5 de junio de 2017

El cuento de la criada

El cuento de la criada. Margaret Atwood. Salamandra, 2017
Traducción de Elsa Mateo Blanco
¿Qué les sucede a todos los regímenes conservadores con el sexo? ¿Por qué todas las teocracias, paradigma y perfección del conservadurismo, abominan del sexo? ¿Por qué la procreación se considera un derecho divino y se aborrece del sexo? ¿Por qué esa fijación por la mujer como origen de todos los males? ¿Es una cuestión se eso que hoy se denomina, eufemísticamente, "género", o trasciende esa calificación para dispersarse entre todas las ideologías del resentimiento, feminismo incluido?

En cuanto al texto en sí, El cuento de la criada (The Handmaid's Tale, 1985, título posiblemente inspirado en Los Cuentos de Canterbury, aunque en la obra de Chaucer no figure ninguno llamado así): ¿qué puntos en común pueden rastrearse entre la lectura del texto a mediados de la década de los años 80 del siglo pasado, cuando su primera publicación -casi coincidente en el tiempo de ficción con 1984, novela con la que comparte multitud de elementos- y la que puede realizarse treinta años después, en la época de la omnipresencia mediática -pues su existencia no es una novedad: las teocracias son tan antiguas como la vida en sociedad, y los métodos de control, debido principalmente a su efectividad, no han sufrido grandes cambios; para muestra, el libro de la literatura occidental cuya acción se remonta más atrás en el tiempo, excluidas las teodiceas clásicas, cuya función no era doctrinal sino puramente literaria- de fenómenos como Boko Haram y la presidencia de Donald Trump?

Trascendiendo su aparente sencillez -el efecto de esa primera persona narradora es un punto fundamental del texto; volveré sobre ello-, Atwood no da puntada sin hilo; para ejemplo, el escenario inicial: un complejo deportivo, un lugar donde se controlaba a las masas con una sabia mezcla de agresividad y represión, la válvula de escape de la violencia redirigida y puesta bajo el control de la autoridad; aunque también, en el sistema educacional de los EE. UU. de América, escenario de los primeros intentos  de encuentros sexuales en la explosión hormonal de la adolescencia. El mensaje ultraconservador del cambio de uso del recinto deportivo es de una fuerza extraordinaria, apoyada en la sequedad retórica y precisión puntillista de la narradora, que consigue crear un clima claustrofóbico con la mera descripción de algunos escogidos elementos que componen las salas del complejo.

El planteamiento de un narrador que participe en la acción -me resisto a llamarle protagonista porque el texto cede el protagonismo a la sociedad, aunque la visión del lector sea a través del punto de vista de Defred- reduce la perspectiva pero concentra la mirada y permite una percepción con un detalle minucioso; además, tener la información de primera mano acerca de las reflexiones de la narradora favorece la implicación del lector en una trama singular. 
"Es imposible contar una cosa exactamente tal como ocurrió, porque lo que uno dice nunca puede ser exacto, siempre se deja algo, hay muchas partes, aspectos, contracorrientes, matices; demasiados detalles que podrían significar esto o aquello, demasiadas formas que no pueden ser totalmente descritas, demasiados aromas y sabores en el aire, en la lengua, demasiados colores."
Parecen asomar vestigios de neurosis en las minuciosas descripciones de objetos, no tanto en los propios como en los que pertenecen al hogar del Comandante; es un detalle que revelaría -esto es especulación- un déficit de socialización, de interacción con sus semejantes, al tiempo que la sujeción forzada a estructuras educativas y de poder de carácter totalitario. Debe tenerse en cuenta que Defred no está "escribiendo una novela" sino desarrollando, enumerativamente, una serie de hechos que le sucedieron y que está registrando, como sabremos con posterioridad, en condiciones adversas.
"Me sumerjo en mi cuerpo como en una ciénaga en la que sólo yo sé guardar el equilibrio. Mi territorio es un terreno movedizo. Me convierto en el suelo en el que aplico el oído para escuchar los rumores del futuro. Cada punzada, cada murmullo de ligero dolor, ondas de materia desprendida, hinchazones y contracciones del tejido, secreciones de la carne: son signos, son las cosas de las que necesito saber algo. Todos los meses espero la sangre con temor, porque si aparece representa un fracaso. Otra vez he fracasado en el intento de satisfacer las expectativas de los demás, que han acabado por convertirse en las mías."
Es mediante esas aparentemente asépticas descripciones, y con algunos falsos sobreentendidos, que se despliega ante el lector la especificación de la sociedad de la República, pero Defred ha vivido una época anterior a Gilead  ("cerro del testimonio", Gen 31:21), con lo que su visión actúa como contraste entre ese pasado y el presente:
"Éramos una sociedad en decadencia, con demasiadas posibilidades de elección."
Defred ha vivido la etapa anterior de la República de Gilead; por tanto, ese contraste puede ser relatado en primera persona. No es el lector el que debe percibir las diferencias con su propia época y situación personal -y arriesgarse a que su visión sea prejuiciosa- porque ese juego de contrastes ya lo realiza la narradora. Con referencia a la congruencia intrínseca de la novela, la opción de Atwood es pertinente: las referencias se localizan en la propia novela, que a estos efectos conforma un sistema cerrado y autosuficiente.

Recordar el pasado, antes de Gilead, recrearse en él, es el único modo de escapar de un presente por lo demás ineluctable. Pero no es una huida sin consecuencias: esos momentos, los que hubiera de felicidad, son como dardos que se clavan en las espalda, a traición, porque evidencian la caída y hacen más insoportable la situación actual. Su efecto benéfico tiene tanta fuerza que llegas a pensar que un día despertarás y te encontrarás de nuevo en él; pero también pude convertirse en una pesadilla, en ese lugar soñado al que no podrás acceder jamás; como todo sueño, se rige por sus propias reglas, y ni el azar ni la voluntad pueden conseguir transgredirlas.

El formato "cuento", calificativo otorgado al texto por la narradora -y también por la autora: "si sólo es un cuento parece menos espantoso"- en contraposición a "la realidad", alude a que el cuento es siempre una historia de ficción que alguien desarrolla ante alguien, sobre la que tiene el control absoluto, cuyos personajes son imaginarios y las situaciones arquetípicas.
"Si esto es un cuento que estoy contando, puedo decidir el final. Habrá un final para este cuento, y luego vendrá la vida real. Y yo podré retomarla donde la dejé."
Esa intención actúa notablemente sobre el hecho de la fidelidad de la narración, aunque sea un cuento. La inventiva suple a la memoria, pero cuando se está seguro de que las cosas no fueron como se cuentan, ¿cuál es la preferencia? ¿Se miente conscientemente o sin intención? ¿Se quiere engañar al interlocutor, dando una imagen que excuse las propias faltas? ¿O se pretende engañar uno mismo para salvar las incongruencias? ¿Hasta qué punto este autoengaño se erige en sistema de autodefensa? ¿O de justificación, cuando Defred ya no esté, ante ese ser al que se dirige, en un futuro condicional, para limpiar su imagen y para que no tenga nada que reprocharle?

La represión puede tomar varias direcciones, aunque una de las más terribles es cuando se manifiesta en los actos más cotidianos como en el simple hecho de salir a la calle o ir a hacer la compra, convirtiendo esas rutinas en acciones que pueden entrañar riesgos aunque, como saben bien todos los regímenes autoritarios, la poca concreción de las normas y la dificultad por saber si se están transgrediendo o no, los convierten en verdaderas pruebas de templanza.

En una sociedad reglamentada, la rutina -las rutinas- es la norma: toda situación debe estar prevista y tener su reacción tabulada para no dejar nada a la improvisación, que significaría que existe algún grado de libertad. La Norma beneficia a todos: las autoridades no tienen necesidad de interpretar las leyes y así evitan que puedan ocurrir diferencias de criterio entre quienes las aplican que podrían explicitar grietas por las que los administrados podrían escapar al control. Para éstos, la regulación extrema facilita el cumplimiento de las normas de forma prácticamente automatizada: no pueden alegar ignorancia pues la Norma está inscrita en lo más profundo de la sociedad y, por extensión, de su mente, pero tampoco tienen que decidir, la Norma evita la duda. Por esa razón, el peor escenario que puede encontrarse un súbdito es aquel en el que tiene la posibilidad o la obligación de tomar una decisión.

Texto desasosegante, como todas las distopías, cuyo principal virtud, más que la trama en sí, es una impecable y determinante narradora en primera persona magistral. Enhorabuena a los editores por poner otra vez en circulación este texto fundamental y, por lo que parece, por su intención de poner, por fin y con garantía de continuidad, a disposición del lector en castellano la obra de Margaret Atwood, una autora fundamental de la literatura anglosajona contemporánea.

Calificación: ****/*****

Otros recursos referentes a la autora en este blog:

Notas de Lectura de Por último, el corazón
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