19 de agosto de 2016

La isla de los condenados

La isla de los condenados. Stig Dagerman. Sexto Piso, 2016
Traducción de Carmen Montes Cano
Una isla desierta -declaraciones de algunos de los testigos parecen aseverar que es de gran extensión y de que está habitada, en unas zonas alejadas de donde se desarrolla la acción, pero no existe comprobación de este hecho- es el escenario donde recalan, después un naufragio, siete personajes de distinta procedencia y condición; la isla está rodeada de arrecifes, y el sonido del mar rompiendo contra las rocas inunda el espacio insular con un ruido ensordecedor, constante, pulsátil. Su vida cotidiana y las relaciones entre ellos, pero también puntuales episodios de su vida anterior, son el tema de La isla de los condenados (De dömdas ö, 1946), tal vez la novela más conocida del prometeder escritor sueco Stig Dagerman, autor de varios ensayos, artículos, cuentos y textos para teatro, una obra relativamente extensa teniendo en cuenta que falleció a los 31 años, suicidándose en su propia casa.

La culpa
"Sed, todo es sed. Culpa, temor, todo tipo de remordimientos de conciencia, la crueldad y la mentira, todo es sed; la huida y la humillación, las proezas y el deseo de compañía: todo es sed y sólo sed."
Uno de los náufragos está cumpliendo una pena, acerca de cuyo origen solamente puede especular; viene de una infancia conflictiva con un padre rudo que le propinaba castigos físicos. La muerte accidental de un caballo desata las iras de su progenitor, que le reconviene por su piedad, advirtiéndole de lo desaconsejable de pensar y de sentirse culpable. En un ambiente onírico en el que el pasado llama constantemente a su puerta e invade un presente en recesión, escapa de ese ayer pero también de un hoy que no augura porvenir alguno.
"Qué mundo más condenado aquel en el que alguien recibe una patada cada vez que otro levanta el pie, y donde cada vez que otro pone el pie en el suelo aplasta a alguien."
La conversión de la culpa en venganza libera el espíritu de ese roedor insaciable, pero instaura un nuevo cepo en el que, preso en él, cada intento de escapar profundiza más en la herida.

La huida
"¿Dónde estaríamos sin nuestros muertos, que sería nuestra salud sin los enfermos, nuestra felicidad sin los fracasados, nuestro valor sin los cobardes?"
La incapacidad para huir bloquea la comprensión de cualquier conflicto y condena al inmovilizado a sufrir una piedad que no está dispuesto a soportar porque le hace consciente de su limitación: para el orgulloso, ningún sentimiento afecta más negativamente que la piedad ajena; más todavía cuando siempre se ha sido al que se reclamaba esa piedad y tenía en sus manos la decisión de otorgarla o denegarla.
"Para el que huye, es tan inútil morir como vivir."
La huía más difícil es la de sí mismo; otro nombre, otro lugar, otras relaciones, pero la imposibilidad de ignorar esa voz interior que no cesa de dirigirse a uno mismo recordando quién es.
"Di, después de todo, ¿era posible convertirse en un ser totalmente nuevo, despojarse de esa persona odiosa que ya no tienes fuerza para sobrellevar?"
Lo malo de la memoria es que lleva siempre al pasado, a ese lugar del que se intenta, inútilmente, huir.

La duda
"¿Quién soy yo?, pensaba entonces, ¿quién soy yo? ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Por qué iba a sacrificarme por todos estos, ninguno de los cuales está dispuesto a sacrificarse por mí? ¿Acaso no somos todos náufragos?"
La apariencia de fuerza presupone más capacidades para reaccionar ante la adversidad aunque, a menudo, solamente son figuradas. Del mismo modo en que los otros pueden sentirse protegidos por quien aparenta poseer todos los recursos, la capacitación y la disposición para responder a los retos supuestamente inasumibles, el gusano de la duda puede, primero imperceptiblemente, pero de forma continua, empezar a corroer la confianza, a cuestionar las capacidades, a asaltar la muralla del convencimiento, a asediar al sentido de responsabilidad con una pregunta terminal: "¿Seré capaz?", y paralizar la posibilidad de respuesta. El organismo se bloquea, se angustia, entra en estado de ansiedad, y se ve imposibilitado para hacer frente al reto. La capacidad invasiva de esta situación queda asociada el hecho y ante desafíos futuros no es la peligrosidad lo que bloquea la respuesta sino la duda.

A partir de ese momento, sólo cabe dimitir de las responsabilidades y refugiarse en la comodidad de la niebla de la obediencia.

La tristeza
"La sitió la tristeza, esa tristeza deliciosa en la que uno puede dejar que se disipe todo; la que, con la misma ansia voraz, devora anhelos perversos y deseos desvergonzados, odio y amor, tan placentera para sumergirse en ella con la esperanza de salir sano y salvo cuando todo haya culminado, cuando el arrepentimiento esté satisfecho, cuando la ansiedad haya cedido."
La tristeza es el preludio de la desesperación. Nuestras interacciones con los demás están dominadas por el tedio y, al no ser capaces de actuar con el nivel de decisión que requiere cada situación, tendemos a la desconfianza, a la sospecha infundada, a la imposibilidad de reconocer los códigos del trato interpersonal, y de ahí a ver en cada sujeto una amenaza, en cada situación un peligro, en cada decisión que debamos tomar un dilema irresoluble.

Cuando la lógica del amor es reemplazada por la lógica de la crueldad, cuando un monstruo toma el mando de nuestro sistema de decisiones, especulamos con la ilusión de no ser responsables de nuestros actos obviando que ha sido nuestra renuncia lo que le ha permitido asaltar nuestra voluntad. Entonces, si sus actos contradicen nuestro sistema de valores, si en un instante de lucidez alcanzamos a medir el verdadero valor de nuestras acciones, desaparecen las excusas prefabricadas; si durante un solo momento somos capaces de valorar los hechos, la locura deja de ser un castigo para convertirse en el único consuelo.

La obediencia
"-Son mis heridas, ¡déjeme tranquilo, déjeme en paz! Ah, yo conozco bien a los de su clase. Yo sé bien lo que pasó en cierta biblioteca de la guarnición Brosto, poco antes de medianoche, cuando se había apagado el fuego en la chimenea y juntaron los sillones por parejas y se oían los susurros y los jadeos detrás de la puerta cerrada. A cuenta de qué le interesan a usted mis heridas; ay, se lo puedo asegurar, aquí no hay nada que ver, no son más que dos heridas normales, para qué quiere usted verlas, deje que sufra con ellas yo solo, son mías, mías, no suyas; acaricie sus heridas, deje las mías."
La obediencia es la excusa de los cobardes, la forma de adjudicar a otros los errores propios, es decir, de no cometer equivocaciones. De disolver las responsabilidades en el mar de las órdenes, de cubrirse siempre las espaldas. De pasar por persona disciplinada cuando en realidad se es indecisa. La obediencia es la aceptación de la servidumbre voluntaria, la renuncia a la capacidad de decisión, el escamoteo de la libertad: nadie en su sano juicio, excepción hecha del pusilánime, puede estar orgulloso de ser obediente. Al final, las consecuencias psíquicas de la renuncia se convierten en remordimientos que toman el lugar de los recuerdos y cuya presencia constante contamina la relación con la realidad.

El miedo
"Ay, cuántos ratos pasé sola debajo de la cama a lo largo de los años hasta que venían a sacarme de allí y me dejaban otra vez con gesto huraño, como si hubiera sido un bicho asqueroso que mancha las manos de quien lo sostiene. Es díscola la niña, decía la gente que pasaba por las habitaciones, es díscola de verdad. Y era verdad: yo era díscola, me había construido un cuento en el que me deslizaba todas las noches y desde el que podía desafiar al mundo entero. Era el cuento del anhelo del anochecer, que era un gran cuento rebelde. Me acurrucaba en él como si fuera una gigantesca caracola azul, y allá arriba, en el cenit, había una cálida estrella grande y roja. Y cada noche que papá aparecía en el umbral de cuarto de Nicky y mío y decía con esa voz metálica: Es hora de dormir, niñas, ya ha caído la noche, yo me ponía encima de la caracola nocturna y allí ocurrían cosas prodigiosas."
El silencio es el enemigo de todos aquellos que no desean oír la voz de su interior, de los que desean acallar las manifestaciones de su conciencia. El silencio es la plasmación de la soledad, la constatación del aislamiento, la confirmación de nuestros peores miedos.

La inseguridad acerca de las consecuencias de nuestras decisiones, incluso de aquéllas cuyo último recurso no está en nuestras manos, puede llevarnos a la paralización de nuestras acciones; si, además, una figura representante de la autoridad censura indiscriminadamente cualquiera de nuestros actos, incluso los claramente inocentes, en etapas aún carentes de madurez, el miedo a la inconveniencia arrastra a la parálisis total y a que este pánico afecte a los órdenes más diversos de la vida.

La soledad
"Añoras los momentos de autoanulación absoluta, de la soledad más brutal y sublime con toda la intensidad de la esperanza que abrigas, con todo el fuego de los sueños que alimentas; te has hecho partícipe de un secreto peligroso, te has iniciado en el uso de un veneno peligroso que se llama soledad y, como un morfinómano, ahora divides la vida en dos períodos: el delirio y la recuperación."
Nacimos y morimos solos, pero también vivimos solos, recluidos en la campana de cristal de nuestros prejuicios, incapaces de renunciar a nuestros errores, voluntariamente aislados de cualquier contaminación que pudiera mostrar algún atisbo de nuestra debilidad.

La sociedad, como no podría ser de otro modo, aborrece de los solitarios por lo que tienen de indomables; ninguna justificación altruista moverá jamás a un solitario, más bien al contrario: éste cuestionará a la autoridad siempre su decisión, su orden, tanto si interfiere en el aislamiento como si significa compartir; el solitario marchará a la muerte con la alegría del inadaptado porque verá en ella, en lugar de un sacrificio, una forma de suicidio.

Que asuma cada uno sus responsabilidades, sin excusas altruistas, pero tampoco escudándose en los demás ni en el bien común, la mentira suprema, la manipulación voluntaria: si todo el mundo se cuidara de sus propios intereses la civilización sería más justa e igualitaria.

El Señor de las Moscas
"Dios nos proteja de los falsos enemigos, en cuya enemistad uno no puede confiar."
Los pecados cometidos en la vida de todos y cada uno de los náufragos acaban aflorando en la isla; es una mentira, ni siquiera eso, un burdo intento de engaño suponer que se puede renacer limpio de las culpas del pasado, con el alma impoluta como un recién alumbrado. Al contrario, sólo es necesaria una señal de conflicto para que la personalidad aflore y quede desvelado lo peor de cada uno. En todo caso, una vez resueltas las primeras necesidades, que tampoco han estado libres de provocar diferencias, aparece un enemigo inesperado e insoslayable: la isla.

El odio se manifiesta en la búsqueda de una víctima propiciatoria para aplacar la ira de la isla; una vez señalada -la procedencia o improcedencia de esta designación no es relevante pero sí imprescindible para descargar responsabilidades-, la frontera entre sueño y vigilia se difumina, llevándose consigo la distinción entre pesadilla y realidad y legitimando para la vida real, librada ya de reglas, los instintos más primarios.

Recluidos en un entorno hostil y con graves problemas de subsistencia, trabajar colaborativamente brinda más posibilidades de éxito frente a los desafíos que presenta la adversidad y lo desconocido. Sin embargo, el individualismo acostumbra a vencer en el caso del ser humano -al contrario que en la mayoría de organismos-,  y a menudo la rivalidad llega, con su efecto destructor, donde la hostilidad del entorno no podría alcanzar.

¿A dónde huir cuando la fuga es imposible? Al interior de uno mismo, es el único camino. Sustituir el miedo al exterior, cuando la reclusión es el estado más tranquilizador, el único en el que se tienen controladas todas las amenazas -¿para qué están los guardias de las prisiones, si no es para mantener el control de las amenazas?-, por el miedo a los peligros que se agazapan en nuestro interior, ante los cuales estamos absolutamente indefensos y contra los que no podemos sumar aliados, la única manera de soportar todo aquello de lo que se huye, y explotar un único mecanismo de defensa para no perecer en el combate: la locura.
"No hay nada que sea tan terrible que no pueda ocurrir."
Ante la imposibilidad de la convivencia, la muerte es la única salida viable: el valiente, atentará contra la vida de los otros, lo que no es más que aplazar su propio final; el cobarde, incapaz de este gesto supremo, se quitará la vida.
"De repente veía con claridad meridiana la inmoralidad infinita de la existencia. Vivir era como corretear por un laberinto enorme, uno de esos que hay para los niños en ciertos parques de atracciones cultos, y en el centro, sobre una piedra, brillaba aquella perla tentadora; y sonrojado y con una fe inquebrantable en la honradez del laberinto, te adentrabas en él corriendo cuando eras joven y cubrías la primera vuelta con la certeza jubilosa de que pronto llegarías a la salida. Y así transcurría la vida entera, mientras corrías sin cesar, aún convencido de la buena voluntad del mundo para con todos aquellos que corrían ansiosos y únicamente cuando ya era tarde sin remedio te dabas cuenta de que el camino que estabas recorriendo conducía al centro del laberinto sólo en apariencia; el constructor ha trabajado con varios caminos de los cuales tan sólo uno desemboca en el lugar donde se encuentra la perla, de modo que es la ciega casualidad y no la justicia que todo lo ve quien guía los destinos de los corredores, y sólo cuando ya es demasiado tarde para darse la vuelta, en el mejor de los casos, te enteras de que aquello a lo que has dedicado todas tus fuerzas únicamente tenía cierto valor en términos de esfuerzo, pero que nunca habría podido conducir a un resultado concreto."
La isla de los condenados es un libro irregular: tras una primera parte excelentemente planteada pero que adolece de un tratamiento narrativo más concreto y se resiente de un lenguaje excesivamente hiperbólico, aparece una segunda en que la acción, soberbiamente contenida en los primeros capítulos, se desata con la potencia de una explosión, el conflicto toma el mando con la fuerza de las grandes tragedias y avanza, lenta pero inexorablemente, hacia el único final posible. En todo caso, una lectura sobrecogedora.

Calificación: ***/*****
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