4 de septiembre de 2017

Hotel Luz de crimen. Trilogía Alpina II

Hotel Luz de Crimen. Trilogía Alpina II. Werner Kofler. Ediciones del Subsuelo, 2017
Traducción de Carlos Fortea
Cuando hace unos tres años llegó por casualidad a mis manos -y digo por casualidad porque no conocía ni al autor ni a la obra, y tampoco puedo explicar por qué me llamó la atención- el primer volumen de la Trilogía Alpina de Werner Kofler, me di cuenta de que se trataba de un libro inusual; y por más que esto no sea en sí mismo ningún halago, me llamó la atención el hecho de que parecía que el autor me plantease un juego intelectual que consistía en seguir un camino sin las referencias explícitas que se presuponen para un relato literario. La entrada no fue fácil -es difícil participar en un juego del que se desconocen las reglas y que, además, están en constante cambio- pero, una vez situado, la experiencia fue altamente estimulante. Ahora, la barcelonesa Ediciones del Subsuelo publica el segundo volumen, Hotel Luz de crimen (Hotel Mordschein, 1989) que no hace más que confirmar la primera impresión, ofreciendo una nueva vuelta de tuerca al desafío propuesto en El escritorio.
"Todo lo real lleva en sí un aún no."
La primera prosa, "Conjeturas acerca la Reina de la Noche", versa sobre el personaje de La flauta mágica de Mozart, es la aparentemente más formal -que no convencional- de las incluidas en el volumen. Consiste en un relato acerca de la suerte que corren las actrices que encarnan el papel en unas representaciones llevadas a cabo en pleno régimen nazi. Kofler ejecuta un juego de espejos de efecto multiplicativo en el que cada imagen -cada secuestro de las cantantes- se repite en un reflejo con distintas modificaciones en el proceso -pues el inicio y el final son prácticamente idénticos- para concluir el recorrido justo donde había empezado.

En el segundo relato, "Hotel Luz de crimen", el espejo múltiple sirve para configurar al protagonista: un sujeto que parece haber perdido el juicio -si es que alguna vez lo tuvo- debe reconstruir una parte de su vida en la que tuvo lugar un hecho criminal. Para ello, exprime como fuentes de información las noticias de ese acto aparecidas en diversos medios. El espejo se rompió, y lo que intenta el narrador es reconstruirlo a partir de sus fragmentos; sin embargo, aunque éste ofrece la misma imagen que mostraba cuando estaba intacto, lo hace a través de los pedazos que aíslan las diferentes partes de la imagen por cada línea de rotura.

Ese mundo que tú ves no es un mundo porque tú lo veas, es un mundo porque te ve. Ese mundo en el que estás difiere notablemente del mundo en el que te ves. Entonces, ¿quién es el protagonista? ¿El yo que es tú que haces interactuar con el mundo, o el tú que soy yo que mira? ¿Cuál de ambos está en disposición de imponer su voluntad al otro? El yo que es tú ¿puede modificar el punto de vista del observador? Y éste, el tú que soy yo que mira, ¿puede alterar la conducta del observado?
"Pero, ay, nadie sigue siendo su personaje."
Este juego de espejos, aunque convirtiéndolos en ventanas -toda ventana es un espejo dirigido al exterior, mientras que un espejo es una ventana que muestra reflejando- sigue en el tercer relato, premonitoriamente titulado "Autoobservación encubierta": en él, un narrador vigilante observa, desde una ventana situada al otro lado de la calle, las evoluciones de un escritor; lo curioso es que el escritor observado es el mismo narrador sorprendido en pleno proceso de escritura en la Casa de la Literatura de Berlín. Una ventana, por tanto, que "refleja" al observador -un espejo selectivo- pero no lo hace con su imagen actual sino en otra situación. 
"Pero yo me preguntaba una y otra vez qué era aquello por lo que yo, yo para , soñaba, despertaba, enfermaba, sanaba, aprendía, negaba, seducía, caía, erraba y buscaba asidero, no yo, por otra parte, sino el otro, yo como el otro, yo como Yo de papel."
Ese curioso hecho le permite observarse a sí mismo desde una perspectiva exterior y juzgarse en segunda persona; ello le permite observar, también, su trabajo desde la doble visión del escritor y del lector y ver la propia obra como ajena: un yo que es tú vidente escribiendo acerca de un tú que soy yo escribiente; uno, en la ventana; el otro, Al escritorio. Se cierra el círculo.
"Entretanto veia -de repente veía- me veía escribir, un yo, un yo-como-yo... un yo escribiendo enfrente... un escribir, un escrutar, un ataúd... ¡a mí también!... ¡un desplome nervioso! -Tranquilo, tranquilo-. Para volverse loco, yo a mí aquí y yo a mí allá, una obra de teatro del absurdo, absurdo, locura, ¡el cuchillo, deprisa! -Tranquilo, tranquilo. Muy tranquilo, ordené-, ahí, otra vez, ¡yo a mí! Intención, conspiración, pero conmigo no."
Rutilante prosa -¡qué pena no poder leerlo en alemán!- de jovial inspiración e inaudita ausencia de trama, una lectura provocadora como pocas; una maravilla.

Calificación: *****/*****

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