8 de junio de 2015

Una danza para la musica del tiempo II. Primera estación: Primavera


I. Un problema de formación

Más allá de la importancia relativa de la primera frase de una novela y de toda la mítica que se ha escrito acerca de cómo es capaz de condicionar el resto del texto o de la deriva que imprime al lector, la realidad es que, realmente, parece tratarse de una cuestió  anecdótica y, en cierta medida, más fruto de la casualidad -es decir, de la inspiración- o de la búsqueda de efectismo que del verdadero oficio. Es posible que “Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta" anticipe la calidad incuestionable de Lolita, pero que una frase como "Longtemps, je me suis couché de bonne heure", con su titubeo gramático incluido, anticipe la grandeza de À la recherche du temps perdu es una ficción insostenible. En definitiva, parece que se puede sostener esa dudosa hipótesis cuando se trata de buenas primeras frases de buenas novelas -que, por cierto, son las que han hecho fortuna y han pasado al anecdotario de la historia de la literatura-, pero la existencia de malas novelas con aceptables primeras frases y de buenas novelas con primeras frases manifiestamente mejorables debería ser suficiente para rechazarla.

En cambio, si se amplía el ángulo de análisis y de lo que se trata es de examinar el primer párrafo, los hay que constituyen una implacable declaración de principios, un avance, más de estilo que de trama, de lo que se encontrará el lector a partir del segundo; y, para los lectores corrientes, puede llegar a justificar la decisión de si vale la pena seguir con la lectura o descartarla definitivamente, extremo al que difícilmente, al menos de manera justificada, se le puede atribuir a una sola frase. ¿Un ejemplo? Ahí va:
"Los hombres que trabajaban en la esquina se habían montado en plena calle una especie de campamento, cuyo perímetro parecía marcado por las luces rojas de unas lámparas de seguridad montadas sobre trípodes, al borde de una sima en la carretera que conducía a la red de desagües subterráneos. Y allí, reunidos en torno a un cubo lleno de ascuas de carbón colocado frente a la entrada de su refugio, se distinguían varias figuras humanas dedicadas a frotarse el cuerpo con los brazos y a restregarse las manos, como si fueran comediantes que, con sus exagerados gestos, estuvieran representando una pantomima para dar expresión formal a la idea del frío extremo. Uno de ellos, un tipo enteco enfundado en un mono azul, más alto que los demás, con la actitud jocosa y una nariz larga y puntiaguda como la de un bufón shakesperiano, se adelantó de pronto y, como si ejecutara algún ritual, arrojó a las brillantes ascuas de carbón cierta sustancia..., aparentemente los restos de un par de arenques medio envueltos en papel de periódico. Su acción provocó la erupción de una viva llamarada y después la de una columna que el viento del noreste arremolinó en su ascenso. Y mientras la oscura humareda flotaba por encima de los tejados, la nieve comenzó a caer suavemente del cielo grisáceo, con copos que se deshacían con un leve siseo al alcanzar el cubo. Las llamas remitieron de nuevo y los trabajadores se apartaron del fuego como si todas aquellas ceremonias hubieran concluido de momento; unos para descender dificultosamente al interior de la zanja y otros para retirarse a las sombras de su refugio de lona alquitranada. Los copos agrisados seguían cayendo indecisos, mansamente, mientras el aire se impregnaba de un olor áspero y amargo a gas. Despuntaba el día."
Nick Jenkins, el narrador y alter ego de Powell, estudiante, hace su presentación, muestra la vida en el college y a sus compañeros, personajes que irán apareciendo a lo largo de la obra. Asistimos a las fiestas y a las estancias en casa de sus colegas. Un primer enamoramiento adolescente desemboca en un viaje a Francia.
"No es bueno leer demasiado -dijo Widmerpool-. Te hace mirar la vida desde una perspectiva falsa. En todo caso, familiarízate un poco con autores normales. A eso no le pondría yo ningún reparo. Pero no es bueno embotarte la mente con el montón de basura que se encuentra en las novelas modernas."
Nick retrata con minuciosidad la vida académica, incluyendo algunas de las relaciones de los profesores con los alumnos, incluso fuera del ámbito escolar, como los tés compartidos en casa de Sillery, un particular profesor y, una vez acabados sus estudios de instituto, reflexionar sobre los fines de etapa, no sólo la escolar.
"Las relaciones humanas florecen y se marchitan rápida y silenciosamente, quizás para que los interesados se den cuenta de lo frágiles o insensibles que se han vuelto los lazos que los unen."
II. Un mercado de compradores

Focalizada, en su mayor parte, en el mundo del arte -el señor Deacon, un mediocre pintor enemigo de las academias, tiene un papel principal-, la segunda novela del ciclo, es seguramente la novela más "social", aunque la cuestión amorosa, ahora ya observada y padecida desde la edad adulta, y que sobrevuela toda la serie, toma ya forma de tema central.
"Esta relación con Bárbara, a pesar de que venía durando menos de un año, me daba la impresión de haber llenado ya una gran parte de mi vida, porque no hay nada que demuestre tanto la intemporalidad del Tiempo como determinados episodios de la temprana experiencia que, al rememorarlos posteriormente, vemos concentrados con increíble densidad en el espacio de unos pocos años, pero que, en cambio, durante los meses en que realmente sucedieron, crearon en nosotros la ilusión de extenderse infinitamente."
En toda obra que abarca un largo período de tiempo, y más si el narrador es el protagonista, se hace presente el papel integrador del recuerdo -pues la obra es, real o ficcionalmente, el resultado de la memoria-; en este caso, Nick especula con el recuerdo actual que posee del recuerdo que le provocó un determinado hecho, siempre ligado a la más íntima experiencia personal, cuando era joven, de algo que sucedió en su niñez.

Cenas y fiestas se suceden -estamos en los felices veinte- y componen el principal modo de relación de las personas de esta tan determinada clase social, y presentando a una aristocracia -recuerden que estamos en la Gran Bretaña- que va cediendo su lugar, a regañadientes aunque condescendientemente, a una burguesía emergente que avanza imparable hacia los centros de poder,
"En aquella época de mi vida, toda clase de cosas se mostraban cambiantes y parecían dar vueltas en torno a lo que sólo más adelante revelaría cierto significado y orden."
Independientemente de la formación académica, cuya época abarca Un problema de formación, es en esta segunda novela donde se refiere la verdadera formación del joven Nick, una formación en esa especie de edad-aluvión en la que se recogen experiencias inconexas cuya relación uno mismo es incapaz de descifrar, y que sólo revelarán su importancia y su conexión cuando sean procesadas a la luz de la edad y de ciertos  acontecimientos posteriores.

Es posible que el título de la novela, Un mercado de compradores, haga no sólo referencia la mundo del arte -la presencia de esta manifestación es continua, así como la del anteriormente mencionado señor Deacon-, si no que también haga referencia a la "exposición" del narrador en el mundo de las fiestas, un medio mediante el cual los jóvenes se dan a conocer, establecen alianzas -y enemistades- y obtienen una buena implantación en el mercado, indispensable tanto para conseguir una buena, bien remunerada y ausente de responsabilidad ocupación, como para colocarse con garantía en la primera fila de la carrera para un matrimonio conveniente.
"Nada en la vida puede estar aislado por completo de una infinidad de incidentes: y es notable, aunque sin duda lógico, que la acción determinada por innumerables causas, cada una de las cuales apenas la sugiere y pasa inadvertida las más de las veces, encuentre, al cabo, el momento aparentemente ideal para su expresión última. Tan cierto es esto que lo ocurrido antes, a todos los efectos y propósitos, desaparece a menudo como tragado por la oportunidad del clímax que, superficialmente por lo menos, se nos presenta como la sola causa de su cumplimiento. Las circunstancias que me habían traído al estudio de Barnby eran un buen ejemplo de esta complejidad de la experiencia. Pero todavía faltaba lo mejor."
Se trata, pues, de encontrar, por una parte, el lugar que corresponde en un mundo que parece huir del protagonista a cada intento de acercamiento, pero también de tener la capacidad -pues ésta sería una de las características inherentes a la madurez- e integrar todas las experiencias de diversa y a menudo opuesta índole en la conciencia del individuo sin que por ello perdiera la consistencia debida e imprescindible.

III. El mundo de la aceptación

Abocado ya al mundo profesional, Nick imagina malos presagios para su futuro. En contraposición, se cita un caso literario que le sirve al protagonista para plantear sus dudas ante el proceso de creación.
"¿Cómo podría un escritor -me preguntaba a mí mismo- tratar de describir en una novela a un joven como Mark Members, por ejemplo, que tantas cosas tenía en común conmigo mismo y que, sin embargo, era tan diferente? [...] Obervados desde cierta distancia, Members y yo podíamos ser vistos razonablemente como unidades casi idénticas del mismo organismo, apenas diferenciables incluso para un experto en sociología. [...] Igualmente difícil sería -me dije a mí mismo- transcribir algo que fuera más allá de un grosero esbozo de mi propia personalidad; algo, en todo caso, que no sonara un poco absurdo."
El mundo de la aceptación hace referencia al proceso de cobro contra documentos de exportación, una variante de crédito documentario consistente en un endoso de deuda que se basa en la confianza en que el exportador ha remitido, efectivamente, el envío de la mercancía, y en que el importador hará frente a su pago, una vez recibida; una terminología mercantil puesta a disposición del lector para definir relaciones humanas...
"Cuando, al describir el nuevo empleo de Widmerpool, Templer había hablado del "mundo de la aceptación", su frase me había llamado la atención. Hasta como definición técnica, parecía sugerir lo que todos hacíamos, no sólo en los negocios, sino también en el amor, el arte, la religión, la filosofía, la política..., en todas las actividades humanas, de hecho. El mundo de la aceptación era el mundo en el que el elemento esencial -la felicidad, por ejemplo- proviene, por decir así, del compromiso de pagar una letra. A veces los bienes han sido entregados e incluso has conseguido sacar algún provecho de ellos; otras veces no los has llegado a recibir, y viene el desastre; otras, en fin, te los han entregado, pero resulta que ha cambiado el valor de la moneda. En otro sentido, además, todo el mundo es el mundo de la aceptación cuando uno se aproxima a la treintena; por lo menos se han descartado algunas ilusiones. El mero hecho de seguir existiendo como ser humano es una buena prueba."
Nick relata una serie de reencuentros -que se hacen presentes a lo largo de la obra, tanto para informar al lector de qué ha sido de esos personajes que se relacionaron algún día con el protagonista como para fijar la posición del propio narrador- en el Ritz, un episodio cuyo hilo conductor no son las diversas historias en las que él estuvo presente si no las apariciones de su núcleo de viejos conocidos, que traen bajo el brazo su propia historia, y la ampliación de esas relaciones en forma ramificada con los conocidos de los conocidos, la mayoría de los cuales quedan incorporados a la historia principal en la medida en que entran en relación, por las causas más diversas, con el protagonista.
"Al evocar más adelante aquella cena en el Grill, me parecía ver en ella el carácter de un festín ritual, de una ceremonia de la que salimos los cuatro para asumir nuevas posiciones en la precisa coreografía de la danza con que tiene que ver la vida humana. Pero en aquel entonces, su encanto pareció residir en su diferencia con respecto al curso habitual de las cosas. Ciertamente el principal objetivo de la proyectada visita sería la ausencia de cualquier plan previo. Pero, en cierto sentido, no hay nada planeado en la vida -o lo está todo hasta el último detalle- porque en la danza cada paso es, en definitiva, el corolario del paso anterior: la consecuencia de ser la clase de persona que es uno."
Aparece, por fin, Jane, 
"Cuando te enamoras, siempre lo haces de dos personas: de una real y de otra imaginaria; a veces te sientes atraído sobre todo por la primera y otras por la segunda. En aquel instante yo amaba a la Jean real"
a lo largo de un extenso discurso acerca del tratamiento literario del mundo femenino en la literatura inglesa y de la adquisición práctica de algunas nociones de "psicología femenina". Cierran el texto una extraña sesión de espiritismo, una cena de antiguos alumnos, con sus correspondientes reencuentros, y una sublime demostración de la veracidad de la expresión in vino veritas.

Otros recursos relativos a la obra, ya publicados:
Una danza para la música del tiempo I. Presentación

Otros recursos relativos a la obra, en próximas publicaciones:
Una danza para la música del tiempo III. Segunda estación: Verano
Una danza para la música del tiempo IV. Tercera estación: Otoño
Una danza para la música del tiempo V. Cuarta estación: Invierno
Publicar un comentario