«Nunca me he sentido realmente escritor; siempre me he sentido lector. Sí, soy un lector de libros. Necesito esa vida paralela que es la lectura. Siempre he necesitado esa metamorfosis para poder acercarme a lo que experimentaba. Es como si fuera, ¿cómo decirlo?, una especie de esprit d’escalier. Siempre necesitaba un libro para llegar a lo que soy.
»La frase que aparece en la contracubierta de No hay lugar para la muerte —«Escribe este libro de manera que tu vida penetre en él sin mentir. Que algo conmueva a aquella que no ha sido conmovida nunca»— hay que agradecérsela a mi nueva editora, Sophie Lot. Sé que muchas escritoras, por ejemplo, ponen fotografías de sí mismas cuando eran más jóvenes. Yo he ido bastante más lejos, de una manera bastante radical —la fotografía que aparece en la faja de la edición original la es del propio Quignard a los seis o siete años—. Es a aquella que no me amó, a mi madre, que se fue hace mucho tiempo, a quien me dirijo. Me dirijo a ti para decirte, en efecto, aquello que me habría gustado que amaras en mí.
»Así pues, al libro es una relectura de mi vida dedicada a esa mirada de un niño que se pregunta —como suelen hacerlo, por ejemplo, esos admirables niños autistas—: «¿Por qué no me has amado?».
»Y a partir de ahí se puede hacer un libro de recuerdos felices, aunque sean un poco falsos, aunque sea una novela».
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Fragmento de la entrevista en Librairie Mollat con motivo de la publicación de Il n’y a pas de place pour la mort.
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