4 de septiembre de 2008

Maestros del Infinito

ENRIQUE VILA-MATAS
Maestros del infinito

1. Qué raro. Un año y medio sin que nadie me pregunte qué libros llevaría a una isla desierta. Y cinco desde que quisieron saber qué opinaba sobre la manía de preguntar por los libros que me llevaría a la isla desierta. ¿Qué opinaba? Dudé entre contestar con un aforismo de Lichtenberg ("he notado claramente que tengo una opinión acostado y otra de pie") o recurrir al emperador Marco Aurelio: "Hoy he dejado de tener cualquier tipo de opinión sobre lo que sea".
Me he pasado meses creyendo que tarde o temprano tendría que contestar a la pregunta inevitable. Cuando ésta llegara, pensaba responder que a una isla desierta iría con una antología de aforismos que me construiría yo mismo. En la isla leería un aforismo al día y, cuando fuera rescatado, echaría mano del libro para saber cuántos días pasé en la isla desierta. Por si tardaban en rescatarme, la antología tendría un número muy elevado de aforismos. Nada más terrible que se me acabara el libro y aún no hubieran venido a rescatarme, porque entendería que ya no vendrían nunca, y lo viviría lógicamente como una tragedia, escribiría yo mismo el último aforismo: "Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo". Aunque tal vez me lo tomara todo con gran risa, que es una buena solución para estos casos. Entonces, el aforismo sería de Novalis: "A la humanidad le toca desempeñar un papel humorístico".
2. Por mucho que se discuta qué es un aforismo, éste siempre será un intento de comprimir en unas cuantas palabras el infinito, aquello que sólo puede ser evocado, pero jamás explicado. El colombiano Nicolás Gómez Dávila lo expresó con acierto: "Escribir corto, para concluir antes de hastiar". Eso explicaría este aforismo de Vilém Vok: "El que escribió el mejor aforismo del mundo vivió como una tragedia ser articulista". De hecho, Nietzsche siempre ambicionó "decir en diez frases lo que otro dice en un libro".
La tarea de comprimir el infinito comporta el éxito de lograrlo -para ello son necesarias algunas palabras-, pero también el triunfo del silencio. Porque el aforismo no deja de ser un eco del silencio. Es gestado calladamente. Y luego trasladado al papel en unos instantes fugaces que el aforista Antonio Porchia percibe faltos de identidad, del mismo modo que también está ausente la identidad en lo más efímero que habita el universo, que es el hombre: "Uno no está hecho de sí mismo, pero no podría señalar de quién estoy hecho. Nadie está hecho de sí mismo".
Para que un aforismo sea auténtico y profundo tiene que ser superficial, pues no hay que olvidar que sólo lo trivial nos ampara del tedio. André Derain lo decía de otro modo: "Lo hondo, visto con hondura, es superficie". Mi lista de autores de la antología de aforismos no diferiría mucho de la selección de la revista mexicana del Fondo de Cultura Económica, La Gaceta, en su número 450. Están ahí, en mayor o menor medida, muchos de los grandes maestros de lo breve: Lichtenberg, Novalis, Kafka, Jünger... Y faltan algunos obvios, como Flaubert, Canetti, Wittgenstein, Gracián... Todos esos maestros de lo breve también lo son de lo infinito. "La tendencia humana de interesarse en minucias ha conducido a grandes cosas", decía Lichtenberg, el rey de las distancias cortas.
3. "Si los que hablan mal de mí supieran lo que yo pienso de ellos, hablarían de mí quinientas veces peor" (Sacha Guitry).
4. Comenta Juan Villoro en su ya legendario prólogo a los Aforismos de Lichtenberg que la verdadera enseñanza de éste siempre radicó en haber escrito una obra que exige una lectura especial: "La buena literatura no es una calle de un solo sentido; el lector regresa al texto con algo que ya no pertenece al autor. Una página no está ahí para ser aprobada o rechazada. Es buena en la medida en que estimula al lector a pensar por cuenta propia". Ésta fue también la lección profunda que halló Schopenhauer en Lichtenberg, en quien vio a esa clase de escritores que piensan primero para sí mismos, a diferencia de los que de inmediato piensan para los demás.
He aquí, en tiempos de confusión en el mundo de las letras, una buena clasificación entre dos tipos de autores. Los que piensan para sí mismos, decía Schopenhauer, son los pensadores individuales, los verdaderos filósofos, mientras que los otros son los sofistas que pretenden impresionar y piensan en función de los demás.
5. "De mi novela siempre dicen que es literaria, y yo me pregunto qué es una novela no literaria" (Eduardo Lago en una reciente entrevista).
6. De ahí que en la isla desierta baste con un aforismo por día, y aún, porque no es mucho disponer sólo de una jornada para pensarlo. Autor y lector se complementan en la verdadera literatura. Wittgenstein: "Con mi escrito no pretendo ahorrarle a otro la tarea de pensar, sino, en la medida de lo posible, estimularle a tener pensamientos propios".
En mi antología, los aforismos que cayeran en múltiplos de siete contarían como si fueran domingos y cargarían las tintas en la ironía más festiva. No faltaría éste de Lichtenberg: "Es difícil que en el mundo haya mercancía más singular que los libros. Son impresos, vendidos, encuadernados, reseñados y a veces hasta escritos por gente que no los entiende".
Para los días laborables contaría con Ernst Jünger: "Del gran camino no llegan noticias". Y con el argentino Antonio Porchia: "Cuando tengo algún momento de sensatez lo pierdo todo". No puede ser más evidente: un aforismo es perderlo todo.
ENRIQUE VILA-MATAS 20/07/2008
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