29 de julio de 2016

El aldeano de París

El aldeano de París. Louis Aragon. Errata Naturae, 2016
Traducción de Vanesa García Cazorla
"Forzad hasta el límite la idea de la destrucción de las personas y sobrepasad este límite."
Los lugares físicos, aparte de unas coordenadas que localizan su posición en un sistema bidimensional que toma como referencia la superficie terrestre y una serie de puntos fijos de relación, aunque imaginarios, fruto de la convención, poseen también otros puntos alusivos  personales e intransferibles. Una de estas dimensiones inasibles es la metafísica de los lugares, las conexiones del sitio en cuestión con nuestra conciencia, el conjunto de recursos puestos en marcha por la coincidencia espacio-temporal entre el lugar y la mente que lo visita, a partir de cuya primera evocación actuarán como nexo inmaterial entre el uno y la otra, y su implantación será de tal calibre y fuerza que, desaparecido el lugar, su sola evocación disparará el nexo y lo traerá al presente como si su realidad física siguiera vigente.

Galeria del Barómetro, una de las tres que componían el Pasaje de la Ópera
Fuente: 
https://fr.wikipedia.org/wiki/Passage_de_l%27Opéra
La modernidad de la que quiso hacer gala el Segundo Imperio, apoyada tal vez en otras motivaciones que nada tienen que ver con el urbanismo, acabó con las galerías cubiertas que conectaban los bulevares, los pasajes, tal vez el último reducto funcional de origen medieval en una ciudad que a golpes a progreso fue reescribiendo la historia de la que nunca pudo ser metrópolis imperial pero sí que aspiró a capital del mundo.

Tomando como ejemplo el pasaje de la Ópera, aledaño al Boulevard Haussmann, la apertura del cual supondrá la desaparición de aquél y cuyo rastro borró el edificio, aún en pie, de las Galerías Lafayette, Aragon ofrece una relación, minuciosa y detallada, de todos los establecimientos que albergaba, indagando acerca de sus propietarios, sus empleados, sus cometidos públicos y sus secretos, en una suerte de estudio antropológico previo a la extinción de una tribu.
"Me olvidada, pues, de decir que el pasaje de la Ópera es un gran ataúd de cristal, e igual que la misma albura divinizada desde los tiempos en que se la adoraba en las afueras de Roma, sigue presidiendo allí el doble juego del amor y la muerte, Libido, que, hoy en día, ha elegido como templo los libros de medicina y que deambula seguida del perrito del señor Freud. En esas galerías de cambiantes fulgores que van del resplandor sepulcral a la sombra de la voluptuosidad, contemplamos a deliciosas jovencitas rindiendo culto al amor y a la muerte con provocadores movimientos de caderas y los agudos recovecos de su sonrisa. Entren en escena, señoritas, entren en escena y desnúdense un poco..."
La claridad y diafanidad del boulevard es el entorno perfecto para los paseos burgueses, el escenario de la vida en público, el reino de la apariencia, el lugar perfecto no tanto para ver como para ser visto, una enzima que desata la globalización del buen gusto; el Boulevard Haussmann es el intento de traslado del Boulevard Saint-Germain a la orilla derecha, al París orgullosamente moderno pero incapaz de renunciar a la mítica. El passage, en cambio, es el lugar de la penumbra, del disimulo, de la máscara; residencia permanente del verdadero pulso de la vida que supo transformar su original naturaleza de simple lugar de paso en domicilio de negocios de dudosa moralidad, incógnita viabilidad e inexistente competencia, una suerte de catacumbas a rez de chaussée a las que se acude con la esperanza de no ser visto y que, sin embargo, contiene la vida en su máxima expresión.
"El Hotel des Ventes permite que parte de sus pasiones se filtre por el cedazo del pasaje de la Ópera. Pero la obsesión transforma a quienes de allí huyen, y cuando estos nerviosos jugadores, estos desasosegados centinelas se adentran en este antro, siguen exhibiendo en sus rostros el llameante reflejo de las pujas: mientras avanzan por estas galerías encantadas, se dejan seducir por el sortilegio del lugar y, paulatinamente, se convierten en hombres."
Los bulevares representan la seguridad: no contienen en su seno ninguna posibilidad de sorpresa, todo es según lo previsto, lo planeado, lo racional, no caben en ellos amenazas ni enfrentan a desafíos; los pasajes, en cambio, son imprevisibles, mutantes, la sorpresa es su razón de ser.
"Por más que lo desconocido sea terriblemente tentador, aún más lo es el peligro. Con todo, en su desdén por los instintos del individuo, la sociedad moderna se obstina en eliminar tanto el uno como el otro: con toda seguridad, en nuestro entorno ya no existe lo desconocido sino para aquellos cuyo corazón es propenso al arrobamiento; en cuanto al peligro, no hay más que ver cómo, día a día, todo se vuelve más inofensivo."
No se trata, en definitiva, más que del eterno combate entre la razón y la improvisación. Los bulevares son la realidad, o como dice Aragon, la rea-li-dad; los pasajes, la imaginación. Es precisamente de esta dicotomía, de la imposibilidad de trascenderla por otras vías, de donde Aragon hace engendrar el concepto que la superará:
"El anodino pretexto de la literatura les permite ofreceros, a un precio que desafía a todo competidor, ese fermento mortal, y es que ya ha llegado el momento de que su uso se generalice. Es el genio embotellado, la poesía en lingotes de oro. Comprad, comprad la condena de vuestra alma, por fin os perderéis. He aquí la máquina que desencadenará la zozobra de vuestro espíritu. Anuncio al mundo esta noticia de primordial trascendencia: un nuevo vicio acaba de nacer, una nueva fuente de vértigo para el hombre: el Surrealismo, hijo del frenesí y la sombra. Entrad, entrad, aquí comienzan los reinos de la instantaneidad."
La descripción de los diferentes lugares y establecimientos del pasaje le sirven a Aragon para imaginar historias que, mezcladas con la evidencia y con su propia experiencia del lugar, constituyen un verdadera manual de supervivencia del flâneur, ya que, a diferencia de los bulevares, los pasajes pueden satisfacer todas las necesidades del paseante: dormir, comer, bañarse, beber, encontrarse con sus amigos en multitud de opciones de entretenimiento, afeitarse, proveerse de ropa, lustrarse los zapatos y también conseguir sexo de pago a escoger entre una variada oferta.

Diseño original del Parc Buttes Chaumonthttp://paris1900.lartnouveau.com/paris19/les_buttes_chaumont.htm
Pero el censurado Haussmann no fue sólo el responsable de la destrucción de los pasajes: en su haber, aunque no pueda alegarse como contrapartida, se debe anotar la idea, aunque llevada cabo por un arquitecto y un jardinero, también por orden de Napoleón III, del Parc des Buttes-Chaumont, una isla verde situada al noreste de París, una verdadera invasión de la Naturaleza, aunque domesticada, en plena capital. A diferencia del resto de zonas ajardinadas o boscosas de París, destacan su orografía, con varios desniveles, y la predominancia de las líneas curvas.
"Con frecuencia han llamado mi atención las diversas rarezas del estilo de vida de los hombres. El hecho de que reproduzcan sobre lienzos aquello que captan sus ojos y, especialmente, el mar, las montañas, los ríos. O que viajen. O que les gusten los jardines."
Nuestro estado de ánimo influye tanto en la percepción de todo aquello que nos rodea que es capaz de juzgarlo como beneficioso o perjudicial en función de aquél. Es posible que existan razones filogenéticas por las que asociamos un determinado lugar a un particular estado de ánimo, o tal vez se trate sencillamente de razones culturales, pero ninguna de las dos opciones puede negar el efecto que ejerce la naturaleza sobre nuestra mente, incluso a nivel meramente evocativo.
"Algunas palabras entrañan imágenes que van más allá de la representación física. El Buttes-Chaumont hizo que germinara en nosotros un espejismo, uno provisto de todo lo tangible de esta suerte de fenómenos, un espejismo del que los tres tuvimos una percepción común. Toda nuestra negrura se disipó ante una inmensa y cándida esperanza. Por fin íbamos a destruir el tedio, ante nosotros se abría una caza milagrosa, un terreno para la experimentación en el que resultaba imposible que no nos asaltaran mil sorpresas y, ¿quién sabe?, tal vez una revelación que transformaría nuestras vidas y destinos."
La naturaleza es un marco tan potente que se rige por unas leyes en las que el ser humano no puede intervenir, como no sea para destruirlo; tan intenso que ni siquiera las leyes humanas tienen jurisdicción sobre él. No es extraño que sea en este ámbito socialmente anárquico donde André Breton, Marcel Noll y Louis Aragon, destacados miembros del movimiento surrealista, se encontraran a sus anchas, pues en la naturaleza podían reclamar la libertad imprescindible para poder experimentar las nuevas formas artísticas y librarse de las limitaciones de la ciudad, demasiado marcada por su pasado decimonónico.

Y también la noche, absoluta, se transforma en un estado mental en el que la ocultación toma el timón de los sucesos y abre las posibilidades a lo inesperado. Lo mismo sirve para el enmascaramiento de los amantes furtivos que desean mangtener un atisbo de anonimato cuando nada oculta la intimidad de sus cuerpos, como para cobijar el último ansia de aventura y ofrecer otra oportunidad a lo no planeado, es decir, la rotura de la monotonía.
"Los hombres viven en medio de precipicios mágicos sin ni siquiera abrir los ojos. Manejan inocentemente símbolos negros, sus ignorantes labios repiten, sin saberlo, terribles encantamientos, fórmulas semejantes a los revólveres."
El tercer elemento, resultado de la acción de la naturaleza sobre la mente del individuo en combinación con la oscuridad, el tercer punto de apoyo tan determinante como los anteriores, es el sueño, es decir, la ensoñación, el estado totalmente libre -tanto, al igual que la naturaleza, que se rige por sus propias leyes y en el que las normas humanas no tienen jurisdicción y en el que la imaginación toma el mando- en el que la re-creación encuentra terreno abonado, y también uno de los estados en los que el surrealismo basa gran parte de su programa tanto artístico como vivencial.
"A mi juicio, las conquistas del espíritu no significan nada en absoluto. Buscadores de toda suerte, ¿qué hacéis sino una repugnante apología de los sentidos? Algunas veces creí en nuevas purezas. Acerqué mis labios a aquellas nieves. Frutos, lucencias fundentes, juventudes, aguas quejumbrosas, bosques. Un único lazo ilusorio me une a tu trineo, perfume del mundo: te deslizas y, en las curvas, tus vuelcos se asemejan a una bandada de pájaros alzando el vuelo. Ante esa cruz conmemorativa de un accidente del pensamiento, insisto: las conquistas del espíritu no significan nada en absoluto."
La dialéctica orden-desorden es un engaño del que se ha aprovechado incluso la religión -el caos primigenio es ordenado por la Creación: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo." (Génesis, 1:1-2)-. 
"La idea de Dios, al menos su introducción en la dialéctica, no es más que un signo de la pereza del espíritu. Comoquiera que, en una primera fase, esta idea se alzaba para obstruir cualquier dialéctica verdadera, y que, en la segunda, reaparecía por otra enrevesada vía similar, podemos ver lo sencillo que resulta divinizar el orden que sigue al desorden, o reunir estas dos ideas en la noción de Dios en el curso de su evolución."
Un sistema ordenado es un sistema cerrado, concluso, en equilibrio, en el que cualquier aportación es imposible ya que se trata de un sistema finalizado. El desorden, an cambio, en permanente desequilibrio, es un sistema abierto a aportaciones y sometido a la dinámica del cambio.

El Aldeano de París (Le Paysan de Paris, 1926) es a la vez la recreación de un París muy concreto pronto a desaparecer en aras de la Modernidad, un libro de memorias y de confesiones, y un resumen y justificación de los principios del surrealismo; un texto meritorio y sumamente interesante, y mucho más moderno y vigente de los que parecería por su edad.

Calificación: ****/*****
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