28 de abril de 2017

Poema

Poema. Rafael Argullol. Acantilado, 2017
“Éstas, azaroso lector, son palabras
de un hombre que vivió
a finales del siglo XX y principios del XXI.
Era casi imposible que llegaran a ti,
carne de extravío y olvido.
Pero han llegado, por un milagro del tiempo,
y ahora que las tienes ante ti
léelas con libertad, sin prejuicios,
no juzques precipitadamente a un antepasado
que se encontró entre los vivos hace tantos años.
No lo condenes, azaroso lector:
tú podrías haber sido él, y él, tú.
Sus pasiones, sus errores
no eran tan diferentes a los tuyos, y sus esperanzas, tampoco.”
Comúnmente  aceptada su definición como obra poética, de mayor o menor extensión, en verso, cabe recordar que el vocablo "poema" procede, etimológicamente, del latín poema y éste del griego clásico poeima, que se refería a algo "que se había producido, hecho"; la misma raíz ha dado lugar a las palabras "poesía" y "poeta", pero también a "epopeya", como corresponde a las primeras obras narrativas de la tradición clásica, en las que, por diversas razones que sería prolijo explicar, son a la vez "poesía", "poema" y "epopeya" en una época en que la distinción entre "poesía" y "prosa" no era relevante: no sólo la Ilíada y la Eneida, dos obras incuestionablemente narrativas, están escritas en hexámetros dactílicos, sino incluso De rerum natura, el primer intento de comprensión racional del mundo y, por tanto, obra de exclusivo contenido filosófico (después de Montaigne lo podríamos calificar sin rubor de "ensayo"), está escrito en forma de "poema" de carácter didáctico. Es precisamente en esa múltiple acepción de ensayo, epopeya y relato en la que debe encuadrarse el trabajo de Rafael Argullol.

Poema es el producto del propósito de escribir diariamente un texto a lo largo de tres años; podría considerarse, tanto a tenor de la intención como del resultado, un reportaje de lo que le sucede alrededor del escritor durante esos 1.097 días, del 1 de enero de 2012 al 1 de enero de 2015, y esa sería una razón suficiente de interés, pero lo que lo convierte en un texto imprescindible es el retrato que consigue de lo que sucede en el escritor, esos procesos, que no sucesos, irrepetibles, irreplicables y difícilmente comunicables. La lectura de Poema trasciende la anécdota y, a diferencia de otros textos de Argullol como Visión desde el fondo del mar, igualmente encomiables, permite ver, a quien se lo proponga, el rostro del hombre que queda usualmente oculto tras la máscara del escritor. Ante el dilema clásico, Argullol integra ambos términos: Poema es, a la vez, la escritura y la vida.

Si toda traducción deja por el camino parte del contenido inicial, la traducción de la experiencia al escrito no es menos infiel; acostumbramos a leer libros en los que esa pérdida es irrelevante; en el caso de Poema, la mayor satisfacción que conlleva su lectura reside, precisamente, en descubrir el contenido de ese décalage. A fe que es un cometido laborioso e ímprobo, pero el resultado del ejercicio, incluso aunque el intento acabe en fracaso, es un placer que muy pocos libros nos hacen accesible.

Es cierto que Poema destila un aire pesimista; los sucesos a los que asiste el autor, aunque raramente detallados, pueden ser parte de la causa; tal vez, también, la mirada desde la edad avanzada, en años y en experiencias, hacia un pasado, como todos, con sus claroscuros, pero con el recuerdo de haberlos vivido conscientemente. Sin embargo, se trata de un pesimismo ilustrado, racional que, sin negar el dolor, se aleja del nihilismo para, paradójicamente, abrazar un sereno vitalismo filosófico.

Se hacen presentes, a lo largo de esas intervenciones, una multiplicidad de conceptos cuyo análisis desborda la intención de estas breves Notas de Lectura y que debería quedar en manos de voces más autorizadas; sin embargo, y tal vez por afinidad personal, me gustaría dejar constancia de dos en concreto. En primer lugar, la fragilidad: tal vez no es la derrota, pues lleva consigo la aceptación de un desafío en el que no hemos resultado victoriosos pero del que nos queda el consuelo de haber combatido, la peor de las renuncias, sino el definitivo e irrevocable reconocimiento de nuestra inconsistencia. Y, por otra parte, la ausencia: ese ser monstruoso hecho de vacío, compuesto por todas las personas que no hemos sido, por todos los amigos que no hemos tenido, que nos tiene encerrados en todos los momentos que no hemos vivido, en los dolores que no hemos padecido, en todas las muertes que no hemos sufrido; los recuerdos que jamás poseeremos y que, desafortunadamente, nunca podremos olvidar; el enigma que no se prestará a su resolución; la ausencia por decisiones no tomadas, por caminos no recorridos, por encrucijadas evitadas.

Algunas veces exigimos libros que afecten a nuestra mirada y, como consecuencia, que nos abran nuevas perspectivas en nuestra visión del mundo y de nosotros mismos. Poema cumple a la perfección con ambas demandas.

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