11 de abril de 2016

Su pasatiempo favorito

Su pasatiempo favorito. William Gaddis. Sexto Piso Editorial, 2016
Traducción de Flora Casas
"Quan creus que ja s'acaba, torna a començar", decia Raimon, el cantautor valenciano, en una de sus canciones más conocidas escrita a finales de los años 60. Después de haber pasado por la experiencia de la lectura de las cuatro novelas del norteamericano William Gaddis que, entre ediciones y reediciones, ha publicado Sexto Piso en los últimos años -la desconcertante Ágape se paga, la singular Gótico carpintero, la desternillante Jota Erre y la monstruosa Los reconocimientos-, uno se creía curado de espanto, cuando se pone de nuevo en circulación la traducción de A Frolic of His Own (1994), su cuarta novela por orden de publicación,  y el lector debe rendirse a la evidencia de que su capacidad de sorpresa aun podía sufrir, por quinta vez, una nueva sacudida.
“–¿Justicia? La justicia se encuentra en el otro mundo. En éste lo que hay son leyes.”
A diferencia de alguna de sus otras novelas, y a pesar del tupido ramaje tras el cual Gaddis esconde  tramas, subtramas, comentarios, episodios, digresiones -que, algunas veces, sustituyen durante largos lapsos a la propia acción principal: en un caso, por ejemplo, sin ningún tipo de separación, Gaddis explica mediante un flashback de lo que les ha ocurrido a dos personajes cuando iban a visitar a un tercero, y hace regresar el foco al punto en que empieza esa visita: la digresión temporal ha durado 8 páginas- e incidentes -en esta ocasión, complementados con algunos de los textos menos literarios que existen, las sentencias judiciales-, es fácil entresacar el asunto principal: el sistema judicial norteamericano, que igual facilita la cultura de la demanda judicial que imposibilita una relación fluida con el procedimiento debido a los estratosféricos costes que debe enfrentar quien ose introducirse en ese laberinto; la mirada de Gaddis, como es marca de la casa, oscila entre la ironía más cruel y la parodia más sangrante. Marginal pero de manera adyacente, el autor lleva a cabo una profunda reflexión, también ésta en forma de pantomima, sobre la originalidad de la obra de arte, la atribución de la idea artística y el plagio. Pero estos dos temas principales han sido tratados ya literariamente hasta la extenuación, y con variada fortuna, por diversos escritores; como siempre, la diferencia con Gaddis no está en el qué sino en el cómo.
“No se pueden hacer leyes contra la simple estupidez ¿no?”
Y el cómo es mediante un triple sistema de representación, que no sorprende al lector habitual de Gaddis y que, sin inventar nada nuevo, se ajusta a la perfección a sus intenciones: la combinación de interminables diálogos con esporádicos fragmentos narrativos y destellos de la corriente de conciencia quasi-joyceana; sobrevolando esta técnica, dos recursos a los que su colocación en la trama dota de carácter narrativo -por más que experimental, o posmoderna, Su pasatiempo favorito es una novela que cuenta cosas- a pesar de sus limitaciones intrínsecas: las transcripciones de los ya mencionados documentos judiciales y de extractos de la supuesta obra de teatro objeto de plagio.

Desde Jota Erre, segunda novela del autor, en la que se estrenan, el lector ya conoce los diálogos al modo Gaddis: sucesión ininterrumpida de intervenciones de los personajes -en castellano, el uso del guión medio (-) con que se abren las intervenciones facilita, al menos visualmente, la lectura- con muy poca información adicional respecto de quienes están hablando, ausencia de referencias para el lector acerca de los temas que aparecen en el diálogo, y reconocimiento de los intervinientes solamente porque ellos mismos citan sus nombres (de manera cruzada, los dialogantes se dirigen al resto, discrecionalmente, por su nombre). Sin ningún tipo de separación o de alerta, se añaden intervinientes, a menudo por causa de un determinado incidente que tampoco se nos detalla, para después incorporarse otros relacionados no con la situación inicial sino con ese mismo incidente. También la puntuación es peculiar hasta el punto de que la traductora, acertadamente, incluye una Nota, al principio del libro, razonando las variantes empleadas: sigue el ritmo de la conversación, confirmando la idea de que cuando hablamos (igual que cuando soñamos) no puntuamos. Si, encima, hablamos sin parar, como algunos de los personajes, la no-puntuación sugiere una intervención verborreica, sin pausas ni marcaciones. Curiosamente, existen más acotaciones a los diálogos en la obra de teatro de Oscar cuyos fragmentos se van transcribiendo que en la propia Su pasatiempo favorito; estas irracionales parrafadas sin ton ni son, tan características de Gaddis, tienen un efecto multiplicador realmente sensacional. Además, esa puntuación peculiar hace imposible distinguir, a primera vista, al narrador de la corriente de conciencia del personaje -¿de qué personaje?-, así como a un personaje de otro cuando no media la separación tipográfica de un diálogo.
“Una densa niebla horadada por cañonazos esporádicos despertó al día, despertó al durmiente a una confusión de reinos con un fugaz disco blanco allá arriba que podría haber sido el sol o la luna confundiendo el día informe, envuelto sobre el lago, oscureciendo la orilla opuesta colisionando con la historia como espectáculo, los estallidos de los cañones con las primeras descargas cerradas de Hooker a través de las nieblas matutinas hasta las dos divisiones de Jackson que franquearon la barrera de Hagerstown donde a media mañana se llevó a cabo la matanza, se rechazó el ataque y la niebla quedó deshecha por el sol como en aquel momento ante cortezas de queso y más té mejorado con el pelo del perro del día enfundado en un calcetín negro con muchos remiendos todo irremediablemente revuelto por falta de una receta para reunir los ingredientes según algún designio grandioso que iluminase en su totalidad aquella batalla de tácticas y ninguna estrategia, sin dejar otra posibilidad abierta más que la de elegir tu propia categoría en la historia como concurso televisivo.”
Con las interrupciones y las desviaciones que se acaban de citar, además de otras de menor calado, parece razonable que el autor, que a pesar de las zancadillas que pone al lector continuamente debe tener la intención de que su obra se comprenda, utilice sistemas de aclaración que no facilitan la lectura pero que consiguen que el lector aprehenda la acción. En el caso de Su pasatiempo favorito sobresalen dos: el episodio del accidente de un perro en una escultura abstracta aparece y desaparece a lo largo de la novela, como para enfatizar la absurdidad del sistema judicial norteamericano pero también para ejercer  como relevo que se pasan los diferentes implicados en la acción general y como leit motiv funcional. Por otra parte, ya he mencionado que Gaddis ofrece, sistemáticamente, pocos datos acerca de la acción que tiene lugar mientras se suceden los diálogos; sin embargo, de vez en cuando, ofrece “resúmenes”, por llamarlos de alguna forma, del estado de la acción, que acostumbran a ser un caótico conjunto de datos que el lector debe adjudicar a cada una de las subtramas que componen la novela o, excepcionalmente, las últimas escenas a las que el lector ha asistido, resultando una nueva vuelta de tuerca a la comprensión de la acción, como si el autor desdeñara esas explicaciones y las ofreciera, a regañadientes, en el menor espacio y con las más lacónicas exposiciones posibles.

Si la comicidad -los ejemplos son múltiples: las reclamaciones ante la compañía de seguros a la vez como demandante y como demandado, las directrices para el jurado dictadas por el juez Crease en el caso del muchacho que murió ahogado en su bautizo, o el cuadro en la habitación del hospital con el vecino de cama al otro lado de las cortinas- es una situación en la que Gaddis se desenvuelve con la soltura del veterano, no es menos destacable el uso que hace de la parodia; es cierto que el sistema judicial norteamericano -y más para los europeos no británicos, con un procedimiento más basado en las normas escritas que en la jurisprudencia- se presta al simulacro, pero hace falta mucha finura para que no se quede en simple burla. Como ejemplo, tómese la parodia de una sentencia dictada por el juez, en la que Gaddis utiliza la jerga legal pero sin contenido; el texto de esa sentencia acaba siendo una mezcla de  lenguaje jurídico, tratado de costumbres, manual de urbanidad, historia de la jurisdicción y tratado filosófico; obviamente, incluir en una sentencia judicial una cita o pseudocita de Cioran es el colmo del cinismo:
“Así, tenemos: «Dios derribó ese montón de [expletivo] con un rayo suyo de ésos tan buenos porque es una [expletivo] abominación en esta hermosa tierra que nos ha dado el Señor, si un cachorro se pone de por medio, pues eso es un accidente y ya está», opinión enfrentada a la siguiente: «Dios no puede tener accidentes, no se le ocurriría achicharrar a un perrito inocente, si ya lo dice la Biblia, ¿no?, que se ocupa hasta de los gorriones, ¿no?», ante lo que alguien replicó con rudeza: «Ése de qué se va a ocupar, hombre». Por mucho que tales puntos de vista reflejen desacuerdo, Dios está presente en todos, así como en la objeción del demandante a las directrices dadas por el tribunal al jurado, al presuponer la culpabilidad divina en la causa que nos ocupa con el empleo de la expresión «acto divino». Con el debido respeto a las partes, al jurado, a la comunidad temerosa de Dios y al hombre de la calle, que representa más de la mitad de la población de este país y que comparte el deseo de una vida de ultratumba en la feliz compañía de Jesús e incluso de Dios mismo, la creencia en la divinidad no guarda ninguna relación con estos asuntos terrenales ni tiene ninguna relevancia al respecto. En definitiva, el Señor puede gozar en sus corazones de cuanto espacio puedan reservarle, pero Dios no tiene cabida en este tribunal de justicia.”
Pero no es únicamente el sistema legal norteamericano la diana de las invectivas de Gaddis sino también la propia sociedad estadounidense en general y, por extensión, algunos de sus hitos culturales: las estrellas del cine, la manifestación cultural americana por excelencia, mencionando a los dobles de Clint Eastwood o Robert Redford; pero también el cine en general, ofreciendo una mirada sarcástica de la industria cinematográfica, en comparación con la literatura, y diversas observaciones críticas sobre los espectadores de cine, los típicos y los que, ocasionalmente, acuden a las salas, con respecto a los lectores de obras literarias -una relación que ha sobrevivido al tiempo hasta llegar a nuestros días, en los que toda una generación de apóstoles de la "nueva" narratividad siguen intentando convencernos de que la narrativa de ficción de calidad se encuentra en las series televisivas norteamericanas mientras van extendiendo certificados de defunción de la ficción escrita-. Llevando la ironía al extremo, véase el resumen, al modo de Gaddis, de la película objeto de la denuncia. Cae también bajo sus garras la música barroca inglesa de William Boyce; y, como no podía se de otro modo, innumerables referencias literarias cruzadas, como la poesía barroca inglesa de John Dryden. De entre éstas, dos merecen atención especial: por una parte, la frase “pechos que le sugirieron de pronto la idea de ordeñarla para el té de la mañana, ¿dónde habría leído aquello?”, que remite a "me dolían durante el destete de la niña hasta que consiguió que el doctor Brady me diera la receta de belladona le tuve que hacer que las chupara estaban tan duras dijo que era más dulce y espesa que la de las vacas luego quiso ordeñármelas en el té" (Ulises, capítulo (XVIII); no es la única referencia a James Joyce, unas páginas más adelante el irlandés vuelve a aparecer en la frase “la muchacha le desabotona el mono de trabajo y, según la frase que se ha extendido gracias a sus ecos joyceanos, de alta alcurnia literaria, «lo hace hombre».” Y, finalmente, llevando hasta el extremo la parodia, incurre en el más "flagrante" de los delitos, teniendo en cuenta que, como ha quedado dicho, unos de los temas principales de la novela es la atribución de la obra de arte: el autoplagio. Efectivamente, parece ser que los pasajes de la obra de teatro de Oscar, cuyo resumen efectúa el Juez hacia el final de la novela, pertenecen en realidad a Once at Atietam, una obra teatral que el propio Gaddis escribió a finales de los años 50 y no consiguió estrenar.

En referencia a este asunto de la propiedad de la obra de arte, es sumamente interesante la reflexión sobre la obra original, el dominio público y el plagio es interesante. Igualmente curioso en hecho de que en la demanda de Oscar a los estudios cinematográficos, se les acuse de plagio de su obra de teatro y, simultáneamente, de tergiversación de ese “plagio” hasta hacerlo difícilmente reconocible. Por si esto fuera poco, Gaddis añade otra gota al vaso rebosante porque el lector no tiene información de primera mano acerca de si el plagio pretendido por Oscar es cierto o no, porque nadie ha enfrentado la película y la obra de teatro de una forma desinteresada; la primera información no parcial acerca de una de ambas es el resumen que efectúa el juez en la sentencia de apelación; después, va a ser el propio narrador quien ofrezca una visión imparcial (¿“imparcial”?) de la película, por más que, y el lector de Gaddis lo sabe, "narrador imparcial" es un oxímoron en la literatura del norteamericano. 

El lector poco advertido puede sentirse caer bajo el influjo de la supuesta "negatividad" con que el autor trata aquella parte de la sociedad en la que enfoca su mirada; ese mismo lector no debe olvidar que esa mirada torcida e inclemente forma parte de la estética de Gaddis, pero también de su ética, la hipérbole es más sutil -y mucho más literaria- que la broma chusca o el chiste fácil; a la hora de pregonar la desnudez del emperador, el autor no la denuncia directamente -esto, como dice el cuento, es una actitud infantil- sino que se pone a alabar de forma desorbitada los supuestos vestidos, perentoriamente con evidentes contradicciones, que es la forma inteligente de dejar en evidencia su ausencia.  Tampoco es que Gaddis sea el primer escritor en hacer hincapié en la desnudez del mundo literario, particularmente de toda la mítica que rodea al colectivo de los escritores:
“Claro que sí, o sea ¿no es eso lo que quieren todos los escritores?, ¿que la gente se ponga a dar saltos y a gritar bravo como locos…? [...] no hay mas que ver la cantidad de malos poemas y de malos cuadros que hay en el mundo, obras de personas que no saben escribir ni pintar, hay gente que escribe no porque quiera escribir sino porque quie- re ser escritor [...]";
de los críticos -teniendo en cuenta que en la época en que escribió Su pasatiempo favorito no existía la plaga de reseñadores, recomendadores, haters y panegiristas, ni de los estúpidos algoritmos de las librerías virtuales que se han propagado como una mala hierba gracias a la red global-:
“Perdone, amigo, pero yo no he hablado de críticos literarios, sino de quienes reseñan libros, y existe una diferencia enorme, aunque a muchos les gusta que los llamen críticos, a no ser que tengan problemas, en cuyo caso prefieren que los llamen periodistas”;
 y, por extensión, de la industria editorial:
“Con todas esas charlas, viajes de promoción y demás majaderías en que se ha convertido el mercado del libro hoy en día, de lo que se trata no es de comercializar la obra sino de vender al autor en ese repugnante circo de los medios de comunicación que transforma al creador en un farsante con el delirio de pu- blicidad y todo porque no soy un jugador de béisbol con sida o un perro que vive en la Casa Blanca pero sí soy demasiado viejo”;
pero sí que tal vez que es uno de los más lúcidos y menos clementes. Tal vez tenga algo que ver la recepción que este mundillo de la crítica literaria le organizó a Los reconocimientos, cuyo detalle figura en el enlace que se relaciona al final de este post.

En todo caso, esa mirada reprobatoria hacia algunos de los aspectos más relevantes que forman el medio en el que se desenvuelve el ciudadano norteamericano -bien, cierto ciudadano norteamericano-, alcanza a la propia civilización occidental. La forma en que Gaddis transmite el mensaje es también irónica, pero esta visión no le resta un ápice de crueldad:
“Una maniobra para zapar los fundamentos de la civilización y sustituirlos por una utopía propia de delincuentes en la que nadie se responsabiliza de las consecuencias de sus actos, ¿no es eso en lo que consiste el contrato social? [...] Lo que estamos contemplando no es el desmoronamiento de nuestra civilización sino su florecimiento, porque los Estados Unidos se construyeron sobre la codicia y la corrupción política en los años posteriores a la Guerra de Secesión, que fue cuando empezó todo, así que no se trata de si la corrupción es un signo de decadencia sino más bien de si ha contribuido a la creación de cierto estado de cosas desde el principio.”
Ah, por cierto, antes de terminar, y sin ánimo de spoiler, ¿se han dado Vdes. cuenta de la extraña coincidencia en las letras que forman las palabras "episcopal" y "Pepsicola"?

Calificación: hors catégorie

Como ocasión del resto de novelas, también en este caso es extremadamente útil para una lectura enriquecida de Su pasatiempo favorito echar un vistazo a las anotaciones que facilita el site dedicado a William Gaddis, en el cual figuran tanto comentarios textuales como, especialmente conveniente para el lector no norteamericano, referencias a algunos episodios de la Guerra de Secesión -Civil War según su denominación- muy relacionados con la obra de teatro y la película que se citan en el texto.

Otros recursos relativos a William Gaddis en este blog:
Gótico carpintero
Ágape se paga
Jota Erre
Los reconocimientos I
Los reconocimientos II
Publicar un comentario