6 de mayo de 2016

Ciudad esmeralda

Ciudad Esmeralda. Jennifer Egan. Editorial Minúscula, 2016
Traducción de Carles Andreu
"Estoy esperando a que pase algo."
Ciudad Esmeralda (Emerald City, 1993) es una colección de relatos de factura clásica, técnicamente impecables pero que traen consigo una extraña sensación de frialdad; es cierto que Egan se instala en el alma de sus personajes y bucea en ella hasta la profundidad de sus motivaciones y de sus miedos, pero lo hace con la asepsia de un cirujano en lugar de la complicidad de un confesor. Esa frialdad es, tal vez, la mejor virtud del tratamiento narrativo de la norteamericana.

Egan parece escribir a veces con ausencia de trama, aparentemente sin planificar la acción, a base de escenas sucesivas unidas únicamente por un nexo escurridizo, aunque explicativo, o por tener protagonistas comunes que se enfrentan a situaciones cotidianas "poco literarias". El mérito es construir relatos coherentes con esos mimbres tan frágiles, como queriendo demostrar que la vida común es tan susceptible de formar una historia explotable literariamente como la intriga más absorbente.

La autora agrupa a los protagonistas de los relatos de Ciudad Esmeralda en dos categorías principales: una extracción social muy concreta y la infancia. Los adultos acostumbran a pertenecer a una sociedad encantadora, charmante, que cena en Tribeca, alude a Greenwich Village con el mismo pintoresquismo con que hablaría de Madagascar, tiene la mesilla del sofá repleta de libros de arte de gran formato y comenta el último descubrimiento de narrativa corta del New Yorker. Como consecuencia, la acción siempre se localiza en escenarios considerados exóticos por los propios protagonistas, sean lejanos, como China o Bora Bora, o más cercanos, como Manhattan, San Francisco, la cubierta de un yate o una estación de esquí.
"A veces las peores cosas pasan a propósito, pero no por eso son culpa tuya."
Mención especial merece el tratamiento de la infancia, con esa insólita mezcla de inocencia y crueldad. Los niños de Egan acostumbran a ser caracterizados como adultos deficientes justamente para poner en evidencia esas carencias en las personas maduras, mientras que aquellos mismos despiertan a una edad adulta que parecen rehuir con la incredulidad del escéptico. Son niños dotados con una extraña lucidez que sobrepasa la inteligencia de los mayores, que deja cubiertas las necesidades que no pueden ser resueltas por una madurez que no se halla todavía a su alcance; cuando esos niños o adolescentes son, además, los narradores de la historia, envuelven al lector, ganándose su confianza para, una vez rendido, llevarlo a su terreno y manipularlo a placer.

Mientras los niños explotan su independencia en su propio beneficio, esa emancipación en los adultos se torna en soledad, irremediable porque en la madurez no abundan las oportunidades de volver atrás y rehacer el camino; obligados, pues, a la renuncia a sus aspiraciones y condenados a una leve aunque nada comprometida infelicidad, sueñan, en lugares de vacaciones idílicos de familias perfectas con abultadas cuentas corrientes, con engañarse con que su renuncia ha valido la pena. Sin embargo... Bueno, es precisamente en ese "sin embargo" el lugar donde coloca Egan a sus personajes.
"Ahora me pregunto por qué me acuerdo de aquella noche. Debió de haber un centenar de veces más en las que Ted y yo nos abrazamos delante del fregadero, un sinfín de ollas cuyas tapas levanté. Una vez, cuando nos acabábamos de mudar, incluso hicimos el amor en el suelo de aquella cocina. Fue una especie de bautizo terrenal. Sé que sucedió, pero no lo recuerdo. Lo que vuelve una y otra vez, en cambio, es la imagen de los dos ahí de pie, contemplando nuestro reflejo mientras nos balanceamos. Y, naturalmente, me alegro de conservarla. Cuando se trata de recuerdos, supongo que todos nos dedicamos a pasar el platito."
Calificación: ***/*****

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