16 de julio de 2018

Para que no te pierdas en el barrio

Para que no te pierdas en el barrio. Patrick Modiano. Editorial Anagrama, 2015
Traducción de Mara Teresa Gallego Urrutia
La memoria, París, la ocupación y, en menor medida pero con presencia constante, el azar: ese es el armazón sobre el que Patrick Modiano levanta la práctica totalidad de su producción narrativa, que a estas alturas alcanza la treintena de novelas. Obra que mereció la concesión del Premio Nobel de Literatura en 2014, adjudicación no exenta de cuestionamiento, al menos hasta que se anunció el ganador de la convocatoria de 2016.

Otra de las controversias, sobre todo después de ser laureado, es la recriminación de que Modiano escribe siempre la misma novela; es una cuestión más de ansia de protagonismo de la crítica y de poca preparación de gran parte de la comunidad lectora -o leedora-, porque la perspectiva correcta  muestra claramente lo erróneo de esa crítica: no es que el francés escriba distintas versiones de una misma novela sino que los textos de Modiano compondrían, si acaso, diferentes capítulos de una única novela. Además, a medida que va buceando en el pasado, sea el propio o el ajeno, esa cuestión es irrelevante, cada obra se convierte en una pieza de un rompecabezas que viene a rellenar los espacios vacíos que el mismo autor ha ido dejando a lo largo de su producción, unos espacios que se materializan precisamente al encontrar la pieza faltante.

Aunque la calificación de "autor proustiano" es una atribución cuestionable -el papel de la memoria involuntaria, eje de la obra del parisino, es ínfimo en Modiano; y en el aspecto formal, su estilo es justo el opuesto-, es cierto que la fijación obsesiva por el pasado -sí podría hablarse, con propiedad, de una "búsqueda del tiempo perdido" en el sentido proustiano- le acerca a aquel de forma incuestionable, igual como lo hace ese inequívoco carácter francés de su literatura que hunde sus raíces en los grandes clásicos del siglo XIX.
"No había escrito ese libro sino con la esperanza de que ella diera señales de vida. Escribir un libro era también para él hacer luces o enviar señales de morse a algunas personas de quienes no sabía qué había sido. Bastaba con sembrar sus nombres al azar de las páginas y esperar a que diesen por fin noticias suyas [...]. No había entendido nunca eso de introducir en una novela a una persona que hubiese sido importante en la vida de uno. En cuanto se colaba de rondón en la novela igual que se pasa al otro lado de un espejo, se te iba de las manos para siempre. Nunca había existido en la vida real. La habías reducido a la nada... Había que hacer las cosas de forma más sutil."
Para que no te pierdas en el barrio (Pour que tu ne te perds pas dans le quartier, 2014), se estructura a través de tres escenarios temporales: la infancia del protagonista, una época cuyos recuerdos son confusos y con respecto a la mayoría de los cuales aquel duda si son realmente recuerdos, ficciones o simplemente sueños; 
"Debe de ser, se decía con frecuencia, que los niños nunca se hacen preguntas";
una etapa intermedia, unos quince años después, en plena juventud, cuya reminiscencia, imprecisa e inexplicable, es incapaz de fijar porque adolece de congruencia tanto con la de su infancia como la que correspondería a su edad adulta;
"Muchos años después, intentamos resolver enigmas que no lo eran en su momento y querríamos descifrar los caracteres medio borrados de una lengua demasiado antigua cuyo alfabeto ni siquiera conocemos";
y el tiempo actual, a las puertas de la vejez, cuando gracias a la casualidad y a la reaparición de algunos fantasmas del pasado, se está en disposición de reconstruirlo mediante el hallazgo de las respuestas a las preguntas que uno lleva formulándose toda la vida: la construcción de los recuerdos propios mediante los recuerdos de los demás.
"Dragane iba anotando sobre la marcha en la libreta las palabras del doctor. Era como si este fuera a revelarle el secreto de sus orígenes, todos esos años del comienzo de la vida que se nos han olvidado, con la excepción de un detalle que, a veces, sale a flote desde las profundidades, una calle que cubre una bóveda de hojas, un perfume, un nombre familiar, pero que ya no sabemos a quién pertenecía, un tobogán." 
¿En qué momento podemos considerar que la memoria trabaja con la fidelidad requerida? ¿Cuando nos facilita un recuerdo o cuando nos hace evidente una laguna? Una persona, un lugar, un hecho, disparan el recuerdo de una relación, un viaje o un suceso, brindando su grano de arena para la reconstrucción del pasado, pero su contribución es exigua en relación con los espacios vacíos, inmensurables, que esos recuerdos ponen en evidencia.
"A lo mejor se equivocaba al bucear en aquel pasado lejano. ¿Para qué? Llevaba muchos años sin acordarse de él, de forma tal que aquella temporada de su vida, al final, la veía como a través de un cristal esmerilado. Se filtraba por él una claridad imprecisa, pero no se distinguían las caras ni tampoco las siluetas. Un cristal liso, algo así como una pantalla protectora. Quizá había llegado, gracias a una amnesia involuntaria, a protegerse definitivamente de aquel pasado. O, si no, sería el tiempo el que había atenuado los colores y las asperezas excesivos."
Esos agujeros en la estructura son el punto de partida de Para que no te pierdas en el barrio: en una libreta de direcciones, destinada a recordar la ubicación y número de teléfono de personas con las que se ha mantenido algún tipo de relación -la entrada por orden alfabético revela su utilidad: recordamos el nombre pero no los datos asociados-, aparece un nombre que no reconocemos y del que, por tanto, poseer su dirección y teléfono es paradójicamente inútil.
"Se sentó en un banco y se sacó la libreta del bolsillo. Se disponía a romperla y desperdigar los pedacitos en la papelera de plástico verde, junto al banco. Pero titubeó. No, lo haría dentro de un rato, en su casa, con total tranquilidad. Hojeó distraídamente la libreta. Entre esos números de teléfono, ni uno que le apeteciera marcar. Y además en los dos o tres números que faltaban, en los que habían tenido importancia para él y aún se sabía de memoria, ya no contestaría nadie."
La metáfora viene servida en bandeja: la libreta de direcciones, con sus lagunas y su incompletitud, puede asociarse al mecanismo de la memoria, y su contenido, nombres, direcciones y teléfonos, a los recuerdos. Pero esa correspondencia, en manos de Modiano, no es tan sencilla porque la libreta no es un objeto estático sino en permanente actualización; al mismo tiempo, su contenido también puede estar en continua transformación. Son esas inestabilidades, sus opciones y desviaciones las que, esquematizadas en un caso concreto y literaturalizadas en forma de trama novelesca, la materia con que Modiano construye una de sus novelas más fascinantes.
"Una picadura de insecto, poca cosa al principio, y cada vez nos duele más y, pronto, una sensación de desgarro. El presente y el pasado se confunden y parece algo natural porque solo los separa un tabique de celofán. Bastaba con una picadura de insecto para agujerear el celofán."
Además de su volubilidad, la memoria es un proceso que avanza a su ritmo y al que no se puede pedir que trabaje por encargo; una vez desencadenado, progresa por un camino desconocido y puede acabar evocando recuerdos asociados al que se desea recuperar, dejando a este, sin embargo, en la oscuridad más absoluta. Jean Daragane, el protagonista de Para que no te pierdas en el barrio se ve imposibiliado de recordar quién ese Guy Torstel, el enigmático nombre que figura en su libreta de direcciones, pero cuando se entera de algunas de las situaciones del pasado que tuvieron que ver con ese desconocido, es perfectamente capaz, en una primera versión nebulosa e imprecisa, de recordarlos.
"[...] en los períodos de cataclismo o de desvalimiento espiritual, no queda más recurso que buscar un punto fijo para guardar el equilibrio y no caerse por la borda. Los ojos se detienen en una brizna de hierba, en un árbol, en los pétalos de una flor como si se aferrasen a un salvavidas. Ese carpe -o ese tiemblo- tras el cristal de la ventana lo tranquilizaba. Y, aunque eran casi las once de la noche, lo reconfortaba su presencia silenciosa."
Sin embargo, la lectura de unos documentos a los que accede por lo que parece fruto del azar, la libreta perdida, el hombre que la encuentra por casualidad y que, de forma desinteresada, lo busca para devolvérsela, le desvelan aquello que tal vez desearía no haber recordado jamás -como decía antes, la memoria no puede conducirse, toma su camino de forma discrecional y, una vez en marcha, es imposible de detener-: la relación de Torstel con su madre; relación proveniente de un pasado enterrado en el olvido pero hacia el que el hombre que le devolvió la libreta parece tener un inusitado interés.
"No podía apartar los ojos de esa foto y se preguntó por qué se le había quedado olvidada entre las hojas del "dossier". ¿Era algo que le resultaba molesto, una pieza de convicción, como se dice en lenguaje jurídico, y que él, Daragane, había querido apartar de la memoria? Notó algo así como un vértigo, un cosquilleo en la raíz del pelo. Aquel niño, que decenas de años colocaban a tanta distancia que lo convertían en un extraño, no le quedaba más remedio que reconocer que era él."
Algunas veces, años después del hecho, y por primera vez, puede presentarse de forma súbita un recuerdo que, con una frescura negada al pasado, puede parecer un recuerdo nuevo; algún mecanismo inconsciente lo ha mantenido oculto, a saber por qué razón, o simplemente no se han dado las condiciones adecuadas y necesarias para su evocación. El efecto más insólito de esa invasión suele ser la modificación que puede representar en el recuerdo conjunto de un episodio del pasado la forma en que puede cambiar una concepción establecida a lo largo de los años hasta convertirla en irreconocible o hasta tener que revisar la incuestionabilidad de nuestros propios recuerdos.
"¿Por qué hay personas cuya existencia no sospechábamos, con quienes nos cruzamos una vez y a quienes no volveremos a ver y que desempeñan en nuestra vida, entre bastidores, un papel importante?"
Hurgar en el pasado es un trabajo infructuosos si no es para buscarse a uno mismo, haciendo que ese conjunto de recuerdos sea como esa hoja, que le daba la misteriosa mujer a aquel niño que insistía en pasear por los alrededores, con las señas de su domicilio, cuyos cuatro pliegues recogían una copia de la llave, y cuya cara a la vista llevaba, en letras grandes, el aviso que decía "para que no te pierdas en el barrio."
"Acabamos por olvidarnos de los detalles de nuestra vida que nos resultan molestos o demasiado dolorosos. Basta con hacerse el muerto y quedarse flotando suavemente en la superficie de las aguas profundas, con los ojos cerrados. No, no siempre se trata de un olvido voluntario, le había explicado un médico con el que había trabado conversación en el café, en los bajos de los bloques de edificios de la glorieta de Le Graisivaudan. Por cierto que el hombre aquel le había regalado un librito que había publicado en Les Presses Universitaires, El olvido."
Calificación: *****/*****

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