8 de agosto de 2016

La Comedia humana III

La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen III. Honoré del Balzac. Hermida Editores, 2015. Traducción y notas de Aurelio Garzón del Camino 
Hermida Editores sigue firme en su propósito de publicar en castellano el ciclo balzaquiano en su totalidad, una decisión que quedará registrada en los anales de la edición y con respecto de la cual el agradecimiento lector, presente y futuro, habrá contraído una deuda difícil de saldar. Este tercer volumen supone la continuación de los Études de moeurs, Scènes de la vie privée con que se abrió la edición en su volumen I, siguiendo el orden temático del catálogo y la organización que ha dado en considerarse canónica.
"¡Dios mío, cuánto daño nos hacen las novelas!"
La mujer abandonada 
"En sus costumbres, casi todos los pueblos se parecen."
Es indudable, y constituye uno de sus méritos y razón para la admiración a la que se ha hecho acreedor, que ese afán Balzaquiano que el definió como aspiración de "sustitución del Registro Civil" alcanza elevadas cotas de perfección a lo largo de su obra. En esta nouvelle, La mujer abandonada (La Femme abandonnée, 1833), muestra un catálogo no tan extenso como razonado de la naturaleza de las fuerzas vivas de una ciudad de provincias, extendible a cualquier asentamiento de las mismas características.

En el vértice de la pirámide se halla la nobleza de provincias, que cree estar a la moda por pura desconexión de la capital, y que como principal fuerza viva, cree reproducir los modos y maneras de una nobleza que sólo conoce de oídas o a través de unos vínculos familiares tan alejados en el tiempo que las conexiones reales se han perdido desde hace generaciones.
"Son los hidalgos de otros tiempos, sin los laudemios y ventas, y la jauría y los vestidos galoneados; todos colmándose de honores entre sí, y todos fieles a príncipes que no ven sino a distancia."
Frente a ésta, se halla la nobleza más reciente pero más rica, conectada con la capital por razones sobre todo económicas, participante en el poder político, con residencia en París, a la moda en usos y costumbres, conocedora de su clase y siempre dispuesta a dejar en ridículo a su oponente.
"Se burla de la ignorancia de que presumen sus vecinos; sus objetos de plata son modernos y tienen grooms, negros y un ayuda de cámara."
Como complemento a esta estratificación, aceptados en su seno por diversas y a menudo contrapuestas razones, están los hidalgos con rentas que les permiten vivir sin excesos pero también sin estrecheces, con sus orgullosas esposas que no distinguen la frontera entre adoptar las actitudes de la Corte y hacer el ridículo. Inmediatamente debajo de la escala, por orden de importancia, se hallan unas cuantas "solteronas de calidad", titulares de las esencias y de los modales de cien años atrás. Y, finalmente, algunos ricos burgueses que han sabido escoger la sombra del árbol adecuado y que son aceptados en los círculos exclusivos como quien adopta una mascota. Justo en el límite de la buena sociedad, e incluidos atendiendo a la tradición, para guardar las formas y tener de su parte a las instancias celestiales, unos cuantos eclesiásticos.

Gastón de Neuil, un joven convaleciente, se ha trasladado por una temporada a la Baja Normandía, lugar en que conoce a Madame de Béauseant, refugiada en la misma región por un escándalo amoroso.
"Cuando llegamos a tener la suficiente astucia para ser hábiles, políticos, somos ya demasiado viejos para aprovechar nuestra experiencia."
Después de un duro cortejo que se asemeja más al asedio de una ciudadela enemiga que a un galanteo  amoroso, narrado con un ritmo y un detalle perfectos y destilando un agudo sentido del humor -y una parodia insuperable de los excesos del Romanticismo-, Gastón y la Béauseant inician un idilio en el extranjero y regresan a Francia a los tres años, donde continúan con su convivencia. Después de nueve años, y a instancias de su madre, Gastón abandona a su amante y se casa con "una joven bastante insignificante, tiesa como un álamo, blanca y sonrosada, medio muda, según el programa que se les prescribe a todas las muchachas casaderas." Pero un matrimonio infeliz y el arrepentimiento de Gastón conducirán la historia hacia un desenlace inesperado.

El contrato de matrimonio

Seguramente, la pequeña nobleza de provincias, como cualquier sub-clase social alejada de los centros del poder, pretenciosa por encima de sus cualidades y endogámica por naturaleza y necesidad, posee características que, desde la emergente burguesía, pueden ser puestas en la picota, caricaturizadas e incluso ridiculizadas; pero pocas burlas alcanzan el nivel de crueldad de la visión que sobre esa nobleza brinda Balzac. Es cierto que la literatura satírica ha dado a luz despiadados textos sobre el mundo de las apariencias y los anacronismos de esa clase social, pero es precisamente ese enfoque humorístico el que consigue su efecto a la perfección, aunque, a menudo, a costa de la verosimilitud. Balzac, en cambio, jamás cae en el trazo grueso: relata, con elegancia y detalle, los hechos que vienen al caso, dejando caer de forma medida algunas generalizaciones que restallan como sentencias, y deja que sean las acciones de los personajes las que provoquen, por su propia naturaleza, el juicio del lector. Para ejemplo de este proceder, El contrato de matrimonio (Le Contrat de mariage, 1835).


Pablo de Mannerville, un acomodado heredero de bienes raíces, decide volver a provincias después de dilapidar parte de su fortuna en la capital, establecerse en su lugar de origen, poner en orden sus bienes y conseguir un buen matrimonio, esto último en contra de la opinión mayoritaria de sus amigos.
"¿Quién se casa hoy? Los comerciantes en interés de su capital, o para ser dos los que tiren del arado; los campesinos que, produciendo muchos hijos, quieren procurarse obreros; los agentes de cambio o los notarios obligados a pagar sus cargos, y los desgraciados reyes que tienen que asegurar la continuación de dinastías desgraciadas [...]. El matrimonio, mi buen Pablo, es la más tonta de las inmolaciones sociales; los únicos que se aprovechan de ella son nuestros hijos, y no llegan a conocer su valor hasta el momento en que sus caballos pacen las flores nacidas sobre nuestras tumbas."
La elección, más fruto de la casualidad que del amor, y regida por razones insondables, recae en la hija de una buena familia venida a menos pero acostumbrada a los fastos que sólo pueden conseguirse gracias a una notable fortuna. Sordo a las advertencias y satisfecho posteriormente por la muda aceptación de los más críticos, más animados por ver cumplidas sus sombrías profecías que convencidos por los razonamientos de Pablo, se lanza a cortejar a Natalia, ignorante de que no es ni el único pretendiente ni el que aspira con más ardor a ese matrimonio; pero su futura suegra, esposa de un coronel de infantería curtido en mil batallas y especialista en estrategia, se postula como inesperada -y enmascarada- aliada.
"La señora Evangelista tenía, por otra parte, más de un interés para apoderarse del marido de su hija. Pablo no pudo menos de dejarse cautivar por aquella mujer, que le sugestionó tanto más fácilmente cuanto que no pareció querer ejercer la menor influencia sobre él. Usó, pues, todo su ascendiente para elevarse, y para elevar a su hija y darle precio a todo lo suyo, con el fin de dominar de antemano al hombre en quien vio el medio de continuar su vida aristocrática."
Pero no se trata de una alianza desinteresada: ella le ayudará a convencer a su hija -de la que Balzac redacta un estudio fisonómico-psicológico cuyas conclusiones auguran graves dificultades futuras- pero cobrará su servicio en el documento que regirá la vida en común de los aspirantes a esposos: el Contrato Matrimonial, el más cruento campo de batalla en tiempo de paz. 
"Aquel día sostuvo Pabo la primera escaramuza de esa larga y fatigosa guerra llamada matrimonio. Es, pues, necesario ordenar las fuerzas de cada parte, elegir las posiciones de los beligerantes y el terreno en el que deben maniobrar. Para sostener una lucha cuya importancia no llegaba a comprender en absoluto, Pablo no contaba con otro defensor que su viejo notario Mathias. Uno y otro iban a ser sorprendidos, sin defensa, por un suceso inesperado, hostigados por un enemigo cuyo plan estaba trazado, y obligados a adoptar una resolución sin contar con el tiempo necesario para reflexionar."
Después de una dura negociación entre los notarios de ambas partes se llega por fin a un acuerdo con respecto del cual la suegra de Pablo se siente menospreciada; sin embargo, acepta las cláusula, pero se reserva  las acciones que considere adecuadas en beneficio de su hija y del suyo propio, una venganza que será el hilo conductor de la historia, y cuyo primer capítulo es la excelente charla entre las dos mujeres en la que la madre instruye a la hija en los diversos modos de manipulación de un marido.
"No puedo es el argumento irresistible de la debilidad que se arrastra, que llora y que seduce. No quiero es el último argumento. La fuerza femenina se muestra entonces por entero; ésta es la razón de que no deba emplearse más que en las ocasiones graves. El éxito reside por completo en el modo con que una mujer se sirve de estas dos frases, las comenta y las varía. Pero hay un medio de dominio aún mejor que éstos, que siempre suponen discusiones: yo, hija mía, imperé por la fe. Si tu marido cree en ti, lo podrás todo."

La Grenadière

La Restauración Borbónica con Luis XVIII (1814-1824) y Carlos X (1824-1830) restituyó el flujo de viajeros con destino a Francia del que siempre había disfrutado antes de la Revolución y de los tiempos convulsos que la siguieron, con la época de Napoleón I incluida, particularmente de procedencia británica; algunos de estos viajeros, exiliados voluntaria o forzadamente de las islas, fijaron su residencia en el tercio norte del hexágono, en pleno campo, pero cerca de alguna ciudad importante. La Grenadière (La Grenadière, 1833) relata uno de estos casos, el de Augusta Willemsens, que apareció por la Turena y se instaló en una casa de campo con sus dos hijos de trece y ocho años; sin esposo ni noticias de él, dedica por entero su vida a los niños, con discreción y recogimiento, sabiendo que más pronto que tarde los abandonará a su suerte.
"El niño se quedó en silencio durante un momento, lanzando a hurtadillas miradas a su madre, la cual, con los ojos levantados hacia el cielo, contemplaba las nubes. ¡Momento de dulce melancolía! Luis no creía en la muerte cercana de su madre, pero sentía pesares sin adivinarlo. Respetó aquel largo ensueño. De haber sido menos joven, hubiera podido leer en aquel semblante sublime algunas ideas de arrepentimiento mezcladas a recuerdos felices, toda una vida de mujer: una infancia descuidada, un matrimonio frío, una pasión terrible, flores nacidas en una tempestad, destruidas por el rayo y arrastradas a una sima de la que nada volverá jamás."
Balzac concentra toda la tensión en la enfermedad de Augusta y en su remoridimiento por dejar huérfanos a sus hijos; en las pocas páginas del relato, guardando los antecedentes, de los que solamente llegamos a saber lo que ella le comunica a su hijo, la narración acelera con la enfermedad hasta llegar a la declaración final, cuya conclusión queda abierta -tal vez con la intención de retomar a los protagonistas en otra novela; ésta es una constante, implícita o explícita, en numerosas obras pertenecientes al ciclo-, con un futuro incierto para los protagonistas pero con los buenos augurios que sirven de contrapeso a la muerte de la madre: un Balzac concentrado que no por menos usual se mueve con peor soltura.

Gobseck

En Gobseck (Gobseck, 1830), Balzac abandona al narrador omniscente y se acoge a la tradición del relato contado en primera persona por uno de los presentes en una reunión a requerimiento de otro de los participantes. En este caso, el narrador es un procurador -este hecho añade al relato de los hechos un plus de veracidad que compensaría la parcialidad esperable en un narrador implicado en la trama-, y el marco un encuentro informal en casa de una familia cuya joven hija pretende al primogénito de otra familia cuya ascendencia será la protagonista de el relato. Esa historia se centra en el prestamista judío Gobseck, a quien el narrador cede la palabra en algunas ocasiones, interviniendo, pues, otra voz, al más puro estilo jamesiano medio siglo antes de James, cuya implicación en la acción favorecería la exactitud de las descripciones pero comprometería gravemente la fidelidad e imparcialidad de las opiniones y juicios.
"Soy lo bastante rico para comprar las conciencias de quienes hacen moverse a los ministros, desde sus ordenanzas hasta sus queridas; ¿no es esto el poder? Puedo tener las mujeres más hermosas y hacer mías sus más tiernas caricias; ¿no es esto el placer? Y el poder y el placer, ¿no son la cifra de todo vuestro orden social?"
La personalidad de Gobseck, a grandes trazos, y su papel en el relato, vienen definidos por su relación con Derville, el narrador, pero lo que da realmente la medida de su intervención es su relación con Anastasia de Restaud, personaje que ya conocemos, pues se trata de una de las hijas de Papá Goriot, ocasional e indirectamente con su marido, y con Maxime de Trailles, un joven pisaverde del que ella se ha encaprichado y en el que gastado toda su fortuna, bancarrota que la ha llevado a acudir al usurero.
"-Papá Gobseck -dije yo- está íntimamente convencido de un principio que domina su conducta. Según él, el dinero es una mercancía que se puede, con toda tranquilidad de conciencia, vender cara o barata, según los casos. Un capitalista  es a sus ojos un hombre que entra, por el gran provecho que reclama de su dinero, como asociado por anticipado en las empresas y las especulaciones lucrativas. Aparte de sus principios financieros y sus observaciones filosóficas sobre la naturaleza humana, que le permiten conducirse en apariencia como un usurero, estoy íntimamente persuadido de que, fuera de sus negocios, es el hombre más delicado y más probo que hay en París. Existen dos hombres en él: es avaro y filósofo. Pequeño y grande. Si yo muriese dejando hijos, él sería su tutor."
 Si bien el relato no evita alguna mención satírica -bajo la mirada actual, la novela no superaría el test de detección de antisemitismo- a la procedencia del usurero, la opinión que transmite el narrador podría considerarse bastante mesurada, achacando a su profesión más que a su genealogía las censuras que se reserva. Han pasado muchos años desde Shylock, y el Canal de la Mancha está de por medio, pero en época de Balzac ni Francia ni el resto de Europa estaban libres de la semilla antisemita, que germinó, finalmente, al acabar el siglo, en el nada ejemplar affaire Dreyfuss.

Modesta Mignon
"Cuando un padre de familia tiene hijas, no debe permitir la entrada en su casa a un joven que no conoce, ni dejar en ella libros o periódicos que no haya leído. La inocencia de las jóvenes es como la leche, que se agria con una tronada, con un perfume venenoso, con el calor, con una cosa insignificante, hasta con un soplo."
Una joven burguesa, hija de una familia arruinada, que vive en una especie de pabellón con su madre ciega -su padre marchó a las colonias en busca de recuperar su fortuna, pero hace tiempo que ha dejado de mandar noticias-, es el objeto de protección de ésta y de una familia amiga que la trata como si fuera hija suya. Modesta, este es su nombre, la protagonista que da nombre al relato (Modeste Mignon, 1844), tiene edad de ser pretendida, pero una aparente poca disposición y la muralla que ha construido la familia amiga a su alrededor parecen imposibilitar cualquier posibilidad de cortejo.

Sin embargo, y en contra de lo esperable, es ella quien cae rendida, oh, inexperiencia, ay, inocencia, ante un retrato de un poetastro -la descripción del personaje, de su obra y de los poetas en general que hace el narrador es de antología-, con el que inicia un intercambio epistolar secreto mediante persona interpuesta: el secretario del poeta.
"Canalis [el poeta en cuestión] hubiera querido componer una gran obra política; pero temió adentrarse en el campo de la prosa francesa, cuyas exigencias son crueles para los que han contraído el hábito de expresar una idea en cuatro alejandrinos."
A medio camino entre el romanticismo más ñoño -las citas de los canónicos son frecuentes- y la épica medieval, siempre mediante una afilada parodia, ambos personajes prosiguen durante tres meses su intercambio epistolar que el narrador no duda en calificar de "novelesco". Pero no es la única vuelta de tuerca con que Balzac retuerce la trama: después de años de desaparición, el padre de Modesta da señales de vida, vuelve a Le Havre desde el extremo oriente con una opulenta fortuna pero ignorando todo lo que ha sucedido a su familia durante su ausencia. Modesta se debate entre la alegría por este regreso y la desazón por su romance epistolar.
"Las casas pueden arder, las fortunas zozobrar, los padres volver de viaje, hundirse los imperios, el cólera solar la ciudad; pero el amor de una muchacha prosigue su vuelo, como la naturaleza su marcha y como ese ácido espantoso, que ha descubierto la química, puede horadar el globo si no hay en su centro nada que lo absorba."
 Naturalmente -es cuestión de género-, el conflicto asoma: desenmascarado el corresponsal impostor -que está verdaderamente enamorado de Modesta- y enterado el poeta -a quien la renta de Modesta dejaría en muy buen lugar-, a los que se añade un duque de la zona, deslumbrado por la dote y aburrido de buscar esposa, se abre la competencia por merecer la elección de la chica. 
"Es posible que las emociones suaves sean poco literarias; [sin embargo, si son fuertes] la literatura no ha tenido jamás la necesidad de describirla[s], pues las más hermosas palabras, y aun la poesía, están por debajo de estas emociones."
Ya que se trata de que Modesta escoja entre los tres pretendientes, se organizan una serie de presentaciones en su casa a las que asisten, además de los cuatro, cuantos familiares y demás personas figuran implicadas, directa o indirectamente, en el asunto. Es en la descripción de esas reuniones  y en la caracterización de los asistentes cuando Balzac roza la perfección, tanto en las descripciones físicas como, sobre todo, en la profundización psicológica de las posturas y las motivaciones, explícitas y ocultas, de todos los implicados, y en las que quedan evidentes las simpatías del narrador, encarnadas en un personaje contrahecho que es, tal vez, el único que no tiene ningún interés personal en el cortejo, y que actúa como la voz de la conciencia de Modesta.

Después de la conclusión, uno juraría que es Balzac, y no su narrador, quien aprovecha para cargar contra la relajación de las costumbres, la pérdida de identidad y de las formas, la inevitable involución de la sociedad, volando hacia la insustancialidad y la degradación:
"Modesta pudo comparar entonces la juventud de hoy con la vejez de antaño, pues el viejo príncipe de Cadignan le había dicho ya dos o tres frases encantadoras, probándole así que rendía tantos homenajes a la mujer como a la realeza. El duque de Rétoré, hijo mayor de la señora de Chaulieu, que se distinguía por ese tono en el que se une la impertinencia al desenfado, había saludado a Modesta, como el príncipe de Loudon, casi familiarmente y con poco respeto. La razón de este contraste entre los hijos y los padres proviene quizá de que los herederos consideran que no pueden aspirar a la grandeza de sus antepasados y prescinden de las obligaciones del poder al ver que no son sino su sombra. Los padres conservan aún la cortesía inherente a su desavenido esplendor, como esas cimas doradas todavía por el sol cuando todo son tinieblas a su alrededor."
Calificación: Hors catégorie 

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27 Ene 2016 ... La Comedia humana abarca narraciones, algunas de ellas interconectadas, ubicadas temporalmente entre la Restauración borbónica...

16 May 2016 ... La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen II. Honoré de Balzac. Hermida Editores, 2015. Traducción de Aurelio Garzón del ...

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