29 de junio de 2016

Los monstruos que ríen

Los monstruos que ríen. Denis Johnson. Penguin Random House, 2016
Traducción de Javier Calvo
Roland Nair -si es que este es su nombre; esta es una trama de espías, así que cualquier afirmación, y más si viene del propio interesado, debe ser tomada con todas las precauciones-, protagonista y narrador, norteamericano, viaja a Freetown, once años después de su última instancia, a requerimiento de Michael Adriko, una especie de socio y cómplice, africano, cuyas actividades e intenciones se le ha encomendado vigilar.. Este es el arranque de Los monstruos que ríen (The Laughing Monsters, 2014), la última novela hasta la fecha del prolífico y polifacético Denis Johnson, cuya acción se localiza en el continente africano.

Johnson muestra una África banco de pruebas por igual de formas de dictadura como de gobiernos populares, patio trasero de las potencias occidentales -y, a finales del siglo pasado, de India, y en la actualidad, de China-, supermercado de petróleo y piedras preciosas pero también de las más diversas sustancias, sean drogas o minerales imprescindibles para la tecnología punta, campo de experimentación de transgénicos y epidemias globales: un polvorín a punto de estallar cuya deflagración es retenida por la prevención de los amos del mundo, los servicios secretos globales, las grandes corporaciones armamentísticas y una versión actual de la DMA-Destrucción Mutua Asegurada. En este vasto cenagal moral la posición de Nair es de dominio absoluto: un norteamericano lo mismo puede comprar países enteros que quitar y poner gobiernos, pues tiene el poder del dinero, y en África todo -y todos- está en venta. Y la inestabilidad, en alquiler, en las manos del mejor postor, en subasta permanente. La fidelidad del retrato de la superioridad con respecto a los aborígenes de los blancos americanos y los europeos que sobrevuela las relaciones entre los personajes es un retrato exacto de la realidad del continente.
"Siempre hay gente vigilando, pero nadie ve nada."
La novela se estructura a través de variaciones formales ya que representa el conjunto de comunicaciones que Nair ha enviado a Tina; algunas partes de la narración tienen una redacción estándar, aunque con una ausencia de estilo muy marcada -el narrador, el protagonista, no es escritor-,  otras partes son transcripciones de correos electrónicos, cartas y notas tomadas a vuelapluma de algo semejante a un diario, escritas en las más diversas y a veces adversas condiciones. Esta combinación agiliza el relato y le otorga verosimilitud, por más que la fidelidad del narrador quede en cuestión. El texto, pues, en conjunto, representa una confesión de Nair dirigida a Tina, una mezcla de pareja, contacto profesional y cómplice de actividades subversivas.
"Lo que quiero decir es que he estado contando tantas mentiras y escuchando tantas mentiras que ya no sé qué es verdadero y qué es falso."
Johnson maneja los clichés del thriller con notable solvencia -de hecho, su capacidad ha quedado demostrada en diversos géneros como la novela bélica y la novela negra-; los diálogos beben de los clásicos del género policíaco; la caracterización de los personajes se realiza con una encomiable economía de recursos, parca pero suficiente; y las escenas, cortas e incisivas, recogen únicamente la acción concreta y procedente al punto en que se encuentra la trama, sin adornos ni dilaciones, y se suceden mediante un compás frenético, en una sucesión de ritmo casi cinematográfico. El resultado, la sensación de una historia que se nos brinda a trazos, como si tuviéramos que rellenar los espacios que Johnson ha dejado vacíos; en realidad, no existen espacios vacíos, todo lo que pudiera añadirse sería ornamental y, por tanto, superfluo. Volviendo pues a la narrativa de género, y a pesar del cuidadoso empleo de los elementos de la novela de espías, y esa es una característica común de la narrativa de Johnson, la obra terminada va mucho más allá de esa clasificación.
"Hay muchas cosas de las que no eres consciente. Aquí no está pasando nada de golpe. Simplemente nos estamos enterando de más cosas de golpe."
Una enmarañada trama de espionaje embarulla al protagonista, que intenta mantenerse al margen de los movimientos de los individuos que le rodean porque es incapaz de averiguar quiénes son sus aliados y quiénes sus enemigos, papeles que se hallan en constante cambio y evolución. Con un cometido concreto pero unas instrucciones difusas, vaga por África a la espera de indicios concretos que le permitan tomar decisiones. Este imparable vaivén se expresa mediante ágiles diálogos con más sobrentendidos que intuiciones en los que la prevención de los intervinientes -y del narrador, cuyo nivel de confianza difiere si habla con algún otro personaje o narra directamente para Tina, es decir, para el lector- compromete la relevancia de la información facilitada, siempre parcial, siempre interesada.
"La información era una cebolla que se tenía que pelar capa a capa."
El hecho de que la voz narradora, la personalidad del relator, condiciona el estilo es un efecto de una lógica incuestionable, aunque no esté de más recordarlo. Nair es un espía aspirante a estafador -o viceversa-, un tipo cobarde sin escrúpulos, manipulador, dispuesto a que otros hagan lo que sea necesario para conseguir aquello que él persigue. Pocos ornamentos, pues, en sus intervenciones; descripción pura de las situaciones dramáticas, con ese plus narrativo que añade el hecho de que quien está contando algo no acaba de entender lo que está sucediendo; concreción informativa, un solo foco de acción, un solo tema; y descripción utilitaria, los datos imprescindibles para comprender los hechos que a menudo parece funcionar únicamente como ligazón entre bloques de diálogos.

Calificación: ****/*****

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