| La parole est moitié à celuy qui parle... Jean Starobinski y Gérard Macé. La Dogana, 2009 |
«La mitad de la palabra pertenece a quien habla, la otra mitad a quien la escucha». Michel de Montaigne, Los Ensayos, III, XIII.
En el año 1999, en ente público de radiodifusión Radio France, a través de su emisora France Culture, registró para su programa À voix nue una conversación entre Gérard Macé y Jean Starobinski. En 2009, la editorial ginebrina La Dogana transcribió, previa adaptación de la palabra hablada a la palabra escrita, ese diálogo, cuyo título es parte de la cita de Los Ensayos de Michel de Montaigne que encabeza este artículo.
Como no podía se de otro modo —Jean Starobinski es uno de los especialistas contemporáneos más reputados en la obra del perigordino y autor de un ensayo imprescindible, Montaigne en mouvement, mientras que Gérard Macé lo reconoce, junto a Joubert y Leopardi, como uno de los inspiradores de su serie Pensées simples—, parte de la conversación tiene que ver con Montaigne y, por extensión, con el género del ensayo, de cuya versión moderna es considerado el fundador.
Gérad Macé: Usted ha abordado temas extremadamente variados, su bibliografía lo atestigua, pero me parece que todos sus escritos pertenecen al género del ensayo, al que Montaigne otorgó carta de nobleza. Sin embargo, hoy, cuando se habla de ensayo, suele hacerse en un sentido más restringido, esencialmente universitario, mientras que su campo es mucho más amplio. ¿Podríamos intentar, no tanto definir, sino precisar qué es ese género de contornos imprecisos, más difusos aún que los de la novela o la poesía? Cuando recibió un premio, en Italia, si no recuerdo mal, llegó a decir que se sentiría ligeramente herido si le llamaran ensayista. Lo tomaría como un reproche. ¿Qué quería decir con eso, puesto que sus libros son ensayos?
Jean Starobinki: A veces se carga ese término —ensayista— con un sentido peyorativo. Es un término que se utiliza a menudo por oposición. Se piensa en todo aquello que el ensayista no es. No es un creador original, como el poeta o el novelista. No se le considera un filósofo o un historiador serio, porque suele expresar su humor, su reivindicación, sin formularlos según las formas y los códigos de una disciplina erudita. Se ve al ensayista sobre todo preocupado por la imagen que proyecta de su propia personalidad: quiere compartir su opinión, su manera de pensar, pero reclamándola ante todo como propia. Se le puede reprochar entonces que pretenda hacer de Montaigne sin ser Montaigne…
Gérard Macé: Comprendo.
Jean Starobinski: El ensayismo —el término existe— es considerado a menudo como una carencia. Los investigadores que elaboran documentaciones completas, los teóricos de la lingüística, de la estilística, de la genética textual, no desean que se les vea como ensayistas: entonces no serían más que amables aficionados, conversadores, cuando lo que desean es el estatuto de investigadores rigurosos y precisos, dotados de una autoridad legítima, capaces de aportar actualizaciones científicas. Por mi parte, creo en las virtudes del conocimiento exacto, técnico, científico, exhaustivo, cuando es la mejor respuesta que se puede dar a una cuestión. Pero considero que el ensayo tiene el valor de un fogonazo de luz. Porque la visión general de un problema, de sus principales aspectos, de sus implicaciones, no puede adoptar la forma de un tratado. Para identificar ese problema, hay que arriesgarse a un primer acercamiento, a partir de un conjunto más amplio. Y eso es ya una puesta en perspectiva, una toma de conciencia. ¿Qué nombre darle? No tengo nada mejor que proponer que la palabra ensayo.
El ensayo —volvamos aquí a la etimología— es el acto cuyo nombre deriva del latín exagium, que significa pesaje, evaluación. Esto implica que, en un primer momento, se han planteado a nuestra atención una serie de preguntas, solicitando una respuesta. En nosotros se ha formado la convicción de que quizá haya riesgo y peligro en abordar esas cuestiones, pero de que perderíamos demasiado si las descuidáramos. ¿Y cuáles son los objetos que reclaman nuestro pesaje? Es la vida que sentimos en nosotros, que se afirma y que al mismo tiempo se escurre. En Montaigne, el primero de los ensayistas modernos, la experiencia del cuerpo está marcada por las crisis dolorosas de la enfermedad renal. ¿Cómo hacer frente a la enfermedad, a la muerte que acecha? La cuestión del momento era la de la educación, y Montaigne nos dice cuál fue la suya, que no se ajustó al modelo común, y el interés que su padre tomó en ella. Pero, al mismo tiempo, la cuestión que solicita nuestro pesaje es lo que sucede en el mundo que nos rodea, o en los países de los que hablan los viajeros que regresan de tierras lejanas. Para escribir sus Ensayos, Montaigne tuvo que acondicionar su «librería» y encontrar allí refugio entre sus libros. Para escapar al riesgo omnipresente de una época turbulenta, le hicieron falta buenos muros y la compañía de autores del pasado y del presente. Los libros le resultan necesarios porque no quiere ignorar lo que ocurre fuera, en la lejanía. En ese retiro se interesa por los relatos de los navegantes que vuelven de la América recién descubierta. La palabra ensayo, la noción de pesaje, son casi un rodeo lingüístico para hacer aceptable un juicio muy crítico sobre los desvaríos y las locuras de una época devastada por las guerras de religión. En su calidad de alto magistrado, no esquivó las responsabilidades de su cargo (salvo el no mostrarse demasiado mientras arreciaba la peste de 1585). Se concede el derecho a tomar distancia.
Gérard Macé: Habla usted de riesgo, de peligro, y también ha afirmado que el ensayo es el género más libre que existe. ¿Significa eso que no hay libertad sin riesgo?
Jean Starobinski: Sí, el peligro y la libertad van de la mano. Montaigne tiene la coquetería de decir que toma sus argumentos de una mosca, es decir, de un pretexto fortuito. Es una manera —a través de lo fútil— de reivindicar la libertad absoluta del espíritu y de declarar que se habla sin ninguna restricción. Pero el riesgo entonces es grande: el de no ser tomado en serio en aquello importante que uno tiene para comunicar. Nada pesaría ya ni se ofrecería a ser pesado. Es el peligro al que se verá abocada la práctica romántica de la ironía… El parloteo fluye por todas las vías de comunicación que nos alcanzan hoy.
Gérard Macé: También ha dicho usted que, para satisfacer plenamente la ley del ensayo, es necesario que «el ensayista se ensaye a sí mismo». Es una fórmula que no resulta evidente para todo el mundo…
Jean Starobinski: La mantengo. Se podría pensar que la fórmula implica complacencia hacia uno mismo. Pero también contiene una exigencia de severidad. Ensayarse a sí mismo es escucharse críticamente, no censurar la propia insatisfacción, y por tanto corregir o añadir algo a lo que se ha dicho o escrito. Montaigne es un escritor que, de una edición a otra de su obra, no deja de introducir añadidos y correcciones. El peligro, para el ensayista, es quedar cautivo de su propio espejo… Sí, debe ensayarse a sí mismo, pero a propósito de algo que le importa más que él mismo. Un ensayista debe ser menos narcisista que un atleta en su entrenamiento.
Gérard Macé: ¿Es así en Montaigne?
Jean Starobinski: La cuestión es ambigua. Por un lado, las correcciones expresan la voluntad de perfeccionar la imagen de sí mismo ofrecida al lector. Permanece ante su espejo. Por otro, esas correcciones expresan un afán de verdad que exige, en todos los ámbitos, la expresión más justa.
Gérard Macé: Eso es lo que quería decir: hay algo inmóvil, rígido, en el narcisismo, mientras que Montaigne está en movimiento —por retomar uno de sus títulos—. Está incluso en movimiento perpetuo, en una inquietud en el sentido verdadero del término.
Jean Starobinski: Al final, en el último de sus ensayos, titulado De la experiencia, Montaigne hará un balance de todos los aspectos de su existencia, sin presentarse como modelo, pero de manera que dé, paradójicamente, el ejemplo de lo que es la singularidad de una vida humana. Que todos, empezando por sus amigos más cercanos, saquen de ello una lección para sí mismos.
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Retransmisión de la conversación entre Gérard Macé y Jean Starobinski: À voix nue. www.franceculture.com (1999): https://youtu.be/e4hXqVWU8hU?si=0aubVYE-77X7hG9q
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