23 de junio de 2017

Agua, perro, caballo, cabeza

Agua, perro, caballo, cabeza. Gonçalo Tavares. Xordica, 2010
Traducción de Florencia Garramuño
Volver de vez en cuando a Tavares es para este lector como volver a encontrarse con un amigo al que hacía tiempo que no veía pero con respecto al cual ese lapso temporal no ha afectado en nada la amistad. Su obra publicada -si hacemos caso a sus declaraciones, existe un cajón en el escritorio de su estudio repleto de obras en proceso de maduración- es tan heterogénea que, probablemente, agotaría los adjetivos, pero uno de los más adecuados, que incluiría su ciclo "El Reino" (La máquina de Joseph Walser, 2004; Jerusalén, 2004; Un hombre: Klaus Klump, 2006; y Aprender a rezar en la era de la técnica, 2007) y este Agua, perro, caballo, cabeza (água câo cavalo cabeça, 2006) es "perturbador".

Con un estilo directo, todo acción, un lenguaje reducido a su mínima expresión y en un ineludible presente que se nos ofrece con toda su crueldad, Tavares esboza escenas en las que la violencia asume el control arrastrando a los desprevenidos protagonistas en un marasmo de sangre y de muerte. Riadas de odio inundan sus páginas -un odio frío, injustificado-, y la sombra de la venganza por una afrenta que ya nadie recuerda actúa como motor motivacional de personajes fronterizos con la más salvaje animalidad. Nada es peor que la falta de esperanza.

Agua, perro, caballo, cabeza es una lectura desasosegante como pocas porque se adivina la amenaza pero nunca se concreta: en este estado de permanente alerta, paradójicamente, es en el que nos encontramos más indefensos y somos más vulnerables. ¿Del lado de quién estás tú, lector? ¿Del inadaptado incapaz de encontrar su lugar en un mundo que se le revela como ajeno, o del de que dicta las normas y empuña la pistola? No, no es una elección tan fácil como parece porque el primero está sujeto a la voluntad del otro, pero ¿quién guía la mano de éste?

Ni siquiera la muerte trae el reposo ha quien ha vivido sin esperanza; su desgracia se acuesta a su lado, en el féretro, y es inhumada junto a él. Sobrevivirá a su carne y a sus huesos, y cuando abran la tumba para enterrar a un allegado, que traerá su propia desgracia colgada de su espalda, escapará en busca de otro individuo que, cuando sea encontrado, fruncirá el ceño al sentir una leve e instantánea molestia en el pecho.

Tal vez el más cuerdo sea el loco, encerrado en su silogismo erróneo pero sin hacerse preguntas, en su mundo a medida en el que no caben sorpresas inesperadas; tal vez sus espasmos, sus movimientos estereotipados, no sean más que intentos de mostrarnos nuestras carencias, avisos de las amenazas a las que estamos expuestos o rastros de la risa estentórea que le provocan nuestros miedos, nuestra fragilidad, nuestras preocupaciones, nuestro terror a la muerte. El loco, a diferencia de nosotros, no teme a la muerte porque sabe que él no morirá nunca; sucumbirá su cuerpo, se pudrirá su envoltura, pero su locura sobrevivirá para ponerse a la derecha de Dios Padre el Día del Juicio Final y susurrarle nuestro ineludible destino eterno.

Calificación: *****/*****

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