13 de julio de 2026

No hay lugar para la muerte

 

No hay lugar para la muerte. Pascal Quignard. Shangrila Textos Aparte, 2026
Traducción de Manuel Arranz
Il n'y a pas de place pour la mort. Éditions Hardies, 2026

«Aunque el olvido ataca a la memoria, no aniquila nada de lo que el tacto, el olor, el recuerdo del calor, la luz han dejado tras de sí sin pasar por las palabras. Nada se consume en nosotros de aquello que fue únicamente sentido durante años. Nada. Sucede incluso que los rasgos más hermosos de antiguos rostros vienen a posarse en otras cabezas de manera milagrosa. Los ragos más hermosos de las estaciones regresan iluminados al mismo jardín. Cada año irradian. Cada año se vuelven más nítidos».

«There is not room for Death», es primer verso de la última estrofa de «No Coward Soul Is Mine», supuestamente, los últimos versos que escribió Emily Brontë, a finales de 1848, poco tiempo antes de su muerte por tuberculosis el 19 de diciembre de ese mismo año, cuya traducción al francés ha utilizado Pascal Quignard para titular su última obra publicada hasta la fecha. En el capítulo en que el autor cita este verso, alude también a otras dos mujeres que tenían en común con la británica una notable sensibilidad artística y un gran talento literario, y que fallecieron también por tuberculosis: Emilia Chopin, hermana del músico, en marzo de 1827, siendo sus últimas palabras escritas: «Frédéric, no temo a la muerte, sino morir en tu memoria»; y Katherine Mansfield,  en octubre de 1922, que dejó como legado literario: «¡Cuánto amo las flores! ¡Cuánto me gustan! ¡Oh tierra, tierra inolvidable!».

«La vida no cesa de empujar. 
La muerte no es más que el borde.

Y el muerto, apenas una mota de limo, una mota de polvo en la orilla imperceptible para sí mismo.

Es un puñado de arena del Ganges. Se dispersa en un tiempo inaccesible para sí mismo.

Para decir toda la verdad sobre nuestra frágil condición, el riesgo de la muerte es exclusivamente natal. Esta angustia es de nacimiento. En sentido estricto la muerte, aparecida nada más nacer, muere, a sacudidas, todo a largo de la vida, hasta morir para siempre en el momento de morir».

No hay lugar para la muerte es, lógicamente, un libro que habla de la muerte, pero el tratamiento que el autor le confiere poco tiene que ver ni con la tristeza ni con la inevitabilidad; la lítote debería despertar nuestras sospechas porque no sabemos si atribuir esa afirmación a la situación actual —evidente— o a una condición hipotética en la que no habría lugar para la extinción. Porque, a pesar del título, la muerte no es la protagonista; y porque el libro celebra el amor, no hay en él ni lágrimas ni agonía —ni siquiera en el caso de las tres poetas—, sino felicidad, casi alegría, la que producen los recuerdos y la imaginación. Más que una salida —o, para ser precisos, además—, Quignard la considera como un inicio o como un cambio de lugar; y cuando es una partida, quien parte no es el que muere, sino el que sobrevive. Igual que el crepúsculo no es solo el final del día, sino también el comienzo de la noche, la muerte no es solo el final de la vida, sino también el origen del vacío. A veces, la muerte del otro es el final del que permanece vivo. Una ciudad reconstruida puede ser perfecta, pero está ausente: la verdadera era la destruida. ¿Qué nace cuando nacemos? ¿Qué muere cuando morimos? ¿Puede ser que muera algo cuando nacemos y nazca algo cuando morimos? O dicho de otro modo: ¿qué vive cuando vivimos? No hay lugar para la muerte es un texto audaz, como tiene acostumbrados Quignard a sus lectores, y profundo, fantástico —phantastikós, susceptible de ser imaginado—, elíptico, barroco y suntuoso, rozando lo indecible. Y en este caso, según confesión del autor, «un poco autobiográfico», aunque conviene no olvidar que La vida no es una biografía. En todo caso, centrado en la tríada quignardiana: cuerpo, sensación y pensamiento, casi siempre en este orden de prevalencia.

«Una curiosa brecha nace del exceso de memoria y viene a curvarla a la manera en que el inmenso cielo se redondea cuando se alza la mirada una vez que el sol haya desaparecido. Se forma  una bóveda, sin ninguna duda imaginaria, pero que tiene toda la apariencia de una bóveda. Del mismo modo el horizonte, donde se pierde de vista, allí donde la percepción llega al extremo de su impotencia, traza una línea imaginaria en el fondo de lo que vemos. Se produce un pliegue del tiempo que solo es visible en la última edad. Y entonces trastorna todo lo que estamos viviendo al volver sobre lo viviente bajo la forma de una ola inmensa que ha ido creciendo con el paso de las estaciones, de las noches, de las horas, que ha surgido muy lejos sobre el océano y que forma algo así como una inmensa bolsa vacía».

El libro viene, en su edición original en francés, subtitulado como roman, pero no se trata, como es habitual en el autor, de una novela convencional; incluso es dudoso que pueda clasificarse como tal; el propio Quignard ha declarado que «c'est une sorte de roman parce que c'est faux». La prosa menos novelesca de Quignard, aunque de indudable carácter narrativo, se aviene mejor a lo que podrían llamarse textos fracturados, porque no cabe hablar de fragmentos ni de anotaciones, sino de destellos queen esta ocasión toman la forma de veintisiete relatos de variada extensión, sin narración central, movedizos, continuos en su aparente incongruencia, como esas imágenes que ofrecían las luces estroboscópicas en las discotecas de los años 70, que, a pesar de iluminar solo instantes de la realidad, dejaban patente que existían otros instantes en sombra; unos instantes —o hechos, o episodios, o acontecimientos— que el lector debe intuir porque, en el instante oscuro, ha cambiado el escenario —una narracion realista o un relato fragmentario—, el narrador —un niño o una mujer; a veces, incluso aparentemente desaparecido; en todo caso, siempre sin completar, como si se trata de siluetas o de esbozos tomados en consideración únicamente por su función en el texto—o, también, la naturaleza de la experiencia —un sueño, una epifanía, un cuento fantástico—.

«¿Quién nos engaña en el fondo de nuestra alma? ¿Quién acude, venido quién sabe dónde, tan intensamente presente con nosotros cuando estamos solos, vagamente ebrios, pasando concienzudamente el dedo por la barra de cobre de un bar? No mucha gente entre los allegados. Alguien más alejado y más apasionado que los allegados. Nosotros mismos junto a nosotros mismos ignoramos profundamente lo que somos».

 En todo caso, los sucesos que se relatan no están sujetos a la causalidad, ni siquiera al encadenamiento de escenas del mismo orden narrativo; Quignard salta de un fragmento a otro como quien recita una letanía cuya importancia no es tanto lo que se dice, aunque también, sino el descubrimiento y seguimiento de un ritual cuya significación última viene dada por las palabras que se pronuncian, no por la ligazón de la serie de invocaciones. 

«Escribe este libro de manera que tu vida penetre en él sin mentir.
Que algo conmueva a aquella que no ha sido conmovida nunca».

La literatura de Quignard, sean novelas, ensayos, fragmentos o pensamientos, es exigente y no está destinada a todo el mundo, no se trata de un mero entretenimiento; por centrarse en sus obras más narrativas, no lo está este No hay lugar para la muerte, como tampoco lo fue Todas las mañanas del mundo, a pesar de su éxito editorial y de que abriera la puerta de muchos lectores —aunque es difícil precisar cuántos siguieron siéndolo— a su literatura; exige demasiado tiempo en esta época de carencia, demasiada concentración en medio de la plaga de distracciones contemporáneas; la recompensa es excepcional, casi única, pero requiere un esfuerzo que no todo lector está dispuesto a sostener: como toda gran literatura desde Homero —o desde Virgilio, o desde Shakespeare— se mueve entre los dos grandes temas de la humanidad, la muerte y el deseo, al que añade un tercer elemento, más difícil de despejar porque no aparece de manera tan explícita, la belleza.

«Si el comienzo está en todas partes, nuestra morada no está en ninguna. No hay más que una entrada que se perpetúa en este mundo en el interior de cada uno de los fragmentos que proporciona.
Incluso la muerte es una entrada en el mundo.
Lo que no regresa no deja de brotar».

 Hay una imagen que se repite tres veces a lo largo del libro: alguien —dos veces él, una vez ella— llega a una casa; tras llamar y no obtener respuesta, abre la puerta y entra, pero descubre a otra persona que está de espaldas a la puerta, pero en la última ocasión en que sucede este encuentro parece tratarse de un sueño en el que se recrea la primera. El hecho de hablar de imágenes no es anecdótico porque el texto parece ser construido en forma de espejo, aunque lo aparece reflejado en este no sea exactamente lo mismo que se halla a este lado.

«No hay sentido en nuestras vidas, tanto giran sobre sí mismas. Son como las olas que nos aturden cuando caminamos por la orilla del mar, aunque no hagan más que volver».

Cuando la muerte era respetada y estaba presente en todos los días de la vida, antes de que se instituyera el enterramiento superpuesto, antes de que los nichos multiplicaran el espacio inútilmente, los cementerios parecían jardines; este era el mayor signo de respeto hacia los muertos.

«Yo, cuando era pequeño, iba a leer al cementerio, apoyado en las piedras que quedaban todavía en pie, todavía fuertes, con los gatos más o menos feroces, jamás salvajes, las cornejas más o menos asustadas, jamás agresivas, entre las avenas, las mentas, primero en la delgada sombra que proyectaban los cipreses, después en aquella, incipiente, de la vieja capilla funeraria».

El recuerdo es inmaterial. Recordamos los rostros de nuestros antepasados con un detalle minucioso, pero siempre como si se tratara de algo exterior a nosotros, como si lo recogiéramos de un cajón o de un sobre donde lo teníamos guardado; en cambio, cuando recordamos sus voces  sentimos que salen de nuestro interior, que forman parte de nuestra experiencia. Nos parece que recordamos sensaciones, pero, en realidad, la sensación cambia a cada rememoración, y la que recordamos verdaderamente es la sensación experimentada en ese recuerdo, no la ligada al hecho recordado.

«Quizá la palabra muerte no designa nada. No es más que una imagen extraña que los humanos  dan a su final. A esta imagen, la llaman muerte. Son muy aficionados a los relatos».

Si una vida humana tuviera que resumirse en doce horas, ¿qué período abarcaría? ¿Del amanecer como nacimiento hasta el crepúsculo como muerte, o desde el crepúsculo como nacimiento hasta el alba como muerte? 

«No hemos nacido para volver un día».

____________________

«No coward soul is mine»


No coward soul is mine

No trembler in the world's storm-troubled sphere

I see Heaven's glories shine

And Faith shines equal arming me from Fear


O God within my breast

Almighty ever-present Deity

Life, that in me hast rest,

As I Undying Life, have power in Thee


Vain are the thousand creeds

That move men's hearts, unutterably vain,

Worthless as withered weeds

Or idlest froth amid the boundless main


To waken doubt in one

Holding so fast by thy infinity,

So surely anchored on

The steadfast rock of Immortality.


With wide-embracing love

Thy spirit animates eternal years

Pervades and broods above,

Changes, sustains, dissolves, creates and rears


Though earth and moon were gone

And suns and universes ceased to be

And Thou wert left alone

Every Existence would exist in thee


There is not room for Death

Nor atom that his might could render void

Since thou art Being and Breath

And what thou art may never be destroyed.


«No Coward Soul Is Mine». Emily Brontë

No hay comentarios: