14 de noviembre de 2016

J

J. Howard Jacobson. Sexto Piso, 2016
Traducción de Antonio Rivero Taravillo
J (así, con la letra tachada), es la penúltima novela publicada por el prolífico novelista, periodista y autor de novela gráfica de origen británico; la obra fue Finalista del Man Booker Prize 2014, premio que obtuvo con anterioridad, en 2010, por The Finkler Question (2010), la única, hasta ahora, de sus obras traducida al castellano.
"¿Qué país no era un osario de su propia historia?"
J es una historia tejida alrededor de tres protagonistas principales, dos personas y un hecho, complementada por una serie de personajes que, en algún momento, se cruzan en las vidas de aquéllos, y encuadrada en un tiempo histórico y un tipo de sociedad altamente insólitos de los cuales el autor se guarda bien de ofrecer datos concluyentes. Ailinn Solomons -artesana de flores de papel- es una huérfana adoptada, con una infancia, pues, olvidada, que mantiene una vida gris, monótona, regida por la niebla, la humedad y la oscuridad; Kevern Cohen -tallador de "cucharas de amor" en una sola pieza de madera- es un joven retraído, dominado por la presencia ausente de su padre, autoinfravalorado, transparente, obsesivo. Ailinn y Kevern traban conocimiento y, en este improbable encuentro de dos soledades, como si dos repulsiones pudieran dar como resultado una atracción, establecen un vínculo de naturaleza extraña basado en un sentimiento principal, la compasión, pero que les permite sobrevivir al tedio de unas vidas sin objeto en una sociedad aparentemente disfuncional. 
"No era feliz, pero aceptó que ahí, en la infelicidad, era todo lo feliz que podría llegar a ser nunca."
De hecho, ambos arrastran un pasado oscuro que, a pesar de no poder ser objeto de detalle, ha condicionado su existencia posterior de manera definitiva: la educación familiar de Kevern fue tan estricta y exigente como poco funcional, y al inconveniente de tener unos padres mayores se le suma el haber sido hijo único; Ailinn, por su parte, desconocedora de los hechos a causa de una amnesia funcional, debe cargar con la sospecha, alentada por su madre adoptiva, de haber sido víctima de abusos en su niñez, antes de ser abandonada en un hospicio.
"¿Qué tenía de bueno el amor, cuando tocaba a su fin? Alguien se enamoraba y de inmediato pensaba en morir. Ya fuera porque la persona de la que una se había enamorado tuviese idea de matarte, o porque excepcionalmente no la tuviese y entonces temieras verte separada de ella."
El suceso que comparte protagonismo con ambos es "LO QUE SUCEDIÓ, SI ES QUE SUCEDIÓ" (las mayúsculas son del original), un suceso de naturaleza violenta, una época de confrontación, de caos, de desorden, en el que hubo una ruina de los bancos, una cruda crisis y un empobrecimiento general, siempre presente pero siempre excusado, cuya existencia se acepta históricamente -pues parece demasiado reciente para negarla- pero se elude como algo inevitable, que provocó una época de autoritarismo y de restricciones de la libertad con el fin de instaurar una política del olvido: 
"El pasado existe con el fin de que nos olvidemos de él";
a guisa de ejemplo, no se pueden realizar llamadas interurbanas, entre otras restricciones a la comunicación, no se puede conservar en casa más de un objeto que supere los cien años, y la expresión de los sentimientos en considerado como no conveniente. La degradación es más evidente en Necrópolis, la capital, donde los barrios más elegantes y las mansiones más exclusivas, en visible decadencia, son ahora habitados por inmigrantes y personas desubicadas.
"Aquello de lo que no te acuerdas podría perfectamente no haber sucedido. Recuérdalo todo y no tendrás futuro."
A medida que avanza la acción, aparecen ciertos personajes que, aparte de los familiares  directas de ambos protagonistas -progenitores determinantes, especialmente las líneas maternas, como va quedando establecido a lo largo del libro y como quedará patente en la conclusión-, un policía, un artista, una compañera de piso, cuyo oscuro papel parece reservado a los comparsas, pero que van adoptando un papel principal, casi cabría hablar de directivo, en la vida de la pareja. 
"Era una manera de desenvolverse en la vida: asentir y no decir nada."
Cuando citaba la excepcionalidad de la sociedad en la que se desenvuelve la trama lo hacía porque su naturaleza condiciona hasta tal punto el devenir de la historia y los sucesos que acarrean ambos protagonistas que, más que el medio en que se desenvuelven, adopta el papel de co-protragonista principal y acaba transformándose, tal vez, en el desencadenante de los suesivos giros que adopta la trama, atributo que la convierte en uno de los principales atractivos de J, un manual de la sociedad autoritaria post-moderna. 
"Muchos de los males de la sociedad eran el resultado de que el tipo equivocado de personas con el tipo equivocado de creencias encontraban maneras de reciclarse a sí mismas, sin importar el esfuerzo que suponía su eliminación."
El miedo por la ignorancia del límite sería una de las facetas que adopta ese autoritarismo de baja intensidad. En lugar de la sociedad con infinidad de leyes represoras, a pesar de poseerlas, con un código de estricto cumplimiento y unas fuerzas hostigadoras, se dictan leyes difusas que favorecen un simulacro de libertad, y un sistema de vigilancia oculto que siembra dudas acerca de su efectividad. 
"¿Qué es lo que temo haber hecho?"
La falta de concreción (qué está prohibido, hasta dónde puede llegar el incumplimiento tolerado) provoca una autocensura en los propios súbditos que, al no saber con certeza si están transgrediendo la ley o no, reprimen acciones permitidas por el miedo a quebrantar lo prohibido; se trata, pues, de un miedo difuso, más efectivo que la represión directa porque sus efectos son mucho más opresivos; por ejemplo, no existen libros prohibidos, pero sí indisponibles.

Un caso parecido sucede con el grado de cumplimiento de la ley. La aplicación de la norma es relajada, de modo que se permiten leves incumplimientos -aunque el relajamiento es discrecional-. El hecho de que el súbdito -en J no existen ciudadanos, solamente súbditos- ignore hasta qué punto se le va a permitir la transgresión provoca un estado de alerta y una hipersensibilidad al control cuya consecuencia resulta ser un sobrecumplimiento de las leyes. 
"Eso era lo que tenían de cruel los cambios superficiales: ponían de manifiesto aquello que no podría cambiar nunca." 
Las sociedades autoritarias acostumbran a ejercer la autarquía; en el caso de J es tanto "espacial" como "temporal". No es que esté prohibido salir del país -lo que sí es es ilógico, ya que en el país de encuentra todo lo que se puede necesitar-, lo que está prohibido es entrar. También está prohibido investigar el pasado:
"Mirar hacia el pasado y pedir perdón es lo más procedente. El peligro acecha en la nostalgia";
para borrar este pasado indeseable se dicta la "Operación Ishmael" -"Llamadme Ishmael"...-, que consiste en el cambio de todos los apellidos para hacer imposible el rastreo de los antepasados.
"[La OPERACIÓN ISHMAEL] Concedió una amnistía universal, la dispensación de una vez por todas de odiosas distinciones entre los perpetradores y las víctimas. El tiempo debe plegarse sobre los sucesos, y no hay mejor manera de asegurarse de ello que unir a todos con carácter retroactivo. Ahora que somos una familia y no podemos recordar cuando éramos otra cosa, está descartada la repetición de lo sucedido, si es que sucedió, porque no queda nadie para hacerlo, fuera lo que fuera lo que se hizo o no se hizo."
La sociedad de la sospecha se fundamenta en la delación, y ésta se instaura estableciendo una red difusa de vigilantes no institucionalizada: cada individuo puede ser un delator, y si la duda de si es o no es ese amigo, ese pariente o tu propio esposo provoca una desazón y una desconfianza que hace que calles lo que piensas, omitas lo que pensabas hacer o actúes siempre con prevención, o que se convierta uno también en delator con la esperanza de contar con la confianza de las autoridades o de que se le consientan pequeñas desviaciones.
"Es curioso cómo el destino -ese divino malabarista- equilibra las fortunas de los hombres con tal precisión que con cada subida o bajada dejamos libre un espacio, no sólo para cualquier viejo rival, sino para alguien a quien podamos odiar con razones fundadas."
Esta vigilancia sutil, presuntamente laxa, es la que aplica el sistema a Kevern con la intención de que se sienta observado pero sea incapaz de identificar a los informadores o de saber a ciencia cierta la razón por la que le están sometiendo a vigilancia.
"Había algunas preguntas que uno no podía plantearse, ni siquiera a sí mismo. Había algunas preguntas que no podía comenzar a moldear a partir del caos negro de la ignorancia, por miedo a lo que pudiera traer la definición. Porque... porque una vez que hubieses delimitado la pregunta, le habrías dado casi forma a la respuesta."
Ante un hecho histórico luctuoso de grandes dimensiones perpetrado por toda una nación es lógico que los responsables intenten olvidar y borrar todos los registros que pudieran incriminarles, esgrimir el negacionismo como único criterio válido, y excusarse mediante pseudo-razonamientos filosóficos, sociológicos o científicos. Sin embargo, la represión alcanza la perfección cuando ese olvido es promovido también por los descendientes de las víctimas, cuando son ellos mismos los que abrazan el negacionismo.
"Que no hubiera Götterdämmerung no significa, estúpido, que no hubiese nada. Primera ley de la investigación criminal: todo el mundo exagera. Segunda ley de la investigación criminal: sólo porque todo el mundo exagere no significa que no haya nada que investigar. En mi profesión [policía], señor Kroplik, no decimos que no hay humo sin fuego. El rumor es también un crimen. Una falsa acusación... de eso sabe usted mucho. Pero dicho esto, siempre hay un incendio. En algún lugar, algo está siempre ardiendo. Ésa es la razón por la cual ninguna acusación es siempre inútil del todo. Finalmente encontraremos un culpable para cualquier crimen."
El paso siguiente a la adopción del negacionismo por parte de las víctimas es la asunción por su parte de que tuvieron parte de culpa, que con su actitud provocaron a los represores cargando con una supuesta parte alícuota de responsabilidad, y que ese sentimiento se transmita de padres a hijos, salte generaciones, incuestionada, y se instale en el código genético social de los represaliados con el único fin de marcarles de forma indeleble y castigarles eternamente con una autoinculpación ante la que no caben ni el perdón -¿a quién pedírselo?- ni el olvido. La clave es que no se pueda distinguir a los culpables originarios y que quede sin respuesta la cuestión principal: ¿quiénes son los otros?
"Lo que hemos perdido es la experiencia de un antagonismo profundo. No es un antagonismo informal, de o lo tomas o lo dejas, de familia o entre vecinos, o algo absolutamente menos accidental y arbitrario que eso. Un antagonismo cultural bien formado y digerido, en el que todo, desde a quién adoramos hasta lo que comemos, se tiene en cuenta y queda completamente claro. Somos quienes somos porque no somos ellos."
"Soy lo que soy porque no soy ellos", coincide Kevern.

Ante esa confusión entre criminales y damnificados, las víctimas sufren un proceso de despersonalización, de desindividuación, una de cuyas consecuencias es la casi voluptuosa fascinación del sacrificado por el verdugo, la ambivalencia espoleada por la obsesión: la cordura es la única defensa, pero cuando ésa se ha perdido, se abandona también toda posibilidad de exculpación. 
"Yo mismo he estado a la vanguardia de los que piden disculpas, con tal de que no pidamos disculpas por algo que en realidad hayamos hecho."
La eliminación total del enemigo es contraproducente, y más si el enemigo es interior, porque se acaba con el antagonista necesario que da coherencia a la sociedad. Por tanto, habrá que buscar otro con toda urgencia.
"La simple reiteración de una idea previamente descartada fue lo que puso a la comisión de Esme sobre una nueva pista. La idea de que, sea lo que sea LO QUE HUBIESE SUCEDIDO no se podría haber destruido a todos. Ninguna operación podría haber tenido tanto éxito. Algunos, por supuesto, habrían escapado. Pero algunos, también, seguramente se habrían escondido. No todo el país había estado en pie de guerra. Había lugares donde no se le habían tomado tan a pecho y la sangre no habría sido tan abundantemente derramada. Debido a la bondad de corazón, a los principios morales, a la piedad, o simplemente al empecinamiento que florece lejos de las grandes ciudades y capitales -esa tozuda negativa a ir con la mayoría-, la gente habría ofrecido ayuda, dado refugio, recogido por lo menos a un niño atemorizado. No tenía sentido ser demasiado optimista. La oportunidad de encontrar familias enteras que vivieran pacíficamente en afloramientos rocosos donde hubiersen estado escondidas durante generaciones era exigua. Pero en su defecto, ¿podría ser que no hubiera en algún lugar un solo hombre y una sola mujer de ascendencias pura por descubrir, entre una población de casi cien millones de personas? Pues no hacía falta más: únicamente un solo hombre y una sola mujer, sujetos a rigurosa autentificación y con una salud razonable, y todo podría empezar de nuevo."
Y si no se encuentra, se inventa, el poder tiene instrumentos suficientes para señalar a un grupo, atribuirles todas las barbaridades que se le ocurran, azuzar a la población contra ellos y conseguir convertirlos en el "opuesto necesario". Una vez completada la restitución, sólo hay que dejar que pase el tiempo para que los mecanismos sociales se pongan en funcionamiento y alcancen la meta planeada.
"Somos los autores de nuestras consecuencias, si no siempre de nuestras acciones."
Es evidente, por más que no se cite ningún dato concreto, la relación de cuanto sucede en J con la shoah, la triste historia europea del siglo XX -aunque el tiempo de la narración se sitúe en el XXI-, las represalias y los sucesivos éxodos del pueblo judío; incluso la cuestión de la matrilinealidad parece una referencia directa a la tradición hebrea. Uno de los desencadenantes del suceso parece haber sido una Twitternacht, cuya relación con la Kristallnacht parece más que evidente. La familia de Kevern, los Cohen, son judíos, la mayoría de apellidos de la clase sojuzgada son de procedencia judía -y sospechosamente alemana los de los represores-. Y tal vez la pista más concreta, esa jota tachada del título, ese sonido que cada vez que era pronunciado por el padre de Kevern iba seguido del gesto de ponerse dos dedos en los labios, como quien pide... ¿silencio?

La ubicación temporal es otro enigma en el que Jacobson sumerge al lector. ¿En qué tiempo tiene lugar lo sucedido en la novela? ¿En el pasado? ¿En el futuro? ¿En el pesente? A pesar de que la datación incompleta de unas cartas sitúan la acción en un inmediato futuro en nuestro propio siglo, ¿es esa indefinición temporal lo que la hace tan terrible?

J es una historia lúgubre que se rige por sobreentendidos, triste, desangelada, deplorable; Jacobson consigue tejer, en una novela estupenda, una historia terrible y reflejar una sociedad enferma que, y eso es lo atroz de la novela, no puede evitar sus semejanzas con algunos de los episodios más tristes de la historia de la Humanidad.

Calificación: *****/*****
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