7 de noviembre de 2016

Caín

Caín. El último manuscrito. Gregor von Rezzori. Sexto Piso, 2016
Traducción de José Aníbal Campos
"Porque quien resucita un suceso para ponerlo en relación con el pasado y el futuro -al final, incluso, con la eternidad-, lleva a cabo un acto moral... Pero ¡¿qué digo?! Lleva a cabo el acto moral por excelencia. Porque ¿acaso nuestra conciencia no procede del mismo modo cuando mide lo que hemos hecho o dejado de hacer con el rasero de actos positivos o negativos del pasado de cara a los actos futuros, teniendo en cuenta, además, que todos están relacionados con un absoluto atemporal, es decir, con la eternidad? La historia, por lo tanto, es la madre de la moral, y la narración de la historia es un ejercicio moral. Y por eso, a fuerza de ejercer la moral, acabaremos todos en la cruz, al menos todos los que nos tomamos en serio las historias que contamos."
Debe ser un problema de gran calibre encarar la publicación de material referente a una obra maestra; el ojo crítico del lector, escamado de tanta "recuperación" por parte de viudas, editores, investigadores, albaceas y oportunistas de toda laya, tiene tendencia a mirar con recelo cualquier publicación póstuma porque, excepto en inhabituales ocasiones, no acostumbran a aportar nada ni en beneficio del corpus literario del autor ni en el del ánimo del obsesivo lector, ávido por satisfacer su apetito de más papel de su autor favorito. Es precisamente ese escepticismo lector el que hace exclamar, ante un libro como éste, que qué necesidad había de apostillar una cumbre literaria como La muerte de mi hermano Abel, máxime cuando el propio autor no lo publicó en vida; estas y otras consideraciones de carácter prejuicioso parecidas caen por su propio peso tras la lectura de las primeras páginas, cuando se da cuenta de que se halla otra vez ante un Grisha en plena forma... y que Caín sigue siendo, a pesar de todo, el hermano de Abel.
"Un libro no puede contener más que su historia, que para él no es únicamente la continua anotación de sucesos y experiencias cotidianas, sino 'la fatal imbricación de presente y pasado: la presencia constante de todo lo vivido alguna vez', o, en otras palabras, 'el tormento de no poder existir privado de historia'."
La última novela publicada de von Rezzori, Caín -la apostilla El último manuscrito no es una inclusión del autor, aunque es dudoso que no la hubiera aprobado- (Kain. Das letze manuskript), publicada en 2001, tres años después del fallecimiento de von Rezzori, no es tanto una continuación de La muerte de mi hermano Abel como una conclusión, no tanto en lo referente a la trama como de carácter ético, no tanto un epílogo como un estribillo de aquel maravilloso resumen de la historia europea de la posguerra hecho novela. Von Rezzori recupera a algunos de los personajes, incluido el protagonista, resucita a otros, y también, cómo no, al devastado continente europeo, cuyas ruinas más execrables no son precisamente las provocadas por las bombas sino las originadas por la ruina y el derrumbe moral del continente que había liderado el progreso, en todos los sentidos, de la civilización.

El contenido de Caín, aparte de un par de impagables intentos de prólogo de dos personajes relacionados con el manuscrito, son los documentos hallados en una carpeta C, que complementa las A y B de La muerte de mi hermano Abel, aunque su material se supone redactado con posterioridad y en otro tramo existencial de Aristides, y extraviada -u ocultada- debido a la desaparición de varias personas relacionadas con su custodia; incluso la propiedad de la carpeta ha sido objeto de controversia, tal como se deduce de las manifestaciones de uno de los prologuistas. No hace falta afilar mucho el ingenio para adivinar toda la bandada de aprovechados, entre los cuales la gente relacionada con el cine merece mención aparte, buitreando los documentos y arrimando las ascuas de la propiedad a la sardina de sus espurios intereses.
"La 'realidad literaria', por ficticia que sea, parece estar más próxima a la auténtica verdad de lo que acontece que la facticidad probada -siempre susceptible de ser interpretada de manera diversa- de los hechos concretos."
Muerto Aristides, queda desvelada su falta de fondos, y el que debía ser promotor del filme en cuyo guión "estaba trabajando" aquél, intenta recuperar una parte de las pérdidas -lógicamente, la película no se produjo, ni se filmó ni se exhibió- que sufrió debida a los anticipos al escritor, mediante la publicación de una parte del material excedente bajo el título de "La hija pródiga". Hasta aquí la mise en scène, las diferentes razones, motivaciones e intereses relativos a la controvertida carpeta C; pero, como siempre, después de los prolegómenos, viene la molla, y viene bien apetitosa; von Rezzori separa el hueso de la carne con el dominio de los cubiertos al que nos tiene acostumbrados.

Quien rija los destinos de Alemania debe ser un especialista en desórdenes intelectuales; el estado mental en que han quedado los alemanes después de la IIGM, incluso el propio país tomado como individuo, requiere a alguien experimentado en lidiar con disfunciones psíquicas -y con las producidas por las terapias freudianas en su vano intento por curarlas-.
Psicoanalista: "Un examinador de calzoncillos educado en la escuela de papá Freud."
Aristides se mofa de la discordancia entre las grandes intenciones y mastodónticos proyectos de la pequeña burguesía alemana -quien "menos" perdió la guerra, si no la ganó- con respecto a la reconstrucción de su país y las ridículas metas conseguidas; esos mismos pequeñoburgueses que favorecieron la llegada del horror y que debieron cargar con la responsabilidad de lo sucedido, pero que salieron del conflicto tan campantes: la habilidad del funambulista no consiste en no caerse sino en que cuando caiga lo haga de pie. Probablemente hacía falta un amplio consenso entre las fuerzas políticas y los indicadores de la sociedad que apuntaba alto para después, a la vista de lo conseguido realmente, la decepción no impidiera el acuerdo.

Esta burguesía, en cuyas manos va a estar Alemania el resto de siglo, tiene prisa: hay grandes negocios que emprender, muchos beneficios que producir, y las grandes potencias extranjeras permanecen a la espera: depredador por depredador, mejor el de casa. Así que recuperemos cuanto antes la ficción de normalidad, vayamos a la ópera aunque tropecemos con los cascotes, evitemos los cráteres pero localicémoslos todos: la tierra necesaria para rellenarlos nos devolverá su peso en oro, y podremos mostrar con orgullo las credenciales de reconstructor de Alemania, que prenderemos en la misma solapa en la que lucíamos las condecoraciones civiles del Reich. Siempre es más conveniente que quien redacta las leyes sea el mismo que se beneficiará de su aplicación; Principio de Economía Legislativa, podría llamarse, y su pertinencia es indiscutible.
"'¿Hace cuánto tiempo que vivo aquí?', se preguntaba. Ya no lo sabía. La flor de la reconstrucción, surgida de entre las ruinas de la era glacial, le había borrado el recuerdo. Y con el deshielo, apareció la niebla. Veía el mundo a través de un velo. Un ininterrumpido goteo de vehículos de latón recorría las calles que hasta hacía muy poco no eran más que un descampado con vistas a las superficies de ruinas; aquel riachuelo titilaba ante una imagen de la ciudad resurgente, causándole confusión. Algo inquietante estaba sucediendo allí. Los rascacielos se elevaban como hongos de los cráteres dejados por las bombas. Sobre las superficies arrasadas por el fuego, una bandada de grúas estiraba sus cuellos semejantes a esqueletos de dinosaurios: monstruos construyendo sus propios nidos (diseño de Paul Klee). Los encofrados sepultan las ruinas de ayer."
Primero la ruina y después la reconstrucción han avanzado al mismo ritmo sobrehumano, más rápido de lo que el cerebro, que está hecho para la repetición y la costumbre, puede asimilar. Este ritmo frenético ha deslocalizado al ser humano, que ha dejado de reconocerse como integrante de esa corriente temporal, afectando a su aclimatación y perjudicando incluso su percepción. El cambio en el espacio ha provocado una desubicación en el tiempo, parecido a ese efecto que se experimenta al visionar una película acelerada, o al asistir a una sesión de prestidigitación, la mano es más rápida que el ojo, no, no es cierto, pero en la confusión que crea la velocidad de las manos del mago, pura habilidad, se esconde el truco: esa moneda que no está donde debería, esa carta que ha desaparecido. Fíjate bien, presta atención, espectador pasivo, que en el próximo pase tendrás una Coca-Cola en la mano, fumarás Lucky Strike, beberás bourbon y, sin darte cuenta, estarás en manos del prestidigitador: la verdadera invasión no es la que se mueve en carros de combate, fragatas y bombarderos sino en camiones de mercancías.
"Ahora ella se inclina hacia ti, la bella y refrescante granada del consumo, con su tersura de cereza, su pulcra fragancia y su forma agradable al tacto, empañada por las perlas de la refrigeración, fuente borboteante que sacia placeres sintéticos, extraída del desierto y esterilizada en confines estelares: savia de los meteoritos..."
El "milagro" alemán es, sobre todo, un milagro económico, una brutal inyección de capitales al enfermo desahuciado que, primero, le permite sobrevivir y, posteriormente, ser cebado y puesto a disposición de los suscriptores a punto de ser sacrificado y engullido.

Y es que arruinar y reconstruir es mucho más barato que rehabilitar y tiene la ventaja de que no queda ningún vestigio visible anterior. Empezar de cero, borrón y cuenta nueva, vamos a olvidar el pasado y centrarnos en el brillante futuro que vamos a alcanzar.
"Aquel hombre que con tal petulancia se hacía llamar Hertzog (con T y Z) tenía en sí algo que era capaz de amalgamar todo mi odio, ese odio hacia todo lo que, como una maldición, pesaba sobre este país, sobre este pueblo: mi odio hacia todo lo que ahora vendría de nuevo, paso a paso, implacablemente, hacia lo que de un día para otro, con un repentino cambio del mundo, había ocurrido definitivamente."
El juicio de Nuremberg sacudió a la sociedad alemana, y su legitimidad generó serias dudas en personajes libres de toda sospecha; también Aristides se nos presenta profundamente afectado, ha perdido parte de su chispa, ya no es el enfant terrible, mujeriego y transgresor de Mi hermano Abel, su ironía se ha trocado en cinismo y su socarronería en seriedad; ha perdido parte de su optimismo, y su dolce far niente se ha convertido en lucha por la supervivencia. Sigue manteniendo trazos de personaje encantador, pero ahora parece resentido, y su actitud ante el lector, y la consideración que éste le mereció, ha empeorado hasta el punto de atribuirle la responsabilidad de parte de sus males.

La postguerra y los fastos de la reconstrucción han acabado con la piratería de los intelectuales y les han inculcado el espíritu del directivo de empresa. Incapaces de verse en el espejo y de no reconocerse, juegan a recuperar sus uniformes de clase -el hábito del monje- para vivir la ilusión de que nada ha cambiado, y se sienten moralmente superiores a los plebeyos que han sufrido en carne propia los desastres del conflicto. En cuanto a las ruinas y a los cráteres de las bombas aliadas, antes que testigos de la destrucción, qué mejor monumento podría erigirse a su airada conformidad.
"De los antiguos militantes del Partido a los existencialistas nihilistas de hoy, todos ciudadanos archidemocráticos, corre un camino parejo. Cuando lo pienso, no puedo librarme de la impresión de que todo esto se ha consumado casi sin nuestra participación consciente, se ha hecho con nosotros, pero por encima de nuestras cabezas. A eso lo llaman destino colectivo. El tiempo está preñado de ello."
Es posible que La Gran Alemania fuera algo más tangible que transcendiera los desvaríos de un loco suicida, pero a partir de 1945 deben ser los propios alemanes los que salden cuentas con el sueño del legendario Reich, aireando las miserias de todo aquello de lo que La Gran Teutonia se ha sentido siempre más orgullosa, empezando por el socio-pequeño-burguesismo de la dorada y adorada Viena, "the bloody fucking middle class", que oculta sus vergüenzas bajo la pátina áurea de la cultura -para ampliación y actualización, véase Thomas Bernhard-.
"El poeta, como se sabe, canta como canta el ave; hoy dice: "¡pío, pío!", inclinado al oído de Vuesa Merced, y mañana suelta un "¡peo, peo!" sobre el montón de guano de la literatura universal."
"Superar el pasado" es uno de los estribillos más utilizados en los intentos de descargar la conciencia, a veces como penitencia, a veces como propósito de enmienda. Esa indefinición es fundamental -tanto como para dejar vacía de contenido la cantinela- porque el estribillo acostumbra a estar en boca de unos personajes que no precisan qué pasado -¡ah, el pasado, ese saco terreno tan útil para contener los disparos- es el que hay que superar. Personajes pretéritos, ellos mismos, parecen referirse a esos años fatídicos de la era glacial, en los que todos apostaron también por "superar el pasado" aferrados con uñas y dientes al amanecer dorado del III Imperio, y no tanto al pasado del que provenían, cuyas sinecuras, beneficios y estatus andaban locos por recuperar. Pero incluso ese pasado cargado de culpabilidad merece algunas consideraciones que le hagan perder definitivamente ese carácter trágico que se le quiere, errónea y malintencionadamente, adjudicar. Y luego está la justificación, claro:
"En efecto, se trata de una falsificación histórica que confunde: el motivo para ello -un motivo, si se quiere, legítimo- viene de la representación del nacionalsocialismo como la encarnación de todo lo malo e inhumano. En sus comienzos, sin embargo, el nazismo no se destacó especialmente por ser un movimiento criminal. Por el contrario: era portador de grandes promesas [...] Los actos violentos de la fase inicial eran un producto típico de la propia época, que mostraba, a priori, cierta inclinación a la violencia. De modo que las pandillas de SA que merodeaban por las calles repartiendo golpes eran la expresión de un gamberrismo que acechaba como potencial en cualquier colectivo humano y que, en aquella época, se volvió especialmente virulento. Si esos actos violentos tuvieron lugar con el pernicioso y abierto beneplácito de muchos, fue porque entonces de había producido un embrutecimiento general que derivó en amargura, todo provocado por las secuelas de la Primera Guerra Mundial: el desmoronamiento fue entonces, después de 1918, más estremecedor y dramático que el que siguió a 1945";
porque, y esto hay que decirlo pese a quien pese, el nacionalsocialismo es una ideología inspirada en el Zeitgeist, en el espíritu de la época, absolutamente válida; lo que no estuvo a la altura fue su puesta en práctica, dejada en manos de pequeñoburgueses -"los espíritus más inmundos"- incapaces. Falló el aspecto estético cuando el ético era fundamentalmente válido.
"El llamado Muro de la Infamia, en Berlín, me parecía la mar de bien; encontraba lógico que si los judíos tenían un Muro de las Lamentaciones los alemanes tuvieran un Muro de la Infamia."
 También, para fortuna de los lectores, la literatura se convierte en diana de la diatribas cainitas, tanto en lo referente a la literatura "imposible":
"¿Sobre qué debería escribir? -me pregunta A.- ¿Qué podría decirse aún hoy en día, después de Beckett? Lo mismo, pero de un modo más banal [...] ¿Conventirme en el lamentable epígono de grandes mediadores de la realidad que ya escribieron en el pasado: Proust, Joyce, Musil, Broch? Está bien que nos arrodillemos ante ellos, pero ¿también hemos de emularlos? [...] Un persona dotada con un mínimo sentido del pudor no se permite enriquecer los vastos océanos ya existentes de tinta y letras impresas con sus personalísimas y originalísimas meadas";
como, por oposición, al verdadero papel que debería tener la literatura:
"¿Es para eso para lo que hemos sido elegidos los que escribimos? ¡¿Para no decir la verdad jamás?! ¡¿Tejiendo siempre el velo de Maya, el cual, cuanto más espeso, hará tanto más viva la manera en que describimos los horrores en el mundo de los hombres?!" 
A pesar de ser un libro con entidad propia, la lectura de Caín no tiene mucho sentido si no ha ido precedida por la de Mi hermano Abel, a la que complementa y da un excelente broche final. Para el afortunado lector de su obra anterior, Caín provoca la sensación de reencuentro con un amigo -el inefable Aristides Subicz, uno de los personajes más entrañables de la historia de la literatura, pero también Gregor von Rezzori, su padre putativo- al que hacía tiempo que no veías, con el que te unió una estrecha amistad y con el que, a pesar del tiempo transcurrido y las vicisitudes vividas, te sigue uniendo el nexo de una insoslayable proximidad intelectual, de una complicidad forjada en acciones compartidas que significaron ciertas transgresiones a los usos en vigencia. Un poco menos irónico y un poco más cínico, pero, ¿a quién no vuelven cínico los años?

Caín no es tanto una novela autónoma como un Apéndice, un primer Apéndice de los infinitos apéndices posibles, de Mi hermano Abel. Inseparable e ininteligible de su obra-patrón, lo cierto es que la amplía ni la explica ni la complementa, ni tan solo por lo que podría interpretarse por el título. De lo que se trata, seguramente, en de que von Rezzori, por una parte, se resistía a despedirse definitivamente -¿y quién no?- de Aristides y del conjunto de personajes que le acompañan en sus a/des/venturas; pero también de que la sensación de que Mi hermano Abel es un libro al que es imposible adjudicarle un final y, más todavía, dar su escritura por acabada.

El efecto sobre el lector es parecido. Sin entrar a fondo en las consideraciones teóricas, la peor muestra de las cuales, la identificación de Aristides y el autor, fue una y de las peores críticas justo después de aparecer Mi hermano Abel; cualquier acercamiento, desde cualquier punto de vista, que no tenga en cuenta los tres pilares sobre los que edifica el autor su obra magna, guerra, memoria y sátira, no merece siquiera ser tenida en consideración; es decir, especular acerca de cuáles podrían ser las razones, el carácter fragmentario y desordenado de los episodios que, a lo largo de ambas obras, va desgranando von Rezzori, es una tarea infructuosa porque la verdad es que da la sensación de que se podría seguir leyendo indefinidamente ya que cada episodio aporta algo nuevo a la inasible trama.

El hecho de que von Rezzori se dedique durante más de veinte años a compilar material para escribir una novela y de que su protagonista, Aristides, haga exactamente lo mismo -de hecho, esto es lo que leemos, el material destinado a convertirse en la novela de Aristides- es el juego formal que nos propone Grisha. Si ese aspecto lúdico, fundamental en la obra, no es comprendido, es la crítica la que tiene el problema, no el autor.

Caín no es la continuación de Abel, es una de las muchas posibilidades narrativas, no excluyentes, cuya semilla germinó en ésta, uno de los muchos multiversos desplegados a partir de una novela que, más que cerrar una trama, abre, para cada línea argumental, un abanico de infinitas posibilidades.
"Lo que yo buscaba era el sentido, ¿me entiende? Tanto ayer como hoy lo que busco es eso, el sentido."
Calificación: conjuntamente con Mi hermano Abel: Hors catégorie

Lectura recomendada
En la página web de Iletrado pero cuerdo hay una excelente entrevista con José Aníbal Campos, traductor y rezzoriólogo titulada "Una Torre Eiffel con mondadientes" en la que entrevistador y entrevistado charlan sobre el autor y sobre el proceso de traducción.

Otros resursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura: Edipo en Stalingrado
Notas de Lectura: Sobre el acantilado y otros relatos
Notas de Lectura: La muerte de mi hermano Abel

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