3 de marzo de 2017

A la luz de lo que sabemos

A la luz de lo que sabemos. Zia Haider Rahman. Galaxia Gutenberg, 2016
Traducción de Vicente Campos
"Primer Teorema de la Incompletitud de Gödelbajo ciertas condiciones, ninguna teoría matemática formal capaz de describir los números naturales y la aritmética con suficiente expresividad, es a la vez consistente y completa. Es decir, si los axiomas de dicha teoría no se contradicen entre sí, entonces existen enunciados que no pueden probarse ni refutarse a partir de ellos."
El reencuentro de dos compañeros de universidad, ambos matemáticos, años después de que se separaran sus caminos, da pie a que uno de ellos, Zafar, el que se salió del camino trazado al éxito personal y profesional, le cuente al otro, el narrador de la historia, el relato de su desaparición. En un primer plano descriptivo, ésta es el argumento de la novela A la luz de lo que sabemos (In the Light of What We Know, 2015), pero el texto está compuesto por una serie de capas de índole geográfica, temporal, de fuentes y de protagonismo que lo convierten en una apuesta narrativa de alto valor literario. Estas tres capas -son las principales, el desarrollo de la novela desvela algunas más-, que avanzan simultáneamente, configuran tres planos distintos pero con puntos en común: a) la historia de Zafar; b) la historia del narrador como personaje, su relación con Zafar y con el resto de individuos; y c) la historia del narrador como narrador, es decir, la relación que establece con el lector.

Para empezar, la historia de Zafar es relatada por el narrador, quien confiesa haber alterado en orden cronológico en que le fueron contados los diferentes episodios, mientras que se pregunta las razones por las que emprende esa tarea, aunque sí sabemos por qué no es el propio Zafar quien se encarga de ello:
"-¿Y qué coño te hace pensar que quiera sentarme a escribir y cocinarme a fuego lento en toda esta mierda? Poner las cosas sobre papel hace que sean más reales, las endurece, las vuelve inalterables, incluso antes de que adquieran sentido. ¿Desde cuándo los libros han solucionado nada? Sólo plantean más preguntas de las que responden, y, si ni siquiera llegan a eso, no son más que un puto entretenimiento, y no estoy aquí para entretenerte";
sobrevuela sobre sus motivaciones un doble sentimiento de culpa: por haber alcanzado un elevado estatus económico y social en comparación con el de su colega, seguramente más inteligente y más fiel a sí mismo; pero también por haber conseguido ese nivel gracias a un punto de partida más avanzado, su pertenencia a una familia de comerciantes con relaciones en todo el mundo, y por haber conseguido ese estatus gracias a su trabajo en la banca de inversión, un empleo que, en tiempo de la crisis financiera, ha dejado ver en sus entresijos su cara menos amable.

A la luz de lo que sabemos es, pues, una novela compleja de estructura variable en la que el narrador pone en boca del supuesto protagonista una historia que se va escribiendo a sí misma a medida que transcurre, pero en la que aquél también interviene, tanto por el hecho de compartir protagonismo en alguno de los episodios como para enunciar sus juicios acerca de  éste, de alzarse ya como contrapunto ya como alternativa a su discurso, e, incluso, en una opción puramente literaria, de comentar su proceder o cuestionarse, como si fuera un escritor el que habla, la corrección o las consecuencias futuras de su discurso, 
"Con todo, seamos claros. Zafar no es un objeto natural para una biografía y, en última instancia, la razón de mi iniciativa actual no se basa en una investigación biográfica al uso. Más bien, su razón se encuentra en la relación íntima y privada entre dos personas, de manera que el ámbito sobre el que su vida tuvo importancia e impacto, el ámbito que ahora atrae mi interés es, egocéntrico que es uno, el de mi propio yo. Esa conclusión parece inevitable, más aún cuando se enfrenta a la pregunta: ¿hasta qué punto se siente uno responsable de las consecuencia de un acto?",
llegando, en algunos casos extremos, a una verdadera confesión ante el lector, al que toma como rehén de sus actos y al que parece exigir una improbable absolución. Aunque, a menudo y a su pesar, esas manifestaciones que toman la forma de confesión no son más que actos de contrición:
"Detrás de cualquier cosa que decimos hay un catálogo completo de cosas no dichas",
mereciendo consideración aparte las dudas que enuncia con respecto a la objetividad de su relato, acerca de su incapacidad de empatía con su amigo dada la disimilitud de sus experiencias, incluso sobre el efecto que pueda ejercer su vinculación -un irremediable compromiso, tanto por presencia como por ausencia- con algunos de los hechos ocurridos a su colega. 
"Pero, incluso si eso fuera verdad -el que no pudiera prever mis vínculos con los sucesos a los que él llegaría al final-, no sería correcto. Porque, ¿cuál es el lugar de la obligación y el deber? ¿Hasta qué punto debe prever uno las consecuencias de sus propios actos?, ¿y hasta qué punto otras causas que se combinan con nuestros actos, y por tanto enturbian su papel, nos exoneran? Si Zafar empezó con la infancia, ¿estaba apuntando una clase de causas más amplia, el principio de todos los hilos de su relato? Siento aversión a trazar vínculos entre la infancia y el hombre adulto; cuando lo he visto casi siempre me ha parecido engañoso e interesado, por no decir una hipótesis que no sólo no se ha demostrado sino que es indemostrable. ¿Qué pretendía mi amigo?, ¿qué quería decir?"
De este modo, es el propio narrador el que, en un intento de justificación pero también para apoyar la tesis de la objetividad de su punto de vista, nos informa de sus fuentes: su recuerdo de las charlas que mantuvieron, algunas grabaciones de esos encuentros y las docenas de cuadernos de notas que "aparecieron" en su cocina. 
"Tiendo demasiado a imitar como para ser un verdadero escritor. Pero si estuviera escribiendo una novela en lugar de limitarme a exponer los hechos que conozco -aquellos que me han contado, los que he leído y los que he conocido por mi propia experiencia- tal vez podría haberme planteado apoyar en los hechos despojados la ornamentación de razones."
Pero, como acostumbra a suceder, la multiplicidad de fuentes puede conllevar el riesgo de contaminación, como puede ser el caso de la historia contada por Zafar y la escucha de las cintas grabadas: a veces la información que consigue el narrador no es coincidente, pero otras veces lo grabado interfiere con la idea que se había hecho del relato oral, obligándole -o eso es, al menos, lo que nos traslada- a modificar su discurso o, simplemente, a dejar constancia de la disparidad descubierta entre ambas fuentes, con el consiguiente efecto sobre la supuesta objetividad o afectando seriamente a la verdad. 
"Mi amigo se me presenta ahora como varios Zafar. Está el Zafar de nuestros años de facultad, el Zafar que reapareció ante mi puerta, el Zafar que me reveló su propia historia, y otro Zafar en las páginas de sus cuadernos. Tal vez siempre había sido demasiado múltiple y diverso para conocerle, pero me parece más probable -parafraseando algo que leí en aquellos cuadernos- que la verdad sea más sutil y que las únicas respuestas que escuchamos cada uno de nosotros son las de las preguntas que somos capaces de formular."
El objetivo del narrador y la razón por la que escribe sería buscar la coincidencia entre el Zafar que él conoció, el de las cintas y el de los encuentros. Y es que el "doble" relato de Zafar, el oral y el grabado, posee una dificultad primordial para el narrador: el contexto, el marco en que se encuadra, que queda fuera del conocimiento que éste tiene de aquél, y ese desplazamiento origina un extrañamiento que, más que ocultad la verdad, la enmascara.
"Por más lejos que podamos llevar nuestro conocimiento, no alcanzaremos los límites de lo que es verdad."
Pero esta no es la única paradoja de la arquitectura narrativa de A la luz de lo que somos; constantemente se alude al pasado como origen o como justificación de ciertos acontecimientos, pero aparece constantemente la distinción entre la familiaridad entre el narrador y el protagonista en el pasado -con un Zafar pretérito que ya no existe- y la extrañeza con el Zafar actual -un desconocido-, que puede que esconda otra: la misma discontinuidad entre el yo pasado del narrador, construido y re-construido a golpes de recuerdo, y su yo actual, aunque en este caso es más fácilmente escamoteable mediante la auto-manipulación de los recuerdos propios para adecuarlos progresivamente a las diferentes actualidades.
"No es verdad que la vida sea una maldita cosa detrás de otra; es la misma maldita cosa que se repite una y otra vez". Cita de Edna St Vincent Millay.
El proceso que sigue el narrador con respecto a la caracterización de Zafar podría resumirse en cinco  fases: 1. Un antiguo amigo que necesita ayuda le procura 2. una fuente de información que puede facilitarle datos sobre sí mismo, lo que le acaba provocando 3. la admiración por haber superado ciertas pruebas en las que quizá él habría fracasado y, por tanto 4. la identificación de Zafar como una extensión de sí mismo, como aquella persona que, a pesar de todo, le hubiera gustado ser; Conclusión: la historia de Zafar se convierte en su propia historia, aunque para ello es imprescindible, si quiere acercarse a la nueva realidad, que pueda renunciar a sus prejuicios, a sus ideas preconcebidas y a sus percepciones erróneas basadas en conceptos subjetivos: 
"El relato que hacía Zafar del principio de su relación con Emily revelaba aspectos de él que yo nunca había valorado como era debido. Le escuchaba y, una y otra vez, me formaba una imagen que no se correspondía en absoluto con la idea que yo me había hecho de él, hasta el punto de que empecé a cuestionarme su propio juicio. Ahora, al pensarlo, no puedo evitar preguntarme si es posible que Zafar lo pretendiera, o, al menos, si ha sido consciente de que su narración podría tener ese efecto."
El hecho de que ambos protagonistas sean matemáticos permite configurar el concepto de "verdad" desde dos ámbitos diferentes: el matemático, que se fundamenta en ese concepto y a través del cual es posible dejarlo establecido -a pesar de Gödel-, y el filosófico, donde constituye un elemento tan intangible como volátil. Por otro lado, el origen asiático compartido da pie a que la dificultad de fijar el sentimiento de pertenencia sea uno de los temas de la novela: a diferencia de la primera generación de emigrantes, siempre y para siempre anclados sentimentalmente a su lugar de origen, la segunda se diluye entre ese lugar, que puede adquirir un carácter casi mítico, y el extrañamiento de su lugar de nacimiento o de formación; esa ambivalencia acaba generando una disonancia insoluble que dificulta la adaptación total e impide el desarrollo armónico de la personalidad, siendo considerado por el sujeto como una deficiencia permanente.

Zafar es comisionado por una agencia internacional en Afganistán en la época de la reconstrucción, después de la guerra. Emparejado con la hija de una familia aristocrática, mientras que él es el hijo de un camarero bangladesí, una brecha parecida, aunque no tan profunda y de signo contrario, entre el narrador, proveniente de una familia de comerciantes de alto nivel económico y social, y su esposa. A pesar de las dudas que manifiesta el narrador, la caracterización de Zafar es muy interesante, al tener que compaginar su alto nivel intelectual, bastante más elevado que los de las personas con las que se relaciona debido a su noviazgo con una hija de la aristocracia, y la imagen que debe prestar de acuerdo con lo que esas personas esperan de él, el inmigrante de color candidato al auxilio de los servicios sociales; incluso las becas que consigue, en realidad debido a sus méritos académicos, se adivinan fruto de motivos económicos, y él tampoco hace ningún esfuerzo por aclarar el error. Zafar está instalado en una realidad alternativa, la que concibe la gente de su alrededor, y parece hallarse plenamente cómodo a pesar de ser consciente de esa virtualidad.
"Yo tenía conciencia de raza, pero como una percepción de la diferencia, y a veces sentía desasosiego, otras irritación con los demás por no saber ver más allá. Sin embargo, en reuniones sociales, las emociones dominantes nada tenían que ver con la raza sino con cosas que esta gente tal vez ni hubiera percibido, salvo por las señales que yo filtraba por cada poro, una delación que era obra mía. La raza nunca me debilitó desde dentro; se trataba más bien de los detalles invisibles que intervenían, los que implicaban una humillación privada. Lo invisible se adueñaba de mi corazón con vergüenza."
En realidad, el propósito de Zafar es esconder su inteligencia, o no darle importancia, para que no se haga patente su superioridad ante esa aristocracia que le supera en todo menos en esto. ¿Modestia? Podría parecer, pero no, más bien una estrategia para no sobresalir y así, aprovechándose de la benevolencia condescendiente de los aristócratas, conseguir entrar en su mundo: es una mentira que al ser aceptada por ambas partes pierde su carácter de justificación. Al fin y al cabo se trata de respetar las convenciones, pero también el espacio que cada clase social tiene asignado: al invitado se le permite el acceso, pero jamás debe olvidar eso, que es un invitado.
"Ahora me pregunto si, en su mansión de seis plantas y su espacio inabarcable, la familia de Emily no había acordonado también partes de sí misma. Puertas que se abrían y cerraban; la presencia en el umbral de misterios sobreentendidos; el tono de buenos modales en que el interés sincero de la gente por la verdad parecía una vulgaridad; y, por encima de todo, el exquisito manejo de la información, su medida retención y exhibición, como una pulgada asida o suelta en las riendas de un caballo de doma: todas esas cosas formaban parte de la esencia de sus vidas, y en ese entorno y sus costumbres fui admitido e incluso bien acogido."
De la multitud de puntos de vista desde los que puede observarse A la luz de lo que sabemos, uno de los más interesantes tal vez el que intenta rastrear la motivación de Zafar al contarle su historia al narrador:
"Debo contarte la verdad, acabaría diciendo Zafar, en una expresión cuyo peso recae en la palabra verdad, una palabra que parece reclamar la totalidad de una frase cada vez que aparece. La verdad es lo que se busca, ¿no? Recuerda el Teorema de Incompletitud de Gödel, que nos dice que la verdad no siempre puede encontrarse y que no podemos saber antes de la búsqueda si la propia verdad es de un tipo que pueda desvelarse. Por tanto, no es de extrañar que cuando es la verdad lo que se promete, agucemos el oído, como hice yo. Pero mientras escribo ahora, reflexionando una vez más sobre esas frase tras el paso del tiempo, me descubro pensando no en la verdad sino en el debo. El algún sitio he leído que debemos reconsiderar las cosas para dar con la sabiduría más profunda. Y al leer ahora la frase de Zafgar, percibo un énfasis distinto. ¿Por qué siente alguien que debe hablar?";
independientemente de un cierto carácter de ajuste de cuentas -el que exige el perdedor al ganador, haciéndose en parte responsable de su derrota, como una forma de sobrellevar su porción de culpa y esperando obtener de aquél su reconocimiento-, toma también el cariz de alegato defensivo previo a una acusación que él mismo desvelará cuando estime oportuno que se ha ganado, anticipadamente, la absolución de su amigo. Aunque todo lo dicho, caso de haber sido así, pone, en el mismo acto, en evidencia el papel de éste: a medida que avanza la acción vamos sabiendo que la relación entre ambos no se limita a su época de estudiantes -aunque fuera en ésa donde se forjó su amistad-, sino que sus vidas han comportado diversos puntos de contacto que han ido modificándolas, modificando también los roles respectivos. Abreviando, se puede afirmar que la confesión, en el sentido agustiniano del término, de Zafar no es inocente en absoluto; y, del mismo modo, la historia que se ve obligado a escribir el narrador, tampoco: ambas tienen una motivación oculta que sus respectivos interlocutores deberán desvelar.
"En cuanto a juzgar la eficacia de su argumentación, yo no me siento a la altura, no porque nadie pueda tirar la primera piedra, sino porque estoy implicado. De hecho, es posible que la razón por la que considero nuestras conversaciones una búsqueda de absolución, una invitación al ajuste de cuentas, es que yo participé en todo, y soy yo el que se pregunta a sí mismo: ¿hasta qué punto puede considerarse alguien responsable de las consecuencias de un acto?, ¿hasta qué punto otras causas aligeran la carga de la propia participación en los actos?, ¿o soy yo, como diría Zafar, el chelista que intenta ocultar su error detrás de los del violinista?"
Calificación: ****/*****

Digresión 1.- ¿Son los matemáticos más proclives al suicidio que la media?

Digresión 2.- El juego de las citas y su papel en la escritura. Cuando George Eliot escribe 
"¿Cómo trazar el por qué y las razones en una mente reducida a la aridez de un egoísmo quisquilloso, en la que todos los deseos explícitos se han apagado, y han menguado hasta dejar de ser motivos y convertirse en poco más que una vacilante expectativa de motivos; una mente hecha de volubles estados de ánimo, en la que un intermitente impulso brota aquí y allá y luego se acomoda visiblemente en medio de la pusilanimidad general? Es esta una situación que puede darse con demasiada frecuencia, sin moldear por la presión de la obligación", 
lo hace con una motivación específica, motivación que, forzosamente, se pierde cuando Zafar la escribe en uno de sus cuadernos, cuando el narrador la transcribe, cuando el autor decide incluirla y cuando yo mismo la reproduzco en este post. Con toda probabilidad, no sólo se ha perdido la motivación original sino que la que ha provocado cada una de las reproducciones no tiene nada que ver con aquella ni con el resto; es decir, que hemos alterado el significado original del fragmento y lo hemos manipulado, aunque sea pasivamente, para adecuarlo a nuestro discurso actual.
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