3 de agosto de 2016

Los apaches de París

Los apaches de París. Memorias de Casque d'Or. Amélie Élie. Trama Editorial, 2016
Traducción de Paula Izquierdo
Apaches es el apelativo con el que se conocieron unas bandas de delincuentes que operaron en París a principios del siglo pasado y hasta el comienzo de las movilizaciones de la I Guerra Mundial. Aunque es cierto que tanto el seudónimo -que los propios delincuentes hacían derivar de las tribus indias norteamericanas; la sublevación de Gerónimo contra el ejército norteamericano, en los años 1880, estaba fresca en la memoria subversiva- como la adscripción a un supuesto grupo con cierto grado de homogeneidad tuvieron su origen en los periódicos de la época, publicidad que los delincuentes explotaron en su propio beneficio, también lo es que adquirieron una relevancia notable y obtuvieron las simpatías de parte de la población, particularmente en los distritos del norte de París, Ménilmontant y Belleville, de donde eran originarios en gran parte, y que contribuyeron a la sensación de inseguridad que se extendió desde los arrabales hasta el mismo centro de la capital.

Teniendo en cuenta los condicionantes históricos de la época, y consideradas aparte de la simple actividad delictiva, el fenómeno apache poseyó al menos dos características que le dieron cierta singularidad. En primer lugar, la extensión a ciertos campos de la cultura popular: mientras se puso de moda cierto "estilo apache" -chaqueta gris o negra por encima de camisa o jersey a rayas, pantalón pata de elefante y cinturón rojo-, el mundo del music hall y de la cultura alternativa recogió la novedad inventando un baile apache y canciones y espectáculos enteros dedicados al fenómeno. Pero la característica tal vez más relevante fue la participación femenina, no tanto derivada del hecho de que el proxenetismo fuera una de las actividades principales de los malhechores como del papel activo en muchos de los delitos por parte de mujeres y su papel como abanderadas de un liberalismo en las costumbres que colisionó con la mentalidad de la época. Amélie Élie, una prostituta apodada Casque d'Or debido al color de su pelo y elevada al trono de los apaches, fue seguramente la mejor representante de esta facción femenina del fenómeno; sus Memorias, Mémoires de Casque d'Or, un documento de espeluznante realismo recogido por el periodista Henri Frémont, fueron publicadas  por entregas en el periódico Fin de Siècle a partir del 5 de de junio de 1902 y reeditadas en el volumen Chroniques du Paris apache (1902-1905) en 2008.

"¿Prostituta? ¡A fe mía que sí! Me he prostituido, a menudo, y ni siquiera me atrevo a prometer que no volveré a hacerlo. Es una cuestión de hábito, de entrenamiento. Dar el primer paso apenas cuesta, y los siguientes cuestan todavía menos."
Nacida en Orléans veintitrés años antes de la redacción de sus Memorias, con pocos años su familia se traslada a París. Víctima de abusos desde los nueve, pierde "el pequeño capital de una mujer" a los trece con un compañero tan fogoso como inexperto. Amélie parece refugiarse en la inocencia correspondiente a su edad, pero el hecho de la convivencia plena con su novio y la "desaparición" del relato de su familia parecen indicar poca disposición a la castidad.
"¿Es que acaso tiene una que esperar a que se le caigan todos los dientes para conocer el amor y pillar cacho?"
 Pero sus padres reaparecen, Amélie y su compañero son descubiertos, y ella recluida en un correccional. Pero el virus de la subversión ha enraizado en su organismo.
"Sin duda, yo no estaba bien de la cabeza: quemaba todas las etapas. No aconsejaría a ninguna chica que avanzase a una velocidad semejante: una sólo se lleva malestar en el vientre y dolor de cabeza."
Con este punto de partida, sucede lo que tenía que suceder, un descenso continuo a los infiernos arquetípico: sexo, alcohol, sordidez, malas compañías... Portadores del estigma del delito, de la marca de la transgresión, individuos a los que parece atraer cualquier forma de quebrantamiento, con una predisposición especial hacia la delincuencia y la criminalidad.

En este ambiente, Amélie entra en contacto con los apaches:

"Érase una vez en París, los apaches a gogó. Nunca se habían visto tantos. Por muy lejos que alcanzase la vista, uno no veía más que apaches. Las nubes de langostas que todos ustedes conocen no son nada a su lado. Los microbios del agua del Sena, aunque numerosos, no son nada a su lado. En fin, ¿cómo decirlo? Había montones, ¡montones de apaches!"
"Casada" con un cabecilla del hampa, un hombre de oscuras ocupaciones, Amélie se establece como "profesional", con un horario fijo y un lugar de trabajo establecido, chuleada por su marido. Según este acuerdo, cada uno se dedica a su trabajo, y el dinero es para él. No es más que una forma de pagar su "protección"; abreviando, proxenetismo puro y duro. Pero  una vez se ha entrado en este círculo vicioso es difícil salir: cuando el chulo se pone pesado y violento, exigiendo una recaudación mínima por día, por ejemplo, se impone buscar otro que proteja del protector. Y vuelta a empezar, y así indefinidamente hasta que algún accidente se lleve consigo a la organización. La vida de los bajos fondos para una prostituta de apenas veinte años, y con los apaches campando libremente, no es nada fácil.
"Bouchon se había marchado y Ballet había recibido su merecido, así que la vida volvía a sonreírme. Sí, señor, qué bien sienta volver a la vida cuando se viene de tan lejos... Sin duda, una puede sufrir los peores tormentos, ver esfumarse cualquier esperanza, pero he aquí que, un día, un coche nupcial se para delante de la puerta de tu casa para recogerte. Entonces, todo lo demás queda olvidado; una hace un hatillo con los malos días y los sufrimientos pasados, y lo envía todo a tomar viento. Entonces vuelven las risas, le entran a una las ganas de cantar, de ponerse a caminar a la pata coja y de dar besos a diestro y siniestro."
Posteriormente, Amélie es motivo de la disputa entre dos caciques de los apaches, altercado del que uno sale herido; aunque no se trataba únicamente de la posesión de una chica más o menos popular, con el añadido de prestigio que ello pudiera suponer, sino también de la pugna por el control de algunos distritos. El poder organizado en cascada, sistema por el que se regían los delincuentes, no permitía flaquezas en ninguno de los escalones, pues eso hubiese significado que el escalón inmediatamente inferior tomaría el control y el antiguo  titular perdería sus opciones, e incluso la vida. 

Memorias de Casque d'Or es el relato de "un cuerpo a cuerpo con el destino", de sus amores verdaderos y de sus decepciones más exasperantes, pero contado desde una primera persona sincera y espontánea: la falta de preparación académica para escribir, a pesar de contar con un asistente para la redacción, dota al relato de una proximidad y de una naturalidad que lo convierten en una verdadera y literal confesión. Amélie escribe sin artificio y su lenguaje directo y desprejuiciado sacrifica el estilo y la corrección a la veracidad: la fórmula estilística no existe; la contención en el lenguaje, tampoco. Las cosas son como son y con la crudeza de la realidad es como son escritas.


Por cierto, Amélie Élie se casó, esta vez oficialmente, en 1917 con un zapatero y regentó junto a él un negocio de mercería; murió a los 55 años.


Calificación: ***/*****
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