21 de noviembre de 2016

Éxodo

Éxodo. Lars Iyer. Pálido Fuego, 2016
Traducción de José Luis Amores
“Estamos aquí para irnos.”
W., un personaje acerca de cuya identidad podría especularse casi indefinidamente -aún cuando esa inicial parece facilitar pistas que igual sirven solamente para despistar al lector-,  expulsado de la Universidad pero readmitido a la fueza debido a un tecnicismo legal; y Lars, su inseparable acompañante, que comparte con Iyer, entre otras cosas, el nombre de pila, marchan en esta tercera entrega a realizar una gira de conferencias por Reino Unido para conmemorar la definitiva e irrevocable desaparición de las Humanidades de las universidades británicas. La Filosofía es una disciplina inútil que debe esfumarse de los programas de estudios para dejar sitio a los conocimientos útiles, prácticos, a la economía y a la tecnología. La Universidad, esa institución benéfica de los tiempos de abundancia, con su espejismo de igualdad, debe reciclarse para pasar de formar ciudadanos a fabricar súbditos y, llegados los tiempos de escasez, buscarse socios privados que la sostengan, la dirijan y bajo cuyo mecenazgo se adoctrine a las élites destinadas a sucederlos.
“El cadáver de la universidad flota bocabajo en el agua, eso es lo que siempre le digo, dice W. Nosotros lo empujamos con palos. Ninguno de los dos se lo puede creer. ¿De veras está muerta, la universidad?, me pregunta W. ¿De veras ese cuerpo hinchado y de rostro azul es su cadáver? Sí, está muerta de verdad y ahí flota, bocabajo, le digo. De nada sirve fingir lo contrario, ya no. La universidad ha muerto y ese es su cuerpo.”
Alumnos sobreentrenados en tareas competitivas, espoleados para progresar indefinidamente, excitados por el olor del éxito y persiguiendo inasequibles al desaliento la excelencia, habrán perdido la capacidad de degustar el sabor de la derrota, a lucir el aura del vencido, a recorrer el peregrinaje de la pérdida, a degustar la poética del fracaso. Atléticos y anabolizados, sobrealimentados, sonrosados como el culo de un mandril, llamarán a nuestras puertas, no, las echarán abajo sin llamar, y se colarán en nuestras estancias como la humedad, como las ratas, para ocupar nuestros sitios, tomando el timón para la irrastreable singladura hacia el futuro. Perfecto.
“Los tiempos están cambiando, dice W. Toda una época termina. Su temor es que seamos nosotros sus enterradores, dice W. Que el foso que hemos cavado para nosotros -el desastre de nuestras carreras, la ridícula pose de nuestras vidas como pensadores- sea la sepultura en la que la filosofía sea depositada… Platón se revuelve en su tumba, dice W. Kant da vueltas como un trompo en su tumba. ¿Vio Cohen lo que se avecinaba? ¿Lo vio Cassirer?”
Todos los ataques a la Humanidades han sido entablados porque diversos, aunque coincidentes en los fines, agentes las han considerado un enemigo a batir. Siendo así, las Humanidades han desplegado sus ejércitos, diseñado sus estrategias, y planteado batalla. Este último ataque, el definitivo, sin embargo, no se ha proyectado desde la hostilidad manifiesta sino desde la desconsideración, relegándolas al campo de la irrelevancia; y contra esa acometida no existe defensa posible. W. especula con que tal vez la única protección sea la autodestrucción, y que la Filosofía vuelva a las calles desde donde una nueva generación de pensadores cínicos puedan escupir al poder, siempre que sean capaces de encontrarlo personalmente.
“Pensadores con mentes como cepos de acero.”
Mientras tanto, en el mundo exterior, la desolación se adueña de todo lo existente; no es la destrucción, pues ésta ya ha tenido lugar, es un paso más allá, porque los cascotes ya han desaparecido, cubiertos por una capa del polvo de la irrelevancia, y la ignorancia ha rellenado, en un avance lento pero constante, los antiguos socavones. En la pausa de una conferencia en Manchester, mientras W. deja el atril a Lars, el silencio de la sala queda roto por el pitido de un vehículo de la construcción maniobrando en la calle: el signo de los tiempos, una conferencia crítica con el capitalismo interrumpida por la máxima expresión de éste, la construcción desenfrenada, el epítome de la especulación:
“¿Siguen construyendo?, dice W. Siempre, le digo. Noche y día. Ahora están empezando una nueva excavación, le cuento. Los sótanos ya han sido cavados -muy profundos, casi hasta el centro de la Tierra- y colocados los cimientos, le cuento. La estructura progresa, así como los encofrados y la maquinaria de elevación. Han cavado zanjas enormes para tuberías de servicio, en largas hileras, como fosas comunes…”
Ya no quedan ni siquiera grietas, testimonio mudo de que algún día incierto existieron paredes; las certezas han sido sepultadas bajo toneladas de relativismo, y los tiempos verbales que expresan pasado han sido borrados de los manuales de conjugación; incluso el presente se ha convertido en un tiempo ficticio que ha sido sacrificado en beneficio del único tiempo verbal que conjugaremos: el futuro perfecto.
“Estos no son nuestros tiempos, coincidimos. Pero, ¿de quién son? Son tiempos de inversores y financieros, concluimos, de promotores urbanísticos y especuladores. Tiempos de asociación público-privada y urbanizaciones cerradas. Tiempos de monumentos de palcos de acero al crédito. Tiempos de emprendedores mercantiles, que venden su alma al capital para recomprarla de inmediato.”
La nuestra no es una generación perdida sino una generación exterminadora: hemos decepcionado las esperanzas que nuestros antepasados pusieron en nosotros, de nuestros ancestros que vivieron y murieron con la certidumbre de que podía mejorarse la vida en este mundo y de que nosotros estábamos, por primera vez en la Historia, preparados para llevarla a cabo; amputaremos las posibilidades a nuestros descendientes, legándoles una civilización agotada asentada en un mundo esquilmado e inerte. La desertización de la naturaleza no es más que el síntoma externo de la desintegración del pensamiento, la unificación de lo peor, la nivelación por lo inferior. La pérdida de la biodiversidad nada más que la sustitución del razonamiento por las consignas: el fin, sin remisión posible, el escape inviable.
“La idiotez no es absoluta, dice W. Hay clases de idiotez. Tonos de idiotez. Su idiotez deleuziana es muy distinta de su idiotez rosenzweigiana, dice W. ¡Muy distinta de su idiotez kierkegaardiana! ¡W. experimenta los límites del pensamiento de manera distinta con cada filósofo que lee! ¿Y no es esa la única razón para leer?, dice W.: ¿experimentar tus límites de otro modo? ¿Experimentar tu idiotez?”
El capitalismo salvaje no es solamente un cambio de era, es también un cambio de paradigma:
“Estamos en los inicios de una nueva era, dice W. Una era resplandeciente. Una era de acero y ventanas. Y vendrán hombres y mujeres de esa nueva era, más altos que nosotros, de ojos brillantes y dientes blancos. Más altos, más esbeltos, con mejores conjuntos de habilidades.”
La evolución natural comete a veces errores en forma de callejón sin salida, como el caso del dodo, felizmente desaparecido, o del ornitorrinco, híbridos monstruosos sin ninguna finalidad evolutiva. La evolución social, en cambio, hábilmente corregida y redirigida, posee un cometido inexcusable: la supervivencia del más capaz, de aquel que puede realizar valiosas aportaciones a la preservación y al progreso de la clase a la que pertenece con el fin de alcanzar un próspero y brillante futuro. Perfecto.

Contra esa conspiración de las élites utilitaristas sólo cabe oponer la lucidez del demente. No es que un demente -como un niño o un borracho, como reza el dicho- diga siempre la verdad, es que es el único capaz de alcanzarla. ¿Pues qué han sido todos los grandes filósofos, desde los presocráticos, los primeros, hasta los situacionistas, los últimos, sino dementes a causa de su clarividencia? No se puede pensar y conservar la serenidad sin una pizca de locura en forma de inadaptación, de marginalismo. Sólo el loco puede alertar con libertad acerca del porvenir sin suicidarse inmediatamente, sólo el vate puede profetizar el apocalipsis sin pactar, sea con Dios, sea con el Diablo, la salvación individual. Tampoco la religión nos va a salvar del Apocalipsis, Dios dejado en manos de los verdaderos instrumentos de poder, sean órdenes mendicantes o altas jerarquías del Vaticano; su omnipresencia repercute negativamente en su función supervisora, y la dispersión de las confesiones religiosas impide la concentración de esfuerzos. No será ninguna de estas la razón de su supervivencia, a diferencia de la Filosofía, sino su capacidad de plagio, su camaleonismo y la insistencia por mantenerse siempre al lado del poder, lo ostente quien lo ostente. El loco “abre la mente demasiado”, no está sujeto a religión, la autoridad ni a los prejuicios, de ahí su peligrosidad para el sistema. En el mismo pozo en el que el cuerdo ve un agujero negro, impenetrable y letal, ve el loco la brillantez del futuro. Imperfecto.
“Hubo un tiempo en que W. pensó que había una especie de libertad en nuestra ligereza. Que la bufonería era una especi de liberación, una evasión de la falsa gravedad. Al menos no éramos pomposos: ¿no es eso lo que se decía? Pero ahora sabe que la inanidad no tiene fin, que es como deslizarse como el hielo, dice W. Que no hay fricción, nada que te detenga… y que hace tiempo que hemos dejado atrás a nuestros amigos (a los amigos de W.) en nuestro deslizarnos.”
El pensar ha dejado el campo libre al deducir, la actividad especulativa a la productiva; un razonamiento muestra su validez en función de su utilidad: la Tecnología ha suplantado a la Ciencia, la Sociología a la Historia, la Escritura a la Literatura y la Ética Aplicada a la Filosofía. La última gran época de la filosofía británica transcurrió cuando los filósofos empezaron a beber y a fumar, dejaron las islas y viajaron a París y al Mediterráneo, cuando se convirtieron en europeos; el sol, el mar y el vino les abrieron la mente, y les permitieron ampliar la perspectiva del pensamiento. Esa fue la última Época Dorada. Después regresaron a su niebla y a su lluvia, su cerebro se embotó, volvieron al provincialismo y a la introversión, desterraron cualquier destello de especulación intelectual, se insularizaron de nuevo, y de aquellos polvos vinieron estos lodos.
“Algunos escaparon. Algunos fueron a otra parte. Pero otros volvieron a caer en la britanicidad; cayeron en la asfixiante charca de la britanicidad. Se ahogaron, boqueando, faltos de aire, en Bretaña. ¿No habían visto demasiado? ¿No habían aprendido aquello de lo que carecían? ¿No tenían ahora una idea del gran pensamiento, de la gran política? ¿No habían estado sus cielos llenos de luz, llenos del fuego celestial?”
El regreso de la Filosofía sólo puede materializarse a través de la violencia; es preciso volver a lanzar adoquines a la policía, escandalizar a los biempensantes, atracar los reductos en los que se hace fuerte el capitalismo, pero, ¿quién comandará las huestes vengativas? ¿Los estómagos agradecidos de la Filosofía Académica, que comen de la mano de las grandes corporaciones? ¿Dónde están los situacionsitas de mayo del 68? ¿Sentados en un McDonalds, comiendo panecillos sin gluten y hamburguesas veganas, bebiendo Coca-Cola Zero y abjurando de los fumadores?

Pero aunque la Revolución tal y como la conocemos sea imposible, habrá que buscar nuevos campos de batalla, porque el enemigo no acude a la cita, la Política, la Economía y la Regeneración, los tres grandes adversarios de nuestro tiempo, ya no precisan luchar cuerpo a cuerpo, y sin enemigo no hay lucha ni posibilidad de triunfo: es, de nuevo, la condena a la irrelevancia; toda la preparación, la estrategia, la táctica, han sido inútiles. Y no podemos vencer por incomparecencia del adversario porque el arma que creíamos letal no sirve contra fantasmas. No nos queda más que rendirnos, retirarnos a lamer las heridas que no nos han infligido y desaparecer: ese es el exilio que nos han dejado.
“Nunca hemos vivido: W. está obsesionado con esa idea. ¡Nunca hemos vivido! ¡Nunca estuvimos vivos, ni siquiera un momento!”
La Escritura podría constituirse como el único antídoto contra la infección de la Utilidades, pero una Escritura que trascendiera las escrituras habituales -de las cuales serían un buen ejemplo los cementerios de elefantes edificados sobre los cimientos de las tesis doctorales, las comunicaciones académicas, las publicaciones en revistas especializadas y los papers-, que no consistiera solamente en poner negro sobre blanco un pretendido pensamiento; no debería ser su reflejo ni su materialización, sino una Escritura de pensamiento en acción, la mente retratándose a sí misma en el acto de pensar. Esa es una de las razones por las que la verdadera Filosofía no puede comunicar fielmente en toda su potencia, porque la expresión de un pensamiento, sea en forma oral o escrita, siempre da un resultado estático, fijo, ante la imposibilidad de reproducir la dinamicidad de la mente.
“No debemos tanto buscar ideas, dice W., como dejar que las ideas nos encuentren. No es cuestión de ‘esfuerzo mental’, sino de ‘aflojamiento mental’, dice.”
Si el pensamiento necesita movimiento, los peripatéticos tenían razón: nada mejor para pensar que caminar. Si cuanto más se anda más profundidad de pensamiento se puede alcanzar, la marcha continua llevaría al pensamiento total, y ya que no se puede andar en círculos, como los hindúes, porque en este caso no se hace más que pensar circularmente, el caminar en huida es la única alternativa posible: para escapar del presente de esclavitud, hay que tomar el ejemplo del pueblo judío: el éxodo.

Cuando el pensamiento ha agotado todas sus posibilidades, siempre queda la acción. Y después de que la acción de unos pocos muestre también su inutulidad, sólo queda la acción contra uno mismo, que no es un síntoma de la cobardía escapista sino el del compromiso personal bajo el paradigma de que si la sociedad nos ha condenado a la irrelevancia tampoco notará nuestra ausencia, como no sea ese Éxodo la manifestación de su fracaso -es decir, la misma razón que tiene la religión para abominar del suicidio y considerarlo uno de los peores pecados-.
“Catorce. Estupidez estúpida. Los estúpidos son invariablemente estúpidos en lo referente a ser estúpidos, dice W. ¡No tienen ni idea de su estupidez! Los demás ríen ante el idiota y éste se ríe con ellos. ¡Todo el mundo está riendo!, piensa. ¡Qué divertido! El estúpido no sufre realmente su estupidez, dice W. Deja que otros lo hagan por él.”
O tal vez ese éxodo no consista, realmente, en una traslación en el espacio -Egipto, Sinaí, Canaán- sino en un traslado en el tiempo, un regreso al tiempo de la tierra virgen no hollada por el hombre, a la naturaleza primordial con la intención de comenzar de nuevo y, con la experiencia acumulada, evitar los errores cometidos la primera vez. Aunque, en realidad, ese éxodo sería mucho menos numeroso que el del pueblo hebrero porque a día de hoy nadie querría abandonar el Egipto de la sociedad de consumo, de la estulticia y la hiperconexión, y apostar por el futuro incierto de una travesía del desierto de cuarenta años. W. sí se marcharía; Lars lo seguiría, pero no habría muchos más peregrinos. Sin embargo, no hay conservación sin movimiento, no hay progreso sin exilio, sin abandonar las comodidades domésticas y surcar los mares en busca de una nueva luz.
“¡Maldito sea el mundo!, dice W.. ¡Malditos sean nuestros tiempos!”
Lars Iyer concluye la estupenda trilogía sobre la asfixia de la razón, después de Magma y Dogma, con este Éxodo. Después de pasear a W. y Lars por Europa y Estados Unidos de América, los devuelve a las Islas Británicas para acompañar al sepelio de la Razón; un curioso periplo, teniendo en cuenta su lugar de procedencia, que termina con esa escapada justamente a su propio país, como si el único éxodo posible fuera el repliegue al lugar de origen, como si el único exilio realmente verosímil fuera, después de recorrer el mundo civilizado, el exilio interior. Pero no sólo la triple ubicación de los protagonistas justifica que Iyer haya abordado sus aventuras en tres novelas; es inevitable percibir una evolución -o involución- tanto en los personajes como en el tono a lo largo de la trilogía: lo que en Magma era franca sonrisa, se convertía en Dogma en una leve mueca, para revertir, finalmente, en Éxodo, en una sorprendente tristeza que sobrepasa el tono pretendidamente irónico. W. y Lars han ido perdiendo la esperanza, se han amargado, y han llevado con ellos al lector hacia la pista de despegue de ese futuro tan perfecto como inevitable. 

Éxodo es la escapada hacia la verdad por el camino de la caricatura; el sentido del humor -el cinismo es el sentido del humor llevado a su máximo exponente- descubre mejor y más rápidamente las vergüenzas del poder que el sesudo ensayo crítico, pero además limita la capacidad de respuesta del enemigo, desenmascara su estrategia, y ya no puede echar mano de la demagogia ni del sofismo; ni del propio sentido del humor, por supuesto: el poder carece de tal facultad.


La Trilogía respira un aire indudablemente bernhardiano que recuerda constantemente esa obra maestra que es Maestros antiguos; W. asume el papel del estricto y cascarrabias Reger, dejando para Lars, cuya presencia física no siempre se corresponde con presencia intelectual, el rol de Atzbacher. Las Humanidades adoptarían el papel de El hombre de la barba blanca, mientras que las autoridades académicas representarían a la perfección al staff artístico del Kunsthistorisches  Museum. Incluso en el caso de la forma se dan varias coincidencias, como el uso del discurso indirecto, “dice W.” es un recurso plenamente berhardiano, cuya utilización por parte de Iyer  siembra en el lector la duda acerca de la veracidad de las declaraciones de Lars. Sin embargo, no hay que dejarse engañar por la furibundez de W.; detrás de sus hiperbólicas diatribas se esconde la crítica más feroz; no se extrañe el lector que, en mitad de cualquier andanada dialéctica se le congele la sonrisa. Si Magma era un jab preparatorio que nos señalaba la distancia, y Dogma el uppercut al mentón que nos hacía relajar la guardia, Éxodo es el definitivo straigth-left que nos deja tirados en la lona. Un verdadero Manual de la Subversión.

Calificación: *****/*****

Otros recursos relativos a la Trilogía sobre la asfixia de la razón en este blog:
Notas de Lectura: Magma
Notas de Lectura: Dogma

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