9 de diciembre de 2016

La cacería

Traducción de Lola Bermúdez Medina
Continuación y conclusión de El sabbat, que se cerraba justo antes del inicio de la II Guerra Mundial, La cacería (La Chasse à courre, Gallimard, 1949) abarca las últimas etapas de la vida de Maurice Sachs, desde finales de 1940 hasta otoño de 1943, un año y medio antes de su ejecución, cerca de Hamburgo, en abril de 1945. Se trata de su época más oscura, marcada por una progresiva e imparable degradación personal y por la faceta más cuestionable, históricamente, de su vida, el colaboracionismo con el invasor nazi, un final nada insólito teniendo en cuenta los antecedentes del personaje.

El valor literario que sostiene la vigencia de esa autobiografía que constituyen ambos textos, aparte de la fidelidad del retrato de una época históricamente apasionante -y vergonzosamente ocultada por las autoridades francesas-, es la franqueza con la que están redactadas, su estilo directo y desprejuiciado y la mirada entre satírica y cínica sobre su propia vida. Sachs no es solamente un embaucador en sus hechos, también lo es en su estilo, manipulando el interés del lector con la facilidad del encantador de serpientes, consiguiendo incluso hacerse simpático y convirtiendo hechos repugnantes en sabrosas anécdotas.


Sachs sigue buscándose la vida con las mismas intenciones que mostró en El sabbat: el trabajo mínimo imprescindible para conseguir el dinero suficiente para ir tirando; siguen también, naturalmente, los sablazos a los conocidos y la escalada de deudas.


Su trabajo en la radio le permite trabar conocimiento con personajes influyentes, pero sobre todo mantenerse puntualmente informado del progreso de la guerra; es precisamente gracias a esa circunstancia que es testigo de la deserción del gobierno ante la inminente entrada en París del ejército alemán.

"Uno se imagina que las horas críticas de una nación son vividas por el público en un ambiente de seriedad y excepción: nada más lejos de la realidad."
Es en esta situación excepcional en la que resurge el Sachs más cínico, el más egoísta, como si la desgracia ajena excitara sus peores instintos, mucho más allá de la pura supervivencia, su mal genio y su lubricidad. Que no busque el lector la menor dosis de empatía, la conmiseración esperable en una situación excepcional que llega a comprometer la supervivencia  de seres inocentes, la piedad para con aquellos que se han visto obligados a dejar atrás toda una vida: Sachs centra su atención en los miembros del gobierno y de la alta sociedad que han abandonado París a toda prisa y vierte su veneno sobre ellos, acentuando el carácter patético de los exiliados y de su repentino cambio de parámetros. Sachs ve venir el tiempo para la venganza, y esta vez no va a dejar pasar la oportunidad.
"Y en aquel gran drama histórico que se representaba, no cabía sino reír de todo lo que de maldita estupidez, vanidad, creencias ilusorias e innoble pánico se desplegaba por la ciudad."
La ocasión hace al ladrón, sentencia el dicho, y Sachs, aclimatado al infierno por sus descensos esporádicos, está preparado para caer hasta el noveno círculo.

Pero primero huye de París y se instala en Burdeos; deja pasar la oportunidad de embarcarse hacia Marruecos -sin especificar la razón: la excusa que aduce, la falta de fondos, viviendo de quien viene, se antoja una coartada poco creíble- y, una vez ocupada y estabilizada la capital, regresa, retomando como si nada su modus vivendi de negocios oscuros, cuando no directamente estafas; después de varios cambios de domicilio, se traslada al campo con la mujer que le mantiene.

En ese retiro campestre, Sachs especula con escribir una novela picaresca, una obra de teatro... Mientras tanto, llevado por un inexplicable altruismo, adopta a un huérfano de diez años -celebra que no le hayan concedido uno mayor, ya que la tentación de hacerlo su esclavo sexual habría sido irresistible- y hace un leve intento de asentarse en esa parodia de vida familiar; pero las demandas sexuales de su patrocinadora, la acostumbrada carencia de fondos y la apenas sugerida equívoca relación con su ahijado le obligan a abandonar un exilio que, contra lo que le pareció en un principio, se ha tornado insoportable, y a regresar a París.

La capital bulle de actividad debido al mercado negro, una situación excelente para individuos sin escrúpulos como Sachs, que se aprovecha de cualquier suceso en beneficio propio; 
"Todas nuestras carencias, todos nuestros defectos se pagan muy pronto, antes incluso de que valoremos el total, y por eso es por lo que, obstinada e inconscientemente, se ignoran de por vida las debilidades";
es una época buena para traficantes, especuladores e intermediarios con una visión amplia de los negocios, y Sachs no deja pasar la oportunidad de conseguir grandes beneficios en el mercado negro del oro que invierte concienzudamente en grandes comilonas, alcohol e interminables orgías de sexo pagado con jovenes "acostables".
"La aventura con Henry, terminada en un cansancio recíproco, me dejó durante algún tiempo sólo el gusto de los amores de pago. Es sencillo, cuando se tienen los medios, pero costoso y sin verdadera excitación para la mente. Se piensa que los chicos fáciles, de rostros diferentes, son también de alma diversa. No es así. Como las chicas, pero mucho menos codiciosos, sólo existen para una cena, una corbata, una salida, un traje o un reloj. Siempre sorprendidos de que no se les tenga más apego ni se esté con ellos por más tiempo. No son conscientes de lo poco que dan. Es así: chicos inteligentes que rechazan dar su cuerpo, ignoran que este último presente colmaría todos nuestros deseos; y chicos lelos que se ofrecen de buen grado ignoran que este primer regalo es poco inteligente. Círculo vicioso, ¡cómo ser feliz así!"
Pero los tiempos cambian con tal rapidez que Sachs, ocupado con sus trapicheos y abducido por un nuevo amante, no consigue restablecerse. Sus apoyos en el hampa y en la alta sociedad ceden, el ambiente permisivo con respecto a los actos ilegales se endurece, todo se ensucia y se pudre, y ese descenso se lleva a Sachs con él, en una espiral sin fin hacia lo irremediable. Al río revuelto de la situación política, Sachs echa las redes de la ambición y pesca nuevos llegados llenos de aspiraciones y ambición; y sabiéndose impune, eleva otro escalón sus ambiciones sociales, económicas y sexuales: todo está permitido si sirve para alcanzar los fines propuestos, aunque sabe que su situación -por ser judío, pero también por sus negocios claramente ilegales- es peligrosamente precaria, y al percibir que es más tolerado que aprobado y que su sentencia está dictada a la luz de todo su pasado, no se abstiene de nada que pueda permitirse, más fruto del hastío que de la ambición.

El ímpetu juvenil ha cedido, los amigos -lo cierto es que hartos de sus estafas- le han abandonado, ya sólo puede conseguir sexo a cambio de dinero, y su alma se debate entre seguir trampeando, siempre a pequeña escala y con beneficios mínimos, o darse definitivamente por vencido.
"El complejo de superioridad no es menos necesario para el hombre que el complejo de inferioridad, sin el que apesta de vanidad. Uno y otro deben balancearse armoniosamente para fijar el carácter. Acababa de pasar por demasiados despreciables contratiempos como para no desear que otro yo mismo se me apareciera, a mí y a los demás. Si uno no deja nunca de ser el mismo, se es grande ante todos por lo que todos creen de uno."
La autobiografía se interrumpe en la primavera de 1942 con Sachs en París, aliado con un nuevo amante y con la intención de reclutar fugitivos para pasarlos a la Francia Libre, e incluye un conjunto de cartas redactadas desde Hamburgo en otoño del mismo año y enviadas en marzo de 1943 a su amigo Yvon Belaval. Sachs, acuciado por las deudas, se ha enrolado a finales de 1942 en el Service de Travail Obligatoire, un grupo de trabajadores franceses deportados a Alemania como mano de obra barata para contribuir al esfuerzo teutón en la guerra; debido a su mala conducta es recluido en la prisión de Fuhlsbütell y, llegados ya los ataques aliados a Hamburgo, es excarcelado y, aunque existen versiones contradictorias acerca de su muerte, parece ser que fue asesinado por el oficial nazi que les conducía a una zona segura. 

Calificación: ****/***** 

Anexo: Los libros que Sachs se llevaría a una isla desierta:

"Casanova, Las mil y una noches, Gaspard de la noche, Las flores del mal, una selección de la correspondencia de Stendhal (A las almas sensibles), Grandeza de los romanos de Montesquieu, La imitación, las poesías completas de Verlaine, Alcoholes de Apollinaire, el Diario de Gide, la Biblia, las Fábulas de La Fontaine, Los maestros de antaño de Fromentin, los Sonetos de Shakespeare, los poemas de Edgar Allan Poe y Hojas de yerba de Walt Whitman pero, pensándolo bien, si no pudiera coger nada de todo eso, me llevaría el Littré y viviría sólo veinte años."
Publicar un comentario