22 de junio de 2016

Vanitas vanitatis...

Eugènia Broggi, editora de l’Altra Editorial, acaba de situar como ganadores del Premi Llibreter 2016, un premio que conceden los libreros agremiados de Cataluña, a dos de los títulos publicados por su editorial este año: “Manual de dones de fer feines”, de Lucia Berlin (edición en castellano por Alfaguara: “Manual de mujeres de la limpieza”), en la categoría de novela traducida, y “Germà de gel”, de Alícia Kopf, en la categoría de novela en catalán. En sus declaraciones a la prensa con motivo del galardón, Eugènia ha tenido la amabilidad de citarme como prescriptor; efectivamente, en cuanto leí el original pensé que podía ser un título adecuado a la línea editorial de L’Altra, y así se lo dije; ella lo leyó, lo mandó traducir y lo publicó.
Aparte de que el mérito es absolutamente suyo por haber apostado, aunque en este caso fuera una apuesta segura, por el título y a pesar de que L’Altra es una editorial independiente de pequeño formato aunque de gran ambición, es agradable para la vanidad de un lector el reconocimiento de una editora con la amplia experiencia de Eugènia, curtida en grandes grupos mediáticos y con un criterio editorial indiscutible.
Sin embargo, me gustaría pensar que esa mención -aunque uno se sienta raro al ver su nombre en los papeles, y más por una buena causa- debe ser compartida con la mayoría de compañeros de profesión, libreros vocacionales de todas las edades, algunos con experiencia de años y otros con la ilusión de la juventud, igual desde grandes y prestigiosas librerías como desde pequeños despachos de libros en estancos, papelerías y tiendas de barrio o de pequeñas poblaciones, y aunque sean el eslabón más débil de lo que se ha llamado “cadena del libro”, siguen leyendo, escogiendo, filtrando y recomendando aquellos libros que les han gustado o aquellos que creen que gustarán a un determinado lector. Este es un trabajo retribuido con parquedad, pero esa moderación retributiva tiene la ventaja de que solamente lo desempeña quien quiere, quien le gusta, quien así lo decide. Y el hecho de que de este trabajo puedan aprovecharse en gran medida los lectores que piensan que comprar un libro es un acto social y no tres clics en una pantalla, y, ocasionalmente, algunos editores, igualmente vocacionales, constituye una retribución extraordinaria a la que ninguno de estos libreros estamos dispuesto a renunciar. Cuando reivindico mi profesión, y lo hago con frecuencia, no reivindico solamente mi trabajo, sino a todos nosotros.

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