo patético y lo desmesurado—: los que se refieren a un tal Pierre Michon —aunque la alargada sombra de Homero y de alguno más se pasea por sus páginas— o a algún que otro contemporáneo —o heterónimo o personaje real—, que transcurren a lo largo de su vida, medio siglo; y los que relatan hechos concernientes a los personajes relacionados con la guerra de Troya —con un excurso para Alejandro Magno—; héroes, también dioses; el primero y el último, enmarcando al resto, con una relación especial con la escritura: cuando el protagonista no tiene tiempo que perder porque tiene prisa en convertirse en Pierre Michon, y cuando, con toda su obra ya publicada —«soy un monumento»—, le pega fuego, junto con el resto de los libros de su nutrida biblioteca, para volver a empezar. Una mezcla, pues, de epopeya —o de su remedo: una Ilíada por episodios heroicos  à la Pierre Michon, o ciertos capítulos que Homero o dejó en el cajón o no recordó de sus lecturas de Shakespeare— y de autoficción —más o menos fieles a la realidad, más o menos atribuibles al Pierre Michon real (en algunos ni siquiera aparece bajo esa denominación), no al personaje al que el autor le cede su nombre, más bien poco heroicos, en general—. 


Leyenda y autoleyenda. Ironía y autoironía: «He destruido esa historia: parecía escrita por Michon. A la vez sádica y cursi»). El simulacro se limita al segundo grupo y, aunque no falto de guasa, la burla y el humor se expanden a través del primero; tal vez porque en el segundo se refleja la Literatura, fundamentalmente la Ilíada, aunque no solo, mientras que en el primero, entre otras circunstancias, se revela el oficio de relatar, mediante la escritura o el cine, da igual, y por eso aparecen Shakespeare — o un cierto Shakespeare y Stevenson —La isla del tesoro—, Beckett y Borges —este in extenso: todo un capítulo—, o el propio Michon —o aquel a quien el autor ha prestado el nombre y algunas cosas más; Michon es un maestro de la impostura como lo fue Homero—. En todo caso, debemos aceptar el pacto narrativo en ambos grupos: la máscara con que se camufla el autor y las pistas falsas que parecen conducir a la epopeya homérica: ambos son ficciones, relatos inventados que desvelan secretos fantasiosos y contradicciones fingidas.


Pero no todo va a ser sangre, esa primera sangre en todas sus acepciones: la guerra y el amor; no hay Tánatos sin Eros, como si los desencadenantes de ambos, matar y perpetuarse, fuera un único deseo; ¿acaso no es esto la Ilíada? El relato de Homero —y el nombre dado al acontecimiento: la guerra de Troya— versa sobre el enfrentamiento bélico —puro Tánatos, pues—, pero ¿y el desencadenante? Michon tiene una hipótesis, y esa es —debe ser— la razón de haber incluido esos pasajes altamente eróticos: «la Ilíada nació sin duda de la voz de Homero, pero sobre todo del deseo de Helena»; una Helena que se hace presente, con su nombre o con otros, a lo largo de todo el libro, del mismo modo que lo está, aun en aquellos pasajes en los que no se cita, en la totalidad de la Ilíada. Queda manifiesto, pues, el espíritu dionisíaco del autor, tanto en aquellos relatos explícitamente eróticos, el arrebato sexual, en los de temática bélica, el ímpetu guerrero, y los relacionados con el arte de escribir, el élan, la fuerza vital.


El hecho de que los dioses —excepto uno, una, y ni siquera es una diosa, aunque sea la madre de un dios— implicados en la trama pertenezcan al panteón de la vieja Grecia —«dioses paganos», pues, menudo oxímoron— no excluye la omnipresencia de lo sagrado y, como consecuencia, el tipo de relación sostenida entre esos dioses y los seres humanos. En la Ilíada, como en gran parte de la literatura griega y romana clásicas, esa interacción no solo es fundamental, sino que forma parte del relato, sea con la presencia manifiesta de los dioses o con el recurso del deus ex machina; pero también en los relatos contemporáneos se adivinan fuerzas extemporáneas —con la misma dualidad de comportamientos que los dioses del Olimpo—  que remiten a naturalezas divinas, a veces sintetizadas en un mero concepto, aunque no de forma evidente ni mucho menos explícita, casi como si se tratara únicamente de una clave. En todo caso —la Ilíada y, consecuentemente, J’écris l’Iliade, serían la muestra más evidente, pero también el Poema de Gilgamesh en el caso de otras tradiciones, y la misma Biblia—, la relación con los dioses parece estar en el origen mismo de la escritura a través de un movimiento doble mediante el cual los dioses otorgan existencia mediante la palabra —«Entonces Dios dijo…»— y la literatura les concede la eternidad al dejar por escrito su presencia y su actuación.


En cuanto a los lugares, es evidente que el primero que emerge, ya desde el título, J’écris l’Iliade es Ilión, la ciudad conocida como Troya, escenario de la guerra entre aqueos y troyanos. A este se suman la Babilonia de Alejandro Magno; la isla de Íos, donde muere Homero. Pero en el libro aparece otro escenario, no por real menos mitológico —al menos para los lectores de Michon—, aunque sí, tal vez, menos heroico: Les Cards, un asentamiento cercano a Châtelus-le-Marcheix, en el departamento de la Creuse, lugar de nacimiento del autor y hogar familiar durante parte de su infancia,; en él tendrá lugar la hecatombe del último relato, pero el paisaje agreste, despoblado, se hace presente, como escenario, en varias de las historias, y parece que, igual que la llanura de Ilión, condiciona su desarrollo más que como escenario como uno de aquellos protagonistas que intervienen en la acción sin hacerse manifiesto —un deus ex machina, tal vez—.


El mundo ha cambiado, desde Homero hasta Michon. La guerra que consistía, eminentemente, en enfrentamientos cara a cara y que debía librarse, a lo sumo, a la distancia que alcanzaba una lanza arrojada por un fuerte brazo o una flecha disparada por un arco elemental, se ha transformado en un enfrentamiento de ingenios que pueden ser dirigidos a miles de kilómetros de distancia con destino a estructuras impersonales —aunque, finalmente, las víctimas sigan siendo las mismas—. 


También la literatura ha cambiado, desde la elementalidad del verso homérico, generado únicamente por el deseo primordial de contar, pasando por caminos sin desbrozar y extraviándose en engañosos atajos, hasta llegar a la combinación de géneros, a la escritura sin tema o al tema sin escritura, a la disolución del autor en beneficio del personaje. Ni siquiera los dioses son los mismos; bajaron del Olimpo a la ciudad, se extraviaron en el desierto y ahora andan, desmoralizados y pasmados, reflejándose en los escaparates de los centros comerciales. Solo el bípedo pensante, si se le considera sin sus adminículos electrónicos, sigue siendo más o menos igual que Aquiles —tal vez menos egregio—. Y el deseo claro, en sus múltiples variantes: Helena, Menelao y Paris; Aquiles, Patroclo y Briseida; Alejandro Magno, Roxana y Hefestión.


La literatura, como el amor, como el sexo, como los mismos dioses, requiere, ante todo, fe; también los conjuros. Y un libro lo es.


Desde la perspectiva cristiana, tan lejos del panteón griego, Michon, el pagano,  parece haberse regodeado en la compañía de los los tres grandes enemigos del alma. 


El Mundo, la fama y el renombre; una vez alcanzado el proyecto de convertirse en Pierre Michon, alcanzado tarde, a los treinta y nueve años, pero pronto, en su primer libro, la crítica cae rendida a sus pies; sus alabanzas son tan unánimes como desorbitadas y le convierten en un Mito Viviente, en un Autor Sagrado, el Escritor Intocable, «un monumento». A partir de ese momento, una inelu-dible pereza lo invade y ya no escribe más, solo emborrona papel en blanco. Incluso es capaz, en el culmen de su arrogancia, de inventarse un dios, buscarle la encarnación y decidir qué hace con él. 

«Habiendo tomado la decisión de quemar incienso en mi honor, la crítica no se había desviado de ella y había elevado mis mediocridades a las nubes, como había hecho con mis obras maestras. Me admiraban por pura convención, un ronroneo como el de mis colegas morosos de largo recorrido, Sollers o Modiano».

El Demonio, ese ser repugnante que se atrevió a enfrentarse a Dios, es la sed incolmable de guerra; la de Troya, por supuesto, y las gestas bélicas de Alejandro Magno —al fin y al cabo, todos esos eran paganos—, pero también la de ese individuo que sube completamente ebrio a un Intercités rumbo a París para matar de un hachazo a su antiguo mejor amigo, que le ha birlado a Ninon, su amante, y el pendenciero que entabla peleas, en su época en París, en su estancia en la pensión en la calle Royer-Collard, que sabe que no va a ganar, por el puro placer de batirse.

«Cada noche, el programa invariable —mi deber de escritor, al modo de Rimbaud— consistía en insultar y destrozar: retrovisores, puertas de coche, vasos, las puertas de las pocas personas que cometían el error de acogerme en su casa. A veces, caras. Ser un No en acción. Romper, y más a menudo dejar que me rompieran a mí: más de una vez me encontré por la mañana con los ojos amoratados sin saber por qué, las manos y el rostro llenos de rasguños, el pecho apesadumbrado por los golpes. Salí bastante bien parado: unas cuantas noches en la celda de desintoxicación, una vaga sensación de vergüenza, nada más».

 Y, por fin, la Carne, las tentaciones impuras que a las que se ve enfrentado nuestro cuerpo —me encanta esa pasividad que trasluce el vocabulario religioso cuando intenta transmitir mensajes a años luz de sus dominios—, la obsesión en todas sus formas, la zoofílica de Parsífae, la sádica de Pierre Meyne, la homosexual de Aquiles; las varias amantes del narrador, cada una con su especificidad, cada una con una idea del deseo distinta; pero también la tentación soñada por Homero en su lecho de muerte, la visita de Helena en contraprestación por haber contado su historia.

«Sus muslos se estremecen como se estremecen las alas de la libélula. Un vuelo de gaviotas de vientre blanco pasa bajo el ojo blanco del ciego. Lleva en los labios un gemido elevado: el sollozo de las palomas en los robles de Dodona. 
Solo a él es a quien va a tomar.
Desata para el viejo su ceñidor».

Pero vayamos en esta apología paso a paso.


Hoplita


El primer relato, en primera persona, cuenta el viaje de joven Pierre Michon con veintiséis años a Lyon —capital de la Galia histórica, por cierto— para someterse al examen médico —les trois jous— que debe servirle para librarse del servicio militar; un arranque bien poco heroico teniendo en cuenta el título del capítulo —un hoplita era un ciudadano-soldado no profesional de finales del siglo VII a. e. c. de las Ciudades-Estado de la Antigua Grecia, armado con lanza y escudo, que utilizaba la formación en falange con el objetivo de ser lo máximo efectivos posibles con la menor cantidad de hombres— y el —supuesto— tema del libro, la Ilíada: nada menos equivalente a la expedición de los aqueos a Troya.


Pierre, ocupado en aquel momento en otras guerras, se siente quebrado por la contienda entre la intención bélica y su contrapartida, la obsesión erótica. 


El desasosiego bélico se hace presente cuando percibe la máquina de vapor del tren que le traslada, se diría que recién salida, entre fuego y humo, de la fragua de Hefesto, como si se tratara de un casco de hoplita. No es un ciudadano que va a (no ser) soldado y que (no) parte al combate, aunque la prueba ante los instructores es calificada así; se niega no por razones antibelicistas —mayo del 68 es apenas anteayer—, sino porque «debía convertirme en Pierre Michon y no tenía tiempo que perder; he aprendido a fingir paciencia desde entonces»: «me las daba de Orfeo», demasiado intelectual —recita a Villon, Rimbaud, Hugo, Racine— para perder el tiempo en la mili. Se siente libre, y más después de haber tomado fármacos para pasar desfavorablemente la inspección médica, tras cuya ingestión «yo era el tren, yo era la noche, el viento en marcha, las estelas de fuego en las ventanas. Yo era la poesía universal. Yo era la energía que hace girar las estrellas y gemir a los trenes en su frenesí, yo era los versos que declamaba, el futuro Vigor».


El mismo medio de transporte le estimula esa fijación erótica a la que parece sometido: la grúa de aprovisionamiento de agua de la estación le parece un pene gigante al que se ofrece, «solícita y yacente», la máquina de vapor; primera insinuación sexual: «la máquina jadeaba». Una vez terminada la maniobra, «ese ruido me hablaba en un lenguaje que al principio no supe nombrar; pero mi exaltación, de pronto, se densificó, tomó cuerpo con toda su fuerza, se hinchó y se transformó, como toda emoción en este mundo, por muy literaria que sea, en otra emoción. Porque el logos es lascivo». El símil sexual se prolonga a lo largo de buena parte del capítulo: «tengo un aire grandilocuente. Lo soy. A menudo me recuerdo tal como era en ese momento, de pie contra la ventanilla, escuchando ese pequeño tchouk-tchouk en la noche, mirando el resplandor hidráulico, al maquinista, la Osa Mayor, diciéndome esto: si quieres llegar a ser Pierre Michon, así es como deberás escribir. Pon a Villon y a Rimbaud en los silencios entre dos gemidos. Y cuando vuelvas a tener a una mujer entre tus brazos, sostenla de esa misma manera». Aunque, al final, el cielo estrellado y los silenciosos accidentes estelares le cambian el entorno, abandonando, sutil y no exclusivamente, la cuestión sexual: «mucho más que un apareamiento, aunque lo era, era la armonía del universo. Era amor». 


Un encuentro casual en el último vagón del tren con una mujer italiana madura descarga la excitación de Pierre, que se duerme de nuevo en su asiento. En Lyon, el examen resulta negativo; es decir, positivo, no apto para el servicio. La visita relámpago a Lyon concluye del modo más decepcionante porque «el tren de vuelta era conducido por una locomotora eléctrica».


El sueño de Homero


Isócrates (436-338 a. e. c.) escribió un Elogio de Helena, en el que se puede leer: «Y dicen algunos de los poetas homéricos que [Helena], habiéndose aparecido una noche a Homero, le ordenó componer versos sobre los que lucharon en Troya, con la intención de que la muerte de aquellos héroes fuera más envidiable que la vida de los demás; y que su poesía resulta tan encantadora y renombrada entre todos, en parte gracias al arte de Homero, pero sobre todo, por ella». De este encargo, cuando Homero contaba veinte años y todavía podía ver, surgió la Ilíada; por tanto, el autor de la epopeya no fue Homero, sino Helena.

«Ese sueño de la juventud de Homero empuja a todos los autores. Pero otros, más raros, entre los cuales me cuento, refieren que, mucho tiempo después de haber cumplido la orden de Helena y satisfecho su primer deseo componiendo los quince mil seiscientos noventa y tres versos fulgurantes, una noche ella regresa».

Años después de esa visita, en la isla de Íos, donde Homero apura su ciega vejez, Helena —«Helena la de los largos velos, divina entre las mujeres. Helena de los brazos pálidos, de los muslos de leche. Helena la de los largos ropajes. Helena la de la vulva sobertana»—, a quien sabe que él mismo ha (re)creado, vuelve a aparecérsele con la intención de pagarle, no como se paga a un aedo, sino como se paga a un dios. Ante su queja por haber omitido su retrato, Homero recuerda la concupiscencia con que la retrató y la poseyó, la razón por la que la hizo aparecer en la Ilíada. Pero desconfía de la verdadera identidad de la aparición; a lo que Helena responde contándole su verdadera historia, la Ilíada auténtica. Sexo, algo, poco, y sangre, mucha sangre; le relata sus recuerdos de los más sobresalientes aqueos fanfarrones, aparte de Menelao, su marido, que mejor recuerda: 

«Áyax, su coraza de jabalí, su sombra gigantesca, su torpeza, su verborrea trabada cuando me cortejaba; Ulises, su elocuencia, su casco, su alma de manantial y de roquedales; Diomedes, hijo de Tideo, sus dientes de lobo, su potente grito de guerra, su lanza clavada en la axila de Afrodita, su casco; la lanza maciza del otro Áyax; el casco a la moda de Argos de Agamenón; y de Agamenón también, la coraza de cuerno que le había regalado su hermano Menelao en Chipre. Menelao, el rubio, sus bellos bucles, sus brazos de marfil, su pecho de marfil, su miembro, su corazón; su casco. Frente a todos ellos, Paris, Paris Alejandro, sus dos nombres, sus bellos bucles, su elocuencia, sus muslos, su miembro —su dardo de oro—, su arco, su corazón. Aquiles, sus bucles, su penacho corintio, su rictus, su casco; el irresistible, el bello rubio de la hermosa vindicta. Fue el único griego que me odió. Y aunque era rubio, yo no lo amaba. No me deseaba. Era un poco mujer, es cierto. Apenas había superado la adolescencia, sin embargo, esa edad en que todo en ellos es mujer, cuando el deseo, la furia, les devora el vientre. Y el otro arquero que abatió con su flecha a mi adorado arquero, Paris».

Le confiesa que su amor siempre fue para Menelao, pero solo Paris era capaz de suscitar su lascivia, y le relata su primer encuentro en Esparta, el secuestro y el carácter de sus encuentros: «Así vivimos más tarde toda la guerra: lúbricos y berreando como perros en las habitaciones del sótano, desde donde se oía el estruendo de los carros».


Pero no se trata más que de un sueño de Homero, porque no la ve, porque la sigue oyendo. Y lo que oye es que, en pago por su papel en la Ilída, la incomparable Helena va a entregarse a ese ciego viejo y desahuciado, en una escena de gran potencia erótica, porque ella le pertenece desde ese primer sueño.


La batalla de Érice


Érice, hijo de Butes (o de Poseidón) y de Afrodita, fue un pendenciero rey de los élimos de Sicilia. En la actualidad, Erice es una ciudad de Sicilia que parece haber sido fundada por los élimos, pueblo probablemente procedente de Grecia y asentado en el oeste de Sicilia hacia el siglo VIII a. e. c. 


En 1973 —Pierre Michon tenía veintiocho años; dos años después, por tanto, del viaje a Lyon—, arruinado, el narrador fue a Sicilia. Vivía en París, en una pensión en la calle Royer-Collard —un episodio relatado en la carta que le dirige a Guy Boley en Funambule majuscule—, sin trabajar, siguiendo el mandato de Debord y Aristóteles —«no trabajéis nunca, pues seríais esclavos»—: quería ser escritor, pero sin ningún esfuerzo, por la vía milagrosa. Pero ni escribía ni leía porque un verdadero genio no lee, crea. Así que pasa el tiempo mendigando, bebiendo vino en tetrabrik, épattant les bourgeois, encallanándose, peleándose, dándoselas de Euménide —«benévolas», personificaciones femeninas de la venganza que perseguían a los culpables de ciertos crímenes— y sin tocar hembra desde hacía más de un año. 


A través de Jeff, un estudiante americano que es el único en aguantarle sus cabronadas, conoce a Danièle Vire, con quien, dándoselas de poeta maldito, sube a la habitación. El prolongado celibato obligatorio hizo el resto. Aunque la Vire estaba lejos de los cánones de Helena de Troya, el narrador se traslada con ella a Poitiers, viviendo un idilio como mantenido ya que ella disfrutaba de un pequeño salario. A pesar del mal trato, le invita a pasar dos meses de verano en Sicilia con Arlette, una amiga de la Vire, y un amigo común, el Zuavo, amante del anís y de la Phèdre de Racine —aunque, en realidad, se trata del Fedro de Platón—, hijo de buena familia y poseedor de un automóvil con el que recorren Italia. En la isla viven a cuerpo de rey por cuatro cuartos, visitan las ruinas, se embeben de mitología.

«Estatuas de Victorias radiantes, avanzando a grandes zancadas mientras pisotean cuerpos desnudos, hinchando los pechos, en los museos; Venus helenísticas, es decir, pornográficas; los grandes bronces griegos, que parecería que solo se han puesto en pie para penetrar el mundo por un único esfínter. Grecia no era tierna, ni su hija Sicilia: la tierra abundó en tiranos a quienes el poder volvió locos, el más inquietante de ellos aquel que mandó fabricar esa vaca de metal hueco en la que hacía cocer a sus detractores; “mi vaca muge”, decía cuando la víctima aullaba. Afuera, volcanes y la locura del verano».

Entre buena comida, fiestas populares, monumentos y alguna que otra incursión lúbrica entre las piernas de la Vire, la vocación literaria de Pierre se había retraído.


En Segesta, visitan el templo griego, el zuavo les abre los ojos acerca del arte y de la relación de este con los hombres y con los dioses. La visita posterior al monte Érice, con su eco de la famosa batalla —citada por Flaubert en Salammbô—, les descubre el Acqua della Vergine, un templo dedicado a Venus Ericina cuidado por prostitutas sagradas que ejercían su oficio allí mismo, como la diosa, bajo la apariencia de una cerda sabia y sibilina, con peregrinos y marineros; el lugar le recuerda a Michon la novela de Flaubert; esa erudición le vale una noche de pasión con la Vire, inspirada en las orgías de la diosa y como si tuviera lugar en el teatro de Segesta, ante la multitud —aunque esta estuviera compuesta solo por sus dos compañeros de viaje que, además, no podían ver, solo oír—, «tuvimos uno de esos goces que quizá solo se experimentan diez veces en la vida: ella arrastrada por cuatro caballos y yo crucificado, retorcidos como andrajos, dislocados como mártires en la arena, proyectados como esperma —como las estrellas en la explosión primigenia, como las partículas en el acelerador, como el fuego saltando de árbol en árbol bajo el golpe de un lanzallamas, en una larga lengua completamente roja. “¿Cuál es, pues, este pueblo que crucifica leones?”» [Salammbô]), y que termina, épica, con una fuerte tormenta azotando la tienda de campaña.


De regreso a Francia, Pierre abandona Poitiers y retoma su estancia parisina, tan poco recomendable, que no finaliza hasta cumplidos los cuarenta.


El capítulo se cierra con el relato de los tres viajes de Platón a Sicilia: como turista, como visitante de las cortesanas y, finalmente, en tiempos de Dionisio, el tirano de Siracusa, para ser vendido como esclavo después de ciertas desavenencias; «como todos los hombres de esta tierra, Platon fue cónsul; como todos ellos, esclavo».


Elogio de la blancura


Dedicado a Philippe Descola, antropólogo francés, especialista en estudio de los modos de socialización de la naturaleza.


Michon abandona por un momentáneamente a Homero para acompañar a Ovidio (Metamorfosis, VIII) y recrear el mito de Parsífae —un personaje que no aparece en la Ilíada— en uno de los relatos más brutales sobre el deseo de la mitología griega, narrado en primera persona.


La narradora despierta de un sueño y aparecen varias figuras de la mitología en medio de un rito acerca de la blancura: Calisto, una cazadora perteneciente al cortejo de Artemisa, diosa de la caza; Temis, que representa la justicia y la equidad; Astrea, su hija y otras figuras del cortejo musical, a algunas de las cuales toma, en un principio, por diosas —La Cazadora de la Noche, la Dulce Virgen, la Dama de la Montaña, tres referencias a Artemisa —; todas concubinas, como ella misma, de Minos, rey de Creta. Debido a su enemistad con los dioses —las fuentes divergen en esa desavenencia—, se ve impulsada a la zoofilia. En una salida al campo con su eunuco, observa cómo un verraco cubre a una jabalina, y la contemplación del Gran Toro Blanco, Leukos —con  que, finalmente, engendrará al Minotauro—, rodeado de su harén de vacas, despierta su inmoderado deseo.

«Se levanta. Un frontón protuberante de bronce blanco sobre cuatro columnas de bronce blanco. Ah, cómo se ordena todo y se tensa y rueda y se endurece bajo el cuero blanco. Chorreo como el caño de una fuente. Se acerca a nosotros, hoy está bien dispuesto. ¡Qué masa, qué fulgor! Me fascina  como el primer día […]. Leukos muge, embiste a unas vacas, en mi presencia. Su olor, como siempre, me aterra y me abrasa. Su aura de moscas innumerables. La baba escurriéndose por la papada, el ruido de molino de su rumia, el hedor a estiércol, el anillo de la ignominia en los ollares. Pero bajo su vientre… ah, el espanto. Y eso cuelga y se sacude con firmeza, como ubres de mujer».)

Eros cede en paso a Thánatos en el sacrificio ritual de Tête-Blanche, la ternera: la muerte, el desollamiento. Mientras tanto, Parsífae visita diariamente a Leukos para que se acostumbre a su presencia. Aparece Dédalo, el carpintero, llamado el «príncipe de las apariencias» porque consigue reproducir, en madera, cualquier ser vivo, y conferirle, mediante hábiles mecanismos, vida. Debido a la incredulidad de Parsífae con respecto a las metamorfosis —hay que reconocerle a Pierre Michon un agudo sentido del humor—, le encarga un instrumento para satisfacer su deseo; Dédalo construye una vaca con madera y con el cuero de Tête-Blanche para que Parsífae se acomode brindando en el lugar de la vulva de la vaca la suya  propia, al alcance de la verga de Leukos. Por la noche, sigue presa de sus ensoñaciones eróticas.

«Mi habitación. La deshonra me aprisiona mejor que estos muros. Lo que cometo es un crimen. El crimen lo engendra, el crimen lo seguirá. Dirán que es a causa de los dioses, pero soy yo, solo yo. Merezco lo peor. Si el poder no es un capricho, si la ley no es un crimen, debo ser esclava, encadenada, vendida. Desollada viva».)

Llegada la noche en que tendrá lugar la cópula, Parsífae se instala en el armazón; Leukos se acerca y entra en acción.

            «Cuando Su hocico hurga en mí, cuando Su lengua se deleita en mi hendidura, mi licor                         secreto debe derramarse sobre la madera de Dédalo y la piel de Tête-Blanche, como en ella se                 desborda la baba de mi Rey; en mi reducido ángulo visual desfilan su grupa, su cola, su vaina                 ya rígida. Tan blancos. Luego desaparece y, detrás de mí, sus cascos pisotean con pequeños                     golpes. Toma apoyo, Se yergue. Voy a morir. Los muslos de la Reina, la esclava, el ídolo de                           madera, Tête-Blanche, la Dama de Luz, están abiertos.
           Bajo la inminencia del brinco, la hembra redundante no es más que una.
           El dios clava.
           Me cubre».

Invento a un dios


Dedicado a Hugues Pradier, medievalista, director editorial de la Bibliothèque de La Pléiade. Epígrafe de Ezra Pound: «No habiéndose encontrado ninguna metáfora más adecuada para traducir ciertos matices de orden emocional, afirmo que los dioses existen».


Rebasados los sesenta años, el narrador se recluye en su cabaña de Les Cards, solo. A esa edad, no había encontrado a nadie para compartir sus aspiraciones literarias, ni siquiera él mismo tenía ya fe en ello; por tanto, para hacer algo con su vida, fue a encontrarse con un dios.

«Siempre he soñado con ver pasar a un dios. Solo él tiene el arte de trazar una línea recta sin desviarse. Cuando avanza a grandes zancadas sobre la tierra de amplios caminos, la tierra tiembla, y su senda se cruza con la tuya, y solo tienes tiempo de ver, a lo largo de sus mejillas, los racimos de oro de sus rizos oscilando a cada paso. No te atreves a mirar sus ojos, bajas los tuyos hacia el suelo. Cuando los levantas de nuevo, ya está lejos».

A pesar del aislamiento de su morada, lejos de las tierras fértiles frecuentadas por los dioses, recordaba el hallazgo de una estatua romana cerca de su casa, se supone que de un dios, porque la erosión lo había convertido en un enigma —¿y qué dios no es, en sí mismo, un enigma, por bien que estén trazadas sus facciones?—. Ante ese misterio, decidió inventarse un dios.


Encontró un rincón, bajo un falso pistachero, que reunía las condiciones —porque es el lugar el que determina al dios, no al revés—, verificó los dominios de los alrededores y, encontrándolos satisfactorios, dignos de un dios, exclamó, solemnemente: «Les Cards, donde nació el dios Fulano». A una roca granítica, emulando a Demeter, le otorga el papel de trono —y quién sabe si, con el tiempo, no se convertirá en un templo, como Eleusis—, aunque no podrá reproducir Delfos porque el laurel, el árbol de Apolo, ha sido cortado; una oropéndola le servirá de anuncio. Él mismo, en papel de chamán, pronunciará el nombre del dios, dándole, así, existencia, bebiendo de  todos los panteones conocidos. El recuerdo de su abuelo Félix y de sus relatos épicos le suministran el nombre: le Grand Barou: «Montado en una escalera, dije bien alto: “Les Cards, donde nació Barou”».


Una vez bautizado, no obstante, surgen las dudas: ¿qué hacer con Él? ¿Creer en Él? ¿Adorarlo? ¿Qué atributos brindarle? ¿Con qué representarlo? La visita de una pareja, especialmente la mujer, Melissa, adoptando el papel de Afrodita, le aclara algo el ritual imprescindible, pero las dudas son numerosas: ¿Y el altar? ¿Y qué sacrificarle? Los alrededores bullen de vida animal, pero la idea de un altar es grotesca. Como la de escribir. Descartada también la idea de construir un tótem.


La visita de un amigo de la infancia, Robert Désenfant, que había perdido la razón, le hace sospechar que puede tratarse de un enviado de Barou. Una visita a un bistrot local, «Au Rendez-vous des Chasseurs», en busca de información, le vale una bronca de los aborígenes por su libro sobre «les petites gens» —Vidas minúsculas—, escrito con tanta excelencia, solo para mostrar qué bien sabe escribir. De regreso a casa, un saltamontes —velada alusión al Lenz de Georg Büchner—le provoca una epifanía: 

«El arte de escribir, de hacer de cada palabra un nombre propio o un tótem, esa era la senda por la que avanzaba el dios. Caminaba, sus rizos de oro le golpeaban las mejillas, los grandes nombres se alineaban al ritmo de su paso en mi página. Yo marchaba a su compás. Sentía sobre mi hombro la mano ciega del viejo aedo. Al pasar, me nombraba a nuestros hermanos: el dios Saltamontes. El dios Árbol de los Testículos. La diosa Melissa. El dios Robert Désenfant. El dios Mandíbula de Granito. El dios Laurel Muerto. El dios Abuelo Félix. La diosa Salamandra; el dios Apolo; el dios Barou; el dios Au Rendez-vous des Chasseurs. El dios Roca Jorobada. Mis hermanos, mis dioses. Mis palabras mayúsculas. Solo los encuentro en mis libros».

Puedes inventar a un dios, pero no existe solo con nombrarlo: hay que escribirlo.


La diosa viene


De nuevo Ovido —Metamorfosis III, aunque también Higino, Pausanias, Eurípides, Calímaco y Esquilo, entre otros— para reconstruir el mito de Acteón, esta vez a través de la visión del guardián de sus perros; los mismos animales que le mataron cuando se había transformado en ciervo: Pamphagos de Arcadia, Melampus el Cretense, Leukos la Blanca, Hylaeus el Negro, Argo la rubia, Hybris la Roja.

«Yo llevo, desde su muerte, el nombre de mi padre. Fue el viejo Cadmo quien lo tomó en Fenicia y lo trajo como esclavo a Tebas. Sus dones pronto hicieron de él el maestro de caza del rey, quien le otorgó el derecho de llevar el cabello largo, el tesoro viviente de los perros y este nombre de aquí: Aristóteles, el eminente, el mejor. Muerto Cadmo, mi padre sirvió bajo Aristeo, su yerno; yo hice lo mismo, y a la muerte de mi padre tomé su lugar. Pero mi verdadero señor es Acteón, hijo del rey, aún más cazador que su padre e instruido por el viejo Quirón. Nacimos el mismo mes del mismo año, lo aprendimos todo juntos. Soy tan moreno como él es rubio; de no ser por eso, podríamos ser confundidos. Él será rey. Yo sirvo al hijo como serví al padre, si es que la palabra «servir» es apropiada, pues para ellos soy un compañero, y aún más: Aristóteles como mi padre, Aristóteles el joven, un hombre de la casa, un elegido. Un esclavo, en suma, hermano, pero que come en la mesa del amo, quien me llama su hermano».

La tragedia tendrá lugar en una jornada de caza protagonizada por Acteón, Aristóteles el joven, la partida de caza y los perros. Aunque no lo saben, Artemisa también está cazando por la misma zona. En un descanso, se produce el encuentro de Acteon con Artemisa, que se baña, desnuda.

«Acteón sigue erecto. Con su voz de Arquera, la diosa lanza: “¡Byblis, mi túnica!”. Luego, hacia nuestra orilla: «Tu mirada es de hierro, por eso te deseo y te detesto tanto». El bosque despierta, las urracas charlan, la pareja de libélulas se alza de los juncos. De pronto, agua lanzada a manos llenas salpica los ojos y el vientre de mi señor. Gotea, pero no ha perdido nada de su fervor; mastica blanco y azul. La Arquera, con su quitón de flecos… Imagino que ahora él la mira a los ojos, y que ella le devuelve esa intensa mirada, hasta que la cascada de la risa divina cae sobre el cazador: “Y ahora ve y dile a todos que has visto desnuda a la Dama de las Fieras, y que ella tomó de ti su placer, si es que alguien quiere oírte. No pierdas el tiempo, vamos, bello cazador, ¡corre!”».)

Artemisa acaba de convertir a Acteón en un ciervo; ante el ataque de sus perros, que no le reconocen —excepto Melampus—, escapa bosque a través hasta ser acorralado y muerto.

«Los perros lo despedazaron y devoraron por completo. Por eso no trajeron el cadáver; hasta la piel estaba hecha jirones. Melas añadió, con voz sorda, que el gran ciervo no bramaba ni gemía, sino que lanzaba el clamor del triunfo, como cuando están satisfechos tras montar a una hembra. Añadió que llevaba genitales de hombre, y que seguía erecto incluso muerto. Los perros no se atrevían a tocar esa parte humana, ni siquiera cuando las entrañas fueron arrancadas; pero Leukos e Hybris, envalentonadas al fin, se la disputaron: habían sido las más feroces. La nieve y la llama. Fue Hybris quien lo castró».

La reflexión de Aristóteles el joven podría ser el paradigma de la versión de Michon de la Ilíada

«Todos los dioses son, por su propia naturaleza, violento y lúbricos. El deseo es, por su propia naturaleza, violento y lúbrico. Todos los humanos en celo se parecen a los dioses, pero del exceso de placer, del que los dioses se sacian, a nosotros nos mata».

Una lengua pura


I.


Sylvain Delille, un escritor de cuarenta años autoreconocidamente inútil, se lamena por Lépide, un amigo —y escritor, «como todo el mundo hoy en día»— relacionado con la edición en Gallimard, al que decepcionó como amigo y como escritor; aunque aprecie poco su aportación a la literatura:«Me joden  todos esos literatos. Toda esa literatura también».


Lapide le encargó un libro sobre Circe, cuando lo que quería el narrador era escribir sobre Helena. Sylvain se exilia en la costa bretona, a un apartamento prestado por unos amigos, al que acude de vez en cuando, y empieza con el texto. Sin embargo, no puede sacarse de la cabeza a Sylvie Pardi, su antigua amante, que se escapó a Apulia con un fotógrafo famoso, un abandono que le condena a ser un viejo Fausto, y que no ha asimilado: 

«Un rayo me atraviesa el cuerpo. La verdadera literatura, la verdadera frase, la viva, en este instante quizá, gloriosamente caída, desnuda y asida, está mamando en un palacio de Apulia. Veo en un destello, con una precisión desgarradora y repugnante, ese vaivén de su nuca de entonces, puro e infame y justo y apasionado como una frase de Flaubert, redundante cuando es necesario, escandido por la puntuación de la lengua, que relanza el ritmo como un punto y coma».

Recordando un hecho real relacionado con el episodio de Circe y los puercos, Sylvain enumera algunas aportaciones de ese pobre animal y se pregunta por qué Circe lo eligió para su embrujo, al tiempo que se mofa de las interpretaciones críticas de ese fragmento del canto X de la Odisea —en el que, por cierto, la hechicera de la isla de Eea no interactúa con los cerdos—, especialmente las orientaciones estoicas y neoplatonistas, por las que pasa por encima porque estas ambas «siempre me han jodido profundamente»; San Ambrosio, en cambio, piensa que es una licencia de Homero destinada a distraer al lector; otros han sostenido que Homero adjudicaba a los animales razón, alma, Logos.


Sylvain ve frecuentemente, en la playa, a Michon, a quien conoce de la editorial y hacia el que mantiene cierta prevención debido a su supuesta erudición y a su fijeza con la pornografía: «Sus chapuzas eran escuchadas como un oráculo. Está un poco olvidado, con razón. Si lo hubiera sobrevalorado menos, lo habría leído mejor; si le hubiera atribuido menos sabiduría, habría sabido ver lo retorcido que es, pero no insuperable». Tal vez debido a la influencia de Michon, se centra en las partes más lúbricas del episodio de Circe.


Recogiendo la idea de Aristóteles, reflexiona sobre una supuesta teoría de la lengua: cada sexo inventó al mismo tiempo la suya —aunque el origen de esta distinción parece ser una aportación michoniana— y la ocultó al otro, para solo después integrarlos en una sola lengua humana, un proceso que arrastró muchas dificultades aún hoy persistente.

«[…] en esta integración reside el malentendido cuando hombres y mujeres se hablan: porque los inventores anclaron el lenguaje en lo que llevaban en la parte baja del vientre, y que ellas, en cambio, no llevaban. Y las inventoras hendieron el lenguaje por el centro con una hendidura ajustada, que no hendía a los hombres. Cada cual hizo lo que pudo, lo mejor que pudo, sin embargo. Pero el desfase no podía sino persistir, porque era fundacional. Ni siquiera los dioses pudieron remediarlo».

Solo Circe, que hablaba las tres lenguas, la masculina, la femenina y la divina, pudo lograr entenderse con los tres géneros.


Animado por el halago de Michon, viaja a Lecce, sacude al fotógrafo que se llevó a Silvia y yace con ella. Después reescribe su texto sobre Circe y se hunde en el mar con él.


II.


Conclusión de I: Michon ha sido el único lector del texto original, con respecto al cual se deshace en elogios: «Era una voz divina que hablaba la lengua de los hombres. Se leía como si hubiéramos comprendido todo lo que se decía en una lengua desconocida».


Helena vuelve


Epígrafe de Lacan: «No buscamos lo imaginario en la alucinación, sino lo real».)


Pierre Meyne, bretón, una extraña mezcla de Ares y Dionisio, hijo de un albañil y una costurera, hace un repaso de su vida personal y artística. Tiene ochenta años y un pasado como cineasta célebre. Es el relato más extenso.


Pîerre evoca sus recuerdos de una infancia feliz: el escondrijo donde jugó a la guerra, donde leyó después a Sade e Histoire d’O, donde se masturbó tardes enteras, bajo la advocación de Victor Hugo —aunque despreciaba las granjas de cerdos—, y donde alternó a Eva de Friaulouze con Homero, Proust —cuya Recherche amenazaba a todo el salón de su casa paterna desde su estante debajo del crucifijo— y Racine; el mismo salón donde, de niño, asistía a las pruebas de los encargos de su madre y se despertaba, inesperadamente para ella y debido a su precocidad, su instinto sexual; por ejemplo con Mme Bueil, «del castillo», en quien veía personificadas y coincidentes dos circunstancias hasta entonces desconocidas, Proust y las caderas: «El fuego me vuelve a arder en las entrañas como a los trece años ante esta alianza de un saber tan penetrante y unas caderas tan rotundas».


La inevitable descripción, altamente erótica y detallada de esa Venus —¿o esa Helena?— es introducida por una frase bien michoniana; la primera frase de «Vie d’André Dufurneau», el primer relato de Vies minuscules, «Avancemos en la génesis de mis pretensiones»), se transforma ahora en «Avancemos en la génesis de mis perversiones»; la comparación con las mujeres de las revistas de papel couché que leía su madre y las lecturas del propio Pierre, más eróticas debido a la pulsión hormonal que a las propias fotografías, es inevitable, más cuando la castellana, aficionada al cine como él, es consciente de la fascinación que ejerce sobre el muchacho incluso en el momento en que vuelve a su casa:

«Acostumbraba a marcharse por la noche. Regresaba a pie para reunirse con su marido en el castillo. Quizá se la disputaban lo obsceno y lo sentimental. O bien, abierta a la nada como la pantalla en blanco después de la película, aún tan impregnada de sexo, de ambos sexos, que tiene la verticalidad de una erección infinita, o que invita a ser desflorada».

El recuerdo de Pierre se traslada a Monsieur Pichon, su profesor, amante de los animales y de las ciencias naturales, de la poesía, de Homero y de Virgilio, pero con castigos a sus alumnos —incluida Agathe, la hija mayor de Éva— tal vez cuestionables, que despertó en Pierre «el gusto por la historia y por la literatura. Por los hoplitas y por Jouve [probablemente, el poeta Pierre Jean Jouve], por la flor azul [probable referencia a la novela Henri d’Ofterdingen (1802) de Novalis, en la que la flor azul representa la búsqueda de lo absoluto, el deseo de conocimiento y el anhelo romántico]».)


La identificación de Éva con Fedra descoloca a un Pierre aún demasiado joven para comprender la tragedia; pero una escena entrevista en el bosque, con Éva en el papel de Helena aceptando el castigo por su infidelidad —«Soy una perra insolente que debe ser castigada»; una escena que reproduce la mencionada, en el mismo marco y con las mismas características, particularmente el castigo, en La grande Beune— y Pinchon en el de Menelao, aunque con una conclusión ciertamente dispar a la que relata Homero: Menelao fue demasiado benévolo con ella tras devolver a Helena a Esparta. En su futura vida de adulto, Pierre tratará de enmendar esa benevolencia con sus amantes ocasionales y en las  películas que le han hecho famoso.

«Cualquiera que haya seguido mis películas con atención sabe que soy un pornógrafo enmascarado (no tan enmascarado, en realidad: algunas sumisas me han dicho que se acariciaban al verlas), que nací en el campo y que amé a mi madre, como fui amado por ella. Bueno, no solo eso. Disfruto y filmo, intento superar a mis rivales, mantengo la muerte a raya, vivo la vida que había soñado en el “Camino Encajonado”. ¿Es mi vida la que he vivido? ¿O la suya?»

Cuando Pierre Michon habla de que cada frase debe ser como un relámpago, seguramente se refiere a frases como esta —pronúnciese en voz alta; no hace falta traducirla—: «La traîne de princesse était un torchon de souillont ruisselant à ses épaules».


Casco


I.


En el campamento de los aqueos durante el sitio de Troya, un rapsoda, a quien llaman Mulet (Mulo), que se está quedando ciego, se infiltra entre las tiendas y, a la vista de sus aptirudes musicales, es tomado a su servicio por Aquiles —«La cólera canta, Diosa, del Pélida Aquiles, maldita, que causó a los aqueos incontables dolores»—, que se niega a combatir.


Aquiles tiene una confesión para el poeta: enamorado de Helena cuando tenía dieciséis años, coincidió con ella durante una embajada en Troya y «la tomé contra la puerta de los esclavos. Nunca he amado a otra. Yo también estoy aquí por ella. Cuando hayamos incendiado Troya, no tardaré en ajustar cuentas con Menelao». La confesión es concluyente, pero Mulet no reflejará en sus versos ese amor loco de Aquiles —a pesar de cuán difícilmente van de la mano poesía y discreción—.


Automedonte, el auriga de Aquiles, lleva a Mulet al campo de batalla por si quiere incluir escenas bélicas en su canto. Allí descubre a Diomedes, identificado por su casco flamígero; también el sencillo casco —«el casco terrorífico»— de Aquiles le llama la atención. Aquiles vuelve al combate después de la muerte de Patroclo y Homero —Mulet es mencionado ya por su nombre— recuerda, camino de Esmirna, «la última palabra iracunda de Aquiles, la última orden que jamás se oirá salir de sus labios: Mi casco».)


II. 


El poeta es viejo y ciego; un joven tracio le hace de asistente. Homero recuerda episodios de su vida de joven: cuando en Delos conoció a Helena, su único amor que jamás ha tocado; cuando se cree Ulises a punto de ser descubierto, desnudo, por Nausícaa; cuando mintió acerca del origen de las armas de Aquiles; o cuando en Esmirna le tomaron por un dios: «Solo los dioses son capaces de inventar una lengua. Pero no es necesariamente la del Poema. Yo la he creado, mezclando todos los dialectos. Nadie ha hablado jamás esta lengua []… ¿Son quizás los versos lo que convierten en divino? Si no es con este propósito, ¿por qué haríamos versos?». 


Al borde la muerte, pide a su sirviente su bronce; este le da un caldero, que Homero confunde con el casco de uno de los guerreros de Troya; con su último aliento, se dirige a una Helena: «Te alegrará verme morir así, espartana de blancos brazos». Es justo antes de morir:«Al final, a penas un suspiro antes de dejar caer hacia un lado su cabeza muerta: Mi casco».


Vergina


Vergina es una pequeña localidad griega situada al oeste del golfo de Tesalónica, donde se ha descubierto una gran necrópolis, con una llamada Tumba de Eurídice donde se encuentra un trono con una pintura en el respaldo del mismo que representa el rapto de Perséfone.


Pîerre Michon —el autor de Abbés, según declaración del narrador— acude a una residencia de Escritores en Tesalónica en 2003; aconsejado por algunos de sus colegas, realiza una visita, acompañada por la guía, Dafne, al Monte Athos y a Vergina, a la tumba de Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno, y la principesca necrópolis.

«Dafne, de quien sabemos que enseña historia antigua, nos advierte que solo nos explicará lo mínimo: depende de nosotros descubrir el resto. Pero no se pierdan el rapto de Perséfone. Nicómaco. Ese es el nombre del pintor. Y no olviden que quienquiera que entre lo hace a través de la vulva de la diosa. Ahí lo tienen, ya lo saben todo».)

La visita con Dafne y un par de chicas se prolonga por los aledaños; ellas se retiran pronto, pero Dafne se queda, le seduce, y pasan la noche juntos. Al día siguiente, Pierre ataca de nuevo, pero Dafne parece más interesada en Alejando Magno y en su época, una epopeya realmente homérica, con el Magno en el papel de Aquiles. Al día siguiente, la lección es con las mujeres, el botín de guerra para violar, robar y vender como esclavas; Pierre reanuda su asedio, aprovechando el tema, con resultados dispares: su identificación con Alejandro, en relación con sus muchas y variadas esposas, es más un deseo que una realidad: «Ella se levanta para irse, yo le acaricio suavemente la pantorrilla. Su esbeltez musculosa me hace pensar en Roxana bailando. Yo soy Alejandro». Pero Dafne desaparece sin más explicación.


En un acto relacionado con sus libros, Dafne reaparece, Pierre despliega toda su supuesta erudición y es invitado a su apartamento, donde aparece un cuadro con el llanto de Briseida, la desencadenante de la «cólera de Aquiles», una excusa para que Dafne deplore la ignorancia de Pierre, seduciéndole —a Pierre le basta un indicio para sentirse seducido— y menospreciándole; todo acaba en un belicoso coito: «Ella admite que su lado racional rechaza la guerra, es humanista; pero, sordo a buenas razones, su deseo quiere la guerra».


El encuentro se repite dos veces; la última, ella reconoce que es adicta a las imágenes de guerras y que le hubiera gustado ser violada por Aquiles, por Alejando o por el Kurtz de Apocalypse Now, que no obtiene placer más que simulando una violación.


La visita al monte Athos, prohibida a las mujeres —literatura: lugar de nacimiento de Tamiris—; al monasterio de Iviron, que visitó la Virgen con su hijo; María es la única rival posible de Afrodita, que se entregaron por una sola vez al dios de dioses —Dios, con mayúscula—. De regreso a Tesalónica, Pierre tiene una mala experiencia con una familia que se suma a la pésima consideración que ha merecido entre el público de sus actos literarios y sus metidas de pata en los monasterios. La experiencia más cercana, geográficamente, al escenario de la Ilíada no ha sido nada gratificante.

«Los griegos ya no me traducen. He adquirido allí la reputación de ser grosero y pretencioso, lunático, incapaz de apreciar el monte Athos, intratable. No es infundado».

El sueño de Alejando


Epígrafe: inscripción en el Palacio del Norte de Babilonia, relativa a la construcción de Nabucodonosor II.


El escenario es el viejo palacio de Nabucodonosor en Babilonia, en el mes de mayo. Alejandro recibe la visita nocturna de un anciano: Homero, que viene a buscar el único ejemplar de La Guerra de Ilion, en poder del emperador. El aedo accede a hablarle de Aquiles y de relatarle su verdadera historia: que solo fue un hombre, menos ambicioso que Alejandro, «que no ansiaba otro título que el de guerrero, “artífice de acciones valerosas y orador de palabras trascendentes”»; también le confiesa que quizás le incluyó en la Ilíada después de ver a Alejandro a sus quince años: «La Ilíada fue compuesta para ti», aunque no se achica para censurarle en todo aquello que ha hecho mal, en particular su poca clemencia con los vencidos, como en la última batalla contra Darío.

«Homero señala que el Eco se parece a Ares. Un dios, en suma, con toda la licencia de sangre: cuando estás ebrio, haces que tus perjurios sean pisoteados por elefantes de guerra; crucificas; y profieres injurias en dialecto macedonio. Lo llevas en la sangre, de tu padre, el borracho polígamo, el tuerto renqueante, la facha shakespeariana».

Una expresión que le hace decir a Alejando: «¿Sigues inventándote palabras, allí donde estás?», pues no la conoce, a pesar de conocer todas las lenguas de los pueblos conquistados. Homero responde:«Nuestra lengua de aedo no es inmaterial. Es un cuerpo sutil. Dos cuerpos entrelazados para consumar lo prohibido. El canto solo irrumpe en el mundo mediante la violencia, la transgresión y el goce».


Homero le anuncia el renombre y la admiración que se le rendirán a Alejandro a lo largo de los siglos, confiesa su amor paternal, y concluye, antes de desvanecerse:«Tú eres uno de los más grandes asesinos de todos los tiempos. Los dioses matan. Tú eres el último dios que he inventado».


Malama Tamaï


Julio de 2012. Un mal día para Pierre Michon después de haber arreglado un poco el jardín y haber matado accidentalmente algunas alimañas; cigarrillos y alcohol para ausentarse de un presente plúmbeo.

«Desde la publicación de Les Onze, la obsesión general me tomaba por un inverosímil Borges joyceano, más seco, sumido en un interminable Finnegans Wake; me invitaban a todas partes, deambulaba como Ulises».

Renuncia a los encuentros académicos programados en todo el mundo —se ha convertido en un monumento literario— y se recluye en Les Cards, con la sola compañía de la fauna autóctona, después de haber sido abandonado (como Menelao) por Ninon (Helena), una chica cuarenta años menor, que se fue con Pierre Marceau (Paris), su mejor amigo. La decepción y la borrachera provocan un accidente y se parte dos costillas. Buscando la botella se encuentra con una edición de bolsillo del Voyage autour du monde de Louis-Antoine de Bougainville, en el que encuentra una anotación: 


        «“Lo que hemos comprendido con certeza es que, cuando la luna adopta un cierto aspecto que                      ellos llaman Malama Tamaï, Luna en estado de guerra, un aspecto que no nos ha mostrado                     ningún rasgo distintivo que nos permita definirlo, sacrifican víctimas humanas”.

        Volví a leer esta frase.

        Dije en voz alta: “Ma Lama, ta Maille.”

        Malama Tamaï. Bien.»


Esta anotación, la fase de la luna, la vista de un hacha y el alcohol ingerido le provocan un deseo de sacrificio ritual; el objeto está claro: Pierre Marceau; va a ir a París a buscarlo, bajo la advocación de Hermes guiando a Príamo donde Aquiles y salmodiando Malama Tamaï, la frase ritual. Coche, autopista, tren nocturno. Una misteriosa dama —la dama del andén de la estación de Les Aubrais— le llama la atención, pero la fisiología no responde.

«Ella era el sonido de Malama Tamaï: la asonancia vocálica perfecta, esa proliferación de aes de Madame, de Madonna, de Magnificat, de Marmara, de Maquillage, de Massacre, de Maman; ¡cuántas madres solícitas para atenderte! O para  someterte, es cierto. Y mi voluntad de estar entre ellas, bajo sus faldas, el malhechor, la única Ï del falo, erecto hasta la diéresis. Se las tira a todas, las domina. Se abalanzan sobre ti como la solitaria solícita del andén de Aubrais».

Acompañado por los capitanes tuertos que puede recordar —Aníbal, Filipo II de Macedonia, Felipe Augusto, Nelson, Koutouzov, von Stauffenberg, Moshe Dayan, Polifemo…—, de los grandes héroes de Troya, del Neanderthal que inventó el hacha, de Shakespeare y de Kant, llega a casa de su víctima; pero se retiene en el último momento.

«¿Qué podía reprocharle a Pierre Marceau? Vivía, como yo, una historia verdadera, porque al final las únicas historias verdaderas son las historias de amor, Homero lo sabía bien. Yo prefería a Patroclo antes que a Briseida, a Marceau antes que a Ninon».

El otro ciego


I.


El narrador emprende la búsqueda de un libro: Un plagiaire de Shakespeare, una  supuesta obra, ampliamente citada por Borges, en la que se demuestra que Homero plagió copiosamente a Shakespeare, que Helena es una copia de Desdémona, Aquiles de Macbeth, y que la cronología es una invención de Occidente; es más, Homero plagió también a Borges, empezando por la ceguera.


El narrador, en otro tiempo enamorado de María Kodama —«la Antígona del ciego»—, viaja a Buenos Aires en 2019; allí, ella le dice que «Un plagiario de Shakespeare […] era un juego de espejos. Está perdido».


II.


Más Borges. La agitación en Francia por el supuesto Un plagiaire de Shakespeare  coincidió con la traducción de El hacedor. Al mismo tiempo, Gilbert Lely, un olvidado poeta francés, terminó su obra maestra, L’Inceste l’été. Pero la relación entre ambos se debe a dos versiones de una frase; dice Borges en El Aleph: «Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres» [la traducción que aparece en J’écris l’Iliade no es fiel al original, aparte de que la frase no pertenece a El Aleph, sino a Tlön, Uqbar, Orbis Tertius]; y replica Lely: «Les miroirs et la copulation sont insurpassables, car ils multiplient le nombre des apparences»; cuya traducción, conservando el símil con la frase original de Borges, sería:«Los espejos y la cópula son insuperables, porque multiplican el número de los hombres».


III.


Borges reconoce a su doble en un bucanero ciego de Stevenson, que le reveló toda su obra futura. Este, descendiente de una familia de fareros, contando con toda su experiencia, escribió La isla del tesoro; el narrador, Jim Hawkins, se parece a Borges; otro de los personajes es el ciego Pew (Sacristán en algunas versiones en castellano), que muere atropellado por unos caballos que no puede ver. Borges, en nombre de Pew, añade algo a la caracterización de Stevenson: «Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve seré Nadie, como Ulises; en breve seré todos: estaré muerto». Y concluye Michon:

«El otro ciego, después de Homero, guiando a Borges a “la indefinida, vasta y necesaria muerte”, habrían podido ser sir John Milton. Pero fue el ciego Pew»).

 Voy a escribir la Ilíada

Dedicatoria: «à Guy».


En un fatídico y «maldito» octubre, su amante Adúltera deja al narrador y su Editor le rechaza un manuscrito; una novela rutinaria, pero escrita por ese autor tan alabado por la crítica; ambas traiciones, por teléfono, desde París a Les Cards. A partir de entonces, el narrador sigue hablando y razonando con sus fantasmas, a los que se resiste abandonar, y que siguen visitándole en su casa. Su único contacto humano es Alcides, su montaraz vecino granjero y cazador, con quien comparte soledad y whisky, que tiene un gran tractor en cuya cabina parece Aquiles en su carro dirigiéndose a Troya. 

«Alcides y yo somos personajes. Quijote y su Sancho. Solo que yo estoy un poco menos chiflado que don Quijote. Y él no es el rechoncho de gran apetito, porque, si bien tiene apetito, es digno y arisco; inteligente como Sancho, pero nunca con el deje de servilismo que tenía el otro».

El rechazo del editor, piensa, fue por culpa de los libros que han colonizado su casa, la mayoría sin leer, muy pocos escritos por él. Convencido de que componen un símbolo de un prestigio que no posee y que le convierten en un plutócrata, decide ponerle remedio: va a realizar un sacrificio, un auto de fe: va a quemar su biblioteca, emulando a Elías Canetti y al cura y el barbero de El Quijote.


En el patio, le parece ver una amenaza que está decidido a combatir. Pero son dos hombres, mejor dicho, sus dos divinidades específicas: el Gran Autor —Jean-Loup, su primer ídolo literario— y el Lector Exigente —Albert, el maldito editor—, invocados en su primer libro, cuarenta años antes, «que pesan las obras literarias como Minos las almas en los infiernos». Ellos serán los testigos y patrocinadores del potlatch.


Estrenan la hoguera las novedades recientes, los libros más accesibles, los que de ninguna manera ha leído; les siguen los libros de historia, incluido Shakespeare; la Biblia y todos los libros sagrados; Egipto. Al llegar a los dedicados a la piedra tallada, se da cuenta de que los libros no queman bien, pero insiste. Darwin y los libros sobre animales; geología, cosmos y física cuántica; apilados sobre las ascuas apagadas por exceso de combustible. Pero aparece Alcides, que le proporciona pastillas inflamables y le ayuda con el transporte; la productividad aumenta.

«El Gran Autor y el Lector Exigente no pensaban como yo; Alcides los irritaba vagamente, eso era evidente. El patán que no lee, indigno del Logos. Pero a los dioses les sucede a veces desear a los mortales hermosos, y Alcides era hermoso; se consolaban con la estética».

El fuego no distingue: queman igual, en el fuego olímpico, las obras maestras que las novelitas prescindibles; las ediciones de bolsillo de Folio que las pretenciosas Pléiades (estas son las que queman mejor, con ese papel biblia, aunque las cubiertas de piel duran horas): Balzac, Lautréamont, Mallarmé, Racine y Celan; la poesía también desaparece rápidamente; Saint-Simon y Proust; los clásicos griegos y latinos; Homero, también, la rubia Helena, la raíz del mal; los libros de filosofía, el estiércol de la filosofía, una ficción más, mezclados con los cómics eróticos y la novela policíaca; los helénicos, los escolásticos, los racionalistas, Hegel, una edición ilustrada de Histoire d’O, La luna de Omaha; Heidegger, que quema como un cerdo, mal, está a punto de apagar la hoguera, requiere la construcción de una madriguera para que corra el aire, aunque acaba también en el seno del Ser, quemando a la germánica. Alcides se instala en el pìso y lanza, como el cura y el barbero de El Quijote, los tomos desde la ventana. Pero de se destata una tormenta que amenaza a la hoguera y la lluvia —«la continuación del fuego por otros medios»— convierte a los libros en lodo impreso. Finalmente, para dar fin a la tarea —no se acaba con la literatura si queda un solo papel emborronado—, es el turno de los manuscritos propios: el joven escritor que no escribía nada se ha convertido, con los años, en el viejo escritor que había escrito demasiado.

«Los grandes literatos se calcinaron en ese pináculo en majestad, a la altura de mi rostro: tanto aquellos que había robado a los veinte años como los que había comprado con esfuerzo a los cuarenta; los adquiridos por capricho y aquellos que lo fueron por vanidad; los de la época en que creía que leer un libro significaba aprenderlo de memoria, y lo aprendía. Aquellos que, como autor, había saqueado y plagiado, cuyas frases enteras había anexado sin miramientos ni comillas, y aquellos de los que, por más buena voluntad que tuviera, era imposible tomar una sola frase sin que se desplomara; los libros que me enviaron y resultaron mediocres, los que me enviaron y eran buenos, cuyos autores apenas recibieron respuesta de mi parte, fueran mediocres o buenos; los que llevaban dedicatorias firmadas por grandes nombres, dedicados por nombres ya caídos en el abismo del olvido y que antaño se creían grandes, y por grandes nombres que siguen siéndolo, aunque en vida se veían como insignificantes—depende del carácter de cada uno—: con private jokes pretenciosos y rúbricas ampulosas, o, por el contrario, con trazos menudos y temblorosos de inseguros. De todos, tanto los que me colmaron como los que me disgustaron, arrojaba sus páginas indignas como antaño se quemaban los santos de madera que no habían cumplido sus contratos, que habían defraudado a los fieles; porque, en el fondo, la literatura me ha defraudado».

Con la sensación del deber cumplido, se va a la cama, no sin ver antes su Mac, mucho más amenazador que las toneladas de libros sacrificados. 


Al día siguiente, los rastros del holocausto testifican la debacle pero, excepto un montón de celulosa entre quemada y remojada, nada ha cambiado; tampoco en Pierre, que apenas se siente culpable. Sin embargo, es consciente de que ha acabado con toda la literatura, pero también ha creado un espacio, vacío, que antes, con todas las obras maestras y las otras, no existía, un espacio en el que ubicar sus futuras obras maestras; así que, descartando el Mac, bajo la protección del dios que había inventado, cual Homero redivivo reclamando a su diosa, se sienta frente a la pequeña mesa, delante de la ventana, con una resma de papel de 11x24 y unos lápices, y se dispone a ser verdaderamente el Pierre Michon que ansiaba el joven de veintiséis años que se trasladaba a Lyon para eximirse del servicio militar; el mismo Pierre Michon que intentaba convertirse en escritor en Vidas minúsculas, del que, por cierto, J’écris l’Iliade podría considerarse la otra cara de la moneda, en el que los dioses y los héroes y otras vidas mayúsculas vienen a sustituir a los insignificantes protagonistas de aquella.

«Voy a redactar la frase soberana que muchos escritores han postulado, la que salta de autor en autor, sometidos a la necesidad de “hacerse un nombre” entre la multitud de funcionarios anónimos por los siglos de los siglos: todo lo que se ha escrito no tiene más que un solo autor. Yo soy ese. El autor universal, único y soberano».

Empezar por el principio, salvar de un brinco la distancia entre Quíos [supuesta patria chica de Homero] y Les Cards, y convocar a la diosa, que acude; también acude Alcides, con una motosierra al hombro, como un hoplita con su doru. La inspiración se desata.


«Mi mano corre sobre el papel. Retomo el momento en que Aquiles entra un instante en su tienda: arroja la lanza en un rincón. Olvida desabrocharse el casco. Busco por un instante la forma que tomaba ese detalle en el canto griego. En vano; lo buscaré más tarde: está ahí, sin embargo. En esta historia del casco, el verbo “ser” entra en fusión, ardo al contacto de la llama escrita. Soy. Ardo y tiemblo y lloro.
Alcides entra en la sala.

 Voy a escribir la Ilíada».

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«Escribir no es exactamente lo que uno cree: no se trata de que la sutileza, la inteligencia, el sentido, el recuerdo, la imagen o el sonido acaben imponiéndose sobre el resto, sino más bien que todas esas cosas, de pronto, converjan, se reúnan en un único haz de luz, exacto, necesario. La cuestión es encontrar una fórmula justa, precisa, que lo ponga todo en fase. En la frase».

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Citas originales, por orden de aparición:


«Ayant pris la voie de m'encenser, la critique n'en avait pas dévié et avait porté mes croûtes aux nues, comme elle avait fait mes chefs-d'œuvre. On m'admirait par pure convention, un ronron comme mes compères tortillards au long cours, Sollers ou Modiano.»


«Car chaque soir, le programme invariable - mon devoir d'écrivain, sur le mode Rimbaud - était d'insulter et de casser : des rétroviseurs, des portières de voiture, des verres, les portes des rares personnes qui faisaient l'erreur de m'introduire chez elles. Parfois des gueules. Être un Non en action. Casser, et plus souvent me faire casser : il est arrivé que je me retrouve le matin les yeux pochés sans savoir pourquoi, des écorchures plein les mains et le visage, la poitrine plombée de coups. Je m'en suis bien sorti, quelques nuits passées au bloc « en dégrisement », une vague honte, rien de plus.»


«Ses cuisses frémissent comme frémissent les ailes de la libellule. Un vol de mouettes au ventre blanc passe sous l'œil blanc de l'aveugle. Elle a la haute plainte aux lèvres : le sanglot des colombes aux chênes de Dodone.

C'est lui seul qu'elle va prendre.

Elle dénoue pour le vieux sa ceinture.»


«Je devais devenir Pierre Michon et n’avais pas temps à perdre; j’ai appris à feindre la patience depuis.»


«Je me la jouais Orphée.»


«J’étais le train, j’étais la nuit, le vent de la marche, les traînées de feu aux fenêtres. J’érais la poésia universelle. J’étais l’energie que fait tourner les étoiles et maugréer dans leur emballement les trains, j’étais les vers que je déclamais, la future Vigueur.»


«Ce bruit me parlait un langage que d’abord je ne sus nommer — mais mon exalation soudain me densifia, s’incarna au plus dru, gonfla, et se transforma, commo toute émotion en ce monde, si littéraire soit-elle, en une autre émotin. Car le logos est lascif.»


«J’ai l’air grandiloquant. Je le suis. Je me revois souvent tql que j’étais à ce momenta-là, debout contre le vitre, ñécoutant ce petit tchouk-tchouk dans la nuit, regardant la geur hydraulique, le mécanmicien, la Grand Ourse, me disant ceci: si tu veux devenir Pierre Michon c’est ainsi que tu devras écrire. Mets-y Villon et Rimbaud, dans les silences entre deux râles. Et quand de nouveau tu tiendras une femme, tiens-la comme ça.»


«Bien au-delà d’un accouplement, accouplement pourtant, c´’était l’harmonia de l’univers. C’était de l’amour.»


«le train du retour était mené par una locomotive électrique.»


«Hélène aux long voiles, divine entre les femmes. Hélène aux bras blancs, aux cuisses de lait. Hélène aux longes robes. Hélè à la vulva souveraine.»


«Ce songe de la jeunesse d’Homère traîne dans tous les auteurs. Mais d’autres, plus rares, dont je suis, racontent que, longtemps après qu’il eut éxecuté l’rdre d’Hélène et assouvi son premier désir en composant les quinze mille six cents quatre-vingt-treize verrs fracassants, une nuit elle revient.»


«Ajax, sa cuirasse de sanglier, son ombre géante, sa balourdise, son baratin coincé quand il me faisait sa cour; Ulysse, son bagout, son casque, son âme de source et de rocailles; Diomède fils de Tydée, ses dents de loup, son riche cri de guerre, sa lance fichée dans l'aisselle d'Aphrodite, son casque ; l'épieu trapu d'Ajax, l'autre; le casque à la mode d'Ar-gos d'Agamemnon; d'Agamemnon aussi, la cuirasse de corne que lui avait offerte Ménélas son frère, à Chypre. Ménélas, le blond, ses belles boucles, ses bras d'ivoire, sa poitrine d'ivoire, son membre, son cœur; son casque. Face à eux tous Pâris, Pâris Alexandre, ses deux noms, ses belles boucles, son bagout, ses cuisses, son membre - son dard d'or, son arc, son cœur.  Achille, ses boucles, son cimier de Corinthe, son rictus, son casque; l'irrésistible, le beau blond à la belle vindicte. Il a été le seul Grec à me hair. Et quoique blond, je ne l'aimais pas. Il ne me désirait pas. Il était un peu femme, il est vrai. Il avait franchi à peine l'adolescence pourtant, l'âge où tout leur est femme, quand l'envie, la fureur, leur dévore le ventre. 

Et l'autre archer qui a fléché mon archer adoré, Pâris.»


«Ainsi vecûmes-nous plus tard toute la guerre: lubriques et glapissants comme des chiens dans les chambres basses d’où on entendait le fracas des chars.»


«Des statues de Victoires radieuses, à grands pas piétinant des corps nus, bombant les seins, dans les musées; des Vénus hellénistiques, c'est-à-dire pornographiques ; les grands bronzes grecs dont on dirait qu'ils ne se sont mis debout que pour pénétrer le monde par un unique sphincter. La Grèce n'était pas tendre, ni sa fille la Sicile : le pays a abondé en tyrans que le pouvoir a rendus fous, le plus troublant étant celui qui fit faire cette vache en métal creux où il mettait à cuire ses détracteurs ; ma vache meugle, disait-il quand la victime hurlait. Dehors, des volcans et la folie de l’été.»


«Nous eûmes une des jouissances qu'on a peut-être dix fois dans une vie : elle tirée à quatre chevaux et moi crucifié, rebroussés comme des loques, disloqués comme des martyrs sur l'arène, projetés comme du foutre - comme les étoiles dans l'explosion primitive, comme les particules dans l'accélérateur, comme le feu d'arbre en arbre d'un coup de lance-flammes, dans une longue langue complètement rouge. “Quel est donc ce peuple qui crucifie des lions?”»


«comme tous les hommes de cette terre, Platon a été consul; comme eux tous, esclave.»


«Il se lève. Un fronton protubérant d'airain blanc sur quatre colonnes d'airain blanc. Ah comme tout cela s'agence et se bande et roule et durcit sous le cuir blanc. Je perle comme le filet d'une source. Il vient vers nous, aujourd'hui il veut bien. Quelle masse - quel éclat. Il m'éblouit comme au premier jour. Selon son habitude Basileus s'effraie, il s'écarte et déniche des cailles ou je ne sais quoi. Leukos meugle, charge quelques vaches, et il est devant moi. L'odeur comme toujours m'épouvante et m'embrase. Son aura de mouches sans nombre. La bave dégoulinant sur les fanons, le bruit de meule de la rumination, l'odeur de fumier, l'anneau d'infamie aux naseaux. Mais sous son ventre... ah l'épouvante. Et ça pend et ballotte fermement comme des mamelles de femme.»


«Ma chambre. L'opprobre m'encage mieux que ces murs. Ce que je commets est un crime. Le crime le fonde, le crime le suivra. Ils diront que la cause vient des dieux, mais c'est moi, moi seule. Je mérite le pire. Si le pouvoir n'est pas un caprice, si la loi n'est pas un crime, je dois être esclave, enchaînée, vendue. Écorchée vive.»


«Quand Son museau me fourre, quand sa langue flagorne ma fente - ma liqueur secrète doit s'épancher sur le bois de Dédale et la peau de Tête-Blanche, comme y déborde la bave de mon Roi; dans mon angle visuel dérisoire, passent sa croupe, sa queue, son fourreau déjà raide. Tellement blancs. Puis Il disparaît et derrière moi à petits coups ses sabots piétinent. Il prend Ses aplombs, Il dresse. Je vais mourir. Les cuisses de la Reine, l'esclave, l'idole de bois, Tête-Blanche, la Dame de Lumière, sont ouvertes.

Sous l'imminence du bond la femelle redondante ne fait qu’une.

Le dieu plante.

Il me monte.»


«J’ai toujours rêvé de voir passer un dieu. Lui seul a l'art de tracer une ligne droite sans dévier. Quand il se met en marche à grands pas sur la terre aux larges routes la terre tremble, et son chemin croise le vôtre, et vous avez juste le temps de voir le long de ses joues les grappes d'or de ses boucles oscillant à chaque pas. Vous n'osez regarder les yeux, vous portez les vôtres vers la terre. Quand vous les relevez, il est loin.»


«L’art d'écrire, de faire de chaque mot un nom propre ou un totem, voilà la route où s'avançait le dieu. Il marchait, ses boucles d'or lui battaient les joues, les grands noms à son rythme s'alignaient sur ma page. Je marchais à son pas. Je sentais posée à mon épaule la main aveugle du vieil aède. Il me nommait au passage nos frères. La déesse Sauterelle. Le dieu Arbre à Couilles. La déesse Melisa. Le dieu Robert Désenfant. Le dieu Mâchoire de Granit. Le dieu Laurier mort. Le dieu Grand-Père Félix. La déesse Salamandre; le dieu Apollon; le dieu Barou ; le dieu Au Rendez-vous des Chasseurs. Le dieu Rocher Bossu. Mes frères, mes dieux. Mes mots majuscules.»


«Moi, je porte depuis sa mort celui de mon père. C'était le vieux Cadmos qui l'avait pris en Phénicie et ramené esclave à Thèbes. Ses dons ont bientôt fait de lui le maître de chasse du roi, qui lui a donné le droit de garder les cheveux longs, le trésor vivant des chiens, et ce nom d'ici : Aristote, l'émérite, le meilleur. Cadmos mort, mon père a servi sous Aristée son gendre ; moi de même, à la mort de mon père j'ai pris sa suite - mais mon véritable maître est Actéon, fils du roi, plus chasseur encore que son père, et instruit par le vieux Chi-ron. Nous sommes nés le même mois de la même année, nous avons tout appris ensemble. Je suis aussi brun qu'il est blond, sinon on pourrait nous confondre. Il sera roi. Je sers sous le fils comme j'ai servi le père, si le mot « servir» convient : car je suis pour eux un compagnon, et même davantage : l'Aristote comme mon père, Aristote le jeune, un homme de la maisonnée, un élu. Un esclave en somme, frère, mais mangeant à la table du maître, qui m'appelle son frère.»


«Actéon est toujours érigé. De sa voix d'Archère, la déesse lance : Byblis, ma tunique! Puis, vers notre rive : Ton regard est du fer, voilà pourquoi je te désire et déteste tant. La forêt s'éveille, les pies jacassent, le couple de libellules s'envole des joncs. Soudain de l'eau jetée à pleins bras asperge les yeux et le ventre de mon maître. Il ruisselle mais n'a rien perdu de sa ferveur, il mâche du blanc et du bleu. L'Archère dans son chiton à franges, j'imagine qu'il la regarde maintenant dans les yeux, et qu'elle lui rend ce long regard, jusqu'à ce que la cascade du rire divin tombe sur le chasseur : Et maintenant va dire à tous que tu as vu la Dame des Fauves nue, et qu'elle a pris de toi son plaisir, si on veut t'entendre. Ne perds pas de temps, va, beau chasseur, cours-y !»


«Les chiens ont tout arraché et dévoré. Aussi n'ont-ils pas ramené la dépouille, la peau même était en lambeaux. Mélas a ajouté d'une voix sourde que le grand cerf ne sonnait ni ne geignait, il poussait le brame du triomphe, comme quand ils sont contents de la monte d'une femelle. Il ajoute qu'il portait des génitoires d'homme - et bandait jusque dans la mort. Les chiens n'osaient toucher à cette portion humaine, même quand les tripes furent arrachées; mais Leukê et Hybris enhardies enfin se la disputèrent - elles avaient été les plus acharnées. La neige et la flamme. C'est Hybris qui l'a châtré.»


«Tous les dieux sont par nature violents et lubriques. Le désir est par nature violent et lubrique. Tous les humains en rut ressemblent aux dieux -mais l'excès de plaisir dont les dieux se gavent, nous en mourons.»


«Une foudre me traverse le corps. La vraie littérature, la vraie phrase, la vivante, en cet instant peut-être, glorieusement déchue, nue et empoignée, suce dans un palace des Pouilles. Je vois en un éclair, avec une précision déchirante et répugnante, ce va-et-vien de la nuque d’elle a alors, pur et infâme et juste et passionnée comme une phrase de Flaubert, redondant quand il faut, scandé par la ponctuation de la langue, qui relance le rythme comme un point-virgule.»


«Ses bricolages étaient écoutés comme un oracle. El est un peu oublié, à juste titre. Si je l’avais moins surévalué, je l’aurais mieux lu; si je lui avais prêté moins de sagesse, j’aurais su voir comme el est retors, mais pas insurpassable.»


« […] dans cet à-peu-près se tient le malentendu quand hommes et femmes se parlent : car les inventeurs avaient ancré le langage sur ce qu'ils portaient au bas du ventre, et qu'elles ne portaient pas, elles. Et les inventrices avaient fendu le langage par le milieu d'une fente jointive, qui ne fendait pas les hommes. Chacun a fait ce qu'il pouvait, du mieux qu'il pouvait, pourtant. Mais le décalage ne pouvait que subsister, car il était foundateur. Les dieux même ne purent y remédier.»


«C’était une voix divine qui parlait l’humain. On la lisait comme si on avait tout compris d’une langue étrangère inconnue.»


«Le feu me reprend au ventre comme à treize ans devant cette alliance d’un savoir aussi pénétyrant et de hanches aussi pleines.»


«Elle ne partait souvent qu'à la nuit.

Elle rentrait à pied rejoindre son mari au château. L'obscène et le sentimental se la partageaient peut-être. Ou bien, ouverte sur rien comme l'écran blanc après le spectacle, encore si empreint de sexe, des deux sexes, qu'il a la verticalité d'une érection infinie, ou qu'il appelle à être défloré.»


«Quiconque a suivi mes films avec attention sait que je suis un pornographe masqué (pas si masqué que ça : des soumises m'ont dit qu'elles se caressaient en les regardant), que je suis né à la campagne et que j'ai aimé ma mère, comme j'en ai été aimé. Enfin, pas seulement.

Je jouis et je filme, je tente de surpasser mes rivaux, je tiens la mort à distance, je vis la vie que j'avais rêvée dans le « Chemin Creux ».

Est-ce ma vie que j'ai vécue? Ou la leur ?»


«je l’ai prise contre la portre des esclaves. Je n’en ai jamais aimé une autre. Moi aussi je suis là pour elle. Quand on aura brûlé Troie, j’aurai vite réglé son compte à Ménélas.»


«le dernier mot irascible d’Achille, le dernier ordre qu’il entendra jamais passer ses lêvres: Mon casque.»


«Les dieux seuls savent inventer une langue. Mais ce n’est pas forcémenr celle du Poème. Je l’ai fait, en mélangeant tous les patois. Personne n’a jamais parlé cette langue […] Ce sont peur-être les vers qui rendent divin? Si ce n’est pas dans ce but, pourquoui ferions-nous des vers).»


«Enfin, à peine un souffle, avant de laisser retomber sur le côté sa tête morte: Mon casque.» 


«Daphné, dont nous savons qu'elle enseigne l'histoire antique, nous prévient qu'elle ne nous expliquera que le minimum : à nous de découvrir. Mais ne manquez pas l'enlèvement de Perséphone. Nicomaque. C'est le nom du peintre. Et n'oubliez pas que quiconque entre passe par la vulve de la déesse. Voilà, vous savez tout.» 


«Elle se lève pour partir, je lui caresse brièvement le mollet. Ça ne lui déplâit pas. Sa minceur musclée me fait penser à Roxanne dansant. Je suis Alexandre.» 


«Elle concède que son être raisonnable refuse la guerre, elle est humaniste; mais sourd aux bonnes raisons, son désir veut la guerre.» 


«Les Grecs ne me traduisent plus. J'ai acquis là-bas la réputation d'être grossier et prétentieux, lunatique, incapable de goûter le mont Athos, infréquentable. Ce n'est pas faux.»


«il ne voulait d’autre titre que celui de guerrier, “faiseur de grandes actions et diseur de grandes paroles”.» 


«Homère remarque que l’Écho rassemble à Ares. Un dieu, en somme, avec toute licence de sang: quan tu es soûl, tu fais piétiner tes parjures par de éléphants de guerre; tu crucifies; et tu injuries en patois macédonien. Tu tiens ça de ton père, l’ivrogne polygame, le borgne boiteux, la tronche shakespearienne.» 


«Notre langue d’aède n’est pas immaterièlle, C’est un corps subtil. Deux corps accouplés pour accomplir l’interdit. Le chant n’entre au monde que par violence, effraction et jouissance.» 


«Tu es un des plus grands meurtriers de tous les temps. Les dieux tuent. Tu es le dernier dieu que j’ai inventé-» 


«Depuis la parution des Onze, la lubie générale me prenait pour un invraisemblable Borges joycien, en plus sec, plongé dans un interminable Finnegans Wake; on m'invitait partout, je baguenaudais comme Ulysse.»


«” Ce que nous avons compris avec certitude, c'est que, quand la lune présente un certain aspect qu'ils nomment Malama Tamaï, Lune en état de guerre, aspect qui ne nous a pas montré de caractère distinctif qui puisse nous servir à le définir, ils sacrifient des victimes humaines. “

Je relus cette phrase.

Je dis à voix haute : “ Ma Lama, ta Maille. “

Malama Tamaï. Bon.»


«Elle était le son de Malama Tamaï : l'assonance vocalique parfaite, cette prolifération des a de Madame, de Madonna, de Magnificat, de Marmara, de Maquillage, de Massacre, de Maman - que de mamans empressées de vous servir! Ou de vous asservir, il est vrai. Et ma volonté d'être parmi elles dans leurs jupes, le malfrat, le i unique du phallus, bandé jusqu'au tréma. Il baise toutes ces mamans, il les coiffe. Elles se jettent sur vous comme l'esseulée offerte du quai des Aubrais.»


«Que pouvais-je retenir contre Pierre Marceau ? Il vivait comme moi une histoire vraie, car il n'y a à la fin d'histoires vraies que les histoires d'amour, Homère le savait bien.

Je préférais Patrocle à Briséis, Marceau à Ninon.»


«L’autre aveugle, après Homère, guidant Borges à “la vague, la vaste et nécessaire mort”, aurait vpu être sir John Milton. Ce furt Blind Pew.»


«Alcide et moi sommes des rôles. Quichotte et son Sancho. Sauf que je suis un peu moins timbré que don Quichotte. Et il n'est pas le petit râblé au grand appétit, car s'il a l'appétit il est digne et ombrageux; intelligent comme Sancho, mais jamais avec le grain de servilité qu'avait l’autre.»


«Le Grand Auteur et le Lecteur Difficile ne pensaient pas comme moi ; Alcide les irritait vaguement, c'était net. Le plouc qui ne lit pas, indigne du Logos. Mais il arrive aux dieux de désirer de beaux mortels, et Alcide était beau ; ils se rattrapaient sur l’esthétique.»


«Les grands littérateurs se calcinèrent sur ce pinacle en majesté, à hauteur de mon visage : ceux que j'avais volés à vingt ans comme ceux que j'avais besogneusement achetés à quarante; ceux acquis par caprice et ceux par vanité ; ceux du temps où je croyais que, pour avoir lu un livre, il fallait l'apprendre par cœur; et je l'apprenais. Ceux qu'auteur j'avais pillés et plagiés, dont j'avais annexé des phrases entières sans prendre de gants ni mettre de guillemets, et ceux auxquels, avec la meilleure volonté du monde, il était impossible d'emprunter la moindre phrase tant toutes tombaient à plat; les livres à moi envoyés et nuls, ceux à moi envoyés et bons, aux auteurs desquels j'avais bien peu répondu, qu'ils fussent nuls, qu'ils fussent bons; ceux qui portaient des dédicaces signées de grands noms, dédiés par des noms déjà tombés dans le gouffre d'oubli et qui naguère se croyaient grands, et par des grands noms restés grands qui, de leur vivant, se voyaient en minus, ça dépend des caractères : avec des private jokes prétentieuses et des paraphes, ou au contraire en pattes de mouche de coincés. Tous, ceux qui m'avaient comblé tout autant que ceux qui m'avaient déplu, je jetais leurs pages indignes comme on brûlait jadis les saints de bois qui n'avaient pas respecté leurs contrats, déçu les fidèles - car elle m'a déçu, au fond, la littérature.»


«Je vais rédiger la phrase souveraine que beaucoup d'écrivains ont postulée, qui saute d'auteur en auteur, asservis à « se faire un nom » parmi leur foule de fonctionnaires anonymes dans les siècles des siècles : tout ce qui a été écrit n'a qu'un seul auteur. Je suis celui-ci. L'auteur universel, unique et souverain.»


«Ma main court sur le papier. Je retrace le moment où Achille entre pour un bout de temps sous sa tente - il jette dans un coin sa lance. Il oublie de déboucler son casque. Je cherche un instant la forme que prenait ce détail dans le chant grec. En vain ; je chercherai plus tard : il y est bien, pourtant. À cette histoire de casque le verbe « être » entre en fusion, je prends feu au contact de la flamme écrite. Je suis. Je brûle et tremble et pleure.

Alcide entre dans la salle.

J'écris l’Iliade.»

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